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  • Amparo y su caja de Pandora

    Amparo y su caja de Pandora

    Felipe Sánchez Reyes

    En mi familia ha habido mucha gente con enfermedades psiquiátricas porque, aunque no estén encerrados, están locos, confiesa en su entrevista con Vivian Abenshushan (2018).

    En su pueblo, lleno de misterio y de callejones sombríos, proliferan las leyendas de aparecidos y pasa su primera infancia. En su autobiografía escribe que, en Pinos, a veces, los habitantes no sólo oyen correr el viento por cerros, solares y casas desde la mañana hasta en la noche, sino desde que nacen hasta que mueren. Siempre el viento.

    Ella es una niña enferma y solitaria que, durante todas las noches frías y aterradoras, ni su chimenea, perros ni gatos la calientan, llora de frío y de miedo en su habitación. Como la oscuridad total cae, aplasta y se posesiona del pueblo, para ella la noche “era un velo obscuro que se extendía sobre su cama y más allá, encubriendo un sinnúmero de entes deseosos de apoderarse de su menuda humanidad -asegura su biógrafa Victoria González (González, 2015: 7)”.

    Ella nace en una familia educada y tradicional el 21 de febrero de 1928, en Pinos, Zacatecas, pequeño pueblo minero frío y con vientos intensos que, al agazaparse y filtrarse por las hendiduras de puertas y ventanas, calan hasta los huesos. Ella lo describe así en sus apuntes autobiográficos (Dávila, 2005: 1): “El pueblo está situado en la ladera de una montaña y rodeado de nubes, desde lejos parece algo irreal, con sus altas torres, calles empedradas en pronunciado declive, largos y estrechos callejones”.

    El nombre completo de la autora, afirma Esmeralda Vaquera (2018: 17), es María Amparo Dávila Robledo. Sus padres fueron Luis Ángel Dávila Guerrero, dueño de una tienda del pueblo: bodegas vacías y casilleros con estantes, y Lydia Robledo Galván, esposa tradicional que estudió piano, cocina y bordado; en la casa paterna tienen una sirvienta con su niño y un mozo que aparecen retratados en “El huésped”. La escritora tiene dos hermanos: Leoncio, el mayor que nace muerto, y Luis Ángel, el segundo, al cual conoce poco, porque también muere cuando ella es pequeña.

    En una foto de su infancia, ella aparece parada con un moño en la cabeza, vestido tejido a mano con cinto y pliegues, calcetas y zapatos. Junto a ella se halla su hermano pequeño Luis, sentado en la silla con vestido tejido, calcetas blancas y zapatos negros. Ambos miran directo a la cámara fotográfica que los hechiza con su único ojo de cíclope, como una maga que les anuncia su futuro doloroso.

    A la muerte de su hermano, ella crece como hija única, percibe con todos sus sentidos que la muerte ronda cerca de ella y se siente una niña abandonada. Porque su madre agobiada por la depresión y el insomnio, no se interesa por ella ni le inculca la religión de su familia. Es una niña enfermiza que siempre padece de la garganta y tiene fiebre. Estas enfermedades la acercan a la idea de la muerte y siente que los seres terribles y monstruosos invaden las noches de su infancia, la marcan, luego invaden su escritura.

    Sus dos Casas

    Ella posee dos casas y las recuerda en la entrevista con Vivian Abenshushan en 2018. La primera casa donde nace perteneció a un rico terrateniente que perdió una pierna y en su lugar lleva una de palo, a él se le mueren todas sus esposas. Contaban que en la casa, primero, se oía el taconeo de su pierna de palo, luego se aparecía una de sus esposas vestida de blanco, pálida, sin ojos y con una vela encendida entre sus manos. Enseguida crujían las puertas y ventanas, pasaban sombras y bultos borrosos, se oían voces, suspiros y lamentos de ellos.

    La primera, asegura a Severino Salazar, es una casa que tiene mucha luz, aire y un hermoso jardín cuadrado en el centro (Salazar, 1995: 125), lleno de enredaderas y habitaciones a sus costados. En la parte de atrás de la casa hay un segundo patio o huerto con árboles frutales y legumbres, como lo describe en su cuento “El huésped”. Por las noches, en la esquina del patio mira cuervos negros o mineros embozados que se envuelven en gruesos jorongos y se meten el sombrero hasta las orejas por el terrible frío, y a mujeres que también se embozan con su rebozo y sólo dejan descubiertos sus ojos negros como carbones. Sentados y embozados con el sombrero ancho, sólo les mira los ojos, luego, agobiados por el frío se paran, avanzan y se pierden en las calles oscuras, como una procesión de cuervos. Esos son los recuerdos de su infancia y rememora:

    Al lado de nuestra casa se encontraba la de mi abuelo paterno, en ella había dos cuartos […] en el cuarto del fondo había un ataúd en el centro y cuatro cirios nuevos que mi abuelo tuvo durante años, listo para su muerte. En la esquina de mi casa estaba el callejón de las prostitutas, ese era el único lugar del pueblo donde quedaban restos de vida y de alegría: la música del fonógrafo y sus carcajadas. Pero también por ahí transitaba la muerte, con bastante frecuencia se mataban los mineros, las mujeres se apuñalaban por los hombres (Dávila, 2005: 2).

    La segunda casa donde vive también tiene un gran patio cuadrado descubierto, desde donde observa por las tardes “un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura que se desgajaba en jirones sangrantes”. Así lo recuerda en su cuento, “El patio cuadrado”:

    era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado […] y en los rincones de los corredores ‘linos embozados permanecían replegados y quietos como si fuera un coro secundario; un acompañamiento en sordina o a sotto voce’. No sé si sería por aquel ocaso ensangrentado o porque era esa hora de la tarde en que uno se siente especialmente triste que ninguno de los dos hablábamos (Dávila, 2021: 175)”.

    También tiene un jardín que le encanta y guarda en su memoria, el Parque Juárez o Parque Hundido que se encuentra más de un metro bajo el nivel del suelo, en el cual pasa las tardes de su infancia. El jardín posee un estanque rústico, “su fondo estaba lleno de agua, lama y musgos, hierbas acuáticas, misteriosas grietas y peces de colores que brillan y relucen como si fuera de oro y plata al tocarlos el sol”. Ella se sienta extasiada a mirar los peces que van, vienen y se meten entre las piedras. Allí se le van las horas, hasta que llega la tarde, el viento intenso sopla y se marcha la luz del sol a iluminar otro continente, o bien, acude el mozo para llevarla casa. Ése es el jardín que describe en su cuento, “La carta”.

    Mientras su padre se halla dialogando en la tienda con sus vecinos, ella se escapa y corre al monte con sus perros a recolectar piedras. Regresa con sus bolsillos colmados, llena los estantes vacíos con sus frascos de pedernales y flores, para convertirlos en oro y perfumes, esa es su primera afición en el pueblo minero de su origen. A veces su padre sale de cacería para distraerse, pues la relación con su esposa resulta tensa, difícil, porque se terminó el amor, queda la incomunicación, el desamor y el enorme vacío entre ellos, (Rosas, 2009: 70).  

    La Biblioteca, los Muertos y Demonios con Tridente

    Sus padres no le permiten salir de casa, porque el clima del pueblo es gélido y, para distraerla, la introducen en la gran biblioteca que tiene su padre: “el escritorio de su padre, donde siempre lo encontraba escribiendo, leyendo, pensando”, recuerda en su cuento “El jardín de las tumbas”.

    Esa biblioteca tiene una ventana que da a la calle y, como no tiene nada que hacer, se dedica a ver pasar la vida. Mas allí no pasa la vida, sino la muerte, porque, como en los pueblos cercanos no hay cementerios, la gente lleva a enterrar a sus muertos a Pinos. Desde los cristales de su ventana contempla con los ojos abiertos las caravanas de muertos por enfermedad o riñas en el prostíbulo cercano, cuyos cuerpos envueltos en sarape llevan atravesados sobre el lomo de una mula, del caballo o tirados en una carreta, porque carecen de ataúdes. A través de su ventana pasa no la vida, sino la muerte.

    A los cinco años, como tiene a su disposición la biblioteca paterna, amante de la literatura, pasa la mayor parte de su tiempo allí: curiosea, ojea libros, deletrea palabras, observa sus imágenes, nace su amor por la lectura y se convierte en autodidacta, aunque en la escuela de Pinos aprende sus primeras letras.

    Lee las obras de Cervantes, Dumas, Gautier, Zola, Bécquer, y su primer libro: la Divina Comedia de Dante Alighieri que marca su vida, que le atrae y repele por los terribles grabados de Doré. En ese libro conoce el rostro aterrador de los demonios con tridente y los círculos helados que la horrorizan, la persiguen todas las noches y se traducen en sus horribles pesadillas. Con esa lectura conoce los demonios que rondan sus interminables noches de insomnio y de angustia.

    En una foto de su infancia en Los Pinos, destaca sobre el fondo gris la niña de seis años, sentada sobre un banco de madera. Sobre su cabello corto, negro, la mano de su madre coloca un sombrero claro de campana con listón, de donde sale un pañuelo que acaricia su hombro derecho. Su rostro infantil y ojos expresivos miran directo a la cámara, como si ésta le mostrara su futuro en el arte literario, tiene nariz afilada y labios finos. Debajo del cuello surge su blusa de manga corta con listón y corbata con moño, luego falda con resorte. Su brazo derecho extendido apoya su mano sobre el banco de madera, y la izquierda, semi doblada, se posa en su rodilla izquierda que flexiona sobre la pierna derecha con calcetas blancas y zapatos de dos colores: azul y blanco, mientras que ésta pisa la tabla sostén del banco. Ésta es la última foto que se toma en su pueblo natal, Pinos, antes de marcharse de allí.   

    A los siete años sus padres se la llevan a San Luis Potosí a estudiar la primaria en el colegio religioso Motolinía. Cuando entra a esta escuela de monjas, la niña las sorprende con los demonios espantosos y la gente condenada que no puede salir de los círculos gélidos de la Divina Comedia. Las monjas se horrorizan con sus brutales descripciones y le enseñan que existe un dios bondadoso y amoroso que la ama y no quiere dañarla como los demonios de su libro. Esa enseñanza la alivia de la angustia espantosa que padece y empieza a escribir sus pequeños poemas místicos: ese es su verdadero inicio en la literatura.

    A los diez años, motivada por sus clases de composición, escribe prosa en la clase de gramática, gracias a estos ejercicios descubre que escribir cuentos le resulta fácil. En este colegio conoce los escritos españoles, religiosos, de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Quevedo y Sor Juana Inés de la Cruz.

    Welcome: Los Salmos bajo la Luna

    En San Luis Potosí continua sus estudios de secundaria en la Academia inglesa de religiosas, Welcome, estudia piano y lee a autores ingleses, Shakespeare, Whitman, Nathaniel Hawthorne, Washington Irving, Longfellow, no escribe cuentos, sino salmos.

    Al terminar la secundaria su salud recae, mantiene reposo y, al no haber escuelas preparatorias particulares en ese estado, le impide continuar con sus estudios y acudir a filosofía y letras, su mayor ilusión. Su padre, a pesar de ser inteligente y culto, no la apoya a seguir estudiando, pues considera que la mujer es sólo un objeto. Durante su reposo descubre su vocación de escritora y escribe pequeños poemas, se acerca a la lectura de Kafka, Hesse y D. H. Lawrence, y a la poesía española contemporánea de Prados, Cernuda y Aleixandre.

    Cuando recupera su salud, publica sus poemas y cuentos en revistas literarias de San Luis: en la revista Estilo del sacerdote Joaquín Antonio Peñalosa, en la revista Ariel que dirigen en Guadalajara Emmanuel Carballo y Carlos Valdez. Publica textos literarios en revistas, pero carece de libertad para salir con amigas, amigos, o tener novio.

    El catedrático, Joaquín Antonio Peñalosa, la alienta a seleccionar sus salmos y publicar, a sus veintidós años, en San Luis Potosí su primer libro de poesía, Salmos bajo la luna (poemas paralelísticos) en 1950. Por esos años se efectúa en Saltillo el centenario de Manuel Acuña, ella acude a ese evento y, entre los invitados se halla el salmista más importante de México: el sacerdote y filósofo Gabriel Méndez Plancarte. Éste, al conocer los salmos escritos por la jovencita con una métrica diferente, poco usada y conocida, queda impresionado. Méndez Plancarte y el escritor jalisciense Agustín Yáñez le abren el camino literario, a pesar de los obstáculos que enfrenta en casa con su padre, que no le da la oportunidad de estudiar, ni la alienta para ello. En San Luis conoce a Alfonso Reyes.

    Cuando ella le expresa a su padre que marcha a la ciudad de México para buscar su camino en las letras, él no la apoya, porque piensa que fracasará. Pero, como sus padres se han separado, su madre la acompaña en su aventura a la ciudad, porque para él, ella “sólo podía estudiar piano, idiomas, cocina, bordado, pero dedicarse a la literatura le parecía absurdo, descabellado (Salazar, 2013: 118)”. Por ello, cuando publica su primer libro de cuentos, Tiempo destrozado (1959), ella se lo dedica a su padre que se opuso a que estudiara y escribiera.

    En 1971, cuando tiene cuarenta y tres años, su imagen es capturada por el fotógrafo zacatecano Ricardo Salazar con un felino de ojos similares a los de ella. En el lado izquierdo del retrato de tres cuartos, luce su cabellera negra que le proporciona el marco ideal a su rostro ovalado de tez clara. Ella con los dedos de su mano, uñas pintadas y anillo toma cariñosamente, lo acerca y detiene el cuello del gato junto a su rostro. El gato de angora también tiene el fondo negro de su rostro y resaltan sus ojos negros, profundos, como los de ella. Amparo y el gato tienen conexión con sus rostros y ojos, sus miradas profundas se mimetizan y confunden.

    El Cuento, la Caja de Pandora

    Para concluir este pequeño esbozo acerca de la vida Amparo Dávila, conviene terminar con su definición de cuento. Para ello contamos con dos versiones: la de su entrevista con Rosas Lopátegui (2009: 69) y el texto, “Algunas consideraciones sobre el cuento”, que ella publica en la revista de la UAM-A en 1998 (Dávila, 1998: 11-12). De esta segunda extraemos lo esencial:

    El cuento entraña riesgos insospechados, sorpresas, trampas, dificultades, y en él se encuentran peligrosas o fatídicas arenas movedizas. […] En el cuento, el espacio y el tiempo son mínimos: el lenguaje tiene que ser concreto, preciso, la palabra exacta como jugada de ajedrez. […] el interés debe ser sostenido o in crescendo, [porque] nadie lee un cuento que desde el principio no tenga una frase o una palabra que agarre y despierte el interés del lector. […] Para mí el cuento es una figura geométrica o un triángulo: con su base o planteamiento y una línea ascendente: el nudo o conflicto; y otra línea descendente, el desenlace, que cierra el triángulo. Finalmente, el desenlace lo doy en unas cuantas palabras. El cuento es un género inagotable, lleno de posibilidades y recursos, de matices y tonos. Es, en resumen, una caja de Pandora. ⌈⊂⌋


    Referencias-.

    Abenshushan, Vivian (2018). En el jardín del miedo. https://www.avispero.com.mx/blog/articulo/en-el-jardin-del-miedo-entrevista-amparo-davila

    Dávila, Amparo (1985). Muerte en el bosque. México: FCE, Lecturas mexicanas.

    Dávila, Amparo (1998). Algunas consideraciones sobre el cuento. Tema y Variaciones de Literatura 12. México: UAM-A.

    Dávila, Amparo (2005). Apuntes para un ensayo autobiográfico. Zacatecas, Pinos 2004-2007: Conaculta-Instituto Zacatecano de Cultura.

    Dávila, Amparo (2011). Poesía reunida. México: FCE.

    Dávila, Amparo (2021). Cuentos reunidos. México: FCE.

    Domínguez, Leonardo (2017). La literatura es un amor al que no le he sido infiel: Amparo Dávila. El Universal (21 de febrero, 2017) [En línea]: https://bit.ly/2m7pv2M [Consulta: 23 de febrero, 2017]. 

    González Pérez, Victoria Irene (2015). Amparo Dávila: escribir desde la memoria. Cuadernos fronterizos, 33 (2015, 2014), p. 7. 

    González Pérez, Victoria Irene (2016). El silencio destrozado y transgresión de la realidad. Aproximaciones a la narrativa de Amparo Dávila. México. UniversidadAutónoma de Ciudad Juárez.

    Minila, Jonathan (2016). Amparo Dávila. Arboles petrificados. México: Secretaría de Cultura-Nitro Press.

    Rosas Lopátegui (2009). Amparo Dávila: Maestra del cuento (O un boleto a sus mundos memorables). México: UAM Casa del tiempo. https://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/14_15_iv_dic_ene_2009/casa_del_tiempo_eIV_num14_15_67_70.pdf

    S/A. (2005). Amparo Dávila: una maestra del cuento. La Jornada Semanal, sábado 31 de diciembre de 2005, núm. 565.  https://www.jornada.com.mx/2005/12/31/sem-amparo.html

    S/A. Biografía de la autora Amparo Dávila, libros y obras. https://horadelrecreo.com/c-biografia/amparo-davila/

    Salazar, Severino y Jaime Lorenzo (1995). Conversación con Amparo Dávila. Tema y Variaciones de Literatura 6 (semestre 2, 1995). UAM-A. http://zaloamati.azc.uam.mx/bitstream/handle/11191/1400/entrevista_con_amparo_no_6.pdf?sequence=1

    Salazar, Severino (2013). Tres encuentros con Amparo Dávila. Ensayos y artículos reunidos. México: Juan Pablos Editor.

    Salazar, Severino (2013). La narrativa de Amparo Dávila. Ensayos y artículos reunidos. México: Juan Pablos Editor.

    Vaquera Herrera, Esmeralda (2018). Análisis de la narrativa de Amparo Dávila: abyección, lo real, locura y melancolía. Tesis de Maestría. Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. http://erecursos.uacj.mx/bitstream/handle/20.500.11961/5092/Tesis%20Esmeralda%20Vaquera.pdf?sequence=4&isAllowed=y

  • Pasamanos de Letras (V)

    Pasamanos de Letras (V)

    Miguel Angel Echegaray

    Bajo el sello del Fondo de Cultura Económica se publica hoy el volumen: Cartas encontradas (1966-1974). Correspondencia hilada por Rosario Castellanos y Raúl Ortiz y Ortiz. Aventura de una amistad que, como suele ocurrir, está nutrida de vivencias, confesiones mutuas, al igual que de complicidades abiertas y espontáneas.

    En el prólogo, Ortiz deja en claro las circunstancias en que sucedió el accidente fatídico de su amiga escritora, cuando ocupaba el encargo de embajadora de México en Tel Aviv. Conjura, pues, las especulaciones y rumores de una acción suicida o un complot en su contra que derivaría en su repentino fallecimiento. Nada, el gusto por una lámpara fatal para decorar su casa  

    Personajes amigos y, no pocos considerados enemigos, aparecen y reaparecen en las páginas de este volumen que recopiló un Ortiz octogenario, ya cercano a sus últimos años de vida. Noticias del día a día, mezcladas con chismes del medio cultural mexicano de la época (escritores y profesores universitarios mafiosos); y en general del medio donde aún proliferan más las acusaciones, recelos y descalificaciones de cualquier índole, donde se desdeña valoración literaria alguna como es ya usual y perentorio.

    No hay duda: las cartas aclaran situaciones y revelan intríngulis de vida. Una de ellas, por cierto, deja mal parada a Rosario Castellanos, es la postergación y autocensura de la puesta en escena de El eterno femenino. Le escribe al canciller Rabasa para solicitar sus indicaciones sobre el modo de proceder con esa obra y se atiene a lo que determine el conductor de los destinos exteriores de la nación. ¿Demasiado riesgoso feminismo para la época? ¿Incómoda transgresión para una representante diplomática mexicana? Queda por ahondar en el asunto y ponerlo más claro.

    Esta correspondencia tiene una cojera: requiere, para entenderse, finamente, de la lectura de un libro anterior: Cartas a Ricardo publicado por el Conaculta en el año de 1994, en su colección Memorias Mexicanas. Como editor recibí más de 77 copias de las misivas que obsesivamente ella le dirigió a un profesor de Filosofía de la UNAM, Ricardo Guerra, con quien procreó un hijo. El fajo de cartas originales lo conservó Raúl Ortiz con la encomienda de la escritora de que algún día las publicara, cosa que él cumplió.

    Por mediación de Juan Antonio Ascencio nos confiaron tales copias y buscamos interesados en prologarlas: un primer intento, fallido, fue ofrecerlas al escritor Sergio Fernández, que después de leerlas con avidez, declinó involucrarse en la edición; parecía la suya una voz pertinente, ya que Rosario Castellanos prologó años atrás sus ensayos Retratos del fuego y la ceniza. La convivencia en la UNAM disuadía a muchos.  Quien no tuvo reparos ni roñas que rascar entre las cartas fue Elena Poniatowska y escribió una apreciación crítica muy amena que merece ser reeditada. Dice en unas de sus líneas:

              Las cartas de Rosario son devastadoras, estrujantes, obsesivas, oro molido para      psiquiatras, psicólogos, analistas, biógrafos y, ¿por qué no?, críticos literarios. Lo son también para nosotras las mujeres, que en ellas nos vemos reflejadas. ¿Qué mayor prueba de que muchas mujeres lo apostamos todo al amor que este documento epistolar?

    Así pues, esta correspondencia fue la documentación de un amor y desamor intensamente asimétricos.  Esta edición no circula más; es probable que pueda aparecer de nuevo con algunos recortes a pedido de los interesados, como le ocurrió y lo señala en el prólogo Raúl Ortiz y Ortiz en el volumen arriba citado. La vida está cercada por los corchetes y los puntos suspensivos que ella misma protege […..].

    P.D. Se cumplió un año de la muerte del escritor Álvaro Uribe. La conmemoración   de su cumpleaños setenta, cifra que no alcanzó y se corona con la publicación de un volumen que reúne tres cuadernos de su itinerario por el martirio del cáncer. Cada uno de los cuadernos corresponde a tres momentos en que le fuera descubierto el mal: primero, en el pulmón derecho; luego, en la próstata y, finalmente, en el pulmón izquierdo. Ya habrá oportunidad para deslindar juicios sobre un libro que muchos no sabemos como leer. Pues ya veremos. Se escriba o no, todos cultivamos el testimonio de afecciones y curvaturas patológicas, aunque terminan por ser las más perdurables. Intentamos develar bobaliconamente el misterio de la vida, no, caray, vamos por el de la muerte. ⌈⊂⌋

  • Un poemario en Llamas perennes

    Un poemario en Llamas perennes

    Alejandro Estivill

    Una ronda en cinco tiempos

    ¿Existe acaso un poemario que te atrape como novela de suspenso? ¿El poemario puede imitar el recorrido de la aventura? El Primero Sueño es equiparable al viaje astral de un místico de enorme potencia filosófica y religiosa; la Divina Comedia es, círculo a círculo, un apretón de escenarios hasta el desenlace luminoso. El paraíso perdido, en mi humilde opinión, despliega estrategias del thriller, la ciencia ficción y el terror.

    Aunque haya trampa revirtiendo las causas y las influencias, aquí estamos en otra lógica: enfrentamos al poemario Soledad en llamas armado “por recopilación de trabajos publicados” y eso impone preguntar: ¿qué suspenso puede haber si una recopilación debiese ser el imperio de lo conocido, del déjà vu ?

    El poeta se levantó exigido (el peor estadio de un poeta) y por horas, quizá días o meses, y con una cucharita de inspiración, seleccionó químicos, amalgamó poemas. ¿Puede entonces pretenderse saborear el resultado como si fuera una narrativa con un enigma tras sus muros?  Tal vez sí, si las circunstancias y el lector le quieren.

    Yo que no soy buen lector de poesía y reconozco que solo le entro como chapulín, brincando aquí y allá, desde el método de la inducción y para reparar momentos personalísimos de angustia, de búsqueda aleatoria de mi fe en el lenguaje como divinidad, la celosa “diosa palabra”. Hoy, por cariño al poeta (amigo de años allá en los sargazos de la diplomacia), me atrevo de manera diferente: como podadora de cancha grande, desde el primer recuadro arriba y a la izquierda, y de ahí en adelante;… desde la portada de dunas hasta el epílogo que me informa que él, Jorge Valdés Díaz Vélez (menciono sus tres apellidos porque lo conocí bien en sus tiempos del Servicio Exterior y siempre reclamaba sus tres apellidos porque “él, a diferencia de otros, siempre ha tenido progenitora”); pues sí, él ha vuelto a su nicho de nacimiento (los que tienen madre, eso hacen), a Torreón, Coahuila, a publicar…: y con semejante circunvolución, pues, mi actitud en la lectura será la de los jóvenes de los 70 que comprábamos el LP para oírlo como historia, sin interrupción, sin Twitter o whatsapp, ni llamada intrusa…, lo gozábamos entero acostados en el piso y enfocando malamente no más cosa que las grietas del techo.

    Desde la cita de Gorostiza para epígrafe, pináculo de Muerte sin fin, su “oh inteligencia, soledad en llamas”, Jorge establece el trayecto… mitad calzada, mitad destino metafísico hacia eso que Los Contemporáneos tuvieron tan adentro: quemarse en el conocimiento y quemarse aún más en los otros conocimientos…: “ensayar hasta escenificar la potencia del trueno y los irremediables estragos de un fuego inteligente que todo lo trastorna y lo lleva a su consumación”, diría Evodio Escalante.

    Pues cruzo entonces el poemario como mecha de pólvora y pienso: Jorge nos engaña; su selección no es por lo que gusta, tampoco lo que cree mejor o lo que así no más le late: no, es recorrido, es historia, es suspenso… No hablo del recorrido de su vida (su vida en poemas), tampoco de los highlights de su cadencia de Odiseo regresando a Ítaca. No. Yergue la trayectoria del suspenso que encuentra razones para hilar los trozos de la tela vieja buscando hacer un tejido, como aquel de las damas del patchwork, que hizo famoso al Gales beato. Lo imagino seleccionando y poniendo los elegidos en su hilo conductor de tendedero como en el estudio de revelado de fotografía a través de 5 secciones.

    1

    La primera, abundante en cementerios y lodos sepulcrales, cerradura de su primer poema Cap d’agde con ese rollo del eterno retorno, eterno principio. Construye con base en andares ingenuos, del flâneur impreparado, del que enfrenta el peligro. Ahí puso observaciones detallistas de las ruinas, de lo efímero y lo deleznable en el sentido etimológico del término y, a la par, sazona con una adoración avispada por esas ruinas que recuerda, ya que valen por el instante perdido, allá en antaño, cuando fueron vida.

    Se trata de una primera canasta de poemas que muestran el humor flemático y pitutelear (diría un médico de los antiguos), ambiente de otoño, profundamente aldeano donde abundan las geografías. Nos habla un empeñado viajero con un mirar educado, distinto, casi un niño tentón de ojos convertidos en dedos. Y me cuadra que esta primera parte esté dedicada a La Tierra, como uno de los cuatro elementos básicos, y al otoño afligido porque en esa terrenidad hay fragmentos de la pasión que existió un poco antes (no sabremos qué fue lo que existió hasta cerrar el libro). Hay residuos de algo quemado (no sabremos qué se quemó hasta cerrar el libro), los fragmentos del espejo en llamas que se encuentra caído, pero sin encontrar la quemadura… Rebosa en paradojas de quien observa a ciegas, del deslumbrado, del que vive en la memoria y solo en la memoria ha podido fijar (¡qué digo fijar…! “saber”) la vida montado en un caballo que bien se llamaría “Perecedero”.

    Vamos, amigo Jorge, llévanos por senderos, por puntos cardinales confrontados. Hay residuo, incluso un poema de nombre memorable Te quedaste (casi canción de José Alfredo)habla de lo sobre-escondido, lo superlativamente lejano, lo imposible de encontrar, pero que (¡caramba!) está ahí, “donde jamás habrás de hallarme”. Revierte así, en un disparo, los papeles de quién busca y quién se esconde. Y va avanzando, muriéndose de vida, en procesiones hacia la Nada. En fin, una suerte de viaje hacia abajo, hacia la tierra.

    2

    Con ese enigma en mente, nos vamos a la segunda canasta ya un poco envalentonados o, mejor dicho, bajo un embrujo de provocación: si primero fue la tierra y el otoño, el humor flemático y el planeta Saturno, pues nos correspondería pasar al invierno, al Agua, a Venus y, claro, como en buena novela policiaca, el poeta nos enfrenta a la pista. El poema sobre la Estación Les Halles, nos coloca frente a “enormes ofertas invernales” y, a partir de ahí, habremos de mojarnos.

    Ahora escasean las palabras dedicadas al recorrido y los poemas son capturados por una ebriedad que lo fija todo: ahogo, foto, flashazo, estamos detenidos.  Jorge Valdés recurre a las instantáneas, la sujeción del devenir inmóvil como momentos de certidumbre esperanza y juventud. Parpadeos, clics de cámaras como los que escuchamos claramente en los poemas Tres Monedas y Campo de Ourique. La luna está en lo alto de nuestra lectura, otorga su fulgor. Son ahora poemas salpicados de nieve, de corazones invadidos por esa nevisca, almas frías que enarbolan una metáfora contraria al sentido cálido que se le otorga a la víscera de las emociones. Y la clave del libro la encuentro instalada en su trono dentro del poema Latitud que nos describe cómo cada minuto de recuerdo es una creación de eternidad fija porque borramos con sonidos sus límites:

    Mudan de piel y espinas las palabras

    Igual que los recuerdos de los parques

    Han dejado de ser lo que antes fueron

    Razón, mito y verdad.

    Soledad en llamas esgrime una lógica revertida, casi derridadiana: la esencia del vivir y el recordar, del olvidar y recrear, radica únicamente en la palabra, el texto mismo es primogénito, no resultado.

    Después de meternos en algunos sonetos de luz, mar y creación diluviana con animales recuperados, y agua y océanos abundantes como en el poema Mediodía: Egeo, nos corresponde avanzar a una tercera canasta. Y ¿por qué no? Si ya estamos metidos en este entendimiento, esperamos encontrar la primavera, ver el reinado de Júpiter, agarrar humor sanguíneo, respirar la preeminencia del elemento Aire. ¿Será cierto?

    3

    Observamos con lupa de Sherlock. Pues sí, eh aquí que se cumple. Abrimos la tercera parte con los vuelos de los pájaros de Plomari: “Pájaros rasantes en búsqueda del aire al pie del día” y hasta vemos “tatuado el nombre del aire”. Así continua una rabiosa invasión de fragancias que nos llega desde el poema Sunset drive suite. Nos transmutamos en deseo etéreo y el poemario vuelve a viajar, quizá a volar, un volar que se desprende desde la superficie marina al aire aludiendo futuros y esperanza:

    mudar a voluntad frente al oleaje

    del alba o del ocaso. Ya está oscuro

    el mundo. Están la noche y el futuro.

    He establecido mi punto. No aburro. La trayectoria se aligera dentro de esas mismas líneas que, ahora esperanzadas adquieren un curioso intelectualismo. Aparecen los filósofos, las maniobras más propias del ajedrecista de la palabra, la serenidad del conocedor que entiende que no es inmortal. Surge un curioso realismo con transeúntes, propios de cualquier escena matinal y urbana. Incluso hay poesía con mapas revisados desde arriba (hay un poema que se llama La Mesa que hace recordar en 17 líneas el sentido del arte excepcional que figuraría el protagonista Jed Martin de la novela El mapa y el territorio de Michel  Houellebecq, artista francés ficticio que alcanza la fama mediante la intervención de fotografías de mapas Michelin).

    La transición está anunciada hacia la parte final de esta tercera canasta. Saltan poemas de abril, de pájaros y palabras que comienzan a incendiarse. Pero, en términos del suspenso, esta primavera es un canto de esperanza alado, soñador, porque acarrea consigo un mensaje favorable a los románticos: la ausencia es, ante todo, futuro maldito; Jorge Valdés Díaz Vélez nos convoca a desatar el futuro de las raíces pesadas que le dicta la memoria, lo libera.

    4

    Vénganos entonces el Fuego: la cuarta parte. Humor colérico, planeta marte, ambiente de verano, calor, ardor: que venga el viaje, el que se inicia con el poema Genealogía y que cuenta con el despliegue histórico de una estirpe donde todos se fulminan en su hoguera:

    a la hora del pan frente a la música

    en la noche del fuego.

    Ya para estas alturas, estoy ansioso como lector de novela de John Le Carré; quiero descubrir las llamas, la fusión nuclear, el estallido fulgurante. Incluso escudriño para atrapar el tono de infierno que, como en el poema Pro Nobis, incluye un diablo chocarrero que le atiza al fuego. Poemas en rojo, en naranja, en cempasúchil.

    Encuentro algo más emocionante: un estilo narrativo, con mezcales sobre la barra, baturros sorprendiéndose de los chiles en nogada, legados de ADN familiar, una amalgama de vida curiosamente mundana presta a convertirse en cenizas. Poemas que describen las cosas de todos los días desde la altura y con el estilo puntiagudo y gótico de la llama medieval. En esa forma final, el recorrido comienza a tener un cierto encuadre de retorno. Algunos de los motivos iniciales, esos del mundo terreno y de sepulcro, reaparecen y, como en las novelas policiacas se atan los cabos sueltos. La memoria, los muertos, el humor, la música encuentran ciertas soluciones de explicación que simplemente nos cuadra.  

    Pues sí, parece que vamos cerrando, que el libro ha cubierto los cuatro elementos.

    Pero a mano derecha, entre pulgar y índice, quedan páginas suficientes para una sorpresa. La travesura del poemario ha pasado a ser, ahora, travesura de mujer convertida en pecadora de noche, envuelta en sus tempestades:

    así que ahora estás sola y con euforia

    te has vuelto a maquillar y te has vestido

    de negro riguroso y perfumado

    tu mínima porción de lencería…

    En un instante, el fuego deja de ser reflexión a la manera de Cuesta. Es, por el contrario, explosión, descontrol. Peor aún, el poemario apunta de golpe a su lector de manera directa: “a ti que estás leyendo”, dice, y es tan policiaco que hasta te da instrucciones sobre la forma en que cambiarás la página.

    Miro a un lado y a otro, busco la cámara escondida que me vigila. Descubro que es de nueva cuenta el imperio del texto (Derrida reaparece en el rabillo de mi ojo). Es la fuerza de muchos que ya pasaron, que ya murieron y que, por el imperio de la palabra, siguen aquí. El círculo de este viaje por tierra, agua, aire y fuego se clausura.

    5

    Queda una quinta parte. La imagino, como en las culturas nahuas; un quinto punto cardinal, la unificación del esfuerzo. Ese quinto elemento es el erotismo. Jorge Valdés colocó poemas de enorme intimidad hacia el final para que la unión de lo recorrido tome una dimensión mayor. Propone entonces una solución para el trayecto circular, pero disparando hacia una intimidad única que resulta un proceso de valoración del yo ascendente. Para subir, recorre ahora la vergüenza, el pecado, el temblor, la forma en que los novios nos ignoramos tan frecuentemente dándonos la espalda, el vocabulario del deseo que siempre se queda corto y los detalles más precisos de la piel, el poro, la arruga, los líquidos vitales y el pliegue hasta la caricatura misma del amor tórrido. Hace a la pareja tan real y luego la sublima usando tradición mística y mucho del mundo árabe. Al leerlo pensé en El collar de la paloma.   

    Acá, activado por el hecho de que accedemos a una selección personalísima y con semejante solución hecha en los talleres de su propia maquinara, me irrumpe preguntar finalmente (mientras leo su biografía elegante al final, porque también es parte del libro) ¿qué es ser poeta? ¿Dónde radica su definición identitaria? La simple respuesta dicta resolver simplista con aquello de que el poeta es quien sí sabe tomar el tiempo para analizar, descubrir y disfrutar (a veces llorar) por los recodos del camino, a sabiendas de que no todo es resultado, no todo es meta, y mucho más relevante es el camino mismo.

    Esta experiencia nos introduce en los venas de una inteligencia oculta y recatada. Decía el gran especialista en biología evolutiva de Harvard, Joseph Henrich, en El secreto de nuestro éxito (muy de moda en estos días) que las razones para nuestra victoria ecológica están más allá de lo evidente, de la inteligencia en lo general. Entre esas razones y en lo más profundo se encuentran un buen nivel de procesamiento y correlaciones, habilidades de aprendizaje, así como la conducta para evolucionar; pero, sobre todo, nuestro éxito radica en el instinto del amor y la cooperación con los otros para hacernos fuertes. Lo que termina siendo en palabras de ese sabio antropólogo “la cultura”, el confraternizar con los otros, en los otros, gracias a los otros.  

    Hay algo al cerrar Soledad en llamas que define mejor al poeta; lo encuentro lejos de…, jugosamente lejos de una cerrazón humana en su pasado poético y sus virtudes de inteligente y sensibilidad. Jorge Valdés Díaz Vélez, después de recorrer los elementos y mostrarse tan listo, me devuelve la fuerza de un poeta que invita a un despertar de la persona en la palabra del amor más allá de su bello recorrido universal. Palabra a la mexicana, quinto sol o quinto punto cardinal, el vertical y el más atrevido. La canasta, la quinta canasta, la de la intimidad aglutinada en mil sensaciones, es una confabulación de entrega a los otros; habla e interactúa desde una inteligencia más profunda con los otros. Yo celebro esta entrega que me ha tenido atado a lo largo de una jornada de lectura poética maravillosa. ⌈⊂⌋

  • José Revueltas y la Nota Roja

    José Revueltas y la Nota Roja

    Vicente Francisco Torres (UAM-A)

    Hace varios años, un alumno de posgrado buscaba  tema para escribir su disertación y así  obtener el título. Sabedor de que José Revueltas había escrito, entre 1938 y 1943,  artículos de nota roja en el diario El Popular –que dirigiera Vicente Lombardo Toledano y no Enrique Ramírez y Ramírez como erróneamente escribí hace tiempo–, le sugerí que recopilara esos reportajes que serían extraordinarios en la mano del gran escritor duranguense. El trabajo consistiría en  identificar los textos de Revueltas porque, como  ruleteaba  por las distintas secciones del diario, algunas de sus colaboraciones fueron anónimas. El enfebrecido estilo del autor, con su insólita adjetivación, su vehemencia expresiva, el escarbar profundo en las mentes de sus personajes y sus digresiones grávidas de conciencia social, ayudarían al rescate. Con ellos podría hacerse un libro magnífico, pero el alumno desertó y la posibilidad quedó frustrada.

    Hoy aquel anhelo se cumple parcialmente porque encontré un libro de la doctora Sonia Piña titulado José Revueltas: de la nota roja a Los errores (El Colegio de San Luis, 2015), en donde indaga la incursión de Revueltas en la nota roja y quiere ver Los errores como novela policial negra.

     La profesora de la UAM hizo la inmersión hemerográfica necesaria y nos dice que Revueltas cubría la plana roja junto con  Gilberto Rod, Gilberto Miranda, Rogelio Rivera y Antonio Prieto, hecho que imposibilita saber quién redactó cada artículo pero no  identificar la pluma del maestro.

    El novelista de Durango solo firmó dos crónicas, ambas de 1942: una sobre Goyo cárdenas, el estrangulador de Tacuba, y otra sobre una mujer que, víctima de la miseria, asesinó a sus hijas porque no quería que padecieran lo mismo que ella. La primera la rescató J.M. Servín en ¡Nadie es inocente! Periodismo Policiaco Retro   (número uno, año 2014) y la otra continúa durmiendo en la hemeroteca.

    Revueltas recibió la instrucción de Lombardo Toledano para darle a la nota roja  un giro literario pensando, posiblemente, en El libro rojo (1879) de Vicente Riva Palacio y Manuel Payno.  El autor de El apando atendió la instrucción sabiendo que en esos escritos periodísticos aparece el ser humano desnudo ante cualquier convención social o religiosa. J.M. Servín, que ha llamado a la nota roja de varias maneras, dice del amarillismo de fondo o periodismo tabloide: “El acto de narrar, sea desde la ficción o el periodismo, conlleva el salto al vacío en pos de las profundidades donde habita la bestia humana (…) La crónica devuelve a las mil y una historias de lo cotidiano el elemento sensacional, extraordinario, escalofriante, triste o alegre que conlleva la experiencia humana. Muchos informan, pocos narran”.

    Y hablando de escritores cronistas de la realidad marginal, J.M. Servín rescató en la mencionada publicación, una crónica de Elena Garro (“Mujeres perdidas. Reformatorio de señoritas”) y otra de Luis Spota (“La isla de los quejidos”) sobre las Islas Marías. Ambas aparecieron en la revista Así en el año 1941.

    Sobre Los errores vista como novela negra, recuerdo una entrevista que Jorge Ruffinelli le hizo a Juan carlos Onetti. Después de que el segundo mencionó sus novelas policiacas preferidas —Laura, de Vera Caspari, y El largo adiós, de Raymond Chandler, entre ellas–, Ruffinelli hizo una pregunta axial: ¿qué le falta a la novela policial para ser literatura? Y el autor de El astillero respondió con sabiduría: no le falta, le sobra; le sobra la voluntad de interesar. En el caso de Los errores, pienso que no es una novela negra porque le sobran muchas cosas. Hay un crimen y peripecias de sus personajes patibularios pero, si la novela negra no  tiene tiempos muertos, los planteamientos  filosóficos, históricos y políticos, además de su lenguaje cargado de tropos y grávido de reflexiones sobre los políticos, el lumpen proletariado que vive enajenado y la condición humana en general –allí tenemos el título mismo, con su planteamiento de que  el ser humano seguirá siendo erróneo lo mismo bajo el comunismo que bajo el capitalismo–, no la dejarían fluir como sucede en novelas como Cosecha roja, 1200 almas o ¿Acaso no matan a los caballos? ⌈⊂⌋

  • Borges en la esquina rosada

    Borges en la esquina rosada

    Leandro Arellano

    1

    Chesterton, Schopenhauer, el infinito, la cábala, los laberintos, las enciclopedias, los espejos, la metafísica, las bibliotecas –la enumeración es incompleta-, fueron asuntos cercanos y recurrentes en el fervor y en la vasta literatura de Jorge Luis Borges.También le aficionaron el Evaristo Carriego, el Martín Fierro, la literatura gauchesca, el malevaje y la literatura policial.

    Uno de sus primeros libros de prosa, Discusión (1932), abre con un ensayo sobre el género gauchesco, cuyo carácter consiste en mostrar la vida y costumbres del hombre del campo en Argentina. El gaucho –el vaquero- es experto en el manejo del caballo y las labores rurales, de sus rudezas y sus virtudes. Como tal, y más allá de excesos de algunos autores, al gaucho lo identifican el apego al caballo, el poncho, el cuchillo y el mate, establecen los estudiosos.

    Borges volvió a ocuparse con deleite de la poesía gauchesca en varias ocasiones.

    Un par de años antes de Discusión, Borges publicó el Evaristo Carriego, donde revelaba ya una propensión a la literatura de la violencia administrada, al género negro. Un admirador de Borges observó en un estudio sobre el Evaristo Carriego: “A Borges le fascina el heroísmo que se confunde con la infamia”. Años más tarde, en el Epílogo a sus Obras completas (EMECÉ 1989), el mismo Borges confiesa que su admiración por el valor como virtud humana, lo llevó a “la veneración atolondrada de los hombres del hampa”.

    Motivado por el atractivo de ese filón, su vena lo impulsó a la creación de varias piezas de “entonación orillera”, como él identificaba al género. Historias de los bajos fondos, de cuchilleros y malvivientes, cuadros de la violencia humana sin ambages, elaborados con el magisterio de su prosa sutil y sólida estructura narrativa.

    Borges no sólo contribuyó a la teoría y a la difusión de esa corriente mediante ensayos y reflexiones, sino que cultivó la narrativa policial de modo magistral. Algunos de los mejores relatos en esa categoría, escritos por él, forman parte ya de la literatura mundial.

    Borges abrevó en incontables escritores del género y no fue Chesterton solo una notable influencia en su literatura, sino también una orientación decisiva. “Quizá ningún escritor me haya deparado tantas horas felices como Chesterton”, señala Borges en otro de los prólogos de su diversa obra. Si se solazaba con la literatura del escritor de Kensington, le cautivaba de modo especial la de naturaleza policial.

    No es imposible imaginar el gozo que lo debió invadir cuando, en complicidad con Adolfo Bioy Casares, tramaba los dos tomos que forman la selección de “Los mejores cuentos policiales”, editados por EMECÉ, en 1943. También con Bioy impulsó las ediciones de El Séptimo Círculo y dedicó horas infinitas a las incontables reseñas que publicó en El Hogar y en Sur.

    No es improbable que cada lector mantenga una imagen propia de Borges, en la que con seguridad destacan, con más o menos evidencia, rasgos o características personales del escritor, tales como el de conservador, burgués, atildado, anglófilo, displicente, afectado, etcétera.

    De contado, los hombres no pertenecemos a una sola categoría. Por otra parte, la literatura está hecha de coincidencias, casualidades y cosas así. De modo que los sucesos humanos son los mismos, pero muta la presentación que ese fondo eterno asume.

    2

    No es intención de esta nota realizar un estudio de la obra y la afición de Borges por la literatura policial, no; es mucho más modesta. Solo anhela compartir la opinión de lector devoto de la obra inmensa y honda como la suya, y acaso algunas reflexiones sobre nuestro gozo y experiencia.

    Así, podemos empezar considerando que figura en el índice narrativo de Borges una lista de relatos cuyo ambiente sórdido es casi impensable –sorprendente cuando menos y con razón- en la personalidad de un autor burgués, culto y conservador, en el Buenos Aires de la primera mitad del siglo veinte.

    Si lo consideramos un hecho desusado, el asombro se atenúa o desaparece ante una referencia abrumadora, como es el caso de Agatha Christie: una mujer de clase media alta, del aristocrático Londres y contemporánea de Borges. La señora fue autora de más de medio centenar de novelas policiales.

    Observamos luego que se han impuesto en la literatura mundial dos tendencias no únicas, pero principales, en el desarrollo del género policial. Una abarca, digamos, a la corriente ruda, violenta, que han cultivado sobre todo los autores estadounidenses, como Raymond Chandler, Dashiell Hammett y sus seguidores. La segunda representa a la corriente intelectual, la deductiva y amable de los autores ingleses como Wilkie Collins, Conan Doyle, Agatha Christie, etcétera.

    Las piezas de Borges se ubican más cerca o del lado de la corriente inglesa, la intelectual, establecida por Edgar Allan Poe, iniciador del género.

    Otro fenómeno destacable es advertir que su obra narrativa de índole policial y algunos cuentos más referidos a la violencia, suman poco más de un par de docenas de relatos, breves todos, hecho que no obstaculizó su fama mundial como maestro del género. Un debate continúa abierto y se trata del rechazo de Borges a extender a la novela lo que en rigor cabe mejor en un relato corto.

    Dicho lo anterior, ahora es posible señalar que también son dos las tendencias en que podríamos clasificar los relatos policiales de Borges, dos maneras o manifestaciones de un mismo impulso. La del crimen urbano, citadino, burgués, por un lado y la de los arrabales, del malevaje de las barriadas, el segundo.

    Hombre de la Esquina Rosada e Historia de Rosendo Juárez son dos títulos que cumplen el afán de la segunda tendencia. Son relatos cuyo argumento refiere a personajes y situaciones de los bajos fondos. Relatos cruentos cuya factura pertenece a la atmósfera, cual más cual menos, de la canalla, del hampa violenta de las orillas.

    En este ejemplo, el segundo relato es una forma de continuidad del primero. Los personajes de ambas historias, Francisco Real y Rosendo Juárez, son hombres de cuchillo, criminales esmerados de los bajos fondos. La trama de ambas historias es ejecutada con limpieza, sin la crueldad atribuible a las rudezas de los autores estadounidenses.

    El segundo grupo congrega los cuentos correspondientes al crimen urbano, citadino, refinado hemos dicho. La muerte y la brújula y Emma Sunnz caben o representan ejemplos sobrados de esta clasificación. Las dos historias pertenecen al género y como tales figuran entre los mejores relatos de la narrativa de nuestra lengua en antologías de la narrativa mundial.

    La muerte y la brújula, al que muchos consideran su mejor cuento policial, fue escrito en plena guerra mundial; la trama es por entero burguesa y cosmopolita y resulta ser una pesadilla en un Buenos Aires deformado, observó uno de sus críticos (James E. Irby – Princenton University).

    En ese sentido –se impone el criterio hedonista en este punto- cada lector elige la pieza que más le atrae. Borges declara en el prólogo de Ficciones – Artificios, que acaso El sur –que refiere la muerte de Martín Fierro- es su mejor cuento de esta clase.     

    El otro ejemplo de la tendencia urbana es Emma Zunz, el cual forma parte de El Aleph (1949). Se trata de un relato cuyo argumento radica en la venganza de una joven mujer por la muerte de su padre, induciendo al culpable a una trampa fatal y en la que el narrador observa que todo ha sido verdadero: el tono de Emma, el pudor, el odio, el ultraje que padeció; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y dos o tres nombres propios, anota el autor.                       

    3

    En terreno intermedio se encuentra un relato que parece tener amplia similitud con la historia que refiere un Corrido mexicano. El argumento de La intrusa se resume en que los hermanos Cristian y Eduardo, de ascendencia noreuropea y residentes de un innombrable poblado en la provincia argentina, comparten a una mujer –sumisa y complaciente- por la que al fin ambos se apasionan: La Juliana.

    Al verse desbordados por la rivalidad y los celos con el paso de los días, sin piedad se deshacen de ella, cuando Cristian la acribilla sin miramientos.  Los dos hermanos, un corrido mexicano (de Juan Mendoza, El Tariácuri) de principios de siglo veinte, refiere una historia muy similar. 

    La trama de ambas historias es la disputa de dos hermanos por una mujer. Las diferencias entre el corrido y el relato de Borges son menores frente al hecho central. En Los dos hermanos, Juan Luis y José Manuel mueren –se matan en un duelo- por “una mala mujer”. En La intrusa, es ella la víctima, en tanto que los hermanos sobreviven.

    El fervor de Borges por esta corriente literaria no acaba allí. Lo expresa también en relatos muy imbuidos de los elementos de esa corriente, pero fuera del marco limitado del esquema policial. ¿Dónde ubicar los relatos del libro que proyectó a Borges en las librerías y en la atracción de los lectores? Me refiero a la Historia universal de la infamia, su primer libro de cuentos.

    Da la impresión de pertenecer a esa categoría de libros y relatos inclasificables, que tanto divertían al escritor. Un librito menudo, de escazas sesenta páginas, conteniendo siete relatos –si excluimos Etcétera y Hombre de la Esquina Rosada– con trama de otros autores y que él se apropió para inmortalizarlos. La influencia de Chesterton también es notable. Los títulos de los relatos poseen un eco de las historias que forman El club de los oficios curiosos. La exageración del título del libro, en uno y en otro caso, aturde al lector y abstrae la atención al momento.

    Infamia, conforme a la segunda acepción del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, significa “maldad, vileza en cualquier línea”,  

    Los relatos tienen como protagonistas a individuos patibularios. El proceder del redentor, del impostor, de la pirata, del proveedor, del asesino, del maestro de ceremonias y del tintorero transita entre la maldad y la vileza, y en el extremo de esa conducta que -por lo general- alcanza su consumación en el crimen.                

    La emoción que provoca la lectura del género policial –acotados ciertos excesos- es uno de los placeres más completos. Borges magnificó ese patrimonio universal, cuyo origen remoto podemos atribuir a Sófocles, el maestro trágico que no quería demostrar por medios intelectuales, sino mediante las emociones de la poesía. ⌈⊂⌋

             San Miguel de Allende, marzo de 2023

  • Los Chinelos: de Chevalier a la Alta Velocidad

    Los Chinelos: de Chevalier a la Alta Velocidad

    Mario Alberto Serrano Avelar

    1. Chevalier ve a los Chinelos

    Siempre me pregunto qué pensaba François Chevalier esa mañana de 1955. Qué sintió en su alma, en su ingente amor por esta tierra, cuando parado (o sentado, vaya uno a saber) en la plaza del pueblo de Tepoztlán, en el corazón del centro de México, vio aparecer a una banda de danzantes cuyas características no eran tan importantes como su misma forma de danzar.

    Chevalier, heredero nato de la escuela historiográfica de Annales, tenía ideas muy elaboradas sobre la manera de hacer y escribir la Historia, era receptivo a diversas manifestaciones culturales, buscaba y aprovechaba diversidad de fuentes; pero podemos apostar que ese día se habrá quedado de una pieza. Los danzantes giraban alrededor de un modesto kiosko con una cadencia alegre, pasos más cercanos a los brinquitos y el jolgorio que al ritmo establecido, casi litúrgico que las danzas rurales de prácticamente todo el mundo tienen.

    Chevalier llegó por primera vez a México en 1947. Lo recorrió en automóvil, mula, trenes e inclusive a pie. Para finales de año sin embargo lo hacía en una imponente Harley Davidson que acentúa su imagen de aventurero académico, algo así como un Indiana Jones de la vida real.

    El francés sin embargo, a diferencia del arqueólogo de la ficción, buscaba hacerse de una impresión global sobre las relaciones del mexicano con la tierra y no buscar las joyas perdidas de culturas ancestrales; de hecho, el motivo que lo trajo a México fue la realización de una indagación etnográfica para su tesis de doctorado, pero lo que era una suerte de tarea académica terminó convirtiéndose en una relación más profunda con el país. Prácticamente lo recorrió todo y como ha sucedido con muchos extranjeros, esa oportunidad tocó su pulpa. Fotógrafo excepcional, Chevalier fue documentando templos, edificios, personas, rostros y personalidades; como los buenos viajeros, sabía atravesar lo anecdótico para concentrarse en el aura de los objetos y personas. Su mirada registró todo en una colección fotográfica por demás, muy interesante.

    Pero esa mañana de enero, en la misma tierra del general Emiliano Zapata, al historiador se le aparecieron unos danzantes vestidos con una especie de ropón amplísimo. Por la fotografía que dejó de dicha aparición se sabe que el ropón, como ahora se pregona tanto en el mundillo cultural, pertenece a un estilo “elegante y sobrio”, categoría que se debe al color oscuro predominante que hace contrapunto en algunos detalles de plumas y aplicaciones blancas. Pero en ese entonces aún no había una teorización del traje ni las muchas veces excesivas interpretaciones personales de sus fanáticos. Rafael Gaona en esa peculiar novela que es El diablo en Tlayacapan refiere que ese intemporal pueblo antes del fin de siglo y milenio, habían las llamadas “comparsas de carquis” que se entiende, eran pretensiosas y elegantes frente a las sencillas y casi diría humildes que usaban trajes de color azul y blanco.

    Pero la ficción de Gaona es anacrónica al momento en que Chevalier se vio frente a los danzantes. Los que el francés vio usaban sombreros rarísimos de copa alta, pero no eran como las chisteras ni nada parecido a las modas europeas en lo que a sombreros se refiere. Mucho menos esos casi comales que como potencias de santos usaban los campesinos zapatistas y aún los campesinos de los años 50, sombreros de ala anchísima plana. Los que vio eran sombreros bien raros: parecían un trapecio invertido, una suerte de pirámide trunca imposible de definir, que por si fuera poco su extravagante forma, estaba rematada por unas plumas de avestruz que les daban a la distancia, un cierto aire a los empenachados morriones de las guerras de religión o a los tocados de la época prehispánica, vaya uno a saber lo que Chevalier pensó en ese justo momento.

    Por otro lado, podemos aventurar el estupor del observante, en lugar de máscaras de madera que como en otras comarcas del sur mexicano, representan a los antiguos jaguares que veneraban sus antepasados indígenas, estos danzantes tepoztecos traían una máscara de metal muy cercana al rostro humano, a la cara del blanco, del europeo. Eso era obvio pero había algo más. ¡La punta! La barba parecía un gancho, o un cuerno retorcido. No era por falta de pericia sino… ¡claro! por hacer mofa. Y sí, su barba daba risa.

    Chevalier no pretendía escribir sus impresiones de viaje. Ante todo seguía una investigación doctoral como ya se dijo más arriba; en los subsecuentes viajes que hizo, ya con el doctorado agregado al inicio de su nombre, se reunía con los grandes historiadores del medio siglo XX para lo propio y sobre todo para trabar amistad. Mexicanos tan absolutamente famosos como Silvio Zavala o don Luis González y González, y extranjeros como Paul Kirchhoff y Marcel Bataillon que en la historiografía son nombres que no necesitan explicación aparecen en sus fotografías como viejos y entrañables camaradas recorriendo algún pueblo de México, montando a caballo por el campo o trepados en la azotea de un secular monasterio agustino.

    Y es que esos añejos comités tutoriales no le impidieron hacer alrededor de seis mil fotografías de cada estación, impresión y sorpresa que le deparó su acercamiento a México. Además, para lo que aquí importa, dejó algunas anotaciones en frases secas pero notablemente precisas que luego, en los años 90, serían usadas para formar los pies de foto en un libro dedicado a su trabajo viajero y fotográfico. Las que puso para referir a los danzantes de Tepoztlán suenan (cómo no) eufónicas en medio de la oración tan parca: “Ils portent d´amples robes colorées, de grands chapeaux et des masques de vieillards à la barbe pointue. On les apelle les chinelos.”

    “Les llaman los chinelos” dice la frase final. No es seguro que haya sido el primer extranjero en ver la peculiar danza morelense, pero podemos tomarle prestada esa intención de encuadrar lo que veía y buscarle una explicación racional. Era el 20 de enero de 1955. Lo que veía, sin que a él se lo pidieran, ya era historia.

    2. Los que usan una máscara de viejos

    La postura de Chevalier sirve para mediar entre la pasión y el conocimiento que provocan los chinelos, porque después de todo, ¿quiénes son, esos danzantes que “usan una máscara de viejos en punta”? En los otros Méxicos que rodean a Tepoztlán y que envuelven a ese minúsculo estado llamado Morelos, la pregunta y sus respuestas son obvias. Pero en otras tierras no. Y no me refiero a otros países y culturas sino inclusive a los propios vecinos de estas tierras del centro de México. Porque el Chinelo, nombre de la danza y por extensión de los danzantes que la practican, es una desmesura, una hipérbole. En ese México que se conforma por el estado de Morelos y como mancha, de algunas poblaciones vecinas, todo mundo sabe qué son los chinelos, porque su mundo está hecho con la pulpa de los sueños, la pasión en pleno que convocan es tanta que verlos hoy en día parece irrealidad. La verdad es que tratar de narrar lo que son los chinelos es una desmesura. El chinelo es una totalidad y una cadena de sorpresas. Habría que definir, más allá de Chevalier, que el chinelo es a un tiempo a) la danza; b) los que la practican; c) el movimiento cultural que engloba los incisos anteriores.

    Los dos primeros incisos deben explicarse a partir de aquellas personas que están dispuestas, literalmente, a gastar su vida en esa danza que a la vez representa la mayor pasión de sus vidas. Como buena danza, siempre es un grupo, un colectivo afanoso y eufórico que recibe o se ha dado el nombre de “Comparsa”. Cada una con mejores o peores nombres que sería inútil rastrear su genealogía. La mayoría, eso sí, hacen referencia a ese idealizado pasado indígena y abundan las Comparsas Azteca, por decirlo breve. Cada una, independientemente del nombre, está ligada a un barrio de su pueblo, al ínfimo espacio que le da pertenencia a los chinelos con su gusto, sus familias y linajes. La comunidad que forman las comparsas, sin embargo, para venir a complicar lo antes dicho, está ligada a una identidad, pero luego resulta que una comparsa no es municipal ni regional, ni estatal.

    La comunidad es un inciso c que engloba todo lo anterior si hay fe y como dicen los chinelos carnavalito, es decir, el brinco alegre y apasionado de su propia danza; y si hay modo de brincar mucho tiempo, desplazarse a donde haya fiesta o carnaval no representa el mínimo esfuerzo; no huelga decir por ejemplo, que en los últimos treinta años, cada vez resulta muy común saber que una comparsa fue de viaje a Chicago, Washington a alguna ciudad de ese tamaño, a brincar un carnavalito, por supuesto.

    La comparsa que seguí en esta crónica se llama Unión Central. Pero conviene hablar de ella en presente porque enormes retos como la pandemia no lograron mermarla en absoluto. Sigo entonces, para no hacer más aclaración, sus brincos, su alegría y magia pero también sus recorridos, comenzando por uno suficientemente insólito para un grupo de pueblo. Porque la Unión Central estuvo (y ahora en esta lectura nuevamente lo hacen) en los entretelones del ABB FIA Formula E Championship. El E-Prix Ciudad de México 2020. Han pasado los años, desde luego, pero los invitaría a imaginar el momento: una combinación exótica e imposible que solo atinaría a definir en el binomio autos deportivos y tambora. Los chinelos siguen las indicaciones que unas modelos extranjeras altísimas les dan para entrar en la pletórica explanada que es el Autódromo Hermanos Rodríguez.

    La comparsa entra. En su barrio puede ser numerosísima pero aquí queda disminuida hasta lo increíble. El público sin embargo, arracimado en las gradas, explota con una serie de aplausos y gritos que a primera vista no se aprecia si es por el gusto de tener una expresión típicamente mexicana en el evento, o porque en realidad, no quieren nada folklórico en una competencia de este nivel. Las explicaciones salen sobrando desde luego. La euforia y emoción de estar ahí, en el centro de las miradas, rozando al staff que da instrucciones en un inglés corporativo y tiene un conteo más que preciso del tiempo que debe durar el espectáculo es más fuerte. La tambora truena en unos amplificadores sabiamente escondidos en el lugar y el Autódromo vuela.

    Los chinelos, extraídos de un pueblo que nadie sabe dónde está ni qué es, entran a un escenario gigantesco para hacer lo que mejor saben: brincar chinelo. Casi cien mil kilómetros de competencia y una danza alegre, llamativa y contagiosa que sin caer en el lugar común, también enciende los motores. Hace que se fundan todos los asistentes, de las gradas a los trajes, de las modelos rubias al chirriar de las llantas.

    Sí, uno siente absolutamente la emoción, aunque no nos gusten ni los automóviles deportivos ni los chinelos. Todo suena redondo y autorreferente, pero sigue sin responder.

    3. ¿Qué es el chinelo?

    Es la danza más representativa del Estado de Morelos. Hombres y mujeres usan de un traje a base de terciopelo que tiene forma de ropón o bata, porque cubre todo el cuerpo del cuello hasta los tobillos.

    El traje que utilizan los danzantes, es decir, los chinelos, es usualmente de un mismo color y tela (terciopelo) pero tiene infinidad de adornos que están cosidos al mismo. El traje sería lo de menos sin esa máscara de fierro que tanto capturó la atención de Chevalier. Rudimentaria o muy perfeccionista, la máscara se caracteriza por una barba descomunal que según la tradición, satiriza a los españoles. La historia o mito cuenta que los pobladores de Tlayacapan, un pueblo vecino del morelense Tepoztlán, para unas fiestas de carnaval a fines del siglo XIX decidieron disfrazarse de españoles y salir por las calles a hacer bulla y burlarse de los patrones. Por eso, la máscara tradicional es rosa, con espesas cejas pintadas, ojos grandes pintados de colores claros y pestañas enormes; y la larga y burlona barba que es el toque de todo el conjunto. El punto central sin embargo no es el atuendo sino las reglas en la ejecución de esta danza que precisamente consisten en que no hay reglas.

    Uno se mete a la bola de danzantes (que conviene recordar son chinelos sin más quebraderos de cabeza) y deja que el ritmo lo lleve. Se gira, se mueven los brazos, las caderas, los hombros, la cabeza. Por eso nadie dice que “se danza” sino  “se brinca”. Algún erudito local llegó a decir que “chinelo” puede ser un nahuatlismo que significaría “movimiento de caderas”. Aquí lo dejo por respeto a las tradiciones pero no metería las manos al fuego por dichas genealogías.

    Hay que verlos, pero fundamentalmente, vivirlos. Los dos pies sucesivamente: uno intermitente, el otro una quebrada de cintura. Danzas hay en todo el mundo y nuestro continente bien puede buscar un lugar de honor. Sin embargo, ¿cómo se podría describir una danza en donde los pasos dependen del danzante, su gusto, su euforia y sobre todo, su pasión?

    De manera que el chinelo es un reto para el intelecto, sus escuelas y tonterías. Diría que es llanamente la intensidad del cuerpo, pero es una confusión ontológica entre la danza, el movimiento, el danzante y sus nombres. Porque encima de todo, nada en esa danza es individual sino profundamente colectivo.

    Entonces, uno se mete a la bola, se pone a brincar y punto. ⌈⊂⌋

  • Yo estuve al servicio del Rey

    Yo estuve al servicio del Rey

    Daniela Gil Sevilla

    –Fue en 1989 cuando comencé a mendigar –respondió el indigente–, ya llevo cuatro años así, antes había sido sastre y previo a ello estuve al servicio del Rey.

    –¿Al servicio del rey? –repitió el reportero, cuyo rostro de querubín contrastaba con la socarronería de su carácter. –Sí, al servicio del Rey –expresó con satisfacción el indigente.

    –Y se puede saber de qué “rey” estamos hablando exactamente –indagó el reportero. –Pues del Rey Jorge VI, ¿de cuál otro? –explicó el indigente.

    El reportero, que llevaba un par de meses trabajando en un conocido periódico, y buscaba siempre noticias originales, replicó en tono casual, –¿me está usted diciendo que anduvo en una corte real europea y luego acabó de limosnero?

    –Indigente, señor, soy indigente –aclaró–, y yo no formé parte de ningún séquito, yo serví a Jorge VI de Reino Unido, quien era además el Soberano de Nueva Zelandia, país del cual soy originario.

    Vaya, pero esto se pone cada vez mejor –pensó el reportero–, ahora resulta que este viejo flaco ni mexicano es y, para colmo, hasta monárquico resultó. –Oiga, ¿y el perro que tiene ahí también sirvió al rey o nomás usted? –tanteó el reportero, con la intención de hacerlo desvariar.

    –No señor, aunque lo diga de broma, el perro no sirvió a ningún Rey –argumentó el indigente–, el perro es mexicano, de orgullosa raza xoloitzcuintli.

    La cara del reportero cambió de rosa a colorada, no sólo había fracasado en su intento por desmentir el relato fantástico del indigente, sino que éste le había dado un elegante touchéfrente al fotógrafo que lo acompañaba.

    –Supongamos –advirtió el reportero–, que lo que usted dice es verdad, entonces ¿cómo es que terminó en México mendigando?

    –Como le dije al principio, yo serví, cuando era apenas un chaval, al Rey Jorge VI como ayudante de su sastre de confianza. Cuando él murió en 1952 decidí continuar en esa línea de trabajo y abrí una pequeña sastrería en Londres, pero me aburría la circunferencia de los botones y la monotonía del bordado invisible de hilos.

    Ahora el reportero y el fotógrafo se mostraban entretenidos con la narración. –Para eludir el hastío inicié un nuevo pasatiempo –prosiguió el indigente–, comencé a intercambiar correspondencia con personas de otros países. Pasaron los años y, si bien mi nueva diversión alivió un poco mi ansiedad, nunca llenó del todo el vacío dejado por mi tiempo al servicio del Rey.

    El fotógrafo, que por profesión no se inmiscuía en las entrevistas, decidió animar al indigente a seguir con sus memorias.

    –Un día recibí la carta de un distinguido mexicano que buscaba con urgencia un sirviente de tiempo completo. Ello llamó mi atención, recordándome viejos y mejores tiempos, y así es como fui a parar a México.

    –¿Y luego qué pasó? –demandó el reportero, deseoso por conocer el desenlace de la saga–, no me diga que lo corrieron y terminó en la calle.

    –Por el contrario –puntualizó el indigente–, aún continúo con el mismo patrón. El reportero y el fotógrafo se miraban confusos, –disculpe –atinó a preguntar el fotógrafo–, pero no nos queda claro quién es su patrón.

    –El perro es mi patrón –afirmó categóricamente el indigente.

    La perplejidad fue pronto sustituida por la mofa. Después de una sonada risotada, el reportero recapituló, –vamos a ver si entiendo este cuento, usted es un extranjero que sirvió a un rey en Inglaterra y después se vino a México contratado por un perro para ser su criado 24 horas.

    –Sí, básicamente ese es el “cuento”, como usted lo ha bautizado –expresó el indigente, sin perder la serenidad. –¡Pero esto es inaudito! –vapuleó el reportero–, ¡habrase visto a un perro con mozo!

    El fotógrafo, que no podía ocultar su curiosidad, consultó, –¿y qué tiene de especial el perro?

    –Como perro no tiene nada de especial, su cola, orejas y hocico son los mismos que cualquier otro de su especie –describió el indigente–, lo especial no es lo que es, sino quién es.

    –¿Y quién se supone que es? –interrogó el reportero, cada vez más exasperado.

    –Pues nada menos que la reencarnación de Quetzalcóatl, el dios sabio –proclamó con solemnidad el indigente–, ¿es que acaso no perciben la luz que emana, la profundidad de su mirada, el porte de su figura?

    Nuevas carcajadas emanaron del reportero y el fotógrafo, quienes por más que lo intentaban, sólo veían a un animal sucio y sarnoso rascándose las pulgas en pleno Zócalo del Distrito Federal.

    –Y se puede saber por qué si su empleador es una deidad azteca, ustedes dos duermen en las aceras y comen desperdicios –refutó sarcásticamente el reportero–, no deberían de vivir en un palacio o, mejor aún, en una pirámide rodeados de comodidades.

    –Porque Quetzalcóatl es un dios viajero que ha errado por más de 500 años por la faz de la tierra, pero pronto estará listo para reclamar sus dominios.

    Esta historia es de lo más divertida pero no es material de publicación, un dios reencarnado en un perro, ¡de película! –murmuró el reportero al fotógrafo–. Así que decidió dar por terminada la entrevista y entregar 50 nuevos pesos al indigente, con la promesa de que los utilizaría para comer y, de sobrarle algo, para darle un baño al perro.

    Las siguientes cuadras fueron testigos de las risas del reportero y el fotógrafo. Al pasar por la calle Belisario Domínguez, el reportero sugirió la idea de comer unos chiles en nogada en la “Hostería de Santo Domingo”, era noviembre y la jocosa ocasión lo ameritaba.

    No habían acabado de ordenar sus alimentos cuando el fotógrafo exclamó, –oye, ¿te imaginas qué reportaje sería si la historia fuese cierta?, si entre nosotros anduviera Quetzalcóatl preparándose para recuperar su trono, con la ayuda de un neozelandés que de muchacho estuvo al servicio de Jorge VI.

    –Si fuera cierto, pero no lo es, son puros cuentos, alucinaciones de un ruquito que lo que tiene de güero lo tiene de ocurrente, habría que aplicarle el 33 por entrometido –señaló el reportero–; esa entrevista fue una pérdida de tiempo, y dinero, ya vamos a la mitad del día y no tenemos nada para la edición sabatina. Ni modo amigo, vamos a tener que reciclar alguna noticia.

    –¿Que tal –continuó el reportero–, si analizamos un escenario en el que México se retracta de la firma del TLCAN y anuncia que siempre no va a entrar en vigor ahora en enero? –Eso está muy grueso –opinó el fotógrafo–, además todo el mundo está escribiendo sobre el Tratado, mejor haz un artículo sobre el indigente foráneo, pero sin mencionar lo del rey o el perro.

    –Ni madres –exaltó el reportero–, ese loquito no está para textos, lo que necesita es que lo traten en un manicomio y al perro que lo pongan en adopción antes de que alguien lo haga tacos, Quetzalcóatl su abuela, ¡que me parta un rayo si ese animal es un dios!

    La mañana siguiente fue un día agitado en materia periodística, México se levantó con una noticia impactante, sin explicación científica: un comensal estaba a punto de almorzar en un tradicional establecimiento del Centro Histórico cuando, de la nada, fue fulminado por un destello.

    La noticia se enredaba todavía más, pues el afectado, quien resultó ser un reportero de reciente ingreso al Excélsior, se encontraba degustando su plato dentro del mesón, lejos de cualquier circuito eléctrico. El fotógrafo que lo acompañaba, también del mismo diario, fue testigo de los hechos y enloqueció al grado de estar internado en una clínica psiquiátrica. Se desconoce si el fotógrafo estará en condiciones de presentar su declaración ante el Ministerio Público.

    Del TLCAN ese día nadie escribió nada. ⌈⊂⌋

  • Eva y el mito de las mitades

    Eva y el mito de las mitades

    Itzayana Dorantes Martínez

    Todo libro atenta contra nuestra manera de vivir, cualquier novela o poema que valga la pena te obliga a cuestionar el mundo en el que vivimos y nuestras creencias.

    Carmen Boullosa

    Las mujeres somos seres humanos. Tan simple y evidente como podría sonar, vivimos en una civilización que se fundó con el mito de que no lo somos, y aun hoy hay infinidad de personas que tampoco se ha percatado de que lo somos. Entonces vale la pena preguntarnos, ¿qué implica ser un ser humano?

    De acuerdo con la Declaración Universal de Derechos Humanos, “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”[1] Sin ningún tipo de distinción, incluyendo por razón de sexo, “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona. Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre […] Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.”[2]

    Sin embargo, el mundo occidental tiene sus cimientos en un mito que avala que la mitad de la población surgió de una costilla de la otra mitad, lo cual no la hace un ser humano íntegro, y que esa mitad -la mujer- creada a partir del ser original -el hombre-, existe para servir a la mitad a partir de la cual fue creada. Con semejante fundamento, podrán ustedes confirmar que seguimos viviendo con grandes inequidades e injusticias para la mitad considerada como inferior.

    En este mito, además, es por causa de la mujer que la humanidad se vio expulsada del paraíso, de una vida libre del tiempo, del trabajo, del dolor y del sufrimiento. Con el nacimiento de Eva, surgen también la tragedia y la errancia del ser humano.

    ¿Qué pasaría si la historia realmente no fuera como se plasmó en la Biblia? ¿Si el Edén no fuera ese jardín idílico que se añora? ¿Si nos dijeran que Dios y su religión en realidad fueron producto del miedo y de la envidia? ¿Qué pasó realmente después de que Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso? ¿A quién se le ocurrió tal historia?

    Todas esas preguntas las responde Carmen Boullosa en El Libro de Eva, una novela de ficción literaria en la que la autora busca enfrentar al mito, mientras que expone una versión alternativa basada en la no aceptación y reinterpretación de la verdad divina que es Eva; así como del pecado que cometió al probar el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. En este libro, es Eva quien cuenta su propia versión de los hechos, el origen de lo bueno y lo malo, la explicación de cómo terminó señalada culpable y como la encarnación de todo lo malo, dañino y frágil de la humanidad.

    “Por mí existen el dolor y el placer humanos; por ser yo heredera del Caos, se confunden dolor y placer en los humanos. […] La primera de los nuestros soy yo, Eva. Todo empezó con lo que llaman “la manzana”. La hipótesis que circula sobre el barro y el soplo y Adán es falsa -aquí se sabrá su malintencionado origen-. Lo cierto es que la carne, como la hoja del árbol, el nervio, la roca y el polvo, están hechos de polvo de estrellas. Aseverar que con el barro la fuerza vital se dio a la tarea de crear humanos es incorrecto. Decir que la carne del varón fue anterior a la mía, y que a la mía se la sacaron de un costado, es un disparate. […] No tengo pasado. No nací de nadie. No tuve infancia. Soy el ser que no muere. Soy la primera. La madre de todos ustedes. A pesar del Infierno y de su envidia, yo, […] diré aquí la verdad.”[3]

    Ni toda la bondad, ni toda la maldad

    Disculparán mi atrevimiento, pero la primera duda que el Génesis me lleva a plantear es la siguiente: si Dios no quería que el hombre y la mujer comieran del mencionado Árbol, ¿por qué dejarlo a su alcance? En su omnipotencia, ¿no pudo haber buscado una forma de evitar que la humanidad tomara conciencia? Si ese árbol lo que realmente haría sería brindar conciencia a quien comiera de su fruto, lo segundo que me pregunto es, ¿qué quería realmente Yahvé de su creación? Si el mito hace evidente el miedo de que ésta tuviera una conciencia propia y acceso a conocer más del mundo que le rodeaba.

    El paraíso era entonces una especie de nebulosa en la que el hombre y la mujer existían en automático, sin sentir, sin pensar, sin saber. ¿Qué sentido puede tener una vida así? Son precisamente la razón, la conciencia, la capacidad de aprender y crear lo que nos hace seres humanos. Si el conocimiento es malo a los ojos del Creador, al haber comido del fruto prohibido, Eva nos permitió pasar de un bulto sin sentido, a ser realmente seres humanos: “Con ese bocado, Eva nos dio la cultura, a ella debemos la fundación del Hombre. Ella nos dio la conciencia de que estábamos desnudos, el deseo de vestirnos, de salir de ese paraíso, de trabajar para ganarnos el pan (o el dólar), de la tierra misma.”[4]

    A su vez, del hecho de pensar y vivir, de entrar en contacto con un mundo cambiante, peligroso pero también lleno de oportunidades, surgieron la necesidad y la curiosidad. Nacieron la cocina, el fuego, la pintura, las historias, el lenguaje, el vestido como ornato y no sólo como un medio de supervivencia; del goce de conocer “nació la Palabra. Del placer, del final del placer, del dolor, del frío, del gusto. No habría palabra humana sin manzana mordida por Eva. Antes hablaban lo que Dios, una lengua que se nos ha vuelto indescifrable.”[5]

    En esta realidad ofrecida por Eva, el fruto sagrado no sólo fue el origen de la razón y del lenguaje, también lo fue del placer. De la semilla que ella tuvo a bien guardar antes de salir del Edén, al comerla, surgió el clítoris. Y es aquí, a decir de Carmen, donde entramos al meollo del asunto, porque de esta capacidad para el placer descubierta por Eva, empieza la envidia de Adán.

    Génesis del conflicto, la dominación y la guerra

    Recordarán ustedes la teoría freudiana de la “envidia del pene” y cómo declara el motivo del carácter problemático y errático de las mujeres. Si no la habían escuchado, he aquí un extracto:

    “En su 33º conferencia titulada “La feminidad” Freud señala que la envidia del pene tiene una importancia indudable. Estrechamente relacionada con el complejo de castración, la envidia del pene tiene que ver con el deseo que aparece en la niña luego de la visión de los genitales del otro sexo de “tener también algo así”. Según Freud, ante esta diferencia con el sexo opuesto la niña se siente gravemente perjudicada y cae presa de una envidia que deja huellas imborrables en su desarrollo y en la formación de su carácter. Dentro de los caracteres femeninos fruto de la envidia del pene encontramos un sentido débil de la justicia, el predominio de rasgos narcisistas, una mayor influencia de la envidia y los celos en su vida anímica, entre otros.”[6]

    En el origen de los tiempos, los papeles estaban invertidos y es “Adán [quien] sentía envidia del clítoris. El varón vivirá siempre con eso, la no confesada, no explícita envidia del clítoris. El silencio que acompaña a esa envidia la vuelve todavía más cierta. Nuestra convivencia cambió a raíz de su resentimiento.”[7]

    A pesar de que ambos habían comido de la fruta, tenían pues las mismas oportunidades de aprovecharla, el miedo a lo desconocido y a ser expulsado del Paraíso en contra de su voluntad, impidió a Adán sacar el máximo provecho de esa nueva conciencia, de experimentar, aprender y crear igual que Eva. Ese temor lo dejó pasos atrás, hasta que la distancia fue insalvable y dio paso cada vez más a la envidia.

    De esa envidia, Adán inventa su propia historia, una en la que la primera mujer creada para él por Dios, Lilith, se creía igual a él y por no dejarse someter escapó, con lo cual se ganó su lugar en el Infierno y, en sustitución, Dios sacó de la propia costilla de Adán a su ahora mujer, Eva, a quien la astuta serpiente tentó para comer del fruto prohibido y, por su culpa, debían vivir en un mundo hostil y trabajar. Habló cada vez más de la poca cosa que eran Eva y las hijas que nacieron de ella. Se atribuyó las creaciones de Eva, como el fuego, borró de las cuevas la historia tallada por ella para dibujar la suya.

    Caín y Abel: el pecado heredado

    “A la mujer [Yahvé] le dijo: «Multiplicaré tus sufrimientos en los embarazos y darás a luz a tus hijos con dolor. Siempre te hará falta un hombre, y él te dominará.»” [8] Pero la versión que Eva nos cuenta difiere también en este punto. Caín, el primogénito, nació sin dolor, heredó la curiosidad y el amor por el aprendizaje de Eva, respetaba la tierra, aprendió a cultivarla, regaló a la humanidad la agricultura y todos sus beneficios. La maternidad enfrentó al varón al cuestionamiento del sentido de su existencia y surgió otra razón para aumentar la envidia:

    “Adán se sintió desplazado. Advertí en él temor y enojo. Ante lo que pasaba tan afuera de su dominio y escrutinio, Adán creyó que eso parecía no ser asunto suyo. ‘¿Y qué tal -se preguntaba- que ella lo está haciendo sólo con su semilla, tirando a locas mi contribución?’ El posible vástago pasaba tanto tiempo en ella -decíase Adán-, que después se alimentaría de ella, viviría apegado a ella. ¿Y él? ¿Qué y quién era él? Se supo desplazado. Se dio por vencido.”[9]

    Eva quiso remediarlo e hizo un pacto con ángeles y gigantes, para remediar el resentimiento de Adán, a partir de entonces, llegaría la menstruación para que él supiera cuándo llegaría otro hijo, y en respuesta a la semilla con la que él contribuiría para la concepción, la mujer aportaría el dolor, ahora él sería el privilegiado. De esa perversa trama nació Abel, y del resentimiento y el dolor no puede nacer nada bueno.

    Abel era hijo de Adán, creía sus historias, aprendió a cazar y a domesticar a los animales. Con esa posibilidad de dominarlos, se abrió también la capacidad de dominar a los pares, a otros seres humanos, volviendo a la especie humana en asesina en potencia. Abel veía en sus hermanas un animal más sobre el cual ejercer su poder, violó a Ara, hija de Eva; así como Adán violó a la más pequeña de las otras dos hijas. Se forjó entonces la opresión de los hombres sobre las mujeres.

    Entonces se le ocurrió a Adán que Dios requería de un sacrificio “para que perdonase los pecados de Eva. […] [determinó que] sus dos hijos varones harían una ofrenda al innombrable Él. ‘-Las mujeres no hace falta que lo hagan, ¿quién va a querer algo de ellas? Por culpa de su madre hemos caído en esta vida de dolor y pesar.”[10] Quedó claro que aquel Dios era de y para los hombres. Aceptó la ofrenda de sangre y grasa que dio Abel, rechazó la de semilla y fertilidad que le ofreció Caín. A modo de insulto, Adán y Abel llamaron “mujeril” a Caín, porque, para ellos, no había peor insulto.

    Caín no asesinó a Abel por envidia, lo asesinó por los años de daño e injurias a su madre, a sus hermanas, a él mismo por no encajar con la definición de hombre que ellos establecieron, por no sumarse a una religión que daba la espalda a las mujeres y a las criaturas de la tierra. Así lo registró Eva: “En su cólera, Caín fundó ciudades crueles que contenían el espíritu de Abel, no el de las hortalizas y frutales que él había sembrado y llevado a bien. Corría la sangre roja por los caños de la ciudad. Los habitantes sentían hambre de muerte. Así nació la guerra, de la cólera de Abel, del despojo de Caín, de las tretas de Abel, de las mentiras de Adán. No fue cosa mía.”[11]

    El culto de los patriarcas

    Trastocada la memoria de la creación, anuladas las hijas de Eva en su dignidad y en su trato, en la Biblia sólo se habló de generaciones de grandes patriarcas: Noé, Abraham, Nem-Rod, Jacob, Moisés. En el capítulo cinco del Génesis “los descendientes de Adán”, hay 32 versículos que explican el entramado genealógico de Adán, no aparece ningún nombre de mujer. La única referencia a ellas es que “Cuando los hombres empezaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios se dieron cuenta de que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas aquellas que les gustaron.”[12] Ellas no tuvieron parte activa, sólo podían dejarse escoger.

    El Libro de Eva nos deja ver cómo todos los descendientes de Adán heredaron su coraje y sentimiento de superioridad, se instauraron las historias, creencias y prácticas que minimizaron a las mujeres:

    “Adán plantaba con sus versiones absurdas la semilla, la flama, para que violentar a las féminas fuera un derecho, una necesidad, un gusto e incluso un gozo, si se tratase de asesinar más de una, anónimas, bellas, sólo por su género elegidas. Nosotras nos volvimos […] el blanco de la violencia que fundaba su ser hombres. […] [Los varones] Regresaban de la caza con un espíritu que los alejaba todavía más. Sus cacerías se habían vuelto más brutales. […] En nuestro campamento, también se hicieron más violentos, hasta que ser varón quiso decir se eso, el que lastima.”[13]

    Se les prohibió a las mujeres tocar las semillas, trabajar los cultivos, tener propiedades, ellas mismas eran la propiedad por las que los hombres peleaban entre sí. Se les quitó a los niños varones para que fueran a educarse con los hombres, a las niñas se les prohibió educarse. Se crearon los mitos de las brujas para aquellas que no querían ser sometidas, se inventaron los cinturones de castidad y la mutilación femenina. Pasaron los siglos, y las palabras de Adán ganaron la partida.

    Existir sin mutilaciones

    Carmen Boullosa lo tiene claro, aunque esta novela es un ejercicio imaginario y literario, si esta versión de los hechos hubiera sido real, si se hubiera respetado el papel de Eva y de sus descendientes en el origen del todo, tal vez viviríamos en una sociedad con menos inequidades.

    No es un libro fácil de leer; para quienes hemos tenido acercamiento al feminismo, nos llena de gozo leer que la mujer fue parte activa de la creación del mundo, con voluntad y decisión propias. Nos reafirma que no venimos de la costilla de nadie y que siempre hemos sido capaces de aprender y crear. Somos generadoras y dadoras en potencia.

    Para quien tenga un pensamiento ortodoxo e inflexible de la religión judeo-cristiana y de lo que el antiguo testamento establece, la novela será una barbarie, un insulto a las sagradas escrituras y una ofensa a lo divino y a la moral. Pero eso mismo me hace celebrar su existencia y a su autora, porque este cuestionamiento a las bases ideológicas de nuestra sociedad y cómo han perjudicado a las mujeres debe generarse si de verdad se aspira a una sociedad igualitaria.

    Esta novela de Boullosa se suma a la reinterpretación que se ha realizado y se sigue realizando desde la teología y el psicoanálisis feministas. Porque, incluso al nivel de ficción, la literatura también contribuye a través de propuestas subversivas, originales y retadoras como ésta, que exigen al lector desprenderse de los mitos y creencias que aprendió desde la infancia, cuestionarse todo lo que ha aprendido.

    El Libro de Eva es una aportación sumamente valiosa al feminismo mexicano, latinoamericano y occidental, porque “cuando recuperamos a los personajes olvidados, entre ellos a las mujeres, todos salimos ganando, porque si no lo hacemos, vivimos mutilados, sin partes de nosotros mismos.”[14] ⌈⊂⌋


    [1] Naciones Unidas, La Declaración Universal de Derechos Humanos, recuperado de: https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights

    [2] Ídem

    [3] Carmen Boullosa, El Libro de Eva, Alfaguara, México, 2021, pp. 25 y 29

    [4] Ibíd.¸p. 49

    [5] Ídem.

    [6] Sol B. Rodríguez, “Debates en torno a la envidia del pene: los aportes feministas de Juliet Mitchell y Lucie Irigaray”, Anuario de Investigaciones, Universidad de Buenos Aires, Vol. XXVII, 2020, pp. 317-324.

    [7] Carmen Boullosa, Op. Cit., pp. 134-135

    [8] S/a, “Biblia Latinoamericana”, San Pablo. Recuperado de: https://www.sanpablo.es/biblia-latinoamericana/la-biblia/antiguo-testamento/genesis

    [9] Carmen Boullosa, El Libro de Eva, Alfaguara, México, 2021, pp. 162-163

    [10] Ibíd., p. 222

    [11] Ibíd., p. 233

    [12] S/a, Op. Cit.

    [13] Carmen Boullosa, Op. Cit., p. 225 y 262-263

    [14] Carmen Boullosa, Presentación de “El Libro de Eva”, Biblioteca Campus Puebla, México, 2021, recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=5Tsadi2LLUI

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    Fuentes de consulta:

    – Boullosa, Carmen, El Libro de Eva, Alfaguara, México, 2021, 331 pp.

    – Boullosa, Carmen, Presentación de “El Libro de Eva”, Biblioteca Campus Puebla, México, 2021, recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=5Tsadi2LLUI

    – Naciones Unidas, La Declaración Universal de Derechos Humanos, recuperado de: https://www.un.org/es/about-us/universal-declaration-of-human-rights

    – Rodríguez, Sol B., “Debates en torno a la envidia del pene: los aportes feministas de Juliet Mitchell y Lucie Irigaray”, Anuario de Investigaciones, Universidad de Buenos Aires, Vol. XXVII, 2020, pp. 317-324.

    – S/A, “Biblia Latinoamericana”, San Pablo. Recuperado de: https://www.sanpablo.es/biblia-latinoamericana/la-biblia/antiguo-testamento/genesis

  • Chacona para desposar un organista

    Chacona para desposar un organista

    Samuel Máynez Champion

    En su tiempo era el artilugio musical más grande jamás inventado. Dotado de 5 manuales o teclados, 101 registros, pedaliera y de una pasmosa cantidad de tubos, el órgano de la iglesia de María[1] de Lübeck, Alemania, concitaba la ambición de todos los organistas que soñaban con el acceso a sus poderosas sonoridades. Al accionar sus teclas un diluvio sonoro inundaba las naves góticas de la iglesia amedrentando a la feligresía con las emanaciones invisibles de un Dios todopoderoso. Es pues, comprensible, que la titularidad del portento mecánico tuviera cláusulas que complicaran la obtención del puesto. ¡Era para verdaderos elegidos…

    Será útil ilustrar la potencia del magno instrumento y sus implicaciones humanas con una forma musical que estuvo en boga en los siglos XVII y XVIII y que, según fuentes del Siglo de oro español, provino de las Indias Occidentales.[2] Se trata de la chacona –también xacona, ciaccona o chaconne− cuyo origen, por derivación lingüística, podría remontarse a la ciudad de Jacona en Michoacán o a la provincia argentina del Chaco.[3] Como quiera que sea, la chacona es una danza ternaria cuyo bajo o basso ostinato, funge de tema para la elaboración de variaciones y su particularidad rítmica consiste en que su tiempo fuerte no es el primero sino el segundo del compás, particularidad que la asocia con la Zarabanda, la Pasacaglia y las Folias. Una de las chaconas más famosas que se ejecutó por vez primera en el órgano aludido fue obra del danés Dietrich Buxtehude (1637-1707), protagonista de una historia que merece ser recordada.[4] ¡Hágase la música!

    Al maestro Buxtehude le quedan pocos años de vida y ha de encargarse de la designación de su sucesor como organista titular de la Marienkirchede Lübeck. Tradicionalmente, la ocupación del cargo conlleva una ordenanza que él mismo hubo de respetar: el solicitante debe contar con las competencias musicales requeridas, pero, además, está obligado a desposar a una hija del organista en funciones. Para colmo de males, al maestro se le murieron varias y la única que le queda es insignificante. (No, debe acotarse que la insignificancia de la muchacha es, más bien, una fealdad sin atenuantes. A eso se agregan las rarezas de su carácter y alguna probable menoración física.) Se llama Ana Margarita. Hay que confiar en la providencia y en la generosa cantidad de táleros implicados en el sueldo para que el relevo se realice sin contratiempos. ¡Se abre la convocatoria!

    Primera variación. De comarcas aledañas acuden aspirantes entusiastas. Es claro que la fama de Buxtehude y la relevancia del puesto los ha alentado para prepararse con ardor. Para la audición deben dar muestras de su dominio en las formas contrapuntísticas de rigor y ser aptos en el arte de la improvisación. Se les exige también que tengan conocimientos de teología y latín, dándose por descontado que posean dotes compositivas. Uno a uno es descartado por no encontrarse a la altura de la situación. Buxtehude no puede permitirse que decaiga la excelencia musical que ha consolidado durante más de tres décadas como titular del órgano.

    Segunda variación. Provenientes de la vecina ciudad de Hamburgo llegan dos jóvenes con credenciales en regla. Ambos trabajan en la ópera, pero no tienen inconveniente en dedicarse a la música sacra. Uno de ellos posee una hermosa voz de tenor y acaba de presentar un dramma per musica de su autoría en el teatro hamburgués, reconocido como el primer recinto operístico de los reinos germanos. Se llama Johann Mattheson (1681-1764) y también es espadachín consumado. El otro se emplea como violinista en la orquesta de la ópera, pero sabe tocar el clavecín, la flauta y, por supuesto, el órgano. Su nombre es Gëorg Friedrich Händel (1685-1759) y, al parecer, mostró sus inclinaciones musicales desde muy niño. Para Buxtehude no hay duda de que cualquiera de los dos podría ser un digno heredero y sugiere que el puesto le sea adjudicado a quien Ana Margarita elija como marido. Al momento de las presentaciones con la damisela los jóvenes quedan estupefactos. Su huída de Lübeck se aduce a la necesidad de meditar sobre el futuro.[5]

    Tercera variación. Sin que Buxtehude se haya percatado, un muchacho veinteañero lleva tres meses acudiendo a cada uno de sus servicios para escucharlo tocar. Es un pobretón que hizo el viaje a pie desde Arnstadt, donde lo retiene un puesto miserable. Los 300 kilómetros recorridos dan fe de sus ganas de superarse. Se llama Johann Sebastian Bach (1685-1750) y no se siente aún capaz de proponerse como sucesor del gran maestro. Empero, al cabo de la fructífera estadía decide someter a consideración su candidatura para el cargo. Su destreza para construir fugas y la apacibilidad de su carácter lo convierten en yerno ideal y, naturalmente, en perfecto orgelmeister. El encuentro entre el músico y Ana Margarita es cordial, aunque no exento de incomodidades. Bach escapa del lugar diciendo que es aún demasiado inexperto para echarse a cuestas un matrimonio de tales características. (En su regreso a Arnstadt en ese 1705 casa de inmediato con una de sus primas)

    Cuarta variación. La muerte se cierne sobre el improbable suegro y ya no es posible concebir esperanzas para la malhadada muchacha que ha superado los treinta años. Buxtehude se convence de que el idealismo en los músicos es una cualidad en vías de extinción, resignándose a lo que Dios decida. No sabe qué le duele más; si dejar a su hija en el desamparo o desconocer al privilegiado que pondrá las manos sobre su amado instrumento… La aparición de un temerario llamado Johann Christian Schieferdecker (1679-1732) le da un giro a las predicciones. Del temerario se ignora todo, excepto que se queda con el puesto y que su música tiene un destino atroz.[6]

    Variaciones ad infinitum. (A) El arribo de Schieferdecker rompe la tradición de los esponsales forzados pues se rehúsa a casarse con la repudiada aunque no se desentiende de su manutención… (B) La llegada de Schieferdecker es un bálsamo en la agonía del viejo organista, ya que está dispuesto a unirse a la desdichada solterona pero cobrándose el favor a un costo inhumano… (C) La presencia del nuevo organista trae más sinsabores al realizar un matrimonio sin consumación que orilla a la infeliz a un acto de crueldad meditada: hace una pira con las partituras del maldito impostor… (D)… ⌈⊂⌋


    [1] El órgano actual fue reconstruido en 1947, cinco años después del bombardeo aliado que arrasó con la iglesia. Entre sus constructores destaca Jakob Scherer, quien le hizo aportaciones entre 1549 y 1558.

    [2] En su Genealogía de los bailes Quevedo habla de una “chacona mulata” y en El amante agradecido Lope de Vega escribe: esta vieja es la chacona/de las Indias a Sevilla/ ha venido por la posta” Así mismo, Cervantes cita en su Ilustre fregona “Que el baile de chacona/ encierra la vida bona/ Esta indiana amulatada/ de quien la fama pregona…”  Sin embargo, la primera mención sobre el origen indiano de la misma corresponde a Simón Aguado, quien lo consigna en 1599 en su entremés Del platillo.

    [3] También existe una localidad homónima en Colombia y una ciudad en Perú cuyo topónimo Jauja derivó del poema anónimo “La isla de Chacona”, donde “todo era pasatiempo/salud, contento y regalos…”

    [4] Se sugiere la audición de la chacona en mi menor BuxWV 160 aquí referenciada.

    [5] La fugaz estadía de Mattheson y Händel ocurrió en 1703. Del último se recomienda la escucha de su Chaconne en sol mayor HWV 435.

    [6] Sobrevivieron nada más unos cuantos conciertos. Se sugiere la audición de la Chaconneque concluye el primer ejemplar de sus Concerts musicaux del 1713.

  • Tiempos Dificiles (a la manera de Dickens) *

    Tiempos Dificiles (a la manera de Dickens) *

    Pedro González Olvera

    A Modesto Seara Vázquez. In memoriam

    La situación actual en el mundo es extremadamente compleja. La vida internacional y, en consecuencia, la de cada país está inmersa en una crisis profunda, de dimensiones nunca vistas. Estamos en una “crisis sistémica”, retomando un concepto acuñado por Modesto Seara Vásquez, internacionalista recientemente fallecido y uno de los más distinguidos estudiosos de los asuntos mundiales. Si se prefiere, vivimos tiempos difíciles, parafraseando la novela de Charles Dickens.

    Tal vez esta apreciación parezca exagerada, pues ya antes el género humano ha pasado por otras crisis que en su momento fueron consideradas apocalípticas. A fin de cuentas, por ejemplo, quienes atestiguaron el diluvio bíblico y vivieron para contarlo deben haberlo visto como una crisis colosal. Entre paréntesis, me atrevo a decir que eran otros tiempos, más sencillos, pues quien creó esta crisis fue el mismo que la resolvió y en tan sólo 40 días.

    Así que la historia está llena de crisis de todo tipo, pero nunca de las dimensiones de la actual. Para justificar mi juicio (apoyado por supuesto en diversos autores que tratan el tema) acerca de que esta es una crisis sistémica enumero algunos de los elementos que, conjuntados en su diseño, permiten hablar de lo novedoso, en un sentido negativo, que tiene dicha crisis. En primer término la grave afectación al medio ambiente planetario -con el consabido cambio climático- muy mencionada pero atendida con poca seriedad por quien más lo provocan.

    Día con día los daños al medio ambiente se muestran sin descanso por medio de sus innegables efectos: grandes sequías y temperaturas altísimas en países que no las habían experimentado en su historia; huracanes y tifones de efectos desastrosos para las naciones que los sufren con enormes pérdidas en vidas humanas y económicas; el deshielo de los polos y el peligroso aumento en los niveles del mar, a la par de amplias zonas terrestres a las que se les predice su inviabilidad por falta de agua potable; la contaminación atmosférica en niveles irrespirables en tanto se prevé el uso de los combustibles fósiles por muchos años todavía. Todas estas manifestaciones de afectación al medio ambiente se encaminan a escenarios de destrucción de nuestro hábitat que quizá sean irreversibles.

    Por si esto fuera poco, también enfrentamos una pandemia que descolocó a la humanidad entera y que causó y sigue causando millones de enfermos e innumerables pérdidas de vidas, al mismo tiempo que perniciosas consecuencias en los ámbitos social, educativo, político y económico.

    Sumemos a ella la permanente presencia de la guerra como método para resolver las diferencias, la reaparición de la amenaza del uso de las armas nucleares y el despojo territorial basado en el uso de la fuerza y disfrazado de una legalidad a todas luces falsa; violaciones al derecho internacional, a los derechos humanos, y a lo establecido en varios de los artículos de la Carta de las Naciones Unidas, la seguridad como tema central de  las agendas nacionales y, por si no bastara, la descalificación del multilateralismo y de los organismos internacionales, como si fueran éstos y no sus integrantes los culpables de las crisis. Todo esto ha estado presente en la actuación de una sola potencia, aunque otras no tienen responsabilidad pues en este inventario tenemos a la geopolítica como eje de la relaciones entre los Estados.

    Así se demuestra en la lucha por mantener o construir nuevas hegemonías, militares, tecnológicas y políticas; la prevalencia del interés nacional por encima del interés colectivo; la persistencia del nacionalismo, combinado con populismo; la multiplicación de gobiernos autoritarios; la fragmentación mundial en sentido opuesto a la globalización; los riesgos que implica el uso delictivo de las modernas tecnologías (al parecer no hay archivo que se salve de los hackers) y la incertidumbre que pesa sobre nosotros con la utilización de la inteligencia artificial.

    El aumento de la fragilidad y los conflictos en el mundo entero profundiza la escasez  alimentaria, la cual junto con ambientes de violencia e inseguridad, han obligado a millones de personas a abandonar sus hogares, provocando grandes migraciones en distintas latitudes. Al respecto, basta contrastar la falta de alimentos con el gasto militar mundial, que no dejó de aumentar incluso durante la pandemia, alcanzando cotas inéditas hasta ahora.

    En lo económico advertimos la reaparición de un mal que afecta particularmente a los que menos tienen y que las jóvenes generaciones apenas están descubriendo: la inflación y la amenaza de una recesión generalizada y más turbulencias económicas, comerciales y monetarias. Las nubes negras se han acentuado con la reciente quiebra de dos de bancos en Estados Unidos y las dificultades de Credit Suisse Group, que ha creado nerviosismo, por llamarlo de alguna manera, en los mercados financieros internacionales y  ha abierto la posibilidad de una crisis correlativa (dentro de la crisis mayor).

    Y algo que lejos de disminuir parece aumentar constantemente: la rampante desigualdad económica y social, con lo que la brecha entre países desarrollados y países subdesarrollados se mantiene, y se amplía en ciertos casos, además de que cada país afronta sus propias disyuntivas sobre este tema interiormente.

    No podemos pasar por alto que la verdad alternativa, la posverdad y las fake news campean con credenciales de impunidad en los más altos círculos políticos y son empleadas para manipular a las masas. De este modo, las utopías se han ido dejando su lugar a las distopías.

    Se podrían referir más expresiones de la crisis, pero con las mencionadas es suficiente para dar una idea muy aproximada de la complicada etapa que afrontan las relaciones internacionales contemporáneas.

    ¿Corresponde este estado de cosas a un Nuevo Orden internacional? Depende, si usamos la expresión como un concepto acostumbrado en definiciones académicas de cómo se encuentra el mundo en un determinado momento histórico, entonces es válido usarlo. Sin embargo, en realidad cuando hablamos del presente, de cómo en la actualidad se interconectan y se imbrican los elementos y las situaciones mencionadas entonces ciertamente nos referimos a un desorden internacional.

    Con la aclaración de esta perspectiva, qué como todas está a discusión y puede que mañana sea ya obsoleta, ese nuevo orden o desorden internacional está desembocando en cambios drásticos en la correlación de fuerzas internacionales, en un reacomodo de las hegemonías y, en el corto plazo, en un posible nuevo bipolarismo en lo más alto de la escala del poder mundial con características más económicas que militares, sin menospreciar este elemento, con un segundo piso multipolar a partir específicamente de la posesión de las consabidas armas nucleares y, señaladamente, en graves peligros para la humanidad. Sería una especie de “bipolarismo de baja intensidad”, con el enfrentamiento sobre todo en las arenas de la economía y la tecnología entre Estados Unidos y China, con otras potencias haciendo lo suyo, como Rusia, para hacerle ver al mundo que se encuentra en una posición desde la cual hará valer sus intereses propios. Lo que no significa necesariamente que estemos en una nueva “guerra fría” a semejanza de la que fuimos testigos entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

    Pero, al mismo tiempo, imaginemos un escenario pesimista en el que una potencia que posee armamento nuclear, cuyos gobernantes amenazan con usarlo y, peor, lo hacen, para ganar una guerra y como un medio para advertir a otras potencias que no pueden intervenir en los asuntos que considera de su exclusivo ámbito o de su zona de influencia. Aún si sólo usaran lo que ahora los expertos denominan armas nucleares estratégicas, sería muy complicado evitar que no hubiera una reacción en cadena y el planeta tierra se viera dominado primero por la destrucción de ciudades enteras, seguido de un invierno nuclear del que muy pocos saldrían librados y los que lo hicieran, si persistieran en su loca manía de continuar con las guerras, lo harían, como advirtió alguna vez Gabriel García Márquez, con piedras y palos.

    O pensemos en algo con un potencial tan destructivo como las armas nucleares; me refiero a la afectación del medio ambiente al que quienes más aportan a su daño, parece importarles poco, más allá de los discursos y de su asistencia a las reuniones organizadas para su mitigación. ¿En qué condiciones podrá sobrevivir la humanidad? Sin aire puro, sin agua potable, con una extendida desertificación, sin recursos naturales, sin alimentos y sin futuro para ser preciso.

    Los dos escenarios son catastróficos, sin embargo nada imposibles de que sucedan si la situación sigue por estos senderos de poca reflexión de los líderes del mundo, y los menciono en plural porque si a algunos no les importa demasiado la destrucción del medio ambiente con tal de conseguir que sus economías crezcan, a otros no les preocupa esgrimir las armas nucleares como el mejor argumento en su objetivo de justificar los intereses nacionales o que sus pueblos pasen hambre con tal de alardear de que poseen armas de destrucción masiva y a otros más, no les interesa crear enemistades económicas con el afán de mantener su hegemonía o de conseguir un lugar entre los grandes poderes del mundo.

    Lo dicho hasta aquí parece pintar un panorama sin esperanza alguna. Sin embargo, si intentamos pensar positivamente puede ser que vislumbremos una rendija en donde encontremos alguna solución, aunque sea parcial.

    Si la pandemia fue un recordatorio de la fragilidad humana, el desarrollo de vacunas en un tiempo record nunca antes visto permite vislumbrar otro escenario; uno en el que la ciencia sea instrumento esencial para crear otras vacunas y encontrar con prontitud   la cura para enfermedades como el cáncer, la diabetes o el VIH SIDA; pensemos en un escenario en el que la cooperación sustituye a la confrontación y se toman medidas para mitigar el daño ambiental; pensemos en la llamada “diplomacia de las vacunas”, que aún con sus limitaciones e intereses creados, puede llegar a representar lo mejor de la solidaridad internacional y lo hará aún más cuando esa diplomacia alcance a los pueblos más pobres del mundo.

    Pensemos en lo que puede aportar la inteligencia artificial aplicada al bienestar humano. Aún no sabemos hasta donde va a llegar el desarrollo de la IA ni de sus posibles aplicaciones, pero es innegable su potencial como un auxiliar de la ciencia para fines en beneficio de la humanidad

    Pensemos, finalmente, en iniciativas como los 17 Objetivos para el Desarrollo Sostenible, hoy con severos atrasos por los efectos de la pandemia principalmente, pero que significan una posibilidad real para que esos mismos pueblos atrasados cuenten con las condiciones mínimas para los niños y niñas dejen de morir por enfermedades que en otras latitudes se curan con cierta facilidad, con más niñas y niños en las escuelas, con mujeres que no sean padres y madres al mismo tiempo, con igualdad de derechos para ellas, con menos hambre, pobreza y desigualdad, en fin con mejores expectativas para la vida. Si la ONU persiste en su empeño de sacarlos adelante y si se cuenta con el apoyo de todos sus integrantes, no sólo los países ricos, sino los ricos por igual, podemos mantener viva la esperanza de alcanzar un desarrollo sostenible.

    No será fácil. El mundo nunca lo ha sido. Pero trabajar en posibles soluciones a los innumerables problemas y en tratar de hacerlas realidad es indispensable. El profesor Seara Vázquez en su último trabajo publicado advertía que después de la pandemia, las conductas de los pueblos y de sus líderes volverían a ser la misma de autodestrucción y destrucción de su hábitat. Esperemos que estas voces, no catastrofistas, sino realistas sean escuchadas por el bien de la humanidad. ⌈⊂⌋


    * Fragmento, con adiciones, del discurso pronunciado en la ceremonia de inauguración del XXXV Congreso de la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales, celebrado del 13 al 15 de octubre de 2022, en Huatulco, Oaxaca, en la sede de la Universidad del Mar.

  • Rowena

    Rowena

    Daniela Gil Sevilla

    Su voz se tornó más suave; más profunda, pero yo no quería demorarme en el extraño significado de las palabras pronunciadas con calma. Mi mente vacilaba al escuchar fascinada una melodía sobrehumana, conjeturas y aspiraciones que la humanidad no había conocido hasta entonces.

    “Ligeia”, fragmento. Edgar Allan Poe.

    Ahora que sabe que es ella, todo pasa más deprisa.

    Por un ciclo completo de luna, Lady Rowena Trevanion de Tremaine ha escuchado impotente como por las noches las aguas del Rin inundan la cámara nupcial donde se encuentra. La habitación, ubicada en una alta torrecilla de la abadía fortificada, ha sido un obsequio de su nuevo marido, aunque ahora se pregunta si realmente el regalo era para ella o si se trata tan sólo de un faro para atraer a ese mar que en la oscuridad la visita.

    Y si las noches son sometidas por el terror, la indiferencia en cambio domina los días, sofocados por una nube alcaloide proveniente del hombre hosco y excéntrico que ha desposado, heredero a su vez de la opulencia de una muerta.  

    Rowena está consciente de que en su matrimonio no hay amor sino riqueza, y es a esa fortuna a la que se aferra como a una balsa capaz de soportar la humedad y el desasosiego. Si tan sólo la balsa la logra llevar a puerto seguro antes de que a él, el capullo de la adormidera lo encierre entre sus pétalos, entonces todo será suyo. Iustae Nuptiae se recuerda.

    La luz bermeja del atardecer se filtra plomiza por la ventana de cristal de Venecia, envejeciendo los cabellos rubios de Rowena, y le recuerda que la oscuridad está por tocar la puerta. Sus ojos, de un azul intenso, buscan desesperados cualquier haz, cualquier fosforescencia que pudiese sobrevivir esa frontera opaca y espantar con su luminiscencia a las serpientes que despiertan en el incensario sarraceno que cuelga del techo semigótico. Pero nada ahuyenta a los reptiles que se contorsionan avispados anunciando la noche.

    Ayer, el inicio del segundo ciclo de luna sorprendió a Rowena, quien se deleitaba con recuerdos de una infancia feliz y de una juventud protegida, en una casa grande de una recóndita región de Inglaterra. Selene tocó entonces su vientre y sus padres le anunciaron que la alcurnia era todo lo que quedaba y que tendría que casarse con el viudo obsesionado con el opio y con otra… un movimiento en el río de alfombras la despabila y, horrorizada, observa a una sombra que moja los tapetes que cubren la pared. Si no fuera por el efecto fantasmagórico del viento sobre el cortinaje, Rowena podría jurar haber visto unos ojos negros asomarse entre las aguas, seguidos de una fémina de cabellos de alas de cuervo y figura de quimera.

    Y lo que en un principio apenas se trató de un leve sonido, de una insinuación de ajetreo, de un aleteo de polillas alrededor del sarcófago de granito, se convirtió en una intensa fiebre que consume a Rowena.

    En vano intentó decirle a su marido lo que acontece cada anochecer en el lecho de ébano, pues los sueños de morfina de su desposado le impiden entender que, en la acuosidad de la penumbra, se avizoran cantos de nereidas.

    Es septiembre ahora. La noche anterior, la ondina susurró al oído de Rowena, mientras su marido acudía por el frasco de vino ligero, lo tendrás todo, el dinero, la riqueza, pero no serás tú y no será por matrimonio. Entre sudores y convulsiones, Rowena advirtió, sin decirlo, que, de la nada, cuatro gotas rubíes cayeron en su copa de vino, al tiempo que en la brisa resonaba Ius Sanguinis.

    Pronto habrá luna llena y las mareas vendrán a la alcoba. Rowena reconoce que su final se acerca, pero también sabe por fin quién es la silueta. Así, debajo del baldaquino, en su lecho de muerte, espera con aquiescencia el beso mortal de los rizos morenos y, cuando suceda, todo será suyo y todo será de ella, porque ambas serán una, misma sangre, mismo derecho, serán mujer y serán sirena. ⌈⊂⌋

    – FIN –

  • Pasamanos de Letras

    Pasamanos de Letras

    Miguel Angel Echegaray

    Andamos en septiembre

    En octubre de 1980, con un precio de 30 pesos, apareció el número 47 de la revista Vuelta. En sus páginas interiores el mensuario mostraba el respaldo económico de sus anunciantes: Radio Educación y Aeroméxico. La línea aérea nacional. El Fondo de Cultura Económica promocionaba las novedades editoriales de la colección Tezontle: poesía de Manuel Altolaguirre, Carlos Pellicer, Luis Cardoza y Aragón y Luis Cernuda. Tres novelas del hoy obviado Miguel Ángel Asturias, además del teatro de Maruxa Villalta, así como varios textos de José Gaos y un volumen entrañable: Pasado en claro de José Moreno Villa. Varios títulos más para los hoy bibliófilos y para necesarias posibles lecturas. También se proponía una Iconografía de Zapata, igual para su actual relectura y ponderación por aquello del uso de las imágenes y el regusto que causan en nuestro medio.

    José Luis Martínez consideraba que en gran medida la historia de la literatura mexicana reposaba en las revistas literarias. Mucha razón lo asistía. Son invaluables sus reediciones en esa misma casa editorial. Habría que sumar a su juicio pespuntes de la edición y comercio del libro. Junto con otros anuncios: la cuarta de forros por entero estaba dedicada a Petróleos Mexicanos y un mensaje persuasivo hoy todavía neciamente vigente (acompañada de la foto parcial de una refinería): “Nuestras fuentes de energía son la palanca para el desarrollo de un México mejor”. La Editorial Joaquín Mortiz anunciaba otras novedades: Andamos huyendo Lola de Elena Garro, La mudanza de Vicente Leñero y La Costa de Jorge López Páez, entre otros más.

    Dejo para otra ocasión comentar en específico algunas colaboraciones de esa entrega como la entrevista a Reinaldo Arenas y su salida de Cuba, especialmente su trato con Emmanuel Carballo, editor y periodista literario no menos rijoso.

    Habría que volver a tener en las manos esas revistas que parecieran haber perdido vigencia por la corta periodicidad de sus calendarios de aparición. Las sorpresas no son menores.

    Si bien fue un lector voraz de la literatura mexicana del del siglo XIX, director de México en la Cultura de la revista Siempre, Carlos Monsiváis no se asumía como un especialista en el tema. Pero si uno lee algunos de sus textos y referencias, amén de paráfrasis, no se conservan dudas de su discreta afición. Pienso en Los Mexicanos pintados por sí mismos. Tipos y costumbres nacionales, publicado en 1855. Desfilan por sus páginas escritas por distintos escritores una cauda de personajes sujetos a caracterización: el Aguador, la Chiera, el Pulquero, el Barbero, el Cochero, el Cómico de la Legua, la Costurera, el Cajero, el Evangelista, el Sereno, el Alacenero, la Recamarera, el Músico de Cuerda, el Poetastro, el Vendutero y otros más. Se les atribuyó entonces la condición de insignias de la sociedad mexicana y que debía ser conocido dentro y fuera del país. El libro seguía las pautas de ediciones extranjeras que así se denominaban: los franceses pintados por sí mismos o la publicación de los retratos de españoles revelados como novísimas caracterizaciones sociales. La empresa mexicana parece inspirada en gran medida por la hispana. Se trataba, al parecer, de mostrar más caracteres que ensayar figuras sociológicas. Curioso que a esa convocatoria de distintos escritores se consideraba imprescindible acompañarla además de dibujos y viñetas de ilustradores que hicieran más verosímil el contenido literario.

    En Amor perdido (1977), Carlos Monsiváis parece apostar por un género similar. Aunque se asegura que solamente fue la reunión de textos sueltos que aparecieron en revistas y suplementos culturales, pero puede leerse además como la entronización de los estereotipos del México moderno, sin decir que se ha exhumado la ostentación bibliográfica decimonónica: ahí está el ranchero cantante inamovible, la hembra brava que acicatea la libido popular ahora abiertamente masiva, el animador de televisión que se convierte en guía del talento artístico y éxito nativo,…y muchos otros personajes más. Importa pensar cuáles son los estereotipos de la mexicanidad hoy y quién los ha delineado. No se agota aquí el tema, pues. ⌈⊂⌋

  • José Emilio Pacheco: un recuento conciso

    José Emilio Pacheco: un recuento conciso

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    En Babel balbuceo mi lengua bárbara.

    Les suena a los asirios como un ladrido,

    Blablablá de burbujas en el pantano.

    José Emilio Pacheco (En Babel)

    Toda traducción implica convertir, mudar o trocar lo que está escrito y expresarlo en otra lengua. Es un ejercicio practicado desde tiempos inmemoriales, como lo atestigua la piedra de Rosetta, que ensalzaba la figura de Ptolomeo V y estaba redactada en jeroglíficos egipcios, escritura demótica y griego. O en otras latitudes, con la transcripción de La Odisea del griego al latín que realizó Livio Andrónico. O, siglos más tarde, con la traducción a diversas lenguas del Antiguo Testamento y de la Biblia. En el caso del idioma árabe, durante varios siglos Bagdad y Toledo fueron acervos vivientes desde donde bulleron traducciones sobre todos los ámbitos del conocimiento humano.

    Lo cierto es que el paso del tiempo confirmó que la traslación de significados y frases de una lengua a otra es una herramienta efectiva hacia cualquier universo creativo. Por ello los ejecutores de este oficio son portadores de saberes que nos han permitido trascender esas “provincias lindantes con el silencio que habitaríamos”, que alguna vez refirió George Steiner.

    En la literatura, este ejercicio comprende todos los géneros y autores, es quizás el ámbito con mayor margen a la invención de nuevos significados, aspecto muchas veces escatimado a quienes lo practican. De aquí la importancia de reconocer el programa de traducción y edición de Poetas Cervantes en árabe (POCENAR) que desarrolla el Instituto Cervantes a través de sus sedes en los países árabe parlantes.

    Es un programa que inició en 2016 y desde entonces a la fecha se ha dedicado a traducir al árabe a los poetas reconocidos con el Premio Cervantes, otorgando visibilidad a la labor de los jóvenes traductores y fomentando el diálogo intercultural. Los poetas traducidos en el marco de este programa incluyen a Gonzalo Rojas, José Hierro, María Zambrano e Ida Vítale.

    La quinta edición del POCENAR la desarrolló el Instituto Cervantes de Beirut, Líbano, y se trata de una selección de poemas de José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014) titulado En resumidas cuentas.

    Este volumen bilingüe cuenta con la colaboración de las embajadas de España y México en el Líbano. Los traductores seleccionados -Ali Abdel Latif, Hiba El Hassanieh y Asmaa Gamal Abdel Nasser- realizaron parte de su trabajo en talleres literarios y fueron asesorados por expertos en literatura y traducción. La introducción a esta compilación poética la realizó Álvaro Ruiz Rodilla, poeta, editor, traductor, y experto en la obra de José Emilio Pacheco.

    En resumidas cuentas incluye 36 creaciones divididas en 4 secciones. Se trata, en voz de Ruíz Rodilla, de “un caudal de versos plenos de nitidez y concisión expresiva”, que lo mismo comprende trabajos de los inicios de Pacheco en los años sesenta del siglo veinte, que aquellos escritos antes de su muerte en 2014. Es, sin duda, un muestrario que exhibe de forma sucinta el perfil creativo de uno de los vates más representativos de México en el exterior.

    De manera resumida, no por ello menos disfrutable, el lector disfruta a Pacheco transitando entre la oscuridad y el pesimismo de nuestra realidad, entre naturaleza y fauna, tanto inhóspita como en riesgo de extinción, o entre situaciones cotidianas plenas de causticidad y sentido del humor.

    Para quienes ya hemos transitado sus senderos creativos, confirmamos su forja integral, lo mismo como reseñista que como reportero cultural, como erudito de estilos y expresiones poéticas, y como traductor. Confirmamos el mayor acierto de su poesía: la vastedad de temas y formas, que lo reivindican como un maestro de orfebrería que posee, además de una memoria enciclopédica, gran nitidez y concisión expresiva.

    Un detalle singular de En resumidas cuentas es la inclusión de obras que refieren el acercamiento del poeta mexicano a otras culturas y lenguas, con lo cual se reivindica la esencia del programa de traducción que desarrolla el Instituto Cervantes: aproximar dos lenguas conjugando el trabajo creativo de los poetas cervantinos galardonados con la recreación que de ellos hacen los traductores.  Con ello se logra cabalmente lo que Radilla refiere en la introducción de este libro como la mayor aspiración del artista, “que el arte se vuelva anónimo y colectivo y circule libremente por los pueblos y los mares, sin la interferencia ególatra del autor y su cortejo de flashes (hoy selfis)”.

    Enhorabuena al Instituto Cervantes por desarrollar el POCENAR, programa que enaltece y apróxima el Español y el Árabe, una lengua que ocupa el quinto lugar mundial por su cantidad de hablantes y que, desde 2012, cada 18 de diciembre celebra su día mundial, reconociéndole así su contribución a la cultura del orbe. ⌈⊂⌋

  • La historia del pomo

    La historia del pomo

    Felipe Sánchez Reyes

    Para Gaby y Conchis

    -¿Y tú, porqué ahora compras esa botella de ron boricua, si no tomas vino?

    -Tienes toda la razón. Pero desde que tuve ese sueño, se me ocurrió comprarlo. ¿Qué te parece, Cholito? ¿Quieres saber la historia que encierra este “pomo”, que jamás regresará al mar por las olas que lo tornarán a su lugar de origen? Le contesté esa tarde en la vinatería, El puerto de Cáceres, una vez que pagué el importe.

    Salimos a la calle de Mesones, atravesamos Isabel la Católica, llegamos a la calle de Regina y nos instalamos en las sillas del café, a degustar nuestra taza de café, como todos los miércoles. Mientras, el Gallito, el mesero, limpiaba la mesa y anotaba en su comanda: dos vasos de agua, dos cafés chicos, un churro y una rebanada de zanahoria.

    Instalados en nuestras sillas, le pregunté, -¿De verdad, te interesa saber el origen de este ron, elixir de oro, reservado durante ocho años en las barricas de Puerto Rico? ¡Va!, pero donde no me entiendas, me preguntas, ¿de acuerdo?

    La madrugada del sábado pasado tuve este sueño. Subíamos la pendiente de un cerro alto, árido, cuatro personas cansadas por la cuesta pedregosa: dos hombres y dos mujeres. Adelante de nosotros iba mi Tío Mayito que falleció hace tres años en la ciudad costera. En diciembre del siguiente año trajimos su urna a Toluca y arrojamos sus cenizas en la cima del Nevado de Toluca.

    Enseguida iba yo, distante de él unos cinco metros, sin comprender la razón de seguirlo ni de llegar a la punta del cerro. Luego mi amiga Angie, otros metros detrás de mí, y su prima Taylor, agotada por la subida, más distante de nosotros. Cuando lo alcancé en la cima, él sacó la urna de barro que yo ignoraba que llevaba entre sus brazos. Le quitó la tapa y esparció las cenizas al aire en un despeñadero. Sólo vi cómo volaban unas cenizas y otras caían por el precipicio, como si un alma se desplomara desde lo alto y cayera hasta el fondo, sin desplegar sus alas.

    Luego desperté y me levanté. Barrí y trapeé mi departamento, almorcé y me bañé. Me fui al tianguis de Sullivan, saludé a un amigo vendedor, le pregunté por su compañero comerciante, el Ahumada. -¡Ni me preguntes por él! El muy cabrón se fue sin darme las gracias por compartirle mi puesto. Cuando lo encontré en el tianguis de la Lagunilla, me dijo que ya no “chupaba”, que porque su mamá murió, le dejó una casa en el Bordo de Xochiaca, allá por Neza, y se hizo la promesa de ya no tomar vino. Le contesté, “¡No mames! para qué dejas de chupar ahora, eso debiste hacerlo antes, ¿o no, mi cuate?, me comentó”.  Me despedí de él y regresé a casa, pues la muerte de la mamá de mi amigo me recordó mi sueño y me pregunté, “¿por qué yo? ¿si yo no conviví tanto con él, ni tenía velo en ese entierro?

    Te preguntarás, Cholito, ¿cómo conocí al Tío Mayito?, porque nunca te había hablado de él. La verdad, él no era mi Tío consanguíneo, sino de mi amiga, pero lo adopté como mi Tío por su cariño y afecto, honestidad y rectitud. Lo conocimos en una fiesta que organizó en su casa de Iztapalapa, a la que acudimos mi mujer y yo, invitados por mi amiga Angie, su sobrina real.

    Años más tarde, el tío invitó a mi amiga -la segunda de la subida al cerro- a visitarlo en su casa del puerto. Nos fuimos para allá, ella, mi mujer y yo, llegamos y nos recibió cordialmente: “ésta es la recámara para los tres. ¡Ah!, olvidaba, hija, éstas son las llaves de mi carro para que lo usen mientras estén aquí con nosotros”. Con su carro visitamos las zonas arqueológicas, pueblitos y playas de esa zona; pero un día regresó a casa, manchado de aceite, porque se le descompuso su camioneta. Vino por dinero y por el mecánico para repararla. Mi amiga y yo quisimos ayudarle e intentamos acompañarlo, pero él nos detuvo con firmeza: “¿Son mecánicos?” “-No”, le contestamos. “-¡Entonces quédense, porque no me la van a reparar!”. Ante su respuesta, nos quedamos viendo como tontos, pues era claro que no necesitaba nuestra ayuda.

    Cuando él falleció, en pleno Día de Muertos, la familia le habló a mi amiga y nos fuimos otra vez los tres al puerto en avión. Sólo que esta vez lo visitamos en la funeraria, lo acompañamos a la sala crematoria, donde le quitaron su ropa y zapatos, lo incineraron y esperamos a que nos entregaran las cenizas del Tío. Mientras las esperábamos, su único hijo salió sin ser visto, se llevó el coche y la tarjeta de crédito, compró muebles a nombre del tío que llevaron a la casa del hijo. Después nos enteramos, porque acudieron los agentes del Palacio de Hierro a cobrar la deuda a casa del Tío. Abrió la puerta de la casa una de sus hijas enojada y les dio la verdadera dirección de su hermano en la ciudad de México, para que le cobraran lo que adquirió con la tarjeta a nombre del Tío ya muerto. ¡Qué cosas tiene la vida, Cholito! Tú das todo por tus hijos, y ellos te sacan lágrimas, deudas y fraudes.

    A mi amiga Angie ya la conoces. Nos conocimos antes de adquirir nuestro departamento y de iniciar este nuevo siglo. Desde entonces tenemos mi mujer y yo una hermandad con ella, ¡mejor que con mis hermanos!, con ella tenemos tres familias, la suya, la de mi mujer y la mía.

    La Taylor, la tercera y última en la subida al cerro, es hija de la Tía Reyna que falleció hace dos años, hermana de Tonchis, la mamá de mi amiga Angie. Esta Tía se divorció de su esposo, el Tío Rey de Midas, quien, de común acuerdo con ella, vendió la casa y le dio la mitad del dinero. Al recibir ella su dinero, como siempre sucede, los hijos acudieron a pedirle prestado, para resolver sus problemas económicos. Dinero que ella nunca volvió a ver en sus manos, y con el sobrante compró su casa pequeña en las afueras de la ciudad, mientras el Tío se fue a rentar.

    Al fallecer la Tía, su hija Taylor, pidió prestada la urna de la mamá a sus hermanos y se la llevó a su casa, cerca de Puebla, para ofrecerle una misa por ocho días. Pero en la misa que hizo por zoom -te recuerdo que hace dos años estábamos en la pandemia del covid-19- jamás mostró la urna a sus hermanos. Terminadas las misas, molestos sus hermanos le pidieron la urna, para enterrarla donde descansan sus ancestros.

    Sin embargo, ella jamás la devolvió. Aún hoy tiene secuestradas las cenizas de su madre, mientras los otros la esperan para enterrarla en el Panteón. De eso ya van dos años y la familia está como energúmena. Ella es la última persona que aparece cansada, al final de los cuatro que subimos al cerro en mi sueño.

    -¿Qué te parece Cholito? ¿No te parece de telenovela?

    -¡Mas bien parece cuento policiaco de terror o guion de cine noir! ¿Pero, todo esto qué tiene que ver con la botella de ron que compraste en la vinatería?

    -¡Tranquilo, Nerón! ¡No se impaciente mi investigador policiaco, que ya voy para allá y me estoy acercando a su objetivo! No olvides, Cholito, que por no poder olvidarla, lo está matando el dolor. Y aunque su rostro sonría, se está muriendo de amor, ay Cholito.

    Resulta que ese sábado llegué por la tarde a casa de mi mujer y le platiqué mi sueño, para conocer su interpretación. Ella me contestó: -No olvides que tú tienes el don de comunicarte con los descarnados, te lo confesó el astrólogo. –Sí, pero aún no logro descifrarlo, ni conozco el mensaje del Tío Mayito. Ahora sí me la está poniendo difícil, como si descifrara un glifo maya o jeroglífico egipcio, le comenté, mientras se disponía a bañarse.

    Salió de la ducha, se vistió y nos subimos mi mujer y yo, Angie y Mamá Tonchis al coche que nos llevó a un bautizo familiar, allá por Chicoloapan con mis sobrinos y sus suegros. De repente dice mi mujer desde su asiento de copiloto -atrás íbamos Tonchis y yo-, -¿Por qué no les platicas a ellas tu sueño?

    Les repetí la historia, mientras Mamá Tonchis -mayor de edad que nosotros y experta en la vida- y su hija oían con detenimiento mi historia, esperando a que me ayudaran a interpretar mi sueño. Tonchis me contestó que, en la semana, las hijas de su hermana le hablaron por teléfono, para exigirle los documentos del Panteón Civil, para enterrar la urna de su mamá. Ella molesta les preguntó, si ya tenían las cenizas. Como las otras lo negaron, porque la Taylor aún no se las ha devuelto, entonces ya enojada les respondió, -¡Cuando las tengan, me hablan. ¡Mientras, no me estén chingando! y les colgó. Después le habló la otra hija del Tío Rey de Midas, para invitarla a la reunión del próximo fin de semana, a la que acudirán sus otras dos hermanas y el Tío Rey de Midas.

    Como la esposa del tío Mayito no tiene dinero de la jubilación de su esposo en el banco, porque la tarjeta de depósito, ella se la dio desde antes a su hijo consentido y fraudulento, para cobrar, pero no le da ni un quinto. Entonces, las sobrinas de su hermana le pagaron el boleto en avión de ida y vuelta, para que acuda al convivio con sus dos hermanas y cuñado.

    Como tampoco tiene casa donde quedarse, porque la que tenía, se la dio a su hijo y éste, al recibir la mansión, tiró todo lo heredado: ropa y trastos de la cocina, muebles y plumas Mont Blanc que el Tío le obsequió al titularse. Desde entonces él y su esposa jamás volvieron a recibir en “su casa” a sus padres ni hermanas. Por eso nosotros le propondremos quedarse en nuestro departamento o pagarle su estancia en el hotel, durante los días que permanezca en la ciudad.

    Al Tío Rey de Midas lo conocí en otra reunión que nos invitó mi amiga Angie con toda su familia feliz y sin problemas, en ese momento. Efectuaba ¡unas comilonas tremendas con bebida abundante y todo!, como un verdadero Rey de Midas. También a él lo adopté como mi Tío, por su risa irónica y sabiduría de viejo. Cuando regresaba cansado del trabajo, tomaba sus copitas en la sala de su casa para relajarse. Pero, llegaba su hijo enojado a regañarlo por la bebida, hasta que un día el tío se cansó, se le quedó mirando con coraje, se levantó con la copa en la mano y lo encaró: “¿Quién crees que mantiene esta casa y compra las botellas de la cava? ¿Tú o yo? Si hubiera sabido que serías así, ¡te juro por Dios! que me lo agarro y no te suelto. ¡Tú fuiste mi esperma pendejo! Ahora ¡lárgate de mi vista, pinche inútil!”.

    Esto me recordó la frase de la anciana de Jalapa en la titulación de tu amiga Estrella que, después de unos “toritos de coco”, nos hizo morir de risa, porque no todos comprendieron el doble sentido de la frase. -¿Te acuerdas, Cholito?: “¿Para que trabaja el Teco? Para que la Tecagaste”. ¡Qué te parece, esa frase célebre Cholito!

    Pero desde que falleció mi Tío Mayito, el Tío Rey dejó de visitarlo en el puerto por falta de tiempo, y yo también a éste. Después vino su divorcio con la Tía, la venta de su casa y todo se despeñó. Un día éste fue a visitar a su otra hija y allí coincidió con su cuñada Tonchis. Mientras ambos platicaban, llegó su hija Taylor y le dijo a su tía: “Tía, ¿por qué le dices cuñado, si ya se divorció de mi mamá?”. El tío enojado por su frase le contestó contundente, “¡y tú que chingados haces aquí! ¡Entonces, si para ti ya no soy tu padre, lárgate de mi vista!”.

    Ya sé que tu siguiente pregunta, es ¿y qué tiene que ver el pomo con todo esto, o no, Cholito? A la guayaba madura, se le quita la pepita, el hombre cuando es celoso, no busca mujer bonita. Pues, como no acudiré a la reunión del Tío con sus cuñadas, porque la familia de la fallecida nos vetó desde el último viaje que realizamos juntos al puerto, para el primer cabo de año del tío Mayito, ¿Qué te parece Cholito? Que me van a desterrar, como si la ausencia fuera, remedo para mi mal, entonces le enviaré al Tío la botella de ron con su cuñada Tonchis. Para que la disfruté con sus cuñadas, se olviden de la vejez y de sus males físicos. Se rían y disfruten de la vida, aunque sea un momento, y él recupere la autoridad suficiente y fuerza vital.

    ¡Ojalá entre él y sus cuñadas, las tías, reconquisten la autoridad paternal y maternal que de origen les corresponde, pero que ahora sus hijos les niegan! ¡Ojalá que pongan en su lugar a los hijos, tomen la decisión de hablar con la otra, recuperen las cenizas de la Tía y la entierren en el panteón, como fue su voluntad! Porque sin nuestros padres, nuestros ancestros, carecemos de identidad, sólo somos un objeto o utensilio. Nosotros somos su continuidad, su sostén y cohesión con la familia y la comunidad. Quizás ese fue el mensaje que ahora, de tanto rumiarlo todo el día y escribirlo, me dejó el tío Mayito.

    …¡Ahora recuerdo lo último del sueño! Antes de esfumarse el Tío Mayito, me miró furioso y me dijo: “¡Hijo, dile a esa pendeja de mi sobrina que ya regrese las cenizas de su madre. ¡Pues por su pinche necedad, el alma de mi comadre aún no puede descansar!”

    -¿Qué te parece Cholito? Además, descubrí que mi Tío de Midas aún llora a su esposa, pues, por no poder olvidarla, lo está matando el dolor. Y aunque su rostro sonría, se está muriendo de amor, ¡ay Cholito!, tal como afirma Benny Moré en su canción. ⌈⊂⌋

  • El Lugar de los descarnados

    El Lugar de los descarnados

    Alejandro Estivill

    Fragmentos de la novela “El Lugar de los Descarnados” (Nueve editores, Bogotá, 2021)

    Al bajar de su moto, la Italika 70 cc sin color reconocible y más traqueteada que un montón de moldes de lámina para cocina, el repartidor rengueaba… Hombre encorvado, sin edad, apilando eterno cansancio sobre la curva de su espalda, arrastrando aquel vehículo de tubos vaporosos por sucia humedad recalentada. Indigente, marrano o nagual, de aquellos que tienen protuberancias siniestras, insospechadas a cada flanco como para sostener sus prendas: pantalón milagroso, filos del trasero al aire, camiseta de bordes roídos, un chaquetón de mil años, pesado como el plomo, ondeando descompuesto en volutas en los contornos de sus innumerables perfiles. Ya tarde, al lado de la moto apagada y silenciosa, este siniestro sujeto cruzó hacia la calle en Pedro Santacilia, nombrada como el poeta cubano, ahí donde se entrelaza su verso con el autor de Astucia: con don Luis G. Inclán. Su misma ruta de pordiosero escurridizo. Con la cojera a rastras, avanzó despacio hasta alcanzar un portezuela metálica y despintada. Adolorido, acomodando la joroba densa, más densa por los escozores, arrimó la moto contra la pared y recorrió palpando su pierna hasta la valenciana, junto al tobillo; milímetros arriba de un desgastado zapato blando que hacía las de un vencido costal hacia la derecha, sacó una llave, solitaria como la calle. Miró a ambos lados. Nadie. Nadie a la derecha y nadie a la izquierda. Abrió la puerta. Cruzó la Italika y la recostó por dentro contra la puerta recién cerrada, no sin antes desprender dos alforjas negras y raspadas. Aceleró poco a poco su paso. Recorrió un jardín selvático y umbrío, impenetrable para los zarpazos de aquel que no lo conociera al detalle; peor aún, más misterioso en la penumbra naciente del atardecer. Sin embargo, él sabía bien de la vereda y sus resquicios, y su lisiado andar parecía ceder ante una renovada energía proveniente de la meta que alcanzaba. Al quinto o sexto paso: un sobresalto. El chillar de una rata. Era grande, enorme; un conejo enrielado y fugaz en el pasillo ya vencido por el pasto y la penumbra.

    —Maldición. ¡Qué mierda!

    De noche, esos animales son inmensos.

    —¡Chingada madre con esto de las ratas! La culpa la tiene esta pinche selva —murmuró—. Crece tan rápido cuando las lluvias. Alguien tendrá que decirle a Josefa, la vecina, que eche veneno… que maten con cloro esta maleza de mierda, que pongan herbicidas. Será un trabajo caro. Que lo pague el diputado. Sí, que lo haga el pinche diputado.

    Aceleró más su paso. Abrió con la misma llave otra portezuela en la pared, cabús de una casa contigua, entrada discreta, arrinconada al final del alto pasto y las hierbas opacas. Oscuridad. Buscó el apagador e iluminó una amplia área de servicio del trasfondo de una zotehuela. En un instante, deslumbrado, su rostro cambió.

    Soltó de golpe sus pertenencias sobre la mesa de trabajo donde destacaba una especie de torno y un yunque atornillado: las alforjas pesadas, la llave, un carné del Seguro Social, una credencial de elector, varios pañuelos sucios y apelotonados, unas monedas y un celular de poco valor que abrió, como maestro relojero, de un uñazo. Arrancó la tarjeta SMS y la llevó al rosto hasta dejarla prendida entre sus labios resecos. Se sacó el viejo gabán, salvajemente manchado. Lo extendió con cuidado al otro lado de la mesa. Exploró una rasgadura del forro bajo el comienzo de la manga, poco a poco alargando la mano de contorsionista. Comenzó a jalar un entramado largo de tela plástica con varios compartimentos. Lo separó cuidando mucho no agrandar la apertura del saco, descosida entre forro y cubierta. También extendió sobre la mesa ese ancho cinto hábilmente rellenado que había ocultado entre telas.

    Primero abrió las alforjas y sacó los billetes en moneda mexicana para extenderlos sobre la mesa. Luego abrió las secciones cerradas de velcro del cinturón que viajaba dentro de ese sobretodo y mostró varios fajos de dólares, billetes que acomodó en el otro extremo del largo taller. Muchos fajos, ordenados, aunque rebeldes en sus esquinas y con ganas de desbordarse y saltar al suelo. De su bolsillo derecho, sacó dos pequeños frascos oscuros que portaban una etiqueta hechiza, escrita a mano con el simple letrero Samizdat. Luego, tras los frascos, sin estuche ni mayor atuendo, sacó un collar de esmeraldas, seguramente carísimo, que desembocaba en un pandantif con forma de árbol de la vida en plata de ley. Lo miró con cuidado. Lo restregó contra su manga antes de desparramarlo en la mesa.

    Se sabía solo, como ningún otro en el silencio. Prendió más luces, apenas para confirmar que las cortinas del resto de la casa estaban perfectamente cerradas. Se supo invisible para el universo. Comenzó a contar el dinero: billetes de mil pesos con sus pares; igual los de 500, 200 y 100; los dólares aparte en denominaciones de 20 y 50. Resultado: 140,000 pesos y 12,720 dólares. Tomó la libreta de un cajón. Junto a ella un bolígrafo. Apuntó las cantidades con cuidado en sus respectivas columnas.

    Luego llevó los fajos, uno a uno, a las gavetas altas donde fueron encontrando a sus hermanos. Muchos más; mucho más dinero que poco le sorprendía. Los billetes de 200 ya no tenían cabida. Revisó en las gavetas contiguas. En las bajas.

    Dos animales acorazados brincaron. ¡Ratas!

    ¡Malditas! Le brincaron al rostro chillando: rodó en el piso entre los fajos. Manoseó, espantándolas. Huyeron escurriéndose como serpientes tras las puertas del patio y de la cocina. Él pateó el botagua de la puerta para que quedara al ras del piso. Maldijo de nuevo y fue a revisar las columnas de dinero atajado. Varias estaban carcomidas en sus bordes. Muchos fajos de 500 se salvaban, otros se volvían inútiles.

    Con los dedos embarrados de mierda de rata calculó la pérdida: 3,780 pesos. La apuntó. Reacomodó los billetes sanos y los cubrió con un trapo lo mejor que pudo. Otros dólares necesitaban su acomodo. Ninguno parecía devorado. ¡Pinches ratas mexicanas! Prefieren comer pasta nacional. Make Mexico Great Again. Pero prefirió buscar refugio para la billetiza gringa en el horno de la cocina cercana donde las ratas no habían encontrado aún manera de entrar. Estaba repleto, casi imposible. Vomitaba ya billetes de 20. ¡Mierda! Se restregó los cachetes con residuos de mierda de rata. A ver si el diputado empieza a gastar. No podemos seguir así.

    Regresó con los de 200 pesos y los puso sobre la mesa. Fue al pasillo a traer un maletín Hill Burry de varios compartimentos y doble fondo. Parecía esperarlo como una novia paciente. Primero sacó un celular grande y moderno, plano como libreta; lo abrió y le metió la tarjeta SMS que aún silbaba en la comisura de la boca. Revisó que encendiera, que tuviera línea. Lanzó despreocupado el dinero sobrante, unos 40 mil pesos, a lo más profundo del maletín y llevó ese Hill Berry al pie de la escalera. Sacó del clóset un saco marinero de paño azulado. En él, puso la credencial de elector, la del seguro, los pañuelos y la llave. Sobre ellos acomodó el gabán derruido de mendigo y la banda plástica de compartimentos. Se arrancó la camisa sucia y satinosa, los zapatos blandos y acabados, el pantalón roído, los calcetines —que usó para limpiar manos y cara—, calzones, la ropa entera. Dejó aquel bolsón en el suelo y fue desnudo a la escalera. Subió.

    Arriba encontró un baño donde lavarse. Al ver en el espejo su rostro salpicado de agua nueva sintió su transformación: cinco años menos. Se irguió definitivamente abandonando a ese compañero Neanderthal, inserto en su cuerpo, con el que había llegado. Respiró hondo, pensó limpio, pensó en el diputado y en los amigos del club rotario. Pensó en la vecina Josefa: sería bueno que alguien lo llamara pronto para que vertiera herbicida al jardín. Lo de las ratas está imposible. ¿Cómo pueden tolerarlas? Pensó en su novia Miamar. La detestó como se detesta un trabajo de burócrata encargado de licencias.

    Abrió la regadera y tomó un largo baño que comenzó frío— así son algunos calentadores de paso—, pero pronto fue un lujo de vapores y menjurjes de sibarita; bath-gel de Tom Ford en una franela de un beige avena delicioso; shampoo de Gloss Moderne. Salió a enfrentar de nuevo el espejo. Tras los anaqueles encontró los productos de The Art of Shaving: el «antes» para suavizar los surcos del rastrillo de cinco navajas con resortes y mango rotador, el «después» cremoso y reconstructivo, sin irritantes. No alcohol. Con las pinzas de depilar arrancó los desarreglos de sus cejas, los vellos largos, los canosos, los rebeldes. Se despojó, punzada a punzada, otros tres años de encima. Colocó las toallitas humectantes de Lancôme sobre su nariz. Mientras cepillaba sus dientes, aprovechó los largos minutos para frotar la crema defoliante en los tobillos y la anti-grietas en plantas y rodillas. Puso el Hydrix para la frente y las mejillas, el 3D para los ojos. Bumble and Bumble para dar cuerpo a su cabello. Desodorante de Biotherme y loción de Vita Liberata. Al final, las gotas generosas de Creed Aventus en las muñecas y la nuca.

    Nuevo. Otro.

    Entró rebosante de halos y reflejos al cuarto contiguo, igual de encapotado, tenebroso tras las cortinas. Sacó del armario el portatrajes y recorrió las prendas dentro. Revisó que ningún roedor hubiera llegado hasta ahí. Su ropa interior era de Comfortable Club, la camisa de Thom Browne que, montada así no más, le quedaba demasiado perfecta. Inconforme, se la quitó, la arrugó un poco entre sus manos y volvió a ponérsela. Los puños merecieron la pinza sutil de unas mancuernas planas, jamás ostentosas, con forma la forma de una elipse de centro azulado. El traje era azul tequilero como la piña de la picea, hecho a la medida en los talleres exclusivos de Antonio Solito. Luego, el cinturón y la cartera de Christian Louboutin. Antes de montar el saco, estrecho y de estilo juvenil que lo extruía delineado, por igual serio que atrevido, se acomodó las tiras delgadas de cuero de la funda oculta que ajustaba, firme bajo su sobaco, un revólver Charter Bulldog 44, precioso, limpio y brillante; sentirlo era su máxima sensación de seguridad. Los zapatos de Saint Crispin’s que, antes de calzarse, requirieron un par de suaves líneas que sugieren el desperfecto para verse caminados. Guardó cada cosa en las bolsas correctas. La cartera del pasaporte aún conservaba dos pases de abordar a Houston con semana y media de diferencia en las fechas que nunca usó —un desperdicio menor—; la llevó a la bolsa interior del saco. En la otra interior guardó el celular, el llavero de casa que mostraba un pequeño pero brillante escudo del equipo de fútbol Cruz Azul. Fue a la bolsa lateral derecha, el llavero electrónico del auto, a la izquierda.

    Una última revisada; pensó en las ratas. Retomó la botella de Creed Aventus y extendió perfume generoso por los rincones del armario. Nada asusta más esas bestias que una loción de superlujo… Montó la correa del portatrajes sobre la espalda y bajó entre brincos apagando luces. Tomó el maletín Hill Burry y recorrió por última vez la casa con disparos certeros de buen ojo inspector.

    ¡Ah! El collar. Las pinches esmeraldas de la vieja. Fue a la mesa del taller y regresó admirando la joya antes de meterla en la bolsa interna del pantalón.

    —Para lo poco que vale.

    Oscuridad. Al garaje. Y afuera, las ratas esperando su ausencia para recomenzar el ataque. Que se chinguen pinches canallas. El sonido rotundo y gruñón de su BMW Active Tourer lo recompensaría. La puerta era eléctrica y la salida por la calle de Pedro de Alba, al otro costado, conducía fácil desde la colonia Iztaccíhuatl hacia Tlalpan, luego Viaducto y de ahí hacia el oeste. En el trayecto puso música tenue de Brian Newman que llenó sus oídos y de paso su vista con los estertores de luces azules, indirectas sobre sus manos.

    ¡Qué pinche trabajo tan difícil!

    El tablero señaló un «dispositivo móvil detectado» y él decidió aprovechar su amabilidad.

    —Hay, Bim-Bim. Llamar a Miamar.

    —Llamando a «Miamar» —respondió el auto.

    —Hola.

    —Hola, mi reina. Ya estoy de regreso. Acabo de aterrizar.

    —¡Oh! ¡Qué bien! ¡Qué bueno! ¿Cuánto te tardas?

    —Cosa de lo que me tome el tráfico, reina —reiteró él con suavidad, contagiado por el ritmo pastoso de Brian Newman—. Ya sabes que, a esta hora, uno nunca sabe.

    —¡Ay! Esta vez te fuiste harto. Me tienes tan abandonada. Ni una llamadita.

    —Me trajeron en pura friega. De reunión en reunión y luego cenas larguísimas. Como estuve con puro nerd, imposible. Son desconfiados y no dejan sacar el celular. Creen que vas a robarles las ideas. Que las vas a transmitir o algo así… Acuérdate, son policías de ciberseguridad. Puros mamones, nunca han estado en la selva verdadera.

    —Pero ni una; ni una pinche llamada en un chingo de días, puto cabroncito —la voz de Miamar chilló aguda como un berrido en la cloaca de los oídos. Una tortura.

    —No hables así —la recriminó rápido—. No es de una muchacha como tú. Intenté llamarte… varias veces, pero en cada intento, algo se presentaba. Lo que sí, es que te traigo algo muy especial para compensarte, porque ¿sabes? Ya les vendimos la idea. Los gringos van a usar nuestra plataforma. Y eso nos ahorra un chingo de tiempo. No lo vas a creer, pero tenemos bases de datos más completas que ellos. Y podemos rastrear los movimientos del dinero mejor que ellos. Es increíble. Eso sí. Ahora nos llega lo bueno. Ahora será la chamba auténtica. La bronca de la coordinación técnica. Pero será más fácil con los gringos, si sus policías usan nuestra plataforma.

    —¡Uy! Lo sabía, eres un chingón.

    —Tus palabras… Reina. Te estoy diciendo, carajo. Tienes que empezar a hablar bien. Yo empiezo a dejar de ser cualquier policía, cualquier vulgar chota, y paso a ser un tipo metido en lo internacional. Ya no es lo mismo.

    —¿Qué me trajiste? Ya estoy emocionada.

    —Ya lo verás. Directo de Houston.

    —Me vas a llevar contigo en tus viajes.

    —No sé —dijo con el espanto que ello le generaba—. Quizá. Pero en estos casos no valdría la pena. Te aburrirías. Nada bueno. Banquetas y edificios. Iguales. Y las reuniones son muy técnicas y secretas. Onda secreta. Sobre transacciones de bancos, sobre comercio en línea, sobre servicios financieros en paraísos fiscales. Es pura información que no puede circular. Y la parte más fregada: los requisitos de confianza. Esos rollos. Supuestamente no puedo ni mencionarte los temas generales de cada reunión. Mejor no hablar de eso. No me gusta hablar de trabajo. Prefiero pensar en tu boca, para un beso. Ya veremos en casa.

    —Ok, lindo. Ya te compensaré en casa, estoy lista para ti, con mi lengua lista para…

    —Aguas.

    Cuando cortó la comunicación, su BMW había dado con la peor parte del tráfico en la subida de Palmas. Una mierda de ciudad. Colapso total. Una marea de luces rojas, frenos sangrando, que dibujaban su rostro endiablado. Y su gusto —allá abajo de los labios— era de eneldo, a pesar de las promesas en los enormes labios de la pirujita de Miamar, de la maleta con billetes gordos, del collar de esmeraldas con árbol de la vida en plata de ley, de Brian Newman, y del olor a Creed Aventus subiendo para enervarle el pecho y espantarle las ratas. Se le venían a la cabeza, con el aroma completo del miedo, aquellas devoradoras de sus billetes y la obligación de hablarle al pendejo del diputado; tendría que hacerlo, pedirle que empiecen a vaciar la plata de la casa de seguridad, porque ahí ya no cabe ni un palillo, ni bien acomodada en los armarios como él quería. Un día de estos, podrían tener un problema, carroña de la suerte que por una bobada pone a algunos niños ociosos a saltar una verja, un balón perdido, una pelota de beis o a un perro extraviado… se asoman a la casa y te descubren la lana. Y además es de lógica financiera poner a trabajar el dinero, a sudar unos intereses, carajo. Es claro que alguien no está haciendo su parte. Alguien no rema parejo y así se pone en riesgo al resto; al equipo completo. Hay que ir metiendo las ganancias más rápido a las cuentas y habrá que informarle al diputado que lo de las ratas es una plaga que efervece como sopa caliente que ya es hora de sacar de la estufa: cosa impresionante, y un día descubrirán que poquito a poquito una de esas ratas, nenas y alimañas que, cuando te las encuentras, parecen cagadas grandes de perros más grandes que un Gran Danés, ya les están royendo los pesos y pronto también los dólares. Trabajan una noche, jodidas: igual y carcomen unos dos o tres millones, ¿por qué no? Son rápidas, son atroces. Una rata operando una noche entera —pensaba—, sobre los fajos de 50 del horno podría roer 100 o 200 mil dólares. ¿A quién le van a echar la culpa? Y también hay que decirle al diputado que más y más, entre los vendedores, se oye que hay extraños visitantes que preguntan cómo funciona esto de conseguir una buena tacha y las líneas que necesitan los estudiantes y los riquillos, y que los que preguntan ya no son los que se meten la droga, ya no son los que piden saber del Samizdat, sino los que andan chingando con el olfato abierto; quizá competidores, o quizá chotas, o mierda de reporteros. Quizá reporteros. Ya no es como antes. Ya no hay discreción. El Samizdat abrió la cosa a muchas preguntas. Todos quieren saber qué es, de dónde sale. Vaya uno a saber si es por el Samizdat. Ya le mostraron un par de artículos en el periódico que son claros: sucede como las ratas, que se acercan al queso, ya no están los fisgones tan lejos de saber quién lo destila, quién lo vende, quién se chinga a las bandas y les da protección y quién compra en el norte y en el este de la ciudad. Lo preguntan tan solo por saber… sí, tan solo por saber. Y a ver si el diputado se da un poco cuenta de que no hay negocio para siempre; las cosas evolucionan. Los que de verdad somos chingones, somos lo que nos adaptamos. Los que evolucionan sobreviven como en cualquier negocio. Hemos creado algo nuevo, algo que los demás ansían y a lo que le pusimos el Samizdat, qué nombre tan chingón, porque provoca algo diferente en cada persona que lo usa. Es a la carta nueva. Eleva tus propias pasiones, te las entrega, te saca tus porquerías. Pero el éxito tiene que encontrar sus cauces, cavar sus ríos para que no se desborde. Nosotros sabemos cambiar. Las especies que evolucionan sobreviven, dicen los de las universidades. Sobrevivimos los que podemos tomar un carril y luego otro, esquivar los obstáculos, aquí y luego allá, mover el culo, y meternos por donde nos conviene, acelerar cuando es preciso, fuerte, con huevos, y parar un rato —incluso dejar pasar— cuando más conviene. A veces, hasta sabemos retroceder un poco en el tráfico. Es bueno para tomar otra ruta, un poquito en reversa, que nos lleve a donde queremos estar finalmente, ¿o no?

    —Hay, Bim-Bim. Llamar a diputado.

    —Llamando a «diputado».

    ¡Paf! ¡Mierda! El lindo BMW Active Tourer se llevó un buen raspón… Un trascabo amorfo, una cosa con llantas, una carcacha de dimensiones indescifrables, semicamión o esperpento, se abalanzó con frenos débiles. Lo arañó y la piel del carrazo de magníficos brillos y perfecta encerada —no pasaron más de un par de semanas desde que lo dejaron tan pulido y nuevo— sacó la sangre de su rust-protection-primer bajo la pintura desgajada; suficiente herida para hacer indispensable bajar del auto con traje de Solito y perfume y agallas, con los huevos en la mano y el berrinche en la cara. Salir en medio de la olla de luces y el fuego que es la ciudad y… ¡Carajo! ¡Carajo! ¡Carajo! ¡Mil carajos! ¡Putísima madre! Agarrarse fuerte a discutir. ¡Carajo!

    —¿Qué pasa? ¿Qué onda? No te oigo… Bueno… Bueno…

    *