Dos fotografías de Don Benito

Uno

En la extensa y muchas veces idealizada iconografía de Benito Juárez, hay una fotografía de rara belleza que lo retrata cuando el prócer tenía alrededor de cuarenta y dos años, es decir, en el momento en que fungía como gobernador de Oaxaca, durante la consolidación de la joven República Mexicana.

El licenciado, en la cuarta decena de su vida tenía una trayectoria que me hace sentir miserable: seminarista, licenciado, reputado masón, diputado al congreso local, profesor universitario y como se sabe, huérfano, pastor de ovejas, criado en casa de ricos e indígena discriminado por su sociedad.

Pero la fotografía me interesa no para engrosar la hagiografía del gran Benito, sino porque permite observar a un ser humano que no tiene paralelo con el Personaje y mucho menos con el histórico Benemérito del que todos hablamos y al que la oficialidad se refiere ceremoniosamente, aun cuando este 2026 se haya dedicado oficialmente a reparar el papel segundón que se le ha dado a su esposa, Margarita Maza.

Regreso a la fotografía. En ella apreciamos a un hombre entre dos mujeres enjutas; es cetrino, duro, y con una pose que lo acompañará a tal punto que terminó siendo su mayor atributo: inconmovible como piedra. Se podría argüir temor a la cámara o, por el contrario, que no le mueve un ápice el novedoso aparato. Al mismo tiempo, la foto no revela megalomanía, orgullo, afectación, sensibilidad, adustez y mucho menos conciencia de la trascendencia histórica. No tendría por qué estarlo, desde luego. El retratado es un personaje público, el “señor gobernador”, pero en esencia es un hombre que ha pasado la cuarentena y que aún no vive los hechos trascendentes de su adultez. Por eso la fotografía suma un encanto definitivo: el ser humano a secas.

Dos

No necesito decir que Juárez presidió México por catorce años y tuvo que hacer frente a las condiciones estructurales que requería el país, negociándolas, imponiéndolas, acudiendo a ellas o incluso llegando a su creación. De su muerte acaecida en julio de 1872 a la fecha, se ha formado una gran historia alrededor del juarismo que sería imposible desvincular su persona a la de México “liberal” en el que supuestamente vivimos. Sin embargo, el Juárez persona, el humano, el que siguiendo los dictámenes de la tradición nació en Guelatao y  no sabía hablar español hasta su pubertad, es una personalidad que ha quedado sepultada en las olas de la apología.

Enclavada en la región serrana del sur de México, los zapotecas son un pueblo de arraigadas costumbres y de una cosmogonía más que llamativa, poética: “habitantes del país de las nubes” se definieron ellos mismos. Juárez, nacido en la recta final del virreinato de la Nueva España fue un gran receptor de esos ideales precolombinos, ancestrales e incognoscibles, aunque él mismo o nosotros queramos negarlo. De esa época se tienen pocos o nulos datos biográficos, al menos creíbles. Los que se señalan son los que él mismo redacto para transmitirlo a sus hijos y una innumerable historiografía que raya en lo puntilloso o en lo demencial.

Yo no he sido fan de don Benito y debo reconocerlo de entrada. Me resulta antipático por el exceso de devoción que se le ha endilgado, convirtiéndolo en el santón de las causas políticas y el mandamás de la honorabilidad. Su omnipresencia en instituciones, calles, pueblos de poca monta, escuelas y en las carreras de leyes, me lo hicieron casi antipático, amén que la educación que recibí de niño en una escuela de mormones, me lo dosificó diariamente en el ideal máximo de las virtudes cívicas.

Pero me intriga, y aunque no sigo a Ralph Roeder y su monumental obra juarista, ni a don Andrés Henestrosa y su mitificación del apóstol, vamos, ni siquiera a mis colegas locales que estudian el impacto de los liberales en las tierras del Popocatépetl, reconozco y admiro algunas pequeñas grandes virtudes de Pablo, su segundo y casi desconocido nombre.

Tres

Comenzando por su inteligencia. No diré nada sobre su bilingüismo a destiempo, pero al relatar su época en el seminario, su queja de las aletargantes clases de los maestros, que no se esforzaban por explicar la profundidad teológica y que se limitaban a enumerar los dogmas memorísticamente, es una muestra de su capacidad activa para el conocimiento: “me aburrían las clases” dice con gran fuerza de convicción y con esa economía de estilo que caracteriza sus prosas. Pablo: el buen alumno que quiere tener buenos maestros.

Patricia Galeana (Benito Juárez, el indio zapoteca que reformó México, Madrid, Ediciones Anaya, 1988) dice que Juárez era un “líder sin carisma, pero que logró imponer su personalidad”. Esta frase me hace pensar en la clásica tipología del líder que elaboró Max Weber. Don Benito era todo lo contrario: obseso con el orden y con la disciplina, seco, seguramente vivaz con sus íntimos, pero poco. Cómo hizo esta figura pétrea para dominar a una turba de personajes briosos y establecer un proyecto de nación que se impuso con más fuerza que cualquier reforma estructural contemporánea será la enorme duda que la historiografía no puede aclarar del todo.  Las razones de Juárez, son infranqueables, como el dios zapoteca Cocijo, es hierático e indescifrable, el trueno y la lluvia. Se cuenta que cuando vio finalmente a Maximiliano, pues solo había oído de su adversario a través de terceras personas, éste era un cadáver tasajeado y maltratado por las nefastas necropsias que le hicieron. La crónica cuenta que lo estuvo analizando en silencio, de manera que no sabemos si era para medir la exacta dimensión mental y ontológica de su enemigo, o disfrutaba de una vulgar venganza. Al final solo se permitió decir un lacónico: “en verdad era alto este hombre”.

Si los testimonios de sus íntimos no son del todo vivos, menos los de sus adversarios. Las caricaturas políticas de su época lo convirtieron en un enorme grillo panzón con la cara prieta esperando el turno en la ruleta del poder, como un enano narizón, o como un vampiresco hombre de frac defendiendo a capa, nariz y orejas la silla presidencial. Nada que ver con el carisma del joven Porfirio Díaz o con la sagacidad y perversidad en la mirada de Lerdo de Tejada. Pero sus enemigos, que se cebaron en esas caricaturas, tampoco pudieron penetrar la máscara de piedra, el velo oculto detrás del mandil masónico.

Don Benito, fue pétreo desde siempre y no dejaba ver su verdadero yo. La idea del hombre de leyes, absoluto defensor de la igualdad y la libertad nacional requerían ese tono. Puede ser. La elevada dignidad de su cargo se mezcló con la nobleza y gallardía de su origen prehispánico, desencadenando una suerte de pontificado civil. Quizá.

Cuatro

Al final del día no sabremos realmente mucho del hombre detrás de esa máscara.
Pero nos contentamos al saber que no era una efigie, ni la esfinge que en su momento fue Porfirio Díaz, un hombrón que imponía respeto con su presencia, con su voz (que apenas fue dada a conocer hace años en un mensaje grabado) y con sus miles de artimañas listas para ser ejecutadas.

Don Benito, libre de estas asociaciones que harto material han dado para las tipologías literarias de los tiranos machos, grandes, olímpicos y omnipotentes, imponía sus ideas.

Me repugna especialmente pensar que Sebastián Lerdo de Tejada u otro asistente y secretario hayan sido la inteligencia o la técnica detrás del poder. Me alejaré de mi punto de vista para caer en mis queridas reconstrucciones. No tengo dudas que don Benito no necesitaba apoyos, bastándose a sí mismo para citar jurisprudencias, repensar el alcance del código civil federal o estructurar una ley según la escuela de Savigny. Pero ¿y en el resto del oficio político? No dudo de su intranquilidad bajada a sombrerazos de aplomo para huir del peligro, cargar con el Archivo de la Nación y seguir su itinerancia en los desiertos del norte de México; para andar escribiendo oficios y exhortos en su carruaje o tener de plano que entrarle a los manuales de guerra para no ser ninguneado por los innumerables generales del ejército constitucionalista, truculentos y abogados como el mismo don Benito, pero con baños de fuego que el de Guelatao no conoció jamás. Guillermo Prieto cuenta de aquel pasaje en Guadalajara donde solo su verborrea libró al presidente de un fusilamiento seguro, pero no dice si el hombre mentó madres después del acto, si se tragó el coraje en lo más recóndito de su hígado o se pidió que el carruaje se parara para mear de miedo en el camino.

Cinco

No puedo soslayar el retrato limpio del hombre porque ese, a fin de cuentas, es el más valioso de todos los anteriores. Don Benito fumaba, y recio, por cierto. Su tabaco negro, apestoso e intenso acompañaba su aureola de santidad civil. ¿A punta de cigarros se bajó el nervio y la presión ante problemas que harían tambalear a los halcones de la geopolítica contemporánea? Puede, y eso no quiere decir que fuera vicioso o débil, que buscara un salvamento fisiológico. Mis maestras mormonas jamás me lo dijeron, por cierto.

Fumaba: es un descargo a tanta chatez y formalismo.

Su frac impecable lleno de humo y quizá con quemaduras. Sus dientes amarillos a más no poder (¿será por eso que en todas sus fotos sale impasible y no suelta una risita de consuelo?), sus traguitos de coñac o ron de vez en cuando, sobre todo cuando llegaban los amigos entrañables. Ese Juárez vale oro.

Por eso debo cerrar este texto con otra imagen, la única fotografía de una presidencial mano de cartas del siglo XIX. Observamos con verdadero deleite que el prócer está sentado en la mesa de juego al lado de Henry Cuniffe, cónsul de Estados Unidos en Paso del Norte, Inocente Ochoa, Juan Zubirán y W. Mills. El viejo se ve cansado, desaliñado, pero absolutamente feliz. La foto me encanta por un detalle menor pero claridoso. El licenciado está alegre, pasadito de copas. Con su cabello desarreglado por la farra, tenemos a un Juárez vivo y humano, cercano a nosotros, desdeñoso de la imagen que diera de él Amado Nervo “aquel hombre era / sereno como el cielo en primavera /y glacial como cima que acoraza”, etcétera.

Inclusive, el retratado rompe ese otro legado no dicho por la oficialidad pero reconocido por propios y extraños: el peinado “a la Benito Juárez”, sinónimo de la raya de lado con untuosos geles, aceites, cremas o ya de plano con jugo de limón, que aplaca al cabello más rebelde en un sobrio, esmirriado y relamido peinado al que generaciones enteras nos han condenado en la más lejana niñez.

Yo me quedaría con ese con Benito, con unas copitas de más, real, más entrañable y más querido. Es el ser humano que se relaja y disfruta y no el hombre con poses para la eternidad.

Seis

El muy reaccionario Armando Ayala Anguiano, fundador de la revista Contenido, denostó hasta el cansancio a Juárez diciendo que vivía en una choza que mandó construir dentro de Palacio Nacional, que era incapaz de vivir la buena vida, que no sabía comportarse en sociedad y que en el colmo de las apariencias, cuando trabajaba en Nueva Orleans sudaba la gota gorda porque no quería despojarse de su saco en medio del calorón del Mississippi. Por otro lado, don Andrés Henestrosa, a quién respeto mucho pero vaya si tuvo errores políticamente no correctos por decirlo suave, nos pinta a un Benito (que no necesita diminutivo) que casi huele a santidad y al que las ovejas se acercan para balarle al oído suaves melodías de amor. Me gustaría pensar en el justo punto medio, que don Benito hablaba latín para sus adentros, se encomendaba a la virgen de Guadalupe en sus momentos de tribulación y mentaba madres al por mayor. Morir de un dolor intenso sería patético, mejor una imagen inventada por supuesto: al morir dijo una frase heroica y profundamente nihilista, algo así como “díganles a mis enemigos que me río de sus idioteces y pendejadas. Ya me voy, me espera Max para echarnos unas cubas. Josefa, por favor no dejes que se roben galletas cuando sea el novenario. Margarita, véngase pa´ca mi chula, discúlpame por robarte vida y porque también te van a poner mi apellido en el futuro. Vida, adiós”.

Termino este texto con un lugar común: a final de cuentas el ser humano es el mismo a través de los siglos y la literatura nos hace comprender la Historia en su mejor dimensión, es decir, en la realista. Don Benito fue hijo de su tiempo y hay que agradecerle que supiera vivir la vida sin poses, y si las tuvo al menos ahora lo seguimos recordando.

Se murió de angina de pecho, producto de sus enormes presiones arteriales ¿quién no ante una serie de reformas estructurales, la presión de los gringos, una guerra civil, una intervención extranjera, la lucha contra un emperador de folletín armado hasta los dientes, la lucha interna de su partido político, la presencia delirante de Carlota, la presión del clero y el brío de los ultra jacobinos que le acompañaban? y de su cigarro negro y apestoso, claro.

Se nos fue y aunque el danzón recuerde que si no hubiera muerto todavía seguiría vivo, quizá sea tiempo de dejarlo descansar en santa paz. [ C ]