Si algo es seguro en la labor diplomática es que se desenvuelve motivando expresiones creativas en quienes la ejecutan sin importar el país donde se ejecuta ni la forma en que se manifiestan. En la mayoría de los casos ocurre a través de la palabra escrita, pero también discurren otras expresiones artísticas, como es el caso de Miguel I. Díaz Reynoso, Embajador de México de Cuba, quien eligió el cine para capturar un momento específico de la historia diplomática mexicana. Su documental “Cuadernos de La Habana” es un testimonio fundamental de la labor de Gilberto Bosques en Cuba, a partir del triunfo de la revolución de 1959 en ese país. Se trata de un testimonio minucioso de los personajes y del contexto en el cual ocurre este episodio. En esta entrevista para cambiavías él describe algunos aspectos de una obra visual que ya se presentó en diversos foros internacionales y definitivamente será una fuente fundamental del acervo diplomático de México.
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Como Embajador en el mismo país donde Gilberto Bosques sirvió años atrás, ¿cómo influyó su labor diplomática cotidiana en la sensibilidad artística y la narrativa que eligió para el documental?
– Ejercer la diplomacia en Cuba inevitablemente te coloca en diálogo con la historia. Caminar por La Habana, sostener conversaciones con instituciones, artistas, historiadores y ciudadanos, me permitió entender que la relación entre México y Cuba no es abstracta: es profundamente humana, cotidiana y recíproca.
Esa experiencia moldeó la narrativa del documental Cuadernos de La Habana hacia un tono íntimo, casi confidencial, como si estuviéramos leyendo los pensamientos de Bosques en tiempo real. No quise hacer un retrato distante, sino una obra que reflejara la cercanía entre ambos pueblos y la vigencia de esa tradición diplomática hospitalaria que sigue siendo parte de nuestra identidad. Hoy, que cosa, vivimos amenazas similares.
El título hace referencia a los “cuadernos” de Bosques. ¿Qué revelación contenida en esos archivos personales fue la que más le sorprendió y le convenció de que esta historia debía ser contada en cine?
– En realidad, los Cuadernos de La Habana no son los de Bosques, sino los míos. Son apuntes que comencé a escribir desde mi llegada a Cuba en esta nueva misión diplomática, con la conciencia de estar habitando un territorio profundamente cargado de historia compartida entre México y Cuba.
Esos cuadernos nacen de una intuición: la de observar, registrar y tratar de comprender este momento histórico de Cuba, pero también de dialogar, inevitablemente, con la memoria de quienes estuvieron aquí antes que nosotros, en especial de Gilberto Bosques.
La revelación no fue un hallazgo puntual, sino un proceso. Al escribir, me di cuenta de que mi propia experiencia como embajador —en un país al que regreso, en un contexto distinto, en una nueva coyuntura — comenzaba a entrelazarse con la historia de Bosques.
Ahí entendí que esta película no debía ser solo un retrato del pasado, sino una conversación entre tiempos: entre la Cuba que Bosques vivió y la Cuba que hoy observamos.
El cine se volvió entonces el espacio natural para esa conversación, porque permite que la memoria, la experiencia y la historia dialoguen de una manera viva y profundamente humana.
Muchas personas conocen la labor de Bosques salvando vidas del nazismo en Francia (Visa al paraíso). ¿Qué aspectos del “humanismo de nuevo género” aplicó Bosques en el contexto de la Revolución Cubana que lo distinguen de su etapa europea?
– En Europa, Bosques actuó frente a una emergencia humanitaria extrema: salvar vidas de manera directa e inmediata. En Cuba, el contexto era distinto, pero no menos complejo.
Aquí su humanismo se expresó en la defensa de principios: el derecho de asilo, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la construcción de puentes en un momento de enorme tensión ideológica. Su actuación no fue reactiva, sino profundamente política en el mejor sentido: acompañar procesos históricos sin renunciar a los valores. Y también salvar vidas, cualitativamente significativas, como Raul Castro y Fidel.
Ese “humanismo de nuevo género” radica en entender que la dignidad también se protege a través del diálogo, la habilidad y la coherencia diplomática.
En su documental aparecen imágenes de Bosques con figuras como Fidel Castro y el Che Guevara. ¿Cómo equilibró, siendo diplomático, la representación de estos encuentros históricos sin perder la objetividad documental?
– El equilibrio estuvo en el respeto. No se trata de juzgar a los personajes históricos, sino de entender el contexto en el que se encontraron.
Como diplomático, estoy acostumbrado a escuchar antes que a imponer una narrativa. Como cineasta, decidí mantener esa misma ética: permitir que los archivos, los testimonios y las imágenes hablaran por sí mismos.
El resultado es una representación que no evade la complejidad, pero tampoco simplifica. Es una invitación a mirar esos encuentros como momentos históricos cargados de significado, no como posturas ideológicas cerradas.
¿Qué tan complejo fue acceder a los archivos históricos en La Habana y qué papel jugaron los testimonios de cubanos que conocieron a Bosques en la construcción del relato, más allá de los documentos oficiales?
– El acceso a los archivos fue posible gracias a una colaboración institucional generosa y a la profunda amistad entre nuestros países. Cuba abrió sus puertas a este proyecto con una confianza que valoro enormemente.
Sin embargo, lo que verdaderamente dio vida al documental fueron los testimonios que logramos. Escuchar a quienes conocieron a Bosques y que fueron también, parte de la historia, esto me permitió reconstruir no solo los hechos, sino la memoria afectiva.
Ahí es donde el documental trasciende lo histórico: se convierte en un puente entre generaciones ya que nuestra relación no es histórica nada más, no es lo pasado, es una historia viva. Día a día, hoy, estamos en lo mismo, como ser útiles.
¿Qué mensaje espera que se lleve un joven diplomático o un estudiante de cine hoy al ver la vida de un hombre que, en medio de la polarización de la Guerra Fría, logró mantener la dignidad y la política de asilo de México de forma tan firme?
– Que la diplomacia y el arte comparten una misma raíz: la responsabilidad ética frente al otro.
A un joven diplomático le diría que los principios no son un obstáculo, sino una guía. A un estudiante de cine, que contar historias también implica una postura frente al mundo.
Bosques nos enseña que incluso en los momentos más polarizados, es posible actuar con dignidad, claridad y compromiso humano.
Es también una invitación a valorar el Servicio Público, el Servicio Exterior, que vale la pena. El ejemplo de Bosques es incentivo para animar vocaciones.
Después de haber “habitado” los archivos y los pasos de Gilberto Bosques en La Habana para este documental, ¿en qué sentido ha cambiado su propia forma de entender y ejercer la diplomacia hoy en día?
– Me hizo más consciente del peso de cada decisión. La diplomacia no es solo gestión: es memoria útil para aprender a tomar decisiones, con la fuerza del cargo, la responsabilidad del encargo.
Entender a Bosques desde sus propios registros me recordó que cada acto diplomático puede tener consecuencias profundas en la vida o muerte, o riesgos de vida de las personas y en la historia de los pueblos. Que los diplomáticos mexicanos somos parte de una tradición que nos precede y que debemos honrar. Es un legado que pesa.
Más allá de los premios o reconocimientos por este documental, ¿cuál es ese momento o reacción de un espectador (mexicano o cubano) que le haría sentir que su trabajo cumplió verdaderamente con su misión?
– El estreno en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, con una sala llena y una recepción profundamente cálida, fue ya un momento muy significativo.
Pero lo que realmente me conmueve es escuchar a un espectador cubano decir: “Esta parte de nuestra historia no la conocía”, o a un mexicano decir: “Ya entendí porqué México está haciendo hoy lo que se hace por Cuba”.
Ahí es donde el documental cumple su misión: cuando la memoria se activa y se vuelve compartida, y persuade, convence.
¿Qué lección fundamental de la gestión de Bosques en Cuba cree que sigue siendo vigente para la diplomacia mexicana contemporánea en América Latina?
– La coherencia. México ha construido una tradición diplomática basada en el asilo, la hospitalidad y el respeto a la soberanía. Bosques encarna esos valores en acción.
Hoy, en una coyuntura global nuevamente compleja, esa lección es más vigente que nunca: la diplomacia debe ser firme en sus principios y generosa en su práctica. No a la injerencia extranjera y la defensa de nuestra historia, que no es de libros, está en la actualidad del México de hoy.
Algún comentario final sobre la realización de su trabajo, su significado o alcance .
– Este documental está dedicado al Servicio Público y al Servicio Exterior Mexicano, pero también a todas las personas que creen en la diplomacia como una herramienta de humanidad.
Su recepción en Cuba por parte de instituciones y del público confirma que la historia entre nuestros pueblos sigue viva, que es una relación construida desde la solidaridad, el respeto y la reciprocidad.
Más que una película, Cuadernos de La Habana es un documento que busca reivindicar y visibilizar una tradición: la de una diplomacia que no se limita a representar intereses, sino que también protege, acompaña y construye el presente vivo de lo que México ha hecho y sigue haciendo.
– Renace la frase de Bosques: “No fui yo, fue México”- [ C ]

Miguel Ignacio Díaz Reynoso (Guadalajara, Jalisco, 3 de febrero de 1952) es un diplomático mexicano y desde 2019 se desempeña como Embajador de México en Cuba. Cuenta con cuatro décadas de experiencia en el sector público, la mayor parte en la Cancillería mexicana, donde fue director general para América Latina y director general de Vinculación con las Organizaciones de la Sociedad Civil. Se ha desempeñado también como embajador en Nicaragua y como agregado cultural y de cooperación en la embajada de México en Argentina.