Luis Ayhllon
El autor comparte una labor creativa que compartió de manera fragmentada durante los últimos 2 años. Se trata de narraciones escénicas de gran singularidad y disfrute.
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Luis Ayhllon
El autor comparte una labor creativa que compartió de manera fragmentada durante los últimos 2 años. Se trata de narraciones escénicas de gran singularidad y disfrute.
(más…)Año 10 Número 38
# Crónicas Diplomáticas

FRANKLIN Y EL ARTE DE INFLUIR SIN RUIDO
Alejandro Estivill
Franklin practicó una diplomacia que avanzaba sin estridencias: influencia paciente, escucha estratégica y una habilidad singular para mover el mundo desde la mesura. Su estilo revela cómo la discreción también transforma. [ LEER ]

¿DIPLOMÁTICOS DEL MONTÓN?
Rodrigo López Tovar
Cuando la estructura pesa más que la misión, la diplomacia se vuelve trámite y el diplomático, espectador. Ese desajuste —entre vocación y engranaje— erosiona la credibilidad de quienes deberían ser agentes de cambio. [ LEER ]

CARLOS FUENTES Y EL 11-S: UNA MIRADA DESDE BROWNSVILLE
Berenice Rendón Talavera
El 11/09 sorprendió al escritor en Brownsville, aunque él insistió en situarse en otro lugar. No fue un desliz: fue una forma de narrarse, de elegir la versión que mejor dialogaba con su propia mitología. [ LEER ]

ORIGEN: UNA HISTORIA MÍNIMA DEL OMBLIGO
Alejandro Ramos Cardoso
Los hijos de diplomáticos crecen como semillas de orquídea: ligeros, en tránsito, obligados a arraigar en suelos siempre nuevos. Esa movilidad moldea identidades flexibles, pero también deja cicatrices que rara vez se nombran. [ LEER ]
# Otras Visiones

FERNANDO PESSOA, “EL SABIO ÁRABE ”
Guillermo Gutiérrez Nieto
Pessoa escribió sobre el islam y la cultura árabe como quien descifra un espejo ajeno: con fascinación, distancia y una intuición que va más allá de la erudición. Ese libro revela al escritor que entendió que toda identidad es también una frontera móvil. [ LEER ]

EXPULSADO
John Cheever / Traducción y nota de Leandro Arellano
En este relato Cheever condensa una vida entera en un gesto mínimo. Traducirlo exige escuchar sus silencios, respetar su ironía tenue y preservar esa tristeza elegante que nunca se declara, pero siempre está. [ LEER ]

LA MEXICANIDAD Y EL ESPEJO GERMÁNICO: DESAFIOS DE LA DIPLOMACIA CULTURAL
Héctor Orestes
El diálogo de la esfera germánica con la mexicanidad es un territorio en disputa simbólica. La diplomacia cultural enfrenta aquí un desafío doble: desmontar estereotipos heredados y construir puentes que permitan una lectura más compleja de nuestra identidad. [ LEER ]

DIEZ POETAS PALESTINOS
Jorge Valdés Díaz-Vélez (Selección y elaboración de textos)
La antología surge de una búsqueda amplia en publicaciones y reúne a escritores palestinos cuya obra ha acompañado a su compilador durante décadas. Son voces que narran la historia y el presente de un pueblo que resiste la eliminación simbólica y física de su identidad. [ LEER ]




EL LARGO ALIENTO DE LA ECONOMIA MEXICANA
Armando Pérez Márquez

UNA ESTRATEGIA ANTE LA ZOZOBRA GLOBAL
Pedro González Olvera

ENSAYO FOTOGRAFICO “CHANCLAS”
David Nájera Rivas

Un reciente viaje a Lisboa me ofreció la oportunidad de visitar la morada original de Fernando Pessoa (1888-1935), convertida ahora en museo, así como dos famosos cafés frecuentados por él: “A Brasileira” y “Nicola”. Pero el acontecimiento más valioso acaeció en la Librería Bertrand de Chiado, donde encontré “Fernado Pessoa. O Sábio Arabe. Escritos sobre a Civilização Arábico-Islâmica”, de la editorial Shantarĭn (Lisboa, Junio, 2025. 128pp).
Se trata de una antología de textos de Fernando Pessoa dedicados a la civilización árabe e islámica. La edición corrió a cargo de Fabrizio Boscaglia, profesor universitario de Ciencia de las Religiones de la Universidad Lusófona y especialista en el islam en la cultura portuguesa y en la obra pessoana. El libro incluye un prólogo de Adalberto Alves e ilustraciones de Marta Nunes.
El propósito declarado de la obra es mostrar lo que Pessoa -definido como “poeta-pensador de la multiplicidad”- escribió y pensó sobre una civilización fundada en la religión de la unidad divina: el islam. Así, la antología cruza literatura, filosofía e historia de las ideas, y subraya la singularidad de un autor que, pese a haber construido su obra a través de heterónimos con voces contrapuestas, mantuvo una mirada notablemente coherente y positiva hacia el legado árabe-islámico.
Los textos incluidos fueron editados a partir de la lectura de los documentos originales del acervo de Fernando Pessoa conservado en la Biblioteca Nacional de Portugal; de obras publicas en vida por el mismo Pessoa, y de la comparación con otros textos previos del autor relacionados con temáticas similares. Por no tratarse de una obra crítica, se decidió resumir algunos aspectos de las ediciones originales a fin de hacer más accesible su lectura y su divulgación a un público no especializado.
Así, el libro está dividido en seis secciones. Empieza con Poemas firmados y escritos entre 1910 y 1926 por Pessoa, salvo “Opiario”, de su heterónimo Álvaro de Campos, en los cuales es visible un imaginario orientalista y arabista visible en figuras como las huris, el turbante o el desierto. La segunda sección son pasajes del Libro del Desasosiego, la obra en prosa más conocida de Pessoa, en la cual se mencionan las mil y una noches y una referencia arabizante en la descripción de Baixa de Lisboa, entre otras referencias.
Una parte central del libro es Un Cuento Filosófico, escrito en inglés, el cual es considerado la primera referencia arabista de Pessoa ya que lo escribió en 1906, cuando estudiaba historia de la filosofía islámica a través de libros en diversas lenguas, poco después de su regreso de Sudáfrica a Lisboa. Después se incluyen cuatro obras en prosa sobre Iberia o el Iberismo que el autor dejó en estado fragmentario, lo cual hace suponer que tendría la idea de desarrollar una obra amplia sobre la materia.
Las últimas dos secciones comprenden textos sobre Neoarabismo y Neopaganismo, para lo cual Pessoa recurre al heterónimo de Antonio para dilucidar acerca de la influencia de la mentalidad y la cultura árabe islámica en la cultura portuguesa, enfocado sobre todo en lo publicado por diversos autores en la revista Orpheu. Y concluye con una serie de textos sobre el rey y poeta Al- Muʿtamid (1040-1095), la cual si bien lleva la firma de su amigo Augusto Ferreira Gomes, los editores consideran que se trata de una autoría a dos manos por el estilo y acercamiento pessoano.
De los materiales reunidos destaca una frase que condensa la tesis central del libro: “no hay movimiento profundo portugués que no sea un movimiento árabe”. Pessoa vinculaba esa idea al legado cultural de filósofos y poetas como al-Muʿtamid, y a la tolerancia y el pluralismo religioso que caracterizaron a al-Ándalus. En otros textos citados por la prensa portuguesa, el poeta llegó a afirmar que “el alma árabe es el fondo del alma portuguesa” —una convicción que, según los investigadores, podría haber germinado durante los años que vivió en Durban, Sudáfrica, donde tuvo contacto directo con comunidades islámicas de origen indio.
Al respecto, Boscaglia sostiene que Pessoa consideraba la civilización arábico-islámica -particularmente la de al-Ándalus- como una civilización que logró reelaborar lo mejor de la cultura antigua y medieval: una civilización noble, erudita y tolerante. Algo importante es que Pessoa nunca profesó una fe institucional. Su relación con la religión fue profundamente heterodoxa: se interesó por el esoterismo occidental, la Cábala, la Orden Rosacruz, la Teosofía, el paganismo y el ocultismo, disciplinas que exploró con mayor sistematicidad que cualquier religión organizada.
Aunque dentro de ese universo plural —el mismo que probablemente le permitió inventar heterónimos con voces, biografías y visiones del mundo propias—, el islam apareció durante mucho tiempo como una referencia menor en la literatura de la época: el desierto, el turbante, las figuras del paraíso coránico, más que como un objeto de estudio riguroso, en el caso de Pessoa, afirma Boscaglia después de una investigación académica de más de diez años, se observa un interés por la civilización arábico-islámica más sustancial, informado y valorativo de lo que se pensaba.
El libro O Sábio Árabe toma su título del primer verso del poema escrito en inglés por Pessoa en 1912 (The Arab Sage´s child…), el cual era parte de un conjunto de poemas titulado “Suite Árabe”, que desafortunadamente no vio la luz. Y no surge de manera aislada, sino que corona un programa de investigación que Boscaglia viene desarrollando en el campo de los estudios pessoanos desde hace mucho tiempo. Quizás el boceto del libro emergió a partir de un número especial de Pessoa Plural -revista académica internacional editada conjuntamente por Brown University, la Universidad de Warwick y la Universidad de los Andes- dedicado íntegramente a “Oriente e Orientalismo” en la obra pessoana.
O Sábio Árabe representa la culminación editorial de una línea de investigación académica que, desde hace más de una década, viene revisando la imagen convencional de Pessoa como autor exclusivamente volcado hacia el esoterismo occidental. Los textos reunidos muestran a un Pessoa que leyó, pensó y valoró la civilización arábico-islámica —y en particular el legado de al-Ándalus— como una de las raíces constitutivas de la identidad portuguesa y, por extensión, europea. Lejos de una curiosidad orientalista superficial, esta faceta se articula, según su editor, con la visión más amplia de Pessoa sobre Portugal: un país llamado a un futuro espiritual y universalista, y no a un nacionalismo cerrado sobre sí mismo.[₪]

Las cicatrices no ayudan a andar.
Luis Eduardo Aute
Recientemente, trasplantamos un par de orquídeas. En la macetita de plástico transparente con agujeros en que vinieron del vivero, sus raíces se estaban pudriendo, adquiriendo ese color oscuro que revela que la planta sufre. Su nuevo hogar es un árbol de falso caucho y raíces profundas que se yergue, alto y robusto, en el fondo de mi jardín.
En la botánica, las orquídeas son, en su mayoría, epífitas, lo que quiere decir que pueden crecer sobre los troncos y las ramas de los árboles. Ello no las vuelve parásitas, puesto que nada le roban al árbol huésped que las sostiene: sus raíces son aéreas, verdes y fotosintéticas. Estar enterradas en el fango las asfixia y las mata. Necesitan la intemperie, el roce del viento y la luz para sobrevivir.
Los seres humanos, en cambio, elegimos desde hace milenios la fijeza de la tierra. Al domesticar la semilla, fuimos cambiando el horizonte por el cimiento de piedra y comprendimos que la supervivencia dependía de la permanencia. Desde entonces, lo socialmente “natural” ha sido el sedentarismo: pertenecer a un valle, cercar un territorio, establecerse, afincarse.
En algunas culturas tradicionales de África, la Polinesia y América Latina, ese imperativo del arraigo se traduce en un ritual: se suele enterrar el cordón umbilical del recién nacido en el jardín familiar, marcando con ello el origen y una conexión mística y ancestral con la tierra, amén de un lugar seguro, el retorno al hogar. El ombligo actúa como centro de gravedad, como ancla; la cicatriz, como memoria originaria. Se es de ahí donde quedó sepultado el despojo de la madre.
Una vez escuché decir que los diplomáticos somos migrantes profesionales. Desde una perspectiva jurídica es una falsedad. Desde el punto de vista sociológico, un oxímoron. A diferencia de los migrantes y de los exiliados que migran —muchas veces por necesidad— en busca de otro lugar donde asentarse, y que, por tanto, tienen la ilusión del arraigo, los diplomáticos, aunque amparados por el derecho internacional, no podemos compartir esa aspiración, teniendo como sino el tránsito permanente de un lugar a otro, condenados, como Sísifo, a escenificar reiteradamente el mismo ciclo: llegada, asimilación, partida. Una incapacidad crónica, pues, de echar raíces. Siempre lo he dicho: no hay señal más clara de que se avecina el traslado, la remoción, que cuando te empiezas a sentir como en casa.
Un amigo diplomático me relató hace poco que su hija se echó a llorar en clase, en una escuela internacional, cuando la maestra, en un ejercicio que parecía inofensivo, les preguntó a los alumnos dónde estaba su hogar. “En el barrio X”, respondió la niña; “sí, pero ¿en qué país está tu hogar?”, insistió la profesora, lo que le provocó un arranque de desconsuelo por no pertenecer a ningún lugar. Como decía Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Los hijos de los diplomáticos crecen desprovistos de una conexión evidente con la tierra originaria (horizontal); su experiencia de la patria se da a través de la añoranza, de la memoria itinerante y fantasma de los padres (vertical).
Mis hijos Bárbara y Jonás, como las orquídeas epífitas, son de una belleza y una adaptabilidad formidables, pero su naturaleza desafía la idea misma del arraigo. En mis hijos-orquídeas, mis hijos-sin-ombligo, la cicatriz apunta a un lugar que no existe más que en los relatos que escuchan de sus padres. Se trata de una memoria prestada o trunca, o, en el mejor de los casos, fragmentada. El ombligo se vuelve una marca ya no del origen sino del hecho de haber sido desprendidos, arrancados.
Y, sin embargo, abrazadas al tronco que las sustenta, las orquídeas en el falso caucho de mi jardín siguen floreciendo. Apenas ayer brotaron nuevos botones. Sus colores: vívidos, de una belleza entrañable.[₪]

Publicado en 2025, en el umbral del centenario de la llegada de Alfonso Reyes a París como diplomático, Alfonso Reyes, dos años en París 1925–1927 es un libro que se sitúa en la frontera entre el ensayo histórico, el catálogo de exposición y la biografía intelectual. Coordinado por Guillaume Pierre, ex cónsul general de Francia en Monterrey y actualmente Embajador de Francia en Trinidad y Tobago; David Noria, escritor inclinado a las letras clásicas, la filosofía y la historia de la lengua española, y Adolfo Castañon, narrador, ensayista y poeta, el volumen reconstruye la misión diplomática de Reyes en Francia (enero 1925–marzo 1927) y, al mismo tiempo, reactiva su figura como puente entre México y Europa en un momento clave de la consolidación del Estado posrevolucionario.
El libro no pretende ser una edición crítica de textos de Reyes ni una biografía exhaustiva. Su apuesta es más modesta y, a la vez, más ambiciosa en términos de público: ofrecer una narración accesible, apoyada en imágenes y documentos, que permite a un lector no especializado comprender qué hizo Reyes en París, con quién se relacionó y por qué esos dos años son relevantes para entender tanto su trayectoria como las relaciones culturales entre México y Francia.
La obra discurre con una estructura en forma de relato cronológico que comprende la estancia (llegada, instalación en la embajada, actividades protocolarias, gestiones diplomáticas, eventos culturales y salida en 1927), una reproducción comentada de fotografías, cartas, recortes de prensa y registros diplomáticos, y breves ensayos o acercamientos personales que contextualizan la política exterior mexicana de la época, el ambiente intelectual parisino y el lugar de Reyes frente a otros congéneres de la literatura hispanoamericana con quienes coincidió en la ciudad Luz. De esta manera, gracias a las imágenes y los documentos exhibidos, el libro puede leerse como el catálogo de una exposición al proporcionar un marco narrativo y una explicación histórica.
Uno de los mayores aciertos del volumen es su capacidad para mostrar la diplomacia como práctica cultural. Lejos de reducir la misión diplomática de Reyes a una serie de gestiones protocolarias, Noria y Pierre, además de Adolfo Castañon, Fabienne Bradu, José Luis Martínez y Hernández, Víctor Barrera y Javier Garcíadiego, logran presentar a la embajada como un espacio de sociabilidad intelectual, un lugar donde se negocian tratados, pero también se componen poemas, se organizan conferencias y se tejen redes entre escritores, académicos y funcionarios. En ese sentido, el libro aporta a una línea de reflexión cada vez más presente en los estudios alfonsinos: la de entender a Reyes no solo como ensayista y maestro del Colegio de México, sino como un de diplomático intelectual cuya influencia es evidente en instituciones como la Casa de México en Francia y en el lenguaje mismo de la cooperación cultural bilateral.
La obra nos recuerda que durante esos años Reyes gozaba del reconocimiento de figuras como Saint-John Perse, Paul Valéry y Valery Larbaud, y que su prestigio se extendería después sobre generaciones de escritores latinoamericanos, desde Jorge Luis Borges hasta Octavio Paz y Carlos Fuentes. Otro punto fuerte de la obra es su claridad expositiva. El texto evita el tono hagiográfico y el despliegue erudito innecesario; prefiere una prosa informativa, casi periodística, que facilita su lectura. Para quien se acerca por primera vez a la figura de Reyes, el libro funciona como una puerta de entrada eficaz ya que sitúa al personaje, explica el contexto y ofrece referencias a los interesados para profundizar después en otras obras especializadas.
Desde el punto de vista editorial, el volumen es cuidado: las imágenes son nítidas, la diagramación es clara y el tono visual definitivamente plasman la idea de un recorrido minucioso por su estancia parisina. Las referencias bibliográficas son robustas, con indicaciones precisas de archivos, fondos documentales y ediciones de referencia.
Sin duda, “Alfonso Reyes, dos años en París 1925–1927” es una contribución valiosa al campo de los estudios alfonsinos y a la historia de las relaciones culturales México–Francia. Su mayor virtud radica en su capacidad para poner en escena la diplomacia cultural de Reyes: mostrarla no como un conjunto abstracto de políticas, sino como una práctica concreta, encarnada en gestos, encuentros, lecturas y escrituras.
En un momento en que la diplomacia cultural vuelve a estar en el centro del debate público —y en que México busca reposicionar su imagen en el mundo—, recordar la experiencia de Reyes en París más que un ejercicio de nostalgia es una invitación a pensar modelos de representación y cooperación que sigan siendo relevantes. En ese sentido, la trasciende un episodio del pasado ya que interpela, de manera indirecta, nuestras propias prácticas de diplomacia cultural en el presente. [₪]

Adolfo Castañon, David Noria y Guillaume Pierre (editores). “Alfonso Reyes, dos años en París 1925–1927.” Monterrey: Fondo Editorial de Nuevo León / IFAL, FIVS, Consulado General de Francia en Monterrey, 2025.

No puedo acoplar la fecha con el año preciso. Si, parcialmente la circunstancia no menos etérea: a mi amigo Álvaro Uribe lo convidó otro escritor, francés, conocido suyo para sumarse a un proyecto editorial un tanto extravagante; escribir un breve relato en un no menos pequeño formato , acompañado de unas cuantas ilustraciones.
Álvaro encontró divertida la idea y decidió colaborar en la serie “Comme sí”; me convidó a hacer unos dibujos y así ocurrió tan curiosa edición: en un cuarto de folio tamaño carta, escrito a lápiz, escribió una especie de microrrelato sin cavilaciones desmedidas, con el título de “Esta vez” y, después, en la primera paginita interior: Érase una vez que eran dos.
Hicimos solamente seis ejemplares; mismo texto y cada uno acompañado de viñetas diferentes, y que fueron a parar, el primero, a un una suerte de bibliotequita o cosa parecida; el segundo, a las manos del ingenioso editor; los cuatro restantes los conservamos Álvaro y yo.
Viene a cuento (un poco más extenso), apuntar que Álvaro solía rematar las dedicatorias de sus libros para gente cercana con un sencillo dibujito montado sobre la primera letra de su nombre. Pregunte a su amigo más entrañable, Víctor Herrera, por el origen de tal dibujito. Me explicó que desde sus primeras publicaciones las rubricaba para los cuates con ese trazo: “Álvaro, aunque no lo creas, tenía un pelo lacio largo, con un fleco tipo Beatle. Su firma era en rigor un autorretrato”.
Agradezco a Tedi López Mills su gentileza de permitirme reproducir ésta que es apenas una curiosidad. [₪]


Vivimos tiempos convulsos, afirman diversos especialistas en el estudio de las relaciones internacionales. Y es verdad: si tan solo volteamos hacia el norte, nos encontramos con un gobernante —es un decir— que se ha ocupado de destruir el orden vigente occidental que surgió desde las entrañas de su propio país tras la Segunda Guerra Mundial, y que se mantuvo aun con la desaparición del bipolarismo y el fin de la Guerra Fría. Se trata de un orden internacional en el que figuraban la democracia liberal, el libre mercado, el multilateralismo como vía para resolver conflictos, las alianzas estratégicas y la promoción de valores como los derechos humanos y las libertades civiles; en suma, un orden internacional que, al menos en apariencia, garantizaba la paz global —a pesar de la existencia de conflictos localizados—, permitía la resolución de problemas de casi cualquier tipo y evitaba una guerra generalizada.
Ahora nos enfrentamos a ese mundo crispado en el que, desde la potencia hegemónica, el multilateralismo está siendo golpeado para dar paso al unilateralismo o a un multilateralismo «a la carta» (como la llamada Junta por la Paz). Se ha creado un entorno marcado por el debilitamiento de las alianzas históricas y por reclamos airados a los aliados por no apoyar causas ajenas que nada aportan a la paz, así como por el cuestionamiento de los procesos democráticos, las descalificaciones fuera de lugar a funcionarios internacionales, la imposición de sanciones a la presidenta de la Corte Penal Internacional y a otros representantes por el simple hecho de no seguir las nuevas reglas, y la casi absoluta indiferencia ante las violaciones del derecho internacional. Esto se evidencia en la invasión a Ucrania, el respaldo a la destrucción de Palestina, la inestabilidad en Medio Oriente —donde destacan los ataques unilaterales a Irán por parte de Estados Unidos e Israel— y la invasión a Venezuela.
A todo esto, hay que sumar el rechazo violento a la inmigración, el avance de la extrema derecha en diversas regiones del planeta —como acaba de ocurrir en Sajonia, Alemania— y los riesgos que este fenómeno representa para la política internacional. En este contexto, irrumpen como nuevos actores magnates y empresarios capaces de influir en el rumbo de las relaciones internacionales y de relegar temas prioritarios como la cooperación para el desarrollo. Algunos autores han depositado su fe para paliar esta grave situación en el aparente resurgimiento de las potencias medias, las cuales servirían como dique ante las pretensiones de las grandes potencias. Sin embargo, la reconfiguración de zonas de influencia por parte de tres actores clave —Estados Unidos en América Latina, Rusia en el espacio postsoviético y China en cualquier nación que lo permita— provoca que esa expectativa se diluya.
Es decir, estaríamos ante la formación de un sistema trilateral regido por dinámicas cercanas a la anarquía, donde cada potencia aprovecha los espacios vacíos en un tradicional juego de suma cero: lo que gana uno, lo pierde el otro. Se trata también del aceleramiento de la carrera armamentista, de la reaparición de la geopolítica como estrategia fundamental de política exterior y, al mismo tiempo —a pesar del inusitado interés por estudiarla—, del debilitamiento de la diplomacia y de su principal herramienta, la negociación, en la resolución de controversias. A esto se suma el condicionamiento de la cooperación bajo la fórmula de «estás conmigo o estás contra mí», así como el desprecio por los graves peligros que enfrenta el medio ambiente debido al cambio climático.
Por si esto no fuera suficiente, nos enfrentamos a la inteligencia artificial, la cual puede emplearse tanto para el bien como para el mal; a la difusión masiva de mentiras o medias verdades presentadas como hechos probados, y al uso de redes sociales donde cualquier persona puede intervenir sobre cualquier asunto, al margen de su interés o de su conocimiento sobre el tema. En resumen, nos encontramos ante un mundo que parece sufrir una epilepsia política y económica con constantes convulsiones.
Este es el escenario en el que obligadamente se tiene que desarrollar la política exterior de México. A continuación, presentamos algunos apuntes sobre temas que el autor de estas líneas considera importantes en este marco de acción. Desde luego se trata de una observación provisional y tentativa que puede ser modificada o completada si nos atenemos a otros puntos de vista y opiniones.
La actual política exterior mexicana
Si volvemos un poco atrás en el tiempo, recordaremos que con el inicio de la llamada Cuarta Transformación, el presidente Andrés Manuel López Obrador sostuvo como divisa para sus relaciones internacionales que «la mejor política exterior es la interior». Estaba equivocado, desde luego. Si bien es cierto que contar con un entorno interno democrático, respetuoso de las instituciones, con desarrollo económico y con una oferta cultural plural genera prestigio en el exterior, esto resulta insuficiente si el país se aísla, genera conflictos, quebranta el principio de no intervención o actúa con indiferencia hacia el derecho internacional. Tampoco bastó con llevar a cabo acciones positivas, como la defensa de los mexicanos en el extranjero, la donación de vacunas durante la pandemia o los operativos de repatriación de connacionales varados por el cierre de fronteras.
Menciono lo anterior con el fin de evaluar si la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum ha continuado por el mismo sendero. Mi respuesta personal es que no: existen diferencias sustanciales que conviene destacar.
En primer lugar, cualquier análisis de la política exterior de México exige abordar la relación con Estados Unidos; la geopolítica nos lo impone, pues, aunque quisiéramos cambiar de vecindario, no podemos hacerlo. A la presidenta le ha tocado en suerte —o en mala suerte— lidiar con un mandatario estadounidense que, en su segundo periodo, ha mostrado su faceta más dura. Las presiones sobre México se concentran en varios frentes: la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, así como las solicitudes de extradición de capos de la mafia y de políticos presuntamente coludidos con ellos, como es el caso del exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y de otros nueve funcionarios de su administración.
Por otro lado, el retiro de visas a políticos y personajes públicos —destacadamente al hijo del expresidente López Obrador— sirvió de pretexto para un manejo equívoco del concepto de soberanía nacional, al asumir de forma errónea que este principio se veía afectado por dicha medida. La concesión, denegación o cancelación de una visa es una facultad soberana e inapelable del país que la otorga. No obstante, en la compleja relación bilateral, es factible asumir que el retiro de visas funciona como un mecanismo de presión para que el gobierno mexicano intensifique el combate al crimen organizado.
Asimismo, la decisión de la administración estadounidense de declarar terroristas a los principales cárteles mexicanos entraña implicaciones profundas, pues permite al gobierno de Estados Unidos atribuirse facultades para sancionar, congelar activos, incrementar la vigilancia, intervenir comunicaciones y perseguir penalmente a quienes acuse de colaborar con estas organizaciones, sean servidores públicos o ciudadanos particulares.
Pese a estas amenazas, debe reconocerse que hasta el momento la presidenta mexicana ha logrado contener los exabruptos reiterados de Donald Trump contra el país. Aún no ha entregado a ningún funcionario acusado de colusión con el crimen organizado —lo cual no es necesariamente positivo, pero frena la injerencia directa de Estados Unidos; lo procedente sería juzgar a dichos funcionarios en México y, de ser el caso, extraditarlos posteriormente—.
En el ámbito comercial, las tarifas arancelarias se han mantenido en niveles aceptables para México, aunque está por verse si el gobierno logrará negociar las mejores condiciones posibles durante las revisiones periódicas, ahora anuales, del T-MEC, cuya vigencia se proyecta hasta 2036. Este tema, sumado a la protección de los trabajadores mexicanos indocumentados y a las exigencias en materia de seguridad, constituye el trío de desafíos centrales que la administración de Claudia Sheinbaum debe asumir frente a Estados Unidos en el futuro inmediato.
Vulnerabilidad comercial
No es un secreto que México se encuentra profundamente integrado a la economía estadounidense, destino del 86 % de sus exportaciones. Si bien esto representa una ventaja por el acceso privilegiado al mercado más grande y cercano, constituye a la vez un factor de vulnerabilidad, al dejar al país expuesto a los giros políticos o amenazas de la Casa Blanca. Por ello, la diversificación de mercados para los productos nacionales resulta más urgente que nunca.
El vecindario hacia el sur
América Latina ocupa un lugar prioritario en el discurso de la política exterior mexicana. Es habitual que los mandatarios expresen su disposición a mantener relaciones óptimas con los países de la región; sin embargo, la realidad suele diferir y menudean las fricciones. Durante el periodo 2018-2024 se registraron distanciamientos con Bolivia, Ecuador y Perú.
De ellos, los diferendos con Bolivia y Perú han sido canalizados, mientras que la controversia con Ecuador se resolverá ante la Corte Internacional de Justicia. Pese a ello, el panorama regional es incierto: gran parte de América Latina ha virado hacia opciones de derecha, con las excepciones de Guatemala, Brasil y Uruguay —ya que, a Nicaragua, Venezuela y Cuba, cuyos discursos siguen en la izquierda, pero con ribetes de un sector que intenta ser neocapitalista, no se les puede meter en esta misma canasta—, y con la posibilidad de que el electorado brasileño vuelva a inclinarse hacia la derecha en el futuro.
Este escenario reduce el margen de maniobra para articular proyectos de colaboración regional. Incluso con gobiernos afines en lo ideológico, como el de Nicaragua, se ha optado por aplicar de forma pragmática el principio de no intervención frente a sus excesos políticos, postura que dista de ser unánime en el ámbito diplomático. El desafío radica en diseñar esquemas que permitan preservar los vínculos económicos y comerciales aun en ausencia de coincidencias políticas, tal como se procuró en su momento en la Alianza del Pacífico a pesar de las diferencias con Perú.
En el Caribe, la relación más relevante sigue siendo con Cuba. El reto en este caso consistirá en acompañar mediante la diplomacia el proceso de transición que se perfila a partir de las reformas anunciadas por el gobierno cubano. La asistencia humanitaria brindada por México resulta justificada ante las severas carencias del pueblo cubano; no obstante, más allá de la afinidad ideológica de la administración mexicana, se requerirá un elevado pragmatismo para evitar fricciones con Estados Unidos, tal como sucedió con las restricciones impuestas por Donald Trump al suministro de combustibles.
Unión Europea
Recientemente se firmaron el Acuerdo Global Modernizado y un Acuerdo Interino de Comercio con la Unión Europea. Una vez ratificados, estos instrumentos permitirán la exención de aranceles para el 99 % del comercio bilateral, lo que beneficiará de manera directa al sector agroalimentario y al campo mexicano, además de impulsar áreas como el comercio digital, las energías limpias y el desarrollo de pequeñas y medianas empresas.
Esto representa una oportunidad estratégica para elevar las exportaciones, diversificar los socios comerciales y consolidar vínculos con actores comprometidos con valores compartidos como la democracia, los derechos humanos y la seguridad internacional. El reto principal en este rubro reside en evitar que la economía mexicana se limite a un modelo maquilador carente de valor agregado. Aunque existen avances modestos en la creación de empresas innovadoras, el margen de mejora sigue siendo amplio.
China
La política exterior hacia la República Popular China se ha caracterizado por una marcada ambivalencia o pragmatismo. Mientras que en el plano discursivo y en las visitas oficiales se reitera el interés de México por mantener una relación cercana, en la práctica el gobierno adopta una posición cautelosa frente a las presiones de Estados Unidos. Por un lado, se autorizó la apertura de un nuevo consulado mexicano en Chongqing (polo industrial y tecnológico); por el otro, se impusieron aranceles de entre el 15 % y el 50 % a diversos productos chinos.
Al mismo tiempo, se mantienen acuerdos de cooperación en materias como salud, innovación, educación y tecnología. Esta postura ha sido definida como un delicado equilibrio diplomático, comercial y geopolítico. Si bien no es habitual que Pekín acepte un trato de esta naturaleza, su interés por preservar el acceso al mercado norteamericano a través de México le lleva a tolerar este esquema.
La diplomacia presidencial
Aunque en una escala menor a la que exige el convulso contexto global, se observan señales de una mayor actividad en la diplomacia presidencial. La presidenta Claudia Sheinbaum ha participado en foros de relevancia internacional: viajó a Brasil para la Cumbre del G20, a Honduras para la IX Cumbre de la CELAC, a Canadá para la reunión del G7 y a Estados Unidos en el marco del sorteo de la Copa Mundial de Fútbol, ocasión que aprovechó para reunirse con Donald Trump y con el primer ministro canadiense Mark Carney a fin de abordar temas migratorios y comerciales.
Asimismo, realizó una gira por España (Madrid y Barcelona) para participar en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, encuentro que sentó las bases para superar las diferencias diplomáticas iniciadas en el sexenio anterior y que culminó con la normalización de las relaciones bilaterales tras la visita del rey Felipe VI a México. Posteriormente, la mandataria volvió a viajar a Estados Unidos para la final de la Copa Mundial de Fútbol y sostuvo un nuevo encuentro con los líderes de la región.
Se ha anunciado también su asistencia a la reunión anual del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en noviembre, con el propósito de recibir la sede para la edición de 2028, si bien su participación en la XXX Cumbre Iberoamericana parece descartada por cruce de fechas. Es de esperarse que confirme su asistencia a la XXI Reunión del G20, que se celebrará en Miami, en el Centro de Congresos Trump, el 14 y 15 de diciembre.
En cualquier caso, el desafío de la mandataria consiste en sostener una presencia activa en la escena internacional, indispensable para la negociación directa, la construcción de alianzas estratégicas, el fomento de las exportaciones y la atracción de inversión extranjera directa.
Los principios constitucionales de política exterior
Tanto en la presente administración como en la anterior, la apelación a los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos ha funcionado como una plataforma para sortear dilemas complejos. Sin embargo, su aplicación ha sido selectiva y fuertemente marcada por el pragmatismo. Mientras se exige el respeto a la no intervención ante Estados Unidos, el gobierno no ha dudado en opinar sobre la política interna de otros países de la región, origen de los conflictos con Bolivia, Ecuador y Perú. Una ambivalencia similar se observa en el caso de Nicaragua, donde México se abstuvo en la OEA ante las resoluciones que condenaban la suspensión de procesos democráticos. El peor escenario para los principios se dio con los acontecimientos en Venezuela, respecto de los cuales hubo buenas declaraciones y comunicados de prensa en defensa de la no intervención, la paz mundial y la cooperación internacional, pero dando pasos cuidadosos para no lastimar la «delicada» piel del gobierno del vecino del norte.
El caso más delicado en este ámbito ha sido la postura frente a la invasión rusa a Ucrania, justificada en su momento bajo el argumento de la neutralidad. Si se revisa la trayectoria histórica de la diplomacia mexicana en la Sociedad de Naciones y en la ONU, se constatará una tradición constante de condena firme a cualquier agresión territorial o violación a la soberanía de los Estados. El desafío actual radica en recuperar esa línea institucional, pues el prestigio internacional de México se ha cimentado históricamente en la defensa del derecho internacional y de las naciones agredidas.
Por lo que respecta al conflicto en Medio Oriente, la postura oficial ha sido ambigua. Aunque la presidencia afirma reconocer tanto a Israel como a Palestina, en la práctica no se ha formalizado el reconocimiento pleno del Estado palestino, manteniendo únicamente una Oficina de Representación a cargo de un primer secretario. La condena a las acciones militares israelíes suele acompañarse de un llamado genérico a la paz y a la equidistancia que, en opinión de diversos especialistas, termina por acentuar las asimetrías existentes en la región.
El multilateralismo mexicano
Históricamente, México ha destacado por su defensa de los organismos internacionales, participando activamente en la Sociedad de Naciones, en la ONU y en otros foros en favor del desarme, la cooperación y el desarrollo. Sin embargo, esta vocación entra en contradicción cuando organismos internacionales señalan a México por deficiencias internas en materia de derechos humanos, como la tortura o la desaparición forzada, ante las cuales la respuesta institucional suele ser de rechazo inicial antes de adoptar gradualmente las recomendaciones.
El reto presente consiste en reafirmar el compromiso con el multilateralismo como el cauce idóneo para la resolución de controversias globales, reconociendo que las limitaciones de órganos como la ONU obedecen frecuentemente a la falta de voluntad de las grandes potencias, y asumiendo con apertura las observaciones internacionales encaminadas a mejorar la situación interna del país.
No sucede algo semejante en el multilateralismo regional. En la práctica, aunque seguimos participando formalmente en los organismos regionales, hay un notorio desinterés en ellos. Muestra de esto es el distanciamiento del gobierno mexicano, que se manifestó con claridad en el papel desempeñado por la anterior representante permanente de México ante la OEA y que se ha mantenido sin grandes cambios con el representante actual; me refiero a las actitudes casi retadoras en la Asamblea del organismo y a la abstención continua.
Otros espacios, como la Conferencia Iberoamericana, han quedado desde hace tiempo en manos de funcionarios de segunda o tercera línea, manifestando una marcada apatía hacia sus trabajos.
Por último, la CELAC, que tuvo un especial interés durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, ahora se ha enviado a un lugar secundario y con seguridad quedará totalmente relegada si asumimos el giro en la línea ideológica de casi toda América Latina.
La política exterior feminista
En enero de 2020, México adoptó formalmente una Política Exterior Feminista orientada a promover la igualdad de género como política de Estado, tanto en el ámbito interno como en la acción internacional, impulsando el multilateralismo para combatir las brechas de género de forma coordinada.
En este marco, se han instrumentado medidas como el incremento en los nombramientos de mujeres al frente de embajadas y consulados, así como el establecimiento de cuotas de ingreso en los concursos del Servicio Exterior Mexicano (SEM). Cabe señalar que, desde la incorporación plena de las mujeres al SEM en la década de 1960, el ingreso formal se dio en condiciones de igualdad salarial y prestacional; no obstante, el obstáculo histórico ha sido la escasa representación femenina en los rangos superiores del escalafón. Lograr la paridad sustantiva en los puestos de alta dirección sigue siendo la asignatura pendiente para los próximos años.
Conclusiones
El recorrido anterior reúne los ejes temáticos que resultan fundamentales en el debate presente y futuro sobre el rumbo de la política exterior de México. Los desafíos son diversos y de gran calado; corresponderá al gobierno mexicano definir la estrategia para hacerles frente con visión de Estado.
La relación con Estados Unidos es permanente: no hay otro camino que entendernos con ellos. Sí, representan siempre una amenaza, pero también pueden ser una ventana de oportunidades —ahí están el T-MEC, y antes el TLCAN, para comprobarlo—. La defensa de la no intervención en esta relación es fundamental, pero lo es por igual la cooperación. Si, por ejemplo, la solicitud de extradición se hace por vías diplomáticas, debemos responder en los mismos términos; si no se quiere extraditar de inmediato a funcionarios mexicanos, entonces debe investigárseles y, de resultar culpables, castigárseles en México para, de ser necesario, extraditarlos posteriormente.
La aplicación de principios como la no intervención requiere consistencia para no debilitar aún más el peso diplomático del país. Por otro lado, la adopción de la Política Exterior Feminista exige consolidar la paridad de género real en los niveles de toma de decisiones del Servicio Exterior.
Unas últimas palabras sobre el liderazgo del que siempre se habla con relación a la política exterior de México: en los discursos se escribe sobre la importancia de mantener o recuperar un liderazgo que supuestamente se ejercía en América Latina, principalmente en lo político, pero también en materia de respeto al derecho internacional. Creo que tal liderazgo, si bien se dio en algunos episodios históricos, ha sido más bien una ilusión. Por lo tanto, si se quiere hablar de un liderazgo efectivo, habrá que volver al activismo que se mostró en el pasado dentro de la Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas, así como en la lucha contra el armamentismo y en la defensa de los derechos humanos y del derecho internacional en general. [₪]

Al conmemorarse el 25.º aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono, en Washington, D. C., así como del secuestro del avión que cayó en Pensilvania, surgen preguntas inevitables: ¿dónde estábamos y qué recuerdos conservamos de aquel día?
Al evocar aquel trágico acontecimiento, vuelven de inmediato a mi memoria las circunstancias profesionales en que me tocó vivirlo, lejos del lugar de los hechos.
Para los Estados Unidos, este ataque de alcance internacional, perpetrado en su propio territorio, tuvo consecuencias profundas tanto en la vida interna como en su relación con el mundo. La identidad de los atacantes y la vulnerabilidad que dejaron al descubierto impulsaron una redefinición de la seguridad, la defensa y la política exterior del país.
Para México, vecino de los Estados Unidos, el impacto fue inmediato: se cerraron los cruces terrestres en la frontera y se suspendieron los vuelos, lo que alteró la vida cotidiana a ambos lados de la línea. Más adelante surgieron importantes consecuencias migratorias y de seguridad, así como la necesidad de revisar aspectos de la política exterior mexicana y, en particular, de la relación bilateral.
En ese contexto, al recordar lo vivido hace veinticinco años, vuelvo a 2001, cuando fungía como cónsul de México en Brownsville, Texas, cargo que desempeñé de julio de 1997 a octubre de ese año. En aquellos días concluía mi gestión y me preparaba para trasladarme a Las Vegas, Nevada, donde iniciaría las gestiones para abrir el Consulado de México.
Durante los meses previos habíamos participado en las gestiones para la visita del escritor Carlos Fuentes a The University of Texas at Brownsville and Texas Southmost College (UTB/TSC), programada para los días 10 y 11 de septiembre de 2001. Fuentes sería el invitado principal de la tercera edición del programa Distinguished Lecture Series.
Carlos Fuentes estuvo acompañado por Alfonso de Maria Campos, director general del Programa de Comunidades Mexicanas en el Exterior de la Secretaría de Relaciones Exteriores, quien entregaría recursos a UTB/TSC para crear un fondo de becas destinado a estudiantes de origen mexicano.
El 10 de septiembre, la universidad ofreció una cena privada en honor de Carlos Fuentes, a la que asistieron diversas personalidades académicas. Para el día siguiente se había programado una serie de encuentros sobre su obra con estudiantes de preparatoria y universitarios. Por la tarde, ofrecería una conferencia magistral en el auditorio del nuevo edificio de Ciencia, Ingeniería y Tecnología de la institución.
La mañana del 11 de septiembre, mientras las noticias sobre los atentados continuaban sucediéndose, Carlos Fuentes canceló algunas actividades, pero mantuvo sus conferencias en la universidad. La gravedad de los hechos atrajo a los medios de comunicación, que solicitaron su opinión. Fuentes reflexionó sobre las repercusiones que aquellos ataques, sin precedentes para los estadounidenses, tendrían en la relación de ese país con el mundo y, en particular, con México.
El cierre del espacio aéreo estadounidense impidió que Carlos Fuentes continuara el viaje que tenía previsto a Nuevo México al concluir sus actividades. Como también se había cerrado el tránsito terrestre en la frontera, el Consulado gestionó su traslado a Matamoros y, desde allí, su viaje a la Ciudad de México. Posteriormente se dirigiría a Ciudad Juárez para continuar por carretera hasta Santa Fe, Nuevo México.
Días después, me sorprendió, al igual que a la gente de la universidad, leer en una columna de opinión de Carlos Fuentes, publicada en un diario mexicano a propósito de los atentados, diciendo que el 11 de septiembre de 2001 había estado en Santa Fe y no en Brownsville, Texas.[₪]

La proyección cultural de México en el extranjero ha transitado históricamente por un delicado equilibrio entre la riqueza irreductible de su patrimonio vivo y la persistencia icónica de sus mitos fundacionales. Cuando intentamos difundir los valores de nuestra civilización en el centro de Europa, específicamente en el espacio cultural de lengua alemana —Alemania, Austria y la Suiza germanófona—, los mecanismos de propagación institucional demandan un análisis crítico lo más riguroso posible. A lo largo del siglo XXI, la Cancillería mexicana ha instrumentado diversas estrategias de diplomacia cultural y pública que oscilan entre el uso pragmático del estereotipo folclórico tradicional y el esfuerzo deliberado por exhibir una contemporaneidad cosmopolita, a la vanguardia en diversas disciplinas y capaz de interpelar a públicos de cualquier nación, hasta el punto de ganar su simpatía, afecto y solidaridad con nuestro país. Estas breves reflexiones examinan, de manera muy general, cómo las acciones oficiales del Servicio Exterior han negociado las preconcepciones sobre la mexicanidad en un entorno receptor caracterizado tanto por su alto nivel de exigencia institucional como por su histórica fascinación exotizante.
Para el observador germánico, la noción misma de México se ha construido a lo largo de las décadas a partir de binomios románticos: lo apolíneo de sus antiguas civilizaciones prehispánicas frente a lo dionisíaco de sus fiestas populares. Estereotipos universales como el mariachi, el tequila o el Día de Muertos no son simples caricaturas; en el ámbito de las relaciones internacionales operan eficazmente como “significantes culturales de rápido acceso”. Desde la perspectiva del poder suave, el uso calculado de estos clichés actúa como una carta de presentación sumamente efectiva que reduce la fricción de entrada en foros culturales distantes y refractarios. La diplomacia cultural instrumentada por la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) en lo que va del siglo XXI ha comprendido este fenómeno, utilizándolo de manera estratégica como un “gancho” inicial para asegurar audiencias masivas, para posteriormente introducir discursos estéticos, artísticos y académicos de mayor complejidad estructural e intelectual. El espacio de habla alemana presenta una singularidad metodológica: el rigor conceptual y el aprecio absoluto por la profundidad histórica coexisten con un profundo interés por el “otro” exótico, una herencia intelectual que se remonta de manera directa a las crónicas científicas de Alexander von Humboldt. Acciones gubernamentales emblemáticas, como el Año Dual México-Alemania (2016-2017) o las magnas exposiciones arqueológicas presentadas en centros como el Martin-Gropius-Bau de Berlín o el Weltmuseum de Viena, ilustran esta dualidad operativa de la Cancillería. Por un lado, las representaciones diplomáticas satisfacen la demanda del público europeo por el México ancestral —los mundos mesoamericanos—, pero, por el otro, insertan con audacia diálogos transversales sobre el México contemporáneo a través de ciclos de cine de factura reciente, muestras de arquitectura y foros de literatura crítica.
Uno de los grandes desafíos consiste en que el uso continuo de nuestros estereotipos tiende a canibalizar la percepción de las facetas ultramodernas de México, si no se administra mediante una rigurosa curaduría institucional. En Austria y la Suiza germanófona, las dinámicas de la diplomacia cultural mexicana han adoptado matices sutiles, pero sumamente significativos para el interés nacional. En el contexto de la Confederación Suiza, un entorno fuertemente caracterizado por su centralidad financiera, su estricta neutralidad política y su multiculturalidad, las acciones de diplomacia cultural han apostado decididamente por la promoción de las industrias creativas, el diseño contemporáneo de vanguardia y la alta gastronomía de fusión, intentando de manera deliberada desmarcarse del imaginario tradicional del México estrictamente rural e impenetrable. No obstante, las conmemoraciones públicas del Día de Muertos —Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO— continúan alzándose como el puente más eficaz y duradero para la diplomacia pública en la región. Este fenómeno demuestra que el estereotipo no debe ser extirpado de la agenda de la política exterior oficial, sino “resignificado”. Al presentar el folclor no como una pieza de museo inmutable, sino como un proceso social vivo, dinámico y comunitario, nuestra diplomacia cultural logra transformar los imagotipos tradicionales en vehículos de empatía global.
El uso sistemático de estereotipos de la mexicanidad en las estrategias de posicionamiento de nuestra imagen país no está exento de tensiones ideológicas y contradicciones internas que merecen ser debatidas. Existe siempre un riesgo latente de caer en el autoexotismo, donde el propio Estado valida una visión reduccionista e idílica de sí mismo con el único fin de complacer las expectativas estéticas de consumo del público europeo y los mercados turísticos globales.
En lo que va del siglo XXI, la diplomacia cultural de la Cancillería ha tenido que lidiar constantemente con la brecha existente entre la imagen colorida promovida en festivales internacionales y las complejas realidades socioeconómicas del México actual. La correcta gestión de esta disonancia requiere que los diplomáticos y agregados culturales actúen como verdaderos traductores conceptuales, capaces de demostrar de forma fehaciente que detrás del despliegue del color existe un país moderno con una sólida infraestructura académica, una producción científica de nivel mundial y un pensamiento crítico vigoroso que dialoga directamente con la intelectualidad de la Europa Central germanófona. Hacia el futuro de las relaciones culturales y de cooperación en la región germanoparlante, la diplomacia mexicana se enfrenta a la necesidad de diversificar de fondo sus narrativas de identidad nacional. La progresiva consolidación de comunidades de la diáspora mexicana altamente calificadas —compuestas por científicos, investigadores, artistas visuales y emprendedores tecnológicos— en urbes neurálgicas como Berlín, Múnich, Zúrich o Viena, ofrece una oportunidad inédita para llevar a cabo de manera continua esa transformación del discurso y la práctica de la diplomacia cultural y pública.
A sabiendas que el estereotipo folclórico seguirá existiendo como un punto de referencia en el imaginario colectivo global, pues constituye un sustrato que no se puede borrar por decreto, la clave para los difusores de las culturas nacionales en el exterior radica en utilizar los mitos e imagotipos tradicionales exclusivamente como una atractiva puerta de entrada, nunca como un destino final de la experiencia mexicana. Al sofisticar las herramientas de difusión digital, promover las coproducciones y apostar firmemente por la cooperación académica bilateral y multilateral, la diplomacia cultural mexicana en el siglo XXI podrá finalmente trascender el folclorismo cosmético para consolidar una presencia internacional basada en el respeto intelectual y la cooperación horizontal.
La experiencia acumulada por México en el exigente espacio de habla alemana durante este siglo nos demuestra que la identidad nacional en el exterior no es una esencia fija, sino una negociación discursiva constante. El Servicio Exterior Mexicano, al actuar como guardián y promotor de esta narrativa en latitudes tan diversas, tiene ante sí la misión histórica de demostrar que México es, simultáneamente, la persistencia orgullosa de sus tradiciones milenarias y la audacia de su presente creativo. Solo mediante una diplomacia cultural que asuma sus propios estereotipos con inteligencia crítica y rigor intelectual podremos proyectar hacia el mundo un México que no solo fascine por su inagotable y majestuoso acervo ancestral, sino que seduzca plenamente por su indiscutible relevancia presente, en el desasosegado orden internacional del siglo XXI. [₪]

Innokenti Annenski (1855–1909) fue poeta, filólogo, dramaturgo, crítico y traductor ruso de la Edad de Plata. Aunque desarrolló una intensa actividad intelectual, como poeta publicó poco en vida y fue escasamente conocido por sus contemporáneos. Su único libro de poesía aparecido en vida, Тихие песни (Canciones silenciosas), se editó en 1904 bajo el seudónimo Nik. T-o y pasó casi inadvertido. Su segundo libro, Кипарисовый ларец (El cofre de ciprés), apareció en 1910, después de su muerte. En él se publicó «Среди миров» (Entre mundos), dentro de la sección «Размётанные листы» (Hojas dispersas).
En su poesía están muy presentes la introspección, la duda y los significados abiertos. Con pocas palabras expresa sentimientos complejos sin explicarlos por completo. Influyó en grandes poetas rusos vinculados al acmeísmo, que buscaba una poesía más precisa y contenida frente al simbolismo. Entre ellos, Nikolái Gumiliov, Anna Ajmátova y Ósip Mandelshtam.
Este poema, al igual que «Nieva», de Pasternak, ha sido musicalizado e interpretado a lo largo de los años. Es hermoso por su brevedad, precisión y escuetez. Escucharlo musicalizado emociona hasta el llanto: es profundamente lírico, intimista y reflexivo. Jóvenes rusos con quienes he compartido el poema, han descubierto en él un mundo.
En apenas ocho versos, Annenski deja muchas cosas abiertas. En mi traducción he intentado conservar esa ambigüedad.
El poema empieza con la imagen de múltiples mundos y el brillo intermitente de los cuerpos celestes. En medio de esa inmensidad, el poeta repite el nombre de una sola Estrella, escrita con mayúscula. No sabemos quién o qué es esa Estrella: puede ser una mujer, un amor, un ideal o una certeza.
«No porque la amara» mantiene la ambigüedad del poema. El poeta languidece con «las demás» —томление en ruso—, una palabra difícil de traducir que expresa desasosiego, anhelo y sufrimiento interior. Tampoco sabemos quiénes son «las demás»: otras estrellas u otras mujeres.
En la segunda estrofa aparece la duda y solo en Ella busca respuesta. Los dos últimos versos expresan una paradoja: la Estrella irradia luz, pero con Ella la luz deja de ser necesaria.
Annenski no explica quién es la Estrella ni cuál es la duda. Deja que cada uno lo entienda a su manera. En esa sencillez, tan presente en la poesía rusa, hay ternura y profundidad.
Traducir este poema, aparentemente simple, me ha exigido un esfuerzo particular. El reto ha sido conservar todo lo que encierra sin perder su naturalidad, evitando tanto la literalidad como precisar aquello que Annenski deja abierto. Encontrar ese equilibrio es una de las mayores dificultades de traducir poesía. [₪]
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| Среди миров Иннокеннтий Анненский Среди миров, в мерцании светил Одной Звезды я повторяю имя… Не потому, чтоб я Её любил, А потому, что я томлюсь с другими. И если мне сомненье тяжело, Я у Неё одной ищу ответа, Не потому, что от Неё светло, А потому, что с Ней не надо света. | Entre mundos Innokenti Annenski Entre mundos, en el brillo intermitente de los astros, repito el nombre de una sola Estrella… No porque la amara, entre las otras languidezco. Y si la duda me pesa, solo en Ella busco respuesta. No porque de Ella luz emane, con Ella luz no hace falta. |
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Jorge Ibargüengoitia escribió alguna vez que, para su gusto, las vidas de los burócratas no habían sido lo suficientemente exploradas más que por ellos mismos. Lo más que se sabe de ellos, decía, es que después de estar treinta años en la Oficina de Ranuración de Legajos, se jubilaron con sueldo completo.
El sarcasmo coincide con las circulares que envía la cancillería mexicana cuando fallece uno de sus funcionarios de carrera. El oficio numerado anuncia que el embajador tal, o el que no llegó a ser embajador tal, lamentablemente murió. Sirvió tantos años, asumió estos cargos y estuvo en tal y tal país. No es necesario agregar lo que todos sabemos: que se jubiló con un sueldo que de completo no tenía nada.
La vida de los diplomáticos, que se asumen burócratas pero de otra categoría, pocas veces la ha contado alguien que no sean ellos mismos. En parte porque la naturaleza subordinada y discreta de la profesión desalienta el protagonismo, a tal grado que pocas veces alguien se entera de lo que hacen. Pero también porque a casi nadie le ha parecido que tengan mucho que decir. No se cuentan de ellos historias ejemplares, sigue burlándose Ibargüengoitia; su vida no ha producido “ni mitología, ni épica, o cuando menos, éstas no son del dominio público”[1].
La identidad, sin embargo, es un relato, y quedarse sin reconocimiento financiero, simbólico o al menos narrativo hace infeliz a cualquiera. Por eso la introspección es tan popular y las memorias, la táctica preferida para rebelarse contra el sigilo. Aun así, las que logran llegar a la imprenta en México rara vez se comentan más allá del edificio Tlatelolco.
Tampoco los escritores más prominentes que pasaron por el Servicio Exterior dejaron crónicas de sus tareas que se recuerden hoy como algo más que apéndices de su obra. Quizás porque, salvo algunas anécdotas de sobremesa, parece que a ninguno le tocó vivir algo tan dramático como al chileno Jorge Edwards, a quien Allende mandó a la Cuba de Castro y terminó expulsado y declarado persona non grata, episodio que convirtió en un clásico de la literatura latinoamericana.
Es más, es probable que el suceso diplomático mejor conocido en México sea de Cantinflas. En la película Su excelencia, de 1967, el embajador Lopitos se niega a alinear a la República de los Cocos con los “colorados” o los “verdes”, una parodia de la Guerra Fría que hoy suena familiar. “Estamos viviendo un momento histórico en que el hombre científica e intelectualmente es un gigante, pero moralmente es un pigmeo”, dice con firmeza ante la Asamblea de las Naciones. El video acumula casi dos millones de vistas en YouTube y cientos de comentarios como “esto deberían verlo todos los gobernantes del mundo”. Por algo Nicanor Parra decía que la verdadera seriedad es cómica.
La popularidad del discurso de Su excelencia sugiere que la diplomacia no es un asunto (tan) aburrido. En el caso de México, más de doscientos años de vida independiente, que incluyen invasiones, conflictos regionales, miles de refugiados recibidos, riñas comerciales y la inevitable vecindad con el país más poderoso del último siglo, dan para buenos tomos de historia diplomática, y los hay, gracias al entusiasmo de algunos académicos y periodistas. Historia que ha definido no poca cosa sobre el país, como sus fronteras, su economía y hasta la idea que México tiene de sí mismo.
Pero poco de eso ha llegado al público, que no conoce bien los hechos ni cómo lo que se hizo —o se dejó de hacer— forma parte de lo que somos o puede ayudarnos a desanudar el futuro. Comparado con Lopitos, el video del discurso de Alfonso García Robles, diplomático mexicano que recibió el Nobel de la Paz de 1982 por ayudar a evitar que América Latina ingresara en la carrera nuclear con el Tratado de Tlatelolco, no llega ni a las doscientas visitas.
Pensar dos veces antes de decir algo
México no es la excepción. La diplomacia rara vez gana elecciones o enciende multitudes en otras partes del mundo. Puede que Talleyrand y Kofi Annan le suenen a alguien en otros países, pero el diplomático más popular del mundo, por mucho, sigue siendo el embajador del comercial de los chocolates Ferrero Rocher, con su pirámide dorada y su recepción de etiqueta. Aunque, para hacerle honor a la caricatura, la diplomacia tendría que absorber una tajada real del presupuesto, no los cuatro pesos que le dedica gran parte del mundo.
Que esa imagen se imponga hoy importa por razones que van más allá de la vanidad o el reconocimiento autorreferencial. Importa porque menospreciar la diplomacia y a quienes la ejercen ya forma parte del relato de los extremos políticos en el mundo. Extremos que hoy recortan el presupuesto para la cooperación en favor de los arsenales, ignoran reglas internacionales y sustituyen el diálogo político y cultural por transacciones comerciales. Así es como el relato público de la diplomacia se ha ido desvaneciendo.
La diplomacia exige cualidades a la baja en una buena parte del discurso político global, como la paciencia, la mesura o la empatía, algo tan simple y tan difícil como escuchar con atención al otro. Y frente a la promesa de que todo se resuelve con una llamada, un arancel o una amenaza en las redes sociales, el trabajo discreto de años parece cosa de la Oficina de Ranuración de Legajos. Desestimarla por superficial o costosa, sin embargo, esconde otra intención: la diplomacia es un límite más para tantos líderes de hoy, que no los quieren.
El resultado es un mundo con menos amortiguadores para intentar contener los conflictos antes de que estallen, para resolver problemas que no pueden solucionarse en solitario o para contrarrestar el sentimiento de impunidad y asimetría entre poderosos y débiles. Con menos ayuda para esquivar guerras, desastres naturales o accidentes de máquinas que ya deciden solas, ahora nos levantamos cada mañana como lo hacía Stefan Zweig poco antes de la Segunda Guerra Mundial: “para leer el periódico con nerviosismo y dejarlo con un suspiro de alivio cuando vemos que no ha ocurrido nada especialmente peligroso”.
La paradoja es que, en contraste con los tiempos de Zweig, nunca antes había habido tantas personas e instituciones dedicadas a la diplomacia, multiplicadas por la descolonización, la creación de decenas de organismos internacionales y la profesionalización de los servicios exteriores. Frente al relato del populismo y el poder, sin embargo, no han podido oponer el suyo. Tal vez porque el de procesos lentos, mesurados y anónimos poco puede hacer frente al del hombre fuerte, que vuelve a atraer a millones.
Edward Heath, primer ministro inglés, decía que un diplomático es alguien que piensa dos veces antes de no decir nada. Pronunciada por un político —que suelen hacer lo contrario—, la frase parece un elogio, pero su ironía, como la de Ibargüengoitia, suena hoy a recomendación. Un mejor relato no convertirá la diplomacia en solución a los tiempos que vivimos, pero al menos les daría algo con qué pelear a los que desean recuperar la iniciativa. En todo caso, el gremio tiene que aprender a hacerlo antes de que el futuro lo escriban quienes preferirían que no existiera. [₪]
[1] “Héroes del montón”, en Instrucciones para vivir en México, Joaquin Mortiz, 2018.

John Cheever
Traducción y nota de Leandro Arellano
John Cheever: es uno de los mayores cuentistas de Estados Unidos, su vida cubrió buena parte del siglo veinte. Su vinculación con la revista The New Yorker y la ciudad de Nueva York se han convertido en leyenda. Expulsado -que tantas reminiscencias del pasado acarrea- fue su primera publicación, en 1930, cuando el escritor tenía 17 años.
In memoriam, Carmen Moreno Toscano
No ocurrió de repente. Demandó un largo tiempo. Primero tuve una escaramuza con el Departamento de inglés y luego con los demás Departamentos. Algo había qué hacer, pronto. Los primeros indicios fueron gentilezas de parte del Director, quien no era agradable con nadie, a menos que se tratara de una estrella del fútbol, no hubiese pagado la colegiatura o estuviese en vías de ser expulsado. Así me enteré.
Me llamó a su oficina de sillas labradas y dispuestas en semicírculo, así como de cortinas bordadas pendientes de ventanas vacías. Todo a su alrededor eran fotografías de gente becada en Harvard. Me pidió tomar asiento.
Bien Charles, dijo, algunos maestros comentan que no estás obteniendo buenas calificaciones.
Sí, dije, es cierto. No me importaban las calificaciones.
Pero, Charles, me dijo, sabes que la norma en esta escuela es muy alta y tenemos que deshacernos de estudiantes cuyo trabajo se torna insatisfactorio. Le dije que también eso sabía y luego él dijo muchas cosas sobre las tradiciones, los olmos y la magnífica herencia militar de nuestro fundador de West Point.
Afuera de su oficina estaba hermoso. Mantenía la ventana medio abierta y se podía observar el descenso del césped hacia el camino, tras de árboles y arbustos. Las rojizas cortinas eran demasiado pesadas para que el viento las moviera, pero algunos papeles rodaron sobre su escritorio. De rato me levanté y salí. El se volvió y comenzó a trabajar de nuevo. Yo me dirigí a mi siguiente clase.
El día siguiente fue un día muy brillante y los brazos de los duraznos lucían colmados frente al firmamento seco. Podía escuchar gente que hablaba y el sonido de un fonógrafo. Los sonidos provenían del vergel de duraznos y atravesaban el cuarto. Me hallaba en cama y pensaba en cualquier cantidad de cosas. Mis sueños habían sido densos. Recuerdo dos colinas convergentes, algunos manzanos secos y una huevera azul rota. Es todo lo que podía recordar.
Me puse los pantalones, un suéter ligero y me dirigí a la escuela. Mis manos temblaban sobre el volante. Así me temblaba todo.
A través de la nubosidad de los árboles podía ver yo la prominencia de la nueva torre. Sería una hermosa torre nueva y costaría una buena suma de dinero. Algunos pensaron en comprar nuevos libros para la biblioteca en vez de construir una torre, pero nadie vería aquellos libros. Mas la gente podría ver la torre a cinco millas de distancia, cuando hubieran caído las hojas de los árboles. Eso ocurriría en otoño.
Cuando entré al edificio la secretaria del Director se hallaba de pie en el corredor. Era una de esas personas agradables con bucles castaños surcando su cabeza redonda. Sonrió: colegí que debía saberlo.
El Coronel
Cada mañana subíamos a la capilla negra. El enérgico director estaba allí. A veces traía a un miembro de la facultad, a veces a un desconocido.
El presentaba al desconocido, cuyo discurso era siempre el mismo. En primavera la vida es como un juego de béisbol, en otoño como uno de fútbol. Eso era lo que decían siempre.
El hall es húmedo y horrible, con claraboyas que resuenan con la lluvia. Los asientos son duros y uno debe tener un devocionario en el regazo. El devocionario se resbala a veces y resulta embarazoso.
El Día de los Caídos invitan al mejor orador. Traen a un Alcalde o al Gobernador, a veces al segundo del Gobernador. Hay una muy pequeña diferencia.
El Gobernador nos hablará del magnífico país que tenemos. Nos pedirá estar vigilantes de la amenaza Roja. Querrá decirnos que los malditos extranjeros debieron haberse largado a sus casas hace mucho tiempo. Que debieron quedarse en sus malditos países si no les gusta el nuestro. Pero no se atrevía a esto.
Si tienen a un Alcalde, el discurso será más largo. El nos dirá que nuestro país es hermoso y joven y fuerte. Que la Guerra acabó, pero si hay otra, debemos pelear. Nos señalara que la guerra es un rasgo masculino que llevó a la civilización a su actual condición. Luego iría a ayudar a las valientes mujeres a colocar lilas en las tumbas. Y les diría lo mismo.
Un Día de los Caídos no pudieron tener ni Gobernador ni Alcalde. Había un Coronel en el mismo poblado, quien participó en la guerra y tenía el pecho inflamado de tantas medallas. Le propusieron ser el orador. Por supuesto que le gustaría hacerlo, dijo.
Era un coronel menudo con una nariz suave, asentada tranquilamente en su cara. Estaba nervioso y daba vueltas al anillo matrimonial en un dedo. Cuando fue presentado observó al auditorio sentado en aquellos asientos incómodos. En el silencio, la caída de los devocionarios borbotaba como secuela de la fuerte lluvia.
Hablaba rápido y suavemente. Habló de la guerra y lo que le tocó ver. Luego se detuvo. Se detuvo y observó a los muchachos. Ellos observaban sus botas. Pensaba en los cuartos vacíos de otros edificios. Pensaba en los rectángulos de escritorios vacíos. Pensaba en las cortinas del escenario y las cuatro sillas Windsor detrás de él. Luego comenzó a hablar de nuevo.
Habló tan rápido como podía. Dijo que la guerra no era buena. Dijo que no debería haber nunca otra guerra. Que él mismo debería detenerla si podía. Lo juró. Contemplaba las caras jóvenes. Todas estaban muy limpias. Las rodillas de los jóvenes estaban cruzadas y sus suaves pantalones resbalaban con holgura. Volvió a pensar en los escritorios vacíos y comenzó a gimotear.
La gente permanecía inmóvil. Algunos estuvieron a punto de romper a reír. Todos estaban serios cuando sonó la hora. Era tiempo de otra clase.
La gente comenzó a hablar del coronel después del almuerzo. Se cuidaban la espalda. Temían que los escuchara.
Tomó a la escuela varias semanas que todo eso acabara. Nadie dijo nada, pero el coronel no volvió a ser invitado. Si no podían contar con un Gobernador o un Alcalde podían convocar a alguien más que un coronel. Se asegurarían de ello.
Margaret Courtwright
Margaret Courtwright era muy agradable. Un poco calva, tiraba su cabello hacia la frente. Decían que era la mejor maestra de inglés en esta parte del país, y cuando los muchachos volvían de Harvard le agradecían sus enseñanzas. No le gustaba Edgard Guest, pero sí Carl Sandburg. No parecía entender la similitud. Cuando le dije que la gente se mofaba de Galsworthy dijo ella que solían reír de Wordsworth. No concebía que la gente aún se mofara de Wordsworth. Eso era lo que la hacía tan agradable.
Había llegado del oeste hacía mucho tiempo. Tantos años había ejercido el magisterio que la gente ya no pensaba en su edad. Luego de ver veintisiete representaciones del Hamlet y de haberlo enseñado por dieciséis años, se convirtió casi en una inmortal. Su versión era la aceptada en los documentos del consejo escolar. Eso ayudaba mucho a todos. Nadie tuvo que recurrir a una nueva.
Cuando me invitó a tomar el té, me acomodé en un sillón con uvas talladas en el respaldo y moví y removí mis brazos con la caja de té. Una ocasión le leí uno de mis dramas. Me dijo que era magnifico porque no lo entendió y porque tomó dos horas su lectura. Cuando acabé, dijo: “Sabes que esa cosa tuya me atrapó. De veras que me conmovió. Me parece bien que te guste escribir. Tuve una vez un alumno japonés que le gustaba escribir. Era un muchacho bastante agradable, hasta un verano que visitó Provincetown. Cuando regresó no decía nada que no expresara en completas abstracciones. Curioso . . . abstracciones completas. No me agradaba eso, le dije que era absurdo y traté de introducirlo de nuevo con Galsworthy, pero supongo que había llegado demasiado lejos ya. A poco se fue, a Nueva York y después a París. Era lamentable. Un otoño en Provincetown lo arruinó. Sus calificaciones decayeron . . . abandonó las clases para aprender música . . . “.
Entonces ella se dirigió a la cocina y volvió con una bandeja de tartas. Los pasteles estaban crujientes y cubiertos con una capa blanca que los hacía brillar ante la falta de sol. Vi el relleno rojo estallar las delgadas conchas y manchar los triángulos de damasco reluciente. Las tartas estaban sabrosas. Me las comí casi todas.
Ella temía que yo siguiera el camino de su estudiante japonés. Desconfiaba de todo el que discrepara con Heine, de Shakespeare, y de Croce, sobre la expresión.
Un día me llamó a su antiséptica oficina y se refirió a Joyce. Sabes Charles, dijo, esta realidad del sexo puede ser tan absurda como la hipercrítica atención en esos asuntos. Tú sabes eso, ¿no? Claro que sí. Luego salió del cuarto. Tenía tobillos firmes y vestía una banda dorada con granos de diamante en el anillo de su dedo. Parecía incapaz de llevar el peso de los pliegues entre su ropa. Su falda iba retorcida, muy larga por el frente y recortada en un costado. Siempre una cosa u otra.
Cuando abandoné la escuela, no le gustó. Temía que me acercara a Provincetown. Me deseó buena suerte mientras movía un sello de agua de un lado a otro de su escritorio. Después volvió a la enseñanza de Hamlet.
A finales de febrero Laura Driscoll fue despedida del empleo por haber dicho a sus estudiantes de historia, que Sacco y Vanzetti eran inocentes. En su despedida, el Director dijo a la audiencia que lamentaba que ella se fuera y lo hizo de modo convincente. Entonces Laura se puso de pie, dijo al Director que era un maldito mentiroso y con el abanico extendido llamó a la escuela un basurero donde cada uno tomaba su rutina.
La señorita Courtwright se hallaba sentada y sabía que era cierto. No le importaba mucho. El profesor Rogers y su movimiento antifeminista le molestó un poco también. Pero sabía que por muy largo tiempo había enseñado en esa escuela y ningún movimiento la iba a desplazar de su trabajo así de fácil – ¿qué tal todos los muchachos que ella había colado a Harvard y los dieciséis años de estudios de Hamlet?
Laura Driscoll
Las clases de historia están siempre muertas. Consecuencia lógica de que la historia es materia muerta. No se trata de la muerte de una fruta, de un puñado de textiles, ni la muerte de la luz. Es una muerte diferente. No tiene la cualidad intemporal de la muerte. Esta muerta como la coreografía de la ópera. Se halla sobre un lienzo roto y con pintura pálida y diluida y las luces muy brillantes. Muerta como agua vieja en una bañera de plástico.
Estudiaremos historia antigua este año, dirá la maestra a los estudiantes. Sí, la historia antigua será nuestra materia.
Desde luego, esta clase no es para menores. Confío en que la disciplina sea disciplina de gente joven bien nacida. No debemos perder el tiempo en el cuidado de niños. No. Sólo debemos dedicar nuestro tiempo a la historia antigua.
Ahora, sobre las preguntas. Las responderé si son importantes. Si no las considero importantes no las responderé; el año es corto y debemos cubrir mucho terreno en poco tiempo. Eso significa que si cooperamos, participamos y no hacemos demasiadas preguntas, podremos cubrir la materia y tener tiempo suficiente para al final del año hacer una revisión.
Acaso les interese saber que un alto porcentaje de esta clase fueron aprobados el año pasado y me gustaría que aumentara el número este año. Nada más consideren, jóvenes, ¿no sería magnífico que un elevado número -un número mayor que el del año pasado- aprobara? ¿No sería magnífico? Bueno pues no hay razón para que no lo hagamos, si todos cooperamos, participamos y no planteamos muchas preguntas.
Recuerden que yo tengo doce personas de quien ocuparme y que ustedes tienen solo una. Si cada uno de ustedes tiene el cuidado de hacer su trabajo en sus carpetas, me ahorrarán una serie de problemas. El tiempo y el trabajo decidirán si ingresas a la universidad o no, y yo quiero que todos ingresen.
Si cada uno se ocupa de sus propios deberes, haciendo lo que se les asigna, y haciéndolo bien, todos estaremos bien. Son un brillante grupo de jóvenes y quiero que todos aprueben. Deseo que ingresen a la universidad sin ningún problema.
Sobre los libros ahora.
Ignoro cuánto tiempo las clases de historia han sido así. Una u otra vez supongo que la historia estuvo viva. Eso fue antes de que muriera su horrible muerte salpicada de moscas, inmóvil y fría.
Todos parecen saber que la historia está muerta. Nadie se alarma. Alumnos y maestros aman la historia muerta. No les gusta viva. Cuando Laura Driscoll atrajo la historia hasta el salón, retorciéndose y oliendo a algo amargo, corrieron a Laura y estrangularon la historia. Fue algo desastroso, demasiado turbulento.
En historia, el intelecto se aplica a la especulación mecánica sobre un siglo o sus antecedentes probables. La memoria se carga de fechas y nombres muertos. Cuando comienza a aplicar el intelecto al pensamiento de la época o al desarrollo emocional de sus habitantes, se vuelve peligroso. Laura Driscoll era terriblemente peligrosa. Razón por la cual Laura nunca fue buena maestra de historia.
No fue la primera maestra de historia que tuve. No será la última que tendré. Pero es la única maestra que he tenido que sentía la historia con emoción -o, si el estudiante resultaba muy obtuso, con perspectiva poética. Medía cinco pies y cuatro pulgadas, pelo castaño, las piernas combadas por montar a caballo. Todos los estudiantes pensaban que Laura era una maestra excelente.
Fue la única docente que se extasiaba impartiendo clase. Se detenía donde las pizarras y voceaba sus descubrimientos sobre la cultura egipcia. Ella hizo que los rugidos gargólicos de Chartres bajo la lluvia intensa presentaran un significado esgrimible. Enseñaba historia como un interminable flujo de eventos vistos bajo la distorsión de nuestra propia inmediatez. Enseñó historia en los amplios ritmos del drama de Hauptmann, en la melancolía estática de Egipto, sobre la arena inacabable. Enseñaba historia en la simetría ondulada de la cultura dórica. Enseñaba historia como en una hipótesis desde la que uno podía extraer la evaluación de nuestras propias vidas.
Era la única docente que comprendía que al provenir del oeste no era mayor cosa enseñar a estos estudiantes de Nueva Inglaterra.
Ignoro cuál es tu reacción al mar, dijo ella, porque yo provengo de una tierra donde no hay mar. Mis elementos son el campo, el sol, la cadencia plástica de las nubes y el cielo limpio. Tú fuiste traído por el mar. Tú has sido ejercitado en la cadencia del rompimiento de las olas y la fuerza del viento.
Mi visión emocional difiere de la tuya. No permitas que te imponga mi percepción del mundo.
Sin embargo, al Consejo universitario poco le importaba Chartres, mientras conocieras las fechas. Nada les importaba si la historia era vista desde el mar o desde las montañas. Laura gastó mucho tiempo en esa trivia y ninguno de sus estudiantes ingresó a Harvard. Ciertamente, muy pocos alumnos suyos ingresaron a Harvard, lo cual no hablaba bien de ella.
En tanto que los otros miembros de la facultad charlaban de las piernas de Hepplewhite y los adornos de Duncan Phyfe, Laura se postraba ante Shiva o la gloriosa compasión asexuada en su pálida policromía. Laura no pensaba mucho en Estados Unidos. Lo hacía patente y la facultad lo registraba. La facultad entera pensaba que Estados Unidos era hermoso. Les disgustaban quienes disentían.
Con todo, la consumación no tuvo lugar sino hasta fines de febrero. Hacía frío y el cielo estaba limpio y la nieve alta. Afuera de las ventanas se escuchaba el intenso crujir del hielo que se rompía. Fue hacia fines de febrero cuando Laura dijo que Sacco y Vancetti no merecían el trato que les daban.
Eso sublevó a todos. El Director se desconcertó.
La facultad se reunió.
Los padres escribieron cartas.
Laura Driscoll fue cesada.
La señorita Driscoll creyó necesario volver al oeste. En los pocos meses que la hemos tenido entre nosotros ha sido una decidida amiga de la academia, una mujer a quien todos admiramos y queremos y quien -estamos seguros- ama y admira la academia y los olmos como nosotros. Todos lamentamos que la señorita Driscoll se marche. . .
Entonces Laura se levantó, le dijo que era un maldito mentiroso, bajó de la plataforma y abandonó el edificio.
Nunca más nadie la vio. Por el modo que hablaban, nadie quería verla. Todo esto ocurrió a fines de febrero. En marzo la escuela se hallaba en paz de nuevo. El nuevo profesor de historia enseñaba fechas. Cada quien se fue olvidando de Laura Driscoll.
Era una muchacha agradable, dijo el Director, pero no estaba echa para enseñar historia. . . No, no nació para maestra de historia.
Cinco meses más tarde
La primavera de hace cinco meses es la más hermosa que he vivido. El año pasado no sabía nada de los árboles y del tupido florecimiento de los duraznos y los arroyos color de té que corren sobre las peñas marrones. Hace cinco meses era primavera y yo estaba en la escuela.
Se veían las ramas que comenzaban a reverdecer y las canchas de tenis se tornaban blancas y abrazadoras. El aire estaba vacío y denso y el viento tiraba las sombras en el camino. Todo esto lo sabía sólo desde el interior de los salones de clase.
Sabía de los árboles desde atrás del marco de las ventanas. Sabía de la lluvia sólo por el sonido que producía en el techo. Estaba cansado de ver la primavera entre redes y toldos que obstruía el sol espléndido y la fruta madura. Quería salir y ver la primavera. Quería sentir y saborear el aire y permanecer entre las sombras. Quizá es por eso que abandoné la escuela.
En la primavera estaba feliz de haber dejado la escuela. Afuera todo lucía elegante y salvaje y terrenal. Adentro todo iba lento y frío y hueco. Parecía penoso quedarse.
En corto tiempo la primavera se fue. Me dejaron afuera y la primavera se acabó. Yo no quería entrar de nuevo. No iría de nuevo, por nada. Lo lamentaba, pero lo lamentaba por el hecho de haberme ido. Lamentaba que el afuera y el adentro no pudieran abrirse el uno para el otro. Lamentaba que hubiera techos en los salones de clase y trusas en la entrepierna de los instructores para aislar sus contactos. No sentía haber dejado la escuela. Sentía haberlo hecho por las razones que lo hice.
Si me hubiese ido por motivos de trabajo o enfermedad, no hubiese sido tan malo. Irse porque estás irritado o frustrado es diferente. No es algo que hay qué hacer. Es malo para todos.
Desde luego no se trataba de una falla de la escuela. El Director y la institución hacían su trabajo, lo que les correspondía. Era una escuela preparatoria tratando de complacer a universidades. Una escuela que hacía lo que las universidades le solicitaban.
No era una falta de la escuela para nada. Era falta del sistema -un sistema no educativo- preuniversitario. Lo cual hacía inútiles las escuelas.
Como bachillerato la escuela era muy buena. En unos cinco años podían convertir la materia prima en material universitario. Podían vestirlos, alimentarlos y hacerlos declarar lo correcto cuando preguntaran las universidades. Era su deber.
No estaban preparados para educar a nadie. Eran miembros de un sistema preparatoriano de universidades. Nadie deseaba ser educado. No señor.
Presentaban las materias requeridas por las universidades. Matemáticas, inglés, historia, idiomas y música. Alguna vez habían tenido un departamento de arte, pero lo abandonaron. Tenemos bastante qué hacer, decía el Director, intentando que toda esta gente ingrese a la universidad, como para enseñarles arte. Sí, señor, ya tenemos bastante.
Por supuesto había reconocimiento y aprecio por la literatura, el arte y la música, pero no significaban gran cosa. Si eres joven, hay muy poco en Thackeray que sea paralelo a tu propio mundo. El Abbé Scaglia de Van Dyke y los ornatos de los cuartetos de Mozart no son para la atención de tus ojos y tus oídos. La literatura y el arte que mantienen una similitud con tu vida, desaparece. Alguna, incluso, es prohibida.
Nuestro país es el mejor país del mundo. Nadamos en prosperidad y nuestro Presidente es el mejor presidente del mundo. Tenemos manzanas más grandes, mejor algodón y máquinas más rápidas y bonitas. Esto nos hace el mejor país del mundo. El desempleo es un mito. La insatisfacción una fábula. En la preparatoria, Estados Unidos es hermoso. Es la gema del océano y es lamentable. Es lamentable porque la gente lo cree todo. Porque se vuelven indiferentes. Porque se casan y reproducen y votan, y no saben nada. Porque la prensa moderada mantiene la vista en el techo sin mirar el suelo sucio. Porque todo lo que conocen es esa prensa moderada.
Pero no diré más. No me hallo en un sitio en el que pueda hablar.
Ahora es agosto. Las orquídeas transpiran madurez. Los arroyuelos reverdecidos corren bajo las rocas. Hay musgo entre las piedras y no hay aire entre los sauces. Todos se preparan para volver al colegio. Yo no tengo uno al cual volver.
No lo lamento, pero no me alegra.
Es extraño ser tan joven y no tener adónde ir a las nueve de la mañana. Es lo que ha sido la educación. Buenos modales y puntillosidades perfumadas.
Pero no hay más. Es simetría con mi vida. Estoy perdido en ella. Por eso es que no estoy en un sitio desde el que pueda hablar.
Están lavando las ventanas del colegio. Los pisos retacados de cera fresca.
Pronto será el momento de la nieve y las sinfonías. Será el momento de Brahms y los grandes vendavales.
FIN
[₪]

En el otoño de 1819, Franz Schubert transcurrió una placentera temporada en la ciudad austriaca de Steyr, como huésped de Sylvester Paumgartner quien era, además de uno de sus mecenas, un violonchelista aficionado. Por instancias de éste y, sobre todo, como muestra de agradecimiento, Schubert concibió su quinteto en La mayor para piano y cuerdas, mejor conocido como La trucha. De acuerdo con el relato de J. M. Vogl, un barítono amigo de Schubert que estuvo presente en Steyr, a Paumgartner le encantaba el lied Die Forelle,[1] que su protegido Franz había compuesto con anterioridad, y sin recato le sugirió que escribiera algo para él, donde retozara su pegajoso tema.
Fue así, que Schubert se puso a trabajar en el quinteto pensando en dotar al chelo de una parte relevante para que su benefactor se luciera y saldando, de paso, una deuda moral por las deferencias hacia su persona (Schubert vivió siempre a expensas de la generosidad de sus amigos ya que sus finanzas jamás prosperaron). Particularmente en el cuarto movimiento de la obra ‒una serie de variaciones sobre el tema del lied aludido‒, quedó cristalizado el regalo inmaterial que Schubert, el tímido soñador que sublimó sus penas a través de la música, ofrendara a cambio de esa hospitalidad que lo ayudó a olvidarse, aunque fugazmente, de hambre y privaciones. La obra fue publicada póstumamente y no hay constancia de que se haya tocado en vida de Schubert.[2]
Pero, ¿por qué la referencia a este celebrado quinteto?… Pues, sencillamente, porque la composición fue protagonista de un relato tragicómico que este redactor considera que vale la pena compartir.
Corrían los últimos años de la década de 1980, y mi vida se encontraba en una de sus simas más álgidas. Por razones de superación personal me había trasladado a Italia y al término de los estudios en el Conservatorio Verdi había decidido quedarme a vivir en Milán, por la augusta tradición musical que ahí se respiraba. Mas no había logrado residir en la urbedonde Leonardo da Vinci plasmó su fresco L´Ultima Cena, sino que había debido buscar vivienda en los poblados periféricos, ya que las rentas milanesas eran prohibitivas. A un precio módico había hallado apartamento en un villorrio llamado Gorgonzola. Una leyenda urbana refería que ahí se había gestado la aparición fortuita del queso homónimo.
Era la época, también, donde había contraído una deuda inmensa por la adquisición de un violín ‒un supuesto ejemplar cremonés de 1801, que resultó falso‒ que iba a saldar a lo largo de varios años y acababa de iniciar una convivencia de pareja en la que se esperaba que fungiera como proveedor responsable. Como podrá comprenderse, el sueldo que percibía como maestro de violín en una escuela aledaña y como concertino de un par de orquestas lombardas, no era suficiente. Llegaba el fin de mes y los pagos por saldar me acribillaban, al punto que a veces era necesario recurrir a los marchantes del pueblo para que fiaran comestibles y enseres domésticos.
El clima tampoco me ayudaba mucho para mantener el ánimo enhiesto. Los duros inviernos milaneses, con sus densas neblinas, y las pocas horas de luz en la jornada, hacían que cuestionara el objeto de mi estadía italiana y que, para decirlo en breve, sobrellevara los días con una depresión disfrazada de hastío. Nada de lo que hacía profesionalmente me satisfacía a fondo y a todo, no obstante el privilegio de estar rodeado de tantos tesoros artísticos, le encontraba su lado negativo.
Un buen día, sin embargo, un colega se percató de mi deplorable estado emocional ‒también físico por las comidas que a menudo saltaba‒ y me refirió con un peculiar psicoterapeuta que atendía en el centro de Milán. Ahí fui a dar sin dudarlo mucho y resultó que el médico era un personaje digno de una novela de Manzoni. No le gustaba cobrarle las consultas a quien tuviera problemas para costearlas e incluso, cuando podía, era él quien sacaba la billetera para socorrer a los necesitados. Su fortuna provenía de una fábrica de hilados, de manera que el psicoanálisis lo ejercía como apostolado. Su hermosa morada no era propiamente un consultorio sino, más bien, un espacio señorial que abría sus puertas de par en par a quien estuviera dispuesto a confrontarse con los demonios de su psiquis. Ya que su esposa era una ex bailarina del Teatro Alla Scala, los artistas tenían prioridad en la larga lista de espera.
Comenzaron las sesiones semanales y fue espontáneo que el médico y su consorte quisieran conocer a mi pareja. Sin reticencias de su parte, ella también se incorporó como paciente y de inmediato la amistad entre los cuatro comenzó a florecer. Las primeras semanas llegábamos nada más para las consultas, pero el conocimiento de las estrecheces que padecíamos se trocó en una invitación abierta para que nos quedáramos a cenar las veces que quisiéramos.
Para nuestra sorpresa el cariño recíproco fluía a raudales y el médico y la bailarina se convirtieron en los entrañables Guglielmo y Giovanna que tanta influencia ejercerían en nuestras vidas. Las citas de los sábados llegaron a ser inamovibles y en las veladas sucesivas a las terapias transcurrimos muchos de los recuerdos más preciados de nuestro futuro. Con respecto a los resultados de la psicoterapia las mejorías se resistían, mas no cejábamos en el intento.
Una madrugada gélida, al regresar a Gorgonzola de nuestras inviolables sesiones, nos encontramos con una manada de gatos siameses de la que se rezagó el más pequeño. Con su orfandad en vilo nos maulló y a mi mujer se le ablandó el corazón. Una vez que tuvo al cachorro en brazos escuché sus suplicas para que lo adoptáramos. Fue inútil esgrimir razones para no hacerlo. Aunque implicara un gasto y una responsabilidad extra era obvio que él estaba dispuesto a compartir la suerte con nosotros. Le dimos el nombre de Sinué y lo traigo a colación porque es uno de los protagonistas de este relato.
Transcurrieron muchos meses hasta que se volvió imperativo pensar en corresponderles a nuestros amigos milaneses. Las negruras comenzaban a quedarse atrás y, quizá como efecto de la psicoterapia nuestra economía tenía ya algunos visos de optimismo. ¿Cómo era posible que no se nos hubiera ocurrido convidarlos a nuestra humilde vivienda si ellos estaban al corriente de los avatares existenciales que nos impedían vivir en un lugar menos paupérrimo?… En fin, había que buscar la ocasión propicia y, naturalmente, ver la manera de recibirlos con manteles largos.
La ocasión se presentó poco después gracias a un vecino que tenía como pasatiempo la pesca. Una tarde me topé con él en las escaleras y lo vi cargando un manojo de suculentas truchas recién pescadas. Le pregunté si había manera de que me consiguiera alguna fuera de serie y su respuesta fue positiva. Adicionalmente me susurró que por el precio no debía preocuparme. Sería una cortesía propia de la buena vecindad.
Les notificamos a Giovanna y Guglielmo que queríamos invitarlos a casa y que dependíamos de los buenos oficios del vecino para definir la fecha. No hubo reparos de su parte, al contrario, vendrían de mil amores a convivir en el pequeño espacio del que tanto habían oído renegar. Y por supuesto, también para conocer al remedo de hijo que era Sinué. Nos preguntaron qué necesitábamos para la cena y, con orgullo les respondimos que teníamos todo preparado y que sólo faltaba que se apersonaran.
Cuando el vecino me avisó que nos había conseguido una trucha magnífica, dispusimos el menú y conseguimos prestados unos candelabros y un mantel de encaje. El vino y el postre estarían a la altura de la circunstancia y para dar el toque maestro habría una música muy bien pensada, idónea para la anhelada ocasión.
Llegaron puntuales mientras nosotros acabábamos de engalanar la vivienda. Un recorrido mínimo sirvió para mostrarles cómo vivíamos, alentándonos para expresarles el desaforado gusto que nos daba recibirlos. Antes de pasar a la mesa aproveché, al tiempo que encendía el tocadiscos, para darles los antecedentes de la elección musical. Íbamos a cenar escuchando, precisamente, La trucha de Schubert, y eso me sirvió para reparar en la semejanza de gratitudes que se había creado entre nosotros. Apenas comenzó a sonar el quinteto schubertiano, mi mujer sacó del horno la enorme trucha que habíamos cocinado con tanto esmero. La depositó con garbo en el centro de la mesa y, cuando nos disponíamos a brindar con alborozo, sucedió el desastre. Sinué, hastiado también del mal comer, dio un salto atlético, aferrando simultáneamente a la trucha. Para rematar su proeza felina salió disparado con ella hacia el balcón contiguo. Aquella noche hubimos de comer sólo música…[₪]
[1] Se trata de la musicalización hecha por Schubert de un poema del mismo nombre de Christian Friedrich Schubart (1739-1791)
[2] Se recomienda la audición, tanto del lied, como del movimiento citado del quinteto: 1) Franz Schubert – Lied Die Forelle D. 550 ; 2) Franz Schubert – Andantino con variazioni del Quinteto La trucha D. 667.

Punto de Salida
El siglo XIX mexicano fue escenario del enfrentamiento ideológico y político entre conservadores y liberales, protagonistas en la Guerra de Reforma. Los primeros proclamaban el centralismo y estaban anclados al viejo régimen colonial; mientras que, los segundos se adherían al federalismo y se identificaban con los intereses de los sectores modernos de la sociedad, que pugnaban por el libre comercio inspirados en el principio: «dejar hacer, dejar pasar». Estas ideas liberales provenían del continente europeo y eran sustentadas por autores como Adam Smith, Jean J. Rousseau, Jeremy Bentham, John Locke y Thomas Hobbes, cuyo pensamiento se orientó al individualismo y utilitarismo económicos, entre otros caminos.
Una fracción de la burguesía que emergió en este período suscribía una dinámica comercial librecambista, un poder federalista y la ideología del liberalismo; mientras que, otra fracción conectada a la actividad productiva apoyaba medidas económicas proteccionistas, un gobierno centralista y posturas conservadoras. En esta época México conoció la inestabilidad política y social, así como los constantes cambios de gobierno y derrocamientos de presidentes. En este contexto, durante sesenta años, la naciente economía se desenvolvió afectada por el estancamiento.
Las corrientes centrales del pensamiento económico en el México decimonónico fueron: el proteccionismo y el liberalismo. Durante el período de 1824 a 1876 perduró la confrontación entre estas dos escuelas. No obstante, ambas tendencias coexistieron abiertas a los debates internacionales e influyeron en las políticas económicas del siglo XIX y los albores del siglo XX.
El pensamiento económico proteccionista exigía promover la industria nacional de inicio y, posteriormente, la agricultura, minería y comercio; proteger la producción nacional mediante aranceles; impulsar la creación de una banca especializada para financiar las actividades económicas; y, reducir la dependencia externa. Por su parte, el liberalismo preconizó: la libertad de comercio, la propiedad privada, la separación entre la Iglesia y el Estado, la confiscación y desamortización de bienes eclesiásticos, el impulso de la agricultura y ganadería, así como, el fomento de la inversión extranjera. En relación con lo expuesto hasta este punto: (Villalobos, 2026).
Otros modelos de desarrollo
Durante el porfiriato, México se convirtió en un importante exportador de productos mineros, petroleros y agrícolas. Adicionalmente, su inserción en el mercado mundial fue posible por el desarrollo de la infraestructura de transporte, fundamentalmente los ferrocarriles, que hizo posible el traslado de mercancías a la frontera y a los puertos. La industria nacional y el mercado interno enfrentaron obstáculos, pero también registraron crecimiento.
En otros avances en la economía, el crédito del país fue restablecido en el extranjero, principalmente en Europa, gracias a la renegociación de la deuda externa. El gobierno porfirista optó por respetar y apoyar a los terratenientes y profundizó la política de deslinde de baldíos y enajenación de propiedades de corporaciones.
El principal cambio correspondió al papel de la inversión extranjera en el desarrollo del país. El nuevo gobierno le apostó al capital externo, a fin de comunicar el territorio nacional e impulsar al sistema financiero. Se trató de un cambio radical, una concepción de las posibilidades de desarrollo económico de México diferente a la sostenida al concretarse la Independencia. Desde esta perspectiva, el capital foráneo y las inagotables riquezas naturales impulsarían la expansión de la economía mexicana. Era necesario atraer al capital si se quería detonar el crecimiento económico y la riqueza.
Los objetivos estratégicos de la política económica nacional se orientaron a la diversificación de las inversiones extranjeras y a equilibrar los intereses económicos norteamericanos con la participación de los capitales europeos.
En 1910, la política económica dio un salto con la nacionalización de los ferrocarriles. Con esta medida se trató de evitar que las grandes empresas ferroviarias norteamericanas pudieran monopolizar las líneas ferroviarias mexicanas. Fue así como el país inició el tránsito de las políticas económicas liberales puras a las políticas de corte intervencionista. En relación con lo expuesto hasta este punto: (Lomelí, 2018).
Las reformas liberales impulsadas durante la segunda mitad del siglo XIX y las bases construidas por el régimen porfirista contribuyeron a consolidar nuevas relaciones sociales de producción y generaron incentivos directos para la acumulación capitalista en México, en el contexto de un modelo económico basado en los intereses de la clase terrateniente y la burguesía exportadora.
Al despuntar el nuevo siglo, el desgaste inevitable ocasionado por el ejercicio del poder político comenzó a minar las bases del régimen porfirista, que había extendido su dominio a lo largo de tres décadas, sin lograr evitar sus rasgos dictatoriales. México había avanzado hacia el progreso y la modernización integrándose al concierto de las economías del mundo. No obstante, se había acumulado en el país un profundo descontento social que permeaba profundamente en las clases marginadas: los campesinos del México rural y el naciente proletariado, quienes padecían injusticias sociales y sobrevivían empobrecidos, sin servicios de educación ni salud.
Mutación política y económica
El estallido revolucionario de 1910 no sólo terminó con el régimen dictatorial del general Porfirio Díaz, sino que propició la desaparición del Estado porfirista y coronó la ascensión de una fracción de la burguesía agraria del norte del país, cuyos intereses eran representados por el general triunfante de la Revolución, el sonorense Álvaro Obregón, quien de acuerdo a Olvera Rivera (p. 6, 1981) fue portador de un proyecto histórico concreto: consolidar el desarrollo capitalista del país, bajo la hegemonía de una burguesía nacional, con el apoyo y subordinación de las clases subalternas.
[La] idea de una Revolución campesina traicionada [pertenece] al mundo de la derrota en la lucha revolucionaria, a lo que no se impuso, a lo que fue incorporado marginalmente por una necesidad táctica de los triunfadores, sin que esto representara para ellos más que eso: una concesión, no un objetivo. Pedir hoy que el Estado mexicano devuelva la “Revolución” a sus fuentes radicales, es creer que el presente puede imponer por vías institucionales, lo que el más propicio de los momentos del pasado no pudo consolidar por las armas. (Aguilar Camín, p. 10, 1981).
El nuevo proyecto de nación y su modelo económico contemplan la asimilación de los grupos emergentes surgidos del movimiento armando con la antigua clase dominante porfirista, terratenientes y burgueses, quienes perdieron el poder político, pero conservaron gran parte de sus capitales y su patrimonio, además, claro está, de su linaje y abolengo. En otras palabras, emerge una nueva oligarquía, conforme a las necesidades de la acumulación capitalista.
[Los oficiales revolucionarios eran] hombres que antes de la Revolución vivían sin miseria pero sin brillo, hombres que carecían de todo horizonte ideológico que les permitiera rebasar sus condicionamientos sociales y que tenían ante sí, como único modelo deseable de realización personal, el que fluía del poder y la riqueza de la oligarquía porfiriana que envidiaban. […] [Los civiles] buscaban en el maremágnum revolucionario una posición y una escalera a posiciones más altas, no la transformación radical de un mundo con el que tenían profundas diferencias sólo porque, en verdad, no podía asimilarlos en la forma prestigiosa y sólida que ellos deseaban. (Aguilar Camín, p. 60, 1984).
Momento postrevolucioario
Después de la década caótica de los años 20, el régimen cardenista sentó las bases del Estado surgido de la Revolución de 1910. La burguesía mexicana pudo concretar su proyecto histórico, una vez creadas las condiciones materiales y sociales que permitieron desarrollar capitalistamente al país. Para cumplir este propósito el Estado creó la infraestructura económica básica, intervino en la economía, impulsó el desarrollo de las actividades productivas, fomentó la ampliación del mercado interno, limitó la actividad de los monopolios transnacionales y organizó bajo su control a los trabajadores.
Estas tareas se cumplieron con la reforma agraria integral, la nacionalización de los ferrocarriles, la expropiación de las compañías petroleras y la creación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) que incorporó al interior del Estado a los principales sectores del movimiento obrero. La burguesía mexicana fue beneficiaria directa de la gestión estatal, que a través del gasto público y de las políticas de fomento transfirió cuantiosos recursos al sector privado.
Una vez consumada la expropiación petrolera, el gobierno detuvo las reformas sociales y frenó la movilización de las masas. Realizadas las transformaciones requeridas para consolidar económica y políticamente al régimen, el siguiente paso consistió en estabilizar la situación del país.
La política económica en este período estuvo basada en una política fiscal expansiva, que generó déficits debido al incremento del gasto destinado al programa social y económico del presidente Cárdenas, así como, en una política monetaria expansiva sostenida por el banco central y los bancos nacionales y comerciales. Estos incrementos en la oferta de dinero impulsaron la demanda agregada frente a una oferta inelástica y provocaron una fuerte inflación.
Desde un punto de vista tradicional, la política económica del régimen cardenista fue populista, porque careció de disciplina fiscal y monetaria. En otras palabras, estas medidas populistas tuvieron efectos expansivos en la economía. La implantación del programa social y económico de 1936-1937 generó inflación y desequilibrios macroeconómicos que contribuyeron a la devaluación de 1938. Posteriormente, se moderó el impulso gubernamental por la vía fiscal y monetaria, en favor de la estabilidad económica, además de aprovechar los cambios provocados por el inicio de la segunda guerra mundial. En relación con política económica cardenista (Martín, 2019).
Paradigma para otros tiempos
El paradigma económico keynesiano había dominado en las decisiones de gobierno de los países desarrollados, al tiempo que en los países subdesarrollados y emergentes las políticas dominantes correspondían a las teorías del desarrollo económico, de inspiración keynesiana. Sin embargo, el declive del modelo desarrollista fue atribuido al intervencionismo económico del Estado, sus regulaciones excesivas, la fuerte carga impositiva, el desmedido gasto público y el radicalismo de las leyes laborales.
El programa neoliberal dispuso el fin de las políticas macroeconómicas keynesianas, abrir la economía al comercio exterior, a los mercados financieros y a la inversión extranjera; mercados de trabajo flexibles; reducir la carga impositiva; privatizar las empresas y los servicios públicos y reducir el gasto social.
La estrategia de desarrollo económico liderado por el Estado fue sustituida por una estrategia neoliberal impulsada desde los espacios de poder político ganados por la joven tecnocracia, genuina heredera del grupo los “científicos” del porfiriato. Esta estrategia se convirtió en la punta de lanza del proyecto nacional de desarrollo.
El ascenso de la tecnocracia neoliberal fue posible dada la crisis de la deuda externa en agosto de 1982 y la adhesión de los organismos financieros internacionales al paradigma neoliberal. En el caso de la deuda externa, hubo sugerencias a favor de continuar con la estrategia de desarrollo liderado por el Estado, a condición de corregir los errores de política macroeconómica que afectaron al desarrollo estabilizador. Sin embargo, la tecnocracia neoliberal “aprovechó las circunstancias de la crisis de la deuda para realizar un viraje de 180 grados, de la industrialización liderada por el Estado hacia una estrategia basada en los dogmas del fundamentalismo de mercado.” (Calva, p. 615, 2019). Los países endeudados recibieron ayuda del FMI y el Banco Mundial para refinanciar sus deudas, pero a condición de sujetar sus políticas a los programas neoliberales de ajuste macroeconómico y reforma estructural, conforme a los dictados del Consenso de Washington.
El experimento neoliberal en México a lo largo de seis sexenios ha sido infructuoso en cuanto a los impactos esperados en términos de los objetivos de desarrollo, que buscan abatir la desigualdad social y la pobreza extrema. En relación con lo expuesto hasta este punto (Calva, 2019).
Tiempos Modernos
Después del impasse de los gobiernos panistas al frente de la presidencia de la República en los inicios del siglo XXI, el gobierno priísta del presidente Enrique Peña Nieto promulgó un paquete de reformas estructurales en la línea de los cambios profundos aplicados por la tecnocracia neoliberal a finales del siglo XX. De nuevo se buscaba apuntalar y catapultar el proyecto de nación y el modelo económico gestados en la matriz liberal del siglo XIX, impulsados con firmeza durante el régimen porfirista, recuperados y redefinidos por los revolucionarios sonorenses y su caudillo triunfante, establecidas sus bases sólidas en el régimen cardenista desde la legitimidad otorgada por la Revolución, artífices de los logros alcanzados en los años milagrosos del desarrollo estabilizador, actualizados de manera perentoria al iniciar la década de los 80 del siglo pasado, cuando una élite tecnocrática proclamó la alta eficiencia de los principios neoliberales relativos al funcionamiento de los mercados, el sistema de precios, la libre competencia y la reducción del intervencionismo económico del Estado.
En todas estas fases del desenvolvimiento de la sociedad y el Estado en México, ha estado presente la confrontación de los intereses de clase, económicos y políticos, suscritos por grupos antagónicos que se disputan el control de los aparatos del Estado y la riqueza proveniente de la diversidad de recursos existentes en este territorio. Se trata de una genuina disputa por la nación, tal como fue sugerido por Rolando Cordera y Carlos Tello, y a tono con la visión de Estado de Arnaldo Córdova:
Lo que tenemos a la vista es una transformación del Estado en un Estado simplemente burgués, sin ligámenes sociales ni compromisos con las masas, un Estado que se está reformando a sí mismo para convertirse en un Estado que inevitablemente romperá con sus tradiciones históricas, aunque ya desde antes se debía muy poco a ellas, para emerger como lo que empieza a ser, un Estado conservador, estabilizador, proempresarial, antipopular y tecnocrático, en una medida en que nunca antes lo fue. (Córdova, p. 3, 1984).
Hoy un nuevo régimen, ajeno absolutamente a las políticas de corte neoliberal, se afana en cambiar el rostro del país y mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población. Proclive a las medidas populistas pretende recuperar las tradiciones de la izquierda latinoamericana, perdidas en los años oscuros de las dictaduras militares, proclamadas en la actualidad, sin peso ni contenido, por algunos sátrapas obsesionados con el poder político. Insiste en una transformación, que más bien parece una restauración del orden de cosas que imperó en el pasado de nacionalismo revolucionario de los regímenes de antaño. Sin embargo, la economía emite señales de alerta, amenazantes, que aluden al estancamiento económico, las presiones inflacionarias, el déficit de las finanzas públicas y el incremento de la deuda, amén del desempleo y el crecimiento de la informalidad. Aún más grave, el desplome de la inversión productiva.
La disputa a la que me he referido no está zanjada. En diversos momentos de la historia de México se ha diluido, pero en otros ha resurgido con fuerza causando inestabilidad y conflictos. Es inherente a la naturaleza de los intereses de las clases sociales antagónicas y el Estado es el espacio propicio para que estas diferencias puedan dirimirse entre los agentes y grupos involucrados. El problema en el caso que nos ocupa parece ser la inexistencia de un piso común, aceptado por todas las partes en conflicto, a partir del cual las fuerzas en pugna construyan una propuesta consensuada, fruto de la conciliación, la negociación y el acuerdo, que se traduzca en un proyecto de nación incluyente y plural, con un modelo económico que permita reducir las brechas de desigualdad y abatir la pobreza extrema. [₪]
Referencias:
Aguilar Camín, H. (1981). La frontera nómada: Sonora y la Revolución mexicana. México: Siglo XXI Editores.
Aguilar Camín, H. (1984). Saldos de la Revolución. México: Editorial Océano.
Calva, José L. (2019). “La economía mexicana en su laberinto neoliberal”, en El Trimestre Económico, núm. 343, julio-septiembre de 2019, pp. 579-622. México. DOI: 10.20430/ete.v86i343.921.
Córdova, Arnaldo. (1984). “Reforma del Estado y crisis en México”, en La Jornada Semanal núm. 4, suplemento, octubre 14 de 1984. México.
Lomelí Vanegas, L. (2018). Liberalismo oligárquico y política económica. Positivismo y economía política del porfiriato. México: UNAM / FCE.
Martín, Sergio. (2019). “El debate de la política económica cardenista: una perspectiva contemporánea”, en America Latina en la Historia Económica, 26(1), e916. DOI: 10.18232/alhe.916.
Olvera Rivera, A. J. (1981). Notas sobre la acumulación de capital y sus determinaciones sociales en el México contemporáneo (1935-1970). Tesis. México: Universidad Veracruzana.
Villalobos López, J. A. (2026). “Recuento del pensamiento económico en México durante el período Independiente y de Reforma (1824-1876)”, en Iberian Journal of the History of Economic Thought, 13(1), 75-89. https://dx.doi.org/10.5209/ijhe.100771.

La selección es resultado de la identificación de las obras en diferentes publicaciones; incluye autores relevantes radicados dentro y fuera de Palestina, quienes son un referente para su compilador desde hace años. Para Jorge Valdés Díaz-Vélez, son voces que representan parte de la realidad histórica y contemporánea de un pueblo que ha logrado resistir los intentos de borrar su sitio dentro de la multiplicidad cultural y estética, y que hoy representan el espíritu de una rica tradición literaria que subsiste a pesar de la barbarie y de la cómplice indiferencia occidental.
Aunque breve, esta muestra es necesaria y urgente en el momento actual. Estas expresiones, en palabras de su compilador, reivindican a la poesía como “la única prueba concreta de la existencia del hombre”, Cardoza y Aragón dixit.













Hace muchos años la fotografía ocupaba la mayor parte de mi día y de mi noche; en su estudio, práctica, en el cuarto oscuro, en su exposición y en su enseñanza; durante varios años la fotografía fue mi forma de expresión y de comunicación. Después, la disciplina de la metodología en El Colegio de México me llevó a un mayor dominio de la expresión escrita para, finalmente, ya en el Servicio Exterior, hacer de la palabra en sus diversas manifestaciones, la esencia de mi lenguaje.
Sin embargo, la fotografía aún ocupa un espacio relevante en mi atención e interés, lo que se combina con las actividades profesionales que la diplomacia demanda. Esta historia refleja precisamente la fotografía como lenguaje y una de varias recuperaciones que he hecho de ella como acompañante de vida.
En 2011 fui trasladado como Cónsul General de México a Guangzhou, capital de la provincia de Guangdong, posiblemente el consulado mexicano con mayor responsabilidad geográfica en todo nuestro sistema de representaciones, pues abarca más de dos millones de kilómetros cuadrados, con unos trescientos millones habitantes y apenas unos dos mil connacionales en todo ese territorio. Pero se trata de la llamada “fabrica del mundo”, de sus puertos salen y entran más contenedores que en todo el resto del mundo y miles de millones de dólares de mercancías transitan hacia México desde esa región. Una adscripción de gran relevancia migratoria y comercial.
El primer fin de semana en esa ciudad me encontraba yo en una gran avenida peatonal conocida como Zhujiang, observando el ir y venir de la gente. No sólo el idioma me resultaba desconocido pues no había letrero que pudiese entender; me sentía no solo analfabeta si no también impotente para cualquier esfuerzo de comunicación y fue el momento en el que, sin traductor que me apoyase, cobré conciencia del reto que tenía en mi nueva responsabilidad. Guangzhou tenía poco más de siete millones de habitantes y el lugar en el que me encontraba era un centro de reunión de miles de personas y pese a todo su potencial comercial y a su relevancia internacional, era evidente que yo era el único extranjero a la mano, al menos en ese medio día. Varias personas me observaban, otras me fotografiaban o me pedían a señas tomarse una foto conmigo; experiencia que me aconteció muchas veces durante los años en que viví en China. Con toda su inmensidad territorial y demográfica, era aún una nación ensimismada en muchos sentidos.
Guangzhou o Cantón como se le conoce en Occidente, ha sido históricamente un puerto comercial por años el único abierto al comercio internacional, fue objeto de la codicia británica que desencadenó las Guerras del Opio y sede de las factorías europeas que abrieron al comercio impuesto a la China del siglo XIX. Pese a toda esa apertura, por una u otra causa al mundo exterior, lo extranjero aún causaba sorpresa en el siglo XXI en un país que ya crecía a pasos acelerados y que recorrería en pocos años lo que a muchos países nos ha llevado decenios.
En esa ciudad tan antigua como moderna, en medio de su fragor me sentí profundamente aislado al no poder comunicarme y por tanto poco entender de mi alrededor. La vida oficial resultó muy distinta pues se desarrollaba en idiomas comprensibles para mí y con interlocutores en tema de interés común. Cuando supe manejarme en las tiendas pude hacer mis compras y me aprendería de memoria las rutas por las cuales conducir a destinos conocidos.
Pero esa mañana inicial estaba alejado de todo. Sentado en cuclillas en la banqueta, del mismo modo que muchos chinos lo hacían, mi ángulo de observación era literalmente a ras de tierra y empecé a notar el desfile sin fin de pies frente a mis ojos. La diversidad del calzado, lo horrible que eran la mayoría de los modelos y el paso desgarbado de muchas personas se convirtió en mi centro de atención. No lo sabía, pero gran parte de esa multitud era de campesinos de lugares cercanos a Guangzhou que en el fin de semana asisten a ese nuevo y moderno paseo peatonal, en excusiones turísticas locales en las que conocen la China moderna. Ya después vería chanclas de gran calidad y elegancia y pasos firmes y rotundos, pero esos primeros eran tan enclenques como mi propia incapacidad de comunicarme.
Y empecé esta serie, empecé a observar y a fotografiar el desfile de chanclas frente a mis ojos, empecé a observar y a entender a una cultura en movimiento y en crecimiento. No solo eran chanclas, la forma de caminar de muchos precisamente consistía en “chanclear” lo que llevaba a paso extraños, deformaciones de zapatos y a posturas inusitadas. La serie se convirtió en relato y retrato sociológico de una pujante sociedad. La fotografía se convirtió en el leguaje que me permitió compartir mis vivencias en China y una “Carta” que periódicamente enviaba a mis amistades tenía una historia escrita y muchas más narradas mediante imágenes. También compartía en redes sociales la serie “¡Chanclas!”.
La Serie ha sido un divertimento que con menor intensidad me ha acompañado en otras partes del mundo y reaparece de vez en cuando. En buena medida la abundancia de imágenes en China se debió tanto a la diversidad de sujetos como al hecho de que chinos y chinas me acribillaban con singular desparpajo con sus cámaras y por ello mismo cobré la confianza para hacer lo propio en plena reciprocidad y varias veces en comunicación a señas. Esa apertura a fotografiar y a ser fotografiado, ese fisgonear en el prójimo es parte de la transformación de la sociedad china y no se si hoy continue con el mismo fragor con el que sucedía entonces, pero me queda claro que en las sociedades occidentales ello es muy diferente y que aun con la irrupción de una cámara en cada teléfono, existe mucha resistencia al fotografiar ajeno, aunque haya quien pose y desfile, pero lo hacen para su público y no como un acto social, a diferencia de lo que la Serie ¡Chanclas! busca.
Las chanclas son objetos cercanos y apreciados sin importar su origen o precio de compra; las chanclas son un retrato de nuestra intimidad, sin cortapisas. Tal y como el retrato de esta serie. [₪]