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  • Desigualdad y Crecimiento: más que Consensos

    Desigualdad y Crecimiento: más que Consensos

    «Hace ya un tiempo que el capitalismo realmente existente —el actual, no el abstracto— no sólo es incapaz de resolver

    los grandes problemas de la humanidad, sino que los agrava.» Nicolás Sartorius

    La política macroeconómica de corte keynesiano, la regulación del mercado, las instituciones del Estado de bienestar y el papel de las empresas estatales constituyen los aspectos centrales que dieron forma al consenso suscrito por las economías principales durante el período posterior a la Gran Depresión en el siglo XX. En el caso de las economías en desarrollo, este modelo significó el apoyo estatal decisivo a favor de las nuevas industrias, con base en una política proteccionista promotora de barreras arancelarias en el comercio exterior.

    Este modelo de desarrollo fue impulsado por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial y su adopción en América Latina se tradujo en un crecimiento que declinó después de un periodo de industrialización basado en la sustitución de importaciones. Por otra parte, en las democracias occidentales, una vez concluida la fase de auge, se plantearon algunas dudas sobre el paradigma predominante.

    El pensamiento keynesiano vio disminuir su preeminencia y comenzó a ser sustituido por los preceptos del neoliberalismo a fines de los años 70 o principios de los 80. A partir de entonces, las ideas neoliberales se propagaron con fuerza desde lo que se denominó el Consenso de Washington en 1990 (Besley et al., 2025).

    Desde un punto de vista reduccionista, el paradigma keynesianismo era progresista y el neoliberalismo era conservador, enfocado en el predominio del mercado en detrimento del bienestar general de la población. El keynesianismo se ocupaba principalmente de las variables macroeconómicas; el neoliberalismo se definía como un paradigma coherente con enfoque en la desregulación microeconómica.

    Las propuestas derivadas del Consenso de Washington, en materia de políticas públicas para el desarrollo productivo, fueron impulsadas por el FMI y el Banco Mundial, con énfasis especial en el ajuste y equilibrio fiscales, la reducción de aranceles y la desregulación de los mercados.

    Las medidas implementadas a partir del Consenso de Washington no sólo contribuyeron a la expansión de la globalización y a una mayor apertura económica, también generaron oportunidades y contribuyeron a la disminución de la pobreza mundial. La política monetaria se enfocó en ajustar la demanda agregada, a partir de las funciones de un banco central independiente, así como, en reducir los grandes déficits presupuestarios. Se trata de logros importantes, pero existen preguntas sin responder, urgentes, relacionadas con el bienestar de la población en el futuro.

    En virtud de esta disyuntiva, en mayo de 2023, un grupo de especialistas se reunieron a fin de analizar y discutir sobre los fundamentos de una nueva propuesta en materia de crecimiento y desarrollo económicos de cara a los desafíos del siglo XXI, que ha sido denominada el Consenso de Londres (Besley et al., 2025).

    Es de señalarse que no se trata de crear una lista de recomendaciones de las reformas a impulsar por un país, como tampoco se pretende proponer recetas útiles para cualquier caso. Las circunstancias imperantes en cada uno de los países determinan prioridades diferentes en materia de políticas públicas, de tal forma que sus gobiernos deben aprender de las investigaciones y experiencias provenientes de otras latitudes.

    Supone lo anterior identificar lo que no funciona, distinguir la diferencia entre los principios teóricos y la acción política, aplicar una técnica diagnóstica, así como, admitir la relevancia del debate entre el paradigma y la aplicación técnica desde la política.

    En el pensamiento económico un punto de vista convencional establece que la función primordial del mercado consiste en qué producir y cómo producirlo, mientras que el Estado se ocupa de los fallos del mercado y la redistribución de la riqueza mediante impuestos y transferencias.

    En este sentido, las empresas deben operar sin interferencias ni distorsiones de mercado, sujetas a los principios de eficiencia productiva y competitividad, mientras que los beneficios obtenidos podrán gravarse para sostener la redistribución de la riqueza. De cualquier forma, esto implica construir una economía de mercado eficiente, como condición necesaria para combatir la desigualdad y la pobreza, habiendo generado una porción de riqueza suficiente para dividir mejor los beneficios.

    De acuerdo con el Consenso de Washington, la separación entre eficiencia productiva y redistribución del ingreso implicaba destinar el gasto público a la inversión en infraestructura y en políticas de educación, salud y seguridad social, mientras que en materia de política industrial era necesario levantar las regulaciones y privatizar las empresas estatales.

    La separación de eficiencia y distribución exige que los gobiernos profundicen sus políticas de tributación a fin de extraer ingresos suficientes. No obstante, los expertos señalan la existencia de límites en la imposición fiscal. Por ejemplo, en muchos países de Europa la recaudación alcanza niveles promedio del 40% o más del ingreso nacional, que se estiman como niveles límite.

    En una economía global que descansa en la utilidad y la ganancia, que son valores conmensurables, las transferencias sirven para compensar a quienes tienen menos oportunidades. Sin embargo, en el terreno del combate en contra de la desigualdad y la pobreza no basta simplemente la redistribución del ingreso monetario, aun cuando incluya compensación. Satisfactores de otro orden deben ser considerados, que son intrínsecamente importantes y no corresponden a una concepción materialista del bienestar.

    La pobreza extrema afecta a millones de personas en el mundo, quienes carecen de bienes y servicios básicos, como alimentación suficiente, vivienda, educación o servicios de salud, mientras una minoría de la población acumula y concentra riqueza y poder.

    La pobreza y la desigualdad están relacionadas con un modelo económico que carece de soluciones viables frente a este ingente problema, que deteriora la dignidad de las personas, genera descomposición social y socaba los derechos humanos.

    El crecimiento económico fue durante un largo período la piedra angular que permitiría desaparecer la pobreza, pero las expectativas no se concretaron en la promesa establecida y la enorme brecha de la desigualdad impera en la distribución de los beneficios. El crecimiento de utilidades y ganancias sigue un derrotero diferente, opuesto, a los salarios de los trabajadores, se expande la precariedad laboral y decaen los servicios públicos. Alta concentración de la riqueza y extrema desigualdad generadas por un modelo económico centrado en el crecimiento, pero ajeno a la prosperidad compartida.

    El crecimiento económico es determinante para la población de escasos recursos, sujeta a necesidades apremiantes, que exigen la implementación de políticas públicas orientadas a la construcción de infraestructura productiva, la creación de empleo, servicios hospitalarios y educación, entre otros bienes y servicios básicos. Crecimiento económico sí, a condición de que siga una ruta diferente a la extracción y despojo de recursos, el pago de salarios insuficientes, el sometimiento y control de los trabajadores, la dependencia comercial, el endeudamiento descontrolado, la degradación del medio ambiente, etc. Entonces, importa preguntarnos qué tipo de economía queremos construir, qué objetivos deben perseguirse para anular las condiciones que generan pobreza extrema y desigualdad social, en un marco de sostenibilidad y sustentabilidad.

    Recientemente, en abril de 2026, con el auspicio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y en el marco de la Coalición Mundial para la Justicia Social se celebró en Ginebra la conferencia internacional Erradicar la pobreza más allá del crecimiento: una hoja de ruta global para una nueva economía, con la participación de expertos académicos, responsables de políticas públicas, diplomáticos, funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), sindicatos, organismos empresariales, organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales, quienes en un esfuerzo colaborativo debatieron sobre las estrategias necesarias para erradicar la pobreza, la desigualdad y el daño al medio ambiente, desde una perspectiva que se propone superar las limitaciones de la ortodoxia del crecimiento económico (OIT, 2026).

    El propósito central consiste en superar el enfoque estrecho de política pública basado en “crecer-gravar-transferir”. Se trata de responder una pregunta crucial: “¿cómo podemos poner fin a la pobreza y reducir las desigualdades sin tratar el crecimiento del PIB como nuestra condición principal para el progreso?” (Schutter et al., 2026)

    La convicción principal señala que el modelo económico debe funcionar garantizando la producción, la distribución y el consumo en un marco de respeto a los derechos y al bienestar colectivo, con apego a la sustentabilidad, sin necesidad de regirse por criterios inflexibles orientados a maximizar la producción.

    La economía debe sustentarse en los derechos humanos, trascender la redistribución de ingresos y la compensación como procesos aplicados en etapas finales del funcionamiento del mercado. Debe privilegiarse la protección social y los servicios públicos esenciales, pero es necesario anticiparse y formular un diseño que contemple la creación de empleos y la generación de salarios suficientes. Las reglas del juego deben cambiarse desde el origen. La pobreza debe prevenirse y evitar que se transmita de generación en generación; es necesario apoyar el desarrollo de la economía social y solidaria.

    Se ha señalado a las economías en desarrollo de América Latina de fracasar en sus objetivos de combate a la pobreza, pero las economías avanzadas y los organismos multilaterales de apoyo al desarrollo les imponen sanciones, acuerdos comerciales y endeudamiento externo, que resultan unilaterales, restrictivos y desiguales, que perpetúan inequidades coloniales.

    A fin de contribuir en las soluciones de este problema, la ONU y otras organizaciones se han dado a la tarea de discutir la pertinencia de indicadores como el Producto Interno Bruto (PIB) y exploran alternativas más allá de la medición estrictamente cuantitativa, y promueven instituciones emergentes en busca de un cambio como el Panel Internacional sobre la Desigualdad, a fin de trascender el modelo económico convencional que privilegia el crecimiento, con el propósito de erradicar la pobreza y la desigualdad a partir de nuevas reglas económica. [ C ]


    Referencias:

    Besley, Tim; Bucelli, Irene and Velasco, Andrés (eds). (2025). The London Consensus: Economic Principles for the 21st Century. London: LSE Press, https://doi.org/10.31389 /lsepress.tlc Licence: CC-BY-NC 4.0.

    OIT (2026). Erradicar la pobreza más allá del crecimiento: una hoja de ruta global para una nueva economía. Conferencia internacional auspiciada por la Organización Internacional del Trabajo.Consultado en https://live.ilo.org/es/group/erradicar-la-pobreza-mas-alla-del-crecimiento-una-hoja-de-ruta-global-para-una-nueva.

    Schutter, Olivier De; Thomas Piketty y Joseph E. Stiglitz. (2026). “La pobreza se fabrica: también puede erradicarse”, en diario El País sección Tribuna, 10 de junio de 2026. España. Consultado en https://elpais.com/opinion/2026-06-11/la-pobreza-se-fabrica-tambien-puede-erradicarse.html

  • Una sutil venganza

    Una sutil venganza

    Cuando Harry Houdini visitó la Llanada Villa en las afueras de la ciudad de San José en California, la prensa local esperó alguna opinión suya con respecto a los fenómenos paranormales que se decía que ahí ocurrían y que habían sido difundidos por una infinidad de testigos que aseguraban haberlos presenciado. Sin embargo, en contra de lo que hubiera querido desmentir, el escapista concluyó su permanencia dentro de la extraña mansión con la mirada perdida. Tal como lo consignó un reportero del Evening Post de Sausalito en aquel otoño de 1924, Houdini se limitó a decir que sólo una psiquis sometida a tormentos inimaginables habría podido concebir algo así.

    Llanada Villa fue el nombre que su única dueña le asignó desde el momento en que empezó a construirla y jamás ha habido consenso en cuanto a su significado ‒La residencia es hoy sede de un museo. Algunos sostienen que es un arcaísmo empleado para denotar la llanura que ocupa dentro del valle de Santa Clara (El actual Silicon Valley); para otros es producto de una ortografía errónea de aquello que su propietaria quiso, en realidad, evidenciar: Ya nada, es decir, un sitio donde ya nada podía hacerse para mitigar el desconsuelo y conjurar la tragedia; como quiera que sea, la desproporcionada villa de estilo victoriano ha dado mucho de qué hablar desde que su artífice adquirió los 640 mil mts.² de terreno que tuvo en su origen.

    Tanto lo referido por vecinos como lo relatado por el ejército de sirvientes que la habitaron a lo largo de 38 extenuantes años ‒distan aún de desvelarse los misterios‒ son coincidentes en las patológicas excentricidades que acusó la patrona y, sobre todo, en la fenomenología acústica que pervive y amedrenta a quienes pretenden encontrarle alguna explicación racional. Una música de órgano plagada de acordes aumentados es emitida, a media noche, por un instrumento que ya nadie toca y que su enigmática poseedora rara vez ejecutó en vida; una fantasmagórica campanada repta por los aires a las dos de la mañana en punto, hora en que se cree que se suceden los arribos y partidas de espíritus; un percutir incesante de martillos y un resollar de serruchos aunado a las blasfemias de los carpinteros que fueron contratados para trabajar sin tregua. Además de eso, algunos psíquicos con nociones musicales afirman haber reconocido ciertas frases distorsionadas del movimiento lento del trío “espectral” de Beethoven[1] que emergen desde el subsuelo. Sobre este particular, un mayordomo confirmó que la dama, una pianista educada en su natal Connecticut, solía encerrarse durante horas para tocar obsesivamente la parte de piano de dicho trío ‒El sujeto recordó haber leído el título en la partitura‒ junto a otras obras que Schumann compuso, ya loco, por dictado de los fantasmas que lo acosaban en sueños.[2]

    Las peculiaridades arquitectónicas de la propiedad desafían cualquier intento de análisis y van anexadas a los delirios de persecución que Lady Sarah padeció en su atormentada soledad. Pasillos serpenteantes conectados con pasadizos secretos, uno de los cuales conduce, previo accionarse de un botón, hacia un arsenal con toda suerte de armas de fuego, desde pistolas hasta rifles de repetición; escaleras que descienden para volver a subir topándose con la nada; puertas que desde las alturas se abren al vacío, otras que desembocan en muros ciegos. Un total de 160 habitaciones, todas ellas pavimentadas con maderas preciosas e, incluso, con incrustaciones de madre perla, aunque, según cálculos austeros de los enterados, la furia constructiva de la mujer pudo alcanzar una cifra que rondó las 500. A menudo, los carpinteros eran obligados a derribar y rehacer varias veces un mismo cuarto hasta que la señora sentía que era digno de sus inaprensibles huéspedes. Tres elevadores que nunca se utilizaron, uno de ellos falso, 47 chimeneas, 10 mil ventanas decoradas con vitrales de Tiffany, 6 cocinas y 13 baños. Salta a la vista que el número trece se repite con obstinación: Percheros de 13 ganchos, lavabos con 13 orificios, candeleros y candelabros de oro macizo con 13 brazos. De acuerdo con un testimonio, cada viernes 13, las 13 campanas de la torre debían repicar 13 veces a las 13:00 horas. El testamento de la interfecta fue redactado en 13 secciones que ella firmó 13 veces; en una de sus cláusulas se hace una angustiosa invitación para que la caja fuerte en ningún tiempo llegara a profanarse. Resalta también la ausencia de espejos, pues es un hecho asumido que los moradores de otras dimensiones detestan verse reflejados.

    Mención aparte merecen los banquetes que nunca tuvieron lugar, pese a que la anfitriona se acicalaba para recibir con sus mejores joyas a los impredecibles comensales. Trufas, codornices y langostas permanecían intactas durante días; sin faltar las botellas de champagne y las copas de vino de cosechas extintas que, poco a poco, los meseros disminuían apelando a una supuesta evaporación natural. Asimismo, es de agregar la existencia de dos salones de baile que nadie, o al menos así se presume, frecuentó. Ante la reticencia para contratar músicos mediocres, Sarah, la viuda inconsolable, desempolvaba su repertorio para ofrendarlo a un auditorio esquivo. Sus caravanas se diluían en un enjambre de ausencias.

    Hubo quien insistió en reconocer la particular generosidad que la matrona mostraba con los niños. Podía quedarse tardes enteras aguardando a que algún infante distraído se asomara por las verjas perimetrales. De inmediato, se despojaba de su velo negro y corría a la cocina más próxima para tomar el helado con que intentaría congraciárselo. Disuelta la desconfianza, para el pequeño visitante habría sonatas de Mozart y la inextinguible promesa de juguetes que se materializarían con sólo imaginarlos. Ciertamente el problema de Sarah no era el dinero, al contrario, su abundancia y flujo creciente ampliaban los linderos de su desasosiego.

    De especial interés es el relato de un ama de llaves con quien la perturbada madre sin hijos logró cierta intimidad. Avizorado el crepúsculo, la existencia se tornaba quebradiza. Con la idea de despistar a probables entes malignos, la patrona no dormía dos noches seguidas en un mismo dormitorio. Pero lo peor eran las pesadillas; gritos que erizaban la piel confirmaban la recurrente visión en la que ella, inerme, había estado a punto de ahogarse en un lago de sangre del que no lograba divisar la orilla.

    Para referirse a los jardines y a las aficiones por el cultivo de plantas exóticas, serían necesarias varias cuartillas; baste señalar que una de las pistas para entender los desequilibrios de la potentada reside en la predilección que manifestó por un par de esculturas perennemente rodeadas de flores. Un venado en bronce de tamaño natural era objeto de vehementes caricias. Con su arco depuesto y sus flechas trozadas, un jefe apache era la figura que obtenía más atenciones. Sarah se tendía a sus pies implorante.

    Para completar el retrato será necesario trasladarse a la ciudad de New Haven, en la costa Este de la Unión Americana. El año puede definirse con exactitud: 1859. Sarah Lockwood Pardee tiene 20 años y se perfila como una gran concertista, empero, durante un recital es aplaudida por un joven millonario que se confiesa su admirador. Para los Lockwood se aclara el horizonte presintiéndose en encumbrados círculos sociales. No dudan que la fortuna del prometido sirva para afianzar la carrera musical de la hija. Cómo no iba a ser el caso, si el consuegro estaba ascendiendo con vertiginosa facilidad los nauseabundos peldaños de la política. De haber sido un burdo comerciante estaba por lanzar su candidatura presidencial con el cohecho del Partido Republicano. Por desgracia, su verborrea no estaría a la par de sus millones y habría de contentarse con la gobernatura de su Estado.

    Con previsible derroche, se celebra la boda que sirve de comidilla para envidiosos. Qué más podía anhelarse. Una doncella hermosa, artista por añadidura, corona sus dotes maridándose con el heredero de la fábrica más próspera de la región. Nueve meses después, los mismos resentidos son convidados al bautizo de una nena que es recibida entre sedas y los felices arpegios que su madre le toca desde el piano. El concertismo debe aplazarse en pos de la lactancia. ¿Podían compararse los reconocimientos públicos frente a la dicha de una maternidad plena? Sólo una desnaturalizada podía preferir los espasmos del escenario antes que estrechar a su cría sin prisas ni afanes. Muchos abrazos se condensan en una oda a la creación, mas el destino de esa criatura se escribe con tinta salitrosa. Una rara afección la consume y a las cinco semanas un cortejo fúnebre escolta el minúsculo ataúd. Coros monumentales entonan un réquiem que los padres escuchan con oídos inundados de escombros. Se multiplican entonces recriminaciones que se precipitan en los barrancos del desamor. Viajes y regalos suntuosos naufragan dentro de la depresión que adormece a la millonaria. Con el llanto escurriendo en sábanas rotas hay reconciliaciones pasajeras. Ya no tarda en definirse el curso de aquello que comienza a intuirse como una maldición. A la vuelta de unos años se hilvana la herrumbre mortuoria para enterrar al detestable suegro acrecentándose el caudal de dinero hacia la endeble armonía conyugal. De la tesorería de la fábrica aviene la presidencia. Euforias vanas silban en noches de insomnio. Tres meses después, acontece otro funeral, esta vez para sepultar al consorte que iba a cumplir 43 años. Las razones médicas no satisfacen a la viuda que se aferra a la versión de una conjura urdida por miles de almas en pena.

    Para ahondar el dramatismo, Sarah recibe en 1881 la parte proporcional del maldecido emporio que consiste en 20 millones y medio de dólares, más un dividendo diario que hoy podría traducirse en 650 mil pesos mexicanos. La cantidad la embiste por la constatación de su infinitud. Con el rostro túrbido y las vísceras en llagas busca respuestas para los muertos que engendra el exitoso negocio familiar. Son muchos, la persiguen, y en el borde de sus ojeras las ráfagas de humo emparedan sus espantos.

    Como corolario, una médium vengativa despeja las brumas que envuelven a los difuntos. Es cierto, le dice. Bocas descarnadas vociferan los cargos en contra de los dueños de la fábrica de armas que no han tenido empacho en publicitar su fabulosa mercancía como The rifle that won the West. Sin escatimar un céntimo, Sarah ha de encaminarse hacia el océano pacifico para darles casa a las huestes de fantasmas que se reproducen por minuto. No podrá haber pausas en su construcción y, aún así, y sin importar la desproporción que alcanzara, la vivienda siempre resultará insuficiente…

    Cuando a Houdini le fue mostrado el contenido de la inexpugnable caja fuerte se le cosieron los párpados. Dentro de un cofre forrado de terciopelo púrpura había un recorte de obituarios del New Haven Newspaper que custodiaba un mechoncito de cabello. Podía leerse: In this city, July 24, 1866. Annie, born June 15, 1866, infant daughter of William and Sarah Winchester.

    Rápida y furiosamente, el mago se descosió los ojos para observar con asombro cómo los cipreses de la Llanada Villa alteraban sus copas para trocarse en pinos. Una música atroz emerge en las noches sin luna de esta nueva residencia. [ C ]


    [1] Se sugiere su audición (Geister Trio para violín, violonchelo y piano en Re Mayor op. 70 № 1).

    [2] Se recomienda escuchar las Geistervariationen en Mi bemol Mayor Wo0 24 que comenzó Robert Schumann poco antes de su fallido suicido (Se tiró al río Rhin pero unos pescadores lo rescataron) y que concluyó al tiempo que suplicaba que lo recluyeran en el manicomio.

  • El tesoro de la tierra

    El tesoro de la tierra

    Yo, señor, he viajado por largos caminos cuyos senderos están tachonados de oscuridad y frío. He caminado por montañas tan altas que lamen a las nubes y sin embargo pueden ser escaladas de un brinco. Nadé un lago tan inmenso que al llegar a su orilla perdí la vista y casi muero de ahogo. Escarbé un túnel que me llevó a la tierra de los lestrigones, de los cernícalos y cinocéfalos, que por vida de Dios existen, pero se han escondido en las profundidades porque han descubierto el pudor y se temen entre sí. He volado, aunque no quieran creérmelo, pues cerca de Anatolia unos hombres me confiaron su secreto, aunque luego me han dado un golpe en la cabeza para que lo olvidara por completo.

              Conozco, señor, lugares insospechados como las comarcas del Nuevo Mundo. Deje te cuento.

              Era aún un muchacho cuando mi padre, que recién había heredado la Casa, me envió con un encargo para el Genovés. Le llevaba un Siddur bellamente empastado en piel de ternera, con letras doradas y cantos tachonados de filigranas. Yo que era aún niño, pensaba que era una broma que el Genovés, al servicio de Isabel y Fernando, Dios los hunda en el sheol, hiciera semejante pedido tan incongruente, pero aún era crío cuando se me enseñó que el prestigio de la Casa consiste en jamás preguntar de más ni curiosear de menos. Llegué pues al inmundo puerto de Moguer y me condujeron a su cámara.

              —Ah, eres tú. Bien venido seas. Me alegra que tu padre sea tan eficiente como puntual.

              Yo no le respondí. No solo porque su pronunciación era inaudible sino por el profundo respeto que me causaba su figura. Era un hombre maduro, con evidentes signos de cansancio moral, pero que estaba a punto de lograr su más grande anhelo. Solo pensar en sus afanes me llevó a imaginar que si él fuera nuestro comisionista, la Casa sería muchísimo más prestigiosa.

              El Genovés me agradeció mucho, creo que de más. Luego pasó a darme la talega del pago y a recomendarme secrecía. Almirante, le respondí, usted no tiene por qué decir eso, sabemos que hay un secreto profesional.

              El hombre me sonrió y alabó que a mi corta edad fuera tan formal y claro. Iba a salir de su cámara cuando comenzó a soltar la lengua.

              —¿Sabes que voy a la conquista de una verdadera infamia?

              —¿Perdón?

              —Sí. Todos creen que sé perfectamente lo que quiero. Pero lo que no saben es que no sé dónde se encuentra lo que quiero, y si lo que no quiero encontrar pueda aparecer.

              No le entendía. Se acercó mucho a mí, tanto que temí que quisiera tomarme por algún grumete efebo. Olía a vino arranciado y tenía los ojos más grises que he visto en mi vida, la bruma del océano estaba grabada en ellos.

              —Tengo miedo –me dijo.

              —Yo también –me sinceré.

              —Dicen que tu Casa es la mejor del negocio. Que pueden encontrar los más sublimes tesoros que se puedan imaginar. ¿Es cierto que tus ancestros fueron los que robaron el cuerpo de San Marcos, para los venecianos?

              Asentí con la cabeza. La gloria de la Casa nunca se presume, esa es la otra lección que te dan desde que estás en el vientre de tu madre.

              —Vas a venir conmigo entonces.

              Hizo un chasquido y un fornido moro me atrapó con sus manazas. Me encerraron en un calabozo y no supe nada más. Señor, ya te he dicho que yo he visto cinocéfalos, que aprendí a volar, que pude nadar por todas las islas fabulosas. Si piensas por qué no usé de esos prodigios para salvarme te mentiría. Pasé tanto tiempo en las sombras que supuse que había muerto. Solamente el levísimo murmullo del Siddur, recitado en un extraño lenguaje ladino me mantenía atado a las dudas. ¿Este movimiento, es señal de la vida o es un castigo por los pecados de mis mayores?, me decía a cada instante. Era muy niño, Señor, muy niño. Volvía a oír algunas partes del Siddur, que conocía por los agentes de mi padre que están repartidos en un radio que abarca de Damasco a Alejandría. Creo que el murmullo me confortaba.

              Al cabo de mucho tiempo el Genovés vino por mí.

    –Tú me eres necesario ahora mismo.

              Me mostró de golpe una barra llena de luces y cuya agua era mucho más bella y transparente que la que hay en las islas de Corfú. Me mostró un cesto lleno de frutas tan raras que jamás las había visto, ni siquiera en las confidencias que los agentes de allende Anatolia hacían a mi padre, en el más estricto secreto diplomático. Era un niño pero sentí que ese era mi momento. Porque has de saber, Señor, que todos los que hemos dirigido la Casa, y los que están destinados a continuar su engrandecimiento, hemos tenido una revelación de las oportunidades, de los espacios y objetos que nos muestran el camino de nuestra época. Mi abuelo, al ver ciertos manuscritos, supuso que le resultaría la vía para incrementar el prestigio de la Casa y no se equivocó. Hizo una pequeña fortuna al vendérselos al ahora reconocido Lorenzo Valla; sin modestia, creo que él puso un enorme basamento para que comenzara la resurrección de los antiguos. De modo que, antes de caer presa de pánico me hice con la situación.

              —¿Qué necesitas de mí, gran Almirante? –le dije con aplomo.

              —Dime niño. ¿Acaso esta es la costa de Cipango?

              —No lo sé. ¿Quién lo sabría?

              —Pensé que tu Casa ha llegado hasta donde los demás no pueden.

              —Lo hemos hecho, sin duda. ¿Qué es lo que quieres que haga?

              —Encuentra el más grande tesoro de esta Tierra.

              —No es oro –le dije con la certeza que llevo en mi sangre. Era un niño Señor, pero ya era el designio de mi estirpe.

              —No importa. Tú descubre lo que tengas que hacer.

              —Te resultará muy caro Almirante. Las compensaciones pueden llegar al cabo de siglos.

              —El padre de mi padre, el patriarca de mi pueblo, nos enseñó que la paciencia es la mayor virtud que el hombre puede tener. La fe permite milagros, niño. El gran Abraham fue padre hasta anciano, ¿por qué no he de tener mi compensación? El tiempo no me importa.

              —Necesitaré hombres, un bote.

              —Necesitas mi bendición.

              El Genovés me lanzó unas frases de la Torah. En la Casa no hay distingos por razones tan erróneas como las creencias de los hombres. No me sorprendió que el Almirante profesara en silencio la fe de Israel. El mismo moro de las manazas me arrojó por la borda. Al mismo tiempo hizo un gesto con la mano y un marino castellano comenzó a gritar como demente:

              —¡Tierra a la vista!, ¡Tierra a la vista! [ C ]

  • Alcachofas

    Alcachofas

    En el último piso del restaurante nos esperaban dos mesas largas para dieciséis personas cada una. Nos sentaron al lado de otros embajadores. Nuestro anfitrión, un hombre bajo y vigoroso, no cabía de júbilo. Cumplía setenta años y aquella iba a ser su fiesta, con música, muy buena comida y vinos, y la presencia de familiares y amigos cosechados a lo largo de la vida.

    Nos sirvieron el primer plato y se levantó, dos hojas de papel en la mano. Se puso los lentes y leyó frases sobre la alegría de vivir, el amor, la amistad y las enseñanzas de una larga carrera diplomática por el mundo.

    —No crean —enfatizó— que fue fácil; ciertos momentos fueron duros, tan lejos de la patria, pero siempre satisfactorios. Algunos de mis amigos embajadores aquí presentes —y nos señaló— saben de lo que hablo. Los invito a compartir alguna anécdota de su vida que ejemplifique lo que estoy diciendo.

    Miré el plato recién servido: era una ensalada de corazones de alcachofa con jamón ibérico. Y recordé un pequeño pero emotivo episodio de mi pasado. Más tarde, cuando lo consideré oportuno, solicité la palabra a nuestro anfitrión, quien de inmediato me presentó a la concurrencia. 

    Esta es la historia que conté:

    Cuando llega la primavera, estoy a la espera de una de mis verduras favoritas, que en realidad es una flor grande y pesada. Me refiero a la alcachofa, como la que tienen en el plato. Me gusta por su sabor, siempre delicado, y sobre todo por el ritual que la acompaña: colocarla entera en el centro del plato, deshojarla una a una, pasar cada hoja —en realidad, lo que serían los duros pétalos de la flor cerrada— por una vinagreta, y jalar con los dientes la parte carnosa. Al final, como en un ritual azteca, se abre el corazón que se come con fruición, porque es lo más sabroso.

    La gente rió.

    Es una pena que cada año sean más escasas y más caras.

    Y cuando veo una alcachofa, esta me transporta a San José, California. Allí, hace unos veinte años, viví un dilema legal y moral, algo finalmente muy humano, que les contaré enseguida. Era entonces cónsul general y el consulado abarcaba tanto la ciudad de San José, capital de Silicon Valley, como el valle de Salinas, uno de los lugares más fértiles del mundo, donde nació John Steinbeck y donde escribió su novela Las uvas de la ira. Le dicen el “salad bowl” de Estados Unidos, porque en sus prodigiosas tierras negras crecen la mayoría de las fresas, lechugas, espinacas y otras verduras que se consumen en ese país. 

    Un día llamaron al consulado para solicitar un testamento. Junto con los poderes, es una de las funciones notariales que el cónsul no puede delegar. Pero había un problema: la señora que quería hacer su testamento se encontraba enferma de cáncer y no podía moverse de su casa, en un pequeño poblado a la entrada del valle de Salinas llamado Castroville. Tenía entonces que desplazarme hasta allá, como a una hora y media del consulado, acompañado de una asistente consular.

    El día convenido, cruzamos el arco que decía: «Bienvenido a Castroville, capital mundial de las alcachofas. 5,000 habitantes». Así, con ese superlativo que tanto gusta a los norteamericanos. Pues era cierto, como lo pude verificar después: no hay lugar en el mundo donde se produzcan más alcachofas, ni siquiera en Italia, donde más se consumen en proporción a sus habitantes.

    No fue fácil dar con la casa de la señora: vivía en un barrio de mobile homes, es decir, de casas rodantes o trailas, como también les dicen allá los mexicanos. Esto es muy común en California, porque los trabajadores agrícolas, con sus miserables salarios, no pueden pagar la renta de una casa. Duermen en barracas a la orilla de los campos o, con más suerte, como esta familia, en casas rodantes.

    Nos esperaban cuatro hombres jóvenes, delgados, de cabello oscuro y piel morena. Eran todos hijos de la señora del testamento.

    —¿Y su madre? —pregunté.

    —Está dentro, descansando. Lo está esperando.

    —Tengo que hablar a solas con ella —les dije.

    Porque el testamento es algo muy delicado —expliqué a mi audiencia en el restaurante—, es como una confesión que nadie más que el cura puede escuchar. Nadie puede presionar al testador, quien pondrá por escrito y libremente cómo se dispondrá de sus bienes.

    En las breves escaleras del remolque había una joven, nuera de la señora, quien me hizo pasar a una pequeña recámara. Ahí estaba ella, recostada boca arriba, cubierta solo por una sábana que le llegaba debajo de los hombros, con los brazos sobre el pecho. Le noté la cara y los brazos muy hinchados.

    —¡Mamá! —le dijo la nuera, acercándose a la cabecera—. ¡Aquí está el señor cónsul!

    La señora no reaccionó.

    —¡Mamá! —insistió la joven, más fuerte—. ¡Despierte, que está aquí el señor cónsul y necesita hablar con usted!

    La señora apenas movió la cabeza, sin abrir los ojos.

    Inesperadamente, la nuera soltó una cachetada a la señora con tanta fuerza que esta abrió los ojos, giró la cabeza sorprendida y nos miró, sin entender lo que sucedía. Después de un momento la nuera se disponía a asestar otra cachetada cuando la detuve con la voz:

    —¡Suficiente! Déjeme solo con ella, por favor.

    Salió de inmediato.

    Entonces comprendí todo: no había sido la señora quien había pedido el testamento, sino sus hijos. Quizá por su enfermedad se encontraba ya en fase terminal.

    Le tomé una mano y la puse entre las mías: estaba tibia, pero sin fuerza, como cuando uno recoge un pájaro que acaba de estrellarse contra una ventana.

    —Señora —le hablé suavemente—, ¿me escucha? Soy el cónsul y estoy aquí para ayudarla.

    Era inútil. Si no reaccionaba era por los potentes analgésicos —quizá morfina— que le habían suministrado.

    La situación era complicada. No podía emitirse el testamento. Los cónsules sabemos que la primera regla es que el testador —o, en este caso, la testadora— tiene que tener conciencia de tres cosas: su nombre (persona), la fecha (tiempo) y el lugar donde se encuentra (espacio). Es decir, tener plena posesión de sus facultades. Si no es así y se otorga el testamento, cualquier persona lo puede impugnar ante un juez, y el cónsul es legalmente responsable porque infringió esta regla fundamental. Un testamento viciado es algo muy serio.

    Por la pequeña ventana del mobile home, registré que varios pares de ojos intentaban entender lo que pasaba dentro. Ni hablar, pensé. Tengo que darles la mala noticia. Respiré profundamente y salí.

    —A ver… —comencé—. Tengo algo que decirles.

    Me miraban intensamente todos, en silencio. La nuera se encontraba unos pasos detrás, con la cabeza agachada.

    Entonces se me ocurrió algo.

    —¿Su mamá tiene bienes en México? —pregunté.

    —Sí, un terrenito.

    —Y ese terreno, cuando ella ya no esté aquí, ¿para quién sería?

    —Se repartirá entre todos.

    —¿Así lo quiere ella?

    —Sí.

    —¿Entre todos ustedes aquí?

    —No, tenemos más hermanos en Zacatecas.

    —¿Y su papá?

    —Él murió hace cuatro años.

    —¿Cuántos hermanos más hay en México?

    —Dos hermanas y el más chico.

    —¿Y todos están de acuerdo en que se reparta ese terrenito por igual?

    Anticipé la respuesta:

    —Sí señor.

    —Bueno —les dije—. En tiempos normales su mamá no podría hacer su testamento porque está muy dormida. Pero si esa es la voluntad de ella y la de todos, creo que podemos proceder. Para eso necesito hablar por teléfono con los hermanos que no están aquí.

    Así se hizo. Uno de ellos sacó su celular y marcó.

    Justo el año anterior había estado en Zacatecas, de paseo. Me imaginaba una pobre casa en medio de cerros áridos, bajo la sombra de un huizache, rodeada de tierra roja, dura y seca. Tierra de emigrantes.

    Fui hablando con las dos hermanas y con el menor, que había cumplido dieciocho años. Cada uno me repitió que estaba de acuerdo con el reparto del único bien que poseía su madre.

    Pedí a la asistente consular que tomara la huella del pulgar de la señora dormida y que se asentara en el testamento que era analfabeta, por lo que era incapaz de firmar.

    Me despedí y regresamos a San José.

    Una semana después recibí en la oficina una caja pesada, cerrada, junto con una nota muy breve anunciando que había fallecido la señora de Castroville. Para agradecerme, los hijos me enviaban una caja llena de alcachofas, que repartí entre los empleados del consulado.

    —Por esta razón —terminé—, frente a una alcachofa no dejo de pensar en esa pobre familia y en la crueldad que hubiera sido no otorgarle ese testamento. Quizás nunca hubieran logrado hacer válida la herencia. Nuestro trabajo nos obliga a ser más flexibles, más sensibles, más humanos. Esa fue la lección de la alcachofa.

    En medio de los aplausos, me senté de nuevo y perseguí con el tenedor el último pedazo, tierno y perfumado. [ C ]

  • La invención del peligro ruso

    La invención del peligro ruso

    Mis escritos buscan explicar a Occidente el alma y el espíritu rusos a través de la pintura, la música, la literatura, los paisajes y la vida cotidiana. Me cuesta entender cómo se puede despreciar una cultura que ha dado tanto al mundo y que ha dejado una huella inmensa en prácticamente todas las formas de creación humana.

    En la prosa y el pensamiento literario: Alexander Pushkin, Mikhail Lermontov, Fyodor Dostoevsky, León Tolstoy, Anton Chekhov, Nikolai Gogol, Maxim Gorky, Mikhail Bulgakov; en la poesía: Vladimir Mayakovsky, Marina Tsvetaeva, Anna Akhmatova, Sergei Yesenin, Alexander Blok, Boris Pasternak.

    En la música: Pyotr Ilyich Tchaikovsky, Modest Mussorgsky, Sergei Rachmaninoff, Sergei Prokofiev, Igor Stravinsky, Nikolai Rimsky-Korsakov; en la pintura: Mikhail Vrubel, Isaac Levitan, Ilya Repin, Natalia Goncharova, Mikhail Larionov.

    En el cine y el lenguaje visual del siglo XX: Andrei Tarkovsky, Sergei Eisenstein, Nikita Mikhalkov y Andrei Konchalovsky, solo por citar algunos.

    La lista es inmensa y se extiende también a la ciencia, la filosofía, la ingeniería y la exploración espacial. Dmitri Mendeleev, creador de la tabla periódica, es apenas uno de los ejemplos más conocidos.

    Precisamente por eso resulta difícil comprender el rechazo que hoy se proyecta sobre todo lo ruso. Desde el inicio de la “Operación Militar Especial” —nombre dado por el gobierno ruso a las acciones militares iniciadas en febrero de 2022— quedó expuesta con particular fuerza la hostilidad que las élites occidentales mantienen hacia Rusia. Entre los objetivos declarados por Moscú estaban la “desmilitarización” y “desnazificación” de Ucrania, la protección de la población rusoparlante del Donbass y frenar la expansión de la OTAN hacia el espacio estratégico ruso.

    La confrontación actual entre Rusia y Occidente no se limita al terreno político. A las sanciones económicas y los mecanismos de presión internacional se suma un creciente rechazo cultural, simbólico e incluso humano alrededor de todo lo ruso.

    Creo que Rusia sigue siendo un mundo insuficientemente comprendido por Occidente. Por un lado, acercarse realmente a ella implicaría abandonar muchas de las ideas arraigadas desde hace generaciones; por otro, la imagen de Rusia se alimenta desde la confrontación, la propaganda y el miedo hacia aquello que no termina de comprenderse del todo. Y eso ocurre a pesar de toda la difusión que alcanzaron la literatura rusa, la música, el teatro, el ballet y la pintura durante gran parte del siglo XX. Hoy no solo se cancelan exposiciones o conciertos; incluso llegan a prohibirse. ¡A este punto hemos llegado!

    El mecanismo no es nuevo. Civilizaciones enteras fueron descritas durante siglos a través de caricaturas, simplificaciones o relatos deformados construidos desde afuera. Ese miedo a lo diferente permitió justificar guerras, conquistas, persecuciones religiosas y formas de exclusión cultural. Antes de enfrentar a un adversario, primero se lo deshumaniza.

    Rusia ocupó históricamente un lugar ambiguo para Occidente. Demasiado europea para ser considerada plenamente oriental, pero también demasiado distinta para ser aceptada del todo como occidental, quedó convertida en un espacio difícil de clasificar. Esa condición alimentó una persistente mezcla de fascinación, temor y desconfianza que derivó en estereotipos culturales, políticas de confrontación, campañas de propaganda y narrativas que la presentaban como una amenaza constante para Occidente.

    Existe otro elemento igual de importante para entender el rechazo hacia Rusia: nunca ha podido ser sometida. En el siglo XIII sufrió la invasión tártaro-mongola, pero terminó expulsando a sus invasores. Lo intentaron Napoleón, los suecos, los polacos y, más tarde, la Alemania nazi. La fuerza del espíritu ruso, su capacidad de resistencia, adaptación y reinvención acabó imponiéndose una y otra vez frente a quienes intentaron destruirla.

    La disposición al sacrificio total (самоотдача), a entregarse por completo a una causa colectiva, constituye uno de los rasgos esenciales para comprender la naturaleza de lo ruso. Va más allá del patriotismo: expresa la capacidad de soportar el sufrimiento, resistir en condiciones extremas y subordinar lo individual a una idea superior de comunidad, memoria y destino común.

    Esa combinación ayuda a entender la persistencia de la rusofobia.

    Hace unos meses vi el documental La Patria. Film-investigación de Arkadi Mamóntov. Lo he vuelto a ver y, junto con apuntes que tenía de otras lecturas, terminé de ordenar una idea que llevaba tiempo rondándome sobre el origen profundo de la rusofobia.

    El bautismo de la Rus de Kiev en 988, cuando el príncipe Vladímir adopta el cristianismo ortodoxo desde Bizancio y no desde Roma, marcó el destino de Rusia y definió su distancia con Occidente.

    «Русь принимает христианство от Византии — это постепенно делает нас не просто другими, а чужими и врагами».

    «La Rus adopta el cristianismo de Bizancio, y eso, poco a poco, nos convierte no solo en distintos, sino en ajenos y enemigos».

    El Cisma de 1054 entre la Iglesia católica romana y la Iglesia ortodoxa oriental profundizó esa división y marcó el inicio de la percepción de la Rus ortodoxa no solo como diferente, sino también como ajena y potencialmente hostil. La rivalidad religiosa terminó transformándose también en una disputa de poder y territorio.

    Tras la caída de Constantinopla en 1453, comenzó a consolidarse la idea de Rusia como heredera espiritual de Bizancio y surgió la noción de Moscú como la “Tercera Roma”: la última gran reserva de la ortodoxia y continuadora de la tradición cristiana oriental. Esa idea reforzó aún más la percepción de Rusia como una civilización separada, con una misión histórica y espiritual propia, distinta de la Europa occidental y convertida gradualmente en su rival estratégico.

    Desde la Edad Media, la presión occidental sobre Rusia tuvo siempre una doble dimensión: control espiritual y control territorial. En el año 1549 el diplomático austriaco Sigismund von Herberstein publicó Notas sobre Moscovia (Записки о Московии); durante décadas esta fue una de las principales fuentes europeas sobre Rusia y ayudó a fijar en Occidente imágenes negativas —que hasta hoy persisten— sobre los rusos: barbarie, atraso, violencia, despotismo e irracionalidad oriental.

    Durante los siglos XVI y XVII, el Vaticano intentó incorporar a la Rus ortodoxa al espacio católico europeo a través de nuncios papales, diplomáticos e intelectuales católicos. El jesuita Antonio Possevino, autor de “Moscovia”, atribuía los problemas rusos a la ortodoxia.
    La falta de pertenencia completa de Rusia a Occidente reforzó la percepción de una civilización “incorrecta”.

    La Guerra Livona (1558–1583) fue el primer gran conflicto entre Rusia y Europa occidental y también uno de los antecedentes de las futuras campañas de propaganda antirrusa. A partir de ese momento se intensificó la propaganda polaca y aparecieron las formas modernas de demonización del enemigo, reforzando la idea de Rusia como una civilización hostil. La misma fórmula volverá a repetirse: deshumanizar al ruso antes de enfrentarlo en el campo de batalla.

    La invasión napoleónica de 1812 ocupa un lugar central en el fortalecimiento de esta visión. La propaganda francesa presentó a los cosacos como saqueadores, asesinos, violadores y bárbaros. Esa construcción del enemigo ruso como una amenaza salvaje y casi asiática me hizo recordar una lectura de hace más de veinte años: El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, publicada en 1940.

    En la novela, el miedo al “tártaro”, al bárbaro, al invasor desconocido que nunca termina de llegar, organiza psicológicamente la vida de los personajes. La amenaza permanente del otro es más poderosa que su presencia real. Asocié inmediatamente esa idea con el mecanismo que todavía se aplica a Rusia: la construcción del ruso como enemigo exterior, imprevisible y peligroso, el “oso ruso”, alimentando el temor constante a una agresión y reforzando una imagen sostenida por el miedo al “otro”.

    Circularon incluso grabados en los que sus caballos aparecían formados por cuerpos humanos, como símbolo extremo de brutalidad. El objetivo psicológico era claro: crear miedo y hostilidad hacia Rusia antes de la guerra.

    La historiadora Natalya Tanshina señala en el documental que fue en 1836 cuando el término “rusofobia” comenzó a utilizarse en la prensa inglesa, particularmente entre los liberales whigs, dejando de ser únicamente un prejuicio cultural para convertirse en un concepto político explícito: una ideología de competencia contra Rusia, una tecnología de guerra informativa y una forma específica de racismo político.

    Esa percepción nunca desapareció; simplemente adoptó nuevas formas ideológicas. La Guerra Fría no representó una ruptura, sino la continuidad de una confrontación ya existente. La idea del “peligro ruso”, construida durante siglos en Europa, reapareció bajo nuevas categorías geopolíticas, aunque conservando intacta la lógica de fondo: Rusia como adversario permanente para Occidente.

    Durante el siglo XX, el conflicto adoptó nuevas formas. El discurso de Winston Churchill sobre el “telón de acero” en 1946; la aprobación, en 1947, de la Ley de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que reorganizó el aparato estratégico norteamericano al inicio de la bipolaridad; y, en 1950, el documento Psychological Offensive against the USSR, donde ya se planteaba la necesidad de desarrollar herramientas de guerra psicológica contra la Unión Soviética, reflejan la persistencia de la construcción de Rusia como una amenaza para Occidente.

    La disputa deja entonces de limitarse al terreno militar y se desplaza al ámbito cultural, ideológico y psicológico. La imagen de Rusia ya no se construye únicamente desde la religión o las viejas rivalidades imperiales europeas, sino a través de los medios de comunicación, la propaganda, la educación, el cine y distintas operaciones de influencia destinadas a erosionar desde dentro la identidad soviética y rusa.

    El llamado “Programa Troya” formó parte de una estrategia de desestabilización ideológica basada en programas de radio destinados a manipular psicológicamente a la población y debilitar la identidad soviética desde el interior. Buscaba sembrar dudas, desconfianza hacia el Estado, provocar una crisis interna y quebrar la relación con su propio pasado.

    La desintegración de la URSS se convirtió en la prueba de la eficacia de las estrategias de presión política, desgaste ideológico y guerra psicológica desarrollados sistemáticamente contra Rusia desde el inicio de la Guerra Fría.

    En los años noventa, a través de ONG, fundaciones y programas educativos financiados por George Soros y otras organizaciones occidentales, se introdujo una visión negativa del pasado ruso mediante la reescritura de manuales escolares y la implementación de nuevos programas orientados a debilitar la concepción de su propio pasado y negar las raíces culturales y nacionales de Rusia. En apenas cinco años se elaboraron 450 nuevos manuales escolares, se invirtió cerca de mil millones de dólares y se financió a más de diez mil editoriales y organizaciones.

    “Pluralismo”, “desideologización” y “democratización” sirvieron para presentar a Rusia como un Estado artificial y condenado a la desintegración. El objetivo iba más allá de debilitar a un país pluricultural y plurinacional: buscaba fracturarlo desde dentro. Se financiaron movimientos separatistas regionales bajo la idea de que Rusia debía ser “descolonizada”.

    No lograron fragmentarla, aunque buena parte de la generación educada en los años 2000 creció alimentándose de esos conceptos, viendo en Occidente el modelo ideal de sociedad. Allí reside uno de los aspectos más complejos de esta confrontación: la disputa no ocurre únicamente en el terreno político-militar, sino también en el imaginario cultural y en la manera en que una sociedad acaba percibiéndose a sí misma.

    La rusofobia no se limita a la hostilidad hacia Rusia: implica el rechazo a la posibilidad misma de que exista como una civilización autónoma, cohesionada y soberana. La confrontación contemporánea alcanza la memoria, la educación, la cultura, el lenguaje y la identidad nacional.

    La desconfianza hacia aquello que no termina de comprenderse persiste. Para gran parte del mundo, Rusia es una civilización difícil de interpretar, un desarrollo distinto nunca plenamente integrado a Occidente.

    El desgaste acumulado de la guerra y los problemas económicos vuelven a hacer la cohesión social un factor decisivo en Rusia. La adaptación y la reinvención del Estado ruso serán fundamentales para fortalecer su presencia internacional, enfrentar el embate de la desinformación y preservar la estabilidad interna.

    Las sanciones económicas, la prolongación de la guerra y la expansión del conflicto hacia Irán han desencadenado una crisis energética y económica de alcance global. En ese escenario, Rusia deberá resistir no solo la presión económica y militar, sino también una ofensiva cultural, ideológica y psicológica dirigida contra los pilares de su identidad.

    La presión interna de los sectores prooccidentales y oligárquicos es alta. A través de bulos y exageraciones constantes se intenta instalar la idea de un colapso económico inminente, aprovechando muchas veces el desconocimiento sobre la situación de las propias economías occidentales. También se utilizan mecanismos similares a los de la década de 1990, orientados a debilitar el ánimo de la población rusa frente a las dificultades económicas y sociales.

    Ante esta realidad, conviene recordar que Stalingrado fue destruida y volvió a levantarse. Lo mismo Leningrado, sobrevivió al hambre, al frío y al bloqueo. En ese sentido, la historia confirma que Rusia está marcada por una capacidad de resistir, reconstruirse y continuar existiendo incluso después de las mayores catástrofes. Traspasar la realidad actual, lo confirmará. [ C ]

  • Un grabado para la historia de Venezuela

    Un grabado para la historia de Venezuela

    Entre 1958 y 1969 Germán Carrera Damas cambió para siempre la historiografía venezolana. De este modo categórico define Tomás Straka, Director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Católica Andrés Bello (UCV), la obra del viejo maestro Carrera Damas, en un artículo brillante y emotivo, en ocasión del aniversario número noventa de don Germán, como él lo llama.

    El texto está fechado al mediar el 2020 y fue publicado en Prodavinci.com “Celebramos sus noventa años y lo reconocemos como uno de los grandes historiadores de América Latina”, agrega Straka, sobre el sabio maestro, nacido en Cumaná en 1930.
    Son los historiadores quienes fijan los acontecimientos, distribuyen la fama y refieren causalmente los hechos. Lo sabemos de antiguo. Ciudadanos curiosos e interesados de Atenas y Roma proveyeron los fundamentos, primero, y desarrollaron después, los elementos del concepto y estructura de la ciencia histórica.

    A nuestro arribo a la Embajada de México en Venezuela conocimos personalmente a don Germán, en enero del 2014. En mis notas de trabajo figuraba una lista de personalidades venezolanas a quienes debería procurar y su nombre aparecía en el primer lugar. Conocerlo y trabar amistad fueron acciones simultáneas. Él me aventaja un buen puñado de años, pero igual, ambos transitamos ya por la rigurosa pendiente de la senectud.

    Los densos cristales de sus anteojos no ocultan el brillo de su mirada profunda. Igual, su voz grave y pausada, revela al momento al conversador ameno, que remata sus frases con un suave sentido del humor, siempre moderado y sin rebuscamiento.
    Sólidas cualidades envuelven a este gigantesco varón: ingenio despierto, su probidad y su sencillez, su combativa independencia y su consagración a la historia de su país.

    El oficio diplomático encontró en él a un hombre a su medida. En Latinoamérica representó a su país en México y Colombia, dos de sus mayores vecinos; en Europa, en la grácil República Checa y en la sempiterna Suiza.

    Antes, debió recorrer un largo camino. En 1948 la familia Carrera Damas se estableció en París. Germán acababa de graduarse de bachiller. París se convertirá en uno de sus refugios favoritos y el francés en una segunda lengua materna. Estudiar en L´Ecole libre des sciences politiques y en La Sorbona acrecentaron y fortalecieron la formación y experiencia adquirida en un hogar culto.

    Tampoco la historia marcha en línea recta. Retrocede, salta, corre o zigzaguea, se paraliza. Cuando estalló la Guerra de Corea, y ante el temor genuino de que desembocara en una tercera guerra mundial, la familia decidió abandonar Europa, pero toparon con la novedad de que Venezuela no era opción para Germán, por estar fichado de comunista.

    Se encaminó Germán hacia el norte y arribó al México postrevolucionario. La época cuando se establecía o consolidaba la maquinaria cultural del México actual: el Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México, etcétera. Fue admitido en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) para estudiar historia, al tiempo que obtuvo un trabajo como asistente de investigación en El Colegio de México. De esa manera el joven Germán tuvo acceso y trato con Alfonso Reyes, José Gaos, Wenceslao Roces, Daniel Cossío Villegas y otros personajes.
    También trabó conocimiento del exilio venezolano en México y se relacionó con los hermanos Gustavo y Eduardo Machado. Entonces inició su colaboración con el periódico Noticias de Venezuela.

    Apenas terminaba sus estudios en la UNAM cuando tuvo noticias de la caída de Pérez Jiménez y se apresuró a preparar el retorno a su país. Se enfrentó en ese momento con un dilema: su entusiasmo por la vuelta a la patria y el reconocimiento de la carencia de medios para sobrevivir. Recurre entonces a Alfonso Reyes (patriarca de las letras hispanoamericanas y gran artífice de El Colegio de México, Straka dixit), quien le da una carta de recomendación dirigida a Juan David García Bacca, Decano de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela.

    García Bacca (una personalidad del exilio republicano español), desde luego, atiende la solicitud de Reyes y acoge al joven historiador. Aquel muchacho traía ya dos planes en la cabeza: escribir la historia de Venezuela con criterios científicos y contribuir a la modernización del país. Un propósito que ha mantenido toda su vida.

    En el camino, Carrera Damas también se sacudió otra pesada carga, la de la militancia partidista, consagrando su libertad, sus energías y sus anhelos a reelaborar la historia. Producto de esas decisiones y de su voluntad de revisar la historia de su país, Carrera Damas escribió sistemática e incansablemente en busca de lo que a su juicio son las verdades históricas.

    La Historia de la historiografía venezolana (1961) fue su primera gran obra, y en el prólogo figura el esquema general de la historiografía del país, texto que continúa siendo lectura obligada de quien aspira a formarse como historiador.

    Para el mejor entendimiento de la Venezuela profunda y cierta, en 1966, escribió: Mal puede conocerse histórica- mente un país cuya geografía permanece en gran parte ignorada.

    En 1969 aparece la que es, seguramente, su magna obra: El culto a Bolívar: esbozo para un estudio de la Historia de las ideas en Venezuela. Un libro que trastocó y transformó la visión tradicional de la historia venezolana. No fue la primera vez que se señalaba la relación insana de la sociedad venezolana con la figura del Libertador; cómo se construyó una ideología para legitimar el Estado o los diferentes movimientos políticos, que nada tienen qué ver con lo que Bolívar pensaba, señala la propaganda.

    El libro causó un gran revuelo entre la sociedad venezolana. Provocó indignación en algunos círculos y no faltó quien demandara la expulsión de Carrera Damas de la universidad.

    Al arribar la década de los setenta, Carrera Damas es ya una personalidad reconocida y una autoridad establecida en el mundo cultural y académico venezolano. Uno de los hombres centrales, los que hacen que las cosas sucedan. Con una capacidad de trabajo inagotable, el hombre labora en distintos temas y de vez en vez va anunciando nuevos títulos clásicos de su creación, tales como Una nación llamada Venezuela (1980).

    El reconocimiento fuera de los muros universitarios se hace presente y, como es el caso de otros gobiernos hispanoamericanos, Carrera Damas es invitado a servir en la diplomacia de su país. En esa época la voz y actitud de Venezuela ocupan lugar destacado en el liderazgo de los países en desarrollo.

    Fue nombrado sucesivamente embajador de su país en México, Colombia, Suiza y la República Checa. La UNESCO lo designó presidente del comité académico de la Historia General de América Latina (1999) y otros cargos académicos internacionales.

    El cambio de siglo lo encuentra liberado de la cátedra y la diplomacia, sólo para redoblar el trabajo histórico que es su auténtica pasión. No cesa de escribir y publicar una serie de obras importantes. Es autor de un medio centenar de trabajos sobre ciencias sociales e historia de las ideas, así como de una serie de brillantes estudios y conferencias sobre diversos temas sociales.

    Participa en la actividad política con un conjunto de Mensajes históricos que se difunden por la red. En ellos difunde y analiza problemas latentes. En 2013 publica otro de sus libros más aclamados Rómulo histórico, un amplio y profundo estudio sobre Rómulo Betancourt y una multitud de reflexiones sobre la democracia y la realidad venezolana.

    Hasta donde sabemos, Carrera Damas sigue activo a los noventa y seis años (mayo de 2026), escribe historia y asesora a grupos democráticos de su país. Su convicción y su compromiso con la historia y Venezuela permanecen inamovibles.

    Quien persiste tiene razón, así es la naturaleza. A sabiendas de la cultura política y la idiosincrasia latinoamericanas, no es improbable que su visión histórica haya previsto, hace décadas, con razón, cómo sería el final. En un estudio titulado ¨Violencia, orden y libertad en la Historia de Venezuela¨, publicado en 1964 (y recogido en Temas de historia social y de las ideas, Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 2013), el futuro historiador escribe con convicción: “Con la violencia como fuente de poder y el miedo por legislación, las dictaduras han sido, de una forma u otra, nuestro más acabado producto constitucional”.

    También nosotros hemos alcanzado la edad en que se empiezan a neutralizar los años. Venezuela fue nuestro último puesto diplomático. A las antiguas amistades, sumamos algunas nuevas. Varias circunstancias nos vincularon con aquel varón singular: su integridad y su sencillez, su aguerrida independencia, su consagración a las letras -la historia- y capacidad de trabajo.

    La amistad fluyó con naturalidad, alimentada por el afecto; en corto tiempo alcanzó un vigor que sobrevive a la distancia.
    Compartimos con don Germán no pocas tendencias e inclinaciones, sino también un conjunto de ideas y posiciones sobre la libertad, la democracia, la sociedad, los derechos esenciales del ser humano y otros.

    En el tráfago humano compartimos el oficio diplomático y la afición por los libros, el arte y la cultura.
    Pero igual, tuvo lugar el prodigio y se magnificó. Un tercer elemento nos vinculó, acaso con fuerza similar a los anteriores, o los complementaba armoniosamente.

    Ocurre que el hombre, alto, fornido y despejado, que habla el francés como si fuera lengua nativa, autor de dos gruesos volúmenes sobre sesudos asuntos referidos a mitos históricos de Venezuela, así como de varias docenas de estudios, ensayos, artículos y conferencias sobre temas de historia, ciencias sociales y de las ideas, escribió también un grueso volumen -para asombro, admiración y delicia de tirios y troyanos- sobre el valor, significado, filosofía y deslinde de la gula.

    Elogio de la gula es el título del delicioso y sabio libro, que pronto se convirtió en bestseller, y leímos nosotros en dos o tres sentadas. En él, Carrera Damas confiere a la gula -como establece la cuarta de forros de la edición que poseo- “la dignidad de ser redefinida como aquella actitud que se caracteriza por el pleno y absoluto goce de cuanto se hace, se acomete o se disfruta a lo largo de la vida”.

    Acaso sea redundante señalar que don Germán era, es, un creativo y experimentado Chef. El placer de la conversación se nos fundió con el gozo de la gastronomía. Nos reuníamos a conversar sobre un sinfín de temas y sobre la situación -que se agitaba ya en aquellos días- en Venezuela.

    Él nos indujo y me abrió las puertas de aquel selecto grupo de personalidades -gastronautas todos- que lo rodeaba en Caracas. Entre ellos, José Rafael Lovera, gran historiador sobre la comida y la alimentación, autor de la monumental obra: El cacao en Venezuela. Una historia; con Armando Scanonne, autor gastronómico reputado y varios más.

    Al parecer el conocimiento humano se mueve con mayor comodidad en los territorios del arte y la cultura. Pero también de pan vive el hombre. Por estos días, don Germán cumple un año más. En todo momento y circunstancia ha dado prueba de ser un hombre sabio, y todo hombre sabio usualmente es de paladar refinado.
    En caso extremo podemos acogernos a la exhortación de Esquilo, el trágico eminente, quien estableció: aun en medio de males, conceded a vuestra alma el placer de cada día. [ C ]

    CDMX, junio de 2026

  • Mis gatas en Abisinia

    Mis gatas en Abisinia

    Soy gente de perros. La tradición dice que un catalán tiene perro; solo perro… y que lo adora y le platica cuitas como al compadre mientras el animal calla echado a sus pies. Sin embargo, esto de adoptar un felino flemático está de moda. La vida urbana de diminutos departamentos, que es lo de hoy, lo impone. Y la población registrada de gatos y sus respectivos efectos alérgicos en sus dueños, incluso en Barcelona, sube como la espuma.

    A Etiopía llegue sin mascotas y sin hijos que abogaran por ellas.

    En amhárico la palabra “aietoch” designa por igual a ratones, ratas, chinchillas, lirones y al horroroso “topo desnudo”, oriundo del Cuerno de África y que parece la media de una señora gorda aventada, echa bolas bajo el buró; sólo que con dientes feroces. A mi llegada a estas tierras, la encargada de la casa, fina y con intensa mirada etíope, dijo que todo estaba “bien…, perfecto” —siempre muy optimista—. Pero mencionó el detalle menor de que habían visto “aietoch” (plural). Su voz nos llegó en su limitado inglés como “we´ve seen rats”. Sí…, las imaginamos ratas; grandotas, peludas, hediondas. El dios Pavor irrumpió en la sala.

    Pronto se aclaró que ella se referiría a algún ratoncillo diminuto de los que trepan a las cocinas durante las lluvias. Pero el daño estaba hecho. Añadió igual que, en cierto momento pasado, cuando la hija de algún embajador predecesor en el puesto albergó un gato por una temporada, los roedores… pues ni sus luces. El olor a gato los ahuyenta. El doble daño estaba hecho: la semilla de adoptar un gato —y pronto— estaba sembrada.

    Maya, una típica gata blanca abisinia (“White Abyssinian Cat”, como la nombra Google con elegancia) llegó por invitación. Vino en cesto, como en un cuento infantil, con los otros miembros de su camada para que la eligiéramos: la más tranquila, la más estilizada. Y lo era. Se dejaba cargar y ronroneaba coquetísima por horas en el regazo. Todo era felicidad, dirían los cursis.

    Pero el regocijo no duraría. Uno par de meses después, salí a la carrerita dominguera para tratar de estar en forma y en el metro 550 de mi vuelta a la colonia, descubrí a un perrito maltés ladrando desaforadamente al borde de un coche. Los perros en Etiopía viven silvestres, generalmente en jaurías de hampones, montoneros de color sucio estándar, con formas y monstruosidades estándar y mañas estándar. Deambulan fodongos alrededor de las expuestas carnicerías que, por su impudicia y las vacas enteras en canal colgadas para deleite de las moscas, son uno de los símbolos más chocantes del paisaje urbano de Etiopía. Así que no es común topar con un maltesito bañado y con collar, ladrándole al coche del vecino. Pero no hice caso.

    A la segunda vuelta, los ladridos del perro, ya guardado en casa, habían terminado. Su lugar lo ocupaba un ligerísimo chillido de sufrimiento. Eso sí me detuvo del jogging. Caí en la trampa. Rescaté otra “White Abyssinian Cat” de siete u ocho centímetros y sin pronóstico serio de supervivencia. No había una madre gata cercana, no había hermanitos… nada. Era hija del abandono. Y si yo hubiera llegado a casa con la historia en boca y sin la gatita en mano, creo que mi esposa hubiera tomado la decisión de ya divorciarme definitivamente por desalmado.

    No lo soy, y la gatita diminuta sobrevivió bajo nuestro cuidado. Craso error. Salió adelante gracias a la leche Nido, la única que se encuentra con regularidad en estas tierras, y recibió el nombre de Edu, apelativo decidido por la colectividad etíope de la casa. Es el diminutivo de Edel que en amhárico significa “suerte”, “sino”, “designio divino”. Digamos que mi nueva gata se llama “la suertudita por menuda decisión del Altísimo”. A diferencia de la otra gata, Edu es terrible; tan huraña como mustia, movida al modo de la travesura demoniaca del Joker, también burlona como el gato de Cheshire, solo que de broza blanquísima y con manchas negras y de caramelo. Ojos bonitos, tan enormes como su hipocresía, que intentan que le perdones el jarrón roto, la tapicería rasgada, la indolencia al mascar la corbata, la zancadilla asesina en lo alto de la escalera. Lo que tiene Maya de Dr. Jeckyl, Edu lo tiene de Mr. Hyde.

    Lo peor es que Edu se pelea…; y no con Maya. Sale y reta a zarpazos a las fieras cimarronas del vecindario que la superan en el tamaño, en las destrezas del arrabal y el filo de las uñas. Regresa echa un santo cristo. Y después se rasca masoquista las heridas ad nauseam para alcanzar nuestro lecho en grado de picadillo: el rostro de Rocky después de los leñazos con Apollo Creed. Igualmente se arranca el cono protector que le puso el veterinario. Usa y reúsa sus garras que le dejan el cuello como yute sanguinolento. Su estilo me hace suponer que sea gata casaca; 20 generaciones que la conectan, de seguro, con los héroes caudillos etíopes, los Menelik, los Yohannes y Tewodros. Su tata-tata-tata-tatarabuelo debió dormir entre la lanza y el escudo del mismo Kuestantinos Primero.

    El cuadro es claro: dos gatas, una preocupación. No pretendo más descripción fuera de decir que poco a poco, la gata mala de ojos adorables que invocan el eterno perdón, está descomponiendo a la gata buena, refinada y altiva que prefiere pasar largos ratos en una suerte de farra vecinal conquistando —gran contraste— todos los amigos posibles del barrio. Algunos chismes dicen que ya ha ganado las camas principales en casas vecinas, patios, cenadores y altos balcones. Regresa para comer, para dormir, pero no en el 100% de los casos. Como diría mi madre, “cree que aquí es hotel”.

    Las gatas han sido clave para reencontrar en mi mente ciertos textos y cierta época. Me refiero en particular a dos libros de esos que les pasaste la vista antaño con la sensación de que te dejaron algunas luces muy brillantes y te perdiste la lógica real del camino: El animal que luego estoy si(gui)endo de 1997 es una de las últimas obras de Jaques Derrida y una joya filosófica detonada por la sensación que tiene el autor al ser descubierto desnudo; así, “en pelotas”, después del baño, por la mirada inquisitiva de su gato.

    Pienso en esa mirada aguda y de inmediato en lo que quiso hacer Claudia Hernández del Valle-Arizpe titulando su novela Como gato mirando un pájaro. Los gatos tienen en los ojos el filo de una aguja larguísima para atravesar una vida entera con una estocada. ¿Mis gatos me han visto desnudo? Sí. ¿Y les he motivado algo? Nada. Voilà la différence, ou peut-être l’indifférence. Nada mejor ha ofrecido su abúlica mirada que una elocuentísima desidia. La frase clave de Derrida en esa obra es algo así como: “desnudos sin saberlo, los animales no estarían en realidad desnudos; no estarían desnudos porque están desnudos”. Me encanta la paradoja y, respecto de los gatos, pareciera que ellos la entienden antes y mejor que el propio filósofo francés.

    La otra obra que encuentra ahora lugar obsesivo en mi mente es también de Derrida: El monolingüismo del otro (1996) que no habla de gatos, pero un poco de África. Es un ensayo biográfico y filosófico que descubre muchas entre sus ideas sobre el lenguaje, la cultura propia y ajena (que no son tales) y la identidad. Ahí es donde se encuentra la frase: “Yo no tengo más que una lengua y ésta no es mía. Mi propia lengua es una lengua que no puede serme asimilada”. Otra elocuente y lúcida paradoja.

    A partir de su experiencia personal como judío-argelino que hablaba francés, Derrida reconoce que, por esa condición bastante exótica —o por lo menos diferenciada—, la langue française adquirida desde su primera educación no era realmente “su lengua de origen”. Así logra meter en cuestionamiento si alguien realmente es poseedor de su lengua. Una respuesta incipiente es que, pragmáticamente y para poder comunicarnos, hablamos siempre “la lengua del otro”. Así es, en un juego eterno, porque “el otro” tampoco es poseedor asimilado, a un nivel absoluto, de su lengua. Juego de espejos eterno y desestabilizador como los que le apasionan a este filósofo.

    El monolingüismo del otro termina siendo una mirada incisiva sobre el sujeto colonial. Una mirada que me apasiona. Cuando recorro África, sus tensiones, sus complejidades, sus atavismos —incluso el denso diálogo que inunda sus reuniones—, ¿cuánto creo sentir que la lengua impuesta o no, la cultura propia y extranjera, la aspiración desarrollista importada o autogestiva nunca resultan, para los africanos, completamente suyas? Las discusiones contemporáneas sobre descolonización retoman frecuentemente el pensamiento de Derrida respecto de la enseñanza escolar, de las relaciones étnico-raciales y de la crítica a una constante reversión de los términos del colonialismo que terminan siendo nuevas formas de dominio colonial. Vista así, incluso esa necesidad de pertenencia, en el trasfondo del colonialismo, ha sido inmensamente violenta e inmensamente —cabe añadirlo con dolor— inevitable y neocolonial. Ha lastimado duramente, incluso “en el nivel epidérmico”, la identidad de negros e indígenas.

    Derrida escribió textos muy específicos sobre Sudáfrica, el racismo, el apartheid y Nelson Mandela (incluso cuando este líder permanecía aun en prisión) que fueron clave en la reconstrucción, el perdón incondicional, la búsqueda de una justicia profunda y la cimentación de un análisis penetrante sobre el lenguaje usado para los procesos de la “Comisión para la Verdad y la Reconciliación” de ese país austral y del continente. Pero en El monolingüismo del otro, Derrida señaló una ruptura de nacimiento en lo africano, un desfase estructural con la tradición que, a él en lo personal, como africano siempre incompleto, le correspondería inevitablemente. Su identidad “inicial” (en su caso personal la identidad del argelino afrancesado) no era nunca inicial, sino representada.

    Él vivió quizás un desfase con su tradición tácita que se podría haber expresado siendo bereber y judío, características en el baúl sombrío de las posibilidades y que le habrían sido arrancadas. Él fue desarraigo y, con él, toda África lo ha sido igualmente. Él fue inaccesibilidad a un origen y, por muy diversas razones, lo mismo le ha ocurrido a África. Él denomina este fenómeno como una suerte de “amnesia”, y la palabra importa mucho. Esa amnesia proviene de un “deseo de idioma”; un faltante que termina en un “modelo de identificación” que pretende desesperadamente ser estable —sin poder jamás serlo— para saciar un ego demandante en todas sus dimensiones: la lingüística, la cultural, la civilizacional…”. Añade asimismo que “ese monolingüismo del otro tiene, por cierto, el rostro y los rasgos amenazantes de la hegemonía colonial”. El colonizado, en su amnesia, tiende a desear, rechazar y reencontrar constantemente el idioma —y de paso la cultura— de la metrópolis colonizadora. Pocas explicaciones tan penetrantes sobre la realidad africana y las avasalladoras manifestaciones del neocolonialismo.

    Quiero regresar a mis gatos abisinios y a su rosto que tanto me hace pensar en las palabras que me afectan… y en África. A Maya y Edu las veo frecuentemente adormiladas pero omniscientes; siempre tan superiores física y moralmente: al borde de algo, del salto, del precipicio que generan las altísimas gavetas de la cocina; indiferentes y desentendidas del peligro. Asentadas en los límites, no viven la inquietud; duermen aceptadoras de su más salvaje esencia y, a la par, de su más doméstica adopción por propia voluntad. Hay un momento en que Derrida dice de su gato —y de paso de toda la especie gatuna— que deambula limítrofe entre el mayor salvajismo y la casa humana. Vayamos más alto aun:

    Pareciera que Maya y Edu manejan sus opciones: son poseedoras de una indiferencia total que conecta los extremos. Son impasibles frente a unos amos que no pasan de ser simples “ferangis” (extranjeros) en la tierra del imperio abisinio; su imperio. Las imbuye esa amnesia de satisfacción arrogante. Más que adormiladas, yacen victoriosas. Derrida las acusaría de ser capaces de su “propia desestructuración patológica”. Yo las concibo gatas sobradas, erguidas en la gloria con toda la despreocupación del Ser Superior que se expresa, si así lo desea, en altivez divina (Maya) o sevicia infernal (Edu).

    Maya y Edu pueden, si les place, elegir montarse en su estereotipo de gatos aludidos por sus amos (como si en algo pudiéramos realmente aludirlos). Aquí reitero la idea de que uno está obligado a hablar la lengua del otro. Yo las llamo equívocamente: “¡Maya, Edu! ¡Vengan!” “¡Maya, Edu, coman!”; no hay reacción. Ante su nombre, su respuesta es, a lo sumo, un tintineo imperceptible, redireccionando una de sus orejas que finge un temblor involuntario. El amo está muy por debajo de las mínimo escozor o exigua comezón.

    Mil experimentos se han realizado confirmando que los gatos reconocen su nombre. Saben de su “yo” y del ser del “otro” que los alude; reconocen su identidad y su pertenencia hogareña, pero se hacen los desentendidos. Les vale. Al amo, ni el amor ni el desprecio. Además, los gatos conllevan también la malicia derridiana de negar la oralidad (recordemos eso tan retador en el pensamiento de Derrida que afirma que la filosofía —en especial la metafísica— ha trampeado siempre dándole posición de dominio, privilegio y preeminencia a lo oral sobre lo escrito).

    Los gatos juegan con la oralidad desde arriba, nos exhiben tan insuficientes y hasta ridículos mientras les hablamos confiando en esa importancia suprema que los humanos le otorgamos a la voz. Las gatas en casa se hacen impermeables a mi oralidad, aun cuando se yerguen como “el otro” que define los términos de mi lenguaje, algo que en el trasfondo fascina… y duele. Por ello viven hiperbólicamente halagadas o hiperbólicamente insultadas:

    A Edu la llamo “Eduviges Martínez López Pérez Gutiérrez y Rodríguez…”, sin que conecte en lo aparente. Su apatía parece contestar: “te faltó García Méndez Sánchez Gómez de la Corcuera, ¿y?” Ya luego le dejo venir la retahíla de mi inconmensurable inmundicia verbal: “cuatrera”, “guarra”, “pringosa”, “belcebú”, “leviatán”, “mentecata”, “caciquilla”, “crápula”, “demente”, “filibustera”, “saqueadora”, “narca”, “cleptómana”, “impúdica”, “condenada libertina”, “réprobo de los profundos infiernos”, “luzbel”, “insolente”, “caradura”, “depravada”… Varío según el tema o la ocasión. Le miento la madre con sonrisa angelical o con enfado; con dulzura o insistencia, con seducción melosa o encono sádico. Lo mismo da.

    Es hermoso sentir que los gatos, así, se resisten totalmente de cualquier escrutinio epistemológico y en ello hacen mística e inabarcable su gloria. Por contraste, un perro es tan perro, adorable, apapachable, pero perro y animal, buscando su pelota, abajo, en los resquicios, en la tierra. Un gato es, al mismo tiempo, tanta animalidad e inesperada civilización: desde la tierra profunda hasta el cielo ignoto. Parece mantenerse en paralelo “arriba y abajo”, revirando apenas concesivo y de regreso, como si ya lo hubiera comprendido todo. Domina la alteridad. Es, por ello, mejor bicho para evidenciar al “otro”. Es mejor bicho constituido en “el otro que confronta al humano”. Es mejor bicho para nunca ser entendido a cabalidad. El gato se eleva así a las capas místicas que los egipcios le adjudicaron como mensajero de la diosa Baset, la de cabeza felina.

    Maya y Edu, desde su eterna y estudiada “no-respuesta” nos llaman a permanecer en jaque, con la mente abierta. Pero, sobre todo y si recuerdo bien las ideas tras El animal que luego estoy si(gui)endo de Derrida, llaman a aceptar un desasosiego, un reto, un descentramiento de nuestro poder. Mi madre las calificaría simplemente de “díscolas”, pero yo, hablando de poder y dominio en casa, prefiero recordar que el filósofo Jeremy Bentham tuvo un gato al que le fue otorgando títulos (títulos irónicos, pero ultimadamente elevadísimos) conforme el felino maduraba y ganaba espacios en casa: primero lo llamo John Langborn, luego Sir John Langborn, más tarde Reverendo John Langborn por los merecimientos eclesiásticos del gato como intermediario con Dios.

    Bentham fue también la base para la creación de una ética animal, muy escasa en Occidente. Su preocupación se centró en que, para definir los derechos de los animales, debemos entender, antes que otra consideración, si pueden “sufrir” y cuáles serían sus niveles de sufrimiento. Este fue el basamento que le permitió a Peter Singer, el profesor australiano de bioética, construir el movimiento moderno de “liberación animal” donde los límites de la acción humana estarían determinados por la genuina medición del sufrimiento. Para Derrida, el tema va más allá, al punto de que nuestra propia capacidad de sufrir humanamente —una vez entendido que la vulnerabilidad fundamental es el rasgo compartido por todos los seres finitos y mortales— estará marcada, moldeada, profundizada, por nuestra manera de ver, entender y encontrar el espejo de los animales, sobre todo el de los gatos.

    Ahora ha surgido una corriente de pensamiento que presume el apelativo de “estudios multiespecie”. Replantea las cosas dejando a un lado al ser humano para poner en el centro de la preocupación a todos —realmente todos— los seres vivos y su sistema interdependiente que sustenta La Vida. Bajo esa visión, los gatos pierden un tanto su postura diferenciada y única —lo que no me gusta—. Se elimina ese reinado en las escaleras del espacio divino egipcio, celta, budista y escandinavo. La invitación a pensar lo “multiespecie” es homogeneizante y deslava un tanto el sentido de superioridad evolutiva a través de una nueva pasión por lo vivo propio de todas las criaturas en la misma línea de salida. Obliga a reabrir nuevas vías de comprensión y de responsabilidad ética.

    En fin: tengo dos gatas y una preocupación que, en tándem, me están enseñando mejor que nadie a meditar sobre los derroteros de mi trabajo actual: interactuar con ellas, verlas y ser visto (sólo si ellas quieren), conectar los más disímbolos puntos, los más altos y los más terrenos, como alimento diario para salir a la calle y, ante todo, evitar los estereotipos.

    Estoy en África y concluyo que esta no es tierra de homogenización, no es tierra de fórmulas y modelos impuestos. No es tierra que pueda en absoluto negar o reprimir la efervescencia y el enorme valor cultural, multidimensional, de estas tierras. Y, por igual, no es tierra que posibilite reemprender fatuos intentos por una reversión irresponsable hacia un dudoso, soñado y unívoco “afrocentrismo”, visto como una especie de Europa de cabeza que no dejaría de ser profundamente ilusoria, quizá incluso perversa y disfuncional. Así fincaba su crítica al “afrocentrismo” acrítico el ghanés/estadounidense Kwame Anthyony Appiah, la voz más filosa sobre la africanidad moderna y, por cierto, hombre de gatos.

    Esta no es tierra para suponer que existe lo más civilizado y los más salvaje sea cual sea la fórmula de parangón que se pretenda. No es tierra de fórmulas predeterminadas y de propuestas o soluciones que alguien impone como “origen” o como “destino”. No es tierra siguiera de denuncias fáciles donde se pueda acusar a unos de ser los culpables de la desdicha de los otros. Es tierra finalmente de una infinita sofisticación. Es tierra de gatos. [ C ]

  • iluminaciones

    iluminaciones

    Nueva selección de 3 autores mexicanos. Esta vez pertenecientes a generaciones diversas. Por un lado, un prominente autor, alimón de 2 autores contemporáneos. La selección exhibe una aguda lectura que permite disfrutar una lírica que transita por rumbos dispares, imperecederos y de gran sensibilidad. La elección de poemas, imágenes y textos sobre los escritores son autoría de Valdés Díaz-Vélez.

  • Inviernos del alma: Esenin y Pasternak

    Inviernos del alma: Esenin y Pasternak

    La lectura tiene sus momentos; hay tiempos para las novelas, tiempos para los poemas y también tiempos para los autores. No todos los libros nos alcanzan cuando los leemos por primera vez. En distintas etapas de la vida percibimos las obras de manera diferente: lo que en otro tiempo apenas rozó la superficie puede, años después, adquirir una gravedad inesperada. Va cambiando nuestra sensibilidad, evoluciona nuestra experiencia, se transforma el momento que atravesamos. A medida que cambian las preguntas que nos hacemos, cambia también la forma en que escuchamos una voz escrita. Un mismo poema puede acompañarnos durante años sin revelarse del todo y, de pronto, resonar con una intensidad nueva, como si encontrara en nosotros un terreno más dispuesto.

    Eso me ocurrió recientemente con Serguéi Esenin, una de las voces más singulares de la poesía rusa del siglo XX.

    Anoche, al escucharlo declamado por Anatoly Supruniuk y hoy, al leerlo y traducirlo, percibo con nitidez el abatimiento y el profundo desánimo que vivía Esenin en 1923. No es una tristeza pasajera; es un cansancio que atraviesa el alma. Se me aprieta el alma, pero no es llanto lo que asoma, sino una congoja más densa y callada. La lectura no me deja desánimo: deja la conciencia lúcida de un cansancio hondo, asumido sin dramatismo.

    Ese cansancio no es únicamente físico ni moral. Es un estado interior que parece impregnarlo todo: un cansancio casi cósmico, como si la vida hubiese perdido su impulso primero y el mundo ya no respondiera con la misma intensidad. En el poema se advierte la conciencia de haber vivido con exceso —en el amor, en el vino, en la rebeldía— y, al mismo tiempo, la certeza de que nada de ello logra ya restituir plenitud. El antiguo ímpetu se apacigua; la furia juvenil pierde estridencia, pero no desaparece la inclinación reverente hacia los campos que marcaron su origen.

    Hay en sus versos una serenidad amarga: la aceptación del paso del tiempo y del deterioro de aquello que alguna vez fue luminoso. El “heno dorado” que se vuelve ceniza no es solo una imagen del otoño, sino de la propia vida que pierde su fulgor. Ese tránsito del brillo a la ceniza resume el cansancio que recorre el poema: no el cansancio de una jornada, sino el de una existencia que se sabe gastada.

    La potencia de sus palabras se impone siempre. La fuerza expresiva que lo caracterizaba no disminuye; se vuelve más concentrada. Incluso cuando habla desde el abatimiento, la voz conserva claridad. El cansancio no apaga la palabra: la depura. Esenin escribe desde un estado del alma exhausto, pero lúcido. El ánimo puede estar agotado; la expresión, no: en ello radica su fuerza.

    Uno de los poemas donde esa sensación aparece con mayor claridad es «Nunca había estado tan cansado…».

    De Esenin paso naturalmente a Pasternak. Ambos pertenecen al Siglo de Plata ruso, pero sus voces son distintas. Si en Esenin encontramos el cansancio de una vida vivida con intensidad, en Pasternak la reflexión surge de la contemplación. El invierno es una de las puertas de entrada a ese universo.

    El invierno con nieve —ese frío sereno y sin viento— posee un significado que no puede explicarse del todo; solo puede vivirse. Para quienes conocieron de cerca los países del norte, y para los rusos en particular, la nieve no es solo un fenómeno: es un estado del alma. Por eso poetas, escritores, músicos y pintores han encontrado en ella una fuente inagotable de creación, porque hay algo en esa blancura silenciosa que parece unir los ciclos de la vida. Un fin de año sin nieve parece quedar incompleto. Entre el cierre de un ciclo y la llegada del siguiente, la nieve traza un límite blanco que es, al mismo tiempo, un comienzo.

    Y para quienes tuvimos la fortuna de vivir en Rusia, ese comienzo blanco se volvió una espera íntima: aprendimos a recibir la nieve como un momento natural del año, una señal de que el tiempo avanzaba con su propio pulso. En mi memoria permanece —vivo, intacto— el sonido crujiente de los pasos sobre la nieve, ese leve crac que no es amenaza sino compañía, como si el suelo mismo respirara. Suelo viajar a Rusia en septiembre, cuando aún no cae la primera nevada, y por eso hacía tiempo que no caminaba por senderos blancos. Hasta que, hace dos años, en diciembre, en Calgary, ese sonido regresó como un relámpago suave: los sentidos se abrieron y comprendí cuánto había quedado grabado en mí ese andar sobre la nieve.

    Desde entonces, cada invierno despierta en mí esa misma sensación. Y este diciembre, al pisarla de nuevo, sentí otra vez ese estremecimiento blanco bajo los pies, como si pasado y presente se tocaran en un mismo crujido. La visión de los campos nevados, de las calles cubiertas, de los árboles arropados por la nieve formando figuras casi mágicas trae consigo quietud, calma, nostalgia, paz y sosiego entrelazados. Esa mezcla de emociones volvió a mí con fuerza mientras leía La vida de Klim Samguin, que empecé en octubre y que me llevó de regreso a la maravilla del invierno ruso: a su luz, a su silencio, a esas caminatas que tantas veces hice en mis años allá. Gorki lo expresó con precisión en una de las páginas más hermosas de la novela:

    §

    “Был один из тех сказочных вечеров, когда русская зима с покоряющей, вельможной щедростью развертывает все свои холодные красоты. Иней на деревьях, снег искрился радужной пылью самоцветов, за лиловыми лысинками речки, оголённой ветром, на лугах лежал пышный парчовый покров, и на ним — синяя тишина, которую, казалось, ничто и никогда не поколеблет. Это чуткая тишина обнимала всё видимое, как бы ожидая, даже требуя, чтоб сказано было нечто особенно значительное.”

    “Era uno de esos atardeceres de cuento en que el invierno ruso, con su noble magnificencia, despliega todas sus frías bellezas. La escarcha en los árboles, la nieve centelleaba con un polvo irisado de piedras preciosas; más allá, tras las calvas lilas del río, desnudas al viento, los prados yacían bajo un suntuoso manto de brocado, y sobre él —un silencio azul que parecía que nada, nunca, podría perturbar. Ese silencio atento lo abrazaba todo cuanto se veía, como si aguardara —o incluso exigiera— que se pronunciara algo particularmente significativo”.

    §

    Esa evocación del invierno ruso me conduce siempre a la pintura. Ningún artista expresó la quietud nevada con tanta delicadeza como Isaak Levitán. En cuadros como Invierno en el bosque, la nieve no pesa ni domina: respira. Se posa sobre los troncos oscuros como un silencio vivo, se acumula en senderos que parecen invitar a seguirlos y convierte el bosque en un espacio donde el tiempo no avanza, sino que se escucha. Levitán fue uno de los grandes paisajistas rusos precisamente porque dominó como pocos la luz invernal y las finas capas de color en las sombras: ahí, donde el blanco no es un blanco sino una sucesión de matices —plateados, azulinos, rosados, grises perlados— que hacen vibrar el paisaje. En sus lienzos, la nieve no es un fondo uniforme, sino una paleta de gradaciones que revelan el pulso secreto del invierno. La luz —pálida, contenida, casi transparente— desvela el misterio que hay en esa blancura: una quietud que no inmoviliza, sino que despierta. En sus paisajes, basta un paso para que la nieve responda con su breve música: esa música que regresa cuando la memoria y el presente se tocan.

    Gorki lo captó en palabras, Levitán en imágenes, y Pasternak —a su manera— lo convirtió en ritmo. Pero también la música rusa supo transformar la nieve en una partitura del alma. Pocas obras lo muestran con tanta potencia como Метель (La ventisca) de Gueorgui Svirídov. Inspirada en el relato homónimo de Pushkin, la obra convierte la ventisca en personaje: no es solo un fenómeno atmosférico, sino una fuerza que mueve destinos, confunde caminos y revela verdades ocultas. Svirídov tomó la prosa de Pushkin —esa nevada que es trama, atmósfera y símbolo— y la tradujo en sonido: cuerdas que giran como remolinos, metales que irrumpen como ráfagas, silencios que caen como copos. La ventisca empuja la historia, la extravía y a la vez la ilumina: como si el propio invierno ruso dictara el rumbo.

    Y es ese recorrido por la palabra, la pintura y la música el que me conduce finalmente a Pasternak. Había escuchado varias interpretaciones musicales de su poema, cada una con un matiz propio. Esas versiones me devolvían una y otra vez a los versos, como si insistieran en que debía traducirlos. El poema fue escrito en 1957, en un momento particularmente complejo para él. La publicación de Doctor Zhivago en Occidente había provocado tensiones y cierta incertidumbre en torno a su situación literaria dentro del país. Un año después, en 1958, le otorgarían el Premio Nobel de Literatura, que oficialmente no pudo aceptar. Tres años más tarde, en 1960, murió. Tal vez por eso esta nevada suya es tan íntima, tan frágil y luminosa: parece escrita entre la inquietud de la época y el presentimiento de la despedida.

    *Sviatki son los “días santos” rusos entre la Navidad ortodoxa (7 de enero) y la Epifanía (19 de enero), un periodo festivo con antiguas tradiciones y ritos populares.

    Gorki, Levitán, Svirídov y Pasternak descubrieron en la nieve matices diferentes. Palabra, pintura, música y poesía terminan encontrándose en una misma sensación de belleza serena, memoria y tiempo. Esenin recorrió el camino de la experiencia vivida, las ilusiones perdidas y el cansancio que deja la vida al mirar hacia atrás. Tanto en sus versos como en la nevada de Pasternak aparece una misma conciencia del paso del tiempo. Quizá por eso regreso una y otra vez a ellas: porque continúan revelando nuevos matices y porque deseo compartir con el lector una parte de la maravilla que contienen. [ C ]

  • # Actualidad

    LA ELECCION DE LEER: CEES NOOTEBOOM

    Inés Ortíz

    Aproximación a la vida y obra de escritor y poeta holandés, analizando cómo su mirada cosmopolita es plasmada a través de los viajes, la memoria y la identidad. El mensaje es que su reflexión sobre la existencia humana es una experiencia poética y contemplativa que trasciende fronteras y épocas. [ LEER ]

    DOS FOTOGRAFÍAS DE DON BENITO

    Mario A. Serrano Avelar

    Coincidiendo con su onomástico 220, el autor hace una aproximación sui generis al benemérito de las Américas: a partir de dos fotografías y desde una lectura más enfocada en su personalidad que en su figura política. [ LEER ]

    MADE IN GROENLANDIA

    Cecilia Gutiérrez Nieto

    Groenlandia es un punto estratégico en la geopolítica del Ártico por su posición entre Norteamérica y Europa. El deshielo abre nuevas rutas marítimas y despierta interés por sus recursos minerales críticos. Hoy esta ínsula es un territorio estratégico para las grandes potencias. [ LEER ]

    ENFERMAR EN AFRICA (SEGUNDA PARTE)

    Alejandro Estivill

    Una situación personal es abordada desde un estilo autobiográfico y reflexivo, exhibiendo fortaleza, tanto frente al problema como a la vida misma; al final emana una reconciliación como un sentido de una existencia nueva. [ LEER ]

    VISIONES PARISINAS (SEGUNDA PARTE)

    Felipe Sánchez Reyes, Denise Morales Cardoso, Maxime Nordín

    Segunda entrega con obras de escritores que participan en el Taller de narrativa que el escritor sinaloense Miguel Tapia, imparte en la Maison du Mexique, en París, Francia. [ LEER ]

    # Perspectivas

    ARABIA Y SUS EXPLORADORES

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    Las experiencias de los exploradores occidentales, ingleses en su mayoría, por la península resultan fundamentales para entender la perspectiva de las potencias en esta región estratégica del mundo en la actualidad. [ LEER ]

    REVISTA ECO, ENTRE COLOMBIA Y ALEMANIA

    Héctor Orestes Aguilar

    La revista Eco, publicada durante 24 años por la librería Buchholz de Bogotá, es un ejemplo de como la diplomacia cultural fomenta el diálogo entre públicos muy distantes. En este caso, entre el campo cultural alemán y los lectores en español. [ LEER ]

    EL PENSAMIENTO ECONOMICO, DEL LEGADO A LA PRAXIS

    Armando Pérez Márquez

    La ciencia económica, a diferencia de otras disciplinas, no es un cuerpo teórico único que explique la totalidad de sus problemas. De ahí la importancia de conocer el legado de los economistas de antaño para discutir y explicar los fenómenos actuales. [ LEER ]

    LA ÉPICA DE LOS REYES PERSAS, UNA HISTORIA DE CONTINUIDAD

    David Nájera Rivas

    En los atributos de esta obra está la prevalencia que dio al idioma persa, que vivía la presión de la dominante árabe de la islamización iniciada en el siglo VII d.c. Su autor dedicó al menos treinta años a la escritura de Shahnameh; sus seguidores elaborarían escritos en el mismo estilo durante varios siglos, cada uno atendiendo al prestigio del gobernante en turno. [ LEER ]

    PASADO MERIDIANO

    Alejandro Ramos Cardoso

    La llegada a un nuevo destino siempre trae consigo ese aire de desorientación y asombro; de novedad, de primicias. Ver las cosas por primera vez es, quizá, hasta prodigioso, pues como lo dijo Louise Glück, “miramos el mundo una sola vez, en la infancia. Esta visión es compartida por un diplomático mexicano que analiza su tránsito por una carrera de largo aliento. [ LEER ]

    JOSÉ WATANABE, EL POETA DE LA PALABRA

    Rosa Núñez Pacheco

    El obra del poeta peruano que formó parte de la Generación del 70, es diseccionada para conocer los mismo sus fuentes: haiku, narratividad y la parábola como la elevación de la anécdota al conocimiento, que los ejes de su poesía: la experiencia familiar, el cuerpo y la naturaleza. [ LEER ]

    ILUMINACIONES

    Jorge Valdés Díaz-Vélez

    Se presenta una selección de 3 autores  nacidos fuera de México, pero plenamente integrados a la historia contemporánea de nuestras letras y cultura. La selección exhibe una detallada observación en la lírica de los autores incluidos, lo cual permite al lector a transitar por universos conocidos desde miradas foráneas. [ LEER ]

    # Otras Letras

    # Creación

  • Relato teatral en cuatro actos (Fragmento)

    Relato teatral en cuatro actos (Fragmento)

    En su estilo caustico característico de obras previas, Federico D. Chabaud incursiona en la narración teatral para exhibir como los diplomáticos caminan como si fueran piezas de un ajedrez monumental, donde cada gesto, cada sonrisa y cada reverencia tienen un significado que solo ellos entienden.

    En esta pieza, la vida se mide en actos ceremoniales, citas protocolarias y saludos ensayados, y cada invitado es tanto aliado como víctima en el juego interminable de la etiqueta. Los protagonistas -embajador, funcionarios de una representación diplomática y ministros y funcionarios extranjeros- se enredan en malentendidos, equívocos y estrategias absurdas que reflejan, con ironía mordaz, el teatro dentro del teatro que es la diplomacia moderna. Entre conferencias, cenas oficiales y mensajes cifrados, descubrimos que, detrás de la fachada de solemnidad, la diplomacia es, a menudo, un baile hilarante de gestos vacíos y susurros secretos.

    El fragmento que se presenta a continuación confirma que el ingenio y sentido común contrastan con la diplomacia formal, exponiendo las absurdidades y contradicciones del ámbito diplomático en un tono humorístico.


    Los avatares de la diplomacia o el ocaso de un embajador

    Federico D. Chabaud

    1ª ed. – México. Miguel Ángel Porrúa, 2026.

  • Asalto.com

    Asalto.com

    Era tarde ya, en alguna hora de la madrugada. Regresábamos de Querétaro, de llevar a uno de nuestros nietos. No era la primera vez. 

    Transcurrida la media noche, eran escasos los transeúntes en la calle, gente que regresaba tardíamente de las Posadas y otras celebraciones de fin de semana.

    Habíamos dejado atrás el puente del Periférico para internarnos en la Avenida de los

    Constituyentes. Nos sorprendieron la quietud y un silencio inusuales. A esa hora y en ese sitio no es común y durante un mes de diciembre, menos aún.

    El reporte oficial señala que el coche apareció montado en la acera, con el motor en marcha, con varias abolladuras y un fuerte golpe frontal. Pero no se explican cómo, pues no existe ninguna evidencia contra qué pudo haber sido el impacto.

    Los paramédicos declararon que “La señora, de unos sesenta y siete años, estaba tendida junto al camellón, sin zapatos e inconsciente. El varón se hallaba sentado al borde de la acera sangrando de la cabeza, con la mano izquierda sobre su vientre”.

    El médico y el militar se entreven en la penumbra. No hay sorpresas en la vida, usted lo sabe, Coronel, dice el doctor. Lo que nos sorprende es precisamente lo que confirma el sentido de la vida. ¿No es la Providencia quien mueve nuestros días?        Mangino -un hombre de casi dos metros de altura, vestido de civil- escucha y toma notas a discreción en su reluciente celular. Un leve tremor anuncia la proximidad del alba.

    Cada cosa tiene su nombre, usted lo sabe tan bien como yo, dice el doctor, mirando el bulto de Mangino. Ya no estoy en edad de jugar con esos asuntos, Coronel. A mi edad las novedades importan menos que lo que uno cree verdadero.

    Nada sé más allá de lo que le he referido, repite el doctor. No puedo agregar más a lo ya dicho. Le aseguro a usted que ignoro qué era aquello.

    Las nubes acumuladas aceleran el paso cuando el firmamento descubre su semblante añil, unos segundos apenas.

    La oscuridad abre las puertas a extrañas posibilidades, comenta el doctor.

    Es cierto lo anotado en ese informe… Comprobado por las autoridades correspondientes. No detectaron residuos de alcohol ni de otras sustancias, ni en mi sangre ni en la de mi esposa. 

    Mientras ajusta dos almohadas en la espalda del doctor, la enfermera de turno recuerda al Coronel la instrucción del médico. Mangino asiente con un movimiento de cabeza, frente a la mirada insistente de la enfermera.

    Acabaré pronto, responde el Coronel con suavidad.  

    No hay testigos, ni testimonios, tampoco daños materiales o evidencias de lo ocurrido, ninguna señal en la calle o en el vecindario, doctor. Pero su coche quedó inservible, usted recibió varios golpes, y su esposa se halla en estado de coma . . .

    Nos interesa mucho su versión, a mis superiores y a mí. Dígame qué ocurrió realmente. ¿Cómo lo explica? ¿qué fue lo que usted vio? Le doy mi palabra, nada de esto se sabrá, todo quedará entre nosotros. No poca importancia tiene para el futuro de la institución a la que sirvo, lo que usted me informe . . .

    Usted es hombre de ciencia y no cree en extravagancias o en hechos no humanos.

    Parece cosa de adictos, había declarado el enviado de la Aseguradora, y poco más tarde se vio obligado a retractarse, a pedir disculpas y a reconocer formalmente la responsabilidad con el asegurado.  

    Un periodista que habita en el vecindario tuvo el cuidado de averiguar. Al menos una muchacha en silla de ruedas y un viejo pensionado afirman haber visto o escuchado algo. No más.                                               

    Hay otro testigo, lo sabe el Coronel, quien se debate entre la vida y la muerte.

    Al salir del cuarto la enfermera unos momentos, Mangino se acerca al lecho del médico, extrae una cartera del bolsillo y de ella una identificación. Vea usted, doctor, no soy policía, ni pertenezco a ninguna corporación judicial . . .

    ¿Cómo convencer a este varón de que le he contado la verdad?, discurre el médico, concentrado, como si buscara algo en la memoria.  

    Escuchamos un rumor, un rumor sordo y uniforme. Fue mi esposa quien primero lo advirtió. Vimos luego la luz amarillenta, pálida, colarse por las hendijas.

    ¿Qué es eso? Preguntó Rita, entornando los ojos, parecía flotar sobre el pavimento y se dirigía hacia nosotros.

    Lo sentíamos avanzar. A mayor cercanía de aquello, más intenso era el bamboleo de nuestro automóvil.

    Un temor reverente me impulsó a detenerme.  

    De que la calle se hallaba desolada, de que el nuestro era el único automóvil que transitaba por la avenida en aquellos momentos, hasta ese momento tuve conciencia

    Tampoco advertí ninguna otra alma, alguna silueta humana, algún trasnochado, un ebrio noctámbulo, a nadie.

    Hice rugir el motor, persuadido de que, de no actuar, nos traería consecuencias lastimosas.   

    Me ajusté los anteojos y aflojé la bufanda. Escudriñé la calma antecesora, impulsado por temores recónditos. Hundí el acelerador automáticamente, con la vista puesta en aquello.

    Aseguré el volante con firmeza, pedí a Rita sujetarse y arranqué.

    Rita cerró los ojos doblándose en el asiento y apoyó los brazos en el tablero. Los dos hundimos el cuerpo instintivamente. Todo ocurrió en cosa de segundos.

    El impacto fue aparatoso y ahogó el grito de Rita.  Los dos escuchamos el estruendo. El golpe seco y potente sacudió el coche con violencia y apagó el motor… Quedamos aturdidos, y con todo, no reparé yo en otra cosa más que en socorrer a mi esposa. Hasta la sangre galopando en mis oídos llegaban susurrantes sus palabras clamando auxilio.

    Recuerdo borrosamente mi automóvil montado en el camellón, arrojando vapor por la ranura del cofre. El golpe provocó una laguna en mi memoria. Creo.

    Con esfuerzo logré salir y di un rodeo. Rita se hallaba en el asiento trasero. ¿Cómo fue a dar allí? Abrí la puerta y repetí su nombre mientras la impulsaba a salir.  

    Un automóvil blanco se detuvo mientras yo la tendía en un lunar de césped contiguo a la acera. Una voz preguntó si nos hallábamos bien. Recuerdo haberle pedido que llamara a una ambulancia, y no recuerdo más. 

    La luz de los arbotantes se iba opacando juntamente con el resplandor.

    Cuando tuve conciencia asumí que me hallaba bien. Pregunté qué lugar era aquel y dónde se hallaba mi esposa… Rita continuaba inconsciente en la sala de cuidados intensivos.

    Cuando la enfermera volvió a salir del cuarto, Mangino se apresuró a entornar las cortinillas y aseguró con llave la puerta. Se acercó lentamente hasta mi cama, con una sonrisa contenida y la almohada firme en sus manos, lista   para la sofocación.  [ C ]

  • La pequeña Teresa

    La pequeña Teresa

    Primer lugar

    Concurso de Relatos sobre Diversidad, Equidad e Inclusión 2025

    Ars Global Consultoría y Arsenal Ediciones

    Nació en la casa de sus abuelos maternos, su madre la abandonó a los tres meses de nacida. Casi no lloraba, ya que parecía entender desde esa corta edad que su presencia era inoportuna. El primer inconveniente de la abuela fue alimentarla, debido a que la leche bronca de su hato era fuerte para tan tierno estomaguito. La mujer era una matrona rígida, viuda desde hacía años y de carácter agrio y poco hablar. Recordó que Rosa, una indígena que había trabajado como sirvienta en la casa, tenía fama de pasiega, así que la mandó a traer y esa noble mujer la hizo de nodriza a cambio de una módica suma en metálico, cinco gallinas y un litro de leche diario mientras duró su tarea de amamantar.

    Después la nena quedó al cuidado de sus tías, que la mantenían en constante rotación, ya que, llegado el momento, se iban yendo una a una de la casa: primero se casó Mercedes, la mayor, quien la bañaba y peinaba, y con la que inició sus primeros pasos. Cuando la pequeña Teresa empezó a sentirla como su mamá, Mercedes se fue como debía ser: bien casada con el viudo Anselmo, veinte años mayor que ella, y que además de infaltable feligrés en la parroquia del pueblo, era dueño de un vasto rancho.

    Después seguía Victoria, la madre de la pequeña Teresa, de la que nunca nadie más supo nada, así como ni ella misma sabía quién era el padre de la niña. La Vicki, como era conocida por todo el pueblo, huyó un día en que la bebé no se callaba por un cólico. En su huida decidió marcharse sólo con lo que traía puesto; eso, más un suéter de Mercedes y el alhajero familiar lleno, así como el dinero que su madre escondía en su ropero.

    Tiempo después tocó turno a Isabel, que era impaciente con la infanta y la torturaba encerrándola con los gallos de pelea. El trato de esa tía fue cruel, así que cuando Isabel siguió los pasos de su hermana Vicki, nadie la extrañó, mucho menos la pequeña Teresa, quien sufrió de su personalidad agresiva y arrebatada. La diferencia entre Isabel y Vicki fue que la primera sí hizo maleta, no se robó nada de casa y se sabía con quién se había escapado: con uno de los equilibristas de un circo que acampaba cada temporada en el terreno que estaba detrás de la casa principal.

    La pequeña Teresa quedó entonces a cargo de Lupe, quien era tierna y cariñosa con la niña, sin embargo, los mejores momentos de la vida son efímeros: esa tía voló para casarse con el Loco Rivera, un excéntrico pintor que llegaba al pueblo por temporadas para cambiar de aires de su mundo de glamur y galerías. Esa tía sintió aflicción por dejar a Tere, no obstante, se la aguantó y franca le dijo a la niña que la vida era así, llena de dolores y que para obtener lo que ansiara debía de soportarlos todos.

    Así que Teresa quedó a cargo de Nelly, la menor de las hermanas. Para esa época la niña tuvo todo el tiempo para explorar su mundo, sin que nadie la molestara, excepto su abuela los domingos para ir a misa. Empezó investigando el terreno tras de la casa, que la vieja dejó de alquilar a las ferias desde la huida de Isabel. Ese amplio terreno estaba delimitado con filas de árboles frutales. Pasando la arboleda había un estanque grande en el que llegaban a descansar aves migratorias y donde Teresa aprendió el fenómeno de la metamorfosis experimentando con los batracios que ahí se transformaban.

    Primero aprendió a atraparlos con su mano sana, la izquierda; ya que la derecha padecía del defecto por reducción de extremidad. Su abuela lo aducía a un castigo divino por la pecaminosa conducta de su hija, aunque en realidad la causa más probable fue la propensión de Victoria a tomar analgésicos, particularmente durante el embarazo.

    La parte inferior de su brazo estaba disminuido y la mano derecha no existía, Teresa aprendió a valerse bien de su muñón y adquirió una habilidad extraordinaria con la izquierda. Cuando atrapaba renacuajos, lo hacía en sus diferentes estadios de crecimiento: con paticas; otros con largas colas; algunos más casi sin cola, etcétera. Lo que le inquietaba era ver sus barriguitas gordas y oscuras. Un día encontró una navaja de rasurar, y con pericia de cirujano le abría la panza a uno que otro renacuajo para comprobar que era limo lo que comían.

    Teresa llegó a coleccionar múltiples renacuajos en sus cinco fases, hasta ranas adultas; todos colectados en una fila de frascos que mantenía cerca de la charca. En sus observaciones descubrió cómo mientras la cola se absorbía en el renacuajo, sus patas iban emergiendo. También observó que los que estaban en etapa branquial, no sobrevivían fuera del agua, en tanto que los que tenían ya paticas podían respirar en ambientes acuáticos y aéreos, mientras que las ranas adultas se ahogaban si estaban demasiado tiempo sumergidas bajo el agua.

    La chiquilla era una autodidacta, pues no había quien le enseñara y no asistía a la escuela. La menor de las tías se la pasaba haciendo planes para casarse; en tanto la abuela atendía las faenas de la casa: apurar a los vaqueros; mandar a las sirvientas y todo el trajín para mantener en pie la cada vez más desvencijada casa, otrora envidia de las familias pudientes del pueblo. Ni la familia ni los sirvientes tenían tiempo para voltear a ver a Teresa, que no fuera para almorzar o llevarla al templo los domingos.

    Producto de sus observaciones, la mozuela empezó a creer que, así como a los renacuajos les desaparecía la cola para aparecerles las patas, ella debía descubrir qué parte de su cuerpo debía desaparecer para que le creciera completamente su mano. Ella tenía un amplio lote de frascos con colecciones de anfibios, insectos, arácnidos, moluscos, miriápodos y reptiles; en tanto que a las crías de aves nunca las capturó, al contrario, con delicadeza las devolvía al nido del que habían caído o las alimentaba con gusanillos o pedacitos de lombrices que ella misma fileteaba con su filosa navaja.

    A ninguno de sus ejemplares lastimaba, al contrario, descubrió que algunas especies no resistían el cautiverio, lo que le causó tristeza, pero su espíritu de investigación superaba cualquier dilema ético. Una vez al atrapar una lagartija, el bicho perdió su cola. Teresa vio con espanto que, al perderla, la extremidad se seguía moviendo. A ese ejemplar le dio trato especial: se llevó el frasco a su cuarto y lo mantenía a resguardo debajo de su cama, evitando que alguna entrometida de la casa lo descubriera. Con el paso de los días se sorprendió al ver que de a poco a la lagartija le crecía nuevamente su apéndice. Ese evento lo siguió detenidamente: alimentaba con cariño al lagarto, ponía su frasco al sol y lo mantenía aseado. Le prodigaba los cuidados especiales que ella hubiera querido tener.

    La comunicación con su abuela y tía Nelly se daba en pocos momentos, a fuerza por ellas y con desgano de su parte: los almuerzos y los domingos de misa. Uno de tantos domingos, el sacerdote insistió a la abuela lo necesario que era para Teresa asistir a la escuela, ya que para su edad estaba atrasada para comenzar el catecismo, “Al paso que va, esa niña hará la primera comunión cuando se case… si es que no sale como su madre”, sentenció el cura.

    Aunque a la abuela no le gustaba la idea, sentía que el padre ponía el dedo en la llaga: cada que miraba el incompleto brazo de la nieta sentía que era un recordatorio de los múltiples pecados de Victoria, otros tantos de Isabel, pero sobre todo la larga cauda de vergüenzas que le había hecho pasar su difunto marido. Decidió que el cura tenía razón y ordenó a Nelly que inscribiera a Teresa en la escuela.

    Nelly acató a regañadientes, tan de mala manera que una vez que regresó de inscribir a la chamaca, en medio de regaños, jalones de cabello y pellizcos la amenazó: “Sí por cualquier motivo me llaman de la escuela, o haces algo que nos avergüence, te juro que te vas a arrepentir manca odiosa, esto que te hago es sólo una pequeña muestra de lo que te va a pasar si te atreves a desobedecerme”. Teresa estaba “acostumbrada” desde Isabel a las “didácticas” maneras que tenían en esa familia para decirle las cosas, así que aguantó en silencio y sólo asentía.

    Para ella fue intrascendente la noticia de que iría a la escuela. Meditó sobre qué sería asistir a otro lugar que no fuera a la iglesia, estar en la casa, el establo o sus apreciadas excursiones. La idea no le disgustó del todo, sin embargo, sabía que utilizar las mañanas para ir a un lugar desconocido era limitar su tiempo en sus zoológicas investigaciones. Aceptó resignada la orden, pues ella se manejaba con la docilidad de una oveja.

    Cuando Teresa asistió a la escuela, la expectativa se derrumbó desde el recibimiento: las burlas de chiquillas y alumnos hicieron mella en su ánimo. Los motes fueron diversos: “Manca”, “Pirata”, “Manita de cangrejo”; además de una serie de comentarios sobre su madre que nunca había oído, pues en casa Victoria era tema vedado. En algún momento comprendió que las descalificaciones no eran sólo hacia ella, sino contra toda su familia.

    Pero si la entrada al colegio había sido un trago amargo, la hora de la salida fue un martirio: alumnas y niños le apretaron el muñón, le pintaron dedos con plumones y lo más doloroso fue cuando los mozalbetes más grandes la picaron con los compases y apagaron fósforos en su disminuido brazo. La burla fue intensa y sádica, así como copiosas las lágrimas en su rostro: “Vaya que sí sientes”, se burlaba uno de los más viles. Ella se zafó golpeando a unos y pateando a otras y corrió sin pensar en sus pertenencias ni en las amenazas de su tía Nelly; mientras corría aún alcanzó a escuchar: “¡Deforme!”, “¡Por eso tu madre te abandonó, por fenómeno!”, “¡Por eso y porque era bien puta!”

    La mozuela corrió veloz rumbo a casa de su abuela. No pensaba refugiarse en ella, iba directo a buscar sus implementos de investigación. Al llegar, se dirigió a donde escondía el frasco dónde estaba la pequeña Teresa, pues así había nombrado a su lagartija. Acongojada, se acercó el pomo a la cara para contarle dolorosamente su experiencia, las lágrimas corrían incontenibles por sus mejillas y un caudal de mocos escurría por su nariz, en tanto su muñón estaba adolorido por las torturas.

    Cuando miró detenidamente a su tocaya, se percató maravillada de que la cola le había crecido por completo. Sabía por sus observaciones que, tanto en los renacuajos como en las lagartijas, los apéndices podían crecer y desaparecer o volver a salir para consolidar la figura completa del animal o convertirse en otro. Tomo entonces su navaja de afeitar, a la pequeña Teresa, un frasco grande y se dirigió al estanque. Al llegar se ocultó detrás de unos juncos. Miro la enorme charca y se sintió realmente en casa, se tranquilizó y se recostó en la grama mirando al cielo que tenía un azul profundo y una que otra nube con formas caprichosas que le parecían semejaban algunos de los animales de su colección.

    Decidió hacer lo que venía pensando desde hacía algún tiempo: se desprendería de una parte de sí misma esperando a que creciera de esa manera su mano. Se incorporó, tomó la navaja y la dirigió con firmeza hacia la base de su oreja derecha, a un lado del pabellón. Sin dudarlo, hizo un corte rápido con esa pericia de cirujano que la caracterizaba. Quiso aullar de dolor, pero aguantó estoicamente la mutilación. Sintió un líquido tibio que escurría por su cuello y empapaba su hombro de un hermoso tono escarlata.

    A pesar de lo adolorida, tomó su oreja y la acomodó dentro del frasco, lo cerró bien y lo puso momentáneamente en el suelo; agarró el frasco donde estaba el reptil, lo abrió y mientras tiraba la tapa le dibujo un adiós a su tocaya meneando tiernamente su muñón. Depositó ese frasco en el suelo y tomó entontes el que contenía su oreja, esperaba que se moviera como la cola de la lagartija, pero vio que no era así. No le importó, lo abrazó y caminó lentamente hacia el interior del estanque, estaba segura de que el día en que ella regresara estaría completa como el pequeño saurio. Mientras la chiquilla se sumergía en el agua, la pequeña Teresa salía corriendo a la libertad estrenando su cola nueva. [ C ]

  • Iluminaciones

    Iluminaciones

    Esta ocasión se presenta una selección de 3 autores  nacidos fuera de México, pero plenamente integrados a la historia contemporánea de nuestras letras y cultura. La selección exhibe una detallada observación en la lírica de los autores incluidos, lo cual permite al lector a transitar por universos conocidos desde miradas foráneas. Las fotos y las fichas biográficas que acompañan a los poemas fueron seleccionadas por Díaz-Vélez.

  • El Bosco y su Codex Glúteo 

    El Bosco y su Codex Glúteo 

    En este 2026, Hieronymus Bosch ‒mejor conocido por los hispanohablantes como El Bosco‒ cumple quinientos diez años de muerto y algunos de sus trabajos, vale que lo enunciemos con atronadora sonoridad de trompetas, adquieren cada vez mayor vigencia. Soslayando la destreza técnica y la desbordante imaginería que caracteriza su pintura, la componente profética de sus visiones se revela en toda su crudeza ante la debacle ecológica que hoy padecemos, sobre todo, en el plano acústico que nos concierne.

    Pero antes de entrar en materia, acaso debamos citar los exiguos datos biográficos del personaje. Hieronymus Bosch fue el nombre artístico elegido por Jeroen Anthonissen van Aeken (Hertogenbosh, antiguo Ducado de Brabante ‒hoy Holanda‒ 1450 ca. ‒ Agosto de 1516 en la misma urbe) para firmar varios de sus óleos. El porqué de la elección del pseudónimo se desconoce, mas se presume que surgió como referente de su ciudad natal. Hertogenbosh se traduce como “La floresta del Duque”. En cuanto a su entorno familiar, lo poco que se sabe es que fue hijo y nieto de pintores ‒de ascendencia germana‒, que tuvo dos hermanos y una hermana y que el oficio, con buena probabilidad, lo aprendió en casa. Asimismo, se conserva un acta de matrimonio en la que se consigna su unión, alrededor de 1481, con Aleyt Goyaerts van den Meerveen, una mujer de buena posición económica que heredó una propiedad en el pueblo de Oirschot, lugar donde se cree que la pareja transcurrió algunas temporadas. Se piensa también que fue gracias a su enlace conyugal que pudo dedicarse a su arte sin restricciones de índole material. No dejó descendientes. En lo que concierne a la fecha de su muerte, el dato se preserva en los archivos de la Hermandad de nuestra bendecida Señora, cofradía religiosa que le organizó la misa de difuntos el 9 de agosto del año citado.

    Fuera de eso, todo lo demás se ignora y lo único con que contamos para deducir las peculiaridades de su carácter y las preocupaciones que lo afligieron en vida, son sus obras. De ellas sobreviven cerca de cuarenta y cinco (entre óleos, dibujos, trípticos y paneles) y están distribuidas en dos continentes (Europa y América), dieciocho ciudades (Rotterdam, Gante, Brujas, Londres, París, Lille, Madrid, Valencia, Berlín, Fráncfort, Viena, Venecia, Washington, Nueva York, Kansas, New Haven, Boston y Los Ángeles) y veinticuatro colecciones. En lo que respecta a la temática de su pintura, es invariable y emana de las Sagradas Escrituras, con especial apego a la naturaleza pecaminosa de la bestia humana y su consecuente punición en los infiernos habidos y por haber.        

    Asentado lo anterior podemos encaminarnos hacia lo que nos atañe, es decir, las sonoridades intuidas, junto a la música propuesta por el Bosco dentro de sus creaciones. De éstas, debemos consignar que existen seis en las que las atmosferas sonoras son explícitas, e incluso tres están codificadas. A saber, la Alegoría de la intemperancia (o de la gula y la lujuria), La nave de los locos, El juicio final, el Concierto en el huevo, el trípticoLa carreta del heno y la más famosa del corpus pictórico ‒considerada inclusive como una de las obras más enigmáticas de la Historia del Arte‒, o sea, el tríptico El jardín de las delicias, perteneciente al Museo del Prado en Madrid. Es ésta aquella en la que nos detendremos mayormente, poniendo particular atención en su panel derecho, también conocido como el Infierno musical, de hecho, de su lectura hemos extraído el título de la presente nota, con sus consecuentes atribuciones.

    Sobre la Alegoría de la intemperancia,[1] digamos nada más que aparece un hombre obeso soplándole a una suerte de clarín de caza. Está montado sobre un barril del que brotan chorros de vino que varios seres abyectos se afanan por sorber. Las notas del clarín, nos atrevemos a sugerir, anuncian la perdición que espera a los bebedores, amén de servir como preámbulo del coito. Éste se da a entender por la pareja que brinda dentro de una carpa abierta en la que se ha recluido después de haber comenzado a despojarse de sus pesados ropajes.

    En la alucinada Nave de los locos,[2] más allá de la densa simbología que yace en cada uno de los elementos, sobrevuela como punto focal de la composición, una tonada que cantan cuatro de los personajes. Una monja es quien marca el compás tocando el laúd con la mirada perdida y un fraile franciscano, con la nariz enrojecida por el alcohol y con los ojos turbios, le hace segunda al tiempo que otros dos sujetos, trastornados y perdidos, se unen en coro. El resto de los retratados se mantiene al margen de la tonada, ocupándose sólo de sus propias obsesiones.

    Tocante al tríptico sobre el Juicio Final, la presencia de cuatro ángeles trompetistas es relevante. Son ellos los que musicalizan el dictamen que realiza el supremo creador al constatar las barbaridades y bajezas a las que la extraviada criatura humana se ha aficionado. De haber recibido un mundo florido y apacible, la estupidez del hombre ‒con sus atributos de avidez, codicia, rapacidad, inconsciencia y sevicia‒ se encargó de convertirlo en un paraje yermo, infértil y contaminado de todas las porquerías imaginables, tal como habría de revelarse en ese futuro que ya nos alcanzó. 

    Con respecto al Concierto en el huevo,[3] su nombre lo dice todo.  Diez individuos se empeñan en darle vida a una partitura, pero no parecen lograrlo. Están distraídos, mirando cada uno por su lado y aquel que debiera empuñar la batuta para llevar a buen fin la concertación, tiene una lechuza parada sobre la cabeza y le revolotean varias aves de rapiña. La involuntaria alusión que hace el Bosco a muchos de los directores de orquesta del porvenir es precisa. El escenario surreal del concierto también nos confirma las abigarradas y fraudulentas políticas que vendrían a regir en los teatros por nacer.

    Como en el cuadro anterior, el tríptico La carreta del heno[4]también dispone de una partitura que es sostenida por una devota mujer. De ella lee un músico inepto que necesita que alguien le señale en qué compás se encuentra. Para reforzar la ironía, un demonio azulino le añade a la ejecución del otro las notas que emite su esmirriado cornetín. El grupo de adeptos a la música se yergue sobre una montaña de heno que, huelga que lo subrayemos, es tan frágil y perecedera como las futuras carreras de artistas del sonido. Paradójicamente, el público circundante los mira con admiración…

    Ahora sí, es momento de encaminarnos hacia el postigo delJardín de las delicias, donde se enseñorean las calamidades del Infierno. Como ya asentamos, es prioritariamente un infierno sonoro. Sobra decir que su inclusión dentro del tríptico es resultado, nuevamente, de los deficientes seres bípedos que abusaron de los pecados capitales y que, cual castigo divino, fueron arrojados al averno más terrible que el Bosco haya podido concebir. La composición puede dividirse en tres niveles. En el superior destacan edificaciones sombrías envueltas en esas enrarecidas humaredas que nuestro presente podría identificar con la polución del aire. A caballo entre el nivel superior y el central aparece un par de orejas que nos remiten, de inmediato, a las torturas auditivas que moran en ese infierno que, hoy, sería consustancial a nuestra realidad mundana. En metáfora perfecta, Van Aeken las pintó atravesadas por alfileres y un puñal desafilado.

    Dentro del nivel central, poblado a su vez de fango y aguas negras, sobresale el primero de los hipertrofiados instrumentos musicales que están ahí para flagelar a los condenados. Se trata de una gigantesca cornamusa de la que ya no sale aire sino humo.

    Adentrándonos en el nivel inferior nos topamos con las pesadillas más ominosas surgidas de la imaginación del artista. Una multitud de seres indefensos es presa del poder aniquilador de la mala música. Para demostrarlo está un arpa inmensa en cuyas cuerdas quedó crucificado un infeliz, así como un laúd gigantesco que aplastó a un pobre diablo que lleva una partitura impresa en los glúteos.[5] En la contemplación de esta última imagen se condensan nuestras premisas: ¿Podría hablarse de una música hecha con las nalgas o tocada, como dijéramos coloquialmente, con el culo? A las pruebas de nuestra actualidad cultural habría que remitirnos…[ C ]


    [1] Depositada en la Yale University Art Gallery. New Haven, Connecticut. USA.

    [2] Propiedad del Musée de Louvre en París.

    [3] En custodia del Musée des Beaux Arts de Lille, Francia.

    [4] En posesión del Museo del Prado en Madrid.

    [5] Se aconseja la escucha de sus notas, esclarecidas éstas por una investigadora norteamericana, así como de la composición Codex Gluteo  que surgió como tributo al tríptico aludido. Video: Música oculta en el Jardín de las delicias: https://www.youtube.com/watch?v=ZkBDvst_SQA  Audio 1 Introitus del Codex Gluteo. (Atrium Musicae, Gregorio Paniagua, director. HISPA VOX, 1978)