Franklin y el Arte de Influir sin Ruido

Lo encontré con su periwig, la peluca de crines aperladas, a la moda. En su caso, una prenda desdibujada por el viento, una maraña. Ese era su estilo: el estudiado desalineo. Se dice que, en su estancia como diplomático en Francia, prefirió usar sombrero de castor o ardilla. Eso lo asemejaba con el “buen salvaje” de Rousseau. No solo le abría puertas hacia los salones reales franceses, sino que le generaba desprendidas simpatías populares por ser espontáneo, dicharachero y “sin filtros”, como ahora se dice. Algo semejante, en esta época, sería un Boris Johnson o un Milei.

“No, por Dios —me reclamaba—; yo siempre fui Franklin, solo Franklin.”

Animado por las comparaciones, él prefería alguna más poética e idealista: ¿Qué tal con el mexicano Guillermo Prieto? “El abuelito de la patria”; pantalón de tela marrón por donde hablaría el alma de un gambusino. ¿Con el gabán chorreado de huevo?

“No, nunca tanto”.

Difícilmente Franklin aceptaría un atuendo sucio. Lo vería bien, quizá, si denotara enorme inteligencia; habilidades propias de esas mentes que se centran en las cosas de peso y no en el atuendo. Pero nunca consentiría parecer descuidado por pobre o perezoso. Las manchas… muy pocas. Que sirvan para semejar un enamorado del pueblo, que nos acerquen a los aguadores y comerciantes callejeros, pero apenas como preámbulo de una retórica espontánea, erudita e insuperable, siempre a punto de estallar diciendo algo como: “los valientes no asesinan” y después…, un discurso tan penetrante que derrita los fusiles enemigos.

Franklin sonrió. Y, como tantas veces ocurría, acudió a rescatar los espejuelos dobles, caídos sobre su regazo. Esos lentes eran su mejor excusa para detonar una conversación que reiterara el prestigio de su reconocida altura intelectual. Todos reconocían esos “lentes bifocales”, uno de sus inventos de mayor fama. Y pensar que yo, ahora, porto mis modernos progresivos hechos en un laboratorio especializado del Metro Allende. Él construyó los suyos en casa, cortando cristales de diferentes graduaciones, puliéndolos y acoplándolos con memorable dificultad.

Sin embargo, lo que más llamaba mi atención eran sus zapatillas (“latchet shoes —me aclaró— muy cómodas”): suela sin desgaste alguno y lengüetas amplias atrapando sus medias blanquísimas. Rebosaban del fino trabajo de encaje que dio fama a los telares de Ipswich en Massachusetts. La cabeza loca, los pies serenos. La falta de uso de esas zapatillas mostraba de manera palmaria que, con tantas afecciones respiratorias que lo consumieron a lo largo de la vida, era mulo de muy poco caminar; quizá nada…, nada de moverse. Decía que ya bastante esfuerzo era resistir el bamboleo de un carruaje recorriendo empedrados. La fibra muscular se somete a enorme refriega y contracciones; incontable desgaste desde el iliaco hasta los deltoides.

Poco sabía yo de su gota. Poco sabía de sus efectos terribles o del agudísimo dolor allá en el infinito inalcanzable de sus dedos. La sufría al punto de que se atrevió a describir un encuentro cara a cara, entre él y esa enfermedad —solo los muy correosos y resistentes osan tanto bajo un ataque de gota—. La reconocía como un siniestro mal de golosos, reyes y pudientes, aunque él no bebía nada de alcohol. El “Agua de América” lo apodaban por abstemio. Y, respecto del poder… bueno, repudiaba a todas luces cualquier potestad injustificada.

Así como rechazaba el bourbon y la ginebra, odiaba a los poderosos. Así que saboreaba la magia de un insulto ingenioso contra los autócratas. “Que sea siempre una voz velada, pero no menos punzante”. Desde su época de impresor, era el primer apasionado de los escritos críticos, filosos, que encajan a los pudientes sus verdades en el pecho. En aquello que escribió con tono sarcástico para mirar de frente a la gota, ella le reclama que Franklin fuera tan inconstante para el ejercicio. Él revira acusando a la enfermedad de minimizar su problema a un deleznable tema “sportive”; ¡qué vulgaridad! Luego añade que la gota, en temas de ingenio, ha sido siempre un interlocutor aburrido e impertinente.

Me hablaba con pausa. Pero a pesar de ello, el alicaído Franklin siempre se sentaba como un molusco asoleado que se arquea lentamente en busca de la comodidad inalcanzable. Se serenaba con halagos. Detonaban su sonrisa y una pasión involuntaria, propia de otro Franklin jovial que lo habitaba bajo la piel arrugada. ¿Qué no fuiste el inventor del pararrayos…?

“Los ingleses me nombraron ‘Newton de la electricidad’ antes de repudiarme…”

Y ¿no diseñaste una estufa eficiente y fuerte como un caballo, que ahora lleva tu nombre?

“Esa maravilla le ahorró más de la mitad del consumo de leña a los habitantes de Pensilvania. Eso sin contar que dejaron de respirar humos insanos. También evitaron una cantidad gloriosa de incendios cuando se generalizó el uso de aquel armatroste”.

Franklin abría oídos amplios ante las noticias de nuestro tiempo —inventos, máquinas y tecnologías que jamás soñó— igual que lo hacía cuando oía mis lisonjas. Ante esa modernidad que lo asustaba, pasaba a gozar el recuerdo imborrable que dejó como hombre de ciencia:

“Mis inventos”, decía como si hablara de mascotas.

Y, en efecto, escapaba del tema científico para hablar de inmediato de los pequeños animales que alguna vez lo acompañaron:

“Mejor hacer propios a perros, gatos y ardillas y no a los hijos ¿verdad?”

Los hijos acaban por confrontar o traicionar, como le pasó con su hijo William. Se pasan al bando contrario y nos llenan de una amargura inextinguible que no podremos descargar antes de llegar a la tumba.

Yo insistía sobre los inventos y Franklin escapaba rápido y fastidiado:

“¡Bah! solo se trataba de hacerle la vida fácil a la mayor cantidad de gente posible”.

Se supo siempre imbuido por esa generosidad que alimentó sus convicciones radicalmente contrarias al registro de patentes. Calificaba de vulgares inventores a quienes se afanaban por lograr más y más patentes, solo por beneficiarse de las regalías.

“Tan egoístas —decía—. Si tanto nos beneficiamos de los inventores que nos precedieron, ¿por qué no poner el producto de nuestro ingenio en manos de los innovadores que nos seguirán?”

Aun así, me aclaraba que eso del avance de la humanidad dependerá siempre del punto de vista: de cuánto acerques la lupa. Y Franklin sacaba su lente Dollond & Aitchison para ponerlo frente a su rostro y adquirir la mirada cachetona y rojiza que el gran artista Duplessis, enamorado de sus pensamientos y facciones, captó en aquel retrato maravilloso, pintado durante la estancia del diplomático en Francia. Insistía en que unos pocos años, vistos con lupa, semejan un inconmensurable torbellino. En cambio, siglos o eras completas —la Edad Media, por ejemplo—, parecen no haber aportado mayores cosas que matices irrelevantes en la forma de comer o vestir. Así creemos que ha pasado muy poco cuando nos alejamos desdeñosos del pasado. Necesitamos las voces de buenos historiadores que nos acerquen a los hechos como deben hacerlo los exégetas verdaderos.

“Muchos critican a escolásticos y tomistas por una supuesta falta de progreso, pero atrevámonos a verlos con detenimiento, de cerca, muy de cerca: hay océanos de sabiduría que resultan sorprendentes”.

Franklin bajó entonces esa lente Dollond & Aitchison a la mesa y me expresó con voz muy baja su orgullo por lo mucho que él aportó a su revolución:

“Un enorme experimento; una república nacida apenas en un instante, en dos o tres convenciones de delegados ansiosos ¿sabe? Pero cada palabra, cada gesto, cada guiño, en esas reuniones valió un siglo de esfuerzos de toda la humanidad. Hicimos nacer una república cuando nadie sabía realmente qué era eso. Una república de libertades, si se lograba preservar. Una identidad de orgullo, si vencía los huracanes de su tiempo…, si perduraba; porque ya sabemos que todo en este mundo es tan cambiante, y lo único seguro es la muerte y los impuestos”.

En fin, pronto me di cuenta de que cuando Franklin topaba con la palabra “experimento”, sentía un cosquilleo, propio del niño que desentraña los adentros de sus muñecos. Era un sentimiento personalísimo. Por altruista que pareciera a primera vista, la ciencia le otorgaba la fascinación única de saltar a un universo de charlas con el espejo. Por el contrario, hablar de ciencia con los congéneres le significaba un fastidio de intentonas por traducirse a sí mismo al lenguaje de escasísimo ingenio que requerían los vulgares. Pocos entenderían el remolino indescifrable de notas garrapateadas que lo rodeaban por doquier; un escándalo de desorden que John Adams detestaba.

¡Pero eso sí!, explotaba generoso cuando le venía bien hablar de diplomacia, cartas, decretos y declaraciones. Nacía el maestro en didáctica, perseverante con el alumno más terco que siempre existe en el salón.

“La historia, decía, debe estar en el centro de todo, siempre al centro. Es la vía para quitarle lo tozudo a las bestias, a los jóvenes, y convertirlos en ciudadanos de bien”.

No por nada, al fundar la Academia de Pensilvania, hoy Universidad del estado, Franklin ubicó una gran biblioteca como eje toral al que desembocaría la totalidad de los pasillos. Ahí, los libros corregirían los errores del pasado repartiendo historia por esos mismos pasillos como medicina primaria. Los actos de quienes nos han precedido constituirían, según su visión, ese raudal de semáforos indispensable para reprimir apetitos y desplantes, evitar la recaída en decisiones estúpidas y pasar a las medidas sabias.

“Los líderes, los gobernantes, los políticos se pervierten invariablemente devorados por la ambición y la petulancia”.

Estudiar el deterioro y el derrumbe de quienes caminaron dejándose atrapar entre las tentaciones le parecía la mejor vía para evitar el tropiezo.

Sin hacer caso a que ambos nos hallábamos en el “Más Allá”, ese Franklin, ahora parlanchín y lleno de anécdotas, quería hacerme sentir que la historia todavía nos circundaba activamente, viva y hacendosa. La percibía en constante formación, alimentada por nuevas voces en cada momento. Me insistía, como si acaso yo pudiera dejar aún algo sobre la estela de mi estéril legado:

“Si no quieres que te olviden tan pronto como estés muerto y podrido, escribe cosas dignas de ser leídas o haz algunas cosas dignas de ser escritas”.

Luego bajaba la voz y me confesaba amical que la versión de los hechos que tristemente prevalece es siempre la del vencedor. Al momento de fijar una historia entre los miles de embustes que la circundan, ocurre lo mismo que con los espermatozoides, la verdad no gana, solo la habilidad de la célula más viva y escurridiza; esa fecunda y, bajo su marca, tenemos una nueva historia que nace y berrea; necia y difícil de cambiar.

Ni hablar. Sonrió y sacó la cajita de rapé para aclararme que creía que ese bellísimo ojeto había hablado más que él en las reuniones de la Corte del Luis XVI.

“Fue un monarca poderoso, pero la historia lo ha condenado y vilipendiado para siempre, por perder vulgarmente una monarquía enorme, ¡pobre hombre!”

La cajita, tan aristocrática en sus relieves, ayudó tantas veces a sacar palabras, cuando se sentía vacío de inspiración. ¿Cómo fue que un objeto tan vano, propio de riquillos indolentes, ayudó a conectar su mente con la de los franceses y sumar sus voluntades a favor de los patriotas? Más que eso: la palabra de Franklin y la de otros liberales americanos acabó por ser un germen infeccioso para envalentonar y sacar a flote las propias ideas radicales de Francia. Apenas una docena de años después de que los americanos anduvieran aventando el té por la borda y gritando consignas liberales, las calles de París empezaron a hervir con jacobinos, montagnards, cordeliers, enragés y otras pulgas consideradas radicales, más temibles que la viruela.

“¿Sería que Francia ya era un arcabuz armado y nosotros solo prendimos la mecha?”

Él mismo se respondía. Para meterlos en la bolsa americana, le sirvió entender que todo francés de cepa pedante, con más de media pulgada entre nariz y boca, apetece hacer migas con el enemigo de su enemigo. En París, esas flemas altivas, esas ínfulas volterianas, aspiraban con un largo suspiro de añoranza la picadura de tabaco Oronoco de su caja de rapé y aceptaban cómodamente el abrazo de cualquier enemigo del inglés, quienquiera que este fuera.

“Nos tocó a nosotros, colonias en rebelión, llevarles regalos de hojas de Virginia y ser los insoportables tábanos de Jorge III”.

A eso fue Franklin a Francia como emisario y después como diplomático. Desembarcó clandestinamente en diciembre de 1776, después de tres meses de inmunda travesía en el USS Reprisal, pequeño buque de guerra. Para alcanzar París, tuvo que transbordar y subirse a una barcaza de pescadores acompañado de sus nietos William Temple y Benjamin Franklin Bachey.

“Esos sí que me querían”, aclaraba.

Pasó tres años ganando salones, tabernas, salas de ajedrez y círculos de pensadores, y ya luego le cambiaron el estatus en 1779 para que pudiera pavonearse como ministro plenipotenciario que pisa fuerte en Versalles, entrega credenciales a Luis XVI y agradece tres millones de libras tornesas que ya había dado Francia a la causa patriota.

“Desde un inicio se trató de sacar a flote los demonios franceses”.

Imagino que había que motivar únicamente aquellos demonios que le eran más convenientes para la causa revolucionaria. No todo súbdito francés sentía correcto que París y sus alrededores se llenaran de jacobinos con sombrero de ardilla hablando de sacudirse o defenestrar monarquías cuando la propia de los luises tambaleaba.

“Fui a provocar inquietud, pero con extremo cuidado. No había que encender todas las pasiones. No quería una corte francesa rejega que nos cerrara al flujo de los dineros. Fuimos por esa plata, por las armas y, más que nada, por los barcos que habrían de ayudarnos en la guerra naval y que bloquearían la costa americana. Para ello nos convenía rascar únicamente la fibra de la comezón anglófoba de la piel francesa”.

No hay correo, telégrafo, teléfono o tecnología entre esas maravillas que ahora se han desarrollado, que pueda hacer ese trabajo; ninguna magia surgida de la infinita inventiva humana y extrahumana, de esas que superaban los más alocados sueños de Franklin.

“Nadie; porque solo el artista —me insistía—, puede sacar el verdadero pedazo de rebelde que habita en cada alma”.

Las tecnologías de este tiempo pueden leer cantidades de información que ningún cerebro humano soportaría, traducir idiomas, seguir tendencias e incluso analizar los sentimientos que se traslucen en un rostro… Pero, para Franklin, tanto avance le hacía temer la rabia de una velocidad descontrolada. Le inquietaban los sesgos heredados que se pudieran multiplicar, los errores ahora reproducidos a la velocidad del relámpago que él apenas pudo domar y la irresponsabilidad de entregar a una máquina decisiones que todavía pertenecen a hombres capaces de arrepentirse. “Eso es lo peligroso”, parecía murmurar Franklin mientras acariciaba su inalcanzable gota: una máquina puede equivocarse, y hacerlo sin sentir vergüenza.

“En Francia nunca me incliné por procesar datos porque había aprendido a procesar personas”.

Un diplomático competente hace lo más incómodo: mira a otro ser humano directo a los ojos. Lo entiende a la par de que revisa un documento. Sabe distinguir entre ambos. Para ello le sirvieron los bifocales, porque Franklin podía leer y admirar a la vez. Un diplomático averigua qué parte de lo que dice su contraparte corresponde a sus instrucciones, cuál a su orgullo, cuál a su miedo y cuál a esa zona misteriosa donde todos escondemos lo que realmente somos. Esa es la parte que siempre quisiéramos explotar.

“La genuina fuerza humana es aquella que convierte los calores escondidos, los más genuinos de tu interlocutor en tus aliados, mientras él cree que sigue su propia razón”.

¿Churchill dixit?, me atreví a mencionar recordando aquello de que la diplomacia es el arte de decirle a alguien que se vaya al infierno de tal manera que su interlocutor busque con ansia subirse al tren.

“Mala atribución—me aclaró—; no lo dijo él. Pero no lo trates de averiguar porque Churchill anda por aquí deambulando y es insoportable. Nadie lo saluda; jurará cualquier cosa, falsa o genuina, con tal de alimentar su ego. Lo evitamos porque se repite y repite como merolico”.

El gran político inglés creía que su gracia iba a ser eterna, pero esa es la tristeza de los que mueren de problemas en el cerebro. Siempre será mejor morir, como Franklin, de los pulmones. Los que mueren sofocados aprenden a pausar el habla cuando deambulan en el limbo. El caso es que no hay evidencia de que Churchill hubiera creado aquella frase de mandar al carajo diplomáticamente.

“Surgió de una sabiduría de más larga data” —me corrigió Franklin—; también Séneca decía aquello de: “si quieres que llore, llora tú primero”.

Y le vino a bien igualmente recordar otra cita del estoico:

“Los discursos grandilocuentes rozan el oído, mientras que el diálogo íntimo penetra en el alma”.

Y ya entrado en materia soltó aquella de Daniele Varé incluida en Il diplomatico sorridente:

“La diplomazia è l’arte di permettere a qualcuno di fare a modo tuo”.

Se trata de manipular al de enfrente y sacarle los deseos de las vísceras. Hay que hacerlo siempre con la gracia de la seducción y la empatía. Él habrá de recorrer sonriente nuestros caminos elegidos. Esas son las artimañas que muchos se atribuyen desde los tiempos en que los dioses favorables a Ulises vencieron los intentos de Laocoonte por frenar el gran engaño sobre una Troya petulante y lograron que el caballo cruzara sus murallas.

Es razonamiento popular, la mejor triquiñuela que ocurre cuando el vulgo se eleva un poco de su vulgaridad: arte del marido que pasa por bueno, del hijo patrañero, del subalterno “lambisconsuelo”, del jefe tiránico que nadie nota y de la golfa candorosa rebosante de falsa inocencia. Es, en suma, la fórmula verdadera para alcanzar una victoria que perdura y deja legado entre las batallas de la vida diaria.

Para ser el mejor entre los diplomáticos, Franklin cabalgó entre su fama y sabiduría, y añadió otras artes menos prestigiosas como la manipulación y la propaganda. Me contó que entre sus mejores armas provocadoras estuvieron las lujosas impresiones que había hecho personalmente de documentos apreciadísimos por toda Francia. Usó un taller gráfico que colocó en las caballerizas del Hôtel Valentinois del barrio de Passy. Fue el espacio que le prestó, sin mayor empacho y mucha confabulación, su amigo Jacques-Donatien Le Ray de Chaumont.

“Mi primera conquista”, decía Franklin al mencionar a ese acaudalado cófrade.

Era un hombre riquísimo que siempre apreció, desbordado de halagos, que Franklin le hubiera regalado el primer ejemplar, encuadernado con piel marroquí y guardas de papel jaspeado, de las Constituciones de los trece Estados de la Unión, de los Artículos de la Confederación y, sobre todo, de la Declaración de Independencia.

“Para cuando le entregué la Declaración de Independencia, Le Ray ya tenía preparado el primer medio millón de libras tornesas que nos daría”.

A Franklin no le apenaba conceder, ante su amigo, que Jefferson había puesto la mayor parte de la tinta para esas ideas; también la mayor parte de los humos filosóficos que resultaban tan profundos como incomprensibles.

“Pero la forma final y el encuadernado fueron mi arte”.

La verdad es que Franklin recordaba cada línea, cada pasaje, donde Adams, Roger Sherman, Livingston y él mismo tuvieron que tijeretear el texto. Sin afectar su brillantez, borraron menciones de metafísicos, así como de santos, milagros y agradecimientos que estaban ahí pegados con un engrudo fervoroso que hacía ver a los revolucionarios americanos, no solo sanctimonious, sino inseguros y hasta cohibidos.

La Declaración de Independencia debía hablar al oído de los espíritus deístas, materialistas, libertinos y al completo de la fauna intelectual francesa que a veces prefería discutir la existencia de Dios antes que cuestionar la existencia de un rey. Ahora Franklin, un reconocido miembro de las comunidades científicas más prestigiosas de Londres y América, ciudadano de la República de las Letras, llegaba con dos pasaportes: esas ediciones del pensamiento liberal americano y respuestas atrevidas para convertir las ideas en un nuevo Olimpo.

“Antes que mencionar a Dios, me convenía usar la palabra ‘electricidad’, porque a ustedes, los modernos, tan acostumbrados a prender la luz aquí y allá, les sería difícil imaginar la fuerza del significado de esa mención. Era un cuchillo mágico”.

Hablar de la electricidad era aludir en una criatura sin nombre definitivo, una especie de demonio doméstico al que los muy listillos podían invitar a cenar a casa, entre amigos, siempre que se cuidaran de no incendiar el mantel. Y Franklin era de los que había aprendido a domesticar ese nuevo espíritu invisible: chispas, movimientos y hasta convulsiones en ardillas y ranas muertas.

¿Jugaba acaso a los fantasmas para provocar a la razón de los vivos? Franklin se sintió siempre un tanto fantasmal entre los franceses. Le ocurría no solo porque admiraban su imagen y su halo indefinible, sino porque podía pasar a ser el más mundano de los mundanos y dedicar horas a una plática sobre las bondades del té o a una partida de ajedrez. Solo le hizo falta, quizá, escribir al margen de alguno de sus documentos más  sesudos, muy a la Leonardo da Vinci, algo como: “¿y a todo esto, por qué se enfría la sopa?”

Era un renacentista renacido en un nuevo renacimiento, ahora ilustrado. Pero igualmente dispuesto a subir la mirada del tablero y entrarle de lleno al juego maravilloso de espías y contraespías. ¿Es verdad que pagó más de 200 libras tornesas para sobornar guardias y domésticas y meter a un paje en una chimenea? ¿Fue para poder escuchar las conversaciones de los delegados ingleses?

“Sí, pero sirvió más para incrementar la boga de mi nombre entre los chismosos que para apropiarme de unos secretos de Estado que ya intuía”.

La única carta realmente útil de la diplomacia es la de estarse quieto, con rostro distraído y jugar al doble agente.

“La historia dice que nunca me di cuenta de que mi ayudante de cámara era agente inglés, o que mi amigo el Dr. Edward Bancroft se reunía en las Tullerías con infiltrados de la corona inglesa y les dejaba papelitos con noticia de mis movimientos”.

Franklin los descubrió desde que ellos realizaron su primera intentona, pero en el juego de soldaditos que le tocó jugar en París no hacía sentido enfadarse y menos aún reconocer tales descubrimientos, sino aprovecharlos. Fue el amo de los dobles mensajes: el mejor esparcimiento en esta vida consiste en saborear ese plato que contiene el juego de hacer creer que crees lo que el otro cree que tú debes creer.

Franklin sería entonces un hombre peligrosísimo, revolucionario que podía hablar largo de electricidad, de Robinson Crusoe y Moll Flanders de Defoe, o de Les Aventures de Télémaque del teólogo François Fénelon. Con tanta fluidez y variedades en la manga, nadie sospechaba que, debajo de la mesa, llevaba escondida la bomba de una república.

“No —replicó—, nunca fui peligroso; acaso un hombre sencillo. Me presentaba libre de armas. Apenas cuidaba taparle la boca a tiempo a quien se atreviera a decirle a los franceses que América quería separarse de Inglaterra únicamente por petulancia. Había que convencerlos de que aquella separación era parte de una historia intelectual unida, enorme como su arrogancia. Debía ser su historia intelectual, la historia que los franceses escribían a nuestro lado”.

Lo demás fue imagen y dejar correr la imagen. Los franceses no sabían por dónde asir esa presencia en sus salones; los ingleses, por contraste, veían en él un cúmulo de maniobras, intereses, propaganda que quizá no existía; y Franklin permanecía acaso sin moverse —desde entonces era hombre de sentarse en el porche y esperar a ver el féretro de su enemigo pasar—.

“Me quedaba quieto, lo más posible; actor fijo, de carne y hueso, hecho de materia humana”.

Le creo: todos sabemos que una vez negoció los secretos de estado en presencia de una mujer desnuda, y no por las curvas de la dama, sino porque la partida de ajedrez se alargaba; no tuvo la disposición para, siquiera, sacar el tablero del cuarto de baño.

“No fue culpa de nadie. Tan solo del ajedrez que puede florecer indescifrable por sí mismo. Una partida tan larga como interesantísima; irrenunciable. Louis-Guillaume, mi vecino, aprendió a mover las piezas y complicarme sobremanera las aperturas. Habíamos instalado la mesita en la sala de baño de la bella Madame Brillon, también amante de los tableros; las horas pasaron, ella desesperó y pasó a bañarse; un biombo cauto nos separó. Yo me disculpé extensamente”.

Franklin adoraba el ajedrez y yo lejanamente me atrevería a retarlo. Los tradicionalistas, por su parte, afirman que el juego de los diplomáticos es el bridge. Lo dicen porque permite hablar durante la partida y porque en cada mano queda un jugador “dummy” que deambula y puede ser útil sirviendo las bebidas. Franklin votaría por una visión contraria: que viva el juego de reyes, caballos y alfiles, escaso manoseo, concentración larga, pura e inmóvil, gambitos que se descubren veinte turnos más tarde. Podía dejarse llevar por una partida. Dejar de comer. Dejar de dormir atrapado por jaques y bloqueos; por la anticipación de la anticipación ajena, ¿real o posible? Ese era, para él, el verdadero mundo del pensamiento silencioso: entender la maniobra del rival y el efecto posible de la propia. Su talento quedaba siempre atrapado por ese juego de espejos o enigma ajedrecístico: aparentar que se habita la mente ajena para sembrar una duda. Camuflaba así sus contradicciones: defender una república ante una monarquía, hablar de libertad mientras pedía dinero a un rey y presentarse como el hombre más sencillo en los salones donde hasta las pelucas engañaban detrás de cada protocolo.

Fue entonces que me aventó sus sentencias:

“Regresa a tus tierras y a tus tiempos. Quizá lo dicho aquí, en esta Nada, podrá servirte porque vives la peor época de los enigmas encendidos. No juegues bridge, haz del acertijo tu herramienta. Deja correr la ilusión ajena. Echa mano del cálculo sobre las conciencias entendiendo que no existe un hombre que llegue a una mesa de negociación desnudo de sus pasiones, empezando por uno mismo. Recuerda que las colonias que me tocó representar en Francia tampoco eran una criatura uniforme: Virginia no era Massachusetts, ni Pensilvania era Carolina, ni los comerciantes pensaban como los granjeros. La revolución misma era una bolsa de gatos con bandera. Fui el editor de verdades y mentiras según los tiempos y los sapos que debía apedrear. Pero había aprendido que la unidad no consiste en hacer que todos sean iguales, sino en que las voluntades se reconozcan animadas por una misma apuesta. Se trataba de conseguir que las partes de la quimera, debido a esa carnada que atrae con la idea de un mejor futuro, acepten caminar en la misma dirección”.

“Y en estos tiempos que te ha tocado vivir: juega ajedrez y aprende, más que nunca, a quedarte quieto”. [₪]