Las Obras Completas (OC) de Jorge Luis Borges (EMECÉ, Buenos Aires, 1989, en tres tomos, de unas 600 páginas cada uno) han sido rebasadas por una gran afluencia de material literario del autor, de un sinfín de procedencias.
Entre el material no incluido en las OC, se hallan los Textos cautivos (Jorge Luis Borges, TEXTOS CAUTIVOS. Ensayos y reseñas en “El hogar”, Tusquets Editores, Barcelona, 1986), preparado por Emir Rodríguez Monegal; así como los textos aparecidos en la revista “El hogar”, reunidos bajo la mirada de María Kodama, igual que otros textos no destinados a libros orgánicos.
Tampoco incluye los libros temáticos ni los preparados en colaboración con Bioy Cazares y tantos otros escritores y especialistas. No figuran, igual, distintas antologías, compilaciones y otros trabajos.
Realizará una labor titánica quien reúna y organice las obras completas del escritor argentino. El índice bibliográfico más amplio, disponible y confiable que conocemos hasta el momento, es el que incluye José Emilio Pacheco en el libro “Jorge Luis Borges, Una invitación a su lectura”. José Emilio enlista cronológicamente los libros de poesía, narrativa y ensayo de Borges. Un índice muy cercano a éste, figura en la página de internet del Instituto Cervantes.
Ocurre que nuevo material creativo aparece cada ocasión que se aventura un recuento de la obra total de Borges. Es natural que no faltaran editores al escritor argentino, cuya vena creativa avalaba su ingenio. Borges escribía y publicaba por todas partes.
Su presencia era continua en los medios de comunicación. Participó ya como colaborador frecuente o esporádico, ya dirigiendo o asesorando a incontables diarios y revistas: Proa, Prisma, El Hogar, Azul, Sol y Luna, Clarín, Opinión, La voz, Marcha, son sólo algunos.
A todas estas obras -congregadas o dispersas pero identificadas-, el tiempo y la labor de los investigadores aportarán, seguramente, textos adicionales no recogidos todavía.
Un elemento recurrente en Borges -ocupa el título y el énfasis de la presente nota- y no exhaustivamente visitado por los estudiosos y la crítica, tampoco forma parte de la recolección de EMECE: los prólogos.
Es un género que Borges cultivó con asiduidad, una figura literaria que le agradaba sobremanera, y en la que desbordaba su erudición, deslindaba hechos literarios y señalaba sus preferencias y rechazos.
En dos grandes espacios repartía su afición a los prólogos: los propios -los que anteponía a su obra individual- y los otros, los ajenos, los que escribía para otras obras y autores. El volumen y contenido de éstos, que fueron prologados por Borges, es sorprendente.
La existencia del prólogo es tan antigua como la literatura misma. Su estudio, tratamiento y debate, seculares. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (22 Edición) provee cuatro acepciones del término. La primera y la cuarta parecen avenirse mejor al propósito del presente texto. La primera señala que se trata de un “Escrito antepuesto al cuerpo de la obra en un libro de cualquier clase”. La cuarta: “Lo que sirve como exordio o principio para ejecutar una cosa”.
Consiste, en resumen, en un texto generalmente breve que se encuentra al frente de una obra literaria y ofrece al lector una introducción a su contenido. Se colocan siempre al inicio de la obra. En caso de encontrarse al final, muta de nombre para llamarse epílogo, desarrollando la misma misión.
Lo mismo que sus definiciones, forma un ejército el volumen de sinónimos que lo replican: preámbulo, prefacio, prolegómenos, introito, introducción, exordio, preludio, proemio. Con todo, durante nuestras pesquisas hallamos que un estudioso advertía “diferencias profundas entre prefacio y prólogo”. Lo que ve el que vive. No es el único.
II
La obra de Borges se compone, sobre todo, de poesía, cuento y ensayo. Casi por partes iguales. Acaso la prosa narrativa sea la parte más reconocida de su literatura, sin demérito de sus ensayos -incluidas otras manifestaciones en prosa como crónica, artículo, nota, reseña, etc.- y su extensa obra poética.
Se nos reveló temprano su afición y regocijo por escribir prólogos. Lo conmovían, lo emocionaban. Entre otros motivos porque representan un principio de orden, de armonía. Son todos, en general, breves y concentrados, intensos como la poesía. Breves e ilustrativos todos. Y al destacar las características mayores de un prólogo, apuntamos igualmente a los a los elementos que constituyen el estilo del escritor argentino.
Su afición -impulsora de su estilo- se tornaba devoción con naturalidad cuando incluía en sus obras, además de prólogos, epílogos y notas de su propia pluma. No poco de su teoría y práctica literarias, así como su ideario, se hayan expuestas en ellos. Pero igual, apuntaba enormes lecciones literarias, estéticas, filosóficas, etcétera.
Cualidad central de su estilo literario se encuentra en la brevedad, que caracteriza a toda su obra: sus poemas, sus relatos y sus ensayos, así como artículos, crónicas y otros -abundantes- textos que publicó aquí y allá.
Junto con la brevedad, figura la intensidad, dos factores distintivos de la poesía. Esos mismos rasgos –brevedad e intensidad- acompañan a sus relatos y ensayos, aunque el escritor los pretenda menos obvios
A esas características Borges añadió la inclusión de un prólogo elaborado por él mismo, en cada uno de sus libros. En Fervor de Buenos Aires (1923), el poemario que constituye su primera publicación, expuso lo que sería su modelo o patrón: brevedad, sencillez, claridad, en escasa media página con una prosa clásica y envolvente. El escritor, acompaña esas cualidades con una dosis no escasa de humildad y desapego.
Varias aficiones comunes con el escritor se nos revelaron poco a poco, al paso del tiempo: los mapas, el café, la prosa inglesa, la literatura policial… y se tornó una devoción la lectura de los prólogos que Borges elaboraba para sus propios libros, los cuales, una vez establecida su factura y su magnitud, nos hizo patente su magisterio en el género.
Transformada en hábito, la inclusión de esos prólogos para casi todos sus libros continuó, con el fin de guiar al lector, para ilustrar su método de trabajo, para confesar su poética, exponer su ideario, su experiencia y sus preferencias.
En 1935 publica ese volumen riquísimo y novedoso, que fue también su primer libro de relatos, Historiauniversal de la infamia, un texto que influyó en el panorama de la narrativa en lengua española y acaso mundial. Uno de los relatos, Hombre de la esquina rosada, se convertirá en una pieza clave. Para ese libro escribió Borges en un prólogo iluminador: “Los ejercicios de prosa narrativa que integran este libro fueron ejecutados de 1933 a 1934. Derivan, creo, de mis relecturas de Stevenson y de Chesterton y aun de los primeros films de von Sternberg y tal vez decierta biografía de Evaristo Carriego. Abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas…”
Prólogos hay de diversos tipos, asuntos y categorías; con todo, es posible considerar que cada prólogo es único. Algunos han alcanzado la inmortalidad, como el que Cervantes creó para El Quijote. Un texto inspirador de la literatura española y mundial.
Pero igual, en otra categoría, Alfonso Reyes juzgó que los prólogos para una edición de Clásicos para todos que le vino a mano, eran“bien intencionados, piruetean un poco, pierden la sencillez castiza para el caso, y predisponen al lector candoroso…”
III
Además de los prólogos de sus propias obras, el volumen de prólogos emanados de su pluma para un alud de otros libros y autores forma una literatura monumental, un espacio creativo independiente, que Borges ejecutaba con pasión y magisterio y que conservadoramente suman más de doscientos.
Todos breves, rotundos, con características acotadas, como réplicas con personalidad propia cada uno. Son prólogos para otros libros y autores, no más para él. Pero se trata de una cantidad tal, que bien podemos anotar en la historia de la literatura, que Borges forjó con ellos una como especie de nuevo género.
Si bien nunca cesó de escribir prólogos, hacia la mitad de su vida intercambió algunos por epílogos. En Otras inquisiciones, sustituye el prólogo por un epílogo, acción que repetirá varias veces en el futuro. Epílogo, define María Moliner, significa resumen o compendio de cualquier cosa.
En un ejercicio de buceo bibliográfico hallamos tres textos que agrupan prólogos de Borges. Con un título claramente cacofónico figura como el más popular y amplio conjunto de prólogos que Borges se comprometió a entregar: “Prólogo con un prólogo de prólogos”, editado en España por Torres Agüero Editor, en 1975. Más adelante, en 1998, Alianza Editorial hizo una nueva edición.
Existen luego las “breves notas introductorias” reunidas en el volumen llamado “Biblioteca personal. Prólogos”. Es como un segundo tomo de Prólogos… ha escrito José Emilio Pacheco. Contiene 67 Prólogos sobre sendos autores u obras, de una rigurosa página cada uno.
Borges, lo sabemos, se hombreaba con los clásicos. Así, en el prólogo a el Libro De Buen Amor, escribe en un párrafo decisivo: “Propendemos ahora a leer el título como si fuera una abstracción; no hay tal cosa. Buen Amor es un personaje. Es el amor honesto que mediante la inteligencia logra su fin, el amor “que los cuerpos alegres e a las almas preste”. Mal Amor se le opone. Figura la lujuria, que siempre está “adoquier que tú seas” y que mantiene al mundo escarnecido y a la gente, triste. Se ha conjeturado que el Mal Amor es una imagen exagerada y tal vez calumniosa del poeta. Mal amor sería a un tiempo el fabulador y una de las figuras de la fábula.”
En 2001, Alianza Editorial publicó Prólogos de la Biblioteca de Babel, 41 textos escritos por Borges sobre sendos autores, en acuerdo con el editor italiano Franco María Ricci… Allí resplandece el Borges erudito y juguetón, el Borges comprometido con el arte literario, que sin remilgos confiesa las emociones que le despierta la lectura de cada autor prologado.
Reunidas, las incontables “breves notas introductorias”, constituyen un universo propio.
De 1985 data su último prólogo propio. El del postrer libro que publicó en vida Borges, el poemario “Los conjurados”. En él Borges ensaya una autobiografía publicada por Sudamericana, en Chile, en 2074.
IV
Dios nos libre, lector paciente, de prólogos largos. La frase proviene de Quevedo. Quizás la más recurrente -de contado la más popular- referencia en nuestra lengua al significado y esencia del asunto que tratamos. El tema contiene sustancia para un estudio más profundo y extenso. Por ahora nos interesaba destacar sólo estos apuntes.
Borges concentra su arte y desarrolla su estilo en textos que privilegian la intensidad y la brevedad, en una prosa clásica y cautivadora. La masa de prólogos que escribió nos autoriza quizás a atribuirle la constitución o formalización de un patrón, de un modelo. A su biografía podemos añadir que, además de poeta, ensayista y narrador, fue también un consumado prologuista.
En un párrafo de uno de los prólogos de la llamada Biblioteca Personal, que transcribimos a continuación, se revelan las cualidades de Borges en el reconocimiento a Julio Cortázar:
“Hacia mil novecientos cuarenta y tantos, yo era secretario de redacción de una revista Literaria, más o menos secreta. Una tarde, una tarde como las otras, un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y que le daba mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, leyó en letras de molde “Casa tomada” con dos ilustraciones a lápiz de Norah Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación. Me honra haber sido su instrumento.”
Recién releí esa soberbia novela de 1934, Trópico de Cáncer, de Henry Miller. Con gran sorpresa me encontré igual de emocionado y sacudido que cuando la leí por vez primera en una edición muy rústica, sobada y llena de subrayados. Incluso creo que con todos los anatemas que ahora tendría, por lo políticamente incorrecto (en cuestiones de género, machismo, misoginia, homofobia y otros ismos que penden sobre el acto creativo cada día con más rigor) la novela aún puede y debe tener sus lectores contemporáneos.
De modo que empezaré diciendo que Trópico de Cáncer, y en sí, la obra completa de Miller, incluyendo sus cartas, ensayos, libros de viajes y puede que hasta sus malogradas acuarelas, es una enorme Idea en progresión. Inclasificable como su temática, a un tiempo es narración, autobiografía, ensueño, ensayo y denuncia; además tiene un espíritu vitalista que abarca y cierra como tenazas a la condición humana, desde el sexo hasta la autorreflexión.
Si existe un solo hilo narrativo en Trópico de Cáncer es el Fluir. “El héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad… el tiempo no va a cambiar” dice al inicio. Lo único contingente es el ser humano. Por eso su actitud para con los demás es absolutamente real y demoledora. En las relecturas que he hecho de Miller, nunca lo encuentro envejecido, sino siempre nihilista y vitalista; un sensualista que exprime la última gota de la vida dándose el lujo de desdeñar los contextos, las necesidades, el deber ser, la madurez, todo eso que nos apremia y moldea. No en balde cita y declara su empatía hacia Whitman, “el Hombre”. Ambos escritores norteamericanos se cantan a sí mismos, desprecian al Otro pero no de forma egoísta sino, simplemente, porque no creen en las leyes sociales más burdas: las de dependencia, chantaje, falsa diplomacia, servilismo y adulación.
Dos
Mi primera lectura de Miller la hice muy joven y me sacudió profundamente, tanto por su vitalismo e ideas del desapego como por el tiempo en que las había formulado. Desde esa primera vez entendí que su propuesta estética y ética no es fácil, y que un lenguaje tan denodado tampoco esconde rapidez e ingenuidad. Afirmarse a costa del esquema de valores es sacudirse, volver a empezar de nuevo desde cero si en verdad aspira a entender el Fluir y luego, dejar que el Tiempo haga lo suyo. Yo no sé de cierto cuántas lecturas budistas e hinduistas metió Miller en su cabeza; en Una pesadilla con aire acondicionado en todo caso, resulta entrañable saber de qué manera lo impactó conocer la obra del Swami Vivekananda (1863-1902), lo cierto es que su obra se verá llena de esa referencia profunda al fluir, al tiempo, al desapego, incluso, me atrevo a pensar, a una particular interpretación del Bhagavad-gītā que voltea la ética occidental: el buddhi-yoga o “sendero de la iluminación”: cumplir el deber sin interés y con desapego, sin importar el alcance del mismo deber.
Tres
Miller como Heráclito no concibe que el Ser sea en sí mismo. El Ser no es estático, está en la eterna contradicción de ser y no ser al mismo tiempo, en el devenir perfecto de un fluir incesante. Fluye entonces aquel Miller que escribe sobre Miller, aunque a veces lo llame Joe. No hay nomenclaturas, no valen los pronombres. Una simple mención basta para captar a ese Ser errático que deambula por el Paris de hace un siglo demostrando que la miseria y la gloria son dos caras de la misma moneda.
Arremete contra todo, porque el Fluir no concibe naciones o identidades sino quizá una pertenencia a sí mismo. Miller destroza a las ciudades, reniega de ideales preconcebidos; Nueva York “te hace sentir insignificante”, Paris es un paraíso y una antesala del infierno, los alumnos de Dijón no son materia de transformación sino un hato de desgraciados alienados y subyugados para que no piensen; su tiempo social como conceptualiza Norbert Elias a las mediciones humanas, es un fiasco total y un absurdo, los tiempos modernos apestan; de cualquier modo “en el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y el drama”.
Simplemente Ser. ¿Qué importa la pobreza?, ¿de qué sirven las vejaciones, el vivir por vivir, el estar hambriento, el desahogo en el sexo?, a final de cuentas el protagonista es y punto. Comprende que para ser no necesita que suceda nada, no tiene que esperar nada, no hay que recordar en absoluto. Con un vitalismo digno del mejor Thoreau, Miller dice: “tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal…”. Es esa decisión la que forma su ethos, el de ser consciente del Movimiento y por él de ser absoluto dueño de sí mismo, que es la forma más complicada de la libertad.
Si los jóvenes Beats al leer a este profeta exaltado hace casi ochenta años se sintieron desgarrados y eufóricos, ¿aún podrá conseguir tal efecto en esta época?
Cuatro
Todos estos puntos pueden ser interpretados de distintas maneras, por supuesto. Para los censores de Miller y los parisinos que aún vivían bajo la sombra de la belle époque, su narrativa es corrosiva y destructora, una absoluta perversión que no tiene empacho alguno en decir todo: “Cuando un hombre está ardiendo de pasión, quiere ver las cosas; quiere verlo todo, verlas orinar incluso. Y aunque es magnífico saber que una mujer tiene inteligencia… Germaine estaba en lo cierto: era ignorante y sensual, se entregaba al trabajo con todo su corazón y con toda su alma. Era una puta de los pies a la cabeza… ¡y esa era su virtud!”. Miller no reivindica nada. No hay un amor fraterno por la humanidad o por la cultura, pero tampoco odio, quizá un escape, o una posición del crítico corrosivo pero con gran inteligencia y sentido del humor.
Si la contingencia humana y la inexorabilidad del tiempo hacen insignificante cualquier situación o estado y el mundo de todas formas va a colapsar y seguramente colapsará por un exceso de humanidad, por la idolatría a la razón y al mero sensualismo, el valor de Miller es el del artista, el que se percata de que en el esquema de valores tan rígido que impone la cultura no hay la más remota posibilidad de transformación.
Pero acaso aún sobreviva la belleza, el arte, el yo espiritual, las categorías supremas del valor de la humanidad. Como varias veces me ha dicho Fidel Loredo, un agudo lector de la obra milleriana, el hombre no solo era un putañero, violento, borracho y vulgar, sino un hombre de aguda inteligencia y de una ternura sorprendente.
Pienso lo mismo después de releer su elogio al arte a través de una interpretación muy personal que hace de la obra de Matisse. “Incluso cuando el mundo va camino de su destrucción, hay un hombre que permanece en el centro, que queda fijo y anclado más sólidamente, más centrífugo, a medida que se acelera el proceso de disolución”. Esas son las barreras contra el nihilismo corrosivo y brutal que vieron externa y únicamente sus censores. No da su brazo a torcer contra el repudio al mundo, pero tampoco le da la espalda. Nadie diga que sin arte nos moriríamos de tanta verdad sin repasar la cita de Miller: “porque en este mundo, como en cualquier otro, la mayor parte de lo que ocurre es porquería e inmundicia, sórdido como un cubo de basura”. El Arte también forma parte del Fluir en tanto creación humana y por tanto es contradictorio, contingente y errático, es decir, el Arte no logra borrar la fealdad. ¿Pero qué sería del mundo sin la fealdad y lo sublime?
Cinco
¿Cuál es pues la “profesión de fe” de este escritor, nacido justamente en fechas como ésta, el 26 de diciembre de 1891? Me quedo corto: una extensa declaración inclasificable que va del antiamericanismo, la denuncia del decadentismo, renegar de las ideas para entrar pleno a la actividad, su empatía total con Walt Whitman (y su repudio a Goethe) hasta su concepto del Artista, un fragmento que por sí mismo valdría una interpretación a fondo y con la que iré cerrando esta lectura.
El artista es un forjador de la Palabra que consigue que las palabras exploten, desgarren y demuestren una realidad, subyacente o evidente, para mostrarla, gritarla y ponerla de narices frente a lo que el mundo le ha asignado. Para el Miller protagonista, el hombre está acorralado frente al mundo y será estrangulado a menos de que haga buen uso de las palabras: “las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo”. Las palabras detienen el devenir, alteran la lógica de lo inexorable.
Dar con el punto exacto de sus significados es el objetivo, no el ideal, porque las palabras tienen que destruir las ideas, penetrar en lo profundo del mundo y arrojarlo con toda violencia. Las palabras permiten la rebeldía, están por encima de “gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, tótems y tabúes existentes”. Las palabras sondean los misterios que la cultura ha soslayado a la prohibición por su incapacidad de explicarlos, y ¿qué mejor misterio que todo lo que envuelve a la obscenidad? Partes del cuerpo, actos naturales, genitales, perversiones, deseos, el cuerpo como objeto, el cuerpo como cosa, son imposibles de negar, atemporales, son parte de los misterios que la Palabra debe de mostrar. Miller lo ha intentado hasta el hastío, hasta demostrar que como todo misterio su ambivalencia es peligrosa y confunde, la satisfacción también ahoga. El artista entonces debe romper lo establecido, “derrocar los valores existentes, convertir el caos que lo rodea en un orden propio”, un orden que lo lleva hasta el extremo de sí mismo y de todos, porque el Artista es un inhumano, está fuera de los límites de la humanidad; ser humano le parece “algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por receptores morales y códigos, definidos por trivialidades e ismos”.
El verdadero artista, fase superior del ser humano, ha escalado una vía parecida a la de los místicos porque está lleno de negaciones en busca de una necesidad superior, “el monstruo que les roe las entrañas” los obliga a ir más allá; “impulsos desconocidos… convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción”, intentan asir a “un dios desconocido”.
Los artistas han renegado de todo, buscan todo, si consiguen algo es por lo menos un último alarido, una necedad absoluta que ya no es simple rebeldía. Han intentado frenar el Fluir de las cosas, que está por encima de la humanidad y del vitalismo, que va hacia el cosmos y absorbe toda idea panteísta; el artista entra en un vertiginoso movimiento, porque a fin de cuentas ha entendido que él también está fluyendo y se siente parte de eso. El gran deseo de Miller protagonista es el del Miller escritor y el de los que aspiren a esa totalidad: “el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y el ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento”. Por eso, nunca clasifiquen a Miller como obsceno ni vulgar sin haber comprendido su obra. Porque escribir el misterio, fascinante y hermoso a un tiempo del sexo, y describir con lujo de detalles a los participantes y asistentes no es morboso ni obsceno. “Más blasfema que el juramento, más horrible es la parálisis”. Y el gran escritor, el que ha superado lo vulgar porque ha rayado en su fluir un peldaño más alto de lo ordinario nos lo dice en breves palabras: “Más obscena que nada es la inercia”.
“De modo natural envejecemos y el mundo es cada día más joven que nosotros. Pero podemos combatir y vencer la soledad o aprender a vivir en ella, con su hermano el silencio. El secreto no es ser joven sino mantener la juventud, la inconformidad ante la idea que no prospera, la frase mal articulada, el proyecto superior al pensamiento.”
Vicente Quirarte (1954-2026), fragmento de su discurso El laurel invisible, al ingresar como miembro de El Colegio Nacional en 2016.
Redacción cambiavias
Año 9. Número 35
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El escritor estadounidense es reivindicado a 45 años de su muerte, destacando como aspectos de sus obras: el rompimiento con formas literarias de su época, un nuevo tipo de novela semiautobiográfica y la combinación de personajes singulares. [ LEER ]
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VISIONES PARISINAS
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EL ALMA RUSA, ENTRE LA ESTEPA Y LA MONTAÑA
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A partir de un viaje reciente por regiones rusas remotas, Inés Ortíz deja dos aspectos en claro: Rusia no es una sino muchas, además del relativo conocimiento que se tiene de este conjunto de entidades desde Occidente. [ LEER ]
ADÉN-MARSELLA: LA ARABIA FELIX EN EL MEDITERRANEO
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Una exposición de objetos arqueológicos y documentos históricos sobre la vinculación entre los puertos de Adén, Yemen, y Marsella, Francia, permite abordar aspectos de un legado cultural que va más allá del trasiego portuario. [ LEER ]
DESARROLLO SOCIAL: DE COPENHAGUE A DOHA
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Singular aproximación a la Segunda Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social. realizada recientemente en Doha, Qatar. El autor rescata el acontecimiento de la multitud de cumbres políticas que tenemos y realza su relevancia para fomentar la integración social, erradicar la desigualdad social y luchar en favor de la paz y la seguridad internacionales. [ LEER ]
EL DILEMA DE LAS POLITICAS PUBLICAS Y EL DESARROLLO PRODUCTIVO
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La preocupación del autor gira en torno a las expectativas de la economía mexicana respecto al estancamiento y la inflación, así como su impacto en el bienestar social. Así desarrolla su perspectiva en las políticas públicas y en la participación del Estado en la economía. [ LEER ]
# A. Visual, Música & Poesía
CORTÉS, MOTEZUMA Y UN VIOLIN DESVENTURADO
Samuel Maynez Champión
Como gran conocedor de temas prehispánicos y de la musica clásica mexicana, Maynez comparte esta ocasión una hoja biográfica donde convive con Vicente Leñero. Ambos disertan acerca de sus respectivos ámbitos creativos en una cafetería. Una historia de vida que se deleita más escuchando las referencias musicales compartidas. [ LEER ]
HECHURAS GRAFICAS
Miguel Angel Echegaray
En un ejercicio retrospectivo, Echegaray comparte trabajos gráficos de su autoría que fueron incluídos hace varios años en la revista de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Los acompaña con un texto que decodifica el significado de sus creaciones con el paso del tiempo. [ LEER ]
ILUMINACIONES
Jorge Valdés Díaz-Vélez,
Se presenta una selección de 3 autores del universo literario mexicano. La selección exhibe una lírica multidireccional e intensa, que permite al lector elegir rutas de aproximación en su lectura. Los poemas, las fotos y las fichas biográficas que acompañan a los poemas fueron seleccionadas por Díaz-Vélez. [ LEER ]
# Reseñas
ALBERTO HIDALGO A 100 AÑOS DE SIMPLISMO
Rosa Núñez
Este año es el centenario de la publicación del libro Simplismo. Poemas inventados del poeta arequipeño Alberto Hidalgo (1897-1967), figura central de la poesía vanguardista peruana y latinoamericana. Nuñez Pacheco hace una revisión sutil tanto de la lírica de Hidalgo como de la edición conmemorativa elaborada por Caligari Ediciones. [ LEER ]
AUGE Y OCASO DE LA FUNCION PUBLICA EN CHINA
Daniela Gil Sevilla
Revisión de una obra extensa acerca del desarrollo histórico del sistema de administración pública de China, desde el establecimiento del examen del servicio civil Keju (587 d.C.,) hasta la presidencia de Xi Jinping. También refiere el marco de analísis Examination, Autocracy, Stability y Technology (EAST), concebido como una propuesta dirigida a explicar la fortaleza y durabilidad del Estado chino. [ LEER ]
Un poco más allá de cuarenta años, me topo por accidente con estas ilustraciones en una Gaceta escolar, y que hoy son solo imágenes. Delineadas sin propósito acordado ni encargo previo, se perciben ahora como hechuras gráficas salidas de un autodidactismo silencioso.
Hablo de meras imágenes que subsisten, pues sus originales ya no existen; lo que tampoco altera demasiado ni desvía su condición de imágenes. En todo caso, son la interpretación atemporal de las piezas primeras.
Son, inevitable y mínima consideración, dibujos, tintas y acuarelas carentes de porvenir y apenas documentos figurativos personales. No exagero.
Ahora, reducidas a su estado de imagen, podrían ser envueltas con títulos apócrifos, anécdotas inciertas de trazo e impresiones para sobrevalorarlas. Para rotularlas e inyectarles un sentido que inventa su primogenitura. Una ficción de origen, pues.
Mostrarlas así sin precaución conlleva una ventaja: inhibir el cálculo de su trascendencia, al no figurar en una acumulación retrospectiva ni estilística voluble ni tampoco progresiva.
Poner en duda su pasado deliberado; limpiarles el origen y ostentarlas como simples imágenes es su merecida exhibición aquí.
No hay novedad alguna. Casi siempre observamos imágenes alejadas de sus originales autentificados. Se dirá que tales originales no son siempre dados a la mirada de frente por estar resguardados en museos y galerías lejanas e inaccesibles. Y que la codicia, añado, por el original, no nos decepciona por entero.
En cambio, si podemos acceder a sus imágenes y deslastrarlas de los discursos que las respaldan y jerarquizan; entonces podemos mirarlas también de otro modo, relativizando sus primeros o reiterados calificativos.
Aquella mañana de 2007 vencí mis últimas inhibiciones y tomé el teléfono para comunicarme con don Vicente Leñero. Quería pedirle consejo, aún a sabiendas de mi impertinencia, sobre un proyecto melodramático que arrastraba de tiempo atrás y que, por más esfuerzos que invertía, no acababa de satisfacerme. Para mi sorpresa, una vez que le expliqué el motivo de mi llamada, me dio cita de inmediato. El lugar sería el café anexo a la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) ubicado en la colonia San José Insurgentes, del D. F. Nadie hubiera podido predecirme la magnitud de la deuda que estaba a punto de contraer, ni la trascendencia que adquiriría el acercamiento a su persona. Tampoco habría podido adivinar lo grata y educativa que podría resultar una charla con él.
Antes de acudir al encuentro releí su obra de teatro La noche de HernánCortés para tenerla fresca al momento de la plática. De hecho, el valeroso tratamiento que había plasmado del conquistador ‒lo había retratado con toda su cauda de ambivalencias sin ahorrarse sus facetas de individuo soez, lascivo y delirante‒ me había incitado a buscarlo con miras a un intercambio de ideas donde, pensaba yo, podrían derivarse sugerencias que me ayudarían a mejorar los diálogos de los personajes históricos del libreto operístico que me desvelaba. Hurgué también en lo que había quedado de la biblioteca paterna en busca de otros libros de su autoría para leer los que alcanzara, a manera de cátedra indirecta sobre el arte dramático. Para mi regocijo hallé más de una decena de volúmenes, casi todos dedicados, por su puño y letra, a mi padre. Por azar, el primero que tomé fue el ejemplar de La mudanza que editó Joaquín Mortiz en 1980.
Lo leí de un tirón, quedando francamente abatido por la desesperanza que impone la obra leñeriana. Una pareja clasemediera se cambia de casa, y conforme se desarrolla la mudanza, salen a flote sus desavenencias y resentimientos. De pronto, de un baúl recién traído emerge un grupo de desarrapados que, al final, asesina a la pareja. La metáfora futurista me pareció nítida, pero me llamó la atención que, dentro de las acotaciones teatrales, se requiriera la presencia de un violinista anciano y que su actuación fuera precedida por una frase críptica que decía: “Nada sabe su violín y todos los sones toca…” En fin, había material de sobra para un sabroso interrogatorio.
El día de la cita me acicalé, amén de asegurarme de llevar conmigo la obra sobre Cortés que quería que me autografiara, el texto que pretendía someter a su escrutinio, un discman portátil con una maqueta sonora de mi proyecto y algún presente. Elegí un disco compacto con algunos estrenos que realicé junto a mis alumnos del Conservatorio y algunos colegas solidarios. Pensé que iba a agradarle y, con extrañeza me vislumbré relatándole las peripecias que habían precedido su grabación.
Los dos hicimos alarde de puntualidad, volteando a ver el reloj que marcaba las 10:30 A. M. en punto, de aquel miércoles 13 de junio de 2007. Don Vicente eligió una mesa adyacente a la ventana para poder fumar a sus anchas. Café para los dos y en mi caso una rebanada de pastel. Después de las salutaciones y las remembranzas de rigor ‒desfiló un iracundo anecdotario sobre los nefastos funcionarios que dirigen la cultura‒ procedí con mi perorata. Su atención se hizo completa, habituado como estaba a prestar su oído de maestro para aspirantes a dramaturgos y guionistas. Sobre la petición de que le echara un ojo a mi libreto no puso reparos y prometió darme algún veredicto en un par de semanas. Me reiteró que habría de leerlo con sumo interés.
Para apuntalar aún más los postulados que, según yo, mi propuesta melodramática debía enarbolar, saqué los audífonos del discman y lo conminé a que, ahí mismo, me diera un parecer de la música que llevaba preparada. En ella se escuchaban algunas de las arias que Vivaldi había compuesto para su dramma per musica “Motezuma” a las que yo me había permitido cambiarles la letra ‒en función de una lectura más apegada a los hechos históricos‒ traduciéndolas después al náhuatl clásico y al maya peninsular.
Absorbido por el flujo sonoro que le llegaba por esa vía, su rostro dibujó una sonrisa y sus pupilas se dilataron. No imaginaba que las lenguas indígenas pudieran acomodarse dentro de un edificio melodramático del Siglo XVIII y que resultaran tan bellas como vehículo canoro.[1] Supe ahí que, si bien don Vicente no era un apasionado de la ópera, si era un amante empedernido de la zarzuela. Me contó con un halo de nostalgia en el semblante, sus andanzas madrileñas a la caza de las mejores representaciones que ofrecía el Teatro de La Zarzuela en los meses que residió en la capital hispana, así como sus imperdibles tandas dobles en el Teatro Arbeu de la Ciudad de México. Ante mi estupefacción por esa veta desconocida de su personalidad, no tuvo empacho en recitarme, en proeza memorista: “En la feria de Marchena / estas alhajas yo merqué, / pa ayudarme en la faena / de aguardar a mi morena / y de hacerme yo valé. / Negras cochas resguardan su hoja / firme y bien templá. / Y los muelles que la armaban / al abrirse pregonaban / su bravía calidá… cuales coplas de una zarzuela de Francisco Alonso que le encantaba.[2] Y luego otras de Ruperto Chapí extraídas de La revoltosa.
Por si eso no bastara, soltó de pronto una exclamación de asombro pues reparó en las coincidencias, contándome que habían sido, precisamente las Cuatro Estaciones de Vivaldi, el Otoño y el Invierno en especial, aquellas que había elegido para cerrar con música su obra de teatro La visita del ángel. El personaje central, el abuelo de la obra, ponía un LP en la escena, y se disponía a escuchar los conciertos vivaldianos con todo el placer acumulado que le seguían ofrendando; y con ellos como fondo, la muerte se lo llevaba en el estado de gracia que habían propiciado las inmarcesibles melodías del cura veneciano. Si para él hubo asombro, yo quedé boquiabierto.
En ese punto, con las afinidades musicales como directrices del diálogo, creí oportuno preguntarle sobre la reciedumbre anímica que se requiere para no decaer las innumerables veces que los obstáculos surgen en el horizonte y su respuesta fue tajante: “uno sólo debe sentarse a escribir para estar bien con su conciencia, todo lo demás sale sobrando.” Asentí de cuerpo entero y más aún, cuando mencionó, sin la menor huella de desencanto, la lucha acérrima de sus obras de teatro para escenificarse puesto que en incontables ocasiones habían sido sancionadas y encarpetadas. Esa era la tónica de nuestro país y era preferible encauzar las energías propias hacia lo que a uno le provocaba mayor placer. Para él la aventura literaria sin fin y para mí, así se atrevía a ponerlo, el amor por los sonidos como escudo contra la estupidez y la vacuidad reinante. Si yo afirmaba ser un músico honesto, los enfrentamientos contra mi propia conciencia estética habían de ser mi pan cotidiano.
Ya para despedirnos saqué el disco que llevaba preparado y se lo entregué sin preámbulos, mas don Vicente manifestó curiosidad por su contenido. Le llamó la atención un compositor que desconocía: Enrique Espín Yépez.[3] ¿Quién era? ¿Qué cosa eran los pasillos y porqué figuraban junto a Bach y Manuel M. Ponce? Hube entonces de ilustrarlo y, sin haberlo pretendido, me escuché narrándole las desventuras y los ásperos vericuetos que el fonograma padecía desde que nos habíamos atrevido a grabarlo. Su comentario fue invariable: “eso le pasa a todos los mexicanos que se niegan al sometimiento”. Guardándolo en su bolsillo me aseguró que también se daría un tiempo para escucharlo con el debido detenimiento.
‒Oiga, don Vicente, y ya que en estas estamos, hágame el favor de dedicarme su “noche cortesiana”, pues debo decirle que la he gozado en todos sus planteamientos y…, sin darme espacio para los elogios tomo una pluma consignando en sus páginas: “Para Samuel Máynez Champion, hijo del gran amigo que fue su padre. Con mi admiración y mis mejores deseos para la realización de su esfuerzo (también la noche de Motecuhzoma II está en juego) Con agradecimiento por su confianza. Leñero, junio, 2007”
Leí con emoción la dedicatoria y lo abracé largamente. Quedamos en reunirnos pronto y yo le prometí que iba a tenerle lista una propuesta musical para la ejecución del violinista miserable cuyos sones habían de acompañar la debacle social por él intuida. Si así había de ser, que fuera lo menos traumática posible, como la muerte del abuelo y como la que nos espera a los que todavía no pertenecemos a las hordas de desposeídos.
‒Juega, me dijo desde lejos…
Fue así que transcurrido el tiempo pactado, volví a comunicarme con él, enterándome, para mi futuro deleite, que ya había evaluado mi libreto y que me había escrito una misiva con sus comentarios. Una vez más la cita se fijó en el café de la SOGEM, lugar que cariñosamente llamaba “mi casa”. Puntuales ambos, el saludo contenía ya un germen de afecto suscitado por las afinidades descubiertas y las lecturas emprendidas. Afable y jovial, don Vicente inició la plática diciendo que, en general, la definición psicológica de mis personajes estaba resuelta y que los diálogos le habían parecido certeros, aunque tenía dudas con respecto a la efectividad del prólogo que me había sacado de la manga. En su parecer podía ser prescindible, amén de que con su inserción se corría el riesgo de alargar una obra ‒mi reelaboración, en claves mesoamericanas, de la ópera Motezuma de Vivaldi‒ que, de por sí, era demasiado extensa. Frente a ese argumento creí importante aclarar que la ópera vivaldianaoriginal tenía una duración cercana a las cinco horas y que con las adecuaciones que yo proponía se reducía a la mitad (había omitido el Da capo de las arias y había eliminado los recitativos).
Don Vicente reparó entonces en que pretender captar la atención del gran público por más de dos horas era sumamente arduo, sobre todo, tratándose de una propuesta concebida para un auditorio híper selecto.
‒Ese es, precisamente, el meollo del asunto, le respondí, basado en el convencimiento de que la música de Vivaldi es apta para todo público; y es más, agregué, yo me arriesgaría a confirmar, como sostiene el célebre comunicador Benjamin Zander, que “el mundo entero la ama, salvo que todavía no lo sabe…”
Una sonrisa franca iluminó su rostro, dándome espacio para redundar. Si la gente no acudía en tropel a escuchar música de concierto no era porque le desagradara sino porque la desconocía, pero Vivaldi era un gancho infalible. Su accesibilidad era total, sin importar el estrato educativo y cultural del aficionado en ciernes. Y precisamente por ello creí que un prólogo haría las veces de una charla introductoria para públicos ajenos al fenómeno teatral. Su inclusión era obligada si quería sensibilizarse al espectador con lo que habría de venírsele encima ‒la caída del mandatario tenochca que arrastró consigo la deblace indígena‒, inmediatamente después. Por razones obvias, habría de tenerse en cuenta la calidad del actor que lo declamara, pues siendo defectuosa sería contraproducente. Motivo por el cual había tenido en mente a Damián Alcázar, anticipando la calibración perfecta que le imprimiría a cada sílaba.
‒Si era Damián, repuso, entonces montaría sobre caballo de hacienda pero, ¿estaba yo seguro de que estaría dispuesto a fungir como un descendiente de Moctezuma dentro de una tragedia musical pensada, no para actores, sino para cantantes?… De eso no había duda, pues ya en otra ocasión Damián había accedido a hacer algo juntos, además de que, enfaticé, nos preciábamos de ser buenos amigos. Inclusive, para ir sobre seguro ya le había enseñado el libreto, y me había manifestado su adhesión completa con la causa.
La causa, la de reivindicar al noveno Señor de Tenochtitlan de cara a la versión oficial de la historia, no le extrañó. Al contrario. Mucho sabía don Vicente de los prejuicios que se ciernen sobre los personajes fundacionales de nuestra cultura. No era fortuito que se hubiera enfrascado en la revisión del propio Hernán Cortés a quien, lo sabíamos de sobra, se le odia y se le encomia por igual. De nada servía que se nos siguieran presentando a nuestros héroes, o a nuestros villanos, como a seres inamovibles en su papel histórico si no se contemplaban, sin ambages, los defectos inherentes a su humanidad, siempre falible y siempre en esbozo de llegar a ser. Para eso estaban los prodigios de la escena, y para eso también podía prestarse la ópera, como vehículo idóneo de las relecturas y recreaciones de ese acontecer que llevamos dentro y que, aunque nos pese, nos sigue deformando.
En ese punto de la conversación, don Vicente tuvo el inolvidable gesto de relatarme, en estrecho paralelismo con lo que ahora nos ocupaba, que él también había dudado sobre la manera de abordar al conquistador y que por ello mismo había buscado, después de agotadoras lecturas, la venía de un experto como lo era José Luis Martínez, su principal biógrafo mexicano. En su propia experiencia, había sido complicado convencer al eminente historiador sobre la necesidad de crear un personaje cuajado de claroscuros, dubitativo, lúbrico y falaz. De hecho, había encontrado reticencias de su parte y sólo después de largas conversaciones había conseguido que aceptara que la imagen cortesiana que arrojaban los documentos era tiesa, y que, sólo un creador como Leñero había estado a la altura para ofrecer otra posibilidad de enfoque. Lo que a Martínez en un principio le había parecido ligero y superficial, a la luz de la dramaturgia, se había transformado en una imagen más viva y más cercana del personaje, por ende, más verosímil.
Sin agotar del todo la veta histórica ‒hablaríamos todavía del cúmulo de óperas diseñadas abyectamente para enaltecer a Cortés y a su misión “civilizatoria”‒, para don Vicente llegó el momento de recordar que había escuchado el disco compacto y que su selección de obras lo había entusiasmado. El intermezzo de Ponce tenía, en su maravillosa brevedad, el potencial para considerarse como una de las obras más bellas de la música mexicana. Y lo mismo podía decirse sobre la insólita producción del ecuatoriano Espín Yépez, cuyas composiciones habrían de colocarse como piedras de toque del repertorio latinoamericano. ¡Era en verdad una pena que no se difundieran con la asiduidad que merecían y que las políticas educativas vigentes optaran por ignorarlas![4]
Penoso era, igualmente, que la producción teatral de don Vicente no se mantuviera en cartelera y que tan a menudo hubiera suscitado vetos. El caso de La mudanza, por ejemplo, venía a cuento para evocar su accidentado tránsito hacia las contadas puestas en escena de las que había sido objeto. En su decir, ella lo había sacado de una sequía literaria que se había prolongado un lustro y con su escritura, reiteró, había dado un paso en su oficio de dramaturgo, lanzándose hacia la concepción de un teatro metafórico y simbolista. Empero, recordó ahí que Margarita López Portillo, la otrora máxima autoridad en materia de espectáculos, le había espetado que escoger obras mexicanas era muy difícil, pues casi todas eran sórdidas y carentes de alegría, casi todas terminaban con muertes y desgracias. ¿Cómo podía caber La mudanza en la programación estatal si su mensaje no transmitía las cosas positivas que el gobierno promovía y si no era apta para reanimar la esperanza del pueblo? ¿Por qué nada más lo negro? ¿Por qué?
Con esa tónica en el aire aproveché para decirle que, a pesar de mis esfuerzos, no hallaba aún las tonadas justas que el violinista miserable de su obra habría de tocar en escena, como preludio del asesinato de los protagonistas principales. Había hurgado en la literatura para violín de la posguerra encontrando opciones, mas ninguna todavía adecuada para lo que se requería. Era algo triste, según la acotación teatral, y después había de convertirse en una música festiva, ideal para alborotar a las hordas de miserables… Con los audífonos de un discman le hice escuchar un fragmento que llevaba preparado[5] cuando, al improviso, se coló del exterior el solitario son de un músico callejero. Tocaba un clarinete destemplado y con las piernas sacudía unos cascabeles.
Escuchamos con atención y nuestras miradas se sintonizaron. ‒Quizá algo parecido a eso, ¿no es cierto?… Quizá sí, pero envuelto el sonido en un halo de desesperación aún más marcado. ¿Más marcado aún, cuando veíamos al pobre hombre que a duras penas tenía fuerza para inflar los carrizos y cuando veíamos a sus hijos correr en busca de las limosnas que, de todas maneras, no servirían para saciar su hambre?…
Los tristes sones nos ensimismaron negándonos la posibilidad de despedirnos con elocuencia. Vivíamos en un país sitiado por la miseria y pretender ignorarla era un pecado capital que debíamos asumir sin dilaciones. Mucha razón tenía don Vicente
[1] Se sugiere la audición de un aria encomendada a Motecuhzoma II. Audio 1: Samuel Máynez/Antonio Vivaldi. Aria Cecepatica nezzo de la ópera Motecuhzoma II. (Guillermo Ruiz, barítono. Sonatori de la Gioiosa Marca y Alauda Ensemble. Francesco Fanna, director. Live Recording. Teatro Hidalgo, México, D. F. Diciembre de 2009)
[2] Se trató de la zarzuela Curro el de Lora. Audio 2: Francisco Alonso – En la feria de Marchena de la zarzuela Curro el de Lora. (José Julián Frontal, barítono. Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. Juan de Udaeta, director RTVE MUSICA, 2007)
[3] Se sugiere la escucha de uno sus pasillos ecuatorianos. Audio 3: Enrique Espín Yépez – Pasional. (Samuel Máynez Champion , violinista y director. Alauda Ensemble. Sin Marca, 1999)
[4]Audio 1: Enrique Espín Yépez – Pasillo ecuatoriano en mi menor para violín. (Samuel Máynez Champion, violinista y director. Alauda Ensemble. Sin Marca, 1999)
[5] Se trató de lo siguiente. Audio 2: Erwin Schulhoff – Andante cantábile de la Sonata para violín solo. (Daniel Hope, violinista. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2007)
La vida me ha regalado la posibilidad de visitar Rusia todos los años. Participo en una feria de flores que se celebra a comienzos de la segunda semana de septiembre. Aprovecho además para visitar a mis clientes, que se encuentran en diferentes ciudades del país, lo que me ha permitido conocer varias regiones de esa tierra tan vasta. Este año visité Oremburgo y la República de Daguestán.
Occidente, por desconocimiento o por negación de la fortaleza del pueblo ruso, creyó que Rusia no soportaría una guerra prolongada. Se olvidaron de la resistencia durante el bloqueo de Leningrado. Se olvidaron también, como ha señalado en repetidas ocasiones el historiador Andréi Fursov, de que Rusia es el único país no occidental que ha vencido varias veces a Occidente: a Napoleón, a Guillermo II, a Hitler. No es poca cosa. Es un país que ha sido victorioso frente a los ataques a su integridad; un pueblo que entregó más de 26 millones de vidas en su lucha contra el fascismo.
Nunca un país había sido objeto de tantas sanciones. Occidente pensó que las consecuencias serían devastadoras para la economía rusa; hasta la fecha se ha impuesto un récord histórico de más de treinta mil sanciones. Y, sin embargo, no ha ocurrido y siguen aplicándose nuevas medidas —directas o indirectas— a pesar de la evidente falta de resultados.
A los occidentales nos resulta difícil comprender la fuerza interior que habita en el pueblo ruso: esa prodigiosa capacidad de adaptación y resistencia nacida de siglos de pruebas y adversidades. Desde sus orígenes como Estado, Rusia ha debido luchar por afirmarse, por conquistar su lugar en el mundo. Su historia es, en buena medida, una lucha incesante por la existencia: una afirmación de vida frente a todo intento de sometimiento o negación.
El rechazo de Occidente hacia lo ruso no es nuevo; ha acompañado a Rusia a lo largo de los siglos, adoptando distintas formas, pero conservando la misma incomprensión de fondo: la incapacidad de aceptar una civilización que no se mide con los mismos patrones, que no busca la comodidad, sino el sentido.
Una y otra vez, los rusos renacen de entre las ruinas. Esa energía —tan silenciosa como inquebrantable— recorre su literatura como un pulso secreto. En los héroes de Dostoievski, Tolstói, Ajmátova, Tsvetáieva, Blok, Esenin y Mandelstam vibra la pregunta por el sentido de la vida: todos ellos buscan, sufren, se rebelan y se elevan.
La mentalidad rusa contempla el mundo no en una sola dimensión, sino en su complejidad y en su volumen espiritual. Ve no solo la superficie de las cosas, sino su ser, su sombra y su resplandor. Esa mentalidad, que ha pasado por etapas críticas de escasez, es también profundamente práctica. Pongo un ejemplo relacionado con las flores que produzco y exporto: si una flor inclina su cabeza, el occidental la desecha; el ruso, en cambio, corta el tallo una y otra vez, decidido a devolverle la vida en el florero.
El umbral del dolor social
Recurro a un ejemplo más cercano en el tiempo histórico: ¿podemos imaginar lo que vivieron los rusos durante los “turbulentos años noventa” y cómo lograron sobrevivir? ¡No! Los “turbulentos años 90” fueron, ante todo, una época de caos y destrucción. Tras el derrumbe de la Unión Soviética, el país quedó sumido en una crisis sin precedentes: la economía colapsó, la inflación devoró los ahorros, la industria se desmanteló, los salarios se retrasaban durante meses y millones de personas cayeron en la pobreza.
Fueron años de excesos en todos los sentidos: de libertinaje, de desigualdad abismal. Mientras unos se enriquecían de la noche a la mañana, otros se empobrecían de igual modo. No tener qué comer era un fenómeno totalmente desconocido para los soviéticos de la posguerra: una tragedia no solo material, sino moral. Fue un tiempo de desintegración del Estado, de pérdida de certezas y de saqueo sistemático de los recursos nacionales. En lugar de renovación, prevalecieron el desconcierto, la ruina y el desamparo social.
Y, sin embargo, de esa oscuridad volvió a levantarse la vida. Rusia, una vez más, supo recomponerse: de la escasez hizo fortaleza, del dolor hizo memoria, y de la memoria, impulso. Este proceso de recuperación y renacimiento ha sido posible con el liderazgo de Vladimir Putin, bajo cuya conducción el país logró recuperar su estabilidad, restablecer su soberanía y reconstruir la confianza en sí mismo.
En ese renacer silencioso se revela lo más profundo del espíritu ruso: la obstinada voluntad de existir, incluso cuando todo parece perdido. Hay algo en esa fuerza interior —indefinible, invisible, palpable— que resiste toda explicación racional.
Quizá por eso el poeta Fiódor Tiútchev escribió los versos que aún hoy condensan el misterio de Rusia:
Умом Россию не понять, Аршином общим не измерить: У ней особенная стать — В Россию можно только верить.
Con la razón, a Rusia entender no se puede; con una medida común, medirla no se puede. Tiene una singular grandeza; en Rusia solo se puede creer.
Comprender a Rusia es, en el fondo, un acto de fe. Porque en ella lo imposible se convierte en rutina, y lo cotidiano, en símbolo. Una vez más —a pesar o quizás gracias a las sanciones—, el país avanza por el camino del renacimiento. No desde la ostentación, sino desde la constancia silenciosa de su pueblo.
Hoy se percibe un movimiento sostenido, un latido de crecimiento que atraviesa la educación, la salud, la vivienda y el transporte público. La inversión en transporte es constante y avanza a una velocidad —no vista en Occidente—, abarcando toda la red: estaciones de metro, trenes de cercanías, trolebuses y trenes. Las estaciones y los vagones son modernos; cuentan con wifi gratuito, cargadores para teléfonos e inscripciones en inglés.
Pero el verdadero cambio no se mide solo en obras ni en cifras: se percibe en el pulso del país, en la manera en que las calles se han vuelto un espejo de cierta serenidad conquistada. Ni en las ciudades principales ni en las del interior se ven indigentes o drogadictos deambulando por las calles. Los pueblos nórdicos son conocidos por su afición al alcohol, y los rusos no son la excepción. Pero hoy el panorama ha cambiado: en las décadas de los 80, 90 y 2000 era frecuente ver a muchos más hombres ebrios en las calles; ahora esa imagen es cada vez menos habitual.
La vida urbana se ha transformado: hay más orden, más control y una visible recuperación del sentido de dignidad. Ese cambio se percibe en las personas y en el paisaje mismo de las ciudades. En ellas se aprecia orden, limpieza y armonía. Se ha reducido notablemente la contaminación lumínica y visual, tan característica de los años 90 y 2000.
Por motivos familiares visito con regularidad Calgary, y la comparación resulta deshonrosa: déficit de vivienda, indigentes y drogadictos en las calles.En Vancouver y Toronto, la situación es todavía peor.
Otras realidades
a) Oremburgo
Es una ciudad regional importante, de alma industrial y fronteriza, tendida a orillas del río Ural, donde Europa y Asia se estrechan la mano; una tierra rica en gas, en historia y en memoria. También allí se producen y consumen flores: es uno de los centros de cultivo de tulipanes durante el invierno. Los productores me abrieron generosamente las puertas de sus invernaderos. Conocí en persona a uno de mis clientes, con quien hasta entonces solo había tratado de forma virtual; para mí, establecer una relación personal en los negocios siempre ha sido esencial.
Durante la Guerra Campesina de 1773–1775 , la gran insurrección encabezada por Yemelián Pugachov, Oremburgo fue escenario de algunos de los episodios más dramáticos del levantamiento. Las fuerzas de Pugachov sitiaron la ciudad durante medio año: se sufrió hambre y enfermedades; hubo victorias sobre guarniciones locales y destacamentos cosacos leales al zar, aunque no lograron tomarla.
La región tiene otro habitante célebre: Víktor Stepánovich Chernomyrdin, primer ministro de la Federación de Rusia entre 1993 y 1998. Fue el arquitecto político y económico de la consolidación de Gazprom, durante los años en que presidió ese emporio (1989–1992). Intentó frenar la hiperinflación y recuperar la producción industrial.
Visitar un lugar en compañía de personas cálidas transforma el viaje en una experiencia que permanece. Conocí a los padres de mi amiga y cliente Irina. Me hospedé en su casa y me recibieron con esa hospitalidad tan profundamente rusa: atenta, generosa, casi ritual. Hubo mil detalles, tés deliciosos —y eso que soy cafetera por excelencia—, y los últimos frutos rojos y pepinos de la huerta. El padre de Irina me regaló unas plantillas medicinales, convencido de sus virtudes, y no tuve corazón para rechazarlas.
En esa forma de acoger al otro, sin alardes ni palabras, comprendí algo más del alma rusa: su calidez silenciosa, su manera de ofrecer, en lo cotidiano, una lección de humanidad.
Esa misma esencia se revela en la русская баня (banya rusa), el baño de vapor tradicional que compartimos durante mi estancia. No es solo un lugar para bañarse: es un ritual de purificación física, espiritual y social, una celebración del cuerpo y del alma. Se entra al vapor con la cabeza cubierta; te golpean suavemente con ramas de abedul u otras hierbas para masajear la piel, estimular la circulación y abrir los poros; luego viene el baño de agua fría, el té y la conversación. Un rito que, como la hospitalidad misma, habla de la forma rusa de entender la vida: intensa, sencilla y profundamente humana.
Desde Oremburgo, donde Europa y Asia se estrechan la mano, hasta las montañas del Cáucaso en Daguestán, se revela la misma paradoja rusa: un territorio inmenso y diverso que, sin embargo, conserva una identidad común, una fuerza interior que unifica lo múltiple.
b) Danguestan
Si en Oremburgo percibí la serenidad industriosa de la estepa y la calidez de la hospitalidad eslava, en Daguestán descubrí la intensidad oriental de su gente, la mezcla de fe y montaña, de tradición y orgullo. Dos rostros de una misma alma: la rusa, que se reconoce tanto en la llanura como en el desfiladero, en el silencio de la banya y en el rumor del Caspio.
Al adentrarme en Daguestán, el paisaje comenzó a transformarse: las montañas se alzaban con fuerza, el aire se volvía más seco, y en los pueblos se mezclaban los acentos y las oraciones. La república se extiende a lo largo de más de cincuenta mil kilómetros cuadrados, entre las cumbres del Cáucaso y las orillas del mar Caspio. Dentro de Rusia ocupa menos del uno por ciento del territorio total, pero concentra cerca de 3,2 millones de habitantes, lo que la convierte en una de las regiones más densamente pobladas del Cáucaso.
Tierra de relieves abruptos y horizontes cambiantes, donde los pueblos se aferran a las laderas como si conversaran con el viento. Entre valles fértiles y cumbres de piedra se extienden estepas áridas y aldeas que conservan el ritmo antiguo de la vida. En esa frontera viva entre Europa y Asia laten más de treinta etnias, lenguas y costumbres: un mosaico humano tan complejo como su geografía, tan áspero y luminoso como la luz del Caspio al amanecer.
En esa combinación de rigor y ternura, de fe profunda y alegría espontánea, comprendí que Daguestán pertenece a Rusia y, al mismo tiempo, conserva su propio espíritu. Viajar por el país en el marco de mi trabajo con las flores me permite unir deber y descubrimiento: seguir el rastro de mis propios pasos y, a la vez, encontrar nuevas geografías de esa tierra inmensa, siempre capaz de sorprender incluso al viajero más atento.
La fe también forma parte del paisaje daguestaní. La mayoría de su población es musulmana sunita, con una fuerte tradición sufí que impregna la vida cotidiana. Las mezquitas marcan el horizonte de los pueblos, y en las ciudades la mayoría de las mujeres usa hiyab, mientras que en las aldeas más conservadoras algunas cubren también el rostro. El islam aquí no es solo una creencia: es una forma de convivencia, un código de respeto y una fuente de hospitalidad.
Como en otras regiones del Cáucaso, la hospitalidad oriental es una virtud esencial. Se esmeran en ofrecer lo mejor que tienen: la casa, la comida, el tiempo. Atender al invitado no es una simple cortesía, sino un deber sagrado, una expresión de respeto y de fe. La mesa se llena de platos típicos —cada uno según la etnia o el origen de la familia—: carnes especiadas, panes recién horneados, frutas, dulces, té perfumado.
Nos habíamos conocido apenas unos días antes, durante la feria de flores en Moscú. Yo le había obsequiado un café ecuatoriano, y él, fiel al espíritu de la hospitalidad caucásica, sintió que debía corresponder al gesto, sobre todo cuando le mencioné que viajaríamos a su tierra. Así nos invitó a comer a su casa: un acto de generosidad que para los occidentales resulta sorprendente. Allí basta un primer encuentro para que te abran la puerta del hogar.
Esa costumbre, tan natural en el Cáucaso, contrasta con la reserva del mundo occidental, donde la hospitalidad se expresa de otro modo. En Estados Unidos o Canadá es habitual encontrarse en un café o restaurante; en Europa, la intimidad del hogar se reserva a los más cercanos. En Daguestán, en cambio, invitarte a su mesa es mucho más que una cortesía: es una forma de reconocerte, de acogerte, de integrarte —aunque sea por un momento— en el tejido invisible de su vida cotidiana.
La naturaleza, hermosa y diversa, contrasta con la organización de las ciudades. En Majachkalá —la capital— y en Kaspiski, las casas se levantan sin planificación visible. El tráfico es caótico, no solo por la cantidad de autos, sino por el desorden general. Trayectos cortos pueden tomar mucho más tiempo del necesario. Las cunetas, elevadas sobre el nivel de la vía, provocan el estancamiento del agua.
Al segundo día de nuestra visita le comenté a Irina que bastaría una lluvia más fuerte para inundar las calles. Y, en efecto, al día siguiente de nuestro regreso a Moscú y San Petersburgo, ambas ciudades colapsaron: llovió con fuerza durante horas, y el agua anegó avenidas y barrios enteros. Con una mejor infraestructura, el impacto habría sido menor.
Lo que más me impresionó fue la conformidad de la gente ante esa realidad: la corrupción, la falta de gestión de sus dirigentes, la sensación de impotencia. Tuvimos distintos conductores que nos llevaron a conocer los paisajes de Daguestán, y todos —incluido el taxista que me llevó al aeropuerto— mostraron la misma mezcla de preocupación y resignación. “No se puede hacer nada”, repetían, casi como un eco.
Ambos paseos fueron organizados y costeados por Shabab: un azerí casado con una daguestaní que comercializa flores y produce eucalipto en Azerbaiyán. En la cultura occidental un gesto así sería poco habitual, casi sorprendente. Su generosidad, sin embargo, se sintió natural y sincera: parte de una forma de vida donde el visitante se convierte, aunque sea por un instante, en parte de la familia.
Al recorrer Majachkalá me llamó la atención la cantidad de floristerías: una al lado de otra, concentradas en una misma calle. Me quedó la curiosidad de entender cómo logran sostenerse tantas, desafiando toda lógica económica. En el Cáucaso, como en toda Rusia, las flores ocupan un lugar especial en la vida cotidiana: acompañan los encuentros, las visitas, los saludos y las celebraciones familiares. No son solo un adorno, sino una forma de expresar respeto y afecto, un gesto que parece brotar de la misma energía vital que anima esta tierra: esa fuerza silenciosa que impulsa a ofrecer, a compartir y a mantener viva la belleza incluso en medio de la aspereza.
Esa energía —tan propia del espíritu caucásico— se expresa en pueblos orgullosos que conviven entre la tradición y la modernidad, la fe y la duda, la memoria de antiguos conflictos y la búsqueda de un destino común. Daguestán es parte de Rusia, pero su ritmo vital, su religiosidad y su modo de entender la comunidad contrastan con la vida del resto del país: un sur más emocional, más antiguo, donde lo sagrado aún organiza el tiempo y las relaciones humanas.
Esa diferencia se percibe también en las repúblicas vecinas: en Chechenia, por ejemplo, la historia reciente ha modelado un carácter distinto, más disciplinado y contenido, donde la religiosidad convive con un fuerte sentido de orden y reconstrucción. Cada una, a su manera, busca preservar su identidad dentro del vasto cuerpo de la Federación.
Tras recorrer estos territorios y escuchar a su gente, comprendí que el paisaje y el alma del Cáucaso se reflejan mutuamente: ambos están hechos de contrastes, de belleza y dureza entrelazadas.
c) Ruta por el embalse
Las carreteras que unen las ciudades son funcionales, aunque carecen de infraestructura básica —baños, agua, servicios— incluso en las zonas turísticas. Y, sin embargo, entre esa aspereza y desorden asoman las huellas del ingenio humano. Esa capacidad de transformar el entorno sin negarlo se manifiesta en el corazón del Cáucaso: el embalse de Chirkéi, en el suroeste de Daguestán, se extiende como un espejo azul entre las montañas. Nació de una de las obras más audaces de la ingeniería soviética: la central hidroeléctrica de Chirkéi, construida entre 1964 y 1974 sobre el río Sulak. Con su presa de arco de 232 metros —la más alta de Rusia—, fue símbolo del impulso modernizador de su tiempo: la voluntad de dominar la naturaleza sin destruir su grandeza.
Navegamos por el embalse. El agua —de un azul acerado— parecía respirar entre las montañas. Apenas había turistas, solo el silencio, el viento y la presencia inmóvil de la presa, testigo de otro tiempo. Pensé en los hombres que la levantaron, en la fe y la tenacidad que exige un paisaje tan severo.
Desde sus orillas, el camino continúa hacia el distrito de Kazbekovsky, donde el río Sulak se abre paso entre desfiladeros vertiginosos y montañas que parecen custodiar el silencio. En los miradores naturales, la garganta del Sulak se revela en toda su magnitud: una de las más profundas de Eurasia, un abismo que corta la tierra con una belleza casi sobrecogedora. El viento asciende desde el fondo del cañón trayendo el eco del agua y el olor mineral de la roca. En ese silencio inmenso, uno comprende la pequeñez humana frente a la geología del tiempo.
d) Derbent
A la mañana siguiente, todavía con la imagen del cañón en la memoria, emprendimos el camino hacia el sur. La carretera se abre paso entre colinas áridas y llanuras que descienden suavemente hacia el mar. El aire se vuelve más salino, la luz más blanda. Tras unas horas de viaje aparece Derbent, la ciudad más antigua de Rusia, tendida entre el Cáucaso y el Caspio como un puente entre mundos.
Si el suroeste de Daguestán asombra por su rudeza vertical, Derbent —en el extremo sureste— seduce por su historia: una urbe donde el pasado parece seguir respirando. Entre el mar y la montaña, la ciudad se alza como un umbral. Sus murallas de piedra, que descienden hasta el Caspio, guardan todavía el eco de las caravanas que cruzaban la Ruta de la Seda. Caminar por sus callejuelas empedradas es recorrer una sucesión de épocas: persa, árabe, mongola, rusa.
Desde la fortaleza de Naryn-Kala, erguida sobre la colina, el Caspio se abre como una planicie líquida e inmóvil. Aquel mismo mar que trajo comerciantes y conquistadores refleja hoy una calma aparente: el tiempo pasa, pero la ciudad permanece. Mezquitas, iglesias y sinagogas conviven en un silencio compartido —testimonio de una tolerancia nacida de la memoria, no del discurso.
Derbent conmueve por la serenidad de lo que ha resistido, por la dignidad de quien ha aceptado el paso del tiempo sin rendirse. Al atardecer, las murallas se tiñen de un resplandor dorado, como si recordaran el esplendor de los imperios que la desearon. De noche, la fortaleza se ilumina y vuelve a imponerse, serena y majestuosa. Pese a su valor histórico y cultural, la ciudad amurallada carece aún de la infraestructura que merece: ni siquiera cuenta con servicios básicos, un contraste que no empaña la hondura ni la belleza intacta de su pasado.
Al recorrer lugares tan distintos de Rusia, uno intuye el peso y la grandeza de gobernar un país tan vasto y plural. Culturas, religiones y paisajes se cruzan como corrientes de un mismo río que nunca deja de fluir. Occidente, consciente de esa complejidad, intenta aprovecharla para quebrar su unidad. Y, sin embargo, Rusia siempre vuelve a recomponerse: transforma la fractura en equilibrio, la adversidad en impulso, la diferencia en sentido. En esa diversidad late su fuerza: un alma común forjada en la continuidad, la resistencia y la fe en el porvenir.
En las murallas de Derbent, donde el mar abraza la montaña y Europa se encuentra con Asia, comprendí que las fronteras son apenas respiraciones del tiempo. Todo se une, se separa y vuelve a unirse: las lenguas, las creencias, los destinos. Tal vez esa sea también la lección de Rusia: su permanencia a lo largo de los siglos nace de una antigua vocación de unidad, de esa capacidad de acoger lo distinto sin destruirlo, de mantener viva la diversidad dentro de un mismo horizonte. El Cáucaso encarna esa verdad silenciosa: solo quien aprende a convivir con sus propias contradicciones alcanza la fuerza interior que vence al tiempo. En esa fuerza —hecha de continuidad, resistencia y fe— late el alma común que aún sostiene a Rusia.
El Cáucaso enseña que la identidad no se impone, se forja. En sus montañas conviven fe y orgullo, diversidad y pertenencia, fragilidad y permanencia. Tal vez por eso, quien recorre estas tierras comprende que la verdadera unidad no es uniformidad, sino la armonía difícil entre lo distinto y lo múltiple.
El célebre escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) escribió dos obras que prefiguraron a El laberinto de la soledad: Radiografía de la Pampa y La cabeza de Goliat, publicados, respectivamente, en 1933 y 1940. Son muy atendibles y dan cuenta de numerosos aspectos de la argentinidad; o, mejor dicho, de las argentinidades. El segundo me parece ineludible para comprender la magnitud de la cultura porteña y su título me encanta. Hoy, cuatro años y dos meses después de haber asumido la agregaduría cultural de la Embajada de México en Buenos Aires, ese sintagma resuena en mi ánimo, pues toca despedirme de la adscripción.
La capital argentina y su área metropolitana son, efectivamente, el centro neurálgico de un país continente, como dicen los uruguayos para referirse a sus vecinos rioplatenses. En sí misma, la ciudad podría ser considerada como un país aparte dentro de otro, como sucede con la Provincia de Buenos Aires (PBA), aunque esa entidad federal se aprecia como tal sobre todo por su extensión. Basta decir que puede manejarse dentro de la PBA a lo largo de ocho horas seguidas sin salir de sus límites geográficos.
Buenos Aires capital es, sin duda, el testuz de un gigante, que por su arquitectura, su gastronomía, su composición demográfica y racial predominante, el estilo de vida de sus clases medias y numerosas tradiciones de sus colectividades (como llaman a los enclaves de las nacionalidades históricas que constituyen su sociedad) es, asimismo, la matriz de la argentinidad más perceptible y de la que, acaso, los porteños estén más orgullosos: la eurocompatibilidad.
Esto se ha analizado de muy diversas formas pero a quien esto escribe le interesa, sobre todo, explicar de manera muy sencilla que el crisol de los grupos nacionales europeos que colonizaron estas tierras formó una población “reflejo” o “espejo” de Europa. A diferencia de la mayor parte de las capitales latinoamericanas, y en contraste con las provincias del norte y noroeste del país, Buenos Aires desarrolló una fortísima identidad sumando y mezclando códigos europeos que prescindieron por completo de elementos indígenas o indomestizos. Para encontrar un lugar en el que se reivindique el pasado aborigen –como se le llama aquí— con orgullo identitario, hay que viajar hasta Catamarca, Salta o Jujuy.
La eurocompatibilidad porteña ha menguado, por supuesto, con el paso del siglo XXI, tiempo de migraciones globales y de transformaciones urbanas radicales. Hoy en día, avenidas enteras de la ciudad sacrificaron sin remedio ni misericordia la magnífica arquitectura fin-de-siècle, Belle Époque o Art Decó, para suplantarla por edificios carentes ya no digamos de gusto, sino del mínimo sentido de consonancia con la época en que vivimos. Es una verdadera tragedia comprobar que la devastación arquitectónica de Buenos Aires, provocada por la inhumana avidez de los cárteles inmobiliarios, destruye día a día, minuto a minuto el espíritu de eurocompatibilidad que distingue a muy buena parte de la urbe, incluyendo barrios entre los que, de repente, uno se encuentra con tesoros edilicios que deberían ser objetos de estudio para los arquitectos de cualquier parte del mundo.
No obstante esta destrucción permanente, y aun comprobando la intensa “latinoamericanización” demográfica a la que se ha sometido en el curso del último cambio de siglo, debido a las olas migratorias de otros países de la región, Buenos Aires sigue conservando una Stimmung diferencial, enteramente disfrutable y estimulante. El tamaño de su agenda cultural lo expresa muy cabalmente: es dos veces y media más grande que la de la ciudad de México, es más heterogénea que la de Madrid, y compite hasta cierto punto con las de París y Berlín. Por razones obvias, no es posible seguir la imparable oferta de todos sus foros y espacios públicos, pero puede constatarse que a ese gigantismo en la producción y el consumo culturales corresponde una fuerza civilizatoria admirable, si bien puede objetarse que no todo lo que se produce tenga una calidad meritoria. Aun así, no dudaría en afirmar que el mejor cine latinoamericano de la actualidad en español es el argentino, nutrido por la enorme cantidad de intérpretes, productores, diseñadores de vestuario, ingenieros de iluminación y un largo etcétera de técnicos y especialistas provenientes de su descomunal actividad teatral (al menos 300 estrenos teatrales al año sólo en la capital), y que la cantidad de puntos de venta del libro, sobre todo las entrañables librerías porteñas de barrio, “curadas” con esmero y cariño por sus emprendedores, superan en número a las de toda la red librera de la República Mexicana. Aunque les reditúe financieramente muy poco a las escritoras y los escritores mexicanos, muchos de ellos buscan, hoy en día, publicar en editoriales argentinas de cualquier tamaño, porque saben que van a ver exhibidas sus obras en mucho más lugares que en nuestro país.
Estos cuatro años han sido una experiencia impagable en mi trayectoria como agregado cultural. En un “ecosistema” cultural como el descrito, insertarse es un desafío en muchas ocasiones irremontable, porque se trata de un sistema autosuficiente, y al que cuesta mucho tiempo entrar; en el orden de la cooperación internacional además, está orientado enfáticamente al diálogo con y a la exploración de tendencias provenientes de las metrópolis culturales europeas y de Estados Unidos. Sin embargo, desde fines de octubre de 2021 y hasta diciembre de este 2025, pudimos desarrollar, desde la sección cultural de la Embajada de México en Argentina, 90 acciones de impacto público. Por razones de pudor, espacio y lógica no me referiré a toda esta actividad (estas líneas no pretenden ser un informe de gestión), pero debo consignar que pudimos presentar y difundir la imagen país de México en los espacios más emblemáticos de Buenos Aires, desde el Salón Dorado del Teatro Colón hasta el auditorio de la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”; desde el Centro Cultural Borges al ahora Palacio Domingo F. Sarmiento (antes Centro Cultural Kirchner); del MALBA a la Sala Leopoldo Lugones, del Complejo Teatral San Martín; y del Museo de la Casa Rosada al Museo Fernández Blanco, entre otros muchos espacios. El logro más importante, sin duda, fue convertir a la Fiesta de Día de Muertos mexicana, que celebramos durante cuatro años seguidos en el jardín de la Embajada, en una celebración popular de la ciudad: en nuestra Fiesta de 2025, logramos reunir a 40 mil asistentes en un fin de semana en la terraza del Centro Cultural Recoleta, un record sin precedentes en una celebración de este tipo. Nunca había participado en una actividad de tal capacidad de convocatoria en alguna de las tres Representaciones previas en las que había tenido la fortuna de trabajar para la S.R.E, antes de venir a Argentina. Ahora me despido de esta capital, habiendo contraído para siempre, como diría Jorge Luis Borges, “el misterioso hábito de Buenos Aires”.
Esta ocasión, Jorge Valdés Díaz-Vélez, hace una selección de 3 autores que confirman la riqueza de la poesía en el universo literario mexicano. La selección exhibe una lírica multidfireccional, intensa por una expresividad que permite al lector a vislumbrar rutas de aproximación en su lectura. Las fotos y las fichas biográficas que acompañan a los poemas fueron seleccionadas por Díaz-Vélez.
La palabra cáncer pesa. Es de plomo. El día que Donald Trump, con pretenciosidad insólita, bautizó el 2 de abril del 2025 como el “Día de la Liberación”, yo recibí allá en mi soledad africana la noticia de mi cáncer. Trump dijo que ese era “uno de los días más importantes en la historia estadounidense”. Celebró una ceremonia en el jardín de rosas de la Casa Blanca repartiendo aranceles al mundo sobre una tabla de datos sin justificación comprensible para nación alguna; igualmente bizarra para los especialistas más destacados del comercio y la economía.
Yo aprendí que el nombre cáncer pesa más en el espíritu que en el cuerpo, pero que nunca se conocerá su verdadera fuerza en tanto no se averigue a profundidad sobre su apellido y sus rostros ocultos: tipo de células, lugar en el cuerpo, nivel de progreso, aislamiento o no, estudios hechos, planeados, futuros, indispensables y superfluos.
Durante los siglos XIX y principios del XX, África estuvo inextricablemente ligada a experiencias reales y ficcionales sobre la enfermedad. Si bien el continente había fascinado durante mucho tiempo a los exploradores, comerciantes y aventureros, también representaba un entorno de recóndito peligro para sus visitantes de fuera por su arista inmunológica. Las enfermedades de África —malaria, enfermedad del sueño, fiebre amarilla, disentería e innumerables otras— plantearon desafíos extraordinarios a esos esfuerzos externos, engreídos y dominantes, a menudo resultando fatales o agobiantes como esa piedra sobre el alma.
El día que el Centro de Diagnóstico ONCO Patológico de Addis Abeba, curiosamente ubicado en la calle Suiza y junto a una gasolinería, me entregó el papel de tinta violeta, quizá yodada, confirmando la presencia de un linfoma B de células pequeñas, me dio por evadirme pensando en David Livingstone, el gran explorador y misionero escocés. Me sentí cruzando un umbral de temores desconocidos y me imaginé culpable de esa extraña correlación:
En el último año de vida del misionero Livingstone, lo abatió un daño acumulado que las enfermedades tropicales causaron tras su prolongada estancia en África. Nada relacionado con mi caso, por supuesto. Tantas cosas han cambiado desde entonces. Pero debo decir que, para llegar a mi diagnóstico de linfoma, mi cuerpo pasó por la experiencia de la medicina etíope de nuestra época. Otro tema, otro lance.
Y debo aclarar que la primera estación de ese periplo abierto para el diagnóstico de mi cáncer fue —oh que fortuna maravillosa— la presencia de un auténtico gurú o sherpa local: el doctor Binyam Geremew, un joven médico, formado en la Universidad de Gondar, y practicante en los poblados aledaños del sur de la capital del país. Llegó a mi casa acompañando a otro médico etio-cubano que yo había contactado antes. Revisó la lesión y me convenció de inmediato de subir a su auto para buscar un análisis preciso. “No, esto no se opera hasta saber qué es”.
Para abril de 1873, cuando Livingstone tenía justamente sesenta años; mi edad exacta ahora, su cuerpo se deterioraba de múltiples maneras. En las entradas de su diario, días antes de su muerte, el 1 de mayo, Livingstone escribió sobre un “flujo de sangre constante” que relacionó con hemorroides y un dolor intestinal agudo tan intenso que lo incapacitaba para caminar. La causa exacta de la muerte de Livingstone sigue siendo desconocida —los registros no son lo suficientemente precisos—, pero lo que está claro es que, tras treinta años de exposiciones haciendo frente a enfermedades parasitarias e infecciosas africanas, su cuerpo simplemente dejó de funcionar.
Yo por mi parte, y en compañía de mi nuevo amigo y médico, llegué a unos Arsho Medical Laboratories que se ubican en un cruce multicarretero del sureste de la ciudad que los lugareños llaman Megenagna, lo que significa algo así como “gran lugar en donde todo se une”. Ahí, un portero de casi dos metros, rodeado de una multitud de enojados y gritones, nos dijo: “hoy no…, hoy no hay agujas; y no hay estudios”. Sin sentirse contrariado, Binyam decidió llevarme al hospital más cercano, mientras yo ya me había convertido, entero y esperanzado, en su cordero en una nueva expedición africana.
Entré al hospital Lancet, serpenteando otra multitud de mujeres, ancianos, niños, señores encorvados, todos sonrientes; por igual afectos a ese mostrar gentil de dientes blanquísimos que al empellón y el codazo. Pronto descubrí que la extraña arquitectura del lugar surgía del abrazo, lleno de improvisaciones, entre dos edificios: uno de nueve pisos y un hermano menor de unos cuatro niveles desfasados en alturas y estilos. Sus conexiones eran ramificaciones y puentes horizontales unidos en épocas y con materiales muy disímbolos. Uno de los cruces atravesaba lo que fueron unos baños. Las regaderas estaban canceladas, pero sin eliminar coladeras o tubos cerrados con tapones de tuerca gruesa. El pasillo se convertía así en el check-point de un distópico videojuego. Yo seguía los pasos de Binyam.
Lo más notable de ese hospital es que su sistema de cómputo cumple con una modernidad indiscutible. Ya registrado el nombre del extranjero que acaba de llegarles (yo), la confusión sucumbe y cada sala, médico o enfermera en cualquier rincón del lugar sabe la identidad del paciente, los antecedentes, los estudios hechos y las nuevas instrucciones. Sin embargo, el sistema de pago es lo contrario —quizá en ello radiquen las prioridades del lugar; primero sanar y luego cobrar—; de otro mundo y otros tiempos, soportado en la más omnipresente confianza. Cada servicio lo pago siguiendo ciegamente a Binyam hasta lograr la atención de la recepcionista central quien, tras oír el nombre del tratamiento, literalmente arranca una esquina de una hoja de papel ya mordida cientos de veces, y apunta una cifra en tinta roja. Con ese diminuto trozo de papel, el paciente va a la caja y paga: puede ser un análisis general de sangre cuyo costo equivale a $30 dólares o una consulta con el especialista en hematología que no supera los $20.
Esperando la realización de una ecografía, noto que me rodean ocho letreros genéricos escritos todos en amhárico sin traducción asequible. Sus estéticas grafías, llamadas fideles, reiteran mi dependencia y admiración por Binyam. Las salas de espera están repletas; los pacientes y sus familiares abarrotan las pocas sillas afuera de puertas sin numeración alguna. La forma de saber qué turno corresponde es por vía de la gentil pregunta que mi sherpa hace a los presentes. “¿Quién es el próximo?” “¿Y luego, quién?” “¿Y?” “Entonces yo soy el quinto; aquí espero”.
Decía que aún no sabemos si la muerte de Livingstone tuvo como última causa la malaria, la disentería, el parasitismo intestinal, una hemorragia o la combinación de todas. Lo que es cierto es que el África subsahariana se había cobrado una renombrada vida europea, la de una voz antiesclavista única, polo opuesto del más salvaje e irredento de los colonizadores, Henry Morton Stanley (Bula Matari). Eso de Bula Matari se traduce como “Rompepiedras” y era el nombre que recibió entre los lugareños del Congo. Stanley fue quien encontró a David Livingstone el 10 de noviembre de 1871 en Ujiji, cerca del lago Tanganica, en la actual Tanzania, y supuestamente soltó la flemática frase: “¿Doctor Livingstone, supongo?” Algo que no aparece en su diario de la época considerando que las dos páginas que seguían directamente al registro del primer avistamiento de Livingstone fueron arrancadas. Livingstone, por su parte, tendía más bien a relatar la reacción de su sirviente, Susi, quien exclamó: “¡Viene un inglés! ¡Lo veo!”
Resulta lastimero que Stanley, el atroz destructor de vidas del Congo en nombre y beneficio de la extracción de caucho para el rey de Bélgica, Leopoldo II, murió tan tranquilo, treinta años después, en su casa de Richmond Terrace, Londres.
Finalmente llegamos a la conclusión que ofrece el hematólogo. Es definitiva: debo hacérseme una biopsia… Y ahora. Eso me sorprende poco; la medicina etíope es echada para adelante, rápida, al grano. Lo realmente especial es que Binyam averigua con una llamada la viabilidad de un cirujano del piso cuatro que responde algo que me traducen como: “sí, el cirujano tiene la próxima hora disponible”. “¿Solo una hora?”
Dada la oportunidad, el servicio de cirugía se detona sin que yo tenga que pasar por el ritual del pago previo con papelito arrancado y cifra expresada en tinta roja. Me llevan al —quizá lo sea, quizá no— quirófano. Paredes descarapeladas, apenas una puerta aparte del tumulto de pacientes, olor a desinfectante, un lavabo con fuga, lámparas fallonas. El cirujano reconoce sonriente a Binyam. Fue su maestro en Gondar. Se abrazan, indagan sobre sus respectivas familias. Se ponen al día mientras se esterilizan bisturí y otros utensilios. El cirujano invita a Binyam a ser su ayudante. “Si usted así lo desea”, entiendo que responde él con enorme respeto y agradecimiento. Hay caravanas entre ellos. El cirujano le señala la caja de las mascarillas y los guantes quirúrgicos, justo junto al lavabo donde Binyam lava afanosamente sus manos.
Ahora me viene a la mente el nombre de Richard Burton. Encargados en 1857 por la Royal Geographical Society para localizar el manantial originario del Nilo —un misterio geográfico que había desconcertado a los exploradores durante tanto tiempo—, Burton y su acérrimo rival, John Hanning Speke, se embarcaron en una expedición que pondría a prueba tanto su resistencia como su relación. La expedición en sí misma se definió rápidamente, no por el logro cartográfico, sino por la devastación causada por las enfermedades africanas. Se dice que sus diarios, correspondencia, informes médicos y registros administrativos pasaron a ser los cimientos para que los organismos europeos, inadaptados a África, enfrentaran su retraso inmunologico.
En el quirófano del Lancet, tengo la fortuna —o la desdicha— de que los lentes de Binyam, invitado a operar y ser anestesista de ocasión, reflejan como fino espejo cada movimiento sobre mi cuerpo. Han optado por dormir únicamente una parte reducida para abrir la piel con una tajada de unos tres centímetros y extraer tres conos de tejido enfermo, del tumor. Siento que van muy profundo; cinco o seis milímetros, siento que es mucho más. La maniobra es veloz. Pronto cosen con hilo de sutura del que se absorbe solo, me ponen de pie y me mandan, ahora sí, a visitar por enésima ocasión a la recepcionista de la planta baja para que indique el pago a realizar. Ningún dolor que comentar; ni físico ni crematístico. El valor del trabajo quirúrgico se calcula en alrededor de $120 dólares.
Richard Burton era un hombre extraordinario desde cualquier punto de vista; como una figura del Renacimiento. Había emprendido una peregrinación ilegal a La Meca disfrazado de musulmán, hablaba con fluidez —se dice— más de veinte idiomas y sus intereses académicos se extendían a ámbitos que escandalizaron a la Inglaterra victoriana. Sin embargo, incluso su formidable intelecto y su considerable constitución física resultaron insuficientes contra las enfermedades tropicales. Sufrió un colapso infeccioso que lo incapacitó temporalmente y lo apartó de la exploración activa. Ese período crucial coincidió con los descubrimientos de Speke, lo que dio lugar a agrias disputas entre ambos sobre quién había identificado la verdadera fuente del Nilo. El conflicto de personalidades se vio exacerbado por las circunstancias de la enfermedad: Speke afirmaba que había realizado sus propios descubrimientos geográficos mientras Burton se recuperaba de una fiebre, y esta tensión empañaría su relación para el resto de sus vidas.
Después de haber pagado, subo escaleras, cruzo puentes, recorro una selva de pasillos oscuros y claros, consultorios improvisados y regreso al piso cuarto del hospital. Me espera la preparación de la muestra que deberá ser llevada al Centro de Diagnóstico ONCO Patológico. El frasco que la contiene es estéril, profesional, y de clara manufactura hospitalaria. Sin embargo, la forma de asegurar su inviolabilidad es un simple guante plástico de cirujano que lo contiene y sobre el cual una enfermera anuda obsesivamente los dedos elásticos. En el hospital no tienen etiquetas que garanticen que llega sin haber sido abierto, así que los nudos, veinte o treinta, garantizan que nadie llega al frasco sin desgarrar el guante. El cirujano nos recuerda que, para salir, debo tener en mano el “Pase de salida”. Sí, un salvoconducto que imagino similar a eso que pedían los groseros maleteros de los hoteles de Acapulco en los años ochenta.
En los tiempos de los exploradores, descubrir las diferentes reacciones entre los cuerpos europeos enfermos, en contraste con lo que vivían los locales y otros viajeros remotos, permitió un conocimiento más efectivo de las enfermedades y fue clave para definir tratamientos. Por ejemplo, el guía africano Sidi Mubarak Bombay, guía de gran fama, había sobrevivido periodos de esclavitud y viajes cruentos de África Oriental a la India. Desarrolló una inmunidad adquirida y ventajas para supervivir. Sobre su ejemplo, las empresas coloniales —alemanas, británicas, francesas, belgas o portuguesas— decidieron observar más a los lugareños y a los más inmunes para planear servicios médicos, protocolos de higiene e, incluso, atroces investigaciones in-situ con locales, en su intento por preservar la salud europea.
Las iniciativas de investigación en África Oriental llevadas a cabo por el propio bacteriólogo alemán Robert Koch, el que dio con el bacilo de la tuberculosis, ejemplifican la rápida sofisticación de la medicina tropical como disciplina; lo siguieron Inglaterra y Francia con sus respectivos centros de medicina tropical colocados en sus capitales. Koch emprendió una serie de investigaciones de campo entre 1897 y 1907 en África y otros países australes. Se centró en la peste bubónica, la malaria y la enfermedad del sueño, las tres enfermedades más devastadoras en los territorios coloniales. Sin embargo, aun cuando avanzaba a pasos agigantados, el personal colonial europeo seguía siendo víctima constante de la revancha africana.
A mi regreso a la zona de recepción del hospital Lancet, con el esparadrapo en la pierna, me espera una agradable sorpresa. Pido el afamado “Pase de salida” y, al recibirlo, se me devuelven en efectivo $4,000 birrs, la moneda local, que equivalen a $50 dólares. ¿Por qué? Binyam me explica que mi pago inicial era tan solo un depósito. La cirugía se ha reportado más sencilla de lo esperado. Su costo se valora menor y el hospital no duda en devolver de inmediato el sobrante.
Así que Binyam tiene todo listo para que dejemos el hospital donde hemos pasado alrededor de 10 horas cubriendo un check-up bastante completo: consulta general, medición de signos vitales, aspirado con jeringa del tejido, análisis preliminar y análisis con contrastes, un ecograma buscando cualquier otro ganglio enfermo, tamaños inadecuados de hígado, páncreas, pulmones, corazón, consulta con hematólogo, entrada a quirófano para una biopsia y el trabajo de un cirujano (maestro de Binyam) que extirpó suficiente tejido y lo preparó para su envío a patología. El costo total no ha superado los $250 dólares. El lugar ha sido una inmersión en los túmulos, las sonrisas, los empujones, las lenguas —además del amárico saltan aquí y allá el oromo, el somalí, el tigriño y quizá el árabe—; todo el ambiente de un videojuego diseñado con arquitectura cacariza para unir momentos distantes del tiempo remoto y la modernidad venidera.
Estoy cansado, el dolor comienza. Falta alcanzar el centro oncológico antes de que cierre. El lugar queda al otro lado de la ciudad y Binyam maneja como bólido. Yo trato de descansar en su diminuto Renault 12 que imagino de mediados de los noventa. He leído que la experiencia de la enfermedad del sueño (tripanosomiasis africana humana) fue particularmente ilustrativa respecto a la vulnerabilidad de los cuerpos europeos en contraste con la resistencia de los pacientes africanos. Cuando las epidemias de la enfermedad del sueño estallaron a principios del siglo XX, las potencias coloniales respondieron estableciendo estaciones de investigación y campos de cuarentena —como el famoso Campo de Bugala—.
Esos perímetros no eran las instituciones humanitarias que sugería la retórica colonial, sino lugares donde los pacientes africanos eran sometidos a tratamientos experimentales como el del cruel atoxil, un ácido arsanílico, menos tóxico que el propio arsénico; pero arsénico, al fin y al cabo. Muchos pacientes africanos, tras aprender por experiencia que tal sustancia solo producía un beneficio temporal, mientras que causaba efectos secundarios graves como la discapacidad visual, intentaron arriesgadas escapatorias a pesar de los intentos de las autoridades coloniales por mantener su control mediante el aislamiento y algunos incentivos materiales.
La comprensión europea de las enfermedades tropicales estaba profundamente entrelazada con la ideología racial. Los exploradores y colonizadores británicos de la época solían creer ingenuamente que ciertos estimulantes, en particular el alcohol, podían proteger sus cuerpos blancos de los efectos de las enfermedades. Se afanaban por esa protección y por sus dulces efecto, lo que persistió incluso a contrapelo del avance de la comprensión científica. Los colores en la ropa, la dieta con cítricos, el respirar aire montañoso o de la costa fueron igualmente suposiciones disparatadas sobre cómo construir un escudo inmune exitoso. Sin embargo, luchaban ferozmente contra su propia confusión: la pedantería de ver el mal en lo exótico y en los aspectos supuestamente degenerados de los ambientes y los fenotipos no europeos, enfrentada a la necesidad de entender que sus cuerpos eran los débiles, los susceptibles a enfermedades ante las cuales las poblaciones africanas habían desarrollado inmunidad.
En tanto, se empeñaron en la denigración de las prácticas curativas africanas. Establecieron su posición como el monopolio de la medicina, deslegitimizaron con su discurso colonial las destrezas de origen tradicional y las prohibieron. La verdad los golpeaba a diario: el Congo Belga experimentó tasas de mortalidad europeas muy altas, especialmente entre el personal militar y minero. Llegaron a ser tan escandalosas como las de los trabajadores africanos esclavizados, mutilados, heridos constantemente, aunque los blancos tuvieran acceso a mucho mejor atención médica y alimentación.
Era evidente que, a pesar de esa denigración, el conocimiento médico africano persistía y, en ocasiones, resultaba eficaz. Solo aquellos que residieron durante mucho tiempo en África, desarrollaron respeto por el conocimiento médico africano e incorporaron sus elementos, desde preparaciones herbales hasta la cosmovisión, todo hacia enfoques híbridos que triunfarían con una valía indiscutible.
Binyam me despierta. Es el momento de entregar la muestra dentro del frasco que está dentro del guante al centro de patología. Otro lugar lleno de letreros en amárico que, gentilmente, sí tiene varias traducciones al inglés. Lo reciben con sonrisa, cobran un costo razonable, pero aclaran que los resultados tardarán. Les insisto en la urgencia porque viajo pronto —así lo he decidido— y necesito esos resultados y la propia muestra estabilizada en parafina y laminada para llevarla conmigo. Harán su mejor esfuerzo.
La paciencia, el trayecto, la aventura con mi sherpa Binyam ha valido la pena. Hoy, confieso, me encuentro ya bajo un tratamiento oncológico con alta probabilidad de éxito para resolver la enfermedad que me ha tocado enfrentar. He aprendido a quitarle mucho de su mito a la palabra cáncer, a verla a los ojos y sopesarla. Pero me importa ante todo relatar una imagen final: los papeles y muestras, resultado de un periplo moderno y curioso vivido en África, todo aquello que cargué conmigo hasta un sanatorio europeo, fueron recibidos por médicos que no dudaron en recibiros con manos abiertas. Al verlos, dijeron de inmediato: “esto está bien hecho, muy bien hecho”.
Mi regreso a África está guiado por mi más fraternal aprecio por el doctor Binyam Geremew, hombre joven de Gondar, ataviado por su sabia mirada ancestral.
Un grupo de creadores mexicanos que radican temporalmente, en la capital francesa comparten obra reciente a partir de una invitación realizada por Felipe Ricardo Sánchez Reyes, colaborador asiduo de cambiavías.
1. Angel Morales
Escritor, psicólogo y periodista. Publica regularmente en revistas y periodicos, sus más recientes textos aparecieron en Latino Book Review de New York, en la revista de la Société des Hispanistes Française de París, la antología del Mediterranean Poetry Prize en Roma y Letras libres en México. Actualmente estudia un doctorado sobre critica de arte en la Université de Lille. Tiene una novela publicada, El último que muera apague la tele, editorial Cantera Verde
CRÓNICAS DE UN MACHO DECONSTRUIDO (fragmento)
Busqué en el traductor macho deconstruido. Será el título de la novela: Crónicas de un macho deconstruido. No apareció. El programa no conoce la palabra macho. La traduce como hombre. La computadora no sabe de feminismo, mucho menos del lenguaje incluyente. Escribir una novela en francés sin hablar el idioma a través de un programa es interesante de analizar. Yo no podría, pero alguien más serio e inteligente quizá en algún momento lo haga; claro, si logro publicar mi trabajo. Entonces el lector sabría que soy el inconsciente de una computadora. Parece que a la interacción entre escritor-lector se sumará la presencia de un ordenador. Será un trío textual. Tranquilo, también es mi primera vez.
El personaje de la novela no soy yo. Y no soy yo porque normalmente no hablo así. No es mi estilo, yo suelo ser irónico, sarcástico, elegante y conquistador. Y por la traducción se pierde el encanto. Querido lector, temo que no podrá conocer mi alma. La tercera persona definitivamente no la puedo usar porque Lacan ya explicó que eso no existe, es sólo lenguaje. Él prefirió usar la segunda persona para que el lector se sintiera aludido y así prestara más atención; o algo así, la verdad es que no le presté atención. Con la segunda persona siento que me están regañando. A usted, querido lector, no podría regañarlo. Pero tampoco se pase de listo.
Siempre he querido ganar un concurso literario. No me considero escritor sin un premio. Los malditos concursos convencieron a mi generación de que ganarlos es importante. Y ahí estamos la mayoría enviando nuestros textos a distintos lados. Ya he sido finalista, dos veces, de un concurso de novela en mi país. Pero en ambas ocasiones el libro ganador fue una historia sobre migración que ocurre en Estados Unidos. Tiene lógica, si consideramos que los jurados viven en la frontera o en Estados Unidos. Los temas de moda ganan premios. Después de eso comencé a escribir una novela sobre la migración de México a Estados Unidos. Aún no la termino, pero decidí suspenderla para dedicarme a ésta. Por moda, el título quizá me traiga lectores, y el hecho de que la novela no la haya escrito yo, sino una computadora será un plus para el jurado. Y si además le agrego la migración…
Ya puedo sentir el premio en mis manos.
Hay una ventaja para los premios en francés, el número de cuartillas. En esta época no se puede ser un escritor de novelas breves, te excluyen de todos los concursos. Y mi principal problema suele ser ése, que no he escrito una novela mayor de 200 cuartillas. El francés arreglará eso, se escriben tantas letras que al final no se pronuncian, y que ocupan tanto espacio, que no tendré que preocuparme por escribir relleno. Entonces, ésta será una novela pensada en un idioma distinto, con un montón de letras no pronunciadas, escritas por alguien que no debería estar aquí.
En Francia es muy difícil hacer amigos cuando eres extranjero. Además, después del invierno llegó la cuarentena por el Covid y me la pasé encerrado en este cuarto diminuto durante ocho meses. Aunque no quiero hablar sobre la pandemia. Seguramente saldrán muchas historias y libros al respecto. Siempre hay arribistas artísticos buscando este tipo de temas. No deseo que me junten con esa basura.
Pero el punto es aprender el idioma. ¿Cree usted que para cuando termine mi novela ya hablaré francés? ¿Podré escribir las palabras sin equivocarme? ¿Conocerá el lector en algún momento mi voz? Un escritor con traductor es un futbolista en silla de ruedas. Como pueden ver, escribo desde el fracaso. Pero bueno, lo importante era llegar a Francia. Pronto me levantaré de la silla y volveré a las canchas. Mientras, los errores de tiempo, las incongruencias en la historia, los personajes anodinos y la visión androcentrista podemos atribuírselos a la computadora. Es una máquina y también se equivoca, como todas las personas. Creo que fue Fadanelli quien dijo que el humanismo no se ve afectado en esencia mientras una computadora no pueda emborracharse. Seguramente estaba ebrio cuando se le ocurrió la frase, se la voy a robar; total, en Francia no conocen a Fadanelli.
La ventaja de escribir en otro idioma es que puedo hablar mal de todos sin temor a represalias. Hay muchas personas a las que deseo difamar. Total, esa gente no habla francés (yo tampoco). Así que no hay riesgo de que conozcan mi opinión. ¿Y si son igual de tramposos que yo y utilizan el traductor? Maldita sea, ya no se puede confiar en nadie.
Y luego mi país está lleno de gente envidiosa. Seguro me imaginan bebiendo champagne en Montparnasse o tomando café en Les Champs-Elysées y disfrutando l’apéro con bellas muchachas francesas que no dejan de coquetearme por mi encanto latino. Si en realidad supieran que nunca tengo dinero, como solo dos veces al día y camino a todos lados porque no puedo darme el lujo de viajar en metro; que aún no hago amigos y las mujeres me ignoran; que no vivo en París sino en Lille. Y lo peor de todo: ni siquiera hablo francés. Pero, para corresponder a su odio, mañana subo al internet una foto posando en la Torre Eiffel. Ladren, perros.
Lo difícil no es el clima, la pobreza, el hambre, las clases, la tesis, lo que me mata cada día, desde que llegué, es la indiferencia de tantas mujeres bellas. Nada más salgo a caminar para torturarme. Me frustro y prefiero regresar a encerrarme en la habitación. Estoy por cumplir el año y aún no tengo ninguna amiga. Ayer fui a comprarle al árabe de la tienda de la esquina. Él habla siete idiomas y su recomendación fue la de un erudito: ¿No tienes novia?, ¿y cómo piensas hablar bien la lengua si no has probado el coño francés?
Conocí a alguien que escribía una novela sobre París, pero nunca ha estado en Francia. Utilizaba los mapas del internet. Aparecían las avenidas, los parques, los barrios, pero no aparecían las paredes orinadas, los vagabundos que te piden dinero, los fastidiosos turistas que quieres fotografías o los árabes que venden hachís. ¿Qué se pierde con el traductor? ¿Qué se esconde en mis palabras? El lector va a pensar, este tipo nos está tomando el pelo. Aún no empieza la novela y las páginas avanzan. Pero la culpa la tiene, usted, querido lector, por comprar la novela sólo por el título, la juzgaron mal. Además, no soy el primero en dar un título que no tiene nada que ver con la historia. Ahí está, por ejemplo, El Príncipe feliz de Oscar Wilde, que lo único que deja al final de su lectura son lágrimas.
Enfermé de Covid. Fueron días de encierro. No tenía acceso al sistema de salud. Sacar la credencial que me permite ir al hospital es imposible. Y en Francia nadie te explica nada; nadie te ayuda con temas de la burocracia. No podía asistir al médico. No tenía fuerzas para caminar. No conocía a nadie. No quise avisarle a mi familia en mi país, no hubieran podido hacer nada y sólo se hubieran preocupado. Había tenido alucinaciones con drogas, nunca por una enfermedad. Fueron varios días postrado y con mucha temperatura. Se acabó la comida y sólo tenía salchichas. Una noche, cuando sentí a la muerte respirándome en el cuello, creí que era el final. Lo último que recuerdo fueron lágrimas y el rostro de mi madre. Maldije al país por no darme pronto mi carta para ir al médico, así que con mis últimas fuerzas escribí en mi libreta: “A mí no me mató el Covid, me mató la burocracia”.
Anunciaron otro confinamiento. Qué se vayan al diablo, yo no podré soportarlo. Viajaré en autobús a Barcelona, luego iré a Madrid y desde ahí volaré a México. Ahí, aunque hay el triple de muertes, no podrían cerrar el país. La gente no puede guardarse, su economía no lo permite. Además, a veces me da la impresión que no le temen a la muerte. Suspenderé la novela un rato, justo cuando el macho deconstruido entrará en acción. Ya habrá oportunidad más adelante.
Si suspendí las clases y mi tesis, era obvio que también la novela. Han pasado siete meses desde que me fui a mi país. Quizá haya olvidado algo el francés. Salí huyendo del segundo confinamiento y después hubo un tercero. Las fronteras cerraron y ahora he vuelto, a mitad del verano. Son las 10 de la noche y el sol aún se ve por la ventana. Valió la pena ir a mi país. A veces creí que la gente en Europa se volvería loca, en Oaxaca la gente andaba en las calles muy campantes. En la capital del país ni se diga. Entrevistaron a un señor que organizó un baile en las calles, le preguntaron si no tenía miedo del Covid. Su respuesta fue contundente: “Yo ya estoy muerto, carnal.”
Revisé el correo que llegó durante mi ausencia de varios meses. El gobierno de Francia me quiere cobrar 355 euros, y 36 de multa, por no pagar el impuesto de tener televisión. Debo arreglar eso y, como siempre, nadie sabe nada y nadie te ayuda. Salí del departamento y había varios policías frente a mi edificio. Me sorprendí y pensé en cerrarles la puerta en la cara, subir las escaleras y colarme hasta la azotea. Creí que ellos me mirarían desde la calle y gritarían, apuntándome con sus armas: “Dispárenle, veía gratis los realitys shows de cómo se casan las francesas y cómo se preparan nuestros vinos”. Yo brincaba entre las chimeneas, escondiéndome, hasta que de pronto me di cuenta que otra vez me quedé viendo al infinito, y en realidad seguía en mi puerta contemplando a los policías. Hubo un choque frente a mi departamento y los uniformados me ordenaron que siguiera caminando. Avancé sobre la calle sin haber almorzado y pensaba en lo absurdo que era todo: desde hace años no veo televisión y, lo peor de todo, ni siquiera tengo una.
Por la burocracia de Francia que sigo sin entender, llevo viviendo sin luz poco más de una semana. Entonces debo aprovechar el sol de verano que se esconde hasta las 11 para leer lo más que pueda. La gente está tan acostumbrada al frío que no es común abrir las ventanas. Bueno, yo lo hago, y hace unos minutos un pájaro enorme entró al cuarto. No sé si espantó más él o yo. El muy estúpido se fue a esconder bajo la cama y me provoca cierto temor sacarlo. Ahora nos estamos ignorando, pero llegado el momento, en la ribera de la noche plutónica, le diré: ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio/ enviado por el Tentador, o arrojado/ por la tempestad a este refugio desolado e impávido/ Abandona el busto del dintel de mi puerta. Sólo espero que no se vuelva un Cuervo cuyos ojos tengan la apariencia de un demonio que está soñando y me diga: “Nunca más.”
El Che Guevara le escribía cartas desde Bolivia a Sartre en francés y yo aún necesito revisar mis escritos con el traductor. En Cuba, Reinaldo Arenas prefería hablar en francés para que no lo escucharan los militares, ¿cómo diablos sabía la pronunciación?, aquí la gente luego no entiende el acento latino. Nunca he ido a la escuela de francés porque no tengo dinero y es carísima. ¿Ya dije que soy autodidacta? Mi método es escuchar la radio y leer clásicos en francés. Llevo así un año: he leído a Balzac, Dumas y a Proust completo. Me pasó algo curioso con En busca del tiempo perdido. Uno puede leerlo ya sea en francés o español y llega al punto en que uno se da cuenta que no importa en qué idioma se lea, no se le entiende nada. Andre Bretón le ayudó a corregir a Proust la novela, trabajaron durante varias noches y aún así el libro apareció publicado con más de 200 errores. Imagínense, si esos dos genios trabajando juntos no pudieron evitar las erratas, qué me espera a mí con un traductor en un cuarto sin luz. Maldita burocracia. Cumplo un mes sin electricidad. Sí, un mes. No importa, aún en la en la oscuridad debo comenzar con la novela. El personaje principal debe hacer su aparición:
Después de una extenuante lectura sobre feminismo arrojó sus obras maestras de la juventud porque no podía creer que reflejaran el mundo desde ese punto de vista tan heteropatriarcal. En cada párrafo de Judith Butler sintió cómo algunas estructuras internas dentro de él se rompían, el macho interior se caía a pedazos y los golpes no lo dejaban mantenerse en pie. Estaba tirado con sus cuentos regados por el piso. Pero no podía quedarse así toda la tarde. Tenía que descolgar su ropa porque comenzaba a llover. Entonces se levantó poco a poco, primero apoyó una rodilla, luego la mano sobre la cama. Apenas logró ponerse en pie y ocurrió la metamorfosis: sintió cómo se transformaba en otra persona, sus estructuras internas se habían acomodado de diferente manera. Finalmente se contempló frente al espejo y no podía creer lo que veía. La leyenda era cierta: se había convertido en un macho deconstruido.
2. Eduardo Uribe (Iztapalapa, 1980)
Doctor en literatura por la Sorbona Nueva. Ha publicado los volúmenes de cuentos Infiernos particulares (UNAM, 2008), Propaganda, puros cuentos (Legaria, 2015) y Uróboros. Clichés con hocico y cola (Malaletra, 2015), los libros de poesía Vulgar elocuencia (Buenos Aires Poetry, 2025), Prácticas de dispersión (Dogma, 2025), y pronto aparecerá Curso del Loira (Mantis editores). Traductor de Philippe Jaccottet y de Henri Meschonnic.
TRES TRABALEMAS
1
Cuando dices beso
no besas los labios deseados,
el deseo te besa
con labios no besados
cuando dices beso.
2
Jugaba a sacarle jugo
a una fruta que no era jugosa.
Como jugaba sin sentido,
mi jugo era juego sacado
del fruto de mis sentidos.
Juguetones jugos de sentida fruta.
3
Miraba el filósofo el objeto
y se preguntaba por el sujeto.
Y del objeto al sujeto filosofaba
sin comprender cómo estaba sujetado al objeto
ni cómo objetivaba al sujeto.
Se sujetaba a ser objetivo,
aunque se encontrara subjetivo
al mirar su dilema sujeto objeto.
***
DOS TAZAS DE CAFÉ
1
El alba tiembla en la taza.
Retomo el profano gusto de vivir,
el primer sorbo con que me ofrezco al día.
Tímidos, adormilados, ruidos
humanos se afinan ante mis ojos.
Aquí estoy, y apenas lo sé.
2
El sorbo con que me ofrezco al día.
Se evapora el sueño.
Pronto la luz se acomoda
sobre la ciudad repartiendo perspectivas.
Respiro este aire que me sorprende.
Nada aquí es mío y por ello vivo.
***
ZAPATO CON AGUJERO
Pulmón de charcos…
otro me enseñó a lidiar con la fricción
de niño.
Pero no he dejado de andar
desde entonces,
e, incluso descalzo, seguiría caminando.
¿Por qué habría de detenerme
lo que no tengo?
Más fácil es que te frene lo que tienes…
***
3. Felipe Sánchez Reyes (Puebla, 1956)
Ensayista, narrador y traductor. Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Literatura Iberoamericana (UNAM). Coordinador de la Colección Bilingüe de Autores Grecolatinos, dirigida al Bachillerato de la UNAM; profesor-investigador de la UNAM (CCH Azcapotzalco). Su obra incluye: Poesía erótica: Safo, Teócrito y Catulo (UNAM-CCH, 2020), Teócrito: poemas de amor, desamor y otros mitos (UAM-A, 2019); Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin (Conaculta-IVEC, 2013). Es colaborador de diversas publicaciones.
UN MURAL VIVO
Entro al anfiteatro Simón Bolívar con mis zapatos elegantes con tacón bajo que resuenan en la madera, camino hasta el proscenio y miro en torno. Ya ha llegado José Guadalupe Posada con La catrina que mira las labores de Diego Rivera, vestido de overol y pistola al cinto. Éste trabaja en los andamios en los últimos retoques de las modelos de su mural, La creación: Lupe Marín -representa La Fortaleza-, Julieta Crespo –La Prudencia-, María Asúnsolo –La Justicia-, Graciela Garbaloza –El Drama-, Luz González –La Tradición. Sólo faltaba llegar yo, La Poesía Erótica. De repente, Diego al oír mis tacones en la duela se voltea molesto, deja el mural y se dirige a nosotras.
-Al fin están todas, sólo faltabas tú, Nahui Olin que siempre llegas tarde. Ustedes saben, mujeres cultas y liberadas, que nunca existieron, su rebeldía e independencia fue obra de mi vasta imaginación y de mis colores. Yo las creé, les di vida con mi mente, dedos y pinceles. Los cuerpos que sus amantes tuvieron entre sus brazos fue vil cartón que amasé en mis manos, y el líquido que ustedes destilaron entre sus piernas cual fino arroyuelo, fue vil pintura mezclada de baba de nopal con cal que escurrió de mis pinceles. Ustedes fueron mi creación y hoy ya no existen, ya murieron, acéptenlo, son impalpables.
-¡Pinche Diego gordo con ojos de rana! ¡Siempre alardeas de todo y ahora nos insultas con tus sucias palabras! ¡No aceptamos tus pinches palabras hirientes que ya no nos duelen! ¡Tú también estás muerto como sapo abierto! ¡Viniste, igual que nosotras, sólo esta noche del primero de noviembre y a esta hora de la madrugada a recorrer tus lugares queridos y habitados de Mixcalco, San Ildefonso, la Alameda y la ciudad, a recoger tus pasos! ¡Jamás pensaste en regresar al 23 de la Rue du Depart del barrio de Montparnase, París, porque pensaste: si mi alma es pendeja que regrese allá, porque te encontrarías con tu pobreza, con Angelina Bellof, tu primera mujer que abandonaste por mí, y tu hijo que murió a causa de la gripe española! ¡Debes saber que sólo hoy estamos juntos, mas ni tú ni yo volveremos a ver la luz del día, ni el fin del próximo milenio! Pero nosotras sí seremos acariciadas por miles de ojos sensuales de hombres y mujeres posteriores, que seguirán admirando nuestra audacia y emancipación en tu mundo machista y patriarcal. Tú sólo serás recordado por nosotras como pintor del mural que está atrás de tu cuerpo de sapo.
-¡Tranquilos, Diego y Lupe Marín! Tú, Lupe, ya sabes que él siempre se sintió dios, expresa Nahui Olin. Ustedes siempre terminan peleándose en esta fecha memorable, como antes lo hicieron en vida en Mixcalco, después de que te dejó por esta niña “pata de palo” que está a tu lado. Olvidan que sólo estamos unos instantes en la tierra y tendremos que abandonarla junto con Posada y su catrina, como cada año en este día. Ya empiezan a ocultarse mis guardianas, las estrellas y la luna, y mi amante el sol descorrerá su cortina dorada. Pronto aparecerá el astro que me da la vida, me cargará entre sus brazos cálidos y me llevará a su refugio. Me fundiré en él y me retendrá hasta el año siguiente en que lo dejaré sólo el instante que dura aquí nuestra visita. Vean cómo se están yendo los últimos vestigios de la noche, ya casi son las doce en mi reloj de pulsera y ustedes peleándose ¡qué poca… la de ustedes! Nosotras -nuestra carne y nuestros huesos- nos estamos borrando, desapareciendo y reintegrando al mural. Sólo un leve polvo de nuestra presencia cae a la duela que, al día siguiente, el barrendero limpiará, confundiéndolo con la cal o la pintura. Ya abre el nuevo día, el dos de noviembre de este año.
-¡Tranquila, Nahui, Nahuila, no corras tan aprisa por irte con tu nuevo amante! ¿No sabías que tu reloj se encuentra adelantado una hora? Olvidas que a partir de este día hubo cambio de horario, afirma Frida.
-Ay, Nahui cabrona, no cabe duda que terminaste muy dañada, que la dura disciplina de tu capitán Agacino en Veracruz, que tu experimento con la mota y con las yerbas del doctor Átl te afectaron los horarios mentales, apoya Lupe Marín.
POSDATA
-Bienvenido, José Guadalupe Posada, siempre tan elegante y del brazo de tu inseparable amante La catrina.
-Hola Diego, ¡qué sorpresa! No esperábamos tu llegada y menos acompañado del brazo de tu Frida y Lupe Marín. Cómo le hiciste para que ya no se pelearan, ni se mentaran la madre en tu presencia como siempre lo hacían, pues ahora las traes muy abrazadas, contentas y felices. ¡Frida, pero si traes un cuerpo envidiable! ¡Déjame admirarte con detenimiento! Date una vueltecita completa y lenta para admirarte; tú, Catrina, no me pellizques ni te pongas celosa. Pero, ¡si tienes unas piernas perfectas y un cuerpo de Afrodita que no te conocía, unos senos opulentos y un rostro delicado sin bigote, como si el mismo Diego te hubiera moldeado a su placer con sus manos!
-Oye, Diego, ¿no me digas que te entró la misma curiosidad que a nosotras? ¡te juro que no te lo creo! ¿También adquiriste el mismo ¡¡paquete-OFERTA de los empresarios panistas, nietos de la Legión de Maciel!!, en su Agencia Turística de Viajes Caronte que prometía, no sólo tu presencia el viernes 20 de marzo de 1923 en la inauguración de tu mural, La creación, en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Nacional Preparatoria, sino también la reencarnación con la anuencia de tu primo, primate, el arzobispo Beberto Rivera, o bien, el reembolso de tu dinero?
-Claro, Nahui, cómo iba a perderme esa oferta, si ando, como siempre, tan quebrado de lana. Es más, hasta pedí mucho dinero prestado en la caja de ahorros, El Paraíso, del obispo del Bajío, padrino de Fox y Calderón. Sabiendo que no les iba a pagar y que ya no iba a volver a ver a esos pinches prestamistas a rédito que te exprimen cada mes, me traje no sólo a Frida sino también a mi Lupe, lupita, lupota, lup…, tan buena, tan aguantadora y con su lenguaje de rancho. Pues Frida, después de encontrarme con las manos en la masa de las piernas de la Lupe, me puso dos condiciones: una traerme a la Lupe; y la otra, hacer un ménage á trois, en la primera noche de nuestra reencarnación.
No conforme con eso, andando por Insurgentes Sur vio un sex shop donde entró a curiosear. Ya la conoces cómo es de caprichosa, de ultra revolucionaria y enferma de los nervios. ¿Vas a creer que me obligó a comprarle unos pequeños “caprichitos” que estaban de oferta?
La ganga-oferta del milenio incluía. Unos senos despampanantes y opulentos de silicón con brasieres indeformables e inflables -por si el injerto no funciona o se le echa a perder-, ultracoloridos -verdes, blancos y rojos, para que se los cambie, según la fecha patriótica-, ultramexicanos y ultrarrevolucionarios, que puedo moldear al placer de mis manos sabias en el placer. Una blusa ombliguera diminuta, entallada, escotada, con tirantes finos para lucir sus nuevos atributos. Una tanga blanca de hilo dental, para darme un espectáculo virtual en el tocador todas las noches.
Una cintura, modelo María Félix, y curvas prodigiosas de Afrodita antillana. Una diminuta minifalda, color sandía como le encanta, para lucir sus nuevas piernas de modelo. Unas piernas-prótesis de Diana la Cazadora con tatuajes aztecas -pero, aquí entre nos, ella no sabe que la oferta de las piernas incluía un control remoto para traerla a rastras de dónde se encuentre encamada con León Trotsky, Nicholas Muray o sus amigas lesbianas. Un depilado facial para quitarle su mirada de venado a medio morir, sus bigotes excitantes de aguacero y cejas de chango. Y por último, un maquillaje natural y un peinado fashion y ultramoderrrno.
-Pues… te tenemos… una sorpresita, Diego. También a ti te engañaron vilmente estos grandísimos cabrones de la Agencia. Pues primero, nos trasladaron al mismo lugar, pero en fecha diferente; en lugar de 1923, estamos en las primeras horas del 2 de noviembre del 2033. De manera que olvídate de la inauguración de tu mural.
Además, ¡no existe la reencarnación prometida de tu pinche primate! Porque ya están a punto de aparecer los primeros rayos del sol y de que cante el gallo. Nuestras voces apenas son un susurro lejano convertido en eco y ya nos estamos esfumando, como otros años. Por último, ¡no nos reembolsarán el dinero! Venimos del local. Fue una agencia fantasma creada por los Salinas que, después de recibir el dinero y de enviarnos en la cápsula espacial, se esfumaron volando con sus inmensas orejas, en esta inmensa ciudad que es el firmamento. Alégrate porque tampoco tendrás que reembolsarles el dinero, JA…JA……JA….
En el cierre de año 2025, la incertidumbre permea en las expectativas de los emprendedores y se cierne sobre la economía mexicana el fantasma del estancamiento y la inflación. Si esto sucediera, provocaría un deterioro mayor en el bienestar social. La perspectiva de este panorama coloca en el orden de prioridades a las políticas públicas y, en ese sentido, repensar la participación del Estado en la economía. Otro imperativo es extender y profundizar la evaluación de políticas públicas, principalmente lo relativo a su impacto, un terreno donde México ha permanecido a la zaga.
Una vuelta de tuerca
Un estudio elaborado por el Comité Extraordinario de Expertos Independientes sobre la Desigualdad Global, del G-20,[i] revela que entre 2000 y 2024, el 1% más rico del mundo capturó el 41% de toda la nueva riqueza, mientras que sólo el 1% fue a parar al 50% más pobre.
Además, señala que el 1% más rico vio aumentar su riqueza una media de 1.3 millones de dólares (unos 1.12 millones de euros) desde el año 2000, frente a los 585 dólares (unos 508 euros) de promedio de la mitad más pobre del planeta.
Por otra parte, subraya que el 83% de los países, que representan el 90% de la población mundial, cumplen con la definición del Banco Mundial de alta desigualdad.
Por último, destaca que esta concentración de la riqueza equivale al 16% del Producto Interno Bruto (PIB) global, el nivel más alto de la historia. En contraste, un 25% de la población mundial (2,300 millones de personas) se enfrenta a una inseguridad alimentaria moderada o grave.
Sin duda, el mundo se vive hoy una crisis de desigualdad, caracterizada por una alta concentración de la riqueza atribuible a los sectores más privilegiados, que se traduce en desigualdades en materia de salud, acceso a la justicia y de oportunidades. Se trata de un “punto de inflexión” que representa una seria amenaza para el futuro de la sociedad.
El actual sistema económico no genera bienestar ni políticas públicas efectivas para la mayoría de la población mundial. Po ello, el informe propone la creación de un Panel Internacional sobre la Desigualdad que oriente las políticas públicas.[ii]
México como centro
En este entorno mundial, la economía mexicana registra un crecimiento positivo exiguo. Variables como la cotización del peso y el empleo (formal e informal) muestran un comportamiento sin desequilibrios graves. En general, los principales indicadores macroeconómicos apuntan a un escenario de incierta estabilidad.
No obstante, el aumento del déficit fiscal y de la deuda pública han generado un precario equilibrio fiscal. En 2024, este déficit representó el 5.9% del PIB y la deuda como porcentaje del PIB se ubicó en 51.3%. Los ingresos presupuestarios mantienen una estable proporción de 22% del PIB, mientras que el gasto público refleja una tendencia creciente que alcanza un 25.5% del PIB.[iii]
Los recursos destinados a las pensiones (contributivas y no contributivas) y el gasto en otros programas sociales explican el incremento en el gasto público. Por otra parte, la amenaza arancelaria y la reforma al poder judicial provocan un ambiente de volatilidad e incertidumbre en el marco del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T‑MEC) y del proceso de integración en Norteamérica.
Con relación a la tasa de crecimiento promedio anual de la economía mexicana, durante el período 1980-2018 fue de 2.3%. Paradójicamente, en años posteriores ese indicador disminuyó a 0.9% promedio anual [iv] y en 2025 se espera un crecimiento económico de apenas 0.3%.[v]
Aunado a ello, la tasa de inflación general anual en octubre de 2025 fue de 3.57%, aceptable para el Banco de México. Sin embargo, en enero próximo se esperan fuertes presiones inflacionarias.[vi] Además, la inversión productiva sigue disminuyendo drásticamente. ASí, en agosto de 2025 acumuló en doce meses un descenso de 8.9% y a lo largo del presente año la caída ronda el 7%. La inversión privada representa un 83% de la inversión total en el país.[vii]
Estos factores, permiten afirmar que el decrecimiento económico en México responde en buena medida a la disminución de la inversión pública. Así, en el período enero-septiembre de 2025 se destinaron 568,886 millones de pesos al gasto en inversión física, una caída de 32,5% respecto al mismo período en 2024.[viii]
Un dato favorable es que la inversión extranjera exhibió un comportamiento favorable el presente año. Durante el primer semestre, ingresaron al país 34,265 millones de dólares, aunque el 84% fue reinversión de utilidades. Es evidente que la inversión extranjera no es el componente más importante de la inversión total, pues sólo representó aproximadamente un 8% durante el primer semestre de 2025.[ix]
Necesaria estrategia de desarrollo productivo
Frente a la amenaza del estancamiento de la economía y el deterioro del bienestar de la población, México requiere políticas de desarrollo productivo, que se definen como “el conjunto de políticas horizontales, sectoriales, colaborativas y de desarrollo tecnológico que apuntan explícitamente a la transformación de la estructura de la actividad económica en la búsqueda de algún objetivo público.”[x] Frente al retraimiento del Estado, procede su revalorización.
En este sentido, el Estado debe impulsar enérgicamente la reconfiguración productiva y plantearse objetivos como la seguridad energética, alimentaria y nacional, crecimiento económico, competitividad internacional y calidad en el nivel de vida de la población. Esta óptica corresponde a un cambio de paradigma, profundo, que cuestiona cuál debe ser la participación del Estado en la economía. Al respecto, es evidente que la función sustantiva del Estado no debe limitarse a ser garante de los derechos básicos en una sociedad. Debe constituirse en un Estado fuerte y proactivo.
El Estado debe auspiciar la implementación de políticas públicas que transformen la estructura productiva, que mejoren las condiciones de vida de los trabajadores y la sociedad en general; debe promover el diálogo, la colaboración y la articulación de políticas; debe jugar un papel central como convocante, coordinador y ejecutor de los acuerdos que deriven en programas y acciones de interés público.[xi]
Las políticas públicas suponen acciones de gobierno cuyo propósito es alcanzar objetivos de interés público, que respondan a una legítima exigencia ciudadana e incluyan resultados de probada eficacia y eficiencia. Están integradas por un conjunto de acciones estructuradas, estables, sistemáticas, utilizadas por el gobierno para cumplir sus funciones y atender los problemas de la población.
Como estas acciones de gobierno responden a un patrón de actuación, en el proceso de políticas públicas importa singularmente la fase de evaluación. A partir de estas evaluaciones es posible revisar y ajustar la hechura o formulación de la política pública, de tal forma que puedan alcanzarse resultados eficaces y eficientes que anulen el problema público en cuestión.[xii]
Con la evaluación de políticas públicas se constata si una política o programa de acción es capaz de provocar los efectos esperados, así como si la política ha sido su única causa, descartando impactos atribuibles a otras posibles variables.[xiii]
De acuerdo con el extinto[xiv] Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), las evaluaciones de impacto permiten identificar el valor público de las intervenciones al estimar el efecto que tienen en la población atendida, están relacionadas con el concepto de causalidad y utilizan métodos de investigación cuantitativos y cualitativos. Contribuyen a la toma de decisiones basadas en evidencias. El procesamiento de la información pertinente sobre el programa, la población beneficiaria y los indicadores de resultados, permite determinar el impacto de los programas y acciones de gobierno.[xv]
El lema del Coneval era «lo que se mide se puede mejorar», en otras palabras, evaluar se reduce a una simple medición.[xvi] Sin embargo, toda evaluación debe tener datos, análisis, interpretación, valoración, conclusiones y recomendaciones.[xvii]
América Latina como referente
El enfoque dominante en América Latina se conoce como experimentación. El enfoque experimental se basa en el método contrafactual que estima lo que habría ocurrido de no haberse implementado el programa público correspondiente. El estudio tiene como punto de partida la creación de dos grupos entre los destinatarios de las acciones evaluadas, elegidos aleatoriamente: un grupo-tratamiento que es objeto del programa y un grupo-control o testigo.
Un método más flexible consiste en la cuasi experimentación, similar en general al diseño anterior, pero en el cual los grupos se constituyen en forma muy parecida, sin la equivalencia que otorga en la selección aleatoria.
Este enfoque (ambos métodos) está centrado en medir los cambios generados por el programa, pero no profundiza en la explicación de los resultados. Sin embargo, en la experimentación se sustentan la mayoría de las evaluaciones de impacto en Latinoamérica, con el respaldo de organismos internacionales, fundaciones, instituciones de educación superior y centros de investigación.
Un enfoque alternativo en la región es el participativo, que se complementa con la óptica de la administración pública y permite una visión plural, que sitúa en el centro de su objeto los problemas de las personas en función de sus vivencias otorgando credibilidad y legitimidad a las evaluaciones. Se basa en el compromiso de las partes y en múltiples mediaciones entre actores heterogéneos, en una línea que se sustenta en el acuerdo político. El enfoque es promovido por organismos internacionales como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
En el caso de México, la evaluación participativa ha tenido amplia resonancia en el discurso político, pero ha sido muy limitada su aplicación en la práctica de la evaluación de impacto. Los procesos de participación social impulsados por la administración pública han resultado poco efectivos. En materia de evaluación, sólo ha existido una participación limitada y temporal de funcionarios públicos.
Es de señalarse el notable esfuerzo realizado por el gobierno de la Ciudad de México (CdMx) al impulsar las evaluaciones de impacto desde el Consejo de Evaluación de la CdMx, en procesos que incluyen la participación de la ciudadanía a través de encuestas y grupos focales. Otro caso encomiable lo constituye un organismo similar: Evalúa Jalisco, que tiene un avance significativo en la realización de evaluaciones participativas.[xviii] Mención aparte merece el Instituto de Evaluación de Políticas Públicas del Estado de Durango, inexplicablemente cancelado en diciembre de 2024. Estas iniciativas se complementan con la actividad de la Academia Nacional de Evaluadores de México (Aceval) fundada en 2014.
En este mismo tenor, es importante resaltar la labor de Evalúa CdMx, órgano autónomo de evaluación con un enfoque alternativo al utilizado por el Coneval que reconoce la contribución de los métodos cuantitativos y cualitativos, sin otorgar relevancia exclusiva a la medición.. Algo fundamental es que además de medir, analiza, compara y valora. Su autonomía permite mecanismos que fortalecen el carácter vinculatorio de las recomendaciones. Además, en su programa incorpora la evaluación de políticas y programas de desarrollo económico, así como seguridad, medio ambiente y desarrollo económico y social a nivel urbano y rural. En todos sus trabajos especializados promueve la participación social. [xix
Epílogo
El orden mundial está sumergido en contradicciones y desequilibrios agudizados por una alta concentración de la riqueza y la amenaza de una severa crisis de desigualdad social. El bien común exige la implementación de políticas públicas efectivas, que sean impulsadas por un Estado fuerte y proactivo. La situación de México es problemática habida cuenta de la desaceleración del crecimiento económico, las presiones inflacionarias, el retraimiento de la inversión productiva, los incrementos del déficit fiscal y el monto de la deuda pública. Una solución factible consiste en gestionar una política de desarrollo productivo sostenible en México como recomienda la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Asimismo, en materia de evaluaciones de impacto, deben reproducirse los casos como el del Consejo de Evaluación de la CdMx, un esfuerzo pionero útil para evaluar la efectividad de las políticas públicas y su incidencia en el bien común.
[i] Fundado en 1999 para discutir la estabilidad macroeconómica y financiera internacionales. Lo integran: Alemania, Canadá, China, Estados Unidos, Francia, India, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, la Unión Europea, la Unión Africana y 7 países más. Sus miembros representan alrededor del 85% del Producto Interno Bruto mundial, más del 75% del comercio mundial y alrededor de dos tercios de la población mundial. Consultado en https://g20.org/about-g20/overview/.
[ii] El informe hasta aquí referido fue elaborado por un comité de seis expertos presidido por el economista estadounidense y premio Nobel Joseph Stiglitz. Consultado en https://elpais.com/planeta-futuro/2025-11-04/el-1-mas-rico-acaparo-el-41-de-la-riqueza-creada-desde-el-ano-2000-el-50-mas-pobre-solo-el-1.html.
[iii] Gerardo Esquivel. “Paquete Económico 2026: objetivos ambiciosos difíciles de cumplir.” En el diario El País (versión digital), 14 de septiembre de 2025. España (Madrid). Consultado en https://elpais.com/mexico/opinion/2025-09-14/paquete-economico-2026-objetivos-ambiciosos-dificiles-de-cumplir.html.
[iv] Valeria Moy. “La inversión, el gran pendiente para México.” En el diario El País (versión digital), 30 de septiembre de 2025. España (Madrid). Consultado en https://elpais.com/mexico/opinion/2025-09-30/la-inversion-el-gran-pendiente-para-mexico.html.
[v] Valeria Moy. “México necesita concretar los planes.” En el diario El País (versión digital), 29 de noviembre de 2025. España (Madrid). Consultado en https://elpais.com/mexico/opinion/2025-11-30/mexico-necesita-concretar-los-planes.html.
[vi] Gerardo Esquivel. “Pausa monetaria e inflación en México.” En el diario El País (versión digital), 8 de noviembre de 2025. España (Madrid). Consultado en https://elpais.com/mexico/opinion/2025-11-09/pausa-monetaria-e-inflacion-en-mexico.html.
[x] Citado por Gerardo Esquivel. “Políticas de desarrollo productivo para América Latina.” En el diario El País (versión digital), 29 de junio de 2024. España (Madrid). Consultado en https://elpais.com/mexico/opinion/2024-06-30/politicas-de-desarrollo-productivo-para-america-latina.html. El autor refiere la obra: C. Cabrera Espinosa y otros, Temas clave para diseñar e implementar una política de desarrollo productivo sostenible en México (LC/MEX/TS.2024/8), Ciudad de México, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), 2024.
[xi] En relación con las políticas de desarrollo productivo Vid Gerardo Esquivel. “Políticas de desarrollo …”.
[xii] En relación con el proceso de políticas públicas Vid Luis F. Aguilar. (2012). Política Pública. Introducción (Biblioteca Básica de Administración Pública 01); México, Siglo XXI Editores. Consultado en https://www.cide.edu/wp-content/uploads/2024/09/Aguilar.pdf.
[xiii]Vid Myriam Irma Cardozo Brum. (2006). La evaluación de políticas y programas públicos. El caso de los programas de desarrollo social en México. H. Cámara de Diputados LIX Legislatura / Editorial Miguel Ángel Porrúa; México (p. 62). Consultado en http://biblioteca.diputados.gob.mx/janium/bv/ce/scpd/LIX/eval_pol_prog_pub.pdf.
[xiv] “El decreto que da pie a la desaparición de siete órganos autónomos, entre ellos […] el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), fue publicado la tarde de este viernes 20 de diciembre en la edición vespertina del Diario Oficial de la Federación (DOF).”
[xv] En relación con el enfoque suscrito por el Coneval Vid Karina Barrios Sánchez. (2024). “Evaluaciones de impacto con enfoque realista: una aproximación metodológica.” En el diario Excélsior, 22 de septiembre de 2024. Coneval, México (CdMx). Consultado en https://www.excelsior.com.mx/opinion/opinion-del-experto-nacional/evaluaciones-de-impacto-con-enfoque-realista-una-aproximacion.
[xvi]Vid Myriam Irma Cardozo Brum. (2024). “Diversificación de los métodos de evaluación de impacto de políticas públicas usados en América Latina” en Perspectivas en Políticas Públicas vol. 17 núm. 34, pp. 35-59. Universidad Estatal de Minas Gerais, Brasil. Consultado en https://revista.uemg.br/index.php/revistappp/article/view/8202/5316.
[xvii]Vid Myriam Irma Cardozo Brum. (2021). Conferencia magistral: La práctica y usos de la evaluación en la toma de decisiones públicas y en la mejora del bienestar de la población. Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Azcapotzalco, México (CdMx). Transmitida en línea el 26 de agosto de 2021.
Consultado en https://youtu.be/wbs5MUa1Ots
[xviii] Respecto a los enfoques dominante y alternativo, y el caso de México Vid Myriam Cardozo. “Diversificación de los métodos …”
[xix] Respecto a este punto Vid Myriam Cardozo. “La práctica y usos …”.
Los hitos que van desde su denominación como ArabiaFelix por el geógrafo Claudio Ptolomeo hasta su reconocimiento como República de Yemen son vastos y confirman tanto su conformación sociopolítica a lo largo de su historia como su singularidad en el conjunto de los países de la península arábiga.
Su ubicación en el Mar Rojo; sus características geográficas, con clima y suelo templados, así como su mitológico prestigio por acoger al reino de Saba, le garantizan a este país un sentido estratégico, vigente desde hace siglos y revalidado hasta la actualidad, a pesar de su convulsa situación interna .
La relevancia de Adén, uno de los principales puertos de ese país, en el contexto comercial y la conectividad marítima en general con el Mediterráneo, específicamente con Marsella, es abordada para constatar la importancia de la historia y sus componentes en la interpretación del presente, específicamente la vinculación del sur de Arabia y Europa.
Una exposición y su catálogo
Hace algunas semanas se inauguró la exposición “Aden-Marseille. D’un port à l’autre”, en el Centre de la Vieille Charité, de Marsella, gracias a la colaboración con el museo de Louvre y con el Museo Británico (Londres), el Museo de Historia del Arte (Viena), el Museo Vorderasiatisches (Berlín), el Museo Arthur Rimbaud de Charleville-Mézières y diversas colecciones privadas.
La muestra se sustenta en una veintena de obras yemeníes donadas a la ciudad de Marsella a principios del siglo XX por la Compagnie des Messageries Maritimes y la familia Riès, comerciantes especializados en el comercio del café en Adén. Se exhiben junto con artefactos y archivos y su focus es la relación entre Marsella y Adén, dos ciudades portuarias con historias entrelazadas.
Sus curadores afirman que el objetivo de la exposición es destacar la importancia del puerto mediterráneo en los intercambios comerciales, científicos y diplomáticos de los siglos XIX y XX, subrayando la riqueza y complejidad de la circulación de objetos e ideas, a la vez que el contexto histórico y ético de la formación de las colecciones públicas. Las secciones de la muestra incluyen: los primeros reinos sudarábigos, pasando por la presencia portuguesa e inglesa en Yemen y, en sentido inverso, de la población yemení que arribo a Marsella desde Yibuti, así como un apartado final de expresiones contemporáneas donde convergen las creaciones de Yemen y Marsella presentes en Europa.
El otro elemento fundamental de esta colección es su catálogo bilingüe , titulado “Aden-Marseille. D’un port à l’autre entre Arabie et Méditerranée” (Silvane Editoriale, 2025). Su preámbulo destaca la veintena de obras donadas por los comerciantes a los museos de Marsella, complementadas con préstamos excepcionales de otros museos, los cuales, en conjunto, dan testimonio de la rica civilización que surgió en el siglo VIII a. C. en el sur de la Península Arábiga.
Es una obra excepcional en la cual 15 investigadores desglosan su conocimientoa través de las tres secciones del catálogo: 1) Yemen Antiguo: historia y colecciones, donde se abordan los primeros exploradores en la región y el descubrimiento de la civilización sudarábiga; 2) Marsella y el mar Rojo: tráfico y comercio, siglos XVIII-XX, donde se menciona el periplo del café moka oriundo de la ciudad del mismo nombre en Yemen y su destino final en Europa a través de Marsella; 3) finaliza la obra con un apartado sobre el riesgo que corre el patrimonio cultural de Yemen debido al conflicto interno que afronta. Un aspecto de marcada relevancia en el catálogo son sus materiales gráficos, de singularidad histórica y belleza visual.
El legado
Lo que hace valiosa esta mirada hacia un pasado de enriquecimiento cultural recíproco es la revisión histórica de acontecimientos que han definido la relevancia geoestratégica no sólo de un puerto sino del país en su conjunto, el cual desde 2014 está inmerso en una conflagración intestina, que entre otras cosas ha obligado a tener dos capitales: una oficial y de jure, Saná; y otra provisional y de facto, Adén.
La piedra de toque en esta lectura histórica-arqueológica es recordar que entre el siglo VIII a. C. y el siglo VI d. C., el sur de la Península Arábiga presenció el auge de varios reinos poderosos, siendo el más famoso, Saba. Aunque políticamente independientes, eran culturalmente cercanos y compartían, entre otras cosas, un sistema de escritura común, sofisticadas técnicas de riego, prácticas religiosas comunes y estilos arquitectónicos. En conjunto, formaron la civilización del sur de Arabia, una de las más refinadas del mundo antiguo.
Esta civilización se desarrolló en una región de clima árido y sus habitantes gestionaron el agua mediante vastas presas, terrazas agrícolas y sofisticados sistemas de riego, lo cual permitió el desarrollo de grandes ciudades-oasis y prestigiosos centros religiosos. Por muchos años, su prosperidad residía en el comercio caravanero de incienso y mirra, resinas aromáticas altamente apreciadas en el Mediterráneo y Oriente Próximo.
La civilización del sur de Arabia también se distingue por su excepcional producción escrita: miles de inscripciones talladas en piedra, con su notable estética geométrica, evocan reyes, prácticas religiosas y la vida cotidiana. Estos textos hacen del antiguo Yemen una tierra de escritura y memoria.
Lo fundamental en cualquier recorrido es identificar la ruta marítima entre ambos puertos antes y después de la apertura del canal de Suez. Hasta 1869, la ruta incluía un recorrido que bordeaba África por el cabo de Buena Esperanza,; a partir de la apertura del canal en 1869 el periplo fluyó a través del mar Rojo. La apertura del Canal transformó completamente la región: el tráfico se intensificó y las compañías navieras europeas multiplicaron sus rutas. Así, bajo dominio británico desde 1839 y convertido en puerto franco en 1850, Adén fue una escala estratégica para el abastecimiento de carbón y suministros en la ruta hacia el Lejano Oriente. Por otra parte, el segundo puerto de importancia en Yemen: Hodeida (bajo control otomano desde 1849) se consolidó como plataforma comercial, en particular para el café que antiguamente se exportaba desde Moca.
La consecuencia entre el antes y el después de Suez fue la creciente presencia de los marselleses en Adén, así como la de yemeníes que, con el tiempo, se asentaron en Marsella. Existe gran variedad de testimonios y piezas arqueológicas yemeníes en el puerto galo que sustentan cualquier narrativa actual respecto a la vitalidad de los vínculos entre ambos puntos geográficos y sobre la riqueza cultural de Yemen desde el período preislámico hasta el presente.
Aunque el acceso directo a los vestigios del Reino de Saba por centurias ha sido difícil, ha existido un comercio de artefactos arqueológicos adquiridos en Adén a través de intermediarios locales, quienes conocen la fascinación europea y regional por la antigüedad preislámica. Estas transacciones se realizaron fuera de cualquier contexto arqueológico y se sustentaron en descubrimientos y estudios fortuitos, lo cual reflejó tanto los gustos de los coleccionistas de la época como las rivalidades entre las potencias en la región.
Aunque en varios episodios predomina el comercio del café, también existen personajes que decidieron fondear en Adén, movidos por la curiosidad y el espíritu aventurero, confirmando la conexión de dos mundos. Paralelamente, es visible la presencia de comunidades yemeníes en Marsella en el siglo XX, a menudo procedentes de las tripulaciones de barcos europeos que hacían escala en el puerto mediterráneo.
Un caso memorable en esa dirección fue Jean de La Roque, quien en 1715 publicó un relato de dos viajes desde Saint-Malo a Arabia (Voyage dans l’Arabie heureuse), seguido de un tratado sobre las plantaciones y el comercio del café, el cual describe cómo los marselleses lo introdujeron en Francia desde Yemen. Lo anterior confirma que Marsella se convirtió en un importante centro de distribución para este comercio, redistribuyendo los cargamentos procedentes del Mar Rojo a través de Egipto por toda Europa.
Desde finales del siglo XIX, la colonización británica de Adén y la francesa de Yibuti provocaron una migración considerable. Varias aldeas montañosas del sur de Yemen proveyeron de mano de obra para trabajar en las grandes compañías navieras. El auge de los barcos de vapor generó una gran demanda de mano de obra no cualificada, empleada en las salas de máquinas de los transatlánticos para alimentar las calderas de carbón. Estos trabajadores, reclutados en aldeas enteras, a menudo pasaron por Yibuti, donde obtuvieron la condición de súbditos franceses desde 1912. Posteriormente, muchos se embarcaron en las líneas de la Compagnie des Messageries Maritimes, que conectaba el Mar Rojo con Marsella, convirtiéndola en su primera parada en su viaje hacia Europa, América o el norte de África.
Durante el período de entreguerras, restauradores y propietarios de negocios recibieron a los migrantes yemenís en un barrio cercano a la catedral de Marsella. Estos “marineros”, a menudo confinados bajo la cubierta de los barcos, también trabajaron en los muelles como estibadores o empleados portuarios y, en ocasiones, eran percibidos como competencia laboral en la ciudad. Lo cierto es que algunos de ellos fueron exitosos y obtuvieron recursos que les permitieron volver a Yemen posteriormente y abrir en Adén o en otras ciudades sus propios negocios.
Por otra parte, con el tiempo, una comunidad yemení considerable se fue estableciendo en Marsella. Hasta principios del presente siglo, una asociación local aún reunía a esta diáspora mediante actividades culturales y deportivas. Desafortunadamente, la guerra civil que azota Yemen desde 2015 hace que viajar sea casi imposible. Solo quienes cuentan con recursos y redes transnacionales pueden salir del país, manteniendo al mismo tiempo fuertes vínculos con su patria.
«В России всё — душа; а душа, как вечность, не имеет меры.» «En Rusia todo es alma; y el alma, como la eternidad, no tiene medida.» Vasili Rozánov
Vasili Rozánov (1856–1919), pensador y escritor de la Edad de Plata rusa, fue un agudo observador de la vida espiritual y moral de su país. En sus obras, cargadas de paradojas y reflexiones íntimas, buscó atrapar lo inasible del “alma rusa” en frases que combinaban lirismo y aforismo. Este epígrafe resume su visión: en Rusia, todo —la historia, la fe, el arte, incluso la vida cotidiana— está atravesado por la dimensión del alma, y el alma, como la eternidad, no puede medirse ni encerrarse en definiciones.
Explicar qué es el espíritu ruso es adentrarse en un territorio que no cabe en fórmulas secas ni en definiciones académicas. Es una experiencia que se revela en su historia, su arte, su fe y, de manera singular, en su música. Rusia no se comprende con la lógica lineal de Occidente: su camino es circular, a veces errático, pero siempre cargado de sentido, movido por una misión interior que trasciende lo material. En su cultura, la belleza y el sufrimiento conviven; el dolor no es solo herida, sino también vía hacia la redención.
Los compositores rusos, desde Glinka hasta Rajmáninov, han plasmado en sonidos esta visión del mundo: una fusión de pasión y misticismo, de raíz popular y anhelo cósmico, que hace del alma rusa algo irrepetible y distinto. Explicar el espíritu ruso es, además, una tarea necesaria, sobre todo ahora, cuando el conflicto con Ucrania y Occidente ha agudizado los prejuicios y multiplicado las voces que juzgan. Rusia es incomprendida, mirada con recelo, convertida en culpable antes de ser escuchada, porque no confiamos y no queremos comprender al otro.
No es una verdad que pueda encerrarse en estadísticas ni definiciones. Hay que buscarla en la música que resuena como un eco ancestral, en la pintura que captura su alma, en el arte que entrelaza historia y destino. El espíritu ruso no se mide, se siente: es un relámpago que atraviesa los siglos, una herida abierta que sangra y a la vez ilumina. Es oración y desafío, lágrima y tempestad. Allí donde otros buscan fórmulas, Rusia ofrece misterio; donde otros proclaman certezas, ella siembra preguntas. Y ese misterio, indómito y ardiente, es lo que la hace incomprendida, temida, pero también fascinante.
Piotr Yákovlevich Chaadáev (1794–1856), en sus Cartas filosóficas, veía a Rusia como una civilización incomprendida: capaz de errar y extraviarse, pero siempre portadora de una misión histórica profunda. El espíritu ruso no camina por la línea recta del progreso occidental; traza círculos misteriosos, se sumerge en el caos para renacer, guiado por una vocación espiritual que atraviesa los siglos.
En la tradición rusa —como en la persa o la china— la historia no es una marcha triunfal, sino un campo de batalla del alma. El sufrimiento colectivo no se evita: se vive, se atraviesa, se convierte en materia de transformación. Así lo entendieron Dostoievski y Blok, Chaadáev y Vrúbel; así lo hicieron sonar Glinka, Músorgski, Prokófiev y Chaikovski. En ellos, el renacimiento nace precisamente del caos, y la lucha interior se convierte en arte, en búsqueda de un sentido más alto. El caos no es ajeno: es parte del alma.
Occidente, desde la Ilustración, ha tejido otra narración. Allí, el tiempo es flecha que avanza: del oscurantismo a la razón, del desorden al orden. El progreso se concibe como un ascenso continuo, paso a paso, hacia una perfección planificada. Lo espiritual se confina al ámbito privado o se reduce a un símbolo. La idea de que un pueblo o una nación pueda tener una misión espiritual histórica se considera arcaica, peligrosa o nacionalista. En esa mirada, el caos no es semilla ni camino: es un enemigo que debe ser dominado por la ley y la razón.
Tal vez por eso es tan difícil comprender el “alma rusa” y lo que significa ser ruso. Y tal vez por eso el diálogo entre civilizaciones se rompe antes de empezar: porque Occidente pretende imponer su orden, su medida, su control, a un mundo más vasto, más poblado y diverso que sus propios límites. A ello se suma la arrogancia, el desprecio hacia otras maneras de vivir, de creer, de vestir; un desprecio que, a fuerza de repetirse, se confunde con civilización.
El resultado es un monólogo de poder, no un intercambio de miradas. No hay escucha, solo sentencia; no hay reconocimiento, solo condena. Así se levantan muros invisibles, más altos que cualquier frontera: muros de prejuicio, de soberbia y de miedo. Y mientras no se derriben, el diálogo entre civilizaciones seguirá siendo una palabra vacía, un eco que nunca llega a convertirse en voz compartida.
Lo resumió Fiódor Tiútchev en un cuarteto inmortal, que aún hoy recorre la memoria de Rusia:
Y si este espíritu ruso encuentra su voz más pura en la música, el primer en darle forma fue Mijaíl Glinka, quien convirtió en sonido la identidad de una nación.
En busca del significado: Mijail Glinka (1804-1857)
Se le considera el primer músico clásico ruso. Antes de él hubo algunos compositores, pero ninguno alcanzó proyección internacional.
Su ópera Ruslán y Liudmila, estrenada en 1842, está basada en el poema homónimo del poeta ruso por excelencia, Aleksandr Pushkin.
En la corte del príncipe Vladímir de Kiev se celebran las bodas de su hija Liudmila con el valiente guerrero Ruslán. Durante el banquete, la joven desaparece misteriosamente: ha sido raptada por el temible mago Chernomor. El príncipe promete la mano de su hija a quien logre rescatarla. Ruslán emprende un viaje heroico atravesando tierras fantásticas y enfrentándose a pruebas mágicas. Recibe la ayuda del mago Finn y combate contra rivales que también desean la gloria de salvar a Liudmila. Tras vencer a Chernomor y destruir su poder, rompe el hechizo que mantenía dormida a la princesa y regresa con ella a Kiev, donde se celebra la unión.
Esta ópera constituye la primera piedra angular del nacionalismo musical ruso y marcó un antes y un después. Inspiró a toda una generación —Borodín, Rimski-Kórsakov, Balákirev y Músorgski —. Glinka impregnó la partitura de melodías del folclore ruso (danzas eslavas) y ecos orientales (tártaros mongoles). Al incorporar ritmos populares, creó un lenguaje musical genuinamente ruso y consolidó la idea de que la música podía —y debía— expresar el “alma rusa” con sus propios códigos.
Así, Ruslán y Liudmila no es solo una ópera: es un viaje sonoro al corazón de Rusia. En sus compases se entrelazan el brillo de las cúpulas ortodoxas y el polvo de los caminos, el murmullo de los ríos y el fragor de la batalla, el hechizo de los cuentos y la nostalgia infinita de la estepa. Es la Rusia que no se explica con la razón, la que vive en la memoria de su pueblo y en la voz de su música.
Les invito a escucharla, no solo como obra musical, sino como un retrato vivo de un espíritu que atraviesa siglos. En esas notas palpita la misma fuerza que, décadas después, encontraría una voz distinta y poderosa en Modesto Músorgski: un músico que llevó el realismo, la historia y el alma popular rusa a su máxima expresión.
El Alma Desnuda: Modesto Musorgskiy (1839-1881)
En la constelación de la música rusa, Músorgski es la estrella más indómita. Talento brillante y desconcertante, se erige como la antípoda de Chaikovski: donde este es refinamiento y lirismo, aquel es aspereza y verdad desnuda.
Ilia Repin, que retrató al músico apenas días antes de su muerte, captó en su lienzo una mezcla de pasión y desconsuelo, de fuerza y fragilidad, de entrega absoluta al arte. “Su música es la esencia misma de Rusia”, escribió el pintor.
Músorgski es, quizá, el más ruso de todos los compositores rusos. En su obra laten el desasosiego y el dolor por la historia de su patria, junto con la intuición de su porvenir. Sus contemporáneos lo acusaron de diletante, incapaces de reconocer que su oído estaba sintonizado con un siglo que aún no llegaba. Sus armonías abruptas, sus formas no académicas y su uso pionero de la politonalidad en Cuadros de una exposición —mucho antes de Prokófiev o Stravinski— lo convierten en un compositor adelantado al siglo XX, incluso al XXI.
Entre sus obras, la ópera Boris Godunov encarna de forma magistral su visión musical y su sentido de lo trágico. El zar gobernó en un periodo crítico de la historia rusa y fue acusado del asesinato del heredero al trono; el rumor popular lo convirtió en “zar asesino” y le atribuyó todos los males del país. La historia, sin embargo, ha demostrado que no tuvo relación con aquel crimen.
La ópera es una obra de profunda tragedia, dolor y pesar: transmite el sino y la fatalidad del zar, que queda sumido en la más absoluta soledad, pierde la razón y finalmente la vida. El pueblo, verdadero protagonista coral, anuncia la rebelión campesina que estallará unas décadas después (la de Pugachov) y da voz a los yurodivy, esos “locos santos” que, en la tradición rusa, encarnan la verdad desnuda frente al poder. El tañido de las campanas —símbolo de fe, de Estado y de destino colectivo— atraviesa la obra como un presagio; Rajmáninov lo retomaría más tarde con igual intensidad.
Si Glinka fundó el lenguaje musical ruso, Músorgski lo llevó a un territorio más áspero y humano. No buscó espejos de leyendas remotas, sino retratos directos del pueblo: su habla, sus penas, su dignidad. Rechazó las fórmulas occidentales para crear una música nacida del idioma ruso, del pulso de la historia y de la vida cotidiana. En él, las melodías parecen hablar tanto como cantar.
Integrante del legendario “Grupo de los Cinco” —junto a Balákirev, Borodín, Cui y Rimski-Kórsakov—, Músorgski contribuyó a cimentar una escuela libre de servilismos hacia Europa occidental. En sus obras conviven la épica y la intimidad, la historia y la leyenda. Desde los vastos frescos sonoros de Boris Godunov hasta la galería pictórica de Cuadros de una exposición, su música respira al compás de la tierra rusa: áspera, majestuosa, inquebrantable.
Les invito a escuchar un fragmento de la ópera
Cuadros de una Exposición
Apenas la escuché hace 40 años, primero en la radio y luego en la televisión soviética, me atrapó. Logró llevarme de la mano para recorrer la exposición a través de la música, como si pudiera ver los cuadros mientras sonaban las notas.
Entre las obras más singulares de Músorgski, Cuadros de una exposición ocupa un lugar especial. Nació en 1874 como una suite para piano, concebida como homenaje a su amigo, el arquitecto y pintor Víktor Hartmann, fallecido prematuramente. No es simplemente una sucesión de piezas musicales: es un recorrido sonoro por una galería imaginaria, donde cada cuadro cobra vida en la música.
El hilo conductor es la Promenade, tema-camino del propio compositor, que enlaza los cuadros, cambia de carácter según la impresión del lienzo anterior y convierte al oyente en caminante dentro de la galería.
Cada pieza retrata un cuadro distinto:
Gnomus: un gnomo grotesco.
Il vecchio castello: melancolía medieval.
Tullerías: bullicio infantil.
Bydło: carreta polaca de grandes ruedas que avanza con pesadez.
Ballet de los polluelos en sus cascarones: escena ligera y juguetona.
Samuel Goldenberg y Schmuÿle: orgullo y humildad en contraste.
El mercado en Limoges: voces y colores de una plaza francesa.
Catacumbas (Sepulcrum romanum): descenso sonoro a la penumbra de las criptas, donde Hartmann aparece como guía espectral.
La cabaña sobre patas de gallina (Baba Yagá): bruja del folclore ruso en una carrera vertiginosa.
La gran puerta de Kiev: final majestuoso, resuenan campanas como símbolo de grandeza nacional.
La fuerza de Cuadros de una exposición radica en que no describe los cuadros de manera literal, sino que traduce su atmósfera y carácter en música. Es una obra profundamente visual, que convierte al oyente en caminante y testigo. Músorgski logra que la música sea pintura y la pintura, música. Décadas después, Maurice Ravel la orquestó con colores sinfónicos; pero la crudeza de la versión pianística conserva la voz directa de Músorgski: sincera, ruda, profundamente rusa.
Les invito a escucharla:
En sus óperas aborda grandes temas de la historia rusa:
El Periodo Tumultuoso (Смутноевремя) — inicios del siglo XVII.
El cisma de la Iglesia ortodoxa y el inicio del reinado de Pedro el Grande.
La rebelión de Pugachov — segunda mitad del siglo XVIII.
Músorgski murió joven, no solo a causa del consumo de alcohol, sino porque sufrió en carne propia las desgracias y tragedias del pueblo ruso. No fue un caso único: pintores como Savrásov y poetas como Esenin, Blok o Maiakovski tampoco soportaron ese peso insoportable de dolor colectivo. Fue el primero en mostrar los secretos ocultos del alma rusa: miedos, visiones, alucinaciones. El dolor apasionado —sentimiento muy ruso— que sentía por el destino de su país lo condujo a la muerte; intentó defenderse a la manera rusa, pero sucumbió. Falleció en la más profunda soledad, pobreza y olvido, y sin embargo trascendió: aún hoy su música es parte esencial del repertorio universal.
Si en Músorgski la historia y la voz del pueblo se hacen tragedia coral, en Serguéi Rajmáninov esa herida se repliega hacia la memoria y la intimidad: campanas, elegía y nostalgia marcan el cierre del gran ciclo romántico ruso.
Serguéi Rajmáninov cerró el gran ciclo del romanticismo ruso. En su música, el espíritu ruso se volvió nostalgia, elegía y memoria: un último canto a la belleza antes de que el siglo XX impusiera su vértigo y sus rupturas.
El último romántico: Serguéi Rajmaninov (1873–1943)
Su música sonaba fuera de época. Los románticos habían abierto el alma de las personas: «el instinto, los sentimientos, nunca se equivocan». También eran solitarios, soñadores, propensos a la ensoñación. Aunque el romanticismo musical se desarrolló entre 1820 y 1900, Rajmáninov —que vivió gran parte de su vida en el siglo XX —habitó fuera de tiempo. En su obra, junto a la armonía, la paz y la calma, laten también la tristeza, la tragedia y el desaliento.
Era capaz de expresar una intimidad lírica que parecía susurrada al oído. Ahí están su Elegía, el Romance – Aquí se está muy bien. Máximo Gorki, que lo escuchó de cerca, dijo de él: «Какхорошоонумеетслышатьтишину» — Qué bien sabe escuchar el silencio.
A los 19 años compuso el Preludio en do sostenido menor, su obra más célebre. En la música rusa, las campanas son más que un efecto sonoro: memoria, rito y símbolo. En Rajmáninov se vuelven estructura, capaces de evocar lo festivo, lo solemne o lo fúnebre; abren y cierran ciclos, marcan transiciones emocionales y conectan con la liturgia ortodoxa. En él, este timbre dejó de ser simple color folclórico para convertirse en voz de Rusia: grave, luminosa y eterna.
El psiquiatra ruso-estadounidense Immanuel Velikovsky escribió que en este preludio está presente «el conflicto entre el destino fatalista, en sus sonidos sombríos, y las melodías claras y lastimeras, en un intento de disipar el desaliento con un llamado de campanas».
Ese sino trágico reaparece en su Sinfonía n.º 1, cuyo estreno en San Petersburgo fue un fracaso que lo sumió en tres años de depresión y silencio creativo. Saldría de esa sombra con el Segundo concierto para piano, convertido ya en un maestro. Nikolái Medtner escribió entonces: «Спервогожеколокольногоударачувствуешь, каквовесьростподнимаетсяРоссия» — Desde el primer golpe de campana sientes cómo Rusia se eleva en toda su magnitud.
Este concierto es un símbolo de Rusia: desaliento, luz y calma a un tiempo.
Rajmáninov escribió:
Esas campanas reaparecen en obras como Primera suite para dos pianos – “Lágrimas”, cuyo eco perduró incluso después de que el campanario fuera destruido durante la Segunda Guerra Mundial. De no haber sido por Rajmáninov, no conoceríamos el sonido de esas campanas. Su catálogo despliega un amplísimo espectro: las campanas festivas de esa misma suite; los cascabeles protectores del Preludio en sol sostenido menor, op. 32 n.º 12; y la gravedad solemne del Poema sinfónico Las campanas.
En 1917 emigró, convirtiéndose en un exiliado exitoso. Pero la tristeza y la nostalgia lo envolvieron, y su creatividad se resintió: en 25 años compuso solo seis obras —el Cuarto concierto para piano, la Rapsodia sobre un tema de Paganini y las Danzas sinfónicas, entre ellas— y no volvió a escribir un solo romance. Daba numerosos conciertos, que disfrutaba, pero atravesó una nueva crisis creativa: «УехавизРоссии, япотерялжеланиесочинять. Лишившисьродины, япотерялсамогосебя…» — Al partir de Rusia, perdí el deseo de componer. Al quedarme sin patria, me perdí a mí mismo. Para el exiliado que ha perdido sus raíces musicales, sus tradiciones y su tierra natal, no queda deseo de crear; no le queda otro consuelo que el silencio indestructible de unos recuerdos que nada puede turbar.
A diferencia de Prokófiev o Stravinski, no pudo crear lejos de su raíz: Rusia era su musa. «Возможно, этопотому, чтоячувствую, чтомузыка, которуюмнехотелосьбысочинять, сегоднянеприемлема…» — Tal vez sea porque siento que la música que me gustaría componer hoy no es aceptada… Aprecio poco a quienes renuncian a la melodía y la armonía para sumergirse en una orgía de ruido y disonancias que se convierten en un fin en sí mismo.
Cuando las pasiones del vanguardismo se calmaron, su música volvió a ser escuchada como un refugio. Velikovsky lo expresó con claridad: “Su música nos ayuda a sentir y comprender la belleza del frágil mundo en el que vivimos”.
Y quizá ninguna definición de música sea tan precisa como la que él mismo dejó escrita:
La voz de Rajmáninov, cargada de nostalgia y del tañido profundo de las campanas, se apagó lejos de su patria. Con él parecía cerrarse una era en la que la música rusa latía todavía al ritmo de la tradición espiritual y del alma popular. Sin embargo, mucho antes de ese ocaso, otro compositor había tendido ya un puente entre el lirismo íntimo y la amplitud orquestal, entre la sensibilidad rusa y el refinamiento europeo: Piotr Ilich Chaikovski.
El destino hecho Música: Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893)
Después de Rajmáninov, cuya obra fue un refugio tardío del romanticismo, el camino nos conduce inevitablemente a Piotr Ilich Chaikovski. Si Rajmáninov elevó la melancolía a un arte, Chaikovski convirtió el destino en el núcleo dramático de su música. Figura mundial, el más conocido y, a la vez, el más europeo de los compositores clásicos rusos, en sus partituras se libra siempre el enfrentamiento entre el hombre y su fatum. La voluntad del destino, implacable, impide la felicidad; sus sinfonías, desde la primera hasta la “Patética”, se alzan sobre ese cimiento trágico.
Chaikovski, Skriabin y Rajmáninov fueron herederos del romanticismo ruso, pero en Chaikovski esta herencia adquiere una “nota de quebrantamiento” (изломанность), un lirismo roto que oscila entre la ternura y el abismo.
Fue el primer graduado del Conservatorio de San Petersburgo y, más tarde profesor en el de Moscú por invitación de Nikolái Rubinshtein (su hermano Antón fundó el de San Petersburgo).
Algunos compositores lo criticaron, acusándole de no ser “lo suficientemente ruso”, “el elemento nacional no siempre se le da a Chaikovski”, decía Stásov. Esta crítica se inscrbía en el gran debate intelectual del siglo XIX entre западники (occidentalistas) convencidos de que Rusia debía seguir la senda de Europa, y славянофилы (eslavófilos), defensores de la singularidad espiritual de Rusia. No era solo una disputa teórica, sino un drama interior: entre la atracción de lo ajeno y la fidelidad a lo propio; entre el impulso de abrirse al mundo y el deseo de guardarse en el misterio de su alma. De aquel debate nacería buena parte de la literatura, la filosofía y la música que hoy reconocemos como profundamente rusa.
¿Qué es Rusia? ¿Oriente u Occidente? ¿Europa o Asia? La pregunta sigue vigente hasta hoy.
A las críticas, Chaikovski respondía:
Chaikovski absorbió la herencia de Schubert, Mozart, Beethoven y Glinka. No se alineó con ninguna de las corrientes musicales rusas de su tiempo: siguió su propio camino. Para él, la materia fundamental de la creación musical no fue la historia ni la épica rusa, sino el drama espiritual del ser humano.
«Отсюда особая лирическая интонация, теплота и проникновенность мелодизм». “De ahí brota esa entonación lírica singular, cálida y profundamente expresiva, que convierte la melodía en un soplo del alma”.
Su identidad rusa era absoluta, y nadie mejor que él podía expresarla:
Y aunque viajaba con placer al extranjero, siempre volvía a lo esencial:
Para Chaikovski, el paisaje ruso era más que un escenario: era fuente de un sentimiento casi místico, capaz de volverse música:
Paisaje. 1895. de Isaac Levitan (1860-1900)
El secreto del alma rusa: Evgueni Onegin
Compuesta entre 1877 y 1878 sobre la novela en verso de Pushkin, “Eugene Onegin” es la ópera más íntima y representativa de Chaikovski. No es un drama heroico, sino un retrato de pasiones y pérdidas.
La célebre Escena de la carta de Tatiana revela la ternura y la entrega del amor juvenil; el aria de Lenski:Куда, куда вы удалились/весны моей златые дни? – ¿Adónde, adónde se han alejado, oh días dorados de mi primavera? condensa la nostalgia y el destino fatal. La soledad y la renuncia «одиночество и несчастность recorren la obra: el honor se impone al deseo.
No se trata solo el presentimiento de la muerte, sino el eco de una condición más amplia: la separación de lo amado, la imposibilidad de consumar los sueños, el aislamiento espiritual que acompaña al destino trágico. En Onegin, esta atmósfera envuelve también a Tatiana, cuya confesión sincera desemboca en el rechazo y en una vida de renuncia. Esta renuncia es muy rusa, en primer lugar, está el honor.
La ópera entera respira esa tensión: la soledad y la desdicha como símbolos del alma rusa, capaces de convertir la intimidad en drama universal. El desenlace muestra la imposibilidad de recuperar lo perdido.
Con esta obra, Chaikovski unió la herencia europea con la sensibilidad rusa, dando voz al drama espiritual de su tiempo: el amor no realizado, la memoria y el destino. “Eugene Onegin” es, en suma, la ópera del alma rusa.
Escena: la carta de Tatiana
Cuarta Sinfonía: La voz del destino
Escrita en 1877, en plena crisis espiritual, la Cuarta Sinfonía fue la primera sinfonía rusa concebida como drama psicológico. En ella aparece con claridad el enfrentamiento entre el hombre y el destino.
Esa melancolía desgarradora que atraviesa a los personajes —la imposibilidad del amor realizado, el peso del destino, la soledad que se vuelve más honda cuanto más se busca la plenitud— es lo que siente el genio. La vida de Chaikovski estuvo marcada por el fatum. Lo describe en una carta a von Meck:
¿Cómo alcanzar la felicidad si el hombre no lo logra? En la carta a su mecenas, que le permitió dedicarse por completo a la composición, da la respuesta: ir hacia el pueblo.
El final de esta sinfonía utiliza una canción popular rusa «En el campo se erguía un abedul». Es una de las canciones folklóricas rusas más conocidas, de carácter lírico y melódico, que evoca la naturaleza rusa a través de la imagen del abedul (берёза), árbol profundamente simbólico en la cultura eslava. El abedul suele representar la feminidad, la pureza y, al mismo tiempo, la melancolía de la tierra natal. El héroe de Chaikovsky no puede luchar con el destino, enfrentarse al destino, solo puede resignarse a convivir con él.
El musico que quiso salvar al mundo: Aleksander Skriabin (1873-1915)
Cuando el destino parecía haberse dicho por completo en Chaikovski —entre honor, renuncia y canto popular—, la música rusa volvió la mirada al cielo: Aleksander Skriabin quiso transfigurar ese dolor en éxtasis y esa memoria en revelación, proyectando el alma rusa hacia el infinito y buscando en la música no solo un espejo del espíritu, sino un medio para transformarlo y salvar a la humanidad.
Si Glinka había abierto el camino y Músorgski había desnudado la herida del pueblo, Skriabin llevó esa búsqueda más allá de la tierra, hacia las alturas del espíritu y del espacio. No quiso cantar la voz popular como lo hacían otros, sino revelar un mensaje universal: la música, creía, podía salvar a la humanidad.
Compañero de conservatorio de Rajmáninov, fue su opuesto absoluto. Rajmáninov componía música enraizada en la tierra; Skriabin aspiraba a alcanzar el cosmos. Hijo del Siglo de Plata, en él ardían ideas profundamente rusas: la rebelión contra Dios (богоборчество), el mesianismo y la convicción de un propósito trascendental.
En sus primeras obras se percibe la huella de Chopin —preludios, mazurcas, conciertos para piano—, pero pronto apareció su obsesión por el éxtasis, cristalizada en el Poema del éxtasis: un impulso sonoro constante, una exaltación del espíritu que se proyecta hacia el infinito.
“La música permite cambiar el mundo, mejorarlo; el ser humano puede crearse y recrearse a sí mismo.”
Con Prometeo o Poema del fuego, unió música y luz en un experimento de sinestesia adelantado a su tiempo.
Su proyecto más ambicioso, Misteria, soñaba con una obra total —música, palabra, aromas, luz, danza, arquitectura— que debía interpretarse una sola vez, en un templo del Himalaya, durante siete días, con la participación de toda la humanidad. Quería que esa experiencia fuera el impulso para un renacer espiritual del planeta.
Su muerte fue tan insólita como su vida: un simple grano en el rostro se infectó y, en apenas quince días, apagó su existencia a los 44 años. No dejó variaciones de cantos populares, pero trascendió como símbolo del cosmismo ruso, esa visión que veía al ser humano como cocreador del universo, llamado a trascender la Tierra, vencer la muerte y poblar el espacio. Unía ciencia, mística y arte en una sola misión: perfeccionar la vida y devolver al cosmos su sentido divino.
En la música, Skriabin encarnó también el simbolismo en su grado más alto: un arte tejido de signos y correspondencias que enlaza lo visible con lo invisible.
Boris Pasternak, uno de los grandes poetas ruso-soviéticos, escribió sobre él:
“Тяга Скрябина к чрезвычайности чисто русская, ибо ничто не может быть признано самим собой, не превосходя себя.” La inclinación de Skriabin por lo extraordinario es netamente rusa, pues nada puede ser reconocido como tal sin superarse a sí mismo.
El alma rusa no se deja medir ni encerrar: se reconoce en un lamento convertido en canto, en una soledad que se vuelve música. Glinka abrió el camino con la pregunta por el sentido; Músorgski desnudó la herida del pueblo; Chaikovski transformó el dolor íntimo en un destino compartido. Después, Skriabin quiso elevar ese fuego hacia la luz del éxtasis, y Rajmáninov lo envolvió en la nostalgia infinita de la memoria.
En todos ellos late la misma verdad: la música rusa no es un adorno cultural, sino el espejo de un espíritu que se resiste a la derrota. El fatum puede oprimir, pero la melodía lo transfigura. Y en esa transfiguración, la Rusia de ayer y de hoy se reconoce a sí misma: doliente, invencible, luminosa, renaciente. Una Rusia soberana y poderosa, que sobrevive y se transforma.
¿Quién mejor que Esenin y Blok para poner el broche final?
[ C ]
Fuente: Ciclo de conferencias de Aleksandr Velinovski, 2024.
¿Qué circunstancias habrán impedido que, en cincuenta años de relación, ningún diplomático mexicano hubiera viajado a Mogadiscio llevando las cartas que lo acreditan como embajador ante la República Federal de Somalia? A pesar de la revisión de archivos y las muchas explicaciones que tantos años de inestabilidad ofrecen, el hecho es que una primera presentación en este 2025 tiene un significado político importante y una carga emocional que amerita reconocerse.
Las coincidencias contribuyen a ello. La presentación de estas cartas credenciales ocurre exactamente 50 años después, mismo día, del establecimiento de relaciones, es decir, el pasado 6 de agosto del presente. En esa misma fecha, pero de 1975, se emitió en ambos países el comunicado que iniciaba la relación. Nuestro Archivo Diplomático de la SRE guarda varios telegramas del entonces Embajador de México en Estados Unidos, José Juan de Olloqui, al Director en Jefe, Manuel Tello. Ahí se expresa el acuerdo logrado en las entrevistas con su contraparte somalí, Embajador Abdullahi A. Addou. Por esa vía, solicita que se informe al secretario Emilio Rabasa el especial beneplácito que conlleva la aceptación del gobierno somalí y de su entonces presidente Siad Barre para el establecimiento de estas relaciones.
Hoy corresponde a la Embajada de México en Etiopía llevar esta relación en concurrencia, pero en aquel inicio se decidió que ello recaería entre las muchas responsabilidades de la Embajada mexicana en Tanzania, abierta desde 1973 en la entonces capital tanzaniana Dar es-Salaam (lamentablemente México cerraría esa Embajada en 1980). No está de más mencionar que el establecimiento de estas relaciones con Somalia se dio apenas días después de que el presidente de México visitara el vecindario: justamente Tanzania. En julio de 1975, Luis Echeverría conoció la ciudad en construcción, Dodoma, que pasaría a ser la capital que el presidente en aquel entonces, Julius Nyerere, soñaba con gran vitalidad para descentralizar el poder y fomentar el desarrollo del interior de Tanzania.
La gira del 75 a África de Luis Echeverría terminó incluyendo únicamente Senegal, Tanzania, Argelia y Egipto. Guardó un enorme simbolismo en busca de prestigio y liderazgo internacional. Se centró en cerrar acuerdos educativos y de cooperación, y sustentó genuinamente mucho de lo que serían las bases para consolidar a México como un país solidario en todo su significado con las luchas de liberación africanas y con el desarrollo entre países del sur.
Como una memoria fascinante que da a entender la avanzada que se desplegaba en esos años hacia África, se cuenta con un oficio que el entonces Director General de la Cancillería, Embajador Raúl Valdés Aguilar (posteriormente nombrado Embajador Eminente) dirigiera el 27 de mayo de ese 1975 (apenas dos meses antes de la gira) al Embajador José Juan de Olloqui. Le informa la “instrucción superior” de iniciar gestiones para establecer relaciones con una pléyade de países: Alto Volta (hoy Burkina Faso), Camerún, República Centroafricana, Congo, Costa de Marfil, Chad, Dahomey (ese año cambiaría su nombre por Benín), Gabón, Guinea Bissau, Gambia, Kenia, Liberia, Libia, Madagascar, Malawi, Mali, Mauritania, Nigeria, Níger, Sierra Leona, Somalia, Sudán, Togo, Uganda, Zaire (hoy República Federal del Congo) y Zambia.
El oficio aclara que solo habría “disposición” para establecer embajadores residentes en los casos de Kenia, Nigeria y República de Zaire (el resto tendría que ser atendido por diversas vías). Pide asimismo una estrecha colaboración con el entonces representante ante Naciones Unidas, Alfonso García Robles, para desplegar este esfuerzo orientado a multiplicar rápidamente las relaciones con los nuevos países africanos. Con reconocimiento a lo inédito y arrojado de la decisión, el oficio aclara también que “se perfeccionará el esquema de concurrencias una vez que se tenga a la vista diferentes elementos, tales como historia, afinidades culturales y lengua, nivel de desarrollo, etc.” Añade enfáticamente que, en breve, “el Presidente Echeverría llevará a cabo visitas de Estado a diferentes países de África e Irán, y vería con mucho agrado la posibilidad de incluir en este recorrido a Kenia y a Nigeria”. Luego menciona su ruego para que el Embajador de Olloqui “se sirva sondear la posibilidad de que los Gobiernos de estos países extiendan una invitación”. En la planeación de la gira se pensaba que podría incluirse a Kenia entre el 16 y el 19 de julio y a Nigeria entre el 22 y el 25. Finalmente, no se les visitó.
Llegar a Mogadiscio con ese conjunto de datos en mano para el diálogo con el presidente de Somalia, Hassan Sheikh Mohamud, fue retribuyente y marco el reencuentro con un espíritu de cordialidad que honraba la historia y algunas motivaciones que aún están vigentes 50 años después; una historia aun vital. Fue una carpeta con los documentos más significativos y sus traducciones, información atractiva y menciones al deseo denodado de México por abrir un amplio campo de colaboración con África. El agradecimiento del presidente y una plática llena de posibilidades se detonaron rápidamente. Otro tanto ocurrió con su ministro de Exteriores, Abdisalan Abdi Ali Dhaay. Incluso, el hecho ya había abierto puertas importantes desde el diálogo preparatorio con su Embajador en Addis Abeba, y ese espíritu de reconocimiento a la efeméride permeaba en el propio aeropuerto entre un grupo funcionarios somalíes que esperaban con especial entusiasmo al pequeño grupo de Embajadores que los visitaban.
Somalia, inmersa en terribles dificultades, tiene para los que llegan un mensaje único, consensuado en cada boca: “el país está de regreso”, afirman. Atienden con ese espíritu de recuperación de una presencia perdida lo que hoy les significa esta visita; también protegen a los recién llegados con cierto apuro en cada paso, debido a los inminentes signos de tensión que acarrea la espinosa situación nacional, expresada por la acción, frecuente, asesina y perturbadora, del grupo terrorista Harakat al-Shabaab al-Mujahideen (“la Juventud”) que acecha constantemente la capital.
La paradoja entra en juego cuando se usa una camioneta para el traslado de los distinguidos visitantes desde la escalinata del avión hasta el Salón VIP del Aeropuerto Internacional Aden Adde; un trayecto de apenas 60 metros. Por contraste, el trayecto de ese Salón, abundante en sillas doradas y funcionarios ávidos de complacer, hasta el hotel reservado para las personalidades a no más de 200 metros, se realiza a pie. Para ello, hay que cruzar una pequeña puerta metálica que se abre a un mundo insólito de guardias de seguridad, camionetas y tanquetas.
Y en ese parte de Mogadiscio reina la paz. Los visitantes aún no han visto nada. En cada metro de la ciudad, la seguridad lo es todo; por el momento nos avasalla ese desplante de guardias y vehículos de guerra, omnipresente en la zona “securizada” que rodea al aeropuerto. Son dos o tres kilómetros de bloqueos, militares, “cascos azules”, alambre de púas trepando cada muro, cada poste. Son cadenas de equipo pesado militar colocado en cada avenida y en cada puerta, incluyendo el despliegue de barcazas acorazadas hacia el Océano Índico que bordea al sureste las pistas de aterrizaje.
Al-Shabaab nació en 2006 como una facción radical juvenil de la Unión de Tribunales Islámicos y ya ha tenido antes, en su mano, el control de Mogadiscio y de gran parte del sur de Somalia. Aprovecha constantemente la fragilidad del gobierno central somalí para ganar áreas rurales, cobrar impuestos y administrar justicia a su modo. Su ley ha sido el terror y desde el primer vistazo a la ciudad se siente lo que alguna vez definió Brian Jenkins: “el terrorismo es el teatro del miedo”.
El hotel se llama Decalé, curioso nombre para el mejor y más seguro hotel de la ciudad donde los personajes distinguidos esperan adormilados para salir o entrar al país. Es un moderno y amable entorno, con diseños de muy buen gusto, que contribuye al contraste. No deja de ser una genuina caja fuerte de cinco pisos. En su lobby, conviven una elite de emprendedores somalíes, el paso ágil y confiado de la elegante Embajadora de la Unión Europea ante Somalia, ella residente, que saluda con desparpajo mientras avanza veloz a una reunión, o un numeroso grupo de forzudos hombres del Cáucaso, corte militar, que desayunan pertrechados en una tercera parte del restaurante.
La visita al Ministerio de Exteriores y a la Villa Somalia, ese emblemático edificio de la época colonial italiana, diseñado con mucha distinción hacia 1936 y que ahora ha pasado a ser un complejo fortificado donde trabajan el presidente, el primer ministro y asesores, significa sendos trayectos que invocan por igual la sorpresa que una cándida simpatía por el pueblo de esta dolida nación. Esos viajes se hacen en camionetas blancas blindadas. Las ventanas gruesas y tendientes a la opacidad son la vía para intentar registrar los detalles de “la ciudad de los bloqueos”. En las cercanías del aeropuerto, de los hospitales y los edificios públicos, no hay zaguán, entrada o bocacalle a la que se pueda acceder directamente: todo es en zigzag entre barreras colocadas para desacelerar cualquier vehículo. Todo impone un reto al radio de giro y a los amortiguadores de las camionetas.
Mogadiscio ofrece la mejor gama de especímenes posibles de barricadas de concreto en altura y espesor. Es también la ciudad de las “plumas” de grueso calibre manipuladas por militares de la ONU o locales, ataviados con duros y sofocantes chalecos antibalas. Ellos sudan mientras atienden sus puestos frente a un caótico tráfico donde lo especial, lo diferente, tiene preferencia a gritos y amenazas ente enjambres de triciclos motorizados. Estas motos con carcasa amarillenta son el medio de transporte del somalí promedio, llamados bajaj por la empresa india que los fabrica con un enorme éxito en toda África.
El presidente y sus ministros, todos, evitan hablar de Al-Shabaab. Se sabe que la capacidad del grupo terrorista para ejecutar ataques asimétricos continúa desafiando la seguridad urbana. Es sintomático estrechar la mano tranquila y fuerte de un presidente, académico y educador prestigiado, hombre de maneras parsimoniosas y gentiles, de palabra sabia, que tan solo en marzo salvó ileso el quinto atentado en su contra, este con artefacto explosivo dirigido a su convoy. La conversación se entabla entre gente ávida de tratar los temas de cooperación e inversiones, que menciona resoluciones multilaterales de variados tipos y del apoyo internacional. En mucho, ese es su única fuente de alivio. Apenas dos meses antes, un ataque suicida en un centro de reclutamiento militar dejó 13 muertos, incluyendo reclutas y civiles.
La satisfacción por las buenas conversaciones políticas se acompaña de algunas sutilezas de un país con enorme precariedad, pero no menos energético. En su compleja estructura burocrática, no hay espacio para el desmayo: los oficiales van y vienen apurados con libros de visitantes distinguidos, oficios, instrucciones, susurros. Como buena nación musulmana, las mesas de los salones de espera sostienen exóticos jarrones de filos dorados, llenos de dulces; mal sitio para un diabético porque las bebidas que ahí se hallan son coloridas latas de refresco con etiquetado en árabe que, supongo, no estarán, en ningún caso, por debajo de las 270 kcal. Abundan ofertas de té shaah soomaali con mucha azúcar y acompañado de polvo de jengibre: esta raíz es la llave hacia todo alimento en Somalia y se le adjudica enorme poder medicinal.
Si bien esas mesas han sido apenas el primer toque de genuina vida somalí, los retornos en la camioneta blindada dan oportunidad para una conversación más relajada —misión cumplida— con el elegante y dicharachero director de Protocolo del país. Se pueden mencionar ahora cosas sorprendentes y agradables: la Pastelería Alemana de Mogadiscio, por ejemplo, que a juzgar por sus pinturas muy logradas en el muro blanco de la entrada, asegura productos deliciosos. No falta una gama asombrosa de changarros dedicados a la venta de celulares, la compostura de computadoras y otros electrónicos; una que otra peluquería donde apenas cabe el cliente y un peluquero que difícilmente podrá extender sus codos para trasquilar. Se siente, entre amarrones, brincos sobre los camellones y frecuentes desvíos para esquivar montañas de cascajo, una vida cotidiana familiar efervescente, tan luchona como tradicional, y en constante adaptación.
Los cantos desde las mezquitas se afanan contra el bullicio y muchas mujeres salen sin empacho a vender, comprar, reunirse y trabajar: hablan despreocupadas por teléfono bajo su abaya. Sorprende que más de la mitad de los autos, al igual que camiones y destartaladas camionetas de reparto, tienen el volante a la derecha. Sus conductores la sufren diario en un desquiciado tránsito donde se “ordena” —es un decir— que la circulación sea por el lado derecho. Ante la pregunta de si ello se debe a la cercanía con Kenia, donde se maneja a la izquierda y donde viven dos millones de somalíes (10 % de su población), el director de Protocolo aclara que no: “esos vienen desde Japón porque la legislación permite la entrada de vehículos japones de segunda mano”. De inmediato la marabunta de bajajs nos recaptura.
Después de dos días de vivir en la caja fuerte, autos blindados y un hotel de cinco estrellas con escasísimas ventanas, resulta muy deseable tener la oportunidad de una escapada. Los empleados del hotel invitan a subir al quinto piso, a encontrar un agradable café, con todo tipo de bebidas y admirar la ciudad desde las alturas. Casi toda visión de Mogadiscio está afectada por una falta de transparencia. En esa terraza del quinto piso del Hotel Decalé, todo se encuentra circundado por cristales densamente rayados por la acción irredenta de las tormentas de arena: Mogadiscio se vuelve azuloso, pixelado.
Apenas ha permeado la oportunidad de probar el arroz somalí, se llama bariis iskukaris. También dan a conocer la carne suqaar y un pan que llaman canjeero. Mejor ha sido la invitación a una cena, igualmente resguardada por guardias tan severos como sonrientes, donde hizo su número una cantante finísima de qaraami y un hombre que entona esa misma música tradicional con capacidad circense para modular, alargar, subir y bajar en una escala de sonidos que es mucho más sofisticada que la nuestra cromática.
Cerca del final, aun cuando se siente que todo ha estado bien en esta bella caja fuerte, pero a fin de cuentas “caja”… y “muy fuerte”, el Embajador de Ghana, quien también presentó sus credenciales, convence a una empleada del hotel para que nos ayude con una breve fuga. Hay ansia por conocer algo más. La chica es una keniata que trabaja y vive en el compound del hotel, aeropuerto y alrededores. Ella se atreve a sacarnos; a cruzar unas rejas altas con custodios que discuten acaloradamente con los próximos viajeros somalíes que tienen que mostrar documentos y boletos de avión para aproximarse a la terminal. Pero todo en Somalia termina por ser familiar. La empleada del hotel los saluda, les sonríe, les pide permiso para salir y para facilitar nuestro regreso “en un rato”. Los guardias se lo conceden con revires de sonrisas indescifrables.
Aparecen los empujones de una masa de gente destanteada; es la sorpresa de los habitantes ante un aventurado extranjero de tez clara que los atraviesa como animal exótico. Pero hay éxito. Apenas unos 200 metros afuera del círculo de seguridad más cercano al aeropuerto está un mercado de puestos ambulantes y algunos changarritos de té y café. Todos intentan atraer al diplomático extranjero; sus pasos asustadizos lo delatan peor que la corbata: asustadizo e inocuo; una posible presa. La empleada del hotel es cuidadosa y recomienda mejor una tienda de objetos típicos que, con poco menos de dos metros de ancho, se alarga casi infinita hacia un nódulo iluminado por un tragaluz.
Su dueño no parece emocionado por la visita. Es un pintor y el corredor que lleva a su negocio es una extraordinaria exposición de pinturas, unas arriba, otras contra los muros y otras hasta el techo. Están a medio terminar en su mayoría y se nota que su autor les dedica su tiempo con una pasión distante, superior. No las vende. Las prefiere seguir pintando, así que sólo vende chucherías como trabajo a ratos. Aceptado su reencuentro con su papel de vendedor de artesanías, el artista se limpia las manos lentamente y muestra unas vasijas de madera labrada que se llaman dibi, buenas para acarrear leche y todo tipo de fermentados: principalmente el yogurt llamado laban. Son lindas, imposibles de llevar en la maleta.
Entre otros típicos souvenirs, llaveros e imanes, ahí se venden curiosidades de la Somalia vieja; unos escudos, algunas especies de dagas y unos bastones de mando, delgados y elegantes, hechos con la alternancia de hueso y madera. Intentan semejar el distintivo de los jefes principales de las tribus que los usan cuando se inician los rituales y las juntas de consejo. En una vitrina pequeña, destacan abarrotados los billetes antiguos somalíes que el dueño ofrece: 50, 10, cinco chelines del Bankiga dhexe ee Soomaaliya, con imágenes de plantaciones de banano, búfalos cafres, barcazas antiguas de estilo birreme y de la propia Torre de Almnara. Su valor es pequeño, pero su belleza compensa: hablan de esa voz de los funcionarios de Somalia diciendo: “estamos de regreso”.
Justamente el regreso al aeropuerto resulta tortuoso —y ruidoso—, pero ya no se siente inseguridad. Hay gritos, saludos, sonrisas y alguno que otro signo de vergüenza entre los transeúntes que temen haber fijado mucho la vista en aquel extraño que compró un bastón. El aire está lleno de otros visos que ya no tienen tufo de peligro. Su aroma es la extrañeza, que viene de lo poquísimo que nos hemos conocido con esta gente tan imposibilitada del acceso a los canales del mundo. Invoca lo mucho que hay por dialogar, por construir.
El guardia de seguridad reconoce lo pactado y nos deja regresar a la zona del aeropuerto sin pedir identificación alguna. En muchas jornadas, solo este extranjero, con semejantes rasgos, ha pasado por su reja. El agradecimiento a la chica que ha ayudado a aliviar un poco el encierro debe ser elocuente. Su sonrisa apenada no es distante del sentimiento general, lleno de paradojas, que se alberga por este país: durísimo y peliagudo el terreno, escabroso en verdad por los caminos y avenidas bloqueadas, por el miedo que generan los grupos rebeldes, pero también una cultura infinita de gente buena y caritativa, gente por descubrir. Su resiliencia y esperanza les detalla que, tal y como tienen puesta la fe, pronto algo mejor pasará.
Arriba del avión, al que me han dejado subir con un bastón de mando somalí que cualquier azafata debió confiscar, pienso si yo o algún diplomático mexicano volverá pronto. Parece que se cumplió un destino, quizá hasta se abrió una puerta 50 años después. Pido al tiempo que me permita sopesar: que en la carrera de los duendes que avanzan por el territorio irredento de Somalia corran más los que proponen palabras de progreso y menos los otros que los quieren descarrilar. [ C ]
Alejandro Estivill es Embajador de México en Etiopía, concurrente ante la República Federal de Somalia. Presentó cartas credenciales en la capital Mogadiscio el 6 de agosto de 2025.