Arabia, entendida como la península más grande del mundo entre el Mar Rojo y el Golfo pérsico ha motivado el interés de exploradores, tanto por razones personales como políticas o de investigación. Aunque hay vestigios de expedicionarios desde tiempos remotos -como Ibn Battuta, quien recorrió el norte de Africa, Asia y la península durante un Rihla (viaje) que se extendió de 1325 a 1354 o el famoso navegante Ahmad ibn Majid (1418-1501), que diseño rutas de navegación para Asia, la costa de África hasta la India y el Mar Rojo – lo cierto es que el registro de periplos similares por este istmo de 3.2 millones de kilómetros cuadrados se incrementó a la par del ocaso del imperio otomano.
Abordar estos itinerarios es relevante para conocer algunos antecedentes geográficos, históricos y sociales de la región. Además, permite identificar las percepciones de quienes exploraron territorios inhóspitos, con condiciones geográficas extremas y con modelos culturales ajenos a sus idiosincrasias. El resultado es una exhibición de osadía, destreza y, en ciertos casos, de respaldo a ideales o personajes clave en la conformación de las naciones que identificamos en la actualidad en la península.
La permanencia de una leyenda
En el imaginario colectivo de Occidente es predominante la reminiscencia a Thomas Edward Lawrence (1888-1935), militar, arqueólogo y escritor británico famoso por su involucramiento en la rebelión árabe contra el imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial. No en vano el clásico filme (1962) de David Lean, en el cual Peter O´Toole es el mítico Lawrence de Arabia, alternando con Omar Sharif, Alec Guinnesss, Anthony Quinn y José Ferrer, es considerado el mejor de todos los tiempos en el Reino Unido.
Más allá de su trascendencia fílmica, se debe destacar que el guion se sustenta en la vida de T. E. Lawrence y su libro “Siete pilares de la sabiduría” (1926), específicamente a su experiencia en las provincias otomanas de Hejaz y la Gran Siria (Libano, Jordania, Israel y los territorios palestinos, además de Siria actual) durante la Primera Guerra Mundial, en particular sus ataques a Aqaba y Damasco y su participación en el Consejo Nacional Árabe.
Más allá de estos aspectos político-históricos, que se desarrollan alimón de los intereses de Reino Unido en la región, es importante destacar el conocimiento de T.E. Lawrence de vastas regiones de Oriente Medio antes y después de la primera conflagración mundial, lo cual incluyó características de vastas zonas desérticas y la identificación de rutas seguras y de abastecimiento (oasis, valles, lugares estratégicos), que posteriormente sirvieron para el desarrollo de la guerra de guerrillas que él desarrollo con tribus y beduinos de esas latitudes contra las tropas turcas.
Adicionalmente, su trabajo en la Oficina Árabe del Cairo y el Fondo de Exploración Palestina favoreció su formación como cartógrafo y como diseñador de rutas férreas, que en la película se aprecian como herramientas estratégicas para las operaciones de los rebeldes árabes. Otro aspecto adicional fue su adaptación cultural como forma de exploración, lo cual abarcó un conocimiento de dialectos locales y una integración a las costumbres beduinas, como fue el uso de sus vestimentas y la el asumir sus formas de vida.
Entre la veracidad de sus aportaciones destaca el riesgo de transitar los desiertos Nafud y Wadfi Rum, cercanos al puerto de Áqaba (Jordania), donde las condiciones extremas de calor, escasez de agua y tormentas de arena, obligan a sus habitantes a desarrollar una resistencia física y habilidad de supervivencia.
Más allá de estos aspectos, T.E. Lawrence, como otros exploradores occidentales, asume su exploración como un recorrido que trasciende lo físico para transportarlo a lo existencial. No hay duda que en “Siete pilares de la sabiduría” se exhibe un recorrido paralelo a lo geográfico. Su viaje interior muestra a un hombre con una dubitación entre el heroísmo, el heroísmo, la culpa y la deshumanización. Los dilemas éticos que conlleva su periplo al final se plasman en una lealtad dual: a los ideales de las fuerzas británicas y a la exaltación de la libertad árabe que atestiguó. No hay duda que este dilema de identidad lo acompañó hasta su muerte.
Un legado y sus réplicas
En noviembre de 2024, un grupo de 6 experimentados exploradores, encabezados por Mark Evans, anunciaron el inicio de una expedición similar a la que realizó Bertram Thomas en 1928 por la inhóspita región desértica conocida como Rub Al-Khali (Empy Quarter), localizada al suroriente de Arabia Saudita y colindante con el sultanato de Omán y con la república de Yemen.
Se trató de un acontecimiento trascendente por dos razones. Primero, por tratarse de la conmemoración del primer viaje realizado por un europeo a esa región y, segundo, por reivindicar un sitio que es mencionado en el Corán y que es representado en el cuento “The Nameless City” de H.P. Lovecraft.
La expedición emuló a detalle el viaje de Thomas en 1928, realizado durante 42 días y cuya culminación le valió una carta de felicitación por parte del rey Jorge V. Sin embargo, esta ocasión, Evans y su grupo utilizaron vehículos todo terreno, además de camellos, lo cual les permitió ser ubicados en tiempo real, realizar podcasts y grabar entrevistas durante su itinerario para radiodifusoras en Reino Unido.
Si bien es cierto que otros expedicionarios han emulado la ruta, el mismo Mark Evans lo hizo solo en 2016, lo cierto es que la odisea de Bertram Thomas (1892-1950) en su tiempo no tiene parangón. Este funcionario de la administración pública del Reino Unido (Oficina General de Correos) sirvió en Bélgica durante la I Guerra Mundial y posteriormente, ya como oficial del Regimiento de Infantería, sirvió en Mesopotamia (actual Irak) entre 1916 y 1918.
La visión de su expedición surgió a partir de 1918, cuando fue asistente político para el Reino Unido en ese país de 1918 a 1922, y posteriormente asistente del representante británico en Transjordania (actual Jordania). El paso decisivo fue en 1924, cuando es nombrado ministro de Finanzas y visir (consejero o asesor) de Taimur bin Feisal, sultán de Omán, cargo que ocupó de 1925 a 1932. En esta función, realizó varias expediciones al desierto y se convirtió en el primer europeo en cruzar el Rub al-Khali en 1928 guiado por beduinos de la tribu Rashid. Thomas relató este viaje en “Arabia Felix” (1932), con prólogo de T.E. Lawrence, detallando la fauna, los habitantes y la cultura de ese sitio.
Antes de su viaje, Thomas aprendió idiomas y dialectos y estudió religiones y alianzas; fauna, flora, costumbres y antropología antes de su viaje. Como tenía conocimiento de las pugnas y la búsqueda de la paz entre las tribus, realizó primero una marcha tierra adentro, a lo largo de toda la costa, como una especie de práctica para su gran empresa. Finalmente, se escabulló de Mascate y navegó hasta Dhufar, desde donde emprendió su marcha a través del desierto. El año anterior había hecho un pacto con un miembro de la tribu Rashidi, el jeque Sahail, para que estuviera presente y lo guiara.
En “Arabia Felix” plasma su conocimiento previo sobre Arabia y aspectos que ya otros habían documentado, pero lo fundamental es el registro de las cosas nuevas, las tradiciones y los hechos que no figuraban en el conocimiento previo de esa región en occidente.
En su narración esta región de Arabia es la más inhóspita de todas las tierras debido a sus características áridas como la tierra de Moab y a lo agreste de su suelo, como en Harra, cubierta de lava. Además, su idioma es diferente, sus costumbres son más primitivas. El ghrazzu, o expedición de incursión, de Arabia Deserta la denomina gom, y los héroes legendarios de la raza en estas arenas estriadas son los Bani Hillal, una tribu legendaria “cuya fuerza es hercúlea” y cuyo descendiente más capaz era Bu Zaid.
Thomas constata que en el Rub al-Khali se encontraba desde antaño la fuente principal de incienso para el antiguo Egipto. Consciente de su característica de pionero, no omitió nada que pudiera anotar. Registró cada ser vivo o planta que pudo observar o recolectar, y realizó observaciones minuciosas con cronómetros y sextante. Así marcó cada pozo de agua y la calidad de su contenido, cada colina, cada duna y cada arena movediza. Incluso registró en notación musical cada canto de los miembros de las tribus.
El ciclo de vida de Thomas continuó ya fuera de estas coordenadas con la publicación de su siguiente libro, “Los árabes: la épica historia de un pueblo que ha dejado una profunda huella en el mundo”, y continuó como director del Centro de Estudios Árabes de Oriente Medio en Jerusalén, donde se capacitó en lengua y cultura árabes a los oficiales del ejército británico.
Vestigios de su odisea incluyen el documental “Crossing the Empty Quarter”, realizada por el presidente de la Sociedad Anglo-Omaní, Richard Muir —ex embajador en Omán— a partir de imágenes grabadas por Thomas durante su viaje y fotografías de la Biblioteca del Instituto Oriental de Cambridge.
El asesor del Rey
En la pléyade de exploradores de la península ocupa un lugar singular Harry St. John Bridger Philby (1885-1960), de ascendencia británica y nacido en Ceilán, quien después de ser consejero y oficial de inteligencia del ministerio de Colonias británico renunció a su condición de civil servant y viajó a Yedda, Arabia Saudita, donde se convirtió en asesor del rey Abdulaziz bin Abdul Rahman Al Saud, conocido en occidente como Ibn Saud.
Su conocimiento de idiomas regionales como el urdu, el persa y el árabe, así como su conversión al islam le permitieron involucrarse con la clase política saudí de entonces y ser por más de dos décadas, hasta el establecimiento de Arabia Saudita en 1952, uno de los asesores más cercanos al soberano saudí. Evidenció el descubrimiento de los principales yacimientos de petróleo en el país y participó en las negociaciones con las empresas petroleras y estadounidenses británicas.
Su trabajo inicial para el gobierno británico incluyó la rama financiera de la administración británica en Bagdad, aunque de manera implícita también asumió dos misiones: estimular la rebelión árabe contra los turco-otomanos y proteger los campos petroleros de Basora y Shatt al Arab, que eran los que abastecían a la marina real británica.
Su desempeño sirvió para que fuera enviado como jefe de una misión para entrevistarse con el entonces Sheikh Ibn Saud, que profesaba una corriente religiosa denominada wahabismo, derivada de la rama musulmana del sunismo. Aunque la instrucción que recibió fue otorgar apoyo al opositor político de Ibn Saud, que era Hussain ibn Ali, jerife de La Meca, Philby viajó desde Riad a Yedda para demostrar que el verdadero líder en las tierras altas de Arabia era Ibn Saud.
Este episodio evidenció su percepción respecto al balance de poder que podría predominar en la península y lo constató al manifestar su desacuerdo por la Declaración Anglo-Francesa (1918), que otorgaba la autodeterminación a los árabes en la zona y que él consideraba una traición a la creación de una gran nación árabe unificada. Su postura fue respaldar a Ibn Saud por considerar que sus designios en materia política tenían apego a lo que establecía el Corán.
Tras un breve paréntesis -en el cual las autoridades británicas lo enviaron a Palestina y posteriormente participó en las negociaciones respecto al futuro de la condición de mandato que tenía esa entidad- renunció a su puesto. Así, al mismo tiempo que se hacía público en Londres su intercambio de correspondencia no autorizada con Ibn Saud, él regresó a Yedda (1924), donde comenzó a asesorar a Ibn Saud, siendo una de sus primeras misiones fundamentar una estrategia para derrocar a Hussain ibn Ali, líder de los hachemíes, que gobernaba en esa ciudad.
Instalado en el puerto saudí del mar Rojo, además de ser uno de los más importantes consejeros de Ibn Saud en sus tratos con el imperio británico se hizo famoso como escritor, explorador y cartógrafo. Hasta su muerte escribió casi una veintene de libros sobre Arabia, los árabes y el islam. De entre sus mapas, sobresale el que realizó de la frontera entre Arabia Saudita y Yemen en el desierto Rub Al-Khali; también colectó fósiles y descubrió los cráteres de meteoritos de la región de Wabar.
Su vinculación con los asuntos del petróleo comenzó en 1931, cuando invitó a Charle Richard Crane a financiar exploraciones de petróleo en Yedda y otras partes de Arabia. Al año siguiente fue contratado por la Standard Oíl of California (SOC) para obtener concesiones de explotación del hidrocarburo; a partir de entonces se vio envuelto en solicitudes similares con otras empresas extranjeras que buscaban los mismos objetivos, empero, su lealtad a Ibn Saud motivó que sus acuerdos se centrarán con la SOC, que logró concesiones relevantes en la región de Al Hasa, en el golfo pérsico. Su involucramiento con este sector concluyó en 1936 con la formación de Saudi Aramco (Arabian-American Oíl Company) en cuyas negociaciones para su formación Philby representó los intereses saudís.
Tras un intento fallido de incursión en la política inglesa en 1939 -fue candidato parlamentario por el British People’s Party- y un breve encarcelamiento allí en 1940 por sus ideas fascistas y pronazis, Philby regresó a Arabia en 1945. Posteriormente fue expulsado debido a sus críticas a la ineficiencia y la extravagancia del régimen saudí, enriquecido por el petróleo. Desde su punto de vista, era evidente un decaimiento de los principios morales en el país, en aras de principios y costumbres de occidente, lo cual demeritaba la originalidad saudita.
El ocaso de su presencia en Arabia Saudita empezó desde 1953, con la muerte del rey Abdulaziz bin Abdul Rahman Al Saud. Posteriormente, su crítica creciente sobre la forma de gobernar del nuevo soberano generó su inminente exilio del reino. Así, en 1955 fue oficialmente expulsado de Arabia Saudita y se dirigió al Líbano, donde permaneció hasta su muerte.
Un beduino occidental
Wilfred Thesiger (1910-2003) fue hijo de un cónsul británico en Abisinia (Etiopía) y pasó los primeros años de su infancia cazando y cabalgando alrededor de Addis Abeba. Más tarde formó parte del ejército británico y escribió sobre sus viajes, exhibiendo un amplio itinerario como explorador de zonas remotas en África y Asia. Un rasgo fundamental son sus descripciones de los beduinos de la península arábiga y de los árabes de los pantanos del sur de Irak, ámbitos de los que abrevó un sentido peculiar de la vida.
En sus obras es inmanente una profunda admiración por las culturas tradicionales de los pueblos entre los que vivió, así como un desagrado hacia la civilización occidental moderna y por los inventos como los vehículos motorizados y las telecomunicaciones, que él consideraba amenazas para las formas de vida únicas de esos pueblos.
Thesiger es en el conjunto de exploradores mencionados un personaje cuya impronta de vida es manifiesta en sus escalas geográficas. Además de la pasión itinerante heredada de su padre y su trayectoria fugaz en el boxeo, formó parte del servicio público de Sudán y trabajó en Darfur. Durante la segunda conflagración mundial se unió a las tropas etíope-británicas contra la ocupación italiana en Etiopía. Posteriormente se incorporó al Cuerpo de Operaciones Especiales británico en El Cairo y al poco tiempo se integró al Servicio Aéreo Especial, encargado de operaciones de espionaje y contraterrorismo, en el cual participó en incursiones tras las líneas alemanas e italianas al norte de Africa.
Su trascendencia como explorador de ciertas regiones de Arabia se cimentó a partir de 1945, cuando hace una travesía de dos meses por el RubʿAl-Khali (Empty Quarter) acompañado por guías nómadas beduinos. La expedición se realizó a instancias de la Unidad Británica de Oriente Medio contra las langostas, y aunque el propósito oficial era buscar fuentes de infestaciones de esos insectos, el verdadero propósito de Thesiger fue vivir entre los beduinos, por lo que su estadía por el desierto se prolongó cuatro años después de completar su encomienda. Un detalle de esta travesía es que él utilizó solo los medios de transporte disponibles para los beduinos, lo que implicó viajes difíciles y peligrosos en camello con limitaciones de comida y agua.
Tras abandonar la península arábiga en 1950, Thesiger se dirigió a Irak, donde vivió siete años con los habitantes de los pantanos del sur, específicamente con la tribu Maʿdān (Marsh /Mandan), convirtiéndose en el primer europeo en realizar una observación detallada de la vida cotidiana en estas poblaciones. Su cotidianidad en esos ámbitos incluyó el servicio médico que ofreció para atender dolencias y lesiones con medicinas occidentales a la población local. Se volvió experto en la realización de circuncisiones, una habilidad muy valorada que le brindó la oportunidad de visitar diversas aldeas por toda la región.
Después de Irak, Thesiger continuó viajando y sus siguientes escalas fueron Irán y Afganistán. En 1966 estuvo en Yemen, donde por algunos meses fue asesor de las fuerzas realistas que luchaban contra el gobierno de izquierda en la guerra civil. Ya fuera de la península, en 1980 se estableció en Maralal, un pequeño pueblo de Kenia hasta 1994, cuando el deterioro de su salud le obligó a regresar a Inglaterra.
Sus experiencias de más de medio siglo como observador itinerante están detalladas en libros como “Arabian Sands” (1959), “The Marsh Arabs” (1964) y su autobiografía “A Life of My Choice” (1987), considerada un clásico de la literatura de viajes. Adicionalmente, su colección de más de 38 mil fotografías se encuentra en el Pitt Rivers Museum, de Oxford.
Gertrude, única en su género
También oriunda del Reino Unido, pero con una visión diferente a la de sus cofrades que exploraron la península, Gertrude M. Lowthian Bell (1862-1926) destacó además como escritora, servidora pública y arqueóloga. Egresada de colegios de prestigió, se convirtió en la primera mujer en graduarse en historia moderna en la Universidad de Oxford.
Al terminar sus estudios, su tío Frank Lascelles, ministro británico en Teherán, la invitó a visitarlo y arribó en 1892. Su experiencia de esta etapa, que se prolongó por varios meses, la plasmó en el libro “Imágenes Persas” (1894). Después de esta escala exploró diversas partes del mundo y desarrolló su pasión por la arqueología, el montañismo y los idiomas. Así, tradujo del persa los poemas de El Diván de Hafez (1897) y posteriormente volvió al Medio Oriente.
Sus primeras escalas incluyeron Palestina y Siria. Posteriormente viajó a Jerusalén y se instaló temporalmente en Damasco para convivir con los drusos de Jabal al-Druse. Con intermisiones de viajes de montañismo en Suiza, volvió nuevamente a Siria y recorrió los yacimientos arqueológicos de Asia menor y Constantinopla. Este recorrido de 7 años fue el sustento de su libro “El desierto y la siembra”, en el cual incluyó fotografías y observaciones de sus escalas en Damasco, Jerusalén, Beirut, Antioquía, Alejandreta y diversos territorios de drusos y beduinos.
Su segunda etapa de exploración se concentró en el Asia menos (Anatolia), donde se realizó en excavaciones arqueológicas con Willam M. Ramsay de edificios e iglesias de la época bizantina. Los resultados de estas pesquisas fueron incluidos en su libro ”Mil y una iglesias”. Cumplido su cometido en esta región, viajó en 1909 a Mesopotamia, donde realizó investigaciones y cartografías de sitios como Halamata y Ukhaidir; después siguió hacia Babilonia y Nayaf. En Carchemish conoció a T.E. Lawrence, con quien estableció una larga amistad y un prolífico intercambio de correspondencia.
En 1913, Bell completó su último y más arduo viaje por la península. Recorrió más de 1800 millas desde Damasco hasta el emirato de Ha´il -noroeste de la actual Arabia Saudita, donde habitaba la dinastía de los Rashidi, acérrimos rivales de la Casa Saud, gobernantes del vecino emirato de Nejd- y posteriormente se dirigió a Bagdad y más tarde de nuevo a Damasco.
Su estadía en Ha´il es memorable ya que ahí tuvo conocimiento de las pugnas entre los emiratos que buscaban el dominio de toda la nación y conoció a al último emir y miembro más antiguo de la dinastía Rashid antes de que ese territorio fuera adjudicado por la dinastía Al Saud; su estancia en esta zona incluso le valió ser apresada durante varios días.
Con el inicio de la primera guerra mundial inició una estrecha colaboración con el gobierno de su país. Para atender una solicitud del ministerio de Guerra respecto a la situación del imperio otomano en Siria, Mesopotamia y Arabia, elaboró informes en los cuales detalló el grado de simpatía que el imperio británico tenía en la zona. Después se afilió como voluntaria de la Cruz Roja y salió de la zona, sirviendo como enfermera en Boulogne y Londres.
Nuevamente fue convocada por las autoridades de su país, esta vez por el protectorado británico de Egipto, específicamente en la oficina de inteligencia, conocida como Oficina Árabe. Volvió a coincidir con T.E. Lawrence, con quien elaboró informes y cartografías sobre la ubicación y disposición de las tribus árabes en el Sinaí y la región del Golfo, así como lugares estratégicos para abastecimiento de agua.
Después de una breve colaboración de una oficina británica similar operando en la India, fue enviada nuevamente a Basora para ser una funcionaria de enlace entre la India y el Cairo. Su trabajo cercano con Percy Cox, administrador de la Oficina Colonial en el Medio Oriente y considerado el principal arquitecto detrás de las fronteras actuales en toda la región, la convirtió en la única oficial política femenina en las fuerzas británicas y recibió el título de secretaria oriental de Cox.
Un dilema político de trascendencia para Bell fue cuando se reunió con Ibn Saud en Basora, mientras que Cox e India le buscaban para que les apoyara en su lucha contra Ibn Rashid, que apoyaba a los otomanos. Este episodio es descrito a detalle en un artículo publicado en el Arab Bulletin, en el destacó las cualidades políticas de quien posteriormente se convertiría en mandatario saudí.
Además de su denunciar la masacre de armenios en 1915, Bell es también reconocida por haber participado en la Conferencia de la Paz (París, 1919) y en la Conferencia de El Cairo (1921), las cuales fueron determinantes para decidir las fronteras territoriales y los gobiernos de Medio Oriente como parte de la partición del imperio otomano.
Bell, al igual que Lawrence, creía que el gobierno británico debería aliarse con los nacionalistas árabes, en lugar de oponerse a ellos. Así, defendió la independencia de los estados árabes en Oriente Medio tras el colapso del Imperio Otomano, y apoyó la instalación de monarquías hachemitas en Jordania e Irak.
Los últimos años de su vida estuvo en Bagdad, donde fue figura clave en la construcción nacional iraquí. Ahí fue confidente y aliada del rey de Irak, Faisal I bin Hussein bin Ali al-Hashimi, quien la nombró directora honoraria de Antigüedades de Irak, desde donde ella ayudó a modernizar procedimientos, catalogar hallazgos y prevenir el saqueo no autorizado de artefactos. Murió en la capital iraquí en 1926.
Un poeta en busca de cafeína
El café Harar es el mejor de los cafés etíopes, con un sabor caracterizado por una pungente acidez y un aroma exquisitamente picante. Una empresa comercial etíope elogia su acidez media, cuerpo completo y… el distintivo sabor profundo del moka.
Joel Schapira. El libro del café y el té
De 1880 hasta 1991, año en que murió en un hospital de Marsella, Arthur Rimbaud, el enfant terrible francés del siglo XIX, cuya poesía ejerció una gran influencia en la literatura francesa, vivió en Adén, Yemen, y en Harar, Etiopía, trabajando en el comercio del café.
Siendo el primer europeo en supervisar la exportación del café de Harar, considerada la cuarta ciudad santa del Islam por la cantidad de mezquitas que alberga, es considerado un pionero en el negocio cafetalero en esa ciudad. Fue de los primeros europeos en arribar a esa urbe y el primero en hacer negocios allí. Esta etapa confirmó que su vida osciló entre lo sublime y lo comercial, aumentando el misterio de un escritor cimero en la historia de la poesía moderna.
Cuando Arthur Rimbaud (1854-1891) abandonó por completo la poesía en 1873, cuando ya había escrito las obras por las que es considerado un autor revolucionario: The Drunken Boat, A Season in Hell e Illuminations. Desde luego, nunca volvió a escribir poesía. Sin embargo, publicó varios artículos sobre África Oriental que aparecieron en el boletín de la Sociedad Geográfica Francesa.
A partir de ese momento, Rimbaud llevó una vida itinerante marcada por una inquietud de conocimiento y de exploración insaciable. Sus andanzas le llevaron de Indonesia, donde desertó del ejército colonial holandés; a Escandinavia, donde interpretó para un circo danés itinerante; a Chipre, donde supervisó a las bandas de construcción de carreteras; y, finalmente, en 1880, a Adén, en el protectorado británico de Yemen, cerca de la entrada sur del mar Rojo.
El nuevo Rimbaud quería explorar y dedicarse a la fotografía. Al llegar a Adén, en agosto de 1880, Arthur Rimbaud era una personaje distinta al que sus coterráneos de Charleville, su lugar de nacimiento, y de París, donde sus correrías artísticas seguían indelebles para Paul Verlaine y otros artistas de la época.
En aquel entonces, el café se había vuelto extremadamente popular en Europa, y especialmente en Francia. Aunque la planta se cultivaba en otros lugares —especialmente en Java por los holandeses— se consideraba que el mejor café provenía de Yemen. El puerto de al-Mukha en Yemen era, y esa fama todavía perdura en la actualidad, sinónimo de café. Así, durante años, los comerciantes y vendedores árabes se reservaron las transacciones de café, forjando algún tipo de monopolio con su comercio.
Se cree que el café fue introducido en Francia en 1660 por algunos comerciantes de Marsella que adquirieron la costumbre de beberlo en Oriente Medio, donde ellos lo comerciaban. También se piensa que en 1669 llegó a París, cuando el embajador turco comenzó a organizar lujosas fiestas de café para la nobleza francesa. Después de eso, solo era cuestión de tiempo que la población general se uniera. El Café Procope, la primera cafetería auténtica de París abrió en 1689. Así, para 1880, fecha de llegada de Rimbaud a Yemen, la mitad de toda la cosecha de café exportada yemení se destinaba a Francia.
Rimbaud trabajó para Alfred y Pierre Bardey, empresarios de Lyon que habían viajado a Yemen—entonces bajo control británico—años atrás y abrieron una sucursal de su empresa. Fue contratado para trabajar como capataz en la casa de selección de café Bardey. El café, que se cultivaba en las tierras altas de Yemen, se transportaba a la capital, Adén, en camello. Normalmente llegaba como bayas, las que había que limpiar, clasificar, empaquetar y enviar a Marsella.
Rimbaud aprendió rápido y casi de inmediato se convirtió en un empleado valorado. Decía a su familia que había aprendido mucho del comercio del café y que contaba con la confianza de sus empleadores. El único inconveniente era Adén, la cual consideraba “una roca terrible, sin una sola brizna de hierba ni una gota de agua buena”. Por ello, cuando supo que Bardey quería establecer una sucursal en Harar, en el interior de Abisinia (actual Etiopia), no dudó en solicitar una oportunidad para ir.
A principios de noviembre de 1880, Arthur Rimbaud confirmó a su familia que la empresa había fundado una agencia en Harar, a unos 500 kilómetros de la capital etíope. Firmó un contrato con la empresa, la cual se comprometió a entregar, además de su salario, comida, alojamiento y un uno por ciento del beneficio neto procedente de Harar.
Así que, a los 26 años, iniciaba una nueva experiencia en su vida al instalarse al este de África en busca de café. Salió de Adén y cruzó el Mar Rojo en barco hasta el puerto somalí de Zeila. Luego se unió a una caravana para hacer un viaje de 20 días a caballo por el desierto —la misma ruta por la que regresaba el café— hasta la ciudad abisinia de Harar, a 1830 metros (6000 pies) sobre el nivel del mar.
Para su desempeño en su nuevo puesto fue de gran utilidad su conocimiento de idiomas, ya que sabía latín, inglés, alemán y probablemente neerlandés, e incluso había estudiado árabe en su ciudad natal de Charleville. Desde el inicio mostró un interés genuino en la cultura de las tierras donde se había instalado. Aunque a menudo se frustraba por sus tratos con comerciantes locales, resultó ser un comerciante astuto y con resultados notables para sus contratistas.
Rimbaud residió allí más de ocho años en total—el tiempo más largo que pasó en cualquier lugar de su vida, salvo Charleville. Aunque Harar había sido conquistada por los egipcios, y una guarnición de soldados egipcios estaba estacionada allí, Rimbaud entró en sin impedimentos. Se estableció y comenzó a comerciar de inmediato, tanto café, como pieles y marfil. Aunque la compañía
Aunque Bardey le renovó su contrato por varios años más, al final renunció y comenzó a trabajar para otro exportador francés, César Tian. Sin embargo, esta vez se dedicó a un comercio de otro tipo: traficó armas para el rey Menelik II de Shewa para ayudarle a conquistar la provincia de Harar.
Aunque había abandonado su yo literario, seguía siendo un hombre observador y muy emocional. Por ello empezó a hacer fotos con una cámara fotográfica que le enviaron desde Francia. Existen todavía algunos testimonios de esas imágenes, en las cuales aparece en locaciones y casas de Harar, al lado de amigos y comerciantes.
Rimbaud abandonó Harar el 7 de abril de 1891, con un tumor en una pierna, lo cual le obligó a ser transportado en una camilla cubierta hasta la costa. Fue trasladado en un barco de vapor a Marsella, y allí fue trasladado al Hospital de la Inmaculada Concepción. Con el cáncer extendido, Rimbaud murió el 10 de noviembre de 189.Tenia 37 años.
Foto: Un fragmento del meteorito Wabar que se estrelló en el desierto de Rub al-Jali. (Archivos/Getty). Publicado por Arab News, 11 de diciembre de 2022.
Ciudad de México, 1963. Internacionalista, Maestro en Administración y Doctor en Administración Pública. Miembro del Servicio Exterior Mexicano desde 1992. Fue editor de las revistas Litoral y Proa; ha colaborado en diversas publicaciones en México y en el extranjero. Es integrante del consejo editorial de la revista digital ADE- Asociación de Escritores Diplomáticos. Autor de BelizeArt. Panorama de las Artes en Belize y del poemario Oranges for Sale. Coordinador y editor de cambiavías.
