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  • Changó y el Pacífico colombiano

    Changó y el Pacífico colombiano

    Andrea Mejía Fals

    La primera canción de la Agrupación Changó en el teatro es para chigualar, para celebrar con gozo la ceremonia fúnebre del niño que ha nacido y ha muerto ya, al niño que se va. Le siguió una tonada muy animada llamada Tápalo, y cuenta algo que sucedió en la fiesta del carnaval: por andar bailando a la tía Marucha se le quemó la chuspa y a la tía Margot se le quemó el arroz.

    Con esa tonada caen las chaquetas y bufandas, el público se levanta y se mueve frente a su silla, corea, aplaude: se calentó el ambiente y todos los sonidos parecen golpear los hombros, el cuello y las orejas, el esternón, como queriendo confundir la frecuencia de los latidos del corazón. Una cadencia marcada por los percusionistas y que empuja todos los pies del recinto, un tuc-tucuuutú-tucuuutú acompañado del tutupín-tutupín-tutupín-tutupín y de un bam-búm-bam-búm, parecido a lo que sale de aporrear o silbar dentro de tubos, botellas y baldes, pero con armonía y perfección sonora.

    Vista desde el público, la formación es sencilla: en el centro del escenario hay tres percusionistas: Leonardo, Domingo y Vásquez, sentados, con su cununo entre las piernas (el cununo es similar a un tambor, pero con forma cónica, hecho de madera y sellado en ambos extremos: arriba con una membrana animal y abajo con madera; hay macho o repicador, más alto y de sonido ronco, y hembra o arrullador, sonoramente más agudo). Los cununeros tienen a cada costado tres micrófonos. Al lado derecho tres cantaoras: la del extremo es la Negra Tomasa, una mujer de más de sesenta años, delgada, alta, cabello largo, sonrisa eficiente y altiva; la siguen Milena y Tatiana, todas las 3 con sus maracas y su guasá (un trozo de guadua hueca, de unos 30 centímetros, que tiene semillas de achira seca por dentro y con los extremos sellados). Atrás de ellas y un escalón arriba está Juan Daniel con su marimba, el instrumento estelar de la música del pacífico colombiano: esta tiene un marco superior anclado al armazón, como si Juan Daniel tuviese su propia tienda ambulante y vendiera toques con sus baquetas. Al lado en el mismo escalón, al fondo izquierdo de la escena, está “El Cuero” con su bombo, que es un tambor grande y se toca con palitos. En el medio de ellos dos está Yengo, con su bombo hembra, de tamaño mediano. Al frente del bombo y ya sin escalón está el maestro y director Wisman Tenorio con su guasá, al lado está la cantaora Luisa que repite instrumento y no hay nadie frente al tercer micrófono.

    A Wisman le gusta hablar entre canción y canción (suele terminar sus intervenciones con un He dicho, señores), y anuncia que el siguiente tema lo cantaba Esnéider. Pregunta quién se ha ganado la lotería mientras la marimba introduce la canción: – ay, Pola cómo te va, cómo te fue en tu correría. – eh eh eh me gané la lotería; en mi correría, en mi correría, en mi correría me gané la lotería. Promete el número 716 para ganar el premio mayor: el día de la virgen del Carmen.

    Changó viene desde Tumaco, un municipio de Nariño en la punta de Colombia fronteriza con Ecuador, a casi dos horas de vuelo de Bogotá, y si es por tierra, es casi un día de subir, bajar, rodear montañas. En ese Tumaco hay unas 250mil personas, la mayoría afro, y también hay violencia de grupos armados, hay un documento en el que la Jurisdicción Especial de Paz prioriza ese territorio por los hechos victimizantes que la guerrilla y la Fuerza Pública les causaron entre 1990 y 2016, hay biodiversidad colorida y brillante, hay narcotráfico robusto, hay playa, brisa y mar color Océano Pacífico, hay desplazamiento forzado y desarraigo territorial, hay pobreza extrema sin agua potable, hay fecundidad y niños de 6 años que saben armar y usar un anzuelo, hay analfabetismo en más de la mitad de su gente, hay 3 hospitales y mujeres agredidas, hay muchos camarones y asociaciones de pescadores artesanales, hay líderes comunitarios que hablan duro y organizan, hay oficios ancestrales como la recolección de pianguas (unos moluscos pequeños con todo y concha) ejercido por mujeres y niñas que se arrodillan y embarran en los manglares mientras cantan, hay cacao y tagua y vacas y cabras y aceite de palma, hay un diminuto 2 % de cobertura de telefonía móvil y conectividad que apenas alcanza para que los estudiantes aprendan de libros cómo encender un computador o navegar en Internet, hay lodo y aguas oscuras cubiertas de basura. Hay verdad. “Hay” abandono del Estado.

    Ya desde el aeropuerto bogotano son unos veinte minutos hasta el teatro ubicado a unos 500 metros del lugar donde se construye el Museo de la Memoria y a otros 250 metros del Centro Memoria y del Cementerio Central. Si se sigue la misma vía, en dirección a la montaña con la iglesia en la cima, se llega al centro histórico del distrito capital, donde está el palacio presidencial, el palacio de justicia, la casa de la alcaldía, la Comisión de la Verdad, ministerios, universidades, bancos, todo. Todo.

    Wisman da las gracias a los asistentes y pide un aplauso para Esnéider, se enreda en las palabras, perdone que me trabo pero quiero llorar pero por respeto a ustedes no lo hago

    [                              ]

    porque a mi me dolió la muerte de Esnéider

    [                                                                      ]

    mas que naiden un hijo mío

    No se escucha rabia en sus sollozos.

    Nadie dice nada. Ni el niño que está en el palco. Nadie. Nada.

    [                                                                                                                                                          ]

    Aplausos.

    Mujeres cantaoras no lloren, lloremos de alegría. Escuchemos a esta marimba que también llora, que también suspira. Este niño que ha nacido a la gloria celestial, hoy la violencia lo ha llamado a la eternidad. Que viva Colombia. Que viva la cultura. Que viva la educación. A la gloria iba, a la gloria va.

    En este chigualito la cantaora Negra Tomasa alterna con el coro:

    esto le pasó a la mama

    – a la gloria va –

    por aquel casa y ventana

    – a la gloria va –

    el niñito se le fue

    – a la gloria va –

    de la noche a la mañana

    – a la gloria va –

    la madre de este angelito

    – a la gloria va –

    qué dolor tará pasando

    – a la gloria va –

    y nosotros los mirantes

    – a la gloria va –

    que alegrestamos cantando.

    – A la gloria iba, a la gloria va-.

    Chigualito, chigualito,

    vamo a jugá.

    Juguemo este angelito,

    vamo a jugá.

    Esnéider tenía 24 años cuando lo asesinaron en Barbacoas, muy cerca de Tumaco, el 27 de diciembre pasado. Era el líder vocal de Changó y un líder social del territorio como formador cultural: investigaba para rescatar el legado cultural y preservar las tradiciones, y con ello dibujó una ventana a la que podían asomarse la niñez y la juventud del pacífico. Los noticieros dicen que ya capturaron al responsable, alias Eliécer y cabecilla de una de las disidencias de las FARC, de los que no quisieron firmar el Acuerdo Final para la terminación del conflicto armado. Un funcionario del gobierno dijo que alias Eliécer es el presunto responsable de varios asesinatos de líderes sociales. En el año 2021 en Colombia asesinaron a 171 líderes sociales y a 43 firmantes excombatientes del Acuerdo Final. En casi 3 meses del año 2022 van 41 líderes y 9 firmantes.

    Mientras muchos se limpian las lágrimas con el dedo índice y otros tantos esperan a que las absorba el tapabocas, la marimba introduce un bambuco viejo que cuenta la historia de Ovidio, personaje que encarna las tradiciones y costumbres musicales que la agrupación quiere recuperar tratando de alcanzarlo mientras él transita por los ríos Patía y Sanquianga, a un ritmo que da para perseguir un recuerdo. Hay un narrador oral y dos voces corales. Contar. Escuchar.

    Si no todas, muchas de las canciones de Changó repiten y pueden llegar a tener hasta 3 estribillos que se cantan en simultáneo con voces de mujeres y hombres. Cuentan una historia, lo que sucedió y ha pasado de boca a oreja por años, décadas.

    Padre y madre es un alabao, un cántico sin instrumentos que crea un puente entre los muertos y los vivos, y cuentan que reunía a la comunidad para festejar al esclavo que dejó de serlo aun pagando con su propia vida. El que tiene padre y madre diga que tiene un tesoro, y yo como no los tengo cojo mi pañuelo y lloro. La voz líder es de la Negra Tomasa y el coro responde y repite cada uno de sus estribillos. Siguen cantándole a la vida y a la muerte.  

    El pacífico nariñense con respeto de ustedes está aquí presente. Y Wisman menciona al presidente de la república, al ministerio de educación, al de cultura, y pide a la gente que visiten Tumaco. Esnéider sembró y mostró al pacífico de otra manera, todo no es coca en el pacífico, todo no es violencia, todo no es desplazamiento, también esa parte allá al fondo de la selva, aunque todos lo miran insignificante que es la cultura, la cultura trae alegría, perdón, reconciliación. Changó musicaliza el recuerdo de Esnéider mientras el Estado construye muy despacio el Museo de Memoria de Colombia, creación que fue ordenada con un decreto en el año 2011. Hace 11 años. La obra debería entregarse este año. En tanto, los recuerdos siguen latiendo.

    Empiezan a cantar oí lo que va a sonar, oí lo que va a sonar, oí lo que va a sonar, coro de la canción Manglares, Selva y Río, una juga grande (ritmo del pacífico y heredado de los esclavos) que tiene movimientos enérgicos, variaciones que cuentan cómo la marimba se dispersó en el litoral, integrando las culturas indígena y afro: una juga muy antigua conservó mi población, que hoy Changó está reviviendo pa’ nuestra generación. Wisman dice que el video de esta canción se viralizó: en el Esnéider se la cantó más al mar que a la cámara. Agrega que dos de sus discos ya rotan en plataformas musicales; se pueden descargar para que ocupen la memoria de un teléfono.

    Esta canción tiene gran potencia percutora. Vásquez, el de los cununos, el más joven de la agrupación, es el encargado de marcarle el ritmo. Pareciera que la velocidad que alcanzan sus manos al golpear el instrumento depende de la fuerza de su sonrisa y de cuánto puede echar la cabeza hacia atrás, buscando el techo sin abrir los ojos, iluminado por casi todos los reflectores, atrayendo miradas sin entonar una palabra, proyecta amores y estruendos.

    Más pasiones: Vo me lo tocá es una murga tumaqueña muy rápida y animosa: la murga de mi abuelo ya no se canta más, hoy se la traemos a to´ a recordar. Luisa la canta y baila coquetamente con Wisman mientras bambolea su falda de tonos amarillos y verdes y asoma su rostro por encima del hombro derecho y luego del izquierdo: se escucha vulgar pero es nuestra identidad canta ella.

    Antes de presentar a las cantaoras y a los músicos, Wisman cuenta que nuestros antepasados llegaron desde África, desde España, y aquí encontraron a los indígenas. Y gracias a ello se hizo una cultura de tres etnias: indígena (los dueños de este país), afro (los que llegaron de esa bella tierra, ese bello continente africano) y mestizos, (los que nacimos de estas dos razas). Y de allí se construyó todas estas culturas que conocemos en Colombia. Por esa razón esta agrupación Changó trae memoria de dónde venimos, quiénes somos y para dónde vamos, y también que en la cultura está la solución a la paz de este país. He dicho, señores.

    El baile del público agita pañuelos blancos en el aire y ya ocupa los pasillos del teatro, mientras suena un currulao llamado No lo olviden que inmortaliza a los músicos y cantaoras, maestras de nuestra cultura, enterrados en un panteón, porquelos vivos bien saben que, si uno deja al difunto, este lo aborrecerá. Saquen su pañuelo y con su memoria vamos a bailar; ay, no lo olviden, tu nombre quedó en la tierra, ay, no lo olviden, a la tierra del olvido, ay, no lo olviden.

    Sudorosos hacen la venia y caminan lento hacia las bambalinas, la gente aplaude de pie y pide otra canción, pero nadie vuelve al escenario. Sin embargo, a la salida del teatro está toda la agrupación, con el atuendo que usaron y sus pies sin zapatos sobre la alfombra roja, contando sin cantar, sonriendo sin tocar instrumentos, acumulando aplausos, pésames, sentires y promesas. ⌈⊂⌋

  • Dos siglos de vecindad revestida

    Dos siglos de vecindad revestida

    Pedro González Olvera

    El pasado 12 de diciembre se cumplieron 200 años del inicio de las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos. En ese mismo día pero de 1822 el gobierno del país vecino reconoció al de México recién independizado, Fue un reconocimiento de facto pues no hubo de por medio un intercambio de notas diplomáticas, ni ningún otro documento que lo avalara. En cambio el presidente James Monroe recibió en la Casa Blanca a José Manuel Zozaya, enviado del emperador Agustín de Iturbide, con la encomienda de conseguir el ansiado establecimiento de relaciones diplomáticas formales, lo que significaba ingresar de lleno al concierto internacional, a pesar de que España no reconociera la independencia mexicana.  Desde entonces Estados Unidos se constituyó en un factor de presencia permanente, por acción o por omisión, de la política exterior de México.

    De hecho, la frontera común hacía imposible que el nuevo país ignorara a su vecino del norte, el cual empezaba ya a dar muestras de lo que en pocos años sería su creciente poderío, incluso a costa del territorio de España, Francia y desde luego México. Así, nuestro país, es decir los mexicanos, debió y debieron acostumbrarse e vivir al lado de una potencia, cada vez con más poder y a tratar de sortear los riesgos que representaba, al mismo tiempo, aprovechar los benéficos que pudiera conseguir en esa difícil convivencia. 

    Es de sobra conocido que los dos siglos de vínculos han sido muy complicados para México; se trata de una relación con muchos tropiezos y dificultades y por el lado contrario, de buenos y amistosos momentos, no demasiados es verdad. Como sostiene un distinguido internacionalista y ex Canciller mexicano:

    A fuerza de ser evidente y de repetirse todos los días, se ha convertido en un lugar común afirmar que la relación bilateral de México con Estados Unidos es la más importante para nuestro país. La forma en que nos acercamos o en que mantenemos cierta distancia con el vecino del norte permea y pervade (sic) no sólo el conjunto de las relaciones con el resto del mundo, sino también la vida pública nacional. Difícilmente se podría encontrar un tema de mayor densidad o que resulte tan polémico en los ámbitos diplomáticos, económico o político. Justamente por su relevancia, la definición de una política al respecto o la ausencia de ésta tienen consecuencias que rebasan la esfera diplomática e inciden directamente en el rumbo del país.[1]

    Recurrir a la historia es un buen método para conocer lo que han sido los vínculos. Desde el principio la ambición territorial estuvo en la agenda de Estados Unidos respecto de México. Joel R. Poinsett, el primer enviado estadounidense a México, primero como representante comercial y después como primer representante diplomático, no ocultaba que uno de los objetivos de su misión era la compra de Texas. Más tarde, a trasmano, alentaron a los colonos anglosajones a los que el gobierno mexicano les había permitido asentarse en ese territorio mexicano, a declarar su independencia y enseguida a que se unieran a la Unión Americana.

    No les bastó. Recurrieron a la guerra para conquistar más territorio. Lo consiguieron y dejaron a México sin la mitad de su superficie territorial, para comprar poco tiempo después otra porción de terreno, La Mesilla, con lo que se puso fin al cercenamiento del suelo de México, pero no a sus ambiciones de los que México, por una u otra razón, quedó a salvo definitivamente, aunque no de sus políticas intervencionistas casi por cualquier motivo.

    Sin embargo, llegó un paréntesis. Cuando México sufría otra agresión extranjera, la francesa, que apoyaba un remedo de imperio, Estados Unidos se puso del republicano encabezado por Benito Juárez, apoyándolo con dinero, armas y presión internacional. Ciertamente, no por pura solidaridad, sino por la inconveniencia de tener en el sur a una potencia extranjera que pudiera retar su predominio continental. Sea como fuera, hubo un principio de entendimiento, que no se repetirá hasta la segunda guerra mundial, cuando de nuevo la cooperación es la llave de la relación, mediado por dos nuevas invasiones, reclamaciones y regateo del reconocimiento de gobiernos (ahí están los Acuerdos de Bucareli, como buen ejemplo de ese regateo).

    De tal manera, la cooperación ha sido elemento característico de las relaciones con Estados Unidos a partir de esa gran conflagración. A decir de Mario Ojeda Gómez, la cooperación terminó con el miedo a una intervención norteamericana abierta y directa por la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas. De hecho, el acuerdo establecido a partir de la expropiación “marca el fin de una etapa de las relaciones con los Estados Unidos caracterizada por el conflicto permanente, para dar nacimiento a otra tipificada por la cooperación”.[2] 

    A partir de ahí, del nuevo entendimiento, las relaciones han tenido como característica principal la fluidez, quizá por conveniencia mutua, pero el caso es que sin que dejaran de existir las desavenencias, se inauguró una política en la que México pudo obtener un grado de autonomía relativa, siempre y cuando no se pensara en salirse de la órbita norteamericana, o se experimentara con una revolución al estilo cubano. Podía haber un voto diferente en la OEA y mantener relaciones diplomáticas con la Cuba revolucionaria, por ejemplo, pero no un desafío de acercamiento estructural a la Unión Soviética, sí mantener relaciones diplomáticas, un leve intercambio comercial y una que otra visita, nada más. Desde luego, nunca hubo, ni siquiera ahora, la idea de establecer en México un gobierno con características socialistas, más bien lo que sí apareció cada cierto tiempo fue un anticomunismo grato a los Estados Unidos.

    No era en la arena de la política internacional donde surgían las diferencias, sino más bien en desacuerdos sobre las agendas en temas de migración, narcotráfico y crimen organizado, medio ambiente, y comercio que hoy por hoy siguen siendo los temas prioritarios de la relación, que además con el paso del tiempo se fue transformando. Sin dejar de lado completamente el recelo se pasó a una especie de diálogo, al trato de las diferencias de manera más o menos pactada, en un medio ambiente de más cercanía hasta donde lo permitiera el sello que los mexicanos traen en su ADN sobre la creencia, o certeza, de que los Estados Unidos nos robaron la mitad del territorio nacional, en tanto esos mismos mexicanos ven al vecino del norte como el mejor espacio para encontrar una vida mejor. A fin de cuentas, era de “nuestra propiedad”.

    Los nexos también se fueron haciendo cada vez más complejos y los actores que participan en ellos se fueron multiplicando paulatinamente. Y es que la relación ha dejado de ser, si alguna vez lo fue, solo de gobierno a gobierno (los tres poderes en conjunto y por separado); intervienen los gobiernos locales (estatales y municipales: la famosa paradiplomacia) las dos sociedades civiles, instituciones privadas como empresas, iglesias, ONGs, fundaciones e instituciones académicas e individuos. Las visitas mutuas de todo tipo de delegaciones oficiales se volvieron más frecuentes y numerosas, aunque otras se dejaron en el olvido, como las reuniones interparlamentarias que eran un buen foro, para que los integrantes de los respectivos poderes legislativos conocieran de primera mano. De cualquier manera los canales de comunicación son muchos y más diversos.

    La dinámica fronteriza constituye una muestra muy representativa de lo que hoy son las relaciones entre México y Estados Unidos. La frontera en su conjunto tiene un número de cruces de personas que no se ve en ninguna otra frontera del mundo[3]. Por ejemplo, en el punto fronterizo de san Ysidro, cruzan diariamente más de 100 mil personas para trabajar, estudiar, hacer negocios, visitas familiares, comer, comprar, etc. Si a sumamos todos los cruces en los distintos puntos fronterizos, son más de 1 millón de personas diariamente (la cifra pudo haberse reducido un poco a raíz de la pandemia de coronavirus), las que van o vienen casi por cualquier motivo.

    Los lazos intrafronterizos has llegado a crear economías que tienen su propia marcha y no son tan afectadas por los vaivenes de las dos economías nacionales; son espacios económico-comerciales –macro regiones- con una vida propia y con una dinámica que no siempre es bien comprendida desde las dos capitales.

    Es por otro lado, no se puede ocultar, una relación asimétrica. Los PIB correspondientes, así como los ingresos de las personas son muy diferentes, siempre favorables a los Estados Unidos. Igual sucede con los índices de pobreza y de riqueza, son índices que demuestran la asimetría de la relación, entre otros factores. Pero aun así, desde la firma del Tratado de Libre Comercio (TLCAN), Estados Unidos se consolidó como el mercado más importante para México. No es que no lo fuera antes de este pacto comercial, pues desde el porfiriato el mercado de ese país se convirtió en preponderante para México, lo que si se hizo novedoso es que México se convirtiera en el primer socio comercial de su vecino norteño.

    En años recientes padecimos el continuo hostigamiento del mandatario estadounidense, Donald Trump, quien desde su campaña presidencial hizo de México y los mexicanos, especialmente los migrantes, sus blancos de ataque, como si fuéramos los causantes de los males pasados y contemporáneos de la sociedad y la economía de Estados Unidos. Amenazó con construir un muro que impidiera la migración desde el sur, pagado por los mexicanos. Lo primero sí lo empezó a hacer, lo segundo, por supuesto, no. Al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), lo calificó como el “peor” tratado firmado en toda su historia, obligando a sus socios no a renegociarlo sino a pactar uno alterno, el Tratado México, Estados Unidos, Canadá (TMEC). Lo extraño es que sin que dejara de denostar a los mexicanos, tuviera una buena impresión del nuevo mandatario mexicano, cuando Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones presidenciales en 2018 y que, en contrapartida, este pudiera entenderse con quien se había convertido en el peor villano para los mexicanos.

    Incluso, la primera visita a Washington fue para entrevistarse con Trump, oportunidad que no dejó pasar el gobernante estadounidense para tratar de llevar agua a su molino con la comunidad de latinos de origen mexicanos y de estos, residentes en Estados Unidos.

    Con el triunfo del presidente Biden vino una etapa un tanto errática de AMLO en sus tratos con Estados Unidos; primero se tardó en enviarle una carta de felicitación por su victoria electoral; posteriormente, lo mismo amenaza con discursos tronantes por supuestas violaciones a la soberanía nacional (que suspende de repente), que propone trabajar juntos en pro del bienestar mutuo; y de nuevo surgen actitudes que muestran rechazo, desconfianza o desafío a Estados Unidos, como se pudo ver con su negativa a asistir a la Cumbre de las Américas celebrada en el presente año en Los Ángeles por la falta de invitación a Cuba, Venezuela y Nicaragua.  AMLO igual combina críticas con alabanzas a su vecino por “sentirse dueño del mundo”, a la vez que le envía una carta a Biden en el que le hace un reconocimiento porque “es el único que no ha mandado a construir un metro de muro, ha actuado de manera consecuente y con respeto hacia México.”

    Tenemos entonces en el más alto nivel una relación que pasa por periodos de tensión y relajamiento, reclamos y amistad, miradas cautelosas y búsqueda decidida de mayor integración.[4] Es evidente, por lo tanto, que la etapa siguiente de la relación en el tiempo no está exenta de enfrentamientos y contradicciones, por visiones diferentes de ciertos acontecimientos en el escenario internacional y de la propia vecindad entre los cuales se pueden enumerar los siguientes: migración, crimen organizado, economía, comercio, medio ambiente.

    El primero de esos temas es causante desde los inicios de la revolución mexicana de 1910 de grandes problemas y diferencias bilaterales. Ahora la situación es más espinosa pues el gobierno mexicano espera que Estados Unidos lo apoye en sus programas de desarrollo para detener la migración centroamericana y no encuentra eco, más que discursivo; a cambio México ha aceptado, lo que antes hubiera sido impensable: poner a la Guardia Nacional en la frontera sur y norte para detener a los migrantes, que ya no vienen solamente de América Central, sino de Venezuela, Cuba, Haití, Ecuador, y en menor medida de otros países. Ahí no ha habido la cooperación necesaria en la atención a un problema que corresponde atender a los dos socios.

    En el área económica comercial, se encuentran las diferencias respecto de las nuevas leyes energéticas mexicanas. Estados Unidos ha recurrido a su perspectiva de lo que dicen las clausulas correspondientes del T_MEC y por eso ha pedido un periodo de 75 días para tratar de resolver las diferencias de opinión “existentes entre los gobiernos de Estados Unidos y México respecto de las medidas a favor de las empresas estatales Comisión Federal de Electricidad (CFE) y Petróleos Mexicanos (PEMEX), las cuales perjudican a las empresas extranjeras que trabajan en la generación de energía en México. El gobierno de Canadá se ha sumado a las demandas y ha dejado a México aislado como socio económico de Norteamérica.”[5]

    En el campo del crimen organizado existe siempre el reclamo de Estados Unidos de que su vecino no hace lo suficiente para detener el tráfico de drogas ni para detener a los capos, mientras que México arguye, que el trasiego clandestino de armas desde el norte es una de las causas de la enorme cantidad de homicidios que año tras año padece México. La demanda interpuesta ante tribunales estadounidenses en contra de los fabricantes de armas, ya desestimada, es una prueba de las acusaciones de las dos partes sobre la culpabilidad que tienen los vecinos en el crecimiento histórico del problema.

    En cuanto al medio ambiente y su afectación existe una corresponsabilidad manifiesta que o no se acepta o se trata con pinzas. Estados Unidos es uno de los mayores productores de gas invernadero y México continúa aferrado a la explotación de energías fósiles, sin invertir lo necesario en el crecimiento de las fuentes de energías limpias. Ni uno ni otro atienden el problema con la urgencia que se requiere.

    Estamos frente a una agenda complicada, con vaivenes entre el enojo y la cooperación. Las dificultades en la agenda no impidieron que durante los actos conmemorativos, en ambas capitales, de los doscientos años de relación los discursos hayan sido positivos y floridos y se firmara una Declaración de Amistad México Estados Unidos países y se comentara la próxima reunión que tendrán en México, el 9 de enero los dos presidentes. El secretario de Relaciones Exteriores de México señaló que 2023 sería uno de los mejores años para la relación bilateral y que México y EU tienen diferencias pero también tienen cómo resolverlas. No es seguro que así sea, mientras se sigan desarrollando actitudes confusas sobre la relación bilateral que no permiten predecir ni siquiera el futuro inmediato de la relación.

    No obstante, El hecho crucial es el peso guardado por Estados Unidos en el marco histórico de la política exterior mexicana y de la política en general. De modo semejante al dicho “infancia es destino”, es viable asegurar que “geografía es destino”, y ningún estudio o evaluación general de la política de México es completo sin tomar en cuenta el papel que en ella juega Estados Unidos. ⌈⊂⌋


    [1] Carlos Heredia Zubieta, “La relación con Estados Unidos: la prueba de ácido de la política exterior mexicana”, en Jorge Eduardo Navarrete (Coord.), La reconstrucción de la política exterior de México: principios, ámbitos, acciones, UNAM, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, México, 2006, p. 175.  Josefina Zoraida Vázquez y Lorenzo Meyer empiezan su libro concerniente a la historia de las relaciones México-Estados Unidos de la siguiente manera “Desde el momento en que México se constituyó como soberano a principiar el siglo XIX, su relación con el país vecino tuvo una importancia vital en el sentido más pleno del término. La existencia misma de México como país independiente estuvo subordinada al resultado del choque contra la violenta expansión territorial y económica de los Estados Unidos de Norteamérica y la capacidad de la sociedad y los gobiernos de México para resistir ese embate…Fue el choque con los norteamericanos lo que marcó con más fuerza la percepción del mundo externo y dejó la huella más profunda en la conciencia nacional…(No fue sino) la Segunda Guerra Mundial la que tuvo una influencia decisiva  en el cambio de esta percepción, pues gracias a los grandes sacudimientos que entonces sufrió la estructura del poder internacional que los dos países pudieron llegar a un rápido acuerdo sobre los múltiples problemas aún pendientes.” En: México frente a Estados Unidos. Un ensayo histórico 1776-1980, El Colegio de México, México, 1982, pp. 1-2. Cfr. un libro de reciente aparición: Patricia Galeana (Coordinadora), Historia Binacional. México-Estados Unidos, INEHRM, Secretaría de Cultura, Siglo XXI Editores, México, 2018, 418 pp. Véanse especialmente los ensayos escritos por Patricia Galeana y por Walter Astié-Burgos.

    [2] Mario Ojeda Gómez, Alcances y límites de la política exterior de México,El Colegio de México, México, 1976, p. 28

    [3] “Somos una región binacional e inseparable. Tenemos lo mejor de México y lo mejor de Estados Unidos en la misma esquina”, asegura, por su parte, Jason Wells, que se crió en Chicago hace casi 50 años, pero que vivió entre Tijuana y San Diego casi los últimos 30. Wells, que está al frente de la Cámara de Comercio de San Ysidro, cruza varias veces a la semana a Tijuana para hacer compras, por citas médicas, para llevar a los perros al veterinario o simplemente para comer unos tacos de birria (carne de borrego con una salsa de chiles y especies), típicos de la ciudad mexicana. Analía Llorente. “Cali Baja, la dinámica megarregión en la frontera entre Estados Unidos y México que genera millones de dólares y empleos” https://www.bbc.com/mundo/noticias-60891469

    [4] Pellicer, Olga.  Estados Unidos y México: 200 años de cercanía y distanciamiento. Foreign Affairs, versión electrónica, 14 de noviembre de 2022. En https://olgapellicerblog.wordpress.com/2022/11/14/estados-unidos-y-mexico-200-anos-de-cercania-y-distanciamiento/

    [5] Ibid

  • Elogio de la Minifalda

    Elogio de la Minifalda

    Leandro Arellano

    1

    De los diversos instrumentos del ser humano el más curioso es, quizás, el del vestido. La minifalda surgió hace sesenta años e impuso una nueva era a la moda en el vestir. La historia del vestuario ha marchado muy ligada a la narrativa del desarrollo humano. El vestido evolucionó hasta no ser más un velo o cortinilla del cuerpo, sino un elemento representativo del carácter y personalidad de pueblos e individuos. Dejó de ser un manto frágil  para constituirse en una de las más sutiles y convincentes maneras de presentación ante los demás.

    Hay ciertos asuntos sobre los cuales la naturaleza no necesita rectificación. La apariencia es cosa personal. Es facultad individual, la genera cada ser humano. Es asunto de decoro y dignidad -en principio- y tiene múltiples derivaciones. Ningún lujo hay más ostensible que el del arreo personal. La moda del vestido incumbe no sólo a las  mujeres. Concierne a todos, especialmente a antropólogos, sociólogos, artistas, diseñadores, diletantes y otros grupos e individuos. En un libro de varios cientos de páginas, el insólito sabio Roland Barthes discurre sobre cómo los seres humanos pueden imponer un sentido al vestuario.                        

    Parece entonces que el todo o nada comienza con el vestido, con estar a la moda. La moda proviene de tiempos remotos y se instala de modo irracional. Es un disfraz colectivo, acoge las nuevas creaciones, lo que se presenta como novedad, y se reinventa y recicla con cada generación. Y no es superficial todo lo que rodea al vestuario. Motivos menores pueden detonar sucesos extraordinarios.

    Nadie pudo ignorar o desentenderse de aquella desusada creación. Representaba el comienzo de una época en la moda femenina, concentrada en aquel atuendo leve y telúrico. Su aparición no se ciñó únicamente a la renovación de la apariencia personal pues implicó algo más que una irrupción en el atuendo de la mujer: constituyó una acción que daba impulso a derechos reivindicatorios de las mujeres.

    Los caminos de la creación son indecisos.  Una actitud, un gesto físico se tornaba un avance en el reconocimiento de atributos de las mujeres y de su propia manifestación personal. Al tiempo que enriquecía el vestuario de la mujer, removía prejuicios y modales en diversos sectores y mentalidades.

    La portada de Life no dejaba dudas. Curiosos y viandantes se detenían momentáneamente ante la certeza de aquella foto cuya imagen irradiaba un fulgor que desdecía todo lo que no perteneciera a las formas puras del arte. En colores laicos mostraba a la joven amazona marchando en la acera de alguna avenida neoyorkina o sanfrancisquense, calada con la minifalda, el ornamento que instauraba aquella moda y abría la puerta a una nueva etapa de la modernidad.

    Una revelación a los ojos de quienes contemplaban aquella foto que dio la vuelta al mundo.

    La nueva prenda magnificaba la dimensión de las piernas desnudas, largas, rectas y sólidas de la joven mujer, en una longitud que descendía del dobladillo -al final del arco posterior- hasta las zapatillas, rematando el conjunto unos tobillos abastados y tersos.

    Al encomiar el avance civilizatorio de Atenas, Tucídides destaca en su Historia de La guerra del Peloponeso, que los hombres mayores de la clase acomodada portaban todavía hasta su época, por el gusto de su lucimiento, la túnica larga de lino. Y fueron los lacedemonios –agrega- los primeros en adoptar la moda simple del momento, y Esparta donde los ricos adoptaron un tren de vida más cercano al de la masa que en otras ciudades.   

    2

    La hora de nacimiento de la minifalda no es fácil de precisar pues su origen emana de un proceso evolutivo. Fue generada en una carrera gradual, la elevación del dobladillo o bastilla fue paulatina: en los años veinte del siglo pasado, el francés Jean Patou lo elevó hasta la rodilla.          

    La autoría de su creación se la disputaban diversas personalidades reputadas en el diseño, el corte, la confección, el estilismo mundiales. Mary Quant, André Courréges, John Bates y Jean Varon se hallaban a la cabeza. Sin embargo, parece haber coincidencia en que el lanzamiento masivo de la prenda tuvo lugar en 1963, en la airosa calle de King´s Road, en el barrio de Chelsea, en Londres, y fue obra de Mary Quant.

    Francia no se quedó a la zaga. La impulsaban nombres de prestigiados diseñadores. Courréges se proclamó el auténtico creador y eligió a Brigitte Bardot como su musa, convirtiéndola en ícono de la minifalda.

    La prenda se difundía sin trabas y adquiría una progresiva demanda combinada con otros aditamentos –como botas altas- que acentuaban su originalidad.     Pronto las muchachas desafiaban calles y avenidas, parques y plazas, enfundadas en el llamativo atuendo. Una multitud de jóvenes mujeres, famosas entonces- Julie Christie, Sylvie Vartan, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Twiggi y varias personalidades del cine, la publicidad y otros sectores-, satisfacían pantallas y portadas luciendo la prenda.

    Nada puede producirse sin cambio. La significación de la minifalda comprendía una moda, un instrumento de liberación y un desafío. La exposición fue un elemento ineludible de su esencia. Cierto arrojo la ha acompañado desde su nacimiento.  Como fuere, es indudable que su uso impulsó principios elementales de consideración sobre la igualdad de la mujer, en una sociedad eminentemente masculina.

    Las grandes firmas del diseño y la moda -Chanel, Prada, Hermes, Loui Vuitton y otras- mantienen en la actualidad una industria millonaria alrededor del vestuario, las marcas y la publicidad, y en esos vendavales se mece la sexagenaria minifalda ya sin el imán de la novedad, convertida en prenda de uso común, pero jamás desprovista de atractivo.

    La minifalda no surgió por generación espontánea. Fluían tiempos de cambio. Emergió en una época privilegiada, en medio de una multitud de acontecimientos que implicaron cambios en las sociedades de casi todos los continentes. Vio la luz en paralelo con la aparición de los Beatles, la avalancha del rock, los derechos civiles, la píldora anticonceptiva, derechos de la mujer, James Bond y otros fenómenos. Fue la etapa prodigiosa cuando el hombre viajó a la luna, cuando el Arte pop, la industria publicitaria y la moda en el vestir causaban furor.

    Una muestra de los afanes que fluían entonces la condensó plásticamente la escritora Marta Traba, quien refiere (Arte de América Latina 1900 – 1980, BID 1994) cómo entre 1961 y 1964, la Galería Leo Castelli de Nueva York promovía los productos pop, La calle de Oldenburg, los Dick Tracy de Andy Warhol y las declaraciones de artistas pop en las revistas Time y Life.

    La corriente del cambio abarcó también la vestimenta y la apariencia personal de los varones, quienes dejaron crecer su cabello y se enfundaron ropa ajustada, además de calarse pantalones multiformes. Los jóvenes –ellas y ellos- rechazaban el status quo y los hábitos sociales heredados de la postguerra. Protestaban exigiendo cambios, demandas de una nueva generación. Algunos postulados de la filosofía existencialista rebasaron los claustros editoriales y universitarios tornándose ejercicio callejero.

    En el Pacífico oriental se enconaba la guerra de Vietnam.

    El movimiento Hippy constituyó una de las expresiones sociales más originales de la época. Herederos de la antigua filosofía cínica, el movimiento inundó espacios con la expresión de grupos de jóvenes inconformes, de carácter pacifista y ecológico, que vestían de manera estrafalaria, predicaban y practicaban la libertad sexual, sospechaban del capitalismo y se oponían a la Guerra de Vietnam.          

    3

    El vestuario de un pueblo expresa más que su poesía, me asegura una amiga que conoce de estos asuntos. Lo cierto es que cada comunidad desarrolló gradualmente la vestimenta a la que el conjunto de circunstancias locales la emplazaba, de igual modo como cada época adopta y adapta los bienes materiales para su sobrevivencia.

    Ni el color de la piel ni la estructura del cuerpo determinan por sí solos el modo de vestir. Al elegir, el principio rector que prevalece es, o debe ser, más el modo que la moda. La moda es, digamos, la prevalencia del gusto general en el conjunto de usos, costumbres y tendencias de una época, en materia del vestuario, la música, la literatura, el mobiliario, el arte, los usos sociales, etcétera. En la actualidad, si no se especifica otra cosa, se entiende por moda, la del vestir.

    Hay en el vestir actual plena libertad. La moda asimilada como posibilidad y no como imposición. Ni los influencers –ellos y ellas- con todo y su caudal de seguidores, tienen potestad para establecer una sola ruta. Al seguir la moda, por lo demás, se adopta la de un grupo y se renuncia a las cualidades personales.

    Atildarse para convivir con los demás es común en todos los estratos sociales, sobre todo en ocasión de celebraciones, aniversarios y festejos. La gente se atavía con esmero, viste ropa nueva o inmaculada, porque comparte y está a la vista de los otros. Si quieres hacerte amar –aconseja Cupido a Júpiter, en un diálogo de Luciano- hazte todo lo elegante que te sea posible.                                                                                  

    La mirada saluda la gracia del conjunto que convoca la prenda, de la que emanan las piernas descubiertas hasta la prodigalidad de los tobillos. Un modo de mantener la fe en las cosas creadas. Que nadie se sorprenda: la templanza es moderadora, no enemiga de las voluptuosidades, escribió el prudente Montaigne.   

    La minifalda ha sido veta recurrente del debate sobre el vestuario y la moda. Su persistencia radica en la excelencia de su utilidad y su simpleza. Su ambigüedad radica en lucir y ocultar al mismo tiempo. Oculta a las mujeres, pero luce a la mujer. Nada agrega al cubrimiento del cuerpo, por el contrario. Se ciñe a ornamento puro para ser contemplada. Se torna un objeto de belleza engendrador de goces permanentes.    

    Pocos ornamentos del vestir han causado impacto similar en la sociedad del siglo veinte como la minifalda. Pero igual que en otros órdenes de la vida, la moda del vestido también pasa para dejar sitio a lo permanente. La minifalda celebra su sesenta aniversario tan campante. Atenida, quizás, al prestigio fascinador que da la distancia de los años. Consciente de que las cosas viejas que nunca envejecen conservan su aprovechamiento.      

    Nuestros padres –escribió Jean de la Bruyére- nos transmitieron con el conocimiento de sus personas, los de su vestido, de su peinado, de sus armas y de otros ornamentos que amaron durante su vida. No sabremos reconocer este beneficio si no es transmitiéndolo a nuestros descendientes. ⌈⊂⌋     

                San Miguel de Allende, diciembre de 2022

  • La zarandeada zarabanda

    La zarandeada zarabanda

    Samuel Máynez Champion

    Para esta entrega nos aproximaremos a una de las músicas más socorridas del pasado cuyos oscuros orígenes claman por alguna suerte de elucidación. Hablamos de la satanizada pero famosa danza ternaria que le da título a esta nota. No obstante, aunque podemos aseverar que el esclarecimiento total de su procedencia está vedado por la carencia de fuentes, ulteriores investigaciones corroboran que la cuna mestiza es incuestionable y que, a riesgo de contentarnos con inferencias y exiguas pruebas documentales, nos correspondería, como mexicanos, reclamar su paternidad.

    Vayamos pues al punto, que la historia merece una lectura donde, lo garantizamos, no escasean las sorpresas. El primer escollo emerge de la etimología. Se ha especulado que su apelativo pudo provenir del hebreo Zarah, que significa esparcir. También de la palabra persa Serband, que era el nombre de un cintillo que usaban las bailarinas para sujetarse el pelo. Asimismo, hay trasnochadas Historias de la Música que refieren que su procedencia es morisca, pues Sarabande, en árabe se traduce como “ruido” y que en su forma musical se aposentó en España desde el Siglo XII. Sin embargo, nos hallamos en ámbitos especulativos. Lo único cierto es que España fue el primer sitio desde donde se irradia su influencia y que ésta, al cabo de casi cinco centurias de evolución, sigue viva. Prueba de ello es que una vez rebasado su auge en los siglos XVII y XVIII ha seguido cultivándose y todavía en el XX hallamos ejemplos paradigmáticos. El último que conocemos es una zarabanda para arpa, de 1998, del sonorense Arturo Márquez.

    Más tornemos al devenir temporal en pos de reclamar un origen que nos pertenece, y que, si no es enteramente nuestro, es al menos atribuible a nuestro expoliado continente. Según hallazgos recientes, las menciones más tempranas acaecen en nuestras latitudes. La más arcaica es la del poema Vida y tiempo de María Castaña de Fernando Guzmán Mejía, fechado en Panamá en 1539. De este podemos colegir que la forma primitiva se cantaba y que habría de bailarse con un ritmo que, a la postre, sería censurado. Obviamente, de la música no hay rastro. La cuarteta que nos interesa dice: Os estéis sobando la harina blanca / Con huevos, con azúcar, con manteca /Al son de zambapalo y zarabanda / O en el paraíso estéis ahora de Meca…

    De ahí tienen que transcurrir 27 años, es decir hasta 1566, para encontrar la segunda referencia documental. Se trata de un poema “glosado a lo divino” de Pedro de Trejo, cuyos villancicos se entonaron en la catedral de Pátzcuaro. Se titula Zarabanda, ven ventura y su primera copla reza: El criador es ya criatura / Zarabanda ven y dura. / Tiene Dios hecha una ley / Desde que Adán le ofendió /que al hijo, que es Dios y Rey /a la muerte le obligó/ por salvar a la criatura. / Zarabanda, ven y dura.

    Lo escalofriante del asunto es que el tribunal de Santo Oficio procesó al ingenioso Trejo por el sacrilegio contenido en el primer verso ‒El criador es ya criatura‒, y que no obstante haber recibido licencia del obispo de Michoacán para que se cantara en las festividades de Corpus Christi, soportó tormento y fue quemado en la hoguera. El destino del martirizado poeta proporciona una clave fundamental para entender su accidentado tránsito, mas habría que apuntar otras atribuciones para calibrar mejor la pertenencia. En la religión bantú del Congo existe una deidad mentada Sarabanda que sigue siendo adorada en la santería afrocubana. Crucial es el testimonio de Diego Durán en su Historia de las Indias de la Nueva España, pues asentó la semejanza entre una danza prehispánica náhua, la cuecuecheuycatl con “esta zarabanda que los naturales usan con tantos meneos, visajes y deshonestas monerías, que fácilmente se verá ser bayle de mujeres deshonestas y de hombres livianos”. Como culmen del eslabón americano podemos citar el nombre de una flauta de carrizo guatemalteca, también llamada Sarabanda.

    Con estos elementos el constructo está armado: la danza popular que nos atañe fue producto del cruce de razas. Las raíces indígena, negra y europea la configuraron y desde su alumbramiento escandalizó a los promotores de la “verdadera” fe.

    Prosiguiendo en el tiempo, es hasta 1583 cuando surge la primera fuente española y se ubica en un edicto lanzado por Felipe II, en concordancia con los “santos” inquisidores. Recordemos que el soberano pasó a la historia como héroe de la brutal Contrareforma y que en su reinado se ensancharon las complicidades con el vaticano. Así, leemos: “A 3 de Agosto de 1583 mandan los señores Alcaldes de la Casa y Corte de su Magestad, que ninguna persona sea osado de cantar, ni dezir por las calles, ni casas, ni en otra parte, el cantar que llaman de la zarabanda, so pena de cada ducientos azotes, y à los hombres de cada seis años de galeras, y à las mugeres de destierro del Reyno”.

    El segundo documento hispano que hace referencia a ella aparece en el poema Florando de Castilla de Jerónimo de Guerra, publicado en 1588. En este se cita: “fea es la vida de la Çarabanda, ramera pública del Guayacán”, en alusión a un nexo americano. En 1592 llega el turno del religioso Juan Antonio de Camós, quien pontificó en su Microcósmia y gobierno universal del hombre cristiano: “las nuevas invenciones del demonio que llaman zarabandas.”

    Menos conocido es el testimonio del suizo Tomás Blatter, quien presenció el baile de una zarabanda en Barcelona, en 1599, y consignó datos esclarecedores: “en aquel espectáculo salido del averno había siempre parejas juntas en la calle, de un aproximado de cincuenta personas, hombres y mujeres opuestos, tocando cada uno castañuelas, panderos o guitarras y realizando pecaminosas contorsiones con cuerpo, manos y pies.”

    Corresponde, ya entrados en el Siglo de oro, al jesuita Juan de Mariana arremeter contra ella en su Tratado De spectaculis del 1609. El Capítulo XII está dedicado al denuesto de nuestra vapuleada danza y en él se lee: “por ahora sólo quiero decir que entre las otras invenciones ha salido estos años un baile y cantar tan lascivo en las palabras, tan feo en los meneos que basta para pegar fuego aún a las personas más honestas”. Y, tristemente, también Cervantes se afilió a la corriente que la situaba en un limbo infernal, al anotar en varias de sus comedias que su “son era endemoniado” y que su proveniencia no era otra más que la del reino de las tinieblas, es decir, de nuestras propias moradas.

    ¿Qué podemos agregar a lo antedicho, además de su pertinacia? Lo primero es añadir que al momento de sus condenas hispanas comenzó su ramificación hacia el resto de Europa y sus colonias. Los primeros manuscritos musicales, adquirida ya su forma instrumental, surgieron en el sur de Italia en forma de tablaturas para vihuela o guitarra. Casi en sucesión, la zarabanda traspuso los pirineos en aras de convertirse en una danza cortesana, solemne y grave. Sobre el favoritismo que encontró en Francia, delineando su andadura definitiva dentro de la suite, debemos aducirla a la pasión por la danza de Luis XIV, a quien, por su gordura, le vino bien que la sarabande se desplazara en un tiempo lento. Con respecto a su aposentamiento en los reinos germanos y en la Gran Bretaña, baste con citar una colección de zarabandas alemanas, de 1612, de Michael Praetorius, todas en tiempo allegro y la contrafacción que hicieron los ingleses, a mediados del XVII, al componer zarabandas que se asociaban con las veloces contradanzas.

    Ahondando, hemos de aclarar que a lo largo del Siglo XVII los italianos la practicaron sin destinarle una característica exclusiva. De hecho, no es raro encontrar que, al principio, las denominaciones se entremezclaran. El napolitano Nicola Matteis, por ejemplo, compuso Diverse bizzarie sopra la vecchia sarabanda o pur ciaccona. Eigualmente podemos toparnos con arias de ópera que suenan a zarabandas y zarabandas que son folías. Como ya dijimos, a inicios del XVIII su expansión creció y a partir del clasicismo su popularidad comenzó a decaer.

    A pesar de que nos sea imposible hallar características unívocas, podemos sintetizar las más recurrentes: La escansión rítmica se petrificó en una nota con punto en el segundo cuarto del compás, haciendo de este el tiempo fuerte y su estructura se congeló en la forma A ‒ A´ ‒ A´´.

    Para concluir este zarandeado recorrido es menester que citemos a algunos autores que le dieron lustre. Desde Francia desfilan Lully, Marais, Rameau, Couperin, Leclair, Saint-Säens, Debussy y Satie. Desde Alemania brilla Bach junto a Händel, Telemann y Weiss. Desde Italia emergen Corelli, Geminiani, Scarlatti, Porpora, Vivaldi y Tartini; y del resto de las naciones sobresalen personalidades como las de Purcell, Britten, Tchaikovsky, Grieg y Albéniz.[1] Aunque nos haya sido denegada, con esto damos por buena otra de nuestras grandes aportaciones a la cultura universal.


    [1] Se aconseja la escucha de los siguientes ejemplos:.

    Audio 1: Sarabande de la Sinfonía Melódica para dos oboes TWV 50 de Gëorg Philipp Telemann. (Berliner Barocke Solisten. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2005).

    https://music.youtube.com/watch?v=WGM4VVlLqYQ

    Audio 2: Sarabande de la Suite Ancienne n° 2 de Isaac Albéniz. (Miguel Baselga, piano. BIS, 2005)

    https://music.youtube.com/watch?v=xcc4jBXk2jI

    Audio 3: Sentimental Sarabande de la Simple Symphony op. 4 de Benjamin Britten. (London Chamber Orchestra. Christopher Warren-Green, director. EMI, 2009) 

    https://music.youtube.com/watch?v=oTRz7UyVMvM

  • El afluente creativo de Marcela del Río

    El afluente creativo de Marcela del Río

    Itzayana Dorantes Martinez

    Donde está mi hogar, donde está mi hogar,

    el agua susurra en las praderas,

    los pinares murmuran por las laderas

    en el huerto brilla la flor primaveral

    como deleite del paraíso terrenal,

    esa es la preciosa tierra,

    tierra checa, mi hogar.

    Fragmento del himno de la República de Checoslovaquia

    (1918-1992) y de la actual República Checa

    La escritora mexicana Lola Horner curioseaba por una librería de viejo en la ciudad de Xalapa, Veracruz, donde encontró arrumbada una novela titulada La cripta del espejo. Un feliz descubrimiento que se suma a la Colección Vindictas, una iniciativa de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la cual un grupo de narradoras y académicas se han dedicado a rescatar, o mejor dicho, a reivindicar, novelas y cuentos de escritoras latinoamericanas que durante el siglo pasado no tuvieron el reconocimiento y atención de los que eran merecedoras.

    “Colección Vindictas abre la lente a una mirada plural, puesta en retrospectiva para recuperar grandes novelas escritas por mujeres que habían quedado fuera del alcance de los lectores a pesar de su relevancia literaria y de una vigencia asombrosa. Una nueva lectura, más empática e incluyente a estas obras, no solo nos permitirá reivindicar el mérito de sus autoras, sino compensar nuestra deuda con la literatura escrita por mujeres.”[1]

    Aquella edición de 1988 que se encontró Lola Horner fue escrita por Marcela del Río, quien nació en la Ciudad de México el 30 de mayo de 1932. Con el amor y la facilidad por las letras en las venas[2], Marcela ya había recibido su primer premio a los 14 años por sus poemas, y tres años después ejercía como periodista y crítica de teatro en diversas revistas mexicanas.

    La literatura y las artes escénicas fueron su área de especialización, pues estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM, Arte Teatral en el Instituto Nacional de Bellas Artes, Arte Dramático en la Academia Cinematográfica de México, Actuación en la Escuela de Artes Dramáticas de Seki Sano[3] y un Doctorado en Filosofía por la Universidad de California.

    Su experiencia en el área de las artes escénicas, en la poesía y la narrativa le valieron el nombramiento como agregada cultural en dos embajadas: en la de la entonces Checoslovaquia, de 1972 a 1977, y en Bélgica de 1980 a 1983. Entre esos dos cargos, fungió como Titular de la Unidad de Relaciones Internacionales de la Secretaría de Educación Pública en México. También realizó una importante labor docente en diferentes universidades mexicanas, estadounidenses y europeas.

    Desde finales de la década de 1950 hasta mediados de la de 1980, Marcela publicó diez guiones teatrales, dos poemarios, diversos ensayos, el libro de cuentos de ciencia ficción Cuentos arcaicos para el año 3000 y, en 1988, su única novela publicada, La cripta en el espejo. Esta novela es resultado de su experiencia en su primer cargo diplomático, por el cual fue galardonada con la medalla Smetana del Ministerio de Cultura checoslovaco.

    La historia del pueblo checoslovaco es de lucha, revoluciones, resistencia y recreaciones constantes. La novela de Marcela del Río, apellido que hace referencia al agua, la toma como símbolo unificador de la historia e identidad checoslovacas, porque el agua tiene memoria y un pueblo con tantas transformaciones políticas, económicas y sociales (desde un imperio, varias veces república y un estado comunista[4]), debe apegarse a ella para conservar su identidad y sus raíces.

    El río Moldava es el cuerpo de agua más grande de la República Checa, nace en la frontera sur con Austria, cruza las ciudades checas más importantes, incluyendo la capital, y llega a su fin casi a la par del territorio checo, donde se une con el río Elba. En diferentes figuras y metáforas literarias, el agua y los ríos simbolizan fluidez, cambios, movimiento. Y así es la historia de Checoslovaquia.

    Traicionados por los países de occidente ante la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial y entusiasmados por el triunfo soviético ante el nazismo, el pueblo checoslovaco puso todas sus esperanzas de regeneración y desarrollo en el comunismo, llevando al Partido Comunista al poder en 1948. Por los siguientes 10 años, la economía mejoró y pareció más fuerte que la de sus vecinos en Europa del Este. Los salarios y el nivel de vida aumentaron, garantizando, por un tiempo, la estabilidad del régimen.

    Sin embargo, Checoslovaquia no escapó del férreo control estalinista, por lo que el apoyo o tutelaje soviético parecía, cada vez menos, valer la pena de coartar la libertad del pueblo checoslovaco. Esa inconformidad creciente llevó al reformista Alexander Dubček, líder del Partido Comunista, a implementar medidas consideradas radicales para reducir el excesivo control burocrático y fomentar la libertad de expresión artística, bajo el lema de “socialismo con rostro humano”.

    En consecuencia, la URSS invadió Checoslovaquia, echando por tierra las reformas de Dubček y redoblando el control y la represión ante cualquier actividad que pareciera contraria o ajena al régimen soviético. Cientos de miles de checoslovacos se vieron sin empleo, encarcelados, vigilados y violentadas sus libertades básicas, como la de la educación superior y de profesión. Estas medidas incrementaron el enojo y la disidencia en el país, cuyas actividades de protesta estaban encabezadas principalmente por escritores y artistas.

    Es en este delicado periodo en el que Marcela del Río vive y trabaja en Checoslovaquia; y “es a partir de esa experiencia que configura la trama de La cripta del espejo.”[5]  Esta novela relata la historia de Federico Palacios y su familia, cuando él, siendo funcionario público, es nombrado como Embajador de México en Checoslovaquia y, por ende, su esposa Martha, su hijo Gustavo y hasta la trabajadora del hogar, Cayetana y su bebé, deben mudarse a aquel lejano país.

    En el fluir de los acontecimientos, Marcela presenta diferentes panoramas y sucesos, como el del presidencialismo y sistema político del México de las décadas de 1960 y 1970, la represión al movimiento estudiantil del 2 de octubre de 1968, el contexto político y social de la Checoslovaquia del mismo periodo, así como los entresijos de la vida diplomática. Sin quitar mérito al marco narrativo, lo más valioso de la novela es que ésta fluye a través de personajes históricamente marginales del Acontecer Histórico (así, con mayúsculas); pues mediante la descripción de su situación cotidiana, de su pensar y su sentir, nos permite conocer el trasfondo de las dinámicas sociales y políticas de una época tan convulsa como la de aquellas décadas.

    “Mientras que el personaje masculino –embajador, padre de familia, estadista diligente– padece los embates de un sistema político rancio, de pleitesías y servilismo, son las voces periféricas y subalternas –la esposa, la empleada doméstica, el hijo rebelde– quienes cuestionan las estructuras hegemónicas y, desde su trinchera particular, intentan derribarlas. Lo personal es político. En palabras de Lola Horner, La Cripta del Espejo no es solo la disección de una figura de poder y todos aquellos que la convierten en quien es, sino también la oportunidad de escuchar una época y ciertas voces que recrean años convulsos y apasionantes”.[6]

    La obra se encuentra estructurada en seis capítulos, que hacen una sutil referencia al río Moldava: la partida, la llegada, el torrente, las cataratas, los remolinos y la desembocadura. Su cauce coincide con el desarrollo de los acontecimientos y la evolución de cada uno de los personajes.

    De manera paralela, cada capítulo es presentado a través de tres voces narrativas, a los que denomina “afluentes” (nuevamente, el elemento del agua enmarca la narración). El primer afluente lo constituye un narrador extradiegético que, por momentos presta la palabra a Federico y Martha; el segundo es la voz de Cayetana, quien rescinde del narrador extradiegético y relata todo en primera persona; al igual que el tercer afluente, correspondiente a Gustavo. Además, la novela permite una lectura más profunda a través de tres afluentes alternos: el político, el de género y el de clase.

    El afluente político corre a través de los dos personajes masculinos: Federico y Gustavo. El primero, si bien no es el único protagonista de la novela, sí es el centro de poder que determina el destino del resto de los protagonistas. Él fue un político perteneciente al partido hegemónico y con acceso directo al presidente. Sin embargo, la historia inicia diciéndonos que él ha caído en desgracia:

    “Federico, si no “el grande”, “el no tan pequeño”, no considera la debilidad como uno de sus atributos. El presidente fue amable, hasta cariñoso con él. En ningún momento lo hizo sentirse incómodo por la situación. Sin embargo, se sabe el chivo expiatorio […] No condena al presidente, supone que no tuvo otra alternativa. Vuelve a recrudecerse la sensación de navegar hacia el destierro. La misma que tuvo cuando él le notificó que sería nombrado embajador. […] No es la primera vez que sale del país en misión diplomática, pero nunca como ahora tiene la certidumbre de ir al exilio.”[7]

    Con este aspecto de la novela, la autora nos introduce en diversas actividades diplomáticas de Federico, dejando ver que se trata de un hombre con grandes habilidades políticas, de negociación, un buen uso de la palabra, presume de leer bien a las personas y de un amplio conocimiento del contexto internacional propio de la Guerra Fría. La actividad cotidiana de Federico transcurre entre actos protocolarios, cenas en otras embajadas, recepciones de figuras públicas y económicas de la República Checoslovaca.

    Lo importante es que Federico debe tener la habilidad de extraer la información relevante y hacer del conocimiento del gobierno mexicano; mantener el contacto con las personas adecuadas y reportarlo todo. Lo anterior no implica que deje de estar pendiente de lo que ocurre en México. Desde la distancia, Federico se mantiene atento a la prensa y cualquier persona que le pueda dar información de lo que acontece en su país: el sexenio estaba por terminar y él debía idear la manera de cumplir con su encomienda diplomática, pero también de no desaparecer por completo de la política mexicana y lograr que el presidente electo lo contemplara para el próximo gabinete.

    Federico extiende su red de influencia y poder lo más que la dinámica en aquel país se lo permite. Su ambición supera el límite de lo público y lo político, pues aparece la esposa del embajador estadounidense, Grace, con quien entablará una arriesgada y clandestina relación que pondrá en juego todos sus bastiones de control.

    Pero tanto en Checoslovaquia como en México, los hilos del poder cambian repentinamente y Federico recibe la tan ansiada llamada de Palacio Nacional, ha recuperado lo que consideraba que era justo: una secretaría de estado, está nuevamente en el juego. Más aún, había logrado transformar su exilio- reprimenda, en el punto de apoyo para escalar a lo alto de la política; ese tiempo en el destierro y todas las complicaciones no serían en vano, serían las bases de su ascenso a la cumbre del poder:

    “¿Irán a publicar en la prensa mi designación como secretario antes de que yo llegue, o esperarán a que me presente? Tendré que ponerme al día en ese nuevo campo, no sea que me entrevisten los periodistas y cometa algún error. Esta vez me cuidaré bien las espaldas. No volverá a ocurrirme lo de la vez pasada […] Claro que no fue mi culpa, pero de cualquier forma, no daré un paso sin hacer pasar por delante de mí una aplanadora que haga arena de todas las piedras del camino. […] si yo lograra aplicar en México algunas de las conquistas obtenidas por este país… con lo que he observado y aprendido aquí, podré crearme una imagen de benefactor de las masas y dentro de seis años… ¿por qué no pensar en esa posibilidad?… dentro de seis años podría aspirar a… todo secretario de estado es un candidato en potencia…”[8]

    La situación de Federico, así como sus reacciones ante los hechos, dejan ver la característica central de la política en México: el presidencialismo. Un llamado del presidente en turno inicia la travesía de Federico, y otra llamada del presidente entrante parece darle fin. Sin embargo, esa legitimidad y poder que Federico gana en lo público, lo va perdiendo en lo privado. Su propio hijo es la antítesis de todos los valores que Federico representa y busca conservar.

    Gustavo es el personaje clave a través del cual Marcela del Río plasma el cuestionamiento ideológico al socialismo, la crisis del ideal de libertad que se da en la adolescencia; así como el choque generacional intrafamiliar y social que se cristalizó en los años sesenta y setenta del siglo pasado; además de la herida abierta de la represión en México cuya cumbre se dio la noche del 2 de octubre, en la cual, Gustavo participa en abierta rebeldía hacia su padre:

    “Y este puto poema que no me quiere salir, tengo ¿cuánto tiempo? Tratando de sacarlo, desde, bueno casi desde entonces y nada… como si las palabras fueran pedazos de cemento, de ese mismo cemento que me cubrió, que nos cubrió aquel trágico día… se me revuelve el estómago cada vez que me siento a escribirlo, me da náusea, dolor de cabeza, pero ahora que debo preparar mi mente para irme a Checoslovaquia es como si me fueran a nacer alas y antes de volar del nido tengo que acabar con el maldito poema, echarlo fuera como un vómito necesario, debo desintoxicarme antes de escapar de esta mierda.”[9][…]

    Fueron niños

    de mi edad entonces

    los que fueron cazados como tigres salvajes.

    Fueron mujeres

    de la edad de mi madre

    las que cayeron para no volver a tener hijos

    para no volver a tener padres.

    Fueron hombres

    de la edad de mi padre

    los que murieron por herida de bala

    disparada por sus hermanos-hombres

    compañeros que estudiaron juntos

    cuando de niños los llevaban de la mano sus madres.

    Todos eran mis amigos:

    los pequeños y los grandes,

    los que en mi escuela cursaban

    y los de afuera del aula

    ¿Acaso no éramos todos las ramas de un mismo árbol?

    Nuestras raíces se hundían en un mismo Tlatelolco

    en sus ruinas (¿nuestras ruinas?)

    en sus piedras (¿nuestras almas?)

    que volvieron a teñirse con sangre de mexicanos

    pero esta vez no vertida por ajenas armas blancas

    sino por armas de fuego

    en nuestro hogar encendido.

    Allí estaban los soldados disparándole a unos niños

    los de a pie

    los de unidades blindadas

    los de la mano enguantada

    los sabuesos

    oficiales de bayoneta calada

    los que hicieron un cuartel de la azotea de la iglesia

    todos estaban allí

    disparándole a sus hijos

    y yo era de los hijos

    y el soldado era mi padre.[10]

    Otra de las grandes diferencias entre Gustavo y su padre es que el joven conoce de primera mano la represión del régimen socialista, el malestar del pueblo checoslovaco, se identifica con ellos. Gracias a su novia Pavla y su familia disidente al Partido Comunista y al gobierno, Gustavo observa la represión, la violación a la libertad de creación y expresión, vive los remanentes de la Primavera de Praga mientras hace sus propios intentos de convertirse en poeta y periodista, se va desencantando totalmente del socialismo y la política de todos los regímenes:

    “Ahora sé que sí hay división de clases, aunque de distinta materia, calibre y concepción que en nuestro mundo occidental. El socialismo ha logrado una evolución, pero no como se piensa, por la abolición de las clases sociales, sino por la abolición de las clases “económicas”, y en lugar de la vieja concepción ha surgido una nueva división de clases “políticas”. […] Me niego a aceptar que lo que exista en Checoslovaquia sea una sociedad verdaderamente socialista. En mi opinión, es un capitalismo de Estado. El hombre no es explotado por el hombre, pero sí por el Estado. Y sigue habiendo miembros de la sociedad con privilegios y prebendas. No existe libertad para estudiar, ni la libertad para algo más importante: para no delatar. […] ¿Pero es que todo es lo mismo? ¿El poder es el poder en cualquier régimen? ¿Qué salida hay entonces? ¿Por qué dieron su vida los muertos de Tlatelolco? ¿Para llegar a este socialismo?”[11]

    Es a través de Gustavo que Marcela nos comparte lo cerca que pudo estar de los checoslovacos a través de su misión diplomática, de cuánto los pudo conocer y tomar prestadas sus voces para hacer una denuncia múltiple de la naturaleza ambiciosa, de control y dominio que caracteriza al ser humano en todas las partes del mundo, sin importar espectro político, idioma o historia. Marcela supo conocer la naturaleza e historia checoslovacas, a grado tal que, en palabras de Lola Horner, “la novela es una especie de profecía que anticipaba la caída del muro de Berlín”[12], el fin de la Guía Fría y el fin del socialismo en Europa del Este.

    El personaje del tío de Pavla, Milan, aunque secundario, es el que mejor representa la postura del pueblo checoslovaco ante la invasión y represión soviéticas. Este personaje alude al novelista checo Milán Kundera, de convicciones socialistas, aunque fue expulsado temporalmente del partido comunista en 1950, y de manera definitiva en 1970, por haber participado en la Primavera de Praga; fue víctima de persecución política y se vio exiliado en Francia en 1975, donde reside actualmente:

    “El pueblo checo no está contra el socialismo, ni contra el comunismo, está contra el cautiverio de la inteligencia […] Todo el que andaba con camisa era un “burgués”; porque se ha permitido y favorecido un rechazo y hasta una franca discriminación hacia la gente con educación universitaria. Y un pueblo que ha fincado su nacionalismo en la cultura, un pueblo que se ha identificado con la inteligencia, no puede tolerar eso por mucho tiempo. Me importa que lo entiendas, Gustavo, porque vas a irte a México, vas a ir con tu gente y quiero que lleves una idea clara de lo que viste. […] no juzgues nuestra lucha como una lucha de pueblos, júzgala como una lucha de conciencia. Y con todo el dolor de mi cerebro, más que de mi corazón, debo reconocer que en mi país el odio se ha institucionalizado, y nada bueno puede salir de una institución del odio. Los soviéticos no saben que nuestra cultura es la raíz de nuestra nacionalidad, nuestra coraza, nuestro escudo, nuestra defensa, entonces, tratan de acabar con ella, imponiendo reglas al desarrollo cultura que impidan una evolución auténtica.”[13]

    Mientras que Milán, Gustavo y Federico representan lo público y lo político; Martha entra en la esfera de lo privado: la familia y el rol de la mujer en ella. Pero no por ello Marcela deja de hacer las denuncias de desigualdad y sometimiento que existen; sino que opta por evidenciarlas desde otra voz y enfoque.

    Martha constituye la figura de la abnegada y sumisa esposa mexicana, siempre atenta y condenada al devenir profesional de su marido, dispuesta a compartir con él las cargas y esperar pacientemente lo que les depare, cuidar de los hijos y el hogar de manera tal que no se vuelvan una “carga adicional” para el proveedor económico. A diferencia de Gustavo, cuyo sexo le permite independizarse de Federico, Martha y Cayetana realmente no cuentan nunca con esa posibilidad.

    Martha se ve atrapada dentro del mito del amor romántico y la obligación cristiana del matrimonio que le impiden dejarlo durante su puesto en Checoslovaquia. Tras soportar la indiferencia de Federico, a la que se suma la infidelidad con Grace, al regresar a México, Martha se da cuenta de que realmente nunca será libre porque Federico se niega a firmarle el divorcio. No podría porque atenta contra su anhelado y recién conquistado triunfo político, ¿cómo va a ser presidente si su esposa lo ha abandonado y su familia se ha desboronado?

    Marcela del Río plasma cómo Federico considera a Martha un objeto de su propiedad:

    “era su verdadera, era su única mujer, la que le pertenecía, sólo ella sabía cómo agradarlo, sólo ella que había estado codo con codo a su lado en los momentos más difíciles de su vida. […] Marta era su Marta […] Federico se piensa por un momento solo en su casa. La cama vacía. Los hijos tan lejanos como si nunca los hubiera tenido. ¿Para qué entonces el triunfo político? ¿Para que los sacrificios ofrecidos? Solo él sabe cuántas ofrendas tuvo que hacer a los dioses, traicionando sus escrúpulos, vejándose a sí mismo, para que su familia lo admirara, para que su familia estuviera orgullosa de su éxito.”[14]

    Ante el improbable pero contundente escenario en el que Martha se hartara de sus infidelidades y su cosificación, Federico se halla incrédulo, perdido, desesperado y, aunque en su pensamiento apostaría a la piedad, al amor romántico y la sagrada institución de la familia para hacerla regresar, Federico termina por realizar un chantaje emocional contra Marta, utilizando a los hijos, los cuales en realidad también decidieron salir del hogar y renunciar a Federico; hasta terminar con una amenaza explícita, alardeando del poder que le da el ser un hombre de la política; porque no entiende otro juego distinto al del uso del poder.

    Pero si Martha ya se ve doblegada por una sociedad machista y desigual, Cayetana es doblemente anulada como mujer indígena. Es un personaje en cuyo discurso, la autora nos deja ver que ella tiene nulo control sobre su vida y su destino, es propiedad de Federico, de Martha, de Lucía y hasta de Gustavo. De esa familia que la lleva consigo a un país totalmente extraño y ajeno, donde la escasa posibilidad del lenguaje que ya la afectaba, puesto que no sabe leer o escribir, se imposibilita totalmente porque no habla inglés, único idioma en el que podría desenvolverse en Checoslovaquia.

    Incluso antes de tener que mudarse, la primera aparición de Cayetana en la novela ya nos plantea las múltiples problemáticas y vulnerabilidades a las que está expuesta en su propio país:

    “entonces, al principio, como les estaba platicando, ya no me recibió la señora después de cuando tuve a mi niña, dijo que también ella tenía un niño y que ya no podía ocuparme a mí, porque yo tenía que atender a mi hija, pero sí me dio la facilidad de estarme con ella mientras me aliviaba, pero para esto, tuve el problema de que anduve en todo aquello yo sola, solita me interné en la clínica, solita me… fue un problemazo regrande, tan grande que no lo puedo platicar todo, después salí del hospital con la niña…”[15]

    Es decir, en Cayetana se suscita un entrecruzamiento de subalternidades: mujer, indígena, analfabeta, madre sola, de un bajo nivel económico. Su situación refleja el abuso del poder en la sociedad mexicana hacia las trabajadoras del hogar, porque si bien los personajes que ya mencionamos son subalternos a Federico, no lo son en la misma manera, y tanto Gustavo como Martha juegan con la cantidad de poder de manera distinta, pero esto es algo inexistente para Cayetana. Incluso Lucía, la segunda hija de los Palacios, quien aparentemente no tiene gran relevancia para la historia, se dedica a hostigar a Cayetana, quien no puede denunciar ese abuso con los señores y, mucho menos, ponerle un alto a Lucía.

    Por otro lado, esa familia pretende que Cayetana sea totalmente autónoma en una ciudad extraña, que sepa ir y volver del mercado, comprar la despensa en una moneda que no conoce y moverse en un sistema de transporte público que no le es familiar. Evidentemente, Cayetana pasa por diversos episodios de confusión, pérdidas, estrés y frustraciones. Es esa suma de imposibilidades, incluyendo la del lenguaje, la que la lleva a su crisis nerviosa. La locura en la que cae, es una nueva capa de vulnerabilidad que la nulifica aún más.

    Como señala Lola Horner, al igual que el río Moldava desemboca en otro río y por tanto, se pierde el rastro de sus aguas, la novela nos deja un final abierto en el cual desconocemos qué sucede con los personajes y sus batallas personales: no sabemos si Gustavo realmente logra independizarse, si Martha obtiene el divorcio, qué ocurre con Cayetana y su recaída en la crisis nerviosa al regresar a México, si Federico tiene éxito en su nuevo nombramiento (aunque Marcela sí nos deja ver que la nueva estabilidad política del personaje no compensa la inestabilidad familiar, esa vuelta de tuerca que nos recuerda el refrán de que “no se puede tener todo en la vida”).

    La cripta en el espejo es una novela que, aunque escrita en los setenta, sigue vigente en términos de política, feminismo, desigualdad política y social, discriminación hacia las personas indígenas, los juegos del poder; porque ejerce denuncias sobre varios niveles de subalternidades que aún persisten.

    Marcela del Río tiene una habilidad especial para manejar diferentes discursos, tipos de lenguaje y conciencias, a través de los diferentes afluentes que nos propone; de manera que nos lleva a entender que, sin importar el punto geográfico y el momento histórico, el fin nunca justifica los medios, “porque medios corruptos, corrompen los fines.”[16]


    Fuentes:

    Del Río, Marcela, La cripta en el espejo, Col. Vindictas, UNAM, México, 2019, 440 pp.

    Libros UNAM, Vindictas 1. Seminario web sobre mujeres y literatura del siglo XX en América Latina. Explorar el río: mujeres novelistas II. Lola Horner, México, 2021. URL: https://www.youtube.com/watch?v=K-apl1UpfIU

    Ortiz Bulle-Goyri, Alejandro, “Seki Sano”, Enciclopedia de la literatura en México, Fundación para las Letras Mexicanas, disponible en: http://www.elem.mx/autor/datos/3764

    S/a, “La Cripta en el Espejo”, Cultura UNAM, disponible en: https://vindictas.unam.mx/sitio/la-cripta-del-espejo.


    Notas:

    [1] S/a en La cripta en el espejo, Col. Vindictas, UNAM, México, 2019, contraportada.

    [2] Marcela nació en una familia de escritores, en la que el más reconocido es el también diplomático y poeta Alfonso Reyes, tío abuela de esta escritora.

    [3] Seki Sano es un referente del ámbito teatral en México, “nació en Japón y […] fue director de teatro y activista político. Llegó a México en calidad de exiliado político en 1939, procedente de Nueva York, perseguido por el gobierno japonés. Durante su juventud participó en la renovación teatral japonesa y después en la vanguardia teatral soviética. Introdujo en México el método de Stanislavski y fundó a su llegada, en 1939, con apoyo del Sindicato Mexicano de Electricistas, el Teatro de las Artes y otros importantes centros de formación teatral como el Teatro de la Reforma. Formó numerosos cuadros de actores y directores.” Alejandro Ortiz Bulle-Goyri, “Seki Sano”, Enciclopedia de la literatura en México, Fundación para las Letras Mexicanas, disponible en: http://www.elem.mx/autor/datos/3764

    [4] Parte del Imperio austrohúngaro hasta su independencia en 1918, pasó por la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial hasta el 5 de abril de 1945. Tras un breve periodo de tres años como una república de corte socialdemócrata y liberal, el Golpe de Praga de 1948, apoyado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), instauró la República Socialista de Checoslovaquia, que duraría hasta el 31 de diciembre de 1992 con la caída del comunismo y la disolución de dicha nación en dos repúblicas distintas: la República Checa y la República de Eslovaquia.

    [5] S/a, “La Cripta en el Espejo”, Cultura UNAM, disponible en: https://vindictas.unam.mx/sitio/la-cripta-del-espejo.

    [6]Ídem.

    [7] Marcela del Río, La cripta en el espejo, Col. Vindictas, UNAM, México, 2019, p. 19

    [8] Ibid., pp. 412 y 415.

    [9] Ibid., p. 47.

    [10] Ibid., pp. 48-50.

    [11] Ibid., pp. 227-229.

    [12] En Libros UNAM, Vindictas 1. Seminario web sobre mujeres y literatura del siglo XX en América Latina. Explorar el río: mujeres novelistas II. Lola Horner, México, 2021. URL: https://www.youtube.com/watch?v=K-apl1UpfIU

    [13] Marcela del Río, La cripta en el espejo, Col. Vindictas, UNAM, México, 2019, pp. 308-309.

    [14] Ibid., pp. 392 y 438.

    [15] Ibid., pp. 38-39.

    [16] Ibid., p. 384

  • Las mujeres de Sergio Golwarz

    Las mujeres de Sergio Golwarz

    Vicente Francisco Torres (UAM-A)

    En los cursos de posgrado universitario en literatura, un momento climático es la elección de la obra o periodo que los alumnos eligen para volcar sus esfuerzos en la investigación y escritura de sus trabajos de tesis. En los días que corren, la moda y la publicidad han ganado la batalla a las obras de verdadera valía, porque los estudiantes eligen las obras cuyos autores aparecen entrevistados a menudo en la prensa. Hoy la bolsa de valores de las literaturas nacionales está en manos de las transnacionales que suelen anteponer los dictámenes de ventas a los de valor literario. Y eso sucede, hasta donde he podido ver, en todos los países de América Latina. Si no publicas en las grandes editoriales, estás condenado a las marginales, aunque se da el milagro de que, aun así, alguna obra logra trascender.  Toda proporción guardada, sucede lo mismo que con las petroleras de los países que, como España, sin tener petróleo en sus tierras, controlan el energético de las naciones, otra vez, de América Latina, y de otras latitudes.

    La mayoría de los alumnos deciden escribir sobre autores que tienen encima bibliotecas enteras de investigación. Casi nada se puede agregar pero prefieren escribir sobre seguro. O eligen el libro que acaba de aparecer o de recibir algún premio. Son muy raros los estudiantes que apuestan por un escritor poco estudiado, pero a veces suceden milagros.

    A mediados de diciembre, un exalumno llegó a mi cubículo para regalarme un libro de autor poco conocido sobre quien pensaba hacer su investigación. Se trata de La mujer que se murió de fea (Libro Mex, Editores, 1957),  del ginebrino Sergio Golwarz (1906-1974), quien  radicó muchos años de su vida en Argentina y acabó definitivamente en México. Es un  humorista –al estilo de Pepe Martínez de la Vega, el creador de Péter Pérez– quien a menudo llega al absurdo. Es más, varios de sus relatos,  como el titular del volumen, resultan parábolas: la menos agraciada de seis hermanas es la única que se casa –“La suerte de la fea, la bonita la desea”– y, como carga secretamente el estigma de la fealdad, retiran de su casa los espejos y superficies bruñidas   en las que pudiera reflejarse. El desenlace es hiperbólico porque desobedece la prohibición, se agencia un espejo, se mira en él y el diagnóstico resulta que se trató de un suicidio.

    La mujer que se murió de fea, en realidad, contiene dos libros. El titular y otro llamado El don Juan hombre. En ambos predominan los cuentos que tienen que ver con la música, los músicos y los conciertos porque, tal como dice la escasa información que se encuentra en internet sobre el autor, éste fue un violinista reconocido. Es una grata experiencia encontrar textos escritos por la mano de un músico porque sus referencias a la música y a los músicos son parte fundamental de lo que escribe. Un ejemplo: “El flautista” es un bello cuento y una parábola sobre el genio que vive ajeno al mundo, magnetizado siempre por su obra.

    Sabemos también que hay un libro suyo de aforismos —Gotas tóxicas. Aforismos y minificciones, que preparó Hiram Barrios en 2015– pero ignoro si fueron aforismos expresamente escritos o se entresacaron de sus distintos libros porque, a menudo, sus líneas resultan epigramáticas. En La mujer que se murió de fea encontramos: “Anhelar el amor a perpetuidad es tan descabellado como anhelar la vida eterna”. E Hiram Barrios consigna:

    “Ese niño era tan precoz  que tenía demencia senil”.

    “Una vez adquirida la experiencia, no queda tiempo para usarla”.

    El don Juan hombre es un conjunto unitario que entrega varias versiones de ese arquetipo que suele transitar por las más diversas situaciones, desde el cínico y procaz hasta el ingenioso y ridículo. En este campo, Golwarz tiene varias ideas que entregar. Entre ellas, la que cierra el volumen es la más reveladora: las amantes más osadas y atrevidas, las más insistentes y apasionadas, se alejan ante una promesa de matrimonio, aunque siempre queda la esperanza de que cuando sientan el hastío de la rutina marital, busquen al amante de antaño para engañar al marido.

    Bien vale la pena acercarse a este autor que tiene semejanzas con Francisco Tario. Y celebro la voluntad de mi alumno por transitar caminos poco trillados. ⌈⊂⌋

  • De la música imprecisa

    De la música imprecisa

    Mario Alberto Serrano

    Uno

    Mi papá me contagió su pasión por la música pero nunca en abstracto, pocas veces una sola. Si la suma de los elementos nunca es igual a la totalidad, la música de mi padre resultaría una prueba más tajante del axioma. Cada música a la que me fue acercando era un universo particular. Cada universo una educación sentimental.

    Pero debo precisar que nunca lo hizo de manera consciente ni programada. Ahora que escribo veo a mi papá levantarse disciplinadamente a las seis de la mañana y meterse al baño, pero antes de ese paso fundamental para comenzar su día,  puedo reconstruir su manera de prender el radio de la sala. Primero prender la luz, luego mover los botones y perillas del antiguo aparato de la era analógica (y posteriormente presionar el “ON” del control remoto cuando la época digital) y ajustar el volumen. Esos aparentemente intrascendentes momentos los hacía de manera tan normal como si no hubiera ninguna otra persona en casa. No le importaba mucho que estuvieras durmiendo o en la mejor parte de tu sueño: le subía el volumen justamente para poder oír todo hasta el baño. Entonces la mañana se iba llenando de paisajes campestres, sobre todo una añeja estación de radio que parecía recitar eso de “paso del norte que lejos te estás quedandooo”; poco más tarde los comerciales de psíquicos que analizaban tu aura y pastores milagreros que eran reyes de la oratoria; desde luego música.

    Entonces aprendí que el tono musical puede contaminar (o iluminar) tu día.

    Dos

    Por razones todavía incomprensibles tengo en mi posesión 101 discos de Miles Davis. La cifra parece superlativa pero es real. Cincuenta cajitas de plástico con sus respectivos discos compactos que hoy día parecen objetos en proceso de extinción; el resto está en sobres de plástico producto de los MP3 que podían tener treinta, incluso más “compilaciones”. Los veo a cada momento por el lugar que ocupa el mueble en mi casa, cerca de la puerta de entrada; irremediablemente pienso que una colección así hubiera sido increíble hace veinte años pero hoy solo es como un monumento a la nostalgia. No importa, tengo un viejo reproductor con el que a veces me entretengo, pero lo cierto es que tamaña discografía me obliga a ver entre líneas (de las cajas, de los entrepaños, de todas las memorias) el día que mi papá me inoculó sin querer el gusto por esa música. Lo sé exactamente, cómo olvidarlo. Fue en el consultorio de un dermatólogo en la calle Chopin, el corazón de la colonia Peralvillo.

    Ahora mismo no tengo claras las razones que nos llevaron con el dermatólogo, pero a cambio, recuerdo que mientras llegábamos me iba haciendo notar los nombres de las calles: Beethoven, Berlioz, Julián Carrillo, Rossini, Felipe Villanueva, Liszt.  Toda una colonia para ensalzar a la música clásica, lo que me pareció una excentricidad, aunque justo en ese momento, en mi municipio se reformaban las leyes estatales para que todo un pueblo tuviera nombre de poetas. Mi papá, pletórico como era en ciertos momentos, no sabía cómo conmoverme de que se hiciera un homenaje de tal magnitud a la música, y seguro no lo conseguía porque a mi vista y razón era un homenaje cargado de ironía: el lugar se veía cascado y decadente, por decir lo menos, pero ya que tampoco se arredraba mucho si no compartías al cien sus propias emociones, me siguió mostrando las bondades de tamaño homenaje dándome una ligera explicación de cada músico.

    Llegamos sin mayor problema con el dermatólogo, que en realidad era un químico, y para mayor precisión tenía un parecido brutal con el poeta Fabio Morabito. Eso lo sé ahora, claro es, pero lo que nunca se me olvidó fue el golpe visual de su consultorio, una oficina ajada de los años 60 llena de muebles pasados de moda y olores intensos que emanaban de botellitas ámbar con nombres exóticos. Pero si ese golpe de memoria olorosa jamás podría olvidarla, la impresión imborrable fue que el Morabito de la Peralvillo estaba escuchando jazz con una concentración casi metafísica. Su colección de cassettes era más fantástica, desde luego, que todas sus botellas y ungüentos mágicos.

    Tres

    Mi padre vendía agroquímicos. Los colocaba en tiendas de semillas e insumos para el campo del estado de Morelos, Puebla, México y en el Bajío. Para llegar a esas enormes tiendas había que realizar recorridos exhaustos de hasta cinco horas de carretera y cuando estaba vendiendo se tomaba todo el tiempo del mundo para convencer de las bondades de sus “agüitas milagrosas” como un día nos enteramos que les decían los paisanos de burla.

    Muchas veces lo acompañaba, sobre todo en los recorridos que hizo prácticamente por todos los pueblos del oriente de Morelos. Evidentemente, la música se volvía obligatoria aunque muchas veces tan solo era un pretexto para evitar el sopor de una carretera excesivamente recta. Sin embargo, la mayoría de ocasiones, el regreso tuvo una relación profunda con la música. Salir de Tepalcingo a las diez de la noche y sentir la frescura del aire entrando por la ventana no podía ser silenciosa de ninguna manera. A mi papá le gustaba platicar mucho, demasiado, pero cuando  le subía el volumen al radio del auto es porque había encontrado la banda sonora perfecta de los caminos plagados de huizaches y guardaganados, de las sombras de la noche y de nuestras propias vidas en movimiento.

    Cuatro

    Hoy me detuve a observar el Kind of Blue, un disco al que se reconoce unánimemente como obra maestra. Ashley Kahn [Miles Davis y Kind of Blue: La creación de una obra maestra, Barcelona, Alba Editorial, 2002] por ejemplo, dice que es una exploración a la profundidad del mundo interno y un constante asombro respecto a lo que descubre, lo cual implica que de objeto comercial llamado “disco”, pase a ser una pieza artística e incluso una poética.

    Pero como sucede con los recuerdos personales, toda discografía tiene olas y crestas, en un momento se vuelve inabarcable, chocosa; llega el momento en que, en lugar de escucharla, terminas como sugiero, observando los discos o peor, leyendo lo fabulosos que son pero sin tener la voluntad de escucharlos. Igual que la memoria.

    De manera que sigo de largo en la estantería para detenerme en las últimas obras de Davis, You ´re under arrest, por ejemplo. La trompeta se ha fundido en ese cráneo espeso y duro que Miles pretendía disfrazar de amplia frente y que solo era una evidencia del inevitable conflicto experimental y creativo que el tiempo, las modas y la industria imponen en un ser que en pocas palabras se está volviendo viejo.

    El asunto es que una discografía completa, aún en la comodidad de una plataforma digital, en conjunto se vuelve un recordatorio que tarde que temprano, la creatividad y los que vivieron para ella serán sepultados en una nostalgia abrumadora. Serán pura memoria.

    Cinco

    Después del entierro de mi padre no encontré ningún disco capaz de trasladar mis emociones al fluido de la vida, esa particularmente dolorosa y triste porque siempre sigue, nada la detiene. Cuando estuvo hospitalizado la doctora me sugirió que le pusiera su música favorita para animarlo. Intenté ponerle sones veracruzanos pero nadie que no haya dormido un par de días en el cuarto de un interno sabe lo absurda y aplastante que se vuelve la vida cotidiana en ese lugar. Una tarde en la que estuvo ligeramente más tranquilo puse música clásica pero me arrepentí: la soledad del enfermo solo conoce el alivio del silencio.

    Pocas semanas antes de su fallecimiento le puse música de las bandas mixes de Oaxaca, una de sus más favoritas. “Quítala” me dijeron sus ojos perdidos antes de que su voz hablara.

    Un mes después de su sepelio comencé a escuchar obsesivamente el Romance de Curro “El Palmo” interpretado soberbiamente por Antonio Vega. Para entonces era enero: el tiempo suspendido no es una figura retórica.

    Seis

    Durante varios días escucho una y otra vez Conception, disco de 1956 grabado con otros músicos del calibre de Stan Getz y Gerry Mulligan. Pese a la remasterización digital y toda la ingeniería que tuvo en su tiempo, aún tiene el inequívoco sonido que provocaba la aguja rasgando un LP. Más que un disco se trata de la irrefutable prueba de que las sesiones de grabación eran proezas para sacar adelante la urgencia de decir algo con los instrumentos. Un tanto como la desesperación de que unas palabras logren retener diversas emociones y sentimientos

    La aguja capturada en el tiempo y tecnología es un guiño no previsto por nadie en este disco que más bien es una compilación y que podría pensarse como una raíz que trajo piezas de la década anterior y prometió nuevos sonidos para los ulteriores discos de Davis. Lo escucho una y otra vez pero ahora pienso que el sonido intermitente de la aguja es una muestra del pasado interfiriendo en el presente como un recordatorio de que todas las memorias pueden ser puntillosas pero no son nada para el futuro. A nadie le importaría por ejemplo, saber si el día de la grabación hacía muchísimo calor o por el contrario, los músicos tuvieron que llegar con espeso abrigo y guantes al estudio.

    El día que falleció papá manejé hasta la que fue su casa en profundo silencio. Sin radio, sin ventanas, sin discos, sin palabras. Conforme el día se fue desgastando la tarde y la noche empezaron a sentirse frías pero tenían una belleza especial. Por la noche, mientras se hacían todos los ritos y tradiciones de nuestro pueblo, salí a comprar algo a la tienda y me detuve a mitad de la calle porque caí en cuenta que no era una tarde azul que de golpe se estuviera haciendo negra, sino una sucesión de duraznos y violetas, de contrapuntos y fugas. Una noche cuya única música fue el silencio arrinconado en la esquina de su casa y que mientras sucedía ya estaba diluyéndose en la forma de memoria que un hijo nunca quiere conservar respecto de su padre.

    Siete

    Ojalá tuviera tiempo para oír toda la colección de Davis, de repetir en mejor estado de ánimo a Antonio Vega o de volver a escuchar a Nat King Cole con inocencia. Oiría cada uno de los discos de cuando recorríamos papá y yo la carretera que va de Tepalcingo a Chinameca, de Marcelino Rodríguez a Jonacatepec, de Chinameca a Anenecuilco, de Cuautla a casa. Campos de cebollas y de nardos, de calabazas, gladiolas, maíz, caña, frijol y mucho viento, mucha noche, muchas baladas argentinas, mucha música. Alejandro Fernández grabó una versión de Paso del Norte que en cada una de esas carreteras me parecía real y contundente. Algún día mi papá me puso al volante, para que fuera la pequeña carretera, el olor a cebollas y los Teen Tops los que me enseñaran con él las lecciones definitivas de manejo. A veces pienso que si el Spotify hubiera llegado unos años antes a mi vida, mi bildungsroman con música hubiera sido más profunda. Creo que solo hubiera sido snob.

    Entonces recuerdo, recuerdo, que en un viaje que hicimos toda la familia (esto es, mis dos hermanos, mi papá y yo) a Aguascalientes, el hombre tuvo la previsión de comprar antes que otra cosa, un estéreo MP3 para que la carretera no agotara la música. Después de las seis horas manejando incluso nos permitió escuchar nuestra propia música favorita de ese entonces.

    Junto a Miles Davis tengo dos o tres discos de Glenn Miller que saqué de la casa después de que el duelo se convirtió en una capa espesa de polvo sobre sus muebles, sobre todo su “estéreo” Sony que se compró en un arranque de euforia que tuvo una vez que hizo no sé qué buena venta de sus agroquímicos.

    En mi estado de ánimo corro el riesgo de decir a todo mundo y en cada aparte, que ese disco me lo compró mi papá, que esa canción él me la enseñó, que Cole era su músico favorito y el problema no es desde luego convencer anónimos lectores o hacerle trampa al recuerdo, sino terminar siendo un químico con cientos de cassettes de jazz en una colonia decadente.

    Ocho

    Al jazz se le tacha de ser música sentimental. Tiene una carta de intelectualidad que parece chocosa para los grandes públicos y una visión reducida apunta que fomenta la depresión y las poses ante la vida. La verdad es que como todo, la música no respeta momentos, la música no sonoriza tus emociones. La música simplemente es.

    Escribiré sin embargo sobre Try, de John Barry. Apareció gracias a los algoritmos de mis alocadas playlist una tarde en la que intentaba recordar la música que escuchaba mi papá cuando yo era un niño. Entonces era devoto de aquella mítica 6,20 “la música que llegó para quedarse” el gallo y las canciones de nombres irrepetibles. Barry me hizo detener lo que estaba haciendo.  Suena a la infancia. Decirlo es mucho más complicado que simplemente cerrar los ojos y dar un clic. Escribirlo es aún más doloroso. Porque mi niñez sonó a boleros, bandas de pueblo y a un ruido imperceptible que era la voz de mi padre y la música que gustaba escuchar en la mañana antes de bañarse.

    Música imprecisa porque suena a un tiempo lejano que a los recuerdos y al aire los convierte de golpe en cosa muy antigua.

    Aunque estén aquí y ahora. ⌈⊂⌋

  • Carrington y Leduc: amor entre fábulas

    Carrington y Leduc: amor entre fábulas

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    Si consideramos lo que dice el diccionario de la Real Academia respecto a la fábula –“breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica o crítica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”- la vertiginosa relación que vivieron Leonora Carrington y Renato Leduc en los años cuarenta del siglo pasado lo constata plenamente. De su vinculación además de reflexión, se extrae como lección lo inevitable de algo nuevo cuando dos temperamentos creativos colisionan.

    Si bien la fugaz vivencia entre la pintora y escritora inglesa y el poeta y periodista mexicano ha sido ya comentada a detalle, tanto por autores nacionales como extranjeros, siempre hay resquicios que permiten complementar un episodio que tienen en demasía elementos para desarrollar alguna trama. Lo fundamental en este caso es su primer contacto en París en 1939, al inicio de la segunda guerra mundial; su encuentro poco tiempo después en Lisboa, donde se casan en mayo de 1941; su viaje a Nueva York y su salida a finales de 1942 hacia México, donde viven juntos hasta su divorcio en enero de 1945.

    Todo lo anterior como telón de fondo para entender una publicación de reciente aparición. Se trata de XV Fabliaux d´animaux, d´enfants et d´épouvante, de Renato Leduc, avec xv vignettes de Leonora Carrington (Editions Manifeste! Collection LÉnvers du Temps, France, 2022). Es la reedición del mismo título en español XV Fabulillas de animales, niños y espantos con viñetas de Leonora Carrington, que en 1957 publicara la editorial Stylo en México. La edición en francés incluye una amplia presentación de José Luis Marrtínez S. Los traductores de esta versión son Cathy Fourez y Jean Portante.

    José Luis Martínez hace un recorrido amplio por la época y las circunstancias que rodearon a estos dos personajes. En el caso de Leduc, entre otras cosas, nos recuerda sus inicios cono telegrafista durante la revolución mexicana, su posterior integración al servicio diplomático a través de la Secretaría de Hacienda y sus andanzas en un Paris que vivía todavía con intensidad su paréntesis entre guerras, caracterizado por la consolidación de la modernidad en el arte, además de un fervor por la diversidad y las confluencias provenientes del exterior.

    José Luis Martínez nos comparte detalles singulares de Leduc, como su presencia consuetudinaria a La Cabane Cubaine, lugar donde la comunidad caribeña se reunía a bailar danzón y otros ritmos provenientes de las Antillas y en el cual, aparentemente, conoció a Carrington acompañada todavía por su eterno enamorado Max Ernst, a la par de Pablo Picasso. Con algún ápice de duda nos enteramos que el fotógrafo húngaro Brassaï lo capturó en una instantánea mostrándolo “alto, robusto, con el cabello canoso, el rostro distendido, sonriente, bailando con una puta negra un danzón, ritmo que él dominaba desde sus visitas a los salones de baile de la ciudad de México”. Del mismo modo nos cuenta cómo, a partir de una broma que pensaba hacer algún alto mando militar alemán saliendo del Hotel Majestic durante la ocupación a París, Leduc saludó fugazmente a Adolph Hitler.

    Del lado de Carrington, José Luis Martínez exhibe un amplio abanico de fuentes consultadas para describir una etapa de la vida quien además de ser una de las pintoras surrealistas más destacadas, también es autora de obras no tan reconocidas, entre ellas La Maison de la peur (1938); La dame Ovale (1939) y En Bas (1943). Nos narra su relación con personajes fundamentales de la época, con quienes se inició en el surrealismo, pero en todo momento predomina la presencia de Max Ernst, con quien vivió experiencias disímbolas.     

    Uno de los momentos más sentidos en la presentación de Martínez, es su descripción de los padecimientos mentales de Carrington antes de su salida de Europa a los Estados Unidos. Sin duda, estos episodios marcaron su ritmo y estilo creativos y el reencuentro con Leduc se da justo en ese lapso. Detalle relevante de quienes compartieron sus vidas por varios años hasta que sus impulsos creativos y existenciales los llevaron a buscar nuevas rutas, aunque hasta su muerte continuaron frecuentándose.

    La segunda parte del libro incluye las 15 fabulillas aludidas en el título. Es una versión íntegra de la que apareció en México en 1957. Las ilustraciones de Carrington aparecen en rojo sepia, color en el que originalmente fueron hechas. Cada una de ellas refiere el título o el mensaje fundamental de cada fabula. Como en la gran mayoría de su obra gráfica, refieren animales o seres fantásticos, que vistos en conjunto con la obra escrita de Leduc constatan la fuerza de “un rencuentro y un matrimonio entre dos criaturas singulares del siglo veinte”. La conjugación de ambas expresiones, como lo refiere la contraportada del libro, además de una curiosidad resulta una verdadera deleitación.     

    Como en otras obras de Leduc, se percibe una libertad en la escritura para evidenciar, de manera jocos o crítica, momentos y personajes no cotidianos en urbes como la ciudad de México, De otro modo no podría explicar el desfile de un elefante, un coyote, una jirafa, un coyote, una vaca, focas o una iguana. El conjunto también incluye de personajes como un viejo desdentado y un niño mordelón o una canción de cuna para niños inquietos. La dedicatoria es para “nuestra señora de Catipoato, que es menos milagrosa pero más fotogénica que otras damas”, que es el nombre de una finca en Tlalpan, propiedad de María Félix, cercana amiga de Leduc.

    La reedición de estas fabulillas son un gran motivo de celebración por dos razones fundamentales. En primer lugar, porque reivindica la obra y la presencia de dos creadores cuya impronta en sus respectivos ámbitos sigue vigente tanto por su calidad como por su legado. Segundo, porque es una importante suma de esfuerzos. Es cierto que el compromiso de Editions Manifeste! es fundamental en este tipo de obras, considerando que los autores mexicanos en Francia mayoritariamente están en los catálogos de las principales casas editoriales, sin embargo la traducción como herramienta de acceso a mundos literarios foráneos también es meritoria, lo mismo que el trabajo analítico de presentación que la acompaña, así como la colaboración de familiares y amigos de los creadores de marras para hacerla posible.   ⌈⊂⌋

  • Oda al Pozole

    Oda al Pozole

    Daniela Gil Sevilla

    I

    En el ombligo de la luna

    hay un especial platillo

    es el pozole que encuna

    herencia de alto brillo

    Ese prehispánico alimento

    preparado por aztecas

    pozolli, el gran sustento

    de mexicas en sus fiestas

    Oh pozole, la Inquisición

    puso un precio a tu figura

    por total profanación

    de la cristiandad más pura

    II

    Hijo del pueblo sin duda

    la conquista superaste

    y la historia que te aplauda

    los matices que innovaste

    Tricolor eres ahora

    verde de pepita y puerco

    blanco su maíz aflora

    rojo con ajo y chile seco

    Así la Patria agradece

    ¡pozolito tan añejo!

    tu servicio que enaltece

    a septiembre y su festejo

    III

    Enemigo del cardiólogo

    exiliado de hospitales

    rey del bautizo y desfogo

    consuelo en funerales

    Si por razón disoluta

    Salud restringe tu gozo

    recuerda que México enluta

    con tristeza y con sollozo

    Más si es por dieta la presión

    el remedio duradero

    es darte la precisión

    de pozole ensaladero.

    ⌈⊂⌋

  • Fuego Graneado (Fin)

    Fuego Graneado (Fin)

    Luis Ayhllón

    VI

    El asno y el mercader

    Sra. Roldán

    S:       ¿Cerraste la llave de gas?

    M:     Sí.

    A:      No te duermas.

    M:     No, no. Me decía algo…

    S:       Sí. Era un mercader que vendía sal en los mercados.

              Cuando comenzó a tener problemas en las lumbares, se compró un asno.

              Con el animal, el mercader cargaba varios costales de sal a la vez.

    Un día, en el camino de regreso a su pueblo, pasaban por un río y el asno resbaló sumergiendo los costales en el agua. Cuando se incorporó sintió alivio, pues el peso se había reducido considerablemente por la sal diluída.

              El asno se puso re contento.

              El mercader, no.

    Regresó a la costa con el asno para cargar, otra vez, los costales, ahora con más peso. Al pasar por el río, el asno tropezó, a propósito, para librarse de su carga.

              El mercader acusó la trampa del asno.

    Regresaron a la costa, pero esta vez el mercader cargó con cientos de ligeras esponjas la espalda del burro.

    Al cruzar por tercera vez el río, el asno se aventó al agua. Las esponjas, bien afianzadas a su espalda, absorbieron el agua y el peso causó que el animal se ahogara.

    Antes de morir, lo último que vio el infame tramposo fue al mercader, cagado de risa, a través del agua cristalina.

    M:     ¿Por qué me cuenta eso, señora Roldán?

    S:       Tú sabes por qué, hijito.

    Gema

    M:     ¿Y tú qué haces aquí?

    G:      Hablé con Querido.

    M:     ¿Y qué te dijo?

    G:      Hablé con él.

    M:     Sí, y ¿qué te dijo?

    G:      Me dijo que el señor Nishiyama no es de fiar.

              Debes mantenerte alejado de él.

              Es un informante de una gran empresa.

              Una de sus filiales fabrica androides.

    Querido está por entrar a su computadora. Una vez que lo haga, se abrirá una enorme caja de pandora.

              Dice que esto es importante.

              Por eso debes alejarte de él.

              Y no hablar con nadie.

              Enciérrate en el clóset.

              Cultiva en el patio de tu casa.

              Debes ser autosustentable, Moi.

              No salgas.

    Mi amigo dice que pronto Netflix producirá una serie basada en sus vidas, pero hablada en inglés.

    M:     No creo.

    G:      Con Matt Damon.

    M:     ¿Por qué Matt Damon?

    G:      No puedes seguir en contacto con el tal Nishiyama.

    M:     Sí. Lo mandé a la verga.

    G:      Ah, cabrón. ¿Con esa boquita comes?

    M:     ¿Qué problema tienes con mi lenguaje?

    G:      Sólo quiero ayudarte.

    M:     …

    G:      ¿Has sabido algo de Lucas?

    M:     No.

    G:      Yo soñé con él.

    M:     ¿Y qué te dijo?

    G:      Me pidió una disculpa. Me abrazaba fuerte.

    M:     Ah, qué bien.

    Sra. Roldán: Me acuerdo de esta mensa.

    G:      ¿Y ésta quién es?

    M:     La señora Roldán.

    G:      ¿Y cómo se metió aquí? ¿Tú la invitaste? Mensa, su abuela, vieja grosera.

    M:     No.

    G:      ¿Quién la invitó?

    Moisés se encoge de hombros.

    Sra. Roldán: Tú hiciste sufrir mucho a mi Lucas.

    G:      Y usted, ¿qué sabe de mí?

    S:       Yo sé cosas que tú ni imaginas, mi’jita.

    G:      Dile que se vaya.

    M:     No se puede salir.

    G:      ¿Por qué?

    M:     Sus leyes son otras.

    G:      ¿Por qué?

    M:     La señora Roldán colgó los tenis.

    G:      ¿Se murió? Ajá.

    M:     Sí, se murió.

    G:      ¿Y qué hace aquí?

    M:     Pues sepa Dios.

    G:      ¿Cómo sabes que se murió?

    M:     Me dijo Lucas.

    G:      ¿Ya regresó?

    M:     No, no, no ha regresado. Antes de que se largara, me lo contó. El día que se fue, estuvo en su funeral.

              Le dieron una cajita.

              Y al tercer día, la señora Roldán resucitó.

    Gema se ríe.

    G:      Esto es demasiado, Moisés. No se puede contigo.

    M:     ¿Qué es demasiado?

    G:      Vives en un mundo imposible.

    M:     Mira quién lo dice.

              Tú eres quien comentó cosas privadas con ese tal Querido.

              Tú eres la que colecciona pornografía.

    Tú eres quien comenzó a descifrar tatuajes íntimos y me enredó con un puto japonés que sólo me decía: morumotto, no.

    G:      Eso es otra cosa.

              No me cambies el tema.

              ¿Cómo puedes creerle a esta señora?

    S:       Yo sí te conozco a ti, mi’jita. Sé muy bien quién eres.

    G:      ¿Cómo es que me conoce?

    S:      Yo siempre he estado muy cerca de Lucas. Yo siempre lo he cuidado. Yo velo por él y rezo por él todas las noches.

    Aparece señor Nishiyama.

    Sr. Nihiyama   No, conejillo. Conejillo, no.   Risa.   Morumotto, no. Morumotto, no. Morumotto, no.   Risa.   ¿Qué soy? ¿Qué soy?   Risa.   Puto japonés.   Risa.Gema   Vives en otro mundo y no distingues lo que sucede en realidad. No tienes idea de lo que sucede. Querido tiene razón. Somos parte de un experimento que lo único que busca es inocular el caos en nuestras familias. Por eso hablas de vampiros, de santas chafas y madre y media. No sabes nada. No sabes nada. Tienes que enfrentar la realidad y asumirla.    Sra. Roldán.   Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida y para entrar por las puertas de la ciudad.  Mas los perros estarán fuera, los putos perros y los hechiceros, los violadores, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que practica la mentira.     

    Moisés se levanta y sale de cuadro.

    La Sra. Roldán, Gema y el Sr. Nishiyama salen de reunión.

    Entra Lucas a reunión.

    – Moisés.

    Moisés.

    Aquí estoy.

    Moi.

    Moi.

    Moisés se asoma a cuadro.

    – ¿Lucas?

    – Sí.

    – ¿Dónde putas estabas?

    – Bueno, es difícil de decir.

    – ¿Dónde estabas?

    …

    Hablé con Chema, con Pepe, con Evaristo. Nada. Fui a los hospitales. Nada. Fui a la Semefo. Nada. Hablé con Gema.

    ¿Hablaste con ella?

    Sí, ya sé que no tienes ningún hijo que se llame como yo.

    Perdón.

    ¿Dónde estabas?

    ¿Tienes un tatuaje en forma de código de barras?

    ¿Eres un puto androide?

    ¿Viste a la señora Roldán?

    ¿Supiste que resucitó?

    ¿Por qué me has mentido?

    Yo solo quiero que todo vuelva a ser como antes.

    – ¿Cómo?

    – Como cuando éramos niños.

    – No se puede, Moi.

    – Pero solos tú y yo.

    – No se puede, Moi.

    – Ella me dijo.

    Ella me dijo.

    Ella dijo que tú me querías ayudar.

    Eso me dijo la señora Roldán.

    Me dijo que te quedaste conmigo esa noche. Que me cuidaste.

    – …

    – Eso me dijo.

    – Es una santa.

    – Hablaste en presente.

    – …

    – ¿La viste?

    – Sí.

    – ¿Cómo fue? ¿Dónde estabas?

    – La vi con unas enormes alas volando hacia el dintel de mi ventana. Vestía con unas telas de pintura renacentista, se veía radiante. Me sonrió y yo le pregunté por la cajita. No me dijo nada, pero pronunció tu nombre y se sonrió. Después me vine a casa.

    – ¿Dónde putas estabas?

    – Bueno, ya estoy aquí, ¿no?

    – ¿Eres un androide?

    Después de un momento Lucas niega con la cabeza.

    – ¿Por qué tienes ese tatuaje con un código de barras?

    – ¿Quién te dijo?

    – Contesta.

    – Todo este tiempo, ¿estuviste en algún laboratorio?

    – No.

    – ¿Fuiste a Japón?

    – No.

    – ¿Por qué tienes ese tatuaje?

    – Eso es algo privado. Gema no debió/

    – Contesta.

    – Fue una apuesta, ¿ya?

    – ¿Apuesta de qué o de qué?

    – No soy un androide, carnal. Soy Moisés Sandoval Pérez. Tu hermano. Tengo diabetes e hipertensión arterial.

    – ¿No lo eres?

    – No.

    – ¿No soy un conejillo de indias?

    – No.

    – ¿Estás seguro?

    – Sí.

    – ¿Dónde estabas?

    – Lejos.

    – ¿Dónde?

    – No importa.

    – Sí, para mí, sí.

    – ¿Para qué quieres saber?

    Lucas sale de reunión.

    – ¿Quién soy yo, el asno o el mercader?

    ¿Quién soy?

    ¿Cuántos murieron en el incendio?

    Tengo sed. Tengo un chingo de sed.

    No me gustan los perros, Lucas.

    Prefiero, prefiero/

    Agradezco que hayas estado esa noche.

    Gracias por existir.

    ¿Dónde estabas?

    Yo no quiero ahogarme, Lucas.

    Yo no quiero ahogarme.

    Yo…

    Yo…

    Lucas se queda inmóvil y en silencio un largo momento. La imagen se corta a negros.

    FIN

    ⌈⊂⌋

  • Green Curry

    Green Curry

    Rosa Núñez Pacheco

    El viaje tan ansiado se concretó en las vacaciones de febrero del primer año de la pandemia, aunque en ese tiempo aún nadie pensaba que el virus paralizaría al mundo entero. El avión partió a las siete de la noche desde Arequipa hacia la capital peruana, y de ahí rumbo a San Francisco. Desde el cielo, la bahía se veía impresionante. A las horas de aterrizar en el aeropuerto e instalarse en un hotel a un paso de Market Street, Rose y su hija Marianne pasearon por las calles novelescas de esa ciudad americana. Al día siguiente subieron y bajaron sin prisa por las bellas colinas con casas victorianas. Tomaron muchas fotos desde Twin Peaks y luego se encaminaron hacia el puente rojo. Mientras recorrían el Golden Gate en bicicleta, en la cabeza de Rose sonaba la famosa canción de Scott McKenzie alusiva a esa ciudad hippie. No podían respirar más que libertad a lo largo de todos esos tres días que permanecieron ahí para luego tomar el tren hacia Palo Alto. Ahí las esperaba, Jack, el amigo de Marianne, a quien conoció hace un par de años en el programa Work&Travel.

    En la mañana del quinto día, antes del mediodía, los tres emprendieron la aventura hacia Yosemite en un auto alquilado para el viaje. Ella iba sentada atrás, mientras su hija y su amigo iban delante sin parar de hablar. Era 14 de febrero de 2020. Rose nunca imaginó que justo por esas fechas, veintiún años atrás, una mujer llamada Carole Sund junto a su hija Juli y su amiga argentina Silvina Pelosso, fueron asesinadas cruelmente en ese famoso parque nacional americano al cual ahora ellos se dirigían. Se enteró de esa noticia mientras buscaba historias pasadas del lugar en su celular para matar el tiempo. Incluso en el The New York Times se habían publicado varios reportajes semanas después de que se descubrió quién era el asesino. Uno de los titulares más antiguo databa del 28 de julio de 1999 que decía “Suspect at Yosemite Had Fantasy of Killing Women”. El asesino se llamaba Cary Stayner. La reportera Evelyn Nieves al final de esa nota escribió: “The F.B.I. has declined to comment on the case since Sunday”.

    – Mamá, ¿por qué tan callada?- le preguntó Marianne mientras abría la ventanilla del auto que Jack conducía raudamente por la carretera luego de atravesar Modesto, Fresno y otros pequeños poblados californianos.

    – Ah, nada, solo que estaba leyendo unas noticias…

    ¿ Ok, tápate los oídos porque ahora solo vamos a escuchar metal a todo volumen. Faltan dos horas para llegar al condado de Mariposa.

    – No problem, no problem –dijo Rose- all right, it´s okey. No podía imponer sus gustos musicales. Delante suyo estaban dos jóvenes ruidosamente metaleros. Jack aplicó alegremente el pie contra el acelerador.

    El resto del camino, Rose continuó buscando más información en Google. Apenas lograba concentrarse, porque ahora además escuchaba los tarareos que hacían Marianne y Jack de las canciones de Metallica y Black Sabbath, y sus risas estridentes cuando se equivocaban en las letras. Sin darse cuenta se quedó dormida. En sus sueños se vio caminando entre los gigantescos sequoias cubiertos de nieve. Nunca había visto un lugar tan hermoso como aquellas postales de Navidad que coleccionaba de niña. Las montañas también estaban totalmente revestidas de una blancura impresionante. Rose sentía que caminaba sobre las nubes que ella misma formaba al expulsar su aliento. Soñaba con Yosemite, sin duda, el paraíso.

    – Mamá, despierta, ya vamos a llegar –le dijo Marianne. Rose vio a través de las ventanillas que ya se encontraban atravesando el condado. Lo supo por un gran letrero puesto al margen derecho de la carretera. En ese condado estaba Mariposa Grove, otro santuario de sequoias gigantes, pero ese no era su destino, ellos iban más allá, al corazón de Yosemite.

    – Bueno, paramos a comer algo, ¿no?- dijo al rato Rose- What do you want to eat?

    – Green Curry! – dijo entusiasmado Jack, a quien le encantaba la comida thai.

    – Yes, Green Curry!!!– repitió alegremente Marianne- Green Curry!, Green Curry!, Green Curry!

    – Ok, Green Curry y cerveza artesanal – concluyó Rose.

    Era pleno invierno americano, pero no había rastro de nieve en el lugar.  Hacía un frío moderado lo suficientemente soportable para el abrigo largo que llevaba ella; en cambio, los dos jóvenes solo tenían unas chaquetas polares y debajo los polos negros de sus grupos preferidos de metal. Eso sí todos llevaban guantes. A Jack le encantó unos que Marianne le regaló con un diseño de pequeñas alpacas negras que le compró en una tienda del aeropuerto de Arequipa antes de partir a los Estados Unidos. Él las había visto en su visita a Perú el año anterior y quedó impresionado por la suavidad de esa lana tan tersa.  Eligieron un restaurante llamado 1850, tenía opciones veganas y una buena oferta de la cerveza que Rose deseaba probar. Se encontraba cerca de la carretera principal y el ambiente era sumamente acogedor. Además del Green Curry pidieron hummus, y Rose no pudo resistirse a una ensalada de salmón que el mozo le ofreció.

    – Paradise for me- dijo Rose cuando le preguntaron qué cerveza prefería.

    – Está bien, pero solo una botella para ti – dijo Marianne-, Jack no puede tomar y tiene que seguir manejando hasta Yosemite. Nosotros solo tomaremos Thai Tea.

    Al cabo de media hora mientras Jack les contaba sobre las historias de Silicon Valley, dado que era ingeniero de software en una empresa de videojuegos en la que llevaba trabajando cerca de un año; Rose solo pensaba en Yosemite Valley, en El Capitán y los grandes sequoias que ella deseaba abrazar. Había olvidado completamente las noticias pasadas que durante el viaje al corazón de California había leído en Google y que no comentó en absoluto a los jóvenes, porque estaba segura que lo tomarían a broma.

    – Mamá, apúrate con la cerveza, el paraíso está más allá, en tu Yosemite soñado – le dijo riendo su hija.- Seguro que ya te llegó a la cabeza esa cerveza y encima por los pobres salmones que te comiste.

    – Poor salmons, buen título para mi siguiente cuento-pensó ella- esos peces siempre vuelven a su río natal. Muy bien, sigamos adelante- agregó luego, dando el último sorbo a la botella.

    Recargaron de gasolina el auto y se aprovisionaron de snacks y agua para el corto tiempo que permanecerían en Yosemite. Detrás de las montañas, el atardecer se perdía inexorablemente. El olor leñoso se introducía por las ventanillas y ella sentía una indescriptible felicidad en ese momento. Estaba tan cerca de ese destino a la que su alma viajera le había impulsado desde su país sureño. En su bolso tenía una libreta en la que había anotado todas las anécdotas que había tenido con su hija en ese viaje desde Perú. Su inglés intermedio a veces le impedía captar totalmente esa belleza americana, pero a su lado estaba su hija veintiañera que lo dominaba a la perfección y que fue su guía durante toda esa travesía por el estado de California.

    La carretera hasta Yosemite era algo sinuosa, por ello avanzaban lentamente, lo cual hacía un viaje más placentero. Un riachuelo serpenteaba al lado de la vía, era transparente y se formaba de las caídas de agua de las altas montañas. La noche llegó con unas estrellas suspendidas en ese cielo intensamente azul. “Estamos a tres minutos del hospedaje, según el Google Map”- dijo Marianne. “Ya hemos llegado”-dijo después.

    – Cedar Lodge -dijo Jack estacionando el auto frente al lobby del motel.

    Al ver el gran letrero del motel, Rose quedó paralizada. “No puede ser” –se dijo a sí misma. No sabía que su hija había reservado por Booking, las habitaciones en el mismo lugar donde había leído horas antes sobre esas terribles noticias de décadas atrás. El lugar y la fecha coincidían. Todo esto parece inverosímil, nadie me va a creer, se decía a sí misma Rose.

    – Mamá, ya baja del auto. Hay que pedir las llaves y luego descansar, mañana todo el día haremos la excursión en el parque.

    Rose asintió tratando de disimular su nerviosismo, pero no pudo evitarlo cuando la recepcionista del motel les dio las llaves. Las dos habitaciones que les dieron estaban sobre la 509, justo donde había ocurrido toda la tragedia de años atrás.

    – ¿Te pasa algo?- le preguntó inquieta Marianne.- Parece que hubieras visto un muerto.

    – “No, no, solo que estoy algo cansada. It´s time to rest – agregó tratando de sonreír”.

    – “¿Ya ves?, tanto Paradise que has tomado”- agregó su hija sonriendo.

    – “Let´s go” – dijo Jack- cargando las tres mochilas en su espalda y saliendo de la recepción del motel.

    El Cedar Lodge estaba en medio de las montañas y los árboles apenas se podían divisar. Esa noche, Rose no intentó divisar la luna como todas las noches lo hacía en el lugar que se encontrara. El motel tenía varios pabellones de dos pisos, cuyas ventanas todas daban al exterior. El que les habían asignado tenía la apariencia de su antiguo colegio, con un pasadizo y barandas y grandes ventanas. Cuando subieron las gradas, Rose vio de reojo la habitación 509, no parecía estar ocupada porque tenía las luces apagadas, en cambio todas las demás sí lo estaban por la bulla que salían de ellas. Lo único que la tranquilizaba era que Jack dormiría en la habitación contigua y por cualquier cosa acudiría presuroso a rescatarlas. Era muy alto y fuerte. Tenía su cabellera rubia sujeta a una cola y siempre su sonrisa dejaba traslucir el color azulado de sus ojos. No hay que temer, se dijo a sí misma.

    – Happy San Valentin´s Day. Tomorrow at 6.00 o´clock. See you – le dijo Marianne a Jack, quien se despidió con una venia graciosa, dejándolas solas en la habitación 519 y él en la 520. El reloj ya marcaba las diez de la noche. Mientras su hija se duchaba antes de dormir, Rose siguió buscando más información en el Google. Leyó todas las notas del The New York Times. Otros titulares de otras fechas anunciaban: “Motel Handyman Is Tied To 4 Deaths at Yosemite”, escrito por la misma reportera Evelyn Nieves. Entonces Rose se enteró que Cary Steyner no solo había asesinado a tres mujeres sino a cuatro, la última era una joven naturalista que trabajaba en el parque nacional y se llamaba Joie Ruth Armstrong, tenía 26 años.

    – ¿Qué tanto lees en tu cel?- le dijo su hija al salir del baño.

    – Noticias de Perú- respondió ella conteniendo su ansiedad.

    – Ah, ya, vienes a Estados Unidos a enterarte de lo que pasa en Perú. No te entiendo, y cuando estábamos allá solo pensabas en este viaje.

    – Está bien, está bien, hay que descansar. Me daré el baño y seguro que luego caeré muerta del cansancio.

    – Ajá, seguro que sí- dijo su hija acomodando su almohada y dispuesta a dormir.

    Cuando salió del baño encontró a su hija ya dormida, acurrucada a la almohada, y su ropa del día tirada sobre el piso. La acomodó sin hacer ruido. Constató que el seguro de la puerta estaba puesto y luego se echó en su propia cama tratando de conciliar el sueño. Lo intentó por más de un cuarto de hora, pero al final cogió su celular y otra vez ingresó a las páginas del diario neoyorquino. Esta vez leyó una columna de opinión de Bob Herbert, titulada “In America; Lessons From Yosemite” publicada el 29 de julio de ese mismo año del crimen. Supo que el F.B.I. había apresado a inocentes y que el verdadero asesino se había burlado de ellos dándole él mismo las pistas. El columnista concluía su columna así: “… that confessions are frequently bogus, that much of the ”scientific” hair and fiber analysis that is so heavily relied upon in criminal cases is a joke…”. Rose también fue a dar con un programa de podcasts dedicado exclusivamente a crímenes famosos en EEUU cuyo episodio 46 se titulaba Murder in Paradise: The Yosemite Murders. Al terminar de escucharlo, se acordó de la cerveza que se tomó antes de llegar al motel, pero ahora lo sentía como un trago sumamente amargo.

    Para tener la certeza de que estaba comprendiendo bien en inglés y que realmente no estaba soñando con una pesadilla, Rose decidió buscar información en español. Navegó una vez más en Google y encontró una nota completa en la página de Infobae publicada justo un día antes, el 13 de febrero de 2020, escrito por Carolina Balbiani con el típico título de la prensa amarilla que todo lo exagera, y cuya síntesis de la noticia decía: “Cary Stayner trabajaba en Yosemite. El 15 de febrero de 1999 mató a tres mujeres. Una de ellas era una turista argentina de 16 años. Nadie sospechó de él y fue capturado por otro crimen. Le dieron pena de muerte. Desde hace 18 años espera el fin de sus días en la prisión de máxima seguridad de San Quentín”. A pesar de la morbosidad con que fue escrita la nota periodística argentina, daba cuenta de manera detallada de los cuatro crímenes cometidos por Steyner. La nota estaba acompañada por fotografías de las víctimas y el victimario, y un texto que el mismo asesino había enviado anónimamente al F.B.I. para darle pistas, irónicamente, estas eras verdaderas. Rose pensó en Raskolnikov, que no pudo con su conciencia después de las muertes violentas que provocó a una vieja usurera y su hermana, y por ello se entregó a la policía para terminar luego en Siberia.

    Cuando Rose terminó de leer la nota periodística, ya era más de medianoche. Su hija dormía plácidamente, pero ella ya tenía la certeza que esa noche no podría pegar los ojos esas primeras horas del 15 de febrero de 2020, exactamente veintiún años después de la tragedia de Yosemite. Reconstruyó mentalmente la escena de ese crimen pasado. Todas las habitaciones del motel tenían la misma estructura así que no tenía que imaginar mucho sobre el escenario tampoco el mobiliario parecía haber cambiado ni qué decir de los personajes, porque había visto bien las fotografías de todos ellos. Desde el principio, Rose tuvo mayor empatía con Carole Sund, porque tenía casi la misma edad que ella, que sobrepasaba los cuarenta y que le gustaba hacer de buena anfitriona con las amigas de su hija adolescente Juli. Ese 15 de febrero de 1999, las tres había realizado excursiones a lo largo del parque durante todo el día. Vieron las caídas de agua desde las altas montañas, caminaron por los senderos oliendo el aroma de esos árboles gigantescos, visitaron The Ansel Adams Gallery y compraron postales para enviar a Córdova a los padres de Sylvina Pelosso, comieron hamburguesas al aire libre y se rieron mucho de las bromas que se hacían entre ellas. Al caer la noche, solo quedaba descansar en el Cedar Lodge. Nunca imaginaron que alguien las había estado espiando desde que llegaron al motel. Ellas solo querían descansar después de la fatiga acumulada por el trajín del día.

    Esa madrugada, Rose se negaba a aceptar esa historia trágica para esas tres mujeres ni tampoco para la joven naturalista que resguardaba ese santuario natural. Así que pensó en diversas tramas, al mismo estilo de los videojuegos con finales distintos. Trató de imaginar un final que traería menos sufrimiento a las heroínas de esa tragedia en el paraíso.

    Opción 1. En el momento que Cary Steyner intentaba entrar en la habitación 509 el 15 de febrero de 1999 a las once de la noche, aparecería Jack, el padre de la naturalista, que se convertiría en el valeroso guardián del parque que saldría a enfrentarlo. Lo desarmaría sin mayor esfuerzo y lo entregaría a la policía antes que Cary pudiera cometer sus crímenes. Un final feliz menos para Cary, que llevaba encima la fatalidad de su hermano, Steven Steyner, que siendo niño fue secuestrado por un pederastra durante siete años, y que logró huir para salvar a otro niño secuestrado por el monstruo. Lo que nunca pensó Steven fue que al regresar a su casa, las cosas no serían las mismas con su familia y el condado de Merced. Su muerte accidental a los 26 años en una moto puso fin a su sufrimiento, pero no al de su hermano Cary, que creció en un ambiente hostil, propicio para que se volviera un despiadado psicópata.

    Rose desechó la idea, y buscó otra posibilidad con un final más esperanzador para esta historia. Ello implicaba un comienzo menos riesgoso.

    Opción 2. En su afán de anfitriona, según leyó en Infobae, Carole Sund había planeado llevar a las dos jóvenes a Yosemite y luego a Disneylandia. Entonces Rose pensó que Carole debería elegir primero ir a Disneylandia para ese 15 de febrero. En esa galaxia infantil, los niños estaban protegidos hasta por los huesos, así que Juli y Sylvina no corrían peligro alguno. Solo así se librarían de la muerte ese día. Pero no (como siempre la fatalidad se impone a la realidad), Carole eligió Yosemite, porque estaba más cerca de Merced, el poblado donde vivía junto a su familia, y coincidentemente ahí también residía Cary y toda su familia disfuncional. Rose alentaba la idea que tal vez las niñas debieron insistir y hacer pataletas para que primero las lleve a Disney; pero no, ellas eran obedientes y no les gustaba enojar a mamá.

    Una tercera opción podría ser que ese día cayera una intensa nevada, esas que son propias del invierno americano, que impidiera el paso a todos los visitantes del parque, de modo que Carole y las jóvenes no tendrían más remedio que dar media vuelta en el Pontiac Grand Prix, que conducía la madre y así poder regresar sanas y salvas a su hogar en Merced, aunque muy contrariadas por el fracaso del plan inicial. Sin embargo, ese día hasta hubo un sol radiante que iluminaba a El Capitán, y muchos turistas se aventuraron para disfrutar de sus vacaciones de invierno y Carole y las niñas hicieron lo propio.

    Rose, algo frustrada, no pudo imaginar un final diferente para esa historia, porque a las seis en punto de la mañana de ese 15 de febrero de 2020, Jack llamó a la puerta para despertarlas y dar inicio a la excursión del gran parque nacional. Marianne se demoró más de una hora entre despertarse, alistarse y desayunar, así que la aventura comenzaría recién a las ocho de la mañana, con un sol bien puesto sobre El Capitán. Rose olvidó que no había dormido, y cuando bajó las gradas evitó mirar de nuevo la habitación 509. Para qué despertar a Carole, Juli y Sylvine, si por fin descansaban en paz; Cary, el asesino en serie, ya estaba entre rejas, esperando su propia muerte. Mejor sería pensar en la joven naturalista que seguramente ahora sobrevolaba los altos sequoias del parque nacional como su ave guardián.

    Los tres subieron al auto con todo el equipaje porque ya no regresarían al motel; después de la excursión, Jack retornaría a Palo Alto, y Rose y Marianne partirían rumbo a Los Angeles. El resto del día fue inolvidable. Yosemite era más de lo que Rose había soñado. Pudo abrazar a cuanto sequoia se cruzara en su sendero; cogió entre sus manos la escasa nieve derretida que aparecía en los costados de los riachuelos que caían desde las cumbres de las montañas; no paraba de respirar profundamente hasta calar hondo en sus pulmones; en fin, sintió que realmente estaba en el paraíso. Para sellar esos instantes, tomaron muchísimas fotos, especialmente al pie de El Capitán, la gran montaña de roca sólida que seguramente el poeta John Muir divisaba en su diario recorrido por lo que él consideraba su último refugio.

    Al llegar la noche, y tomar el camino de regreso, llegaron hasta la estación de buses de Greyhound. Al despedirse de Jack, Rose le agradeció por acompañarlas, no le dijo que fue su ángel protector en esa madrugada en la que ella revivió los hechos macabros de Yosemite, pero le prometió que en el siguiente viaje ella invitaría de nuevo Green Curry en el lugar que sea. Luego emprendieron el viaje hacia Los Ángeles, ahí las esperaban otros ángeles, arequipeños como ellas. ⌈⊂⌋

  • Tía Juve y su Juan

    Tía Juve y su Juan

    Felipe Sánchez Reyes

    Para mi hermana Malu y sus hijos.

    Tía Juventina, hija de mi tío Rosalino Reyes, también, como yo, tuvo el siguiente sueño quince días antes del deceso de Juan, que hoy al mediodía, día del temblor, día de la muerte de mi prima Inés Reyes en Maryland -hermana de Cheo-, y un día antes del cumpleaños de Juan, me lo dijo hoy que la visité en su casa del pueblo.

    – “Qué crees, Richard, que en mis sueños llegó Juan a mi casa con cuatro botes, llenos con trozos largos, abundantes, de carne, como de gallina o totole. Y que le digo, -¡Pero miiira, mijito, cómo vienes cansado cargando los cuatro botes!

    – No se preocupe por el peso, Tía Juve. Se los traigo, para que me haga un favor y los reparta: uno para mi suegra María, otro para mis cuñados, otro para usted tía y otro para mi cuñado Richard.

    – Pero si tu suegra ya murió, miiijito.

    – Yo sé que pronto los van a necesitar, tía, por eso vengo con usted. Son para que usted me haga un molito ¡bien chingón! y para que lo reparta.

    – Así me dijo, mijito. Fíjate que de pronto desperté aún medio dormida y no le di mucha importancia, sino hasta después que me dijeron que falleció el difunto, mi Juan. Entonces, ¿yo creo que el vino a despedirse de mí, no crees, mijito? Yo creo que cuando yo me muera no vas a venir a mi entierro. Se queda viéndome a los ojos, luego mira a otro lado y vuelve con la cuchara a su cazuela.

    – Sí, tía, tiene razón y también vendré a su entierro. Y ahora qué está preparando de comer que hule tan rico.

    – Pos no te digo, mijito, que el molito de pollo que me pidió, Juan, para cumplirle su último deseo. Pero como él pasó a mejor vida, mejor te lo sirvo y nos lo comemos ahorita, ¿no mijito?

    Después de su levantada de cruz, mi hermana Lety también lo soñó, hoy me lo comentó por su cel, un día después de la muerte de mi tía Margarita, mi comadre y esposa de mi tío Che Reyes en Las Águilas. Él llegaba, joven y sano, con su pantalón y guayabera blancos, después de abrir su taller mecánico de refrigeración frente a su otra casa, recoger unos papeles y salir. Ella, cuando salió a la puerta de su casa para ir a la tienda por su pan y leche, se lo encontró cerrando la puerta de su taller con llave y con un folder bajo el brazo.

    -¿Qué haces, compadre, tan temprano? –Nada, comadre, sólo vine a recoger este folder con papeles que allá me hacía falta. Se despidió con su sonrisa y ojos brillantes, caminó moviendo sus brazos y cuerpo. En el sueño, ella recordó que él ya había fallecido, entonces volteó a verlo, fue cuando vio que poco a poco se fue esfumando en la neblina de la mañana con el folder azul y su ropa blanca. ⌈⊂⌋

  • Tuco y Leonora: una amistad

    Tuco y Leonora: una amistad

    Leandro Arellano

    El amanecer estimula una disposición del ánimo que no posee ningún otro momento del día. Acaso porque anuncia el ritual de un nuevo día, de la continuación de la vida. Aquella mañana prodigiosa, además, revelaba el tránsito a la nueva estación, hacia uno de esos inviernos frescos y clementes que solía ofrecer la Ciudad de México. La hoja del calendario se turnaba de un año a otro: 2001 a 2002.

    ¿Diciembre o enero? Cualquiera de esos meses, de fijo. Nos habíamos mudado a la Plaza Río de Janeiro a comienzos de noviembre. En esa época la Colonia Roma no estaba de moda. No la atiborraban todavía la multitud de hipsters que la ha invadido en años recientes, no pululaban los bares, cafetines y merenderos que la abarrotan hoy, ni las calles y plazas se habían trocado en muladares.

    Desde nuestro arribo al novedoso departamento, cada mañana nos echábamos a la calle. La consumación de aquella caminata entrañaba la depuración de nuestros afanes y daba salida a los obsesivos humores nocturnos. Aliviaba los rezagos tanto del organismo como del espíritu. El goce de aquellas calles organizadas y armoniosas, sitiadas por una arboleda marcial, tupida y elevada, así como de un follaje colorido y resplandeciente, constituía un agasajo providencial.

    La ruta y el paisaje se tornaban una invitación poderosa para acometer el paseo. Pero a esos motivos se añadía otra razón perentoria. Tuco no sólo debía ejercitarse sino también disponer de sus naturales desahogos fisiológicos.

    De la Plaza Río de Janeiro nos dirigíamos –con paso confiado- a la Avenida Álvaro Obregón. Ornada con magnificencia, esa vía es no sólo una de las más bellas calles de la Ciudad de México, sino también la que limita a la Roma, en Norte y Sur. Posee en el medio un ancho camellón flanqueado por árboles verdes y espesos y –en aquella época- atestado de arbustos y flores.

    Alta, esbelta, blanca, apareció de pronto a unos metros de nosotros. La reconocimos a la distancia, marchando por el medio del camellón. Arropada en su impermeable beige de Burberry, la famosa casa londinense, hendía el aire al andar. Ella también solía hacer allí sus caminatas. Un “Buenos días” –el hábito del saludo indiscriminado es patrimonio de nuestra herencia provinciana- definió ese primer intercambio, aquella mañana fresca e iluminada por el alumbrado público, y cuyo resplandor rebotaba en el follaje, magnificando los bronces de las estatuas alineadas a lo largo del camellón.

    Naturalmente, la mirada de Leonora se concentró en Tuco. El majestuoso y enorme pastor belga cuya espléndida apariencia levantaba murmullos de admiración en todas partes. De linaje aristócrata por genes, hábitos y modales, era diferente de los que admira el poeta francés. Un animal en el que sobre todas las cualidades sobresalían dos: su nobleza y su apostura. Una especie zoológica digna de la mitología y la epopeya, de la amistad y atenciones de Leonora.       

    Por razones elementales, de Leonora sabíamos nosotros más de lo común. No era fácil asumir que aquella mujer distinguida y de facciones patricias, de andar y gesto apacibles, fuese la autora de los trazos plásticos caprichosos y arbitrarios tan intensos que caracterizan su pintura.

    Lo que refiere esta breve narrativa ocurría diez años antes de que Elena Poniatowska publicara la voluminosa cuasi-biografía novelada en Seix Barral, “Leonora”, en 2011. La contraportada del libro señala que Leonora es “La más importante pintora surrealista”.  

    En los umbrales del libro Poniatowska destaca que la capacidad de Leonora para conectar con los animales la convertía en especial.  Más adelante, en el capítulo 4, Poniatowska observa que Leonora poseía una afición especial y un entendimiento natural con los animales, caballos y perros en particular.

    Al paso de los días el saludo de cada mañana lo hacíamos en inglés, sin que hubiesen mediado otras preguntas o aclaraciones. Con todo, un momento decisivo tuvo lugar cuando ella se acercó a acariciar a Tuco y planteó suavemente una pregunta contenida por días. Aquella mañana el viento no batía. Ni una sola hoja se agitaba.

    -¿Cómo se llama?- preguntó Leonora, con los ojos puestos en la mascota. La suave energía de su mirada brillaba con el fulgor de la niñez.

    -¿Cómo se escribe? ¿T – u – c – o?

    Y se marchó con semblante dubitativo.

    Asegura Esther que las caminatas y encuentros ocurrían también de tarde. No es improbable. Lo cierto es que la memoria es veleidosa. Leonora contaba ya con poco más de ochenta años, pero era difícil imaginarlo. La prestancia y solidez, la flexibilidad y la fluidez de su andar revelaban los aprestos de una efusiva deidad griega. Un como halo de gracia la escudaba.

    En el siguiente encuentro dejó testimonio de que se había dado a la tarea de averiguar.

    -Tuco es un nombre áspero, rudo, para un perro tan suave- dijo, mientras mesaba la cabeza del animal, quien le correspondía con muestras de inmemorial cariño.

    Y en efecto, Tuco, el personaje de la película más popular de Sergio Leone, además del nombre, no contaba con otras afinidades con nuestra mascota. Así lo reveló el tiempo.

    La amistad y encuentros de Tuco y Leonora continuaron un par de años. Se interrumpieron cuando a nosotros se nos asignó una nueva misión en el exterior y debimos salir de México.

    Años más tarde hemos regresado a la Roma y retomado las antiguas caminatas. Ya no son las mismas, desde luego. La avenida se muestra descuidada, casi ayuna de plantas, el camellón ajado y galopante la inquietud social por ciertos fenómenos atroces.

    Mas en el recuerdo vislumbramos la silueta de Leonora, como antes. Marcha bajo la protección de algunos cedros, cipreses, pinos y acaso un ahuehuete. “La penumbra multiplicada por el follaje no impedía reconocer su aire resuelto y su belleza reposada”, observamos en cierta nota hace años.

    Tuco murió apenas unos meses antes que Leonora, en otra nación. Mas ¿quién asegura que su afinidad no los ha acercado nuevamente? En donde se hallen, acaso Leonora mesa con suavidad la cabellera leonada de Tuco, tal como lo practicaba en las mañanitas de la Roma. ⌈⊂⌋     

                 San Miguel Allende, septiembre de 2022

  • Galuppi en Venecia

    Galuppi en Venecia

    Samuel Maynez Champion

    Para Loredana Zanco

    Diversos tentativos precedieron la cita con el inaferrable maestro Baldassare Galuppi, quien lleva años retirado de la vida pública. Su aversión a las entrevistas fue doblegada argumentando que el entrevistador había hecho el viaje desde la Ciudad de México, exclusivamente, para eso. Dotado de una contagiosa pasión por su tierra natal, amén de haber dado a luz una copiosa obra musical de factura exquisita,[1] el compositor nacido en la isla de Burano gesticula con ampulosidad para darle curso a sus palabras. Estruendosas interjecciones en dialecto veneciano salpican su discurso. Es de anotar que entre sus innumerables distinciones destaca, nada menos, el maestrazgo de capilla en la basílica de San Marcos. Desde la pequeña mesa del café Florian se vislumbra el irreductible tránsito de turistas que, no obstante el acqua alta que la inunda, abarrotan la plaza central de esta ciudad legendaria. Tañidos de campanas fraccionan el espacio mientrasuna luminosidad incandescente anuncia al crepúsculo…

    SM: Al poner pie en este relicario urbano el presente se vuelve ilusorio; todo parece confabularse para crear una atmósfera de teatralidad en donde los sueños son vigilia sin embargo, encuentro para mi pesar, que el paisaje sonoro desentona con el resto de la escenografía. ¿Qué opina usted, maestro, sobre el estado actual de la música veneciana y de la música de concierto en general?

    BG: Me resulta espinoso pronunciarme con respecto a la música de nuestros días porque desde hace largo tiempo interpuse distancia con el mundo que fabrican los hombres. Mi opinión procedería de un ánimo ajeno plagado de extrañezas. ¿Cómo logra alguien que convive con sus fantasmas asimilarse a una cultura que tiende a la pérdida de sentido y a la depauperización de la esencia humana? ¿Qué puede importar lo que piense un individuo que está más allá de la materialidad de las cosas? Lo único que me atrevo a decirle es que lo que escucho a mi alrededor, generalmente me vacía por dentro, me obliga a replegarme cada vez más en una suerte de ghetto espiritual. Hoy se le llama música a cualquier estupidez que ronde por los aires.

    SM: Y se utiliza sin conocimiento de causa el término de concierto para designar manifestaciones sonoras centradas en la exaltación del ruido. ¡Qué lejos quedó la etimología de la palabra que habla de una imprescindible concertación previa! Ciertamente el título de su famoso melodrama “Un mundo al revés”[2] viene muy a cuento aunque, cabría preguntarse sobre la diatriba que ha existido siempre entre vanguardistas y conservadores. ¿No fue en Venecia donde Monteverdi (1567-1643) publicó su séptimo libro de madrigales al que se le tachó de corromper el gusto de la época por sus “inaceptables” osadías armónicas?

    BG: Sí, se publicó en Venecia, ¿dónde más podía publicarse? No olvide que la primera imprenta musical europea la estableció aquí Petrucci en 1501 y que mis coterráneos dictaron las normas para la futura edición de partituras; a propósito, le va a interesar saber que otro súbdito de la república de Venecia llamado Giovanni Paoli llevó la imprenta a la flamante capital de la Nueva España, capital que, dicho sea de paso, fue trazada por el cartógrafo veneciano Benedetto Bardone en un mapa que data del 1528 pero, volviendo a las críticas contra los madrigales de Monteverdi, no puede haber punto de comparación entre sus innovaciones estilísticas y la vacuidad rítmico-melódica que nos acecha en cada esquina. Preste atención a lo que toca la banda de sonatori que “ameniza” nuestra charla: más babosadas comerciales para que el turismo norteamericano no extrañe mucho la escualidez de su ignorancia… ¡Ése es el problema de Venecia, fomentamos la cortedad de la memoria e hicimos arte de la prostitución!

    SM: Comparto su malestar, maestro. Es una ignominia que un pasado tan glorioso acabe por diluirse entre las insulsas modas del nuevo imperio. Leía yo esta mañana la crónica del británico Thomas Coryat, ¿la conoce?…  Hizo el viaje a pie hasta acá y escribió que lo que se escuchaba en Venecia era la mejor música que jamás hubiera escuchado en su vida y que gustoso volvería a caminar cientos de millas con tal de volver a escucharla…[3] Vaya contraste con lo que, justamente, usted recién…

     (Visiblemente alterado, el anciano interrumpe y la pretendida entrevista degenera en un soliloquio rabioso que los asistentes se empeñan en ignorar)

    BG: Seguimos prostituyéndonos con la abyecta complicidad de políticos, hombres de empresa y, naturalmente, de la clerecía; merecemos que Venecia acabe de hundirse… ¿Por qué no derrumbamos de una vez San Marcos como pretendió hacerlo el “gran” Palladio? ¡Corra arquitecto… haga un negocio redondo!  We are here to make business… ¡Que se abran más teatros para olvidarnos de los miles de huérfanos que se marchitan en la putridez de los hospicios! Se venden las piedras, se tasan las conciencias… ¡Porco Giuda! ¿Sabíais vosotros, ilustres parroquianos, que la escuela para meretrices recibe una jugosa subvención del gobierno y que de ella salen al mercado las doncellas mejor educadas del planeta? Teología, artes amatorias, idiomas, música, baños en leche de burra para suavizar la piel y, por supuesto, pernoctancias en establos para familiarizarse con los olores más ingratos y las compañías más perversas. ¿Por qué no ampliamos las porquerizas para revolcarnos con mayor comedimiento en nuestra mezquindad? ¡Póngasele precio a las heces que el alma la tenemos empeñada!… Ascolti, caro amico messicano, (parece dirigirse a mi persona) voy a contarle algo que lo ayudará a mitigar su desazón congénita: Al cabo de una de las pestes más negras de la historia veneciana y en medio de plagas bíblicas que se decía que se multiplicaban en las aguas salobres de la laguna, el padre de la epidemiología Gerolamo Fracastoro, encargado de la salud pública de la Serenissima, propuso que la ciudad se aislara en un lago de agua dulce para hacer de ella una urbe con mejor futuro, para hacer de ella una nuova Tenochtitlan… Por si le quedaran dudas, sepa que Tomás Moro imaginó, al parecer, a la Venecia indiana como un modelo para su famosa Utopia[4] y que el eminente cartógrafo veneciano Tomaso Porcacchi repetía, apoyado en el mito, que donde las otras se habían fundado por la mano del hombre, la capital mexica había sido fundada por la mano santísima de Dios…[5] (Con la garganta hecha nudo intento abrazar al viejo sabio, pero el abrazo se esfuma como un vaho ardiente. Volteo hacia la galería de espejos del Florian y mi reflejo abraza a una silla vacía)[6] ⌈⊂⌋

    La isla de la Utopía

    1] Se recomienda la audición de su Lauda Jerusalem para voces solistas, coro y orquesta así como de su quinta sonata para instrumento de teclado en Do mayor.

    [2] Il mondo alla roversa en el original. No está por demás decir que el catálogo de músicas para la escena de Galuppi enumera alrededor de 100 óperas.

    [3] Coryat publicó en 1611 lo que se considera como la primera guía de viaje en Europa. (Coryat´s Crudities)

    [4] En el frontispizio de la primera edición de la Utopia(1516) aparece la ilustración de una idealizada Mexihco-Tenochtitlan.

    [5] Fondata da Dio benedetto, con la sua santíssima mano, dove le altre son fondate dalli huomini en la cita original.

    [6] Galuppi, también conocido como el Buranello y considerado como el mejor músico veneciano de su época murió en 1785.

  • Diplomacia y Escritura en México

    Diplomacia y Escritura en México

    Pedro González Olvera /Consuelo Dávila Pérez

    El presente ensayo es una versión abreviada y actualizada del artículo Diplomacia y literatura: el caso mexicano, incluido en el libro Relaciones Internacionales: Diplomacia cultural, arte y política exterior, publicado en 2021 en una coedición de Universidad Autónoma de Baja California, la Universidad Anáhuac México, el Centro de Enseñanza y Análisis sobre la Política Exterior de México y la Asociación Mexicana de Estudios Internacionales.

    Parece haber en el mundo una amplia conjunción entre el ejercicio de la diplomacia y el de la literatura por lo que se considera usual que quienes tienen la escritura como principal proyecto en la vida, sobre todo ficción (poesía, novela, teatro, cuento, aunque también ensayo,) incursionen en el campo de la diplomacia ya sea de manera temporal o permanente como segundo y complementario proyecto vivencial. En este caso, se trata de diplomáticos que han incursionado previamente, con distintos grados de éxito, en la escritura contribuyendo a las letras de su país o incluso en  la academia, cuando su actividad literaria se refleja, además de sus obras de ficción, en la elaboración de ensayos históricos, de coyuntura o, incluso, de artículos destinados a la investigación y la enseñanza sobre todo universitaria.

    Asimismo, no hay duda sobre otro hecho incontrovertible: entre los diplomáticos de carrera es frecuente el llamado a incursionar en las letras. Lo hacen a modo de una segunda profesión, la mayor parte de las veces sin esperar el éxito literario, prestigio o remuneración alguna, sino simplemente por el placer de escribir y la satisfacción de ver sus creaciones plasmadas en el blanco y negro del papel y la tinta de un libro.

    Sean cuales sean el campo y la temporalidad de su presencia en la práctica de la política exterior de su país a través de la diplomacia, los escritores diplomáticos y los diplomáticos escritores terminan contribuyendo a enriquecer el bagaje cultural y, de manera más específica, a la diplomacia cultural y a la ahora llamada diplomacia pública nacionales, al tiempo que conectan la cultura nacional con la universal. Se trata pues de una tradición que aporta a los pueblos del mundo importantes elementos en la construcción de una imagen y de una identidad y logra el entrecruzamiento de lo mejor de esas identidades.

    La participación de escritores e intelectuales en la puesta en práctica de la política exterior de México no tiene una intensidad uniforme a través de la historia nacional. En ocasiones ha sido vigorosa debido a la necesidad de cuadros ilustrados en el manejo de los asuntos públicos, cuando era minoritario el segmento de la población que tenía acceso a la educación, o cuando esos cuadros estuvieron al servicio de un régimen dominante durante más de treinta años y en el surgimiento y consolidación de otro, producto de la primera revolución social del siglo XX que requería de nuevos y diferentes diplomáticos, con un pensamiento equiparable al del nuevo régimen. En sentido contrario, la presencia de escritores en la diplomacia se reduce porque surgen novedosas y atractivas fuentes de trabajo o, especialmente, cuando los escritores que veían el servicio exterior como una buena opción laboral, se desencantan con el gobierno en turno.

    Desde el momento mismo del inicio de su vida independiente en México, distinguidos escritores e intelectuales participaron, si se quiere a partir de diversas trincheras ideológicas, en la edificación del estado nacional. No es extraño que fuera así, pues como dijimos líneas arriba todos ellos eran parte de una élite educada.  Por principio de cuentas, sabían leer y escribir en un país en donde el analfabetismo era crónico y generalizado; además eran buenos lectores no sólo de lo que se escribía tanto antes como después de la independencia en el nivel interno, sino también de lo más importante que venía del exterior, eran, en una palabra, hombres ilustrados. Tenían conocimientos de la geografía y la historia local e internacional, conocían las características de los sistemas políticos, admiraban sus ventajas y sus desventajas y habían desarrollado una clara conciencia de lo que suponían era mejor para el futuro del nuevo país.

    Así, decidieron intervenir activamente en la política y en esta esfera, en el rubro de la política exterior y la diplomacia; no pocos lo hicieron incluso dirigiéndola, otros más representando a México en el exterior como enviados extraordinarios y plenipotenciarios. Varios lo hicieron a costa de su propio peculio, dadas las penalidades que padecían los presupuestos gubernamentales, y la inseguridad de que sus salarios llegaran a tiempo. Algunos más, lo hicieron en condiciones precarias, apoyados en la solidaridad de las amistades y en los pocos ingresos recibidos por sus contribuciones a la prensa extranjera, cuando lo podían hacer, o en la venta de sus obras entre los escasos lectores existentes en el territorio nacional.

    Pero lo más importante es que realizaron loables contribuciones a la empresa de que México lograra salir del peligro de un aislamiento internacional motivado por las amenazas, varias cumplidas, de las potencias extranjeras, o por la creencia de que al abstenerse de realizar la conexión con las grandes corrientes mundiales el país se libraría de los acechantes riesgos impuestos por el mundo externo (Ordoñez, A., 2005).

    Cuando el país por fin se asentó en el siglo XIX, con el arribo de la llamada República restaurada y luego la dictadura porfirista, los puestos diplomáticos fueron ofrecidos y ocupados por escritores partidarios de Porfirio Díaz. Lo hicieron no por ambiciones personales, ni porque se fueran a enriquecer en el puesto (algo que ningún diplomático ha logrado, sea o no escritor), sino con el objetivo de tener contacto directo con otras culturas, conocidas de oídas o por medio de libros, de llevar consigo una parte de su propia cultura e identidad personal y nacional, lo que a su vez, les permitiría directo el contacto con sus colegas extranjeros, así como difundir con mayor precisión las características de un país, de acuerdo a los dictados del porfirismo, en camino de ingresar a la modernidad y al desarrollo, digno de participar con todos los derechos y obligaciones en el concierto internacional. Los escritores diplomáticos contribuían, de esta manera, al esfuerzo de construir una imagen moderna y cosmopolita de la nación, la élite porfiriana (de la que ya formaban parte estos escritores, dicho sea de paso, casi por las mismas razones que sus antecesores) empezó a esbozar el retrato tanto de su país como de sí misma. Creía que esto cumpliría varias funciones útiles. Le serviría a México como un pasaporte al paraíso moderno, le otorgaría a la élite su propio sentido de identidad y unidad y se convertiría en una fuente de legitimidad nacional. (Tenorio Trillo, M., 1998. Paréntesis nuestro).

    Luego vino la revolución de 1910 y acabó con el sueño porfirista, en el sentido que marca la anterior cita. De nuevo, tal como había sucedido en los albores de la vida independiente, México fue enviado por la sociedad internacional de la época al baúl de los países inestables, casi incivilizados, en permanente desgobierno, al grado que fue excluido de la naciente Sociedad de Naciones. Y de nuevo, correspondió en buena medida a la diplomacia, en la que se insertaban los diplomáticos intelectuales y escritores y los que pertenecían a un incipiente cuerpo de carrera, bregar intensamente en el trabajo de crear una imagen diferente a aquella que las grandes potencias habían, interesadamente, contribuido a difundir.

    Los diplomáticos mexicanos lo hicieron, como había pasado en el siglo XIX, por patriotismo, por sus vínculos con las causas sociales y políticas enarboladas por la Revolución, sin dejar de lado que ello les significaba una fuente de trabajo segura, que les permitía seguir construyendo su obra personal, en horas robadas al sueño. Alejandro Pescador sostiene que como escritores la vida puede ser incierta económicamente hablando; pueden tener prestigio, tener reconocimientos, ser parte de la élite cultural, pero eso no significa que cuenten con los medios indispensables para tener una vida más o menos sin sobresaltos en sus necesidades cotidianas. (Pescador, A. 1999)

    No es que descuidaran las labores que les proporcionaba el sustento; existen suficientes pruebas en dirección opuesta. Se entrenaron en el protocolo y los usos y costumbres diplomáticas más añejas y tradicionales, se volvieron conocedores de los mecanismos de representación en conferencias y nacientes organismos internacionales, manejaban como expertos el derecho de gentes, todo lo adaptaban a sus vidas, pero de manera paralela continuaban, sin prisa, pero sin pausa, con su función creadora.

    Además, hacían esfuerzos superiores a fin de que las tareas burocráticas no anularan sus respectivos espíritus creadores y no le sucediera como a aquel inmenso poeta mexicano, José Gorostiza), diplomático de carrera igualmente, que argüía como causa de su sequía creativa el haber escrito muchas veces, todos los días: “aprovecho la oportunidad para reiterarle la seguridad de mi distinguida consideración”. Formaron parte del grupo de destacados profesionales que le dieron prestigio a la política exterior de México, al defender las mejores causas no sólo de México, sino de la humanidad entera, en especial la prevalencia del derecho internacional en las relaciones de los países del mundo.

    Los años de consolidación de las propuestas de la Revolución de 1910 verán la tímida y tardía aparición de la mujer en la diplomacia; con excelentes credenciales en su formación intelectual; aportarán además de sus trabajos dentro de la literatura y la historia mexicana una visión fresca y novedosa a la política exterior de México, haciendo enormes esfuerzos hacia el reconocimiento del papel que el sector femenino podía contribuir, no solamente en la diplomacia sino en el conjunto de la política nacional.

    Andrés Ordoñez sostiene que el oficio diplomático, en el marco de los programas de los gobiernos emanados de la Revolución, fue atractivo por la falta de oportunidades en otros campos. Pero cuando las circunstancias permitieron la diversificación de las oportunidades de trabajo se dio una disminución del interés de los escritores por sumarse a las filas diplomáticas. Si a eso le sumamos el desencanto con los gobiernos que se auto designaban herederos de la revolución de 1910 a consecuencia de la represión del movimiento estudiantil de 1968, “el Servicio Exterior Mexicano perdió atractivo para los sectores ilustrados del país” (Ordoñez, A., 2004), entre los que ciertamente se encontraba, al menos una parte, el de los escritores.

    Si fue cierto que después de 1968 el caudal de escritores participantes en la representación de México en el exterior aparentemente disminuyó, no lo es menos que un grupo diferente decidiera sí hacerlo después de ese infausto acontecimiento. Lo hicieron a partir de invitaciones que los presidentes en turno les extendieran. Era, en efecto, una invitación que, generalmente, no se podía rechazar, por las más diversas razones: por identificación con el proyecto nacional del presidente invitante, por prestigio, por la posibilidad de aprovechar legítimamente, en el contexto de la diplomacia cultural, un puesto que se consideraba una oportunidad y no el exilio dorado. Así, se incorporaron o volvieron a la diplomacia con los gobiernos herederos de la Revolución de 1910 posteriores al de Díaz Ordaz y hasta el fin de esos regímenes, escritores como Carlos Fuentes, Rosario Castellanos, Fernando Benítez, Juan Villoro, Jaime García Terrés, José Luis Martínez o Fernando del Paso. De ahí nuestra afirmación de que, si hubo un desinterés por el servicio exterior de parte del gremio literario, ese desinterés fue solo parcial.

    Incluso al despuntar el siglo XXI, con el primer gobierno de alternancia, hubo un proyecto de integrar a una buena cantidad de creadores de todos los campos y los hubo escritores, bajo la idea de que su obra y su trabajo constituían, en su espíritu, aportaciones a la elaboración de una imagen positiva del país.[1]

    Algo constatable es que hace ya tiempo que los diplomáticos escritores dejaron de incidir abiertamente en el rumbo de la política exterior de México; se han conformado en la realización de su trabajo de representación, tarea importante e indispensable, pero lejos de lo que el gremio realizó durante todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, periodos en los cuales de sus plumas y sus cerebros emanaban las directrices principales de la política exterior.

    Visto desde un ámbito más reducido, en la actualidad nos encontramos ante un proyecto que se denomina “nueva diplomacia cultural”, que ha integrado a creadores y trabajadores del sector cultural o periodístico a embajadas y consulados, sin que, siendo sinceros y sin menospreciar la labor de ninguno de ellos, haya una figura estelar que pueda mencionarse.

    En cambio, lo que sí podemos enumerar es el alto número de diplomáticos de carrera, expertos en la escritura de ensayo histórico o coyuntural y, por supuesto, de precisos informes bien redactados que cumplen cabalmente con su función de comunicar lo más destacado de lo sucedido en sus lugares de adscripción, que se han lanzado al ruedo de la literatura, ofreciendo al público lector sus obras de ficción que rebasan los confines de la escritura de información.

    La historia mexicana de la relación diplomacia y literatura

    Como ya dijimos, desde los inicios de la vida independiente de México, distintos escritores participaron obligados por el ambiente histórico, social y económico, en la política nacional, entendida igual en todas sus facetas, entre ellas la diplomática. Fueron abogados, historiadores, administradores públicos, autodidactas, educadores, diputados, senadores y representantes extraordinarios y plenipotenciarios (hoy embajadores) y hasta jefes de la diplomacia. Son por ello denominados diplomáticos escritores circunstanciales.

    Entre quienes podemos mencionar, y la lista es enorme, se encuentran Manuel Eduardo de Gorostiza, Lucas Alamán, José María Luis Mora, Luis Gonzaga Cuevas Inclán, José María Lafragua; Manuel Payno, José Tomás de Cuellar, Vicente Riva Palacio; Ignacio Manuel Altamirano, Victoriano Salado Álvarez, Francisco de Icaza. Federico Gamboa.

    Tiempo después, cuando la diplomacia mexicana empezaba a contar con un servicio de carrera formal, participaron en él notables escritores caracterizados tanto por su pasión literaria, como por sus afinadas dotes para el arte de la representación de su país en el exterior. La lista es larga, pero a riesgo de omitir a algunos, podemos mencionar a personalidades como Isidro Fabela, Amado Nervo, Efrén Rebolledo, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Genero Estrada, Hugo Gutiérrez Vega, Carlos Fuentes, Gilberto Bosques, Francisco Castillo Nájera, Rafael Cabrera, Gilberto Owen, Rafael Bernal, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Antonio Gómez Robledo, Sergio Pitol, Manuel Maples Arce, Enrique González Martínez.

    Así ha sido la historia de la diplomacia y la cultura en México. En el presente también hay diplomáticos de carrera que tienen la inquietud de escribir obras que van más allá de los informes o de los ensayos analíticos y se aventuran a escribir obras que caen en la esfera de la creación literaria, sea novela, cuento, dramaturgia o poesía. Son, ante todo, representantes del país en el exterior o funcionarios de la Cancillería cuando así corresponde. Dedican entonces sus tiempos libres a la escritura, sean sus memorias derivadas de sus asignaciones laborales y del impacto que vivir en el exterior causó en su identidad interior, habida cuenta que siempre se encuentran en el umbral de dos mundos: aquel que llevan desde la cuna y el otro que el destino les ha ofrecido gracias a su dedicación al trabajo diplomático. Nada de lo escrito en el marco de la literatura representa una ventaja en su carrera como diplomáticos cuando se encuentran activos, no cuenta para ascensos ni, en seguimiento, para aumentos salariales. Lo hacen simplemente por el placer de practicar la escritura en un terreno diferente al de la mera composición de informes obligatorios, en los que, sin embargo, existe un adiestramiento y una práctica a partir del momento en que el novel diplomático inicia su carrera.[2] Entre quienes se pueden incluir en este rubro están Leandro Arellano, Walter Astié, Enrique Berruga, Francisco Cuevas Cancino, Francisco José Cruz González, Federico Chabaud, Alejandro Estivill, Daniela Gil, Carlos González Parrodi, Guillermo Gutiérrez Nieto, Ernesto Herrera, Enrique Hubbard Urrea, Andrés Ordoñez, Guillermo Ordorica, Roberto Peña Cid, Antonio Pérez Manzano Alejandro Pescador, Rafael Barceló Durazo y Jorge Valdés[3]. No quisiéramos dejar de mencionar que otros diplomáticos y diplomáticas han hecho aportes importantes en el género del ensayo, otro extenso campo de la escritura. Son innumerables los y las que han escrito extensos estudios analíticos de la realidad internacional; una fuente en la que pueden encontrarse varios ensayos de los profesionales de la diplomacia mexicana que escriben ensayos es la Revista Mexicana de Política Exterior.  Una somera revisión de sus ya más de 120 números permite comprobar esta aseveración.

    Por otra parte, es notoria hasta este punto la ausencia de diplomáticas escritoras. No es de extrañar; solo hasta bien entrado el siglo XX empezó a permitirse la participación de las mejores mexicanas en las lides diplomáticas y su incorporación al servicio exterior. Cuando por fin sucedió, llegaron a estas tareas distinguidas mujeres que también incursionaron en las letras, con las mismas dificultades que en la diplomacia, mencionemos tan sólo a Hermila Galindo, Palma Guillen, Rosario Castellanos, Graciela de la Lama, Amalia González Caballero, Paula Alegría.

    Conclusiones

    La lista de los (as) escritores (as) diplomáticos (as), o diplomáticos (as) escritores (as) es muy amplio. Unos fueron ministros o Secretarios de Relaciones Exteriores. El grupo completo fue y ha sido testigo y participante de los momentos más complicados, y también felices y exitosos, vividos por la nación; actuaron con patriotismo y sentido de la nacionalidad emergente y consolidada. Son ejemplo de humanismo, responsabilidad y sus libros literarios dignos de leerse. Promovieron y promueven de la mejor manera la mejor imagen de México a través del arte y la cultura nacionales. Son, en su persona, activos culturales.

    Conocieron, conocen, defendieron y defienden el derecho internacional. Han sido, en singular y en plural, inspiradores y trabajadores de la política exterior de nuestro país. Desde su pensamiento y sus acciones, se construyeron doctrinas y principios guías de esa política exterior. Y en su calidad de escritores contribuyeron en buena medida a darle lustre al enorme caudal de la literatura mexicana. Son por ello constructores de la nación. ⌈⊂⌋

    Pedro González Olvera es profesor investigador de la Universidad del Mar, Campus Huatulco. Diplomático de carrera en retiro.

    Consuelo Dávila Pérez es maestra en Relaciones Internacionales. Profesora de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, autora de diversos trabajos sobre su especialidad, particularmente Política Exterior de México.


    [1]No es inédito este ejercicio. En el transcurso del mandato de Venustiano Carranza tuvo lugar un trabajo de diplomacia pública mediante la divulgación de las bondades de la revolución mexicana y de su propio gobierno, y el combate a la pésima imagen del país, difundida por el gobierno de Estados Unidos por medio de notas periodísticas, utilizando los servicios de diplomáticos, escritores e intelectuales enviados con representaciones diplomáticas especiales a diferentes países de América Latina. (Yankelevich, P., 2002)

    [2]Existe en nuestro país una Asociación de Diplomáticos Escritores que cuenta con una revista electrónica denominada ADE, que ha editado 83 números, correspondiente el último al periodo julio-septiembre de 2022. El contenido de la revista incluye ensayos eruditos sobre temas de importancia en las relaciones internacionales, memorias de los integrantes de la asociación, sin importar su rango y relatos de ficción escritos por integrantes del Servicio Exterior mexicano, activos o en retiro. Es dirigida desde sus inicios por el embajador Antonio Pérez Manzano.

    [3]Se trata de un caso especial pues siempre supo realizar ambas tareas, escritor y diplomático, sin menoscabo de una u otra, hasta su retiro del servicio exterior para dedicarse a la literatura.


    Bibliografía utilizada

    Laura Muñoz (Coordinadora), Actores y temas de las relaciones de México y sus fronteras, México, Instituto de Investigaciones “Dr. José María Luis Mora”, 2018, 494 pp.

    Pablo Yankelevich, “Centroamérica en la mira del constitucionalismo, 1914-1920”, Signos históricos, México, UAM Iztapalapa, núm. 7, enero-junio, 2002, pp. 173-199

    Alejandro Pescador, “Notas sobre literatura y diplomacia”, La Jornada Semanal, México, 26 de diciembre de 1999, en https://www.jornada.com.mx/1999/12/26/sem-pescador.html

    Andrés Ordoñez, Devoradores de ciudades. Cuatro intelectuales en la diplomacia mexicana, México, Ediciones Cal y Arena, 2002, 261 pp.

    Andrés Ordoñez, Entre Mundos, México, Siglo XXI Ed., 2004, 134 pp.

    [1]SRE, AHD (Coordinación), Escritores en la diplomacia mexicana, Tres Tomos, México, SRE, Acervo Histórico Diplomático, 1998, 2000, 2002, 1172 pp.

    Fernando Reyes Matta, “Literatura, diplomacia y globalización”, Revista Diplomacia, No. 125, Santiago de Chile, Academia diplomática de Chile, diciembre de 2012, pp. 8-16