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  • El Golfo de México

    El Golfo de México

    Apenas se difundió la noticia de que Donald Trump había sido el presidente electo de Estados Unidos por segunda vez, éste pronunció su intención de cambiar el nombre al Golfo de México por Golfo de América, lo cual fue recibido con mucha sorpresa y controversia. Al tiempo que tomó posesión, firmó una orden ejecutiva que dio inicio a un proceso con aplicación principalmente en Estados Unidos. Este cambio de nombre ha sido implementado en los mapas oficiales de Estados Unidos y en la plataforma de Google Maps para usuarios en Estados Unidos; no es un nombre reconocido internacionalmente, no obstante, ha causado gran polémica.

    La reacción de México y otros países ha sido crítica. El gobierno mexicano pidió en una carta al director ejecutivo de Google Maps corregir el área erróneamente llamada Golfo de América. En su respuesta, la empresa afirmó que practican de manera habitual el cambio de nombres cuando éstos se han actualizado en fuentes gubernamentales oficiales. Por su parte, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, respondió con ironía esta decisión al sugerir que todas aquellas regiones de Estados Unidos que históricamente pertenecieron a México deberían llamarse “América Mexicana”.

    Pero ¿qué implica realmente cambiar el nombre a lugares y rasgos geográficos?. A Donald Trump se le olvida que el Golfo de México ha sido reconocido como tal desde 1540, por lo que internacionalmente esto tiene un sustento histórico. Respecto a que esta decisión solo aplica en su país es relativo ya que para aprobarse debe pasar por la Junta de Nombres Geográficos (BGN por sus siglas en inglés), que se rige por las recomendaciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para normalizar y usar de manera consistente topónimos en mapas y documentos. En la BGN participan expertos de diversos países y desde 1990 se consolidó la elaboración de un manual para el establecimiento de autoridades nacionales de nombres geográficos en cuya revisión han participado expertos internacionales, sobresaliendo los de Países Bajos y Noruega.

    Algunas de las funciones que realizan el grupo de expertos de dicha junta, es “examinar aspectos de capacitación, manejo de bases de datos y nomenclaturas, así como el intercambio de datos, los nombres de países, la terminología toponímica, los exónimos (nombres convencionales), la pronunciación y la promoción de los nombres geográficos indígenas y de grupos minoritarios”, además de “examinar en grupos especiales las cuestiones de la publicidad, financiación, evaluación y aplicación de las resoluciones de la ONU”. (1)

    Las ventajas de la normalización indicadas en el manual se refieren a la eficiencia operacional en la industria, el comercio y la enseñanza y resulta de gran utilidad en la defensa nacional y las comunicaciones terrestres, aéreas y marítimas tanto nacionales, como internacionales, así como también en el levantamiento de censos.

    En este sentido, Trump podría proponer el cambio ante la BGN y reconocer el uso uniforme de los nombres geográficos en su país, pero la Junta solo acepta los cambios de nombre por razones “convincentes”, aunque es posible que reconozca el uso de los nombres a nivel local. Así, si la junta llegara a aceptar, esto se haría oficial pero solo en Estados Unidos. Por su parte, el grupo de expertos de las naciones unidas establece que, si los países involucrados en un cambio de nombre no logran llegar a un acuerdo, reconocerán el nombre utilizado por cada uno.  De ahí que, para que haya un reconocimiento internacional, tendrían que aprobar los países implicados, principalmente México y Cuba, quienes hasta ahora se rehúsan a aceptar el cambio.

    Este no es un suceso aislado en relación a los cambios de nombres. China, Filipinas y Vietnam también se han enfrentado polémicas respecto al nombre de sus aguas marítimas, como es el caso del Mar meridional de China, el cual también se le conoce como Mar de Filipinas y Mar del Este; mismo caso es el de Irán y todos los países árabes que colindan con el Golfo Pérsico al cual reconocen como Golfo Árabe; y volviendo al caso de México, al Río Bravo lo reconocen como el Río Grande en Estados Unidos.

    Más allá de la disputa que esto ha generado, la intención tiene un trasfondo político vinculado al poder y la influencia que tiene Estados Unidos a nivel internacional. Dar ese nombre, deja ver el deseo de Trump por hacer América Grande a partir de decisiones simbólicas de exhibición de poder. Es evidente que, aun cuando el cambio de nombre no afecte los límites y el uso del mar patrimonial, puede derivar en una afectación a las relaciones diplomáticas entre ambos países. [ C ]


    Referencias

    1. https://elpais.com/us/20250121/de-golfo-de-mexico-a-golfo-de-america-trump-renombra-el-mapaaunque-con-improbables-consecuencias-internacionales.html
    2. https://cnnespanol.cnn.com/2025/01/20/eeuu/puede-trump-renombrar-golfo-mexico-orix
    3. https://www.vozdeamerica.com/a/eeuu-golfo-america-aplica-internacionalmente/7955585.html
    4. https://www.swissinfo.ch/spa/el-golfo-de-méxico-ya-se-llama-golfo-de-américa-en-google-maps/88 856115
    5. https://www.lavanguardia.com/internacional/20250211/10373506/golfo-mexico-america-google-maps. html
    6. https://www.dw.com/es/golfo-de-méxico-o-golfo-de-américa-dar-un-nombre-es-algo-que-tiene-quever-con-el-poder/a-71577679
    7. https://chequeado.com/el-explicador/golfo-de-mexico-que-se-sabe-sobre-el-decreto-firmado-por-trump-para-cambiar-su-nombre-por-golfo-de-america/
    8. https://elpais.com/us/20250121/de-golfo-de-mexico-a-golfo-de-america-trump-renombra-el-mapaaunque-con-improbables-consecuencias-internacionales.html
    9. https://www.geoportaligm.gob.ec/portal/?wpfb_dl=51
    10. https://unstats.un.org/unsd/ungegn/pubs/documents/Manual_s.pdf
    11. https://www.jornada.com.mx/2025/01/22/politica/004n2pol
    12. https://www.eleconomista.com.mx/opinion/golfo-mexico-siempre-sera-golfo-mexico-20250214-746376.html
  • Objetos sin factura determinada

    Objetos sin factura determinada

    Se unifican mediante la concreción de una cierta extrañeza: al producirlos y determinar su autonomía; su sequedad y artificialidad sin pronóstico ulterior. No estaban considerados; piezas no preeminentes para figurar ostensibles y atractivos.

    Ni se deben a una observación minuciosa o a una postura estética ya dada de antemano que los convierte en predecibles. Los objetos hechos – si se quiere decir – al tanteo, no fueron preñados de sentido alguno. En todo caso, al ser compartidos, van siendo envuelto por palabras, juicios, analogías y adjetivos que les dispensan sus críticos, siempre por oficio, circunstanciales, adivinos y videntes que los acarician empleando sus adjetivos favoritos.

    Sacados de su envoltorio discursivo, el objeto no predeterminado regresa a su origen , al aislamiento que ni se propone ni solicita. Retorna sin haber salido de su materia; lejos ya de la vitrina o del caprichoso lugar en que lo exhibió arbitrariamente su comprador.

    El objeto no buscado carece de lugar fijo y estable; de curadurías inteligibles; no se conmueve como novedad esperada ni tiembla como pordiosero de significado atribuible. Ni sufre ni se acongoja. Si pensara por sí mismo, se sentiría abochornado por el elogio entusiasta o la indulgencia meditada.

    Nada, pues, puede esperarse de un revestido de sí mismo. Aviso : no maltrate a los objetos no predeterminados o No le arroje significados a su condición de inerte. Disculpe si lo ignora y, si lo considera, le devolvemos el costo de su mirada.

    Es la subversión del color; la magnitud cósmica de la geometría; la intempestiva mirada a un fruto de la naturaleza…, Rufino Tamayo respondió : yo solo pinté unas sandías.

    P. D. Figurativa

    Dos caras. Se cree comúnmente que descubrimos la falsedad y la verdad en un mismo hallazgo. Enojados y resentidos señalamos a un “dos caras”. Conseguimos reventar a ese Jano ladino y convenenciero. Falsedad cuajada en el rostro disimulado y que ya, descubierto, podrá volver a ser natural. Pero aunque nosotros mismos lanzamos la moneda al aire, resultó no ser cara sino solamente cruz. así pues, la doble cara es pura tragicomedia de vil cobre; una trampa impostergable que nos han tendido. La doble cara, como no es inalterable ni responde a un mero par de lados; es una presencia indivisa que ni los más astutos fisionomistas del siglo XVIII pudieron descifrar. [ C ]

  • La deidad silente de Fernando Rivera

    La deidad silente de Fernando Rivera

    El cuento en Arequipa tiene una larga y rica tradición. Francisco Ibáñez es considerado el primer cuentista con Cuentos de mi tierra (1885). En 1908, Francisco Mostajo publica Pliegos al viento, con relatos de estructura definida y narrador omnisciente. Vladimiro Bermejo edita El cuento arequipeño (1958), destacando Tic-Tac de Gastón Aguirre. En 1972, Max Neira introduce la ciudad de Lima como nuevo espacio literario. En el siglo XXI, los jóvenes narradores adoptan una estética posmoderna, mientras que los mayores abordan temas históricos, identidad, desarraigo y crisis existencial, incluyendo preocupaciones sociales y ambientales.

    En este marco, hay que situar el libro El dios del silencio (2023) de Fernando Rivera,  escritor mollendino quien en la década de los noventa ya se dio a conocer como un narrador que tenía un hábil manejo y una gran vocación por la literatura. Por ello en 1992 ganó el primer puesto en el concurso El cuento de las mil palabras de la revista Caretas. Más adelante publicó su primer libro de cuentos Barcos de arena (1994) y sus novelas Invencible como tu figura (2005) y Ustedes que jamás vieron mi muerte (2016).  El libro El dios del silencio, publicado por la editorial Aletheia, está compuesto por siete cuentos, en los cuales el autor hace gala de la maestría en el arte de la escritura del relato breve e incursiona en nuevos temas y también introduce nuevos espacios en su narrativa.

    El dios del silencio es un libro circular, uno que se muerde la cola, ya que el cuento que abre el libro y el otro que lo cierra presentan como parte de los escenarios a la selva peruana. Pero además hay otro elemento importante, que es el desplazamiento de los personajes a diferentes espacios, principalmente de EEUU hacia el hemisferio sur, o a otras latitudes, lo cual denota cierto desarraigo que se trasluce en la vida de los personajes. Así, por ejemplo, en el cuento “Pez niño”, donde dos hombres regresan a su lugar de origen, un lugar portuario, uno de ellos dice:

    —¿Qué pasa cuando vuelves y no has vuelto? —dijo de pronto—. Cuando llegas a un lugar y no estás en él. Cuando te subes a un barco, pero sigues caminando en tierra. O cuando avanzas por calles y avenidas, pero tienes al mar rodeándote el cuerpo.

    Otro asunto a destacar es que en varios cuentos se desprende una preocupación por la naturaleza, por los seres vivos no humanos, los animales. En particular, en el cuento “Operador de sonar”, donde un veterano de guerra, que tiene unas con manos como las de un saurio, relata sus experiencias como marino, quien junto a sus compañeros de un submarino disparan un torpedo a una ballena creyendo que se trataba de un submarino ruso o chino, o cuando otro par suyo mata a cientos de palomas en un día por pura diversión. Igualmente en el cuento “Entre perros”, donde los personajes atropellan a un perro vagabundo sin mayor problema, mientras que una hermosa perra afgana, traída especialmente desde Rusia, es transportada con todos los cuidados en espera de otro perro afgano que llegará más adelante a hacerle compañía.  O el cuento “El dios del silencio”, donde uno de los personajes que es llevado desde las alturas de Apurímac hasta lugares recónditos de la sierra de Nevada en EEUU, a cuidar las alpacas, y pide que le traigan un pavo real para que lo acompañe en medio de esa absoluta soledad, y al que cuida como a un ser humano.

    Esta incursión por espacios fuera de Arequipa, aunque esta siempre está presente en la narrativa de Fernando así como el mar de Mollendo, permite afirmar que este libro es uno de los primeros del ámbito arequipeño, que muestra un claro compromiso ético con la naturaleza, con el medio ambiente,  lo cual visto desde la ecocrítica trasluce una conciencia ecológica y una recuperación de cosmogonías ancestrales. Es precisamente su cuento “El dios del silencio”,  el que más directamente nos traslada a esa selva verde, a sus guardianes, a la muerte inminente que se producirá cuando esta selva desaparezca. Por ello, el protagonista de este cuento, aquejado por una enfermedad terminal, regresa a su lugar de origen dejando su vida cómoda en California, y se interna en una cueva de la selva, donde años atrás encontró fardos funerarios junto con su hermano de sangre Kasén, ya muerto, y donde “Se acurruca junto a las tumbas de la cueva como un objeto de arcilla más.” El dios del silencio es una hermosa pero a la vez una catastrófica metáfora de la vida y su indisociable compañera: la muerte.

    La publicación de este importante libro de cuentos abre una nueva ventana al panorama literario de este hemisferio sur, con una maestría en el manejo del lenguaje, con un evidente dominio de las técnicas narrativas, y sobre todo, con una vocación literaria puesta a prueba, lo cual consolida a Fernando Rivera como uno de los mejores narradores que ha dado luz a nuestra región y país. [ C ]

  • Tan Pálido

    Tan Pálido

    Bogotá, 18 de abril de 2018

    Karen, quiero contarle que a esto no le cabe un alma más. Con decirle que los turnos para usar el baño ya están carísimos. Y eso, cuando al viejo no se le da por castigarnos cortando el agua de 6 a 6, entonces toca es aguantarse y portarse bien para que uno no termine limpiando ese mierdero. Me anoté en la lista de traslados, Dios quiera me salga. Por favor dígale a mi mamá que otra vez me van a cambiar de puesto de trabajo. Saludos a los niños.

    Charlie.

    * * * * *

    Garzón, Huila, 27 de agosto de 2018

    Quiubo Karen. Llegamos hace unos diez días, pero hasta anoche me dieron cama y me pasaron mis cosas. Acá corre más aire y la comida me ha caído bien, gracias a Dios. Toca pelear para los kits de aseo porque parece que unos se los roban y otros los revenden. No hay gente tan dura hasta donde me han contado, pero como que sí hay dos manes que mandan la parada; se la tienen montada a los negros. Cagada. Yo solo quiero que pase el tiempo. A los que venimos de Bogotá no nos joden. Seguro creerán que nos cuidan los grandes. He tenido dolores de cabeza, debe ser el calor tan teso que hace acá. Huele a campo, como cuando íbamos a la finca del abuelo, ¿se acuerda? ¿Al fin qué le inventó a mi mamá? Cuénteme cómo están ella y los niños.

    Charlie.

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    Garzón, Huila, 20 de octubre de 2018

    Karen, se armaron dos tropeles el mes pasado y me salvé de la castigada. Lo mejor es no hablar con nadie para evitarse problemas, pero no se puede. Si usted no habla con nadie, ya lo agarran entre ojos. Por eso ahora voy a la biblioteca, no porque me guste leer, usted sabe que nunca me gustó esa chimbada. Pero allá toca estar callado y uno puede andar ahí todo el día cuando no está trabajando. Cuando entro, la asistente me pasa un libro, yo la dejo que escoja, y al final solo tengo que llenar unos formatos y escribir qué me pareció el libro. Nadie lo califica. Nadie lo lee. Sigo con los dolores y en la enfermería solo me dan acetaminofén. Dicen que los médicos no tienen citas este mes. Yo le cuento cómo sigo. ¿Cómo están todos? ¿Cómo está usted?

    Charlie.

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    Garzón, Huila, 12 de noviembre de 2018

    No me he sentido bien, Karen. Me duele más la cabeza y he tenido náuseas y mareos, como cuando estaba en la casa. Fue la de la biblioteca la que me vio mal y dijo que tenía fiebre. Ella habló con uno de los coordinadores y me llevaron de una al consultorio, allá les dije que hacía unos años me habían sacado un tumor de la cabeza. El doctor dijo que me tenían que ver los de la EPS para que me revisen bien y me hagan los exámenes, pero el coordinador dice que esa EPS no existe en este pueblo, que tendría que pedir un traslado, igual quedó en averiguar. Solo me doblaron el acetaminofén. Las visitas son los martes. Cuénteme de usted y si mi mamá le ha preguntado por mí.

    Charlie.

    * * * * *

    Garzón, Huila, 19 de noviembre de 2018

    Un pelado de esos que está estudiando derecho me ayudó, dijo que podíamos meter una tutela por mi derecho a la salud y la dignidad humana y otras vainas. Hasta se puso bravo cuando le conté lo que me pasaba y me explicó que con la Constitución uno tiene unos derechos que nadie le puede quitar, esté donde esté, haya hecho lo que haya hecho, sin importar si uno es cucho, preso o si tiene plata. Yo le dije que no quería problemas, que solo quería que me viera un médico y que me revisaran bien, pero el intenso me aseguró que esto no me iba a meter en rollos y como que sale rápido. Me dictó la tutela: decía algo del derecho a una vida digna y cómo eso depende de mi salud, de mi alimentación, hasta de la hora en que me dan las comidas y la higiene (también dice que es que estoy bajo el cuidado de eso que llaman Estado en las noticias). Luego cuenta que solo hay médico general y lo mío es delicado, que no me han hecho exámenes, cómo me siento, mis dolores y fiebres y dónde está mi familia. La envié por correo a un juzgado de Neiva. Como que me he desmayado y ya no me obligan a trabajar, me puedo quedar acostado todo el día. A veces me voy a la biblioteca porque allá no hay ruido. La de la biblioteca al principio me leía y como que entendió que todo me hace doler la cabeza. Me duelen hasta las medias, Karen, me duele que el agua de la regadera me toque, la siento hirviendo en este infierno. No quiero ir al oratorio, ese silencio sí que me fastidia. Me dieron otras pepas en la enfermería. Quiero largarme. Caerles de sorpresa. ¿Se imagina la cara de mi mamá? Escríbame, Karen.

    Charlie.

    * * * * *

    Garzón, Huila, 5 de diciembre de 2018

    Ya llegó la tutela. La ganamos. Pero ni eso me quita los dolores con este calor del diablo que hace acá, ni el aire me entra. Por lo menos ya sé que la EPS me tiene que atender en Bogotá. El juez dijo que me tenían que trasladar en 48 horas, pero usted sabe cómo es con el Estado, como si las horas tuvieran otro tiempo para nosotros, los que no estamos en la rosca. Todo huele a ropa vieja y sudada. Yo le escribo apenas llegue a Bogotá. Saludes a mi mamá y a los niños. Yo sé que no me ha escrito pero no lo vaya a hacer ahorita, de pronto la carta se pierde mientras me trasladan. Y uno sin celular.

    Charlie.

    * * * * *

    Garzón, Huila, 18 de diciembre de 2018

    Karen, nada que me sale lo de Bogotá. A los coordinadores no les importa que los otros se quejen porque no los dejé dormir. No me doy cuenta cuándo dejo de llorar, ni cuánto me demoro caminando para que la de la biblioteca me ayude a escribir. El pelado que me ayudó dijo que iba a decirle al juez y que volvía el miércoles. Imagínese, hasta el miércoles. Esperar. Ojalá el juez diga algo. Que diga algo. Karen, dígame qué van a hacer de navidad y si puede hacerme el favor de comprarles los regalos, vea que yo apenas pueda le pago.

    Charlie.

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    Garzón, Huila, 25 de diciembre de 2018

    Karen, dígame cómo pasaron la navidad. Yo no sé si he comido o si me he cambiado de ropa. Esto ya no me huele a campo, no me huele a nada. Se me olvidó esperar. Ni me miran. ¿Estoy tan pálido? No me seguí tomando esas pepas, la de la biblioteca me da unas gotas que me dejan dormir de a pedazos. Y este pelado no ha vuelto, debe estar de vacaciones o seguro le salió trabajo. Me hubiera dicho.

    Charlie.


    Garzón, Huila, 2 de enero de 2019

    Señora

    KAREN ESTEFANÍA MOLANO

    Calle 2 27-9, Conjunto Pedregal, Tunja, Boyacá

    Ciudad

    Sírvase comparecer ante este establecimiento penitenciario para entregarle las pertenencias y el acervo documental del interno MOLANO CARLOS ANDRÉS, quien en vida se identificaba con el número de cédula 1.028.377.641, y reportó con usted el parentesco de HERMANO/A.

    Para el ingreso y firma del acta debe presentar fotocopia de la cédula ampliada al 150%. El agendamiento de la cita y las restricciones podrá consultarlas en la página web www.medianaseguridadlapaz-garzon.gov.co 

    Cordialmente,

    Teniente Moisés Rueda

    Responsable Patios H-M

    Centro Penitenciario de Mediana Seguridad La Paz

    [ C ]

  • Disrupción de una República literaria

    Disrupción de una República literaria

    Soñé con una República de las Letras desenfrenada, explosiva, irrefrenable. Pero aun así, una República de las Letras posible. En ella, todos escriben; sin cesar… Indiscriminadamente. ¿Habrá quien los lea? Lo que, para Diego de Saavedra Fajardo, el poeta, diplomático, jurista —“todólogo” de la corte de Felipe IV y autor de República literaria—, sería un mundo ideal animado por las cartas que se enviaban entre intelectuales de Europa y América, era en mi sueño el espacio de la total comunicación entre unos y otros en nuestro mundo. Esa República es posible hoy con todo lo que ofrecen la inteligencia artificial y las redes de comunicación del Internet. Lo que Saavedra Fajardo describía fantaseando con un espacio mitológico, circundado por “un foso con el licor oscuro de la tinta y defendido por cañones que disparan balas de papel”, provenía ahora de la no lejana capacidad de que todo, lo dicho, lo pensado, lo imaginado e imaginable, esté accesible por gracia de los buscadores cibernéticos y las plataformas inteligentes de nuestros días.   

    El sueño, imagino, lo pudo detonar una noticia aislada, diferente, aparecida en la BBC. Intentaba convencerme de que la gente está leyendo más. ¿Será? A manera de ejemplo decía que las novelas románticas se han convertido en el género más exitoso y pujante de toda la industria editorial. Tan solo en 2023, los culebrones donde A ama a B y C se opone se incrementaron en 52%. Según Wordsrated, la curiosa organización de Jens Jakob Andersen que se dedica a revisarle las entrañas al mundo de los libros, el crecimiento de la novela romántica pudo deberse a la pandemia del COVID 19. Wordsrates analiza sólo libros en el mercado anglosajón, lo que es bastante esfuerzo. Determinó que esas ventas positivas eran tendencias desde antes del 2020, después de varios tropiezos y pérdidas en años anteriores.

    Ahora estamos mucho más allá de las graves infecciones, las fiebres y las encerronas que invocaron dedicar más rato a la lectura y el género romántico sigue aun pujante. Su crecimiento entonces podría tener una mejor explicación sociológica y comercial. Queda la pregunta, ¿por qué en un mundo editorial que vive un inevitable y crítico declive, las historias de amor, esas que tocan perfectamente el corazón del individuo y motivan identificarse con los personajes —amante, amado— intentan sacar a flote el barco?

    Igual motivación para mi sueño le adjudico al éxito rotundo de El mundo en un junco de Irene Vallejo y a los muchos de sus artículos subsiguientes que nos invocan a amar la lectura. Detonaron una explosión de optimismo y porras a favor de los libros como nutriente de esperanza en un mundo desesperanzado. Desde el Manifiesto de la lectura de Vallejo (2020) comienzan las citas tan entrañables como necesarias. Destaco tres: “el libro meza a tu imaginación, acurrucada entre sus letras y se la lleva bien lejos” (destaca la indispensable creatividad), “los libros son un semáforo en rojo en la autopista de las ideas; te hacen detenerte, imaginar, e incluso jugar” (valora el tiempo indispensable para la reflexión); y más en el terreno político de nuestra inquietante actualidad: “los libros apuntalan la democracia porque son un obstáculo para los que quieren manipular la historia” (subraya la inteligencia libresca para entender y tolerar a “el otro” como elemento de una genuina democracia).

    Pareciera que atestiguamos intentos, aquí y allá, por arrojar salvavidas contra la ola de incultura (alexia deliberada, me atrevo a decir) que azota y amenaza aniquilar a los últimos bibliófilos. Pero curiosamente, las estadísticas muestran que la llamada generación Z, en efecto, lee un poco más que los milenials, razón de orgullo. Lo hace atraída por una accesibilidad inusitada, inédita, a todos los géneros y todas las vías de visibilidad amplia e inmediata: leer y comprar volúmenes en línea, sin esfuerzo. Los jóvenes parecerían ser desleídos y, de pronto, tienen lapsos donde resurgen como obsesivos lectores y se fuman culebrones enormes en un fin de semana de ocio en la playa. Su apetito se sacia, como en la República Literaria, por la accesibilidad, sea ésta a la fantasía y la ciencia ficción, el terror, la acción y, por supuesto, el romance que tanto toca su corazón individual.

    La tercera vía de motivación onírica proviene, no es casual, de la inteligencia artificial; ese algoritmo que se entremete irrespetuoso en nuestra cotidianidad. Ahora, al algoritmo le ha dado por imponer en mi Facebook, cada tres o cuatro días, la imagen del difunto Humberto Eco, que aparece venida del más allá. Eco se muestra abogando sabio contra los que nos critican, a los bibliófilos, por acumular libros a lo tonto. En ese repetitivo post, él insiste atajado por su legendaria y alejandrina biblioteca en que, por el contrario, “es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, ya que es una tontería criticar a aquellos que compran más libros de lo que nunca podrán leer. Sería como decir que debes usar todos los cubiertos o gafas, destornilladores o taladros que compraste antes de comprar uno nuevo…”. Y añade: “consideramos los libros como medicina, entendemos que es bueno tener muchos en casa y no unos pocos: cuando quieres sentirte mejor, entonces vas al ‘armario de medicina’ y eliges un libro. ¡No uno al azar, sino el libro correcto!”. La voz del semiólogo italiano combate toda correlación eficientista, propia de los economistas modernos, que asocian los libros con los productos de consumo.

    Reencuentro finalmente, por correlación directa con el tema, la palabra de Albert Camus: “El propósito de un escritor es evitar que la civilización se destruya a sí misma”. ¿Qué otra sentencia podría ser más apropiada para nuestro momento?  Siendo Camus un hombre solitario por naturaleza, marcó en contrasentido la naturaleza y el deber gregarios de la literatura. Añadía en ese discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 1956 que “el escritor puede redescubrir el sentimiento de una comunidad viva que lo justificará, con la única condición de que acepte, tanto como sea posible, las dos responsabilidades que hacen grande su profesión: el servicio de la verdad y el de la libertad. Puesto que su vocación es reunir al mayor número posible de hombres, no puede dar cabida a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades” [subrayados míos].

    Con estos antecedentes podemos intentar enfocar la paradoja: a pesar de las esperanzas, aquí y allá, es un hecho que la industria editorial y la profesión escritural sufren una horrenda crisis, tan existencial como civilizatoria. Pensemos en el reciente texto de Fernando Peirone El fin de la escritura: efectos políticos y culturales de la sociedad poslogos (2024). Este texto apunta el dedo al cambio más brutal que vive la humanidad. Es un cambio que solo equivale, nos enseña Peirone, al surgimiento mismo que vivió la civilización grecolatina de su logos dominante entre los siglos VIII y V A.C. Esa manera de pensar, de ser, nos ha unido por tanto tiempo. Pero ahora vivimos un seudo retorno a la época del mito que en este Siglo XXI se está engendrando en un parpadeo de apenas unos lustros. Implica una realidad totalmente diferente y desconfiada del entendimiento; un trastoque de la comunicación y el progreso hasta ahora basados en un logocéntrismo. La causa y el efecto que antes eran claros, el hombre y la mujer, lo crudo y lo cocido, el antes y el después, el referente y lo referido que se distinguían sin error y que nos han guiado al menos por 25 siglos se diluyen detonando una severa angustia y una apabullante soledad.

    Este fin del logos y este desvanecimiento de la escritura se palpan al atestiguar la debilidad de la industria editorial. Una industria que explota en publicaciones (títulos diversos), pero decrece en valor económico y en lectores: a fin de cuentas, menos comunicación, menos verdades definidas. Hoy se editan libros más cortos, acordes con la velocidad y los mensajes fulgurantes de las redes sociales. Las publicaciones son por lo menos 50 páginas más cortas en promedio que hace cinco años. Los libros que demandan mayor atención del lector, superiores a las 400 páginas, están casi en extinción funcional, si no fuera por las novelas de extrema fantasía, ya aludidas aquí, que no demandan esa tan denodada concentración. El teléfono celular, que domina nuestras vidas con habilidosas garras para atrapar nuestra atención y ganar cualquier minuto humano, ya sea en una cena familiar, en una reunión de negocios o de amigos y, peor aún, en los momentos de soledad, ha sido el gran factor para perturbar severamente los hábitos tradicionales de la lectura. Ha implicado varias transformaciones específicas: los libros representan hoy una de las industrias con más innovaciones —curioso— y una de las más apoyada por diversas campañas y acciones publicitarias, muchas “centro de” y “provenientes de” las propias redes sociales, generando el microcosmos de lectores específicos de cada título. Aun así, cada día las editoriales viven más de las ventas meramente dirigidas apenas al círculo cercano e individual del autor o del editor (amigos, parientes, seguidores de culto, alumnos y colegas). Es una industria encaminada a un irremediable encogimiento o feudalización funcional: ediciones más pequeñas y efímeras, aisladas; múltiples pero diminutas. Hoy casi la gran mayoría de libros impresos no superan las 300 entregas y apenas logran llegar a ediciones de mil ventas considerando versiones electrónicas.

    Florece también un crecimiento irredimible de la auto publicación, una de las más individuales acciones en el mundo de la comunicación. Solo en EUA, la cantidad de nuevos títulos se multiplicó por 10 en los últimos 16 años y hoy llega a poco más de 3 millones de nuevos títulos anuales. Sin embargo, entre ellos, más de 2 millones son auto publicaciones (algo feroz en los anaqueles dedicados a los temas de negocios, autosuperación y adaptación personal a los nuevos tiempos). Se trata de un mercado sobresaturado, lleno de expresiones, de voces, de estudios, de escritura que atiende un público que, en contraposición, apenas retribuye con un frío desprecio. Cada día, ese soberbio público de eventuales lectores obtiene más y más su información de “otras fuentes”, principalmente los efímeros e individualistas mensajes de las redes sociales. Añadiendo a la feudalización del fenómeno, esas redes son la fuerza misma de las llamadas eco-chambers (espacios donde los que participan se retribuyen con mensajes unívocos, se repiten ad nauseam e incluso se recomiendan lecturas que reiteran sus cerrados contenidos, sin nutrirlos). El mundo de la transmisión de mensajes, entonces, imbricado por redes sociales, reposteo y likes, así como por la auto publicación y las ventas atomizada a “los amigos” (añadamos la caída en picada de los periódicos tradicionales, de las televisoras omnipresentes, de los canales de difusión dominantes) es un mundo de voces individuales para los cercanos o, peor aún, para uno mismo. Es un mundo, finalmente, de muchos gritos y muchos sordos.

    Aquí es donde cabe preguntarse si es bueno o malo un sueño donde tantas voces estén avocadas a la escritura; la República Literaria imbricada en mi sueño febril. Con el ímpetu que me daban las voces optimistas del inicio de este texto (revaloración del libro incluso con aromas de ingenuidad), me atrevo a apuntalar una provocación: es simplemente maravilloso que tantos escriban; grito al horizonte qué ¡viva este cuento de millones de cuentistas que deambula alrededor de mi descanso!

    Y hago entonces un paralelismo aún más espinoso: quien ha sido quizá el mejor maratonista nacido sobre la tierra, el keniano Eliud Kipchoge, ha dicho respecto a dejar de correr: “me retiraré cuando el mundo se convierta en un mundo de corredores”. ¿Cuántos escritores deberían decir algo como: “dejaré de escribir cuando el mundo se convierta en uno de escritores”? Eso sí merece una elegía al optimismo. Pero… que sea de verdaderos escritores.

    He dicho “pero…” ¿verdad? Siempre hay un “pero”. Cabe un apunte respecto del tipo de escritura (real escritura) al que nos referimos. El demonio radica en el hecho de que la palabra, el texto, la inventiva, la narración, el cuento y la argumentación viven ese encogimiento antes descrito, ese feudalismo disgregado. ¿Es lo mismo el esfuerzo del cuentista que se autopublica, después de sacrificar placeres y emocionarse con su arduo trabajo de recomposición poética para entregarse a “el otro”, en contraposición al deplorable “copiar y pegar” de un seguidor irreflexivo de un político? ¿Es lo mismo el que imagina, crea, se equivoca porque se atreve, critica con argumentos que encuentra después de estudiar, trabajar y entrar en genuinos duelos de pensamiento, que el que repostea la opinión de un seudo líder, de un intelectual que alguna vez llamó su atención por atrevido o irreverente, o simplemente alaba el sentir de un empresario multimillonario convertido en ideal o envidia de masas? ¿Es lo mismo la escritura que se ubica en el diálogo de las ideas, que el ruido ensordecido que retoma los slogans y los predica en sus publicaciones como lo haría un loro bien entrenado? ¿Estamos realmente en temporada de muchos escritores o quizá de muchos copistas de dogmas? El feudalismo medieval también fue tierra de copistas; aun así, hubo espacios para pensar y debatir dentro de los cánones de aquel tiempo. La genuina idea individual estaba relegada, pero había espacio para pausar y luego pensar. Ya después, ante cualquier duda se soslayaba toda argumentación que desmorone el dogma y se retornaba al escrito divino, supuestamente inspirado por Dios.

    Lo de hoy es un juego de sordos, sin palabra divina o con multiplicidad de palabras de idolatría según audiencia, momento, dinero o moda. Muchos escriben, quesque escriben y muchos quesque leen. Es un juego de dos vías obstruidas y con equiparables culpables. Peca el escritor que sólo está retomando una politización (“lean”, esgrime, “qué arrastrada le pusieron a fulano”, reitera, “exhiben a zutano”, insiste, “ahora sí desnudan a perengano”, “vean como lo destruyen” cuando realmente nada de eso está ocurriendo en un debate serio y su voz solo está reiterando un mensaje preestablecido, ya antes escrito). Igual peca el lector que, antes de buscar el argumento, la idea, la narración —antes de leer—, baja expedito al final del texto, averigua quién firma, de qué corriente ideológica es, a qué partido pertenece y ergo lo encasilla, lo recibe con zalamerías innecesarias o lo repulsa por adelantado. El repetidor de ideas desprecia la inteligencia de su lector; el lector que preestablece y clasifica a todo autor en una corriente y polariza al mundo del pensamiento, desprecia en paralelo la escritura. Es el reino de las voces individuales que, a contrapelo de la perspectiva de Camus, usan la palabra para desunir. ¿Dónde queda la aceptación y la tolerancia por “el otro” y por la idea?

    Ahora bien, moldear la palabra debe ser entendido como esfuerzo magno. Con el puro hecho de hacerlo, la mente se vuelve más generosa y abierta para lo diferente. Vale la pena reiterar. ¡qué surjan los millones de escritores! Al escribir, independientemente de cualquier otra consideración, se adquiere un filo más penetrante, también, para el momento de leer. Se admiran las estratagemas más íntimas del autor que se ha elegido, porque se le entiende mejor, más allá de lo que nos comunica directamente, como complejidad y solución vivida en carne propia. Se aprecia la escritura desde la misma atalaya, desde el mismo lado de la mesa: se detona un cariño diferente por la palabra trabajada.

    Con su agudísima perspectiva, Roberto Bolaño predicaba: “lo normal es leer; escribir es un ejercicio masoquista”. Siendo un enamorado de la lectura y jugando con la idea de que escribir le fue más bien un castigo inevitable, Bolaño consideró sus horas de lectura como “soberanía”, como “elegancia”. Siempre más interesado en los libros de los demás que en los propios, generaba una sublimación del verdadero sentido de comunicación y valoración de “el otro” que existe en la escritura: escritura y lectura convertidos así en un mismo ejercicio remisorio, especialmente lejos del diálogo de sordos que se vive al presente.

    Cerremos con una invocación a esa escritura universal que, siendo cierta, reflexiva y enamorada del otro, retraería una humanidad diferente. Peter Burke, un afamado profesor de Historia de la Cultura de la Universidad de Cambridge, llegó a plantear en su estudio “The Republic of Letters as a Communications System; An essay in periodization (Revista Media History del 2012), que la época del Internet sería una cuarta etapa histórica y clara posibilidad para que sea posible el sueño de la gran comunicación, la gran República del pensamiento. Si acaso lo imaginó así, mucho de su ensueño optimista ha venido a menos. El diálogo de sordos de los que escriben y repostean y repiten ideas sin aportación parece vencer su ideal. Es el cuento de los tantos escritores que no escriben cuentos.

    La República de las Letras, la de Saavedra Fajardo que mencionamos al inicio de estas páginas y la de tantos otros intelectuales, debió mucho a la revolución tecnológica surgida del correo y las cartas que comunicaba a tantos devotos pensadores en el Siglo XVII; una primera globalización. El ideal de esa República era hijo de una revolución tecnológica en la comunicación. Hoy estamos al extremo mismo de esa revolución tecnológica que todo lo puede en términos de acceso, facilitación, inmediatez (incluso en términos de que una realidad externa y no humana, como puede ser la Inteligencia Artificial, piense por nosotros). Y en aras de una democracia mal entendida, en aras de percepciones incompletas y reduccionistas de la libertad de expresión, en aras de la valentía para insultar antes de entender, en aras de creer y mentir antes que cuestionar y preguntar, y en aras del engreimiento que tiene la idea individualista, fatua y de poca monta cuando encontramos otro merolico que habla como nosotros, por nosotros, con la fuerza que creemos tener nosotros, estamos convirtiendo el mundo de la escritura en su propia intrascendencia, en su propio silencio, en su propia nada.

    En este sueño, tristemente, nadie escribe, todos repiten, todos callan. En este sueño los individuos no aportan y a pesar de que los nuevos tiempos predican el triunfo del individuo frente a su tiempo, reina en cambio la destrucción del alma. En este sueño, ya no aparece Irene Vallejo ni sus bellas palabras que hablan de creatividad, de pausa, de reflexión y de apuntalar la democracia

    Este sueño se ha convertido en pesadilla. [ C ]

  • Montezuma en Estados Unidos

    Montezuma en Estados Unidos

    Más allá de asonancias, en el estado de Colorado de la Unión Americana, existe un condado titulado en honor del afamado Montezuma, el mandatario indígena ultimado en 1520. No es de sorprender que las asonancias continúen y que el condado citado esté supeditado al de Cortez. Así simplifican la historia nuestros cuestionables vecinos. Así, como en la figura retórica que en el asonar hiere al oído, ultrajan con su ignorancia. Así, con el desparpajo propio de simios y urracas, se apoderan de lo ajeno aunque, no debe omitirse, ponen por delante el omnipotente dólar  ‒o bien el armamento‒ con el que sustentan su infeliz poderío.

    Pero no abundemos en lo consabido y expliquemos el origen de la localidad en entredicho. Montezuma County fue fundado en 1889 como parte de un movimiento a gran escala tendiente a consolidar la identidad de los norteamericanos blancos. Unas ruinas pertenecientes a un asentamiento de indios navajos fueron descubiertas en el parque nacional de Mesa Verde, dándoles la idea de atribuírselas al único pueblo originario que, según sus cálculos, había tenido un pasado de fácil incorporación a su dudosa estirpe. De forma análoga, ya traspuesta la frontera con New Mexico, se encuentra el poblado de Aztec, al que también le arrogaron una procedencia mexica. ¿Podía ser de otra manera, dada la especial afición del estadounidense por adueñarse de lo que se le antoja, pueda o no comprarlo? ¿Es de extrañar que al paso del tiempo a muchos moradores de los poblados aludidos les resulte natural decir que Moctezuma no nació en México y que su desventura inició al abandonar los Estados Unidos?[1]

    Por descabellado que suene, ese es el nivel de desinformación que impera en el país vecino. El yanqui típico cree, por ejemplo, que la esclavitud se debió a una cuestión orgánica, ya que en la escuela le dijeron que ningún blanco soportaba el calor de las plantaciones. Cree también que su expansión territorial fue un asunto de amistad entre naciones, pues ni Francia, ni España, ni Rusia, ni México sabían qué hacer con tantas hectáreas que nada más les causaban problemas. Asimismo, le inculcaron que los nativos de “piel roja” constituían una raza degenerada reacia a civilizarse, por ende, su aniquilamiento y reclusión en las reservaciones fue lo más piadoso que pudo hacerse. Y lo mismo vale con respecto a su relación con el resto del mundo. Se asume como árbitro de la “concordia” universal y sus saqueos son justificados como la cuota obligada que genera la exportación de su “democracia”.

    ¿Podría haber una correspondencia musical con lo expuesto? Claro que sí. Veamos el tamaño del entuerto que, huelga decirlo, vibra en sintonía con el adoctrinamiento propagado por James Monroe en 1823, en el que se decretó la prohibición de coloniajes europeos en América, para facilitar que los norteamericanos pudieran imponer los suyos en el continente. Justo en 1847, en el clímax de la invasión yanqui a México, se publicó en Boston una marcha intitulada Montezuma de la autoría de Herbert Barrus. ¿No es sintomática la sincronía? Por pueril que parezca, ¿no es un intento de alentar con música el triunfo de su milicia por las tierras otrora dominadas por un personaje al que pretendían hacer pasar como suyo? A pesar de lo absurdo, el enredo prosiguió. Dos años después, en enero de 1849, se estrenó en Philadelphia la marcha Montezuma de Gustave Blassner. Con ella se celebró el regreso de las tropas que posibilitaron la anexión del codiciado territorio. Más adelante se “compuso” el himno de los Marines. Su letra confirma la aberración:[2] From the Halls of Montezuma to the shores of Trípoli, We will fight our country´s battles…

    Hacia 1885, cuando la doctrina Monroe había cobrado fuerza, Frederic G. Gleason completó su ópera Montezuma[3] como parte de su labor al frente de la American Patriotic Musical League, cuyo objetivo era la difusión de música inspirada en temas “nacionales”. La pregunta es obligada. ¿De qué música nacional podía tratarse? De ninguna todavía, eran tentativos dispersos para construirse una imagen sonora congruente con sus ínfulas. Para conseguirla tendrían que orquestarse acciones de mayor envergadura, como la fundación del National Conservatory of Music y la American Opera Company, amén de la erección de grandes teatros y el surgimiento de agrupaciones sinfónicas de relieve. Si se trataba de dinero no había de qué preocuparse, había para ese entonces un suficiente número de millonarios dispuestos a blanquear sus fortunas a través de mecenazgos para la promoción lucrativa del arte.

    Antes de abordar lo concerniente al conservatorio y la compañía de ópera es menester que concluyamos con la zaga del tlahtoani en Norteamérica. En concomitancia con el nacimiento de los Musicals de Broadway, en los albores del siglo XX, se escribieron más obras, igualmente grotescas. En 1903 Humphrey Stewart presentó en San Francisco su música incidental para la obra de teatro Montezuma. En 1906 Charles Troyer apeló a la ilusión para componer su “canción nativa” The coming of Montezuma, en la que incorporó ritmos aztecas ¿…? En 1912 y 1924 vieron la luz los engendros The Mask of Montezuma de George Colburn y Montezuma comes de Harvey Loomis, respectivamente. Éste último, cual sumiso alumno de Antonin Dvořák, se convirtió en impulsor del falaz “indigenismo” yanqui.

    No fue sino hasta el advenimiento de la Segunda Guerra cuando Roger Sessions propuso disminuir la acumulación de patrañas. Pensó en una ópera Montezuma, que se basara en la Historia Verdadera de la Conquista de Bernal Díaz del Castillo mas, como era de esperarse, a ningún teatro norteamericano le interesó. A punto del abatimiento, después de 22 años de tocar puertas, Sessions se contentó con que su ópera se estrenara en Berlín, cantada en alemán. Su estreno acaeció en 1964.

    La iniciativa tenía que provenir de una potentada, una tal Mrs. Thurber que, harta de poseer lo superfluo, supuso que los tiempos estaban maduros para echar a andar el “nacionalismo” musical americano. Construidos en Nueva York los edificios que habrían de albergar al National Conservatory y a la American Opera Company, nada más faltaba disponer de algún músico insigne para dirigirlos. Por advenedizos, era obvio que no podía pensarse en conciudadanos. Tschaikovsky fue convencido de cruzar el Atlántico, para estrenar en 1891 el Carnegie Hall y la Thurber intentó persuadirlo de que se quedara en los U. S. para secundar sus planes. El eminente ruso soportó un par de meses la vida en la urbe de hierro pero salió huyendo a pesar de las parcelas de dinero que trataron de endilgarle. Dejó escrito que los norteamericanos eran gente extraña… No obstante el rechazo, la ricachona se empecinó, por sugerencia de Tschaikovsky en cooptar a otro europeo. Dvořák fue elegido. El tímido bohemio no supo cómo contener a la mujer que se ofreció a quintuplicarle el sueldo que recibía en Praga. Decisión ardua, aunque rebosante de promisión. Cobrado el depósito por el primer encargo (La cantata Bandera americana), Dvořák aceptó la dirección, en 1892, del flamante conservatorio, echándose a cuestas la quimérica empresa de construir un nacionalismo musical derivado de la cultura indígena. ¿Cuál? ¿Acaso la expropiada a los descendientes de Montezuma?…. Al cabo de 3 años de nostalgias y trabajo,[4] el agotado maestro escapó de la oquedad del American Way of Life para regresar a su patria con el espíritu hecho jirones y los bolsillos repletos de dólares. 

    La American Opera Company que debía impulsar la creación de óperas en inglés sobre temas autóctonos, sobra decirlo, quebró en poco tiempo. Quedó en su lugar un tropel de asonancias que horadan el destino de una migración interminable. En sus filas reverberan sueños y se adormecen conciencias. [ C ]


    [1] Una encuesta realizada en 1993 por el Board of County Commissioners reveló que un 44.62 % de los habitantes asumía que Moctezuma II había nacido en su condado y que después había emigrado al sur.

    [2] Su tema melódico fue sustraído del “Dueto de los Gendarmes” de la ópera Geneviève de Brabante de Jacques Offenbach. La fecha exacta del plagio convertido en himno no ha podido determinarse aún.

    [3] La obra nunca se estrenó y su manuscrito está custodiado por la Newberry Library de Chicago.

    [4] Se sugiere la audición de su American Quartet o de su New World Symphony,

  • Brasilia, utopía en movimiento

    Brasilia, utopía en movimiento

    Lo primero es el cielo. Al llegar a Brasilia, uno se maravilla por su cielo, horizontal y alargado, inabarcable: algo así como la loca geografía de Brasil, coloso por naturaleza. La capital brasileña posee la extraña cualidad de no tener rascacielos que se interpongan entre uno y el universo. De ahí que sea posible, especialmente en tardes despejadas, admirarla desnuda de una sola mirada. Mas luego llega el golpe de luz. Brasilia tiene una luminosidad que te obliga a bajar la mirada, so riesgo de perder la vista. Por las noches, refulge alto, inmarcesible, el manto estelar, con la Cruz del Sur en el lugar prominente que ha ocupado desde siempre.

    Sostiene Mircea Cărtărescu que, al igual que Bucarest y San Petersburgo, Brasilia no tiene historia, sino que tan solo la remeda. La comparación sorprende, pues normalmente se equipara a Brasilia con la austral Canberra o con Washington, D. C., léase capitales “artificiales” y planificadas. Y, aunque no conozco la capital de Rumania, y de la ciudad rusa me llevé apenas una pincelada de sus extraordinarios museos y monumentos, en ocasión de una breve y lejana estadía, creo atisbar a qué se refiere el poeta rumano. Tiene razón. Aunque sólo parcialmente. Brasilia: ese experimento social y urbano tan huérfano y desprovisto de la grandeza virreinal —y, posteriormente, imperial—, de Río de Janeiro, es, sin embargo, tan único, audaz y tan puramente brasileño.

    Brasilia vio la luz el 21 de abril de 1960. De aquí a poco, celebrará 65 años de existencia. Comparte día y mes de aniversario de fundación con Roma, la eterna, y, más significativo aún, coincide con el día de Tiradentes, símbolo nacional de la lucha independentista del Brasil.

    El mito fundacional remite a un santo decimonónico –Juan Bosco– quien, pese a nunca haber puesto un pie en suelo brasileño, es responsable de haber profetizado, o, si se prefiere, de haber engendrado oníricamente la idea de Brasilia. Cuenta la creencia popular, lacustremente arraigada en el imaginario colectivo, que, siendo apenas un joven, el futuro beato piamontés tuvo una premonición en un sueño. En él se le reveló con meridiana claridad la nueva capital brasileña, con todo y su ubicación geográfica en la inmensa cartografía del país-continente que es Brasil, e inclusive habría vaticinado la existencia de un cuerpo de agua que la circundaría: el lago artificial Paranoá, ese mismo que hoy baña con sus aguas mansas buena parte de la ciudad y donde a diario cientos de capibaras de todos tamaños se remojan plácidamente.

    Siete décadas después de tal presagio, se erigiría en el Planalto Central brasileño, entre los paralelos 15 y 20, justamente como predijera “Dom Bosco” –segundo patrono de la ciudad–, la tierra prometida, trasladando la sede del gobierno desde la capital carioca (que, por cierto, fue la segunda capital de Brasil, tras Salvador de Bahía).

    ¿Qué nombre darle a la nueva capital? Brasilia, naturalmente, corazón de la terra brasilis. De hecho, el apelativo era aún más antiguo: había sido propuesto por José Bonifacio, “Patriarca de la Independencia”, desde principios del s. XIX. De ahí que se puede afirmar, pues, que la utopía brasiliense es una semilla que demoró siglo y medio en germinar.

    Ya en la Constitución federal de 1891 se consignó el mandato de interiorizar la capital. No obstante, habrían de transcurrir casi siete décadas más. El presidente Juscelino Kubitschek, quien gobernó el país de 1956 a 1961, y cuyo nombre es imposible de disociar de la génesis de Brasilia, fue el responsable de llevar a puerto la realización del sueño de Dom Bosco. Para mayor asombro, y en algo que hoy se antoja como una proeza titánica, la ciudad se erigiría tan solo en un lustro, fruto creativo de algunas de las mentes más prodigiosas de la época. Eso y más de 60 mil obreros, desde luego.

    Tan nueva fue la experiencia de Brasilia que a sus moradores aún se les llama coloquialmente “candangos”, término utilizado para designar a esos trabajadores que llegaron a construir la ciudad a mediados del siglo pasado. Muchos de ellos permanecieron e hicieron de la flamante capital su hogar.

    Todo en Brasilia exudaba novedad y frescura: al calor del modernismo y las tendencias arquitectónicas en boga del momento, se eligió a Oscar Niemeyer para diseñar las primeras edificaciones gubernamentales, además de los principales recintos culturales y religiosos. A él le debemos obras tan emblemáticas y originales como el Palacio de Itamaraty —sede de la Cancillería—; el Congreso Nacional y el Palacio de Planalto —sedes del Poder Legislativo y Ejecutivo, respectivamente—, además de la Catedral Metropolitana, entre muchos otros.

    La propuesta urbanística de Lúcio Costa, por su parte, ganaría el concurso público, por lo que éste se haría cargo de idear el trazado de la nueva urbe que, contrario a lo que se piensa hoy en día, no habría de tener la forma de un avión, sino la de una cruz. Para completar el repertorio, se echaría mano de varios de los mejores artistas y paisajistas contemporáneos: de tal suerte, Burle Marx proyectaría los jardines y plazas públicas, mientras que Athos Bulcão sería convocado para aderezar con sus distintivos azulejos las fachadas de edificios y monumentos. El denominado Plano Piloto de Brasilia fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO en 1987.

    Por otro lado, a las naciones extranjeras se les invitaría a trasladar desde Río de Janeiro sus legaciones diplomáticas —magníficos predios les serían donados para tal propósito—, amén de convocar a sus más reconocidas firmas de arquitectura para proyectar sus embajadas, con el ánimo de que con ello contribuyeran al patrimonio arquitectónico de la ciudad. Entre los recintos diplomáticos más emblemáticos y que comúnmente se reconocen por su valor y belleza, la Embajada de México —obra de Teodoro González de León, Francisco Serrano y Abraham Zabludowsky— ocupa un lugar sobresaliente, por su osadía y majestuosidad; por la delicadeza y simplicidad de sus formas; por su integración con el paisaje brasiliense, y por la notable ausencia de barreras físicas en su fachada. Ahí, entre el azul del cielo y el lago Paranoá, México se irgue abierto al mundo.

    Y, aunque no sería correcto juzgar el proyecto de Niemeyer y Costa con nuestros ojos del s. XXI, si algo se le puede reprochar a Brasilia es la escala de proporciones insensatas con que fue concebida. Es como si hubiera sido planeada para ser habitada por titanes y no por simples mortales; un centro urbano que funciona casi a la perfección para quien posee un automóvil, pero que resulta caprichosamente complicado para quien depende del transporte público o de sus propias extremidades para desplazarse de un sitio a otro.

    Segura como pocas capitales latinoamericanas —rica y desigual—, Brasilia es un reflejo de Brasil a menor escala. La favela más grande del país no se ubica en Río ni en Sao Paulo, sus dos urbes más populosas, sino a las afueras de la capital.

    Brasilia es su necia simetría acéntrica, donde más de un despistado se pierde o cree haber recorrido una de las llamadas “supercuadras”, gemelas todas entre sí, sólo para darse cuenta, al doblar una esquina, de que se trata de una avenida diferente. Brasilia y sus formas poco ortodoxas de socializar; es la necesidad de granjearse los espacios para hallar al otro y hallarse uno mismo en un entorno ultra planificado y segmentado.

    Brasilia es ese estar juntos, es ese conglomerado de 3 millones de habitantes que se reúnen en torno a un buen churrasco, que bailan al ritmo del forró y la samba, que atestan los botecos para beber caipiras o cervezas bien heladas, y torcer por su equipo.

    Ya decía yo: Brasilia es su cielo, sin duda, pero es también, por cierto, su tierra —de un encendido rojo arcilla—; son los montículos cónicos de millones de termitas que desde tiempos inmemoriales vienen excavando a un ritmo desenfadado las arterias de una nueva urbe bajo la superficie. Brasilia es la naturaleza que se impone, que reclama su espacio; son sus ipês multicolores, sus frondosos árboles de aguacates, yacas y mangos; son orquídeas emanando de los troncos; son sus palmeras de buriti; son sus flamboyanes extravagantes, tan majestuoso el follaje cuanto sus raíces. Cerca de 5 millones de árboles y arbustos hacen de Brasilia una de las ciudades más boscosas del planeta.

    Brasilia es ver, escuchar y dejarse maravillar por el espectáculo de la lluvia. Un periodo de tormentas inmisericordes que usualmente inundan los pasos en desnivel en forma de tijeras o tessourinhas, seguido de una dilatada sequía que amarillea todo a su paso.

    Brasilia es, además, sus aves, sobre todo sus aves. Son los graznidos de las guacamayas que cruzan traviesas el cielo, siempre de a dos; son los enternecedores cantos de los benteveos o cristofués; son las golondrinas y los colibríes de oreja morada. Son los mochuelos, gavilanes y lechuzas que te asaltan con su anciana mirada en un descampado cualquiera y a cualquier hora del día.

    Brasilia es un paraíso exuberante, símbolo del triunfo de la naturaleza y la vida sobre el asfalto mudo y ascético.

    Feliz 65 aniversario, Brasilia, experimento único, dichosamente brasileño, utopía en constante construcción. [ C ]

  • Rumbos y sentido de la Diplomacia

    Rumbos y sentido de la Diplomacia

    Variaciones de un mismo modelo

    La diplomacia admite numerosas definiciones, pero la más sencilla, certera, y ortodoxa es la que sostiene que es el arte, la ciencia o el oficio de resolver conflictos entre unidades políticas, hoy Estados, mediante la negociación llevada a cabo por un cuerpo permanente de profesionales que representan de forma directa a su Estado.

    La diplomacia no es un ejercicio que tenga una reciente aparición, en realidad se trata de uno de los oficios más antiguos del mundo. Se reconoce al Tratado de Kadesh, también llamado Tratado de Qadesh o Tratado egipcio-hitita, como el tratado de paz más antiguo del que se tenga conocimiento. Suscrito el año 1259 a.C. por el faraón egipcio Ramsés II y el rey hitita Hattusili III, puso fin a las hostilidades entre ambos imperios tras la batalla de Kadesh, librada alrededor del año 1274 a.C. La firma de este tratado constató el uso de la herramienta fundamental del ejercicio diplomático: la negociación.

    Desde entonces, la práctica de este oficio ha evitado que la sangre llegue, literalmente, al río. Aunque en la mayoría de las ocasiones lo ha logrado, hay excepciones que han derivado en rotundos fracasos. Sin embargo, necesario subrayar, que esto último no es culpa absoluta de la diplomacia, sino más bien de la ambición de poder que se expresa de muchas maneras en el ámbito mundial. En las dos grandes guerras que aquejaron a la humanidad en el siglo XX, es evidente que la diplomacia no funcionó como se esperaba pues en su camino se interpusieron diversos obstáculos que impidieron cualquier intención de llegar a acuerdos.

    En contrapeso, hay infinidad de ejemplos en los cuales la diplomacia fue eficaz y cumplió con su cometido. Algunos de ellos fueron la Paz de Westfalia (1648), que dio fin a la Guerra de los Treinta años en Alemania y de los ochenta años entre España y los Países Bajos[1] y a partir de la cual se gestó el sistema internacional conformado por Estados y los conceptos de soberanía y no intervención; el Congreso de Viena (1815), que recompuso la geopolítica europea después de la irrupción del emperador Napoleón en los años anteriores. Más recientemente, los Acuerdos de Paris con los que se dio fin al largo conflicto en Vietnam; y la negociación entre el presidente Kennedy de Estados Unidos y el mandatario soviético, Nikita Krushov, a propósito de la instalación de misiles nucleares en Cuba, que evitó una conflagración nuclear.

    En todo caso, lo fundamental es reconocer que la diplomacia cumple con sus objetivos cuando existe la voluntad de quienes rigen el destino de los Estados en el concierto mundial y sobreponen la negociación al conflicto, algo elemental pero que los líderes mundiales no siempre aceptan y consideran que sirven mejor a su nación alentando el conflicto, como se constata con la segunda aparición de Donald Trump, como presidente de los Estados Unidos.

    Desde la última década del siglo XX hasta 2025 hay un resurgimiento del interés por el ejercicio diplomático. Esto lo confirman los estudios sobre las ‘nuevas formas’ de la diplomacia e incluso la atribución del término a los vínculos con el exterior de nuevos agentes o actores de las relaciones internacionales, que en realidad no son diplomacias en sentido estricto, aunque implique negociación.

    Las primeras tendencias incluyeron la diplomacia pública y la diplomacia cultural. La primera se refiere a aquella que se dirige no al gobierno del país en donde el diplomático se encuentra adscrito, sino a la sociedad, a los formadores de opinión pública, a las personas comunes, con el objetivo de dar a conocer uno o varios aspectos que su gobierno desea que se difundan y conozcan con particular interés. La segunda es la que tiene como objetivo dar a conocer los aspectos más relevantes del arte y la cultura de un país entre los integrantes de la sociedad de un país o de varios, a partir del uso de distintos mecanismos, como exposiciones, participaciones en eventos culturales, presentaciones de libros, conferencias, mesas redondas, periodismo, etc. Así, se realiza a partir de acuerdos con instituciones de la administración pública o con la colaboración de entidades privadas, pero siempre dirigida a la sociedad. Es lo que se denomina el poder sueve de las naciones.

    Actualmente todos los países tienen como una de sus variantes principales la diplomacia cultural, que se genera todos los días y se aprovecha todo su potencial para gabar afecto o simpatía hacia elementos culturales que, en origen son nacionales, pero tienden a ser parte de la cultura universal.

    Otras apelaciones que ha recibido la diplomacia en los últimos años incluyen: gastronómica, científica, deportiva, de las vacunas o médica, académica y el listado sigue en aumento. Lo que se observa es una confusión de la esencia de la diplomacia, que sigue siendo la misma, con las instrumentos o vías para practicarla.

    Lo que obviamente sí es algo de reciente aparición es el uso cotidiano de los medios electrónicos, de donde surge el término de diplomacia digital. Hace 20 años estos medios no existían o apenas hacían su aparición y las comunicaciones diplomáticas seguían los cauces de los instrumentos que había a la mano; ahora las noticias, las instrucciones, los comunicados se dan de manera prácticamente instantánea gracias a la revolución de los medios electrónicos y el surgimiento del internet y las redes sociales, como sucedió antes con la aparición del telégrafo y del teléfono.[2]

    La tendencia es que esas herramientas se han modernizado, impulsadas por las nuevas tecnologías que permiten una mayor y mejor difusión. También las redes sociales son auxiliares útiles en el mejor desempeño de y alcance de las herramientas que usa la diplomacia (por eso también se habla de diplomacia digital), en otras palabras, llegan a públicos más amplios.

    De manera paralela a los nuevos apelativos de la diplomacia, se han multiplicado las denominaciones de diplomacia para los vínculos con el exterior que otros actores realizan de manera permanente o discontinua. Es verdad que estos vínculos aumentaron con la aparición de lo que se ha dado en llamar “nuevo orden Internacional”, en el cual los Estados ya no son los únicos actores de las relaciones internacionales, sino que otros se abrieron paso, sobre todo con la desaparición del rígido sistema bipolar.

    Estos actores internacionales mantienen contactos con sus semejantes o con algunos que tienen características diferentes, aunque no siempre se trata de contactos estructurales que respondan a planes de mediano o largo plazo y no cuentan con ese cuerpo de profesionales que distingue a la diplomacia. El trabajo que realizan lo enmarcan dentro de la diplomacia y generalmente se le agrega otro apelativo para tratar de distinguirlos, aunque en realidad no lo ameritan.

    De entre esas denominaciones destaca la Paradiplomacia, que surgió con el nombre de diplomacia local pues se refiere a la que elaboran los gobiernos locales -estados, provincias, municipios alcaldías, cantones, regiones, ciudades, etc.- Los autores que estudiaban la diplomacia local pronto se dieron cuenta de los problemas que acarreaba el nombre, pues notaron que en prácticamente no hay ningún caso en el que exista el cuerpo permanente de profesionales, ni hay continuidad cuando cambia la ideología o los intereses de un gobierno alterno, o se restringe el presupuesto o se firman acuerdos que no tienen seguimiento. Por eso, parece acertado el nombre que hoy caracteriza a este ejercicio: Paradiplomacia.

    Junto a esta denominación se han creado otras: diplomacia de los pueblos, diplomacia ciudadana, diplomacia digital, y otras. Todas las cuales padecen los mismos problemas referidos y no pertenecen a la diplomacia estrictamente hablando, como lo exhibe bien la Paradiplomacia.  Otras confunden esencia con envoltura, al denominar a la diplomacia por las herramientas que usan, caso de la diplomacia digital, o caen en un contrasentido al ir en dirección contraria de esa esencia (diplomacia coercitiva) o se elaboran a partir de la insistencia en hacer lo que ya se hace actualmente bajo el paraguas de la diplomacia (diplomacia multifuncional)[3].

    Sentido de una disciplina

    A pesar de que la diplomacia exhibe en múltiples foros y situaciones su efectividad, debe reconocerse que en su haber acumula también resultados no favorables en ciertos casos. Con frecuencia, las personas sin inclinación por los asuntos internacionales mayoritariamente consultan los noticieros de radio o de televisión o las portadas de los diarios. Así, cuando se preguntan qué hace la ONU para resolver algún conflicto, cuestionan la efectividad de la diplomacia y de este organismo, dejando al margen un aspecto fundamental: si los Estados en conflicto han tenido la voluntad de efectuar negociaciones positivas y reales para acabar con el conflicto.

    Casos más recientes que exhiben ciertas falencias de la diplomacia son la invasión de Ucrania por las fuerzas armadas de Rusia y la retaliación desproporcionada de Israel contra los palestinos por el ataque del grupo Hamas el 7 de octubre de 2024. Como dice el embajador Miguel Ruíz Cabañas, “las grandes potencias se (olvidaron) por completo de la diplomacia”[4], lo que puso al mundo al borde de una nueva guerra catastrófica.

    En tal sentido, aunque no han sido horas propicias para la diplomacia y la negociación, se debe recordar que no es una situación única, ya que en otras épocas hemos atestiguado situaciones semejantes. Un recuento de la historia de la guerra da como resultado más de tres mil conflictos internacionales de todas las dimensiones y a pesar de eso, la diplomacia continúa vigente como la única forma para que los principales actores del escenario internacional se entiendan y arreglen sus diferendos.

    El lamentable trato que el presidente Donald Trump y el vicepresidente J.D. Vance ofrecieron recientemente al presidente de Ucrania es una muestra sencilla pero representativa del lugar que ocupa la diplomacia para algunos líderes mundiales. Otra prueba del lado oscuro que vive el ejercicio de la diplomacia actualmente es la amenaza continua a países que supuestamente son socios de los Estados Unidos, como México y Canadá.

    Y sin embargo se mueve. Aún con todas sus debilidades -resultado no de su estructura sino de la resistencia de los líderes mundiales a aplicarla en plenitud- la diplomacia se erige como una herramienta fundamental en la búsqueda de un futuro pacífico para todo el género humano. Más allá de ser un instrumento de las relaciones internacionales, la diplomacia es una filosofía y una práctica que busca el diálogo, la negociación y la cooperación como fundamentos esenciales en la construcción de la paz y la promoción del desarrollo sostenible.

    En un contexto global caracterizado por la incertidumbre y las tensiones geopolíticas, la diplomacia se vuelve crucial. Hoy se enfrentan enormes desafíos como el cambio climático, las crisis humanitarias, la proliferación de armas nucleares y el terrorismo, que requieren soluciones concertadas y respuestas multilaterales. La diplomacia, como arte de la negociación y el consenso, juega un papel fundamental en la búsqueda de soluciones justas y duraderas a estos desafíos.

    Aunque parezca que no funciona en lo inmediato, en lo mediato ofrece resultados, como lo mostró en el acuerdo Hamas-Israel. Así, como dice un personaje de la serie “La diplomática”, el secreto se encuentra en insistir, insistir e insistir para que se den los resultados, sean parciales o integrales.

    Si bien la diplomacia es una herramienta fundamental para la construcción de un mundo mejor, también enfrenta una serie de retos en los años venideros. Entre los principales se encuentran:

    • Polarización política: La creciente polarización política en el mundo dificulta el diálogo y la negociación entre países con diferentes ideologías.
    • Auge del populismo: El populismo, con su enfoque nacionalista y aislacionista, representa una amenaza para la cooperación internacional y el multilateralismo.
    • Desinformación: La proliferación de noticias falsas y la manipulación de la información en las redes sociales dificultan la comprensión de la realidad y la construcción de consensos.

    Estos retos, empero, no deben oscurecer el hecho de que las relaciones internacionales contemporáneas ofrecen oportunidades con las que no se contaba en épocas anteriores. De las más evidentes, sobresalen el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y el fortalecimiento de la cooperación multilateral.

    Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación pueden ser utilizadas para facilitar la comunicación y el diálogo entre las partes involucradas en un conflicto. Es importante que se ponga especial atención a la inteligencia artificial pues lo mismo que tiene el potencial para mejorar la vida cotidiana, lo tiene para crear peligros. La diplomacia multilateral tiene una tarea sustancial a fin de lograr que se alcance lo primero y se evite lo segundo.

    El multilateralismo es la mejor herramienta para abordar los desafíos globales que enfrentamos hoy en día. La diplomacia debe fortalecerse para promover la cooperación internacional y la búsqueda de soluciones conjuntas. Es en los organismos internacionales en donde la diplomacia podría contar con sus mejores recursos, vis a vis la diplomacia centrada en la fuerza de las naciones, porque eso supone necesariamente acuerdos leoninos para las terceras partes, como sucede en los acuerdos entre Donald Trump y Vladimir Putin, en detrimento de los intereses de Ucrania.

    Epílogo

    La diplomacia es un instrumento indispensable para la construcción de un mundo pacífico, justo y sostenible. En un mundo cada vez más complejo e interconectado, esta disciplina se vuelve crucial para enfrentar los desafíos que acechan. Por ello es necesario su fortalecimiento, adaptándola a las nuevas realidades del siglo XXI, a fin de asegurar un futuro mejor para las generaciones venideras.

    Aunque han surgido denominaciones que utilizan el concepto de diplomacia para calificar los vínculos de nuevos actores de relaciones internacionales en el entramado de contactos que dan vida al concierto mundial, lo cierto es que predomina la falta de precisión en ellos ya que no se alude a la esencia de la diplomacia en todos los tiempos: la negociación, realizada desde principios del siglo XIX por un cuerpo de profesionales específicamente entrenados para esta tarea.

    De manera similar se habla de distintos tipos de diplomacias adjuntando el terreno o el tipo de labor como si se tratara de algo nuevo, pero lo cierto que esos terrenos existen desde muchos años atrás.


    [1] El término de Paz de Westfalia se refiere a dos tratados de paz: de Osnabrück y Münster, que se firmaron el 24 de octubre de 1648, , en la región de Westfalia, con los cuales se dio fin a la guerra de los Treinta Años en Alemania y la guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos. Los principales personajes en la firma y negociación de los tratados fueron el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (Fernando III de Habsburgo), la Monarquía Hispánica, los reinos de Francia y Suecia, las Provincias Unidas (Países Bajos) y sus respectivos aliados entre los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico.

    [2]Ver Seib, Philip. The future of diplomacy. Polity Press, United Kingdom 2016, pp.19-

    [3] González Olvera, Pedro. “Las nuevas formas de la diplomacia”, Anuario Mexicano de Estudios Globales, Universidad del Mar, Vol. 1, Núm. 1, 2023, Huatulco, Oaxaca, México, pp. 273-299.

    [4] Ruiz Cabañas, Miguel. “Al borde del abismo: Détante”, El Heraldo de México, 25 de marzo de 2024. Paréntesis nuestro

    [5]Albín, Gustavo.  Discurso pronunciado por el Día del Diplomático Mexicano. Fotocopia. 8 de noviembre de 2018.

  • Literatura policiaca en México: 2 visiones

    Literatura policiaca en México: 2 visiones

    Iván Farías / Héctor Fernando Vizcarra

    La Revue L’autre Amérique, publicada en Francia y coordinada por Luis Samaniego, dedicó su número 10 a la Novela policiaca latinoamericana (Le polar latino-américain) e incluyó colaboraciones de Iván Farías y Héctor Fernando Vizcarra. Se presentan a continuación, con la autorización de los autores y de la revista, las versiones originales en español de esas colaboraciones .


    1. México noir, una antología a la mexicana. Iván Farías

    Comencé a barajar la idea de una antología de género negro luego de conocer la increíble editorial neoyorkina Akashic Books que hacía antologías de cuentos policiacos dedicados a sitios y países específicos. Mi sueño era hacer un libro que, con mucha suerte, pudiera ser comprado por ellos y traducido al inglés. Luego supe que esto ya lo había logrado Paco Ignacio Taibo II con la antología Mexico City Noir, llamada en español, México negro y querido y en francés simplemente, Mexico noir.

    En aquel tiempo tenía una buena relación con Nitro Press, una pequeña editorial mexicana y logré convencerlos de hacer dicha antología. Más allá de mis deseos, al ser un lector voraz de policiaco además de librero, lo cual me daba acceso a las novedades editoriales, sabía que había mucha gente escribiendo el género. Mauricio Bares, el editor, finalmente aceptó publicarla bajo mis reglas, que no eran tan complicadas. Iba a ser realmente de policiaco, no de cuentos que parecieran policiaco, como sucede comúnmente en México. Iba a buscar a gente de toda la república y cada uno le iba a pedir un cuento. De algunos ya sabía cuál era el que quería, otros me dieron material inédito. Finalmente, no iba a haber cuotas de ningún tipo, la idea era mostrar lo que realmente sucedía en ese momento.

    En general, el mexicano no sabe distinguir muy bien lo qué es una novela policiaca. Muchos creen que si tiene un muerto es policiaco. Esto es debido a que, durante muchos años, el género sufrió el estigma de ser catalogado como literatura desechable, por lo que es poco apreciado. A diferencia de países como Argentina o España, por hablar del ámbito hispanoparlante, donde sí se tiene más conocimientos de lo que trata. Borges y Piglia fueron editores de sellos de policiaco, por decir lo mínimo.

    Así, fui recopilando el material y los permisos de gente como Francisco Haghenbeck o Imanol Caneyada, y teniendo las negativas de otros que no querían salir en una editorial pequeña, o que sentían que sus cuentos ya habían sido muy leídos, (como fue el caso de una autora). Finalmente reuní 27 relatos, de gente del centro y del norte del país. En su mayoría eran hombres, y un par de escritores del sur del país.

    El impacto fue bastante positivo. La editorial creó una colección de género negro, edito una antología ahora de Latinoamérica, donde yo participé de coeditor. También me abrió la puerta para poder hablar sobre él en universidades de Estados Unidos, Chile y España. Eso sí, nunca la compró Akashic Books pero no pierdo la esperanza de que algún día haga algo con ellos.

    2. Novela negra y campo cultural en México. Héctor Fernando Vizcarra

    Que un género literario tenga cierta popularidad no siempre implica su lectura crítica ni el intercambio de perspectivas entre distintos sectores del campo cultural, principalmente entre el espacio académico y los festivales especializados. Por ejemplo, las literaturas policiales en México estuvieron desvinculadas de la crítica académica durante todo el siglo XX, mientras que en el campo literario de creación difícilmente existía una noción de conjunto. Sin embargo, a principios del XXI, investigadores como Vicente Francisco Torres y Miguel Rodríguez Lozano iniciaron una serie de análisis cuidadosos de la narrativa policial y negra a través de su historización y del impacto de ciertas obras ahora canónicas: El complot mongol, Ensayo de un crimen, Días de combate, entre otras. No es que antes no hubiera estudios dedicados a esos textos, sino que eran considerados como obras atípicas dentro del espectro literario mexicano; es decir, sin que existiera aún un concepto de tradición genérica.

    Con el auge de la producción literaria que representaba la violencia en la década de los 2000, la crítica debió incorporar como objeto de estudio novelas recientes de autores y autoras de distintas regiones del país, la mayoría de ellos cercanos al género negro. Así, en pocos años se dio un aumento significativo en los análisis teóricos sobre el policial, desde tesis de licenciatura hasta trabajos elaborados por investigadores consagrados. En otras palabras, la literatura policial dejó de ser una anomalía largamente ignorada para volverse uno de los asuntos más examinados en las aulas y en los libros.

    Esa inercia dentro de la academia se fue dando simultáneamente entre quienes escriben novela policial y, en poco tiempo, ha habido un reconocimiento recíproco, lo que ha derivado en el fortalecimiento de su divulgación. Congresos, ferias del libro, jornadas de estudio, colecciones editoriales, antologías, cursos y talleres son ahora frecuentes gracias a que los interesados en el tema no han dejado de señalar la vigencia del género negro. Personalmente, he asistido a varios de ellos, como público, ponente e invitado, y me sorprende tanto la fraternidad como el compromiso de quienes están involucrados en la organización de estas actividades que son, por otra parte, cada vez más solicitadas y exitosas en términos comerciales e intelectuales. A final de cuentas, más allá de la especificidad de los encuentros, lo esencial es que en ellos se genera un diálogo imprescindible para intentar comprender la actualidad de México en toda su complejidad.

    Como autor he tenido la oportunidad de asistir a la Semana Negra de Querétaro, en octubre de 2023, y a la Guía Roja, en la Feria del Libro de Ciudad Juárez, en junio de 2024. Gracias a esas reuniones he conocido a autores sobresalientes como Adán Medellín, Bernardo Fernández, Macaria España, Manya Loría, Omar Delgado, José Juan Aboytia, Ivonne Reyes, Edgar Contreras, Carlos René Padilla, Elpidia García, Héctor Arreola, José Salvador Ruiz y Ricardo Vigueras. A todos ellos, amigos y colegas, les agradezco sus enseñanzas, los tragos compartidos y las pláticas que seguimos extendiendo sobre el noir mexicano.  [ C ]

  • Lázaro el Poeta

    Lázaro el Poeta

    ¿Acaso se ha dicho que Lázaro era un monje?, ¿acaso piensas que era un santo?, no por cierto. Había que verlo en Betania antes de su muerte y de su tragedia recorriendo calles polvosas y buscando agua en los aljibes como cualquier otro vecino. No tenía nada particular, ni siquiera un aura mística o uno de los carismas que señalan a los hombres espirituales. Era más bien, pedestre y soez. Vestía como cualquier otro betanita, una túnica de lana burda sujeta con un cordel mugroso; su barba era ensortijada y ligeramente canosa. Como todos se sobaba los pies al término de las intensas jornadas de trabajo, que betanita y todo debía de matarse en el trabajo o se moría de hambre.

    Así que era de lo más común verlo dormitando en los poyos, echando camorra con otros canallas locales o bien, visitar furtivamente una casa a las afueras, camino del Jordán, donde un mercader fenicio ofrecía los dátiles que lograba tener el que mejor pagara por ellos –los dátiles por supuesto son metáforas, que entienda el que pueda—.

    Lázaro caminaba todos los días y no ponía demasiada enjundia en ello. El árido paisaje de ese lugar, con un pequeño olivar en el norte, unas inmensas piedras calizas al sur y un horizonte infinito de dunas y arenisca no sólo eran su universo sino su propio desdoblamiento. Lejano y árido, pero una vez alcanzadas las riberas del Jordán pecaminoso y presto a las simonías.

    Pese a todo era solícito. Con todo, buen hombre.

    Así pasaban sus días. Guardaba un rebaño de su concuño que lo zahería con bastante malevolencia diciéndole que, si no fuera por él, Marta y toda su familia se morirían de hambre. Lázaro se exasperaba, quería matar al concuño, pero en el fondo sabía que era cierto, ante lo que agachaba la mirada y calmaba sus furores asesinos. De hecho, Lázaro era el hombre más tranquilo del mundo, el que no se mete, no agrede y no dice nada de nadie. Debido a ello, el pueblo murmuraba que el rabí debía de estar un poco botado por elegir de entre todas las opciones, la casa de Lázaro.

    En ese punto es preciso decir dos palabras. A Lázaro en realidad le gustaba mucho escuchar al joven carpintero, pero le enojaba profundamente que se apareciera sin avisar, como si fuera su acreedor o rentista. El rabí era un gran hombre, puede que un santo, pero no contaba que una legión de seguidores podía poner en aprietos cualquier logística. Había que escanciar jarrones, barrer los patios, colocar esteras, retirar el rebaño y hacerse de palabras con esa pequeña tropa que exigía todo: un poco de aceite para mi niño, si me permite pasar a su baño, si me dejara amarrar mi burro aquí en su pesebre. Era molestísimo y, además, les costaba un ojo de la cara, a ellos es decir, porque sabido era que el rabí y su pequeña tropa de alumnos eran más pobres que su ropa. El único consuelo del cansado Lázaro era oír al rabí. Eso compensaba todo, porque escuchar al amigo, Lázaro emprendía una caminata más acuciosa en su interioridad.

    Su vida transcurría pues sin mayores altibajos hasta la nefasta mañana de su tragedia.

    Esa mañana se vio inmerso en un espacio tan desmesurado que no tenía una referencia concreta para ubicarse. De golpe desaparecieron los macizos calcáreos, los yerbajos y las manadas de cabras que sus vecinos solían encargarle. Sin saber bien a bien porqué de esa condición cayó en cuenta que no requería pensar en el lugar donde se encontraba sino más bien, encontrar a alguien que pudiera dar testimonio de su andar en el cielo.

    ¿Cómo supo que estaba en el cielo?, me dirán airados y escandalizados los teólogos y otros porfiados estudiosos. La respuesta no la saben, ni siquiera yo que lo conocí, puede que mucho menos el rabí. ¿Quién podría saberlo? Lázaro tan solo quiso caminar como todos los días, pero al saltar de su estera ya no había espacio ni lugar, sino una inmensidad carente de precisión, ni intangible ni ilusoria sino presencial. Un ámbito de su corazón.

    —¡Hey! ¡Mira! Estoy en el cielo –comenzó a gritar—.

    Y Lázaro, a punto de rendir su testimonio particular siente una fuerza indefinible doblarlo por las rodillas. El golpe lo tira al suelo (es decir, al inefable suelo del ámbito celestial). Siente que cae sin detenerse, sin poder meter las manos, absorbido por la sinergia de los cuerpos cósmicos a lo largo de campos gravitacionales que van clamando en su caída ¡Lázaro!, ¡Lázaro!, ¡Lázaro!, y lo atolondran, porque todas las caídas son inenarrables pero no infinitas. Luego vino el golpe decisivo de cosa seca en una tabla de madera: en un cajón.

    Entonces la Voz.

    Mientras caía Lázaro la escuchaba como susurro, pero al dar el golpe final sonó tal cual: fuerte, santa, inmortal. No le invitaba, aunque tampoco se diría que le exigía. Lázaro daría cuenta después, en sus memorias inéditas, que fue como si al sobrevenir la enunciación, las cosas en efecto se hicieran reales.

    — ¡Deja de caer!

    — ¡No Señor!, que yo quiero seguir allá arriba.

    Pero la Voz, perentoria, fue omnipotente.

    — ¡Lázaro!, ¡camina!

    Al tercer día veía al mundo como si estuviera detrás de un cristal sucio e infame; todo le parecía falso, vano, carente de vida. Primero se restregó los ojos con agua de pozo y se puso cuantos remedios le proveían los comerciantes de Judea, pero luego, resignado, supo que sus ojos estaban enfermos y no había manera de componerlos, tal no había modo de volver a observar la intensidad de colores que forman la vida.

    — ¡Lázaro! –le dijo la constreñida Marta, puesto que María abandonó cualquier intento de persuasión bien pronto—, hermano querido. ¡Estos son los colores de la realidad! Y para convencerlo le ponía enfrente una pluma de cuervo, una caña blanquísima y aún llegó a convencer a una muchacha núbil que le mostrara el indefinible y exquisito color de sus pechos. Pero Lázaro siguió obstinado.

    — No hermana. Estoy enfermo. Este mundo es gris y apesta. Los colores están aguados y agradezco tu tiempo y tus ganas de ayudarme, pero no lo podrías comprender. ¿Cómo podrías si no has visto los colores del cielo? ¡Yo que estuve en el cielo…! Y comenzaba un lamento tan insoportable que primero fue su familia, pero al paso de las semanas fue expulsado de su casa y condenado a caminar lo más lejos posible de Betania. A cuantos le pararan en los caminos les repetía incesantemente que había estado en el cielo, que había visto los colores de la realidad, que el mundo que creían conocer era una sombra ni la mitad de grandiosa de lo que sus ojos habían visto; que estaba enfermo, que por favor alguien le atravesara con una espada porque no quería seguir viviendo.

    Lázaro: se convirtió en el portavoz de lo exquisito y lo inenarrable. Algunos dicen que fundó una secta.

    Yo solo te puedo sugerir que camines como Lázaro.

    Recuerda que es el padre de todos los poetas. [ C ]

  • Iluminaciones

    Iluminaciones

  • Cuento navideño

    Cuento navideño

    A Pedro Alcántara, el amigo imprescindible mandado por la providencia

    Era la primera Navidad que la numerosa familia iba a transcurrir sin el patriarca de la casa quien, por los inescrutables designios del Señor, había sido arrancado de la vida terrenal apenas cinco meses atrás y todo parecía indicar que la tristeza habría de asentarse inmisericorde en los ánimos de los diez huérfanos ‒había un onceavo que estaba en camino‒ y de la joven viuda. Sin embargo, la fe en Cristo decía que no se trataba de una desaparición trágica sino del gozoso encuentro de un alma pura con su creador. Era esa la creencia y no había por qué dudarlo, es más, desde las alturas divinas habrían de decretarse las acciones para dotar de lo necesario a esta familia que, ahora sí, tenía que salir adelante por cuenta propia. El problema, si es que podía considerarse como tal, es que no había dinero para celebrar el nacimiento del niño Jesús como había sido la costumbre. Y siendo honestos, también escaseaban los recursos materiales para la manutención de tanta criatura. En fin, Dios seguiría proveyendo como había venido haciéndolo desde que la muerte irrumpió en el ámbito familiar.

    Así como pintaban las cosas en ese mes de diciembre de 1956, la idea de satisfacer los deseos de los niños se antojaba imposible. Habían de comprarse muñecas, carritos, patines y demás juguetes para colmar los sueños de los infantes. Al mayorcito, aún adolescente, podía convencérsele de que su regalo consistía en pertenecer a un hogar pletórico de amor, mas ese argumento se caía con los más pequeños quienes, sin decirlo abiertamente, entendían que a su papá lo había requerido el Señor y que, estando ahí junto a Él, disponía de las facilidades para que los regalos se materializaran.

    El árbol y el nacimiento naturalmente se pondrían con el esmero y la algarabía que imponía la festividad. Se elevarían los cantos que entonaba el coro familiar con más entusiasmo que precisión, aunque eso no importaba mucho, ya que en esas músicas natalicias iba impregnado el recuerdo del padre ausente.[1] Para el adorno de las paredes desnudas de la casa había varios ángeles de petate que podían reutilizarse. También se dispondrían las habituales flores de Nochebuena y las bateas con frutas a las que se les intercalaban esferas verde y oro. Cántaros de barro servirían para acomodar las velas a manera de rudimentarios candelabros. Era imprescindible llenar de luz el enorme hueco que había dejado la desaparición física del patrón de la casa. El oloroso pino que debía presidir la sala del hogar volvería a engalanarse con unas originales ramas de níspero engarzadas con más Nochebuenas, amén de las esferas coloradas que sobraban de las navidades pasadas. Lo mismo sucedería con la confección del nacimiento. El diminuto pesebre se acomodaría sobre el lecho de heno y musgo que los niños, cuales topógrafos en ciernes, desplegarían con su profusión de crestas y valles entre el árbol y la chimenea. Era la disposición del nacimiento la actividad que mayor expectación causaba. Había puentes que se situarían sobre las corrientes de agua realizadas con papel de estaño. Para simular un hipotético lago se contaba con un espejo, cuyos bordes se cubrían con el musgo. Sobre su inmaculada superficie irían algunos patos y cisnes. Pastorcillos, vacas y ovejas en miniatura eran parte del arsenal que se ponía primero, antes de emplazar a las figuras de mayor relieve de la composición. Los Reyes Magos se colocaban en las cercanías del pesebre que, como era la norma, había de ocuparse por San José y la Virgen María y, un burro echado a sus pies. La figurita del niño Dios habría de aguardar su colocación hasta el día exacto de su alumbramiento.

    En cuanto a la cena, la joven viuda imaginaba que habría de cocinar varios guajolotes rellenos, sendas ensaladas y el pastel de navidad de rigor, mas la pregunta se trillaba: ¿Con qué dinero, Señor?… Costaba mucho trabajo pedir ayuda a los amigos que se habían ofrecido a brindarla, pues ya muchos la habían dado espontáneamente. Sólo así se habían resuelto las premuras de muchos días en que no había un centavo para alimentar a la extensa prole. La viuda se había puesto a elaborar arreglos florales y sí, de vez en cuando lograba venderlos, pero lo recabado a duras penas alcanzaba para pagar la renta de la casa. En momentos de verdadera angustia había pensado en mudarse a una morada con menos cuartos, aunque hubieran de apiñarse más los niños, pero la renta que se pagaba por ella era, de suyo, bastante módica.  El casero era una persona decente que se había condolido de la desgracia, consintiendo que las rentas no se incrementaran y que a menudo se retrasaran. Y en Pátzcuaro, ya se había indagado, no era tan fácil conseguir un alojamiento con las características que se requería. 

    ¡Qué amargo era recordar los días donde no había habido privaciones y dónde se había vivido en pos de criar con total dedicación a los hijos que aparejaron tantas bondades con sus natalicios! Era cierto que cada uno de ellos traía su pan bajo el brazo puesto que, conforme se fueron sumando, las posibilidades de trabajo para el marido se habían acrecentado. Empero, llegó el tiempo en dónde él hubo de buscar mejores medios de subsistencia optando por emigrar a los Estados Unidos. El trabajo que obtuvo fue como catedrático de música en una universidad de Nueva Orleans, desde donde alcanzó a mandar dólares para la creciente descendencia. Lamentablemente las presiones del nuevo empleo en la Loyola University ‒además de la carga académica había de encargarse de la preparación de los coros universitarios, de la titularidad de organista de la Catedral de Saint Louis y de la dirección de la facultad de música como decano‒, se interpusieron en la senda emprendida y en un viaje relámpago a México, un infarto masivo se lo llevó en un santiamén. Lo único que se halló entre su ropa fueron seiscientos pesos. Nadie había previsto la necesidad de adquirir un seguro de vida ni de ir haciendo un ahorro para eventualidades.

    Por otro lado, el oficio de músico y sobre todo el de compositor, dependía de muchos factores que no siempre tenían que ver con el talento y la capacidad; destacaban entre ellos las relaciones sociales en sus nexos con la burguesía. Y para ser francos, el señor músico había preferido dedicarse a trabajar con ahínco en su misión, dejando de lado el cultivo de los vínculos con los poderosos, máxime cuando en la cúpula del poder se denostaba a los individuos que profesaban la fe católica, tan incorruptible como había sido la suya. No era casual que para el bebé póstumo que habría de ver la luz en los primeros días del año nuevo, se hubiera escogido el nombre de Cristián.

    Una fría mañana en plenos albores del advenimiento santo, después de una noche mal dormida donde la joven viuda no dejó de quebrarse la cabeza pensando cómo resolvería las carencias inmediatas, entraron en jubiloso tropel los niños menores. Con sus caras de pingos y en el culmen del entusiasmo infantil le recitaron en coro: “¿Sabes mamá?… estamos pensando que como papá ya está en el cielo vamos a tener esta Navidad unos regalos pero bien bonitos.” Con un nudo en la garganta no atinó a decirles que no estaba segura de que los dones celestiales pudieran llegar a tiempo. Era complicado para su papá interceder con Dios cuando había tantos asuntos importantes de los que había de ocuparse. Para sus adentros musitó con cierta desesperanza: “Miguel, ellos esperan regalos, ayúdame por favor.”

    Unas horas después se apareció al improviso una hermana de la viuda que llegaba de Morelia para darle un sobre que le había confiado, en circunstancias extrañas, el Padre Manuel Ponce, homónimo y primo del compositor. El Padre Ponce aceptaba haberse aprovechado del viaje a Pátzcuaro de la involuntaria mensajera, puesto que él no podía hacerlo antes de enero y era vital que el sobre se entregara a tiempo. La hermana refirió que el Padre Ponce acababa de regresar de un viaje a Roma, donde había coincidido con el obispo de San Salvador quien, por una milagrosa coincidencia, había sido amigo del difunto cuando éste había estudiado música sacra en la Ciudad Pontificia. Al abrir la carta, las palabras del obispo se magnificaron ante los ojos, incrédulos y rebosantes de lágrimas, de la viuda. Se leía, literalmente: “Esta mañana, por encargo de Miguel, envío a usted cien dólares para los regalos de Navidad de sus hijos”. [ C ]


    [1] Se recomienda la audición del villancico Mañanita de invierno compuesto por Miguel Bernal Jiménez (1910-1956), el marido difunto, así como del Aleluya de su pastorela ballet Navidad en tierra azteca.

  • InVieRnO 2024

    Tiempo de Corea

    Leandro Arellano

    Corea es hoy un referente para el mundo. El éxito mundial de su cinematografía, de sus expresiones de música pop, así como su convulsa situación política reciente son acicates observar de cerca este país. La reciente obtención del premio nobel de literatura, por parte de Han Kang, ha catapultado las letras de ese país hacia el mundo, aunque ello no es novedoso como aquí se explica. [ LEER ]

    Homenaje lírico a don Francisco de Quevedo

    Mario Serrano

    Que manera estaría pendiente para abordar al máximo escritor español del siglo de Oro ?. Pocos serían los reductos, sin embargo Mario Serrano nos presenta un singular mélange donde discurren sus aportaciones a la literatura española, incluyendo la poesía, la narrativa, el teatro, así como sus textos filosóficos y humanísticos. [ LEER ]

    Beatriz Sarlo: Punto de Vista imperecedero

    Héctor Orestes Aguilar

    Beatriz Sarlo escribió entre las líneas definidas por Montaigne: los bordes, donde la extremidad sirve de límite, parada y guía, y la senda de en medio, amplia, abierta y predecible. Su accionar confirmó que si bien es más cómodo optar por lo segundo, también es menos noble y menos recomendable que lo primero. Como nos dice este texto, ella lo subrayó muchas veces antes de su partida. [ LEER ]

    Argelia y el embate de las Letras

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    Argelia captó atención recientemente, tanto por el resultado de las elecciones de septiembre pasado como por el embate a algunos escritores oriundos del país más extenso de África debido a la temática de sus obras, lo cual ha generado una gran polémica, además de un giro revisionista a episodios de la historia argelina reciente. [ LEER ]

    NOX e ISHMAR

    Jorge Valdés Díaz-Vélez

    El diplomático y poeta galardonado por diversas instituciones comparte dos obras inéditas a los lectores de cambiavías.

    [ LEER ]

    La utilidad de las Cumbres Internacionales

    Pedro González Olvera

    Conforme la convivencia en la palestra internacional se complica, surgen cuestionantes respecto al mejor tipo de diplomacia que mitigue el estado actual de las cosas. Así, las denominadas Cumbres Internacionales se han posicionado como vías aparentemente expeditas utilizadas por los países para negociar y lograr acuerdos. [ LEER ]

    RevisionEs & CreacionƎs

  • Una carrera de 10 Kms. en Addis Abeba

    Una carrera de 10 Kms. en Addis Abeba

    El noruego salió como bala. Lo siguió el diplomático mexicano. A eso fue, a correr.

    Pero a pesar de su convicción, cargaba una cara… una cara que hay que molestarse: cara inocultable de desconcierto. Tras ellos, vendría la pléyade de nacionalidades: chinos, güeros, rojos y negros; rusos, árabes y holandeses con algún distintivo para mostrar frente a las masas etíopes. Erigiendo el cariño por su país. Esa fue la salida de la Gran Carrera de Addis 2024, famoso evento del noviembre etíope, que invita a todos los diplomáticos a sumarse a una fiesta. Así que… a correr.

    Algunos pocos entre ellos, avanzaban con intención de mostrarse atléticos y en forma. Otros se reunían ahí por el gusto, tan sólo, de estar presentes. Evitando sofocarse en las calles selectas de Addis Abeba, caminarían despacio la distancia que mejor les pareciera. Podrían quedarse en un café; desistir, llamar a un chofer o un amigo e irse temprano a sus aburriciones del fin de semana. Canadá, Nueva Zelandia y dos americanos de rango menor se distinguían con ganas. Un chargé d´affairs de Japón y la segunda secretaria de Luxemburgo decidieron hace la prueba juntos. Brazo con brazo… Sonreían.

    Apenas 100 metros adelante, vino la realidad. El carril especial para diplomáticos se unía ineludiblemente con la calle principal, la avenida Ras Mekonen, ahora en manos —y bajo los pies— de los corredores locales: 51 mil etíopes ataviados con camisa amarilla; una cifra de espanto. Es una de las carreras más tumultuosas del mundo. La organiza, entre otros, el dos veces medallista de oro en Juegos Olímpicos, Haile Gebreselassie, apoyado por otras renombradas gacelas de fama atlética mundial. Etiopía es de corredores y para corredores. Su gente simplemente corre.

    Gebreselassie y sus amigos estrellas, unidos en lo alto de un puente peatonal, habían dado un banderazo de salida; señal que el mexicano no escuchó. Tras ella, los competidores de elite se habían lanzado en estampida. Zapatillas voladoras que parecen flotar sin disturbar el sueño del pavimento aun sereno y en silencio. Querían romper los 28:13 minutos, el record de la prueba. Tras ellos, avanzaría la hecatombe que zigzaguea vibrante… la marabunta amarilla.

    El mexicano pierde de vista al noruego. Lo ha devorado la marejada de pueblo gritón, apestoso, jadeante. Es el olor rancio del sobaco dejado en un lánguido añejamiento. A la par de su trote, muchos asustan el aire imitando monos gelada como silbatos agudísimos machacados por el chasquido de una tijera. El juego de gritos y respuestas —quizá una risotada ocasional— seguirá imparable durante toda la carrera. De pronto, dos competidores con zancos, tan altos como los pasos a desnivel, distraen al diplomático mexicano. Ellos gritan también como monos desde arriba. Un desquiciado, abajo, pretende lograr la distancia con aletas y visor de buzo.

    El mexicano sabe que se comienza a correr despacio o la carrera habrá de cobrárselo. Todos lo manuales serios para una preparación adecuada en carreras de medio y largo fondo recomiendan, sobre todo, controlar ese punto preciso: la arrancada, los gritos, la desmesura. En este caso, los primeros kilómetros son en descenso. Invitan a apresurar la marcha. Es una paradoja: entre mejor se entrena, mejor se siente el cuerpo. Propone fácil romper el programa y acelerar. La razón fría, el autocontrol, deben superar ese fantasma que habita en un rincón de la cabeza exaltada. Pero el cuerpo pervierte al alma durante las primeras zancadas: “estás corriendo increíble, ¿por qué no intentas un mejor tiempo? Inténtalo: alcanza al noruego… Tras él”. Solo se tienen unos pocos kilómetros para equivocarse y regresar al trote programado; si no se corrige, la carrera será dolor.

    El diplomático mexicano no está informado sobre la prueba. Solo entiende que la raza etíope es única. Están hechos para devorar terreno con ese vibrar de las manadas de ñalas exhibiendo sus elegantes zancadas. Recibió su paquete de participante apenas dos días antes; increíblemente económico; sólo costó 10 dólares. Contenía carta de inscripción, una camiseta amarilla canario, el número 504 con detector electrónico, un pase para la zona exclusiva dedicada a diplomáticos y organizadores, y algo de publicidad sobre turismo en Etiopía. Incluía ese indispensable panfleto sobre próximas carreras. Fuera de una marca de refresco azucarado, anunciado múltiples veces, ninguna información sobre alimentos y bebidas energizantes y supersaludables como es costumbre en estas pruebas. Esos productos no se consiguen en el país y los atletas de Etiopía dependen de un licuado a base de “beso” (cebada casera tostada en polvo). Lo mezclan con miel, hierbas y, en algunos casos, leche. Tampoco contenía algún consejo sobre cómo acercarse a la zona de salida, la cantidad de corredores, la forma en que se otorgarían los resultados, nada.

    Para el kilómetro dos, el mexicano reconoce varios francotiradores en las azoteas contiguas. Parecen almenas movedizas, grises. Cabecean fatigadas y se apoyan, mano sobre mano, en sus rifles CS/LR traídos de China. Piensa en la seguridad que debe preservarse en un evento con una monumental cantidad de gente. El país tiene grupos rebeldes, guerra interna, terrorismo. En el edificio de enfrente, el mexicano reconoce otro grupo de francotiradores. Platican y revisan aburridos sus celulares. Recuerda lo difícil que le fue ingresar a la zona de la explanada Meskel, la gran plaza de la Cruz y punto más céntrico de toda Etiopía, para encontrar su sitio entre los diplomáticos a fin de estar listo a la salida. Lo detuvieron 4 retenes, checaron con cuidado y escasez de humor cada uno de los detalles: su número, su pase VIP, su identificación, su gorra donde lucía una pequeña bandera mexicana con los colores verde blanco y rojo y el escudo nacional. Incluso metieron mano a su cangurera de cintura con unos pocos billetes locales horriblemente desgastados. El mexicano no sabe si esos billetes llegarán intactos a la meta o se diluirán al contacto con su sudor.

    Kilómetro cinco, media carrera… Le llega otro empellón; han sido ya muchos. Más de lo común. Quizá lo merecía por tratar de cortar camino por la acera derecha. A lo largo de la prueba serán 20 de estos empujones. No los contará, pero no está exagerando. Los etíopes son físicos. Se muestran con brazos, olores, gritos. No ceden una calle, un resquicio que consideran suyo. También son muchos, muchísimos. Las abejas en un enjambre tupido saben que volarán aporreando sus alas contra las compañeras del panal. Es normal. No por ello pelean. Los empellones no afectarán el entusiasmo: la invitación a diplomáticos y muchas otras personalidades, se realizó pensando que se trata de un convivio. Es prueba de amigos. No hay mejor cosa que hacer. Permite recorrer las pocas calles aceptables de una ciudad destripada por el proyecto más ambicioso de construcción de anchas avenidas que llevarán el título de “corredores maestros”.

    Otro empellón. Intercambio de sonrisas. Viene la primera subida. Ahora puede ver con mejor perspectiva al frente. Lo aterroriza el infinito río de gente amarilla: “el Nilo amarillo” nace allí; también hiede. El rufo rancio de la gente se incrementa a un nivel de escándalo. Amenaza estallar como lo haría el gas propano. Es un río de energía latente: se vive, se escucha, se mete al cuerpo. De nuevo, gritos de mono. Un río avasallador como las montañas y nubes de este país. Una serpiente de infinitas escamas asciende retorciéndose. El mexicano recuerda que la famosa exploradora Rosita Forbes llamó “monstruosas”, por magnificas, las bellezas monumentales de Etiopía. Ella consideró que las rocas en las montañas Simen eran las piezas de ajedrez que dejaron los dioses cuando se aburrieron de jugar.

    Le despierta otro empellón: este lo ha propinado él a una corredora. Una joven excepcional por su grueso cuerpo: redondito. En Etiopía la finura de rasgos y el cuerpo esbeltísimo, muchas veces esquelético, es tan mandatorio como tener nariz, como respirar. Nadie escapa de la flacura famélica. Ella es diferente, de piel afro y cabello crespo, pero quizá extranjera. Se cruzó como esperando un impulso en su espalda ante una cuesta que es más agreste de lo esperado. El mexicano resiente también la subida. Jadea. Ha corrido demasiado rápido. Kilómetros superados a un ritmo de 5:10 o 5:15 minutos. No es su ritmo. No tiene edad para ese nivel de esfuerzo. Hay que reducir la velocidad. Ahora se gana un empujón en la espalda de un corredor gritón. Le sonríe, le saluda. Ambos ríen.

    Al final de la cuesta, su reloj informa que el kilómetro seis lo hizo en más de siete minutos. La subida es atroz. Continúa. Silencia a las masas que ascienden. No más gritos de mono, solo el ahogo rítmico de una enorme branquia colectiva. El pez está fuera de su agua. Él se siente un poco ridículo. A su derecha pasan saludando el japones y la de Luxemburgo: codo con codo, tienen una cara de felicidad inaceptable en esa cuesta. Por puro orgullo se ve obligado a acelerar. Buscando su espacio entre la masa de gente se gana otros dos empellones. Piensa en un concierto de música Punk donde aventarse contra el prójimo es parte del disfrute.  

    La Gran Carrera de Addis Abeba reserva los últimos dos kilómetros para un prolongado descenso. Euforia de unos y otros. Ocurre en una avenida espaciosa con un tren ligero al centro. Esa obra fue construida entre 2011 y 2015 por el China Railroad Group Limited. Ahora ya solo le quedan dos o tres trenes servibles. Un etíope espera 50 minutos para poder tomarlo. La gente prefiere caminar, quizá correr. Ahora 51,000 personas inundan la avenida alrededor del tren: parecería un enjambre de hormigas superando un esqueleto seco de lo que alguna vez fue un conejo.

    El entusiasmo regresa al diplomático mexicano. Hará un buen tiempo. La meta está a la vista. Todos a su alrededor sacan sus celulares y se disponen a filmar su propia llegada. Él piensa en hacerlo también. Con el celular en la mano alcanza una zona semi-alfombrada en plástico grueso. Ahí se erige un inflable enorme con la palabra “Finish” (parece también escrita en amhárico). Cruza y detiene su cronómetro. Tiene que parar en seco. Bajo esa sombra, la marabunta se ha detenido y forma un atascadero de cuerpos y sudor. El olor ya no es molesto, es costumbre. En cambio, la necesidad de tomar un “selfie” bajo el inmenso letrero de “Finish” le motiva. Se rinde al impulso egocéntrico. No puede avanzar. Levanta el aparato. No percibe que a sus pies ha quedado un letrero de 30 centímetros de alto de alguno de los patrocinadores. Al retroceder un poco, tropieza. Cae. Su celular resuena contra el piso aun sostenido entre sus dedos que ahora sangran. También hay sangre en su rodilla. El celular aun funciona, solo el protector muestra una telaraña de líneas.

    Los etíopes son muy gentiles para ayudarlo a levantarse. No es para menos: es un extranjero que está aprendiendo los modos de una carrera masiva en la ciudad. Le alcanzan su gorra pisoteada, lo guían, le indican por dónde. Gracias a ello, recoge su medalla de participante que ha completado la prueba, su botella de agua. Ahora encuentra el camino a la zona de diplomáticos. Varios soldados lo saludan. Busca curioso a los francotiradores. Están en posición de disparo. Agazapados como cochinillas o erizos, han dejado de ser humanos: son la artillería robótica de las propias azoteas donde se mimetizan con fierros y letreros.

    Al llegar a la zona reservada, lo reciben el noruego, el japonés y la de Luxemburgo. El primero hizo un tiempo de 45 minutos. Una maravilla. Felicidades. Él revisa su propio tiempo: 52 minutos. Mucho mejor de lo que esperaba; increíble para su edad y la falta de entrenamiento serio. “Tendrás un premio”, le dicen. “¿Y eso, por qué?”

    Le explican que hay premios para los tres primeros lugares e, igualmente, para la rama femenil. Él es el tercero entre los hombres. Preferiría irse: le duelen las manos heridas, la rodilla. Lo convencen de ir a preguntar a los organizadores. Accede. Una joven hermosa de chamarra azul con letras que se intuye que dicen “Etiopía” en amhárico carga unos papeles garrapateados con descuido. Ellos preguntan sobre los resultados y ella afirma en inglés tosco:

    —Primero Noruega, segundo Japón, tercero Italia.

    El mexicano se anima: podrá irse temprano. Un italiano escurridizo le ha ganado.

    Nada de eso. El corredor noruego ha iniciado una fragorosa disputa que bien podría catalogarse de querella internacional. Reclama por la justicia y la equidad entre los pueblos; por el estado de derecho; por la igualdad de las naciones. En la carrera nadie ha visto a ningún competidor italiano y todo esto es “un despojo”.

    —El tercer lugar —levanta la voz aquel noruego de porte atlético invencible—, es del diplomático mexicano. Un mínimo de decencia, ¡caray!

    Gracias a una breve explicación, el diplomático mexicano se entera de lo que había sido la Gran Carrera de Addis Ababa un año antes. En ella, el noruego, mismo corredor, había salido como bala, sorteado la marabunta de corredores locales, el olor y los empellones de abejas empecinadas en semejante panal. Había vencido con prestancia. 47 minutos. Sin embargo, un diplomático italiano le había disputado el triunfo diciendo que había llegado antes. La situación llegó a los insultos. Aquel italiano, un tanto fantoche, había corrido sin número, sin detector electrónico de sus avances durante cada segmento de la carrera. Esa anomalía le impedía reclamar la victoria entre los diplomáticos. Quedaba como un arribista, por muchos gestos que hiciera, por mucho que se declarara víctima de un atraco.

    Un año después, el competidor noruego, afín a pelear por la justicia mundial y abogando por la legalidad en las carreras masivas de Addis Abeba, clamaba justicia para México. No podría venir de nuevo un italiano, un espurio, por muy famosos e influyentes que sean los italianos en Etiopía, a robar su triunfo al magullado diplomático mexicano cuyas manos y rodilla sangran aun copiosamente.

    —¡No hubo corredor italiano! —sentenció el noruego con la firmeza de un juez—. El tercer lugar le corresponde a México…

    Pero…

    La hermosa etíope levanta su mano tímida y señala la mullida gorra del diplomático mexicano.

    —Él es… Italia, ¿o hay error?

    Poco conocedora de los emblemas de las naciones, confundida por los manchones en la gorra, la pobre muchacha del equipo organizador ha confundido la banderita mexicana en aquella prenda sucia, magullada a pisotones, con la bandera italiana. Es cosa fácil explicarle su confusión y todos contentos… bueno, el diplomático mexicano no ha podido ya escapar. Tiene que esperar lamiéndose los dedos heridos, pasando un trapo para secar la herida de la rodilla, a que llegue la ceremonia de premiación. Sube al pódium con gran sonrisa, acompaña a sus colegas noruego y japonés y hasta da una entrevista a la televisión etíope. Desde aquel pódium alcanza a ver la llegada a la meta de uno de los corredores en zancos; maravillosa sorpresa. Aunque el fatigado atleta de los zancos no alcanza a responder, él le expresa con saludos airados su admiración.

    El diplomático mexicano piensa que lo suyo, acá en Addis, es tomar con precaución las carreras. A diferencia del noruego, no es hombre de trotes acelerados para superar la marabunta. Lo suyo es la disciplina, aceptar los empellones, sonreír. Como buen mexicano, habrá de pugnar por mejor organización en las cosas y esperar que eso, tarde o temprano, se logre. Cooperar. Dejar que las cosas fluyan porque cuando fluyen acarician favorablemente a los diplomáticos de rigor y paciencia. Lo suyo es tolerar. Entender, eso sí, que las heridas del camino son, a fin de cuentas, leves y nos las ganamos cuando no hacemos lo que nos corresponde. Se dijo que cuando quieras escapar de un evento, debes pensarlo mejor: esperar un poco, porque quizá la vida, la gracia que pervive entre las venas vivas de las naciones, te espera con un buen regalo para seguir adelante.  [ C ]

  • Ofrenda

    Ofrenda

    Todos volvemos alegres a las sepulturas de nuestros ancestros. Declina el año, muere el mes de octubre y renace el festejo ancestral en la mixteca poblana: el sagrado Día de Muertos. Día en que acudimos y nos reunimos alrededor de la tumba tanto los difuntos que nos visitan del más allá, como los vivos que venimos a venerar y a recordar nuestro antiguo linaje, ya sea desde los Estados Unidos o del interior del país.

    Terminan los últimos días de octubre e inician los preparativos del festejo. En la sala de la casa, las hijas adolescentes encienden su celular con bocina, ponen música de bandas y reggae, elaboran el papel picado colorido: rosa, azul, amarillo, fiusha, blanco, morado, lo engarzan en hilo y cuelgan del techo de la sala. Los niños salen corriendo y se van a cortar al riego los zapotes, limas; de regreso a casa compran jícamas, manzanas, flor y pan. Las mujeres cocinan los platillos o colocan sobre la mesa de madera el mantel reluciente con dos palomas tejidas que emprenden su vuelo en el centro y enlazan la frase: Recuerdo a mi madre.

    Sobre ese altar colocan las fotografías desteñidas de nuestros queridos ancestros: padres, abuelos y familiares. Luego traen de la cocina las cazuelas de barro rojo y vacían en platones, en primer lugar, los platillos preferidos, suculentos: chilate de pollo con hojas de epazote, pipián verde de pepitas con pollo, mole rojo de cerdo con chile ancho, exquisito mole de guajolote espolvoreado con ajonjolí, y un tazón de barro colmado de pepitas y cacahuates asados en el comal. Entre esos platos de comida, ellas distribuyen los shatos triangulares de maíz molido con canela, tortas de pan de muerto, rociadas con ajonjolí, y el pan rojo de muerto con sus brazos cruzados.

    En segundo lugar, el agua lustral que acompaña al alimento: atole de maíz, aguardiente de caña, mezcal del maguey, cerveza o tequila. Y, por último, a esta comida la rodea en las orillas de la mesa la fruta de temporada: zapote verde por fuera y negro por dentro, jícamas blancas, manzana amarilla, mandarina y naranja roja de ombligo.

    A los pies de este altar, integran ramos de flores amarillas de cempasúchil y de terciopelo rojo en floreros con agua. Al lado de ellos, la luz purificadora de las veladoras blancas y velas pálidas hechas con cera de abejas, en sus candelabros.

    Mientras, en el panteón unos hombres encienden su celular, ponen música de banda y cantan, otros cortamos y quitamos el pasto y la yerba en torno a la tumba, la lavamos y repintamos: al centro la cruz blanca, al lado el rojo de los ladrillos y a los costados, el azul cielo.

    Son las ocho de la noche del primero de noviembre, inicia el festejo al interior del camposanto del pueblo. Algunas señoras acuden con sus hijos que cargan flores en los brazos, caminan respetuosas sobre lápidas sin flores y se dirigen a enflorar la tumba de su ser querido. Pasan frente a la banda musical de viento del pueblo que interpreta los acordes de esta canción: El día que yo me muera/ No voy a llevarme nada/ Hay que darle gusto al gusto/ La vida pronto se acaba/ Lo que pasó en este mundo/ Nomás el recuerdo queda/ Ya muerto voy a llevarme/ Nomás un puño de tierra.

    En el otro lado del panteón se halla el mariachi de mi primo Jaime con sus hijos que acompañan con violín y trompetas la canción que interpreta con voz doliente el paisano ebrio que se tambalea con tequila en mano, llanto en los ojos, lentes oscuros, sombrero y gritos sonoros por la reciente pérdida de su madre: Cómo quisiera, ay, que tu vivieras/ que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca/ y estar mirándolos./ Amor eterno,/ e inolvidable./ Tarde o temprano estaré contigo/ para seguir amándonos. Nosotros nos vamos a descansar un rato a casa para regresar en la madrugada a velar las tumbas de los nuestros.

    Así las mujeres, niños y adolescentes en casa y los hombres en el panteón nos preparamos para recibir con fervor festivo y místico cada año a las almas sedientas y amorosas de nuestros ancestros en el panteón de nuestro pueblo. [ C ]