Blog

  • Un virus, una Región, un Informe: del desaliento a la acción

    Un virus, una Región, un Informe: del desaliento a la acción

    Pedro González Olvera

    Han pasado ya dos años desde que la Organización Mundial de la Salud hizo la declaratoria de pandemia a causa de la difusión por el mundo del SARS-CoV-2, agente viral que provoca la enfermedad conocida como Covid 19; desde entonces hemos sido testigos de la catástrofe provocada por ese nuevo mal, una peste en realidad, en distintos ámbitos como el de la salud mundial con más de 459.8 millones de enfermos y alrededor de seis millones de personas fallecidas; pero no sólo en ahí, los daños han sido severos también en los campos de la educación, el empleo, y la economía en general con retrocesos graves en el PIB nacional mundial y en el ingreso de las personas.

    Aunque idas las primeras olas, y no se sabe aún si en verdad estamos ya en las últimas, los pronósticos fueron un tanto optimistas por la recuperación obtenida el año pasado; sin embargo, no es seguro que esa recuperación continué como inicialmente se habían fincado esperanzas. De lo que no hay duda es que el futuro es incierto, por eso organismos como la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), se empeñan en producir informes que resultan indispensables a la hora de hacer recuentos y evaluaciones de una etapa de la historia de la humanidad que ha resultado trágica.

    Uno de esos informes de reciente aparición tiene un título optimista: Una década de acción para un cambio de época[1], a pesar de que la descripción que presenta del panorama mundial y más específicamente de América Latina no es tan alentador. Vinculado a los Objetivos del Desarrollo Sostenible o Agenda 2030, el documento en cuestión nos ofrece de entrada una pintura realista sobre la situación actual latinoamericana en materia económica: la recuperación de 2021 fue insuficiente para recuperar la pérdida de empleos, sobre todo de las mujeres y no se dio sino bajo un modelo de desarrollo que ya había mostrado sus limitaciones y poco dinamismo incluso antes de la pandemia; a ello debe sumarse el flagelo de la inflación, que ya afecta gravemente a la población regional por el deterioro en su capacidad de consumo; es decir

    “en términos generales, la región volvió a transitar por el camino que la había conducido a la extrema vulnerabilidad con que debió enfrentar la crisis sanitaria: altos niveles de pobreza, limitada capacidad de creación de empleos de calidad, baja productividad e intensidad tecnológica de la producción, y un modelo de producción y consumo que sigue sin internalizar las externalidades ambientales. Todo esto en un contexto de exclusión social y prevalencia de una secular cultura del privilegio[2]

    Varias son las conclusiones o llamadas de atención que contiene el informe en cuestión. En estas notas comentaremos algunas de ellas para dar una pálida idea, de cómo se encuentra la región a unas cuantas semanas de la última ola de la enfermedad que, aún sin la mortalidad y virulencia que tuvieron las anteriores, si fue asustadora por el número de contagios que provocó. La primera es que los efectos de la pandemia han sido más fuertes en América Latina que en otras regiones (la caída del PIB se encuentra entre las más pronunciadas a nivel internacional, debido a la ausencia de una estructura productiva que contenga sectores con una base tecnológica adelantada que les permita a los países latinoamericanos responder con celeridad a los enormes retos que enfrentan frente a un entorno en rápida expansión en materia de tecnología.

    En tal sentido, el avance tecnológico y su aplicación a un nuevo modelo de desarrollo resultan necesarias para superar la vulnerabilidad de la región no sólo antes la crisis presente, sino ante todas las que vengan posteriormente, ya que la informalidad en el área del empleo y en la de los servicios (que muestra un bajo índice de productividad) es impedimento para llegar a niveles más altos de desarrollo en general. El ejemplo que puede mencionarse es la tardanza en la producción de vacunas, cuando fueron logradas, o el de la fabricación de material médico, aunque desde luego no en todos los países se dio una situación similar en la medida en que algunos de ellos, si lo lograron finalmente, en uno o en otro caso, o incluso en ambos.

    Segunda conclusión: la situación en el campo de la salud tampoco ha sido boyante para América Latina. Es la región que peor ha manejado la pandemia en el mundo, pues de conformidad con cifras que aporta el informe que reportamos, hasta fines de octubre de 2021, en América Latina y el Caribe se presentaba el número más alto de defunciones: un 28,9% del total mundial. Al mismo tiempo Latinoamérica es la zona del planeta con el número más alto de muertes por COVID-19 por cada 1.000 habitantes.

    La pandemia tuvo efectos más drásticos, como es fácil de comprender, entre los sectores más vulnerables por sus pocas o nulas posibilidades de atenderse en algún sistema de salud, devastados por efectos de las políticas neoliberales o incluso por políticas más aplicadas o, peor, mal planeadas, como sucedió en México con las medidas implementadas al principio de la actual administración al desaparecer instituciones que, con todos sus defectos, ya habían empezado a funcionar, sin que a la fecha hayan podido solucionarse la falta de medicamentos o el funcionamiento de salud para los sectores más desprotegidos.

    Las respuestas que se dieron ante el avance de la enfermedad no fueron similares ni uniformes. Algunos países fueron más rigurosos en sus políticas sanitarias, mientras otros fueron más laxos; la irregularidad en la aplicación de políticas de atención al covid fue notaria no solo por su falta de rigor sino asimismo por su aplicación en el tiempo, es decir, las medidas se relajaban cuando la intensidad de las olas disminuía, para luego corregir el rumbo.  

    Eso explica, al menos en parte, los efectos excesivamente negativos en las poblaciones locales de la región, en particular los descendientes afroamericanos e indígenas, las cuales pagaron un costo mayor que el resto de la población no sólo a consecuencia de la enfermedad misma, sino por las dificultades para tener acceso a los servicios de salud.

    Como antes mencionamos, la salud no fue el único rubro con daños ni el único que deberá sufrir trasformaciones obligadas por la pandemia. Según el reporte que comentamos, y esta puede considerarse la tercera conclusión, los procesos económicos también sufrirán variaciones importantes Las cadenas de valor serán modificadas para superar las debilidades que la pandemia hizo evidentes, sobre todo en Estados Unidos y Europa, que el año pasado “dieron a conocer iniciativas orientadas a aumentar su autonomía productiva en industrias consideradas estratégicas”, que lleven directamente a reducir su dependencia de industrias localizadas en la República Popular China, con dos objetivos: reducir su dependencia ante futuros choques externos de cualquier índole y colocarse en una situación ventajosa vis a vis las tensiones comerciales ya desatadas antes de la pandemia con ese país oriental

     “Este escenario promoverá una reconfiguración de las cadenas para hacerlas más cortas (menos globalizadas y más regionalizadas), más redundantes (es decir, con alternativas en la producción de componentes) y con más controles, así como con más existencias de componentes esenciales.”[3]

    Adicionalmente, hay algo que el informe hace constar, aunque todos lo vivimos de una u otra manera. El confinamiento que obligó a permanecer en casa  y paralizó muchas actividades presenciales hizo visibles, para las empresas, las ventajas del home office y de acelerar la transición hacia un nuevo tipo de trabajo, economía y relaciones laborales, marcados por la era digital.

    Es decir, las medidas de confinamiento y la paralización total de las actividades económicas no esenciales por la pandemia han acelerado la transición hacia economías más digitales, y, posiblemente, sobre todo en el caso de los países desarrollados, acelerarán también la automatización de los procesos productivos críticos para la elaboración de sus productos. La tecnología y la digitalización permiten a algunos sectores mantener la actividad y la producción con muy poco personal trabajando de forma  presencial. No son buenas noticias para países como los centroamericanos o como República Dominicana, en donde los bajos salarios constituyen una ventaja comparativa, pues al reformarse las cadenas de valor en que participan, en favor de la digitalización es alto el peligro de perder, aún más, una cantidad significativa de empleos.

    En cambio sí serían buenas noticias si esas cadenas de valor, son relocalizadas  para tener una mayor proximidad de sus eslabones desde las casas matrices  de las empresas que lleven a cabo esa relocalización. Dice el informe que:

    “Los países de Centroamérica, México y la República Dominicana se encuentran en una posición ventajosa para recibir nuevas inversiones manufactureras, en el contexto de los procesos de deslocalización de proximidad que están llevando a cabo algunas empresas interesadas en acortar sus redes de abastecimiento y acercarse al mercado de los Estados Unidos. Se vislumbran oportunidades para incursionar en ciertos nichos del sector electrónico; por ejemplo, en algún eslabón de la cadena de los semiconductores, y de la de equipo y dispositivos médicos, que en 2021 mostró una resiliencia notable en la subregión y registró tasas de crecimiento significativas”.[4]

    De hecho, en 2021 hubo una notoria recuperación de la inversión extranjera. Si esto sucede (lo dicho en la cita), continúa el ascenso en las inversiones extranjeras, así como la recuperación del turismo, habida después del primer trimestre de 2021, y se mantiene en altos niveles la  remesas familiares, los empleos en la región podrían tener un buen índice de crecimiento. Por supuesto no es hora de echar las campanas al vuelo ya que la repercusión de la crisis en el campo laboral ha sido, como en otros ámbitos, grave, más incluso que en otras crisis. Por ejemplo, en 2020 la tasa de participación de las mujeres en la fuerza laboral experimentó un retroceso de 18 años, al disminuir del 51,8% en 2019 al 47,7%, mientras que la tasa de participación de los hombres disminuyó del 75,5% al 70,8%. Los cálculos para 2021, una vez que las cifras estén ajustadas, y gracias a la recuperación relativa estiman que la tasa de participación de las mujeres se habrá incrementado hasta el 50%, cifra similar a la que se registró en 2016.

    “Esto representa un retroceso de cinco años que deja todavía a una de cada dos mujeres fuera del mercado laboral. La crisis también elevó las tasas de desocupación, que en 2020 alcanzaron el 12,1% en el caso de las mujeres y el 9,1% en el de los hombres. Dado el lento incremento de los niveles de ocupación y las mayores tasas de participación, se estima que en 2021 la diferencia entre las tasas de desocupación masculina y femenina se habría ampliado. La desocupación habría afectado a un 11,8% de las mujeres, cifra 3,7 puntos porcentuales superior a la de la tasa de desocupación estimada para los hombres (8,1%).”[5]

    Una importante reflexión contenida sobre este tema en el informe que glosamos se refiere  al deseo de muchas mujeres de encontrar trabajo remunerado, deseo que han debido abandonar por la necesidad de dedicar más hora de las que ya dedicaban a las labores hogareñas en función de los estereotipos de género que les asigna el cuidado del hogar, estereotipo exacerbado en tiempos de crisis y de home office por la parte masculina de la familia o de la necesidad de este sector de encontrar trabajo donde fuera.

    Los efectos en el campo de la educación tuvieron un alto impacto en la población estudiantil latinoamericana. El cierre de las escuelas y los experimentos de educación a distancia o virtual fueron la causa de que millones de estudiantes se atrasaran en sus niveles educativos, entre otros varios factores por la falta de recursos tecnológicos digitales, lo que aumentó las brechas existentes entre quienes sí tuvieron esos recursos y los que carecen de ellos no sólo ahora sino permanentemente, desplomándose cualquier búsqueda de educación de calidad.

    El informe de la CEPAL se hace cargo, como otro de sus temas importantes, de los efectos del cambio climático en la región y su visión tampoco es alentadora. Lo peor es que la contribución al problema por parte de los países latinoamericanos es reducida, en tanto sus efectos no pueden considerarse sin importancia. Fríos inesperados, huracanes de fuerza devastadora en zonas donde antes no causaban grandes daños, altas temperaturas por todos lados, las más intensas en 30 años, han terminado en sequías no vistas desde que se tienen registros sobre el clima y sus efectos. Incendios forestales de enormes dimensiones incluso en la Amazonia, reducción de los áreas agrícolas, trajeron “mayores vulnerabilidades relacionadas con el sector externo, la seguridad alimentaria y la seguridad energética”.  En particular, la producción de café, soya, y algodón han sufrido los efectos del cambio climático, con la inmediata repercusión en las exportaciones y en los ingresos Para los habitantes de la región el problema puede traer efectos en su dieta ya que algunos como el maíz, la yuca y el arroz, podrían sufrir importantes pérdidas,

    “lo que comprometería la seguridad nutricional. Finalmente, muchos países de la región dependen de manera crucial de la generación hidroeléctrica para la producción de energía. Por ejemplo, en el Brasil, dos tercios de la electricidad producida provienen de esta fuente. Las sequías prolongadas potencian  el riesgo de una crisis energética, al reducir la disponibilidad eléctrica de los países, lo que puede repercutir gravemente en la actividad económica.”[6]

    Todo sumado, contribuirá a aumentar la vulnerabilidad de la región en el futuro inmediato, pues lejos de disminuir o mejorar, la tendencia para el cambio climático es la continuación en el aumento del calor en la mayor parte de la región. Y aquí aparece uno de los riesgos más temibles para cualquier país, región o ciudad: la escasez de agua, no sólo por la falta de lluvias, sino por la desaparición paulatina y constante de las masas de hielo existentes antaño en los Andes y esto para ya no mencionar aquí, con más detalle, el tema del aumento del nivel medio del mar “contribuye al aumento de las inundaciones costeras en áreas bajas y al retroceso de la costa a lo largo de la mayoría de los litorales arenosos.”

    En cuanto a uno de los temas centrales del informe, el avance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible en la región el informe indica que hay una marcada desigualdad en su cumplimiento. Mientras en algunos deseos objetivos se han alcanzado porcentajes de cumplimiento de hasta 40%, en otros este porcentaje se reduce al 37% y hasta el 32% cuando se analizan la totalidad de las metas que se analizaron. Los efectos de la pandemia son notorios también en los ODS y su cumplimiento en la región, a diez años de cumplirse el plazo impuesto para su alcance por la Organización de Naciones Unidas. Es cierto que no se pueden ignorar los avances en algunos de ellos, pero es imposible tapar el sol con un dedo sobre el incumplimiento en varios otros:

    Las series estadísticas estudiadas muestran un retroceso a corto plazo como consecuencia de ese impacto y la recuperación de la senda inicial no es suficiente para pronosticar un horizonte promisorio y positivo en muchas de ellas. Solo en un tercio de las metas se avanza a paso firme con escenarios alentadores a 2030. Las dos terceras partes restantes indican la necesidad de promover la rápida implementación de políticas públicas que permitan tomar medidas que cambien el rumbo acelerando el ritmo de crecimiento en algunos casos o revirtiendo la tendencia para así lograr los objetivos propuestos.[7]

    ¿Que se pude hacer para superar los problemas, pues no todo es negativo en el informe? Una medida inicial es la presentación de los informes anuales nacionales (medida con la que 20 países han cumplido); enseguida viene el compromiso de  hacer partícipes a todos aquellos interesados en los ODS para crear un verdadero proceso de examen nacional en donde el actor único sea el Estado sino que propicie la participación de actores diversos en tres niveles:

    “i) en una sección específica del examen nacional voluntario que analice la participación de actores relevantes interesados y que pueden incluso escribir ellos mismos, ii) en su participación en la generación de datos para medir los avances de los ODS o iii) en su inclusión como miembros oficiales de la delegación que presenta el examen ante el Foro Político de Alto Nivel sobre el Desarrollo Sostenible.”[8]

    Por otra parte, resulta de la mayor importancia vigorizar el multilateralismo dirigido a reestructurar las condiciones en las que  se desarrolla la economía internacional en la que la necesidad del desarrollo sea más importante que la liberalización de los mercados, sumémosle a esto una mayor cooperación para fomentar el financiamiento internacional pero no para endeudar a la región, sino para adaptar el estilo de desarrollo sostenible a los tiempos post pandemia; y algo más, la reconstrucción de todos los intentos de integración regional para alcanzar, por fin, la ansiada unidad, al menos económica que permita afrontar los nuevos retos como un bloque económico. Si, además, se conjugan y conjuntan, multilateralismo e integración regional alrededor del logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la superación de la crisis podría a la vista máxime si nos atenemos a los esfuerzos ingentes, y las inversiones de emergencia, hechos por prácticamente todos los países de la región a fin de atender mínimamente a los enfermos de covid y, en algunos casos, el consumo poblacional. Desde luego, sería mejor “La inversión en políticas que tiendan a redistribuir las tareas domésticas y de cuidados entre las familias, el mercado, el Estado y las comunidades constituye una oportunidad para lograr la recuperación económica mientras se avanza hacia la igualdad sustantiva.”

    Por último, para fines de estas notas, el informe recomienda trasformar las políticas públicas instrumentadas en los últimos tiempos al calor de otros estilos de desarrollo: “Para hacer frente a los desafíos que impone la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, se requiere una institucionalidad social que posibilite una implementación orientada hacia políticas públicas de calidad: eficaces, eficientes, sostenibles, transparentes y participativas.”

    Como desde su fundación, la CEPAL demuestra con sus publicaciones y sus orientaciones políticas, aunque puedan ser discutibles desde diversas trincheras académicas y estatales, una preocupación veraz por el bienestar de la gente de América Latina, de ahí que el informe que hemos comentado –Una década de acción para un cambio de época-  sea ubicable por los especialistas, como una herramienta de análisis indispensable.


    [1]CEPAL, Una década de acción para un cambio de época. Quinto informe sobre el progreso y los desafíos regionales de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en América Latina y el Caribe, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2022, 186 pp.

    [2] Ibíd, p. 11. Desde el año pasado la CEPAL ya había advertido de la gravedad de la situación: “La pérdida del empleo y la reducción de los ingresos laborales ocurridas durante la pandemia han afectado especialmente a los estratos de menores ingresos. En 2021, la tasa de pobreza extrema habría alcanzado el 13,8% y la de pobreza llegaría al 32,1%. Por tanto, en comparación con las cifras de 2020, el número de personas en situación de pobreza extrema pasaría de 81 a 86 millones, mientras que el número total de personas en situación de pobreza disminuiría ligeramente de 204 a 201 millones. Pese a la recuperación económica experimentada en 2021, los niveles relativos y absolutos estimados de pobreza y de pobreza extrema se han mantenido por encima de los registrados en 2019, lo que refleja la continuación de la crisis social (véase el gráfico 1). La crisis también ha puesto en evidencia la vulnerabilidad en que vive buena parte de la población en los estratos de ingresos medios, caracterizados por bajos niveles de cotización a la protección social contributiva y muy baja cobertura de la protección social no contributiva.” CEPAL, Panorama Social de América Latina, ONU, Santiago de Chile., 2021, p. 15. Este documento también es indispensable para conocer la situación actual de América Latina cuando aún no alcanzamos a vislumbrar la salida ni de la pandemia ni de la crisis. ⌈⊂⌋

    [3] CEPAL, Una década de acción para un cambio de época. Quinto informe sobre el progreso y los desafíos regionales de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en América Latina y el Caribe, p. 17

    [4] Ibíd. P.18

    [5] Ibíd. p. 31

    [6] Ibíd., p. 35

    [7] Ibíd., p. 47

    [8] Ibíd., p. 135

  • Fuego Graneado (VI)

    Fuego Graneado (VI)

    Luis Ayhllón

    II

    Moisés y Gema

    • Muchas gracias por estar aquí, Gema.
    • N’ombre. Para nada.
    • De verdad, gracias.
    • Es un placer. ¿De qué quieres hablar?
    • De lo que tú quieras.
    • No, no lo creo.
    • Sí, por favor.
    • No, así no va a funcionar.
    • ¿Por?
    • Tú me pagas por estar aquí. Yo con gusto te escucho.
    • Bueno, pero puedes hablar de cosas.
    • No, gracias. Yo te escucho, en eso quedamos.
    • ¿No quieres realmente estar aquí?
    • No, sí. Sí quiero. No te confundas.
    • Pero lo haces por dinero.
    • Pues sí, Moisés.
    • Si no te pagara, no estarías aquí.
    • Pues no, Moisés.
    • ¿Dónde estarías?
    • Viendo Netflix. No sé.
    • Bueno, eres honesta.
    • …
    • Por lo menos no me mientes.
    • No.
    • Está bueno. Quiero hablar de Lucas.
    • De lo que quieras está bien.
    • No aparece.
    • ¿Quién?
    • Lucas. No lo encuentro.
    • Lo siento.
    • Fui a su casa. Simplemente desapareció. Hablé a sus contactos. Nada. Fui a los hospitales aledaños. Nada. Fui a la Semefo. Nada.
    • Chale, qué mal.
    • De la chingada, Gema. De la chingada.
    • ¿Y si se fue la ciudad?
    • Imposible. Estaba haciendo la cuarentena.
    • Fuiste a ver a los enfermos.
    • Fui a ver a esos putos enfermos.
    • Oye, no.
    • ¿Qué?
    • No les digas así.
    • Sí. No es eso.
    • Pero no les digas así. Mi tío Chema murió por ese virus y era muy buena gente.
    • Perdón, ¿era hipertenso?
    • ¿Dónde más lo buscaste?
    • Debo decirte algo. Quiero que sepas algo de mí.
    • ¿Qué?
    • Algo me pasó.
    • ¿De qué o qué?
    • Cuando buscaba en uno de los hospitales a Lucas.
    • Sí.
    • Pues, me tocó ver en urgencias a un hombre que había sido atropellado… Llegó en una ambulancia. Los paramédicos lo bajaron y lo ingresaron. Cuando pasó, a unos cuantos metros de mí, me percaté que una línea de sangre muy delgada dejaba un rastro en el suelo. La camilla se alejaba y yo veía los metros de hilo rojo en el piso. Yo, yo. Pues estoy jurado, pero por un momento quise, con todas mis fuerzas, darle una lamida al suelo.
    • ¿Lamer el suelo del hospital?
    • Sí.
    • ¿Neto?
    • Sí.
    • Ah.
    • ¿De qué te ríes? Oye, es algo íntimo. No te pago para que te burles de mí.
    • ¿Cómo no quieres que me ría?
    • No es gracioso. Es algo, es algo/
    • Sí, es gracioso. Perdona. Pero sí es gracioso.
    • Oye, oye. Es en serio.
    • ¿Es en serio?
    • Sí.
    • ¿En serio? ¿De verdad?
    • De verdad.
    • ¿Puedo expresar mi opinión?
    • No.
    • ¿Por qué?
    • Sólo quiero alguien que me escuche.
    • Una pregunta.
    • Sí.
    • ¿Por qué no contratas un psicólogo? Tengo un tío…
    • ¿El tío Chema?
    • No. Él está en el Panteón Jardín.
    • Sí. Perdón. Se murió. Sí.
    • Es mi tío Ramón. Él es psicólogo y cobra más barato que yo. Mira, a mí no me conviene, pero te lo digo en buena onda. Creo que necesitas hablar con un profesional.
    • Tú eres una profesional.
    • No soy profesional.
    • Pareces profesional.
    • Trabajo en Banco Azteca. No hay nada profesional en ese banquito cutre.
    • Me cagan los bancos.
    • ¿De dónde sacas que soy una profesional?
    • Te quiero a ti, no a tu tío Ramón.
    • Pero ni siquiera me dejas opinar.
    • Bueno, está bien.
    • ¿Qué?
    • Opina.
    • …
    • Opina, opina.
    • Ok. Mira, Moisés. Yo sé que en el fondo, eres buena gente. Me pagaste la deuda de tu hermano y querías genuinamente conocer a tu sobrino. Te creo. Eso no está en duda. Eres un hombre bueno. Pero, ¿qué pedo contigo? No mames, Moisés. ¿Qué es eso de la sangre? ¿Del hospital?
    • Me gusta la sangre, qué quieres.
    • ¿Bebes sangre?
    • No ahora. Estoy jurado.
    • ¿Jurado, cómo?
    • Me vi con Lalo por zoom, el de la parroquia, para jurarme.
    • ¿Quién es Lalo?
    • El cura.
    • ¿Y ese cura, qué?
    • Pues, nada. Él sabe que soy vampiro.
    • A ver, el cura sabe, ¿vampiro?
    • A ver, Gema, concéntrate.
    • Es que todo es muy/
    • Sí, soy vampiro. Ya, supéralo. Necesito sangre. Es algo, es algo/
    • Ramón es bueno. Deberías hablar con él.
    • A ver, me vale verga Ramón.
    • No, no, no.
    • ¡Yo te quiero a ti!
    • No voy a permitir que te pongas grosero.
    • Es que no me escuchas.
    • Pues es que no es fácil… Sí, está bien, me pagas, pero estar escuchando ese tipo de cosas, pues mira, no soy una planta de interiores. Te pones a hablar esas cosas, pues yo tengo que reaccionar. ¿Qué esperas? ¿Que ponga cara de profesora?
    • Sí. De maestra de secundaria.
    • No puedo.
    • De maestra de civismo.
    • No puedo poner cara de maestra de civismo.
    • ¿Por qué?
    • No puedo.
    • Sólo escucha y ya.
    • Estás más pendejo que Lucas.
    • ¿Qué?
    • No, nada.
    • ¿Qué fue lo que dijiste?
    • Nada.
    • Te escuché.
    • Bueno, ya perdón.

    Moisés sale de la reunión.

    • Moisés. Moisés. Chale…

    Gema sale de la reunión.

    III

    Sra. Roldán

    • ¿Es una broma?
    • No, mi’jo.

    Moisés sale de la reunión.

    • Chale. Bueno, éste…

    Moisés entra a la reunión.

    • ¿Es una grabación?
    • No.
    • Pero/
    • ¿Qué?
    • Usted, Lucas me dijo que usted/
    • Pues, sí…
    • Usted se murió y le dejó una cajita.
    • Pues, sí…
    • ¿Y qué hace aquí?
    • Pues, nada, mi’jito.
    • Lucas me lo dijo.
    • Y no mentía.
    • ¿Qué madres es esto?
    • Resucité.
    • Ah, chingá.
    • Y tú eres un vampiro.
    • ¿Resucitó?
    • Así es.
    • ¿Por qué?
    • Los por qués son inextricables. Pertenecen a un orden superior.
    • ¿Y por qué me/?
    • No lo sé. Me siento un poco atarantada.
    • ¿Por qué me busca a mí? ¿Dónde está Lucas?
    • No lo sé.
    • Mire, pinche vieja. Si usted resucitó y me mandó una invitación para charlar por esta madre y no sabe dónde diablos está mi hermano, entonces no le creo nada.
    • Mira, hijo. Te paso lo de “pinche-vieja” por que sé que estás confundido. Naciste confundido.
    • ¿Por qué dice eso?
    • Porque estás confundido.
    • ¿Y por qué está aquí?
    • No lo sé con certeza.
    • Conteste.
    • A veces, no todo es claro. A veces tengo cosas qué hacer que no dependen de mí. ¿Lo entiendes?
    • No.
    • Dios habla a través de mí.
    • ¿Y qué le dice ahora?
    • Ahora no me está diciendo nada.
    • ¿Lo ve?
    • Óyeme, Dios no es una guacamaya. Pero/
    • Pero, ¿qué?
    • Quiero aclarar algo.
    • ¿Qué?
    • Yo no te hice nada, mi’jo.
    • ¿Qué?
    • Lo que oíste.
    • Yo no te hice nada.
    • …
    • Nada.
    • …
    • Yo sólo tengo que decirte algo.
    • Pues dígalo.
    • Es un recuerdo borroso.
    • Pues dígalo.
    • Borroso.
    • Oh, qué la chingada.
    • Mira, mijo. Tienes que poner de tu parte. No puedes andar de injurioso. Contrólate. ¿Quieres que me largue? Me largo.
    • No, está bien.
    • ¿Vas a seguir de grosero?
    • No.
    • Bueno.
    • Yo no te hice nada.

    Yo siempre quise lo mejor para ustedes.

    Y yo me di cuenta de lo que pasaba en esa casa desde el primer día que estuve ahí.

    Tu madre era una vampira.

    Una alma enferma.

    Todo era rencor en ella.

    Y se desquitaba con ustedes.

    Sobre todo contigo.

    Te hizo cómplice de su enfermedad.

    Te jodió la vida.

    Y no sólo eso.

    Una noche salí al pasillo para ir al baño. Y en el baño estabas tú, inconsciente. Y tu madre te hacía cosas.

    • ¿Cómo, cosas? ¿Qué cosas?
    • Pues, ¿qué va a ser, Moi?
    • Eso es mentira.
    • A ver, Moisés. ¿Qué caso tendría entonces que Dios, después de resucitarme, me mandara aquí contigo?
    • Dios es caprichoso.
    • Dios no es caprichoso. Nosotros somos caprichosos. Nosotros somos niños. Niños idiotas, es más. No comprendemos. Yo no intento explicarlo. No hay explicación. Si te pones a explicar sus designios, querido Moi, ya valiste madres. Estoy aquí para compartirte lo que yo vi, porque necesitas saberlo.
    • Usted no es una santa, usted es una hija de la chingada.
    • ¿Ya comenzamos?
    • Perdón.
    • Contente. Respira. Lo que te digo es verdad.
    • ¿Qué más pasó?
    • Mira, hijito. Pues, yo vi a tu madre en el baño, de espaldas a mí. Y le dije:

    ¿Qué chingados haces?

    Ella se volvió, y con el pie quiso cerrar la puerta del baño.

    Yo se lo impedí.

    Ella se levantó, me encaró.

    Todo en silencio.

    Y yo le di un cabezazo en la mera nariz.

    Haz de cuenta que se abrió un grifo de sangre.

    Se fue riendo a su cuarto, dejando una estela morada por el piso.

    Yo te vestí, abriste los ojos y comenzaste a gritar.

    Te pedí que te quedaras a dormir en el sillón de la entrada.

    Te lo pedí.

    Pero tú querías regresar al cuarto con ella.

    Tu hermano salió. Yo sólo le dije: Moisés debe dormir en el sillón de la sala.

    Siempre debe dormir en la sala.

    Lucas se quedó contigo hasta que te dormiste.

    Yo limpié la sangre del pasillo y me quedé haciendo guardia afuera del cuarto de tu madre.

    Cuando abrió la puerta le dije que si te volvía a tocar, le sacaba las tripas.

    • Usted no es una santa.
    • No, mi’jito. ¿Quién te dijo que yo soy una santa?
    • Lucas.
    • Eso lo dice porque me quiere mucho.
    • ¿Entonces no hace milagros?
    • No, mi’jo. Yo sólo cuento historias.
    • ¿Y mi hermano?
    • No lo sé.
    • ¿Está muerto?
    • No lo sé.
    • ¿Y entonces, usted no resucitó?
    • Sí, eso sí.
    • ¿Pues no que no hacía milagros?
    • Yo no lo hice, niño. Fue Dios.
    • Bueno, si me disculpa.
    • ¿Qué vas a hacer?
    • A darme unos buenos putazos o a ponerme borracho.
    • Sale, cuídate.
    • Hasta luego, señora Roldán.

    Ambos salen de la reunión.

    ⌈⊂⌋

  • La vida de un paraguas oriental abandonado

    La vida de un paraguas oriental abandonado

    Daniela Gil Sevilla

    Dicen que de noche todos los gatos son pardos, así también los paraguas, sobre todo los que, como yo, fuimos abandonados.

    Mi vida, hasta hace no mucho, transcurría bajo la cálida luz del sol entre las transitadas calles de Shanghái. ¿Les conté que soy un paraguas oriental?, mil disculpas si no lo hice, a veces pienso que mi apariencia es demasiado obvia, o por lo menos solía serlo.

    Como todo paraguas oriental estoy hecho de aromática madera cortada por manos acostumbradas al trabajo duro y a las jornadas largas. Mi forro, al que yo dignamente llamo ajuar, se conforma de la más fina seda china, con bordados en hilo dorado de exquisitas flores de loto, símbolos de buena fortuna.

    Confieso que, con tan refinado porte, no soy un paraguas cualquiera y, ciertamente, no estaba destinado a ser tocado por gota de agua alguna. Sombrilla, parasol, quitasol fueron nombres que escuché en mis orígenes, pero esas menciones se las llevó la noche y con la noche me volví un paraguas pardo.

    Sin embargo, aún recuerdo que en otro tiempo tuve el privilegio de un techo y de una dueña que apreciaba mi belleza y elegancia. En otro tiempo tuve un lugar de honor en el primer cajón de la cómoda, lejos del polvo y la humedad.

    Mi dueña, una mujer alegre y jovial, gustaba de aprovechar cada tarde disponible para dar largos paseos y llevarme con ella. Por aquella época el verano se había instalado indefinidamente en Shanghái, tras haber negociado un pacto con su hermano el invierno. El contenido del acuerdo era para todos un misterio, aunque el conocimiento popular hablaba de una cláusula que concedía a Invierno dominio sobre Mongolia Interior y el desierto de Gobi, a cambio de permitir el libre movimiento de Verano en el oeste y sur de la nación del pueblo.  

    Lo que nadie sabía era que, en el anonimato de su destierro, Invierno poco a poco se fortalecía extendiendo peligrosamente su presencia. Los rumores de invasión llegaron demasiado tarde a los territorios de Primavera y Otoño, quienes ofrecieron exigua resistencia a los embates níveos. La muerte de las estaciones afectó enormemente a Verano, el cual, ofuscado, abandonó la ciudad en busca de su homicida hermano.

    Invierno no tardó en aprovechar ese error táctico y, en una calculada maniobra militar, acorraló a Verano en el Paso de la Oruga. Ahí, en el antiguo camino de los mercaderes, se libró la última batalla. Por cuatro días el viento baló en agonía. Al quinto la canción cesó y supimos, todos supimos, que no habría ya más luz ni calor con el nuevo emperador. 

    Con la caída de Verano se fue también la esperanza y con ella las sensaciones. Tras el suceso, Shanghái se convirtió en una ciudad solitaria, aunque llena de seres atónitos que se movían entre charcos de una lluvia fría y pestilente. Paulatinamente las personas perdieron su esencia y comenzaron a descuidar lo que para ellas alguna vez fue importante, valioso o bello. Así, en la decadencia de la civilización, mi dueña me abandonó sin más en la zona vieja de Shanghái una noche colmada de gatos.

    Sucio y olvidado permanecí arrinconado, esperando en vano su regreso. No tardaron otros ojos en mirarme y en necesitarme como guarida contra los elementos. Y aquel paraguas que sólo conocía la bondad del sol aprendió de lodo y agua. Atrás quedó la pureza de las flores de loto y el olor del tronco labrado. Ahora, mi vida, o lo que queda, transita en la promiscuidad de los objetos cotidianos y en el infortunio de su eventual destino.

    A veces sueño que estoy soñando, y que pronto despertaré en el cajón de la cómoda donde mi dueña devotamente me protegía, y que todo será como antes, y que saldremos a caminar por la ciudad y sentiré el sol en mis bordados, y que ya no habrá nubes de tormenta, ni cielo negro ni manos debajo de mi seda, que sólo me tocará ella. Pero la realidad impera y abro los ojos en una sombría calle del viejo Shanghái, justo antes de que uno más me posea. ⌈⊂⌋

  • Marcel Schwob y lo singular

    Marcel Schwob y lo singular

    Vicente Francisco Torres (UAM-A)

    Marcel Schwob (1867-1905) es un escritor aberrante, en el sentido que Paul Valéry asigna a este calificativo. Descendiente de una familia de rabinos, doctor en filología clásica y lenguas orientales, verdadera autoridad en sánscrito, orienta su labor intelectual hacia los aspectos más escandalosos del romanticismo. Su producción literaria, empapada de referencias a la cultura grecolatina, siempre toma un giro hacia lo horrendo, lo sádico y lo macabro. Sus estudios oscilaban desde el bajo latín hasta el argot de las asociaciones de delincuentes de la Edad Media. Tenía gran admiración por la vida y la obra de François Villon, a las que dedicó 10 años de estudio. Exhumaba con pasión en archivos y textos antiguos, historias de vagabundos, asesinos, leprosos y prostitutas históricas, a las que adoraba especialmente: “Theodora, la joven concubina de Alcibíades; Anne, la prostituta que socorrió a De Quincey; la petite prostituée que Bonaparte, a los 18 años, encontró en el Palais Royal; la pequeña Nelly que consoló a Dostoievski condenado a trabajos forzados…[1]”. Indaga hechos sangrientos y misterios medievales, y sigue con interés los procesos criminales de su tiempo. Luego de buscar durante toda su vida los aspectos más sórdidos de la historia, termina por convertirse a la fe cristiana.

    Schwob es un convencido de que los aspectos más individuales e insólitos de los seres humanos constituyen el material del artista. Dice en el prólogo de sus Vidas imaginarias: “El arte está en oposición con las ideas generales, no describe sino lo individual, no desea sino lo único. No clasifica; desclasifica (…) El libro que describiese a un hombre en todas sus anomalías, sería una obra de arte…[2]” Aquí radica, entonces, la justificación de su estética personal que es común a muchos escritores románticos: hay que buscar la belleza en lo que parece contradecirla: lo horrendo.

    Sus cuentos no se ubican en una sola época pues van desde la intemporalidad mítica hasta la Edad Media, pasando, como ya hemos dicho, por la vida en Grecia y Roma. La capacidad de Schwob para construir ambientes y atmósferas de variadas épocas es asombrosa. Veamos su descripción de la atmósfera de terror que imperaba durante la Edad Media, cuando las ciudades eran azotadas por la peste: “En el año MCCCLXXIV, siendo un muchacho sin dinero, hui de Florencia por las grandes rutas llevando a Matteo por compañero, pues la peste asolaba  la ciudad. La enfermedad era repentina y atacaba en medio de la calle. Los ojos se ponían ardientes y rojos, la garganta áspera y el vientre se inflamaba. Luego la boca y la lengua se cubrían de pequeñas ampollas llenas de agua urticante. La sed abrasaba. Una tos seca sacudía a los enfermos durante varias horas. Después los miembros se ponían rígidos en las articulaciones y la piel se llenaba de manchas rojas e inflamadas que algunos llaman bubones. Y, por último, los muertos quedaban con la cara distendida y blanquecina, con sanguinolentos cardenales y la boca abierta como un cubilete. Las fuentes públicas, casi agotadas a causa del calor, estaban rodeadas de hombres encorvados y flacos que intentaban hundir la cabeza en ellas. Muchos caían dentro y otros, con los ganchos de las cadenas, los retiraban, negros de limo y con el cráneo roto. Los cadáveres ennegrecidos sembraban el centro de las calles, por las que corría un torrente de lluvia durante la temporada; no se podía aguantar el hedor, y el miedo era terrible”.

    El arte de Schwob no se agota en la reconstrucción de hechos pasados, ni en la búsqueda de la belleza en el horror –a la que Mario Praz califica de belleza medusea– sino maneja un tipo de obsesiones que lo convierten en un antecedente directo del argentino Jorge Luis Borges: laberintos, espejos, círculos concéntricos, combinaciones mágicas de números, revelaciones…

    El postulado de Schwob en el sentido de que lo individual, íntimo e insólito nutre la obra de arte, alcanza sus mayores vuelos en sus Vidas imaginarias, de donde proviene este ejemplo que nos habla de Crates:

    “No se mezclaba en los asuntos públicos, ni siquiera para burlarse de ellos, y no afectaba insultar a los reyes. No aprobó en lo absoluto este rasgo de Diógenes que, habiendo gritado un día «¡Hombres, aproximaos!», golpeó con su bastón a los que se le habían acercado y les dijo: «¡Llamé a hombres, no a excrementos»! ” ⌈⊂⌋


    [1]Mario Praz, La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, traducción de Jorge Cruz, Caracas, Monte Ávila, 1969.

    [2] Cito por la edición de Emecé Editores, traducción de Ricardo Baeza. Buenos Aires, 1998.

  • Rosario Castellanos:  lo femenino eterno

    Rosario Castellanos: lo femenino eterno

     Felipe Sánchez Reyes

    Texto elaborado en el marco de la Cátedra Especial, Rosario Castellanos, en la cual participó el autor atendiendo una invitación de la Dirección General del Colegio de Ciencias y Humanidades (UNAM, 15 de junio de 2021).

    Al joven crítico jalisciense, al futbolista polémico que mete goles, al combativo Aquiles de la literatura mexicana, le atrapó la lucidez mental de la obra y calidad artística de la joven escritora chiapaneca. Ella cose las historias de su pueblo, hila con paciencia textos delicados con las raíces nativas, en la soledad de sus cuatro paredes de adobe, como Penélope, en los distintos géneros literarios: la poética y narrativa, el ensayo y la crítica de libros. Él, primero, leyó con agrado y ojo crítico cada uno de los libros de ella. Luego, en 1962, le realiza una entrevista acerca de su obra poética y sus dos novelas: Balún Canán y Oficio de Tinieblas. Posteriormente, en 1964, Emmanuel valora sus dos primeros libros de cuentos: Ciudad Real y Los convidados de agosto.

    Emmanuel Carballo (1929-2014), el principal y respetado crítico literario de la década de los sesenta, entrevista a los mejores escritores de su tiempo, desde José Vasconcelos hasta Carlos Fuentes, en su libro, Protagonistas de la literatura mexicana. Entre ellos, Carballo sólo analiza la obra de dos escritoras que considera trascendentales en nuestra literatura: Elena Garro (1916-1998) en 1979 y Rosario Castellanos (1925-1974) en 1962.

    De esta última afirma: “Entre la prosa de sus compañeros de generación, la de Rosario Castellanos es la mejor construida e ideológicamente la mejor orientada. Consagrada profesionalmente a las letras, demuestra que la inspiración y el talento se complementan con la paciencia y el trabajo (Carballo, 1994: 499 y 503)”

    1. La autora y sus lectores

    Ella, en el cuento “La rueda del hambriento” de su primer libro de relatos, Ciudad Real, se define de este modo: “Chiquita, con tez blanca, pero mal hecha. Para monja no tenía vocación y para casada le faltaba novio (Castellanos, 1974: 106)”. Soy más o menos fea y tímida confiesa a Elena Poniatowska,pero la periodista afirma que no es cierto, sólo que a ella le gusta jugar a la fea.

    Beatriz Espejo, una de sus primeras entrevistadoras, asevera: “Tiene unos ojos grandes y unas cejas negras, tupidas, que se depila y nunca le vuelven a salir, porque jamás le importa su arreglo personal, al contrario, hace todo lo posible por parecer una monja y conserva siempre su sello provinciano (Espejo, 1990: 133).

    Rosario se define así en su poema “Autorretrato”, del libro En la tierra de en medio (1972):

    Soy más o menos fea. Eso depende mucho

    de la mano que aplica el maquillaje.

    Soy mediocre.

    En general, rehúyo los espejos.

    Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal

    y que hago el ridículo

    cuando pretendo coquetear con alguien.

    Soy madre de Gabriel.

    Vivo enfrente del Bosque. Pero casi

    nunca vuelvo los ojos para mirarlo.

    Sufro más bien por hábito, por herencia.

    Me enseñaron a llorar.

    Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo

    el último recibo del impuesto predial (Castellanos, 2016: 186-188).

    Rosario es una joven tímida, estudiante inteligente y sencilla, simpática y con sentido del humor (Zamudio y Tapia, 2006: 15-16) y remata José Emilio Pacheco, en el prólogo al libro de ella, El uso de la palabra: “Tenía el insaciable encanto de su conversación, el brillo de sus ojos y la sonrisa, su bondad y lucidez generosa. Se presenta bajo un aspecto gentil y risueño, su presencia era mágica y traía la felicidad (Pacheco, 1974: 8)”.

    2. Una vida de creación

    Comencemos por conocer parte de su infancia, adolescencia y adultez. Rosario Castellanos nace en 1925, en la ciudad de México, a la cual llegan de Comitán, Chiapas, sus padres chiapanecos: César Castellanos, ingeniero en una universidad norteamericana, y Adriana Figueroa, en busca de servicios médicos por el delicado embarazo de ella. A los pocos días de nacida, sus padres se la llevan a vivir, primero, a Tuxtla donde adquiere el paludismo, luego a San Cristóbal, por último, a Comitán, donde radica definitivamente y transcurre su infancia y adolescencia.

    Sus padres le enseñan a ser cristiana -de allí su preferencia por la lectura de autores cristianos, como Santa Teresa, Simone Weil, Mary Mc Carthy, Flannery O´Connor- y lleva una religiosidad estricta en su casa. A causa de su religiosidad severa, “alguien cuenta -asegura Beatriz Espejo (Espejo, 1990: 130)- que, de adolescente paró en un hospital porque el novio quiso besarla”. En Comitán vive sus primeros años hasta 1941, en que la familia Castellanos, dueña de fincas y ya sin tierras, expropiadas por la Reforma Agraria, se traslada a la ciudad México.

    Su padre era un hombre profundamente melancólico, incapaz de presenciar el sufrimiento ajeno y débil ante la adversidad. Su madre tuvo una juventud y un temperamento poderosos que el matrimonio destruyó. Cuando Rosario los conoció, ambos se encontraban física y espiritualmente en plena decadencia.

    Rosario se cría solitaria, aislada, en el ambiente de una familia rica, venida a menos, que ya había perdido el interés por vivir. Ella tiene un hermano menor, Benjamín, un medio hermano cinco años mayor, y dos compañías indígenas: Rufina, su nana chamula, que le enseña a comer, hablar y coser; y María Escandón, su cargadora de niña que la prodigan de historias de su vida y del pueblo tzotzil.

    De niña Rosario vive sola y rodeada de soledad, porque sus padres no la atienden y concentran toda la atención en su hijo Benjamín. En su infancia, cuando muere su único hermano, ella es vista por sus padres, comola figura esmirriada y desprovista de gracia. Como es hija única, no asiste a ninguna escuela o institución infantil en donde genere amistades, y se refugia en la soledad.

    En su niñez comienza a escribir versos infantiles, redacta su diario íntimo, en el cual relata los sucesos del pueblo de Comitán que, más tarde, le sirven para escribir sus cuentos, novelas y poemas. En 1966, cuando tiene cuarentaiún años, confiesa en Los narradores ante el público:

    Me recuerdo a mí misma sola. Para conjurar los fantasmas que me rodeaban yo no tuve al alcance sino mis palabras. A escondidas escribía unas lamentaciones rimadas (poesía) sobre la adversidad del destino, sobre el silencio de dios y sobre la renunciación eterna a los placeres. Simultáneamente comencé la redacción de un diario íntimo (relato) en el que recogía, con la mayor fidelidad y exactitud, todos los chismes que circulaban en el pueblo. A veces aparecía yo entre los renglones, con timidez (Castellanos, 2016: 1009-1010).

    Cuando cumple trece años (1938), debido a su tenacidad e insistencia en la lectura, sus padres le regalan un libro de poemas de Amado Nervo, Serenidad. En la escuela secundaria, por su delgadez a causa del paludismo le prohíben correr y jugar a la pelota. Durante el recreo, Rosario se queda leyendo, es estudiosa y sus compañeras la buscan, para que les explique lo que no entienden sobre las materias. Tampoco acude a fiestas y se excusa diciendo que irá “en cuanto engorde”.

    Su amiga del bachillerato en la ciudad, Dolores Castro,cuenta que era una niña tan delgada y tan frágil que la directora la perdonó de la gimnasia y del deporte. Rosario y Dolores se conocen en 1939, cuando ambas cursan el tercero de secundaria: “Dolores tenía 16 y Rosario 14; entonces las unía no sólo su gusto por leer y escribir, sino el hecho de que las dos provenían de familias de costumbres antiguas y tenían que librar las mismas batallas por su libertad, pues era una época en la que la mujer era encasillada en la cocina y en la crianza (Notimex, 2019)”.

    Después, ambas coinciden en la Escuela de Leyes, donde Rosario no dura ni un mes antes de que llegue uno de sus maestros de la preparatoria y se la lleve a inscribir a Filosofía y Letras, en el edificio de Mascarones de Santa María la Ribera. Dolores también se matricula en la carrera de Literatura; ambas se ven en los descansos y comparten sus creaciones literarias. Allí conocen a los directores de la revista América, Efrén Hernández y Marco Antonio Millán, quienes les proponen publicar sus textos, invitación que inicialmente declinan. Luego, Castellanos publica más, porque tiene los recursos para hacerlo.

    En 1941, a sus dieciséis años, su familia, dueña de haciendas, queda semiarruinada por el reparto agrario (1936-1938) en la época del cardenismo (1934-1940), como lo refleja en su cuento, “Cuarta vigilia”: “Cuando pasó el vendaval nada había quedado en su sitio. Las casas de doña Siomara estaban en poder de unos cualquieras y de los ranchos desaparecieron todas las cabezas de ganado y, al fin, vinieron los agraristas para hacer ‘viva la flor’ con lo demás (Castellanos, 1974: 97)”.

    En ese año emigra a la ciudad de México. Aquí, como una medida práctica de sus padres, aprovecha su estancia forzada para estudiar una carrera. Pues, a causa de la crisis económica familiar, asume su dignidad por encima de cualquier obstáculo.

    Aquí conoce un mundo menos opresivo y religioso que en Chiapas, otras ideas y otra conducta diferente de las mujeres que la hacen reflexionar. A sus dieciséis años empieza a escribir relatos. Pero la gente que quiere salir en las líneas de sus escritos no es la de la ciudad, sino los personajes de la Chiapas de su infancia. Cuando cursa el segundo de secundaria, elige el bachillerato de humanidades, por la gran aversión que tiene a las matemáticas.

    Dos años después, cuando tiene dieciocho años (1943), se inscribe en la Facultad de Derecho y asiste quince días a clases. Al cabo de los cuales descubre que no le gusta, por ello, de modo inconsciente, comete tantos errores que decide abandonarla. Sin embargo, descubre su vocación para escribir y ahora decide estudiar la carrera de Filosofía.

    En la Facultad de Filosofía, continúa el mundo tiránico patriarcal contra la minoría de las jóvenes que estudian una profesión. Pero, a cambio, escucha nuevas ideas y observa nuevas conductas que le ayudan a mejorar y modificar su visión de la vida. Sin embargo, el nuevo lenguaje filosófico le resulta inaccesible y las únicas nociones a su alcance, en la carrera, son las que se disfrazan de metáforas. Cuando está a punto de terminarla, descubre que ya no escribe nada y es demasiado tarde para cambiar de profesión.

    En la Facultad de Filosofía, su punto de enlace con los estudiantes de su generación es la poeta Dolores Castro, su compañera desde la secundaria. En esa etapa, dos hechos decisivos se presentan en su vida: uno es la herencia chiapaneca, provinciana, y su religiosidad; y dos, los contrastes de su educación universitaria, citadina, y su nueva formación.

    Estos dos mundos irreconciliables orientan su elección ideal y guían su carácter literario. Ante la formación rígida y católica de su infancia y su preparación personal, ahora ella añade una educación intelectual universitaria que incluye la lectura de autores clásicos y de pensadores modernos que entran en contradicción con su severa ideología cristiana.

    En enero de 1948, cuando cuenta con veintitrés años, su madre Adriana Figueroa es internada en el hospital de Oncología en el octavo piso, en el pabellón de incurables, cuando aún conserva su amplia religiosidad y cree en los milagros. Este suceso que aún guarda en su memoria, porque le resulta traumático y fuerte, lo recuerda en dos cuentos de su primer libro de relatos: “La rueda del hambriento” y “Arthur Smith salva su alma”.

    En el primero, recuerda, a través de la enfermera Alicia Mendoza, el surgimiento de la enfermedad y sus cuidados:

    Hasta que vino la enfermedad. El diagnóstico fue claro y terminante: cáncer en el último grado. Pero Alicia tenía fe en los milagros y confió, hasta el fin, en que su madrina se salvaría. Santa Rita de Casia, abogada de los imposibles, ¿qué no lograría hacer? ‘Si se lo pido, sanará’, pensaba. Y mientras tanto no dejaba de cuidarla con abnegación. Durante los meses de su agonía, Alicia aprendió a poner inyecciones, a contemplar sin asco las heridas, a cambiar vendas, a discernir entre los innumerables frascos y saber cuál era el que debía usarse en cada ocasión (Castellanos, 1974: 107).

    Además, rememora en sus visitas al hospital: el amplio pasillo, la puerta abierta y las filas de camas. Los llantos y gestos de desolación de las visitas de los otros pacientes que salían sin esperanza, las escenas dolorosas y lúgubres de la vida en el hospital. La visita del médico que toma el pulso a su madre y luego deja solas a madre e hija.

    Ella la anima con palabras cálidas y amorosas. Pero sabe que el final se acerca. Porque huele el olor repugnante de la carne podrida y la tortura de la enfermedad, la última agonía y la reconciliación con su madre que muere de cáncer en el estómago. Ella la recuerda, a través del personaje del segundo cuento, “Arthur Smith salva su alma”, cuya madre muere de cáncer en el último grado:

    Aquel cáncer… ¡Dios mío! ¿habría algo que pudiera borrar el olor repugnante de carne que se pudre con lentitud, con morosidad? Y los alaridos de dolor. ¿Dónde se refugiaba el espíritu en aquellos pobres cuerpos torturados por la enfermedad y los tratamientos, embrutecidos por la anestesia? El último instante de agonía fue tan luminoso que Arthur quedó maravillado. Su madre lo miró con una mirada ancha, húmeda, donde hubiera podido caber el cielo. Una mirada de reconciliación, de certidumbre que todo estaba en orden y era bueno, de paz. A partir de entonces asistió con más frecuencia al templo que su madre había sido feligresa (Castellanos, 1974: 156).

    3. Su tránsito por las aulas

    En ese mes de enero de 1948, ella cursa el primer año de la carrera de Filosofía en la Facultad y viaja con su padre, que maneja el automóvil por el centro de la ciudad. Cuando llega a la calle 5 de mayo, le da un síncope y muere su padre César Castellanos. Entonces, ella, decidida y con sus pocas fuerzas, lo cambia al asiento trasero, toma el volante del auto, lo conduce con seguridad a su casa, luego realiza el funeral y lo entierra. Así, ella, a los veintitrés años, pierde a sus dos padres, se queda sola en el mundo, revoloteando como papalote, y dueña de una renta mediana, para sus estudios universitarios.

    Abandonada en su adolescencia a los recursos de su imaginación, en 1948, le llega la orfandad repentina que le parece lógica. Pues siempre había vivido sola y pronto comprende que todas las mujeres conocidas, en su misma situación, se encuentran solas: solas solteras, solas casadas, solas madres, como los personajes femeninos de su segundo libro de relatos, Los convidados de agosto (1964). Solas soportan en sus casas y en la ciudad unas costumbres patriarcales, rígidas, que condenan el amor y la entrega amorosa de ellas fuera del matrimonio, como un pecado sin redención.

    1948 es el año decisivo en que vive cuatro sucesos importantes: es el año en que mueren sus padres, ella sufre la crisis religiosa, se dedica de modo profesional a la escritura y publica su primer libro de poesía, Trayectoria del polvo. Con este libro ella sale a flote y mantiene su compromiso de escritora por el resto de su vida.

    Al año siguiente, a fines de 1949, Rosario sabe que el amor del hombre y la mujer viaja a través de un hilo oculto. Porque sus ojos luminosos se detienen en las miradas de los otros y acaban de descubrirlo en Mascarones, en la Fac. de Filosofía y Letras de la UNAM, y de enamorarse de Ricardo Guerra, más tarde su novio y esposo. Así lo confiesa y grita el amor en sus extensos poemas “Anunciación” y “Muro de lamentaciones”, que publica en la revista América en 1950 y que aparece en su libro, De la vigilia Estéril:

    Tu presencia es el júbilo […]

    Porque desde el principio me estabas destinado.

    Antes de las edades del trigo y de la alondra

    y aún antes de los peces. […]

    Porque desde el principio me estabas destinado

    era mi soledad un tránsito sombrío

    y un ímpetu de fiebre inconsolable. […]

    Dócil a tu ademán redondo mi cintura

    y a tus orejas vírgenes mi voz, disciplinada

    en intangibles sílabas de espuma […]

    Porque habías de venir a quebrantar mis huesos,

    mis huesos, a tu anuncio, se quebrantan. […]

    Te amo hasta los límites extremos:

    la yema palpitante de los dedos,

    la punta vibratoria del cabello.

    Creo en Ti con los párpados cerrados.

    Creo en Ti fuego siempre renovado.

    Mi corazón se ensancha por contener Tus ámbitos (Castellanos, 2016: 40-41, 53).

    Durante su etapa universitaria, prevalecen la estrechez y estereotipos sobre lo femenino y lo masculino. Para ese momento, Rosario Castellanos confiesa, en su discurso del Día Internacional de la Mujer de 1971, acerca de la enseñanza superior de la mujer en México que

    las diferencias son alarmantes. Un 85% de profesionistas varones contra un 16% de profesionistas mujeres. Y de estas últimas ¿cuántas ejercen la profesión que aprendieron? ¿Cuántas prefieren guardar el título en el desván de los trastos inútiles después de haber malgastado años de esfuerzo y sumas irrecuperables de dinero que la nación invirtió en quienes no habrían de resultar productivas? (Castellanos, 1992: 287).

    En la Facultad de Filosofía asisten pocas mujeres estudiantes, y ella “tiene que hacerse la tonta para poder sostener una relación amistosa con los compañeros”. En la sociedad se piensa que la actividad profesional y la literaria, son incompatibles con una vida sentimental plena y una familia bien estructurada. Por tanto, las mujeres profesionistas, como ella, tienen que elegir entre una u otra alternativa (Cano, 2020: 22): la vida profesional o la familiar, pero no ambas a la vez. Sin embargo, ella decide ejercer las dos: profesora y escritora, esposa y madre, como actualmente lo efectúan las mujeres profesionistas.

    En la Universidad, Dolores Castro la incorpora al grupo que conforma la generación de narradores, poetas y dramaturgos de 1950: Emilio Carballido, Ernesto Cardenal, Sergio Galindo, Luisa Josefina Hernández, Carlos Illescas, Sergio Magaña, Ernesto Mejía Sánchez, Augusto Monterroso, Jaime Sabines. Todos ellos colaboran en América, la revista coordinada por Efrén Hernández y Marco Antonio Millán.

    De 1948 a 1952, es decir de los 23 a 27 años, Rosario publica cinco libros de poemas y crea una obra poética amplia y de calidad: Trayectoria del polvo (1948), Apuntes para una declaración de fe (1948), De la vigilia estéril (1950), Dos poemas (1950, 25 años), El rescate del mundo (1952).

    Ella publica más tarde, en su obra narrativa, dos novelas: Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962) que relata el levantamiento de los indios chamulas en San Cristóbal de las Casas, en 1867, y que culmina con la crucifixión de uno de estos indios, proclamado como el Cristo Indígena. Además de estas dos novelas, escribe tres libros de relatos: Ciudad Real(1960), Los convidados de agosto (1964) -con este libro cierra el Ciclo Chiapas- yÁlbum de familia (1971).

    Para terminar, su vocación, disciplina y producción escrita la convierte en la gran figura de la literatura femenina, desde los cuarenta hasta este nuevo siglo. Ella surge en una etapa en que existen pocas literatas. Para una mujer, como ella, era difícil afirmarse como escritora y vivir de su oficio, como Alfonso Reyes (1889-1959) y Octavio Paz (1914-1998).

    Ella asume la literatura como una profesión, en la cual dominan los hombres. Adquiere disciplina y jerarquiza sus lecturas con severidad, para poseer una cultura universal, como ellos, y no ser ninguneada por ellos. Escribe diez páginas diarias en la madrugada. Con ello confirma, como Colette, George Sand, Alfonso Reyes, Octavio Paz y Carlos Fuentes, que un escritor sin disciplina jamás llega a serlo, y excluye a las musas de la inspiración. Aprende que escribir es su oficio, aunque al principio padece su condición de mujer escritora y marginada.

    Rosario Castellanos, asevera Carballo (1994: 511) desterró el lugar común de la inferioridad de la mujer respecto al hombre: su inteligencia, coherencia y aptitud para las letras estuvieron por encima de casi todos los miembros de su generación. Ella se habló de igual a igual con escritores tan valiosos de su época, como el Jaime Sabines poeta y el Carlos Fuentes ensayista. ⌈⊂⌋

    REFERENCIAS

    Cano, Gabriela (2020). “Sobre cultura femenina de Rosario Castellanos”. Rosario

    Castellanos. Sobre cultura femenina. México FCE.

    Carballo, Emmanuel (1994). Protagonistas de la literatura mexicana. México:

    Porrúa.

    Castellanos, Rosario (1974). Ciudad real. México: Novaro.

    Castellanos, Rosario (1974). El uso de la palabra. México: Excélsior.

    Castellanos, Rosario (1975). El mar y sus pescaditos. México: SepSetentas.

    Castellanos, Rosario (1992, septiembre 1). La abnegación: una virtud loca. Debate Feminista, vol. 6. Consultado el 12 de enero de 2022.

    https://doi.org/https://doi.org/10.22201/cieg.2594066xe.1992.6.1623

    Castellanos, Rosario (1996). Cartas a Ricardo (introd. Elena Poniatowska).

    México: CONACULTA.

    Castellanos, Rosario (2007). Mujer que sabe latín. México: FCE.

    Castellanos Rosario (2016). Obras I. Narrativa. México: FCE.

    Castellanos Rosario (2016). “Los narradores ante el público”, Obras II. Poesía, teatro y ensayo. México: FCE.

    Castellanos, Rosario (2020). Sobre cultura femenina. (introd. de Gabriela Cano) México: FCE.

    Dueñas, Guadalupe (1977). “Rosario Castellanos”, Imaginaciones. México: Jus.

    Espejo, Beatriz (1990). “Rosario Castellanos (1925-1974)”, Palabra de honor.

     México: Instituto de cultura de Tabasco.

    Mejía, Eduardo (2016). “Prólogo”. Obras II. México: FCE.

    Notimex (2019). Rosario Castellanos por Dolores Castro. Recuperado el 12 de enero de 2022.

    https://www.20minutos.com.mx/noticia/843807/0/rosario-castellanos-por-dolores-castro/

    Pacheco, José Emilio (1974). “Prólogo”, Rosario Castellanos, El uso de la palabra. México: Excélsior.

    Poniatowska, Elena (1985). “Rosario Castellanos”, ¡Ay vida, no me mereces!.

    México: Joaquín Mortiz.

    Robles, Martha (1989). Escritoras en la cultura nacional. México, Diana, Tomo II.

    Zamudio, Luz elena y Margarita Tapia (2006). De Comitán a Jerusalén. México. CONACULTA-FONCA-Tecnológico de Monterrey.

  • Quien haya dormido en esta cama

    Quien haya dormido en esta cama

    Raymond Carver / Traducción: Leandro Arellano

    Fue publicado en The New Yorker, el 28 de abril de 1986. Está incluido en el libro “El elefante y otros relatos”, editado por Collins Harvill, Londres, 1989, de donde se ha realizado esta traducción.

    La llamada entra a medianoche, hacia las tres de la madrugada, y casi nos mata de susto.

    -¡Contesta, contesta! -grita mi esposa-. Dios mío, ¿quién puede ser? ¡Contesta!

    No encuentro la luz pero consigo llegar al otro cuarto, donde se halla el teléfono y lo levanto después del cuarto timbrazo.

    -¿Está Bud?- pregunta la mujer, bastante ebria.

    -¡Por Dios! Se equivocó de número -le respondo y cuelgo. Enciendo la luz y cuando entro al baño, vuelve a sonar.

    -¡Contesta! -grita mi esposa desde la recámara-. ¡Dios mío!, ¿qué quieren, Jack? No soporto más.

    Salgo rápido del baño y levanto el auricular.

    -Bud -dice la mujer-, ¿qué haces, Bud?

    -Mire usted -le digo-, tiene número equivocado. No vuelva a marcar este número jamás.  

    -Tengo que hablar con Bud- dice ella.

    Cuelgo y aguardo a que vuelva a timbrar; entonces tomo el auricular y lo pongo en la mesa, junto al teléfono. Con todo, escucho la voz de la mujer que dice: Bud, háblame por favor. Dejo el auricular en la mesa, apago la luz y cierro la puerta del cuarto.

    En el dormitorio encuentro la lámpara encendida y a Iris mi esposa sentada contra la cabecera de la cama, con las rodillas dobladas bajo las cobijas. Tiene una almohada en la espalda y se halla más de mi lado que del suyo. Las cobijas le cubren hasta los hombros. Cobijas y sábanas se han salido del pie de la cama. Si queremos volver a dormir –y yo quiero volver a dormir- tendremos que empezar de cero, haciendo de nuevo la cama.

    -¿Qué diablos fue eso? -pregunta Iris-. Debimos desconectar el teléfono. Veo que lo olvidamos. Te olvidas desconectarlo una noche y mira lo que ocurre. Es increíble.

    Luego de que Iris y yo comenzamos a vivir juntos, mi ex mujer o alguno de mis hijos llamaban a medianoche para darnos una perorata. Lo siguieron haciendo incluso cuando Iris y yo ya estábamos casados. Así que empezamos a desconectar el teléfono antes de acostarnos. Lo desconectábamos todas las noches o poco menos. Se nos hizo hábito. Esta noche se me pasó, eso fue todo.

    -Una mujer que busca a un tal Bud-, le respondí. Permanezco allí de pie, en piyama, con deseos de volver a la cama pero no puedo. -Estaba ebria, muévete cariño; ya desconecté el teléfono.

    -¿No volverá a llamar?

    -No-, le digo. -¿Por qué no te recorres un poco y me dejas algo de las cobijas?

    Coge la almohada y la pone al otro lado de la cama, contra la cabecera y luego, de un impulso, se recarga de nuevo sobre ella. No parece tener sueño. Se le ve totalmente despejada. Entro a la cama y me cobijo. Pero me siento raro. No tengo sábana, sólo cobija. Miro hacia abajo y veo mis pies descubiertos. Me vuelvo de lado para quedar  frente a ella y subo mis piernas a fin de cubrir mis pies. Hacer la cama de nuevo, debería sugerirlo Mas al mismo tiempo creo que si apagamos la luz en este momento, quizás podamos quedarnos dormidos de inmediato.

    -¿Qué tal si apagas la luz, cariño? -dije de la manera más suave posible.

    -Primero vamos a fumar un cigarrillo –respondió- luego dormiremos. Trae la cajetilla y el cenicero, ¿quieres? Vamos a fumar un cigarrillo.

    -Vamos a dormir -le digo-, mira la hora que es.- El radio despertador está junto a la cama.-Cualquiera puede ver que son las tres y media.

    -Mira -dice Iris-, después de lo que sucedió necesito un cigarrillo.  

    Me levanto por la cajetilla y el cenicero. Debo entrar al cuarto donde se halla el teléfono, pero no lo toco. No quisiera ni verlo, pero por supuesto lo hago. El auricular sigue en su sitio, en la mesa.

    Me escurro de vuelta en la cama y pongo el cenicero sobre la colcha, en medio de los dos. Enciendo un cigarrillo, se lo paso a Iris y luego enciendo otro para mí.

    Ella intenta recordar el sueño que tenía cuando sonó el teléfono.

    -Lo recuerdo, pero con vaguedad. Era algo como, algo como… no, no recuerdo de qué se trataba. No estoy segura. No me puedo acordar -dice al fin. – Maldita sea esa mujer y su llamada. Bud -dice. -Me gustaría darle un puñetazo. Apaga su cigarrillo y de inmediato enciende otro; arroja el humo y pasea la vista por el armario y las cortinas. El cabello desordenado le cae sobre los hombros. Echa mano del cenicero y luego mira fijamente al pie de la cama, tratando de recordar.

    En realidad no me importa lo que haya soñado. Yo sólo deseo volver a dormir. Al acabar mi cigarrillo lo apago y aguardo a que ella acabe. Permanezco tendido y en silencio.

    Iris se asemeja a mi ex esposa en que algunas veces tiene sueños violentos. Se revuelve en la cama durante la noche y despierta en la madrugada empapada en sudor, con el camisón adherido al cuerpo. E igual que mi ex esposa, me quiere contar sus sueños en detalle y especular respecto a lo que éste significa o aquél presagia. Mi ex mujer se deshacía de las cobijas a patadas y gritaba mientras dormía, como si alguien la atacara. Una vez, durante un sueño particularmente violento, me dio un puñetazo en el oído. Yo dormía tranquilamente sin soñar, pero lancé un puñetazo en la oscuridad y la golpeé en la frente. Enseguida comenzamos a gritar. Gritamos sin parar. Nos habíamos lastimado, pero sobre todo estábamos asustados. No entendíamos lo que había ocurrido hasta que encendí la luz; así se resolvió. Después bromeamos sobre aquello de pelear a puñetazos durante el sueño. Pero cuando comenzaron a ocurrir sucesos más graves, procuramos olvidar aquella noche. No la volvimos a mencionar, ni siquiera en broma.

    Una noche desperté y oí que Iris crujía los dientes mientras dormía. Era un ruido tan peculiar junto a mi oído que me despertó. La removí un poco y paró. Al día siguiente me comentó que había tenido un sueño espantoso, pero nada más. No le pedí detalles. Me figuro que me resistía a saber qué podía ser tan malo que se negaba a contarlo. Cuando le dije que había estado crujiendo los dientes mientras dormía frunció el ceño y dijo que haría algo al respecto. Por la noche trajo una cosa llamada Niteguard, un artefacto que debía ponerse en la boca para dormir. Algo debía hacer, dijo. No podía continuar crujiendo los dientes o pronto se quedaría sin ninguno. Así que se montó aquel artefacto que le protegía la boca por una semana más o menos y después dejó de usarlo. Dijo que era incómodo y poco atractivo. Quién habría querido besar a una mujer con una cosa así en la boca, dijo. No le faltaba razón, por supuesto.

    Otra ocasión desperté cuando me tocaba la cara y me llamaba Earl. Tomé su mano y le oprimí los dedos.

    -¿Qué pasa? -dije-, ¿qué tienes, cariño? -Pero en vez de responderme, ella también me apretó la mano, suspiró y se quedó inmóvil. Al día siguiente le pregunté qué había soñado la noche anterior y me aseguró que no había tenido ningún sueño.

    -Entonces quién es Earl -le pregunté-, quién es ése Earl de quién hablabas dormida-. Se ruborizó y dijo que no conocía ni nunca había conocido a algún Earl.

    La lámpara sigue encendida y en vista de que ya no se me ocurre qué pensar, recuerdo el teléfono descolgado. Debo colgarlo y desconectar el cordón, luego pensaremos en dormir.

    -Voy a ocuparme del teléfono -le digo- y luego dormiremos.     

    Iris usa el cenicero y me dice:

    -Asegúrate de desconectarlo esta vez.  

    Me levanto y me encamino al otro cuarto, abro la puerta y enciendo la luz. El auricular sigue en la mesa. Lo acerco a mi oído confiado en escuchar el tono de marcar, pero no escucho nada, ni siquiera el tono.

    Ante un impulso se me ocurre decir:

    -Hola.

    -¡Ah, Bud, eres tú! -dice la mujer.

    Cuelgo el teléfono y me agacho para desconectarlo de la pared antes de que pueda sonar otra vez. Esto es nuevo para mí. Este asunto es un misterio, esta mujer y su Bud. No sé cómo contar este nuevo incidente a Iris porque nos llevaría a otra disputa y a nuevas especulaciones. Opto por no decir nada ahora, quizás en el desayuno.

    De vuelta en el dormitorio veo que Iris fuma otro cigarrillo. Veo, también, que son casi las cuatro de la mañana. Comienzo a inquietarme. Al dar las cuatro pronto serán las cinco y luego las seis, después seis y media y la hora de levantarse para ir al trabajo. Me acuesto, cierro los ojos y decido contar hasta sesenta, despacito, antes de mencionar otra vez lo de la luz.

    -Empiezo a recordar -dice Iris-, está volviendo, ¿quieres escucharlo, Jack?

    Paro de contar, abro los ojos y me incorporo. El dormitorio está lleno de humo. Yo enciendo uno también, ¿por qué no?, al carajo todo.

    -Se celebraba una fiesta… -dice.

    -¿Dónde estaba yo cuando eso sucedía? -Por la razón que sea, usualmente yo no figuro en sus sueños. Me irrita un poco pero me lo guardo. Mis pies están destapados de nuevo. Los cubro con las cobijas, me incorporo apoyándome en el codo y alcanzo el cenicero.

    -¿Otro sueño en el que no aparezco? No hay problema-. Doy una fumada, retengo el humo, lo libero.

    -No cariño -dice Iris-. Tú no estabas en el sueño. Lo lamento pero no estabas. Por ninguna parte. Sin embargo, te extrañaba. De eso estoy segura. Era como si supiese que estabas cerca, pero no donde yo te necesitaba. Tú sabes cómo llego a esos estados de ansiedad, algunas veces. Cuando vamos a algún sitio donde hay una multitud y nos separamos, y luego no puedo hallarte. Algo así. Allí estabas, creo, pero no te podía encontrar.

    -Vamos, cuéntame el sueño- le digo.

    Reacomoda las cobijas alrededor de su cintura y piernas y coge un cigarrillo. Le ofrezco el encendedor. Comienza luego a describir esa fiesta en la que lo único que ofrecían era cerveza.

    -Ni siquiera me gusta la cerveza- dice. Pero bebió bastante de cualquier manera y cuando iba a salir para regresar a casa, asegura, un perrito se colgó del dobladillo de su vestido obligándola a quedarse.

    Ella se ríe y yo me río con ella, bien que al mirar el reloj advierto que las manecillas pronto marcarán las cuatro y media.

    Tocaban algún tipo de música en su sueño, un piano quizás, o un acordeón, quién sabe, los sueños a veces son así, dice. El caso es que recuerda vagamente que su ex marido apareció  por allí. Quizás era él quien servía la cerveza. La gente bebía cerveza de un barril, en vasos de plástico. Cree que incluso pudo haber bailado con él.

    -¿Por qué me cuentas esto?

    -Fue un sueño, cariño- me responde.

    -Pues no me gusta, porque se supone que tú estás junto a mí toda la noche, pero en lugar de eso sueñas con perros extraños, fiestas y ex maridos. No me gusta que bailes con él. ¿De qué se trata? ¿Qué tal si te dijera que pasé la noche bailando con Carol? ¿Te gustaría?

    -Es sólo un sueño ¿no?- contesta-. Si te pones pesado no diré nada más. No voy a decir nada más, me doy cuenta que no es posible, que no es buena idea-.     Acerca los dedos a la boca como hace cada vez que reflexiona. Su cara muestra la fuerza de su concentración; algunas arrugas aparecen en su frente.

    -Lamento que no hayas estado en mi sueño, pero si te dijera lo contrario mentiría, ¿no es cierto?

    Asiento con la cabeza y toco su brazo para indicarle que no hay problema. Y en verdad pienso que no hay problema.

    -¿Qué sucede después, cariño? Acaba de contarlo, quizás luego podamos dormir- comento. Supongo que necesito saber la continuación. Lo último que escuché es que ella bailaba con Jerry. Si había algo más, necesitaba escucharlo.

    Embona la almohada detrás de su espalda y dice:   

    -Es todo lo que puedo recordar, no me acuerdo de nada más. Fue entonces cuando sonó el malvado teléfono.

    -Bud- digo. Veo el humo flotar bajo la luz de la lámpara y el que se halla en el aire del cuarto.-Quizás debemos abrir una ventana- digo.

    -Es buena idea -dice Iris-, dejemos que salga un poco de humo, no puede hacernos bien.

    -Por supuesto que no- agrego yo.

    Me levanto de nuevo y alzo la ventana unas pulgadas. Siento la entrada del aire fresco y a la distancia escucho que un camión baja la marcha al comenzar la pendiente que lo conduce al paso que lo llevará al estado vecino.

    -Me figuro que pronto seremos los últimos fumadores en Estados Unidos -dice Iris-. Deberíamos pensar en dejarlo, en serio. -Al decir esto apaga su cigarrillo y coge la cajetilla que está junto al cenicero.

    -Hay campaña contra los fumadores- comento.

    Vuelvo a la cama. Las cobijas están revueltas y son las cinco de la mañana. Me temo que no dormiremos más esta noche. Total, qué más da. No hay una ley que nos obligue. ¿Nos pasará algo si no lo hacemos?

    Iris coge un mechón de su cabello entre los dedos. Lo pone luego detrás de su oreja, me observa y dice:

    -A últimas fechas siento una vena en la frente. Late, palpita a veces. ¿Sabes a qué me refiero? No sé si alguna vez te ha sucedido. No quiero ni pensarlo, pero, igual, cualquiera de estos días me da una embolia o algo así. ¿No es eso lo que ocurre? ¿Que te revienta una vena en la cabeza? Posiblemente eso suceda conmigo. Mi madre, mi abuela y una de mis tías murieron de embolia cerebral. Hay una historia de apoplejía en mi familia. Lo llevamos en la sangre, ¿sabes? Es hereditaria, como los males cardiacos, la obesidad o lo que sea. Total –dice- algo me ocurrirá un día, ¿no? A lo mejor será eso, una embolia cerebral. Quizás así sea mi fin. Creo que así es como comienza. Primero palpita un poco, como para llamar la atención, y luego late con fuerza. Late y late y late. Me da pavor –dice-, mejor dejemos estos malditos cigarrillos antes de que sea tarde. -Observa lo que queda de su cigarrillo y lo aplasta en el cenicero, luego trata de apartar el humo con su mano.

    Yo sigo sobre mi espalda, mirando el techo, mientras discurro que este es el tipo de conversación que sólo se puede mantener a las cinco de la mañana. Creo que debo decir algo y digo:

    -Yo me agito con facilidad –digo-, se me acabó el aliento apenas corrí a contestar el teléfono.

    -Eso pudo ser a causa de la ansiedad -dice Iris.- ¡Qué necedad, a ver nomás! ¡A quién se le ocurre llamar a esta hora! Podría despedazar a esa mujer.

    Me incorporo y me recuesto sobre la cabecera. Pongo la almohada en mi espalda y busco ponerme cómodo, igual que Iris.

    -Te diré algo más que no te había dicho -le digo.- De vez en cuando tengo palpitaciones del corazón. Parece como si se volviera loco. Iris me observa fijamente y escucha con atención lo que he de decir a continuación. A veces siento que se me quiere salir del pecho, no sé qué pueda causarlo.

    -¿Por qué no me lo habías dicho? -me pregunta. Coge mi mano y la mantiene en la suya, oprimiéndola.

    -Nunca me habías dicho nada, cariño. Escucha, no sé lo que haría si algo te ocurriera. Me derrumbaría. ¿Te sucede a menudo? Me asusta ¿sabes?-. Aún sostiene mi mano, pero desliza sus dedos hacia mi muñeca, adonde se halla el pulso. Por un rato los mantiene ahí.

    -Nunca te lo dije porque no quería asustarte- digo-. Sucede de vez en cuando. La última vez fue hace una semana apenas. No tengo que estar haciendo algo en particular cuando ocurre. Puedo estar sentado leyendo el periódico, o manejando el coche o mientras empujo el carrito del supermercado. No importa si hago esfuerzo o no. Sólo empieza pum, pum, pum. Así nomás. Me sorprende que la gente no lo oiga. Así de ruidoso es, créeme. Bueno, yo lo oigo y con pena te confieso que me produce temor -le digo-. De modo que si no me atrapa un enfisema, o un cáncer pulmonar, o una embolia como la que dices, entonces será un ataque al corazón, seguramente.

    Tomo los cigarrillos y ofrezco uno a Iris. Se acabó el sueño para nosotros esta noche. ¿Hemos dormido siquiera un minuto? Ni me acuerdo.

    -Nadie sabe de qué va a morir -dice Iris-. Puede ser de cualquier cosa. Si vivimos largo tiempo podría ser del riñón o algo así. El padre de una compañera de trabajo  acaba de morir de insuficiencia renal. A veces eso pasa si llegas a viejo. Cuando te fallan los riñones el cuerpo comienza a llenarse de ácido úrico y adquieres un color diferente antes de morir. 

    -Excelente -digo-, eso suena formidable. ¿No crees que deberíamos cambiar de tema? ¿Cómo fue que llegamos a esto?

    No contesta, tan solo se inclina hacia delante alejándose de la almohada y envuelve las piernas con sus brazos. Cierra los ojos y posa la cabeza sobre las rodillas. Luego comienza a mecerse de atrás a adelante con suavidad. Parece como si siguiera algún ritmo, pero no hay música, al menos nada que yo pueda escuchar.

    -¿Sabes qué me gustaría? -dice. Cesa de mecerse, abre los ojos y voltea a mirarme. Sonríe para indicarme que se encuentra bien.

    -¿Qué te gustaría, cariño?- Mantengo mi pierna enlazada con la suya, a la altura del tobillo.

    -Me gustaría tomar café –responde-. Me encantaría una buena taza de café negro, bien cargado. Ya estamos despiertos, ¿no? ¿Quién volverá a dormir?  Vamos a tomar café.

    -Tomamos demasiado café -le digo-, y tanto café no es bueno, tampoco. No digo que no debamos beber, sólo digo que bebemos demasiado. Es sólo una observación. La verdad es que a mi también me gustaría tomar uno -añado.

    -Magnífico- dice ella.

    Pero ninguno de los dos se mueve.

    Se sacude el cabello y enciende otro cigarrillo. El humo flota suavemente en el cuarto. Se escapa un poco por la ventana abierta. Una lluvia leve comienza a caer afuera, en el patio. Suena la alarma del despertador y yo me estiro para apagarla. Después tomo la almohada y la coloco otra vez bajo mi cabeza. Me tiendo de nuevo y miro el techo otro rato.

    -¿Qué fue de aquella brillante idea de contratar a una muchacha para que nos sirviera el café en la cama? -pregunto.

    -Me gustaría que alguien nos sirviera el café, una muchacha o un muchacho. Una u otro. Aunque puedo ir yo por el café ahora mismo.

    Coloca el cenicero en la mesita de noche y pienso que va a levantarse. Alguien tiene que levantarse y preparar el café, así como poner en la licuadora la lata de jugo congelado. Uno de los dos debe hacerlo. Pero en lugar de ello Iris se desliza hasta quedar sentada a mitad de la cama. Las cobijas están revueltas. Coge algo que hay sobre la colcha y lo frota en su mano de un lado a otro antes de levantar la vista.

    -¿Leíste en el periódico la noticia del tipo que entró armado a una unidad de cuidados intensivos y obligó a las enfermeras a desconectar a su padre de la máquina que lo mantenía vivo? ¿Leíste eso? -me dice Iris.

    -Algo vi en el noticiero -le respondo-, pero hablaron sobre todo de la enfermera que desconectó a seis u ocho personas de sus máquinas. Todavía no saben con certeza a cuántos ha desconectado. Comenzó por desconectar a su madre y a partir de allí se siguió. Como alucinada, me imagino. Declaró que pensaba que les hacía un favor y confiaba en que alguien se lo haga a ella, en caso necesario.

    Iris se recorre hasta el borde de la cama. Se acomoda de tal manera que queda frente a mí. Mantiene aún sus piernas bajo las cobijas, y luego las mete entre las mías y dice:

    -Y qué tal esa mujer tetraplégica en el noticiero, que dice que quiere morirse; quiere que la dejen morir de inanición. Ya ha demandado al médico y al hospital por persistir en alimentarla a la fuerza para mantenerla con vida. ¿Puedes creerlo? Es absurdo. La atan tres veces al día para meterle un tubo por la garganta. Por allí le dan desayuno, comida y cena. Además, la mantienen conectada a una de esas máquinas porque sus pulmones ya no funcionan. El diario decía que ella ruega que la desconecten o que simplemente la dejen ayunar hasta la muerte. Les ha implorado que la dejen morir pero no le hacen caso. Dijo que al principio lo que deseaba era morir con dignidad. Ahora está furiosa y quiere demandar a todo mundo. ¿No es sorprendente? ¿No es digno de una novela? Yo padezco jaquecas a veces –dice-, quizás tenga que ver con lo de la vena. A lo mejor no, a lo mejor no tiene ninguna relación. Pero no te digo cuando me duele porque no quiero inquietarte.

    -¿De qué hablas? -le digo-, Iris, mírame, tengo derecho a saberlo. Soy tu esposo, en caso de que lo hayas olvidado. Si algo te ocurre yo debo saberlo.

    -¿Qué podrías hacer?, preocuparte nada más. -Toca mi pierna con la suya una vez y luego otra. –    ¿No es cierto? Me dirías: toma una aspirina, ya te conozco.

    Miro hacia la ventana, donde empieza a clarear. Siento la brisa húmeda desde la ventana. Ha dejado de llover pero es una de esas mañanas en las que podría caer un aguacero. Observo de nuevo a Iris.

    -Para ser sincero -le digo-, a veces tengo dolores agudos en el costado-. Al momento de decirlo me arrepiento, ella se preocupará y querrá hablar del asunto. Debemos pensar en ducharnos, en sentarnos a desayunar.

    -¿De qué lado?-, pregunta.

    -En el derecho.

    -Podría ser tu apéndice –dice-, algo tan sencillo como eso.

    Me encojo de hombros.

    -¿Tú crees? Yo no lo sé. Lo único que sé es que me duele. De vez en cuando, durante un minuto o dos, siento una punzada aquí abajo. Muy intensa. Al principio creí que podría ser un desgarre muscular. Por cierto, ¿en qué lado está la vesícula? ¿En el derecho o en el izquierdo? A lo mejor es la vesícula. O quizás un cálculo biliar, o lo que eso sea.

    -Es como un gránulo, algo así. Es del tamaño de la punta de un lápiz. No, aguarda, es un cálculo renal a lo que me refiero. Creo que no sé de qué hablo- dice Iris moviendo la cabeza.

    -¿Cuál es la diferencia entre cálculo renal y cálculo biliar? –pregunto-. Dios mío, ni siquiera sabemos en qué parte del cuerpo se hallan. Tú no lo sabes y yo tampoco. Eso es lo que sabemos los dos: nada. Pero escuché que se puede expulsar un cálculo renal, si de eso se trata. No es mortal normalmente, aunque sí es doloroso. Del cálculo biliar no he oído nada.

    -Me gusta eso de “normalmente” -dice ella.

    -Por supuesto -le digo-. Será mejor que nos levantemos. Se ha hecho tarde. Son las siete.   

    -De acuerdo -dice Iris, pero permanece sentada-. Mi abuela -dice luego-, padeció una artritis tan fuerte hacia el final, que le impedía moverse. Ni siquiera los dedos. Permanecía sentada en su silla todo el día y con guantes en sus manos. Al final ya no podía sostener ni una taza de chocolate. Así de terrible era su artritis. Después le dio la embolia. Y mi abuelo –dice- ingresó a un asilo poco después de la muerte de la abuela. Era eso o que alguien se ocupara de él en casa todo el día. Pero nadie podía hacerlo. Tampoco pagar por su cuidado las veinticuatro horas. Así acabó en el asilo. Allí su salud se deterioró rápidamente. Una ocasión, cuando llevaba internado un tiempo, mi madre fue a visitarlo y al volver a casa dijo algo que nunca olvidaré-. Iris me mira como para que yo no lo olvide tampoco, y no lo haré. “Papá ya no me reconoce. No sabe quién soy. Se ha transformado en un vegetal”. Eso fue lo que dijo mamá.

    Se dobla cubriéndose la cara con las manos y comienza a llorar. Me recorro al pie de la cama y me siento junto a ella. Tomo su mano y la pongo sobre mi pecho. La abrazo por los hombros. Nos hallamos sentados frente a la cabecera y a la mesita de noche. Allí se encuentra el reloj y junto a él algunas revistas y un libro. Estamos sentados juntos mirando la cabecera y la mesita de noche. Parece como si quien haya dormido en esta cama salió apresuradamente. Me doy cuenta de que nunca más veré esta cama sin recordarla de este modo. Sé que algo ocurre, pero no sé exactamente qué.

    -No quisiera que algo así me sucediera a mí -dice Iris- ni a ti-. Limpia su cara con una punta de la cobija y respira profundamente, como si sollozara. -Lo siento, no pude evitarlo- dice. 

    -A nosotros no nos pasará -le digo-. No te preocupes por eso, de veras. Estamos bien, Iris, y así seguiremos. En todo caso falta mucho tiempo. Mira, yo te quiero, nos queremos, ¿no es cierto? Es eso lo que importa, es eso lo que cuenta. No te preocupes, cariño.

    -Quiero que me prometas una cosa –dice, aparta su mano de la mía y quita mi brazo de sus hombros-. Quiero que me prometas que me desconectarás llegado el caso. En caso necesario, quiero decir. ¿Me escuchas? Hablo en serio, Jack. Quiero que me desconectes si alguna vez tienes que hacerlo. ¿Me lo prometes?

    No respondo de inmediato. ¿Qué puedo decir? Sobre este asunto no hay nada escrito aún. Necesito  un minuto para pensarlo. Sé que nada me costaría decir que haré lo que ella me pida. Total, son sólo palabras. Y las palabras vuelan. Pero hay algo más: ella quiere una respuesta honesta de parte mía. Y todavía no tengo una. No debo apresurarme. No tengo que decir algo sin haberlo meditado, en las consecuencias, en su reacción cuando yo responda, sea lo que fuere.  

    Cavilo aún en ello cuando Iris pregunta:

    – ¿Y tú?

    -¿Yo qué?

    -¿No quieres que te desconecten si llega el caso? Dios no lo ha de permitir, por supuesto. Pero debo tener una idea –dice-, alguna indicación de tu parte, lo que querrías que hiciera si se pusieran mal las cosas.- Me observa atentamente, en espera de mi respuesta. Quiere registrarla para usarla más tarde, en caso necesario. De contado. Bueno. Qué fácil para mí decir: Me desconectas, cariño, si crees que es lo mejor. Pero debo reflexionar un poco más, y ni siquiera he dicho todavía lo que yo haría o dejaría de hacer por ella. Y ahora debo pensar en mí y en mi caso. Mas creo que no debo seguirle el juego, es una idiotez. Somos unos orates. Con todo, me doy cuenta de que lo que diga ahora puede tener consecuencias algún día. Es importante. Es un asunto de vida y muerte lo que estamos considerando.

    Ella no se ha movido. Aguarda mi respuesta. Y caigo en cuenta de que no iremos a ninguna parte hasta que ella la tenga. Lo considero un momento más y digo lo que en verdad creo:

    -No, no me desconectes. No quiero que me desconecten. Me dejas conectado todo el tiempo posible. ¿Habrá quien se oponga? No lo harás tú, ¿verdad? ¿Habrá quién se ofenda por ello? Mientras que la gente pueda soportar mi visión, en tanto no comiencen con exclamaciones, nada de desconectarme. Me dejas seguir ¿de acuerdo? Hasta el amargo final. Invitas a los amigos para despedirme. Lo haces sin prisa.

    -No es broma –dice-, estamos hablando de algo muy serio.

    -Hablo en serio. No me desconectas. Así de simple.

    Asiente con la cabeza.

    -De acuerdo –dice-, te prometo que no lo haré. Me abraza. Me estrecha con fuerza por unos instantes. Luego me suelta, mira el reloj despertador y dice:

    -Dios mío, mejor nos damos prisa.

    ***

    Nos levantamos y empezamos vestirnos. En cierta manera es como cualquier otra mañana, excepto que hacemos todo de prisa. Bebemos café y jugo y comemos unos mofins. Hablamos del clima, está nublado y hay ventarrones. No hablamos ya más de conectarse, de enfermedades, de hospitales o cosas así. La beso y la acompaño al porche con el paraguas abierto, en espera de la recojan para su trabajo. Luego yo me apresuro a subir a mi coche. A poco de haber encendido el motor me despido con un movimiento de la mano y parto.

    Durante el día, en el trabajo, reflexiono en lo que conversamos por la mañana. No lo puedo evitar. En primer lugar, por el hecho de que estoy agotado por no haber dormido. Me siento vulnerable, presa de todo pensamiento imprevisto y horrendo. En un momento, cuando no hay nadie a la vista, pongo la cabeza sobre el escritorio en espera de poder dormir un poco. Pero al cerrar los ojos me atrapa de nuevo aquel pensamiento. En mi imaginación veo una cama de hospital. Eso es todo: una cama de hospital. La cama se halla en un cuarto, supongo. Luego veo una cámara de oxígeno sobre la cama y, junto, unas pantallas y unos grandes monitores como los que muestran en las películas. Abro los ojos, me incorporo en la silla y enciendo un cigarrillo. Bebo café mientras fumo. Luego observo el reloj y me pongo a trabajar.

    A la cinco de la tarde estoy tan agotado que lo único que alcanzo a hacer es manejar de regreso a casa. Llueve y debo conducir con cuidado. Con mucho cuidado. Ha ocurrido un accidente, además. Un coche golpeó por detrás a otro en el semáforo, pero creo que no hay heridos. Los coches se hallan varados y la gente conversa bajo la lluvia. Con todo, el tráfico avanza despacio. La policía ha instalado señales luminosas.  

    Cuando veo a Iris le digo:

    -¡Dios mío, qué día! Estoy molido. ¿Tú cómo estás? -Nos besamos. Me quitó el abrigo, lo cuelgo y tomo la bebida que Iris me ofrece. Enseguida, porque lo he traído en la mente y porque quiero saldar el asunto, le digo:

    -De acuerdo, si eso es lo que quieres oír, te desconectaré. Si eso es lo que deseas, lo haré. Si te hace feliz, aquí y ahora, que te lo diga, te aseguro que te desconectaré o pediré que te desconecten, si llega el caso y lo creo necesario. Pero respecto a mí, se mantiene lo dicho. Y ya no quiero volver a pensar en este asunto nunca más. Ni mucho menos hablar de ello. Creo que ya hemos dicho lo que había que decir sobre el tema. Hemos agotado ya todos sus ángulos. Yo también estoy agotado.

    Iris sonríe con ironía.

    -Muy bien –dice-. Ahora ya lo sé, antes no. A lo mejor estoy un tanto loca pero ahora me siento aliviada, por si te interesa saberlo. Yo tampoco quiero pensar más en ello. Pero me alegra que lo hayamos aclarado. Nunca más lo traeré a la conversación, te lo prometo.

    Toma mi vaso y lo pone sobre la mesa, junto al teléfono. Me envuelve con sus brazos, me estrecha y reposa su cabeza en mi hombro. Pero ése es el punto. Lo que acabo de decirle, lo que he reflexionado todo el día, una y otra vez, está ahí. Siento como si hubiera cruzado alguna línea invisible. Como si hubiese llegado a un punto al que nunca creí que llegaría. Ignoro cómo he llegado aquí. Es un sitio extraño. Un sitio en el que un sueño inofensivo y una conversación en entresueño de madrugada me han inducido a reflexiones de muerte y destrucción.

    Suena el teléfono. Nos soltamos y extiendo mi brazo para contestar.

    -Hola -digo.

    -¡Hola! -contesta la mujer.

    Es la misma mujer que llamó por la mañana, pero ahora no está ebria. Al menos eso creo, no parece haber bebido. Habla tranquila, coherentemente y me pregunta si la puedo poner en contacto con Bud Roberts. Se disculpa, lamenta tener que importunarme, pero se trata de un asunto urgente. Lamenta cualquier molestia que pueda estar causando.

    Mientras ella habla yo busco atropelladamente mis cigarrillos. Pongo uno en mi boca y lo enciendo. Entonces viene mi turno de hablar y esto es lo que le digo:

    -Bud Roberts no vive aquí. No se encuentra en este número ni creo que nunca lo estará. Nunca he conocido al individuo que usted busca. Así que por favor no vuelva a llamar aquí. ¿Me oye? Si no lo hace voy a torcerle el pescuezo.

    -¡Vaya descaro de mujer! -dice Iris.

    Me tiemblan las manos. Creo que también mi voz. Pero mientras intento decirle todo eso a la mujer, mientras trato poner en orden las cosas, Iris se inclina con rapidez y todo se acaba. La línea enmudece y ya no oigo nada.⌈⊂⌋

  • Pasamanos de letras (I)

    Pasamanos de letras (I)

    Miguel Ángel Echegaray

    Hablando de Memoria

    Concentrado y minucioso en relatar, más que su infancia, ciertas emociones que la acompañaron, León Tolstoi anotó en un pasaje de sus Memorias que una tarde, mientras escuchaba tocar el piano a su madre, se inquietó por descubrir que algo ocurría en su propia memoria. Ella ejecutaba “el segundo concierto de Field, su profesor. Me hallaba en una dulce somnolencia, presa de superficiales recuerdos, luminosos, casi diría que transparentes. Mamá comenzó entonces la Patética de Beethoven, y yo recordaba cosas dolorosas, melancólicas, tristes. Mamá tocaba con frecuencia estas dos piezas, y recuerdo muy bien el efecto que me producían. Eran como recuerdos para mí, pero ¿qué recuerdos? Diríase que a veces nos acordamos de cosas que no han existido nunca”.

    De esos recuerdos superficiales pasó, disparados por la música, a otros recuerdos sentidos y profundos, si bien producto quizás de cosas que no han existido nunca. Su memoria era capaz de cultivar y perpetuar recuerdos salidos de ningún lado; como si se tratara de una engañosa veracidad o de un dramático simulacro.

    Viene a cuento El río de la conciencia de Oliver Sacks, volumen aparecido en 2019; una decena de ensayos pergeñados antes de morir por cáncer hepático cuatro años antes. Se refiere en uno de ellos a “la falibilidad de la memoria “y describe su trato íntimo con evocaciones que, acaso, tienen un parentesco cercano con los recuerdos vacilantes de Tolstoi. Empeñado en escribir sobre sus primeros años sin poder echar mano de cartas, diarios y testimonios, solo podía, pues, hablar de memoria. Su espíritu científico, como el del distinguido neurólogo que fue, no invadió su prosa ni dio en medicalizar planteamientos personales. Al poner manos a la obra, aceptó “que debía de haber olvidado o perdido muchas cosas, pero supuse que los recuerdos que tenía – sobre todo aquellos que eran muy vivos, concretos y circunstanciales – eran esencialmente válidos y fiables, y me quedé de piedra al descubrir que algunos no lo eran.”

    Desconcierto por la ambigüedad y pérdida de confianza en su memoria. Dudosa vanidad de los memoriosos; echarla a andar como si tal cosa, sin garantía ni previa verificación. El descuido como revancha castigadora parece excesivo, porque muchos recuerdos le fueron trasmitidos por sus verdaderos actores; si bien él los incorporó plenamente como suyos. Concluye: “Hasta cierto punto, todos nosotros transferimos experiencias, y a veces no estamos seguros de si una experiencia es algo que nos han contado o hemos leído, o incluso hemos soñado, o algo que nos ha sucedido de verdad. Es algo que suele ocurrir sobre todo en los así llamados primeros recuerdos (…) De todos modos, asusta pensar que nuestros recuerdos más tempranos podrían no haber ocurrido nunca, o podrían haberle ocurrido a otro.”

    En su relato, Tolstoi no insiste más en el  asunto, ni vuelve a tratarlo o a preguntarse sobre el posible origen de sus aciagas regresiones. Años después, su madre muere y pareciera haberse llevado con ella esas visiones amargas. ¿Fueron meros recuerdos de su memoria infantil? ¿Los retomó solamente para situarlos en su narración autobiográfica? De nueva cuenta Oliver Sacks se hace presente para advertir que “no existe una manera fácil de distinguir un recuerdo o una inspiración auténticos, sentidos como tales, de los que se toman prestados o se sugieren, entre lo que Donald Spence denomina la ‘verdad’ histórica’ y la ‘verdad narrativa’.”

    Si Tolstoi incluyó un racimo de pesarosos recuerdos como una brevísima verdad narrativa, por cierto, sin alusiones ni referentes concretos — salvo sus pespuntes emocionales–, el enigma puesto en juego, sin duda literario, queda intocado: ¿existieron sus dolorosos recuerdos sin un origen cierto?

    ¿Recordar es vivir, según afirma quién? Por estos días un escritor amigo sufrió dolores tremendos que solo él podría expresar ahora con palabras, pero que ya no pudo hacerlo luego de consumirse en una cama de hospital. Era un narrador impecable que desechaba los estorbos de las líneas prosísticas adivinables y, al final, puras solemnes somnolencias. Arriesgaba únicamente la naturalidad de su estilo. Sus cercanos nos preguntamos todavía cuáles fueron los recuerdos que le rondaron por la cabeza durante sus últimas horas: si fueron verdaderos o inventados, si dolorosos o placenteros, si exagerados o discretos, o, en última instancia, necesarios o prescindibles para quien no quiere dejar de recordar.

    Ambos hablamos muchas ocasiones sobre un buen número de recuerdos, pero nunca hablamos de cómo debía procederse a su ilación, ni siquiera de su cuidadoso orden o progresión. No hablamos tampoco si era necesario, para apreciarlos más, tener siempre presentes en la cabeza ciertos recuerdos especiales. Aunque borroso, retengo incompleto uno: humillado como consecuencia de una disputa entre sus padres, y luego de ser sobajado, por si faltara, el padre destruye su acuario en el que se movían constantemente inquietos los pececitos que a diario alimentaba y observaba atento en su habitación. Antes, su madre había dispuesto que el acuario fuese hermoseado por un empleado de la tienda de animales y colocado en la sala de la casa. El padre desaprobó furioso que el acuario haya sido puesto a la vista de todos y luego de gritonear como un demente lo destruye, arrojando a la tina del baño los pececitos.

    Leído otra vez a la vuelta de los años, me percato hoy de que no era otro pasaje más entretejido en la misma novela, y que cómodamente podría tildarlo también de recuerdo histórico convertido espléndidamente en narrativo, según la distinción de Sakcs. Fue totalmente cierto, me dijo una tarde de viernes celebrando con tragos la aparición del libro. Creo que aún le dolía demasiado ese recuerdo por ser verídico y lo reiteraba, narrándolo como si cortara un filete, sin poder conjurar el daño que recibió. No concluyó ese mal recuerdo en el pasado, continuaba extendiéndose al paso del tiempo. Sé que al calificar como indestructible su agria remembranza y su no menos agria evocación posterior, me otorgo un hallazgo de lector presumido y agudo, –¡vaya descubrimiento ¡– pero en realidad Álvaro Uribe conocía perfectamente bien su memoria y no en vano afirmaba que él solamente “escribía para saber lo que pasaba dentro de sus novelas”. Es decir, el recuerdo como personaje y el personaje como recuerdo, agitándose entre las letras. ⌈⊂⌋

                                                                                                         

  • El Príncipe-Princesa y otros Relatos Escénicos

    El Príncipe-Princesa y otros Relatos Escénicos

    Luis Ayhllon

    El autor comparte una labor creativa que compartió de manera fragmentada durante los últimos 2 años. Se trata de narraciones escénicas de gran singularidad y disfrute.

    (más…)
  • Otoño 2021

    Año 5 Número 18

    LA TRAGEDIA CONTEMPORÁNEA DE LAS MUJERES

    Cristina Rivera Garza

    A partir de la publicación de su más reciente novela, “El invencible verano de Liliana”, donde desarrolla su personal sentir del asesinato de su hermana, la periodista Patricia Nieto Bonilla entrevista a la autora mexicana, quien recientemente también obtuvo el premio José Donoso. ‖►

    ALEJANDRIA: PTOLOMEOS Y PRIMACIA FEMENINA

    Felipe R. Sánchez Reyes

    Alejandría es una ciudad cosmopolita, moderna e intelectual de la antigüedad, cuyo legado se asocia al origen de los libros, la erudición y el humanismo. En este texto, se exploran las aportaciones y el papel que desempeñaron filosofas y pensadoras en el desarrollo de la urbe, así como su influencia en los círculos del poder. ‖►

    LA AUREOLA DE SOUTO ALBARCE

    Vicente Francisco Torres

    Sentida remembranza del académico universitario Arturo Souto Alabarce (Madrid, 1930-Ciudad de México, 2013), de quien el autor exhibe tanto sus métodos de trabajo como su calidad humana. ‖►

    FISONOMIA LONDINENSE

    Leandro Arellano

    Londres se dispersa actualmente en calles, callejones, avenidas, calzadas y paseos: reales, burguesas, de medio pelo y una parte de ellas, sin estirpe. No predomina en la ciudad ningún estilo de arquitectura, conviven varios en apacible tolerancia….‖►

    FUEGO GRANEADO (IV)

    Luis Ayhllón

    La saga teatral iniciada en 2020, continua exhibiéndose en partes en esta publicación. Se trata, sin duda, de un trabajo original, además de certero en el momento actual. ‖►

    CRONICA DE UN DESPLIEGUE INTERNACIONAL

    Pedro González Olvera

    Fugaz recorrido por la participación internacional de México en los organismos multilaterales, espacios donde su liderazgo y propuestas le han valido un amplio reconocimiento global. ‖►

    CANNES 1951: PAZ, BUÑUEL Y LOS OLVIDADOS

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    De sus múltiples anécdotas como diplomático, se rescata un singular episodio de Octavio Paz al desempeñarse como agregado cultural en Francia en los años 50 de la centuria pasada. En ella, destaca la defensa de Luis Buñuel y su compromiso por dar conocer las diversas realidades de México. ‖►

  • Verano 2021

    Año 5 Número 17

    JULIO E. SARABIA: UNA ESCRITURA EN ERRANCIA

    Alejandro Palma Castro

    Julio Eutiquio Sarabia desde la orilla o anábasis de la poesía mexicana de provincia. Una escritura en errancia” es parte del libro ‘Sujetos y escrituras de la errancia en América Latina’ (Cécile Quintana, coordinadora.). Se publica con la autorización de Editions des archives contemporaines, France. ‖►

    ALEJANDRIA, CENTRO DE ERUDITOS

    Felipe Sánchez Reyes

    La añeja ciudad egipcia cautiva tanto por su raigambre cultural como por lo que genera a quienes la recorren en la actualidad. Este testimonio confirma sus maravillas históricas y terrenales. ‖►

    J.M. SERVÍN Y LA NOTA ROJA

    Vicente Francisco Torres

    El registro de la violencia social es desde hace tiempo una veta de creación literaria. Así lo refiere el autor tomando como referente la obra de J.M.Servín. ‖►

    ALFONSO REYES Y EL FASCISMO EN LATINOAMERICA

    Pedro González Olvera

    La labor creativa y diplomática de Alfonso Reyes es amplia y comprende temáticas singulares. Así lo confirma este texto que explica su postura respecto al fascismo en América Latina. ‖►

    PAULINA GARCIA – PAULINE VIARDOT: 200 AÑOS

    Samuel Maynez Champion

    El autor celebra el bicentenario del nacimiento de una pianista, cantante y compositora española de connotación internacional. Hay un énfasis singular en su paso por México. ‖►

    FUEGO GRANEADO (III)

    Luis Ayhllón

    El dramaturgo y cineasta presenta la tercera parte de una obra inédita cuya saga continuará en siguientes números de cambiavías. ‖►

    EL ELEFANTE

    Raymond Carver / Traducción de Leandro Arellano

    Uno de los más entrañables relatos de Carver, apareció en The New Yorker el 9 de junio de 1986 y dos años más tarde fue recogido en el libro ¿Adónde llamo?, en Estados Unidos. En Londres fue publicado, también en 1988, con otras seis piezas por Collin Harvill, con el título “El elefante y otros relatos”. ‖►

    POETAS VINDICTAS: VOCES LEJANAS SIEMPRE VIVAS

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    La colección Vindictas de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM es el tema de esta reseña sobre poetas latinoamericanas con referentes remotos, pero vigentes hoy entre la creciente exigencia de una equidad de Género. ‖►

  • Primavera 2021

    Año 5 Número 16

    LA MATANZA

    Samuel Máynez Champion

    La conquista de México tiene aristas múltiples de imposición y una de ellas fueron las expresiones musicales originarias, como lo rememora esta narración. ‖►

    GRECIA BAJO LA PIEL

    Leandro Arellano

    Las culturas primigenias son referente inagotable para cualquier contemporaneidad. Jacqueline de Romilly lo confirma con sus estudios sobre Grecia. ►

    BOBBY

    Vicente Francisco Torres

    Crónica personal inédita que forma parte de una compilación de próxima aparición que publica la Universidad Autónoma Metropolitana. ‖►

    LAS LETRAS DE VICENTE ROJO

    Redacción cambiavías

    La partida de un referente fundamental para el diseño editorial mexicano, motiva rescatar su opinión sobre el sentido de las letras. ‖►

    DE NUEVO AL ESCENARIO INTERNACIONAL

    Pedro González Olvera

    La pulsación de México trasciende lo literario en la creatividad del autor, quien analiza el desafío actual de nuestro país al interior de un órgano fundamental de la ONU. ‖►

    JORGE F. HERNANDEZ: “Soy puro Cuento”

    Gustavo Borges

    El actual director del Instituto Cultural de México en España comparte su visión respecto a un género literario siempre vigente. ‖►

    FUEGO GRANEADO (2a parte)

    Luis Ayhllón

    El ciclo creativo en la dramaturgia de Luis Ayhllón va a la par de cambiavías. Esta es la segunda parte de una obra amplia iniciada el número anterior y cuya saga continuará en verano. ‖►

    DOS POEMAS

    Miguel Ángel Echegaray

    Creador forjado en otros géneros literarios, esta ocasión Miguel Angel Echegaray comparte trabajo poético inédito. ‖►

    UN POEMARIO DE MEXICO PARA ALEMANIA

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    Acertada publicación de un poemario digital que agrupa 17 poetxs mexicanxs trasladadxs al alemán desde el español, incluso desde el mixteco y zapoteco. Notable ejercicio de diplomacia cultural. ‖►

  • “Aura” y las identidades de género

    “Aura” y las identidades de género

    Margo Glantz

    La novela de Carlos Fuentes, Aura, es una obra muy vigente a la luz de las nuevas identidades sexuales que han sido reconocidas en los últimos años, afirmó la escritora Margo Glantz durante su participación en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL).

    “(Aura) es cada vez más vigente en un momento en que la diferenciación de los sexos ha dejado lo tradicional de masculino y femenino, ha dejado de ser importante y ha cambiado totalmente y hay una infinidad de posibilidades de designar a los sexos”, señaló.

    En uno de los grandes momentos de la feria, considerada la más importante de las letras hispanas, Glantz (Ciudad de México, 1931) ofreció una charla de apertura del Salón Literario de la FIL en donde recibió la medalla Carlos Fuentes por parte de la viuda del narrador, Silvia Lemus.

    La autora recordó partes de la novela en las que los personajes muestran ciertos aspectos que los asemejan a brujas y vampiros un tanto andróginos que juegan con el tiempo y la identidad.

    Señaló que además de Aura hay otras novelas más recientes que revelan la ambigüedad que se ha concretado a partir de la diferencia de sexos y aspectos vampirescos, pero dijo fue Fuentes quien exploró de manera muy temprana estas posibilidades.

    La autora de “El rastro” (Anagrama, 2002) recordó algunas anécdotas que compartió con Fuentes como las charlas que tenían en un restaurante con miembros del periódico El Espectador o la fiesta en la que despedían al escritor antes de ir a Estados Unidos luego de ser considerado peligroso.

    Con el buen humor que la caracteriza, la narradora charló con la escritora mexicana Gabriela Jáuregui y reveló parte de sus obsesiones con el erotismo y la apropiación del cuerpo que ha plasmado en algunas de sus novelas.

    “El misticismo está totalmente anclado en el cuerpo, ningún tipo de erotismo pierde el cuerpo, el erotismo se transfiere a la escritura y comienza a ser otro tipo de cuerpo. (…) transfiero mi mente morbosa a una escritura menos morbosa porque está bien hecha y ese planteamiento me persigue ahora”, señaló.

    Reveló que luego de la publicación de “Apariciones”, un libro en el que el erotismo es un aspecto clave para los personajes y en el que toca el misticismo ligado al cuerpo, le causó cierta crítica y censura en algunos círculos.

    “Entré a la Academia Mexicana de la Lengua y me dijeron: ‘pero Margo tú que eres una chica tan agradable, tan bonita ¿por qué escribes esas cosas tan sucias?’ Y luego algunos de mis compañeros no leían mi libro (en público), pero luego veía que se lo llevaban y lo veían a escondidas. Fue una maravilla de libro”, contó en una anécdota que provocó la risa del público.

    La FIL de Guadalajara se desarrolla del 27 de noviembre al 5 de diciembre con la asistencia de 600 escritores de 46 países, con la participación de más de 3.000 mil profesionales y 255 expositores de 27 países con una oferta editorial de 240.000 títulos en 10.000 metros cuadrados de exposición. EFE

  • De Principios y Realidades

    De Principios y Realidades

    Pedro González Olvera

    El 11 de mayo de 1988 y el 10 de junio de 2011 son fechas torales en la conformación de la plataforma doctrinaria de la política exterior mexicana. En ambas, la Constitución fue reformada, en su artículo 89, fracción X, a fin de incluir en ellas los principios de esa política llamados básicos: en la primera fueron incorporados la no intervención, la autodeterminación de los pueblos, la igualdad jurídica de los Estados, la solución pacífica de controversias, la proscripción del uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la cooperación internacional para el desarrollo y la lucha por la paz y la seguridad internacionales. En la segunda, el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos. Cabe señalar, que la reforma de 1988 fue específicamente dedicada a la elevación de los siete principios mencionados a la carta magna, mientras que la de 2011 fue una reforma general por medio de la cual se agregó el tema del respeto de los derechos humanos a todo el aparato legal mexicano.

    La iniciativa enviada por el presidente Miguel de la Madrid a la Cámara de Senadores esgrimía entre otros argumentos dedicados a modificar la Constitución, el papel que México desempeñaba en el contexto internacional y la perseverancia en el manejo de los principios de política exterior, además de que estos eran coincidentes con el espíritu del Constituyente. 

    Los principios tradicionales no siempre se mencionaron como quedaron plasmados en la Constitución; un breve repaso a los informes presidenciales desde la época de Venustiano Carranza, incluso a la doctrina que lleva este nombre, indica con claridad que cada jefe de gobierno mencionaba algunos de los principios,  según su leal saber y entender. Lo cual no quiere decir que al menos los tres primeros no estuvieran siempre en la narrativa presidencial.

    La consideración práctica que se hizo en su elevación a rango constitucional fue que así no habría manera de eludirlos a la hora de establecer programas y estrategias acerca de los vínculos de México con el exterior. Serían una especie de marco predeterminado de acción, del que no se podría salir. Lo que no pensaron los autores de la redacción final de los principios es que los presidentes podían darles la vuelta, cuando consideraran que en realidad se convertían en una camisa de fuerza a la hora de actuar en situaciones que requerían una actuación decidida frente a una situación internacional de emergencia. 

    Y es que hubo varias oportunidades en que, ante una coyuntura inesperada o una situación que obligaba, según el presidente en turno así lo considerara, a dejar de lado un principio o a darle prioridad a otro, es decir actuar  pragmáticamente. Se procedía de esta manera con el criterio de que siempre que hubiera una “causa justa superior”, estimada así por el respectivo jefe de gobierno, era más importante apoyarla a pesar de que se contradijeran los principios de no intervención y, junto, el de la autodeterminación de los pueblos.

    Lázaro Cárdenas fue el primero en hacerlo. Cuando Francia e Inglaterra formaron el Comité de No intervención ante la guerra civil española, Cárdenas, en cartas cruzadas con Isidro Fabela, señaló que el principio de no intervención no debía servir de pretexto para permitir el ataque por fuerzas internas y externas. De acuerdo a la interpretación presidencial, con la declaración del Comité de no intervención se escudaban determinadas naciones de Europa (Francia e Inglaterra, precisamente), en su negativa de ayuda al gobierno español legítimamente constituido. Añadía que México no podía compartir ese criterio, pues la falta de apoyo al gobierno legítimo era en la práctica una ayuda indirecta, pero efectiva, a los golpistas. La conclusión que sacaba el presidente Cárdenas era que así, este era uno de los modos más cautelosos de intervenir. La “causa justa superior” en este episodio histórico se encontraba en la defensa de un gobierno legítimo atacado por un golpe de Estado y por fuerzas externas. Apenas estrenada la Doctrina Estrada ya se le apartaba al no reconocer nunca al gobierno de Francisco Franco.

    Años más tarde encontramos otras ocasiones de apartarse de la no intervención y la autodeterminación por ejemplo cuando México apoyó firmeza el proceso de descolonización en África y Asia y la campaña dirigida a terminar con el sistema del apartheid en Sudáfrica, aunque esta vez cobijado por resoluciones de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Sea como fuere, se intervenía en asuntos que los imperios coloniales y el gobierno racista sudafricano consideraban de su exclusiva competencia, pero de nuevo se usaba el pragmatismo con el objetivo de que los principios no obstruyeran el apoyo a causas cuya defensa era indispensable a la comunidad internacional encabezada por la ONU.

    De nuevo se olvidó la no intervención durante la presidencia de Luis Echeverría Álvarez. Ante el ataque y el derrocamiento del gobierno legítimo de Salvador Allende en Chile por parte de las fuerzas armadas de este país, con el apoyo poco escondido de Estados Unidos, el gobierno mexicano no sólo abrió sus puertas a decenas de exiliados chilenos, sino que rompió con el gobierno militar encabezado por el general Augusto Pinochet, relegando el principio de no intervención y hasta la Doctrina Estrada, dedicada al tema del reconocimiento de gobiernos.

    Una situación semejante se vivió en el sexenio siguiente cuando el presidente José López Portillo decidió apoyar la revolución sandinista en Nicaragua y romper relaciones diplomáticas con el gobierno de Anastasio Somoza en mayo de 1979, debido al “horrible genocidio” que cometía el dictador contra el pueblo nicaragüense. El apoyo mexicano a la revolución fue determinante en su posterior triunfo. De nuevo es patente que la actitud mexicana fue intervencionista, esta vez no en favor de un gobierno legítimo sino de un proceso revolucionario., en tanto una vez más la Doctrina Estrada fue ignorada. 

    No fue el único episodio de esta naturaleza en esa administración sexenal. el 28 de agosto de 1981, de manera conjunta los gobiernos de México y Francia decidieron emitir una declaración mediante la que reconocían “que la alianza del ‘Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional’ y del ‘Frente Democrático Revolucionario’ (era) una fuerza política representativa dispuesta a asumir las obligaciones y ejercer los derechos que de ella se derivan”. 

    La medida fue distinta a la tomada respecto de la situación con Nicaragua, no hubo la iniciativa de romper relaciones diplomáticas, ni de una parte ni de otra, pero es obvio que el gobierno de El Salvador si mostró su perplejidad y su enojo, que hasta la actualidad la derecha de ese país sigue mostrando. El caso es que con la declaración mexicano-francesa de nuevo se manifestó, por cierto en una misma administración, que las “causas justas superiores” estaba por encima de los principios.

    Durante la siguiente administración, encabezada por Miguel de la Madrid, México también tuvo una importante participación en la búsqueda de resolver los conflictos en marcha en Centroamérica. La conformación, el 9 de enero de 1989, del grupo Contadora, junto con Panamá, Colombia y Venezuela, fue la manera en que México decidió intervenir en asuntos que aparentemente correspondían solo a los países que contenían movimientos revolucionarios, pero que estaban incendiando toda la pradera centroamericana, al mismo tiempo que acercaban el fuego a territorio mexicano. 

    Los trabajos del grupo contaron con el apoyo de la ONU, pero si somos estrictos encontramos, igual que en los casos anteriores, una “causa justa” en la intervención mexicana en asuntos centroamericanos. Es decir, pudo tomarse la decisión de dejar hacer y dejar pasar en Centroamérica, sin tomar medida alguna sobre el incendio referido. Se tomó una decisión contraria: intervenir con la noble idea de apoyar la pacificación regional, junto con la de impedir que los movimientos revolucionarios, por una parte, y oleadas de refugiados llegaran al sur de México por otra. En otras palabras se juntaron la “causa justa” de la paz, con la del interés nacional, preservar la integridad territorial de revoluciones con orígenes ajenos pero con situaciones propicias para que prendieran en México y evitar la llegada de miles de personas huyendo de los conflictos, como ya había sucedido con los guatemaltecos que se asentaron en el sur de Chiapas, sin recursos financieros en su atención integral.

    Pasaron tres sexenios antes de que surgieran nuevas circunstancias ante las que un gobierno mexicano tuviera que reaccionar anteponiendo la multi mencionada “causa justa superior” a los principios de la política exterior mexicana. Fue en la administración de Enrique Peña Nieto cuando se criticó ampliamente al gobierno venezolano de Nicolás Maduro por su falta de democracia y los pleitos que la oposición de ese país mantenía con Maduro y sus huestes, acusándolo de no permitir la libre manifestación de las ideas políticas contrarias al régimen y de tener un trato inequitativo, cuando no dictatorial, violentando así sus derechos humanos, ambiente agravado por el encarcelamiento de varios políticos opositores.

    En esta oportunidad, el gobierno mexicano fue un activo participante del llamado “Grupo de Lima”, que promovió incluso sanciones en Venezuela en el marco de la Organización de Estados Americanos, aunque no llegó al extremo de reconocer al auto designado presidente alterno, Juan Guaidó. Vale la pena recordar que, según expresión del tercer Canciller del sexenio peñista, Luis Videgaray, el principio de respeto, protección y promoción de los derechos humanos era el prioritario en esa administración. En consecuencia, la “causa justa” fue la defensa de los derechos humanos de la parte de la población venezolana, encarnada en la oposición.

    En el gobierno que inició a fines de 2018, presidido por Andrés Manuel López Obrador, la actitud respecto de los principios ha sido contradictoria y confusa. Por una parte, se ha manejado la no intervención sobre la situación en Nicaragua, país en donde el antiguo revolucionario Daniel Ortega ha devenido en un presidente dictatorial, que ha encarcelado o exiliado a sus opositores y planea quedarse eternamente en el poder. En la OEA se ha abstenido en las votaciones mediante las cuales se pretendía sancionar a ese presidente y su régimen. No obstante, en una medida opuesta a la anterior posición, el embajador mexicano fue llamado a consultas, en una medida tomada con Argentina, al grado de emitir un comunicado conjunto en el que se decía que el gobierno de Ortega había puesto en riesgo la integridad y la libertad de varias figuras de la oposición, activistas y empresarios precandidatos presidenciales.

    Pero el episodio más reciente de tal confusión, se encuentra en el apoyo ofrecido a Pedro Castillo, mandatario de Perú, porque según el presidente mexicano aquel estaba pasando un momento difícil. El apoyo consistió en el envío del Secretario de Hacienda, Rogelio de la O, y otros funcionarios, además del ofrecimiento de vacunas y combustible. 

    No es extraño que esto suceda en los vínculos de México con sus vecinos de América Latina; es amplia la tradición mexicana en materia de cooperación internacional y la ofrecida a Perú se inscribe en esa tradición. Lo que sí se encuentra más allá de los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos son las declaraciones presidenciales, toda vez que López Obrador justificó este apoyo y otro más de carácter político, porque había “información de que han habido agresiones, incluso a militares. Vamos a estar pendientes, decirle a él que no está solo, también a nuestros hermanos peruanos. Quienes llevan a cabo estos actos de subversión no están pensando que se afectan los pueblos, (que se genera) más pobreza, más sufrimiento del pueblo. En qué cabeza cabe quitar a un presidente a dos meses, sólo por la rabia conservadora, por los intereses de las minorías”.  En otras palabras, se retoma la “causa justa” de defender un gobierno legítimo, electo democráticamente, relegando la no intervención y la autodeterminación. 

    Sumado a lo anterior se encuentran sus declaraciones en torno a la posible regularización de 11 millones de migrantes por la administración Biden y la atención que se pondría en las votaciones de demócratas y republicanos, para hacer un señalamiento “respetuoso” en su momento. Aunque mencionó expresamente que no quería intervenir en asuntos internos estadounidenses, la realidad es que, al advertir sobre la realización de dicho señalamiento, respetuoso o no, es meterse en un tema, la votación del Congreso de Estados Unidos, que sólo les compete a sus integrantes, a pesar de que, por supuesto puede hacer todas las reclamaciones que sean necesarias para defender a los migrantes mexicanos, que es otro asunto.

    La conclusión de los diferentes momentos históricos presentados hasta aquí es que los principios de la política exterior, en particular los de la no intervención y la autodeterminación de los pueblos, se dejan de esgrimir cuando existe una “causa justa superior” que al gobernante en turno mexicano le ha parecido de mayor relevancia. Puede ser la defensa de un gobierno legítimo, democráticamente electo, la protesta ante un golpe de Estado o ante los abusos en contra de la oposición de un gobierno. Incluso se ha dado el caso de que un principio se maneje como superior a otro. Estamos frente a lo que ya se conoce entre los especialistas e incluso funcionarios de carrera del Servicio Exterior mexicano, como el “manejo pragmático” de los principios de política exterior mexicana.

  • Traducción y Letras Mexicanas en Francia

    Traducción y Letras Mexicanas en Francia

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    Una de las máximas de José Saramago es que los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal. Nada más acertado para referir un proceso creativo que si bien germina en un punto geográfico específico traspasa, desde su origen, cualquier lindero. Sin duda, la esencia de toda expresión artística es su universalidad, y la literatura no es la excepción.

    Lo anterior, a propósito de la creciente presencia de obras traducidas en los catálogos de las editoriales francesas. Algo no novedoso, pero de notable presencia en un país que es considerado el mayor traductor de literatura de otros países o culturas.

    Según la herramienta de búsqueda Index Translationum – la base de datos de la UNESCO sobre traducciones de libros- Francia se ubica en la tercera posición de los países que traduce más literatura extranjera, después Alemania y España. En esta tendencia, alrededor de cinco idiomas representan cerca del 90% de la literatura traducida; el inglés, acapara el 60%; el japonés abarca del 10 al 15%; mientras que el alemán, alrededor del 5%, seguido de cerca por el español y el italiano.

    No hay duda de que la traducción es un filón relevante en el mercado editorial de Francia, sobre todo si consideramos un universo de alrededor de 70 mil nuevos títulos anuales, incluyendo reediciones, y ventas que superan los 350 millones de libros -impresos y digitales- anualmente, de acuerdo con fuentes como Le Monde Livres y el Salon Livre Paris.

    La posición del traductor en Francia es bastante peculiar. De hecho, los traductores son considerados por ley como autores y reciben emolumentos por concepto de regalías. También tienen derecho a censurar las modificaciones que el editor hace a sus traducciones. Sin embargo, a pesar de que la ley los reconoce como autores, la prensa, el público e incluso los editores demeritan la importancia de su trabajo. Por ejemplo, tener sus nombres en la portada del libro que tradujeron no es automático y tienen que luchar por ello.  En otro extremo, empero, está el Prix Médicis Étranger, que a partir de 1970 reconoce la mejor traducción de una novela extranjera en Francia, incluyendo hasta ahora medio centenar de autores de todo el mundo, entre ellos a cinco latinoamericanos.

    En el balance lingüístico que el Index Translationum hace anualmente, el Español ocupa el sexto sitio en el conjunto total de las obras que se traducen en todo el mundo y la tercera posición como lengua de origen desde la cual se realizan traducciones a otros idiomas. Esto es relevante para el caso de Francia ya que como se comentó esta lengua ocupa un lugar marginal en el universo de obras literarias traducidas anualmente al francés (entre el 3 y 4% del total).

    Así, desde hace varios años los autores mexicanos tienen una presencia notable en el mercado editorial de Francia. Una somera valoración exhibe tres etapas fundamentales. En la primera, destacan autores franceses que viajaron a México motivados por su connotación exótica y escribieron sus experiencias en su lengua originaria, motivando una ulterior traducción: George Bataille, Antonin Artaud, André Bretón y Paul Morand, se encuentran en esta pléyade. En este periodo, previo a la segunda guerra mundial, también destaca Martín Luis Guzmán, cuya obra “La Sombra del Caudillo” fue publicada por la editorial Gallimard en 1931.

    Phillipe Ollé-Laprune, nos dice que a partir de la segunda mitad del siglo veinte, aumenta la apertura de las editoriales francesas a la literatura extranjera y la lengua española adquiere mayor reconocimiento. En primer lugar, del grupo de los exiliados franceses que descubrieron nuevos horizontes reales e imaginarios en América Latina sobresale Roger Caillois, quien dirigió la emblemática colección ‘La Croix du Sud’ publicada por Gallimard, incluyendo a autores como Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa. Aunque la colección refería a América del Sur, México estuvo presente con autores como Juan José Arreola, Rosario Castellanos y Juan Rulfo.

    Esta tendencia estimuló el interés de otras editoriales para involucrarse con la difusión de esta literatura. Así, se sumaron al trabajo de traducción obras como “Al filo del agua”, de Agustín Yáñez y “El llano en llamas” y “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo. Aunque en conjunto, el interés en la literatura mexicana era incipiente, se reconocía la existencia de expresiones literarias singulares y con interés entre lectores franceses. Un hito en esta etapa lo genera Benjamin Péret, quien durante su exilio en México promueve con dedicación cuentos y leyendas populares, así como los textos iniciales de Octavio Paz. Péret tradujo “Piedra del Sol”, convirtiendo al vate mexicano en un referente de la editorial Gallimard, que publicó casi toda su obra en francés.

    Si la circulación de la literatura mexicana aumentó paulatinamente, las décadas de 1960 y 1970 estuvieron determinadas por un fenómeno que trascendió las fronteras de ese país: el boom latinoamericano, de donde emergió Carlos Fuentes con su novela “La región más transparente” (1958), la cual publicó años después Gallimard con prólogo de Miguel Ángel Asturias. Al igual que con Paz, esta editorial publicó la mayor parte de su trabajo hasta su muerte.

    Esta segunda etapa de conectividad entre Francia y México a través de las traducciones, se consolida por acontecimientos políticos ajenos a ambos países: el franquismo en España, que perduró hasta 1975, y regímenes militares instaurados en los países América del Sur durante los años 70 y 80, lo cual obstaculizó la difusión de obras literarias de esas latitudes y consolido la presencia de escritores mexicanos en diversas editoriales francesas. Un caso emblemático fue el escritor cubano Severo Sarduy, quien forjó un catálogo extraordinario en las Éditions du Seuil, logrando incluso publicar a Sergio Pitol mucho antes del reconocimiento internacional de su obra.

    En la tercera etapa de la presencia de autores mexicanos traducidos en Francia, es notable el engrosamiento de los acervos de varias editoriales francesas a partir del último cuarto del siglo pasado. Por ejemplo, Pierre Belfond dio a conocer Jorge Ibargüengoitia, mientras que Éditions Fayard publicó a Fernando del Paso. Por su parte, Éditions de la Différence, se involucró con propuestas más amplias a través de colecciones formadas con obras de Vilma Fuentes, José Emilio Pacheco, José Agustín, José Gorostiza o Juan Vicente Melo.

    Una pauta visible desde entonces es la presencia cada vez más numerosa de escritoras mexicanas en diversos catálogos. Entre otras podemos referir a Valeria Luiselli, con obras traducidas por Nicolas Richard (Éditions de l’Olivier) y Claude Bleton (Actes Sud); Maria Cristina Garza, traducida por Karine Louesdon (Éditions Phebus); Sabina Berman, traducida también por Claude Bleton (Éditions du Seuil) y Fernanda Melchor, traducida por Laura Alcoba (Éditions Grasset).

    Ya en la actual centuria, además que las grandes casas editoriales siguen publicando a los escritores mexicanos connotados, es visible el engrosamiento de traducciones en editoriales de menor formato y cada vez es más evidente la presencia de letras mexicanas en sus acervos. Esta suma de esfuerzos ha hecho que la creación literaria azteca circule en Francia con toda su riqueza y complejidad.  A guisa de ejemplo, tres casos del año que concluye: “Omisiones”, de Emiliano Monge, traducido por Juliette Barbara y publicado por Éditions Grasset; “Olinka”, de Antonio Ortuño, traducido por Margot Nguyen-Béraud y editado por Christian Bourgois, y “A cada uno su cielo, antología poética (1984-2019)”, de Fabio Morábito, traducido por Fabienne Bradu, y editado por Éditions du Seuil.

    En el momento actual y para concluir, es válido reivindicar lo que Philippe Ollé-Laprune planteara hace varios años respecto a que seguimos ante un doble movimiento. Por un lado, los editores franceses están conscientes de que varios de los autores mexicanos consagrados han sido olvidados por las nuevas generaciones y por ello sus catálogos deben abrirse nuevamente a esas voces. Por otra parte, la variedad y la calidad de las creaciones literarias los incitan a observar con atención y asumir riesgos publicando libros de reciente aparición en México.

    De este lado del Atlántico, más allá de las acciones de colaboración entre empresas editoriales mexicanas y francesas, se hace necesario reactivar el Premio literario Antonin Artaud, creado en 2002 por Jacques Aubergy, corresponsal en México de la revista Art Sud, y Jean Jacques Beucler, diplomático francés, el cual dejó de otorgarse desde 2013. A través de este certamen, cada año se reconocía una obra escrita en español y editada en México, que posteriormente se traducía al francés y se publicaba en Francia. Autores como Juan Villoro, Guadalupe Nettel, Eduardo Antonio Parra, David Toscana, Álvaro Uribe, Fabrizio Mejia, Enrique Serna, Mario Bellatín y Tedi López Mills, se encuentran entre los galardonados.

    Como colofón a este fugaz recorrido por la traducción en Francia y su vínculo con los autores mexicanos, se puede constatar que actualmente la literatura mexicana es profusa y de gran calidad. Este rasgo, además de fomentar un aumento de sus traducciones en todo el mundo, confirma el reconocimiento de su singularidad, garantizándoles una larga vida entre las letras universales. ⌈⊂⌋

  • Fuego Graneado (V)

    Fuego Graneado (V)

    Luis Ayhllón

    SEGUNDA PARTE

    I

    Gema

    • No se me da esto de las citas.
    • ¿Por qué, bebé?
    • No lo sé. Te agradezco que hayas aceptado.
    • No hay por qué.
    • Me dijiste, perdona. Lo olvidé. ¿En qué trabajas?
    • En Banco Azteca.
    • Ah, sí. Una vez fui.
    • Ya.
    • Me caga.
    • Okey.
    • ¿No estás haciendo la cuarentena?
    • No, tenemos que ir.
    • ¿Y te gusta?
    • No me queda de otra.
    • ¿Te gusta tu trabajo?
    • Te pareces a Cantinflas, me gustas.
    • Ah, gracias. Qué amable. ¿Te gusta tu trabajo?
    • Pues no, pero no hay de otra.
    • Ah, ya.
    • Sí.
    • ¿Qué te gusta hacer en tus ratos libres?
    • ¿Vamos a masturbarnos o qué?

    Moisés escupe la bebida.

    • No, bueno, espera. Espera. Necesito decirte algo.
    • Sácatela, anda, bebé. Te dije que me gusta mirar.
    • No, mira. Yo…
    • Ajá.
    • Yo, yo. Mira. No quiero que te vayas a sacar de onda.
    • Ajá.
    • Yo, yo. Me llamo Moisés.
    • Sí, ya lo sé, como el de Los 10 mandamientos.
    • Sí, ese. El barbón.
    • Sí.
    • Ajá.
    • Pero, bueno. No me apellido como te dije.
    • No importa.
    • Soy el hermano de Lucas.
    • …
    • Lucas Sandoval.
    • Sí… y, a ver, en feis dijiste…
    • Sí, perdona. No. Mira, no te vayas. Sólo quiero decirte algo.
    • No quiero saber nada de ese hijo de puta.
    • Lo sé, lo sé. Abrí una cuenta falsa en el feis.
    • ¿Por qué?
    • Para que aceptaras mi amistad. Disculpa, estoy nervioso. Lucas desapareció.
    • Ese cabrón me debe 8 mil pesos.
    • No te preocupes por eso, Gema.
    • ¿Qué?
    • ¿Te debe dinero?
    • Sí.
    • ¿Cuánto?
    • 8.
    • Yo te pago.
    • ¿Neta?
    • Sí.
    • Yo te lo pago, pero déjame hablar contigo.
    • ¿Cuándo?
    • Pues, ahora.
    • Ahora, ¿me pagas?
    • No, ahora hablamos. Te pago después.
    • ¿Y cómo creerte?
    • Tengo palabra.
    • ¿Cómo la de tu hermano?
    • Mira, Gema. No sé cómo te llevabas con él, no sé lo que te hizo, pero quiero que sepas que en estas semanas de confinamiento, me di cuenta de algo:
    • ¿De qué?
    • Era buena gente.
    • No.
    • ¿No, qué?
    • …
    • ¿De qué te ríes?
    • …
    • ¿Por qué te ríes?
    • Bueno, ya. ¿Qué más?
    • Sólo explícame eso.
    • ¿Qué?
    • ¿Por qué la carcajada?
    • Lucas no era buena persona. Cuando anduvimos juntos se tiró a mi tía Katy.
    • No manches, ¿en serio? ¿Quién es Katy?
    • Sí. Y en mi cumpleaños.
    • …
    • Y en el baño de la casa.
    • …
    • ¿Para qué me quieres? ¿Por qué me contactaste?
    • Por dos cosas.
    • Ajá.
    • Saber si sabes algo de él.
    • No. La última vez que supe algo de él, me pidió ocho mil pesos.
    • Sí.
    • Eso fue hace tiempo.
    • Okey. Ya lo dijiste.
    • ¿Y la segunda?
    • Bueno, la más importante.
    • Ajá.
    • Quisiera, mira, quisiera ser amigo de Moi, mi sobrino.
    • …
    • ¿Qué?
    • …
    • ¿Qué pasa?
    • ¿Es broma?
    • No. Lo juro. Hace poco me enteré que se llama Moisés, por mí.
    • ¿Quién te dijo?
    • Lucas.
    • ¿Qué más te dijo?
    • Que tiene 10 años.
    • Pues, no.
    • ¿Qué pasa? ¿Dije algo que no?
    • ¿Ves?
    • ¿Qué?
    • Y tú diciendo que es buena gente.
    • Lo es, lo es.
    • NO.
    • ¿Por qué?
    • Mi hijo murió a los 2 años. Poco después de que tu hermano se largó.
    • ¿Es neta?
    • Sí.
    • Perdona. ¿Qué le pasó?
    • Un problema congénito.
    • Perdona.
    • ¿Qué se le va a hacer?
    • Yo quería, de verdad, yo quería…
    • …
    • ¿Tienes otro hijo?
    • ¿Y para qué lo quieres?
    • No sé, para ser su tío.
    • ¿Hablas en serio?
    • Sí, puedo ser su tío.
    • No.
    • ¿No tienes o no quieres?
    • No quiero, ¿cómo crees? Es muy raro eso. Me saca de onda.
    • Perdón.
    • Está bien.
    • Era para/
    • No importa.
    • …
    • ¿Entonces?
    • No me la voy a sacar.
    • No, el varo. ¿Cómo le hacemos?
    • Ah, ya. Te marco a tu cel y lo vemos.
    • Okey.
    • Gracias, Gema.
    • De nada.

    Gema sale de reunión al igual que Moisés.

    Moisés marca desde su cel.

    II

    Moisés y Gema

    • Muchas gracias por estar aquí, Gema.
    • N’ombre. Para nada.
    • De verdad, gracias.
    • Es un placer. ¿De qué quieres hablar?
    • De lo que tú quieras.
    • No, no lo creo.
    • Sí, por favor.
    • No, así no va a funcionar.
    • ¿Por?
    • Tú me pagas por estar aquí. Yo con gusto te escucho.
    • Bueno, pero puedes hablar de cosas.
    • No, gracias. Yo te escucho, en eso quedamos.
    • ¿No quieres realmente estar aquí?
    • No, sí. Sí quiero. No te confundas.
    • Pero lo haces por dinero.
    • Pues sí, Moisés.
    • Si no te pagara, no estarías aquí.
    • Pues no, Moisés.
    • ¿Dónde estarías?
    • Viendo Netflix. No sé.
    • Bueno, eres honesta.
    • …
    • Por lo menos no me mientes.
    • No.
    • Está bueno. Quiero hablar de Lucas.
    • De lo que quieras está bien.
    • No aparece.
    • ¿Quién?
    • Lucas. No lo encuentro.
    • Lo siento.
    • Fui a su casa. Simplemente desapareció. Hablé a sus contactos. Nada. Fui a los hospitales aledaños. Nada. Fui a la Semefo. Nada.
    • Chale, qué mal.
    • De la chingada, Gema. De la chingada.
    • ¿Y si se fue la ciudad?
    • Imposible. Estaba haciendo la cuarentena.
    • Fuiste a ver a los enfermos.
    • Fui a ver a esos putos enfermos.
    • Oye, no.
    • ¿Qué?
    • No les digas así.
    • Sí. No es eso.
    • Pero no les digas así. Mi tío Chema murió por ese virus y era muy buena gente.
    • Perdón, ¿era hipertenso?
    • ¿Dónde más lo buscaste?
    • Debo decirte algo. Quiero que sepas algo de mí.
    • ¿Qué?
    • Algo me pasó.
    • ¿De qué o qué?
    • Cuando buscaba en uno de los hospitales a Lucas.
    • Sí.
    • Pues, me tocó ver en urgencias a un hombre que había sido atropellado… Llegó en una ambulancia. Los paramédicos lo bajaron y lo ingresaron. Cuando pasó, a unos cuantos metros de mí, me percaté que una línea de sangre muy delgada dejaba un rastro en el suelo. La camilla se alejaba y yo veía los metros de hilo rojo en el piso. Yo, yo. Pues estoy jurado, pero por un momento quise, con todas mis fuerzas, darle una lamida al suelo.
    • ¿Lamer el suelo del hospital?
    • Sí.
    • ¿Neto?
    • Sí.
    • Ah.
    • ¿De qué te ríes? Oye, es algo íntimo. No te pago para que te burles de mí.
    • ¿Cómo no quieres que me ría?
    • No es gracioso. Es algo, es algo/
    • Sí, es gracioso. Perdona. Pero sí es gracioso.
    • Oye, oye. Es en serio.
    • ¿Es en serio?
    • Sí.
    • ¿En serio? ¿De verdad?
    • De verdad.
    • ¿Puedo expresar mi opinión?
    • No.
    • ¿Por qué?
    • Sólo quiero alguien que me escuche.
    • Una pregunta.
    • Sí.
    • ¿Por qué no contratas un psicólogo? Tengo un tío…
    • ¿El tío Chema?
    • No. Él está en el Panteón Jardín.
    • Sí. Perdón. Se murió. Sí.
    • Es mi tío Ramón. Él es psicólogo y cobra más barato que yo. Mira, a mí no me conviene, pero te lo digo en buena onda. Creo que necesitas hablar con un profesional.
    • Tú eres una profesional.
    • No soy profesional.
    • Pareces profesional.
    • Trabajo en Banco Azteca. ¿Qué de profesional tiene ese banquito cutre?
    • Me cagan los bancos.
    • ¿De dónde sacas que soy una profesional?
    • Te quiero a ti, no a tu tío Ramón.
    • Pero ni siquiera me dejas opinar.
    • Bueno, está bien.
    • ¿Qué?
    • Opina.
    • …
    • Opina, opina.
    • Ok. Mira, Moisés. Yo sé que en el fondo, eres buena gente. Me pagaste la deuda de tu hermano y querías genuinamente conocer a tu sobrino. Te creo. Eso no está en duda. Eres un hombre bueno. Pero, ¿qué pedo contigo? No mames, Moisés. ¿Qué es eso de la sangre? ¿Del hospital?
    • Me gusta la sangre, qué quieres.
    • ¿Bebes sangre?
    • Ahora no. Estoy jurado.
    • ¿Jurado, cómo?
    • Me vi con Lalo por zoom, el de la parroquia, para jurarme.
    • ¿Quién es Lalo?
    • El cura.
    • ¿Y ese cura, qué?
    • Pues, nada. Él sabe que soy vampiro.
    • A ver, el cura sabe, ¿vampiro?
    • A ver, Gema, concéntrate.
    • Es que todo es muy/
    • Sí, soy vampiro. Ya, supéralo. Necesito la sangre. Es algo, es algo/
    • Ramón es bueno. Deberías hablar con él.
    • A ver, me vale verga Ramón.
    • No, no, no.
    • ¡Yo te quiero a ti!
    • No voy a permitir que te pongas grosero.
    • Es que no me escuchas.
    • Pues es que no es fácil, sí, está bien, me pagas, pero estar escuchando ese tipo de cosas, pues mira, no soy una planta de interiores. Te pones a hablar esas cosas, pues yo tengo que reaccionar. ¿Qué esperas? ¿Que ponga cara de profesora?
    • Sí. De maestra de secundaria.
    • No puedo.
    • De maestra de civismo.
    • No puedo poner cara de maestra de civismo.
    • ¿Por qué?
    • No puedo.
    • Sólo escucha y ya.
    • Estás más pendejo que Lucas.
    • ¿Qué?
    • No, nada.
    • ¿Qué fue lo que dijiste?
    • Nada.
    • Te escuché.
    • Bueno, ya perdón.

    Moisés sale de la reunión.

    • Moisés. Moisés. Chale…

    Gema sale de la reunión.

    ⌈⊂⌋