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  • Entre el demonio y el silencio:  Mijaíl Vrúbel e Isaac Levitán

    Entre el demonio y el silencio: Mijaíl Vrúbel e Isaac Levitán

    Fue en un lejano invierno, entre 1983 y 1984, cuando la profesora Liudmila Ivánovna Kuptsova, maestra de ruso en la facultad preparatoria, nos llevó a visitar la Galería Tretiakovskaya. Muchos de nuestros docentes, en aquellos años, solían abrirnos las puertas del alma rusa llevándonos a museos, conciertos y bibliotecas.

    La Tretiakovskaya estaba por cerrar. El edificio parecía respirar una última vez antes del silencio: tablones de madera improvisaban pasillos entre salas en penumbra, y el eco de nuestras pisadas se perdía como en un laberinto. Recuerdo a Atanasio —compañero de curso y amigo entrañable hasta hoy— deteniéndome frente a tres figuras que habrían de marcarme para siempre: El Demonio Sentado, El Demonio Volador y El Demonio Caído, todos ellos obra de Mijaíl Vrúbel.

    «Perdemos la memoria de las palabras, pero no las emociones», escribe Amin Maalouf. Aquella visita fue para mí el umbral de una admiración profunda por Vrúbel y, más aún, por la pintura rusa.

    Durante años la galería permaneció cerrada. Cada viaje a Rusia traía consigo la espera de su reapertura. Recuerdo la emoción del regreso: salas restauradas, luminosas, colmadas de historia. Quien visite Moscú y quiera comprender el alma rusa debe ir a la Tretiakovskaya, fundada por Pável Tretiakov y diseñada por Víktor Vasnetsov. En diciembre de 2021, una gran exposición rindió homenaje a Vrúbel, confirmando su lugar como uno de los grandes visionarios del arte ruso.

    Mijaíl Aleksándrovich Vrúbel (1856–1910), nacido en Omsk en el seno de una familia militar, fue una figura singular del simbolismo ruso. Abandonó los estudios de Derecho para ingresar en la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo. Su estilo, profundamente personal, escapó a las normas académicas: absorbió influencias bizantinas, góticas y renacentistas, y anticipó las rupturas del siglo XX. La restauración de los frescos medievales de la iglesia de San Cirilo, en Kiev, lo vinculó de manera definitiva con lo espiritual y lo mítico.

    Su obra es amplia, pero la figura del Demonio, inspirada en el poema de Lérmontov, lo acompañó durante toda su vida. En ella encontró un símbolo de la dualidad humana: caída y ascenso, belleza y tormento. Sus últimos años estuvieron marcados por el deterioro mental y la reclusión; murió casi ciego en 1910, incomprendido por muchos de sus contemporáneos.

    Mijaíl Vrúbel — El Demonio Sentado (1890)
    La melancolía del espíritu ante la belleza absoluta. El demonio como alma pensante, no como mal.

    Mijaíl Vrúbel — El Demonio Caído (1902)
    Tragedia sin redención. La mirada que enfrenta el límite último de la existencia.

    Con él, la pintura dejó de imitar la realidad para convertirse en símbolo y revelación. Fue un monumentalista del espíritu. No representó el mundo: lo reinventó. Sus Demonios no son personajes; son preguntas, un diálogo con lo eterno, con aquello que precede y excede la existencia.

    Solía aclarar que confundían sus demonios con el diablo. Demonio proviene del griego daímōn: espíritu, fuerza intermedia. No encarna el mal, sino el alma. En el Demonio Sentado no hay sufrimiento moral, sino anhelo de belleza absoluta; en el Demonio Volador, la angustia de quien busca y no encuentra; en el Demonio Caído, dolor verdadero: un umbral hacia una atmósfera inmensa y desgarradoramente bella.

    Pero el alma rusa no permanece indefinidamente en el grito ni en la tensión del combate interior. Tras el vértigo, busca silencio; tras la herida, distancia; tras el demonio, paisaje. El mismo espíritu que en Vrúbel se enfrenta al abismo de sí mismo, en otro momento se detiene ante la inmensidad del mundo y escucha. No es una negación del dolor, sino otra forma de comprenderlo. En ese tránsito —del desgarro interior a la quietud ante lo eterno— se abre la obra de Isaac Levitán.

    Entre las pinturas que más me han conmovido se encuentra Sobre la paz eterna (Над вечным покоем), realizada entre 1893 y 1894. Levitán transforma la naturaleza en meditación sobre la eternidad, el tiempo y la fragilidad humana. El paisaje no describe: revela.

    Isaac Levitán — Sobre la paz eterna (1893–1894)
    El silencio del paisaje como meditación sobre el tiempo, la muerte y la eternidad.

    Yo también navegué por el Volga, a mediados de los años ochenta. Recuerdo la vastedad de los campos, las cúpulas que emergen como oraciones sobre el agua, el horizonte cargado de memoria. Sueño con repetir ese viaje hoy, con otra mirada: más serena, más consciente del paso del tiempo, más atenta a lo que el paisaje calla.

    En Levitán se siente esa quietud interior: la certeza de que la vida es apenas un instante suspendido ante la inmensidad. En una carta a Pável Tretiakov escribió:
    «…en ella estoy yo por completo, con toda mi psique, con todo mi contenido interior».

    No pintaba paisajes, sino estados del alma. El cielo es plegaria; el agua, espejo del espíritu.

    En Sobre la paz eterna toda calla. El viento, el lago, el horizonte. Solo queda la intuición de que la belleza verdadera pertenece a lo eterno. Frente a ese silencio comprendemos la medida de nuestra existencia: una chispa breve ante el universo infinito.

    El arte ruso es una fuente inagotable de estremecimiento. No busca ser decorativo, sino revelador. Desde los iconos de Andréi Rubliov hasta Vrúbel y Levitán, la belleza no embellece la realidad: la interroga. Y, sin embargo, qué poco se lo conoce en Occidente. Reducido a clichés o cancelado por coyunturas políticas, se olvida que rechazar la cultura rusa es renunciar a una parte esencial de la sensibilidad humana.

    Contemplar una pintura es un ejercicio del alma. Un mismo lienzo, visto en distintos momentos de la vida, revela nuevas luces y sombras. Hoy regreso a la Tretiakovskaya y al Museo Ruso de San Petersburgo con una mirada distinta: menos ansiosa, más consciente del tiempo.

    Entre el demonio de Vrúbel y el silencio de Levitán no hay contradicción, sino camino. En uno, el alma rusa se enfrenta a su abismo; en el otro, aprende a callar ante lo eterno. Ese tránsito —del grito a la contemplación— no ofrece consuelo fácil, pero sí una forma de verdad. Quizá ahí, en esa tensión sostenida entre desgarramiento y quietud, el arte ruso nos devuelve una pregunta esencial: cómo seguir siendo humanos cuando el alma se mide con lo infinito. [ C ]

  • Pasado meridiano

    Pasado meridiano

    A la memoria de Rafa Montoya

    Watashi, primera palabra que mi hijo Jonás, de seis años cumplidos, aprendió a decir en lo que él creía era portugués o que, más bien, reprodujo de oídas (“boa tarde”), al llegar a Brasilia. Detrás del amplio ventanal orientado al norte de nuestro Airbnb en el barrio de Asa Norte, se instalaba a media tarde y se ponía a saludar a los transeúntes que se ejercitaban o que simplemente pasaban por ahí.

    Esa imagen queda adherida a la memoria como uno de los recuerdos primigenios tras nuestro arribo a la capital de Brasil.

    La llegada a un nuevo destino siempre trae consigo ese aire de desorientación y asombro; de novedad, de primicias. Ver las cosas por primera vez es, quizá, hasta prodigioso, pues nos asemeja a niños. Ya lo dijo Louise Glück, “miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Eso sí, nos hace conscientes también de la fatalidad de la única primera vez: lo demás es recuerdo, por no decir que se torna en repetición, en rutina.

    En la carrera que elegí, una de las alegrías y satisfacciones, que no son escasas, es que ese estado de novedad embriagadora es recurrente. Cada tres o cuatro años, hay que migrar de nuevo; apretujar media alma en un contenedor de acero, y mirar para delante. El tren de llegada es el mismo de la partida, como reza la canción de Milton Nascimento. El retorno a casa, a la patria original, no es necesariamente volver a Ítaca: se vuelve también —a la larga— un lugar de paso, al punto que uno se convierte en foráneo también en ese viejo sitio donde una vez se amó la vida.

    Vengo de una familia que, durante mi infancia, se mudó más veces de las que puedo recordar. De ahí que tal vez estuviera ya incrustada en mi código genético esa búsqueda incesante, ese espíritu de aventura, de conquista de lo ignoto.

    Hace unos pocos meses celebré 20 años de haber ingresado al Servicio Exterior Mexicano (SEM). Se puede decir que traspuse el ecuador de una carrera, que, como uno aprende relativamente temprano, más que meramente una carrera, es un estilo de vida.

    En el espejo retrovisor del tiempo, los años se arremolinan unos contra otros; el recuerdo se vuelve brumoso; la memoria, caprichosa.

    En aquella ya lejana y emotiva tarde en que les conté a mis padres que había conseguido entrar al servicio exterior, mi mamá se echó a llorar. En esa hazaña, que por supuesto también celebró conmigo, con meridiana claridad intuyó que el futuro nos depararía largos años mediados por tiempo y espacio. Con qué sabiduría entendió ella, y lo descifré yo después, que habría períodos dilatados en que nuestro único contacto se reduciría a pantallas, a mensajes con emojis, a llamadas entrecortadas.

    Para mí no existe tal vez mejor analogía sobre el paso descomedido del tiempo en esta carrera-estilo-de-vida que la película Interestelar, de Christopher Nolan. En la trama, un astronauta parte en una misión al espacio, y le promete a su hija no demorar mucho en volver. Mientras que su periplo intergaláctico demora apenas un lapso relativamente breve, en la tierra transcurren varias décadas: su hija envejece y cuando nuestro héroe retorna por fin es sólo para encontrarse con ella, ahora una anciana de más de 80 años, en su lecho de muerte. Recientemente leí (¿dónde?) que envejecer es una continua negociación con lo que perdemos.

    Hay quienes no corren con tanta suerte. Llegado el momento, somos conscientes de que tarde o temprano recibiremos la llamada fatídica, esa llamada, para avisarnos que es nuestro padre, que es nuestra madre; que corramos para alcanzarlos, para arrancarles ese último suspiro, para alcanzar a dar un último abrazo a esas únicas personas que nos recuerdan cuando éramos niños.

    Parafraseando a Eric Hobsbawm, si bien es cierto que las comunicaciones y la tecnología siguen haciendo lo suyo para “achicar” el mundo y acercarnos; no es menos cierto que el mismo mundo se revela inconmensurable y los aviones, pesados y lerdos, cuando de atravesarlo con suma urgencia se trata.

    En esta carrera-estilo-de-vida, se acostumbra uno a estar lejos y, en consecuencia, a estar ausente de celebraciones familiares: de llegadas y partidas; de matrimonios y separaciones, de alumbramientos y funerales.

    En estos 20 años, el servicio exterior, o, si se prefiere, el destino, me ha conducido por cinco paraderos, además de México: Tucson, Arizona, en el sudoeste estadunidense; Santiago de Chile en el Cono Sur; Berlín, Alemania; Wellington, Nueva Zelandia (fin ¿o inicio? del mundo), y mi actual morada: Brasilia, extremo oriente de América Latina.

    Mudarse es reinventarse, sin duda. No sólo es, muchas veces, aprender un idioma nuevo, es saber descifrar los códigos culturales; aprender, por ejemplo, cuánto tiempo se considera aceptable ver a alguien a los ojos, sin que se vuelva rudo o se malinterprete.

    Toda historia de cada miembro del SEM es diferente, desde luego. Pues a cada cual nos toca una partida diferente de cartas y, además, recordando a Ortega y Gasset, uno es uno y sus circunstancias.

    Era un 15 de septiembre. Nos juntaron a los 25 flamantes integrantes del servicio exterior. Nos sentaron en torno de una mesa larga, en cuya cabecera se colocaron las autoridades de la Cancillería, y, frente a éstas, dos peceras de vidrio. Una contenía pequeños pedazos de papel con las iniciales de nuestros apellidos; la otra, los nombres de las adscripciones o destinos que nos estaban reservados. La única regla: no se podía hacer intercambios. Uno a uno fuimos pasando, siguiendo el sorteo de las letras, para elegir el papel de 10 x 10cm que determinaría nuestro destino. “Tucson” decía el mío. Muchos años cargué en mi billetera el mentado papelito —después arrugado y amarillento— por si la gente a la que le contaba no me creía. Recuerdo que fui de los primeros en elegir su suerte.

    Y pensar que ese instante marcó mi camino para siempre, que de haber elegido el papel de al lado, hubiera terminado en la India, en Sudáfrica o en Shanghái, y todo habría tomado un giro diferente. No habría encontrado a mi esposa, Deya, ni mis hijos existirían. En su lugar, otra esposa quizá, otros hijos alegrarían mis días; un mapa distinto habría tomado forma, otra sincronía.

    En estos largos años se me ha vuelto una costumbre buscar conexiones, identificar patrones en los destinos, intentando con ello develar una posible trama, un sentido (¿o un llamado?) a ese caprichoso reparto de cartas: trazando rutas y superponiendo un país sobre otro en el mapamundi (por un tiempo, estábamos convencidos de que seguíamos la ruta sísmica); buscando armar palabras imposibles con las iniciales de las ciudades o de los países.

    Me agradan sobre todo los nexos menos evidentes: por ejemplo, cuando nos mudamos de Nueva Zelandia a Brasil, más allá de la obviedad de que ambos están en el hemisferio sur (al igual que Chile), y que de hecho están casi en las antípodas el uno del otro, no parecía haber demasiados puntos de encuentro, hasta que reparé en sus banderas. Brasil y Nueva Zelandia no comparten el Océano Pacífico —como sí México, Chile y Nueva Zelandia—, pero comparten el cielo y el manto estelar, y más aun, el lugar prominente que ocupa la Cruz del Sur, por su importancia astronómica y para la cosmogonía de sus pueblos originarios.

    La memoria, ese refugio de identidad, no se circunscribe, desde luego, a lo episódico o anecdótico. Uno recuerda con todos los sentidos: hace apenas unos días, de camino a la escuela, mi hija Bárbara mencionó que aún se acordaba del himno de Nueva Zelandia en te reo maorí. Lo busqué y se lo puse. Y sí, sorprendentemente ahí estaban almacenadas, esperando a ser invocadas, las palabras, la fonética enrevesada de esa lengua polinésica.

    En mi cabeza se entremezclan los atardeceres rojo encendido en Santiago con la cordillera de Los Andes nevada de trasfondo, y la imagen del sol dorado y aún cálido cuando emprendía su descenso por las montañas Santa Catalina en Tucson. Recuerdo con todo el cuerpo mi primera nevada en Berlín, y sé que nunca seré capaz de borrar de mi memoria olfativa la primera visita al médico forense en el condado de Pima, cuando tuve que participar en las labores de reconocimiento del cadáver de un migrante transfronterizo.

    Recuerdo las vistas de la bahía de Wellington al amanecer, el verdor vaporoso de sus helechos y el rumor incesante del viento; sus pájaros multicolores y sus variados cantos. Evoco el aroma de las marraquetas recién salidas del horno que inundaba las calles de nuestro barrio en Santiago; la tibia placidez de una cerveza de trigo bien fría en el biergarten de un verano berlinés.

    Me asaltan, en las plazas nuevas y recorridas de las ciudades que temporariamente se vuelven mi hogar, los rostros de personas que poblaron otros tiempos, otras calles, otras ciudades y charcos.

    La única regla del viaje es, según Anne Carson, no volver como te fuiste. Adivino esa mañana en que será mi turno volver de esta travesía, con la frente marchita, sí; con montañas a cuestas, también. Retornar al origen, a la infancia, al primer amor.

    Llegado a la mitad de la ruta, me redescubro en este flujo constante, en este devenir en perpetuo movimiento y evolución. Heme aquí, empeñado aún en revelar los sentidos posibles de mi experiencia de viaje en esta carrera-estilo-de-vida; recomponiendo viejas tramas, evocando el pasado con la mirada hacia un futuro aún por nacer.[ C ]

  • José Watanabe: el poeta de la palabra

    José Watanabe: el poeta de la palabra

    José Watanabe (1945-2007) fue un destacado poeta peruano que formó parte de la Generación del 70, al igual que Antonio Cisneros, Abelardo Sánchez León, Rodolfo Hinostroza, Enrique Verástegui y otros poetas que se reunían en torno a Hora Zero o Estación Reunida. Aunque él mantuvo cierta distancia de los postulados poéticos sobre todo de los primeros respecto al poder de cambio social de la literatura, sintió la efervescencia política que se vivía en el Perú en la década del setenta. En una entrevista declaró que: “Nosotros no teníamos ese sentimiento de decepción o quietismo, pensábamos que el cambio estaba, por decirlo de alguna manera, a la vuelta de la esquina”[1].

    Nació en Laredo (La Libertad) en 1946. Estudió arquitectura, pero no concluyó la carrera y se dedicó más bien a la poesía, al cine, al teatro y a la literatura infantil. En 1970 junto a Antonio Cillóniz ganó el concurso “El Poeta Joven” con su poemario Álbum de familia (1971). A éste le siguieron El huso de la palabra (1989), Historia natural (1994), Cosas del cuerpo (1999), El guardián del hielo (2000), Habitó entre nosotros (2002), La piedra alada (2005), Banderas detrás de la niebla (2006).

    En 2002, obtuvo el Premio José Lezama Lima, de Casa de las Américas con su poemario El guardián del hielo, antología publicada por la editorial Norma, con la selección de la poeta colombiana Piedad Bonnett, lo cual le permitió que se convirtiera en uno de los autores más leídos no sólo en el mundo hispano hablante, sino también inglés, aunque ya sus poemas habían sido traducidos anteriormente a ese idioma con el título Path through the canefields (1997).

    El guardián del hielo reúne una selección de poemas provenientes de cuatro libros publicados a lo largo de casi treinta años. En primer lugar aparecen los textos de Álbum de familia, del cual el poeta en un testimonio dijo que lo había escrito cuando vino a estudiar a Lima: “Son poemas que tienen que ver con un joven que viene de provincia y se siente algo desorientado en una ciudad tan caótica”[2]. Lo que caracteriza a estos poemas es el vitalismo, los versos largos y el intento de captar el ritmo acelerado de la vida urbana [3].

    El segundo poemario incluido en el libro El guardián del hielo es El huso de la palabra. El poeta en otro testimonio declaró: “Mi preocupación era la palabra misma no el tema. Quería consolidar de alguna manera un estilo de palabra muy apretada, muy concisa, muy especial”[4]. Aquí Watanabe empleó versos más cortos y de un ritmo más sosegado, asimismo más símbolos e imágenes. La temática se centra en la naturaleza y la infancia perdida.

    Luego viene Historia natural. El poeta sostiene: “Lo que quería  hacer con Historia Natural es una filosofía muy simple pero muy válida, que yo aprendí de niño: La vida es física, no es intelectual (…) Por otro lado, fue un poemario que aspiraba a ciertas fábulas con animales. De alguna manera, la parábola es una forma de conocimiento y allí aplicaba la técnica del Haiku: es decir las cosas que he visto, pero con cierta complicidad para que se entienda otro nivel debajo de lo dicho”[5]. En este poemario los elementos formales se han depurado más, y la temática se va centrando en la fugacidad de la vida humana, opuesta a la renovación de los ciclos naturales.

    Finalmente, el cuarto libro incluido, Cosas del cuerpo, es ya una muestra de la depuración literaria completa. El poeta sobre este poemario dijo: “Allí fui más claro al decir que lo físico es lo que importa. De alguna manera, planteo que el cuerpo es nuestra única patria, la única posesión real que tenemos[6]. Aquí la maduración personal y artística del autor le permite armonizar los elementos retóricos y estilísticos con sus propias reflexiones, llegando a fusionarlos en una poética centrada en el cuerpo y su materialidad elemental. En este libro está incluido el poema que da título al poemario El guardián del hielo.[7]

    La poesía de José Watanabe tiene varias fuentes. Una de ellas es el haiku, cuyo misticismo y sabiduría oriental le permite penetrar profundamente en la realidad, en la naturaleza y alcanzar una plena comunicación con ella. Si bien sus poemas no son haikus, poseen un efecto similar. Algunos críticos mas bien ven en ellos parábolas, de ahí que cultive la narratividad en el poema.  El mismo poeta declaró: “Yo intento caminar y ver. A veces me tomo algunas licencias, como montar una escenografía, pero en esencia cuento lo que veo.[8] Para Watanabe, la parábola es la elevación de la anécdota al conocimiento.

    Los tres ejes de su poesía son la experiencia familiar, el cuerpo y la naturaleza. La experiencia familiar proviene básicamente de Laredo, su lugar natal. Ahí su padre, un inmigrante japonés, le traducía los haikus. Watanabe afirma: “Laredo es la única patria que he tenido, el resto de lugares son sólo lugares de paso… Ese Laredo que vive en mi corazón o en mi imaginación, es el único lugar donde me siento realmente bien.”[9] Laredo es la escenografía de gran parte de sus poemas, y eso no significa que sea un poeta nativista, él mismo se consideraba un poeta más o menos naturalista, porque casi siempre escribe lo que ve. Le interesan las imágenes objetivas y da preferencias a elementos naturales como las cuevas, las piedras, los desiertos y los animales, a los cuales los humaniza con su mirada: “Los miro pensando igual cuando miro a una persona.”[10][ C ]


    [1] Alonso Rabí Do Carmo, http://www.educared.edu.pe/estudiantes/literatura/watanabe2.htm#10)

    [2] Enrique Planas, en Caretas, Nro. 1626, 2005.

    [3] Javier Agreda, http://es.geocities.com/agreda5/literatura/watanabe.html

    [4] Enrique Planas, idem.

    [5] Javier Agreda, idem.

    [6] Enrique Planas, idem.

    [7] Javier Agreda, idem.

    [8] Alonso Rabí Do Carmo: http://www.educared.edu.pe/estudiantes/literatura/watanabe2.htm#10

    [9] idem.

    [10] Pedro Escribano, en La República, 18-12-2006.

  • La Épica de los Reyes Persas, una historia de continuidad

    La Épica de los Reyes Persas, una historia de continuidad

    Tengo ante mí mirada un ejemplar del Shahnameh, The Epic of the Persians Kings de Ferdowsi, en una edición reciente de 2017, ilustrada y diseñada por Hamid Rahmanian y traducida por Ahmad Sadri. El Dr. Brenden W. Benjamin de la Universidad de St Andrews generosamente me lo compartió y con ello, el acceso directo a uno de los libros fundacionales de la historia y la literatura universales.

    Entre los atributos de esta obra está la continuidad y prevalencia que dio al idioma persa, el llamado persa medio, mismo que al momento de su escritura vivía la inmensa presión de la dominante árabe de la islamización iniciada en el siglo VII de nuestra era. El autor, Ferdowsi dedicó al menos treinta años a la escritura de Shahnameh, algunas fuentes consideran hasta cuarenta los años dedicados a su obra. Y los seguidores de su obra elaborarían escritos en el mismo estilo durante varios siglos más, cada uno en gran medida atendiendo al prestigio del gobernante en turno y adornando este con el modo literario y de ilustración del Libro de los Reyes persas.

    Abolqasem Mansour bin Hassan Tusi, nació en 940 en Tus en la región de Jorasán, en el noroeste del actual Irán, durante el imperio Samanida. Poeta conocido como Ferdowsi, es el autor del Libro de los Reyes o Shahnameh, libro fundamental de la identidad persa y sustancial para la continuidad de ese idioma en medio de la islamización de toda una región del mundo y que en la historia de Irán ha dado sustento a la concepción de una continuidad dinástica histórica que se remonta a dos o tres mil años antes de nuestra era y llega hasta la derrota persa a manos de los árabes en el siglo VII.

    La historia de Persia reflejada en este escrito de sesenta mil versos, tiene a la fecha influencia y es referencia para toda una cultura. Para Reza Shah, padre del depuesto Reza Phalevi, referir a Ferdowsi fue sustancial para la identidad constitucional con la que procuró consolidar su régimen en los años treinta del siglo pasado. A la fecha, aun bajo un régimen autocrático como el de los ayatollah, el poeta sigue siendo un referente de la lengua persa. En gran medida aquella enorme celebración en octubre de 1971, convocada por Reza Pahlavi en Persépolis para conmemorar los dos mil quinientos años del Imperio Persa, sostenía en los versos de Ferdowsi su mitología de continuidad imperial pero, sobre todo, de identidad nacional.

     Se trata pues, de una obra con diversos significados; ya sea como referente histórico, como identidad nacional o como elogio al poderoso de acuerdo a la ocasión. Mayormente lo que esta obra significa es la salvaguarda del idioma persa y ello en medio de un proceso de arabización que en muy pocos años de había superpuesto a la pugna entre Bizancio y Persia.

    El Shahnameh fue escrito hacia el final del siglo IX de nuestra era, en una región ya dominada por los árabes en su proceso de expansión; para entonces había ya sucedido la revolución abbassida que traslado la capital del Islam de Damasco a Bagdad y que abrió a la igualdad a la totalidad de los habitantes de las regiones conquistadas a cambio de su conversión. Este proceso aceleró la expansión del califato y por tanto sumó culturas y leguajes diversos; en el caso de Persia convivían diversas versiones linguisticas y ciertamente el aprendizaje del árabe encontró resistencia. En la medida en la que la lectura en árabe del Corán dejó de ser obligatoria y se permitió el uso de los lenguajes locales, las expresiones orales persistieron. El trabajo de Ferdowsi sumó precisamente tradiciones orales y su creación poética en la versión denominada “persa medio”, un idioma de amplia expresión tanto verbal como escrita y ello dio a su libro una relevancia especial. De hecho, se considera que el propio idioma persa persistió históricamente por la sólida estructura y léxico del Shahnameh, convirtiéndose así en el libro fundacional de la lengua persa, algo que podemos encontrar en la obra de Cervantes para el español o de Shakespeare para el inglés, entre otros ejemplos.

    Ferdowsi mismo cierra sus narraciones con este verso:

    Magníficos edificios decaen por el paso del tiempo

    Y la exposición a los elementos arruina incluso una casa de piedra

    Pero el edificio poético que he construido en rima

    Deberá resistir al contagio de la lluvia y el sol.

    Por tres décadas he así sufrido para restaurar

    Esta lengua persa y ahora mi trabajo está hecho.

    El Islam surgido en la ciudades de Medina y Meca en la península arábiga, logró una impresionante   expansión territorial y cultural en poco años a partir de la hégira de Mahoma, en el 622 de nuestra era (y año uno para el Islam). Con los denominado “califas bien dirigidos” que dirigieron a los musulmanes luego de la muerte del Profeta en 632 y hasta el 661, la religión dominó la península mediante el control de las diversas tribus beduinas como los Tayy, los Ghatafan, Fezara, Hawazin, los Thaqif y los Béni Asad; todos las cuales se insurreccionaron a la muerte de Mahoma y llevaron por un momento a la casi desaparición de la recién nacida religión monoteísta en una tierra sembrada de creencias politeístas. El establecimiento de la dinastía Omeyya de Damasco cambiaría radicalmente el carácter beduino del Islam y en coincidencia con varias décadas de enfrentamientos territoriales entre los imperios Bizantino y Sasánida, el Islam irrumpió como una fuerza militar, religiosa y cultural que llevaría en tan sólo 20 años (632 a 651) a dominar todo el imperio sasánida y la mitad de Bizancio. El califato Omeyya que dirigió la expansión hasta 750, impuso la islamización de las regiones conquistadas, haciendo del árabe la lingua franca de esas tierras. Como el judaísmo y el cristianismo, sustentaron la opción monoteísta en un libro religioso, en este caso el Corán, mismo que a semejanza de otras religiones, parte de la recopilación verbal de las enseñanzas, en este caso de Mahoma, para construir una versión escrita considerada como sagrada. En ese momento el crecimiento de la religión musulmana se daba en función de los triunfos guerreros y los Omeyya establecieron una clara división entre “los primeros” conversos y los sucesivos, así mismo extendieron el provecho de la conquista a los conversos árabes, pero no a los de otras etnias; es decir, no era suficiente la conversión para gozar a plenitud de las ventajas del triunfador Islam. Esto cambiaria en 750 con la denominada “Revolución Abbassida”, que al eliminar esa diferencia sumó tanto tierras como poblaciones a un imperio que ya se extendía por sobre todo el norte de África y la mayor parte de la actual España, así como Asia Menor y Asia Central. Al final de la dinastía Abbassida en el 945, el árabe se había convertida en la legua principal del enorme imperio, en el idioma de la ciencia, la literatura e incluso de la salvaguarda de buena parte del conocimiento universal al traducir al mismo numerosas obras provenientes de otras culturas, ,más al mismo tiempo, en cada región permaneció la huella cultural previa y en regiones como Persia fue su idioma el dominante aunque en muchos de los negocios de gobierno el árabe fuese utilizado.

    En el contexto dominante de la arabización el trabajo de Ferdowsi resalta aún más pues al escribir su extenso poema en persa, permitió tanto la supervivencia lingüística del mismo como del propio contexto cultural persa. Un aspecto destacable resulta la vinculación que el autor logra entre la cultura pre islámica en Irán y la resultante de la irrupción del Islam en la región. La continuidad histórica que presenta da certeza a la continuidad del complejo cultural persa que sería luego elemento para la argumentación de continuidad dinástica en otros períodos al alegarse pertenencia al Shahnameh, por parte de reyes posteriores a la narración de Ferdowsi.

    A lo largo de la obra, el autor combina la narración de hechos históricos que destacan especialmente tanto las hazañas como las derrotas bélicas; no ahorra referirse a las debilidades humanas de los reyes y su entorno y la frecuente admonición hacia el cielo es mensaje de humildad ante elementos más poderosos en la forma de dioses o de elementos de la naturaleza que se superponen a la voluntad del monarca. Los versos al principio o al final de cada suceso tiene un cierto sentido de consejo sin necesariamente llegar a ser preceptos morales pero si de resignación ante lo sucedido. Por ejemplo, cercano a su muerte el rey Kay Obad retirado en su palacio de invierno en Fars, luego de muchos años de gobernar –un siglo entero según Ferdowsi–, ante la cercanía de su muerte llama a su lado a su hijo primogénito, Kay Kavous, para aconsejarle ser justo y generoso:

    “… Si gobiernas con justicia serás recompensado en este mundo y en el siguiente. Si desenvainas la espada de la injusticia, serás muerto por ella. “

    Con estas palabras el rey intercambió su palacio por un arcón de madera.

    Un féretro se convirtió en su casa cuando dejó este mundo atrás.

    Venimos del polvo y es ahí en donde el destino nos pone a descansar.

    La sucesión de aventuras que narra Ferdowsi, destacan la vulnerabilidad de los gobernantes a los consejos interesados de toda clase de interlocutores, demonios disfrazados de músicos, asesores corruptos y es bastante más la lealtad de unos cuantos y las señales divinas las que permiten reencausar el mal camino. Aún entre reyes exitosos la tentación de la ambición y la gloria parecen ser amenaza latente. Por ello tal vez, los reyes benévolos y justos tienen reinados largos en tanto que aquellos que no tienen límite a sus deseos arrastran a la nación persa a campañas inútiles y derrotas relevantes. En ese sentido el autor se presenta desde la discreción como un consejero pulcro y desinteresado lo que le permite ser narrador autorizado de la sucesión dinástica de Irán.

    El Shahnameh es tanto fuente histórica como literaria, destaca su importancia como pilar de la lengua persa, pero también ilustra la fortaleza de un imperio que aún derrotado e islamizado, conservó su identidad propia, influyó notablemente en formas más incluyentes de expansión religiosa, como la muestra la continuidad de diversas religiones en su propio territorio. La literatura mogol, sus ilustraciones y poemas se entienden en buena medida por la influencia de la obra de Ferdowsi; tal vez por su propia vida cercana a la Transoxania y que, en medio de las rutas comerciales que llevaron al Islam y trajeron mercancías, el Shahnameh y su influencia viajaron con facilidad hacia los confines del Islam. Incluso la naturalidad indígena del Islam en las lejanas tierras del Asia Pacífico se explica mucho más por la influencia persa que por la virulencia árabe de los Ommeyyas o los Abbassidas como lo refiere Ibn Battutta en su obra A través del Islam.

    Sea esta una invitación a sumar a nuestras lecturas la épica de los Reyes Persas, en ese rincón de nuestra biblioteca que contiene ya los tesoros helénicos, latinos, ibéricos y europeos. [ C ]

  • El pensamiento económico: del legado a la praxis

    El pensamiento económico: del legado a la praxis

    «Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable». Adam Smith

    La riqueza del pensamiento

    Hace 250 años Adam Smith expuso con notoria brillantez los argumentos que a su juicio explican la generación de la riqueza en un sistema económico. Las ideas centrales de su análisis residen en la división y en la productividad el trabajo, así como en la propagación del mercado, que son detonadores de la producción y, por ende, generadores de riqueza.

    A diferencia de lo que algunos economistas divulgan respecto a la teoría clásica de Smith -énfasis en el libre mercado y la mínima intervención del Estado- otros autores leen una ponderación del rol del Estado en la economía y la importancia del interés público (bien común).

    En este sentido, el Estado resulta determinante para garantizar un marco institucional propicio para el desarrollo de la industria y el comercio en condiciones de justicia y seguridad. Por otra parte, el Estado se encarga de una función primordial y estratégica en la actividad económica, cuando decide invertir recursos en áreas de oportunidad que no resultan de inicio rentables para los emprendedores privados. 

    La Riqueza de las Naciones de Adam Smith es una magna obra de suma relevancia en la construcción de la ciencia económica. La teoría económica clásica contiene las bases del modelo que sistematiza los conceptos centrales y permite una explicación articulada y consistente del sistema económico.

    El modelo teórico de Adam Smith sienta los fundamentos en los que se desarrolla el pensamiento económico: la crítica del sistema capitalista sustentada en el marxismo y la teoría neoclásica marginalista que aboga por el libre mercado.

    En ese sentido, la teoría económica clásica es el marco de las escuelas del pensamiento económico. Así, la pertinencia de referirse a los pensadores de la antigüedad; los mercantilistas; los fisiócratas; los economistas clásicos; el marxismo; la escuela neoclásica marginalista; el keynesianismo; el post keynesianismo; el monetarismo, y la teoría del desarrollo económico, principalmente.

    La ciencia económica, a diferencia de otras disciplinas, no está constituida por un cuerpo teórico único que explique la totalidad de sus problemas, es decir, su objeto de estudio en general. A diferencia de las ciencias “duras”, la generación del conocimiento en la Economía no es acumulativa.

    En ese sentido, resulta importante estudiar a los economistas de épocas anteriores ya que sus teorías no necesariamente están invalidadas. Sus trabajos indagan sobre los problemas y objetos de estudio pertinentes en su momento histórico y sus afirmaciones resultan pertinentes en la discusión de los fenómenos actuales.

    El contexto histórico y el nivel de desarrollo es fundamental para comprender las políticas económicas. Al respecto, es paradigmático el caso de los países latinoamericanos donde surgió una teoría estructuralista del desarrollo. Con ello es clara la impertinencia de repetir automáticamente las fórmulas que se derivan de las teorías surgidas en los centros académicos de los países industrializados y la necesidad de discutirse las opciones desde la perspectiva del pensamiento crítico. 

    El pensamiento enriquecido

    En México, una de las figuras más sobresalientes en el marco del pensamiento económico fue Don Jesús Silva Herzog, un librepensador potosino, artífice de la expropiación petrolera en el mandato cardenista, funcionario público probo, economista destacado, con una extensa y prolífica carrera académica.

    Su ideario incluía la visión de la ciencia económica como una disciplina en esencia social, apoyada en suficientes recursos técnicos como la matemática y la estadística, pero sin perder de vista su objeto central: la complejidad del ser humano y la prioridad del bien común.

    La “Economía es una ciencia social que estudia cómo se producen y distribuyen los bienes materiales y cómo debieran producirse y distribuirse; […] su objeto no es la riqueza por la riqueza misma, sino un medio para mejorar al hombre en todos los aspectos esenciales de su existencia individual y colectiva.” 

    Silva Herzog suscribió con énfasis la tesis relativa al valor de las contribuciones de los economistas en el pasado, cuyas teorías respondieron a la realidad objetiva de su tiempo y circunstancias.

    Asimismo, con prudente reserva, postuló que, ante las diferencias de desarrollo económico entre las naciones, se impone analizar con espíritu crítico los planteamientos teóricos, ya que muchas veces se suscriben y se adoptan como políticas económicas infalibles en los países menos industrializados.

    A su juicio, el perfil de un buen economista incluye el manejo solvente de las herramientas técnicas, sin perder el enfoque en las preocupaciones sociales y en el pensamiento libre y abierto que fomente la capacidad constructiva y creadora. 

    Puntilloso sentenció:

    “[…] no es lo mismo reconocer que las matemáticas son herramientas útiles y aun necesarias al economista, que sostener que la Economía es una ciencia matemática porque se ocupa de cantidades. […] no hay que ver el paisaje por una estrecha claraboya, porque será fragmentario y engañoso, sino por amplios ventanales abiertos a todos los rumbos.” 

    Silva Herzog fue un pionero en los estudios y la investigación económica en México Su extenso y profundo legado resuena en las conciencias de las generaciones actuales. Su ideario ha inspirado a muchas generaciones de jóvenes economistas, quienes al influjo de sus ideas se han iniciado en los derroteros del pensamiento económico y la práctica profesional de la apasionante Economía.

    “Hace algo más de 40 años que camino por el terreno movedizo y sinuoso de las ciencias sociales: estudios económicos, sociológicos, geográficos e históricos. Mi preferencia ha sido la economía política.” 

    El enriquecimiento del conocimiento 

    En la década de los años sesenta, en pleno auge del desarrollo estabilizador, fue fundada la Facultad de Economía de la Universidad Veracruzana por iniciativa de Roberto Bravo Garzón, quien posteriormente fungiría como Rector de esta institución educativa.

    La importancia y trascendencia de la actividad económica en el país y en la región tornaron indispensable que la educación superior se ocupara de los problemas y fenómenos económicos desde una perspectiva académica que incluyera y vinculara la docencia y la investigación. Años después, agotado el impulso del milagro mexicano, el país conocería los estragos atribuibles a la falta de crecimiento económico.

    Durante la segunda mitad de la década de los setenta, la amenaza de crisis económica ensombrecía el horizonte nacional y repercutía en los claustros de la educación superior, donde los académicos se esforzaban por analizar y explicar los fenómenos emergentes que sacudían la estructura económica del país.

    Justo entonces, a tono con el panorama dominante, en la Facultad de Economía decidieron transformar el plan de estudios de la carrera, de forma tal que respondiera a las nuevas condiciones que predominaban en la economía nacional. Las nuevas generaciones de economistas deberían contar con las herramientas y la formación académica que exigían los nuevos tiempos.

    Esta circunstancia coincidió con la llegada al país, en este caso concretamente a la ciudad de Xalapa, de un grupo de exiliados políticos que huían de la feroz represión desatada en Argentina por la Junta Militar. Se trataba de profesores universitarios formados en economía, matemáticas y estadística, quienes se incorporaron a la facultad. 

    Sin duda fue trascendente la contribución de un destacado grupo de profesores universitarios procedentes del cono sur, quienes se sumaron con entusiasmo al fortalecimiento del plan de estudios, impulsaron la pluralidad de sus contenidos y ejercieron la cátedra con apertura y rigor académico.

    En estos años, en nuestra facultad era notoria la necesidad de fortalecer el proyecto de Bravo Garzón. Ya era imperativa una transformación profunda del plan de estudios y reconstruirlo desde una visión cimentada en las diferentes escuelas del pensamiento económico. Lo fundamental era trascender el modelo de estudio vigente y transitar de las recetas de manual al estudio concienzudo y crítico de las fuentes originales de la teoría económica. Como existió la apertura suficiente para respaldar e impulsar estas ideas, se arribo a un nuevo modelo con la participación de todo el cuerpo académico.

    Muchos nos beneficiamos, directa e indirectamente, de esta contribución académica. Hoy, con motivo del 60 aniversario de la Facultad de Economía, es justo reconocer el genuino aporte de esta comunidad, su significativo esfuerzo en pro del fortalecimiento académico, que reivindicó la importancia de las escuelas de pensamiento económico y la necesidad de abrevar directamente en las fuentes originales.

    Un proceso significativo que importa recordar en el marco de los 250 años de la publicación de la imprescindible obra de Adam Smith, padre de la Economía.[ C ]

  • Revista ECO, entre Colombia y Alemania

    Revista ECO, entre Colombia y Alemania

    La revista Eco, publicada durante 24 años por la librería Buchholz de Bogotá, es un claro ejemplo de que la diplomacia cultural puede intensificar y apoyar la creación de instrumentos de diálogo entre públicos muy distantes. En este caso, entre el campo cultural alemán y los lectores en español.

    No tengo duda alguna en calificar a Eco. Revista de la cultura de Occidente (1960-1984), como la publicación periódica germanófila más importante que se haya editado en América Latina a lo largo del siglo XX, y la que con mayor intensidad y amplitud dio a conocer a los creadores más decisivos del campo cultural alemán de la II posguerra entre las lectoras y los lectores de nuestra lengua. No se trató de una de las tantas gacetas, semanarios, suplementos, diarios o boletines publicados en alemán con fines propagandísticos o publicitarios, que abundaron en Argentina, Brasil e incluso Chile, sino de una verdadera plataforma para la difusión de la crítica cultural y de las artes, el ensayo, la narrativa, la poesía y la varia invención provenientes de Alemania, Austria y Suiza, así como de la Bohemia germanófona, y que fue integrando paulatinamente a muy diversas y destacadas firmas de Europa central y Occidental. Hay un antes y un después de Eco, y nunca terminaremos de agradecer que su aparición haya contribuido al diálogo cultural entre continentes de una manera deslumbrante.

    La revista nació en un lugar privilegiado: la librería y galería Buchholz, imponente torre de ocho pisos localizada en la Avenida Jiménez 8-40, de Bogotá, donde era posible comprar libros y publicaciones periódicas en español, alemán, francés, italiano, además de discos de música clásica. En el tercer piso se localizaba la galería, y era uno de los espacios culturales más importantes de la capital colombiana.

    En el célebre edificio Camacho de la calle Jiménez (al centro, en la foto),estaba la librería y galería Buchholz, de Bogotá.
    Librería y galería Buchholz de Bogotá (centro de la foto) en el célebre edificio Camacho de la calle Jiménez .

    Su dueño fue uno de los empresarios alemanes asentados en Colombia más exitosos de todo el siglo XX: Karl Buchholz (1901-1992), librero, coleccionista, galerista y marchante de arte, con un pasado no libre de sospecha, pues desde 2013 se le viene señalando como uno de los posibles intermediarios para la adquisición forzada e ilícita del así llamado “arte degenerado” alemán de manos de sus propietarios legales. Las suspicacias se intensificaron, sobre todo, al revelarse su vínculo con Hildebrand Gürlitt, uno de los más connotados traficantes de arte clásico y moderno involucrado con el III Reich. De cualquier manera, es irrefutable que Buchholz tuvo que salir de Alemania en 1943. Como lo afirma una crónica publicada por el portal de periodismo de investigación www.connectas.org, “alegando ser un refugiado y con el argumento de que su abuela era judía, Buchholz huyó a Portugal, donde fundó la galería y librería New German Bookshop, en sociedad con el portugués Henrique Lehrfeld […] En ese local se vendían libros, pinturas y esculturas traídas de Alemania a precios muy altos. Según los reportes desclasificados, en Portugal el arte robado por los nazis se escondía principalmente en dos lugares: la embajada alemana en Lisboa, donde se construyó una enorme caja fuerte para ello, y la librería y galería de Buchholz y Lehrfeld, ubicada en el número 50 de la Avenida da Liberdade.”

    Karl Buchholz y su hijo Albert. Foto de Hernán Díaz.

    Siete años más tarde, el librero recaló en Bogotá. Sin duda llegó con el capital suficiente, producto de sus años como comerciante de arte, para hacerse de un local tan espectacular como el del edificio Camacho, ubicado entre la Avenida antes mencionada y una vialidad peatonal. El establecimiento era algo completamente fuera de serie para una capital que comenzaba a entrar en la modernidad aún con cierta morosidad. Tener un foro así le cambió la vida a la élite intelectual, a la academia, al estudiantado y al medio artístico de Bogotá.

    La librería Buchholz en su esplendor, con 7 pisos de exhibidores y estanterías y una galería de arte

    El negocio tuvo tanto éxito que pronto tuvo otras sucursales: la primera en la calle 59 No. 13-13, a cargo de Albert Buchholz, el hijo mayor de “Don Carlos”; otra, en la carrera 7 no. 27-68, en el Centro internacional, justo frente al hotel Tequendama; y otra más, en la carrera 15 con calle 104 la cual cerró sus puertas en 1996. Era inevitable que la casa matriz de la Librería Buchcholz se impusiera como foro para la creación de un gusto nuevo, vigoroso y abierto a las nuevas tendencias del arte, el pensamiento y la acción cultural en Colombia.

    En 1960, uno de los momentos más álgidos de la Guerra Fría, Karl Buchholz emprendió un proyecto inédito para él, pues nunca se había ocupado directamente de la producción de impresos, más allá de la elaboración de catálogos, carteles y programas de mano para sus exposiciones: la edición de una revista, con periodicidad pretendidamente mensual, que aspiró desde su primer número a ser un observatorio de fenómenos culturales. Tres fueron los iniciadores de tal aventura, que serviría como órgano de difusión del Instituto Cultural Colombo-Alemán de Bogotá: el aristócrata Hasso Freiherr von Maltzan; el físico-matemático Hans Herkrath (quien llegó a ser Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia) y Antonio de Zubiarre, eminente traductor del alemán, que traspuso al español a una innumerable cantidad de autores, de Heinrich von Kleist a Friedrich Georg Jünger, y quien fue el que propuso el título de la revista, pues la pensaba como el espacio donde tendría que resonar el eco de la época.

    Ante tal propuesta, Buchholz hizo dos cosas. Primero, concentró a su alrededor a un núcleo de intelectuales y artistas formado por  Rafael Carrillo, Ernesto Guhl, Danilo Cruz Vélez, Werner Reichenbaum, Wilhelm SIegler, Carlos Patiño Rosselli y Ernesto Volkening, entre otros. Y, segundo, argumentó que la revista, más que ser órgano del Instituto arriba citado, “debería abrirse al amplio horizonte dentro del cual Hispanoamérica se abrazara con Europa para afirmar la conciencia de su pertenencia al ambiente de lo europeo universal”, como evocó muchos años después Carlos B. Gutiérrez, filósofo colombiano que fuera durante varios decenios profesor de la Universidad Nacional de Los Andes.

    No obstante, Buchholz operó una muy calculada gestión ante una de las entidades oficiales de la República Federal Alemana (RFA) que, por aquel entonces, aportaba recursos para la diplomacia pública y cultural de su país, Inter Nationes, fundada en 1952 para implementar la política cultural exterior como organización intermediaria central. Su objetivo era mejorar la reputación de la RFA en el extranjero después de la Segunda Guerra Mundial mediante el intercambio cultural y promover oportunidades educativas e informativas, firmemente enmarcadas en la política exterior germana. Vale decir, hacer de la multiplicación cultural un instrumento para generar imagen-país y poder suave.

    Aunque el apoyo recibido por Eco desde Inter Nationes se limitó a la adquisición de ejemplares de la revista para las Embajadas alemanas en los países de lengua hispana, el hecho de haber recibido el beneplácito oficial de un organismo de esa magnitud le confirió a la publicación una enorme aceptabilidad en el medio cultural, diplomático y político nacional y le aseguró un canal de difusión que le dio visibilidad en toda América Latina. Eco apareció así como una fortísima competencia a otras revistas sudamericanas de perfil cultural con ambición de universalidad, en especial como alternativa a la revista porteña Sur.

    A lo largo de sus 24 años de existencia, pues se publicó entre junio de 1960 y mayo de 1984, los redactores de Eco fueron Elsa Goerner (1960-1963), Hernando Valencia Goelkel (1963-1967), José María Castellet (1964), Nicolás Suescún (1967-1971), Ernesto Volkening (1971-1972) y Juan Gustavo Cobo Borda (1973-1984). No es posible condensar en un listado mínimo la nómina de colaboradores o firmas incluidas en los 272 números de la revista, pero sería una injusticia no consignar que las principales voces de las letras en alemán aparecieron traducidas muy profusamente en las páginas de esta maravillosa publicación: Franz Kafka, Georg Trakl, Elias Canetti, Karl Kraus, Robert Musil, Hermann Broch, Ilse Aichinger, Marlene Haushofer (ambas, mucho antes de que las conocieran en Europa occidental), Thomas y Golo Mann, Max Frisch, Martin Walser, Peter Weiss, Günter Kunert, Peter Härtling, Hans Magnus Enzensberger, Walter Benjamin, Heinrich Böll, Hans Mayer, Bertolt Brecht, Hanna Arendt, Hermann Hesse, Else Lasker-Schüler y un interminable etcétera. En muchos casos, estas autoras y autores se tradujeron por primera vez a nuestra lengua, antes que en Argentina, España o México.

    Con el paso de los años, la revista fue abriéndose continuamente a las colaboraciones de autores hispanoamericanos y españoles. Por supuesto, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Rafael Gutiérrez Girardot, Roberto H. Moreno Durán, Carlos Rincón, Marta Traba, Guillermo Sucre, Helena Araujo, Alba Lucía Ángel, Marvel Moreno, Fernando Charry Lara y muchos más de los grandes autores colombianos fueron colaboradores habituales de sus páginas. De hecho, en Eco se publicó el primer adelanto de Cien años de soledad y ahí le dedicaron su primera reseña. Asimismo, García Márquez mandaba colaboraciones con bastante frecuencia.

    Finalmente, debo apuntar que Eco tuvo una relación muy estrecha con México y su sociedad literaria, pues el último de sus redactores, Juan Gustavo Cobo Borda, mantuvo vínculos profundos con muchos de nosotros. Octavio Paz, Jaime García Terrés y José Emilio Pacheco fueron publicados con bastante frecuencia, pero también escritores de otras generaciones, de Sergio Pitol y Francisco Cervantes (muy amigo de Mutis) a Héctor Manjarrez, aparecían periódicamente en sus índices. Es tarea inaplazable realizar un trabajo de búsqueda, recopilación y digitalización de Eco, que a la fecha no se encuentra disponible en ningún repositorio digital del mundo, pues así podremos disfrutar de una de las revistas culturales más fecundas de la historia editorial latinoamericana, y la que más nos aportó para el conocimiento de las literaturas y el pensamiento de expresión alemana en el siglo XX.[ C ]

  • Arabia y su exploradores

    Arabia y su exploradores

    Arabia, entendida como la península más grande del mundo entre el Mar Rojo y el Golfo pérsico ha motivado el interés de exploradores, tanto por razones personales como políticas o de investigación. Aunque hay vestigios de expedicionarios desde tiempos remotos -como Ibn Battuta, quien recorrió el norte de Africa, Asia y la península durante un Rihla (viaje) que se extendió de 1325 a 1354 o el famoso navegante Ahmad ibn Majid (1418-1501), que diseño rutas de navegación para Asia, la costa de África hasta la India y el Mar Rojo – lo cierto es que el registro de periplos similares por este istmo de 3.2 millones de kilómetros cuadrados se incrementó a la par del ocaso del imperio otomano.

    Abordar estos itinerarios es relevante para conocer algunos antecedentes geográficos, históricos y sociales de la región. Además, permite identificar las percepciones de quienes exploraron territorios inhóspitos, con condiciones geográficas extremas y con modelos culturales ajenos a sus idiosincrasias. El resultado es una exhibición de osadía, destreza y, en ciertos casos, de respaldo a ideales o personajes clave en la conformación de las naciones que identificamos en la actualidad en la península.

    La permanencia de una leyenda

    En el imaginario colectivo de Occidente es predominante la reminiscencia a Thomas Edward Lawrence (1888-1935), militar, arqueólogo y escritor británico famoso por su involucramiento en la rebelión árabe contra el imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial. No en vano el clásico filme (1962) de David Lean, en el cual Peter O´Toole es el mítico Lawrence de Arabia, alternando con Omar Sharif, Alec Guinnesss, Anthony Quinn y José Ferrer, es considerado el mejor de todos los tiempos en el Reino Unido.

    Más allá de su trascendencia fílmica, se debe destacar que el guion se sustenta en la vida de T. E. Lawrence y su libro “Siete pilares de la sabiduría” (1926), específicamente a su experiencia en las provincias otomanas de Hejaz y la Gran Siria (Libano, Jordania, Israel y los territorios palestinos, además de Siria actual) durante la Primera Guerra Mundial, en particular sus ataques a Aqaba y Damasco y su participación en el Consejo Nacional Árabe.

    Más allá de estos aspectos político-históricos, que se desarrollan alimón de los intereses de Reino Unido en la región, es importante destacar el conocimiento de T.E. Lawrence de vastas regiones de Oriente Medio antes y después de la primera conflagración mundial, lo cual incluyó características de vastas zonas desérticas y la identificación de rutas seguras y de abastecimiento (oasis, valles, lugares estratégicos), que posteriormente sirvieron para el desarrollo de la guerra de guerrillas que él desarrollo con tribus y beduinos de esas latitudes contra las tropas turcas.

    Adicionalmente, su trabajo en la Oficina Árabe del Cairo y el Fondo de Exploración Palestina favoreció su formación como cartógrafo y como diseñador de rutas férreas, que en la película se aprecian como herramientas estratégicas para las operaciones de los rebeldes árabes.  Otro aspecto adicional fue su adaptación cultural como forma de exploración, lo cual abarcó un conocimiento de dialectos locales y una integración a las costumbres beduinas, como fue el uso de sus vestimentas y la el asumir sus formas de vida.

    Entre la veracidad de sus aportaciones destaca el riesgo de transitar los desiertos Nafud y Wadfi Rum, cercanos al puerto de Áqaba (Jordania), donde las condiciones extremas de calor, escasez de agua y tormentas de arena, obligan a sus habitantes a desarrollar una resistencia física y habilidad de supervivencia.

    Más allá de estos aspectos, T.E. Lawrence, como otros exploradores occidentales, asume su exploración como un recorrido que trasciende lo físico para transportarlo a lo existencial. No hay duda que en “Siete pilares de la sabiduría” se exhibe un recorrido paralelo a lo geográfico. Su viaje interior muestra a un hombre con una dubitación entre el heroísmo, el heroísmo, la culpa y la deshumanización. Los dilemas éticos que conlleva su periplo al final se plasman en una lealtad dual: a los ideales de las fuerzas británicas y a la exaltación de la libertad árabe que atestiguó. No hay duda que este dilema de identidad lo acompañó hasta su muerte.

    Un legado y sus réplicas

    En noviembre de 2024, un grupo de 6 experimentados exploradores, encabezados por Mark Evans, anunciaron el inicio de una expedición similar a la que realizó Bertram Thomas en 1928 por la inhóspita región desértica conocida como Rub Al-Khali (Empy Quarter), localizada al suroriente de Arabia Saudita y colindante con el sultanato de Omán y con la república de Yemen.

    Se trató de un acontecimiento trascendente por dos razones. Primero, por tratarse de la conmemoración del primer viaje realizado por un europeo a esa región y, segundo, por reivindicar un sitio que es mencionado en el Corán y que es representado en el cuento “The Nameless City” de H.P. Lovecraft.

    La expedición emuló a detalle el viaje de Thomas en 1928, realizado durante 42 días y cuya culminación le valió una carta de felicitación por parte del rey Jorge V. Sin embargo, esta ocasión, Evans y su grupo utilizaron vehículos todo terreno, además de camellos, lo cual les permitió ser ubicados en tiempo real, realizar podcasts y grabar entrevistas durante su itinerario para radiodifusoras en Reino Unido.

    Si bien es cierto que otros expedicionarios han emulado la ruta, el mismo Mark Evans lo hizo solo en 2016, lo cierto es que la odisea de Bertram Thomas (1892-1950) en su tiempo no tiene parangón. Este funcionario de la administración pública del Reino Unido (Oficina General de Correos) sirvió en Bélgica durante la I Guerra Mundial y posteriormente, ya como oficial del Regimiento de Infantería, sirvió en Mesopotamia (actual Irak) entre 1916 y 1918.

    La visión de su expedición surgió a partir de 1918, cuando fue asistente político para el Reino Unido en ese país de 1918 a 1922, y posteriormente asistente del representante británico en Transjordania (actual Jordania). El paso decisivo fue en 1924, cuando es nombrado ministro de Finanzas y visir (consejero o asesor) de Taimur bin Feisal, sultán de Omán, cargo que ocupó de 1925 a 1932. En esta función, realizó varias expediciones al desierto y se convirtió en el primer europeo en cruzar el Rub al-Khali en 1928 guiado por beduinos de la tribu Rashid. Thomas relató este viaje en “Arabia Felix” (1932), con prólogo de T.E. Lawrence, detallando la fauna, los habitantes y la cultura de ese sitio.

    Antes de su viaje, Thomas aprendió idiomas y dialectos y estudió religiones y alianzas; fauna, flora, costumbres y antropología antes de su viaje. Como tenía conocimiento de las pugnas y la búsqueda de la paz entre las tribus, realizó primero una marcha tierra adentro, a lo largo de toda la costa, como una especie de práctica para su gran empresa. Finalmente, se escabulló de Mascate y navegó hasta Dhufar, desde donde emprendió su marcha a través del desierto. El año anterior había hecho un pacto con un miembro de la tribu Rashidi, el jeque Sahail, para que estuviera presente y lo guiara. 

    En “Arabia Felix” plasma su conocimiento previo sobre Arabia y aspectos que ya otros habían documentado, pero lo fundamental es el registro de las cosas nuevas, las tradiciones y los hechos que no figuraban en el conocimiento previo de esa región en occidente.

    En su narración esta región de Arabia es la más inhóspita de todas las tierras debido a sus características áridas como la tierra de Moab y a lo agreste de su suelo, como en Harra, cubierta de lava. Además, su idioma es diferente, sus costumbres son más primitivas. El ghrazzu, o expedición de incursión, de Arabia Deserta la denomina gom, y los héroes legendarios de la raza en estas arenas estriadas son los Bani Hillal, una tribu legendaria “cuya fuerza es hercúlea” y cuyo descendiente más capaz era Bu Zaid. 

    Thomas constata que en el Rub al-Khali se encontraba desde antaño la fuente principal de incienso para el antiguo Egipto. Consciente de su característica de pionero, no omitió nada que pudiera anotar. Registró cada ser vivo o planta que pudo observar o recolectar, y realizó observaciones minuciosas con cronómetros y sextante. Así marcó cada pozo de agua y la calidad de su contenido, cada colina, cada duna y cada arena movediza. Incluso registró en notación musical cada canto de los miembros de las tribus.

    El ciclo de vida de Thomas continuó ya fuera de estas coordenadas con la publicación de  su siguiente libro, “Los árabes: la épica historia de un pueblo que ha dejado una profunda huella en el mundo”, y continuó como director del Centro de Estudios Árabes de Oriente Medio en Jerusalén, donde se capacitó en lengua y cultura árabes a los oficiales del ejército británico.

    Vestigios de su odisea incluyen el documental “Crossing the Empty Quarter”, realizada por el presidente de la Sociedad Anglo-Omaní, Richard Muir —ex embajador en Omán— a partir de imágenes grabadas por Thomas durante su viaje y fotografías de la Biblioteca del Instituto Oriental de Cambridge.

    El asesor del Rey

    En la pléyade de exploradores de la península ocupa un lugar singular Harry St. John Bridger Philby (1885-1960), de ascendencia británica y nacido en Ceilán, quien después de ser consejero y oficial de inteligencia del ministerio de Colonias británico renunció a su condición de civil servant y viajó a Yedda, Arabia Saudita, donde se convirtió en asesor del rey Abdulaziz bin Abdul Rahman Al Saud, conocido en occidente como Ibn Saud.

    Su conocimiento de idiomas regionales como el urdu, el persa y el árabe, así como su conversión al islam le permitieron involucrarse con la clase política saudí de entonces y ser por más de dos décadas, hasta el establecimiento de Arabia Saudita en 1952, uno de los asesores más cercanos al soberano saudí. Evidenció el descubrimiento de los principales yacimientos de petróleo en el país y participó en las negociaciones con las empresas petroleras y estadounidenses británicas.

    Su trabajo inicial para el gobierno británico incluyó la rama financiera de la administración británica en Bagdad, aunque de manera implícita también asumió dos misiones: estimular la rebelión árabe contra los turco-otomanos y proteger los campos petroleros de Basora y Shatt al Arab, que eran los que abastecían a la marina real británica.

    Su desempeño sirvió para que fuera enviado como jefe de una misión para entrevistarse con el entonces Sheikh Ibn Saud, que profesaba una corriente religiosa denominada wahabismo, derivada de la rama musulmana del sunismo. Aunque la instrucción que recibió fue otorgar apoyo al opositor político de Ibn Saud, que era Hussain ibn Ali, jerife de La Meca, Philby viajó desde Riad a Yedda para demostrar que el verdadero líder en las tierras altas de Arabia era Ibn Saud.

    Este episodio evidenció su percepción respecto al balance de poder que podría predominar en la península y lo constató al manifestar su desacuerdo por la Declaración Anglo-Francesa (1918), que otorgaba la autodeterminación a los árabes en la zona y que él consideraba una traición a la creación de una gran nación árabe unificada. Su postura fue respaldar a Ibn Saud por considerar que sus designios en materia política tenían apego a lo que establecía el Corán.

    Tras un breve paréntesis -en el cual las autoridades británicas lo enviaron a Palestina y posteriormente participó en las negociaciones respecto al futuro de la condición de mandato que tenía esa entidad- renunció a su puesto. Así, al mismo tiempo que se hacía público en Londres su intercambio de correspondencia no autorizada con Ibn Saud, él regresó a Yedda (1924), donde comenzó a asesorar a Ibn Saud, siendo una de sus primeras misiones fundamentar una estrategia para derrocar a Hussain ibn Ali, líder de los hachemíes, que gobernaba en esa ciudad.

    Instalado en el puerto saudí del mar Rojo, además de ser uno de los más importantes consejeros de Ibn Saud en sus tratos con el imperio británico se hizo famoso como escritor, explorador y cartógrafo. Hasta su muerte escribió casi una veintene de libros sobre Arabia, los árabes y el islam. De entre sus mapas, sobresale el que realizó de la frontera entre Arabia Saudita y Yemen en el desierto Rub Al-Khali; también colectó fósiles y descubrió los cráteres de meteoritos de la región de Wabar.

    Su vinculación con los asuntos del petróleo comenzó en 1931, cuando invitó a Charle Richard Crane a financiar exploraciones de petróleo en Yedda y otras partes de Arabia. Al año siguiente fue contratado por la Standard Oíl of California (SOC) para obtener concesiones de explotación del hidrocarburo; a partir de entonces se vio envuelto en solicitudes similares con otras empresas extranjeras que buscaban los mismos objetivos, empero, su lealtad a Ibn Saud motivó que sus acuerdos se centrarán con la SOC, que logró concesiones relevantes en la región de Al Hasa, en el golfo pérsico. Su involucramiento con este sector concluyó en 1936 con la formación de Saudi Aramco (Arabian-American Oíl Company) en cuyas negociaciones para su formación Philby representó los intereses saudís.

    Tras un intento fallido de incursión en la política inglesa en 1939 -fue candidato parlamentario por el British People’s Party- y un breve encarcelamiento allí en 1940 por sus ideas fascistas y pronazis, Philby regresó a Arabia en 1945. Posteriormente fue expulsado debido a sus críticas a la ineficiencia y la extravagancia del régimen saudí, enriquecido por el petróleo. Desde su punto de vista, era evidente un decaimiento de los principios morales en el país, en aras de principios y costumbres de occidente, lo cual demeritaba la originalidad saudita.

    El ocaso de su presencia en Arabia Saudita empezó desde 1953, con la muerte del rey Abdulaziz bin Abdul Rahman Al Saud. Posteriormente, su crítica creciente sobre la forma de gobernar del nuevo soberano generó su inminente exilio del reino. Así, en 1955 fue oficialmente expulsado de Arabia Saudita y se dirigió al Líbano, donde permaneció hasta su muerte.

    Un beduino occidental

    Wilfred Thesiger (1910-2003) fue hijo de un cónsul británico en Abisinia (Etiopía) y pasó los primeros años de su infancia cazando y cabalgando alrededor de Addis Abeba. Más tarde formó parte del ejército británico y escribió sobre sus viajes, exhibiendo un amplio itinerario como explorador de zonas remotas en África y Asia. Un rasgo fundamental son sus descripciones de los beduinos de la península arábiga y de los árabes de los pantanos del sur de Irak, ámbitos de los que abrevó un sentido peculiar de la vida.  

    En sus obras es inmanente una profunda admiración por las culturas tradicionales de los pueblos entre los que vivió, así como un desagrado hacia la civilización occidental moderna y por los inventos como los vehículos motorizados y las telecomunicaciones, que él consideraba amenazas para las formas de vida únicas de esos pueblos.

    Thesiger es en el conjunto de exploradores mencionados un personaje cuya impronta de vida es manifiesta en sus escalas geográficas. Además de la pasión itinerante heredada de su padre y su trayectoria fugaz en el boxeo, formó parte del servicio público de Sudán y trabajó en Darfur. Durante la segunda conflagración mundial se unió a las tropas etíope-británicas contra la ocupación italiana en Etiopía. Posteriormente se incorporó al Cuerpo de Operaciones Especiales británico en El Cairo y al poco tiempo se integró al Servicio Aéreo Especial, encargado de operaciones de espionaje y contraterrorismo, en el cual participó en incursiones tras las líneas alemanas e italianas al norte de Africa.

    Su trascendencia como explorador de ciertas regiones de Arabia se cimentó a partir de 1945, cuando hace una travesía de dos meses por el RubʿAl-Khali (Empty Quarter) acompañado por guías nómadas beduinos. La expedición se realizó a instancias de la Unidad Británica de Oriente Medio contra las langostas, y aunque el propósito oficial era buscar fuentes de infestaciones de esos insectos, el verdadero propósito de Thesiger fue vivir entre los beduinos, por lo que su estadía por el desierto se prolongó cuatro años después de completar su encomienda. Un detalle de esta travesía es que él utilizó solo los medios de transporte disponibles para los beduinos, lo que implicó viajes difíciles y peligrosos en camello con limitaciones de comida y agua.

    Tras abandonar la península arábiga en 1950, Thesiger se dirigió a Irak, donde vivió siete años con los habitantes de los pantanos del sur, específicamente con la tribu Maʿdān (Marsh /Mandan), convirtiéndose en el primer europeo en realizar una observación detallada de la vida cotidiana en estas poblaciones. Su cotidianidad en esos ámbitos incluyó el servicio médico que ofreció para atender dolencias y lesiones con medicinas occidentales a la población local. Se volvió experto en la realización de circuncisiones, una habilidad muy valorada que le brindó la oportunidad de visitar diversas aldeas por toda la región.

    Después de Irak, Thesiger continuó viajando y sus siguientes escalas fueron Irán y Afganistán. En 1966 estuvo en Yemen, donde por algunos meses fue asesor de las fuerzas realistas que luchaban contra el gobierno de izquierda en la guerra civil. Ya fuera de la península, en 1980 se estableció en Maralal, un pequeño pueblo de Kenia hasta 1994, cuando el deterioro de su salud le obligó a regresar a Inglaterra.

    Sus experiencias de más de medio siglo como observador itinerante están detalladas en libros como “Arabian Sands” (1959), “The Marsh Arabs” (1964) y su autobiografía “A Life of My Choice” (1987), considerada un clásico de la literatura de viajes. Adicionalmente, su colección de más de 38 mil fotografías se encuentra en el Pitt Rivers Museum, de Oxford.

    Gertrude, única en su género

    También oriunda del Reino Unido, pero con una visión diferente a la de sus cofrades que exploraron la península, Gertrude M. Lowthian Bell (1862-1926) destacó además como escritora, servidora pública y arqueóloga. Egresada de colegios de prestigió, se convirtió en la primera mujer en graduarse en historia moderna en la Universidad de Oxford.

    Al terminar sus estudios, su tío Frank Lascelles, ministro británico en Teherán, la invitó a visitarlo y arribó en 1892. Su experiencia de esta etapa, que se prolongó por varios meses, la plasmó en el libro “Imágenes Persas” (1894). Después de esta escala exploró diversas partes del mundo y desarrolló su pasión por la arqueología, el montañismo y los idiomas. Así, tradujo del persa los poemas de El Diván de Hafez (1897) y posteriormente volvió al Medio Oriente.

    Sus primeras escalas incluyeron Palestina y Siria. Posteriormente viajó a Jerusalén y se instaló temporalmente en Damasco para convivir con los drusos de Jabal al-Druse. Con intermisiones de viajes de montañismo en Suiza, volvió nuevamente a Siria y recorrió los yacimientos arqueológicos de Asia menor y Constantinopla. Este recorrido de 7 años fue el sustento de su libro “El desierto y la siembra”, en el cual incluyó fotografías y observaciones de sus escalas en Damasco, Jerusalén, Beirut, Antioquía, Alejandreta y diversos territorios de drusos y beduinos.

    Su segunda etapa de exploración se concentró en el Asia menos (Anatolia), donde se realizó en excavaciones arqueológicas con Willam M. Ramsay de edificios e iglesias de la época bizantina. Los resultados de estas pesquisas fueron incluidos en su libro ”Mil y una iglesias”. Cumplido su cometido en esta región, viajó en 1909 a Mesopotamia, donde realizó investigaciones y cartografías de sitios como Halamata y Ukhaidir; después siguió hacia Babilonia y Nayaf. En Carchemish conoció a T.E. Lawrence, con quien estableció una larga amistad y un prolífico intercambio de correspondencia.

    En 1913, Bell completó su último y más arduo viaje por la península. Recorrió más de 1800 millas desde Damasco hasta el emirato de Ha´il -noroeste de la actual Arabia Saudita, donde habitaba la dinastía de los Rashidi, acérrimos rivales de la Casa Saud, gobernantes del vecino emirato de Nejd- y posteriormente se dirigió a Bagdad y más tarde de nuevo a Damasco.

    Su estadía en Ha´il es memorable ya que ahí tuvo conocimiento de las pugnas entre los emiratos que buscaban el dominio de toda la nación y conoció a al último emir y miembro más antiguo de la dinastía Rashid antes de que ese territorio fuera adjudicado por la dinastía Al Saud; su estancia en esta zona incluso le valió ser apresada durante varios días.

    Con el inicio de la primera guerra mundial inició una estrecha colaboración con el gobierno de su país. Para atender una solicitud del ministerio de Guerra respecto a la situación del imperio otomano en Siria, Mesopotamia y Arabia, elaboró informes en los cuales detalló el grado de simpatía que el imperio británico tenía en la zona. Después se afilió como voluntaria de la Cruz Roja y salió de la zona, sirviendo como enfermera en Boulogne y Londres.

    Nuevamente fue convocada por las autoridades de su país, esta vez por el protectorado británico de Egipto, específicamente en la oficina de inteligencia, conocida como Oficina Árabe. Volvió a coincidir con T.E. Lawrence, con quien elaboró informes y cartografías sobre la ubicación y disposición de las tribus árabes en el Sinaí y la región del Golfo, así como lugares estratégicos para abastecimiento de agua.

    Después de una breve colaboración de una oficina británica similar operando en la India, fue enviada nuevamente a Basora para ser una funcionaria de enlace entre la India y el Cairo. Su trabajo cercano con Percy Cox, administrador de la Oficina Colonial en el Medio Oriente y considerado el principal arquitecto detrás de las fronteras actuales en toda la región, la convirtió en la única oficial política femenina en las fuerzas británicas y recibió el título de secretaria oriental de Cox.

    Un dilema político de trascendencia para Bell fue cuando se reunió con Ibn Saud en Basora, mientras que Cox e India le buscaban para que les apoyara en su lucha contra Ibn Rashid, que apoyaba a los otomanos. Este episodio es descrito a detalle en un artículo publicado en el Arab Bulletin, en el destacó las cualidades políticas de quien posteriormente se convertiría en mandatario saudí.

    Además de su denunciar la masacre de armenios en 1915, Bell es también reconocida por haber participado en la Conferencia de la Paz (París, 1919) y en la Conferencia de El Cairo (1921), las cuales fueron determinantes para decidir las fronteras territoriales y los gobiernos de Medio Oriente como parte de la partición del imperio otomano.

    Bell, al igual que Lawrence, creía que el gobierno británico debería aliarse con los nacionalistas árabes, en lugar de oponerse a ellos. Así, defendió la independencia de los estados árabes en Oriente Medio tras el colapso del Imperio Otomano, y apoyó la instalación de monarquías hachemitas en Jordania e Irak.

    Los últimos años de su vida estuvo en Bagdad, donde fue figura clave en la construcción nacional iraquí. Ahí fue confidente y aliada del rey de Irak, Faisal I bin Hussein bin Ali al-Hashimi, quien la nombró directora honoraria de Antigüedades de Irak, desde donde ella ayudó a modernizar procedimientos, catalogar hallazgos y prevenir el saqueo no autorizado de artefactos. Murió en la capital iraquí en 1926.

    Un poeta en busca de cafeína

    El café Harar es el mejor de los cafés etíopes, con un sabor caracterizado por una pungente acidez y un aroma exquisitamente picante. Una empresa comercial etíope elogia su acidez media, cuerpo completo y… el distintivo sabor profundo del moka.

    Joel Schapira. El libro del café y el té

    De 1880 hasta 1991, año en que murió en un hospital de Marsella, Arthur Rimbaud, el enfant terrible francés del siglo XIX, cuya poesía ejerció una gran influencia en la literatura francesa, vivió en Adén, Yemen, y en Harar, Etiopía, trabajando en el comercio del café.

    Siendo el primer europeo en supervisar la exportación del café de Harar, considerada la cuarta ciudad santa del Islam por la cantidad de mezquitas que alberga, es considerado un pionero en el negocio cafetalero en esa ciudad. Fue de los primeros europeos en arribar a esa urbe y el primero en hacer negocios allí. Esta etapa confirmó que su vida osciló entre lo sublime y lo comercial, aumentando el misterio de un escritor cimero en la historia de la poesía moderna.

    Cuando Arthur Rimbaud (1854-1891) abandonó por completo la poesía en 1873, cuando ya había escrito las obras por las que es considerado un autor revolucionario: The Drunken Boat, A Season in Hell e Illuminations. Desde luego, nunca volvió a escribir poesía. Sin embargo, publicó varios artículos sobre África Oriental que aparecieron en el boletín de la Sociedad Geográfica Francesa.

    A partir de ese momento, Rimbaud llevó una vida itinerante marcada por una inquietud de conocimiento y de exploración insaciable. Sus andanzas le llevaron de Indonesia, donde desertó del ejército colonial holandés; a Escandinavia, donde interpretó para un circo danés itinerante; a Chipre, donde supervisó a las bandas de construcción de carreteras; y, finalmente, en 1880, a Adén, en el protectorado británico de Yemen, cerca de la entrada sur del mar Rojo.

    El nuevo Rimbaud quería explorar y dedicarse a la fotografía. Al llegar a  Adén, en agosto de 1880, Arthur Rimbaud era una personaje distinta al que sus coterráneos de Charleville, su lugar de nacimiento, y de París, donde sus correrías artísticas seguían indelebles para Paul Verlaine y otros artistas de la época.

    En aquel entonces, el café se había vuelto extremadamente popular en Europa, y especialmente en Francia. Aunque la planta se cultivaba en otros lugares —especialmente en Java por los holandeses— se consideraba que el mejor café provenía de Yemen. El puerto de al-Mukha en Yemen era, y esa fama todavía perdura en la actualidad, sinónimo de café. Así, durante años, los comerciantes y vendedores árabes se reservaron las transacciones de café, forjando algún tipo de monopolio con su comercio.

    Se cree que el café fue introducido en Francia en 1660 por algunos comerciantes de Marsella que adquirieron la costumbre de beberlo en Oriente Medio, donde ellos lo comerciaban. También se piensa que en 1669 llegó a París, cuando el embajador turco comenzó a organizar lujosas fiestas de café para la nobleza francesa. Después de eso, solo era cuestión de tiempo que la población general se uniera. El Café Procope, la primera cafetería auténtica de París abrió en 1689. Así, para 1880, fecha de llegada de Rimbaud a Yemen, la mitad de toda la cosecha de café exportada yemení se destinaba a Francia.

    Rimbaud trabajó para Alfred y Pierre Bardey, empresarios de Lyon que habían viajado a Yemen—entonces bajo control británico—años atrás y abrieron una sucursal de su empresa. Fue contratado para trabajar como capataz en la casa de selección de café Bardey. El café, que se cultivaba en las tierras altas de Yemen, se transportaba a la capital, Adén, en camello. Normalmente llegaba como bayas, las que había que limpiar, clasificar, empaquetar y enviar a Marsella.

    Rimbaud aprendió rápido y casi de inmediato se convirtió en un empleado valorado. Decía a su familia que había aprendido mucho del comercio del café y que contaba con la confianza de sus empleadores. El único inconveniente era Adén, la cual consideraba “una roca terrible, sin una sola brizna de hierba ni una gota de agua buena”. Por ello, cuando supo que Bardey quería establecer una sucursal en Harar, en el interior de Abisinia (actual Etiopia), no dudó en solicitar una oportunidad para ir.

    A principios de noviembre de 1880, Arthur Rimbaud confirmó a su familia que la empresa había fundado una agencia en Harar, a unos 500 kilómetros de la capital etíope. Firmó un contrato con la empresa, la cual se comprometió a entregar, además de su salario, comida, alojamiento y un uno por ciento del beneficio neto procedente de Harar.

    Así que, a los 26 años, iniciaba una nueva experiencia en su vida al instalarse al este de África en busca de café. Salió de Adén y cruzó el Mar Rojo en barco hasta el puerto somalí de Zeila. Luego se unió a una caravana para hacer un viaje de 20 días a caballo por el desierto —la misma ruta por la que regresaba el café— hasta la ciudad abisinia de Harar, a 1830 metros (6000 pies) sobre el nivel del mar.

    Para su desempeño en su nuevo puesto fue de gran utilidad su conocimiento de idiomas, ya que sabía latín, inglés, alemán y probablemente neerlandés, e incluso había estudiado árabe en su ciudad natal de Charleville. Desde el inicio mostró un interés genuino en la cultura de las tierras donde se había instalado. Aunque a menudo se frustraba por sus tratos con comerciantes locales, resultó ser un comerciante astuto y con resultados notables para sus contratistas.

    Rimbaud residió allí más de ocho años en total—el tiempo más largo que pasó en cualquier lugar de su vida, salvo Charleville. Aunque Harar había sido conquistada por los egipcios, y una guarnición de soldados egipcios estaba estacionada allí, Rimbaud entró en sin impedimentos. Se estableció y comenzó a comerciar de inmediato, tanto café, como pieles y marfil. Aunque la compañía

    Aunque Bardey le renovó su contrato por varios años más, al final renunció y comenzó a trabajar para otro exportador francés, César Tian. Sin embargo, esta vez se dedicó a un comercio de otro tipo: traficó armas para el rey Menelik II de Shewa para ayudarle a conquistar la provincia de Harar.

    Aunque había abandonado su yo literario, seguía siendo un hombre observador y muy emocional. Por ello empezó a hacer fotos con una cámara fotográfica que le enviaron desde Francia. Existen todavía algunos testimonios de esas imágenes, en las cuales aparece en locaciones y casas de Harar, al lado de amigos y comerciantes.

    Rimbaud abandonó Harar el 7 de abril de 1891, con un tumor en una pierna, lo cual le obligó a ser transportado en una camilla cubierta hasta la costa. Fue trasladado en un barco de vapor a Marsella, y allí fue trasladado al Hospital de la Inmaculada Concepción. Con el cáncer extendido, Rimbaud murió el 10 de noviembre de 189.Tenia 37 años.


    Foto: Un fragmento del meteorito Wabar que se estrelló en el desierto de Rub al-Jali. (Archivos/Getty). Publicado por Arab News, 11 de diciembre de 2022.

  • Visiones Parisinas II

    Visiones Parisinas II

    Se presentan trabajos de tres integrantes del Taller de narrativa que el escritor sinaloense Miguel Tapia, imparte en la Maison du Mexique, en París, Francia.

    ***

    Felipe Sánchez Reyes

    MI CASA

    Querida Pauline.

    Espero que te encuentres bien de salud.

    Respondo a la pregunta que hoy por la mañana me formulaste con acierto: “¿qué representa la casa para ti?”

    Para mí representa tres elementos: uno, la casa es mi guerrero que me cubre de pies a cabeza de los peligros, es mi otro yo que me protege de los otros; dos, el contenido; y tres, mi madre que me abriga, me acaricia, me cura las heridas físicas o emocionales, alimenta y despierta mi creatividad.

    Te explico cada parte: uno, mi guerrero protector. Para mí la casa es el momento de reposo del guerrero en la lucha o trabajo diario, y mi casa se convierte en mi círculo protector del exterior. Es un círculo mágico, como el del mundo sagrado, de la magia o de los templos, que nos aísla de los males y conflictos que nos circundan. La casa me protege y aísla de los otros para que analice mis conductas o problemas que me afectan.

    Dos, su contenido. ¿Qué contiene mi casa, mi mundo, que me llena de placer? Mi casa posee luz y ventilación por cuyos ventanales grandes entra el sol todas las mañanas. Los rayos del sol abren la puerta sin tocar, se acercan a los pies de mi cama donde aún estoy somnoliento, me despiertan con sus caricias, me dan la bienvenida e iluminan mi vida, poco a poco se van alejando de la sala, retroceden y salen por el ventanal a iluminar el mundo.

    Enseguida me levanto, abro el ventanal por donde se filtra el viento, se acomoda, descansa en un rincón, se sienta en la silla y en silencio me acompaña a la mesa durante el desayuno. Luego, cuando se filtran los ruidos exteriores de vendedores ambulantes, las risas de niños y gritos de las vecinas, decide salirse porque también le molesta el ruido y grito inoportuno de los escandalosos.

    Adentro poseo pequeñas plantas de ornato para retener a mi lado a la naturaleza verde, libros de literatura y ensayos para abrevar conocimientos, incentivar mi imaginación y creatividad, cuadernos y hojas recicladas, plumas y lápices para escribir y revisar con detenimiento, gomas para borrar después de la revisión consciente, y corregir mis textos; películas para conocer otros mundos y música tranquila y alegre para relajarme, según mi estado de ánimo; cuadros de pinturas que retratan la belleza femenina y la inocencia de los niños; computadora para escribir e impresora para editar y perfeccionar mis textos. Además, mi cámara fotográfica, porque cuando salgo a caminar, capto la belleza de lugares, personas o algo que sorprenda a mi vista por su novedad o belleza.

    A eso se reduce mi casa que llevo, como caracol en la maleta frágil de mi memoria, al país que visite por corto o largo tiempo, como estos nueve meses en Paris, Pauline.

    Tres, la madre. La casa representa el origen del mundo, la matriz, el vientre materno con su sonido suave y silencio que me relaja, el mundo interno y cálido que me cubre y alimenta física y emocional todos los días. Estar dentro de la casa me ayuda a conocerme, a definir mi personalidad, a conocer mis actitudes favorables y desfavorables, a resolver mis problemas emocionales, a concentrar mi energía positiva, a renovarme y fomentar mi creatividad. Es el mundo de la procreación humana y de la creación artística.

    La casa, como recipiente o receptáculo, al recibirme me purifica y me despoja de la inmundicia de afuera, luego me abriga, me abraza, me da calidez que no siempre recibo del mundo exterior. La casa me conduce a otro mundo mágico, soñado, ficticio, que hallo después de traspasar la cortina de los labios vaginales que, como cuando nacemos, me acarician al entrar y se cierran herméticamente como ostra al salir: la puerta de mi casa.

    Esta es mi casa, Pauline, el origen del mundo, la matriz, el vientre materno; su contenido es el mundo líquido que me nutre; y la puerta son los labios vaginales que amorosamente me acarician cuando entro y cuando salgo se cierran protectores, como la ostra del mar.

    Espero haber respondido a tu pregunta, querida Pauline, que dio origen a esta carta. Recibe mis abrazos cariñosos.

    ***

    Denise Morales Cardozo

    TRES TEXTOS DEL LIBRO Dos Vuelos en Exilio

    Uno

    Niños, animalitos y adultos coexisten dentro de este vientre materno que es la casa.  Se ensancha, crece y gesta con igual placidez los huevos del ganso, los cachorros del perro, la lagartija que duerme entre las hileras de las camas.

    En su patio el árbol del pan dispensa frutos voluminosos y apiñados, como metáfora perfecta del hombre y la mujer abrazados a la promesa de tener tantos hijos como el cielo les mande. Uno tras otro los niños forman un collar de once sonrisas irrepetibles, reconocibles donde quiera que vayan. La ausencia de uno significa el quebranto de todos. Y el primero en marcharse fue el padre. Su ausencia dejó la casa llena de un amor tan claro como el agua de la lluvia recogida en un cántaro. Poco a poco, como en los cuentos, los niños se hicieron grandes y los matrimonios repoblaron la casa. Formaban un vecindario matriarcal donde padres e hijos giraban en torno la mujer que jamás dio un paso fuera de casa.  Cantando y arrullando recibía a cada recién nacido, lo envolvía en el aroma a madreselva que desprendía su abrazo.  Su cuerpo fue tomando la forma de los grandes árboles, su piel el tono de la tierra blanda. Con sus manos la vida forjó todo cuanto sobrevive a la temporalidad: los afectos, los oficios y las tradiciones que varias generaciones ejercen con la actitud de quien escribe una y otra vez un relato para poner a salvo del olvido la casa.

    Dos

    Reflejadas en el agua las casitas parecen mimetizar un cielo sereno, inalterable. Nada más frágil que la orilla de un río al pie de los cerros para fijar una casa. Cada año las familias son desalojadas para dar remiendo a lo que no lo tiene. Las endebles armazones de tierra y canutillos no dan soporte a una vivienda confiable. Al cabo de los meses regresarán con sus precarios enseres a ocupar sus remendadas viviendas. Y nuevamente, otra estación de lluvias, e indiferencia oficial, acabarán derribándolas.

    En esos caseríos rurales la belleza no falta, los bucares florean, el maíz tiende hileras doradas sobre los campos, el café esparce su aroma hasta los lindes de tierras fronterizas donde ahora muchas de esas familias de sembradores buscan asilo huyendo  de la escasez y la desgracia. Ningún aguacero hubo jamás causado la miseria instaurada por la manada de bestias que se mantiene al mando.

    Tres

    Una mariposa me ronda desde hace días. Blanca. Del tamaño de una mano. Se posa en el papel, danza, desaparece. Como una idea que no acierto a transcribir.

    Al cabo de las horas reaparece. Sus alas contienen el espacio de una carta, la cualidad de un verso que mora en la consciencia de una realidad que está presente y no alcanzo.

    Mi instinto es capturar su imagen, corresponder a su oficio de mensajera alada. Unirme a su Aleteia.

    La mariposa toca el filo de un cuchillo. Desafía el instante, dilata su brevedad para hacerme una morada. Lleva consigo las señas de un hogar santo. Domicilio de peregrinos, refugio de errantes. Mientras más cercana, más dilatado se torna su espacio. Ahora mismo la veo. Roza mis líneas, suelta un suspiro. Se avienta sin darme tiempo a llevarme en su viaje.

    ***

    Maxime Nordin

    1. EL DANDY DE LOS VIENE-VIENE

    Descubrí la nota en mi celular mientras el metro me arrastraba por los subsuelos parisinos. La Secretaría de Turismo del gobierno federal había reconocido a la colonia Americana como “barrio mágico”. El artículo subrayaba que era el primer barrio de Jalisco en obtener tal distinción.

    Barrio mágico…

    No llevaba mucho de haberse instalado en el barrio. Notamos su aparición, al igual que casi toda la manzana, una mañana fresca, todavía oscura, cuando salimos rumbo al colegio. Estaba parado junto al puesto de café y tamales de la esquina de la Paz y Miguel de Cervantes. Él sostenía un vaso humeante, quizás de café, mientras fumaba. Observaba con atención el despertar del barrio, sus primeros movimientos y ruidos. Seguía minuciosamente con su mirada los primeros coches y peatones, el tímido ruido de los motores

    Su figura contrastaba con la de los otros madrugadores. Tal vez la noche le añadía un toque de misterio a su presencia, pero había en él algo deliberadamente enigmático. Parecía tomar el pulso de la calle. Llevaba puesta una gabardina oscura, apenas corta para su estatura, un sombrero de tipo tirolés con una pluma en el costado y unos converse negros que desentonaban con el resto del atuendo. Un atuendo algo excéntrico para merodear por las esquinas de la ciudad.  Tenía algo de un personaje de un cuento de Poe, no recuerdo bien cual.

    Durante todo el trayecto al colegio me pregunté qué hacía aquel ser atípico en nuestra cuadra. La respuesta llegó esa misma tarde, al volver a casa. Lo vimos desde el semáforo agitando un pañuelo vino tinto con movimientos precisos y enérgicos. Al doblar en la esquina de mi casa, sedirigió lentamente hacia nosotros.

    -Madre, ¿buscan estacionamiento? – preguntó. Será para mi un placer encontrarles un lugar.

    Respondimos, un poco sorprendidos:

    Aquí vivimos, gracias.

    A lo cual nos contestó con una gran sonrisa.

    Pudimos, a plena luz del día, observarlo con mayor atención. Su apariencia era casi impecable. Su sombrero dejaba escapar unos mechones de pelo negro oscuro, llevaba amarrado al cuello un paliacate azul cielo que hacía relucir sus cachetes impecablemente afeitados. La gabardina había cedido su lugar a una camisa verde aceituna, abierta lo suficiente para insinuar un torso firme y casi aterciopelado. Desviaba el humo del cigarro hacia un costado y al sonreír asomaban dientes oscurecidos por el tabaco.

    Para nosotros fue, desde ese día, el dandy. El dandy de los viene-viene.

    Con el paso de los días nos enteramos de que se hacía llamar el chihuas, o como nos corregía José, el barrendero de enfrente, shhh-iguas, estirando la palabra como si se tratase de un título nobiliario.

    El dandy se fue convirtiendo poco a poco en un miembro más de la cuadra, un rostro ya familiar. Nunca supimos donde pasaba las noches pero, cada mañana, se presentaba sin falta y de manera puntual a su esquina. Preparando el terreno para ofrecer sus servicios con una fórmula que repetía como un mantra:  « jovenazo, será para mí un placer … »

    De cierta forma, su presencia impregnó la manzana de una forma de ligereza y de frescura. Había en su manera cuidadosa de expresarse y de tratar al cliente, un tipo de elegancia que quebraba la monotonía de lo cotidiano.

    Los vecinos comenzaron a tratarlo con familiaridad, los comerciantes le confiaban los chismes de la cuadra. Poco a poco se fue haciendo de los usos y costumbres del vecindario.

    —No importa que sea cochera, patrón. La señora Flora está de viaje.

    —El doctor salió de emergencia; no regresará antes de las tres.

    Parecía haber penetrado los secretos de cada portón, conocía con precisión y tal reloj, las entradas y salidas de los vecinos.

    Al mostrar su habilidad, estacionando, lavando y encerando los coches, se había convertido en un rostro familiar para todos. Mostrando su talento y agilidad, hasta para arrastrarse por debajo de las tripas de los coches, para detectar alguna anomalía en el châssis.

    Pasó, en cuestión de semanas, a lavar y encerar a gestionar las entradas y salidas del barrio. Había, parece ser, logrado imponerse mediante su encanto y su talento, como líder de los demás viene-viene de los rumbos. Ejercía su autoridad sobre los que llevaban tiempo peleándose las esquinas. Era el líder de la cuadrilla compuesta por el Famsa, nacho y el sope. El chihuas asignaba las esquinas, vigilaba y distribuía las tareas. Entre semana, la cuadrilla se encargaba de múltiples tareas, desde estacionar, lavar y encerar los coches, hasta acomodar espejos de los mismos. Al final del servicio, el cliente sorprendido por tanta cortesía, deslizaba un billete más generoso que de costumbre. Todos estos detalles, con el fin de hacer más placentera la experiencia de sus clientes.

    Pero eran los domingos sus días de gala, sus días de faenas.

    A eso de las 4 de la tarde, hora en que una parte de la sociedad tapatía se reunía en la Focaccia, restaurante italiano de medio pelo, pero con una gran barra de entradas incluidas en el precio, el dandy desplegaba sus mejores trucos. Esplendor de su estilo. Pelo engominado y peinado hacia atrás, camisa de manga corta color durazno abierta en el pecho y su inimitable sonrisa magnética. Todos estos detalles contribuían a su puesta en escena, plenamente consciente de su casi teatralidad. Sabía, el dandy, que cada gesto y detalle se verían reflejados en la propina.

    Con su pañuelo en la mano, toreaba los coches que llegaban uno tras otro. Abría las puertas con solemnidad, ofrecía las manos de apoyo a las señoras y hasta en algunas ocasionas, recibía las llaves con un leve asentimiento que sellaba un pacto de profunda confianza. Había, en efecto, conquistado el privilegio de estacionar personalmente los coches de los comensales más asiduos o frecuentes. Esto último representaba para el dandy un signo inequívoco de su triunfo en la esquina.

    Mientras tanto, bajo su estricta vigilancia, los demás miembros de la cuadrilla cuidaban, lavaban y hasta enceraban los coches de los clientes más queridos.

    Una vez satisfechos, los comensales salían, la panza llena y el corazón generoso. El Dandy clausuraba la tarde de triunfo, persignándose con la faja de dinero y distribuyendo las ganancias a su cuadrilla. Había asegurado su supervivencia por al menos unos cuantos días más.

    Y después, volvían las semanas habituales: oficinistas, licenciados y algunos comensales. La rutina, vigilar, apartar lugar y repetir el gesto. Pasaron meses y su estilo terminó por plegarse al paisaje de la cuadra, o tal vez fue la cuadra la que se plegó a su estilo.

    Hasta que algo empezó a resquebrajarse. Primero desapareció el sombrero, las camisas llamativas dieron paso a sudaderas con lemas políticos, y su pañuelo desgastado por el sol y el uso se había decantado en un color marrón. El Dandy llegaba inquieto, casi agresivo, algo lo inquietaba. Se hablaba de rivalidades con otros viene-viene, de tensiones en la cuadrilla. Los ojos enrojecidos, fumaba cigarros con el humo cada vez más espeso.

    Su presencia comenzó a hacerse intermitente. Un dia falto. Luego otro. Y un día más no regresó, como un mago después de su último truco.

    La manzana volvió a su ritmo anterior, pero algo había cambiado.

    Meses después, fue reemplazado por el sope como líder. Los rumores insinuaron que al chihuas, lo habían desaparecido los de la plaza, sin yo entender plenamente lo que eso significaba.

    El artículo no mencionaba nada acerca del Dandy. De aquel hombre que, por un tiempo, le dio a nuestra cuadra una elegancia improbable y un aire de teatro bajo el sol de Guadalajara.

    ***

    2. EL LIMPIADOR DE TUMBAS

    Estaban terminando de cenar en aquel bistró del bulevar Saint-Germain, en el cual solían reunirse por lo menos una vez al mes. Eran tres amigos: uno de Veracruz, otro capitalino y otro de Jalisco. Tres amigos que lo único que tenían en común era el encontrarse en París. Los tres eran jóvenes y solteros. Les gustaba reunirse en ese bistró, Au vieux garçons, para platicar acerca de sus nuevos descubrimientos, aventuras y relaciones por la capital. Aprovechaban de vez en cuando para discutir sobre las novedades que les llegaban del otro lado del charco, la familia, las bodas y los chismes de la “polaca”. Ya pasadas algunas copas de brouilly, solían recordar los lejanos amoríos de la preparatoria, los platillos regionales o los futbolistas de su infancia ya retirados de las canchas.

    Entumecidos por los vapores de la cena y aturdidos por el brouilly y el calvados, platicaban de todo: del mejor pan de muerto que se podía conseguir en París, de la tortuga de oro expuesta en el Museo de Orsay para la exposición temporal de Huysmans, de las películas en vogue. En fin, trataban de vivir de la manera más caprichosa la vida parisina.

    Uno de los más alegres entre los tres amigos era Diego. Si bien era el más joven del grupo, sus largos años vividos en París le otorgaban un cierto prestigio, una especie de aura que lo envolvía cada vez que contaba alguna historia sobre lugares que los demás no habían visitado o sobre hechos históricos de la ciudad que ellos desconocían. Experiencia con la cual se deleitaba en cada encuentro, y que trataba de prolongar para el siguiente. Animado por el deseo de compartir aquel tesoro, sentía en esos momentos, casi siempre a la hora del calvados, la necesidad de asumir el papel de orador.

    No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidieran; solo el tiempo suficiente para sacar una Gauloise de su caja y encenderla. Fumando su cigarro, con los codos sobre la mesa, entumecido por aquella deliciosa atmósfera de humo y vapores, en ese otoño parisino, se sentía como pez en el agua. Entre bocanada y bocanada, soltó:

    —Hace un año, más o menos, me pasó una curiosa aventura.

    Las otras dos bocas respondieron casi en sintonía:

    —A ver.

    —Como les decía —continuó—, fue más o menos por estas mismas fechas. Todavía salía con H. Ese día, salí de mi departamento por la tarde; había quedado de verme con ella en algún café cercano a la Gare Montparnasse. Las cosas ya se estaban poniendo un poco raras entre nosotros. La liga ya se había estirado demasiado. En fin, con la noción del tiempo un poco alterada, como suele suceder en esos momentos críticos, decidí, invitado por uno de esos últimos y caprichosos rayos de sol de otoño que penetran entre los árboles rojizos y se esparcen por París, llegar a los rumbos de la estación con un poco de antelación.

    El tren de H., proveniente de Nantes, llegaría al andén número 2 a eso de las 5:22. Me quedaban, pues, un par de horas que matar. Habiendo ubicado un buen cafecito, L’Atlantique, y buscando posponer lo que ya parecía inevitable, decidí caminar un poco. Esa tarde hacía un sol delicioso y una atmósfera tibia; encendí un cigarro y me dejé ir, sin pensarlo, hacia las calles aledañas de la estación. Caminando sin rumbo ni propósito, me vino la idea de seguir hasta el cementerio de Montparnasse. Tal vez, invadido por el deseo de solicitar el consejo de algún buen sabio. Como mexicano, nunca he encontrado el sentido macabro de esos lugares.

    Me adentré, pues, en el cementerio de Montparnasse. Como les decía, nunca me han disgustado los cementerios: esos lugares, de cierto modo, me relajan y me vuelven melancólico. Además, uno siempre termina topándose con algún buen conocido, de esos que ya no responden a los albures. Mi curiosidad por los cementerios nace también de que son ciudades que amontonan generaciones de parisinos en un espacio reducido, encapsulados para siempre.

    El cementerio estaba prácticamente vacío, salvo por un grupo de turistas chinos. El ambiente otoñal, con su olor a humedad tibia, a hojas muertas y a sol agonizante, acentuaba esa melancolía. En comparación con los cementerios mexicanos, los de Michoacán o incluso el de Mezquitán, este no era precisamente alegre. Pero aún faltaba mucho para que yo me instalara definitivamente ahí. Todo olía a madera seca y a piedra fría. Nada comparable a mi cementerio de Mezquitán, donde el perfume de las flores cempasúchil se dispersa e impregna cada tumba durante esta temporada. Poco o nada tenían en común las tumbas de Tzintzuntzan, ornamentadas de flores, velas y antojitos para los difuntos.

    Decidí entonces visitar a los sabios del lugar, empezando por mis compatriotas, preguntándome qué los había convencido, en su último deseo, de enterrarse para siempre en los subsuelos parisinos. Empecé por la tumba de Fuentes, el mausoleo de don Porfirio, luego pasé por las de Gainsbourg, Baudelaire y, por último, la de Cortázar, en la división 3 del cementerio. Esta última fue fácil de encontrar: un par de jóvenes con acento porteño murmuraban unos versos y depositaban un conejo de peluche. Cuando se marcharon, me acerqué dispuesto a recordar algún cuento o algún personaje de Cortázar.

    Tratando de descifrar la escultura que dominaba su sepultura —una serie de círculos concéntricos sobre los que reposaba una figura sonriente—, me di cuenta de que me había quedado solo en el cementerio. Habiendo ya cumplido mi ciclo de mundanidades, decidí volver sobre mis pasos hacia la estación. Buscando algún ser vivo en este valle de muertos, comprendí que me había quedado completamente solo. Preso de un miedo súbito de permanecer acorralado, traté de divisar a lo lejos los banderines del grupo de turistas chinos. Nada. Decidí entonces encontrar la salida con el mapa del cementerio que había descargado en mi iPhone.

    Me disponía a partir cuando vi, en la parte más abandonada del cementerio, a un hombrecito calvo. Su cráneo parecía atraer y reflejar los rayos de sol que penetraban ese refugio de paz. Vestía un traje gris desgastado que se confundía con el mármol de las tumbas. Aliviado por encontrar presencia humana, sentí la necesidad de hablarle, quizá para sacudirme del monólogo interior que llevaba rato arrastrando.

    Me acerqué: estaba arrodillado frente a una lápida cubierta de musgo, limpiando minuciosamente los contornos de un nombre casi borrado por la lluvia y los años. El aire olía a tierra mojada y a piedra antigua.

    —Buenas tardes, señor —le dije—. Parece que nos hemos quedado solos. ¿Podría indicarme la salida, por favor?

    —¿Va usted también de salida? Si quiere, espéreme cinco minutos y yo mismo lo acompaño. Estoy por terminar de limpiar esta tumba.

    —Lo que pasa es que tengo un poco de prisa, pero bueno, lo espero. Entre tantas allées y tantos árboles, uno se pierde. ¿Usted trabaja aquí?

    Se mostró algo sorprendido, pero asintió mientras deslizaba sigilosamente el cepillo por los bordes de la tumba, cuidando de no pisarla. Armado con una espátula de aluminio en la mano izquierda y un aspersor en la derecha, el hombrecito —que bien merecía el apodo— no debía medir más de un metro setenta. El traje gris, aunque desgastado, le daba una silueta flaca pero atlética. De su piel curtida por el sol y su cabeza rasurada relucía un brillo metálico.

    —¿Cuánto tiempo lleva usted en el oficio? ¿Trabaja para el cementerio?

    —Esta será mi quinta temporada ejerciendo el oficio en este cementerio. Como bien sabe, es la época más intensa del año: las familias vienen a asegurarse de que todo esté impecable, y aquí su servidor procura cumplir con ello. De las miles de tumbas que hay en Montparnasse, setenta y dos están bajo mi cuidado.

    —Así que tiene ya tiempo en esto. Qué labor tan importante la suya.

    —Es un periodo en que las oraciones, las flores y el silencio se mezclan mal con el polvo y la hiedra —dijo sonriendo—. Los encargos se acumulan justo antes del fin de semana de la celebración de los muertos. ¿Podría pasarme la escoba o el vinagre, por favor?

    —Claro —le respondí, entregándoselos.

    —¿Y qué es lo que más le gusta de su trabajo? —pregunté, intrigado.

    El hombrecito sonrió con serenidad mientras frotaba suavemente la piedra:

    —Mi mayor orgullo —dijo— es hacer brillar las tumbas que me confían. Nada me pesa más que ver cómo el paso del tiempo desfigura las lápidas. Hay mucho movimiento alrededor de los muertos cuando se trata de herencias, pero mucho menos después, cuando hay que mantener la tumba en buen estado.

    Fascinado por su meticulosidad, le pregunté:

    —¿Y cómo trabaja exactamente?

    —Entre treinta y cuarenta y cinco minutos por tumba, dependiendo del tipo de piedra —respondió—. Primero hago una barrida imprescindible, luego un cepillado delicado con jabón negro, vinagre blanco y detergente a base de sodio. Lo más difícil es calcular las proporciones y diluir bien con agua, para que no queden manchas.

    Señaló los pequeños tallos que brotaban entre las piedras:

    —Estas hierbas las arranco a mano. Cumplo con la ley Labbé, que prohíbe el uso de productos químicos en espacios públicos. Y hay otra regla que para mí es fundamental: cuando uno trabaja con muertos, nunca debe poner el pie sobre una tumba. Es una cuestión de respeto —añadió, mientras se contorsionaba con agilidad de gimnasta para alcanzar un rincón—.

    —¿Y alguna vez le han pedido algo fuera de lo común? —pregunté.

    —Ah, sí… un día, por una razón misteriosa, un cliente me pidió que repintara una tumba de color rosa. Me negué, claro. Eso sin duda me habría traído problemas con los otros miembros de la familia. Un cementerio no es un parque de diversiones.

    Guardó silencio unos segundos, pasó un paño húmedo por la piedra y añadió con voz serena:

    —Es un lugar neutro, en medio del cual encuentro una gran paz, lejos de la agitación de la ciudad.

    Bajó la voz, con un tono más íntimo:

    —Pero mi trabajo no estaría completo si no me interesara por la historia de quienes descansan aquí. Una cosa son los familiares y otra los difuntos, con los que paso más tiempo. Soy curioso por naturaleza. Antes de ponerme manos a la obra, necesito saber quién fue la persona enterrada y cómo murió. Suelo preguntar a los familiares, y la mayoría se abre fácilmente.

    Hizo una pausa, mirando la tumba frente a nosotros, con cierta gravedad:

    —Pero mire, esta es la que menos información me ha dado. Nunca he visto a los familiares, pero cada año aparece una faja de billetes, y con eso considero que es mi deber mantenerla limpia. En la lápida sólo está grabada la letra H, y el año de nacimiento: 1985. Murió en 2005, a los veinte años, tras una caída accidental de un tren. Pobre chica.

    —¿Y cómo sabe usted eso?

    —Por el cura de Sainte-Marie, que suele acompañar las ceremonias de inhumación aquí. A él le tocó enterrarla.

    Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Miré el reloj: eran las 5:22. Me despedí del hombrecito, que me indicó la salida hacia la calle Froidevaux, no sin antes dejarme una tarjeta con sus servicios.

    Invadido de nuevo por la agitación de la ciudad y deseando convencerme de que estaba de vuelta entre los vivos, eché a correr con todo mi vuelo, sintiendo cada músculo de mis piernas, más vivo que nunca. Evitando a los peatones, llegué a la estación. Los primeros pasajeros del tren proveniente de Nantes ya descendían del primer vagón. Busqué entre la multitud el rostro familiar de H.  Pero nada.

    Entre el último grupo de pasajeros del vagón 11, reconocí por fin esa cara que me era tan conocida, o más bien el recuerdo de ella. Ya no era la misma persona: era como si lo que habíamos sido se hubiera desvanecido, como un sueño al despertar.

    Sin saber cómo reaccionar; metí las manos en los bolsillos y sentí algo extraño: un cartoncito. Lo saqué y recordé que era la tarjeta que me había dado el hombrecito del cementerio. Leí:

    Desde 1985, C & M – Clean et Mo.

    Limpiador de tumbas.

    París y suburbios : 0771945664

    ***

    3. LA SERPIENTE DE LAKAMHÁ                                                                     

    Tuve que correr para alcanzar el último metro. Definitivamente, ese Serpent à Plume era un buen lugar. El jazz, los cócteles y las lindas sonrisas se combinaban a la perfección para asegurar una buena noche. Ya en mi depa, todavía un poco aturdido por la fiesta, las notas de jazz y el frío, que estaba de regreso en París, decidí prepararme un tecito caliente para prevenir cualquier resfriado que pudiera acechar.

    Envuelto en mis sábanas, con esa sensación de calor, de tibieza, me dejé lentamente acariciar por los brazos de Morfeo, sin pensar en las pocas horas de sueño que me esperaban antes del amanecer.

    De repente, un ruido brusco y repetitivo me sacó del sueño profundo y reparador en el que me encontraba. Una tibia y pegajosa humedad comienza a recorrerme el cuerpo, estoy acostado junto a Daniel, bajo la sombra de un árbol monumental. Estamos solos, sumergidos en una selva densa y tropical, rodeados por un mar de árboles. Entre ellos, distingo algunos montículos de piedras blancas amontonadas, formando una especie de figura geométrica.

    El ruido vuelve a aparecer, ahora más agudo e insistente. Reconozco al perturbador de nuestro sueño: es azul rey y se enrolla como una serpiente alrededor de la muñeca izquierda de Daniel.

    Él se pone súbitamente de pie y me dice con un tono acelerado:

    —¡Güey! Nos pasamos con la siesta. Ya son las 5. Nos han de estar esperando en la entrada. Pablo ahora sí nos va a multar. Después de lo de Holbox nos va a tocar limpiar todo el camión. Yo ya estoy hasta la madre de ser el encargado de la despensa; no quiero que encima me toque eso. ¡Hay que apurarle!

    Mientras tratamos de encontrar el punto de encuentro, me doy cuenta que estamos perdidos en medio de la maleza en la cual los vestigios de la antigua ciudadela parecen todos iguales no hacen más que confundirnos.

    Buscamos la entrada de la zona arqueológica, pero todo parece igual. No hay señales, no hay camino. Estamos rodeados, atrapados, asediados por un laberinto verde. Sumergidos en la selva, perdidos en su respiración húmeda. Un murmullo de agua corriendo, un olor a corteza, a vegetación mojada, a ruina viva, ese es el único telón de fondo.

    Daniel se aleja. Escucho unos ruidos lejanos, mientras Daniel desaparece detrás del templo del sol. Son voces que parecen cantar un estribillo que no consigo descifrar. ¿De dónde provienen? No sé cuánto tiempo ha pasado desde que despertamos. He perdido la noción del tiempo, ¿cuánto tiempo habrá pasado desde que nos despertamos?

    Una sensación extraña me toma de golpe. Mis piernas ya no me obedecen: están empantanadas, entumecidas, atrapadas en la alfombra verde que cubre las ruinas. ¿Se habrán ido sin mí? ¿Dónde está Daniel? Todo gira en movimientos circulares.

    De pronto, un sonido insoportable, repetitivo, cada vez más fuerte. Unos pajaritos cantan a lo lejos pero no logro encontrarlos, me asomo a la copa de los árboles tupidos. Nada. De pronto, vislumbro a mi izquierda unas raíces gigantescas, que parecen haber brotado de un momento al otro, o ¿siempre estuvieron ahí? Las raíces, casi vivas, se entrelazan como serpientes de un marrón oscuro, algunas más largas y gruesas que otras, formando figuras inquietantes que parecen querer atraparme las piernas.

    Y de pronto, un golpe metálico.

    Estoy en casa. Mis piernas siguen enredadas, atrapadas en las sábanas. La almohada está empapada. Estoy sudando mientras un escalofrío me recorre la espalda. Los vidrios de la ventana están empañados.

    Mientras pongo el agua a hervir y me pongo los pantalones, veo una gota descender por el ventanal al mismo tiempo que otro escalofrío me atraviesa. Me parece escuchar a lo lejos un ligero siseo que parece acercarse cada vez más. ¿Será el camión de riego? Asomo la cabeza por la ventana de la cocina, está lloviendo afuera, la lluvia acompaña los primeros ruidos del día.

     Qué calor hace aquí… Tengo la cabeza un poco aturdida. Más vale tomarme un Febrax antes de salir.

    ***

  • Enfermar en África (segunda parte)

    Enfermar en África (segunda parte)

    Agradezco al CDC-África que me ofreció ánimos para escribir esta segunda parte.

    El día que la Suprema Corte de Justicia de EUA declaró inconstitucionales las políticas arancelarias que Donald Trump había sustentado temerariamente en la International Emergency Economic Powers Act de 1977 para imponer tarifas a diestra y siniestra a los países del mundo, yo concluía el quinto ciclo de mi quimioterapia; esperanzadamente “el último”. Si bien supe de mi cáncer el día que esas tarifas iniciaban en abril de 2025, comienzo a sentir una luz al final del túnel coincidentemente cuando las tarifas reciben este fuerte revés. El anhelo de la curación está en firme y es positivo.

    Por el lado atractivo, la sentencia del Tribunal Superior estadounidense no sólo pintó la raya ante la falta de constitucionalidad de esa manera maquinal de aplicar aranceles, algo que lamentablemente ya se instaló en el ADN presidencial. Como todos sabemos le vendrán otras formas de seguir esparciéndolos como regadero de maíz en la campiña. Pero más importante aún, la corte puso también en claro que los ministros se consideran —y lo son— un “poder independiente”.

    En la cara negativa de la moneda, este eterno jugar a la esgrima transaccional — tarifas, amenazas militares, sentencias, mediáticas vencidas y tuits— será parte de nuestra compleja vida internacional. Con ello, vuelve a emerger esa sensación de que “el mal”, a como se vea, ya está sembrado, es inevitable y tiene un nombre: incertidumbre. Los inversionistas, los entusiastas, los comerciantes y la gente en general viven en una ola de desasosiego: el ambiente no es propicio para aventarse al ruedo y emprender cuando todo cambia al ritmo de las pulsiones, cuando las reglas del juego no son claras.

    La incertidumbre, triste es decirlo, también es parte cardinal de las enfermedades cancerosas: incluso ante el sanar del paciente, ningún oncólogo serio usará palabas de alta certeza como “usted está curado”. Siempre evitará expresiones que aseguren al paciente una total exención del mal. Su voz se detiene y dice: “en remisión”. Los especialistas prefieren así, aludiendo a una temporalidad de hombros encogidos, explicar que “no existen elementos que evidencien la presencia de células malignas”, manera de aludir a una remisión total; o la “no existencia de síntomas relacionados”, para establecer una remisión parcial.

    Aun así, lo más severo detrás de esto es aprender que, en el mundo oncológico, síntomas y causas están entremezclados y se confunden. Mi linfoma tipo B, no Hudgkin, aislado e inicialmente de células pequeñas, podría estar en mi pierna por sí mismo o ser —maldita la cosa— el mensajero de otro tejido enfermo de mayor gravedad, que se agazapa perverso en rincones oscuros del cuerpo. Doctores de España, México y Etiopía coincidían en ello: así que, una vez avistado el tumor, había que esperar, adentrado en un sargazo de incertidumbre. ¿Esperar a qué? A que el otro maligno posible salga de su escondite. Ese “otro” puede expresarse como otro linfoma o como muchos y erradicar el etiquetado de “aislado” que aún califica a mi inquilino. Y también había que esperar que el hígado no creciera, la médula no diera señales negativas de tejidos afectados…, que el hueso, la sangre, el corazón, los órganos respiratorios trabajen en normalidad, ajenos al cáncer. Esperar y volver a esperar, y que los estudios realizados a dos y cuatro meses del primer hallazgo de mi linfoma no mostraran manchas inesperadas, inquietantes, inciertas.

    La psicología más íntima, frente al cáncer, juega un papel cimero. Hay que enfocar la forma en que cada enfermo conversa consigo mismo; algo básico para combatir esa incertidumbre y su correspondiente angustia. Tener cáncer es una invitación para escuchar ad nauseam, y repetirse también, esa frase que los deprimidos han de repudiar cada vez que se las esputan: “anímate, ya verás, estarás bien” (como si fuera tan fácil… y creo que todo espíritu melancólico habrá de rumiar ese concepto que alguna vez me compartió mi esposa en tono jocoso y que decía “que todos sean felices para que dejen en paz a los que no lo somos”).

    Pero desde la trinchera del cáncer, de que hay que animarse, pues sí, hay que hacerlo. Todo estudio serio sobre estos males dice que la primera barrera para detenerlos está en la infantería local, botas en la tierra, también en el alma. Se trata de la fuerza del propio sistema inmune y los enemigos principales de una inmunidad sana y fuerte para resistir son el decaimiento, la depresión y la desesperanza que mutilan nuestra artillería defensiva.

    Mi psicología, la que no acabo de descubrir nunca y menos ahora enfrentando este linfoma, dicta confesar que, hasta en esto, soy beisbolero: “¿qué es lo importante?” me pregunto. “La próxima pichada”, respondo. Si tengo plena conciencia de cuál es el siguiente paso en mi tratamiento y conozco mi papel en ello, tengo puerta abierta hacia el arrojo y el contento. La psique se me eleva. Por el contrario, la duda personal o de los doctores me carcome y debilita.

    La historia de la medicina africana, llena de paradojas, pero a fin de cuentas atronadora en eso de lograr avances enormes en tiempos récord que en otras latitudes y épocas implicaron largos periodos, siguió siendo, durante mi espera, una fuente de ese buen ánimo para enfrentar mi propio caso. ¿Acaso no fue en África, en 1923, donde Bayer introdujo la suramina, bajo el nombre aún vigente de Germanin? Fue un remedio con rasgos de milagro, milagro estridente, grande; eficaz para esa “enfermedad del sueño” que afectaba sobre todo al este del continente. Las infecciones, en su etapa avanzada, literalmente tumbaban a la gente envuelta en insuperable somnolencia durante el día (en la noche, el insomnio enloquecía a los afectados). La confusión y la mala coordinación que sufrían los llevaba a las depresiones más profundas y, desde ahí, en espiral hacia el infierno. Eliminada la amenaza de la enfermedad del sueño, cierta renovada pasión invadió a los europeos y algunos africanos. Coincide con los reacomodos de los llamados “locos años veinte” que también tuvieron su expresión africana, muchas veces reprobable, colonialista, cruel: fue la terminación del protectorado británico en Egipto, la aprobación de la administración británica de Tanganica, antes alemana; fin del poder de Francia y Reino Unido sobre el Kamerun y Togolandia, también sobre Ruanda-Urundi, esta última otorgada finalmente a Bélgica.

    ¿Acaso la medicina africana no fue también sinónimo del desarrollo de anti-venenos? Un ofidiofóbico como yo —es el nombre que describe a quienes desarrollamos miedo irracional a las serpientes— se emociona con la anécdota. Fue una contribución africana crucial, y a partir de 1894 todo país donde abundan los reptiles que se arrastran horrendos y cobran vidas por su picadura —Brasil, Australia, Costa Rica, Sudáfrica y México— comenzaron a fabricar localmente sus antídotos, con más éxito que nunca y sobre la base de procesos iniciados en África.

    Mi periodo de espera y estudios, con excepción de un susto, no arrojó nada preocupante. Nada se encontró en el hígado, el corazón, la médula, los huesos (revisados por dentro por una técnica de barrena diminuta que hace pensar en un intrusivo sacacorchos y un mesero torpe que lo usa, no por ello menos ruidoso y perceptible, y que impone el agradecimiento por la existencia de acuciosas anestesias locales). Los pulmones, los riñones, el sistema linfático en general también se declararon libres de células malignas, sin relación alguna con el linfoma que paulatinamente crecía en mi pierna.

    El susto fue porque el TAC, Tomografía Axial Computarizada, muy amigable, y el PET-TAC que añade una Tomografía por Emisión de Positrones y que te pone por un ratito en las calles como espécimen radioactivo, mostraron algo misterioso: aparecía una raya dibujada como con fino estilógrafo en mi pleura. Mi padre murió de mesotelioma pleural —terrible cosa—; así que había materia para la consternación. Un radiólogo mexicano se encargó de revisar cuidadosamente el hallazgo con ecografía y descubrir que era “trivial”. Cuando le dije el motivo de mi preocupación y le confesé lo que aparecía en mi historia familiar, respondió sin quitarse audífonos que ese tipo de cáncer, el mesotelioma, es “muy ruidoso” y mi pequeña raya no llegaba ni a un suspiro. Suspiré aliviado.

    Otra enfermedad que hay que recordar en África, por el éxito en su eliminación, es la fiebre amarilla. Max Theiler fue el gran virólogo sudafricano de origen suizo que desarrolló la vacuna 17D que contiene virus vivos atenuados contra esa enfermedad. Su trabajo le mereció no solo estar en las listas como el primer Premio Nobel africano, otorgado en 1951, sino ser el único en la historia merecedor de tal reconocimiento mundial por el desarrollo de una vacuna contra virus. Más aún, se distingue por haber logrado “la madre de las vacunas”; la que todavía se usa después de casi 90 años, la que es más segura, la que con una sola dosis garantiza protección de por vida y la que alcanza inmunidad efectiva en más del 95 % de los vacunados. Nada de ello se hubiera logrado sin los datos epidemiológicos y los trabajos africanos, cruciales para cruzar el desafío científico abordado por el equipo de Theiler.

    Respecto al tratamiento de mi linfoma, llegamos a mediados de septiembre del 2025 ya eliminada la posibilidad de otros males dentro de mi cuerpo que se habían buscado con denodado esfuerzo. Llamé a mi doctor en España para programar lo que, se esperaba, sería una serie de sesiones de radiación. Le transmití mi fuerte preocupación por la forma en que el tumor había crecido durante la espera: “ha alcanzado el tamaño de una pelota de beisbol”. Él dudó; desconocía ese deporte. Cuando pasé a definirlo como una naranja, se sorprendió. Un último PET-TAC tendría que ubicarnos ante esa nueva realidad. Su resultado fue, lamentablemente, duro. Con semejante tamaño, con algunos satélites que lo circundaban y con la presencia de una actividad celular inusitada (se refería a la forma en que el tumor estaba “fagocitando” glucosa en sus adentros), no podría ser atacado con radiación y esperar buenos resultados. Se requería una nueva biopsia.

    Aquí radica el mayor contraste: lo que en Etiopía fue una biopsia ordenada y practicada en minutos, y… “levántate, a casa”, en España ameritó un día de estudios preminentemente cardiológicos; implicó una denodada depilación del muslo, una noche de estadía en habitación hospitalaria que, gracias a nuestra insistencia, no se extendió a dos. Ameritó anestesia completa y algunas ofertas conspiradoras de las enfermeras ofreciendo pastillas para que el trance fuera más pasable.

    Por el alto riesgo de una linforragia, la biopsia no se realizó en la lesión principal —en el mentado tumor—, sino en ganglios adyacentes. Desde antes de realizarse el estudio, se me había advertido que, si la biopsia mostraba la presencia de células grandes, lo que era probable en un 90%, me pasarían a quimioterapia. Pero el patólogo no encontró tales células así que, con nuevas ilusiones positivas en ésta mi rueda de la fortuna anímica, regresábamos al etiquetado previo de tumor “tipo B, aislado, células pequeñas…”. Pero había que reducirlo.

    Mi hematólogo sentía tener la solución en mano; y me pasó un cúmulo numeroso de pastillas de algo que se conoce como “cálquense” y que es un inhibidor de tirosina quinasa. Su ingesta rigurosa, una cada 12 horas, reduce células tumorales, especialmente las de los linfomas; los empequeñece o concentra. Este medicamento se utiliza comúnmente en el tratamiento de la leucemia linfocítica crónica.

    Regresé a África con mi tratamiento y mi optimismo en alto. Fue entonces cuando comencé a tener primeros contactos con una de las instituciones más impresionantes que se han instalado en Addis Abeba, la cual coordina e impulsa todos los trabajos de epidemiología y respuesta contra enfermedades y emergencias sanitarias en un continente que detona desafíos por día: el CDC-Africa (Centro de Control de Enfermedades).

    La idea de su creación fue propuesta por el gobierno de Etiopía en 2013, durante una cumbre especial sobre tuberculosis y VIH en Abuja, Nigeria. Tesfaye M. Bayleyegn, un doctor prolífico en estudios y libros (escribió entre otros Abatu Manew አባቱ ማነው que se puede traducir como “¿Quién es el Padre?” y donde se cuenta la historia del CDC), fue quien concibió ese proyecto médico pan-continental. La compartió con Frew Lemma, otra figura semi-heroica cuyo nombre resuena mucho entre el sector salud etíope y africano.

    La epidemia de ébola en África Occidental en 2014, una crisis que obligaba igualmente a reforzar todo proyecto de coordinación y, sobre todo, a impulsar prevención, confirmó que crear el CDC era indispensable. Ese mal aceleró el desarrollo de la institución hasta ser hoy un bastión de eficacia y buenas prácticas, no siempre seguido con igual rigor por los gobiernos nacionales. Su impresionante edificio modernista, también elevando por cooperación china, asoma imperial sobre la zona sur de la capital etíope. Entre los archivos del CDC se encuentra el registro de una batalla feroz contra el ébola que, desde 1976, había permanecido hasta cierto punto limitado a aldeas remotas de Sudán y la República Democrática del Congo.

    El ébola fue un enemigo latente, no avanzó mayormente durante cuatro décadas a pesar de ser un síndrome hemorrágico grave que lleva a la muerte a 8 de cada 10 afectados. De pronto atacó. Literalmente azotó África Occidental (Guinea, Sierra Leona y Liberia) convirtiéndose en una catástrofe sin precedentes. Invadió ciudades y brincó a otros países aterrando con esa etiqueta de malignidad que tuvieron la peste negra, la viruela, la gripe española o el propio Sida. 29,000 casos, 11,000 muertes en sus fatídicos meses invasivos. Parecía arrasar los sistemas de salud y las economías obligando a una movilización internacional inédita. Fue incluso necesaria una Misión de las Naciones Unidas para la Respuesta de Emergencia al Ébola que pudo coordinarse con CDC-Africa hasta el control de lo que parecía incontenible.

    Esa epidemia impulsó iniciativas nuevas para el desarrollo de vacunas y terapias. Y, lo más importante, motivó investigaciones clínicas que revelaron su especial malignidad: recaídas graves tardías e imprevisibles aun en pacientes con niveles virales inicialmente indetectables. Ello redefinió fundamentalmente la comprensión de la historia natural de esa y otras enfermedades. Además, el ébola subrayó la importancia de establecer bases de datos de parasitología, virología y entomología definidas para el ADN africano, como lo fue la iniciativa BioStruct-Africa, establecida en 2017. Obligó, más aún, a valorar y desarrollar epidemiología molecular, con la secuenciación genómica rápida que permite el seguimiento en tiempo real de la evolución viral y las cadenas de transmisión en África, una aplicación que prefiguró innovaciones posteriores en la respuesta a pandemias. Hoy, el CDC-Africa puede presumir un laboratorio de secuenciación que impresiona al propio primer mundo.

    Yo, por mi parte comencé a bajar en mi propio tiovivo personal cuando mi tumor evidentemente no cedía. Cuatro, cinco y seis semanas de cálquense y nada; quizá no aumentaba sus dimensiones como antes, pero definitivamente no se reducía y la piel a su alrededor pedía auxilio para contenerlo, a la par de sufrir un edema general de pierna que se empeñaba en darle cierta monstruosa fisonomía. Regresar a España con el fracaso, significó dudas sustantivas para los doctores: “¿qué clase de cáncer linfático de supuestas células pequeñas no reacciona ante el cálquense?” Tal pregunta añadía un voraz desasosiego para mí… pero coraje mayúsculo para mi esposa: “ya dejen de estar jugando, decídanse y actúen”, fue lo que dijo de manera menos diplomática.

    Un linfoma de estas características no puede ser extirpado. Dos espeluznantes fantasmas inhiben tan solo la idea: podría provocar el esparcimiento de células cancerosas en el torrente sanguíneo, sin posibilidad de conocer dónde aterrizarían para una metástasis, o dejar al paciente con deficiencia circulatoria en su extremidad e irremediablemente cojo. Una doctora opinó que se requería una tercera biopsia; mi esposa enfurecía ante sus ojos dubitativos. Cuidando la situación, el hematólogo fue práctico y ordenó, bajo el axioma de que a veces todos los caminos llevan a Roma, pasar en caliente a la quimioterapia. Ese tendría que ser el tratamiento independientemente del resultado de una nueva biopsia. Sería lo recomendable ante un linfoma de células grandes, difuso, soberbio, necio, cabezudo.

    Aun así, este especialista no dejó de ordenar un tipo diferente de biopsia, la BAG o “Biopsia de Aguja Gruesa”. Sus razones eran más bien académicas porque el primer ciclo de quimio se ordenó con velocidad y ya había comenzado. La aguja de un BAG, vista desde un camastro y con anestesia sólo local, sí se distingue por ser gruesa. Solo verla, sopesarla, imaginarla haciendo su trabajo minero, es lo que incomoda. Trabaja de manera similar a la técnica del core sampling que usa la geotecnia para obtener muestras en forma de cilindros inalterados o representativos de suelos a diferentes profundidades. Con eso hicieron múltiples punciones a mi abultado tumor. Finalmente, ahí, en esos cilindros con tejido, el patólogo pudo encontrar las famosas células grandes y confirmar que la quimioterapia, en cinco o seis ciclos, era indispensable. Estábamos de nueva cuenta en camino.

    CDC-Africa expone ejemplos de muchas otras historias fascinantes y estrategias de limitación a enfermedades arbovirales (las que trae un agente como los mosquitos, las garrapatas, las pulgas o vinchucas): dengue, chikungunya, zika. Pero quizá el momento en el cual la decisión, la voluntad política y la coordinación entre instituciones africanas fueron especialmente ejemplares sea la respuesta a la pandemia mundial de COVID-19. El CDC alberga expedientes donde se cuenta, entre otras maravillosas historias, que en abril de 2020 su director, el camerunés Dr. John Nkengasong, condenó las declaraciones de dos científicos franceses, los profesores Jean-Paul Mira y Camille Locht, que sugerían que una posible vacuna contra la tuberculosis, aplicada ahora contra el coronavirus, se probara en África. Calificó la voz de sus colegas de “repugnante y racista”.

    A partir de ahí, el continente africano demostró una respuesta distintiva y resiliente a la pandemia, con varios factores que contribuyeron a una trayectoria notablemente diferente en comparación con otras regiones del mundo. Los 47 países de la región africana miembros de la OMS registraron 9 y medio millones de casos confirmados de COVID-19 y más de 175,000 muertes para junio de 2023. Aprovecharon la experiencia previa con epidemias, en particular el brote de ébola, para activar respuestas rápidas. Establecieron grupos de trabajo de alto nivel continentales y nacionales para coordinar las estrategias y lanzaron en diciembre de 2020 una Alianza Africana de Respuesta a la Infodemia (AIRA) que, entre otras cosas, se dedicó exitosamente a combatir la desinformación en redes y a coordinar la verificación de datos en todo el continente.

    Claro está que sus capacidades instaladas revelaron fuertes huecos vulnerables como una limitadísima capacidad para hacer pruebas, sistemas de vigilancia deficientes y recursos insuficientes para la distribución de vacunas, lo que volvió a poner de relieve la urgente necesidad de fortalecer su infraestructura de salud pública y la indispensable independencia en la fabricación de vacunas a nivel local. A como se mire, las incertidumbres africanas se pudieron paliar de nueva cuenta con resiliencia, coraje, trabajo e innovación en la salud pública mundial.

    En mi cuerpo, la quimioterapia avanzó como lo hacen las quimioterapias: fastidiando todo y cortando por lo sano con el problema. Pero la sensación de milagro, cuando sientes en tu propia mano la reducción de un tumor, bien vale pasar por todas las penurias. En solo dos días, aquella naranja de células malignas paso a ser pelota de squash ponchada. Dos días. A partir de ahí la curva ha sido una asíntota orientándose a la erradicación total.

    ¿Qué le van a importan a uno las náuseas, la fuerte debilidad corporal, los dedos dormidos que aún hoy me hacen cometer tantos errores con el teclado? ¿Qué importa la sensación de sobrecarga de agentes extraños en cada milímetro del cuerpo, la vulnerabilidad inmunológica que te hace abrazar y hacer propio el más mínimo estornudo del vecino y convertirlo en fiebre? ¿Qué importan los momentos de ansiedad provocados por corticoides y otros medicamentos que inundan un organismo, hasta entonces tan ajeno a tanto fármaco? Nada. La sensación de curación invade y anima. La incertidumbre, si bien todos sabemos que está presente, comienza a ceder. El cuerpo se imagina sano y quiere seguir en la dirección que lo lleva a creer. Corre hacia esa creencia con la misma ceguera que caracteriza el enamoramiento.

    La quimioterapia me ha hecho avanzar rápido; sobrepasa los malos pensamientos, ratos y dolores como piedras en un camino mal asfaltado donde un carro simplemente se atreve a correr convirtiendo todo bache en estela de polvo. Al andar por el sendero de este envenenamiento sanador, me ha dado por pensar en la recorrido africano en el tema de su salud pública tan lleno de escollos terribles y paradójicamente famoso por sus éxitos: queda tanto por hacer ahí para superar la famosa fiebre de Lassa que hoy es una amenaza emergente crítica en África Occidental. Al otro lado del continente, atormenta la fiebre del Valle del Rift devastadora enfermedad hemorrágica viral zoonótica transmitida por mosquitos, que nos habla de la enorme importancia de entender, en una misma ecuación, la salud animal y la humana, algo que CDC-Africa tiene muy claro. Lo mismo se aplica para el Mpox (viruela del simio) que pasó de enfermedad endémica zoonótica a amenaza global. Su primera víctima humana data de 1970 en la República Democrática del Congo y permaneció prácticamente confinada a África central y occidental. Pero el cese de las campañas de vacunación contra la viruela, sumada a la urbanización, la degradación ambiental, los viajes internacionales y las interacciones entre humanos y fauna silvestre ya la convirtieron en 2022 en Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional.

    El panorama epidemiológico continúa cambiando, alerta sobre el hecho indefectible de que no hay reducto que pueda dejarse desatendido porque esa podría ser la fuente de una nueva tragedia. A estas enfermedades, acostumbradas a permanecer latentes, vinculadas al descuido y los abismos del subdesarrollo, se les clasifica como Enfermedades Tropicales Desatendidas (ETD). Nombres fascinantes y aterradores, que no recomiendo buscar en Google porque ofrecen experiencias rudas, propias para desarrollar picazón, me han comenzado a ser familiares: esquistosomiasis, geohelmintiasis, oncocercosis, filariasis linfática y tracoma son los motes elegantes de parásitos de pueden afectar a cientos de millones de africanos, impactando desproporcionadamente a los niños y a las poblaciones más pobres. Su mapeo entre 2014 y 2016 en 37 países africanos (90 % de los distritos de la región africana de la OMS) ha sido la guía de encomiables programas e investigaciones que hoy son la razón de una suerte importante de nuevas donaciones por parte de países que ven ahí resultados y canalizan dinero hacia el continente ahora que la cooperación internacional se halla tan mermada. Pero mejor aún, han sido la vía para establecer protocolos y estrategias de control comunitario efectivo, basado en autogestión, que toma en cuenta experiencia y prácticas locales que merecían desde hace mucho ser revalorizadas.

    Para el 2024, 50 países africanos habían eliminado con éxito al menos una de esas ETDs, y 13 países habían erradicado al menos dos. Togo alcanzó el hito más ambicioso, eliminando cuatro ETDs. Ya casi no existe la dracunculosis, la tripanosomiasis africana humana, la filariasis linfática, la rabia, la leishmaniasis visceral y el pian.

    Soy un optimista incorregible. Ataco la incertidumbre con un arma extraña: considero la acción misma orientada hacia objetivos claros como la base del éxito. Trato de no dar cabida a la duda y nunca caer en escoyos de indefinición aun cuando, por momentos, lo indicado sea una espera, una tardanza, un periodo de necesaria recuperación: pido enfáticamente que se sepa por cuánto tiempo es la pausa, que se conozcan sus razones. Por todo ello es que llamé a este texto: “Enfermar en África”. Escribo en el momento en que después de 5 ciclos de quimioterapia y a la mitad de un programa pesado de 18 o 20 sesiones de radiación, pero muy bien dibujado —digo dibujado porque hasta se tiene la práctica de tatuar unos puntos cardinales alrededor de la zona tumorosa para que la máquina de rayos ionizantes de alta energía atine bien en su función—. Todo ello sobre las esquirlas de un tumor que parece ese enemigo que cae y renace, se dobla y contrataca. Me recuerda al “flood” super-organismo alienígena parásito y virulento propio del videojuego Halo. Es lo que concibo más cercano al cáncer en ese mundo ficcional: nunca sabes bien a bien si ha quedado vencido en definitiva.

    La magia para sanar es la persistencia. El músculo para lograrlo proviene de un maravilloso equipo de médicos. Ellos no piensan en países, diplomacia y geopolítica; piensan en curar y si se ponen nerviosos les caen encima los parientes, como mi esposa, y les dicen: “el que duda pierde, tome decisiones, doctor”. La esperanza se nutre justamente con el cobijo de los familiares y los amigos, de los que me escuchan. El videojuego asoma como gesta eterna porque eso del cáncer es, en cierto modo, el alocado rechazo de unas células a la misma muerte, la programación errática de reproducción que desarrollan empeñadas en vivir eternamente. Conlleva la sensación de lucha perpetua donde los aplastados reaparecen, pero frente a ellos, los logros se acumulan para dar nueva energía al paciente. Al final, el tumor, como en el videojuego, cede, desaparece, la incertidumbre acalla sus voces por un rato…, la fuerza del espíritu y la fe resurgen para aplacar esas voces cuantas veces sea necesario, una o mil veces. [ C ]

  • Made in Groenlandia

    Made in Groenlandia

    En la geografía mundial, Groenlandia representa una isla, cuya extensión forma parte de las tierras heladas del planeta. Más de cuatro quintas partes de su superficie (2,175,600 Km2) están cubiertas de hielo y las variaciones en sus niveles han sido motivo de interés científico y geopolítico. El calentamiento global ha hecho cada vez más evidente el acceso a sus recursos naturales, que durante siglos permanecieron casi impenetrables debido a las inclemencias del clima.

    Uno de los principales y más valiosos recursos de la isla es el agua. Según el National Snow and Ice Data Center (2021), Groenlandia posee una capa de hielo de aproximadamente 3,400 metros de grosor y un área de 1.7 km². A ello se suman los casquetes polares y otros glaciares que forman parte del agua congelada, además de la riqueza de agua dulce conformada por ríos —como el Borglum— y una gran cantidad de lagos bajo la capa central de hielo. Se presume la existencia de 56 lagos aún por descubrir, además de los cuatro ya identificados (Daley, 2019). Estas cifras evidencian la fuerte inversión que se requiere para la investigación y explotación de este recurso, cuyo costo de exportación, puede resultar elevado debido al estado en el que se encuentra.

    El interés que despierta Groenlandia hacia el exterior no se limita solo al agua, también comprende sus recursos minerales definidos en lo que se conoce como tierras raras, que junto con el uranio y otros minerales, son utilizados en la fabricación de productos que hoy en día forman parte de nuestra vida cotidiana como paneles solares, teléfonos móviles, computadoras, electrodomésticos, entre otros. Este conjunto de minerales, está compuesto por 17 elementos del grupo 3 de la tabla periódica y poseen características esenciales para la industria tecnológica. Según Gemini ai (2026) en este grupo figuran el Neodimio (Nd), utilizado principalmente para la fabricación de imanes permanentes empleados en los motores eléctricos y aerogeneradores; el Escandio (Sc), que en forma de aleaciones de aluminio es utilizado para la industria aeroespacial (aviones o satélites); el Itrio (Y), que se utiliza en la fabricación de pantallas LED, sensores de microondas y láser; y el Gadolinio (Gd), usado en medicina como agente de contraste en resonancias magnéticas.

    El apelativo de “tierras raras” no alude a su escasez en la naturaleza, sino a la dificultad de encontrarse en concentraciones puras que faciliten su extracción para su aprovechamiento. Este conjunto de minerales también forma parte del grupo de los lantánidos, que representa una agrupación de 15 elementos, a los que se suman los metales de transición y que, en su conjunto comparten propiedades químicas similares. Aun cuando se sabe que China es el principal productor mundial de tierras raras, (ocupa más de un tercio de las reservas conocidas), Mongolia ocupa el primer lugar en producción. Sin embargo, el control económico sobre la explotación y procesamiento lo mantiene China, quien ha priorizado su crecimiento industrial e invertido en centros de investigación especializados.

    El interés de China en la riqueza mineral de Groenlandia se ha visto fortalecido con la firma de convenios a largo plazo para la compra de minas, la dotación de mano de obra barata y la apertura de nuevas rutas marítimas hacia el Ártico, que le aseguran acceso a materias primas y sostienen el 46% de su PIB (Aznar, 2022). No hay que olvidar que China representa la “fábrica del mundo”: (VV.AA. 2014).

    En el mismo orden de ideas, la ubicación geográfica de Groenlandia, ha puesto de manifiesto el interés de otras potencias, pese a que, si imaginamos que esta isla, la más grande del mundo, está situada entre los paralelos 59° y 84° latitud norte y se ubica dentro del círculo polar ártico, cualquiera podría pensar que en esas condiciones extremas de clima, ni siquiera puede haber vida, por lo que, ¿Quién podría fijarse en este territorio?; pero no es así, su condición inhóspita no le resta valor geopolítico ni medioambiental, por el contrario, ha generado disputas territoriales entre países como Canadá y Rusia por la delimitación de costas con fines pesqueros, además de acuerdos marítimos que ha establecido con Dinamarca desde 2006.

    Fuente: Google Earth 2026

    Esta misma posición geográfica, pone de manifiesto la comunicación del Ártico con el Atlántico, un paso que, durante la Guerra Fría, estuvo bloqueado para impedir el tránsito de submarinos soviéticos hacia el Atlántico, lo cual le restaba dominio a Rusia sobre la zona. Actualmente Dinamarca, junto con las islas Feroe, controlan los pasos GIUK (Groenlandia, Islandia y Reino Unido) y GIN (Groenlandia, Islandia y Noruega). Y por si fuera poco, su posición la sitúa en el triángulo conformado por Europa, Norteamérica y Rusia, a través del cual se han impulsado nuevas rutas de navegación que benefician a puertos importantes. Estados Unidos, por su parte construyó una base militar en Thule, un sitio ubicado entre la distancia que separa a Nueva York de Moscú y que funciona como escudo antimisiles en defensa de Estados Unidos y países aliados y cuenta con un sistema de alerta temprana.

    Se sabe, desde hace tiempo, que la región ártica posee importantes recursos energéticos como el petróleo, el gas natural y el carbón, los cuáles abundan principalmente en el Este de Groenlandia. Y se ha demostrado que esta región cuenta con una mayor concentración de hidrocarburos, debido a su historia geológica en cuyo caso el costo de la extracción sigue siendo muy alto debido a la presencia de los icebergs que se mantienen como un reto latente. (Valer 2021). A esta riqueza de recursos energéticos se agregan sus yacimientos importantes de petróleo, que de acuerdo a Aznar (2022), representan la mitad de las reservas del reino Saudí.

    Otros recursos como el paladio, los diamantes, el cobalto y el níquel, son motivo de interés en la isla además de su riqueza pesquera, cuya explotación constituye el 90% de sus exportaciones, aún con una economía inestable que fluctúa con la variación de sus precios en el pescado y mariscos.

    Ahora bien, si Groenlandia siempre ha existido donde se encuentra, ¿Por qué ha despertado tanto interés geopolítico en los últimos años?; el cambio climático ha intensificado este interés. El deshielo de sus casquetes polares representa el 25% del aumento del nivel del mar (Sánchez, 2022), lo que facilita el acceso a sus recursos naturales y a la apertura de rutas marítimas más seguras, ante lo cual Rusia, China y Estados Unidos se mantienen atentos.

    En 1946 Estados Unidos ofreció 100 millones de dólares a Dinamarca para comprar la isla, oferta que fue rechazada y que derivó en un acuerdo para la construcción de la base militar en Thule (Cánovas, 2020). Resultado de este acuerdo, Estados Unidos ha continuado con la realización de investigaciones científicas no solo en sus reservas minerales, sino en la explotación y exportación del agua, situación que actualmente se ve comprometida por el cambio climático que acecha al planeta.

    Rusia, por su parte, ha manifestado intereses diferentes que se han encaminado hacia un dominio militar y económico. Actualmente reclama el dominio de la cordillera submarina denominada Lomonósov ya que afirma, ésta conecta con su plataforma continental, de comprobarse este hecho, Rusia podría adquirir cierto dominio sobre la región. 

    Pese a todos estos intereses, Groenlandia mantiene estrechos vínculos con Dinamarca, de quien adquirió autonomía en 1979 y de quien políticamente mantiene su soberanía y seguridad, aun cuando internamente la isla tome sus propias decisiones sobre sus recursos, sigue manteniendo dependencia económica de Dinamarca.

    En resumen, e independientemente de los intereses que despierta, Groenlandia se encuentra fuertemente amenazada por los efectos del cambio climático ya que el fenómeno del deshielo se está dejando ver con mayor fuerza; este proceso, como ya se mencionó dejará al descubierto muchos minerales y recursos energéticos que provocarán una disputa mundial en esta gran carrera por el dominio del Ártico, lo cual pone de manifiesto una realidad compleja en la cual no sabremos que privilegiar, si lo humano, lo social, lo económico, lo cultural, lo político, o el medio ambiente.[ C ]


    Referencias:

    1. Aznar Fernández-Montecinos Federico (2022) Dinamarca y el Ártico, el caso de Groenlandia. Capítulo 5. En: Cuadernos de Estrategia.

    2. Cánovas Sánchez, B. (2020). ¿Por qué Groenlandia es un factor es­tratégico en el Ártico? Instituto Español de Estudios Estratégi­cos. DIEEEO 148/2020. Disponible en: https://www.ieee.es/ Galerias/fichero/docs_opinion/2020/DIEEEO148_2020BAR­CAN_Groenlandia.pdf

    3. Conoce Groenlandia: La sociedad y su gente. Disponible en: https: //www.groen-landia.com/conoce-groenlandia/personas. Consultado en Aznar (2022)

    4. National Snow and Ice Data Center (2021) Quick Facts on Ice Sheets. [NSIDC.com] https://nsidc.org/learn#:~:text=The%20Greenland%20Ice%20Sheet%20extends,times%20the%20size%20of%20Texas

    5. Daley, J. (2019) More than 50 Lakes Found Under Greenland Ice Sheet. [versión electronica] Smithsonian Magazine

    6. Valer Serna Renato. (2021). Los Recursos Naturales Estratégicos de Groenlandia y el interés del Reino de Dinamarca y Estados Unidos de América en el período del 2016 al 2020. Tesis. Universidad San Ignacio de Loyola. Lima Perú.

    7. VV.AA. (2014). Documentos de Seguridad y Defensa 66 Geopolítica del Árti­co. Dos visiones complementarias. España-Singapur. Instituto Español de Estudios Estratégicos

    8. https://www.politicaexterior.com/articulo/mirar-un-mapa-groenlandia-la-clave-del-artico/

  • Dos fotografías de Don Benito

    Dos fotografías de Don Benito

    Uno

    En la extensa y muchas veces idealizada iconografía de Benito Juárez, hay una fotografía de rara belleza que lo retrata cuando el prócer tenía alrededor de cuarenta y dos años, es decir, en el momento en que fungía como gobernador de Oaxaca, durante la consolidación de la joven República Mexicana.

    El licenciado, en la cuarta decena de su vida tenía una trayectoria que me hace sentir miserable: seminarista, licenciado, reputado masón, diputado al congreso local, profesor universitario y como se sabe, huérfano, pastor de ovejas, criado en casa de ricos e indígena discriminado por su sociedad.

    Pero la fotografía me interesa no para engrosar la hagiografía del gran Benito, sino porque permite observar a un ser humano que no tiene paralelo con el Personaje y mucho menos con el histórico Benemérito del que todos hablamos y al que la oficialidad se refiere ceremoniosamente, aun cuando este 2026 se haya dedicado oficialmente a reparar el papel segundón que se le ha dado a su esposa, Margarita Maza.

    Regreso a la fotografía. En ella apreciamos a un hombre entre dos mujeres enjutas; es cetrino, duro, y con una pose que lo acompañará a tal punto que terminó siendo su mayor atributo: inconmovible como piedra. Se podría argüir temor a la cámara o, por el contrario, que no le mueve un ápice el novedoso aparato. Al mismo tiempo, la foto no revela megalomanía, orgullo, afectación, sensibilidad, adustez y mucho menos conciencia de la trascendencia histórica. No tendría por qué estarlo, desde luego. El retratado es un personaje público, el “señor gobernador”, pero en esencia es un hombre que ha pasado la cuarentena y que aún no vive los hechos trascendentes de su adultez. Por eso la fotografía suma un encanto definitivo: el ser humano a secas.

    Dos

    No necesito decir que Juárez presidió México por catorce años y tuvo que hacer frente a las condiciones estructurales que requería el país, negociándolas, imponiéndolas, acudiendo a ellas o incluso llegando a su creación. De su muerte acaecida en julio de 1872 a la fecha, se ha formado una gran historia alrededor del juarismo que sería imposible desvincular su persona a la de México “liberal” en el que supuestamente vivimos. Sin embargo, el Juárez persona, el humano, el que siguiendo los dictámenes de la tradición nació en Guelatao y  no sabía hablar español hasta su pubertad, es una personalidad que ha quedado sepultada en las olas de la apología.

    Enclavada en la región serrana del sur de México, los zapotecas son un pueblo de arraigadas costumbres y de una cosmogonía más que llamativa, poética: “habitantes del país de las nubes” se definieron ellos mismos. Juárez, nacido en la recta final del virreinato de la Nueva España fue un gran receptor de esos ideales precolombinos, ancestrales e incognoscibles, aunque él mismo o nosotros queramos negarlo. De esa época se tienen pocos o nulos datos biográficos, al menos creíbles. Los que se señalan son los que él mismo redacto para transmitirlo a sus hijos y una innumerable historiografía que raya en lo puntilloso o en lo demencial.

    Yo no he sido fan de don Benito y debo reconocerlo de entrada. Me resulta antipático por el exceso de devoción que se le ha endilgado, convirtiéndolo en el santón de las causas políticas y el mandamás de la honorabilidad. Su omnipresencia en instituciones, calles, pueblos de poca monta, escuelas y en las carreras de leyes, me lo hicieron casi antipático, amén que la educación que recibí de niño en una escuela de mormones, me lo dosificó diariamente en el ideal máximo de las virtudes cívicas.

    Pero me intriga, y aunque no sigo a Ralph Roeder y su monumental obra juarista, ni a don Andrés Henestrosa y su mitificación del apóstol, vamos, ni siquiera a mis colegas locales que estudian el impacto de los liberales en las tierras del Popocatépetl, reconozco y admiro algunas pequeñas grandes virtudes de Pablo, su segundo y casi desconocido nombre.

    Tres

    Comenzando por su inteligencia. No diré nada sobre su bilingüismo a destiempo, pero al relatar su época en el seminario, su queja de las aletargantes clases de los maestros, que no se esforzaban por explicar la profundidad teológica y que se limitaban a enumerar los dogmas memorísticamente, es una muestra de su capacidad activa para el conocimiento: “me aburrían las clases” dice con gran fuerza de convicción y con esa economía de estilo que caracteriza sus prosas. Pablo: el buen alumno que quiere tener buenos maestros.

    Patricia Galeana (Benito Juárez, el indio zapoteca que reformó México, Madrid, Ediciones Anaya, 1988) dice que Juárez era un “líder sin carisma, pero que logró imponer su personalidad”. Esta frase me hace pensar en la clásica tipología del líder que elaboró Max Weber. Don Benito era todo lo contrario: obseso con el orden y con la disciplina, seco, seguramente vivaz con sus íntimos, pero poco. Cómo hizo esta figura pétrea para dominar a una turba de personajes briosos y establecer un proyecto de nación que se impuso con más fuerza que cualquier reforma estructural contemporánea será la enorme duda que la historiografía no puede aclarar del todo.  Las razones de Juárez, son infranqueables, como el dios zapoteca Cocijo, es hierático e indescifrable, el trueno y la lluvia. Se cuenta que cuando vio finalmente a Maximiliano, pues solo había oído de su adversario a través de terceras personas, éste era un cadáver tasajeado y maltratado por las nefastas necropsias que le hicieron. La crónica cuenta que lo estuvo analizando en silencio, de manera que no sabemos si era para medir la exacta dimensión mental y ontológica de su enemigo, o disfrutaba de una vulgar venganza. Al final solo se permitió decir un lacónico: “en verdad era alto este hombre”.

    Si los testimonios de sus íntimos no son del todo vivos, menos los de sus adversarios. Las caricaturas políticas de su época lo convirtieron en un enorme grillo panzón con la cara prieta esperando el turno en la ruleta del poder, como un enano narizón, o como un vampiresco hombre de frac defendiendo a capa, nariz y orejas la silla presidencial. Nada que ver con el carisma del joven Porfirio Díaz o con la sagacidad y perversidad en la mirada de Lerdo de Tejada. Pero sus enemigos, que se cebaron en esas caricaturas, tampoco pudieron penetrar la máscara de piedra, el velo oculto detrás del mandil masónico.

    Don Benito, fue pétreo desde siempre y no dejaba ver su verdadero yo. La idea del hombre de leyes, absoluto defensor de la igualdad y la libertad nacional requerían ese tono. Puede ser. La elevada dignidad de su cargo se mezcló con la nobleza y gallardía de su origen prehispánico, desencadenando una suerte de pontificado civil. Quizá.

    Cuatro

    Al final del día no sabremos realmente mucho del hombre detrás de esa máscara.
    Pero nos contentamos al saber que no era una efigie, ni la esfinge que en su momento fue Porfirio Díaz, un hombrón que imponía respeto con su presencia, con su voz (que apenas fue dada a conocer hace años en un mensaje grabado) y con sus miles de artimañas listas para ser ejecutadas.

    Don Benito, libre de estas asociaciones que harto material han dado para las tipologías literarias de los tiranos machos, grandes, olímpicos y omnipotentes, imponía sus ideas.

    Me repugna especialmente pensar que Sebastián Lerdo de Tejada u otro asistente y secretario hayan sido la inteligencia o la técnica detrás del poder. Me alejaré de mi punto de vista para caer en mis queridas reconstrucciones. No tengo dudas que don Benito no necesitaba apoyos, bastándose a sí mismo para citar jurisprudencias, repensar el alcance del código civil federal o estructurar una ley según la escuela de Savigny. Pero ¿y en el resto del oficio político? No dudo de su intranquilidad bajada a sombrerazos de aplomo para huir del peligro, cargar con el Archivo de la Nación y seguir su itinerancia en los desiertos del norte de México; para andar escribiendo oficios y exhortos en su carruaje o tener de plano que entrarle a los manuales de guerra para no ser ninguneado por los innumerables generales del ejército constitucionalista, truculentos y abogados como el mismo don Benito, pero con baños de fuego que el de Guelatao no conoció jamás. Guillermo Prieto cuenta de aquel pasaje en Guadalajara donde solo su verborrea libró al presidente de un fusilamiento seguro, pero no dice si el hombre mentó madres después del acto, si se tragó el coraje en lo más recóndito de su hígado o se pidió que el carruaje se parara para mear de miedo en el camino.

    Cinco

    No puedo soslayar el retrato limpio del hombre porque ese, a fin de cuentas, es el más valioso de todos los anteriores. Don Benito fumaba, y recio, por cierto. Su tabaco negro, apestoso e intenso acompañaba su aureola de santidad civil. ¿A punta de cigarros se bajó el nervio y la presión ante problemas que harían tambalear a los halcones de la geopolítica contemporánea? Puede, y eso no quiere decir que fuera vicioso o débil, que buscara un salvamento fisiológico. Mis maestras mormonas jamás me lo dijeron, por cierto.

    Fumaba: es un descargo a tanta chatez y formalismo.

    Su frac impecable lleno de humo y quizá con quemaduras. Sus dientes amarillos a más no poder (¿será por eso que en todas sus fotos sale impasible y no suelta una risita de consuelo?), sus traguitos de coñac o ron de vez en cuando, sobre todo cuando llegaban los amigos entrañables. Ese Juárez vale oro.

    Por eso debo cerrar este texto con otra imagen, la única fotografía de una presidencial mano de cartas del siglo XIX. Observamos con verdadero deleite que el prócer está sentado en la mesa de juego al lado de Henry Cuniffe, cónsul de Estados Unidos en Paso del Norte, Inocente Ochoa, Juan Zubirán y W. Mills. El viejo se ve cansado, desaliñado, pero absolutamente feliz. La foto me encanta por un detalle menor pero claridoso. El licenciado está alegre, pasadito de copas. Con su cabello desarreglado por la farra, tenemos a un Juárez vivo y humano, cercano a nosotros, desdeñoso de la imagen que diera de él Amado Nervo “aquel hombre era / sereno como el cielo en primavera /y glacial como cima que acoraza”, etcétera.

    Inclusive, el retratado rompe ese otro legado no dicho por la oficialidad pero reconocido por propios y extraños: el peinado “a la Benito Juárez”, sinónimo de la raya de lado con untuosos geles, aceites, cremas o ya de plano con jugo de limón, que aplaca al cabello más rebelde en un sobrio, esmirriado y relamido peinado al que generaciones enteras nos han condenado en la más lejana niñez.

    Yo me quedaría con ese con Benito, con unas copitas de más, real, más entrañable y más querido. Es el ser humano que se relaja y disfruta y no el hombre con poses para la eternidad.

    Seis

    El muy reaccionario Armando Ayala Anguiano, fundador de la revista Contenido, denostó hasta el cansancio a Juárez diciendo que vivía en una choza que mandó construir dentro de Palacio Nacional, que era incapaz de vivir la buena vida, que no sabía comportarse en sociedad y que en el colmo de las apariencias, cuando trabajaba en Nueva Orleans sudaba la gota gorda porque no quería despojarse de su saco en medio del calorón del Mississippi. Por otro lado, don Andrés Henestrosa, a quién respeto mucho pero vaya si tuvo errores políticamente no correctos por decirlo suave, nos pinta a un Benito (que no necesita diminutivo) que casi huele a santidad y al que las ovejas se acercan para balarle al oído suaves melodías de amor. Me gustaría pensar en el justo punto medio, que don Benito hablaba latín para sus adentros, se encomendaba a la virgen de Guadalupe en sus momentos de tribulación y mentaba madres al por mayor. Morir de un dolor intenso sería patético, mejor una imagen inventada por supuesto: al morir dijo una frase heroica y profundamente nihilista, algo así como “díganles a mis enemigos que me río de sus idioteces y pendejadas. Ya me voy, me espera Max para echarnos unas cubas. Josefa, por favor no dejes que se roben galletas cuando sea el novenario. Margarita, véngase pa´ca mi chula, discúlpame por robarte vida y porque también te van a poner mi apellido en el futuro. Vida, adiós”.

    Termino este texto con un lugar común: a final de cuentas el ser humano es el mismo a través de los siglos y la literatura nos hace comprender la Historia en su mejor dimensión, es decir, en la realista. Don Benito fue hijo de su tiempo y hay que agradecerle que supiera vivir la vida sin poses, y si las tuvo al menos ahora lo seguimos recordando.

    Se murió de angina de pecho, producto de sus enormes presiones arteriales ¿quién no ante una serie de reformas estructurales, la presión de los gringos, una guerra civil, una intervención extranjera, la lucha contra un emperador de folletín armado hasta los dientes, la lucha interna de su partido político, la presencia delirante de Carlota, la presión del clero y el brío de los ultra jacobinos que le acompañaban? y de su cigarro negro y apestoso, claro.

    Se nos fue y aunque el danzón recuerde que si no hubiera muerto todavía seguiría vivo, quizá sea tiempo de dejarlo descansar en santa paz. [ C ]

  • La elección de leer: Cees Nooteboom

    La elección de leer: Cees Nooteboom

    Hace doce años leí Cómo ser europeo de Cees Nooteboom. Hoy vuelvo a ese libro como una forma de homenaje tras su reciente muerte. No era un libro que buscara; llegó a mis manos sin intención previa, pero con la sensación de haber encontrado algo esencial. Es una colección de ensayos y conferencias donde reaparecen los grandes temas que atraviesan su obra: la libertad como experiencia personal, el viaje como forma de conocimiento y, por encima de todo, la lectura como acto fundamental de libertad. Entre todos, uno me impresionó de manera particular: “Encuentro con una mayúscula”. Me impactó tanto que me tomé el trabajo de transcribirlo para compartirlo con mis amistades, como si al copiarlo pudiera prolongar su efecto.

    En ese texto, Nooteboom imagina la visita de la letra mayúscula “L”. La Accademia della Crusca le ha pedido que elija una palabra en su lengua que represente la libertad y que comience con esa letra. La escena es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. La letra no es un signo muerto, sino una presencia viva que lo interroga, que lo obliga a definirse. El escritor duda entre dos verbos esenciales en su vida: caminar y leer.

    Caminar significa viajar. No el simple desplazamiento físico, sino el acto de exponerse al mundo, de abandonar el lugar propio y aceptar la incertidumbre. Nooteboom empezó a viajar muy joven, sin dinero ni equipaje, movido por una necesidad que no era económica ni práctica, sino existencial. Viajar era su forma de escapar de los límites visibles e invisibles de su origen, de comprobar que el mundo era más vasto que cualquier frontera.

    Leer, en cambio, representa otro tipo de viaje: el interior. Es el acceso al pensamiento, a la memoria de otros, a la experiencia acumulada de la humanidad. “Aquella noche tuve tiempo para reflexionar”, escribe. “Con lo de caminar no me refería naturalmente al sencillo acto que inicié en 1935 a base de caerme e incorporarme, sino al hecho de viajar, que ha dominado mi vida. Pero hay otra actividad, con la que empecé justo después de la Segunda Guerra Mundial, que ha determinado igualmente mi vida: la de descifrar signos secretos y traducirlos a la realidad que designan”.

    Finalmente, se decide por el verbo leer. Y al hacerlo, explora su etimología en las antiguas lenguas germánicas, donde leer significaba originalmente recoger, escoger, seleccionar. Leer es elegir. Y elegir es ejercer la libertad. Cada libro escogido es una afirmación silenciosa de la autonomía del espíritu.

    Pero el texto va más allá de la experiencia individual. A través de su diálogo con la letra “L”, Nooteboom introduce una reflexión más amplia, que hoy resulta inquietantemente actual. Existen, dice, lectores de muchos libros y lectores de un solo libro. Y cuando una civilización se basa en un único libro y excluye a los demás, la libertad comienza a estrecharse. No es una afirmación abstracta. Es una advertencia histórica.

    Vivimos en una época que, paradójicamente, dispone de más información que ninguna otra en la historia, y sin embargo muestra signos crecientes de empobrecimiento intelectual. Las posiciones se endurecen, las opiniones se vuelven identidades, y las identidades, fronteras. Los algoritmos sustituyen la curiosidad; nos muestran aquello que confirma lo que ya creemos y ocultan lo que podría contradecirnos. La pluralidad aparente encubre una uniformidad invisible. Cada grupo vive dentro de su propio sistema cerrado de certezas.

    La polarización no es solo política. Es también cultural, intelectual, emocional. Consiste, en el fondo, en la renuncia a leer, a entender al otro.

    En este contexto, la defensa de la lectura que hace Nooteboom adquiere una dimensión nueva. Leer no es acumular información ni consumir textos con rapidez. Es aceptar la complejidad. Es habitar temporalmente otra conciencia. Es reconocer que el mundo no se agota en nuestra experiencia inmediata. El lector que escoge un libro distinto, una voz distinta, resiste la tentación de la simplificación.

    Leer es, en ese sentido, un acto silencioso de resistencia.

    Nooteboom evoca la figura de Erasmo, quien creía que los pueblos podían comprenderse si leían los libros de los otros. Es una idea antigua, casi ingenua en su aparente sencillez, pero profundamente significativa. Porque leer al otro es reconocer su humanidad. Es admitir que ninguna verdad es absoluta, que toda certeza puede ser ampliada.

    Hoy, cuando la velocidad sustituye a la reflexión, cuando el fragmento sustituye a la continuidad, cuando la reacción sustituye a la comprensión, la lectura se convierte en una forma de lentitud deliberada. En un espacio donde el pensamiento puede respirar.

    La letra “L” le dice finalmente que leer es un círculo: leer es escoger, pero para poder escoger hay que leer.

    En esa circularidad se encierra una de las definiciones más precisas de la libertad. La libertad no es un estado que se posee de una vez y para siempre. Es un ejercicio continuo. Una práctica. Un hábito del espíritu.

    Quizá por eso ese texto, leído hace doce años, no ha perdido su vigencia. Al contrario, hoy lo comprendo mejor. En un mundo cada vez más inclinado hacia las certezas inmediatas, la lectura sigue siendo uno de los pocos espacios donde la libertad no es una consigna, sino una experiencia real. [ C ]

    ***

    ENCUENTRO CON UNA MAYUSCULA

    Cees Nootebom

    Traducción: Inés Ortíz  

    Uno nace pelirrojo o castaño, en el siglo XX o en XV, y pronuncia un discurso ante la Accademia della Crusca en Florencia, y del cesto con las veintiséis letras con las que se compusieron MacBeth, Ulises, María Esturardo o El Quijote cae la letra “L”, que en italiano es la primera letra de la palabra “libertad”, aunque no así en mi lengua.

    Era verano, un caluroso día de julio, y yo estaba en mi isla. De pronto entró volando en mi casa esa letra “L”, tan inevitable como ser pelirrojo o como mi año de nacimiento: 1933. La “ele”, con la que llevo manteniendo una relación más o menos íntima en su forma múltiple –de letra minúscula, de entrometida y apresurada cursiva, de lambda griega despatarrada y de mayúscula que a la vez quiere ser cifra-, se sentó frente a mí en su forma mayúscula. Imagínensela, ha sido creada para esta postura, y yo tengo unas sillas españolas rústicas bastante rectas. Al entrar, se detuvo unos instantes en el vano de la puerta con toda su sencillez vertical a la que llamamos injustificadamente minúscula, aunque sentada poseía la dignidad del énfasis, lo que confirió a nuestra primera entrevista un aire de solemnidad pero también de examen. Además, iba ataviada con un severo Elzevir holandés, carácter tipográfico que le daba un porte calvinista.

    Las letras, como saben, hablan todas las lenguas, y por ello esta “L” hablaba un neerlandés impecable, con un deje parecido al de nuestra reina, que, créanme, no puede ser más bonito. Pero mi “L” no había venido a divertirse.

    -¿Ha comprendido usted bien lo que le ha encargado la Academia?- me preguntó-

    -Creo que sí –contesté-. Me piden que busque una palabra en mi lengua que represente la idea de libertad y que empiece por usted.

    -¿Y? ¿Ya ha encontrado alguna? –preguntó en tono inquisitorial.

    Nunca me ha sentido muy cómodo en los exámenes.

    -En honor a la verdad, todavía estoy dudando –le dije-. Hay dos palabras en mi lengua que han sido importantes en  mi vida, pues ambas me han ayudado a encontrar la libertad.

    -¿Y qué clase de palabras son esas? ¿Sustantivos?

    -No, verbos.

    Se produjo un silencio.

    -Me gustaría saber qué vendrá detrás de mí –dijo finalmente la “ele”.

    -Lo comprendo –contesté-, pero concédame un tiempo de reflexión.

    -Así que tiene usted que elegir entre dos verbos. Los sustantivos expresan los conceptos mucho mejor, ¿no cree?

    -Piense en el verbo zijn (ser) objeté, ligeramente irritado-. Toda la filosofía se fundamenta en ese verbo. Heidegger lo escribe incorrectamente con una “S”, como seyn, pero su significado es esencial, acuérdese de essere…

    -La “S” y la “Z” no son mis colegas favoritas –repuso la “L” poniéndose en pie-. Bien, le concedo a usted un día para pensárselo. ¿Existe en esta isla una biblioteca decente donde pueda dormir esta noche?

    -Hay una biblioteca pública –dije-, pero va a parar de todo, también periódicos y esas cosas.

    -No puedo permitirme ningún capricho, mi función es servir.

    -Lo sé, pero ¿qué le parece la catedral? Hay ahí unos misales enormes, magníficos. Dispondría usted de un espacio.

    -Tal vez –repuso la “L”, y se encaminó hacia la puerta-. Reducida de nuevo a su estado de minúscula resultaba mucho más simpática.

    -¿Me permite participar de su dilema? –preguntó de pronto.

    -Mientras no me influya usted, no tengo inconveniente –contesté-. La cuestión está entre caminar y leer, camminare y leggere en la lengua de la Academia.

    -Lo primero lo practicó usted antes de lo segundo.

    -Así es. Pero, después de lo segundo, lo primero lo practiqué de otra manera. Y hemos quedado en que usted no me influiría.

    Caminar y libertad, pensó la “L” en voz alta. Y luego, leer y libertad, yo diría que…

    Aquella noche tuve tiempo para reflexionar. Con lo de caminar no me refería naturalmente al sencillo acto que inicié en 1935 a base de caerme e incorporarme, sino al hecho de viajar, que ha dominado mi vida.

    Pero hay otra actividad, con la que empecé justo después de la Segunda Guerra Mundial, que ha determinado igualmente mi vida: la de descifrar signos secretos y traducirlos a la realidad que designan.

    Me pregunté cuándo había empezado a leer de verdad. En el seminario de los franciscanos y los agustinos leí a Cicerón y Ovidio, Platón, Jenofonte y Homero, de modo que ya me había adentrado en el Parnaso antes de conocer las periferias, arrabales, parques y desiertos de la literatura contemporánea. Más adelante envidié a escritores como Proust, Borges y Nobakov por hallar en las bibliotecas de sus padres todos los tesoros con los que se alimentarían el resto de su vida. En mi casa no había libros, a mí me tocó descubrirlo todo solo, libros y mundo. Los monjes me enseñaron a leer, eso sí, y les estaré eternamente agradecido por ello. Pero la relación entre la lectura y min propia vida –una literatura que no fuera de mármol, sino que tuviera que ver conmigo mismo y con el desconcertante mundo que me rodeaba- no la descubrí hasta más tarde.

    Son procesos que no empiezan un día determinado, aunque sí creo que puedo indicar el año: 1953. Fue el año en que decidí descubrir el mundo en autostop, sin equipaje y sin dinero. Tenía diecinueve años, y eché a caminar, literalmente. Pero también fue el año en el que leí por primera vez a Sartre y a Faulkner. Lo recuerdo porque siempre apuntaba la fecha en los libros que compraba. Sanctuarya de Faulkner, L’Existentialisme est un humanisme de Sartre, los dos en su lengua original, A saber que comprendí de ellos entonces, pero de una cosa estoy seguro: aquel año, viajando y leyendo, abrí la puerta de mi libertad. Desde entonces no he dejado de caminar y no he dejado de leer.

    Al año siguiente me hice escritor, o mejor dicho, escribí un primer libro y desde entonces todo el mundo me llamó escritor. A veces casi lamento que fuera así, y no sólo porque sucediera demasiado pronto. Borges afirmó en cierta ocasión que leer es una actividad mucho más edificante que escribir, y aun cuando él escribió un considerable número de obras –lo que tal vez invalida en parte su afirmación-, creo que entiendo lo que quiso decir. El escritor jamás conocerá la libertad absoluta del lector espontáneo que sólo es lector. No empleo este sólo con intención despectiva, todo lo contrario. El lector que sólo lee por leer es el único verdadero lector. Los escritores leen con rapacidad, en realidad son incapaces de leer sin pensar en la escritura. Algunos escritores leen como espías industriales, otros como amantes celosos. Comoquiera que sea, son lectores corrompidos, muy lejos de esa figura luminosa platónica, el lector ideal soñado, la prolongación viva, natural y única de cada libro: aquel que reescribe el libro siempre de nuevo sin preguntar nada al escritor, que ya ha entregado sus palabras.

    Lezen (leer): el vocablo poseer originariamente un doble sentido en mi curiosa y en gran parte misteriosa lengua nórdica. Según la etimología, procede de Middelnederlands, el neerlandés que se habló y escribió en la Edad Media, lesen, en sajón antiguo lesan, en antiguo alto alemán también lesan, en frisón antiguo lesa y en noruego antiguo lesa. En godo, lisan significa zamelen (coleccionar), vocablo que en el neerlandés actual ha caído en desuso. Nosotros lo empleamos ahora en su forma ver-zamelen (recoger), y en este sentido entronca con el lituano lesú, lesti: picar, en el sentido de tomar la comida con el pico. Más de un lector estará de acuerdo con ello. Se trata de saber escoger, cualidad que todo buen lector ha de poseer, aunque sólo sea porque el vocablo remite a la palabra “elección” y ésta, a su vez, a “libertad”.

    El lector escoge, y lamento complicar las cosas mostrándole los entresijos de mi misterioso idioma, pero “el lector escoge” constituye en mi lengua una tautología, dado que originariamente “leer”, podría significar “el lector escoge”, pues además del significado original de “leer” como “picar”, el verbo posee otras acepciones como “escoger, doblar, leer, renunciar, enseñar, narrar, estudiar”. En el sajón antiguo se añade otro significado más, el de “recoger”, y en algunas de las otras míticas lenguas germánicas antiguas, que tanto fascinaban a Borges, ese verbo significa además “informar, narrar, leer en voz alta”. Total, que en otros tiempos, en mi lengua, no sólo se leían libros, cartas, testamentos o sentencias, sino también frutas o espigas, lo cual se hacía, a su vez, con la finalidad de separar lo bueno de lo malo, elección que, de nuevo, implicaba el ejercicio de la libertad. Voces eruditas me explican que ese significado de picar y recoger que evoluciona hacia “leer” se encuentra asimismo en le legein griego y en el leger latino, pero a mí me interesa sobre todo la idea de “recoger”. Uno recoge una cosa y no otra, uno escoge. En su Gemnia 10, Tácito se refiere a “recoger” en el sentido de “leer” cuando habla del arte adivinatorio realizado mediante varillas que se lanzaban al aire, y al caer se leían e interpretaban los caracteres rúnicos escritos con las que estaban marcadas.

    El lector lee, el lector escoge. En la librería, en la biblioteca, el lector escoge un libro y no otro. El lector es libre.

    -Pero tan sencilla no es la cosa –intervino la “L”.

    La “L” había regresado a primera hora de la mañana, esta vez elegantemente ataviada de Bodoni. Había dormido bien, dijo, había pasado una noche magnífica en el Antiguo Testamento, si bien éste le había inspirado algunos pensamientos sombríos.

    -Pero ¿cómo es eso? –le pregunté-. Es un libro maravilloso, lleno de historias extraordinarias.

    -Sí, pero tú hablas de la libertad del lector. Existen (si olvidamos por un momento la angustiosa mayoría de no lectores) dos clases de lectores. Los lectores de muchos libros y los lectores de un único libro. El judaísmo, el cristianismo y el islam se inspiran los tres en un único libro. Una civilización que se inspira en un libro es algo maravilloso, desde luego. Pero si ese libro excluye a otros libros, y si, por causa de ese libro, las personas que leen o escriben otros libros son quemadas en la hoguera, como sucedía antes aquí, o asesinadas y amenazadas de muerte, como ocurre hoy, mal anda entonces la libertad. Y no hay ninguna necesidad de que sea así.

    La mirada de la “L” se ensombreció.

    -En la España de otros tiempos, gobernada por reyes ilustrados, emires y califas, convivieron los tres pueblos de un único libro bajo formas de unidad en la diversidad que el mundo ya no ha vuelto a conocer. Los libros de la Antigüedad clásica traducidos por los eruditos árabes supusieron un tesoro para el desarrollo del Renacimiento y de la Ilustración. A partir de entonces la civilización occidental se fue apartando de su único libro y, tras largos y graves conflictos, se produjo, en palabras de los agustinos, el paso de la Civitas Dei a la Civitas Terrena. El mundo occidental es un mundo secular, por mucho que el presidente de los Estados Unidos invoque a Dios y el Papa siga residiendo en Roma. Y tal vez peque de pesimista o simplista, pero a veces parece como si esa invisible guerra visible que se libra en el mundo fuese también una guerra entre lectores, los lectores de muchos libros, y, como víctimas inocentes, la gente que nunca lee.

    La “L” guardó silencio unos instantes y luego preguntó:

    -¿Y al final qué has elegido?

    -Leer – le contesté, conforme a la verdad.

    -Es un círculo –dijo-. Leer es escoger, pero para poder escoger hay que leer.

    La “L” se quedó mirando al infinito y luego dijo de pronto:

    -Sí supieras lo bonita que soy en árabe. Ni en el más bello escritorio benedictino he sido caligrafiada de esa manera. Y, además, figuro dos veces en el nombre de Dios, así que, imagínate…-y luego añadió de inmediato-: Lo que necesitaríamos hoy es a una personalidad como

    Erasmo. Su biblioteca no contenía más que quinientos libros, pero reunía toda la sabiduría de la civilización antigua. Reunir, leer, ahí está otra vez. Una biblioteca leída. En 1518, cuando desde Roma se preparaba una nueva cruzada contra los turcos (es decir, contra el islam), Erasmo escribió una carta a Paul Volz, el abad del monasterio benedictino de Husgshofen (quien por cierto se convertiría más adelante al protestantismo), en la que le decía que habría que hacer leer a los turcos las obras de Ockham y Duns Escoto, para que comprendieran nuestro mundo. El pueblo de ese otro único libro. Y, fuera cual fuera su intención, Erasmo consideró que era bueno que los unos leyeran los libros de los otros, en plural.

    La “L” se puso de pie y añadió:

    -Tengo la impresión de que en los últimos quinientos años no han cambiado mucho las cosas. Pero debo irme, me necesitan por todas partes. A veces desearía ser una “X”.

    Junto a la puerta se volvió una vez más hacia mí:

    -D recuerdos de mi parte en Florencia. Si quieres verme de joven, en todo mi esplendor, vete a mirar allí.

    Y la “ele” desapareció por el camino del jardín. Cuando creyó que no podía verla, se vistió rápidamente con una cursiva Windows 2000 y echó a correr como si emprendiera una maratón. [ C ]

  • Auge y ocaso de la función pública en China

    Auge y ocaso de la función pública en China

    En su libro The Rise and Fall of the EAST: How Exams, Autocracy, Stability, and Technology Brought China Success, and Why They Might Lead to Its Decline, Yasheng Huang presenta un análisis histórico pormenorizado del sistema de administración pública de la República Popular China (RPC), que abarca desde el establecimiento del examen del servicio civil, conocido como Keju, en el año 587 d.C., hasta la actual presidencia de Xi Jinping. El autor sostiene que, si bien este modelo contribuyó a la estabilidad de la RPC, también ha limitado la generación de nuevas ideas. Dicha aproximación se sustenta en la trayectoria académica de Huang, quien, conforme consta en la solapa posterior de su libro, es profesor de la Fundación Epoch de Economía y Gestión Globales en la Escuela de Administración Sloan del MIT. Entre sus otras publicaciones destaca Capitalism with Chinese Characteristics: Entrepreneurship and the State.

    El libro está estructurado en cinco partes, cada una integrada, a su vez, por dos capítulos. A través de esta organización dual, el autor busca contraponer los procesos históricos que han configurado el funcionamiento burocrático con la realidad política y administrativa contemporánea de la RPC. Así, la “Parte I. Examen” reúne los capítulos “1. Keju como instrumento de evaluación” y “2. La organización de China–y del PCCh”; la “Parte II. Autocracia” comprende los capítulos “3. Un Estado sin sociedad” y “4. Retorno a la media autocrática”; la “Parte III. Estabilidad” agrupa los capítulos “5. ¿Qué hace que la autocracia china sea tan estable?” y “6. La maldición de Tullock”; la “Parte IV. Tecnología” incluye los capítulos “7. Replanteando la cuestión Needham” y “8. Una República de gobierno”; y la “Parte V. El futuro del modelo EAST” está conformada por los capítulos “9. El PCCh de Xi Jinping” y “10. ¿Romper con el modelo EAST?”. Cabe destacar, además, que la obra incorpora una útil cronología de la China imperial y contemporánea, así como un índice en su sección final.

    Resulta importante mencionar que el libro de Huang se estructura a partir del marco analítico EAST (Examination, Autocracy, Stability y Technology), concebido como una propuesta dirigida a explicar la fortaleza y durabilidad del Estado chino, desde una perspectiva histórica. Este esquema ubica al sistema de exámenes del servicio civil como elemento central, al considerar que permitió reclutar y homogeneizar a las élites políticas y debilitar a la sociedad organizada, sentando así las bases de una autocracia centralizada. Según el autor, este sistema ha sido capaz de mantener la estabilidad política e impulsar el desarrollo tecnológico. Un aspecto relevante dentro de este marco es la tensión entre lo que Huang denomina escala (scale) y alcance (scope), argumentando que la expansión del Estado chino y la administración uniforme de sus territorios redujeron el grado de diversidad y heterogeneidad institucional, ideológica y social.

    Desde este lente, el prefacio analiza las protestas de noviembre de 2022 en contra de la política de cero COVID-19, subrayando su carácter inédito por su alcance nacional y su crítica abierta al régimen, aunque sin derivar en un movimiento sostenido. El autor vincula este episodio a la existencia de un Estado fuerte y a la fragilidad estructural de la sociedad civil. La introducción retoma esta idea al examinar la formación del poder político desde la dinastía Qin (221–207 a. C.), y al ejemplificar el contraste entre la escala y el alcance con la rebelión Dazexiang en el año 209, el primer levantamiento campesino del que se tiene registro y que, si bien fue sofocado, desencadenó en otras revueltas que culminaron con la caída del grupo en el poder.

    En la “Parte I. Examen”, capítulo “1. Keju como instrumento de evaluación”, Huang examina el surgimiento y la institucionalización del sistema Keju durante la dinastía Sui (siglo VI) como un mecanismo de selección basado en exámenes, que sustituyó de manera gradual las recomendaciones personales y los linajes hereditarios. Su expansión debilitó a las élites locales y reforzó la autocracia imperial. Durante las dinastías Tang y Song, el sistema se perfeccionó mediante la estandarización de los contenidos y la introducción del anonimato en las postulaciones, consolidándose como la principal vía de acceso al servicio público masculino. Bajo las dinastías Yuan y Ming, la incorporación del neoconfucionismo incidió en su rigidez ideológica. En conjunto, el Keju contribuyó a la formación de una burocracia homogénea, disciplinada y funcional para el poder central, favoreciendo la estabilidad y continuidad del Estado chino.

    Por su lado, el capítulo “2. La organización de China —y del PCCh”, analiza la continuidad histórica del sistema Keju en la actual RPC, a través de prácticas organizativas y de formación del PCCh. Huang utiliza como ejemplo el China Executive Leadership Academy (CELA), una institución estatal dedicada a la capacitación de cuadros, cuyo funcionamiento refleja la persistencia de mecanismos heredados del Keju, como la competencia por etapas, la estandarización de criterios, la evaluación sistemática y la homogeneización ideológica. Huang cuestiona la tesis según la cual Occidente habría “robado” la meritocracia china, señalando que los modelos chino y occidental responden a lógicas políticas distintas, ya que para China la meritocracia es vertical, en dirección de arriba a abajo, mientras que en Occidente se vincula a sistemas pluralistas. El capítulo interpreta además al PCCh como una organización altamente racionalizada, que combina el control centralizado con incentivos administrativos.

    A continuación, en la “Parte II. Autocracia”, capítulo “3. Un Estado sin sociedad”, Huang compara dos sucesiones dinásticas en China e Inglaterra para evidenciar las diferencias estructurales de ambos sistemas en el periodo premoderno. En China, analiza al emperador Wanli de la dinastía Ming y su conflicto con los mandarines, funcionarios formados en el sistema Keju. Wanli buscó designar como heredero a su tercer hijo, Changxun, en lugar de a su primogénito, Changluo. Esta decisión contravenía el principio confuciano de la primogenitura masculina, norma que los mandarines defendieron mediante peticiones y objeciones formales por más de una década. Aunque el emperador contaba con amplias prerrogativas, optó por postergar la decisión y finalmente cedió en 1601. Este episodio ilustra que la autocracia china se sustentaba no sólo en la voluntad del soberano, sino en una burocracia cohesionada y disciplinada por el Keju. En contraste, se examina el caso del rey Enrique VIII de Inglaterra, quien deseaba anular su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena. A diferencia de Wanli, Enrique VIII no podía actuar unilateralmente, pues estaba constreñido por la autoridad del Papa y normas legales. Su ruptura con Roma y la creación de la Iglesia anglicana evidencian, según Huang, un orden político caracterizado por la pluralidad de centros de poder y contrapesos institucionales. El autor concluye que estas diferencias explican las trayectorias políticas de ambos países.

    El capítulo “4. Retorno a la media autocrática” se enfoca en la RPC en la década de 1980, período que, según Huang, constituyó un momento excepcional de apertura económica y relativa pluralidad política, seguido por un giro hacia la consolidación del autoritarismo tras los sucesos de Tiananmén. El autor examina la interacción entre poder político, incentivos económicos y estructura institucional, argumentando que en los años ochenta se configuró un entorno de mayor dispersión del poder, debates ideológicos y márgenes para la experimentación económica. Este contexto favoreció el surgimiento del emprendimiento privado, el financiamiento informal y reformas impulsadas en el ámbito rural. No obstante, Huang sostiene que la represión de 1989 interrumpió abruptamente este proceso. A partir de entonces, una nueva élite política, vinculada a Shanghái, desplazó a los grupos reformistas y promovió la recentralización del poder. Ello implicó la reversión de reformas políticas incipientes, la clausura de espacios de deliberación y el establecimiento de un modelo de desarrollo caracterizado por el favoritismo.

    Dentro de la “Parte III. Estabilidad”, capítulo “5. ¿Qué hace que la autocracia china sea tan estable?” se evalúa la longevidad del autoritarismo chino y se hacen nuevamente comparaciones históricas, esta vez con el Imperio romano, donde los gobernantes eran con frecuencia depuestos o asesinados por actores militares. En cambio, en China los emperadores fueron rara vez derrocados por sus propios funcionarios. Para explicar esto, el autor plantea que la clave reside en la capacidad del sistema imperial para asegurar la cooperación y lealtad de las élites. Este equilibrio se logró gracias al sistema Keju, que cumplía una doble función, la de reclutar talento bajo criterios meritocráticos y, al mismo tiempo, preservar el monopolio político, excluyendo a grupos de poder, como aristócratas o comerciantes. Huang utiliza evidencia empírica para probar la relación simbiótica entre el emperador y la burocracia, señalando que, posterior a la dinastía Sui, aumentó la duración de los reinados y se redujo el uso de violencia hacia altos funcionarios. En su lugar, se generalizaron mecanismos de salida no coercitivos, como renuncias voluntarias. De esta forma, el Keju fomentó valores de obediencia y disciplina, y subordinó el poder militar, lo que redujo el riesgo de golpes de Estado. Esto permitió una estabilidad política excepcional, aunque a costa de propuestas alternativas de desarrollo político y social. Huang agrega que ello aseguró la continuidad del Estado chino por siglos, pero también limitó su capacidad de adaptación ante los desafíos de la modernidad.

    Al capítulo “6. La maldición de Tullock” le corresponde el escrutinio de la estabilidad contemporánea del régimen chino, a partir de la resiliencia institucional del PCCh y la fragilidad estructural de sus procesos de sucesión. El autor alude al caso de Hua Guofeng, designado sucesor de Mao Zedong en 1976. Aunque Hua ganó legitimidad al ordenar el arresto de la Banda de los Cuatro, careció de una base política sólida y fue desplazado por líderes reformistas encabezados por Deng Xiaoping. Su declive estuvo acompañado de críticas simbólicas, como el uso indebido de caracteres en su caligrafía pública, práctica mal vista dentro de los valores del Keju. Para el autor, este episodio ilustra los límites del poder personal y la vulnerabilidad inherente a las sucesiones en regímenes autoritarios. No obstante, el capítulo subraya que la caída de Hua fue relativamente moderada, pues no fue encarcelado y conservó cargos honoríficos, lo que evidencia la capacidad del sistema para absorber conflictos internos sin colapsar. A partir de ello, el autor distingue entre estabilidad institucional y estabilidad sucesoria. Mientras el PCCh ha demostrado una notable aptitud para sobrevivir a crisis profundas, dicha resiliencia no se explica por su desempeño, sino por normas sociales que canalizan el descontento hacia agravios específicos, sin cuestionar al régimen.

    La “Parte IV. Tecnología”, en su capítulo “7. Replanteando la cuestión Needham” atiende a la pregunta formulada por Joseph Needham de por qué China, a pesar de su temprano liderazgo tecnológico, no dio origen a una Revolución Industrial propia. Huang revisa explicaciones como el control estatal y la cultura confuciana, y recurre a hechos históricos, como las expediciones de Zheng He (1405–1433) y la posterior prohibición de navegación, que interrumpió los intercambios externos. Empero, sostiene que el declive había iniciado tiempo atrás y que esas medidas sólo agravaron la situación. Para sustentar esto, el autor presenta la Chinese Historical Inventions Database (CHID), una base de datos con más de diez mil invenciones históricas, con un índice de inventiva por dinastía ajustado por población. Con ello, Huang distingue tres grandes eras tecnológicas y sitúa el punto de quiebre alrededor del siglo VI, mucho antes de la dinastía Ming. Este cambio se vincula con transformaciones políticas e intelectuales derivadas de la reunificación bajo los Sui y de la consolidación del sistema Keju, lo que redujo la competencia entre territorios y corrientes de pensamiento, y la capacidad de innovación.

    El capítulo “8. Una República de gobierno” estudia el desarrollo tecnológico de China en la etapa reformista del PCCh, enfocándose en cómo esta autocracia ha logrado avances científicos y tecnológicos significativos. Huang distingue entre una “República de la Ciencia”, basada en autonomía y colaboración, y una “República del Gobierno”, marcada por el control burocrático. De igual forma, el autor sugiere que el éxito chino se apoya en una gran ventaja de escala, que incluye inversión masiva en investigación y desarrollo, abundante capital humano, capacidad administrativa para aplicar tecnologías y acceso a grandes volúmenes de datos. También menciona “condiciones de alcance” menos visibles que reforzaron el modelo, como la apertura académica internacional, la formación de investigadores en el extranjero y el uso de Hong Kong como espacio legal y financiero con mayor protección de derechos. Estas condiciones facilitaron la creatividad, la cooperación y el emprendimiento, sin liberalizar por completo el sistema interno. Así, el capítulo sostiene que este modelo funcionó hasta finales de la década de 2010 y que, bajo Xi Jinping, el mayor control político, el deterioro de Hong Kong y las tensiones externas han debilitado dichas condiciones, poniendo en riesgo el progreso tecnológico a largo plazo.

    En cuanto a la “Parte V. El futuro del modelo EAST”, el capítulo “9. El PCCh de Xi Jinping” aborda la etapa más reciente de Xi Jinping, a quien el autor presenta como un punto de quiebre respecto del modelo posterior a Tiananmén. Señala que, a partir de 2012, y de forma más explícita desde la eliminación de los límites de mandato en 2018, Xi ha impulsado una reversión de las reformas económicas, políticas e institucionales que habían permitido combinar crecimiento con estabilidad. Huang sostiene que Xi ha desmantelado las “condiciones de alcance” que sostenían el equilibrio del sistema y que este viraje no es únicamente ideológico, sino también de carácter personalista. Según el autor, la concentración de poder en una sola figura ha erosionado los incentivos del sector privado y reducido el dinamismo económico. En este contexto, el autor advierte que la eliminación de reglas claras de sucesión reactiva la “maldición de Tullock”, es decir, la propensión de las autocracias a producir conflictos internos por la competencia anticipada por el poder.

    Por último, en el capítulo “10. ¿Romper con el modelo EAST?”, el autor analiza la afirmación del PCCh de que su gestión de la pandemia de COVID-19 prueba la superioridad de su sistema político. Para ello, compara el confinamiento de Wuhan en 2020 con la respuesta del gobierno Qing frente a la peste neumónica de 1911. Con esto busca mostrar que la capacidad del Estado chino para establecer cuarentenas no es algo reciente, sino una cuestión que ha sucedido en otros momentos de su historia. El autor reconoce que las medidas adoptadas en 2020 contribuyeron a contener los contagios y a evitar un impacto económico más grave. Sin embargo, subraya que estos resultados se produjeron después de la demora en reconocer y comunicar la existencia del brote, debido a la restricción en la circulación de información. Desde esta perspectiva, sostiene que el sistema chino es eficaz para reaccionar ante crisis visibles, pero presenta limitaciones para prevenirlas de manera oportuna. Huang propone evaluar el modelo chino considerando sus capacidades y debilidades. A su juicio, el desarrollo económico y tecnológico no garantiza por sí mismo una mayor apertura política, por ello, plantea que introducir gradualmente pluralidad, descentralización y espacios de autonomía podría fortalecer la capacidad de corrección interna del sistema. El autor concluye que el reto no consiste en rechazar ni idealizar el modelo chino, sino en evaluarlo de manera equilibrada. Propone impulsar ajustes graduales y prácticos que disminuyan riesgos estructurales, mejoren la capacidad de corrección interna y permitan enfrentar futuras crisis con mayor equilibrio y previsión institucional.

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    Yasheng Huang, The Rise and Fall of the EAST: How Exams, Autocracy, Stability, and Technology Brought China Success, and Why They Might Lead to Its Decline. New Haven, Yale University Press, 2023, 420 pp.

  • Alberto Hidalgo, a 100 años de Simplismo

    Alberto Hidalgo, a 100 años de Simplismo

    Este año es el centenario de la publicación del libro Simplismo. Poemas inventados del poeta arequipeño Alberto Hidalgo (1897-1967), figura central de la poesía vanguardista peruana y latinoamericana. La editorial arequipeña Caligari Ediciones, cuyo director es Fidel Ydme, ha llevado a cabo la acertadísima empresa de reeditar el poemario como un homenaje a este ilustre hombre de letras, dos veces nominado al Premio Nobel de Literatura. La primera edición de 1925 se realizó en Buenos Aires, ciudad donde residió gran parte de su vida.  Previamente, Hidalgo había publicado varios poemarios como Arenga lírica al Emperador de Alemania (1917), Panoplia lírica (1917) o Química del espíritu (1923); más adelante aparecerían un largo listado de otros importantes títulos no solo de poesía sino también de selecta narrativa y prosística.

    El libro de Hidalgo está precedido por un prólogo de Carlos García, un destacado investigador de la vanguardia latinoamericana, donde da cuenta de la recepción de Simplismo en Argentina durante 1925-1926. En esta ciudad argentina, Hidalgo mantuvo una amistad inicial con importantes escritores como Oliverio Girondo, Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes y el mismo Jorge Luis Borges, entre otros; pero luego la relación se tornó en enemistad debido a la apabullante personalidad del poeta arequipeño, que lo llevó a tener intensas polémicas en el medio intelectual bonaerense y también peninsular.  A pesar de ello, su presencia en esos lugares enriqueció el ambiente intelectual de la época y  su poesía no pasó desapercibida.

    El poemario de Hidalgo consta de dos partes. La primera se titula “Invitación a la vida poética”, escrita en prosa, a modo de veintinueve apartados, se constituye en el arte poética del Simplismo, cuya esencia es la metáfora, la máxima expresión del uso poético del lenguaje. Otro aspecto que destaca en su concepción de la poesía es la importancia de la pausa, a la que otorga un valor estético; además proporciona al lector un estado psicológico reflexivo que lo hace detener después de la lectura de cada verso, al menos unos cinco segundos. Hidalgo no solo da muestras de su genio creador, sino también de su particular forma de verse a sí mismo, como cuando se presenta ante los demás como un espía e incluso tiene un altercado con un comisario que le reclama su condición de tal, y el poeta responde: “Todo poeta es un espía”. He aquí la síntesis de su poesía: “Un poeta es un ser que siempre está espiando el momento en que se posa ante sus ojos un átomo de infinito para ponerlo en verso” (p. 77).

    La segunda parte del libro contiene cuarentaiún poemas simplistas, entre los cuales podemos destacar el poema titulado “Balada simplista de invierno”, perfecta comunión de la tristeza con la naturaleza; “Visión simplista desde 2000 m. de altura” o “Arenga simplista a los ascensores”, que pueden leerse como una crítica a la modernidad; o el poema “Nada simplista” donde solo aparece el título y la página en blanco, o aquellos poemas donde predomina la brevedad como “Haikai simplista” de solo tres versos, o  y el más largo titulado “Oda simplista a Arequipa”, que cierra el libro con estos versos, con los cuales muestra su afecto a la tierra donde nació:

    ¡Arequipa, mi recuerdo

    doblado en cuatro pliegues te lo envío

    en sobre certificado

    por ese mismo correo!

    La poética simplista de Alberto Hidalgo dialoga con otras corrientes vanguardistas como el futurismo o el creacionismo de Vicente Huidobro; pero tiene un sello propio y una forma muy singular de concebir la poesía. El simplismo se constituye como un proyecto poético ya iniciado en sus poemarios anteriores, los cuales aún presentaban cierto aire modernista, pero también el rastro futurista presente en algunos de los poemas. Hidalgo era un poeta que buscaba una voz propia y esa voz la halló en el simplismo que él mismo creó. Hidalgo exalta la trascendencia de la metáfora en ese afán de apropiarse del mundo a través del lenguaje. Los versos salen abruptamente de su imaginación, pero obligan al lector a detenerse para captar la belleza a través de esa poética de la pausa, como ese amor simplista que “quedó anclado / en la bahía del instante”.

    Queda aún mucho por conocer e investigar sobre la vida y obra de Alberto Hidalgo. En las últimas décadas hay un ferviente interés por leerlo y valorarlo en su real dimensión, y ello ha llevado a reeditar sus obras, gran parte publicadas en Argentina. Por ello, celebro la reedición de Simplismo por la editorial arequipeña Caligari, que ha demostrado no solo mucho cuidado en la edición del libro, sino también un interés genuino en difundir la literatura de autores que trascendieron la región con el fin de rescatar su legado para las nuevas generaciones, más aún tratándose de figuras tan importantes del ámbito literario nacional e internacional. Con esta magnífica publicación, Caligari Ediciones y su joven director, egresado de la las aulas agustinas, van en esa excelsa dirección.

  • Desarrollo Social: de Copenhague a Doha

    Desarrollo Social: de Copenhague a Doha

    Sin demasiados aspavientos ni gran impacto en la opinión pública nacional e internacional se llevó a en Doha, Qatar, del 2 al 4 de noviembre pasado, la Segunda Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social. Como se recordará, en el año 1995 se había realizado la primera de estas cumbres [convocada igual que la segunda, por la Organización de Naciones Unidas (ONU)] en Copenhague, Dinamarca, misma que despertó un interés enorme ya que a sus diferentes sesiones acudieron más de 115 jefes de Estado y de gobierno, aparte de que estuvieron representados 180 países y se contó con la participación de 14 mil asistentes.

    Ahí, cinco años antes del lanzamiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), los gobiernos que participaron, así como quienes representaron a Organizaciones No Gubernamentales y otras entidades, se comprometieron, mediante la Declaración de Copenhague, entre otras metas, a erradicar la pobreza en el mundo, fomentar la integración social, promover el empleo pleno y productivo, erradicar la desigualdad social y luchar en favor de la paz y la seguridad internacional.

    Por ello, era lógico esperar que, en Qatar, 30 años después, el formato que la ONU implantó en torno a las discusiones plenarias fuera de una continuidad necesaria en la ejecución de políticas sociales. No es que en las tres décadas que pasaron entre una y otra conferencias hubiera un vacío de acciones. Por el contrario, se puede mencionar una cantidad importante de conferencias mundiales y regionales cuyo objetivo ha sido colaborar en la faena de llegar al desarrollo, es decir una vida digna en todos los aspectos que esta palabra supone, de la masa poblacional del mundo que carece de ella.

    Pero era importante que desde la ONU se diera el mensaje de que los trabajos y los esfuerzos para avanzar al anhelado desarrollo tienen una vigencia permanente en tanto toda la población mundial no salga de la pobreza y goce de los requerimientos imprescindibles de esa vida digna. Lo anterior es aún más relevante, si se toma en cuenta que otros problemas como los conflictos armados que tienen lugar en diferentes partes del mundo acaparan la atención de políticos y público en general.

    Así, la Segunda Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social convocada por medio de la Resolución A/RES/78/261, tuvo como misión más destacada renovar los compromisos que surgieron hace 30 años y desde entonces están presentes en las discusiones de todos los foros multilaterales: acelerar el progreso social, erradicar la pobreza y construir sociedades más inclusivas, justas y sostenibles.

    Hay en esta resolución un reconocimiento explícito a los avances logrados en el periodo que va de 1995 a 2025. No se puede ignorar que en diversos lugares del planeta es notaria una disminución de la pobreza, así como mayor acceso a la educación de niñas y niños, a los sistemas de salud pública, infraestructura y que el desempleo no tiene las mismas dimensiones, gracias a que, por diferentes iniciativas, las tasas de empleo formal han aumentado sensiblemente, insisto, en algunos lugares del planeta.

    En Qatar, al igual que en Copenhague, se emitió una declaración final, en la que se manifestó como preocupación central la desigualdad. Este es el gran problema de nuestros tiempos, pues en él se concentran todos los demás problemas del subdesarrollo: las desigualdades crónicas entre las minorías ricas de la población que concentra la mayor parte de la riqueza mundial y la inmensa mayoría que recibe apenas una décima parte de esta riqueza; si le sumamos las desigualdades que surgen, paradójicamente, del mismo proceso de desarrollo en el que un sector de la población avanza a una velocidad mayor que otros, lo que significa que no siempre y no todos siguen el mismo camino ni la misma rapidez e intensidad en la superación de sus problemas sociales ancestrales, entonces el problema  reside en que parte de la humanidad puede avanzar gracias a los programas sociales, mientras otra se queda rezagada por la ausencia, ineficacia o ausencia de estos.

    Por ejemplo, en tanto la brecha de género se reduce en ciertos espacios geográficos, en otro se mantiene o tiene retrocesos, por eso resulta inviable la frase o el eslogan que dice “llegamos todas” para sostener que una mujer que alcanza una posición de poder es acompañada por el resto de la población femenina del lugar en que sucedió el ascenso de esa mujer; al lado de nuevos empleos formales en los que está presente incluso la alta tecnología, persiste o aumenta el empleo informal; el nuevo mundo digital no ofrece oportunidades similares a toda la juventud del mundo; mientras unos acceden a todos los adelantos que brinda la revolución digital incluida la inteligencia artificial, otros no pueden contar siquiera con un aparato celular.

    Ante tal situación, la Declaración de Qatar insiste en no disminuir las energías destinadas a conseguir que todo el género humano cuente con niveles de vida digna, por lo que apuesta al refuerzo y complementación de áreas como:

    1. la erradicación plena de la pobreza en una estrategia multidimensional que incluya la superación del hambre y la malnutrición, con énfasis en la generación de sistemas de protección social.
    2. El trabajo decente y la transformación económica, la creación de empleos formales a la par del abatimiento del trabajo informal, el desarrollo de nuevas habilidades y competencias, en especial las vinculadas a la inteligencia artificial y empleos sensibles al género.
    3. La integración social, mediante propuestas gubernamentales y políticas cuyo objetivo sea la construcción de sociedades inclusivas, en las que la discriminación, en cualquiera de sus formas, sea desterrada. En otras palabras, la sociedad debe fomentar la integración intergeneracional, de género, de las personas mayores, los pueblos indígenas y a las personas con alguna discapacidad.  Según el texto de la Declaración de Qatar lo que se espera de esas sociedades inclusivas es el empoderamiento de estos grupos a fin de sustraerlos de su marginación.
    4. Seguridad alimentaria y social a través de sistemas alimentarios fuertes y resilientes, lo mismo que sistemas de atención médica universal, que incluya la salud mental y, como estrategia que se desprende de la lección de la pandemia de COVID, la preparación frente a los peligros de la aparición de nuevas epidemias.
    5. Clima y resistencia al cambio climático de conformidad con lo que se establece en el Acuerdo de Paris (2015) y el Marco de Sendai (Japón, 2015), para prevenir desastres y reducir vidas y daños materiales y económicos producidos por las calamidades naturales.
    6. Igualdad de género; aunque en los últimos años se ha insistido mucho en la necesidad de lograr la reducción de las desigualdades que son características de las relaciones humanas entre géneros – laborales, sociales, educativas y otras- que desde siempre las caracterizan, hoy más que nunca es relevante lograr que se reduzca, por ejemplo, la carga de trabajos no remunerados y se intensifique la lucha en contra de las violencias y discriminación de las que son víctimas las mujeres.
    7. Financiación al desarrollo social. Este apartado es un seguimiento al compromiso de Sevilla, acordado en el marco de la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación al Desarrollo, celebrada en esa ciudad española, puesto que se remite a sus supuestos de mayor trascendencia: cerrar las brechas de financiamiento social, ya que no es extraño que algunos conjuntos poblacionales reciban más que otros; reforma a la arquitectura financiera internacional; fortalecimiento de la cooperación fiscal; y cumplir con los objetivos de la ayuda oficial al desarrollo (AOD).

    La Declaración de Qatar incluye un punto de sumo interés, que ya se esperaba hace tiempo pero que aún no se anunciaba, nos referimos a la fijación de un periodo de seguimiento a los puntos anteriores y un examen de alto nivel en 2031 por la Asamblea General de la ONU, labor que deberá ser asumida por las Comisiones Regionales, como la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), todos los organismos subsidiarios de la propia ONU, las instituciones financieras internacionales y nacionales  que puedan aportar a su pleno logro, así como las ONGs interesadas en estos temas.

    En consecuencia, se está marcando el camino de lo que viene respecto no solo de los compromisos marcados en las reuniones internacionales de carácter social efectuadas recientemente, sino también para analizar lo que se va a establecer en sustitución, o alargamiento del plazo, de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

    Es importante resaltar que la Declaración de Qatar fue acompañada de una Resolución de la Asamblea General (A/RES/80/5) que hace suyos tanto los acuerdos tomados en la Segunda Cumbre sobre Desarrollo Social, como los que se formalizaron en 1995, en Copenhague. Asimismo, la Resolución establece un proceso de seguimiento de cinco años a partir de 2031 (retomando el plazo fijado en Qatar), mientras indica que corresponde a la Comisión de Desarrollo Social revisar el progreso de todos esos acuerdos.

    Se subraya en esta Resolución que la Cumbre de Qatar se llevó a cabo en el 80 Aniversario de la ONU, ni el deber de impulsar al máximo el comportamiento de la Agenda 2030 y sus ODS. De la misma manera, se recuperan los principios y obligaciones aceptados durante otras reuniones internacionales, como el ya mencionado Acuerdo de Paris, la Declaración de Río de Janeiro sobre Desarrollo y Medio Ambiente de 1992, el Compromiso de Sevilla, la Agenda de Acción de Addis Abeba de 2015, aceptada en la Tercera Reunión Cumbre sobre Financiación al Desarrollo.

    Por parte de América Latina, si bien hubo participaciones individuales, correspondió a la CEPAL presentar las propuestas regionales que se enfocaron en la emergencia de un nuevo pacto social que resalte como programas prioritarios el apoyo a las ciudades sostenibles, así como en la protección social de personas de la tercera edad. De igual manera, como paso previo a la Cumbre de Qatar la CEPAL organizó la Sexta Conferencia Regional sobre Desarrollo Social en América Latina, del 2 al 4 de septiembre en Brasilia. Los asuntos que en esta reunión se destacaron fueron los referentes a la desigualdad, las pensiones, la salud, la malnutrición, la protección social, la inclusión laboral y las políticas de cuidado a las personas de la tercera edad y la población infantil.

    Por su parte el gobierno mexicano enfocó sus sugerencias de temáticas a discutir en la erradicación de la pobreza, el trabajo digno, la justicia social, la equidad de género y la digitalización de servicios muy tono con el avance de la tecnología.

    No debe resultar sorpresivo que se insista una y otra vez en los mismos objetivos. Existen varios elementos que dificultan, y han dificultado, alcanzarlos y que incluso los hacen retroceder. Además de los que se mencionan con más frecuencia como el cambio climático, los desastres naturales, la pérdida de biodiversidad, la degradación ambiental, el desplazamiento forzado de personas, la crisis de refugiados, la desigualdad de género, la discriminación, etc. la resolución A/RES80/5 suma otros como las tensiones geopolíticas, los conflictos armados, las crisis económicas y la desigualdad entre países y dentro de ellos. A lo que debe añadirse, y no está en la Resolución, el populismo desbocado que sabotea las labores en favor del desarrollo, Un ejemplo claro lo dan las declaraciones recientes de un mandatario que aseguró in rubor que “la justicia social es una cuestión de ladrones”.

    Tal escenario constituye, en efecto, un campo minado en el que los trabajos en favor del desarrollo social se enfrentan a obstáculos que parecen insalvables. Y, sin embargo, la política desde la ONU se traduce en la continua insistencia en mantener y aumentar los esfuerzos dirigidos a establecer de común acuerdo entre la comunidad internacional, un mundo mejor.

    Por ello extraña el escaso impacto que, en la opinión pública internacional, ya no se diga en la nacional, tuvo la Segunda Conferencia Internacional sobre Desarrollo Social. Una explicación posible es que la gente haya oído demasiadas veces el mismo discurso y se esté volviendo indiferente ante temas que parecen no afectar sus intereses inmediatos, o que no sienten que las políticas elaboradas en función de los compromisos emanados de las reuniones internacionales sobre desarrollo social y puestas en marcha por los gobiernos nacionales hayan tenido un alcance parcial o no han sido, por las causas que sean, incluida la corrupción, correctamente aplicadas.

    Si esto fuera verdad, es indispensable llevar a cabo autocríticas reales y establecer políticas de mayor profundidad a fin de que todos los sectores, en especial los que se suponen directamente beneficiados, entiendan la importancia de labores, acuerdos y compromisos favorables al desarrollo social, ya que es innegable que, al menos en parte, varios escenarios y situaciones han evolucionado para bien a partir de los 30 años que han pasado desde la Primera Reunión Internacional sobre Desarrollo Social, en Copenhague.