Jorge Ibargüengoitia escribió alguna vez que, para su gusto, las vidas de los burócratas no habían sido lo suficientemente exploradas más que por ellos mismos. Lo más que se sabe de ellos, decía, es que después de estar treinta años en la Oficina de Ranuración de Legajos, se jubilaron con sueldo completo.
El sarcasmo coincide con las circulares que envía la cancillería mexicana cuando fallece uno de sus funcionarios de carrera. El oficio numerado anuncia que el embajador tal, o el que no llegó a ser embajador tal, lamentablemente murió. Sirvió tantos años, asumió estos cargos y estuvo en tal y tal país. No es necesario agregar lo que todos sabemos: que se jubiló con un sueldo que de completo no tenía nada.
La vida de los diplomáticos, que se asumen burócratas pero de otra categoría, pocas veces la ha contado alguien que no sean ellos mismos. En parte porque la naturaleza subordinada y discreta de la profesión desalienta el protagonismo, a tal grado que pocas veces alguien se entera de lo que hacen. Pero también porque a casi nadie le ha parecido que tengan mucho que decir. No se cuentan de ellos historias ejemplares, sigue burlándose Ibargüengoitia; su vida no ha producido “ni mitología, ni épica, o cuando menos, éstas no son del dominio público”[1].
La identidad, sin embargo, es un relato, y quedarse sin reconocimiento financiero, simbólico o al menos narrativo hace infeliz a cualquiera. Por eso la introspección es tan popular y las memorias, la táctica preferida para rebelarse contra el sigilo. Aun así, las que logran llegar a la imprenta en México rara vez se comentan más allá del edificio Tlatelolco.
Tampoco los escritores más prominentes que pasaron por el Servicio Exterior dejaron crónicas de sus tareas que se recuerden hoy como algo más que apéndices de su obra. Quizás porque, salvo algunas anécdotas de sobremesa, parece que a ninguno le tocó vivir algo tan dramático como al chileno Jorge Edwards, a quien Allende mandó a la Cuba de Castro y terminó expulsado y declarado persona non grata, episodio que convirtió en un clásico de la literatura latinoamericana.
Es más, es probable que el suceso diplomático mejor conocido en México sea de Cantinflas. En la película Su excelencia, de 1967, el embajador Lopitos se niega a alinear a la República de los Cocos con los “colorados” o los “verdes”, una parodia de la Guerra Fría que hoy suena familiar. “Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero moralmente es un pigmeo”, dice con firmeza ante la Asamblea de las Naciones. El video acumula casi dos millones de vistas en YouTube y cientos de comentarios como “esto deberían verlo todos los gobernantes del mundo”. Por algo Nicanor Parra decía que la verdadera seriedad es cómica.
La popularidad del discurso de Su excelencia sugiere que la diplomacia no es un asunto (tan) aburrido. En el caso de México, más de doscientos años de vida independiente, que incluyen invasiones, conflictos regionales, miles de refugiados recibidos, riñas comerciales y la inevitable vecindad con el país más poderoso del último siglo, dan para buenos tomos de historia diplomática, y los hay, gracias al entusiasmo de algunos académicos y periodistas. Historia que ha definido no poca cosa sobre el país, como sus fronteras, su economía y hasta la idea que México tiene de sí mismo.
Pero poco de eso ha llegado al público, que no conoce bien los hechos ni cómo lo que se hizo —o se dejó de hacer— forma parte de lo que somos o puede ayudarnos a desanudar el futuro. Comparado con Lopitos, el video del discurso de Alfonso García Robles, diplomático mexicano que recibió el Nobel de la Paz de 1982 por ayudar a evitar que América Latina ingresara en la carrera nuclear con el Tratado de Tlatelolco, no llega ni a las doscientas visitas.
Pensar dos veces antes de decir algo
México no es la excepción. La diplomacia rara vez gana elecciones o enciende multitudes en otras partes del mundo. Puede que Talleyrand y Kofi Annan le suenen a alguien en otros países, pero el diplomático más popular del mundo, por mucho, sigue siendo el embajador del comercial de los chocolates Ferrero Rocher, con su pirámide dorada y su recepción de etiqueta. Aunque, para hacerle honor a la caricatura, la diplomacia tendría que absorber una tajada real del presupuesto, no los cuatro pesos que le dedica gran parte del mundo.
Que esa imagen se imponga hoy importa por razones que van más allá de la vanidad o el reconocimiento autorreferencial. Importa porque menospreciar la diplomacia y a quienes la ejercen ya forma parte del relato de los extremos políticos en el mundo. Extremos que hoy recortan el presupuesto para la cooperación en favor de los arsenales, ignoran reglas internacionales y sustituyen el diálogo político y cultural por transacciones comerciales. Así es como el relato público de la diplomacia se ha ido desvaneciendo.
La diplomacia exige cualidades a la baja en una buena parte del discurso político global, como la paciencia, la mesura o la empatía, algo tan simple y tan difícil como escuchar con atención al otro. Y frente a la promesa de que todo se resuelve con una llamada, un arancel o una amenaza en las redes sociales, el trabajo discreto de años parece cosa de la Oficina de Ranuración de Legajos. Desestimarla por superficial o costosa, sin embargo, esconde otra intención: la diplomacia es un límite más para tantos líderes de hoy, que no los quieren.
El resultado es un mundo con menos amortiguadores para intentar contener los conflictos antes de que estallen, para resolver problemas que no pueden solucionarse en solitario o para contrarrestar el sentimiento de impunidad y asimetría entre poderosos y débiles. Con menos ayuda para esquivar guerras, desastres naturales o accidentes de máquinas que ya deciden solas, ahora nos levantamos cada mañana como lo hacía Stefan Zweig poco antes de la Segunda Guerra Mundial: “para leer el periódico con nerviosismo y dejarlo con un suspiro de alivio cuando vemos que no ha ocurrido nada especialmente peligroso”.
La paradoja es que, en contraste con los tiempos de Zweig, nunca antes había habido tantas personas e instituciones dedicadas a la diplomacia, multiplicadas por la descolonización, la creación de decenas de organismos internacionales y la profesionalización de los servicios exteriores. Frente al relato del populismo y el poder, sin embargo, no han podido oponer el suyo. Tal vez porque el de procesos lentos, mesurados y anónimos poco puede hacer frente al del hombre fuerte, que vuelve a atraer a millones.
Edward Heath, primer ministro inglés, decía que un diplomático es alguien que piensa dos veces antes de no decir nada. Pronunciada por un político —que suelen hacer lo contrario—, la frase parece un elogio, pero su ironía, como la de Ibargüengoitia, suena hoy a recomendación. Un mejor relato no convertirá la diplomacia en solución a los tiempos que vivimos, pero al menos les daría algo con qué pelear a los que desean recuperar la iniciativa. En todo caso, el gremio tiene que aprender a hacerlo antes de que el futuro lo escriban quienes preferirían que no existiera. [₪]
[1] “Héroes del montón”, en Instrucciones para vivir en México, Joaquin Mortiz, 2018.

Abogado y diplomático mexicano de carrera. Ha representado al país en negociaciones y foros internacionales sobre distintos temas, principalmente en el marco del sistema de Naciones Unidas, en Nueva York y Ginebra.
