Hace muchos años la fotografía ocupaba la mayor parte de mi día y de mi noche; en su estudio, práctica, en el cuarto oscuro, en su exposición y en su enseñanza; durante varios años la fotografía fue mi forma de expresión y de comunicación. Después, la disciplina de la metodología en El Colegio de México me llevó a un mayor dominio de la expresión escrita para, finalmente, ya en el Servicio Exterior, hacer de la palabra en sus diversas manifestaciones, la esencia de mi lenguaje.
Sin embargo, la fotografía aún ocupa un espacio relevante en mi atención e interés, lo que se combina con las actividades profesionales que la diplomacia demanda. Esta historia refleja precisamente la fotografía como lenguaje y una de varias recuperaciones que he hecho de ella como acompañante de vida.
En 2011 fui trasladado como Cónsul General de México a Guangzhou, capital de la provincia de Guangdong, posiblemente el consulado mexicano con mayor responsabilidad geográfica en todo nuestro sistema de representaciones, pues abarca más de dos millones de kilómetros cuadrados, con unos trescientos millones habitantes y apenas unos dos mil connacionales en todo ese territorio. Pero se trata de la llamada “fabrica del mundo”, de sus puertos salen y entran más contenedores que en todo el resto del mundo y miles de millones de dólares de mercancías transitan hacia México desde esa región. Una adscripción de gran relevancia migratoria y comercial.
El primer fin de semana en esa ciudad me encontraba yo en una gran avenida peatonal conocida como Zhujiang, observando el ir y venir de la gente. No sólo el idioma me resultaba desconocido pues no había letrero que pudiese entender; me sentía no solo analfabeta si no también impotente para cualquier esfuerzo de comunicación y fue el momento en el que, sin traductor que me apoyase, cobré conciencia del reto que tenía en mi nueva responsabilidad. Guangzhou tenía poco más de siete millones de habitantes y el lugar en el que me encontraba era un centro de reunión de miles de personas y pese a todo su potencial comercial y a su relevancia internacional, era evidente que yo era el único extranjero a la mano, al menos en ese medio día. Varias personas me observaban, otras me fotografiaban o me pedían a señas tomarse una foto conmigo; experiencia que me aconteció muchas veces durante los años en que viví en China. Con toda su inmensidad territorial y demográfica, era aún una nación ensimismada en muchos sentidos.
Guangzhou o Cantón como se le conoce en Occidente, ha sido históricamente un puerto comercial por años el único abierto al comercio internacional, fue objeto de la codicia británica que desencadenó las Guerras del Opio y sede de las factorías europeas que abrieron al comercio impuesto a la China del siglo XIX. Pese a toda esa apertura, por una u otra causa al mundo exterior, lo extranjero aún causaba sorpresa en el siglo XXI en un país que ya crecía a pasos acelerados y que recorrería en pocos años lo que a muchos países nos ha llevado decenios.
En esa ciudad tan antigua como moderna, en medio de su fragor me sentí profundamente aislado al no poder comunicarme y por tanto poco entender de mi alrededor. La vida oficial resultó muy distinta pues se desarrollaba en idiomas comprensibles para mí y con interlocutores en tema de interés común. Cuando supe manejarme en las tiendas pude hacer mis compras y me aprendería de memoria las rutas por las cuales conducir a destinos conocidos.
Pero esa mañana inicial estaba alejado de todo. Sentado en cuclillas en la banqueta, del mismo modo que muchos chinos lo hacían, mi ángulo de observación era literalmente a ras de tierra y empecé a notar el desfile sin fin de pies frente a mis ojos. La diversidad del calzado, lo horrible que eran la mayoría de los modelos y el paso desgarbado de muchas personas se convirtió en mi centro de atención. No lo sabía, pero gran parte de esa multitud era de campesinos de lugares cercanos a Guangzhou que en el fin de semana asisten a ese nuevo y moderno paseo peatonal, en excusiones turísticas locales en las que conocen la China moderna. Ya después vería chanclas de gran calidad y elegancia y pasos firmes y rotundos, pero esos primeros eran tan enclenques como mi propia incapacidad de comunicarme.
Y empecé esta serie, empecé a observar y a fotografiar el desfile de chanclas frente a mis ojos, empecé a observar y a entender a una cultura en movimiento y en crecimiento. No solo eran chanclas, la forma de caminar de muchos precisamente consistía en “chanclear” lo que llevaba a paso extraños, deformaciones de zapatos y a posturas inusitadas. La serie se convirtió en relato y retrato sociológico de una pujante sociedad. La fotografía se convirtió en el leguaje que me permitió compartir mis vivencias en China y una “Carta” que periódicamente enviaba a mis amistades tenía una historia escrita y muchas más narradas mediante imágenes. También compartía en redes sociales la serie “¡Chanclas!”.
La Serie ha sido un divertimento que con menor intensidad me ha acompañado en otras partes del mundo y reaparece de vez en cuando. En buena medida la abundancia de imágenes en China se debió tanto a la diversidad de sujetos como al hecho de que chinos y chinas me acribillaban con singular desparpajo con sus cámaras y por ello mismo cobré la confianza para hacer lo propio en plena reciprocidad y varias veces en comunicación a señas. Esa apertura a fotografiar y a ser fotografiado, ese fisgonear en el prójimo es parte de la transformación de la sociedad china y no se si hoy continue con el mismo fragor con el que sucedía entonces, pero me queda claro que en las sociedades occidentales ello es muy diferente y que aun con la irrupción de una cámara en cada teléfono, existe mucha resistencia al fotografiar ajeno, aunque haya quien pose y desfile, pero lo hacen para su público y no como un acto social, a diferencia de lo que la Serie ¡Chanclas! busca.
Las chanclas son objetos cercanos y apreciados sin importar su origen o precio de compra; las chanclas son un retrato de nuestra intimidad, sin cortapisas. Tal y como el retrato de esta serie. [₪]

Miembro del Servicio Exterior Mexicano. Ha estado adscrito en las embajadas de Israel y Bélgica, además ha sido jefe de cancillería en la Embajada de México en Reino Unido, titular del consulado de México en Guangzhou y Embajador en Hungría. En México estuvo comisionado en las secretarías de Desarrollo Social, de Gobernación y en la Presidencia de la República. Fue presidente de la Asociación del Servicio Exterior Mexicano (ASEM) de 2021 a 2025.
