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  • Dos novelas de la Sierra Mexicana

    Dos novelas de la Sierra Mexicana

    Vicente Francisco Torres (UAM-A)

    Uno

    Gerardo Cornejo (1937-2014) publicó, en 1977, una entrañable novela que, pese a su escasa difusión nacional, terminó por tomar su lugar cuando apareció, primero en la Editorial Leega (1987) y, después, en la Colección Lecturas Mexicanas, en 2004. Era muy conocida en el norte de México porque su lirismo daba cuenta de las hermosas y fértiles serranías de Sonora, pobladas de pinos y animales feroces, pero ante todo porque era una novela épica. Ella expuso que los gambusinos, habitantes de la sierra, cuando se agotaron las minas  –la agricultura y la ganadería no fueron suficienteses para permanecer en las alturas–, tuvieron que ganarse la vida de otro modo. Y emprendieron el descenso desde aquel paraíso hacia el desierto hostil en donde se establecieron y fundaron ciudades. En este ambiente sin vegetación bienhechora, en donde el sol era un chorro mercurial, fundaron ciudades que hoy son fronterizas y tienen la tecnología proveniente de Estados Unidos.

    La novela tiene la estructura que le da el viaje (cada capítulo habla de la estancia de los protagonistas en diferentes regiones como la sierra misma, el desierto, las rústicas aldeas, las incipientes ciudades o el mar) y se enriquece con múltiples diálogos y anécdotas que muy a menudo se convierten en cuentos independientes.

    El punto de vista narrativo está dado por los ojos de un niño que no es otro que nuestro autor, quien observa emocionado cómo bajan de la sierra, se adentran en el desierto y, finalmente, descubre el trazo v los hacinamientos de Tónichi, con su incomprensible ajetreo y la ostentación del monstruoso ferrocarril.

    En la segunda mitad de la novela se acaban el lirismo y la mesura –que nos traen ecos de José María Arguedas, Demetrio Aguilera Malta, Ciro Alegría y de la mejor tradición de la novela social— y se acelera la narración con el relato de los padecimientos de los emigrantes que llegan a colonizar el desierto abrasador.

    Es Obligado señalar que, a lo largo de todo el libro, encontramos la presencia avasalladora de los elementos de la naturaleza en dos de sus formas extremas: la serrana, que es edénica, con sus ríos, arroyos, bosques y cañadas, y la desértica, que con su calor atroz, sus alimañas y su vegetación inmisericorde, sabe devorar a los hombres.

    En diciembre de 1983, Gerado Cornejo dio a la estampa El solar de los silencios, un libro de cuentos en el que la sierra sonorense vuelve a surgir abrumadoramente, tal como sugiere Erly Danieri que aparece la naturaleza de nuestro continente: “El paisaje que se intenta colocar como trasfondo, irrumpe a primer plano; la tierra se convierte en personaje central, verdadero protagonista tiránico y dominante; y ya no es el hombre quien describe el paisaje; la tierra invade su vida y acuña su arte.”[1] En efecto, si en La sierra y el viento solo habíamos observado cómo los viejos gambusinos abandonaban la sierra, por El solar de los silencios sabremos que fue la sequía inmisencorde –que alcanzaba un millón de kilómetros cuadrados– la que los obligó a emigrar pues todavía no se iniciaba la construcción de presas ni la lucha contra el desierto.

    Si en La sierra y el viento el lirismo era el interés primordial de Cornejo, en El solar de los silencios se entrega, además, a la exhibición de las penurias de blancos e indios. Para esto vuelve a los recursos ya utilizados en su novela, algo así como las cajas chinas en donde una historia contiene otra, y otra más. Creo que a esto se debe que en sus narraciones abunden los cuenteros, personajes típicos que resultan muy bien dotados con ese rasgo que caracteriza a los hombres de la sierra quienes, acostumbrados a la soledad de las alturas, cuando logran reunirse al amor del fuego, no paran de ensartar una anécdota tras otra. Y ahí está el caso de “El solar de los silencios”, que no es otra cosa que el cementerio al que acude un hombre en busca de una nueva historia de espantos; quiere compartirla con el grupo de bebedores de tumba apaches a quienes ya les habían aburrido las mismas anécdotas.

    Dos

    En 1991, con Contrabando, Víctor Hugo Rascón Banda (1948-2008) ganó el Premio Juan Rulfo de Novela. Sin embargo, la obra se publicó hasta 2008, año en que falleció el autor. Puedo aventurar que así sucedió porque en el libro aparecen los nombres reales de  personajes y algunos episodios que muy bien podían identificar los habitantes de Santa Rosa de Lima, un poblado de la sierra chihuahuense. Rascón Banda fue de vacaciones a su tierra y, en el sosiego de la casa paterna, pretendía escribir el guión de una película, misma que le había encargado el cantante Antonio Aguilar. Pero desde que llegó al aeropuerto de Chihuahua empezó a ver signos del deterioro de la vida que ha traído la peste del narcotráfico. Mientras subía la sierra encontró retenes y, una vez en su terruño, se precipitaron sobre él muchas anécdotas que hablaban de la violencia  y la muerte que se habían enseñoreado de su tierra natal. Todas estas historias las fue incorporando en un corpus que terminó siendo la novela. Precisamente  todo este material aluvional es el que hace atractiva, literariamente, la novela: a las pequeñas biografías de algunos personajes, como la reina de belleza del poblado, se agregan transcripciones de llamadas que graba el espionaje del Estado, letras de corridos, el cuaderno con la autobiografía de Valente Armenta, el relato de la masacre de Yepachi en voz de Damiana, las voces de la radio, las noticias que da la madre del autor sobre los muertos que cobijan las lápidas del cementerio, a la manera de la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters… Tenemos también un cassette que dice cómo se hace dinero y cómo se gasta, con la peculiaridad de que, quien lo grabó, es asesinado por su interlocutor.

    Se incluye también una obra de teatro y el guión de la película, que no fue Tristes recuerdos, como quería Antonio Aguilar. El actor deseaba algo campirano y cursi, como lo que él filmaba. Quería seducir con su machismo a una mujer casada de la comarca y llevársela en las ancas de su caballo blanco, todo con música de banda. ¡Ah! Y exigía un papel para los chistoretes de su amigo Chelelo. Pero Rascón Banda hizo un guión con todo lo que había visto en esas vacaciones y el cantante lo rechazó porque, decía, su público no merecía esas crueldades y, para acabar pronto, sabía que los narcos iban a verlo en los palenques y eso no les iba a gustar.

    Contrabando mostró cómo llegaron las drogas a la sierra de Chihuahua: una vez las semillas las llevaron fuereños; otra los campesinos decidieron dejar la miseria e incorporarse a la siembra clandestina; alguna viuda entró al narcotráfico por herencia del esposo…Después vino la revoltura entre políticos, campesinos, comerciantes, militares, policías estatales, policías federales y la maraña acabó cubriendo poblaciones enteras que sufrieron masacres, injusticias y ofensas sin cuento.[2]

    Esta novela que se publicó hasta la muerte del autor, contaba que Valente Armenta era  socio de Caro Quintero. A su boda llegaron Lucha Villa, Tony Aguilar y Vicente Fernández en una convivencia que ha mostrado Anabel Hernández en su libro Emma y las otras señoras del narco (2021).

    Hubo un elemento dramático adicional: como Rascón Banda declaró que iría a su pueblo para escribir un libro sobre los traficantes, éstos pensaron que haría una especie de denuncia y desaparecieron a su primo Julián, que era el presidente municipal de Santa Rosa, en donde no había  luz eléctrica.

    Involuntariamente, Contrabando fue la primera novela reportaje sobre el narcotráfico. Hasta donde sé, la primera novela publicada, de este tema, fue El cadáver errante (1993), de Gonzalo Martré. ⌈⊂⌋


    [1] Erly Danieri, Esta tierra de América. Siete ensayos americanos. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 1943, p. 41.

    [2] Véase Vicente Francisco Torres, “El relato criminal mexicano en antologías”, en Dura. Revista de literatura criminal hispana, Southeastern Louisiana University, número 1, pp. 32 – 45, 2019.


    Fuentes

    CORNEJO, Gerardo, La sierra y el viento, México, Arte y Libros, 1977.

    ———-      El solar de los silencios, Hermosillo, Publicaciones del Gobierno del Estado de Sonora, 1983.

    DANIERI, Erly, Esta tierra de América. Siete ensayos americanos. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, 1943.

    RASCÓN BANDA, Víctor Hugo, Contrabando, México, Editorial Planeta, 2008.

    TORRES, Vicente Francisco, “El relato criminal mexicano en antologías”, en Dura. Revista de literatura criminal hispana, Southeastern Louisiana University, número 1, pp. 32 – 45, 2019.

  • Amparo Dávila: claves de lo siniestro

    Amparo Dávila: claves de lo siniestro

    Itzayana Dorantes Martínez

    No hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de adentro se proyecta siempre hacia afuera; la evasión es un camino hacia ninguna parte…, pero no hay que sufrir ni atormentarse, iniciemos el juego; el ambiente es propicio, sólo la magia perdura, el pensamiento mágico, el sortilegio inasible de la palabra…

    Amparo Dávila, 1977

    ¿Qué pasaría si un día cualquiera, un ser espeluznante llegara a tu hogar, te observara con sus ojos amarillos, profundos y penetrantes? Imagina que en el sótano de tu casa existe alguien o algo a cuyos caprichos debes responder inmediatamente, alguien que no habla pero que con sus gritos y aullidos te eriza la piel y te hace pensar que en cualquier momento es capaz de terminar contigo. ¿Si una noche cualquiera llegará él a atormentarte? Si, a partir de un desafortunado día, escucharas chillidos, ruidos de veloces patas corriendo por doquier, los pasos de alguien que recorre tu hogar a su antojo, hasta que llega a la cabecera de tu cama.

    En el género narrativo, este tipo de relatos conforman lo siniestro, “lo que suscita miedo o terror indefinido, algo inquietante que excita la intuición de algo horrendo o abominable. Sería lo extraño o lo desconocido, que puede tornarse inhóspito y hostil. Cuando debiendo permanecer secreto, oculto, se ha manifestado.”[1]

    El 21 de febrero de 1928, en el pueblo minero y fantasmagórico de Pinos, Zacatecas, nació una de las maestras de lo siniestro, Amparo Dávila. De su imaginación, sueños y experiencias surgieron 32 relatos que transitan continuamente entre el género de lo fantástico, lo extraño y lo surrealista; que envuelven a las y los lectores desde el primer instante, y lo llevan de la mano de los desafortunados personajes por caminos inciertos de amor, locura y muerte.

    Aunque la mayoría de estos relatos fueron escritos entre las décadas de 1950 a 1980, continúan siendo inquietantemente vigentes. A modo de un breve decálogo, en el presente artículo, se describen los elementos clave con los que Dávila logra sumergirnos magistralmente en lo siniestro.

    1, La ambigüedad de lo siniestro

    Amparo Dávila nunca describe físicamente a esos seres que llegan a atormentar a mujeres y hombres comunes y corrientes, ni siquiera nos deja la certeza de si son humanos, animales o monstruos. Lo siniestro está en la habilidad de la autora para generar una ambigüedad selectiva que sólo da pequeñas pistas de lo que atormenta, pero a la vez, ahondar en una descripción detallada y real del terror que invade a los personajes.

    De esta manera, en el relato de “El huésped”, desconocemos qué es lo que llega atormentar a un ama de casa, sus hijos y a la mujer que le ayuda con las labores domésticas, por imposición de un esposo ausente y sordo a las súplicas de su esposa. Dávila sólo nos hace saber que “Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.”[2]

    2. Entre lo inexplicable y la repentina invasión

    La figura del invasor es pilar en la narrativa daviliana: “Este monstruo se presenta siempre como un invasor, un intruso, un huésped no deseado, inesperado, un acompañante molesto cuando no trágico, que irrumpe en la vida de los demás y la trastorna, la cambia, la vuelve un infierno sobre la tierra.”[3] Además de “El huésped”, estas intromisiones son la base de otros relatos como “Moisés y Gaspar” y “Óscar”.

    En el primero, un cercano amigo del protagonista deja en su testamento que debe encargarse de Moisés y Gaspar, de quienes sólo sabemos que tienen la capacidad de arrojar objetos (¿tienen manos, son personas?), pero tienen características de animales (no pueden subir a un avión, olisquean las cosas):

    “¡Qué duros y difíciles fueron los días que siguieron a la llegada de Moisés y Gaspar a mi casa! […] Con la llegada de Moisés y de Gaspar toda mi vida se desarregló. Tenía que levantarme a las seis para ir a comprar la leche y las demás provisiones; luego preparar el desayuno que tomaban a las siete en punto, según su costumbre. Si me demoraba, se enfurecían, lo cual me causaba miedo, por no saber hasta qué extremos podía llegar su cólera.”[4]

    Lo que tampoco queda claro es la inexplicable razón por la cual los personajes terminan esclavizándose a la voluntad de los invasores, por temor a las represalias que, en su cólera y naturaleza siniestra, puedan tomar contra sus involuntarios e indefensos cuidadores.

    Óscar es uno de los personajes más poderosos y siniestros de los relatos de Dávila. La historia inicia cuando Mónica regresa a su hogar en el pueblo con su familia y, en el sótano de la casa, está Óscar. Sabemos que es grande, hostil, escandaloso, con actitudes animalescas, acosadoras y violentas, así como de su capacidad de controlar la vida de las personas en aquella vieja casa:

    “Desde el sótano Óscar manejaba la vida de aquellas gentes. Así había sido siempre, así continuaría siendo. Comía primero que nadie y no permitía que nadie probara la comida antes que él. Lo sabía todo, lo veía todo. Movía la puerta de fierro del sótano con furia, y gritaba cuando algo no le parecía. Por las noches les indicaba con ruidos y señales de protesta cuando ya quería que se acostaran, y muchas veces también la hora de levantarse. Comía mucho, con voracidad y sin gusto, con las manos, grotescamente. A la menor cosa que le incomodaba aventaba los platos con todo y comida, se golpeaba contra las paredes y cernía la puerta. […] Hacia la medianoche se escuchaba el crujir de la vieja madera de la escalera bajo el tremendo peso de Óscar. A veces abría la puerta de una de las recámaras y tan sólo se asomaba, volvía a cerrar la puerta y se regresaba al sótano. Pero otras veces entraba a todos los cuartos y se acercaba hasta las camas y allí se quedaba un rato, inmóvil, observando, y sólo su brusca y fuerte respiración rompía el silencio de la noche. Nadie se movía entonces, todos permanecían rígidos y paralizados ante su presencia, pues con Óscar nunca se sabía qué podía suceder. […] En los días de luna llena Óscar aullaba como un lobo todo el tiempo del plenilunio y se negaba a comer.”[5]

    Se puede deducir que Óscar es uno de los hermanos y que tiene alguna enfermedad mental, parece constituir la única explicación lógica para justificar la carga que la familia soporta, pero en la narrativa de esta autora todo es posible, y el grado de lo siniestro que pueda alcanzar esta explicación recae sobre las y los lectores.

    3. La cotidianidad adversa

    Lo cotidiano en los relatos de Dávila puede tener dos sentidos. Por una parte, a pesar de que el invasor supone una irrupción irremediable a lo “normal”, el miedo y el comportamiento de supervivencia terminan volviéndose algo cotidiano para los personajes. Y aunque no significa que el terror disminuya, sí muestra a personajes que adaptan y transforman su día a día con base en el elemento disruptivo. El segundo elemento, y el más siniestro quizá, es que le puede pasar a cualquiera. En palabras de la propia Dávila, sus personajes son hombres y mujeres comunes y corrientes, con vidas normales. “Ese temor que puede asaltarnos en lo cotidiano, pues uno empieza a elucubrar y de repente ya no puede manejar todo lo que imagina; esto genera la angustia y por eso, el deseo de escape.”[6] En ese sentido, nadie está a salvo de lo siniestro en su día a día.

    La tragedia de lo cotidiano se enmarca en muchos de los relatos en el hecho de no poder dormir, situación que lleva al borde de la locura a los personajes, quienes se aproximan irremediablemente a tres caminos: la huida, el suicidio o el asesinato. Es el caso de “El jardín de las tumbas”, “Música concreta” y “La señorita Julia”.

    En el “El jardín de las tumbas”, Dávila nos cuenta la vida presente de Marcos, soltero de cuarenta años, mezclada con sus memorias de niño y adolescente cuando todos los veranos su familia lo llevaba a un convento que tenía un pequeño cementerio. Ahí, el pequeño Marcos debía lidiar cada noche con la presencia fantasmal de un obispo que lo perseguiría aún en su vida adulta:

    “Su corazón latía con violencia y un frío espanto lo iba invadiendo hasta lograr paralizarlo por completo cuando advertía que no estaba solo, que alguien sentado frente a su cama lo observaba fijamente, penetrándolo hasta el alma con sus cuencas vacías… Transcurría una eternidad de angustia y pavor desorbitado hasta que su mente funcionaba de nuevo y descubría, o más bien se daba cuenta de que el obispo no era sino su ropa que había dejado en desorden sobre la silla.”[7]

    Por otro lado, “Música concreta” nos cuenta el tormento de Marcela, a quien la amante de su marido, transformada en sapo, la aterroriza cada noche:

    “-Ella. Me persigue noche tras noche, sin descanso, durante largas horas, a veces toda la noche, sé que es ella, recuerdo los ojos, reconozco sus ojos saltones, inexpresivos, sé que quiere acabar conmigo y destruirme por completo, ya no duermo, hace tiempo que no me atrevo a dormir de noche, estaría a su merced […]”[8]

    Algo similar sucede con “La señorita Julia”, uno de los cuentos que mejor conjuga los elementos de lo extraño y lo siniestro característicos de Amparo Dávila. Julia tenía una vida ejemplar y tranquila hasta que comienza a escuchar ruidos como de roedores por las noches, y se obsesiona con acabar con ellos, a grado tal de perder su trabajo, a su prometido, su reputación de joven honrada, su familia y su salud mental.

    4. Soledad sin salida

    En la narrativa daviliana, no hay manera en que los personajes evadan o escapen de las situaciones siniestras que les acontecen. Más aún, en la mayoría de las ocasiones terminan aceptándolo sin remedio, sabiendo que por ningún medio existe escapatoria. Aceptar lo siniestro es aceptar la soledad, el miedo y la locura que éste implica, saber que nadie entenderá la razón que los ha llevado a acciones y comportamientos tan extremos.

    En “La celda”, María Camino, hija de una familia respetable, ocultaba un secreto que la torturaba y por ningún motivo podía confesar a su madre ni hermana: un posible fantasma masculino la abrumaba en las noches; las descripciones llevan a suponer abuso físico y sexual, aunque la autora nunca lo dice de forma textual. “María no lograba apartar de su mente, ni un solo instante, aquella imagen. Sabía que estaba condenada, mientras viviera, a sufrir aquella tremenda tortura y a callarla. Los días le parecían cortos, huidizos, como si se le fueran de las manos, y las noches interminables. De sólo pensar que habría otra más, temblaba y palidecía. Él se acercaría lentamente hasta su lecho y ella no podría hacer nada, nada…”[9]

    En “El espejo”, madre e hijo aceptan el hecho de “haber sido elegidos” (¿por quién?): “Los dos conocimos entonces toda nuestra insensatez. No volvimos a cubrir más el espejo. Habíamos sido elegidos y, como tales, aceptamos sin rebeldía ni violencia, pero sí con la desesperanza de lo irremediable.”[10]

    5. La mirada en el centro

    “La obra de Amparo Dávila […] posee abundancia de miradas. Más que hablar y escuchar, los personajes miran o son vistos.”[11] Pero son vistos de forma siniestra, penetrante, aterradora. La mirada de los invasores y agentes del terror en los relatos es, casi siempre, la única pista que tenemos de su monstruosidad, por lo que su descripción se vuelve fundamental en todas las historias. No hay un solo relato sin mención a las miradas.

    “Julia tenía los ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia… […] Abrió los ojos y se incorporó […] Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la luz y saltó de la cama, ahora sí las encuentro… Después de algún rato de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío.”[12]

    “De pronto sentí unos ojos detrás de mí, salté de la silla y me di vuelta; allí estaban Moisés y Gaspar.  Me había olvidado por completo de su existencia, pero allí estaban mirándome fijamente, no sabría decir si con hostilidad o desconfianza, pero con mirada terrible.”[13]

    6. Al encuentro de los detalles

    Hasta lo que se ha visto, lo siniestro recae principalmente en el invasor o agente de terror; sin embargo, hay otro componente de suma importancia en los relatos de Dávila: la atmósfera. Ese ambiente en el que se desarrollan los acontecimientos es siniestro, tanto en las características del espacio físico, como en los detalles captados por los sentidos que dan el toque final a lo espeluznante. De acuerdo con León Guillermo Gutiérrez, “en los cuentos que integran los tres libros de Amparo Dávila, la acción transcurre en espacios cerrados, oscuros, o si son abiertos se convierte en escenografías lúgubres, pequeños microcosmos donde el horror agazapado lanza de repente el zarpazo, y sin misericordia alcanza a seres propensos a la indefensión.”[14]

    La casa de Jana en “La quinta de las celosías” es el ejemplo perfecto de los lúgubres espacios interiores, llena de objetos valiosos, oscura, asfixiante, y también del efecto que causa en el personaje. Además, la casa se va volviendo cada vez más lúgubre, al mismo tiempo que Jana se va volviendo cada vez más irreconocible para Gabriel.

    Respecto a los espacios exteriores, en “Griselda”, Dávila combina elementos de sombra, vegetación, escombros y hasta aromas para lograr un patio y un estanque que también se van volviendo cada vez más sombríos conforme Griselda va mostrando su tragedia a Martha: “El viento refrescó la tarde y traía el perfume de los jazmines y las madreselvas. El crepúsculo se desmadejaba entre los altos árboles. […] El olor de los jazmines y de las madreselvas comenzaba a ser demasiado fuerte, tanto que, de tan intenso, se iba tornando oscuro y siniestro, como la tarde misma y los árboles y el agua ensombrecida del estanque.”[15] En este fragmento se observa el uso de la sinestesia[16], al hablar de “olores oscuros”.

    Otro manejo similar de esta figura literaria se observa en un fragmento de “Estocolmo 3”, relato en que la narradora visita el nuevo departamento de sus amigos Homero y Betty cuando, durante la plática, aparece una joven a la que ninguno de los anfitriones parece ver hasta que la narradora los lleva al cuarto donde la joven desaparece: “Sin decir más los dos se levantaron y se dirigieron hacia el dormitorio, y yo detrás de ellos. Entramos a la recámara y no había nadie allí, sólo un fuerte olor a gardenias y a nardos, un olor demasiado dulce y pegajoso, denso y oscuro, atrayente y repulsivo, que no se podía dejar de aspirar y que contraía el estómago en una náusea insostenible.”[17]

    7. Feminidad siniestra

    Es importante señalar que no todos los personajes que enloquecen o son víctimas en los cuentos de Dávila son mujeres. También escribió magistrales relatos con protagonistas hombres, como “Fragmentos de un diario”, “El entierro” y “Un boleto a cualquier parte”. Sin embargo, en la mayoría de sus cuentos existe una crítica respecto a los contextos que enmarcan las situaciones siniestras y de locura que enfrentan las mujeres.

    Como breve pero necesaria acotación, “es importante considerar que las obras se ubican en la primera mitad del siglo XX, donde los roles de género estaban bien delimitados y el destino de la mayor parte de las mujeres era casarse, tener hijos y ser amas de casa. Si bien, ya existían algunas opciones para profesionalizarse, no era tan sencillo debido a que el entorno social no lo permitía.”[18] Así, se identifican nueve temas distintos desde los cuales las mujeres terminan siendo víctimas de lo siniestro: Así, se identifican nueve temas distintos desde los cuales las mujeres terminan siendo víctimas de lo siniestro: el matrimonio, la maternidad, el aborto, el envejecimiento, la soltería, su papel de amas de casa y cuidadoras, la censura a su sexualidad, la violencia y la incomprensión que genera todo lo anterior y deriva en “locura femenina”.

    En “La quinta de las celosías” se aprecia una crítica velada a la premisa imperante de que todo problema de las mujeres radica en su soltería y, por tanto, el matrimonio no sólo es deseable sino necesario para su salvación y felicidad. El deseo de Gabriel de ser el caballero que salve a Jana de su inaceptable soledad y profesión (aunque fueran conscientemente elegidos por ella), lo lleva a su funesto desenlace.

    El segundo abordaje del matrimonio lo realiza desde su inminente fracaso y la anulación que significa para las mujeres. En “El huésped”, es muy explícita la infelicidad de la esposa respecto del trato de su marido, y de que puede considerársele a él mismo un monstruo por ponerla a ella y sus hijos a merced del terrible huésped: “Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión.”[19]

    La anulación de la esposa se da también a través de la infidelidad, condición que las minimiza y las pone aún más a merced de los invasores. En “Música concreta” es la amante de su esposo la que busca lastimar a Marcela, y en otros cuentos como “Final de una lucha” y “El entierro” se puede observar el sufrimiento que causa la infidelidad a las mujeres.

    “El último verano” es uno de los cuentos más completos y críticos respecto a la problemática de la mujer. Aborda el ya mencionado tema de la infelicidad matrimonial, pero también de la enorme carga de la maternidad para las mujeres, de cómo el envejecimiento significa para ellas la pérdida de su valor, así como de la contrariedad e impacto del aborto.

    En este relato, la narradora es una mujer de 45 años que, con pretexto de estar viendo su retrato de cuando tenía 18 años, lamenta estar ya en esa edad en la que “no es posible sentirse contenta y animosa cuando de sobra se sabe que una no es ya una mujer sino una sombra, una sombra que se irá desvaneciendo lentamente…”[20]. Sin embargo, recibe la noticia de que está embarazada, situación que ella ya no quiere padecer de nuevo: “Porque, claro, era bien pesado después de siete años volver a tener otro niño, cuando ya se han tenido seis más y una ya no tiene veinte años, y no cuenta con quién le ayude para nada y tiene que hacerlo todo en casa y arreglárselas con poco dinero, y con todo subiendo día a día.”[21]

    Si bien ella no aborta intencionalmente, el relato da a entender que su inconformidad y frustración la hacen llevar la fatiga de su cuerpo al límite, provocando un aborto natural: “Estaba observando indiferente a las luciérnagas, que se encendían y apagaban poblando la noche de pequeñas y breves lucecitas, cuando algo caliente y gelatinoso empezó a correr entres sus piernas. Miró hacia abajo y vio sobre el piso un ramo de amapolas deshojadas.”[22]

    Retomando el canon social de que el matrimonio debe ser la aspiración de toda hija de familia, decente y respetable, aquellos personajes femeninos que no lo han “logrado” o escogido, se convierten en objeto de escarnio social. Amparo Dávila muestra tres ejemplos muy concretos: La señorita Julia, Estela Peña y Tina Reyes, quienes dan nombre a sus respectivos relatos.

    En el caso de las dos primeras, a pesar de llevar mucho tiempo con sus respectivos novios, los “caballeros” en cuestión nunca se decidieron por hacer la propuesta de matrimonio, argumentando cada cual sus proyectos personales de vida y que era necesario robustecer las finanzas antes de semejante decisión. Lo anterior deja muy mal paradas a las protagonistas, quienes estaban dispuestas a cumplir con lo que se esperaba de ellas, a pesar de lo agotador y desigual que es el matrimonio para las mujeres. En el caso de Julia es un malestar oculto, callado, que termina manifestándose en esas ratas que la atormentan por las noches, a las cuales intenta erradicar a toda costa mientras conserva su compromiso, pero al terminarse éste, Julia se da por vencida. Mientras que, en el caso de Estela, es un malestar explícito, una ruptura de sus sueños y esperanzas al escuchar a Rubén diciéndole que no se casaría con ella.

    Lo que sucede después con Estela es la simbolización de que toda su vida ya estaba perdida, hasta el momento de su muerte, porque le había sido negada la posibilidad del matrimonio con el hombre a quien había amado:

    “Estela abrió la portezuela y se bajó del coche sollozando […] se echó a correr y pronto se perdió entre las calles, en medio de la noche. Corría desesperada por calles oscuras y desiertas, por callejones llenos de sombras, por lugares sin rostro y sin nombre, corría hacia lo desconocido, hacia ninguna parte, entre la oscuridad amenazante y el desolado silencio de la noche, de esa noche cerrada sin luna y sin estrellas, sin esperanza y sin fin, en que se iba adentrando cada vez más […].”[23]

    Si bien el relato de “El último verano” es muy representativo respecto a la fuerte carga doméstica y de cuidado que llevan las mujeres casadas, pues en varias ocasiones la protagonista hace notar que ella sola es quien trabaja en casa para el cuidado de su marido y los seis hijos, sin ninguna reciprocidad, apoyo o comprensión por parte de él, las mujeres solteras no se libran de ser cuidadoras ni del “mandato social dicta que deben quedarse en ese territorio cerrado, donde realmente está lo siniestro de la domesticación.”[24] Es el caso de Angelina en “El pabellón del descanso”, quien debe cuidar a su tía enferma y egoísta, para quien solo su enfermedad importa, reclama a cualquier desvío de atención y es ciega ante la fatiga crónica y posterior leucemia de su sobrina. Ante esa dura vida que la condena a la soledad y al trabajo extenuante, Angelina encuentra su descanso en el sanatorio y, la solución, en el pabellón solitario al cual llegará a través del suicidio.

    Por otro lado, tres cuentos tratan el fatal desenlace que espera a las mujeres que no se apegan al régimen de la sexualidad femenina reprimida: “El desayuno”, “Detrás de la reja” y “La celda”. En el primero, Carmen relata a su familia una pesadilla en la que, aunque al inicio ella deseaba bailar con ese clavel rojo que se lo pedía, y que, de acuerdo con América Luna, Dávila lo utiliza como símbolo del órgano sexual masculino, después se percata de lo inapropiado de la situación y desea librarse de ella a toda costa, cosa que no consigue hasta la muerte de su novio Luciano.[25]

    La narradora de “Detrás de la reja” termina encerrada por haber cedido ante la “tentación” de la sexualidad premarital. Ella y su tía Paulina, una mujer adulta que se hace cargo de ella al quedar huérfana, viven sin apuros en la provincia. Sin embargo, la llegada del joven Darío, conocido de ambas cuando apenas era un niño, acaba con la armonía entre ellas, pues él se enamora de la sobrina, quien accede a dar narcóticos a su tía por la noche para que puedan estar juntos; sin embargo, Paulina también siente atracción por Darío y al descubrirlos, encierra a su sobrina en un manicomio.

    Algunos personajes femeninos de Dávila no sufren por las imposiciones masculinas, por la pérdida de la juventud o por no cumplir con los referentes sociales, sino por la pérdida de los hombres amados, sean los esposos o los amantes, pues también las mujeres pueden ser adúlteras en estos relatos. Son los casos de “Griselda” y las protagonistas de “La carta”, “El abrazo”, “Árboles petrificados” y “Arthur Smith”.

    8. Simbología funesta

    Amparo Dávila utiliza en muchos de sus relatos símbolos de vegetación, flores y animales con diferentes propósitos: los árboles petrificados dan una pista de que la narradora y su amado murieron; las amapolas deshojadas simbolizan la pérdida del hijo no nacido; los jazmines, las madreselvas y los nardos son símbolos de lo sobrenatural y lo obscuro; el clavel rojo de Carmen es símbolo de lo prohibido y después de la fatalidad; mientras que en “Alta cocina”, lo que acontece a esos pequeños “seres” que parecen ser vegetales vivientes (aunque otras pistas parecen apuntar a que son pequeños animales), denuncia la crueldad de la que es capaz el ser humano para satisfacer sus placeres y sus lujos.

    Asimismo, “en el universo narrativo de Amparo Dávila a menudo nos topamos con algún animal cuya presencia está lejos de ser anodina; todo lo contrario, ya sea de carne y hueso, ya sea mero producto de la imaginación de los personajes, esos seres entrañan una carga simbólica que, por fuerza, orienta la lectura de los relatos en los que aparecen.”[26] Por un lado, animales como los roedores, los sapos y los insectos representan la locura, los deseos reprimidos y la culpa en los protagonistas: las ratas que atormentan a la señorita Julia surgen en respuesta a “lo clandestino y reprimido, ligadas no sólo al trabajo enajenante, sino a la opresión general y a veces total.”[27]

    Estos roedores también tienen esta carga simbólica en “La celda”, cuando María Camino observa cadáveres de ratas y moscas cuando ya está encerrada, tras haber asesinado a su prometido por no quererse casar. La culpa se materializa en los gusanos que persiguen a la mujer de “El último verano”, mientras que el terror adquiere forma de sapo para Marcela en “Música concreta.”

    Asimismo, la simbología de lo animal en los relatos de Dávila adquiere un tinte aún más siniestro cuando da lugar a una categoría de personajes entre monstruos y humanoides, en los que lo ambiguo de su descripción y las contrariedades en su comportamiento llevan a pensar que son bestias, pero con ciertas habilidades que sobrepasan esa condición. Es el caso de los personajes Moisés y Gaspar, Óscar y el huésped.

    Finalmente, una variación de este manejo simbólico es cuando un personaje humano experimenta tal grado de locura que lo lleva a perder su condición humana hacia otra monstruosa y bestial. Jana: “Y los ojos claros de Jana eran como los ojos de una fiera brillando en la noche, maligna y sombría… Sobre Gabriel caía una lluvia de golpes mezclados con terribles carcajadas…”[28]

    9. Sentido de lo vivido

    Decía Amparo Dávila en su homenaje de 2008 en la Universidad Autónoma Metropolitana Iztacalco: “Creo en la literatura vivencial, ya que esto, la vivencia, es lo que comunica a la obra la clara sensación de lo conocido, de lo ya vivido, y lo que hace que perdure en la memoria y en el sentimiento, constituye su fuerza interior y su más exacta belleza.”[29]

    Y así lo ha manifestado en diversas entrevistas, donde ha dado algunos ejemplos de sus propias experiencias que dieron origen a sus relatos. En primer lugar, ella misma fue víctima de la desigualdad por ser mujer, cuando su padre le impidió estudiar después de la educación básica, lo que le generó gran frustración. Además, fue testigo de las dinámicas de un matrimonio infeliz a través de sus padres, y tuvo una infancia enfermiza y solitaria.

    La casa en la que vivió es el escenario lúgubre de cuentos como “El huésped” y “El patio cuadrado”, mientras la muerte, presente en tantos de sus cuentos, tiene su origen en el hábito infantil de ver pasar caravanas fúnebres desde su ventana:

    “Pinos, el pueblo donde nací es el pueblo de las mujeres enlutadas de Agustín Yáñez […] yo nací en la casa grande del pueblo y a través de los cristales de las ventanas veía pasar la vida, es decir la muerte. Porque la vida se había detenido desde hacía mucho tiempo en ese pueblo. Pasaba la vida en diaria caravana, no había cementerios en varios ranchos cercanos y a Pinos llegaban a enterrar a sus muertos. Yo los veía llegar tirados en el piso de una carreta, atravesados sobre el lomo de una mula, y a veces en una rústica caja.”[30]

    De experiencias más concretas surgieron los cuentos “Detrás de la reja”, “El huésped” y “Alta cocina”. El primero, Dávila lo escribió por una experiencia en la que tuvo que dejar a una tía en un psiquiátrico, donde le jugaron una broma en la era ella a quien dejarían encerrada allí. En “El Huésped”, es un búho el que le quitaba a la niña Amparo el sueño. “Alta cocina” surge de la impresión que le dio ver a un chef cocinar caracoles.

    Dávila lleva estas experiencias, aparentemente simples y sin trascendencia, a otro nivel, nutriéndolas con críticas a las injusticias imperantes en la sociedad y con elementos siniestros que enganchan a las y los lectores desde las primeras líneas.

    10. El punto final de la lectura

    Además del uso de la ambigüedad que caracteriza el desarrollo de los relatos de Dávila, en diversos relatos la autora deja para el final un giro de 180 grados a la historia, así como la abierta posibilidad de múltiples interpretaciones. En “Estocolmo 3”, queda sin explicación la presencia de la joven en el departamento, cuál era su relación con la pareja y lo que sucede después: “-Pero, ¿tú crees que…? ¿Si será la…?- le preguntaba Betty a Homero. […] Después supe que se mudaron de Estocolmo 3 al día siguiente. Después supe, también, muchas otras cosas.”[31]

    Finalmente, en “Con los ojos abiertos”, tampoco se sabe qué es lo que enfrentará Mariana ni el desenlace del relato, se deja totalmente a la imaginación de las y los lectores: “Cuando los pasos llegaron hasta la cabecera de su cama, un sudor frío y pegajoso cubrió todo su cuerpo y fue presa del terror, a tal grado que, por un momento, pensó y deseó posponer su decisión y quedarse así, quietecita, sin moverse como tantas veces, con los ojos bien apretados, pero Mariana había decidido enfrentar lo que fuera con los ojos abiertos, se clavó las uñas en las palmas de las manos y abrió los ojos.”[32]

    La permanencia de lo siniestro

    No importa cuánto tiempo pase ni cómo evolucionen las sociedades, el amor, el dolor y la pérdida siempre regirán la conducta humana, a la vez que lo siniestro, aquellos sucesos y comportamientos sin explicación lógica aparente, seguirán poblando nuestra cotidianidad. Esa permanencia y el uso de símbolos para nombrar a aquello que nos infunde miedo hace aún vigentes los relatos de Amparo Dávila. Mientras el ser humano sienta miedo, Amparo seguirá vigente

    En lo posible radica lo siniestro, en el hecho de que, si todos estos relatos surgieron de vivencias, es inminente que en cualquier momento a cualquiera nos puede ocurrir. De ahí que lo siniestro nos enganche tanto, porque todas y todos tenemos experiencias siniestras a las que no hemos querido dar cabida, pero siempre están ahí, recordándonos que una hebra delgada nos separa del amor, la locura y la muerte. ⌈⊂⌋


    [1] Claudia Cabrera Espinosa, “Lo siniestro en algunos cuentos de Amparo Dávila”, Conferencia en conmemoración de su natalicio, Museo de la Mujer, Ciudad de México, 23 de febrero 2022.

    [2] Amparo Dávila [AD], Cuentos reunidos, Col. Letras Mexicanas, México, 2009, p. 19

    [3] Jaime Lorenzo y Severino Salazar, “La narrativa de Amparo Dávila”, Tema y variaciones 6, UAM-Azcapotzalco, México, 1995, p. 62

    [4] AD, Ibíd., p. 82-83

    [5] AD, Ibíd., pp. 213-14

    [6] AD en Cardoso, Regina y Cázares, Laura, “Entrevista a Amparo Dávila. 29 de agosto 2007”, Amparo Dávila. Bordar en el abismo, Col. Desbordar el Canon, Tecnológico de Monterrey y UAM, México, p. 187

    [7] AD, Cuentos reunidos, Op. Cit., pp. 114-115

    [8] AD, Ibíd., p. 102

    [9] Amparo Dávila [AD], Cuentos reunidos, Col. Letras Mexicanas, México, 2009, p. 41

    [10] AD, Ibíd., p. 78

    [11] Óscar Mata Juárez, “La mirada deshabitada (la narrativa de Amparo Dávila)”, Tema y variaciones 12, UAM Azcapotzalco, México, 2008, p. 16

    [12] AD, Ibíd., p. 63

    [13] AD, Ibíd., p. 81

    [14] Guillermo León Gutiérrez, Las historias ocultas de Amparo Dávila, texto leído en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes en el homenaje a Amparo Dávila, 17 de febrero de 2008.

    [15] AD, Ibíd., p. 203

    [16] Como figura literaria, la sinestesia es la “Figura retórica que consiste en la atribución de una sensación a un sentido que no le corresponde.”, Oxford Languages Dictionary.

    [17] AD, Cuentos reunidos, Col. Letras Mexicanas, México, 2009, p. 227

    [18] Nancy Granados Reyes en “La identidad femenina y las emociones en los cuentos “Matilde Espejo” y “Tina Reyes” de Amparo Dávila”, Dossier Acercamientos a la Narrativa de Amparo Dávila, Vol. 4 Núm. 8, México, 2021, p. 37

    [19] AD, Op. Cit., p. 19

    [20] Ídem, p. 205

    [21] Ídem, p. 206

    [22] Ídem, p. 207-208

    [23]Amparo Dávila [AD], Cuentos reunidos, Col. Letras Mexicanas, México, 2009, p. 271

    [24] Ana Luisa Coulon, “El callejón sin salida de “La señorita Julia” en Cardoso y Cázares, Op.Cit., p. 100

    [25] Véase América Luna Martínez, Op. Cit., p. 6

    [26] Laura López Morales, “Para exorcizar a la bestia” en Cardoso y Cázares, Op. Cit., p. 153

    [27] Ana Luisa Coulón, Op. Cit., p. 97.

    [28] AD Op. Cit., p. 38

    [29] AD, “Mi actitud literaria” en Cardoso y Cázares, Op. Cit., p. 193

    [30] Amparo Dávila leída por Claudia Cabrera Espinosa, Op. Cit.

    [31] AD, Cuentos reunidos., Op. Cit. p. 227

    [32] AD, Ibíd., p. 296


    FUENTES-.

    Bravo Alatriste, Paula Kitzia, “Amparo Dávila y las cuentistas del género fantástico en el medio siglo”, Tema y variaciones de literatura, 2008, pp. 133-155

    Cabrera Espinosa, Claudia, “Lo siniestro en algunos cuentos de Amparo Dávila”, Conferencia en conmemoración de su natalicio, Museo de la Mujer, Ciudad de México, 23 de febrero 2022.

    Cardoso, Regina y Cázares, Laura, “Entrevista a Amparo Dávila. 29 de agosto 2007”, Amparo Dávila. Bordar en el abismo, Col. Desbordar el Canón, Tecnológico de Monterrey y UAM, México, 193 pp.

    Dávila, Amparo, Cuentos reunidos, Col. Letras Mexicanas, México, 2009, 298 pp.

    Frouman-Smith, Erica, “Entrevista con Amparo Dávila”, Chasqui, núm. 18, 1989, pp. 56-63.

    Granados Reyes, Nancy, “La identidad femenina y las emociones en los cuentos “Matilde Espejo” y “Tina Reyes” de Amparo Dávila”, Dossier Acercamientos a la Narrativa de Amparo Dávila, Vol. 4 Núm. 8, BUAP, México, 2021, pp. 37-53

    Gutiérrez, Guillermo León, “Las historias ocultas de Amparo Dávila”, Casa del tiempo, núm. 14, 2008, pp. 84-86

    Gutiérrez Piña, Claudia, “Amapolas deshojadas o el horror de la maternidad. “El último verano” de Amparo Dávila”, Literatura Mexicana, número XXXIX-2, México, 2018, pp. 133-151

    Lorenzo, Jaime y Severino Salazar, “La narrativa de Amparo Dávila”, Tema y variaciones 6, UAM-Azcapotzalco, México, 1995, pp. 49-54

    Luna Martínez, América, “Amparo Dávila o la feminidad contrariada”, Biblioteca Virtual Universal, UAEM, 2010, 13 pp.

    Mata Juárez, Óscar, “La mirada deshabitada (la narrativa de Amparo Dávila)”, Tema y variaciones 12, UAM Azcapotzalco, México, 2008, pp. 13-24

    Oxford Language Dictionary, Sinestesia, consultado el 17 de septiembre 2022. Recuperado de: google.com/search/sinestesia

  • Invierno 2021

    Logotipo Cambiavias
    Año 5. Número 19. Invierno 2021

    Rosario Castellanos y un sepulcro blanqueado

    Itzayana Dorantes Martínez

    Desde el periodismo, Rosario Castellanos compartió con sus lectores cómo la escritura justificó su existencia y definió su lugar en el mundo, considerando que renació en diferentes facetas hasta llegar a su nombramiento como Embajadora de México en Israel en 1971. ‖►

    Allons enfants, al Grito de Guerra

    Samuel Máynez Champion

    Se recrea la trayectoria de Alfred Bablot D´Olbreuse, ciudadano francés quien se deslumbró por nuestro país desde su llegada en 1849 y acabó por mexicanizarse con toda la certidumbre de su ser, aportando las bases creativas de nuestro himno nacional. ‖►

    La Pluma Fuente

    Vicente Francisco Torres (UAM-A)

    A pesar del auge de las computadoras, muchos escritores disfrutan del suave rasgueo de su pluma fuente deslizándose sobre gruesos y porosos pliegos de papel celeste o color durazno. Sin dudam un objeto que perdura desde su necimiento. ‖►

    Grace y la otra realidad del COVID

    Felipe Sánchez Reyes

    La pandemia marcó la vida de todos, tanto de quienes padecieron los efectos del contagio como de quienes lograron sortear sus efectos. Se comparte la experiencia de un colaborador consetudinario de esta publicación, quien vivió de manera directa este flagelo. ‖►

    CAJAS

    Raymond Carver / Traducido por Leandro Arellano

    Este cuento fue publicado por primera vez en The New Yorker, el 24 de febrero de 1984. En libro encabeza el conjunto de las siete piezas que forman Elelefante y otros relatos, editado por Collins Harvill, en Londres, en 1989. ‖►

    TRADUCCION Y LETRAS MEXICANAS EN FRANCIA

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    La presencia de obras traducidas del español en los catálogos de las editoriales francesas no es algo novedoso en un país que es considerado el mayor traductor de literatura de otros países o culturas. Lo que sí sobresale es la creciente impronta de autores mexicanos. ‖►

    DE PRINCIPIOS Y REALIDADES

    Pedro González Olvera

    Mayo de 1988 y junio de 2011 son fechas torales en la conformación de la plataforma doctrinaria de la política exterior mexicana. Ambas refieren reformas al artículo 89, fracción X, de la Constitución a fin de incluir en ellas los principios de un accionar internacional singular. ‖►

    FUEGO GRANEADO

    Luis Ayhllón

    El dramaturgo y cineasta presenta la tercera parte de una obra inédita cuya saga continuará en siguientes números de cambiavías. ‖►

  • Fuego Graneado (VII)

    Fuego Graneado (VII)

    Luis Ayhllón

    IV

    Gema

    • Sé que debes estar enojado conmigo.
    • No. No pasa nada.
    • ¿En serio?
    • Sí.
    • Bueno, sólo quería que charláramos.
    • Sí, pero no te voy a pagar.
    • Está bien.
    • ¿Y de qué?
    • Mira…
    • Sí.
    • Yo…
    • Sí.
    • Quiero contarte algo.
    • ¿Qué?
    • Después de nuestra primera reunión.
    • Sí.
    • Me puse a revisar un viejo armario que tengo.
    • Ajá.
    • Ahí hay una caja con recuerdos.
    • Sí.
    • En esa caja hay una serie de cartas.
    • ¿Cartas de quién?
    • A eso voy. A ver. ¿Me dejas hablar?
    • Sí.
    • ¿Por qué estás nervioso?
    • No sé.
    • ¿Por qué estás nervioso? Bueno, en esa cajita, aparte de cartas hay, bueno. Mira, Moi, esto es muy personal. Pues, mira. En esa caja había fotos cachondas.
    • ¿De quién?
    •  Pues ¿de quién va a ser, Moi? Mías y de algunos amantes. Pues, tú sabes, Moi. La pasión. Antes no había celulares, ni packs, ni tinder, ni nada. Antes nos tomábamos fotos cachondas.
    • ¿Por qué me cuentas eso?
    • Porque tengo unas de tu hermano.
    • ¿Por qué me cuentas eso?
    • Porque estuve viendo las fotos.
    • ¿Y a mí qué?
    • A ver, Moi. Si te cuento parte de mi intimidad no es de forma gratuita. ¿Tú crees que le ando contando a cualquiera mi intimidad?
    • Sí.
    • Bueno, pues sí, pero es mi decisión.
    • Okey.
    • Además, a ti no te veo en ese plan, lo hago porque quiero ayudarte.
    • Sí, sí. Perdona.
    • Pero si quieres la dejamos aquí.
    • No, no.
    • De verdad.
    • No, está bien.
    • Bueno. Tu hermano tiene unos tatuajes.
    • Sí, lo sé.
    • ¿Qué es lo que sabes?
    • Lo de los tatuajes. Tiene un pelícano, un tigre…
    • Una sirena.
    • Sí, la sirena. Una cruz y la cara de Lucía Méndez.
    • Sí, y un código de barras.
    • ¿Qué?
    • Un código de barras tatuado.
    • ¿Dónde?
    • Pues… no te puedo decir, Moi.
    • ¿Y para qué madres me dices?
    • Mira, Querido me dijo que…
    • ¿Querido?
    • Así se llama, Querido, es mi amigo.
    • ¿Tienes un amigo que se llama Querido?
    • Sí.
    • Así le dices de cariño, o así se llama.
    • Así se llama.
    • ¿De verdad?
    • Sí. Bueno, Querido es muy buena persona, confiable y vacilador. Me encanta como baila salsa. Seee. Bueno. Querido en sus ratos libres juega videojuegos, hackea cuentas y expone a empresas que hacen transas. O a señores que quieren comprar niños en Acapulco, ¿entiendes?
    • Sí. ¿Y qué gana él?
    • No gana nada. Lo hace porque le gusta. Lo hace porque es bueno.
    • Ya.
    • Querido escaneó el tatuaje del código de barras.
    • Sí.
    • Y estuvo investigando.
    • Sí.
    • El código de barras era un criptograma.
    • ¿Y eso qué es?
    • Como un acertijo.
    • Ajá.
    • El caso es que todo está relacionado con una empresa japonesa de licuadoras.
    • Ah.
    • Querido se puso a indagar más. Y resulta que la empresa de las licuadoras es filial de una empresa de androides.
    • …
    • Ya, es todo.
    • ¿Qué me quieres decir?
    • Querido dice que Lucas es un androide fabricado por una empresa japonesa.
    • Mira, Gema. Yo agradezco de verdad que estés aquí. Que no quieras cobrarme, pero creo que ustedes han ido demasiado lejos.
    • ¿Ustedes, quiénes?
    • La señora Roldán, Lucas y tú.
    • ¿Por qué lo dices?
    • Porque saben que, porque se agarran de mi aparente desvarío, mi condición de vampiro inmortal. Mi fragilidad en esta puta pandemia. Y me quieren entretener con sus historias, sus mentiras y sus extravagancias. Estoy harto de sus mentiras. De que todos quieran aprovecharse de mí. A lo mejor esto es una pesadilla y ustedes…
    • Yo solo quiero ayudarte.
    • Ustedes son voces en mi cabeza.
    • Eso explica todo.
    • ¿La pesadilla?
    • No, que Lucas sea un androide. Por eso dormía siempre con los ojos abiertos. Por eso podía durar horas con el fierro inflamado…
    • Ya/
    • Querido piensa llegar al fondo de esto…
    • Querido, nadie se llama querido, nadie se llama así.
    • Porque, según Querido, puede ser que hayan inoculado a tu hermano como parte de un experimento mundial.
    • ¿Cómo?
    • Meter a un androide en una familia disfuncional.
    • …
    • A lo mejor ahora Lucas está en Japón y una serie da científicos japoneses le están sacando la sopa. A lo mejor, tiene un chip con un chingo de recuerdos, fotografías y madre y media que les sirva a la ciencia. A lo mejor, todos nosotros con nuestras vidas de mierda vamos a aparecer en un documental de Netflix y nos haremos muy famosos. Y nos van a entrevistar. Y nos van a llevar de viaje a Europa y a Japón.
    • ¿Tú crees?
    • Sí, Moi. Querido no miente. Está muy cabrón.
    • Pues sí, a mí me gustaría ir a Japón.
    • A mí también.
    • Pero… Ningún androide se pone las guarapetas que Lucas se ponía. A mí se me hace que ese código de barras fue una ocurrencia sin sentido y Querido tiene muchos problemas.
    • Qué poca fe tienes en la humanidad.
    • Sí.
    • Sale, pues te dejo.
    • Sí.
    • Bye.

    Ambos salen de reunión.                                                                                                                                                                                                                                    

    V

    Sr. Nishiyama

    • Esto es el colmo.

    Para qué me quería.

    Hable, señor Nishiyama.

    ¿Para quién trabaja?

    Señor Nishiyama.

    ¿Para quién trabaja?

    Yo no sé qué le habrá dicho Gema y su amigo Querido.

    ¿Qué soy yo para usted?

    ¿Su conejillo de indias?

    ¿Sabe qué?

    Oiga, ¿habla español?

    Ande, muévase. Diga algo.

    Señor Nishiyama.

    ¿Para qué me mandó invitación?

    ¿Qué quiere de mí?

    ¿Qué busca?

    Ellos tienen problemas, señor Nishiyama.

    Ella es una pornógrafa y él, y él, pues él juega videojuegos.

    Ellos se aprovechan de que se fue mi hermano.

    Videojuegos.

    Mi hermano desapareció.

    ¿Con qué intenciones está aquí?

    ¿Qué quiere de mí, señor Nishiyama?

    Desapareció.

    Hábleme, por favor.

    ¿Qué soy yo para usted?

    ¿Su conejillo de indias?

    El señor Nishiyama pone en google-traductor la expresión conejillo de indias y se escucha: Morumotto.

    • Morumotto.
    • ¿Qué?
    • Morumotto, no. Morumotto, no.
    • No soy Morumotto, soy Moisés.
    • Morumotto, no. Co-ne-ji-llo, no.
    • ¿Qué soy?

    ¿Qué soy?

    El señor Nishiyama se encoge de hombros. Hace algunas anotaciones.

    • Si no soy morumotto, ¿qué soy?

    El señor Nishiyama pone en google-traductor la expresión: ¿Qué soy? Y se escucha en japonés: Sore wa watashidesu.

    El señor Nishiyama se ataca de la risa.

    • ¿De qué se ríe?

    Ya, señor Nishiyama.

    No me da gracia.

    No es gracioso.

    ¿De qué se ríe?

    Tengo cosas qué hacer.

    ¿Qué es lo que quiere de mí?

    Mire, yo no sé quién sea usted, ni a qué se dedique.

    Pero debe saber que lo han engañado.

    Lo engañaron.

    Yo soy una persona normal.

    Si usted me conociera, se daría cuenta, señor Nishiyama.

    ¿Por qué anota?

    ¿Qué es lo que anota?

    ¿Por qué me observa así?

    • Vampiro.
    • ¿Qué?

    ¿Qué fue lo que dijo?

    ¿Quién le dijo?

    Mire, usted no sabe nada. Aquí las cosas no son como allá. Aquí no hay un sol tan grande, ni esos paisajes con árboles imposibles.

    Yo solo quiero.

    Yo solo quiero, señor Nishiyama.

    Mi hermano no era un androide.

    Mi hermano era un cabrón.

    Pero no era un androide.

    Y yo, y yo…

    ¿Usted tiene hermanos, señor Nishiyama?

    ¿Usted sabe lo que es compartir el dolor de la infancia?

    ¿Sabe qué?

    Váyase al diablo, puto japonés de mierda.

    El señor Nishiyama pone en google-traductor: puto japonés de mierda. Se escucha: Kuso Nihon no kuso.

    • ¿De qué se ríe?

    Usted es igual a todos ellos.

    ¿Sabe qué?

    Yo no comencé el confinamiento con esta pandemia.

    Yo lo comencé desde hace años por personas como usted.

    Ustedes, ustedes…

    Ya lo había olvidado.

    Ya se me había olvidado por qué no me gusta salir a la calle.

    Llevo años encerrado.

    Sólo salgo para lo indispensable.

    Con razón.

    Y, ¿sabe qué?

    Mejor así, señor Nishiyama.

    Mejor así.

    ¿Qué hora es allá?

    Usted, ¿dónde está?

    ¿Por qué me contactó?

    ¿Qué hora es allá?

    ¿Dónde está?

    ¿Dónde está?

    ¿Quién le dijo de mí?

    ¿Quién le dijo que yo soy vampiro?

    • Vampiro.
    • Sí, ¿quién le dijo?
    • No, Morumotto. Morumotto, no.
    • Ajá.
    • No, Morumotto.
    • Ajá.
    • ¡No, no, no, Morumotto! ¿Qué soy? ¿Qué soy?

    El sr. Nishiyama se ataca de la risa y sale de reunión.

    Moisés se queda solo.

  • La América de Emilio Salgari

    La América de Emilio Salgari

    Vicente Francisco Torres (UAM-A)

    América, tierra lejana y exótica, pródiga en elementos naturales, no podía ser ajena a Emilio Salgari (1862-1911). Así lo demuestran La reina de los caribes, Honorata de Wan Guld.  La reina de los antropófagos, Yolanda. La hija del Corsario Negro, Morgan, El hijo del corsario rojo y Los últimos filibusteros.

    Cuando se habla de este maestro de la novela de aventuras siempre se dice que no conoció las selvas, los mares, los desiertos o los polos, escenarios de sus aclamadas obras. En la única entrevista literaria que le hicieron, dijo a Antonio Casulli: “Fui a Venecia para los estudios náuticos. Y después de tres años fui capitán de altos mares. Tenía unos veinte años: era el 82 o el 83. Y viajé, viajé…he visto el mundo. Siempre en veleros, observando y fumando montañas de tabaco. En un viaje estuve seis meses en navegación con una sola parada en Ceylán, porque estaba atacado por los roedores”.[1]

    Aunque Salgari se irritaba con quien cuestionara su vida viajera (llegó a herir en duelo a un periodista que lo incordiaba tildándolo de marinero de agua dulce), lo cierto es que no pudo hacer carrera marítima por su baja estatura (medía 1.50 m.). Varios testimonios niegan la supuesta  errancia del escritor pero, como sabemos, el arte literario es más cosa de imaginación y palabras que de experiencias legitimadoras de lo narrado. Sin embargo, los tiempos positivistas que vivía el autor así parecían solicitarlo. Escribió Eleonora Arrigoni: “Entre 1881 y 1882 se embarca en la nave mercantil Italia Una, que navega durante tres meses por Venecia, Dalmacia y Brindisi, quizá como mozo o como simple pasajero. Las aventuras que Salgari amaba contar sobre su vida de mar no tenían base biográfica. Hay numerosos testimonios de conocidos los cuales aseguran que nunca se alejó de Italia. Sin embargo, es posible que entre 1881 y 1882, periodo durante el cual se perdió su rastro, haya seguido el viaje en la Italia Una hacia oriente por el Mediterráneo”.[2]

    Al margen de la polémica, sabemos que Salgari fue asiduo de archivos, hemerotecas y bibliotecas públicas, en donde se informaba para la ambientación de sus obras y leía entusiasmado a los viajeros del siglo XVII: Cook, Bouganville, Krusenster… Era un hombre culto que hacía crónica teatral y traducciones. Una de las más conocidas fue su versión de la célebre novela de aventuras titulada Las minas del rey Salomón, de Henry Reader Haggard.

    La reina de los caribes tiene escenarios centroamericanos y su argumento desemboca en nuestro país. Inicia en Puerto Limón, Costa Rica, continúa en Nicaragua y concluye en la laguna de Tamiahua, en el norte de Veracruz.

    El Corsario Negro, que en realidad es Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y de Ventimiglia, no resulta un simple bucanero. Viste de seda negra, con desusada elegancia; sus armas y la pluma que orna su sombrero son también del color de la noche. El camarote de su barco El Rayo es un gabinete acogedor, con tapetes persas, sillones y cojines de seda. Posee en Italia tierras y castillos, por eso nada toma de los botines que se obtienen después de los saqueos. Vino desde Europa (Flandes) en busca del duque Van Guld, asesino de sus hermanos (los Corsarios Rojo y Verde), quien llegaría a ser gobernador de Maracaibo, Venezuela.

    Los marcos históricos, culturales y geográficos de las novelas de Salgari son elementales. Los argumentos menudean en batallas navales, abordajes, saqueos, duelos, luchas contra animales feroces, cacerías y breviarios culturales sobre flora y fauna regionales. Se informaba, pero no exhaustivamente; no se detenía a elaborar lo que en la novela histórica se conoce como arqueología, es decir, la construcción minuciosa de escenarios y la consignación de hechos documentados y personajes reales. Cuando se internan en la laguna de Tamiahua, ésta les parece la morada de Belcebú. Los recibe un concierto de simios llorones y el narrador explica que sus potentes aullidos se deben a que tienen doble laringe.

    Entre los hombres cercanos al Corsario Negro está Moko, un  africano que conoce la naturaleza y a menudo los saca de apuros. No ignora las bondades de la carne de armadillo, los salva de los cocodrilos y les descubre las bondades de una planta que mana agua potable (tamai caspi). Gracias a él, cazan un manatí, animal emblemático que debido a sus notorias ubres (se le conoce también como vaca marina) los europeos quisieron ver en él a las sirenas que traían en su imaginación. Como postre, Moko los llevó a un hormiguero para que aplastaran a las myrme cosistus mellinger, que estaban llenas de miel.

    Se ha destacado el elogio de las virtudes morales que pregonan las novelas de nuestro autor, pero poco se ha dicho del humor sencillo que lo acompaña:

    — El agua es una buena bebida, pero he notado que las lágrimas de ese tami caspi solo sirven para lavar los intestinos. Si tú, Moko, eres realmente una persona decente, debes encontrarnos algún otro árbol que suministre algo más sólido (…) Entonces, querido Moko, busca otro tami caspi que llore pollos asados, por ejemplo.

    –¡Te vuelves exigente, compadre blanco! –dijo el negro. ¡Ni aún en África he visto plantas que den pollos asados![3]

    Un rasgo de la prosa de Salgari consiste en  su adjetivación, a menudo grandilocuente, que suele impactar al lector poco avezado: “Pero cuando oyó hablar al Duque, su rostro, habitualmente dulce y bello, había tomado un aspecto tan salvaje, tan feroz, que daba miedo. Sus grandes ojos límpidos habíanse tornado tétricos: cruzó por ellos una llamarada de odio, mientras su frente se fruncía borrascosamente”.[4]

    En Honorata de Wan Gud. La reina de los antropófagos, el grupo de corsarios que, en la novela anterior, habían quedado en la laguna de Tamiahua, llegan al puerto de Veracruz, dando un rodeo por Xalapa. ¡Y todo en siete horas!, unas a pie y otras a caballo. Ya se ha dicho que Salgari se informaba librescamente para ambientar sus narraciones; de aquí el error de cálculo. Además, los corsarios y su joven protegida, Yara (una indígena que vivía en las selvas del Darién, hasta donde llegó el  duque Wan Guld para asesinar a su familia), espían un campamento  de indígenas que tienen 20 caballos. En plena época colonial (la novela se desarrolla en 1683) era muy difícil, si no imposible, que los aborígenes vivieran libres y fueran poseedores de tantos equinos.

    En Veracruz, los bucaneros ¡asaltan el fuerte de San Juan de Ulúa!, pero el duque Wan Guld, a quien habían ido a perseguir hasta allí, se les escapa hacia la Florida. Hacia allá continuará la persecución y la búsqueda de su hija, Honorata, de quien estaba enamorada el Corsario negro.

    Por las dos novelas aquí mencionadas podemos inferir que Salgari había leído a Bernal Díaz del Castillo y a Hernán Cortés, a Darwin y a Humboldt, y a otros cronistas porque pone énfasis en algunos elementos que llamaron la atención de los europeos: el canibalismo, las iguanas en particular y, en general, animales y plantas referidos por sus nombres científicos. Si observamos la ruta de los bucaneros hacia la Florida quedará claro que leyó con atención Los naufragios, de Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

    El exotismo y la aventura, elementos que dieron éxito a las novelas de nuestro autor, ya estaban dados. Faltaba el amor, que aparece al final de esta novela cuando el Corsario Negro encuentre a Honorata, su gran ideal e hija de su más encarnizado enemigo, quien sucumbió en una batalla, en alta mar.

    Pero resulta que Yolanda, hija del Corsario Negro (quien muere en los Alpes en un combate contra los franceses) y de Honorata de Wan Guld (quien fallece al dar a luz a la niña) tiene un tío en Maracaibo, Venezuela: el gobernador, que es hijo de una marquesa mexicana y del terrible Wan Guld que, como no puede llevar su verdadero nombre, aparece como conde de Medina y Torres. Yolanda es secuestrada en alta mar, durante su viaje a América con el que pretendía reclamar la herencia que le correspondía por su abuelo. Esto da origen a Yolanda. La hija del Corsario Negro. Aquí observamos que los argumentos de Salgari se tejen de libro a libro y no solo en el interior de cada novela.

    Tal como sucede en las ficciones del autor, encontramos detalles típicos de la cultura regional, como peleas de gallos, huracanes y plagas de mosquitos.:

      Eran los mosquitos jejenes y zancudos tempraneros, que caían en espesas nubes sobre la chalupa y picaban feroz y dolorosamente a los dos aventureros. Son los tales bichos un verdadero azote de aquellas regiones. A ciertas horas del día aparecen los primeros; por la noche son los segundos los que se ponen en campaña y montan guardia, como dicen los indios caribes. ¡Y qué dolorosas son sus punzadas! Tanto, que los pobres indios, que van desnudos, prefieren hacer frente a un jaguar antes  que  pasar  entre una nube de zancudos…[5]

    Morgan, fiel seguidor del Corsario Negro, va al rescate de Yolanda en un barco cuyo camarote es tan lujoso como el del padre de la muchacha. El pirata que vemos en escena se acoge a los estereotipos que construía Salgari pues es fuerte, feroz, apuesto y, con su generosidad, pregona los valores morales que tanto interesaban al novelista veronés. En sus Memorias afirmará que los detalles sentimentales denotan una belleza de alma.

    Esta novela concluye con un naufragio frente a las costas de Venezuela y, en la última página, leemos: “La acción de esta novela continúa en la titulada Morgan…”, porque Salgari elaboró sagas no solo sobre regiones geográficas (mar, selva, polos, desiertos), sino sobre personajes que han quedado en la memoria de sus lectores.

    Morgan es uno de los más notorios ejemplos de la novela de aventuras pues poco se afinca en una realidad histórica y sus baterías están enfocadas a combates, abordajes, saqueos, arañas peludas, jaguares y fieros aborígenes. Se ubica en Venezuela y, notablemente, entrega las voces de la selva:

    Mil rumores se alzaban, bien bajo los islotes y bancos de la laguna, bien entre las tupidas malezas  que proyectan densa sombra en la orilla.

    Eran graznidos de batracios, de las enormes pipas, silbidos de reptiles acuáticos o terrestres, aullidos agudos que repercutían bajo la bóveda, lanzados por los simios rojos y las cebras, a los que, de tiempo en tiempo, hacían eco los gritos roncos de las panteras y de los macacos. Yolanda se esforzaba por estar tranquila; pero a cada aullido del jaguar se acercaba a Morgan  palideciendo y creyendo siempre verse ante aquel formidable depredador, al que el hambre debía, tarde o temprano, arrastrar hacia el campamento.[6]

    No podía faltar la referencia a uno de los más caros animales de la fauna imaginativa de los europeos, el manatí:

    Un animal de grandes dimensiones, surgido inopinadamente entre las hojas de los mucu-mucu que cubrían gran parte de la laguna, retozaba removiendo las aguas con su cola larga y plana.

      Por la forma se parecía a una foca, estando también provista de una especie de patas; pero la cabeza no era redonda, sino aplastada y con pelos largos y rudos que parecían bigotes alrededor de la boca.

      En el pecho tenía dos grandes ubres que recordaban las de las famosas sirenas de la antigüedad.

      Debía de pesar un par de quintales, a juzgar por su tamaño, que excedía de dos metros y medio.[7]

    Yolanda, la hija del Corsario negro, se casa con Morgan; el matrimonio se  establece en Jamaica.

    El hijo del Corsario Rojo tiene lugar en Santo Domingo, en donde el conde de Ventimiglia se enamora de la princesa de Montelimar, viuda de un viejo marqués que murió combatiendo a los filibusteros; los odiaba porque se habían propuesto destruir las colonias españolas en el Caribe. Salgari incurre en el serial: el hijo del Corsario Rojo viene a América en busca de su media hermana porque su padre había procreado una niña con una princesa americana, nieta del cran cacique  del Darién. ¡Sus héroes importantes siempre son nobles![8] Más adelante la acción se desplaza a Panamá, no sin que antes el autor nos hiciera la historia de los bucaneros:

    Secar y ahumar, bajo sencillas cabañas formadas de hojas mal entrelazadas, las pieles y las carnes de los animales muertos en la  caza, designábanse por los indios de las grandes islas del Golfo de México con el vocablo bucán, de donde proviene el nombre de bucanero.

    Estos formidables cazadores, que más tarde habían de dar tanta gente a los filibusteros de la isla Tortuga y tantos disgustos a los españoles, se habían establecido principalmente en la Isla de Santo Domingo, por ser la más rica en animales salvajes. En su mayoría eran aventureros franceses, ingleses y flamencos, alejados de su patria por la miseria o por los delitos cometidos (…) procedentes en su mayoría de la hez de las grandes capitales de Europa occidental, juzgábanse hombres de honor[9].

    Los dos volúmenes de esta novela, que juntos alcanzan casi 600 páginas, insisten en los recursos de nuestro autor: combates, persecuciones, abordajes en alta mar, robo de vestimentas para engañar al enemigo como un farero, un alabardero o un soldado inglés. Con muy pocos señalamientos sociales o planteamientos trascendentes, se confirma lo que afirmó Salvador Vázquez de Parga: “Salgari significa la aventura en estado puro”.[10] A esto contribuye también una observación fundamental: sus entes de ficción más recordados tienen personalidades elementales. Son bravos, leales o valientes, pero no hay matices, contradicciones o complejidades. Jean-Yves Tadié también contribuyó para este apunte: “Describir lo pasado o los países exóticos no es un fin sino un medio (…) Porque lo que importa no es la reproducción de sucesos reales, históricos, sino la de pasiones humanas elementales: el miedo, el valor, la voluntad de poder, la abnegación, el instinto de muerte y el amor”.[11]

    Al final de esta aventura, 30 corsarios y 10 filibusteros deciden volver a Europa porque ya tenían suficiente riqueza acumulada. ¡Lo que nunca hicieron los verdaderos piratas! ¡Ellos fueron la imagen viva de la libertad porque nunca quisieron acumular bienes![12]

    En Los últimos filibusteros, la hija del Corsario Rojo vuelve a América por su herencia debido a que su padre, el gran cacique del Darién acaba de morir. En consecuencia, el marqués de Montelimar, que era su padre adoptivo, se convierte en su enemigo por la posesión de la herencia. Los indígenas, además, la quieren convertir en reina.

    Los escenarios son ahora Guatemala, Honduras y Nicaragua. En la selva centroamericana asistimos a desmesuradas aventuras (los filibusteros se refugian en un enorme nido de cóndores, que los atacan y, a uno de ellos, lo bajan del árbol suspendido de las garras); allí moran los indígenas antropófagos; sufren ataques de murciélagos y serpientes enormes y libran estampidas de toros salvajes. En esta novela, Salgari se permite una de las más explícitas descripciones de las selvas que conoció en libros, periódicos y revistas. Pone al alcance de sus lectores el exotismo, la posibilidad de asomarse a lo lejano y desconocido como si saliera de  mano de un pintor adánico:

    La selva virgen, por el contrario, asusta y pone al hombre en una perplejidad llena de verdadera angustia.

      Una bóveda sin fin, altísima. Formada por hojas monstruosas que se entrelazan unas a otras, junto con la multitud de lianas que caen en enormes festones, se tiende millas y millas sobre la cabeza de los viajeros, interceptando casi por completo la luz solar. Una pavorosa semioscuridad, que no se aclara sino al mediodía y solo por algunas horas, reina en aquellos inmensos océanos de verdor. También los rayos de luna raramente penetran, no existiendo verdaderamente en las selvas vírgenes desgarrones que formen claros.

      Bajo aquellos inmensos vegetales reina sofocación que impide a menudo el respirar o por lo menos le hace difícil. A ratos es ardiente como si de las altas bóvedas cayesen ascuas de fuego, pero la mayoría de las veces es húmeda, enervante, soporífera. Un gran silencio, comparable al que reina en los grandes desiertos, impera durante el día; por la noche, al revés, es un desconcierto horrible, espantoso, que no cesa sino a los primeros albores. Sapos gigantescos, insectos que revolotean como mariposas, hienas que rujen, jaguares y lobos rojos que lanzan a plenos pulmones aullidos lúgubres, confunden sus voces en un trastorno horrendo.

      El hombre que avanza fatigosamente por aquellas selvas sin fin, casi asfixiado por el enrarecimiento del aire, no está seguro de dar diez pasos sin correr el peligro de perder la piel. Son los reptiles, los venenosos, los que más asustan, pues surgen de improviso bajo una rama muerta, bajo un grupo de hojas secas o en descomposición y atacan con ferocidad al pobre que pasa, el cual no puede hacer otra cosa que tenderse bajo una planta y esperar la muerte que no tarda en sobrevenirle.

      Las hormigas leones llegan en seguida, descarnan el cadáver, dejando un esqueleto perfectamente limpio que podría hacer óptima figura en un museo o en una escuela de anatomía. Y no basta eso. Otros peligros acechan en las florestas vírgenes. Allí está el vampiro, especie de murciélago, grande como un gato, que espera a que el viandante, cansado por la larga marcha, se haya dormido para ir a chuparle la sangre; además, allí están los terribles gatos gigantes, no menos sedientos de sangre y siempre agazapados sobre el tronco de una planta; más tarde, cuando la floresta se torna húmeda y pantanosa, miles y miles de sanguijuelas salen de todas partes, mordiendo ferozmente. Tales son las delicias de las grandes selvas vírgenes, sean americanas, africanas o asiáticas.[13]

    Los europeos se reparten en botín (tres cuevas repletas de oro) y se retiran a la vida tranquila. Son los últimos filibusteros que dieron problemas a los españoles. Salgari cierra la novela con la mención de dos mujeres piratas (Mary Read y Anne Bonny) que Rafael Bernal trató literariamente en Gente de mar, libro que, curiosamente, lleva esta dedicatoria: “A la memoria del inmortal Emilio Salgari”.[14]

    Cuando Emilio Salgari emprende la escritura de Mis memorias, ya no está en condiciones de anhelar cosas. Está cansado de la labor realizada y de sus luchas. Las emprende por necesidad, como un deber. Desea que sus hijos y sus lectores obtengan enseñanzas de su voluntad de batallar, de sus ansias de aventura y de gloria. Serán “el coronamiento de toda mi obra: la síntesis, el epílogo”.[15]

    Emprende esta especie de testamento moral con plena conciencia de que los grandes autores de libros de aventuras han sido sedentarios, como Julio Verne.[16] Él, en cambio, sostiene: “yo he sacado siempre, más que de las bibliotecas, de mi experiencia personal la sustancia de mis libros”.[17] Y viene una confesión que, parece, se aproxima mucho a la realidad:

    Fue la necesidad de desprenderme, por así decirlo, del frenesí de aventuras que todavía me poseía, lo que guió mi pluma; y así encontré, en el desarrollo  novelesco de sucesos que verdaderamente me sucedieron, una compensación a mi forzosa inmovilidad. No pudiendo ya correr por mares y continentes, lancé sobre el globo terráqueo a mis héroes y mis heroínas; y escribí, escribí, escribí hasta el punto en que el escribir, de remedio liberador se convirtió en una profesión. Peor, en una dolorosa profesión.[18]

    Como siempre, lleva las cosas al terreno de los valores y la moral. Incluso al hablar de sus raíces invoca las virtudes: “en las largas noches de invierno me hablaba de las estupendas hazañas de mi abuelo, de sus viajes, de su entusiasmo por la liberación de los oprimidos”.[19]

    Salgari, mal estudiante en las aulas, guardó vivo recuerdo de un anciano profesor que le señaló uno de los rasgos notables de su persona. Le dijo que estaba marcado por el Don quijotismo, expresión que en su momento no comprendió pero que el tiempo y sus libros ejemplificaron con largueza.

    Sus Memorias, entreveradas con episodios de la vida real –como su viaje en el Italia Una, o la manera en que, siendo reportero teatral, conoció a Aída Peruzzi, se esposa–  se convierten en una novela autobiográfica que bien puede ser un episodio de Los tigres de Mompracem porque, dice Salgari, su segundo gran viaje fue a la India. Aquí su inclinación moral resplandece porque asegura que en Borneo conoce a Sandokan, el Tigre de Malasia, su famoso personaje que defendía su tierra contra el coloniaje holandés e inglés. Insiste pues en que sus personajes no son imaginarios, sino seres tomados de la realidad.

    En la selva de Borneo, Salgari dice haber protagonizado un romance juvenil con una muchacha inglesa, historia que no había revelado para no lastimar a Aída, su esposa y madre de sus hijos. Hubo un elemento adicional que unió a la pareja: la fascinación que la inglesita sentía por la obra de Fenimore Cooper, otro gran maestro del relato de aventuras. Como los vahos de la selva causaron la postración de su amada, Salgari habla de las selvas homicidas y del país de las fiebres y las penalidades. Si La vorágine y Marabunta nos regalan invasiones de hormigas en Sudamérica, Salgari describe en sus Memorias una estampida de búfalos. Tal como sucede en sus novelas, Mis memorias prodiga breviarios culturales sobre los simios. Así opina Salgari de las selvas, pero también del colonialismo:

      Las noches en las selvas tropicales son terribles. Entre sus brisas y sus hálitos calurosos, se mezclan sutiles venenos que se infiltran en la sangre del hombre. Se creería que la selva quiere defender su virginidad. Que quiere conservar intacta su impenetrabilidad, y cuando el hombre, a hachazos, o por medio del incendio devastador, se abre un hueco en su intrincada espesura, ella se venga haciendo penetrar en su cuerpo dormido el veneno sutil, destilado por mil plantas maléficas.

      La selva no ama al hombre que viene a sorprender sus profundos secretos. La selva odia la civilización y se opone a su camino con las barreras de sus silencios y más todavía con los venenos que expande (…) Cuando una potencia europea quiere apoderarse de un territorio dominado por un, así llamado, soberano bárbaro, comienza por declarar que es de urgente necesidad civilizar aquel territorio.

      Y entonces el fin es tan elevado y humanitario, que todos los medios empleados para conseguirlo son, de antemano, considerados legítimos y dignos de encomio.[20]

    De la selva incendiada de Borneo lo rescató un barco francés en el que permaneció tres años. Al volver a Italia, le dio pena su existencia de pirata independentista (con los Tigres de Mompracem robaba metales a los barocos para construir armas) y prefirió contar sus aventuras de manera oblicua. Conoce a Aída, se casa, tiene hijos y se convierte en escritor en condiciones ominosas: escribía para un solo editor a quien debía entregar resúmenes  para ver si  aprobaba los proyectos.  Empieza a acosarlo la pobreza que, junto con la demencia de su esposa, lo llevan al suicidio: “No he sabido en mi vida lo que es una diversión, nunca jamás; siempre el pupitre, el feroz e implacable pupitre que a cada momento quiere que yo trabaje y produzca nuevos libros (…) El alivio me lo procura el tabaco: cien cigarrillos cotidianamente me dan fuerza para sostenerme en pie, el alimento no (…) Me siento vecino al derrumbamiento: ¡la ceguera llama a mis puertas![21]

    Si en 1910 intentó matarse de una puñalada en el pecho, en 1911 el hara kiri lo ayudó a cumplir sus propósitos. Estas son las últimas palabras a sus hijos: “El otro día he mentido diciéndoos que iba a ver al señor Mattirolo para activar algunos asuntos. No fue así, Nadir: fui a comprar un cuchillo, la hoja que ha de desgarrar mi cuerpo…

    “Os beso apasionadamente; besad a la mamá en mi nombre y adiós para siempre. Mañana no existiré. Vuestro padre, EMILIO SALGARI”[22].

    Emilio Salgari, hijo de un terrateniente, se suicidó acorralado por la miseria y la demencia de su esposa. ¡En la miseria, este autor que tanto dinero dio a ganar a sus editores, a quienes entregaba una novela cada 40 o 50 días! ⌈⊂⌋


    [1] Emilio Salgari, Los tigres del mar y otros cuentos, traducción de Eleonora Arrigoni, México, SEP/Colofón, 2004, p.18.

    [2] Ídem. A esta afirmación habría que agregar la que, en México, hizo María Elvira Bermúdez, una de las mayores conocedoras de la obra de Salgari: “A los diecisiete años, llevado por su pasión por el mar –acrecentada por  sus lecturas de libros y de diarios sobre viajes—se trasladó a Venecia y se inscribió en el Instituto Técnico y Naval; pero en 1881 interrumpió los cursos que debieron convertirlo en Capitán de navío. De ese mismo año data el único viaje por mar que Salgari realizó en su vida: una corta travesía –como turista y no como marino—lo llevó de Venecia a Brindisi y viceversa, tocando ocasionalmente algún pequeño puerto de la Dalmacia. De regreso en Verona, ocultó su fracaso como marino haciéndose llamar ostentosamente capitán…” Prólogo a Emilio Salgari, Sandokan. La mujer del pirata, s/trad., México, Editorial Porrúa (Sepan Cuantos…), 1976, p. VIII.

    [3] Emilio Salgari, La reina de los caribes, México, Editorial Pirámide, 1949, pp.228 y 229.

    [4] Ibídem, p.127.

    [5] Emilio Salgari, Yolanda. La hija del Corsario Negro, México, Editorial Pirámide, s/f, p. 31

    [6] Emilio Salgari, Morgan, México, Editorial Porrúa (Sepan Cuantos), 2000, p.102.

    [7] Ibídem, pp. 106-107.

    [8] Sandokan, personaje principal de Los tigres de Mompracem, no es un simple pirata, sino un personaje de estirpe real que lucha contra los europeos que lo despojaron de su trono. Igual que los barcos de los piratas europeos, el praho de Sandokan es acogedor: “Era éste una pequeña habitación, decorada con elegancia; un verdadero nido. Las paredes estaban ocultas por un espeso tejido oriental y el suelo cubierto con blandas alfombras indias. Los ricos muebles, hermosísimos, de caoba y de ébano, taraceados con madreperla, ocupaban las esquinas, mientras en lo alto colgaba una gran lámpara dorada”. Los tigres de Mompracem, traducción de Antonio Colinas, Madrid, Alianza Editorial, 1981, p.195.

    [9] Emilio Salgari, El hijo del Corsario Rojo, México, Editorial Pirámide, 1950, vol.I, pp. 129 y 131.

    [10] Salvador Vázquez de Parga, Héroes de la aventura, Barcelona, Editorial Planeta, 1983, p. 82.

    [11] Jean-Yves Tadié, La novela de aventuras, traducción de José Andrés Pérez Carballo, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pp. 11-12.

    [12] Véase Gilles Lapouge, Los piratas, traducción de Enrique Molina, Barcelona, Editorial Estela, 1969.

    [13] Emilio Salgari, Los últimos filibusteros, tomo II, México, Editorial Pirámide, 1948, pp. 89-91.

    [14] Rafael Bernal, Gente de mar, México, Editorial jus, 1959, p.9.

    [15] Emilio Salgari, Mis memorias, traducción de Gonzalo Calvo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1977, p.17.

    [16] En la novela que tiene como escenario la laguna de Tamiahua, como dos caimanes en riña destruyeron la lancha ballenera en que iban los personajes, éstos construyeron una almadía que resultó una verdadera jangada, como la que inventó Verne en su novela que bautizó con el mismo nombre de esa balsa que lleva una cabaña en la parte media: La jangada.

    [17] Ibídem, p. 7.

    [18] Ídem.

    [19] Ibídem, p. 9.

    [20] Ibídem, pp.  65 y 45.

    [21] Ibídem, p.106.

    [22] Ibídem, p. 108.

  • Pasamanos de Letras II

    Pasamanos de Letras II

    Miguel Ángel Echegaray

    Los hombres de la situación

    En la aún recordada Revista Snob un grupo de escritores, descreídos e irreverentes, publicaron un texto denominado El Método de Aprovechamiento Terrorífico de una Ciudad, y en particular del método-juego del Nocturno Pavor Citadino. En sus recorridos anochecidos, en fechas y circunstancias indeterminadas, podía ocurrir cualquier cosa (lo que quiere decir que las cosas son ocurrentes o indomeñables), modificando así tanto el mismo día como las circunstancias que propició. En un laberinto trazado por el asfalto y las señales edilicias, acotado, pero ficcionalmente siniestro, sucederá el delineado de nuevos pasadizos en un laberinto conocido.

    Para estos andarines noctámbulos todo era posible, afirmaba José de la Colina: “la moldura de un balcón, un perro cojo, una alcantarilla abierta, una palabra rara” o “ la fotografía de un ahogado en un periódico, las descripciones de un tormento chino en algún folletín…”, y esta última línea provocativa, alude seguramente a una broma, no sé qué tan inocente o malévola de la luego exitosa Farabeuf, novela de Salvador Elizondo que se construye precisamente a partir de una fotografía donde se aprecia el lento despellejamiento de una mujer de origen chino.

    Ninguna novedad es referir que Elizondo, Juan García Ponce, Jomi García Ascot y varios contertulios más hicieron Snob: renovaron la crítica cinematográfica y literaria de su tiempo y, por supuesto, hicieron de su esnobismo una nueva categoría social cifrada en la reescritura de la Ciudad de México, al tiempo que consideraban que sus afinidades de inteligencia los unía, al mismo tiempo que presuntuosamente los separaba.

    Nada de estrictas visiones unitarias, pues. El juego propuesto por De La Colina, salvo como guiño surrealista, ya un tanto agónico, dedica al azar el papel de una brújula para lo inusitado y lo auténticamente sorpresivo, como crítica a la ficción de la normalidad urbana y la detección del ciudadano, lerdo y convencional. Aunque sin un conglomerado de seres comunes deambulando, no es posible criticar su vida rutinaria y alienada.

    Recupero una línea afortunada de De la Colina: “Y como sucede con nuestra vida, con nuestras obras artísticas, con nuestros métodos filosóficos, la ciudad tiene otro orden que el que conscientemente se le quiso dar, y esto vale aún para las ciudades perfectamente planeadas de principio a fin. El subconsciente, los instintos, el otro yo, intervienen en la creación de una ciudad lo mismo que en la creación de un libro, de un cuadro o de un tratado de anatomía”.

    En suma, las ciudades son para construirse e interpretarse a diario, a la luz del día o en su embozada condición nocturna., y todo deriva en textos para ser leídos, ponderados, corregidos y aumentados.

    No estuvieron al margen de tal metafísica urbana, como los situacionistas internacionales, valga la obviedad, que construyeron “situaciones” buscando una nueva y posible conjunción trastocada de espacio y tiempo. Forzar su reunión finalmente compatible. En principio, sería más bien la recuperación de aquello que parece moverse inercialmente entre las nociones propias de un tiempo y un espacio ya dominados antes.

    Melancólicas melomanías

    El 11 de mayo 2003 murió el escritor Luis Ignacio Helguera: poeta, cuentista y ensayista con mucha miga literaria adentro. Lo conocí primero como su editor, cuando acordamos recoger en un solo volumen sus colaboraciones en la revista Vuelta. Todas ellas documentadas, curiosas y, lo más destacado, amennas (valor con frecuencia soslayado especialmente por los autores y posteriormente por los lectores). Nacho fue muy querido por quienes lo conocieron; recuerdo especialmente a su principal, sin estridencias, protector Mario Lavista, hoy también ya ausente. Parecía que incurriría en el desparpajo, pero no, era muy serio y mantenía una prestancia literaria a toda costa, y sin miramientos.

    No sé si la cercanía que tuvo con Juan José Arreola (su contrincante en el juego de ajedrez), lo influyó para el dominio de la brevedad. En 2000 publicó un libro estupendo: ¿Por qué tose la gente en los conciertos? (Divertimentos, crónicas, ensayos rápidos 1990-1997). En el texto principal que pareciera saludar a Julio Torri, Helguera propone: “En resumen, parecería que por más mutaciones que pueda sufrir la humanidad, como si se tratara de un gesto ritual inveterado, esencial, de una epidemia incurable y perenne, seguirá habiendo tos en los conciertos, y la verdad sea dicha, las preguntas que surgen hoy en la Academia son de más actualidad e interés: ¿Por qué no tose la gente en el cine? ¿No sería un concierto sin toses como un cine sin palomitas? ¿Cuándo redactará la vanguardia un concierto para tos y orquesta? Y si se redactara, ¿qué tan válido sería que la gente tosiera durante el mismo?”.

     En su zigzagueante ir y venir de nuevos rumbos y amistades no volví a verlo. Indagué, como se decía antes, por su paradero. Recibí una nota que, para mí, todavía no deja de decir:

     Querido Miguel Ángel:

    Gracias por tus saludos. Le estuve dando más duro que de costumbre los ganchos al hígado y me tuve que hospitalizar un mes. Por fortuna, el noble órgano regresó a su tamaño normal, así que ya nos tomaremos una copilla de vino. Quiero platicar varias cosas contigo. Llámame cuando puedas.

                                                       Un abrazo

                                                           Nacho

    19/ agosto/2002

    ⌈⊂⌋

  • Hijas del Exilio y la Memoria

    Hijas del Exilio y la Memoria

    Itzayana Dorantes

    La riqueza de la literatura mexicana se ha nutrido de otras culturas. El mestizaje que caracteriza a la cultura en México ha ido integrando las tradiciones, creencias, costumbres y vivencias de todas las familias y personas que, por distintos motivos, llegaron a este país buscando un mejor destino. Un ejemplo de lo anterior son las personas judías, quienes han ocupado un lugar importante en el ámbito cultural.

    Lo anterior, aunado a un necesario y aplaudible incremento en el interés por recuperar, reivindicar y promover la literatura escrita por mujeres, vuelve especialmente valiosa la obra de tres escritoras mexicanas de ascendencia judía: Margo Glantz, Angelina Muñiz-Huberman y Esther Seligson, cuya obra sigue vigente, aunque se haya producido principalmente durante las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado.

    A continuación se exponen tres temas torales de sus textos: el exilio, la migración y la memoria, manifestados a través de los siguientes subtemas: la búsqueda de identidad, la añoranza de la infancia, el antisemitismo, la asimilación a culturas ajenas, y la soledad.

    Además de las temáticas mencionadas, sobresale otra característica común: la intertextualidad. Las tres tienen un estilo complejo que traspasa las fronteras de los géneros y retan al lector a una interacción que involucra otras artes, disciplinas y autores. Aunque podría considerarse sesgado todo estudio que busque categorizar sus obras en un género particular, para fines del presente artículo, el enfoque es en los textos donde predomina la narrativa, tanto novela como cuentos, y sobresalen como temas la memoria y el exilio.

    Si bien el exilio y la memoria son transversales en las obras de las autoras, existen pináculos narrativos que aportan las principales fuentes de análisis. Así, se retoman elementos de Las Genealogías de Margo Glantz, el cuento Soledad de Angelina Muñiz-Huberman; así como los cuentos Por el monte hacia la mar y Luz de dos de Esther Seligson.

    Los caminos que llevan a México

    La escritura es la única Tierra Prometida que le espera al escritor, y el Libro la única ciudad santa que le da cobijo.

    Esther Seligson

    Desde finales del siglo XIX, la presencia de comunidades judías en México adquirió una proporción importante. Durante el Porfiriato inicia la inmigración de estas colectividades que buscaban alternativas, en un primer momento, a la pobreza en que vivían y años después, a la violencia de las Guerras Mundiales. En general, se incorporaron a la sociedad mexicana a través de actividades económicas como el comercio y las finanzas.

    De acuerdo con Jacobo Sefamí, en México se asentaron cuatro comunidades judías principales: la azhkenazí, que incluyó a los que salieron de Europa del Este, los sefardís, que salieron de España y Turquía, y los provenientes de la región de Siria que se dividían a su vez en dos comunidades, los de Aleppo y los de Damasco.[1]

    De estas comunidades y su descendencia surgió en México una corriente literaria denominada “Literatura judía en México”, que a su vez se insertó en una categoría más grande que es la “Literatura del exilio”. Fueron generaciones de escritores, hombres y mujeres, que trataron en sus obras el exilio universal del pueblo judío, crearon personajes en búsqueda de su identidad, y recurrieron a elementos de los textos sagrados a fin de recuperar sus orígenes y su identidad a través de la memoria.

    Los padres de Margo Glantz nacieron en Rusia y Ucrania, por lo que su llegada a México forma parte de la comunidad azhkenazí, comunidad a la que perteneció también la familia de Esther Seligson; mientras que los padres de Angelina Muñiz se sumaron a la diáspora sefardí que motivó la Guerra Civil Española.

    Angelina Muñiz también es considerada parte de la segunda generación de escritoras y escritores hispanomexicanos, aquellos que descienden de la generación del exilio español, incluyendo tanto a quienes nacieron en España como en otras partes de Europa o en México. Sin embargo, su infancia queda marcada por el exilio.

     “[…] es una generación que padece la historia y no la realiza. […] acostumbrada a que el pasado les sea contado. Escuchar los relatos es su forma de vivir la historia. Su recuerdo, pues, va a estar constituido por la narración. España sólo la pudieron vivir en la melancolía […] heredaron la nostalgia de algo que casi no conocían, hasta el punto de que la España republicana llegó a significar una especie de paraíso perdido.”[2]

    No obstante, Glantz, Seligson y Muñiz-Huberman rechazaron la clasificación categórica de formar parte de una tradición literaria judía, por considerarla limitante y reduccionista respecto a la variedad de su obra, pues las tres fueron prolíficas en el tratamiento de otros temas. En palabras de Esther Seligson, “No puedo decir que mi literatura sea judía porque hay elementos de mitología griega, del hinduismo y del taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, del sufismo y de miles de cosas. Evidentemente, no voy a negar que soy judía, me molesta que me pongan en las antologías de escritoras judías, de antologías de escritoras judeo-mexicanas, en antologías de escritoras […] considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén […] Nadie escribe el español como escribe un mexicano. Soy una escritora mexicana, por supuesto que sí.”[3]

    Hijas del exilio y la memoria

    Esa inquietud por no conocer el lugar donde se ha nacido es una falta de nacimiento. Si se nace en un lugar no habitual algo debe haber pasado y el nacimiento lleva el sello del exilio.

    Angelina Muñiz-Huberman

    Margo Glantz nació en la Ciudad de México el 28 de enero de 1930. Sus progenitores eran azhkenazíes, nacieron en Rusia y debieron emigrar a Ucrania después de la prohibición del zar de esas comunidades en los plantíos. La violencia contra estas comunidades radicadas en Europa del Este se incrementó desde los años veinte del siglo pasado. Como los llamados pogromos[4] -consecuencia de la Revolución Rusa- se tornaron cada vez más violentos y cercanos Jacobo Glantz y su esposa Lucía Shapiro decidieron migrar a los Estados Unidos en un barco holandés.

    Antes de concluir su viaje, se recrudecieron las medidas migratorias en el país norteamericano y la familia Glantz debió permanecer en México como una situación temporal, que terminó siendo permanente. Desembarcaron en Veracruz el 14 de mayo de 1925 y viajaron a la capital en tren, instalándose en La Merced. La familia Glantz vivió de todo oficio que les fue posible: tuvieron una panadería, una bonetería, una zapatería, un restaurante y hasta un consultorio odontológico.

    Se puede afirmar que Margo Glantz es la más viajera de nuestras tres escritoras, hábito que inició desde muy pequeña a través de los libros. Al ser hija de un poeta, tuvo contacto con una gran biblioteca que la llevó no solo a viajar literariamente, sino a ser escritora. “Ahora que ya escribo, recuerdo con nostalgia mis lecturas de la infancia y adolescencia, lecturas enteramente gratuitas: vivía mil vidas sin moverme de mi sillón preferido, una incómoda silla del comedor, oyendo tangos y leyendo Dos años de vacaciones o De la tierra a la Luna, El viaje al mundo en ochenta días de Julio Verne; o en una banca de la zapatería de mis padres con un ejemplar de Palmeras Salvajes […].”[5]

    Estudió una Maestría en Letras Modernas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y obtuvo un Doctorado en Letras por Universidad de la Sorbona de París. Es viajera empedernida y profesora en distintas universidades a nivel internacional; fue directora del Instituto Cultural Mexicano-Israelí (1966-1970); del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (1982-1986); Ministra de asuntos culturales en la Embajada de México en Inglaterra (1986-1988), y formó parte de la Academia Mexicana de la Lengua en 1995, entre muchos otros cargos. Tiene múltiples doctorados honoris causa y numerosos premios, entre ellos: el Premio Magda Donato (1982), por Las genealogías; el Premio Xavier Villaurrutia (1984), por Síndrome de naufragios, y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2003), por El rastro.”[6]

    Seis años después de Margo, nacería Angelina Muñiz en Hyêres, Francia, el 29 de diciembre de 1936, ya en el exilio, pues su padre, Alfredo Muñiz, fue periodista republicano y editor de El Heraldo de Madrid, por lo que fue expulsado al iniciar la Guerra Civil Española. Menos de tres años después, la familia se instalaría en Cuba, donde Angelina pasaría los mejores años de su infancia: “Estuvimos tres años allí, en un pueblo llamado Caimito del Guayabal. Digo que esa época fue mi paraíso porque viví en estado semisalvaje, no iba a la escuela, estaba todo el día al aire libre, en los sembradíos, con los animales, en el monte. Me acostumbré a estar sola en la naturaleza. Yo era la única niña (mi hermano había muerto de manera trágica en Francia) y no tenía relación más que con el mundo de los adultos […] Guardo recuerdos tan nítidos que han sido la base de los libros en los que trabajo ahora, sobre todo memorias de la infancia.”[7]

    En 1942, la familia se muda permanentemente a México. Este cambio significó para Angelina un doble exilio, ahora no solo perdía la tierra donde nació, sino aquella en la que fue feliz. Así lo manifestaría ella en diversas entrevistas y autobiografías[8], y dedicaría una novela completa a la remembranza de esa primera infancia en el “paraíso”: Seudomemorias (1995).

    Aunque sus padres no buscaron inculcarle una estricta educación judía o española, por decisión propia, Angelina buscó entrar a una escuela española cuando tenía 16 años, donde entró en contacto con otros jóvenes hijas e hijos de personas exiliadas, como ella. No obstante, se naturalizó mexicana a los 18 años.

    Estudió Letras en la UNAM y doctorados en Lenguas Romances en las Universidades de Pensilvania y Nueva York. Forma parte de la Academia Mexicana de la Lengua desde el 2021. Como se puede observar, su desarrollo académico y profesional guarda similitud con el de Margo Glantz, y al igual que ella, Angelina tiene en su haber numerosos reconocimientos, entre ellos: el Premio Magda Donato (1972), por Morada interior; el Premio Xavier Villaurrutia (1985), por Huerto cerrado, huerto sellado; el Premio Internacional Fernando Jeno (1988), por De magias y prodigios; el Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz (1993), por Dulcinea encantada y el Premio de Poesía José Fuentes Mares (1997), por La memoria del aire.”[9]

    La más joven de las tres, Esther Seligson, nació en la Ciudad de México el 25 de octubre de 1941. A diferencia de Glantz y Muñiz-Huberman, no existe información sobre la llegada de los padres o abuelos de Seligson a México, sin embargo, reconoce su pertenecía a la comunidad azhkenazí.

    Ella estudió Química en la UNAM, aunque dio un giro radical a su formación al cambiarse a las carreras de Lengua y Literaturas Hispánicas, así como Literatura Francesa. Realizó también una maestría en Historia del Arte y diversos diplomados sobre Historia, Edad Media, estudios judíos y filosofía en distintas instituciones y universidades francesas y judías.

    De las tres, es la que más destacó en el ámbito de la traducción, al incluir entre su repertorio obras de Emmanuel Levinas, E. M. Cioran, Edmond Jabés, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar y Rainer María Rilke, entre otros. Entre las distinciones más importantes que ha obtenido se encuentran el Premio Xavier Villaurrutia (1973), por Otros son los sueños y el Premio Magda Donato (1979), por Luz de dos. Falleció en febrero de 2010 en la Ciudad de México, a los 70 años.

    De mujeres, viajes y raíces

    Mezclo, combino y opongo los recuerdos que guardo en la memoria, que abarca no sólo la mía específica, sino la colectiva que he ido recogiendo a lo largo de la vida.

    Angelina Muñiz-Huberman

    La memoria no es estática ni inamovible, está en constante reordenamiento, corrección y complementación, y ese es un principio en Las Genealogías de Glantz. Es una obra en constante rescritura; su primera edición se publicó en fragmentos en 1981 en el periódico Unomásuno y posteriormente fue reditada en distintas ocasiones por ella misma. La primera redición fue en 1986 tras la muerte de su padre, la segunda, en 1997 tras la muerte de su madre, y la tercera en 2010, después de la muerte de una de sus hermanas.

    Se podría decir que esta obra es la novela de la memoria y la migración por excelencia ya que está compuesta a partir de las entrevistas que Margo hizo a sus padres sobre sus orígenes, la vida de sus abuelos, su exilio a México y su integración en este país. A través de éstas, Margo aprendió las tradiciones y costumbres judías que se perdieron con el exilio: los ritos funerarios, los rezos y la míkveb,[10] entre otros.

    En palabras de Margo, “todos, lo sabemos bien, necesitamos partir de un origen, entenderlo. Quise, por ello escribir sobre mis padres, entenderlos para entenderme a mí, en cierta manera de la misma forma en que uno se pone a trazar genealogías literarias para insertarse en una tradición. Me interesaba saber qué sentían mis padres por haberse exilado, qué significaba para ellos su ingreso a la vida mexicana, a la que habían llegado en una época importante, cuando la Revolución era todavía algo muy cercano, un México más parecido al que pinta Eisenstein en su maravillosa película ¡Que Viva México!, y a una Ciudad de México que apenas tenía un millón de habitantes (¡ahora tiene veinte!)”[11]

    Soledad, de Angelina Muñiz-Huberman, narra la historia de una niña que vivió la Guerra Civil Española y termina en exilio en México con sus padres, pero aquí, el exilio no solo es de territorio, es de familia al perder a su hermano y, por ende, a los padres ausentes; así como de soledad al no encajar en la escuela ni en ningún otro lado de su nuevo país, hasta que encuentra como enclaves una interacción imaginaria con su hermano y la llegada de una niña judía que es exiliada, como ella, lo que las vuelve iguales.

    Por otro lado, Todo aquí es polvo de Esther Seligson es un entramado de memorias, con episodios autobiográficos y familiares [como Glantz] que acompañan la memoria colectiva de los orígenes del pueblo judío hasta la fundación del Estado de Israel, las diferentes diásporas y su persecución.

    La búsqueda de la identidad se observa en las tres autoras, hasta el punto de tener siempre el deseo de regresar al pasado, de evadir la realidad presente a través de la memoria de aquel tiempo y territorio que les fueron negados. Aunque este proceso siempre representa una dolencia y frustración, difícilmente se puede hablar de algo que no se vivió. “Me es difícil hablar de la memoria judía, así en bloque. Puedo, quizá, aferrarme a una vivencia parásita, la de mis padres, ahora reducida, muy reducida, a la de mi madre, para intentar comprender estos términos.”[12]

    Si se desconoce el territorio, el pasado y las costumbres, lo único que queda para recuperar la memoria es la palabra, transmutarla de lo oral a lo escrito. La patria única y auténtica se vuelve la palabra. “Para el exiliado la invocación de la memoria es fundamental, porque en ella están las claves de su identidad: los recuerdos que han de recomponerse para obtener el sentido de uno mismo.”[13]

    Esa identidad, que dista mucho de ser categórica y pura, era inevitablemente mezcla de culturas y dobles orígenes. Se observan, y más aún, se adoptan otras tradiciones, imágenes, formas de hablar e idiosincrasias. ¿Hasta dónde permanecía lo “judío” y dónde iniciaba lo “mexicano”? Se vuelven entonces seres de ambas partes y, por consiguiente, de ninguna.

    “Yo tengo en mi casa algunas cosas judías, heredadas, un shofar, trompeta de cuerno de carnero, casi mística, para anunciar con estridencia las murallas caídas, un candelabro de nueve velas, que se utilizan cuando se conmemora otra caída de murallas durante la rebelión de los macabeos, que ya otro goi[14] (como yo) cantar en México (José Emilio Pacheco). También tengo un candelabro antiguo, de Jerusalén, que mi madre me presto y aquí se ha quedado, pero el candelabro aparece al lado de algunos santos populares, unas réplicas de ídolos prehispánicos […] unos retablos, unos ex votos, monstruos de Michoacán […] Por ellos, y porque pongo árbol de Navidad, me dice mi cuñado Abel que no parezco judía, porque los judíos les tienen, como nuestros primos hermanos los árabes, horror a las imágenes. Y todo es mío y no lo es y parezco judía y no lo parezco y por eso escribo -éstas- mis genealogías.”[15]

    En el caso de Angelina, el doble origen conlleva un doble exilio: el que corresponde a la Guerra Civil Española, por ser hija de un republicano español, y el que toca por ser sefardí, una judía en México. El encuentro que tienen las dos niñas en el cuento Soledad ilustra este punto: “la posibilidad de la esperanza propicia la búsqueda, y al final aparece la amiga. Está allí, al alcance de la mano. Se sienta en la misma banca, es también una extraña, es una niña judía. He aquí dos pequeños seres afines que han conjugado el momento preciso. Se han hallado. Lo demás resulta fácil: las coincidencias son múltiples. Vienen huyendo de la guerra, de la persecución […].”[16]

    Y así como las autoras buscan la identidad propia a través de memoria vertida en palabra, sus personajes también deambulan en la memora propia y colectiva para acercarse a ellos mismos, a veces lo hacen rozando el borde de la locura. Así ocurre a los protagonistas de La Dulcinea Encantada y de Paz en Aquisgrán[17] de Angelina Muñiz-Huberman, donde la búsqueda de sus identidades retorna en algún punto a las épocas medievales de cruzadas, caballeros, doncellas y alquimia, para evadir esa realidad en la que no encajan.

    Dentro de este viajar por la memoria, la infancia se ofrece como una época idílica, lejana y donde se pueden hallar todas las respuestas, de donde nunca debió uno haberse marchado y que lo convierte en el exilio definitivo, pues nunca se podrá regresar. Por ejemplo, Karla Marrufo identifica como una característica esencial de los personajes seligsonianos, que son “seres que deambulan entre el recuerdo de lo que han sido y una vaga noción de lo que son al momento de narrar su propia historia o debatiéndose en la incertidumbre del sueño o el recuerdo (pues muchas veces son incapaces de discernir entre uno y otro) y los episodios de infancia que han repercutido a tal grado en ellos que son lo único que logran evocar en un momento crítico.”[18]

    Pero estos vericuetos por la infancia perdida no siempre son idílicos como el paraíso cubano de Angelina, también están esos escenarios con tintes tenebrosos, de soledad y locura, poblados de fantasmas y de la guerra, como en el cuento Por el monte hacia la mar, de Seligson, aunque incluso así, la infancia es preferible al exilio actual. “Se dice que hay un tiempo para vivir y otro para pensar, uno para ser y otro para actuar, que es así, que no tiene remedio, que no hay para qué darle tantas vueltas. Mientras éramos niños esto no tenía importancia; ni siquiera cuando vino la guerra y tuvimos que escapar creímos en lo irremediable, pues todavía estábamos hechos -y el mundo alrededor- del mismo material que nuestros sueños. […] Así, al abrir los ojos, buscaremos lo que no tiene sus raíces en la existencia, algo tan preciado que proyecte el alma fuera del tiempo.”[19]

    Otra característica común en la recuperación de la memoria en las tres escritoras, es la presencia constante del antisemitismo, ya sea vivido a través de sus antepasados, o por ellas mismas, dentro de sus familias o mencionándolo en general por el pueblo judío.

    Así, Margo nos cuenta el intento de pogrom que vivió su padre en México en 1939 por los Camisas Doradas, y la huella que esto dejó en ella:

    “Mi padre era un judío de pequeño ghetto, de un pueblito en donde pasaban los cosacos y había pogroms, y aunque yo no viví los pogroms -viví el intento de pogrom aquí en México contra mi padre-, para mí la idea de ser judío es de alguien que puede estar metido en un pequeño pueblo, a donde van a llegar gentes de fuera, como en una expedición para matar, como los cosacos que matan y que son tan importantes en los relatos judíos de finales de siglo, y de todo este siglo, y que culminan terriblemente con el nazismo. […] estás metida en un territorio muy específico, y al mismo tiempo tienes costumbres demasiado definidas, tienes un idioma aparte de otros idiomas; la gente te mira y te señala con un apelativo negativo que es al mismo tiempo tu identidad.”[20]

    La Soledad de Muñiz-Huberman lo vive en carne propia:

    “El hombre camina vacilante, va sucio y roto, gesticula y se tambalea, despide un olor agrio. La niña ha atraído su atención: ese pequeño ser que salta a la puerta de una casa. Odia su equilibrio y su piel suave, su falta de temor y su diferencia. ¡Esa niña es distinta!

    —¡Güereja judía! —le grita.

    “Soledad se ha sentido más pequeña. Quisiera correr con la madre. Ha conocido el odio del hombre, el insulto. Sabe que ha querido humillarla. […] Judía. Como Anita. Lo es, porque se lo ha dicho alguien. La han confundido. (Los nazis la hubieran matado.) […] Siempre la confundirán o con judía o con española. Y siempre acertarán. ¡Es distinta! […] Ha comprendido que es una extraña para los demás.”[21]

    En Luz de dos, Seligson habla de cómo este antisemitismo obliga a esconder quiénes eran como pueblo, alimentado también por la superstición y la ignorancia que sus tradiciones generan en la población de los lugares a los que llegan:

    “Extranjera por su origen, y religión, educada para aprender a no arraigarse a nada ni nadie, no iba con su espíritu a aceptar una seguridad material a la que todas las voces de sus raíces se oponían por ficticia. Y no es que fuera vergüenza ser judío, por el contrario, en aquellos tiempos los más apegados servidores de la Corte lo eran. […] pero -a ella se lo tenían bien dicho- era preferible no mencionar su origen ni hacer pública ostentación de sus creencias y ceremonias. La desconfianza era tan ancestral […] como el respeto a la tradición: […]. era imposible desentenderse de los rumores de brotes de violencia contra otras juderías, en particular durante los días de Pascua cuando se aseguraba que los judíos amasaban el pan ázimo con la sangre de cristianos recién nacidos. El problema no se solucionaba contradiciendo la ignorancia y superstición populares. Había que mantenerse reservados, mostrarse conciliadores y, en lo posible, tratar de pasar inadvertidos.”[22]

    Por otro lado, tratar el tema del exilio implica forzosamente hablar de la asimilación, la cual parece que se logra en distintos grados, pero en realidad no se logra nunca. Ni siquiera en el caso de las que, como Glantz y Seligson, nacieron en el territorio en el cual habrían de crecer y formar sus propias familias. La conformación de comunidades judías para vivir sus tradiciones dificulta aún más la integración de los hijos e hijas. Lo mismo en los barrios judíos donde creció Glantz que las escuelas españolas donde estudió Angelina.

    Y aunque por el español que hablan, las personas con las que conviven, la comida que consumen y las parejas que escogen, podría parecer que lograron integrarse: “Los hijos nacen en otras tierras y en otro idioma, las costumbres se yuxtaponen, los antagonismos inmediatos o seculares desaparecen y se antoja posible una integración.” [23] Lo que los lleva a ya no identificarse totalmente con sus antepasados.

    Persiste el sentimiento de “no encajar”. Al no hacerlo, se volvieron viajeras constantes, ciudadanas del mundo en busca de la pista de sus orígenes y sacando ventaja de su no pertenecer a ningún lugar y, por tanto, a cualquiera.

    El rescate de la memoria como conclusión

    Todo viaje hombre adentro tiene su contrapartida, es decir, el viaje mujer afuera. A este tipo de viaje me he lanzado estos últimos meses y en los recovecos de la realidad y de los países que he visitado voy espiando mis orígenes.

    Margo Glantz

    Se dice que para el pueblo judío es un deber recordar, y para estas tres autoras, fue y sigue siendo una tarea que ellas cumplen al pie de la letra. A pesar de pertenecer a las generaciones mexicanas del post 68, las tres buscaron su propio camino literario, alejándose de los temas políticos y adentrándose, en cambio, a los temas de la memoria, de la espiritualidad y de lo personal. Aunque bien se sabe que lo personal también es político.

    Cada una con su estilo particular, pero con grandes coincidencias, recuperaron a través de la memoria vertida en palabra lo que les fue negado: una identidad diferente, la creación de una memoria familiar que nutre a una colectividad.

    Son hijas de sobrevivientes, de mujeres y hombres que sobrevivieron a pogromos, a exilios, hambrunas, guerras y pandemias, y con esa responsabilidad a cuestas, ellas se convirtieron en viajeras empedernidas en búsqueda constante de su pasado. Muchas de sus obras fueron escritas durante esos viajes, o son productos de ellos.

    No hay mejor manera de honrar a estas grandes generaciones de viajeras y escritoras que leerlas, conocer las historias que desean contarnos y, ¿por qué no?, emprendiendo nuestros propios viajes geográficos y literarios que nos lleven a descubrir y dejar testimonio de nuestras propias genealogías.⌈⊂⌋


    [1] Jacobo Sefamí, “La dispersión multitudinaria en el cambio del siglo”, Seminario a la Literatura Moderna y Contemporánea de México, México, 2021. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=Lg7N8bnni2I&list=PL0Wo35gOgWOAuDI1xogceCpdoK0GJJ8_k&index=18

    [2] Silvia Jofresa en Muñiz-Huberman, Angelina, El Canto del peregrino. Hacia una poética del exilio, GEXEL-UNAM, 1999, Barcelona, p. 11

    [3] Entrevista a Esther Seligson por Miguel Ángel Quemain en Marrufo Huchim, Karla, “La reescritura del mito en la narrativa de Esther Seligson”, Tesis para obtener el título de Doctora en Literatura Hispanoamericana, Universidad Veracruzana, 2014, pp. 27-28

    [4] Saqueo y ataque dirigidos contra un grupo de personas, especialmente judíos, llevados a cabo por una multitud.

    [5] Margo Glantz en, Retratos y autorretratos. De Griselda Álvarez a Ángeles Mastretta, CONACULTA-INBA, México, 2006, pp. 115 y 117.

    [6] S/a, “Margo Glantz”, Enciclopedia de la Literatura en México, CONACULTA-INBA, México, 2021. Recuperado en: http://www.elem.mx/autor/datos/427

    [7] Angelina Muñiz en Horno-Delgado, Asunción, “Un desnudamiento total: entrevista a Angelina Muñiz-Huberman”, Confluencia, Vol. 14, No. 1, 1998, Colorado State University, pp. 147-158. Recuperado en: https://www.jstor.org/stable/27922658

    [8] Véase Angelina Muñiz Huberman en Retratos y autorretratos. De Griselda Álvarez a Ángeles Mastretta, Op. Cit., pp. 170-171

    [9] S/a, “Angelina Muñiz-Huberman”, Enciclopedia de la Literatura en México, CONACULTA-INBA, México, 2021. Recuperado en: http://www.elem.mx/autor/datos/749

    [10] Piscina ritual para mujeres después del periodo menstrual.

    [11] Margo Glantz en Aracil Varón, Beatriz, “Margo Glantz: el rastro de la escritura (entrevista)”, Anales de Literatura Española, Espagrafic, Universidad de Alicante, España, No. 16, 2003, pp. 9-10. https://rua.ua.es/dspace/bitstream/10045/7293/1/ALE_16_13.pdf

    [12] Margo Glantz, Las genealogías, De Bolsillo, 5ª ed., 2010, México, p. 285

    [13] Silvia Jofresa en Muñiz-Huberman, Angelina, El Canto del peregrino. Hacia una poética del exilio, Op. Cit., p. 28

    [14] Se dice en las comunidades judías para referirse a una persona no judía.

    [15] Margo Glantz, Op. Cit., p. 14

    [16] Angelina Muñiz-Huberman, “Soledad”, Material de Lectura, UNAM, México, 2011, p. 13

    [17] Relato que forma parte del libro De Magias y Prodigios. Transmutaciones, 1987.

    [18] Karla Marrufo, Op. Cit., pp. 72-73

    [19] Esther Seligson, “Por el monte hacia el mar”, Cuentos reunidos, Malpaso, Barcelona, 2017, pp. 63-64

    [20] Margo Glantz en entrevista por Sandra Lorenzano, “Del amoroso enredo en la literatura: entrevista con Margo Glantz”, Debate Feminista, Vol. 17, CIEG-UNAM, 1998, p. 253. Recuperado de: https://www.jstor.org/stable/42624481?read-now=1&refreqid=excelsior%3A584fd06fde2133150cc60d0ff8d045d9&seq=16

    [21] Angelina Muñiz Huberman, “Soledad”, Op. Cit., p, 16

    [22] Esther Seligson, “Luz de dos”, Cuentos reunidos, Op. Cit., pp. 101-102

    [23] Margo Glantz, Las Genealogías, Op. Cit., p. 290


    Referencias

    Aracil Varón, Beatriz, “Margo Glantz: el rastro de la escritura (entrevista)”, Anales de Literatura Española, Espagrafic, Universidad de Alicante, España, No. 16, 2003, pp. 5-29.

    CONACULTA/INBA. Retratos y Autorretratos. De Griselda Álvarez a Ángeles Mastretta, 2006, México, pp. 115-118, 168-173 y 218-219.

    CONACULTA-INBA, Enciclopedia de la Literatura en México, México, 2021.

    Glantz, Margo, Las Genealogías, De Bolsillo, 5ª ed., 2010, México, 295 pp.

    Horno-Delgado, Asunción, “Un desnudamiento total: entrevista a Angelina Muñiz-Huberman”, Confluencia, Vol. 14, No. 1, 1998, Colorado State University, pp..145-154 Recuperado en: https://www.jstor.org/stable/27922658

    Lorenzano, Sandra, “Del amoroso enredo en la literatura: entrevista con Margo Glantz”, Debate Feminista, Vol. 17, CIEG-UNAM, 1998, pp. 251-266 Recuperado de: https://www.jstor.org/stable/42624481?read-now=1&refreqid=excelsior%3A584fd06fde2133150cc60d0ff8d045d9&seq=16

    Marrufo Huchim, Karla, “La reescritura del mito en la narrativa de Esther Seligson”, Tesis para obtener el título de Doctora en Literatura Hispanoamericana, Universidad Veracruzana, 2014, 228 pp.

    Muñiz-Huberman, Angelina, El Canto del peregrino. Hacia una poética del exilio, GEXEL-UNAM, 1999, Barcelona, 187 pp.

    Muñiz-Huberman, Angelina, “Soledad”, Material de Lectura, UNAM, México, 2011, 35 pp.

    Sefamí, Jacobo, “La dispersión multitudinaria en el cambio del siglo”, Seminario a la Literatura Moderna y Contemporánea de México, México, 2021, 224 min. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=Lg7N8bnni2I&list=PL0Wo35gOgWOAuDI1xogceCpdoK0GJJ8_k&index=18.

    Seligson, Esther, Cuentos reunidos, Malpaso, Barcelona, 2017, pp 37.110.

  • Alejandría: el sueño del saber universal

    Alejandría: el sueño del saber universal

    Felipe Sánchez Reyes

    Al frente del palacio se encuentra un anciano de ochenta y dos años, vestido de blanco como sus cabellos. Él, después de gobernar a su país por cuarenta años, recorre con paso lento la Biblioteca de Alejandría, en el año 285 a. c., dos años antes de su muerte, en el año 283. Así presenta Oliver Stone a Ptolomeo I, en el filme, Alexander (2004).

    Atrás de él, pasan los esclavos escribas cargando rollos de papiro para colocarlos en los estantes respectivos, reparar los volúmenes dañados y llevar el catálogo al día. Al lado de él, su escriba Cadmo apoya la mano sobre el rollo de papiro con el cálamo de tinta negra que fluye delicadamente sobre la línea imaginaria de la hoja. Plasma sus letras y palabras artísticas. Cuando el rey se calla, él se detiene, revisa la regla, la línea imaginaria de la hoja, e introduce la punta hendida del cálamo con un corte en el centro, en el tintero. Hace signos en el aire y anota en el rollo las Memorias de Alejandro, libro escrito por Ptolomeo I que luego desaparece, pero del cual los historiadores posteriores aceptan su autoría.

    Escucha atento y apura el cálamo con la tinta que, al rasgar el papiro, emite un susurro, cual viento en la caña. Luego, cuando Cálamo se detiene, le llega el suspiro de Carpo, su joven amante que se ahogó en las aguas del río. De pronto, olvida esa imagen el escriba, pues no quiere dejar escapar ningún trozo de aliento que se evapora y desaparece al instante de los labios del rey Ptolomeo, tampoco ninguna de las palabras que plasma en el rollo de papiro. Atrapa, como mariposas al vuelo, las palabras del rey, dichas con vehemencia y con la esencia del deseo del hombre listo a partir de este mundo. Impide que se las lleve el viento y las vuelve eternas en el papiro, para los lectores posteriores de futuras generaciones.

    Él le confiesa, mientras el otro sigue el hilo conductor de sus ideas en el papiro con el cálamo y la tinta, que tiene dos hijos de diferentes madres, cada uno celoso del poder del otro; espera que crezcan y sean justos en sus asuntos. Cuando tiene como telón de fondo el maravilloso Faro de Alejandría, le hace estas confesiones.

    Una, se necesita ser fuerte para gobernar, como Alejandro y él lo hicieron. Dos, Alejandro fundó cincuenta ciudades con su nombre, era un dios y amigo del hombre como Prometeo, y cambió el mundo, pues antes de él había tribus, después de él, todo era posible. Él busca mezclar a los griegos con los bárbaros y generar armonía, pero su deseo termina en fracaso. Crea una civilización helénica abierta a todos, y un imperio, no de tierras ni de oro, sino de la mente universal.

    Tres, confiesa el mayor secreto que atormenta su vida: él y sus compañeros generales envenenaron a Alejandro, porque ya no podían seguirlo y porque al final los desecharía. Aunque le ordena que redacte en sus Memorias, “murió de fiebre”. Y cuarto, Alejandro pelea toda su vida para liberarse del miedo: por este miedo se vuelve libre, y concluye con esta afirmación: “el más grande de los hombres es Megas Alejandros”. El término Megas o Magno lo añaden los romanos en el siglo II.

    ¿En qué radica la importancia de la antigua ciudad de Alejandría? Porque Alejandría tiene una localización estratégica, como centro mercantil y cultural de primer orden, y se ubica en la encrucijada de las rutas de África y Asia, rivaliza y toma el relevo de Atenas. Es una de las grandes capitales intelectuales y comerciales del mundo antiguo, multirracial y multicultural, como ocurre actualmente en algunas ciudades de Europa que reciben a ciudadanos de África, Asia y América. Se convierte en centro geográfico y comercial del mundo mediterráneo, en capital ideológica del reino helenístico, imaginado por Alejandro, hasta que Roma la conquista por las armas, afirma Paloma Fernández de Avilés.

    Ahora, ¿en qué radica la importancia de Ptolomeo y su hijo para la humanidad?  Ptolomeo I crea el Museo, antigua versión de nuestros centros actuales de investigación, universidades y laboratorios de ideas. También la Biblioteca, influido por Demetrio de Falero, ex gobernador de Atenas y su consejero. Los Ptolomeos invitan a su corte a escritores y poetas, científicos y filósofos griegos más destacados, para que vivan en las instalaciones e intercambien ideas, investiguen y trabajen con los libros del mundo griego en el Museo.

    Pues, al perder importancia Atenas en el mundo cultural griego, los Ptolomeos aspiran a ocupar el papel hegemónico en la política y cultura griegas. En Alejandría, la capital cultural del mundo del siglo III a. C., viven y escriben los grandes poetas, filólogos y científicos que cuentan con el mecenazgo de los Ptolomeos y con la biblioteca más grande e importante de la antigüedad. Ellos sólo se dedican a pensar y crear, mantienen el puesto de por vida, el rey los absuelve de pagar impuestos y les otorga un pago mensual; allí se origina el mecenazgo.

    El mismo nombre de Museo (Μουσεῖον, templo de las Musas) fue empleado anteriormente por las escuelas de Platón y Aristóteles, que se presentaban como la corte de las Musas. El Museo en sus orígenes fue una academia y no una universidad, este segundo aspecto se desarrolla en siglos posteriores. La misma evolución semántica del vocablo,”Μουσεῖον”, atestigua que, bajo el Imperio, se convirtió totalmente en un establecimiento de enseñanza superior.

    En el siglo IV, durante el imperio romano, la voz Μουσεῖον adquiere, en la pluma de retóricos, como Libanio (314-394 d. C.), “el pequeño Demóstenes”, o Temistio (317-388 d. C.), la significación vulgar de escuela, en general. Aunque en sus orígenes, durante la época ptolemaica, asevera Henrie Marrou (Marrou,1970: 266-267), la actividad pedagógica del Museo aún no se había afirmado.

    Muchos siglos después, en 1677 Elías Ashmole regala su gabinete de curiosidades a la ciudad de Oxford que origina el Museo Ashmolean de Oxford. Su colección se llamó museo o lugar de exhibición de las piezas, tal como lo conocemos ahora. Mas no el modelo alejandrino de la comunidad de sabios, asegura la investigadora del mundo antiguo Irene Vallejo (Vallejo, 2021: 68).

    El periodo más brillante y de máxima expansión de la monarquía ptolemaica es el siglo III a. C., cuando los Ptolomeos dominan la franja mediterránea oriental, la costa de Asia Menor y las islas del Egeo. Ptolomeo II representa el momento más brillante del reino y convierte a Alejandría en una gran urbe. El peso de la cultura de Alejandría es similar al de Atenas y al del Imperio Romano. En el siglo II, los Ptolomeos se repliegan a su territorio y salvan su independencia, en el 168, gracias a la protección de los romanos contra el sirio Antioco IV. Entonces el poder de la monarquía se debilita, pierde influencia en el exterior y el pueblo egipcio desea tener mayor peso en el gobierno.

    La Biblioteca fue tan importante como el Museo en el siglo III a. C. por su colección de libros, por su conservación y transmisión de la cultura de la Antigüedad Clásica, y por los estudiosos que en ella trabajaban. Antes de la Biblioteca de Alejandría el saber había sido regional y, con su creación, el saber se volvió universal, por primera vez. Su Biblioteca encarna la búsqueda de conocimiento colaborador, la suma del saber y el sueño de universalidad. Integra la sabiduría del mundo griego y de autores extranjeros, corresponde a una etapa del hombre hacia la ilustración.

    En la época helenística, época del proyecto alejandrino, no existe el comercio internacional de libros, los cuales son comprados por los Ptolomeos en Atenas u otras ciudades importantes con una larga vida cultural. En Alejandría nace el concepto del libro escrito y éste circula por primera vez entre las diversas clases sociales.

    En la Biblioteca, los alejandrinos garantizan la corrección del texto, facilitan su conservación, multiplicación y el acceso a la lectura en cualquier lugar, manifiesta Hipólito Escolar (Escolar, 2001: 8). Esta cultura intelectual griega, filosófica y literaria, influye en la literatura latina y el pensamiento científico en los países musulmanes. Así el pensamiento griego, traducido al latín, en Toledo y Sicilia, produce una revolución intelectual en Europa, y origina en el siglo XIII el nacimiento de las universidades y la cultura moderna que, desde entonces, se sigue engrandeciendo.

    Los textos escritos, fijados por los alejandrinos, y las notas añadidas son recogidas por los sabios de Bizancio que cuidan su conservación, y de allí pasan al Renacimiento. La biblioteca de Alejandría, en la antigüedad, supera en fama, por su colección y escritores destacados en el saber, a la Biblioteca de Pérgamo, fundada por Eumenes II en el s. II a. C., que posee no sólo 200, 000 volúmenes, sino también contiene los bustos de Heródoto, Homero, Alceo y Timoteo de Mileto. Allí surge la idea de instalar bustos de sabios o autores famosos en las bibliotecas que, más tarde, es imitada en las bibliotecas del mundo y de nuestro país, como la ex Biblioteca Nacional en el ex templo de San Agustín y la Biblioteca México.

    Para ese periodo, la biblioteca no cuenta con sala de lectura, porque ni griegos ni romanos usan la mesa para leer los rollos de papiros, sino que los leen parados. Además, porque si leen todos en voz alta, se crea una enorme confusión y nadie se concentra en la lectura. Solo realizan la lectura en voz alta, no en la sala, sino al pasear por los pórticos, jardines o bancos de la exedra del Museo. La costumbre de la sala de lectura se impone en la Edad Media, al abandonarse la forma del rollo y adoptar la del cuaderno o códice para el libro.

    El Museo y la Biblioteca son instituciones que sirvieron durante milenios, como fuerza ideológica para educar al pueblo y reforzar la cohesión social. Aunque el sentido de centro de estudios seculares, sin implicaciones religiosas, se origina entre los romanos, por influencia de Alejandría. Su utilidad es reconocida por el cristianismo, cuyos monasterios cumplen estos mismos objetivos socioculturales durante la Edad Media.

    La Biblioteca Real queda reservada a los estudios de los investigadores del Museo, mientras que la Anexa o del Serapeo se halla a disposición de cualquier persona, pone a toda la ciudad a leer y filosofar, tal como lo efectúa Julio Torri con los libros producidos en el Departamento Editorial de la SEP, durante el periodo de José Vasconcelos como secretario en la SEP (1921-1924). Quizá la del Serapeo es la primera biblioteca pública abierta a ricos y pobres, libres y esclavos.

    Siglos más tarde en Italia, Cosme Medici financia la construcción de la primera biblioteca renacentista, diseñada por el arquitecto Michelozzo e inaugurada en 1444. Ésta reemplaza las habitaciones oscuras por una sala amplia con ventanales a ambos lados, paredes de color verde agua que inspiran sosiego, anaqueles cargados de libros y 65 bancos de madera para los frailes y visitantes que acuden a leer, escribir y copiar textos, como en nuestra antigua Biblioteca Nacional de la UNAM. Su colección de 4,000 manuscritos permanece abierta a todos los letrados florentinos y extranjeros. Tras la destrucción de sus antepasadas helenísticas y romanas, ésta es la primera biblioteca pública de Europa, asegura Irene Vallejo (Vallejo, 2021: 86).

    Siglos más tarde en México, en 1918 se funda la Cigarrera del Centro o Tabacalera Nacional en Irapuato. Esta fábrica produce diversas marcas de cigarros populares, a bajo precio: Monarcas, Casinos, Carmencitas y Argentinos, que se convierten en los predilectos de las clases humildes del país. Allí también se produce otra marca de cigarros que tiene en la portada la imagen de un hombre de traje con sombrero elegante y un cigarrillo en sus labios. Detrás de él, el mar azul, dos barcos y, en homenaje a la ciudad de Faros y al Faro de Alejandría, estos cigarros reciben, precisamente, el nombre de Faros. Los cigarros, que fueron famosos en la década de los 40 en nuestro país y actualmente en circulación, toman su nombre de la isla Faros de Alejandría, por eso traen en su portada la imagen del famoso Faro. ⌈⊂⌋


    Referencias

    – Escolar, Hipólito (2001). La biblioteca de Alejandría. Madrid: Gredos.

    – Estrabón (2001). Geografía (trad. J. L. García Ramón, J. García Blanco y M.ª J. Meana Cubero). Madrid: Gredos, tomo II. http://www.anarkasis.net/Estrabon-geografia/libro17.htm

    – Fernández de Avilés, Paloma (1994). Alejandría. Mito y realidad. Madrid: Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría y Córdoba.

    – Jaén Sánchez, Marcos (2018). La biblioteca de Alejandría. Madrid: Gredos.

    – Korte y Handel (1973). La poesía helenística. Barcelona: Labor.

    – Marrou Henrie-Irenée (1970). Historia de la educación en la antigüedad (trad. Ramón MayoJosé). Buenos Aires: Eudeba.

    – Miralles, Carles (1981). El helenismo. Épocas helenística y romana de la cultura  griega. Barcelona: Montesinos.

    -Stone, Oliver (2004). Alexander. Filme. Estados Unidos.

    -Tarn y Griffith (1969). La civilización helenística (trad.). México: FCE.

    -Vallejo, Irene (2021). El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo. Madrid: Siruela.

  • Una enseñanza de Vida *

    Una enseñanza de Vida *

    Angélica Arreola Medina

    Cuando era niña y la mandaron a dar de comer a los pollos, Gloria Ruth, llevada por la curiosidad, decidió abrirle el vientre a uno de ellos, por ello recibió regaños y manazos de su madre; ahora refiere que desde entonces ya le interesaba el área médica.

    Nació en Milpa Alta, una población rural, ubicada al sur del entonces Distrito Federal, colindante con el estado de Morelos y algunas poblaciones del Estado de México como Jilotepec y Chalco.

    Sus padres eran campesinos, por  eso, ella y su hermana Ofelia, dos años mayor, crecieron con muchas carencias. Tenía colgada en la pared de su casa una foto en blanco y negro, que ya parece color sepia, de su grupo de primaria, donde escondía los pies bajo la falda “para que no se viera que estaba descalza”, decía aún con tristeza.

    Su madre decidió ayudar a la manutención de la familia, para lo cual sembraba y flores y tenía árboles frutales que luego vendía en el mercado; gracias a esto Ofelia y Gloria pudieron ir a estudiar a la ciudad de México. La distancia las obligó a vivir en casa de tíos, y compañeras. Fueron tiempos difíciles, pues, aunque su madre les llevaba alimentos para que las trataran bien, la mayor parte del tiempo pasaban hambre.

    Finalmente, las hermanas terminaron sus carreras, Gloria, Enfermería y Obstetricia en la Universidad Nacional Autónoma de México, y Ofelia, la de Maestra, en la Escuela Normal. Ambas, empeñadas en salir de la pobreza.

    Otra razón motivó a Gloria a estudiar enfermería: Cuando tenía un año, no había luz eléctrica en el pueblo y se alumbraban cosn velas y le cayó por varios minutos cera caliente de una vela en la cara, esto le dejó severas cicatrices que provocaban la burla de sus compañeros en su infancia y juventud. así que pensó acercarse a especialistas que la operaran; pero, como era propensa a una mala cicatrización, nunca lo logró.

    La carrrera de Obstetricia, que es el ejercicio de la partería, se dice que es casi tan antiguo como la humanidad. De acuerdo con las características del alumbramiento, la mujer siempre ha necesitado asistencia durante este proceso; dicha ayuda generalmente la proporcionaban las mujeres cercanas  a la familia.

    Sin embargo, la profesionalización data -dicen algunas fuentes- desde finales de la Edad Media, donde se da cuenta de las primeras mujeres que hacían curaciones y atendían a las mujeres que daban a luz.

    Con el devenir del tiempo, las parteras adquirieron destrezas manuales y un desarrollo del sentido del tacto sobre la anatomía femenina y el feto dentro del útero, siendo ellas, en muchos casos, las únicas personas cercanas y con posibilidades para atender a otras mujeres en el trabajo de parto.

    Mientras estudiaba, Gloria trabajó como auxiliar de enfermera en el Hospital Infantil de México, después como pasante de enfermería en el Hospital General Gastón Melo, más tarde en el Hospital Colonia de Ferrocarriles Nacionales de México y finalmente, en el Hospital la Raza del Seguro Social; aquí fue jefa de servicio del área de Ginecobstetricia, con lo que obtuvo mucha experiencia.

    Recuerda que los turnos de trabajo en el ejercicio de la enfermería eran difíciles e impredecibles: mixtos, nocturnos, muchas veces salía de trabajar de madrugada. En una ocasión un hombre se la quería llevar, arguyendo a quienes podrían ayudarla que era su esposa, por fin, una pareja en un automóvil le creyó y la puso a salvo; otras tantas, debía soportar las obscenidades de hombres que la sorprendían al salir del hospital.

    También relataba que una ocasión estuvo a punto de claudicar ante el intenso trabajo, pues debía atender de 10 a 12 partos por turno, además de la preparación de cesáreas y legrados; y ante la  la caótica situación de las salas obstétricas y la manera como eran tratadas las mujeres: incluso con regaños y sin respeto, pues entraban y salían médicos, camilleros, mozos, cuando éstas estaban en posición ginecológica. Ahora se sabemos que eran víctimas de violencia ginecológica.

    Cuando Gloria Ruth conoció a su esposo en el Hospital Colonia, entonces ubicado en la Colonia San Rafael, tuvieron gemelos, vivieron un tiempo cerca de ahí, pero resultaba difícil atenderlos, pues ambos trabajaban todo el día; decidieron entonces regresar a Milpa Alta.

    Con lo aprendido en la escuela de obstetricia y en los hospitales ejerció fundamentalmente el oficio de la partería en su pueblo natal. Al principio acudía a las casas de las mujeres en trabajo de parto que la mandaban buscar; sólo había dos médicos en el pueblo, pero los maridos y luego las propias mujeres se hallaban más cómodas si las atendía una mujer, quien, además, parecía resolver los casos que se les complicaban a las parteras tradicionales. Se convirtió entonces en una partera con conocimientos médicos.

    El primer parto que atendió en Milpa Alta, recuerda bien, fue el 19 de marzo de 1953. Llegaba por caminos de tierra o cruzando cercas de piedra, las atendía en el piso, sobre petates; casi siempre trabajando hasta el último minuto, “espéreme, nada más termino de lavar esta ropa, ahorita me acuesto”, le dijo una señora; cobraba entre 20 y 30 pesos.

    Pronto no pudo acudir a todos los lugares y empezó a atenderlas en su casa. En una cama improvisada, en el piso o paseando, esperaban su turno. Poco a poco, Gloria y Pedro fueron adaptando una sala para atender los partos y una habitación para la recuperación de las pacientes y la atención del neonato que pronto fueron insuficientes. Las mujeres daban a luz y se recuperaban uno o dos días, antes de volver al cotidiano e intenso trabajo de sus casas, mujeres campesinas o vendedoras en el mercado, poco podían descansar.

    Poco a poco, Gloria fue adaptando una sala para atender los partos y una habitación para la recuperación de las pacientes y la atención del neonato que pronto fueron insuficientes. Las mujeres daban a luz y se recuperaban uno o dos días; eran campesinas o comerciantes, se incorporaban rápidamente al trabajo cotidiano.

    Su trabajo le hizo desarrollar una gran empatía por las mujeres, las escuchaba y daba consejos: cuando sufrían por dinero, que si el marido las golpeaba, problemas con los hijos; así, llegaron a llamarla “doctora corazón”.

    Cierta ocasión le llevaron a una jovencita de aproximadamente 15 años, con un fuerte dolor de estómago, la revisó, le quitó una faja muy ceñida, fue al baño y ahí nació el bebé, ante la sorpresa de la madre.

    Escuchó numerosas historias y atendió a varias jovencitas que habían sido violadas por el tío, el primo o el propio padre, esto le confesaba la madre mientras el bebé “coronaba” (asomaba la cabecita), aún con el miedo reflejado en el rostro de ambas.

    Muchas pacientes le quedaron a deber, a otras no les cobraba y les regalaba el medicamento. Su madre, lo consideraba injusto, asó que iba a sus casas, pero no le abrían o le decían que no podían o simplemente no le iban a pagar, finalmente, dejó de hacerlo.

    Muchas veces se encontró con familias completas por las calles, la abuela les decía a los niños “Mira tu papá, tus tíos, tú y tus hermanos nacieron ahí, con la doctora”. Tres generaciones “vieron la luz por primera vez” en su sanatorio. Atendió, por ejemplo, de la señora Eufrosina, a los 16 años, también a su hija Georgina, de 16 años, y a la hija de ésta, de la misma edad.

    La doctora Ruth, como la conocían en Milpa Alta, ejerció fundamentalmente el trabajo diario de las parteras, de manera integral: desde atender el parto, prestar cuidados durante el embarazo y puerperio, aconsejar a la mujer en todo lo relativo a su sexualidad y al niño recién nacido.

    “La doctora Ruth” como era conocida en el pueblo atendió más de diez mil partos. Una persona que ejerció el oficio de la partería con conocimientos técnicos obstétricos profesionales y que brindó las medidas preventivas para un nacimiento normal, la detección de complicaciones en la madre y el niño y la ejecución de medidas de emergencia.

    Una nueva carretera estableció una comunicación más rápida de los pueblos de Milpa Alta con la ciudad de México, lo que trajo consigo que hubiera más médicos en el pueblo y que las mujeres se atendieran en otros hospitales. Su clientela disminuyó considerablemente, ahora se atendían con médicos generales y ginecobstetras.

    Sin embargo, los discursos médicos actuales, en los que se sitúa a las parteras como subalternas, carentes de sabiduría y de conocimientos adecuados para hacer lo que las mujeres siempre han hecho, acompañar y atender los procesos de alumbramiento, fue lo que también Gloria Ruth experimentó.

    “La UNAM proporcionaba una enseñanza técnica sobresaliente de la obstetricia -comenta su hijo Pedro Leonel, ahora médico- de tal manera que sus egresados podían resolver y emplear técnicas específicas cuando el niño venía de piecitos o de una manita; por ejemplo no usan “fórceps” como algunos médicos, que pueden afectar al cerebro de los neonatos”.

    Actualmente el oficio de la partería, se está retomando. La profesionalización de la partería es una vía importante para que las mujeres hagan lo que siempre han hecho, ayudar al alumbramiento a otras mujeres. Sobre todo con el objetivo de no llegar a cirugías innecesarias motivadas por los intereses económicos y la comodidad de médicos y hospitales. ⌈⊂⌋

    * El título corresponde a la biografía que escribió mi padre, sobre mi madre.

  • Pan Comido

    Pan Comido

    Raymond Carver/ Traducción Leandro Arellano

    Me hallaba en mi cuarto una noche cuando escuché algo en el pasillo. Levanté la vista de donde trabajaba y vi que deslizaban un sobre por debajo de la puerta. Era un sobre grueso, pero no tanto como para que no cupiera por debajo de la puerta. Mi nombre estaba escrito en el sobre y el contenido parecía ser una carta de mi esposa. Y digo que parecía pues a pesar de que los motivos de queja sólo podían provenir de alguien que había convivido veintitrés años observándome diariamente en la intimidad, los cargos eran excesivos y del todo ajenos al carácter de mi esposa. Más importante, sin embargo: la letra no era la de mi mujer. Por lo tanto, si no era de ella, ¿de quién?

    Me hubiera gustado conservar la carta para reproducirla hasta la última coma, hasta el más inclemente signo de admiración. Del tono es de lo que hablo ahora, no sólo del contenido. Pero no la retuve y lo lamento. La perdí o la traspapelé. Después, luego del triste asunto que voy a relatar, mientras ordenaba mi escritorio, debí tirarla sin darme cuenta, algo inusual en mí, pues normalmente no suelo tirar nada.

    En todo caso, tengo una memoria excelente. Puedo recordar todo lo que leo. Mi memoria es tal que en la escuela solía ganar premios por mi habilidad para recordar nombres y fechas, inventos, batallas, tratados, alianzas y demás. Siempre obtuve las más altas calificaciones en exámenes sobre hechos y años después, en el “mundo real”, como le llaman, mi memoria me ha sido de gran utilidad. Por ejemplo, si me pidiesen ahora mismo dar detalles del Concilio de Trento o del Tratado de Ultrech, o de disertar sobre Cartago, la ciudad arrasada por lo romanos tras la derrota de Aníbal -en la que los romanos plantaron sal en el suelo para que de Cartago no quedase ni el nombre. Si me pidieran hablar de la Guerra de los Siete años, la de los Treinta años, la de los Cien años, o simplemente de la primera Guerra de Silesia, podría discurrir con entusiasmo y confianza. Pueden preguntarme lo que deseen sobre los tártaros, sobre los papas del Renacimiento o del esplendor y decadencia del imperio otomano. Las Termópilas, Shiloh, la metralla Maxim, fácil. ¿La de Tannenberg? Es pan comido. Los famosos veinticuatro que se derrumbaron ante el rey. En Azincourt los arqueros ingleses se llevaron la tarde. Y algo más: todo mundo ha escuchado hablar de la batalla de Lepanto, la última gran batalla marítima entre naves impulsadas por galeotes. Esa batalla tuvo lugar en 1571, en el Mediterráneo oriental, cuando la flota de las naciones cristianas de Europa repelió a las hordas árabes del infame muecín Alí Zade, un hombre que se ufanaba de cortar personalmente las narices a sus prisioneros antes de llamar a los verdugos. ¿Pero alguien recuerda que Cervantes participó en esa batalla y allí perdió su mano izquierda? Todavía más. Las bajas rusas y francesas de un día en Borodino fueron setenta y cinco mil, lo que equivale a las mismas víctimas de un avión jumbo que se estrellara cada tres minutos, del amanecer hasta el crepúsculo. Kutuzov se replegó hacia Moscú. Napoleón tomó aliento, reorganizó sus tropas y continuó su avance. Entró al área central de Moscú y permaneció un mes en espera de Kutuzov, quien nunca más mostró la cara. El generalísimo ruso aguardaba a que la nieve y el hielo obligaran a Napoleón a iniciar la retirada a Francia. 

    Las cosas se me quedan en la cabeza. Las recuerdo. De modo que cuando digo que puedo recrear la carta, la porción que leí, que establecía los cargos en mi contra, sé de lo que hablo.

    En parte, la carta decía lo siguiente:

    Cariño:

    Las cosas no marchan bien. A decir verdad, van mal. Han ido de mal en peor. Y sabes a lo que me refiero. Hemos llegado al final de la línea. Se acabó para nosotros. Con todo, siento que debimos hablar al respecto. 

    Ha trascurrido tanto tiempo desde que hablamos. Quiero decir hablar de verdad. Hasta después de casados seguimos hablando mucho, intercambiando información e ideas. Cuando los niños eran pequeños o incluso cuando ya habían crecido un poco, siempre hallamos tiempo para hablar. Se había hecho más difícil entonces, pero aún así hallábamos tiempo. Creábamos el tiempo. Esperábamos a que los niños se durmieran, o salieran a jugar fuera o que  estuvieran con la niñera. Nos las arreglábamos. Algunas veces contratamos a la niñera tan sólo para que nosotros pudiéramos hablar. Hubo ocasiones en las que conversamos toda la noche, hasta el amanecer. Pero bueno. Ocurren cosas, lo sé. Las cosas cambian. Bill tuvo aquel lío con la policía y Linda se embarazó, etc. Nuestros tiempos felices se esfumaron. Y a ti se te acumularon responsabilidades. Tu empleo se tornó importante, y nuestro tiempo, juntos, se comprimió. Después, cuando nuestros hijos se marcharon de casa, tuvimos tiempo para hablar de nuevo. Nos tuvimos uno a otro de nuevo, pero cada vez teníamos menos de qué hablar. Sucede, diría algún hombre sabio, y con razón. Sucede. Pero nos sucedió a nosotros. No hay culpa en todo caso. Ningún reproche. No es ese el motivo de esta carta. Quiero hablar de nosotros. Quiero hablar del ahora. Ha llegado la hora de admitir, como verás, que lo imposible sucedió. De lamentarlo. De disculparse. De…

    Leí hasta esta parte y me detuve. Algo andaba mal. Algo oscuro pasaba en Dinamarca. Los sentimientos que expresaba la carta quizás pertenecieran a mi mujer. (Seguramente lo eran. Digamos que sí, concedamos que los sentimientos allí expresados le pertenecían). Pero la letra no era su letra. Si alguien lo sabía era yo. Me considero experto en este  asunto de su letra. De modo que si no era de ella, ¿quién diablos había escrito esas líneas?

    Debo decir algo de nosotros y de nuestra vida allí.  En la época de la que escribo vivíamos en una casa que rentamos para el verano. Recién me había recobrado de una enfermedad que me atrasó en casi todo lo que me había propuesto terminar aquella primavera. Estábamos rodeados de prados por tres lados, bosques de abedules y colinas bajas y ondulantes; una “vista panorámica”, como la describió el agente inmobiliario cuando nos la describió por teléfono. Frente a la casa el césped estaba invadido de pasto, atribuible a descuido de parte mía, así como un largo trecho de grava que conducía a la carretera. A lo lejos se podían contemplar los picos de las montañas. De allí la frase de “vista panorámica”, referida al paisaje apreciable sólo a la distancia.

    Mi mujer no contaba con amistades aquí en la zona y nadie nos visitaba. A decir verdad yo me hallaba feliz en aquella soledad. Pero ella era una mujer habituada a sus amistades, al trato con abarroteros y comerciantes. Allí en el campo estábamos solos los dos, librados a nuestros propios recursos. Hubo una época en la que una casa de campo había sido nuestro ideal, la vida que habríamos codiciado. Ahora veo que la idea no era tan buena. No, no lo era.  

    Nuestros hijos se habían marchado de casa hacía tiempo. De vez en cuando nos llegaba carta de alguno de ellos. Ocasionalmente, algún día de fiesta digamos, uno de los dos llamaba, por cobrar por supuesto, y mi mujer aceptaba felizmente los cargos. Esa aparente indiferencia de nuestros hijos fue, creo, causa importante de la tristeza de mi esposa y de su descontento -un descontento del que tuve vagamente conciencia, lo admito, antes de mudarnos al campo. En todo caso, hallarse de pronto en medio del campo luego de tantos años de vivir al lado de los centros comerciales y de la parada del autobús, el taxi no más alejado que del teléfono del pasillo, debió de ser difícil, muy difícil para ella. Creo que su declive, como lo habría dicho un historiador, se aceleró con nuestro traslado al campo. Luego entró en un remolino. Hablo en retrospectiva, desde luego, que siempre tiende a confirmar lo obvio.

    No sé qué más decir respecto al asunto de la letra. ¿Cuánto más puedo decir sin arriesgar mi credibilidad? Estábamos solos en casa. No había nadie más en casa, hasta donde sé, que pudiera haber escrito aquella carta. Pues yo sigo convencido de que no era su letra la que llenaba las páginas de la carta. Después de todo, conozco la letra de mi mujer desde antes de que nos casáramos. Desde lo que pudiéramos llamar nuestros días prehistóricos –la época cuando ella se fue al internado en aquel uniforme gris y blanco. Me escribía cartas todos los días mientras estuvo ausente, y su ausencia duró dos años, sin contar feriados y las vacaciones de verano. En total, en el curso de nuestra relación, estimo que -y es una estimación conservadora- descontando nuestras separaciones y los cortos periodos que yo pasé en el hospital o de viaje, etc., estimo, repito, que recibí unas mil setecientas o posiblemente unas mil ochocientas cincuenta cartas de ella, sin contar los cientos, quizás miles, de notas informales (Al volver por favor pasa por la tintorería y compra un poco de pasta de espinacas en Corti Bros). Reconocería su letra en cualquier parte del mundo. Bastan unas palabras. Estoy seguro de que si me hallara en Jaffa o en Marrakech y encontrara una nota en el mercado reconocería si es de mi mujer. Basta una palabra. Tomemos la palabra conversamos, por ejemplo. Ese no es el modo en que ella escribiría conversamos. Con todo, soy el primero en admitir que desconozco a quién pertenece esa letra.

    En segundo lugar, mi mujer jamás subrayaba palabras para enfatizar. Jamás. No recuerdo una sola vez que lo haya hecho. Ni una sola vez en nuestra vida de casados, por no citar las cartas que me envió antes de casarnos. Supongo que sería razonable señalar que le puede ocurrir a cualquiera. Quiero decir que cualquiera puede hallarse en una situación del todo atípica y ante la presión del momento hacer algo totalmente ajeno a su carácter y trazar una línea, una pura línea debajo de una palabra o de una frase entera.

    Me atrevería a decir que cada palabra de esta carta es, digamos –bien que no alcancé a leerla por completo y ya no podré hacerlo porque no la encuentro-, totalmente falsa. No quiero decir falsa en el sentido de que no sea “verdad”, no. Algo hay de cierto, quizás, en las acusaciones. Que no haya equívocos. No quisiera parecer mezquino en este asunto, que ya las cosas están bastante complicadas. No. Lo que quiero decir, lo único que intento decir es que si bien los sentimientos que expresa la carta pueden ser de mi mujer, contener incluso algo de cierto –ser legítimos, por decirlo así- el peso de las acusaciones en mi contra disminuye, se debilita, se desacredita incluso, porque ella no fue quien escribió la carta. O, si ella la escribió, se desacredita por no haberla escrito con su propia letra. Esa laguna me exige aclarar los hechos. Y son varios, como siempre.

    Aquella noche cenamos más bien en silencio, pero agradablemente, como de acostumbre. De vez en cuando yo alzaba la mirada y le sonreía, en muestra de mi gratitud por la deliciosa comida: salmón cocido, espárragos frescos y arroz pilaf con almendras.  El radio tocaba suavemente en el otro cuarto una suite de Poulenc que había escuchado por primera vez en una grabación digital cinco años antes, en un departamento en Van Ness, en San Francisco, durante una tormenta.

    Cuando acabamos de cenar, luego del postre y el café, mi mujer dijo algo que me desconcertó.

    – ¿Te quedarás esta tarde en tu estudio? – preguntó.

    – Así es -le dije-, ¿se te ofrece algo?

    – Sólo quería saberlo-. Tomó su taza de café y bebió. Pero evitó mirarme, a pesar de que intenté captar su mirada.

    ¿Te quedarás esta tarde en tu estudio? Una pregunta como ésa era ajena por completo a su carácter. Ahora me pregunto por qué diablos no seguí el asunto. Si alguien conocía mis hábitos, era ella. Mas creo que para entonces ya lo había decidido. Aquella misma pregunta ya ocultaba algo.

    – Por supuesto que estaré en mi estudio-, repetí un tanto impaciente quizás. Ella no dijo nada más, ni yo. Bebí el café que quedaba en mi taza y aclaré mi garganta.

    Ella alzó la mirada y me observó un momento. Luego asintió con la cabeza, como si hubiésemos convenido algo. (Pero no era así, naturalmente). Enseguida se levantó y empezó a recoger la mesa.

    Tenía la sensación de que la cena había acabado con una nota desagradable. Hacía falta algo –unas palabras tal vez- para sellar el tema y volver a la normalidad.

    – Ahí viene la niebla- dije.

    – ¿De veras? No lo había advertido- respondió.

    Con un trapo de la cocina limpió un espacio en la ventana, sobre el fregadero, y miró afuera. Por unos instantes no dijo nada. Luego habló, de nuevo en forma  misteriosa, o así me lo parece hoy.

    – Ya veo, sí hay mucha niebla. Es una niebla muy densa, ¿no?- Fue todo lo que dijo. Después bajó la vista y empezó a fregar los trastos.

    Estuve sentado a la mesa un rato más, y al cabo dije: -Creo que me iré a mi estudio.

    Ella sacó las manos del agua y las apoyó en el fregadero. Creí que iba a darme unas palabras de aliento por el trabajo que desarrollaba en ese momento, pero nada dijo. Ni una palabra. Parecía esperar a que yo saliera de la cocina para disfrutar de su propia intimidad.

    Recordemos, yo trabajaba en mi estudio cuando deslizaron la carta bajo la puerta. Leí lo suficiente como para dudar de la propiedad de la letra y a preguntarme cómo mi mujer había podido estar ocupada en labores domésticas y al mismo tiempo escribir la carta. Antes de continuar leyéndola me levanté y me dirigí hacia la puerta, alcé el pasador y me asomé al pasillo.

    Estaba a oscuras aquella parte de la casa. Pero cuando cautamente asomé la cabeza, alcancé a ver luz en la sala, al final del vestíbulo. El radio sonaba suavemente, como de costumbre. ¿Por qué tuve dudas? Excepto por la niebla, se trataba de una noche ordinaria, como otras tantas que habíamos pasado en la casa. Pero algo más se fraguaba esta vez. De momento me percaté de que tenía miedo – ¡miedo en mi propia casa!- de llegar hasta el vestíbulo y comprobar que todo estaba en orden; o si algo andaba mal, si mi esposa estaba -¿cómo decirlo?- en algún aprieto, era preferible enfrentar la situación antes de que llegara más lejos, antes de perder más tiempo en esta necedad de leer la carta con letra de otra persona.

    Pero no me resolví. A lo mejor buscaba evitar un ataque frontal. En todo caso retrocedí y cerré la puerta con llave, volviendo a la lectura de la carta. Me hallaba mortificado de ver cómo se escapaba la tarde en ese asunto absurdo e inexplicable. Empecé a sentirme inquieto. (No encuentro mejor palabra). Me produjo náusea tomar de nuevo la carta que pretendía ser de mi esposa y seguir leyendo.

    El tiempo se agota para nosotros –tú y yo, a los dos- de poner las cartas sobre la mesa. Usted y yo. Lancelot y Ginebra. Abelardo y Eloísa. Troilo y Cresida. Príamo y Tisbe. Joyce y Nora Barnacle. Etcétera. Tú sabes a qué me refiero, querido. Llevamos juntos mucho tiempo: en la abundancia y en la escasez, en la salud y la enfermedad, en las buenas y en las malas, en la fortuna y en la adversidad. ¿Y ahora? No sé que podría decir salvo la verdad: no más.

    En ese punto arrojé la carta y me dirigí a la puerta de nuevo, decidido a resolver esto de una vez por todas. Quería una explicación y la necesitaba ya. Estaba furioso, creo. Pero al abrir la puerta escuché un leve murmullo  proveniente de la sala. Era como si alguien intentara decir algo por teléfono y se esforzaba por no ser escuchado. Entonces oí que colgaron el auricular. Nada más. Luego todo volvió a ser como antes. El sonido suave del radio, la quietud de la casa. Pero yo había oído una voz.

    En lugar de ira empecé a sentir pánico. Mi temor aumentó al asomarme al pasillo. Todo estaba como antes: la luz encendida en la sala, el sonido suave del radio. Avancé unos pasos y me detuve a escuchar. Esperaba oír el reconfortante, rítmico choque de sus agujas de tejer o el sonido al tornar una página, pero no hubo nada de eso. Avancé unos pasos hacia la sala y entonces -¿cómo decirlo?- perdí el temple, o quizás mi curiosidad. Fue en aquel momento cuando escuché el sonido sordo de la perilla de la puerta al girar y enseguida el sonido inconfundible de una puerta que se abre y se cierra calladamente.

    Mi impulso fue ir de prisa hasta la sala y llegar al fondo de este asunto, de una vez por todas. Pero no quise actuar impulsivamente y, con seguridad, exponerme al descrédito. No soy impulsivo, así que aguardé. Mas en la casa ocurría algo, algo se fraguaba, de eso estaba convencido. Era mi deber hacer algo por supuesto, por mi propia tranquilidad, por no mencionar la seguridad y el bienestar de mi esposa. Pero no lo hice, no pude. Se me presentó el momento, pero vacilé. De pronto fue tarde ya para actuar. El momento había llegado y se fue, y no había manera de hacerlo volver. Así titubeó Darío en la Batalla de Gránico y la vacilación le costó cara. Fue derrotado por un Alejandro Magno que lo arrolló por todos los flancos hasta destruirlo.  

    Regresé a mi cuarto y cerré la puerta. Mi corazón latía agitadamente. Me senté en la silla temblando aún y retomé  la carta.

    Entonces ocurrió algo curioso. En vez de empezar a leer de principio a fin, o al menos a partir de donde había interrumpido la lectura, tomaba páginas al azar y las sostenía bajo la lámpara, leyendo una línea aquí y otra allá. Esto me permitió yuxtaponer la lista de cargos en mi contra hasta que la acusación -eso es lo que era- adquirió un carácter diferente, más aceptable pues al perder la cronología perdía con ello un tanto de su impacto.

    Bueno. Así las cosas, saltando de una página a otra, un renglón aquí, otro allá, leí en trozos lo siguiente –que en otras circunstancias equivaldría a un resumen:

    …retrocediendo más hasta… una cosita, pero… talco regado en todo el baño, incluso en las paredes… una concha… para no mencionar el manicomio… hasta que al fin… una opinión equilibrada… la tumba. Tu “obra”… ¡Por favor! No me vengas con eso… Ninguno, ni siquiera… ¡Ni una palabra más al respecto!… Los niños… pues la verdadera cuestión… por no citar la soledad… ¡Por Dios! ¡De veras! Mira…

    En ese momento escuché con claridad que la puerta del frente se cerraba. Dejé caer las hojas de la carta en el escritorio y corrí a la sala. No me tomó demasiado darme cuenta de que mi mujer no se hallaba en casa. (La casa es chica, sólo dos habitaciones, a una de las cuales nos referimos como mi cuarto o, a veces, como mi estudio.) Pero hago constar: todas las luces de la casa estaban encendidas.

    En el exterior había una niebla espesa, tan densa que con dificultad se podía distinguir el acceso de entrada. La luz del porche estaba encendida y en el porche había una maleta. Era la maleta de mi esposa, en la que había traído sus cosas cuando nos mudamos a esta casa. ¿Qué diablos pasaba? Abrí la puerta. De repente –no sé de qué otra manera contarlo sino como ocurrió- apareció un caballo en la niebla y un instante después, mientras lo observaba pasmado, apareció otro más. Los caballos pastaban en nuestro jardín. Descubrí a mi esposa junto a uno de los caballos y la llamé.

    – Ven- dijo ella.- Debes mirar esto. ¿No es increíble?

    Se hallaba de pie junto a un caballo enorme, acariciándole la grupa. Vestía su mejor ropa, llevaba  zapatos de tacón y portaba sombrero. (No la había visto con sombrero desde la muerte de su madre, tres años atrás). Luego dio unos pasos hacia adelante y acercó su cara a las crines.

    – ¿De dónde vienes, muñecote? –dijo ella-. ¿De dónde saliste, cariño?-, y de pronto, mientras yo la miraba, se echó a llorar junto a la crin.

    – A ver, a ver- dije- y empecé a bajar los escalones. Anduve hasta ellos y acaricié al caballo, luego la toqué a ella en el hombro, pero ella retrocedió. El caballo resopló, alzó la cabeza un instante y volvió a pacer. -¿Qué pasa?- pregunté a mi mujer-. Por Dios, ¿qué está pasando aquí?

    No me respondió. El caballo avanzó unos pasos y siguió pastando. El otro caballo también pastaba. Mi esposa siguió al caballo, sujetándole la crin. Puse mi mano en el pescuezo del caballo y sentí una corriente que recorrió mi brazo hasta el hombro. Me estremecí. Mi esposa aún lloraba. Me sentí impotente, pero también yo estaba asustado.

    -¿Puedes decirme qué ocurre?- le dije-. ¿Por qué estás vestida así? ¿Qué hace tu maleta en el porche? ¿De dónde salieron estos caballos? Por Dios, ¿puedes decirme qué pasa?

    Mi mujer empezó a cantarle al caballo. ¡A cantarle! De momento paró y dijo:

    – No leíste mi carta, ¿verdad? Puede que la hayas ojeado pero no la leíste. ¡Admítelo!

    – La leí – le dije. Mentía, sí, pero se trataba de una mentira blanca, una media verdad. Quien esté libre de culpa que lance la primera piedra… -Pero quiero que me digas qué está pasando- le pedí.

    Mi mujer giró la cabeza de un lado a otro. Luego hundió su cara en la crin oscura y húmeda. Pude escuchar los chasquidos del caballo al mascar y como, luego de aspirar por sus ollares, resoplaba.

    – Hubo una chica, ¿me escuchas?- dijo ella-. Pues esa chica amaba mucho a este chico. Lo amaba más que a ella misma. Pero el chico, bueno, creció y no sé qué le sucedió. Pero algo pasó. Se tornó cruel sin proponérselo y…

    No escuché más porque en ese momento surgió un coche de la niebla, con los faros encendidos y una luz azul intermitente en el techo. Un segundo después llegó una camioneta tirando de lo que parecía ser una caballeriza móvil, aunque en la oscuridad era difícil acertar. Podía ser cualquier otra cosa, una estufa portátil por ejemplo. El coche llegó hasta el césped y se detuvo, luego la camioneta se emparejó al coche. Los dos vehículos mantenían encendidos los faros, igual que los motores, lo cual daba un aire espectral, bizarro a las cosas. Un hombre con  sombrero vaquero –un ranchero supuse- bajó de la camioneta. Se levantó el cuello de su chamarra de cuero y silbó a los caballos. Luego bajó del coche un hombre corpulento con un impermeable. Era más alto que el ranchero y también llevaba sombrero vaquero. Como llevaba abierto el impermeable alcancé a ver que portaba una pistola al cinto. Debía ser ayudante del alguacil. A pesar de todo lo que sucedía, de la inquietud que sentí, consideré importante anotar que aquellos dos hombres llevaban sombrero. Me pasé la mano por el cabello y lamenté que yo no llevara uno.

    – Llamé a la oficina del alguacil hace un rato, en cuanto vi los caballos- dijo mi esposa. Aguardó un instante y luego añadió algo más-. Ya no será necesario que me lleves a la ciudad, después de todo. Lo menciono en mi carta, la carta que tú has leído. Te decía que necesitaba que me llevaras a la ciudad. Me parece ahora que puedo conseguir que uno de estos caballeros me lleve. Y no he cambiado mi decisión en nada, mi decisión es irrevocable. ¡Mírame!- dijo.

    Yo los observaba reunir los caballos. El ayudante del sheriff sostenía una linterna mientras que el ranchero conducía uno de los caballos a la rampa del remolque. Entonces torné a mirar a aquella mujer a quien ya no conocía.                   

    – Me largo- dijo ella-, eso es lo que pasa. Me voy a la ciudad esta misma noche. Voy a arreglármelas por mí misma. Todo está escrito en la carta que leíste-. Mientras que mi mujer, como dije antes, jamás subrayaba palabras en sus cartas, en aquel momento hablaba, tras de haber secado su lágrimas, como si debiera enfatizar una palabra sí y otra no.

    – ¿Qué se te ha metido?- me oí decirle. Era como si yo mismo no pudiera evitar cierta presión en algunas de mis propias palabras-. ¿Por qué haces esto?   

    Ella sacudió la cabeza. El ranchero montaba el segundo caballo en el remolque silbando agudamente, chasqueando las manos y gritando de vez en vez: ¡Eh, eh! ¡Atrás, atrás!

    El ayudante del alguacil se acercó a nosotros con una tablilla bajo el brazo y la linterna en la mano.

    – ¿Quién llamó?- preguntó.

    – Yo- dijo mi mujer.

    El ayudante del alguacil la observó unos instantes. Dirigió la luz de la linterna a sus zapatos de tacón y fue subiéndola hasta el sombrero.

    – Está usted muy elegante- le dijo.

    – Dejo a mi marido- comentó ella.

    El ayudante asintió con la cabeza, como si comprendiera. (Pero cómo podía comprender).

    – No le va a crear ningún problema, ¿verdad?- dijo el ayudante del alguacil, enfocando su lámpara a mi cara y moviendo la luz arriba y abajo-. No lo va a hacer, ¿no es cierto?

    – No- respondí-, ningún problema. Pero lamento que…

    – Bueno- dijo el ayudante del alguacil- con eso basta.

    El ranchero cerró el remolque y aseguró el cerrojo. Luego se dirigió a nosotros por entre el pasto húmedo que, advertí, le llegaba hasta lo alto de la botas.

    – Les agradezco que hayan llamado- dijo-, estoy muy reconocido. La niebla es densa, si llegan a meterse a la carretera hubieran dado problemas.

    – Fue la señora quien llamó Frank- dijo el ayudante del alguacil-. Necesita ir a la ciudad. Se va de casa. No sé quién es aquí la parte afectada pero es ella quien se va-. Y volviéndose hacia mi mujer le preguntó:- ¿Está usted segura?

    – Estoy segura- dijo ella asintiendo con la cabeza.

    – Bien- dijo el ayudante del alguacil-, asunto arreglado. ¿Escuchaste, Frank? Pero yo no puedo llevarla, debo detenerme todavía en otra parte. ¿Puedes tú llevarla a la ciudad? Seguramente querrá ir a la estación de autobuses o a un hotel, es lo usual. ¿Eso es lo que desea?- preguntó a mi mujer-. Frank necesita saberlo.

    – Puede dejarme en la estación de autobuses- respondió mi mujer-. Mi maleta está en el porche.

    – ¿Entonces qué, Frank?- preguntó el ayudante del alguacil.

    – Creo que puedo- dijo Frank, levantándose el sombrero y volviéndoselo a calar-. Con mucho gusto la  llevaré. Pero no quiero meterme en líos.

    – En lo absoluto- le dijo mi mujer-. No quiero causar ningún problema, pero me siento desolada en este momento. Sí, desolada. Estaré mejor en cuanto me vaya de aquí, lejos de este horrible sitio. Nada más echaré un vistazo para asegurarme de que no he dejado nada, nada importante –añadió. Vaciló un momento y luego dijo:- No es una decisión repentina como parece. Viene de hace mucho, mucho tiempo. Llevamos casados cualquier cantidad de años. Con altas y bajas, con buenas y malas épocas, tuvimos de todo. Pero ya es tiempo de que me valga por mí misma. Ya es tiempo. ¿Lo comprenden, caballeros?

    Frank se quitó el sombrero de nuevo y le daba vueltas con las manos, como si examinara el borde. Luego volvió a ponérselo.   

    El ayudante del alguacil dijo:

    – Estas cosas suceden. Dios sabe que nadie es perfecto. No somos perfectos. Ángeles sólo hay en el cielo.

    Mi esposa se dirigió a la casa pisando con sus zapatos de tacón el pasto húmedo y descuidado. Abrió la puerta del frente y entró. Podía ver que deambulaba detrás de las ventanas iluminadas y de pronto me percaté de una cosa. Quizás no la volvería a ver nunca más. Eso fue lo que pasó por mi mente y me cimbró.

    El ranchero, el ayudante del alguacil y yo aguardamos en silencio. La niebla húmeda navegaba entre nosotros y los faros encendidos. Yo alcanzaba a escuchar los caballos removiéndose en el remolque. Creo que todos nos sentíamos incómodos. Pero sólo hablo por mí mismo, se entiende, no sé cómo se sentían ellos. Es posible que vieran que estas cosas suceden a diario, que vieran cómo se apartan las vidas. Al menos el ayudante del alguacil. El ranchero, Frank, con la vista baja, metió las manos en los bolsillos delanteros y de rato los sacó. Dio un puntapié a algo en el pasto. Yo crucé los brazos y permanecí en el mismo sitio, ignorante de qué sucedería luego. El ayudante del alguacil encendía y apagaba la linterna. De vez en cuando azotaba con ella la niebla. Uno de los caballos relinchó en el remolque y luego el otro también.

    – No se ve nada en esta niebla- dijo Frank.

    Lo decía para hacer conversación.

    – Es de las peores que he visto- dijo el ayudante del alguacil. Enseguida volteó a verme. No me alumbró con la linterna esta vez, pero me dijo:- ¿Por qué te abandona tu mujer? ¿La maltrataste? ¿La abofeteaste?

    – Jamás la he golpeado en todo el tiempo que llevamos casados- respondí-. Algunas veces me sobraron motivos pero jamás la toqué. Ella sí me golpeó una vez- dije.

    – No empecemos- dijo el ayudante del alguacil-, no quiero oír pendejadas esta noche. No digas nada y nada pasará. Nada de broncas, ni se te ocurra. ¿No vas a crear ningún lío, verdad?

    El ayudante del alguacil y Frank me observaban. Creo que  Frank estaba turbado. Sacó sus arreos y se puso a liar un cigarrillo.

    -No, ningún lío- respondí.

    Mi mujer salió al porche y levantó la maleta. Tuve la impresión de que no sólo había echado una última ojeada a la casa sino que aprovechó para arreglarse un poco, volverse a pintar los labios, etc. El ayudante del alguacil la alumbró con su linterna mientras ella bajaba los escalones.

    – Por aquí, señora, pero tenga cuidado, está resbaloso- dijo.

    – Estoy lista- dijo mi esposa.   

    – De acuerdo- dijo Frank-. Pero que queden claras las cosas-. Se quitó el sombrero una vez más y lo sostuvo en las manos-. La llevaré a la ciudad y la dejaré en la estación de autobuses. Pero entiéndanme, yo no quiero inmiscuirme en este asunto. Saben a qué me refiero- dijo, y enseguida echó una mirada a mi esposa y luego a mí.

    – Es correcto- dijo el ayudante del alguacil, muy bien dicho. Las estadísticas muestran que las disputas domésticas son potencialmente las más peligrosas para enredar a cualquier persona, en especial si se trata de un agente de la ley. Pero esta ocasión será la luminosa excepción. ¿No es así, amigos?

    Mi esposa me miró y dijo:

    – No te voy a dar un beso de despedida, sólo te digo hasta luego. Y cuídate.

    – Exacto- dijo el ayudante del alguacil-. Si se besan quién sabe cómo acabe el asunto- y se carcajeó. 

    Tuve la sensación de que todos esperaban que yo dijese algo. Pero por primera vez en la vida me faltaron las palabras. Luego me armé de valor y le dije a mi esposa:

    – La última vez que te pusiste ese sombrero también llevabas un velo y yo te llevaba del brazo. Fue en el funeral de tu madre. Llevabas un vestido oscuro, no el que llevas hoy. Pero los tacones son los mismos, me acuerdo. No me abandones así- le dije-, no sé qué voy a hacer.

    – Debo irme- dijo ella. Todo está dicho en la carta. Lo demás pertenece al… no sé. Al misterio o la especulación, supongo. En todo caso, no hay nada en la carta que no sepas ya. Luego volteó hacia Frank y le dijo- Vamos, Frank. Puedo llamarlo Frank, ¿verdad?

    – Puede llamarlo como quiera, con tal de que lo llame a tiempo para la cena- dijo el ayudante del alguacil y soltó una carcajada.

    – Por supuesto que puede- dijo Frank-. Bueno, en fin, vamos ya.- Cogió la maleta de mi esposa y se encaminó a su camioneta a ponerla en la cabina. Luego se paró en la puerta opuesta, manteniéndola abierta.

    – Te escribiré una vez que me acomode- dijo mi esposa-. Creo que tendré que hacerlo, pero primero lo primero. Ya veremos luego.

    – Así se habla- dijo el ayudante del alguacil. Hay que mantener abiertas todas las vías de comunicación. Buena suerte, camarada- me dijo a mí. Enseguida se dirigió a su coche y montó en él.

    La camioneta hizo un amplio y lento rodeo en el pasto. Uno de los caballos relinchó. La última imagen que conservo de mi esposa es la del momento en que se encendió un fósforo en la cabina de la camioneta y ella se inclinó con el cigarrillo, aceptando la flama que le ofrecía el ranchero. Con sus manos envolvió la mano que sostenía el fósforo encendido. El ayudante del alguacil esperó a que la camioneta y el remolque pasaran y entonces echó a andar su coche, que patinaba en el pasto mojado hasta que se afirmó en el camino de la entrada, expulsando grava con las llantas. Al encaminarse hacia la carretera hizo sonar el claxon. Pitó. Los historiadores deberían usar más palabras como “pitar”, o “bocinazo” o  “estallido”, especialmente en momentos de gravedad como cuando ocurre una masacre o cuando un suceso terrible impone un manto funesto en el futuro de una nación. En momentos así se requieren ese tipo de palabras. Joyas en tiempo de necesidad.  

    Quiero decir que fue en ese momento, mientras yo observaba en la niebla cómo se alejaba, cuando recordé una fotografía en blanco y negro de mi mujer con su ramo de novia. Tenía entonces dieciocho años, una niña todavía, me había espetado su madre un mes antes de la boda. Minutos previos a aquella fotografía se había casado. Sonreía. Acababa de o empezaba a reírse. En cualquiera de los casos, sonríe de felicidad ante la cámara. Tiene tres meses de embarazo, bien que la cámara no lo muestra, desde luego. ¿Y qué si está embarazada? ¿Qué más da? ¿No se embarazaban todas en esa época? Estaba feliz, en todo caso. Yo también estaba feliz. Sé que lo era. Los dos éramos felices. No me hallo en esa foto particular pero estaba muy cerca, a sólo unos pasos –según recuerdo-, estrechando la mano de alguien que me felicitaba. Mi esposa sabía latín y alemán, química y física, de Shakespeare y todas esas cosas que enseñan en escuelas privadas. Sabía cómo sostener correctamente una taza de té, sabía cocinar y hacer el amor. Era un tesoro.

    Hallé esa fotografía, junto con otras, unos días después del asunto de los caballos, mientras buscaba entre las pertenencias de mi esposa, separando lo que podía desechar y lo que debía conservar. Empacaba para mudarme. Miré la fotografía unos instantes y luego la arrojé a la basura. Sin piedad. No me importaba. ¿Por qué había de importarme?

    Si de algo estoy seguro, si conozco un poco la naturaleza humana, sé que no podrá vivir sin mí, que volverá a casa. Y pronto, que sea pronto. 

    Pero no. No sé nada de nada, nunca supe nada. Se ha ido para bien. Lo presiento. Se ha ido y no volverá jamás. Punto. Nunca más. No volveré a verla si no nos cruzamos alguna vez en la calle.

    Sigue pendiente aún el tema de la letra. Es un enigma. Pero el asunto de la letra no es lo importante, claro. ¿Cómo podría serlo luego de las secuelas que tuvo? No tanto la carta misma sino las cosas de la carta, que no puedo olvidar. No, la carta no es primordial, hay algo más allá de quien la haya escrito. Y ese “más allá” tiene que ver con sutilezas. Podemos decir, por ejemplo, que al elegir esposa se elige una historia. Y, de ser así, significa entonces que ahora me he quedado fuera de la historia, como los caballos y la niebla. O podría decirse que la historia me ha desertado. O que debo continuar la vida sin historia.  O que la historia tendrá que habérselas sin mí, a menos que mi esposa me escriba cartas o lo cuente a una amiga que lleve un diario. Así, años más tarde alguien podrá mirar al pasado, interpretarlo a partir de lo escrito, con sus tonterías y sus peroratas, sus silencios y sus insinuaciones. Lo cual me revela que la autobiografía es la historia de un hombre desafortunado, y de que estoy despidiéndome de la historia. Amada mía, adiós. ⌈⊂⌋

  • Del latín “apellare”

    Del latín “apellare”

    Samuel Máynez Champión

    De acuerdo con su etimología, la palabra apellido procede, tanto de “hablar con autoridad” como de la “denominación” genérica de cosas y personas. Esto último es aquello que nos interesa en cuanto al significado literal que tienen algunos apellidos de músicos renombrados una vez que abandonan su ámbito lingüístico y se traducen al castellano. En ese sentido, valdría la pena mencionar al preeminente compositor húngaro Liszt Ferencs, cuyo nombre completo se traduce como “Pancho Harina” y vendrían a cuento, sin regatearles respeto, Johann Sebastian Bach y Richard Wagner, cuyos apellidos significan “Arroyo” y “Carretonero”, respectivamente.

              No es gratuito que, a propósito de lo que representa el apellido de Bach, Debussy hubiera renegado de su “error” nominal, es decir, evocar un simple curso de agua ‒aunque así lo demande su genealogía‒ es una afrenta cuando se está en presencia de un creador de “mares” de músicas. Valga este enfoque filológico para invocar y compartir la obra ‒seleccionamos cual pretexto aquella poco tocada‒ de otros compositores ilustres cuyos apellidos, para decirlo sucintamente, pueden resultar curiosos e interesantes (la comicidad e irreverencia también podrían aplicarse). Sobra destacar que la mayoría nació en una época previa al advenimiento de la cinematografía o de las artes escénicas para públicos masivos. Ahora nos resultaría impensable que una figura pública contara con un nombre “artístico” que no fuera eufónico y que en vez de producir expectación produjera escarnio y risotadas…  

    El primer sujeto del muestrario se llamó Juan Nepomuceno “Moscardón” y nació en 1778 en Bratislava, Slovaquia. Su padre, de quien recibió las lecciones iniciales, fue director de la Escuela Militar de Música de Viena y fue el primero en catar sus extraordinarias dotes. Tan conspicuo fue el talento de Nepomuceno que antes de cumplir ocho años fue presentado con W. A. Mozart, quien quedó demudado por sus habilidades, tanto, que pidió hacerse cargo de su educación. Se lo llevaría a vivir a su propia casa en aras de impartirle lecciones cotidianas y no cobraría nada por ello. En tiempo récord el niño era ya un virtuoso del teclado, orillando a su mentor a presentarse con él en público en un recital a cuatro manos. Cuando el prodigio cumplió diez años, Mozart decretó que estaba listo para realizar una extensa gira. Los conciertos en Praga, Berlín, Hamburgo, Copenhague y Londres ratificaron el vaticinio. Ahí, en la capital del Reino Unido, el pequeño Moscardón fue escuchado por Pleyel, Clementi y Haydn. Como resultado, Pleyel le regaló un piano, Clementi lo recomendó para que se publicaran sus primeras obras y Haydn, además de componerle una sonata, lo designó como su futuro sucesor en la Corte de los Esterházy. Remontada la adolescencia, “Moscardón” siguió obteniendo éxitos en todos los campos, no sólo como músico sino como hombre de mundo. Vendrían entonces la amistad con Goethe y el matrimonio con una cantante ‒la bella Elizabeth Röckl‒ que, entre otros, había ninguneado a Beethoven. Nepomuceno también ejerció la docencia ‒Mendelssohn recibió sus enseñanzas‒ y dejó una vasta producción musical. Su estilo representa el eslabón perfecto entre las formas clásicas y el romanticismo.[1] El célebre “Moscardón” murió en 1837. En su tumba se lee: Johann Nepomuk Hummel.

    Para el segundo puesto tenemos al inmenso y admirado Federico “Nata”. Insuficientes resultan los adjetivos para elogiarlo, empero, baste decir que está considerado como el pionero del nacionalismo musical de su patria y que su obra refulge con luz propia. Sobre su formación y vida familiar los datos son conmovedores. Vio la luz en 1824 dentro de un medio rural privo de oportunidades y su padre, amén de darle 17 hermanos ‒entre ellos siete medios hermanos‒, se obstinó en impedir que dedicara su vida a la música. En pos de su “verdadera” educación fue mandado a la capital, donde se la pasó muy mal. Sus condiscípulos se burlarían de su rusticidad y su pobre desempeño académico. En esto tampoco le ayudó su apellido. No tardaría en comenzar a faltar a la escuela. El poco dinero que recibía de casa a duras penas le alcanzaba para lo necesario, no obstante, hacía economías espartanas para allegarse, a escondidas, algunas clases de piano. Estando aún en la pubertad empezó a escribir un diario. En sus páginas asentó que quería “volverse un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica”. Como era de esperarse su padre descubrió el engaño, y las mesadas se recortaron aún más. Carente de reconocimientos y de una buena guía musical, Federico hizo lo que pudo en esos años donde intentó volverse una estrella del piano. Nunca se volvería un émulo del maestro “Harina”, sin embargo, su talento para la creación despejaría los horizontes de su existencia. Habría de sobrevivir como profesor de piano hasta que su obra, espejo nítido del amor por su tierra,[2] comenzara a darle de comer. Una vez que contrajo nupcias, las desdichas también lo persiguieron. Su consorte y tres de sus cuatro hijas perecieron por fiebre escarlatina y tuberculosis. En la locura y la sordera, el maestro “Nata” exhalaría su aliento postrero. En una ribera del río Vltava, en Praga, se yergue una estatua en su honor. En su basamento aparece por escrito su nombre: Bedřich Smetana.

    En tercer lugar descuella Max “Hernia”, una de las figuras más señeras del movimiento tardo-romántico europeo. A diferencia de Smetana, Max sí recibió apoyo familiar y logró educarse bajo la égida de valiosos maestros. Su precocidad fue tal que a los nueve años firmó una canción para el cumpleaños de su madre. Vino después un alud de composiciones juveniles entre las que hubo una ópera sobre Jean D´Arc; lamentablemente casi todas extraviadas. Su trayectoria como compositor fue complementada con una recia vocación por la enseñanza y la conducción de orquestas. Como director fue invitado para encargarse de la Liverpool Philharmonic Society y como catedrático desempeñó cargos tan importantes como la titularidad de composición en la Hochschule de Berlín. La vida íntima del maestro “Hernia” no halló sobresaltos y estuvo plagada de satisfacciones. Al igual que “Moscardón”, también desposó una cantante y fue reconocido plenamente por sus contemporáneos. De su centenar de obras pervive hoy en repertorio, básicamente, su concierto para violín en sol menor. No siendo violinista, “Hernia” apuntó que lo había escrito “porque el violín puede cantar una melodía y la melodía es el alma de la música”.[3] En la partitura del mismo, junto al Op. 26, figura su autoría: Max Bruch (1838-1920).      

    Para el cuarto sitio le hacemos espacio al aburguesado monsieur Ernesto “Pantufla”, quien fue bautizado en 1855, en la Ciudad Luz. En analogía con el caso de Federico “Nata”, “Pantufla” encontró reticencias paternas para dedicarse a la música. Por ende, cursó la licenciatura y el doctorado en jurisprudencia y se convirtió, previo a su viraje vocacional, en abogado de la Corte de Apelaciones de París. Poco antes de la muerte de su progenitor, Ernesto emprendió la senda que le dictaba su sensibilidad, inscribiéndose en el Conservatorio. Ya tenía esbozadas algunas obras propias que le granjearon la aceptación de Jules Massenet como profesor de composición. Adicionalmente recibió lecciones de César Franck y Vincent D´Indy. El hecho de pertenecer a una clase pudiente no mermó en lo absoluto su dedicación al trabajo musical, aunque sí le pesó que sus colegas lo consideraran un mero amateur adinerado. No obstante, fue elegido en 1886 Secretario de la Societé Nationale de Musique, cargo que ostentó hasta su prematura muerte a los 44 años de edad. La breve pero exquisita obra musical del maestro “Pantufla” se caracteriza por un dominio absoluto de las formas y el empleo de armonías audaces y pungentes.[4] Su cuerpo reposa en el cementerio Père-Lachaise. En su mausoleo, grabados sobre mármol, yacen los elegantes vocablos de su nombre: Ernest Chausson.

    Como coda del muestrario incluimos a un mexicano de incuestionables méritos en el campo musical. Seleccionamos entonces al maestro César “Torcido”, quien recibiera el bautismo en 1925, en la mítica Puebla de Los Ángeles. A él se debe un espléndido método de formación musical para niños que lleva su apellido[5] y una imprescindible labor como pedagogo y adalid de los valores cívicos de nuestra nación. Asimismo, fue autor de un corpus musical que aguarda todavía reconocimiento. En septiembre de 2015 la prensa difundió la noticia: “Muere en su casa de la Ciudad de México, el incansable educador César Tort.”  Requiescat In Pace, dirían con autoridad los antiguos latinos…⌈⊂⌋


    [1] Sugerimos la audición de una de sus obras. AUDIO 1: Johann Nepomuk Hummel –  Variaciones para piano y orquesta Op. 115.  (Howard Shelley, pianista y director. London Mozart Players. CHANDOS, 2004)

    [2] Recomendamos  la siguiente escucha: AUDIO 2. Bedrřch Smetana – Polka de su ópera “La novia vendida”. (Wiener Philharmoniker, James Levine, director. DEUTSCHE GRAMOPHON, 1987)

    [3]  Aconsejamos vivamente la visión del siguiente enlace: www.youtube.com/watch?v=srQLtBsiiKc

    [4] Sugerimos la audición de esta canción: AUDIO 3: Ernest Chausson – Le colibrí op. 2 n° 7. (Sandrine Piau, soprano. Susan Manoff, pianista. NAIVE, 2007)

    [5] Recomendamos  la escucha de algunas de sus piezas infantiles, tocadas por los propios infantes. AUDIO 4: César Tort – El pequeño danzante. (Niños músicos de Artene. (Voz Viva de México. UNAM,  Sin Año) AUDIO 5: César Tort – El tren. (Niños músicos de Artene. Voz Viva de México. UNAM. Sin Año)

  • Medio Ambiente: de vuelta a Estocolmo

    Medio Ambiente: de vuelta a Estocolmo

    Pedro González Olvera

    Entre el 5 al 16 de junio de 1972 tuvo lugar, en Estocolmo, bajo iniciativa del gobierno sueco, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano. El objetivo propuesto era reunir a los representantes de los miembros de la Organización de Naciones Unidas  a fin de discutir un problema que hasta esa fecha no había recibido mucha atención, sólo en algunos círculos de activistas, académicos y representantes de unos cuantos gobiernos que se podían contar con los dedos de las manos; nos referimos, obviamente, a la paulatina y al mismo tiempo creciente afectación que el medio ambiente terrestre venía sufriendo a causa del descuido con la sobreexplotación de la tierra, la expulsión de gases por las grandes industrias manufactureras, los desechos tóxicos (incluido el plástico y aguas negras) en ríos y mares, el uso indiscriminado de fertilizantes y pesticidas químicos en la agricultura.

    Como todas las reuniones del organismo internacional los preparativos para esta de Estocolmo no fueron rápidos ni inmediatos, pues desde 1968 se habían iniciado los trabajos que permitieran llevarla a cabo; en efecto, en ese año, durante el vigésimo tercer periodo de sesiones, la Asamblea General aprobó una resolución mediante “la que decidió convocar una Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano y pidió al Secretario General que presentase un informe acerca de, entre otras cuestiones, la naturaleza, el alcance y la marcha de los trabajos que se estaban llevando a cabo en la esfera del medio humano, los principales problemas existentes en este sector y los posibles métodos para la preparación de la Conferencia.” [1] A partir de ahí, los trabajos se aceleraron y en todos los periodos de sesiones subsecuentes continuaron hasta llegar a la reunión de 1972 que, como se puede notar, aún no tenía el nombre genérico de Medio Ambiente, y se usaba el de Medio Humano.

    Sus resultados más importantes, además de la propia realización que ya en si era un buen logro, fueron la creación del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y el establecimiento del Día del Medio Ambiente a celebrarse el 5 de junio de cada año, además por supuesto de las tareas que se convino en realizar a partir de los seis temas considerados sustantivos durante las reuniones de trabajo: “planificación y ordenación de los asentamientos humanos desde el punto de vista de la calidad del medio; aspectos educacionales, informativos, sociales y culturales de las cuestiones relativas a la calidad del medio; ordenación de los recursos naturales y sus relaciones con el medio; el desarrollo y el medio; definición de los agentes contaminantes de vasta importancia internacional y lucha contra los mismos; y consecuencias institucionales en el plano internacional de las propuestas de acción.”[2] Según el secretario general de la Conferencia, Maurice Strong, el mensaje que prevaleció tras el evento fue “la comprensión de que el hombre había llegado a uno de esos puntos fundamentales en su historia donde sus actividades son los principales determinantes de su propio futuro”.[3]

    Irónicamente, a juzgar por lo obtenido a lo largo de 50 años y varias conferencias, como las que mencionaremos después, parece ser que ese punto fundamental no se entendió o, peor aún, fue poco apreciado pues lo que tenemos ante nosotros no es un panorama que nos haga sentir optimistas. Es cierto, y no se puede negar, que algunos gobiernos y varios grupos sociales se encuentran comprometidos con las tareas orientadas a tratar de salvar la situación o por lo menos a remediarla parcialmente, si ya no es posible hacerla retroceder al punto de arranque, si bien no ha sido suficiente.

    Medio siglo después de la Conferencia de Estocolmo, la situación en torno al medio ambiente mundial en lugar de mejorar ha empeorado a pesar de los múltiples compromisos hechos por los Estados para mejorarlo, especialmente las grandes potencias, sobre todo en las reuniones anuales derivadas de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), órgano de la ONU responsable del clima cuya sede está en Bonn, Alemania, y que son conocidas como COP (la más reciente, la 26,  tuvo lugar en Glasgow, Escocia, del 31 de octubre al 12 de noviembre de 2021).

    Diversos compromisos en el mismo tenor se encuentran en el Protocolo de Kioto que se aprobó el 11 de diciembre de 1997 y entró en vigor en 2005. En este documento se plantea que los países industrializados deberían limitar y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) conforme a las metas establecidas por la propia CMNUCC y que fueron aceptadas por esos países. Lo que resulta incluso increíble es que la propia Convención sólo pide a esos países que adopten políticas y medidas de mitigación y que informen periódicamente de sus resultados; a juzgar por los niveles de contaminación que la humanidad entera padece, es innegable que ni siquiera esto se cumple.

    Asimismo, el 12 de diciembre de 2015,  se firmó el Acuerdo de París  que estableció varias metas que debían perseguir todos los países firmantes en el control del cambio limático:

    • Reducir sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero para limitar el aumento de la temperatura global en este siglo a 2 °C y esforzarse para limitar este aumento a incluso más de tan solo el 1.5 °;
    • revisar los compromisos de los países cada cinco años;
    • ofrecer financiación a los países en desarrollo para que puedan mitigar el cambio climático, fortalecer la resiliencia y mejorar su capacidad de adaptación a los impactos del cambio climático.[4]

    Otras reuniones se han celebrado en atención a los problemas ambientales, como La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CNUMAD), también conocida como la “Cumbre para la Tierra”, en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil, del 3 al 14 de junio de 1992, y en donde se analizaron los avances, y retrocesos, en los cuidados del medio ambiente y la vinculación de estos cuidados a otro tema que ha sido vital al interior de la ONU también con magros resultados, es decir el del desarrollo, que a partir de ahí se convirtió en desarrollo sustentable.

    Posteriormente, en 2012, hubo una continuación de esta conferencia que se llamó Río+20, cuyos temas centrales fueron la economía verde, como lograr el desarrollo sustentable y el establecimiento de un marco institucional que le dé sentido y lograr la erradicación de la pobreza.

    En todas las reuniones, acuerdos y convenciones mencionados hubo una gran presencia de líderes de todo el mundo, quienes reiteradamente firmaron todos los compromisos que les pusieron en el papel, aunque después argumentaran, por cualquier causa, que no sería posible cumplir con lo que habían prometido.[5]

    Algunos datos sobre el estado del medio ambiente en el planeta pueden resultar ilustrativos en la comprensión del momento crítico que vive la humanidad al respecto:

    -la población mundial pasó de 5 mil 300 millones de habitantes en 1990 a 7 mil 300 en 2015, mientras que se espera que en 2030 llegue a 8 mil 500, en 2050 a 9 mil 700 millones y en 2100 a 11 mil 200 millones. Si se toman los números fríos sólo se notará un aumento considerable de pobladores terrestres, las complicaciones aparecen cuando se vinculan esos números con, principalmente, la dotación de agua potable, alimentos y obras de infraestructura, entre otras necesidades elementales que se requieren para una vida más o menos digna; el escenario más probable es que alrededor de grandes masas de seres humano empobrecidas, convivan al lado de pequeños grupos de privilegiados, con una brecha de enorme desigualdad.

    -Se espera que para el año 2050, la demanda de alimentos crezca un 70%, y el conflicto por la invasión de Rusia a Ucrania está provocando ya una disminución de la oferta de alimentos  y se espera está disminuya aún más, junto con su encarecimiento.

    -la fusión de los hielos polares y los glaciares ha disminuido 40% en las tres décadas anteriores. Como consecuencia el nivel de los océanos subió, desde, 1901, 19 cm., disminuyendo su salinidad y alterando las corrientes oceánicas y la alta posibilidad de la desaparición de ciudades costeras, por la inundación de sus territorios.

    -En sentido contrario, tenemos el avance de los desiertos junto con el deterioro de las tierras cultivables. Las tierras áridas representan, hoy, el 40% de las tierras planetarias. A lo anterior hay que sumar la deforestación que en los hechos es permanente, pues desde los inicios del siglo XX se calcula que se han perdido 10 millones de km2 de bosques, sobre todo en las zonas del mundo en donde se encuentran los países subdesarrollados.

    -Sobre el agua potable las cifras indican que en 2017, 785 millones de personas carecían de ella, en tanto unos 2 mil millones se veían obligadas a usar agua contaminada por diferentes sustancias; heces fecales, entre las principales. Varias ciudades en el mundo corren el riesgo de ya no ser viables por la falta de agua potable

    -La cantidad de basura producida cada año se calcula en 2 100 millones de toneladas métricas anuales. Lógicamente con el crecimiento de la población esa cantidad aumenta también cada año.

    -La disminución de los recursos pesqueros y la extinción de especies vivas son, de la misma forma, demostraciones de las calamidades que se viven en la época actual en torno al medio ambiente terrestre. No es que antes no haya habido desapariciones de especies vivas como parte de un proceso de selección natural por fenómenos climatológicos o catástrofes naturales[6], la diferencia estriba en que en el presente son provocadas por la especie humana.[7]

    La suma de estos indicadores, más otros como la pérdida de biodiversidades en diferentes partes del mundo, tienen a nuestro planeta sumido en una crisis sistémica, no sólo de cambio climático sino que incide en otras áreas, como asegura Seara Vázquez en su trabajo antes citado.[8] Muy probablemente por el conjunto de los pésimos resultados en la conservación del medio ambiente, demostrados con los datos que se enlistaron líneas arriba, fue un factor que pesó en la toma de la decisión  de darle continuidad a la Conferencia de Estocolmo, mediante una cumbre que se efectuó  en la misma ciudad y convocada al igual que la primera por la ONU, por iniciativa  de nuevo por el gobierno de Suecia y con el apoyo del de Kenia, los días 2 y 3 de junio de este año, es decir cincuenta años después de la primera. De hecho, como prolegómeno de la Conferencia de se consideró que las tres crisis (dentro de la crisis sistémica) que el género humano enfrenta actualmente y que amenazan su futuro son el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, y la contaminación y los residuos.

    Durante los trabajos de la Conferencia, que tuvo el slogan “Estocolmo+50: un planeta sano para la prosperidad de todos – nuestra responsabilidad, nuestra oportunidad”, y que a diferencia de hace 50 años, solo duró dos días, se adoptaron, como en todas las conferencias multilaterales de la ONU, varios compromisos, 10 para ser exactos:

    1. Situar el bienestar humano en el centro de un planeta saludable y la prosperidad para todos, reconociendo que un planeta saludable es un requisito previo para sociedades pacíficas, cohesionadas y prósperas; restaurar nuestra relación con la naturaleza integrando valores éticos; y adoptando un cambio fundamental en actitudes, hábitos y comportamientos, para apoyar nuestra prosperidad común.
    2. Reconocer e implementar el derecho a un medio ambiente limpio, saludable y sostenible, mediante el cumplimiento de la visión articulada en el principio 1 de la Declaración de Estocolmo de 1972.
    3. Adoptar un cambio sistémico en la forma en que funciona nuestro sistema económico actual para contribuir a un planeta saludable, mediante la definición y adopción de nuevas medidas de progreso y bienestar humano, respaldadas por políticas económicas y fiscales que tengan en cuenta el valor del medio ambiente; invertir en infraestructura, desarrollar políticas efectivas y alentar un diálogo global para promover el consumo y la producción sostenibles; y promover la eliminación gradual de los combustibles fósiles al mismo tiempo que brinda apoyo específico a los más pobres y vulnerables de acuerdo con las circunstancias nacionales y reconoce la necesidad de apoyo financiero y técnico hacia una transición justa.
    4. Fortalecer la implementación nacional de los compromisos existentes para un planeta saludable, mediante la mejora de la legislación ambiental nacional, el presupuesto, los procesos de planificación y los marcos institucionales; promover la formulación de políticas basadas en evidencia, incluso mediante una mayor colaboración entre disciplinas académicas y paneles científicos temáticos, aprovechando los conocimientos y la experiencia de los conocimientos indígenas y tradicionales; y ampliar el apoyo y el desarrollo de la capacidad, el acceso y la financiación de tecnologías ecológicamente racionales.
    5. Alinear los flujos financieros públicos y privados con los compromisos ambientales, climáticos y de desarrollo sostenible, mediante el desarrollo y la implementación de políticas bien diseñadas para reutilizar los subsidios perjudiciales para el medio ambiente; redirigir, movilizar y ampliar la disponibilidad de flujos financieros públicos y privados para apoyar la diversificación económica; y adoptar medidas de recuperación y estímulo, fuentes combinadas de capital e instrumentos de eliminación de riesgos que aumenten los flujos financieros.
    6. Acelerar las transformaciones en todo el sistema de los sectores de alto impacto, como los alimentos, la energía, el agua, los edificios y la construcción, la fabricación y la movilidad, mediante la adopción e implementación de políticas para promover la circularidad, la eficiencia de los recursos, los enfoques de producción regenerativa y las soluciones basadas en la naturaleza en cadenas de valor, y la adopción de marcos que mejoren y refuercen la transparencia y la rendición de cuentas por parte de las empresas; promover transiciones justas a través del apoyo a jóvenes, trabajadores y comunidades locales afectados mediante el fortalecimiento de capacidades y habilidades para la creación de empleos verdes y para micro, pequeñas y medianas empresas; y transformar los sistemas alimentarios mediante la promoción de enfoques de agricultura y pesca regenerativos que proporcionen dietas saludables y minimicen el desperdicio de alimentos, incluidas las inversiones en la economía oceánica.
    7. Reconstruir relaciones de confianza para fortalecer la cooperación y la solidaridad, a través del reconocimiento de la importancia del liderazgo de los países desarrollados en la promoción de transiciones de sostenibilidad; apoyar el desarrollo de capacidades y la transferencia de tecnología para los esfuerzos nacionales de los países en desarrollo para implementar los acuerdos ambientales acordados internacionalmente, teniendo en cuenta las circunstancias nacionales, incluido el cumplimiento del compromiso de movilizar $ 100 mil millones cada año para el financiamiento climático para los países en desarrollo; y permitir que todas las partes interesadas relevantes, incluidos los jóvenes, las mujeres, las comunidades rurales, los pueblos indígenas, los grupos interreligiosos y las comunidades locales, participen de manera significativa en la formulación e implementación de políticas tanto a nivel nacional como internacional.
    8. Reforzar y revitalizar el sistema multilateral, garantizando un sistema multilateral eficaz basado en normas que ayude a los países a cumplir sus compromisos nacionales y mundiales, para garantizar un multilateralismo justo y eficaz; fortalecer el estado de derecho ambiental, incluso mediante la promoción de la convergencia y las sinergias dentro del sistema de las Naciones Unidas y entre los acuerdos ambientales multilaterales; fortalecer el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, en consonancia con la Declaración Política UNEP@50.
    9. Reconocer la responsabilidad intergeneracional como la piedra angular de la formulación de políticas sólidas, mediante la participación en el documento de política del Grupo de Trabajo Mundial sobre la Juventud de Estocolmo+50; destacando la importante necesidad de desarrollar la capacidad de los jóvenes para comprometerse con las instituciones financieras; Reconocer el papel fundamental de los jóvenes en la acción ambiental, y destacar que se han logrado avances en el fomento de una participación significativa de los jóvenes, y hacer un llamado a los fondos ambientales multilaterales para que incluyan parámetros que incluyan a los jóvenes en los esquemas de financiamiento, y tomen más medidas para garantizar la facilidad de acceso. de fondos para acción ambiental para organizaciones juveniles.
    10. Llevar adelante los resultados de Estocolmo+50, reforzando y revitalizando los procesos internacionales en curso, incluido un marco global para la biodiversidad, un acuerdo de implementación para la protección de la biodiversidad marina más allá de la jurisdicción nacional y el desarrollo de una nueva convención sobre plásticos; y participar en las conferencias relevantes, como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos de 2022, el Foro Político de Alto Nivel, la 27.ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y la Cumbre del Futuro.[9]

    En estos compromisos (bastante extensos) no se hace mención específica de la agenda 2030 u Objetivos del Desarrollo Sustentable; al parecer fue obvio que constituyeron la plataforma sobre la cual se levantaron estos compromisos. De nuevo se reiteró la advertencia que funcionarios de la ONU han manifestado incesantemente: la necesidad de que gobernantes y naciones del mundo entero asuman la responsabilidad de cumplirlos,  de evitar el colapso generalizado del planeta y de conseguir un entorno más solidario, de una vez por todas (frase muy utilizada en este tipo de conferencias), aunque, dicho sea de paso, es poco probable que los ODS sean cumplidos.

    Otra característica de Estocolmo+50 fue la participación de la sociedad civil internacional, pues desde la ONU se hizo un llamado a fin de que las llamadas “partes interesadas” colaboraran y difundieran sus conocimientos y emprendieran por si mismas acciones urgentes que lleven a cambiar el sistema a largo plazo. Por eso, se realizaron consultas nacionales y regionales a mujeres, juventudes, personas mayores, personas con discapacidad, pueblos indígenas y comunidades locales, ONGs, con el propósito de que estuvieran en condiciones de manifestar directamente sus propias posiciones sobre el tema de la conservación del ambiente humano.

    Evidentemente, esto es algo positivo al permitir que se tome el pulso de las preocupaciones reales de los distintos grupos que integran la sociedad y trascienda los niveles gubernamentales que, en este y en otros temas que afectan a todas las personas en cualquier parte del mundo, no hacen lo necesario y ni siquiera lo suficiente para resolver o mitigar el proceso de descomposición del hábitat terrestre.

    Como lo enseñan las distintas conferencias multilaterales, la incorporación de la sociedad civil en sus deliberaciones resulta en un efecto multiplicador en la medida en que se conocen desde su raíz las inquietudes que los grupos que la integran tienen respecto de los urgentes problemas globales, en particular los del medio ambiente. No sólo eso, de la sociedad civil pueden surgir propuestas originales de solución a esos problemas. En ocasiones perdemos de vista que los más afectados por estos son los grupos que más recienten la pobreza. Resulta natural, entonces, que se les convoque.

    Según dijo el secretario general de la ONU (Antonio Guterres) en su discurso de inauguración de la Conferencia: “el bienestar mundial está en peligro, en gran parte porque no hemos cumplido nuestras promesas sobre el medio ambiente. Tenemos que cambiar el rumbo -ahora- y poner fin a nuestra guerra insensata y suicida contra la naturaleza. Debemos dar un verdadero valor al medio ambiente e ir más allá del Producto Interior Bruto (PIB) como medida del progreso y el bienestar humanos. No olvidemos que cuando destruimos un bosque, estamos creando PIB. Cuando pescamos en exceso, estamos creando PIB. El PIB no es una forma de medir la riqueza en la situación actual del mundo. En su lugar, debemos pasar a una economía circular y regenerativa”.[10]

    Y sobre todo, (esto no lo dijo Guterres) que ese bienestar del que habla sea compartido por todos a fin de acabar la desigualdad, uno de los mayores problemas económicos que sufre una extensa parte de la humanidad, que, por otra parte se suma a los del medio ambiente y es agravado por estos.

    Será difícil que los 10 compromisos de Estocolmo+50 se alcancen; las condiciones en las que están planteados son complicadas sobre todo por el ambiente pos pandemia que se vive, con una crisis de salud y de crecimiento económico, con recursos escasos que los gobiernos dirigirán a asuntos que con seguridad suponen más urgentes.

    En suma, nos encontramos en una época que numerosos científicos conocen como antropoceno, caracterizado por las repercusiones que tienen en el clima y la biodiversidad la acumulación de gases de efecto de invernadero, los daños irreversibles ocasionados por el consumo excesivo de recursos naturales, el cambio climático, la desertificación y el deterioro de bosques y selvas (como la amazonia brasileña), la falta de agua potable, la acelerada extinción de especies, la urbanización descontrolada y no planificada. Son cuestiones de las que ya hace 50 años la primera Conferencia de Estocolmo nos advertía sobre la necesidad de empezar a atenderlas, Ahora, la Conferencia de Estocolmo+50 ha constatado su imparable crecimiento y de que nos encontramos en la orilla del no retorno, es decir de que su solución sea inviable, sin que hasta la fecha las propuestas en el sentido de qué hacer para evitarlo emanadas de la ONU hayan sido bien atendidas.

    Eso no quiere decir que los esfuerzos de la ONU, por medio de la diplomacia multilateral, sean inútiles. Así ha caminado desde su fundación, con pequeños pasos que le permiten dar resultados limitados, porque es la forma en que su estructura y la estructura internacional se lo permiten, y si no fuera por su trabajo es muy probable que la situación mundial sería aún peor.

    El problema radica entonces en que las llamadas de atención provenientes de las organizaciones internacionales del sistema de Naciones Unidas, son llamadas que atiende quien quiere, por eso la responsabilidad final de la desatención de las dificultades por las que pasa la humanidad no queda en la ONU; es, antes que nadie de los gobiernos y Estados que la conforman. Tales son los claroscuros (más oscuros que claros) de la cuestión del medio ambiente mundial y el desarrollo sustentable vis a vis la Conferencia de Estocolmo+20. ⌈⊂⌋


    [1]Organización de Naciones Unidas. chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://legal.un.org/avl/pdf/ha/dunche/dunche_ph_s.pdf.  www.un.org/law/avl. Todos los datos sobre la Conferencia de Estocolmo provienen de esta página.

    [2] Ibíd.

    [3] PNUMA, “Estocolmo+50: un planeta sano para la prosperidad de todos —nuestra responsabilidad, nuestra oportunidad”, en https://www.unep.org/es/events/evento-de-onu-medio-ambiente/estocolmo50

    [4]ONU; El Acuerdo de París, https://www.un.org/es/climatechange/paris-agreement#:~:text=El%20Acuerdo%20proporciona%20a%20los,objetivos%20clim%C3%A1ticos%20de%20estos%20pa%C3%ADses. El Acuerdo entró en vigor el 4 de noviembre de 2016.

    [5] Una de las últimas veces que Estados Unidos y China se comprometieron a cooperar en el combate al cambio climático fue durante la visita que hizo a China, en abril de 2021, el enviado estadounidense para el clima, John Kerry, con el objetivo de conversar con sus homólogos chinos en Shanghái. Macarena Vidal, Ly, “China y EE UU se comprometen a cooperar en la lucha contra el cambio climático”, El País, 19 de abril 2021, en https://elpais.com/internacional/2021-04-18/china-y-eeuu-se-comprometen-a-reforzar-la-implementacion-del-acuerdo-de-paris.html. No obstante, un informe presentado por la ONU en agosto de ese mismo año decía que China se encontraba en el primer lugar entre los países emisores de gases de efecto invernadero en el mundo, además de que había incumplido con el plazo de presentación de los nuevos objetivos de reducción del dióxido de carbono. Por supuesto, China no es el único país incumplido pues, según ese informe de todos los países que firmaron el Acuerdo de París el 58% no presentaron sus propuestas actualizadas en materia de reducción de gases invernadero, a pesar de que el plazo era hasta el 30 de julio de 2021. Yurany Arciniegas, France 24, 1 de agosto de 2021, en https://www.france24.com/es/medio-ambiente/20210731-medio-ambiente-incumplimiento-acuerdo-paris-compromisos-dioxido-carbono.

    [6] Esta es la sexta ola de desaparición de especies vivas, según los expertos.

    [7]Todos estos datos fueron compilados de distintas fuentes por el Dr. Modesto Seara Vázquez, quien las publicó en “Una crisis sistémica”, que se encuentra en Modesto Seara Vázquez (coord.), Pandemia. La crisis catastrófica, Huatulco, Oaxaca, Universidad del Mar, 2021, pp. 95-104.

    [8] Ibíd., pp. 15-104.

    [9]https://rds.org.co/es/novedades/palabras-finales-de-los-presidentes-en-la-plenaria-estocolmo-50

    [10] ONU/PNUMA, Estocolmo+50 se inaugura con un llamado a acelerar la acción para lograr un planeta sano y prosperidad para todos,

  • Gustav Klimt  en San Miguel de Allende

    Gustav Klimt en San Miguel de Allende

    Leandro Arellano

    Crónica y memoria          

    El más reconocido pintor austriaco, Gustav Klimt, visita San Miguel. La muestra de su obra ha viajado hasta el corazón del Bajío mexicano, y se exhibe al público en el Patio central de La Casa de Europa en México (CEM), desde el 12 de mayo. La CEM está ubicada en el centro de San Miguel de Allende, esa antigua población guanajuatense que ofrece, como otras ciudades abajeñas, momentos profundos y fugaces en que ostenta su espíritu generoso y abierto.

    La Casa de Europa y la Embajada de Austria en México pulsaron voluntades y recursos para trasladar esta muestra de arte austriaco, desde el Palacio del Belvedere en el Tercer Distrito vienés, hasta la aridez colorida de San Miguel. La muestra se integra por un conjunto de fotografías e imágenes de las obras del artista, que exhiben la riqueza de sus formas y colores.   

    La presentación de Klimt forma parte de una muestra mayor, titulada “Austriacos en San Miguel”, que incluye también una exposición biográfica del compositor Joseph Haydn; una exposición histórica digital de la Viena de fin de siglo; la presentación de varios cortometrajes; así como un concierto – homenaje a María Abel (QEPD), ex presidente de la CEM.

    Medidas sanitarias mediante, la inauguración del evento congregó una entusiasta participación, que resistió estoicamente el calor tenaz que también estuvo presente. La exposición estará abierta al público hasta el 2 de junio, lapso suficiente para acoger la visita tanto de los sanmiguelenses como de los interesados de pueblos comarcanos.

    El autor de la presente crónica –miembro del Consejo Directivo de la CEM- hizo una breve semblanza del pintor austriaco, la cual figura como capítulo final de esta nota.  

    La Casa de Europa en México

    No es improbable que Gustav Klimt expresara satisfacción por compartir las muestras de su obra –lo mismo que la de otras expresiones artísticas de Austria- expuestas en el espacio cultural de La Casa de Europa, en El Bajío mexicano.

    La Casa de Europa en México (www.casaeuropamexico.mx) es un ente constituido por un pequeño grupo de personalidades -mexicanos y europeos- afectos al arte y la cultura, radicados en San Miguel de Allende, congregados en torno a una Fundación establecida hace una década y cuya labor es, sobre todo, la promoción cultural, educativa, ambiental y otros sectores, tanto de México en Europa como de Europa en México. La presente muestra es un ejemplo del trabajo que realiza.

    Imperio y cultura 

    Desde su formación en la edad Media, Austria -el Imperio del Este– ha mantenido una presencia constante en la historia europea. Su historia parece  mayor que las dimensiones del país. Durante siglos constituyó uno de los sistemas más estables e incluyentes en el centro del continente, hasta su abolición al comenzar el siglo veinte. La Casa de los Habsburgo gobernó Austria de 1278 a 1918 y encabezó el Sacro Imperio Romano por largo tiempo también.

    En el siglo dieciocho el Imperio abarcaba lo que actualmente es territorio de doce naciones e incluía hablantes de las lenguas hoy conocidas como: croata, checo, flamenco, francés, alemán, húngaro, italiano, ladino, polaco, rumano, serbio, eslovaco, esloveno, ucrano y yiddish. Esa diversidad se extendía también a las prácticas religiosas que comprendían, además del lugar privilegiado del catolicismo, a cristianos ortodoxos, católicos griegos, judíos, unionistas, calvinistas, luteranos, armenios cristianos…

    En 1848 ascendió al trono Francisco José I –hermano mayor de Maximiliano, Emperador de México-, quien gobernó hasta 1916. En 1867 se estableció la doble monarquía, imperial y real: Emperador de Austria y Rey de Hungría. Pero igual, se convirtió en monarquía parlamentaria también en 1867, con el triunfo de los liberales.   

    Durante las últimas dos décadas del siglo diecinueve y la primera del veinte, el Imperio tuvo una vitalidad abrumadora lo mismo que una intensa transformación mediante el arte y la cultura. Su influencia cultural llegó a muchas partes del planeta. Entre nosotros inspiró a Juventino Rosas, el compositor de Sobre las olas, una pieza que se hombrea con los valses de Johan Srauss.

    La Austria moderna, actual, fue enderezada al carácter y conducción del Emperador Francisco José. El Emperador era un hombre reflexivo, disciplinado y adicto al trabajo. Su grandeza de ánimo calaba en la población, quien tenía por él un profundo afecto. Les atraía su imagen bonachona, sobre todo en su vejez. Al morir en 1916, había gobernado 68 años.

    Las grandes potencias predecían –la habían procurado- la inminencia de la guerra. Francisco Fernando, sobrino y sucesor designado fue asesinado con su esposa Sofie en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, hecho que desencadenó la Primera Guerra Mundial. En 11 de noviembre de 1918, el emperador Carlos I, sucesor de Francisco Fernando, dio fin a seis siglos de Imperio de los Habsburgo, anunciando su retiro de los asuntos de estado.

    Durante la formación de la Austria presente, la cultura tradicional de la aristocracia austriaca, profundamente católica, era sensual, plástica, muy alejada del puritanismo de la burguesía. La asimilación social era difícil pero se podía alcanzar por una vía: la cultura. El arte se había convertido casi en religión.

    La palabra cultura es una seña de identidad de Austria, equivale –digamos- a un recurso natural extendido y sólido. La torna un país donde las marcas comerciales o publicitarias no se aquilatan por la eficiencia o la productividad, sino por los paisajes y la música, la cultura y el arte.

    La Viena que vio morir a Francisco José bailaba vals, paseaba por las calles diseñadas por Otto Wagner, estudiaba y debatía las teorías de Sigmund Freud, escuchaba las invenciones musicales de Mahler y Schoenberg, leía por las mañanas la sátira periodística de Karl Kraus y admiraba la pintura de Klimt.

    El dolor inconfeso de los austriacos al acabar el Imperio se convirtió en sustancia de la literatura, señala José María Pérez Gay en su libro El imperio perdido. De distintos modos, todos los escritores austriacos de la época acabaron escribiendo lo que representa, en el fondo, la nostalgia por el Imperio perdido.

    La literatura es la más fácil de las artes pero es también la que hace resbalar con mayor facilidad. Es el mayor aval moral de una sociedad en lo colectivo y la zona más acogedora de la existencia en lo individual. Es otra forma de la felicidad.

    “Esta patria desconocida, en la cual se vive con una cuenta en números rojos –ha escrito Claudio Magris-, es Austria, pero también es la vida, amable y –en el borde de la nada- feliz”.

    Viena en el fin de siglo                  

    Si los límites cronológicos son imprecisos, el cambio de siglo representa una referencia inconfundible. Hacia 1900, la humanidad transitaba tiempos inéditos como resultado de la revolución industrial y el vertiginoso avance de las ciencias. Igual, una intensa actividad cultural se desarrollaba en varias ciudades adelantadas.

    Si un ferviente movimiento artístico tenía lugar en París, Londres y Berlín, otras naciones también mostraban sus empeños. Rumania descubría para asombro de todos, el arte escultórico de Constantin Brancusi y la obra musical de George Enescu. El influjo creativo se extendía hasta el otro lado del Atlántico, donde el Modernismo hispanoamericano renovaba la literatura de la lengua española.

    Viena vivía momentos exultantes. Centro del Imperio Austro- Húngaro, guiaba los destinos de una porción no pequeña de Europa. En tanto que residencia imperial y asiento de la capital del Imperio, Viena era no sólo multinacional sino internacionalmente importante. El emperador gobernaba con sabiduría y tolerancia –durante  tres generaciones ya- a una docena de naciones y etnias, en un territorio que se comunicaba en otras tantas lenguas y abarcaba el bulto mayor de la Mitteleurop, la Europa Central y sus confines.

    Transformada en sede del saber y del conocimiento, Viena transitaba por una de las etapas más luminosas de su historia. No había territorio del arte, la ciencia y la cultura en que no se ubicara a la vanguardia: psicología, música, urbanismo, arquitectura, economía, artes visuales, diseño, filosofía, literatura, etcétera.

    Gustav Klimt fue coetáneo de esa época radiante.

    El arranque del desarrollo urbano de Viena, la transformación del anacronismo en que se hallaba la ciudad y el embellecimiento de la misma, fue promovido por los liberales que alcanzaron el poder en 1860, encabezados por Otto Wagner, Adolf Loos y Josef Hofman. 

    Un grupo de artistas plásticos congregados alrededor de Otto Wagner y varios arquitectos inspirados se abrieron a las innovaciones europeas y al Art Nouveau y confluyeron en el levantamiento de la Ringstrasse, el elegante bulevar que circunda el centro de Viena.

    Ese mismo grupo disolvió en 1897 la Kunstlerhaus –la Cooperativa de Bellas Artes de Viena- y ante el rompimiento, varios de ellos crearon un nuevo agrupamiento, llamado Secesión, que fue encabezado por Klimt. La nueva formación declaró su independencia de las artes decorativas tradicionales y rechazó la orientación que prevalecía en la Kunstlerhaus. Publicaron su propia revista y construyeron un edificio propio para exhibir su trabajo y el de otros. El edificio sigue en pie, fue restaurado en 1986 y representa un modelo superior del Jugendstil.

    A la ciudad, colmada de corrientes artísticas e intelectuales, se agregó en mayo de 1903, el Wiener Werkstätte –el Taller vienés- de Josef Hoffmann, Koloman Moser y Fritz Waendoper, con el propósito de diseñar muebles y otros objetos y espacios, así como para decorar casas, negocios, comercios, locales… A los tres diseñadores se unieron Klimt y Oskar Kokoschka.

    Al mismo tiempo, en el campo de las ciencias se debatían las novedosas teorías de Sigmund Freud. Sus estudios dieron un vuelco a arraigadas ideas y conceptos de la sociedad y sacudieron la vida de miles de personas. Las teorías del psicoanálisis y del pansexualismo transformaron una concepción vital. La interpretación de los sueños, nuevas ideas sobre la personalidad y el inconsciente y otros conceptos, impactaron hondamente la conducta y el pensamiento en  Occidente. 

    En el área musical la Viena finisecular cerraba algunas corrientes y abría otras nuevas. Gustav Mahler, Johann Strauss, Arnold Schoenberg  y  otros compositores transformaban elementos esenciales de la música y se empeñaban a fondo hasta alcanzar una novedosa tonalidad.

    Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal, Karl Kraus, Robert Musil y otros escritores hacían lo propio en literatura. Karl Kraus depuraba a la sociedad vienesa con sus sátiras; Schnitzler introducía el monólogo interior en las letras de lengua alemana; Hofmannsthal hacía un llamado a la universalidad y la reconciliación; y Robert Musil redactaba una de las mayores novelas de la literatura universal.   

    Cuatro años después de que iniciara la Primera Guerra  Mundial, el Imperio de los Habsburgo fue abolido. Ese año -1918- también murió Gustav Klimt.

    La profusión e intensidad que alcanzó la literatura creada unos años más tarde se concentró, sin proponérselo o no, en lamentar aquella época venturosa: la del Imperio irremisiblemente perdido.          

    Klimt: su arte y su tiempo

    La época durante la cual emergió la obra de Gustav Klimt ha sido una de las más estimulantes de la historia de Austria. Igual fue una de las etapas más resplandecientes de las postrimerías del Imperio.

    Gustav Klimt nació en Viena, en 1862, siendo el mayor de una familia de siete hermanos. A los catorce años ingresó a la Escuela de Artes y Oficios de Viena, donde adquirió una acabada virtud técnica y una amplia erudición en el diseño y en historia del arte. 

    De esa escuela emergió para realizar un trabajo insustituible en los muros y techos del Museo de Historia del Arte y del Burgtheater. En éste inmortalizó en su pintura a no pocos patrones del Teatro, lo que le valió reconocimiento y prestigio inmediatos. La calidad de su arte quedó establecida muy pronto.

    La Cooperativa de Bellas Artes de Viena -la Wiener Kunstlerhaus- fue disuelta en 1897. Varios de sus miembros crearon un nuevo agrupamiento al que llamaron Secesión y fue encabezado por Gustav Klimt. A esta nueva formación la unía no un estilo de trabajo sino la búsqueda de libertad para crear. El grupo era proclive a las innovaciones y contribuyó con Otto Wagner en la urbanización y embellecimiento de Viena.

    Si en varias poderosas capitales europeas y otras, se desarrollaba un intenso movimiento cultural, la acción de los Secesionistas austriacos desató un oleaje que alcanzó no sólo a la región sino a Europa toda.

    Cuando se agotaron los contratos públicos Klimt se dedicó a pintar para la alta sociedad, sobre todo retratos de mujeres. Con los retratos creció su abstracción y simbolismo, a decir de los estudiosos. De las más de 250 obras de Klimt, 80 son retratos de mujeres. Hizo también más de cuatro mil dibujos de mujeres, en todas las posiciones amorosas.

    Las murmuraciones lo acusaban de haber mantenido relaciones con una cantidad de modelos, clientas y amistades. Pero igual, debates ríspidos levantaron también sus murales “Filosofía” y “Medicina” de la Universidad de Viena, entre el profesorado en el primer caso, y en el segundo la controversia llegó hasta el Consejo Imperial.

    Hay un testimonio confiable que contradice los cargos. Una de las hermanas del pintor aseguraba que Klimt llevó una vida asaz convencional, viviendo en un departamento con su madre y dos hermanas, con una rutina sólida. Y en una nota personal, el mismo pintor habría escrito: “Estoy convencido de que no soy particularmente interesante como persona… si alguien quiere saber de mí –como artista, la única capacidad en la que valgo- debe atender a mi pintura…

    Críticos e historiadores coinciden en que su arte pertenece a las corrientes expresionista y simbolista, antes de adoptar su propio estilo “dorado”, y cuando ya su notoriedad como artista se hallaba establecida. Bien poco se ha estudiado su afición al estudio del arte japonés.

    El magisterio de la obra de Klimt ha pasado a constituir una referencia natural para todo estudioso o amante del arte, e indispensable y obligada para cada aspirante al ejercicio de las artes plásticas. El lenguaje de las formas y los colores de Klimt es luminoso y armónico. Su pintura, como el amanecer, enciende la vida y sus ansias más recónditas. Más que un estilo, Klimt parece un arquetipo.

    Además de retratos, Klimt pintó paisajes, árboles, varios murales, frisos y motivos clásicos: Atenea, Teseo, Danae… Pintó en un Spa de Karlsbad, en el Burgtheater, en la Universidad de Viena, en el Museo de Historia del Arte y en otros sitios.

    Participó en varias exposiciones internacionales: la Novena Bienal de Venecia en 1910; la Exhibición Internacional de Arte en Roma, en 1911; exhibiciones en Budapest, Múnich y Manheim, en 1913; con Egon Schiele y Oskar Kokoschka en Berlín en 1916. En 1917 fue electo Miembro Honorario de la Academia de Bellas Arte en Múnich y Viena.

    Sin duda, el tránsito terrenal del pintor fue privilegiado. Murió en 1918, el mismo año que el Imperio austriaco desapareció.      

    Epílogo    

    Una temporada fuimos vecinos de Klimt. El Palacio Belvedere, el cual alberga la obra mayor del pintor y su memoria, se encuentra en la Prinz Eugenstrasse 27, a unos metros de Theresianumgasse, la calle donde residimos durante nuestra estancia –más de cuatro años- en Viena. Así que lo visitamos a menudo. Quién sabe si el pintor nos reconoció alguna vez, confundidos entre la multitud cotidiana de turistas. ⌈⊂⌋

    San Miguel de Allende, mayo de 2022

  • Luisa Reyes Retana: en su propia lengua

    Luisa Reyes Retana: en su propia lengua

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    La reciente publicación de “Tu lengua en mi boca” de Luisa Reyes Retana motiva un efecto dual que va de la descripción de un obra al cuestionario Proust, que la autora contestó recientemente.

    1. SOBRE EL ARTE DE ESCUCHAR

    Marzo transcurrió con una amplia atención en la nueva obra de Luisa Reyes Retana. Si lo asumimos como coincidencia, la obra emergió en el cúmulo de actividades para conmemorar el día internacional de la mujer; empero, ya se ha dicho muchas veces que no hay coincidencias, sino destino y este libro no podría encasillarse de esa manera ya que se trata de una novela meritoria y singular.

    “Tu lengua en mi boca” es un título es provocador con su inevitable connotación sensual o erótica, pero este elemento no es su hilo conductor. Conforme se lee el libro, su nombre más bien nos remonta a ese ideograma que aparece en los códices refiriendo mensajes entre un receptor y un emisor. Y es que la esencia de esta obra es la palabra oral y escrita. Parafraseando a uno de sus personajes, Reyes Retana atiende el murmullo del mundo y nos lo comparte a través de voces femeninas.

    En lugar de catalogarla como una obra feminista, es preferible decir que estamos ante una obra que reivindica la poesía contándonos una historia transgeneracional que involucra la evocación de su bisabuela, una estrecha relación con su tía, el contacto con un grupo de adolescentes, y experiencias con sus pares generacionales.  

    La singularidad de la historia conlleva la presencia de un fenómeno natural con impronta en todos los mexicanos, el terremoto de 1985; el misterio de un sitio que no termina de develarse, la zona del silencio; la fisonomía de una ciudad mejor conocida por su criminalidad que por su asequibilidad literaria, Torreón; y la realización de un road trip en el cual descubrimos sitios inhóspitos e incluso los “Oxxo” resultan oasis.

    Es cierto que el desierto que Luisa Reyes nos describe es un símil de la inexistencia de personajes masculinos su obra, sin embargo, estos emergen a través de los poetas que leen y, acremente, comentan las 4 jóvenes que dan vida a su novela. Este aspecto, aunque matizado por la autora, representa un cuestionamiento fundamental que podría asumirse en la actualidad. Ante a la revalorización en curso de actitudes y posturas respecto al Género, la revisión de estereotipos de feminidad en los poetas que son referentes universales definitivamente resulta provocadora.

    Espiar se parecía a estarse cuidando, sólo que al revés, nos dice en otro pasaje la escritora. Tal enigma, que en sentido inverso bien podría traducirse como si te descuidas terminas espiado, es asumido en ambas connotaciones por Berta, personaje principal de la obra, quien después de presenciar oculta singulares aquelarres poéticos, destaca una verdad que discurre en la colectividad femenina de la obra: “todas, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular intransferible y preciso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia”.

    Desde una aproximación intimista, “Tu lengua en mi boca” rinde homenaje a la fraternidad presente entre mujeres, independientemente de edades y condiciones.  Es un cuadro nítido de cómo el amor en sus variantes de familia y amistades, además de la fidelidad a principios y valores, sustentan la relación entre féminas en cualquier circunstancia.  

    Remarcar la continuidad en el flujo narrativo de Reyes Retana es fundamental. Ella prepondera la poesía, no como apalancamiento de su creatividad ya que ésta es consistente, sino para constatar su valía como expresión vital y necesaria. Así nos lo recuerda al citar a Vicente Huidobro en alguna parte de su novela: “que el viento sea como una llave / que abra mil puertas (…)” ⌈⊂⌋


    2. LA AUTORA EN BREVE

    ¿Principal rasgo de tu carácter? Persistente

    ¿Tu mayor miedo? Que sufra mi hijo

    ¿Qué es lo que más detestas? La arrogancia

    ¿Tu ideal de la felicidad?  Al lado de mi familia una vida dedicada a la escritura.

    ¿A qué persona viva admiras más?  Margaret Atwood

    ¿Tu rasgo más evidente?  Flaca

    ¿Estado más común de tu ánimo?  Contemplativo

    ¿Cuál consideras la virtud más sobrevalorada?  La ambición (podría no ser una virtud, pero en los tiempos que corren, se encumbra todo el tiempo)

    ¿Lo que menos te agrada de tu apariencia?  Mis huesos aparentes

    ¿Cuál sería tu mayor desgracia?  No poder escribir

    ¿Mayor cualidad de un hombre?  La alegría

    ¿Mayor cualidad de una mujer?  La alegría

    ¿Palabra o frase que uses en exceso?  Súper

    ¿Tu principal defecto?  Desordenada y distraída

    ¿Qué hábito ajeno no soportas?  Los consejos no pedidos

    Si pudieras cambiar algo de ti misma, ¿qué sería?  Mi negación para las matemáticas y las finanzas

    ¿Cuál consideras tu mayor logro?  La estabilidad

    Si fueras a morir y regresar como una persona o una cosa, ¿cuál sería? Una montaña

    ¿Dónde más te gustaría vivir?  En San Cristóbal de las Casas

    ¿Cuál es tu posesión más preciada?  Los objetos de mi padre. Su navaja y su reloj.

    ¿Si no fueras escritora, qué ocupación elegirías?  Cantante de rock o de country.

    ¿Qué es lo que más valoras de tus amigos?  Su fascinación por la vida y su compañía.

    ¿Novelistas favoritos?  Cambia con el tiempo, pero estos son estables: Marguerite Yourcenar; J. M. Coetzee; Phillip Roth; Margaret Atwood

    ¿Poetas preferidos?  Idea Vilariño; Vicente Huidobro; Nezahualcóyotl; Rosario Castellanos; Sara Uribe; Sor Juana

    ¿Quién es tu héroe de ficción?  No me gusta mucho el concepto de héroe

    ¿Con qué personaje histórico te identificas más?   Sor Juana Inés de la Cruz

    ¿Algún héroe-heroína en la vida real?  Lo más heróico que me ha tocado ver hasta ahora ha sido el gobierno de Angela Merkel

    ¿Cuál es tu mayor arrepentimiento?  Fumar

    ¿Cómo te gustaría morir?  Como mi padre. De un infarto masivo.

    ¿Tienes una máxima, un lema?  No. No entiendo bien los absolutismos

  • La fiesta de la Avenida 83

    La fiesta de la Avenida 83

    Mario Alberto Serrano

    UNO

    La North 80 Lane envuelve las casas del conjunto habitacional Parc Roundtree Ranch con una exactitud milimétrica. Cada construcción se trenza entre jardines, albercas y una arquitectura que asume ser el ideal de perfección, mesura y eficiencia.

    A diferencia de la North 79 que es casi un callejón, la North 80 corre como semicírculo alrededor de las casas logrando el ansiado efecto asimétrico de la vida en Estados Unidos, una forma moderna del horror al vacío que repele las cuadras y los rectángulos, las calles de rimbombantes nombres, las herencias culturales y asumen que el movimiento siempre es mejor que el estatismo. Pero lo interesante del conjunto es que cada elemento es un admirable ensamble de bloques orgánicos donde a las manchas azules de las albercas se superponen los techos climatizados de las casas y desperdigados por ahí y allí el imposible color del desierto, o lo que es igual, el color de Peoria.

    El color de Tepetlixpa está definido por la época del año. Este pueblo bajo el volcán tiene una parte alta producto de haber sido fundado en la loma de un cerro y una avenida simplona que rodea el casco urbano en un circuito. Su mancha urbana crece como las anémonas invadiendo laderas y convirtiendo los campos de cultivo ejidales en nuevas colonias que se extienden a un ritmo acelerado. Entonces, según la época del año, Tepetlixpa puede tener un manto verdoso en los nogales que comienzan a llenarse de follaje o una continuidad gris de muros sin aplanar, la permanente obra negra que define la modernidad de las comunidades semirurales de México.

    Si tecleas correctamente, Peoria parece un lugar imposible.

    Parte de la zona conurbada de Phoenix,

    una serie de manchas

    un orden geométrico lleno de bloques

                            bien                        cortados.

    La perfección doblemente estigmatizada de la

    vista panóptica y el ideal de la vida americana.

    Para propios y extraños Tepetlixpa es Tepe. A 70 kilómetros de la ciudad de México, en el suroriente del Estado de México que limita con Morelos, se encuentra este minúsculo municipio cuyo mayor atractivo es que en la delegación de Nepantla, de su jurisdicción, hace 374 años nació Sor Juana Inés de la Cruz.

    Fuera de su rimbombante Centro Cultural, museo de sitio que resguarda los paredones de la alquería donde la monja poeta vino a este mundo, en Tepe se presume la cecina que se vende en un variopinto corredor de más de dos kilómetros de largo; su paisaje que recorta en primer plano una de las vistas más grandilocuentes del Popocatépetl y puede que alcancen a ponderarse dos o tres atractivos más o menos curiosos. Pero la vista panorámica de este pueblo mexiquense sin lugar a dudas es la Fiesta de Enero, una celebración profana religiosa en la que se venera al Dulce Nombre de Jesús, un impresionante nazareno de tamaño real.

    Al hacer zoom sobre la imagen de Peoria, la precisión de la pantalla se desdibuja. Internet puede darte un exceso de información sobre prácticamente todo. Con paciencia y suerte puedes dar con las coordenadas geográficas, latitudes, climas o los nombres oficiales de las calles, pero desgraciada (o afortunadamente) aún resulta imposible tener una visión en conjunto de los recodos del barrio, los nombres y la pulpa misma del lugar. Indagando en la red te puedes enterar de las bondades que el vecindario tiene y oferta, del precio que tiene cada pie cuadrado de construcción así como del por qué se ha convertido en un suburbio muy atractivo para propios y extraños dada su cercanía con Phoenix y su relativa calma y plusvalía.

    Con Tepe sucedería lo mismo: puedes conocerlo virtualmente tecleando sitios más o menos confiables, en todo caso hay un exceso de material gráfico y audiovisual que te ahorran las dos horas de autobús desde la TAPO en Ciudad de México.

    El asunto es que en ambos casos, sin importar su ubicación, el exceso de zoom convierte el paisaje virtual en una masa informe de pixeles.

    La historia de Lucía García Ávila es un puente entre Peoria y Tepetlixpa. Nacida en el pueblo mexiquense, Lucía creció y se integró a las costumbres ancestrales de su comunidad, sobre todo en lo que respecta a la devoción al Dulce Nombre de Jesús y al igual que otro tanto de habitantes de este pueblo, parte de su familia emigró tempranamente a los Estados Unidos.

    Resulta superfluo señalar el destino al que una comunidad migrante llega: que sean lugares tumultuarios o barrios marginales, que el clima sea propicio o más o menos parecido al rancho, si hay mucho o poco jale. En realidad todo y nada importa. Las cosas simplemente suceden. En Phoenix o Nueva York, en Santa Mónica o en Anaheim los vecinos de Tepe han encontrado pequeñas extensiones de su pueblo que permiten su reunión orgánica. Evidentemente siempre es bueno contar con el apoyo de los paisanos y la familia en un lugar que parece otro mundo, pero también es cierto que las mafias que controlan el tráfico de personas bloquean corredores enteros del centro de Estados Unidos en donde, si no te pones a mano con la organización, no vas a encontrar alojamiento, trabajo, ni paisanos ni idioma ni nada.

    Como sucede con la familia García, Phoenix ha sido y sin duda alguna será el principal sitio de migración para los Tepes como huelga decir, también son llamados los habitantes de este municipio.

    La devoción al Dulce Nombre de Jesús implica tradiciones, costumbres y una continuidad que viene al menos desde 1874. Su Fiesta es como todas las ferias de pueblo, grandilocuente e irónica. Se queman fuegos pirotécnicos que oscilan entre cincuenta y cien mil pesos, hay bailes, jaripeos, algunas danzas tradicionales que sobreviven milagrosamente a estos tiempos globales y otras que siempre se están adaptando como el morelense brinco del chinelo que convoca multitudes impresionantes. Pero todo está centrado en la parte religiosa, desde luego.

    El último domingo de enero el Dulce Nombre de Jesús se baja del baldaquino donde descansa todo el año y se expone a la devoción de los fieles. Los mayordomos de su santuario colocan una inmensa alfombra en el pasillo central por la que cada fiel va recorriendo sus penas y miserias mientras avanzan de rodillas hasta llegar a los pies de la imagen. Se realiza una “limpia” con los cordones que sobresalen de la túnica que reviste al nazareno y finalmente, al fiel se le coloca un listón de colores en el cuello, se le entrega una flor y una estampa.

    Cumplidas tales obligaciones se puede disfrutar de la fiesta en extenso. Las comilonas, la bebida, el brinco del chinelo y la pachanga nominalmente duran un mes pero el último domingo es el Día Grande, hay 16 horas para vivirlo, o 20 o más según el ánimo y aguante.

    Cuando Lucía decidió que era tiempo de ir a visitar a sus hijos a Phoenix, atenta a las costumbres de su pueblo, lo primero que hizo fue plantarse frente al nazareno para pedirle permiso. Que le permitiera llegar con bien a ese destino opaco por la otra pantalla pixeleada que marca la distancia respecto de las personas que te importan y amas.

    Lucía le pidió al Dulce Nombre de Jesús que llegara con bien a esa parte del mundo cuyo color es el desierto. Pero un año antes, fíjate, yo ya había soñado cómo iba a pasar y así pasé. Y pase por la línea, salí domingo de allá y el martes ya estaba aquí en tu pobre casa. En la relativa proximidad que permite la aplicación de videollamadas Zoom el sueño de Lucía se puede atrapar e incluso grabar en vivo. Pero es imposible detallarlo y aún no se pueden atravesar plenas las emociones a la distancia. Al menos no es posible mientras suceden los primeros cuarenta minutos.

    Lucía soñó exactamente cómo iba a ser su viaje, cómo iba a cruzar la frontera y cómo llegaría. Por eso pidió permiso de hacerlo. Y además, le prometió al nazareno que si pasaba con bien, se lo iba a llevar al otro lado.

    DOS

    Lucía es una mujer mayor en cuya forma de hablar ha permeado la vida y estilo de Estados Unidos. El detalle es superfluo por universal: los migrantes acaban integrándose a las formas culturales. Usa una playera Armani, en el Parc Roundtree Ranch donde vive tiene de vecinos a casi puros americanos y algunas palabras que usa son típicas del slang local. Pero los mismos detalles son relevantes para su historia de cómo logró crear un puente entre dos comunidades absolutamente distintas.

    Instalada en Arizona, Lucia mandó traer una imagen vicaria del Dulce Nombre de Jesús en agosto del 2005. No era una reproducción propiamente sino una esencia transportable. Una fuerza capaz de cruzar las fronteras y aduanas para hacer visible esa palabra tan enorme como la fe de una persona; palabra que por otro lado no se puede borrar de una pantalla así como así.

    La imagen llegó y una de las hijas de Lucía le propuso que hicieran una fiesta de bienvenida. La hicimos aquí en la casa; invitamos a algunas personas y se hizo sencillo. Solo ocupamos la banda para que le diera Las Mañanitas y hasta ahí. Para enero del año siguiente un conocido se le acerca para decirle si podría llevar chinelos al evento. Le dije que sí. Tenemos como se dice allá en el pueblo, nuestro corral muy grande, pero pues ya no cabíamos, así fue como decidimos que haríamos la Fiesta en un salón.

    Según Edgar García Estrada, sobrino de Lucía que tiene más de diez años de haber regresado de Phoenix a Tepetlixpa, hoy día la comunidad tepetlixpense en la capital de Arizona oscila entre 280 y 300 personas. Los vínculos entre ambos lugares resultan necesariamente intensos, complementarios y constantes pero la pequeña fiesta que Lucía comenzó en 2005 significa un paso más adelante en su complejidad. En todo caso Lucía García echó a andar una extensión de su pueblo y su Fiesta en otro país con muchas lecturas posibles.

    Ya en el salón ocupamos la danza de los chinelos, apaches; hay otra danza que se llaman matachines y son de la frontera, la banda, el DJ y la comida. En la avenida 83 de Peoria está el salón de eventos “Las Brisas” cuyo dueño, también mexicano, no sólo accedió a rentar su local para hacer una fiesta religiosa sino que les brindó apoyo. No compren hielo, no compren agua, yo les ayudo con un poco, nos dijo, además nos hizo una rebaja porque la renta fue más barata de lo que se cobra en una fiesta de quinceañera. Y así empezamos.

    Siete momentos clave de la Fiesta de Enero en Tepe:

    • La mayoría del pueblo (los tepetlixpenses que profesan otra religión que no sea la católica no se contabilizan) participa con algún recurso en la organización de la fiesta: comidas, eventos, cooperaciones para el templo, para espectáculos, venta de algún producto, etcétera.
    • Las comidas son fundamentales porque la tradición de este pueblo sigue siendo de pueblo: se abren las casas y cualquier persona que pase puede entrar libremente y sin invitación a comer.
    • Mientras más personas acudan a comer a una casa, el anfitrión se sentirá más a gusto y sabrá que hizo buen trabajo.
    • Una comida para una comparsa (grupo) de chinelos, el día domingo, se prepara para dos mil comensales.
    • Algunos otros Tepes que no son católicos llegan a aportan cooperaciones para la fiesta. “Es que al final de cuentas somos del pueblo. No creemos en su religión pero ahí va la cooperación”.
    • Otros no cooperan, pero igual ponen algún puesto de frutas, aguas de sabores o baños públicos.
    • La Fiesta detona, cómo no, la economía local.

    Los paisanos empezaron a apoyarnos, los que no nos dan dinero, pues nos dan agua, nos dan sodas, cosas pues. Para difundir la fiesta que migró del Parc Roundtree Ranch al Salón las Brisas usan Facebook. Mandamos una invitación, ya los de los chinelos ya nos conocen. Los primeros años nos cobraban, pero ya ellos recibieron milagros de Él, y nomás les avisamos antes que ya se viene la fiesta. Son de Tepoztlán, de Tlaltizapan, de Yautepec [municipios de Morelos]. Algunos dicen que sí han ido a la Fiesta en Tepe, otros no.

    Lucía comenzó una organización casi idéntica a la de sus paisanos en México. Por principio a buscar la manera de “engrandecer” como se dice en Tepe, la festividad. Un día que fue a vender unas latas de aluminio se topó con unos concheros, los practicantes de la danza azteca. Los contactó para que fueran a su Fiesta en la Avenida 83 y aceptaron. Los primeros años tuvo que hacer un contrato escrito con una banda de estilo sinaloense, ahora solo les marca por teléfono, lo mismo que a los concheros, chinelos y patrocinadores. Lo único que no pudo prever es que la pandemia castigaría muy fuerte a esa parte de Arizona y por razones de salud van tres años que su fiesta no se lleva a cabo.

    La imagen la mandó traer del mismo santuario en Tepe. Me la mandaron con un señor que llevaba y traía cosas de allá. Lo trajo con un dedito quebrado pero ya lo fui a arreglar. También le compré su nichito. Tiene su altar, un lugar para él en especial y pues ahí lo tengo. Pasó el tiempo y pensé, le voy a mandar a hacer su cúpula, pequeña, de cincuenta por cincuenta. La mandé a hacer en Ozumba y una persona que tiene visa, que va y viene, me dijo, no pagues la mensajería. Yo voy a ir por unos sombreros de chinelo y yo te la traigo.

    La Fiesta en Phoenix a diferencia de lo que se puede pensar de primera mano no es una calca de la fundacional en México sino un puente. La hacemos igual que en Tepe el último domingo de enero. También el 6 de agosto. Hay un vínculo entre las comunidades que se trenza con muchos objetos: la imagen en primer lugar, pero también la parafernalia para la misma. Las danzas, las estampas y listones que también llegan del santuario, las prácticas alrededor de la organización pero sobre todo esa fuerza inclasificable llamada fe. Lucía lo declara en todo momento, esto que lleva a cabo no es un asunto personal, no es liderazgo, es fe.

    Llegan muchas personas que no son de aquí porque les ha hecho muchos milagros. Cuenta el caso de Ashley, una niña residente en Phoenix que llegó cinco años atrás para buscar el favor del Dulce Nombre de Jesús de la Avenida 83. Venía muy mal, con su traqueotomía, su tanque de oxígeno, una bolsa colgándole al lado donde venía no sé, su comida, todo eso de su enfermedad. Y pues la verdad él le hizo el milagro porque ahora ya tiene ocho años, ya camina sola, ya va a la escuela y su mamá está bien agradecida con Dulce Nombre de Jesús. Y todos ellos tienen sus testimonios.

    No podría ser de otra manera como tampoco podría Lucía carecer del suyo. El 14 de septiembre del 2012 su esposo, a raíz de una enfermedad agresiva entró en coma. Los doctores le daban un patético dos por ciento de posibilidades de sobrevivir. El Zoom alcanza en ese momento su mayor capacidad de capturar no solo el audio o el video sino sobre todo las emociones a flor de piel de Lucía. Estuvo un mes en coma. Entonces pedí permiso para llevar a Dulce Nombre de Jesús al hospital. Me dieron permiso y lo llevé, pero me dijeron que lo dejara un tiempo en la sala de espera del hospital y allí se quedó. Como a los cuatro días mi esposo comenzó a reaccionar.

    Hace unas pausas que atraviesan la tecnología, la diferencia de horarios y el sentido de la charla. Me dijeron que ya lo iban a despertar totalmente. Como su enfermedad le pegó duro en el pulmón estuvo en una cama especial, bocabajo y poco a poco lo iban moviendo para estabilizarlo. Cuando al fin despertó me dijo “tú no me quieres”. ¿Cómo? Sí, porque tú no me querías dar agua. Pero la persona que vive aquí, el viejito, él me da agua y me da permiso de bañarme y de caminar, pero poquito. Me dice que no salga porque hay niños. La puerta que me señalaba era la del baño. ¡Ahí no había nadie! Pero ahí le dejamos una estampa de Dulce Nombre de Jesús. Mi esposo era incrédulo. Cuando andábamos organizando lo de la fiesta nos decía “ustedes ya van a buscar problemas con los vecinos, ya van a hacer su escándalo”; para cuando él se levantó, él sin que uno le dijera nada comenzó a limpiar la yarda, a acomodar todo, las sillas, las mesas, porque él ya creía en el Dulce Nombre de Jesús y hasta la fecha así es.

    Después de 2006 se corrió la voz de que en tierras americanas se celebraba al nazareno y comenzaron a llegar otros migrantes residentes en estados más lejanos como Nueva York o Washington pero también de California. El sobrino de Lucía, Edgar, me lo platicó justamente en una Fiesta de Enero en Tepetlixpa. Andaba con su cámara tomando fotos; me contó un tanto con la añoranza del que se ha quedado en medio de dos tradiciones y arrastrando una nostalgia de trasterrado en su propio pueblo, que en ese mismo momento, mientras nosotros estábamos rodeados de la algarabía de las personas, la música y el jolgorio, en Phoenix se estaba llevando a cabo otra fiesta, pequeña y menos grandilocuente pero no menos importante para los Tepes que ya se habían arraigado en esa ciudad. “Es pequeña pero es como si estuvieras aquí mismo. Eso es lo importante para los paisanos, ¿sabes?”.

    Edgar, que es chef justamente por lo que aprendió en los restaurantes de Phoenix, en ese momento vivía una verdadera confusión ontológica entre estar en la versión original de la fiesta y añorar un tanto la extranjera. Ya había recorrido los dos extremos del puente que construyó su tía Lucía pero en ese momento por razones poderosas e inexplicables, se había quedado parado justo en el centro.

    TRES

    En la seminal crónica Oaxacalifornia de Rodrigo Jardón, se exploran los vínculos que pueden tener las comunidades migrantes en Estados Unidos a través de sus expresiones culturales y festivas. Lo mismo logró capturar Adriana González Mateos en la multicultural Nueva York en su libro And then… andenes. Crónicas DF/NY, a partir de la comida y la urgencia de contar con ciertos insumos para la misma. Resulta obvio que cada ciudad, cada comunidad y pueblo tienen sus propias historias y matices dentro de la Migración con mayúscula. La fiesta de la Avenida 83 es una historia religiosa y de fe pero como intento reiterar, un puente.

    Los hijos de Lucía, Heriberto, Mayra, Arely y María del Rosario Vidal García también son parte de la fiesta y su organización. Después de la recuperación de su esposo, Lucía y sus hijos llevaron su imagen vicaria a California, el otro estado donde los Tepes han arraigado. Nos recibió Maricela Lima en su casita de Anaheim. Allí dejamos el santito, le hacían su rosario, invitaban a la gente. Se unieron muchos paisanos. Luego, el señor Iván Castillo y Manuel Vázquez le hicieron su fiesta muy en grande. Se reunieron muchos paisanos de Nepantla, porque son de allá y también de Tepetlixpa y ahí se comenzaron a unir. Pasó un rato y volvimos a llevar a Dulce Nombre de Jesús con algunos amigos de la familia Galicia y ellos le hicieron un rosario al santito. La señora decía que le dejara la imagen ahí pero pues la verdad no. Pasó el tiempo y mandaron traer el suyo.

    La fiesta no pasó desapercibida para otros mexicanos. Se fue pasando la voz y comenzaron a llegar personas de pueblos vecinos de Tepe que viven en Arizona entero pero también migrantes de Morelos, Puebla, Guerrero e incluso de la frontera, que llegan al salón Las Brisas puntualmente el último domingo de enero. Pero como en Tepetlixpa también se festeja al nazareno el día 6 de agosto y el día 2 de enero, aunque en forma más modesta, esos días no se dejan pasar en blanco en Phoenix. 

    La “limpia” que se hace en el santuario del Dulce Nombre de Jesús en Tepetlixpa se lleva a cabo con unos cordones que están adosados a la túnica que viste la imagen. En el pueblo se le da el nombre de “la soga del señor” y representa una extensión física y espiritual de la devoción y fe que se le tiene. Antes de la pandemia Mauro Lima, un joven mayordomo del santuario, tuvo la idea de hacer una gira por California y Phoenix para llevar esa soga a las comunidades de tepetlixpenses y en general a los fieles de la imagen en Estados Unidos. Contra los acostumbrados cotilleos de pueblo que critican iniciativas muy novedosas y le buscan tres pies al gato, esa vez la idea de Lima fue socialmente muy bien vista y aplaudida. Con mayor razón en las comunidades de Tepes a quienes iba dirigida. Fue muy emocionante porque nunca en la vida pensamos que alguien pensar en venir a visitarnos. Hubo muchos enfermos que salieron adelante gracias a Dios. Ese día fue muy bonito, muy emocionante, llegaron más de quinientas personas. Mauro me dijo “usted tiene su altar, usted es la indicada para tener la santa soga y aquí se la coloca” y pues ya estaba listo el altar.

    El catolicismo rural y puede que en general el de todo México obedece a formas especiales de sus ritos y prácticas en donde siempre será más importante la hagiografía popular que las reglas de la Iglesia. Con mayor razón en un país como Estados Unidos donde un sacerdote no va a hacer misas especiales fuera de sus templos y donde las creencias religiosas son enormes y variadas. Mientras la fiesta se llevó a cabo en el Parc Roundtree Ranch por ejemplo, hubo que negociar con los vecinos cómo iba a llevarse a cabo una festividad religiosa ajena a sus creencias. Como casi todos son americanos y cristianos, pues la verdad no les interesaba nada, ni pusieron muchos peros, eso sí, claro nos dijeron que a las diez había que parar la música porque si no iban a venir a tocarnos. En ese tiempo la verdad solo vino un vecino pero no pasó nada gracias a Dios.

    La familia de Lucía ha adaptado su fiesta a las prácticas y a las duras reglas que en Estados Unidos sí se cumplen cabalmente: no se puede encender ningún tipo de fuego dentro del salón Las Brisas, por lo que solo se sahúma a la imagen afuera y luego se apagan los copales. Evidentemente no se puede guisar a la manera tradicional en fogón, pero los quemadores industriales hacen lo propio. Y aunque se morirían por ver sus propios fuegos artificiales en la noche o salir por las calles adyacentes a la Avenida 83 para brincar chinelo, se “conforman” con brincar dentro del salón y eso sí, mandan su puntual cooperación para su comparsa de chinelos en Tepe lo mismo que para las “corporaciones de castilleros”, los grupos que se encargan de organizar la quema de castillos y otros fuegos pirotécnicos en su lejano pueblo bajo el volcán.

    La familia de Lucía lleva a su imagen a una misa normal del día domingo. El padre le da la bendición pero no te la hace especial, nunca sale. Entonces oye su misa y luego la llevamos al salón; ahí una persona le hace el santo rosario. Luego ya comienza la fiesta. Cumplen en la medida de sus posibilidades las reglas. Desde luego, sus propias reglas sin que se den cuenta, o puede que al contrario, porque se dan cuenta y las pulen lo más posible, van formando tradiciones internacionales.

    Lucía sonríe cuando le digo que me diga cómo es el último domingo de enero en Phoenix. El Zoom no es la octava maravilla pero ha demostrado ser un excelente vínculo que supera con creces la idea un tanto chata de “medio de comunicación”. Un paréntesis vale la pena: en diciembre de 2019 se realizaban alrededor de 10 millones de reuniones diarias por la plataforma. Para abril de 2020 la cifra se había disparado a 300 millones diarios y aunque estamos en un paulatino regreso a las formas tradicionales de reunión y comunicación, seguramente la aplicación se convertirá en una palabra cotidiana de este siglo y en una extensión natural de la comunicación que irá desplazando el adjetivo “virtual”.

    Después de respirar profundamente y permitirme que escuche las risas de sus hijas, que están fuera de cuadro de la pantalla pero acompañan a su mamá en la sala donde se lleva a cabo la charla, Lucía comienza a relatar con una frase que resume todo: Para nostros es como si estuviéramos allá el domingo. En grande, muy emocionado, desveladas porque nos levantamos desde las cuatro para hacer la comida.

    Si, están emocionadas. En la grabación se cuelan risas apenas disimuladas. Un día antes vienen las esposas de las personas que están conmigo para ayudarme a hacer la comida, a preparar las cosas, limpiar nopal o lo que se va a dar. Como se acostumbra allá damos mixiotes, arroz, frijolitos, salsa y las tortillas; carnitas, pollo, tacos, caldos de camarón, sopas de limón; hay unas muchachas de Tepe que traen nieve aparte de otra señora que es de Ozumba que trae bolsas de chicharrones, elotes. El señor de los Riveras dio elotes, esquites, chicharrones, bolis. Yo mandé hacer “chinelitos”, ves que allá en Tepe los andan vendiendo en la Fiesta; pues mandé hacer unos, los vendí y el dinero que recolecté sin quitar nada, nada de lo que invertí, lo mandé allá a la iglesia.

    A las cuatro de la mañana el Salón Las Brisas se llena de bullicio. Llegan personas con todo lo que se va a necesitar, los arreglos de flores sobre todo. Se disponen las mesas y el altar, al que se le coloca un mantel nuevo que ex profeso se mandó decorar con un pintor de Tepetlixpa, Guillermo López Águila. También estrena su túnica, pero esa la hace mi hija Mayra. Al igual que en su pueblo natal, Lucía sabe que el arranque de la fiesta deben ser Las Mañanitas para la imagen. Que se debe ir a la iglesia local para oír misa, que nuevamente regresarán al salón y entonces, solo entonces, comenzará la banda a tocar algunos sones; que luego alternarán con los concheros, matachines y sobre todo con el chinelo, que es carnavalesco y verdaderamente orgiástico con sus movimientos de caderas y hombros: danza única los chinelos en la que no necesitas coreografías ni pasos ni talento sino simplemente tener ganas de pasarla bien.

    La música dará paso a la comida, que por razones de la eficiente mensajería de los paisanos que ya tienen visa “y van y vienen” pueden llevarles los detalles más precisos para sus recetas, como “legítimas” hojas de aguacate para los mixiotes (porque aquí consigues de todo, pero la verdad no sabe igual).

    Todo lo que se ofrece en la Avenida 83 es gratis desde luego. A Lucía la respalda su familia pero también su propia organización. Creció viendo este tipo de grupos en su Tepetlixpa natal, una persona que con cierto liderazgo se rodea de amigos y vecinos para reunir dinero y voluntades, buscar contactos, apalabrarse, firmar contratos si es necesario, llevar, traer, dar la cara. En Tepe no es raro que al frente de una organización o corporación como también se les llama esté una mujer, pero el santuario y todo lo relacionado a la imagen es un coto absolutamente masculino.

    No le pregunto ni le digo pero de hecho, ella ha dado otro paso más con su puente al tomar las riendas de la festividad profana pero también de los aspectos religiosos. El Dulce Nombre de Jesús en Phoenix tiene una mayordoma pues, aquí en México eso llevará muchísimos años si es que un día sucede.

    Tenía muchos videos y fotos pero mi Tablet se quebró y ya no pude rescatar ningún material, pero acá mis hijas te pueden ayudar con eso. Lucía abre la toma y sentadas como en fila están sus hijas que saludan. En las fotos que me comparten vía Facebook se ve a su organización: igual que en Tepe se han mandado a hacer playeras bordadas, su altar está lleno de luces navideñas, manteles, floreros, sin faltar cuadros y fotografías del Dulce Nombre de Jesús que en una peculiar composición aparece con el Popocatépetl al fondo en el preciso momento en que el volcán arroja una fumarola impresionante. Igual que en el santuario en Tepetlixpa, unos dólares dentro del mueble que resguarda a su imagen son ornamento y recordatorio a un tiempo: hay que ser agradecido.

    A veces la frialdad de las redes sociales se rompe momentáneamente. Sus fotos transmiten una alegría y satisfacción legítimas. Nuestro grupo se llama “Barrios Unidos de Tepetlixpa en Phoenix”, chécalas, así empezamos dice el mensaje que acompaña las fotos y videos que me hizo llegar una hija de Lucía. Ciertamente es como si estuvieran en su pueblo, salvo por evidentes toques de tecnología y orden que serían imposibles en este pueblo mexiquense.

    ¿Mis deseos? Bueno, que ojalá un día mis nietas puedan ir a Tepe, que no se les olvide como es la fiesta allá, que no se les olvide lo del pueblo. Lucía y su familia, lo mismo que los Tepes que viven en Phoenix, Peoria, Santa Mónica, Alaska, Charlotte, Nueva York, Chicago, Anaheim, San Diego y tantas y tantas ciudades de las que no hay un registro oficial pese a que el ayuntamiento de Tepetlixpa tiene una Coordinación de Asuntos Internacionales y Apoyo al Migrante han reforzado sus naturales redes sociales gracias a las nuevas, las de Internet. Siguen puntualmente la información que generan fanpages de Facebook, canales de YouTube, chats de Whattsapp y han hecho de aplicaciones como Zoom un canal directo para seguir en contacto con Tepe y sus familias.

    Pero no están aquí. Y quizá no van a regresar nunca. Lucía lo desliza como sin querer pero de manera muy realista, sin afectación. Le digo que así como ellos no se olvidan de su pueblo sería importante que los habitantes de Tepe tampoco se olviden de ellos. Ella asiente y me agradece la deferencia. Pues mira, cuando Mauro vino la verdad yo no le di ni un quinto para lo de su pasaje, pero las limosnas que se recogieron, íntegras las mandé al santuario y otra parte a la parroquia. En la primera vez se junto algo así como catorce mil pesos mexicanos. Ese fue nuestro granito de arena para las obras que se necesitan hacer en el pueblo.

    En cierto modo este granito de arena es recurrente y como sucede con la idea general de las remesas económicas, se esperan y son necesarias. Las comparsas de chinelos en buena medida ajustan sus elevados gastos porque hay más de un migrante “que no se olvida de su comparsa” como se agradece públicamente y a grito vivo en las calles y mandan dólares para tal fin. A cambio se les manda ese agradecimiento público en un video donde la comparsa brinca para su amigo o amiga salvadores tratando de enviarle toda esa energía aunque sea por Internet.

    A Lucía no le digo que su fiesta y trabajo, aunque esté en suspenso por la pandemia, es un puente y no es que ella lo sepa o así lo nombre. Antes de despedirnos le deseo que ojalá pronto pueda reanudar su fiesta y que siga teniendo éxito en hacerla cada año más grande. Lucía sonríe y sus hijas también, hay muchas posibles lecturas para lo que hacen pero su historia es asunto de fe y la fe en este caso, mueve festividades completas. ⌈⊂⌋