En el último piso del restaurante nos esperaban dos mesas largas para dieciséis personas cada una. Nos sentaron al lado de otros embajadores. Nuestro anfitrión, un hombre bajo y vigoroso, no cabía de júbilo. Cumplía setenta años y aquella iba a ser su fiesta, con música, muy buena comida y vinos, y la presencia de familiares y amigos cosechados a lo largo de la vida.
Nos sirvieron el primer plato y se levantó, dos hojas de papel en la mano. Se puso los lentes y leyó frases sobre la alegría de vivir, el amor, la amistad y las enseñanzas de una larga carrera diplomática por el mundo.
—No crean —enfatizó— que fue fácil; ciertos momentos fueron duros, tan lejos de la patria, pero siempre satisfactorios. Algunos de mis amigos embajadores aquí presentes —y nos señaló— saben de lo que hablo. Los invito a compartir alguna anécdota de su vida que ejemplifique lo que estoy diciendo.
Miré el plato recién servido: era una ensalada de corazones de alcachofa con jamón ibérico. Y recordé un pequeño pero emotivo episodio de mi pasado. Más tarde, cuando lo consideré oportuno, solicité la palabra a nuestro anfitrión, quien de inmediato me presentó a la concurrencia.
Esta es la historia que conté:
Cuando llega la primavera, estoy a la espera de una de mis verduras favoritas, que en realidad es una flor grande y pesada. Me refiero a la alcachofa, como la que tienen en el plato. Me gusta por su sabor, siempre delicado, y sobre todo por el ritual que la acompaña: colocarla entera en el centro del plato, deshojarla una a una, pasar cada hoja —en realidad, lo que serían los duros pétalos de la flor cerrada— por una vinagreta, y jalar con los dientes la parte carnosa. Al final, como en un ritual azteca, se abre el corazón que se come con fruición, porque es lo más sabroso.
La gente rió.
Es una pena que cada año sean más escasas y más caras.
Y cuando veo una alcachofa, esta me transporta a San José, California. Allí, hace unos veinte años, viví un dilema legal y moral, algo finalmente muy humano, que les contaré enseguida. Era entonces cónsul general y el consulado abarcaba tanto la ciudad de San José, capital de Silicon Valley, como el valle de Salinas, uno de los lugares más fértiles del mundo, donde nació John Steinbeck y donde escribió su novela Las uvas de la ira. Le dicen el “salad bowl” de Estados Unidos, porque en sus prodigiosas tierras negras crecen la mayoría de las fresas, lechugas, espinacas y otras verduras que se consumen en ese país.
Un día llamaron al consulado para solicitar un testamento. Junto con los poderes, es una de las funciones notariales que el cónsul no puede delegar. Pero había un problema: la señora que quería hacer su testamento se encontraba enferma de cáncer y no podía moverse de su casa, en un pequeño poblado a la entrada del valle de Salinas llamado Castroville. Tenía entonces que desplazarme hasta allá, como a una hora y media del consulado, acompañado de una asistente consular.
El día convenido, cruzamos el arco que decía: «Bienvenido a Castroville, capital mundial de las alcachofas. 5,000 habitantes». Así, con ese superlativo que tanto gusta a los norteamericanos. Pues era cierto, como lo pude verificar después: no hay lugar en el mundo donde se produzcan más alcachofas, ni siquiera en Italia, donde más se consumen en proporción a sus habitantes.
No fue fácil dar con la casa de la señora: vivía en un barrio de mobile homes, es decir, de casas rodantes o trailas, como también les dicen allá los mexicanos. Esto es muy común en California, porque los trabajadores agrícolas, con sus miserables salarios, no pueden pagar la renta de una casa. Duermen en barracas a la orilla de los campos o, con más suerte, como esta familia, en casas rodantes.
Nos esperaban cuatro hombres jóvenes, delgados, de cabello oscuro y piel morena. Eran todos hijos de la señora del testamento.
—¿Y su madre? —pregunté.
—Está dentro, descansando. Lo está esperando.
—Tengo que hablar a solas con ella —les dije.
Porque el testamento es algo muy delicado —expliqué a mi audiencia en el restaurante—, es como una confesión que nadie más que el cura puede escuchar. Nadie puede presionar al testador, quien pondrá por escrito y libremente cómo se dispondrá de sus bienes.
En las breves escaleras del remolque había una joven, nuera de la señora, quien me hizo pasar a una pequeña recámara. Ahí estaba ella, recostada boca arriba, cubierta solo por una sábana que le llegaba debajo de los hombros, con los brazos sobre el pecho. Le noté la cara y los brazos muy hinchados.
—¡Mamá! —le dijo la nuera, acercándose a la cabecera—. ¡Aquí está el señor cónsul!
La señora no reaccionó.
—¡Mamá! —insistió la joven, más fuerte—. ¡Despierte, que está aquí el señor cónsul y necesita hablar con usted!
La señora apenas movió la cabeza, sin abrir los ojos.
Inesperadamente, la nuera soltó una cachetada a la señora con tanta fuerza que esta abrió los ojos, giró la cabeza sorprendida y nos miró, sin entender lo que sucedía. Después de un momento la nuera se disponía a asestar otra cachetada cuando la detuve con la voz:
—¡Suficiente! Déjeme solo con ella, por favor.
Salió de inmediato.
Entonces comprendí todo: no había sido la señora quien había pedido el testamento, sino sus hijos. Quizá por su enfermedad se encontraba ya en fase terminal.
Le tomé una mano y la puse entre las mías: estaba tibia, pero sin fuerza, como cuando uno recoge un pájaro que acaba de estrellarse contra una ventana.
—Señora —le hablé suavemente—, ¿me escucha? Soy el cónsul y estoy aquí para ayudarla.
Era inútil. Si no reaccionaba era por los potentes analgésicos —quizá morfina— que le habían suministrado.
La situación era complicada. No podía emitirse el testamento. Los cónsules sabemos que la primera regla es que el testador —o, en este caso, la testadora— tiene que tener conciencia de tres cosas: su nombre (persona), la fecha (tiempo) y el lugar donde se encuentra (espacio). Es decir, tener plena posesión de sus facultades. Si no es así y se otorga el testamento, cualquier persona lo puede impugnar ante un juez, y el cónsul es legalmente responsable porque infringió esta regla fundamental. Un testamento viciado es algo muy serio.
Por la pequeña ventana del mobile home, registré que varios pares de ojos intentaban entender lo que pasaba dentro. Ni hablar, pensé. Tengo que darles la mala noticia. Respiré profundamente y salí.
—A ver… —comencé—. Tengo algo que decirles.
Me miraban intensamente todos, en silencio. La nuera se encontraba unos pasos detrás, con la cabeza agachada.
Entonces se me ocurrió algo.
—¿Su mamá tiene bienes en México? —pregunté.
—Sí, un terrenito.
—Y ese terreno, cuando ella ya no esté aquí, ¿para quién sería?
—Se repartirá entre todos.
—¿Así lo quiere ella?
—Sí.
—¿Entre todos ustedes aquí?
—No, tenemos más hermanos en Zacatecas.
—¿Y su papá?
—Él murió hace cuatro años.
—¿Cuántos hermanos más hay en México?
—Dos hermanas y el más chico.
—¿Y todos están de acuerdo en que se reparta ese terrenito por igual?
Anticipé la respuesta:
—Sí señor.
—Bueno —les dije—. En tiempos normales su mamá no podría hacer su testamento porque está muy dormida. Pero si esa es la voluntad de ella y la de todos, creo que podemos proceder. Para eso necesito hablar por teléfono con los hermanos que no están aquí.
Así se hizo. Uno de ellos sacó su celular y marcó.
Justo el año anterior había estado en Zacatecas, de paseo. Me imaginaba una pobre casa en medio de cerros áridos, bajo la sombra de un huizache, rodeada de tierra roja, dura y seca. Tierra de emigrantes.
Fui hablando con las dos hermanas y con el menor, que había cumplido dieciocho años. Cada uno me repitió que estaba de acuerdo con el reparto del único bien que poseía su madre.
Pedí a la asistente consular que tomara la huella del pulgar de la señora dormida y que se asentara en el testamento que era analfabeta, por lo que era incapaz de firmar.
Me despedí y regresamos a San José.
Una semana después recibí en la oficina una caja pesada, cerrada, junto con una nota muy breve anunciando que había fallecido la señora de Castroville. Para agradecerme, los hijos me enviaban una caja llena de alcachofas, que repartí entre los empleados del consulado.
—Por esta razón —terminé—, frente a una alcachofa no dejo de pensar en esa pobre familia y en la crueldad que hubiera sido no otorgarle ese testamento. Quizás nunca hubieran logrado hacer válida la herencia. Nuestro trabajo nos obliga a ser más flexibles, más sensibles, más humanos. Esa fue la lección de la alcachofa.
En medio de los aplausos, me senté de nuevo y perseguí con el tenedor el último pedazo, tierno y perfumado. [ C ]

Es miembro del servicio exterior mexicano desde 1987. Es embajador de México en Portugal y anteriormente ante la República de Corea, la República Popular Democrática de Corea y Mongolia (2017-2022). Fue Director General del Proyecto de Integración y Desarrollo de Mesoamérica en la AMEXCID, de la Secretaría de Relaciones Exteriores (2015-2017). Es internacionalista por el Colegio de México y realizó estudios en el Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos y en la École Nationale d’Administration (ENA). Ha publicado textos sobre temática internacional en revistas especializadas. En 2020 publicó la fábula política “La guerra de los nopales”, incluida en las revistas Acentos Review y en Angel City Review.
