Las cicatrices no ayudan a andar.
Luis Eduardo Aute
Recientemente, trasplantamos un par de orquídeas. En la macetita de plástico transparente con agujeros en que vinieron del vivero, sus raíces se estaban pudriendo, adquiriendo ese color oscuro que revela que la planta sufre. Su nuevo hogar es un árbol de falso caucho y raíces profundas que se yergue, alto y robusto, en el fondo de mi jardín.
En la botánica, las orquídeas son, en su mayoría, epífitas, lo que quiere decir que pueden crecer sobre los troncos y las ramas de los árboles. Ello no las vuelve parásitas, puesto que nada le roban al árbol huésped que las sostiene: sus raíces son aéreas, verdes y fotosintéticas. Estar enterradas en el fango las asfixia y las mata. Necesitan la intemperie, el roce del viento y la luz para sobrevivir.
Los seres humanos, en cambio, elegimos desde hace milenios la fijeza de la tierra. Al domesticar la semilla, fuimos cambiando el horizonte por el cimiento de piedra y comprendimos que la supervivencia dependía de la permanencia. Desde entonces, lo socialmente “natural” ha sido el sedentarismo: pertenecer a un valle, cercar un territorio, establecerse, afincarse.
En algunas culturas tradicionales de África, la Polinesia y América Latina, ese imperativo del arraigo se traduce en un ritual: se suele enterrar el cordón umbilical del recién nacido en el jardín familiar, marcando con ello el origen y una conexión mística y ancestral con la tierra, amén de un lugar seguro, el retorno al hogar. El ombligo actúa como centro de gravedad, como ancla; la cicatriz, como memoria originaria. Se es de ahí donde quedó sepultado el despojo de la madre.
Una vez escuché decir que los diplomáticos somos migrantes profesionales. Desde una perspectiva jurídica es una falsedad. Desde el punto de vista sociológico, un oxímoron. A diferencia de los migrantes y de los exiliados que migran —muchas veces por necesidad— en busca de otro lugar donde asentarse, y que, por tanto, tienen la ilusión del arraigo, los diplomáticos, aunque amparados por el derecho internacional, no podemos compartir esa aspiración, teniendo como sino el tránsito permanente de un lugar a otro, condenados, como Sísifo, a escenificar reiteradamente el mismo ciclo: llegada, asimilación, partida. Una incapacidad crónica, pues, de echar raíces. Siempre lo he dicho: no hay señal más clara de que se avecina el traslado, la remoción, que cuando te empiezas a sentir como en casa.
Un amigo diplomático me relató hace poco que su hija se echó a llorar en clase, en una escuela internacional, cuando la maestra, en un ejercicio que parecía inofensivo, les preguntó a los alumnos dónde estaba su hogar. “En el barrio X”, respondió la niña; “sí, pero ¿en qué país está tu hogar?”, insistió la profesora, lo que le provocó un arranque de desconsuelo por no pertenecer a ningún lugar. Como decía Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Los hijos de los diplomáticos crecen desprovistos de una conexión evidente con la tierra originaria (horizontal); su experiencia de la patria se da a través de la añoranza, de la memoria itinerante y fantasma de los padres (vertical).
Mis hijos Bárbara y Jonás, como las orquídeas epífitas, son de una belleza y una adaptabilidad formidables, pero su naturaleza desafía la idea misma del arraigo. En mis hijos-orquídeas, mis hijos-sin-ombligo, la cicatriz apunta a un lugar que no existe más que en los relatos que escuchan de sus padres. Se trata de una memoria prestada o trunca, o, en el mejor de los casos, fragmentada. El ombligo se vuelve una marca ya no del origen sino del hecho de haber sido desprendidos, arrancados.
Y, sin embargo, abrazadas al tronco que las sustenta, las orquídeas en el falso caucho de mi jardín siguen floreciendo. Apenas ayer brotaron nuevos botones. Sus colores: vívidos, de una belleza entrañable.[₪]

Diplomático mexicano de carrera desde 2005. Actualmente es jefe de cancillería en la Embajada de México en Brasil. Ha desempeñado diversos cargos tanto en la Secretaría de Relaciones Exteriores como en el exterior. Es egresado de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y maestro en Periodismo Político por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Tiene estudios de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede de Argentina, y realizó un intercambio académico en el Institut d’Etudes Politiques/Sciences-Po de Burdeos, Francia. Cursó el diplomado en Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Es asociado del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI).
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