La experiencia del escritor adulto se combina con la inquietud juvenil. Esto confirman las creaciones de un colectivo de escritores que temporalmente residen en la Casa de México de la Ciudad Universitaria de París, conviviendo con otros estudiantes mexicanos que cursan la maestría y doctorado en Letras.
En este espacio, el escritor sinaloense Miguel Tapia imparte el Taller de Narrativa Creativa, en el cual cual participan diez escritores de México, Argentina, Venezuela, España y Francia. Grosso modo, el taller inicia con la lectura de Juan Rulfo, la cual además de motivar reflexión, da la pauta para nuevas creaciones. Posteriormente, esas obras se leen y comentan grupalmente a fin de que en su confección se fortalezca la confianza y la creatividad de los integrantes. La producción individual generada durante el taller permitirá a los participantes concluir con una obra personal que derive en una colección de cuentos, crónicas, poemas o, incluso, una novela.
Lo que confirma esta tercera entrega es que la combinación la experiencia del escritor adulto con la inquietud juvenil garantiza la herencia y la trasmisión de universos creativos de singular forma y disfrute.
Felipe Sánchez Reyes
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DE LA CRUZ
Maxime Nordín.
[ Franco-mexicano, analista político en la Delegación Permanente de México ante la OCDE en París. Licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad de la Sorbona y maestro en Cooperación y Desarrollo en América Latina por el Institut des Hautes Études de l’Amérique Latine (IHEAL), ha participado en diversos proyectos y publicaciones académicas. ]
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En la penumbra de la calle desierta, inmóvil, brillaba con una luz incandescente el tótem.
Llegué unos quince minutos después de la hora acordada.
Había optado por caminar las escasas cuadras que separaban mi casa del lugar de encuentro, con la firme intención de tomarle el pulso a la ciudad, de sentirla. Todavía un poco aturdido por el viaje y por las pocas horas de sueño, me dije que el trayecto me caería bien para acomodar las ideas y sacudirme un poco las piernas. Quería disfrutar el reencuentro.
Llevaba tiempo sin regresar, no sabría decir exactamente cuánto. Y, sin embargo, aquella tarde la ciudad parecía haber esperado pacientemente mi regreso. La tarde era cálida. Los árboles perfumaban el aire y desprendían de sus extremidades matices dorados y escarlatas. Las calles aparecían tapizadas de frutos fermentados y pétalos aplastados. El aire fresco mezclaba olores de tierra húmeda y fruta madura. Yo sabía aislar y disfrutar plenamente esos momentos de somnolencia urbana. Desfilaban recuerdos por esas calles, momentos fugaces mientras admiraba con asombro sus banquetas irregulares, sus mosaicos rojiblancos de los cuales irrumpían las indomables raíces de aquellos colosos.
Mientras barría con la mirada las calles, contemplaba el extraño asedio en el que se encontraba el barrio. Una nueva e inquietante verticalidad comenzaba a instalarse y apoderarse del paisaje. Edificios de ladrillo emergían como invasores silenciosos y empezaban a apropiarse de las manzanas, desplazando y reemplazando a los viejos vecinos. Nuevas formas de habitar la ciudad. Aquellos nuevos inquilinos parecían observar el vecindario desde arriba, indiferentes, todavía extranjeros. Poco a poco, el ruido de los últimos taladros dejaba lugar al murmullo de los pájaros que se reunían en las copas de los árboles, preparando la noche.
Avenida L. Vallarta 1246.
La fachada gris del edificio contrastaba brutalmente con la calle y sus colores. El extraño edificio desentonaba con lo que había visto hasta ahora, tenía algo de funeraria moderna. Mis amigos habían optado por reunirnos en uno de esos lugares del momento. El Bar de la Cruz, inaugurado apenas unos meses antes y cuyo diseño, según me había contado André, había sido realizado parcialmente por una amiga del colegio.
El bar se encontraba en el último piso de Plataforma, una nueva galería de arte contemporáneo que acababa de sumarse a la creciente oferta cultural de la ciudad. Mientras escuchaba nuevamente las indicaciones enviadas por André en una nota de voz, rodeé la fachada de la galería hasta encontrar unas escaleras metálicas escondidas al fondo del edificio. Las subí lentamente, atraído por una tímida melodía que se hacía cada vez más presente.
La atmósfera del lugar me sorprendió de inmediato. Tuve la extraña impresión de entrar en un espacio religioso ¿Un monasterio? Una sala amplia cubierta de madera oscura, un piso de cerámica amarilla y una iluminación rojiza que parecía suspender el tiempo. Una atmósfera sofocante impregnaba el lugar, un silencio ruidoso apenas interrumpido por murmullos y el roce discreto de vasos sobre la barra. El carácter oscuro e introspectivo del espacio producía una sensación extraña, casi voyeurista. Sobre la pared izquierda se alineaban tres cabinas de cedro rojo, parcialmente ocultas por la penumbra. Dentro de ellas apenas se distinguían algunas siluetas hundidas en sillones de piel, iluminadas tímidamente por pequeñas bombillas de vidrio soplado. Había algo de confesionario en aquellas cabinas, una intimidad cuidadosamente diseñada.
Al fondo se extendía una enorme barra iluminada por lámparas de vidrio soplado, color rojo sanguíneo. Los vasos y las botellas reflejaban destellos rojizos sobre la madera oscura. La madera oscura, el olor a cedro, la piel envejecida de las cabinas y el reflejo de la iluminación producían una sensación casi litúrgica.
Introibo ad altare Dei.
Busqué sin éxito entre las mesas algún rostro familiar.
Preocupado por no interrumpir aquella extraña cofradía, me dirigí hacia la barra. A un lado se encontraba una puerta corrediza que conducía al espacio exterior del lugar.
El contraste entre ambos espacios era brutal: adentro, un ambiente silencioso, oscuro y casi inquietante; afuera, una amplia terraza donde una corriente fresca agitaba lentamente los sillones de madera y las piedras volcánicas decorativas. La ciudad respiraba. Ahí estaban ellos. Reunidos en círculo, conversando tranquilamente bajo el aire de la noche. Aliviado, como uno puede estarlo al encontrar algo familiar en un entorno extraño, me apresuré a saludarlos uno por uno. Abracé aquellas sonrisas de la infancia, apenas alteradas por el tiempo. Algunas caras seguían conservando un aspecto lampiño, inocente y pícaro, otras parecían endurecidas, curtidas por esas marcas discretas que deja la vida.
Mientras nos decidíamos por las bebidas, Rubén nos platicó un poco del concepto del lugar.
—De lo que entendí, este edificio de inicios de los setenta fue una casa funeraria durante varias décadas. El despacho que lo remodeló intentó crear un espacio de celebración en torno al arte, en un lugar que durante mucho tiempo estuvo definido por la dualidad entre la vida y la muerte.
—¿A poco sí, Rubencito? —contestó Esteban con sarcasmo.
Me pareció notar un cambio en la relación entre ellos desde que Esteban salía con Jenny, la prima de Rubén. Un trato distinto se había instalado entre los dos.
Hablamos de lo que se habla en ese tipo de reencuentros: de la vida, de la ciudad y sus cambios, de chismes y fracasos sentimentales. Fue entonces cuando observé un detalle que se me había escapado. Aunque desde el inicio me había sorprendido la ausencia de luz natural y la falta de comunicación entre el interior y el exterior, nada parecía vincular ambos espacios salvo tres pequeñas ventanas en forma de cruz que conectaban tímidamente la terraza con el interior del bar. Estas parecían dispuestas como esculturas incrustadas en los muros.
Mientras observaba aquellas ventanas recordé algún artículo sobre la inspiración religiosa en arquitectos como Barragán. Entonces apareció, en la segunda ventana, una extraña silueta detrás del vidrio, deformada por la geometría de la abertura. Solo se distinguía una hilera de dientes color marfil, único punto donde penetraban algunos rayitos de luz rojiza.
Era Javier, el último en llegar.
—Ya era tiempo, don Javier de la Cruz. ¿Qué te pedimos? —dijo Rubén entre risas.
La extraña aparición de Javier por aquella ventanita nos hizo recordar inevitablemente el fenómeno que había sacudido la ciudad unos años antes.
Las cruces de mierda.
—¿Cómo había empezado todo? —pregunté.
Yo había escuchado hablar del caso, pero ya vivía fuera de la ciudad.
Esteban, que poseía memoria de cronista y apreciaba particularmente ese tipo de historias, aseguró que todo había comenzado durante la pandemia.
—Recuerdo que la primera cruz apareció como a los dos o tres días del famoso discurso de López-Gatell. Una cruz de mierda embarrada cuidadosamente sobre un puente peatonal. El caso se volvió viral en redes. Empezaron a aparecer fotos del signo en distintas partes de la ciudad.
—Primero en avenida Hidalgo, luego a dos pasos de mi casa y también por los rumbos del Expiatorio —señaló Rubén—. Nos mantuvo bastante entretenidos durante el encierro. Hasta debatimos si se trataba de cruces de mierda o de tierra.
Según Esteban, las redes le habían dado mayor magnitud al caso.
—¿Y cuál fue el motivo? —pregunté, lamentando no haber presenciado semejante serie de firmas.
—Pues mira —continuó Esteban— al inicio pensamos que se trataba de un caso aislado, pero poco después comenzaron a aparecer por toda la ciudad. ¡Se inspiró el cabrón! Primero sobre anuncios publicitarios de parabuses, después sobre puentes peatonales, iglesias y fachadas recién remodeladas. Siempre la misma forma, dos líneas de mierda perfectamente superpuestas. En cuanto a los motivos del autor, nunca se supo bien. Entonces comenzaron las teorías. Se creó incluso una brigada de detectives amateurs en Facebook. Algunos apuntaban a una crítica religiosa, otros aseguraban que, si unías los puntos donde habían aparecido las marcas, se formaba un pentagrama sobre la ciudad. Ya sabes, mamadas de trasnochados.
—Para mí sí fue una especie de manifestación antirreligiosa o contra la gentrificación —aseguró Rubén.
—A mí me late más la idea de una intervención artística, un trabajo de autor—agregó André—. Un performance anónimo para criticar el consumismo.
—No mames, André —dijo Javi—. Dudo que haya sido un solo autor. Yo creo que un indigente hizo la primera marca en un momento de inspiración y luego, cuando el asunto se volvió viral, otros continuaron el juego. Así nació la leyenda.
Yo observaba fascinado la manera en que mis amigos discutían con absoluta seriedad aquel fenómeno escatológico.
Esteban remató:
—Lo que sí, hayan sido varios o uno solo, nadie pudo explicar los sucesos que vinieron después de las marcas. ¿Qué me dicen de la volcadura del Sitren en avenida Hidalgo, a dos pasos de donde apareció la primera cruz? ¿Y el incendio de la bodega Cubero?
—Esas son mamadas —dijo Javi—. No creo que haya ninguna correlación entre ambos hechos.
Después de un buen rato de discusión, cambiamos de tema y más tarde nos despedimos.
Rechacé amablemente el ride que me ofreció André. Quería, como en la ida, regresar caminando.
Las calles respiraban una humedad deliciosa. Yo seguía un poco aturdido y las bebidas habían acentuado mi estado nebuloso. Deambulé sin rumbo mientras la ciudad se vaciaba por completo y dejaba de parecerse a la pintura de unas horas antes.
El camino de regreso me pareció más denso y confuso que el de la ida. Las fachadas oscurecidas me resultaban irreconocibles. Creí estar perdido hasta que lo vi.
En la penumbra de la calle desierta, inmóvil, brillaba con una luz incandescente el tótem. Resplandecía como un faro en medio de la noche, el letrero publicitario del Seven, con sus destellos verdes y anaranjados.
Entonces casi tropecé con una silueta diminuta sobre la banqueta. Creo que era un hombre envuelto en trapos. Me sonrió… ¿o acaso fue una mueca? No estoy seguro. Desapareció de un instante a otro, como absorbido por la noche. Aceleré el paso hasta llegar al portón de la casa. Introduje la llave apresuradamente, pero algo viscoso y espeso cubría la cerradura. La llave resbaló entre mis dedos.
Y entonces remató en mis narices el olor de la sentencia. Nauseabundo. Un tufo espeso que parecía desprenderse del propio portón. Retrocedí instintivamente. Y fue ahí cuando la vi. Dos líneas trazadas cuidadosamente sobre el portón oscuro.
Habían vuelto. [ C ]
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TRES TEXTOS (del libro Refugio de Cuentos)
Dénise Morales C.
[ Venezolana. Licenciatura en Comunicación Social, Universidad del Zulia, Venezuela. Máster en Educación, Universidad de Montreal, Canadá. Publicaciones: tres libros de cuentos para jóvenes, Universidad de los Andes, Venezuela, donde trabajó como docente 27 años. Vive exiliada en Francia donde ha publicado seis libros de relatos en Amazon. ]
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1. Fruto
… Hay una manzana podrida en el reino de mi infancia…
Con ese pensamiento corté la fruta de un tajo. En su centro vi una mancha tenebrosa que parecía macerar todas mis estaciones y descontentos. Intenté salvar un bocado porque nada restaba en mi despensa, y porque contaba con pocos minutos antes de que diera inicio la función de teatro. Bajo el influjo de su imagen conduje el auto desmenuzando con raciocinio el porqué de mi repentina aflicción ante la fruta descompuesta. De niña las manzanas eran frutos mágicos que llegaban para ocasiones especiales: el cumpleaños o el final de los doce meses. En el reino de mi infancia los monarcas eran mis padres, sus guerrillas domésticas veladas con amorosos gestos y buenos modales nos hacían sentir los tiernos herederos de los territorios del afecto.
Esta manzana de la que hablo, había cumplido su misión en el platillo de las ofrendadas de mi altar y, sobre todo, satisfizo las medidas justas para mi goce estético. Aguardé con deleite el momento de cortarla y, repasé por última vez su figura perfecta. Le encajé el cuchillo, la hice dos fragmentos. Dos rostros pálidos mirándose en lugar de dos mitades frescas. El deterioro era inminente. Mi desconcierto era el de un espectador enfrentado al Acto único de la inaplazable decadencia. Tan protagonista era yo como ella. Su rango de fruta sapiente en la historia del Génesis no bastó para recomponer mi entusiasmo.
Mientras llegaba al teatro mastiqué la magra rodaja salvada al resto de la manzana. Su sabor terroso me devolvió la imagen de mi desheredado reino. La boca, en vez de agua, se me hizo un cuenco de conciencia: sabere-sapere. En ella se reunían decenas de años enterrando la imagen de mis muertos, recogiendo restos de peladuras y trozos de cuantos ideales creí llegar a ver resueltos.
Llegué al teatro, crucé la puerta y penetré en la sala que ya estaba oscura y llena de silencio. En ese instante se abrió el telón. No tuve tiempo.
La obra comenzó sin mí. Un intenso olor a fruta descompuesta cubrió las tablas. En el rojo terciopelo de las butacas mastiqué mi desconcierto.
Pero al fondo de las gradas, casi frisando el suelo, vi recomponerse el sentido de la frase de Shakespeare…
“hay un destello oculto en el marchito reino de una manzana muerta”.
***
2. Búhos
Pequeños, de ojos saltones y repletos de silencio, cinco búhos llegaron de repente. Los sagaces mochuelos me tentaron, atizaron mi deseo de abrazarles, y rogué al niño que estaba a mi lado echar mano a uno de ellos. Pero el niño dijo que los guardianes de la noche solo aparecen en los sueños. ¿Entonces estoy soñando?
Durante días anduve posesa por el encantamiento. Buscando descifrar mi sueño, cavilé, leí acerca del significado onírico de los búhos, según los antiguos oráculos y el psicoanálisis. La imagen de sus fantásticos ojos apuntando como faros mi encierro se volvía cada vez más real y ya no supe, si una evocación, puede ser más cierta que todo lo que creemos estar viendo. Decidí pues buscar la ayuda de un mago para dilucidar el misterio. Me hablaron de uno que habita un apartado municipio y, para cumplir sus oficios, pide como condición guardar silencio absoluto hasta su llegada. Así pues, un mediodía, me entregué al vacío encantado de ese momento que parte la refulgente esfera de la jornada en dos mitades. Me quedé callada, no hice almuerzo. Esperé quieta…
El mago ahora está aquí. No me ha dicho cómo vino de tan lejos. A decir verdad, suelta muy pocas palabras y me advierte que las atesora como gotas de tinta para escribir lo que el silencio encierra. Pero en fin, aquí está y se ha puesto a preparar un dulce de ciruela, ruibarbo y trozos de lechosa verde que encontró en mi despensa.
Se mueve liviano, musita mientras revuelve la cacerola sobre el fuego. Gira la cabeza en círculo como lo hace la lechuza, sus ojos destellan dos linternas. De su túnica brotan luciérnagas que lo desprenden del suelo. Levita, viaja por las habitaciones, cambia el lugar de cada objeto, muda el sentido de las hojas del almanaque, pone entre mis libros palos de canela, hojas transversas.
Yo me retiro a mi pieza, le dejo hacer mientras las patitas del reloj dan saltitos sobre las rayas meridianas. Dentro de poco, el niño que vive conmigo regresará del colegio. Escucho silbar al mago y las aves del vecindario llegan contentas. Toda la casa se vuelve una pajarera. Suena el timbre. Abro la puerta, el niño me entrega su morral y un dibujo con una nueva bandera, la que tiene otra estrella.
El mago, se queda pensativo, se rasca la punta de su barba con una mano, con la otra bosqueja una figura en el aire que el niño captura al vuelo y la completa a su manera. La pajarera eufórica frisa el cielorraso, explora el aroma de la confitura. El momento culminante llega.
Todo está listo. La obra terminada, anuncia el viejo sabio. El niño alcanza su dibujo y lo hace ondear como otro vuelo. El mago agita el cucharón de palo y escribe al aire una frase que se ilumina con cola de cometa. Las páginas de mis libretas se abanican, se desprenden, desordenan sus esquemas. Un estornudo del mago las dispersa. Otro movimiento de su varita y el hombrecillo estampa una frase sobre la única hoja sobreviviente en mis despeinados cuadernos. Allí se lee: los Búhos nos visitan para enseñarnos a abrazar el miedo, enfocarlo con ojos de linterna, trocarlo en lucero. La noche es el espacioso pliego que los búhos tienden para que les narremos un cuento.
El mago va a la cocina, colma varios platitos con la jalea olorosa a lechoza, ruibarbo y ciruelas, todos comemos muy contentos. Pericos, gorriones, golondrinas, niño y mamá aplauden a Flareón, que así se llama el mago, según nos enseñó con sus gestos, que quiere decir, Flamígero Recuerdo.
Lo vemos levitar de nuevo. Ahora entra por el agujero de un frasquito de tinta que le hace de aeronave, carruaje, proyectil e idea para acudir puntual a su destino y llevarse de vuelta la mecha encendida de una inspiradora musa.
Una mecha mía se ha ido con Flareón. Ahora preparo el almuerzo con mi hijo y escuchamos que algo dice…
… “crear es el primer alimento”.
***
3. Yumira
Yumira tiene un sueño. Como puede otro tener un barco, una brújula, un granero. Algo a lo que se vuelve para asegurarse de que el camino por el que se transita aún no está acabado ni resuelto. Dos lamparitas se encienden en sus ojos cuando me habla de su sueño. Su rostro alcanza el brillo de los luceros y los plises de su piel se despejan dejando ver a la niña de quince años que era Yumira cuando contrajo matrimonio en aquella lejana tierra a orillas del Éufrates.
Yumira desde entonces acuna un sueño, un capullo compacto que, ni sus embarazos ni sus labores de panadera, han impedido que crezca. Su sueño aguarda paciente el roce de la libertad para abrirse plenamente.
Cuando voy a comprar pan, Yumira me pide que le hable de mis viajes, de mis estudios y de otros episodios que para ella resultan proezas, y le avivan sus lamparitas inocentes. Insiste en que me quede conversando un rato más, mientras los clientes de la panadería van y vienen sobre el hilo de nuestras palabras que la tarde se lleva. Luego de escucharme, Yumira se cubre de coraje y me revela su gran sueño: deseo estudiar. La palabra cobra la dimensión de una estrella. Inalcanzable, puesto que, de tan escondido, su sueño no ha conseguido franquear la negativa de su marido para permitirle ir a la escuela. De sus ojos escapan dos cocuyos muy verdes y arrojan claridad a tantos años de cautiverio.
<No hay manera de convencerlo> repite Yumira, <mi marido no quiere dejarme estudiar>. Los cocuyos vuelven a entrar por donde salieron. Y yo creo estar viendo un traje de novia ciñendo el pecho de una adolescente con un discreto abecedario empuñado en lugar de un ramillete. En torno a su traje blanco otras mujeres le recortan el ruedo (el vuelo). Más tarde, un abecedario en moldes de pan y un puñado de levadura hinchará la masa que no se amoldará al recipiente. Estallará en pegajosos grumos contra los estantes y las paredes del encierro.
Yumira sonríe y confiesa que <cada noche esa idea me compaña antes de poder dormir>. Respondo a su sonrisa con otro lucero, me despido sobre las siete de la tarde y llevo mi habitual hogaza de pan redondo y oloroso con el que acompaño la cena.
Las lamparitas de Yumira se apagan entonces. Por sus pliegues se adentra la noche, mientras yo camino de vuelta a casa dejando migas sobre las aceras para que los cocuyos no extravíen su vereda. [ C ]
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ENSAYO DIALÉCTICO DE MI PROPIO SER: LUNA NUEVA
Carmen Pérez Fernández.
[ España. Es profesora de español, inglés y francés en la Éducation Nationale de París y colabora con empresas internacionales en la enseñanza de idiomas. Ha vivido en cinco países y centra su interés en el ecofeminismo, la educación intercultural y la investigación. Participa en congresos internacionales y es autora publicada en la editorial Diversidad Literaria. ]
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Lo que en un nivel más profundo había dado motivo para los conflictos más turbulentos y a una pánica tempestad de afectos, parecía ahora, contemplado
desde el nivel más elevado de la personalidad, como un temporal del valle visto
desde la cima de una alta montaña
El secreto de la flor de oro (Jung, 1961, p. 32)
Hablar contigo en sí
Me he dejado vivir, porque eso es lo que espero de mí. Ausentarme del ruido fehaciente del exterior para limpiar lo que más me importa, mi raíz.
Cuando vives en el extranjero, es tan fácil perderse en los senderos de otros, mimetizarse con hábitos que te dañan o no te representan, ser incauto con uno mismo para complacer asertivamente al otro, y afirmar planes que no te agradan para evitar la soledad diaria. A grandes rasgos, ir olvidando quién eres.
A muchos nos pasa. Sin darnos cuenta, rompemos con valores sacrales en la vorágine del tiempo, habitamos otros espacios quietos. Por ello, gracias al reconocimiento de otras culturas, a la comprensión de los eventos canónicos musulmanes, judíos, sigo queriendo ser quién soy y evoco al jardín andaluz de mis entrañas, al aire con tono jazmín del patio de los naranjos de la Mezquita Catedral de Córdoba, a la brisa suave del Mediterráneo, al amor que tengo por mi Andalucía.
Tres muros y la cuarta pared tuve que desenvolver en las seis mudanzas de las que me afirmé: la primera sería la última y la última sería la primera, enrollándome en los papeles chirriantes de plástico que hacían música entre mis sollozos. Prometiéndoles a mis cuadros y a mis fotos ya sin marcos -porque ni siquiera con esos me pude quedar al no saber si iba a tener suficiente espacio para mantenerlos-, que les buscaría un buen sitio, o al menos algún rincón soleado, para que sus colores pudieran seguir siendo vívidos en una escala de gritos.
Paulatinamente, a fuerza de cambios queridos y otros sin querer, aprendí a no ser esclava de lo que no podía mantener, entendí que los objetos tienen utilidad específica. Pero, que almacenamos rigurosamente y en demasía, pensando que quizás llegue el utópico día en el que nos vayan a hacer sentir hogar, cuando el centro ya reside en nosotros.
Y, sorprendida de mí, me encontré donando prendas de vista de muchos paisajes; zapatos que calcé para saludar y despedir a grandes amigos, cuyas almas me soplaron esperanza en episodios desoladores. De ellos también descubrí que saber es epítome de volver a tu centro, que es la infancia la que sostiene el timón de un futuro ya escrito y que en las fragilidades se debe abrazar para comprender el mapa de nuestra vida. Por extensión, por fin asimilé que el estar en casa no era una coordenada ni una llave, sino la capacidad de permanecerme fiel, incluso cuando todo lo demás muta.
En días como estos, los clásicos me preceden y tienden sus manos dichosas al corazón, a veces sí, a veces un tanto malnutrido. El instruido Heráclito se me aparece afirmando que nadie jamás se baña dos veces en el mismo río, pues no hay retorno absoluto al mismo lugar: ya ni el agua ni el buceador permanecen intactos.
Entonces, ¿qué nos susurran del camino? Quizá no sea desandar caminos, sino sostener una esencia que resiste al cambio constante, una raíz que no se ve pero que nutre, incluso, en tierras ajenas. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca, se ha de volver a pisar.” (Proverbios y cantares (XXIX), Antonio Machado.
Por eso, decido habitarme, aunque no siempre me logre entender del todo, siendo espejo propio de extranjera. Porque incluso en lo desconocido que hay en mí, hay una fidelidad que no se desquebraja.
De lo más tétrico y oscuro, logré renacer porque Dios así lo quiso y, entrecomillas de llanto consolado y escuela de vida, veo cómo voy avanzando, rompiéndome de nuevo, dejando de pertenecer al pasado para, simplemente, convertirme en luna nueva. [ C ]
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EL NIÑO Y EL CORCEL
Felipe Sánchez Reyes
[ Puebla, 1956. Ensayista, narrador y traductor. Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Literatura Iberoamericana (UNAM). Es coordinador de la Colección Bilingüe de Autores Grecolatinos, dirigida al Bachillerato de la UNAM y es profesor-investigador de la UNAM (CCH Azcapotzalco), donde imparte las materias de Griego y Taller de Lectura y Redacción. Su obra incluye: Poesía erótica: Safo, Teócrito y Catulo (UNAM-CCH, 2020), Teócrito: poemas de amor, desamor y otros mitos (UAM-A, 2019), Pétalos en el aula. La docencia, lecto-escritura y argumentación (UNAM-CCH, 2018), Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin (Conaculta-IVEC, 2013). Ha colaborado en las revistas, Tema y Variaciones de Literatura, Texto Crítico, Liminar, La digna Metáfora, Cambiavías, Eutopía y Poiética.]

Llego a casa, abro la puerta y atrapa mi mirada la foto y el trote donde aparezco yo contigo. ¿Te acuerdas que tú me cargaste en tus brazos, me retocaste el peinado, me subiste al caballo y le dijiste: señor, ¿ya puede tomar la foto? Tú apareces con tus veinticuatro años en flor al lado del caballo de cartón y yo montado en él, con una mano en las riendas y la otra en la cabeza de montura. Mientras el fotógrafo imprime la foto, tú y yo caminamos por la Feria de San Pablo: me llevas de la mano, miramos los puestos de frutas y me compras dulces, antes de volver al pueblo.
De esta escena no me acordé, cuando subido en el corcel acompañé a mi tío a cortar las cañas secas: las hojas abiertas sin elote clamaban al sol que menguara sus rayos para que no las quemara ni incendiaran la parcela.
Ese día por primera vez convivimos juntos fuera de la casa materna. Llegamos al trote de dos caballos y un burro a la milpa, después de haber cosechado pocas mazorcas porque ese año llovió poco. Nos bajamos de las monturas, caminé para relajar mis piernas pues era la primera vez que montaba un corcel de verdad, mientras él agarró las riatas de los animales, las amarró al tronco del árbol y me dijo con cariño:
-Hijo, tú te guareces del sol bajo las ramas del guayacán, cuidas que los animales no se desaten ni nos dejen solos aquí, mientras yo corto y apilo la milpa en los surcos. Diciendo y haciendo, desenvainó su machete, se internó entre surcos de cañas secas, se agachó, agarró el tronco de una con su mano, con la otra le dio dos, tres machetazos, la cortó y amontonó. Cuando ya tuvo el primer montón, me ordenó:
-Recoge las cañas y dáselas de pastura a esos pobres animales, porque están más hambrientos que nosotros. Yo obedecí, mientras él seguía cortándolas, arrojándolas a otro montón y limpiándose el sudor de la frente con las mangas de su camisa. Luego me pidió que le llevara su cantimplora de agua, porque tenía la boca seca que humedeció cuando resbaló la primera perla cristalina por su garganta y me compartió con su sonrisa el oasis de agua fresca. A las dos de la tarde, cuando los rayos solares lo agotaron, me hizo salir de mi guarida y me expresó lo siguiente.
-Te voy a encomendar tres órdenes para saber qué tan buena memoria tienes. Pero pon atención, hijo, para que no las olvides. Una, toma mi morral del caballo, saca el paliacate rojo y tráemelo para limpiarme el polvo y sudor de la frente, porque estoy sudando mucho. La otra, bajas de la montura la bolsa con la servilleta de tacos y el agua de limón que nos echó mi hermana en una botella. Y la última, recoge del suelo cinco piedras grandes y colócalas en círculo, también ramas secas y hojas de mazorca que allí meterás para hacer la lumbre y calentemos los tacos. Porque con el trabajo y el sol ya me dio hambre. Si algo se te olvida, me avisas para recordártelo. ¿Me entendiste?
-Sí, tío. Yo realicé sus tres órdenes. Cuando vio que yo ya tenía todo preparado, paró su labor, se vino conmigo a la sombra, se quitó el sombrero, reacomodó ramas y hojas dentro de las piedras, prendió la fogata y calentó en las brasas los tacos que nos comimos esa tarde con el agua de limón que me supo a gloria. Enseguida él se sentó a reposarlos sobre una piedra, yo en el suelo a su lado y los animales comiendo la pastura, mientras las ramas del guayacán nos protegían de los rayos solares y nos aislaban del mundo. Yo me quedé viendo un rato a los caballos y al burro flaco que remolían las cañas con sus quijadas.
Luego volteé a mirar sus rizos negros en la frente llena de polvo y gotas de sudor. Se quedó mirando el cerro lejano, como si buscara al padre ausente, para que le ayudara a encontrar salida a su apuro. Su mirada ausente y triste me demostraban que eran ciertos los rumores y aflicciones de mi mamá y abuelita acerca de él: había embarazado a una chica.
Cuando Pata de Palo, el padre de ella, se enteró por su esposa que su única hija tenía dos meses sin reglar y el culpable era mi tío, entonces le impidió verlo. No deseaba casarla con el hijo de una maestra viuda, aunque éste se lo pidiera de rodillas, y le mandó a decir con alguien que donde lo hallara, lo mataría a balazos. Por eso mi tío siempre traía su pistola al cinto y, al dormir, la ponía bajo la almohada.
Por más que le daba vueltas, no hallaba la solución al problema, pues además ella se empecinó en tener al bebé, ya fuera soltera o casada. Él jamás pensó que su aventura lo llevaría a este dilema: o se la robaba y se casaba con ella en otro pueblo, o el suegro lo mataba, no había más. Ese aprieto lo tenía distante de mi mamá y abuelita, y ahora, por un momento, también de mí, le afligía que siendo tan joven lo asesinara un pata de palo.
Al día siguiente en el patio me confesó, antes de salir de casa, que ayer mientras yo lo inspeccionaba con el rabillo del ojo, él también intuía las preguntas que me formulaba. -Entonces te preguntabas, quién era yo, por qué te había traído o si algo me afligía. Ahora contesto tus dudas, sobrino. Te había llevado porque tengo una deuda moral con tu abuela y mi hermana que me ha orientado en mis problemas desde niño. Porque así evado que ellas me pregunten por la novia y porque deseo tener un hijo alegre y obediente como tú, pero no con ella. Además, eres el único sobrino con quien he convivido desde que naciste y me quieres a pesar de mis borracheras, ¿o no? Ahora sí ¿están satisfechas tus dudas nacidas ayer en el campo, para irme a la calle? -Sí tío. Enseguida se despidió de mí y se fue.
Ahora que lo recuerdo, ese fue el primer momento de mi vida en que tuve consciencia del cariño que me unió a mi tío, porque con su mirada perdida me compartió las dudas de su juventud, conflicto amoroso y su confesión íntima. Hoy veo que en ese instante nos sentimos acompañados en el mundo: la soledad y su pugna interior estrecharon nuestro afecto a lo largo de nuestras vidas y aún ahora extraño su mirada, sonrisa y abrazo. Ese momento le devolvió la paz interna, pues si él se sintió útil con su mamá y hermana, yo me sentí amado y protegido por él y por ellas.
Tanto fue su amor por los caballos que se lo contagió a su hermana. Ella esperaba que yo tuviera la edad para enviarme a Jalisco y aprendiera la charrería: hacer las manganas, lazar animales en su carrera y tirarlos al suelo, florear la riata y saltar en plena carrera de uno a otro caballo: el salto de la muerte. Pero mi papá, la estrechez y los azares de la vida no se lo permitieron.
A las cinco de la tarde se me acercó, me acarició en la cabeza y me propuso:
-Hijo, ya puedes irte a la casa y dile a tu mamá que llegaré tarde, porque aún debo cortar leña y cargar al burro de pastura. Y me advirtió, ¡pero, no se te vaya a olvidar decírselo!, porque, cuando se enoja, me pone unos santos regaños que para qué te cuento.
Me llevó ante el caballo manso, me alzó en sus recios brazos, me montó, tomé las riendas y le dio una palmada en el anca para que avanzara. Inició su trote, llegamos a la barranca empinada, pero, al sentirse sin mando en la rienda, empezó a galopar y, sin saber cómo ponerle freno, lo dejé correr a su antojo. Como me dio miedo de que me tumbara, me agarré de la cabeza de la montura. Poco a poco se cansó de su carrera loca, agarró su trote inicial y me llevó a casa donde me esperabas tú que me ayudaste a bajar del animal sudoroso por el galope.
Tú siempre le repetías a mi papá: “el que invoca algo con el pensamiento, lo atrae, viejo”, nunca lo olvides. Y es cierto, ese día lo comprobé con mi tío. Él comía en casa, se marchaba, esquivaba el bulto con su hermana y mi abuelita, y regresaba cuando ya todos dormíamos. Esa mañana almorzó, se salió de casa, bajó a la esquina, saludó a sus amigos y se siguió por la calle del camposanto con dirección al río como si anduviera perdido, siempre pensando en la chica y en la amenaza del padre, al que no deseaba encontrarse.
De pronto junto al panteón escuchó primero el sonido pausado de la pata de palo, como golpe de muerte en su vientre. Luego el sonido fuerte y de prisa en la tierra alejando las piedras que se interponían entre ambos y se acercó a su encuentro final. Cuando levantó la vista, el otro ya lo tenía a punta de cañón, sintió que esa era la última imagen que se llevarían sus ojos antes de morir. Sin mediar palabra, le disparó e hirió en el hombro izquierdo, pero su revólver se encasquilló, mientras él respondió con tiro certero en el vientre que derribó a su rival en un charco de sangre.
Al verlo tirado y llegar la gente, lo dio por muerto y, agarrándose el hombro sangrado, con temor regresó corriendo a casa como si sus pies tuvieran alas. Yo jugaba con el carro de madera en el patio, cuando entró espantado a casa. Fui a protegerme de su miedo al lado de la falda de mi mamá que fue tras él, se angustió al ver su mirada perdida y el hombro herido, e intentó curarlo. Pero él se dirigió al rincón de su ropa, mientras le decía asustado que acababa de matar a su rival, que se iba lejos para que no lo hallaran la policía ni la familia de Ambrosio. Porque después de enterrarlo, lo buscarían para matarlo, por eso el tiempo valía oro.
De allí sacó el puñal, la caja de balas, dinero y ropa que echó aprisa en una bolsa que colgó de la montura. Antes de montarse al caballo, dijo a su hermana, que le informaría con un amigo su paradero. Se subió al pegaso, lo espueleó y salió hacia el monte como alma que lleva el diablo. Pronto ya no oímos los cascos en las piedras ni vimos su sombrero, la cola del caballo ni el polvo.
Al oír los disparos llegaron los familiares levantaron al herido que sangraba, lo llevaron con el otro médico del pueblo quien les recomendó que lo trasladaran a Acatlán porque si seguía sangrando así, se iba a morir. Consiguieron el coche del sobrino del baleado que los condujo como si llevara alas de Hermes, tocaron a la puerta, les abrió y lo reconoció. Lo acostó en la camilla, inspeccionó la herida, lo durmió con cloroformo y operó enseguida. Cuando el otro despertó aturdido y vio su vientre envuelto en gasa con sangre, maldijo al culpable y preguntó a su colega si se salvaría. Éste le inquirió, antes de responderle:
-Oye, Ambrosio, te haré una pregunta indiscreta sin comentársela a la policía que pronto vendrá a interrogarme, ¿quién te pegó el tiro en esa parte del abdomen?
-¡Pues el pinche hijo de la maestra!
-¿El muchacho de los Reyes, cuyos parientes viven aquí?
-¡Ese merito cabrón! ¡Pero, en cuánto me lo encuentre, no me fallará la puntería ni el revólver, y ahora sí lo mataré!
-¿Y por qué lo querías matar? Entonces le contó la historia de su hija, mientras el otro se moría de risa.
-¡Qué cabrón malagradecido eres, Pata de Palo! ¿Sabías que ya tenías infectado ese órgano interno y que si no te lo extirpaban, te morías? En lugar de asesinarlo, deberías de agradecerle que te haya salvado la vida, ¡cabrón! ¡Entiende, te realizó una cirugía exacta con el bisturí de la bala que te salió barata! Si te hubieras operado en el mejor hospital de Puebla, te habrían quitado un ojo de la cara, sin que te garantizaran que saldrías vivo.
-¡Ahora sí me saliste más chingón! ¡Después de herido y casi muerto por él, quieres que le perdone la vida! ¡Pura madre, para que se me vaya vivo otra vez! Por tus palabras y como te conozco ¿me estás sugiriendo que debo pedirle perdón a ese pendejo? ¡Pues no! ¡Ni madres!
Después de que mi abuelita se enteró por su amigo galeno que, si su hijo no le hubiera pegado el tiro, Ambrosio se habría muerto en tres meses, y que aún estaba recuperándose en su casa, resolvió hablar con él para llegar a un acuerdo y evitar que matara a su único hijo. Al final, Pata de Palo ya no intentó vengarse, su hija tuvo una niña morena con rizos, parecida a mi tío, decidió no buscarlo ni casarse con él ni con otro, y heredó la casa de su padre como hija única.
Años más tarde de esa aventura, mi tío se emborrachó y subió corriendo en su equino encabritado a casa, furioso y con los ojos irritados nos gritó a todos los presentes: -“!Vámonos para el cerro de la Peña Letra, pendejos, porque sucedió una tragedia! ¡Vámonos para ayudar a los heridos!”. Como su hermana y sus vecinos lo tiraron de a loco y yo estaba parado al lado del corcel acariciando la grupa, me dio un riatazo que me hizo soltar el llanto y las ganas de pegarle. Se cansó de gritarnos y se fue a dormir a la cama del patio.
Horas más tarde corrió la noticia que le dio la razón a mi tío: “La Paloma” de Aquiles se había volcado en la última curva que lleva al pueblo. Unos murieron atorados entre los fierros de los asientos, otros salieron heridos y a gatas por las ventanas; a mi abuelita, que venía de vender gallinas en la plaza de Acatlán y traía el recaudo para ofrecer en los pueblos, no le pasó nada, sólo el susto de oír los gritos y ver a heridos sangrantes.
Después mi tío vendió su alazán y se compró un garañón más caro y amaestrado que alzaba sus patas delanteras, bailaba al paso de las solteras y las acompañaba a la tienda, pero al no surtir efecto su seducción, se iba con su corcel y frustración.
Sus amigos lo invitaron a trabajar en un pueblo distante y se marchó con ellos y su garañón para independizarse y buscar amoríos. Al mediodía, cuando andaba asoleado y sudoroso sembrando con ellos, oyó su voz y risa alegres que destacaba de sus hermanas que les llevaban agua y comida. Cuando se la presentaron como hija del viejo hacendado, vio su rostro, mirada y, al alejarse con las otras, midió su silueta de arriba a abajo que lo encadenó al deseo. En una velada familiar ella, cual sirena, lo sedujo con su canto alegre, lira y aroma de su flor. Días más tarde la encontró caminando por el campo con su hermana, charlaron y quedaron de verse solos, pero la mirada elocuente de la nereida ya lo esperaba en el riachuelo.
Él terminó su labor y llegó antes a la cita. Se quitó la camisa, lavó el rostro y axilas con agua del arroyo e impaciente se sentó en la piedra a esperarla. Primero oyó el canto de las chicharras que se calló ante el roce de la suela del huarache entre las lajas que se acercaba al lugar. Puso alerta su oído, su corazón latió a mil por hora y sus entrañas se encendieron cual brasa al fuego intenso.
Cuando el sonido se detuvo frente a él, alzó la vista, vio la boca jadeante, el rostro sonrosado y pupilas febriles por la carrera. Se miraron a los ojos, se abrazaron impacientes, sedientos uno del otro, él paladeó la sal de sus labios y boca, pulsó la fibra de las cuerdas con sus manos ansiosas y le despertó la pasión disuelta en almizcle; y ella cedió al placer de las palomas que despertaron y volaron a los rayos rojos de la tarde. De su entrega pasional fueron testigos las ramas del árbol, la brisa de la tarde y el sonido del agua entre las piedras.
Entonces decidió quedarse allí, encerrarse en su aroma virginal, en la hoguera, y consumirse por las noches en la llama ardiente de las brasas de su cuerpo. Repitieron sus tardes pasionales en el mismo lugar, decidieron unirse, su padre aceptó y se casaron. Él regresó al pueblo con su caballo y su esposa: mi tía.
Cuando procreó a su hija, dejó el garañón por el caballo de cuarto de milla que cambió por el de motor de 150 km. por hora. Una tarde discutió fuerte con su esposa, se subió al auto, se emborrachó y lo aceleró. En su carrera loca quiso darle fin a su historia por aquello de que “la vida no vale nada”, pero para suerte suya sólo lo chocó y se salvó por segunda vez de la muerte. Así la Catrina le peló los dientes y se burló de él que ya tuvo cuidado al conducirlo.
Jamás volvió a montar otro corcel ni yo tampoco porque marchamos a la ciudad para que tus hijos estudiaran, ¿no es cierto, mamá?, y tú perdiste la ilusión de tener un hijo charro. El potro brioso de tu hermano se transformó en licor impetuoso, irrefrenable, al que jamás pudo controlar ni ponerle rienda y se transformó en su amo que lo alimentó diario de su mano. Él se bebió de un trago su vida, el potro lo tiró y la Catrina lo cargó en su cajón.
Hoy, después de recordar la foto donde aparezco montado en el caballo de la Feria y tú a mi lado, reconocí que ya no soy el de entonces. Aquel niño se perdió en el ir y venir por la vida, sólo perduraron su sonrisa y alegría. Los retazos alegres se quedaron prendidos en las ramas de árboles frutales; la huella de sus pisadas en la arena del río y piedras del monte; y su cariño en los brazos queridos de su familia materna y de amadas. Los retazos ingratos la vida se los llevó y guardó en la caja negra de Pandora. Mas los retazos amorosos de su abuelita, tío y mamá los guardó en cajas coloridas que echaron raíces o se transformaron en astillas de madera que el viento levantó y le devolvió este recuerdo de ellos.
Hoy le pregunté al espejo por mi niñez y me respondió: “¡Esa ya no existe ni su fragancia! ¡Vive y disfruta la que hoy tienes en tus manos!”. Es cierto, ya no existen mi casa, mi infancia ni mis padres. Pero late mi corazón y si yo vivo, también viven los recuerdos de mis seres queridos y de mi mami. ¿Mami, sabes, que tu familia se perdió? ¿Que sólo ahora, en otro país, al bajar del avión y abrir en la alcoba mi maleta, salió trotando de mi memoria a la pluma y a la hoja, aquel caballo mágico de cartón en el que tú me subiste de niño, que se transformó en Pegaso, galopó desde el pueblo y me acompañó hasta aquí en mi etapa adulta? [ C ]
