Álvaro Ángel Malmierca imagina a Borges frente al río Lete, despojándose poco a poco de su memoria y, con ella, de sí mismo. Un juego entre homenaje y ficción fantástica que transita el olvido, la memoria, la identidad y el misterioso desdoblamiento del yo.
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Para Roberto Jones y Javier del Rey Morato
¿Será cierto que Borges, ya rendido a la muerte, llegó con su recato acostumbrado hasta el borde del Lete y, en el escueto cuenco de la mano, bebió del agua de aquel río, y al punto se esfumó como anhelaba todo lo que hasta ayer se acumulaba en su mente cansada y prodigiosa: los sonetos, las sagas laboriosas, la cábala intrincada, los bien fraguados laberintos, la imagen que guardaba de sí mismo, de su rostro más joven y curioso, aquel de antes de que la noche lo cegara, y se olvidó también la vez primera que escuchó en el aire, sórdida y lastimera, la serenata de cuchillos de aquellos compadritos impiadosos de Palermo, su barrio, con un río de barro que acaso fuera el limo primigenio con que amasó y perpetró su obra; de su padre, su casa, de su historia, de su abuelita inglesa, que recitaba a Shakespeare con destreza y, al tiempo, le inculcaba aquella lengua extraña y rebuscada que ahora iba olvidando y que habitaba en libros perdidos para siempre en su memoria, y, a fuerza de olvidar, iba olvidando todos los nombres y todas las historias: volúmenes de arena, enciclopedias, atlas que, a su manera, le describían la tierra, manuscritos que hablaban de una guerra y una ciudad lejana, presa de las llamas, como la antigua biblioteca que ardió en Alejandría; incunables perdidos, viejos códices, elegías, pergaminos, mamotretos, ignotos palimpsestos, las claves de un secreto, el terrible relato del guerrero que busca retornar a su isla amada, el olor del café por la mañana, Conrad, y Dante, y Chesterton, y Homero, y todos los poetas que son y que se fueron, la sombra de Cervantes, el ideal de Berkeley, la tozudez de un Schopenhauer, ese ser en el mundo definido por Heidegger, la idea de Dios que figuró Spinoza, el mal humor de Nietzsche, de Stevenson, la prosa que ya sonaba hueca sobre una esquina rosa, como el revés de un naipe, y también olvidó el espejo roto y el color amarillo, que, aún remoto, nunca lo abandonó, ni aun en su noche, y hasta olvidó a aquel Funes, cual fantoche, que recordaba cada cosa, y la orilla oriental, que era tan suya que, siendo tan igual, era distinta, y donde acaso presentía había sido una noche concebido, en inspirado arranque lujurioso de sus progenitores, y olvidó el campo y sus colores, los gauchos, el estío, aquel que le inspiró tantos primores, sus amigos, el tango, la milonga, la flor en una oreja, esas puertas de reja que ya no se abrirían a su paso, ni aun en sueños, y aún creyó oír de Dédalo los ecos antes de hallar al minotauro en un recodo del sendero, y se olvidó también, en cierto modo a contrapaso, las ansias del amor y los fracasos, las etimologías, sus rarezas, las tardes de Ginebra, la pereza que a veces lo invadía, cual rebeldía de poeta, y se olvidó también cada sendero bifurcado que había en aquel jardín, de aquella historia, el ajedrez, el juego y sus memorias, el persa, los arábigos poetas, las rayas cadenciosas de los tigres, las mil y una noches interminables, el tiempo y el espacio impenetrables del universo que ardía en su cabeza, y sintió dispersarse su memoria definitivamente hacia el ocaso, y alguien diría: así acabó esta historia, un alma más vacía e inocente, de nuevo, que sigue su camino indiferente, igualada a otras almas y a otras cosas. Mas sucedió que, no lejos de allí, en una esquina algo difusa, el Otro lo observaba silencioso, y con cierto pavor embarazoso, al final se sintió cual desgarrado de aquel extraño ser que hasta hacía poco lo había habitado y lo seguía a todos lados, siendo su sombra y su cayado, y siendo él mismo en lo más hondo de sus premuras cotidianas, y cuando se quedó solo y confuso, de pie sobre aquel páramo, la soledad, que es siempre artera, lo sorprendió, y ahí mismo llegó de atrás y le clavó el cuchillo, cual si del fiero Iberra se tratara, y así no tuvo más remedio, malherido, que regresar a Buenos Aires, doliéndole el costado, pero aún vivo, porque era inconcebible y hasta burdo que Borges se muriera de modo tan absurdo, peleando en una esquina de suburbio, contra su propia soledad, contra el olvido, aun cuando fuera en un suburbio del Averno, y hoy vive en la ciudad, joven y eterno, y en todo el mundo es inmortal en toda regla, como no ansiaba ser, y aunque haya vuelto a ver, ya nada lo distrae cuando, meditabundo, recuerda todo, pero todo, todo, incluso el rostro de Beatriz Viterbo.
Lo encontré con su periwig, la peluca de crines aperladas, a la moda. En su caso, una prenda desdibujada por el viento, una maraña. Ese era su estilo: el estudiado desalineo. Se dice que, en su estancia como diplomático en Francia, prefirió usar sombrero de castor o ardilla. Eso lo asemejaba con el “buen salvaje” de Rousseau. No solo le abría puertas hacia los salones reales franceses, sino que le generaba desprendidas simpatías populares por ser espontáneo, dicharachero y “sin filtros”, como ahora se dice. Algo semejante, en esta época, sería un Boris Johnson o un Milei.
“No, por Dios —me reclamaba—; yo siempre fui Franklin, solo Franklin.”
Animado por las comparaciones, él prefería alguna más poética e idealista: ¿Qué tal con el mexicano Guillermo Prieto? “El abuelito de la patria”; pantalón de tela marrón por donde hablaría el alma de un gambusino. ¿Con el gabán chorreado de huevo?
“No, nunca tanto”.
Difícilmente Franklin aceptaría un atuendo sucio. Lo vería bien, quizá, si denotara enorme inteligencia; habilidades propias de esas mentes que se centran en las cosas de peso y no en el atuendo. Pero nunca consentiría parecer descuidado por pobre o perezoso. Las manchas… muy pocas. Que sirvan para semejar un enamorado del pueblo, que nos acerquen a los aguadores y comerciantes callejeros, pero apenas como preámbulo de una retórica espontánea, erudita e insuperable, siempre a punto de estallar diciendo algo como: “los valientes no asesinan” y después…, un discurso tan penetrante que derrita los fusiles enemigos.
Franklin sonrió. Y, como tantas veces ocurría, acudió a rescatar los espejuelos dobles, caídos sobre su regazo. Esos lentes eran su mejor excusa para detonar una conversación que reiterara el prestigio de su reconocida altura intelectual. Todos reconocían esos “lentes bifocales”, uno de sus inventos de mayor fama. Y pensar que yo, ahora, porto mis modernos progresivos hechos en un laboratorio especializado del Metro Allende. Él construyó los suyos en casa, cortando cristales de diferentes graduaciones, puliéndolos y acoplándolos con memorable dificultad.
Sin embargo, lo que más llamaba mi atención eran sus zapatillas (“latchet shoes —me aclaró— muy cómodas”): suela sin desgaste alguno y lengüetas amplias atrapando sus medias blanquísimas. Rebosaban del fino trabajo de encaje que dio fama a los telares de Ipswich en Massachusetts. La cabeza loca, los pies serenos. La falta de uso de esas zapatillas mostraba de manera palmaria que, con tantas afecciones respiratorias que lo consumieron a lo largo de la vida, era mulo de muy poco caminar; quizá nada…, nada de moverse. Decía que ya bastante esfuerzo era resistir el bamboleo de un carruaje recorriendo empedrados. La fibra muscular se somete a enorme refriega y contracciones; incontable desgaste desde el iliaco hasta los deltoides.
Poco sabía yo de su gota. Poco sabía de sus efectos terribles o del agudísimo dolor allá en el infinito inalcanzable de sus dedos. La sufría al punto de que se atrevió a describir un encuentro cara a cara, entre él y esa enfermedad —solo los muy correosos y resistentes osan tanto bajo un ataque de gota—. La reconocía como un siniestro mal de golosos, reyes y pudientes, aunque él no bebía nada de alcohol. El “Agua de América” lo apodaban por abstemio. Y, respecto del poder… bueno, repudiaba a todas luces cualquier potestad injustificada.
Así como rechazaba el bourbon y la ginebra, odiaba a los poderosos. Así que saboreaba la magia de un insulto ingenioso contra los autócratas. “Que sea siempre una voz velada, pero no menos punzante”. Desde su época de impresor, era el primer apasionado de los escritos críticos, filosos, que encajan a los pudientes sus verdades en el pecho. En aquello que escribió con tono sarcástico para mirar de frente a la gota, ella le reclama que Franklin fuera tan inconstante para el ejercicio. Él revira acusando a la enfermedad de minimizar su problema a un deleznable tema “sportive”; ¡qué vulgaridad! Luego añade que la gota, en temas de ingenio, ha sido siempre un interlocutor aburrido e impertinente.
Me hablaba con pausa. Pero a pesar de ello, el alicaído Franklin siempre se sentaba como un molusco asoleado que se arquea lentamente en busca de la comodidad inalcanzable. Se serenaba con halagos. Detonaban su sonrisa y una pasión involuntaria, propia de otro Franklin jovial que lo habitaba bajo la piel arrugada. ¿Qué no fuiste el inventor del pararrayos…?
“Los ingleses me nombraron ‘Newton de la electricidad’ antes de repudiarme…”
Y ¿no diseñaste una estufa eficiente y fuerte como un caballo, que ahora lleva tu nombre?
“Esa maravilla le ahorró más de la mitad del consumo de leña a los habitantes de Pensilvania. Eso sin contar que dejaron de respirar humos insanos. También evitaron una cantidad gloriosa de incendios cuando se generalizó el uso de aquel armatroste”.
Franklin abría oídos amplios ante las noticias de nuestro tiempo —inventos, máquinas y tecnologías que jamás soñó— igual que lo hacía cuando oía mis lisonjas. Ante esa modernidad que lo asustaba, pasaba a gozar el recuerdo imborrable que dejó como hombre de ciencia:
“Mis inventos”, decía como si hablara de mascotas.
Y, en efecto, escapaba del tema científico para hablar de inmediato de los pequeños animales que alguna vez lo acompañaron:
“Mejor hacer propios a perros, gatos y ardillas y no a los hijos ¿verdad?”
Los hijos acaban por confrontar o traicionar, como le pasó con su hijo William. Se pasan al bando contrario y nos llenan de una amargura inextinguible que no podremos descargar antes de llegar a la tumba.
Yo insistía sobre los inventos y Franklin escapaba rápido y fastidiado:
“¡Bah! solo se trataba de hacerle la vida fácil a la mayor cantidad de gente posible”.
Se supo siempre imbuido por esa generosidad que alimentó sus convicciones radicalmente contrarias al registro de patentes. Calificaba de vulgares inventores a quienes se afanaban por lograr más y más patentes, solo por beneficiarse de las regalías.
“Tan egoístas —decía—. Si tanto nos beneficiamos de los inventores que nos precedieron, ¿por qué no poner el producto de nuestro ingenio en manos de los innovadores que nos seguirán?”
Aun así, me aclaraba que eso del avance de la humanidad dependerá siempre del punto de vista: de cuánto acerques la lupa. Y Franklin sacaba su lente Dollond & Aitchison para ponerlo frente a su rostro y adquirir la mirada cachetona y rojiza que el gran artista Duplessis, enamorado de sus pensamientos y facciones, captó en aquel retrato maravilloso, pintado durante la estancia del diplomático en Francia. Insistía en que unos pocos años, vistos con lupa, semejan un inconmensurable torbellino. En cambio, siglos o eras completas —la Edad Media, por ejemplo—, parecen no haber aportado mayores cosas que matices irrelevantes en la forma de comer o vestir. Así creemos que ha pasado muy poco cuando nos alejamos desdeñosos del pasado. Necesitamos las voces de buenos historiadores que nos acerquen a los hechos como deben hacerlo los exégetas verdaderos.
“Muchos critican a escolásticos y tomistas por una supuesta falta de progreso, pero atrevámonos a verlos con detenimiento, de cerca, muy de cerca: hay océanos de sabiduría que resultan sorprendentes”.
Franklin bajó entonces esa lente Dollond & Aitchison a la mesa y me expresó con voz muy baja su orgullo por lo mucho que él aportó a su revolución:
“Un enorme experimento; una república nacida apenas en un instante, en dos o tres convenciones de delegados ansiosos ¿sabe? Pero cada palabra, cada gesto, cada guiño, en esas reuniones valió un siglo de esfuerzos de toda la humanidad. Hicimos nacer una república cuando nadie sabía realmente qué era eso. Una república de libertades, si se lograba preservar. Una identidad de orgullo, si vencía los huracanes de su tiempo…, si perduraba; porque ya sabemos que todo en este mundo es tan cambiante, y lo único seguro es la muerte y los impuestos”.
En fin, pronto me di cuenta de que cuando Franklin topaba con la palabra “experimento”, sentía un cosquilleo, propio del niño que desentraña los adentros de sus muñecos. Era un sentimiento personalísimo. Por altruista que pareciera a primera vista, la ciencia le otorgaba la fascinación única de saltar a un universo de charlas con el espejo. Por el contrario, hablar de ciencia con los congéneres le significaba un fastidio de intentonas por traducirse a sí mismo al lenguaje de escasísimo ingenio que requerían los vulgares. Pocos entenderían el remolino indescifrable de notas garrapateadas que lo rodeaban por doquier; un escándalo de desorden que John Adams detestaba.
¡Pero eso sí!, explotaba generoso cuando le venía bien hablar de diplomacia, cartas, decretos y declaraciones. Nacía el maestro en didáctica, perseverante con el alumno más terco que siempre existe en el salón.
“La historia, decía, debe estar en el centro de todo, siempre al centro. Es la vía para quitarle lo tozudo a las bestias, a los jóvenes, y convertirlos en ciudadanos de bien”.
No por nada, al fundar la Academia de Pensilvania, hoy Universidad del estado, Franklin ubicó una gran biblioteca como eje toral al que desembocaría la totalidad de los pasillos. Ahí, los libros corregirían los errores del pasado repartiendo historia por esos mismos pasillos como medicina primaria. Los actos de quienes nos han precedido constituirían, según su visión, ese raudal de semáforos indispensable para reprimir apetitos y desplantes, evitar la recaída en decisiones estúpidas y pasar a las medidas sabias.
“Los líderes, los gobernantes, los políticos se pervierten invariablemente devorados por la ambición y la petulancia”.
Estudiar el deterioro y el derrumbe de quienes caminaron dejándose atrapar entre las tentaciones le parecía la mejor vía para evitar el tropiezo.
Sin hacer caso a que ambos nos hallábamos en el “Más Allá”, ese Franklin, ahora parlanchín y lleno de anécdotas, quería hacerme sentir que la historia todavía nos circundaba activamente, viva y hacendosa. La percibía en constante formación, alimentada por nuevas voces en cada momento. Me insistía, como si acaso yo pudiera dejar aún algo sobre la estela de mi estéril legado:
“Si no quieres que te olviden tan pronto como estés muerto y podrido, escribe cosas dignas de ser leídas o haz algunas cosas dignas de ser escritas”.
Luego bajaba la voz y me confesaba amical que la versión de los hechos que tristemente prevalece es siempre la del vencedor. Al momento de fijar una historia entre los miles de embustes que la circundan, ocurre lo mismo que con los espermatozoides, la verdad no gana, solo la habilidad de la célula más viva y escurridiza; esa fecunda y, bajo su marca, tenemos una nueva historia que nace y berrea; necia y difícil de cambiar.
Ni hablar. Sonrió y sacó la cajita de rapé para aclararme que creía que ese bellísimo ojeto había hablado más que él en las reuniones de la Corte del Luis XVI.
“Fue un monarca poderoso, pero la historia lo ha condenado y vilipendiado para siempre, por perder vulgarmente una monarquía enorme, ¡pobre hombre!”
La cajita, tan aristocrática en sus relieves, ayudó tantas veces a sacar palabras, cuando se sentía vacío de inspiración. ¿Cómo fue que un objeto tan vano, propio de riquillos indolentes, ayudó a conectar su mente con la de los franceses y sumar sus voluntades a favor de los patriotas? Más que eso: la palabra de Franklin y la de otros liberales americanos acabó por ser un germen infeccioso para envalentonar y sacar a flote las propias ideas radicales de Francia. Apenas una docena de años después de que los americanos anduvieran aventando el té por la borda y gritando consignas liberales, las calles de París empezaron a hervir con jacobinos, montagnards, cordeliers, enragés y otras pulgas consideradas radicales, más temibles que la viruela.
“¿Sería que Francia ya era un arcabuz armado y nosotros solo prendimos la mecha?”
Él mismo se respondía. Para meterlos en la bolsa americana, le sirvió entender que todo francés de cepa pedante, con más de media pulgada entre nariz y boca, apetece hacer migas con el enemigo de su enemigo. En París, esas flemas altivas, esas ínfulas volterianas, aspiraban con un largo suspiro de añoranza la picadura de tabaco Oronoco de su caja de rapé y aceptaban cómodamente el abrazo de cualquier enemigo del inglés, quienquiera que este fuera.
“Nos tocó a nosotros, colonias en rebelión, llevarles regalos de hojas de Virginia y ser los insoportables tábanos de Jorge III”.
A eso fue Franklin a Francia como emisario y después como diplomático. Desembarcó clandestinamente en diciembre de 1776, después de tres meses de inmunda travesía en el USS Reprisal, pequeño buque de guerra. Para alcanzar París, tuvo que transbordar y subirse a una barcaza de pescadores acompañado de sus nietos William Temple y Benjamin Franklin Bachey.
“Esos sí que me querían”, aclaraba.
Pasó tres años ganando salones, tabernas, salas de ajedrez y círculos de pensadores, y ya luego le cambiaron el estatus en 1779 para que pudiera pavonearse como ministro plenipotenciario que pisa fuerte en Versalles, entrega credenciales a Luis XVI y agradece tres millones de libras tornesas que ya había dado Francia a la causa patriota.
“Desde un inicio se trató de sacar a flote los demonios franceses”.
Imagino que había que motivar únicamente aquellos demonios que le eran más convenientes para la causa revolucionaria. No todo súbdito francés sentía correcto que París y sus alrededores se llenaran de jacobinos con sombrero de ardilla hablando de sacudirse o defenestrar monarquías cuando la propia de los luises tambaleaba.
“Fui a provocar inquietud, pero con extremo cuidado. No había que encender todas las pasiones. No quería una corte francesa rejega que nos cerrara al flujo de los dineros. Fuimos por esa plata, por las armas y, más que nada, por los barcos que habrían de ayudarnos en la guerra naval y que bloquearían la costa americana. Para ello nos convenía rascar únicamente la fibra de la comezón anglófoba de la piel francesa”.
No hay correo, telégrafo, teléfono o tecnología entre esas maravillas que ahora se han desarrollado, que pueda hacer ese trabajo; ninguna magia surgida de la infinita inventiva humana y extrahumana, de esas que superaban los más alocados sueños de Franklin.
“Nadie; porque solo el artista —me insistía—, puede sacar el verdadero pedazo de rebelde que habita en cada alma”.
Las tecnologías de este tiempo pueden leer cantidades de información que ningún cerebro humano soportaría, traducir idiomas, seguir tendencias e incluso analizar los sentimientos que se traslucen en un rostro… Pero, para Franklin, tanto avance le hacía temer la rabia de una velocidad descontrolada. Le inquietaban los sesgos heredados que se pudieran multiplicar, los errores ahora reproducidos a la velocidad del relámpago que él apenas pudo domar y la irresponsabilidad de entregar a una máquina decisiones que todavía pertenecen a hombres capaces de arrepentirse. “Eso es lo peligroso”, parecía murmurar Franklin mientras acariciaba su inalcanzable gota: una máquina puede equivocarse, y hacerlo sin sentir vergüenza.
“En Francia nunca me incliné por procesar datos porque había aprendido a procesar personas”.
Un diplomático competente hace lo más incómodo: mira a otro ser humano directo a los ojos. Lo entiende a la par de que revisa un documento. Sabe distinguir entre ambos. Para ello le sirvieron los bifocales, porque Franklin podía leer y admirar a la vez. Un diplomático averigua qué parte de lo que dice su contraparte corresponde a sus instrucciones, cuál a su orgullo, cuál a su miedo y cuál a esa zona misteriosa donde todos escondemos lo que realmente somos. Esa es la parte que siempre quisiéramos explotar.
“La genuina fuerza humana es aquella que convierte los calores escondidos, los más genuinos de tu interlocutor en tus aliados, mientras él cree que sigue su propia razón”.
¿Churchill dixit?, me atreví a mencionar recordando aquello de que la diplomacia es el arte de decirle a alguien que se vaya al infierno de tal manera que su interlocutor busque con ansia subirse al tren.
“Mala atribución—me aclaró—; no lo dijo él. Pero no lo trates de averiguar porque Churchill anda por aquí deambulando y es insoportable. Nadie lo saluda; jurará cualquier cosa, falsa o genuina, con tal de alimentar su ego. Lo evitamos porque se repite y repite como merolico”.
El gran político inglés creía que su gracia iba a ser eterna, pero esa es la tristeza de los que mueren de problemas en el cerebro. Siempre será mejor morir, como Franklin, de los pulmones. Los que mueren sofocados aprenden a pausar el habla cuando deambulan en el limbo. El caso es que no hay evidencia de que Churchill hubiera creado aquella frase de mandar al carajo diplomáticamente.
“Surgió de una sabiduría de más larga data” —me corrigió Franklin—; también Séneca decía aquello de: “si quieres que llore, llora tú primero”.
Y le vino a bien igualmente recordar otra cita del estoico:
“Los discursos grandilocuentes rozan el oído, mientras que el diálogo íntimo penetra en el alma”.
Y ya entrado en materia soltó aquella de Daniele Varé incluida en Il diplomatico sorridente:
“La diplomazia è l’arte di permettere a qualcuno di fare a modo tuo”.
Se trata de manipular al de enfrente y sacarle los deseos de las vísceras. Hay que hacerlo siempre con la gracia de la seducción y la empatía. Él habrá de recorrer sonriente nuestros caminos elegidos. Esas son las artimañas que muchos se atribuyen desde los tiempos en que los dioses favorables a Ulises vencieron los intentos de Laocoonte por frenar el gran engaño sobre una Troya petulante y lograron que el caballo cruzara sus murallas.
Es razonamiento popular, la mejor triquiñuela que ocurre cuando el vulgo se eleva un poco de su vulgaridad: arte del marido que pasa por bueno, del hijo patrañero, del subalterno “lambisconsuelo”, del jefe tiránico que nadie nota y de la golfa candorosa rebosante de falsa inocencia. Es, en suma, la fórmula verdadera para alcanzar una victoria que perdura y deja legado entre las batallas de la vida diaria.
Para ser el mejor entre los diplomáticos, Franklin cabalgó entre su fama y sabiduría, y añadió otras artes menos prestigiosas como la manipulación y la propaganda. Me contó que entre sus mejores armas provocadoras estuvieron las lujosas impresiones que había hecho personalmente de documentos apreciadísimos por toda Francia. Usó un taller gráfico que colocó en las caballerizas del Hôtel Valentinois del barrio de Passy. Fue el espacio que le prestó, sin mayor empacho y mucha confabulación, su amigo Jacques-Donatien Le Ray de Chaumont.
“Mi primera conquista”, decía Franklin al mencionar a ese acaudalado cófrade.
Era un hombre riquísimo que siempre apreció, desbordado de halagos, que Franklin le hubiera regalado el primer ejemplar, encuadernado con piel marroquí y guardas de papel jaspeado, de las Constituciones de los trece Estados de la Unión, de los Artículos de la Confederación y, sobre todo, de la Declaración de Independencia.
“Para cuando le entregué la Declaración de Independencia, Le Ray ya tenía preparado el primer medio millón de libras tornesas que nos daría”.
A Franklin no le apenaba conceder, ante su amigo, que Jefferson había puesto la mayor parte de la tinta para esas ideas; también la mayor parte de los humos filosóficos que resultaban tan profundos como incomprensibles.
“Pero la forma final y el encuadernado fueron mi arte”.
La verdad es que Franklin recordaba cada línea, cada pasaje, donde Adams, Roger Sherman, Livingston y él mismo tuvieron que tijeretear el texto. Sin afectar su brillantez, borraron menciones de metafísicos, así como de santos, milagros y agradecimientos que estaban ahí pegados con un engrudo fervoroso que hacía ver a los revolucionarios americanos, no solo sanctimonious, sino inseguros y hasta cohibidos.
La Declaración de Independencia debía hablar al oído de los espíritus deístas, materialistas, libertinos y al completo de la fauna intelectual francesa que a veces prefería discutir la existencia de Dios antes que cuestionar la existencia de un rey. Ahora Franklin, un reconocido miembro de las comunidades científicas más prestigiosas de Londres y América, ciudadano de la República de las Letras, llegaba con dos pasaportes: esas ediciones del pensamiento liberal americano y respuestas atrevidas para convertir las ideas en un nuevo Olimpo.
“Antes que mencionar a Dios, me convenía usar la palabra ‘electricidad’, porque a ustedes, los modernos, tan acostumbrados a prender la luz aquí y allá, les sería difícil imaginar la fuerza del significado de esa mención. Era un cuchillo mágico”.
Hablar de la electricidad era aludir en una criatura sin nombre definitivo, una especie de demonio doméstico al que los muy listillos podían invitar a cenar a casa, entre amigos, siempre que se cuidaran de no incendiar el mantel. Y Franklin era de los que había aprendido a domesticar ese nuevo espíritu invisible: chispas, movimientos y hasta convulsiones en ardillas y ranas muertas.
¿Jugaba acaso a los fantasmas para provocar a la razón de los vivos? Franklin se sintió siempre un tanto fantasmal entre los franceses. Le ocurría no solo porque admiraban su imagen y su halo indefinible, sino porque podía pasar a ser el más mundano de los mundanos y dedicar horas a una plática sobre las bondades del té o a una partida de ajedrez. Solo le hizo falta, quizá, escribir al margen de alguno de sus documentos más sesudos, muy a la Leonardo da Vinci, algo como: “¿y a todo esto, por qué se enfría la sopa?”
Era un renacentista renacido en un nuevo renacimiento, ahora ilustrado. Pero igualmente dispuesto a subir la mirada del tablero y entrarle de lleno al juego maravilloso de espías y contraespías. ¿Es verdad que pagó más de 200 libras tornesas para sobornar guardias y domésticas y meter a un paje en una chimenea? ¿Fue para poder escuchar las conversaciones de los delegados ingleses?
“Sí, pero sirvió más para incrementar la boga de mi nombre entre los chismosos que para apropiarme de unos secretos de Estado que ya intuía”.
La única carta realmente útil de la diplomacia es la de estarse quieto, con rostro distraído y jugar al doble agente.
“La historia dice que nunca me di cuenta de que mi ayudante de cámara era agente inglés, o que mi amigo el Dr. Edward Bancroft se reunía en las Tullerías con infiltrados de la corona inglesa y les dejaba papelitos con noticia de mis movimientos”.
Franklin los descubrió desde que ellos realizaron su primera intentona, pero en el juego de soldaditos que le tocó jugar en París no hacía sentido enfadarse y menos aún reconocer tales descubrimientos, sino aprovecharlos. Fue el amo de los dobles mensajes: el mejor esparcimiento en esta vida consiste en saborear ese plato que contiene el juego de hacer creer que crees lo que el otro cree que tú debes creer.
Franklin sería entonces un hombre peligrosísimo, revolucionario que podía hablar largo de electricidad, de Robinson Crusoe y Moll Flanders de Defoe, o de Les Aventures de Télémaque del teólogo François Fénelon. Con tanta fluidez y variedades en la manga, nadie sospechaba que, debajo de la mesa, llevaba escondida la bomba de una república.
“No —replicó—, nunca fui peligroso; acaso un hombre sencillo. Me presentaba libre de armas. Apenas cuidaba taparle la boca a tiempo a quien se atreviera a decirle a los franceses que América quería separarse de Inglaterra únicamente por petulancia. Había que convencerlos de que aquella separación era parte de una historia intelectual unida, enorme como su arrogancia. Debía ser su historia intelectual, la historia que los franceses escribían a nuestro lado”.
Lo demás fue imagen y dejar correr la imagen. Los franceses no sabían por dónde asir esa presencia en sus salones; los ingleses, por contraste, veían en él un cúmulo de maniobras, intereses, propaganda que quizá no existía; y Franklin permanecía acaso sin moverse —desde entonces era hombre de sentarse en el porche y esperar a ver el féretro de su enemigo pasar—.
“Me quedaba quieto, lo más posible; actor fijo, de carne y hueso, hecho de materia humana”.
Le creo: todos sabemos que una vez negoció los secretos de estado en presencia de una mujer desnuda, y no por las curvas de la dama, sino porque la partida de ajedrez se alargaba; no tuvo la disposición para, siquiera, sacar el tablero del cuarto de baño.
“No fue culpa de nadie. Tan solo del ajedrez que puede florecer indescifrable por sí mismo. Una partida tan larga como interesantísima; irrenunciable. Louis-Guillaume, mi vecino, aprendió a mover las piezas y complicarme sobremanera las aperturas. Habíamos instalado la mesita en la sala de baño de la bella Madame Brillon, también amante de los tableros; las horas pasaron, ella desesperó y pasó a bañarse; un biombo cauto nos separó. Yo me disculpé extensamente”.
Franklin adoraba el ajedrez y yo lejanamente me atrevería a retarlo. Los tradicionalistas, por su parte, afirman que el juego de los diplomáticos es el bridge. Lo dicen porque permite hablar durante la partida y porque en cada mano queda un jugador “dummy” que deambula y puede ser útil sirviendo las bebidas. Franklin votaría por una visión contraria: que viva el juego de reyes, caballos y alfiles, escaso manoseo, concentración larga, pura e inmóvil, gambitos que se descubren veinte turnos más tarde. Podía dejarse llevar por una partida. Dejar de comer. Dejar de dormir atrapado por jaques y bloqueos; por la anticipación de la anticipación ajena, ¿real o posible? Ese era, para él, el verdadero mundo del pensamiento silencioso: entender la maniobra del rival y el efecto posible de la propia. Su talento quedaba siempre atrapado por ese juego de espejos o enigma ajedrecístico: aparentar que se habita la mente ajena para sembrar una duda. Camuflaba así sus contradicciones: defender una república ante una monarquía, hablar de libertad mientras pedía dinero a un rey y presentarse como el hombre más sencillo en los salones donde hasta las pelucas engañaban detrás de cada protocolo.
Fue entonces que me aventó sus sentencias:
“Regresa a tus tierras y a tus tiempos. Quizá lo dicho aquí, en esta Nada, podrá servirte porque vives la peor época de los enigmas encendidos. No juegues bridge, haz del acertijo tu herramienta. Deja correr la ilusión ajena. Echa mano del cálculo sobre las conciencias entendiendo que no existe un hombre que llegue a una mesa de negociación desnudo de sus pasiones, empezando por uno mismo. Recuerda que las colonias que me tocó representar en Francia tampoco eran una criatura uniforme: Virginia no era Massachusetts, ni Pensilvania era Carolina, ni los comerciantes pensaban como los granjeros. La revolución misma era una bolsa de gatos con bandera. Fui el editor de verdades y mentiras según los tiempos y los sapos que debía apedrear. Pero había aprendido que la unidad no consiste en hacer que todos sean iguales, sino en que las voluntades se reconozcan animadas por una misma apuesta. Se trataba de conseguir que las partes de la quimera, debido a esa carnada que atrae con la idea de un mejor futuro, acepten caminar en la misma dirección”.
“Y en estos tiempos que te ha tocado vivir: juega ajedrez y aprende, más que nunca, a quedarte quieto”. [₪]
Felipe Sánchez + Denise Morales + Ma. del Carmen Pérez
Cuando la falda de olán, se posó en la silla, sonrió y rozó su cuerpo, ella sintió que una lava ardiente la anegó. Entonces nació su deseo en la mirada y en el chasquido de la falda que, al sentarse, mostró el muslo esparcido en el asiento y jamás se libró de ella.
La mujer ensimismada caminaba hacia la casa de su amiga de la secundaria. Desde colegiala era poco agraciada, estudiosa, solitaria, rodeada de fracaso y frustración con los chicos que, al no satisfacerla, buscaba a la conocida que alegraba su vida. Y la otra destacaba por su dulzura, sensualidad, noviazgos y el poder mágico de transformar cuanto la rodeaba en regocijo.
La amargada, cuando coincidían y charlaban en la calle como esa ocasión, caminaba con labios y ojos delineados, siempre se lamentaba y quejaba con ella por la falta de una pareja que la prodigara de caricias y cariño. Su amiga sonriente con labios rojos y rubor en mejillas, blusa fiusha escotada y falda corta color perla, bolso, medias y zapatillas negras, que la apreciaba por su cercanía y amistad añeja, intentó con sus virtudes ayudarla y mejorarle el ánimo.
Miró en torno de ambas a un perro callejero blanco con manchas negras que las merodeaba en busca de alimento y amo. Se le acercó con ternura y palpó la cabeza con su mano. Mientras el otro meneaba la cola de alegría y se dejaba acariciar con el candor de su mano, ella invocó una oración mágica que, con un chasquido de dedos, lo transformó en el Apolo de piel marmórea, rizos rubios y mancha oscura en la mejilla izquierda, cual media luna menguante. Enseguida se lo ofreció como pareja, para que la siguiera fielmente y acompañara con la voz y música en su casa y en su vida. Ésta miró radiante a los ojos de miel, le agradeció el obsequio, pero, por la mancha en el rostro que a sus ojos le pareció repulsivo, lo rechazó.
Luego, para complacerla intentó otro regalo. En ese momento pasó a su lado una gata negra que las rodeó con las vueltas de su cola. Se le acercó sin temor al zarpazo. La tomó entre sus manos, la acunó en su regazo y, mientras le acariciaba la cabeza y el lomo con la misma mano izquierda, invocó otro conjuro que la transmutó en la negra Afrodita calipigia que colocó al lado de Apolo. La marchita contempló los brillantes labios seductores de la otra. Rechazó el segundo obsequio e insistió en que sus dos regalos no llenaban su pesar de vivir sola ni vacío emocional.
Entonces su amiga, antes sonriente, le preguntó molesta: -Si estas dos bellezas divinas no te resultan suficientes para llenar el vacío de tu vida, entonces ¿qué deseas de mí? Manifestó ya alterada, antes de enfurecerse y dejarla, como al perro y al gato, sola en la calle.
La otra respondió cabizbaja para ocultar su mirada delatora y deseo más profundo: -Ya que aún no has entendido mi verdadero deseo, te lo diré. Quiero un hermafrodita que, a una orden con mi mano, como si fuera la tuya, me acariciara y cumpliera los deseos de mi piel que brotaron desde que me ahogué en la miel de tus ojos y sentí el roce de tu muslo con el mío en el pupitre de la escuela. [₪]
DOS TEXTOS DE “VIVIR COMO METÁFORA(París 2026)
Denise Morales Cardozo.
1. Abanicarse
La vendedora de abanicos hace mover el aire, menea las faldas de las mujeres, provoca risas en los niños. Y a veces ventila pensamientos oscuros que algunos hombres llevan bajo sus sombreros de paja. Tal es la magia de los abanicos que ella vende en la plaza con su mesita plegable a la que acuden los más pequeños, los viejitos, las muchachas, buscando conocer las confesiones depositadas entre los pliegues de sus abanicos estampados. A cada uno le imprime su ingenio y la eficacia del abanico excede el mero beneficio de refrescarse. Allí estaba yo cruzando la plaza una tarde cuando me detuve a probar uno y otro de sus artilugios hechos a mano.
Entre miradas curiosas de animalitos y paseantes movidos por el frescor de mis abanicadas, elegí comprar uno dibujado con manchitas de tinta sobre tiernas miradas. “Un rostro entre champiñones negros y moteados” dijo la mujer entreviendo el movimiento del abanico en mis manos; “una línea cortante pone fin a un territorio y otra te pone a salvo; un caballito te ofrece su espalda, un río serpentea entre unos ojos expectantes. ¡Nostalgia!” declara la mujer.
El aire comenzó a oler a salitre, a dulce de coco y frutas salvajes. La mujer vio todo clarito y sudaba y bebía agua buscando el modo de calmar lo que la nostalgia arrastra. Puse el dinero en sus manos sin dar tiempo a que acabase de narrar. Caminé sin dilación, estremecida buscaba entender lo que el abanico contaba. Crucé la plaza y lo llevé a casa. Llegamos. Callado, taciturno, sin un solo murmullo, el abanico en mi mano se abre como un agujero por el que el viento del destierro pasa.
2. L’amour est un oiseau sauvage
Una mujer fue hallada dentro de una serpiente, informaron los diarios de Sumatra. Si dijesen que hallaron una serpiente dentro del cuerpo de una mujer, la noticia no resultaría tan desproporcionada. Nuestro imaginario colectivo funda la idea del error y la virtud en ese mítico acontecimiento, en el que una mujer muerde el fruto del deseo inducida por una serpiente. Ni siquiera supimos que era su deseo de conocimiento.
La noticia de la pitón que se tragó el cuerpo entero de una mujer causa estupefacción, pero también seducción, casi placer, apetencia. Durante varios días su familia la buscó inútilmente hasta que su hermana, Carmen, avistó un reptil enorme y abultado en la floresta. Avisó al marido de la desaparecida y éste llamó a los bomberos que trasladaron el anfibio hasta la sala del laboratorio donde lo abrieron. Con la minuciosidad de una comadrona realizaron la faena. La neonata era hermosa, pero estaba muerta.
Carmen preparó a su hermana para el entierro siguiendo un ritual que ambas hacían de pequeñas. Adornó con plumas su cabello, cubrió la mitad de su rostro con un abanico español que su hermana amaba con celo, y su cuerpo tallado con la forma de la serpiente, lo ungió de esencias de naranjos y yerbabuena. Antes de que la gente entrara a verla, apretó el botón del DVD y todos escucharon lo que nadie nunca oyó en aquella lejana aldea de Indonesia… L’amour est un oiseau rebelle que nul ne peut apprivoiser…*. El perfume de la muerta se propagó por toda la aldea y cada vez fueron más los que vinieron a verla. Decían que se sentían movidos por el deseo de conocer y conocerla. Llegaban y quedaban extáticos al escuchar la música con los ojos puestos sobre los abiertos ojos de la muerta.
El marido de la hermana de Carmen trabaja en un criadero de serpientes y dejó en libertad a una pitón la noche que su mujer le confesó que tenía un pretendiente, y la había obsequiado con un abanico español de los que usan las cantantes de operetas. [₪]
* El amor es un pájaro salvaje que nadie puede domesticar. (Ópera Carmen de G. Bizet)
COLIGE, VIRGO, ROSAS
María del Carmen Pérez Fernández
Bombay empezó antes de Bombay, cuando el avión procedente de Nueva Delhi descendió bajo una capa de nubes y aparecieron, detrás de la ventanilla, miles de luces apretadas unas contra otras. Desde arriba no había templos ni avenidas, ni pobreza ni riqueza, solo una ciudad encendida junto al mar, inmensa y amarilla, como si alguien hubiera volcado un puñado de brasas sobre la tierra. Al abrirse las puertas del aeropuerto llegó primero el calor, después el ruido y, finalmente, el olor: cardamomo, gasolina, humedad, sudor, jazmín, polvo. Era un olor denso, casi masticable, que se pegaba al pelo y a la ropa. Durante los primeros minutos tuve la absurda sensación de que Bombay no podía respirarse: había que beberla.
Fuera del aeropuerto, las bocinas se respondían unas a otras. Los rickshaws negros y amarillos se colaban por espacios que parecían no existir y las motos avanzaban entre coches, peatones y perros dormidos. Una mujer cruzó la carretera envuelta en un sari color azafrán; un niño vendía flores junto a un semáforo; alguien gritó algo que no entendí y otro hombre respondió riéndose. En medio de aquel movimiento, una vaca permanecía inmóvil junto a la carretera, indiferente al estrépito, como si conociera un secreto que todos los demás ignorábamos.
Y allí estaba Maitrey.
Nos abrazamos en mitad del tumulto. Maitrey enseñaba en una universidad de Texas y vivía al otro lado del océano, pero en Bombay era también otra persona: la hija que regresaba a casa, la niña que reconocía aquellas calles, la mujer que podía decir «aquí» sin necesidad de explicar dónde. La seguí hasta el coche y, durante el trayecto, apoyé la frente contra la ventanilla porque quería verlo todo. Ese había sido siempre mi defecto. De niña abría los atlas y recorría los países con el índice. Había nombres que me parecían conjuros: India, Brasil, Perú, Japón. Imaginaba que algún día podría entrar en ellos y que, si conseguía conocer suficientes lugares, mi vida se volvería más grande. La niña viajera confundía todavía vivir con acumular mundo.
En casa de Maitrey me esperaban personas que nunca me habían visto y que, sin embargo, me recibieron como si mi llegada hubiese sido anunciada desde hacía mucho tiempo. Me ofrecieron comida antes de preguntarme si tenía hambre. Después llegó más comida, luego el té y finalmente los regalos. Recuerdo especialmente unas manos extendidas hacia mí y mi propia torpeza al recibir aquello que no había hecho nada para merecer. Di las gracias varias veces hasta que la palabra empezó a parecerme insuficiente. Hay lugares donde una aprende que la hospitalidad no consiste simplemente en abrir una puerta, sino en comportarse durante unas horas como si esa puerta siempre hubiera estado abierta. Mientras los escuchaba conversar y reír, pensé que quizá viajar servía también para eso: para descubrir cuántas casas podían acogernos sin pertenecernos.
El viernes fuimos al templo Mumba Devi. Dejamos los zapatos a la entrada y el frío del mármol bajo mis pies fue lo primero que sentí. Después llegaron las campanas, las voces bajas y el humo del incienso elevándose lentamente hacia un techo que apenas distinguía. Había mujeres con flores entre las manos, hombres que inclinaban la cabeza y niños que imitaban con seriedad los gestos de los adultos. Todo parecía hecho de colores: amarillo de cúrcuma, rojo de bermellón, oro, pétalos, telas. Afuera, Bombay continuaba rugiendo; dentro, el tiempo parecía adquirir otra consistencia.
Vi entonces a una muchacha depositar unas flores. No tendría más de diecisiete años. Las dejó con cuidado, juntó las manos y cerró los ojos. Entre los pétalos había una rosa. Fue entonces cuando regresaron a mí unas palabras aprendidas muchos años antes, cuando todavía creía que los clásicos hablaban únicamente de personas muertas: Collige, virgo, rosas. Recoge, muchacha, las rosas. Me las habían enseñado como una advertencia contra el tiempo: aprovecha la juventud, aprovecha la belleza, recoge hoy lo que mañana habrá desaparecido. Tempus fugit. El tiempo huye.
Sin embargo, frente a aquella muchacha pensé que quizá llevábamos siglos interpretando mal las rosas. Recoger una flor no la salva. También en nuestras manos se puede marchitar.
Miré a Maitrey entre el humo del incienso y pensé que dentro de unos días volveríamos a separarnos. Texas, Europa, aeropuertos, husos horarios, mensajes enviados cuando para una era de noche y para la otra todavía no. Pensé en su familia y en aquella casa que me había recibido sin conocerme. Yo desaparecería pronto de sus habitaciones y ellos continuarían desayunando, discutiendo, abriendo las ventanas, celebrando cumpleaños. Mi taza volvería al armario. Otra persona ocuparía alguna vez la silla en la que yo estaba sentada. Comprendí entonces que eso era lo verdaderamente insoportable y hermoso del tiempo: el mundo continúa. Avanza sin nosotros.
Salimos del templo cuando empezaba a anochecer y Bombay nos devolvió de golpe las bocinas, los vendedores, las motos, el calor, los monos, los elefantes y los tigres. Una moto pasó demasiado cerca y Maitrey me agarró del brazo. Nos miramos y nos echamos a reír. Al otro lado de la calle, un hombre vendía flores: rosas, jazmines y caléndulas amontonadas en pequeños ramos. Durante un instante pensé en comprar una rosa. Incluso llevé la mano hacia el bolso, pero no lo hice. Seguimos caminando.
Mientras avanzábamos entre la multitud pensé en aquella niña que muchos años antes había recorrido un mapa con el dedo convencida de que el mundo la estaba esperando. Quería conocer países, aprender idiomas, atravesar océanos y llenar la vida hasta los bordes. No sabía todavía que una vida no se llena de esa manera. Una vida se va dejando. Un poco en cada estación, en cada aeropuerto, en una habitación donde dormimos durante tres noches, en una casa donde alguna vez fuimos felices, en la voz de alguien que dejamos de escuchar y en las personas que fuimos antes de convertirnos en quienes somos. Cada lugar conserva algo de nosotros. Por eso existen ciudades a las que resulta imposible regresar, incluso cuando compramos un billete de vuelta.
Aquella noche, antes de dormir, abrí la maleta y guardé uno por uno los regalos de la familia de Maitrey. Desde la calle subía todavía el sonido de las bocinas. Alguien conversaba bajo una ventana y el aire conservaba un olor lejano a comida, humedad e incienso. Bombay seguía despierta, indiferente a mi presencia y a mi futura ausencia. Pensé de nuevo en la muchacha del templo, en sus manos juntas y en aquella rosa. Y comprendí entonces lo que nadie me había explicado cuando era niña: tempus fugit no significa solamente que el tiempo corre. Significa también que nosotros pasamos.
Las ciudades permanecen un poco más. Las casas permanecen un poco más. A veces incluso las personas que amamos permanecen un poco más. Nosotros pasamos, dejando pequeñas pruebas de nuestra existencia en lugares que seguirán existiendo sin nosotros: una fotografía, una taza utilizada durante una cena, un recuerdo que alguien conservará durante unos años y que quizá un día tampoco recuerde.
Cerré la maleta. A la mañana siguiente habría otra calle, otra comida, otro lugar que mirar y, más adelante, otro aeropuerto. La niña viajera que había sido todavía quería verlo todo y comprendí que no tenía ninguna intención de hacerla desaparecer. Hay deseos que no deben curarse.
Antes de apagar la luz volví a pensar en la rosa que no había comprado. Durante años había entendido collige, virgo, rosas como una orden: recoge las rosas antes de que se marchiten, toma del mundo todo cuanto puedas antes de que el tiempo te lo arrebate. Pero aquella noche, en Bombay, comprendí que quizá nunca había sido necesario arrancarlas.
Quizás recoger las rosas consistía simplemente en estar presente para verlas florecer.[₪]
Los proverbios en tanto que portadores de la sabiduría, las costumbres, la historia de un pueblo, resultan
indispensables para comprender muchos aspectos de la cultura de ese pueblo.
Julia Sevilla
Primero la palabra
Etimológicamente proverbio viene de “pro”, que significa por o a nombre de, y “verbum”, que palabra. Por su parte, la Real Academia de la Lengua lo define como sentencia, adagio o refrán o como una obra dramática cuyo objeto es poner en acción un proverbio. Lo cierto es que se trata de una expresión literaria de amplia aplicación y uso en nuestra vida cotidiana. Este aspecto lo distingue de cualquier otro lenguaje literario, a excepción del cuento popular.
Si la religión es para todos los humanos, lo son también el cuento popular y el proverbio, los cuales son transmitidos por tradición y son similares por su arraigadura en la conciencia individual y popular simultáneamente.
Otra característica del proverbio es su arraigo en todas las clases sociales debido a que refieren una amplia gama de experiencias de la vida, son simples y espontáneos y sirven para confirmar una opinión o para comparar lo que ocurrió en un momento pasado con lo que sucede en el presente, como consecuencia de un acto o acción remota.
El momento de la comparación no requiere el conocimiento de los detalles de lo que sucedió en el pasado y que se resumió después en un proverbio; tampoco implica preocuparse por los detalles del suceso o conocer sus protagonistas. El proverbio en general recuerda la ocasión en la que fue dicho como un simple resumen sin detalles y en el presente se aplica para explicar lo ocurrido en el pasado desde un sentido metafórico confirmando su preponderancia en el presente.
La similitud del vocablo en diversos idiomas (proverbi, proverbe, provérbio, proverb) así como su connotación de conocimiento o sabiduría popular que trasciende con el paso del tiempo, ha motivado que en todas las manifestaciones culturales del mundo se considere como un elemento de identidad.
La importancia de estas expresiones se constata con el establecimiento de la paremiología, que estudia los proverbios y cuya intención es ampliar su conocimiento desde una estructura teórica-conceptual que establece diversos tratados de aproximación y análisis.
En árabe los proverbios reciben el nombre de, maṯal (en singular) / amṯāl (en plural). Francesc Castelló dice que “uno de los géneros literarios árabes existente desde los tiempos preislámicos, el de los amṯāl, engloba un tipo de literatura que, en Occidente o más concretamente en Europa, recibe nombres diferentes, según los matices que adquiera o según su procedencia.
Después la variedad
Los proverbios árabes tienen su origen en la tradición oral de las antiguas tribus beduinas, donde la palabra hablada era un instrumento de memoria colectiva y un medio para transmitir sabiduría práctica. Surgieron de experiencias cotidianas, de la vida en el desierto y de la observación humana, y se consolidaron gracias a poetas, narradores y juristas que los incorporaron en sus relatos y discursos.
Con relación a sus características, pueden dividirse en proverbios morales —centrados en la honestidad, la paciencia o la justicia—, proverbios sociales —sobre hospitalidad, familia o convivencia— y proverbios pragmáticos, que ofrecen consejos directos para actuar con prudencia o astucia. Una buena parte de estos emplean metáforas del desierto, animales simbólicos o imágenes de viaje.
Su evolución ha sido continua: pasaron de la oralidad tribal a la escritura medieval, y de ahí a la modernidad, donde siguen vigentes en la comunicación cotidiana. Así se reinterpretan en contextos urbanos y digitales, manteniendo su esencia, pero adaptándolos a las nuevas realidades culturales.
Una primera aproximación a los proverbios árabes puede hacerse tomando en consideración, la etapa preislámica y la actual. Respecto a la primera, Ould Mohamed Baba, catedrático de la universidad Complutense, señala que los árabes de esa época usaban gran cantidad de proverbios, los cuales se contaban o estaban relacionados con diferentes historias, fábulas y anécdotas de la época, reflejando el ambiente geográfico de la península arábiga, el modo de vida nómada, las costumbres, los conocimientos que poseían y las tradiciones, entre otros aspectos.
Diversos estudiosos coinciden en que la colección de proverbios más antigua que se conserva es la realizada en el siglo VIII por, al Mufaḍḍal al-Ḍabbī, autor de la obra “Los proverbios Árabes”, que compila 228 proverbios árabes de la época preislámica, con sus correspondientes anécdotas que dieron lugar a los mismos.
A partir de entonces, otros autores se dedicaron a compilar proverbios, siendo la obra de mayor alcance la de Abū al-Faḍl Aḥmad b. Muḥammad b. Ibrahīm al-Maydānī, quien en el siglo XII compiló en la obra “Arabum Proverbia” hasta 6 mil proverbios, representando la colección más importante y completa sobre Arabia antigua que se haya encontrado hasta la fecha.
Por otra parte, con la aparición de Islam surgirán grandes cambios en la península arábiga. El más destacado es que se pasa del politeísmo al monoteísmo, lo que afectó enormemente, ya que muchos proverbios de la época preislámica se modificaron para adaptarse a la nueva sociedad monoteísta.
La gran influencia de la nueva religión es evidente en los proverbios, que primero se adaptan al Corán, intentando mejorar su mensaje de acuerdo con los versículos (aleyas) del Corán; posteriormente, a los llamados ḥadīṯ, “relato breve que refiere las palabras, gestos y comportamientos de Mahoma en diversas circunstancias”, y finalmente a los actuares y decires de los cuatro califas rectos (Abu Bakr, Umar, Uthman y Ali), considerados los más dignos para continuar con la labor del profeta.
Al final, la forma
Seleccionar muestras de estas sabidurías vivas es arduo y siempre será una tarea relativa. Sin embargo, para entender las formas, contextos y evolución de estos enunciados sentenciosos se presenta una selección mínima.
a) Etapa Preislámica
“Convivid como los hermanos y trataros como los extranjeros”.
[ Siempre hay que dejar todo por escrito, por muy bien que dos personas se lleven.]
Equivalentes en español: “Entre hermano y hermano, dos testigos y un notario” ; “Entre dos amigos, un notario y dos testigos”. ; “Cuenta y razón, conservan amistad”.
“El vecino, luego la casa”.
[ Aparentemente de doble sentido: 1) antes de comprar la casa, primero hay que mirar que vecinos viven ahí para que no te den problemas, y 2) hay que satisfacer al vecino, antes que a la familia. Ambos refieren la importancia de las relaciones vecinales dentro del clan. ]
Equivalentes en español: “Primero se ha de buscar el vecino que la casa”; “Antes que tomes casa en que morar, mira la vecindad”
“El compañero antes que el camino”.
[ Se hace alusión a que, si se desea acudir a un lugar con un amigo, antes de acudir al lugar hay que escoger bien al amigo que se va a llevar consigo, ya que el amigo escogido es más importante que el lugar. ]
Equivalentes en español: “Un buen compañero alivia el camino”; “Buen compañero hace el camino ligero”; “Con buena compañía no hay larga vía”
“La gente sigue bien mientras sigan diferentes”.
[ En vez de ser todos iguales, es mejor que cada uno sea diferente, así cada uno puede aportar cosas distintas. Es decir, es mejor que la gente sea diferente para poder ayudarse entre ellos.
Equivalentes en español: “Es dichoso el que no se parece a otro”
“Si se fatiga el camello hasta su oreja le pesa”.
[ Este proverbio hace alusión a que cuando uno está fatigado apenas puede realizar ningún esfuerzo. Y al camello le pasa lo mismo, por lo que incita a cuidar bien del camello y no cansarlo en exceso.]
El camello de carga puede pesar alrededor de 650 kg, y puede transportar hasta unos 350 kg de carga, aunque conviene limitar esta carga a un máximo de 200kg. Un camello cargado no debe trabajar más de 6-8 horas diarias, cubriendo una distancia de unos 4 km al día. Debe reposar entre 10 y 15 minutos cada dos horas de trabajo para que pueda orinar y sentarse. Los camellos de monta se desplazan a un paso rápido, unos 7 u 8 km/h, pudiendo recorrer unos 60-100 kilómetros al día, y trabajando sin interrupción 10 o 15 días seguidos, aunque después se les deberá dar un largo descanso
b) Versículos coránicos que se hicieron proverbiales en la lengua árabe
[ El Corán se compone de 114 capítulos (suras) y cada uno de esos capítulos está dividido en versículos (aleyas) ]
“La vida del mundo se parece al agua que hacemos caer del cielo y se mezcla con las plantas de la tierra de las que comen hombres y ganado. Y cuando la tierra ha florecido se ha embellecido y sus habitantes se creen con poder sobre ella, viene entonces nuestra orden de noche o de día y la dejamos lisa como si el día anterior no hubiera sido fértil.”
[ Analogía sobre el ciclo del tiempo y el desapego material. La riqueza, la juventud y los placeres del mundo terrenal son descritos como un campo verde y floreciente que deslumbra la vista. Sin embargo, se advierte que esta belleza es efímera: de forma repentina llega el invierno (la vejez o la muerte), y todo lo material se convierte en paja seca inservible. Invita al ser humano a enfocarse en las buenas obras, que son imperecederas. ]
“Los que gastan sus bienes buscando la satisfacción de Alá y siendo una confirmación procedente de sí mismos, se parecen a un jardín frondoso y elevado sobre el que cae un aguacero y da sus frutos multiplicándose por dos; y si no le cae el aguacero tiene el rocío.”
[ Se expone la inutilidad de la caridad o los actos religiosos cuando se realizan por pura vanidad o arrogancia (Riya). La fina capa de tierra representa las obras que superficialmente parecen buenas. La lluvia torrencial simboliza el Día del Juicio o las pruebas de la vida, situaciones que lavan las apariencias y dejan al descubierto la roca subyacente: un corazón duro, estéril y vacío de fe.]
” Y no os difaméis unos a otros ni os insultéis con apodos. Malo es dar un nombre de perversión después de ser creyente.”
[Se considera una condena moral contra el chisme, la calumnia y la difamación a espaldas de la gente. Dado que la víctima de un chisme no está presente para defenderse (igual que un cadáver), herir su honor de esa forma se cataloga como un acto de extrema vileza e injusticia social.]
“La riqueza y los hijos son el encanto de la vida de este mundo”.
[ Valida y reconoce de forma natural el profundo amor, orgullo y felicidad que los hijos traen a los padres. La palabra árabe Zinah /encanto) se refiere al adorno o la belleza. Se les considera una de las mayores fortunas que un ser humano puede experimentar en este mundo.]
Hay cien figuras humanas dispuestas en el tercer piso del edificio y algunas más guardadas en el sótano del museo. Yo soy el guardián de todas ellas.
Nunca antes se había visto algo así en Nueva Zelandia y dudo que vuelva a repetirse pronto. Se trata de una exposición internacional de figuras de cera que imagina cómo podría ser la humanidad dentro de cientos de años, con esculturas que representan escenas del futuro: ciudades levantadas sobre el mar, colonias en desiertos interminables, estaciones espaciales donde la gravedad apenas se siente. Aquí rara vez llegan montajes de este tipo; estamos muy alejados y traer algo así cuesta una fortuna. Tal vez por eso hay tanta gente esperando afuera desde temprano.
Desde la sala de vigilancia puedo verlo y escucharlo todo.
Las pantallas muestran cada rincón del recinto: pasillos, vitrinas, escaleras y la entrada donde el público se reúne antes de subir al tercer piso. Nadie presta demasiada atención a la habitación donde están los monitores. Es un lugar silencioso, lleno de imágenes que se mueven sin prisa.
A mí me conviene que sea así.
Desde aquí todo tiene sentido.
Las figuras del tercer nivel forman una composición serena. Cada una ocupa su lugar con una homogeneidad que se antoja perfecta. En una escena alguien lee; en otra, una pareja conversa; más allá, un hombre observa el horizonte como si esperara algo. Cambian los paisajes, cambian los trajes y los objetos sostenidos en las manos, pero los gestos son siempre los mismos. Los visitantes, en contraste, avanzan sin armonía, caminan en direcciones distintas, hablan al mismo tiempo y se detienen sin ningún orden frente a las escenas.
Siempre me ha parecido curioso cuánto esfuerzo hacen las personas para distinguirse unas de otras, pero basta con observarlas cuidadosamente para notar algo evidente, que debajo de esas fachadas todas se parecen más de lo que imaginan.
La exhibición plantea su propia lógica. Pese a los vestuarios futuristas y a los escenarios imaginarios, los rostros son uniformes. En el folleto lo explican como un símbolo de igualdad, algo sobre una humanidad futura menos dividida.
Tal vez.
Pero cuando miro esas caras con atención, yo veo otra verdad: que con el tiempo las particularidades se desgastan, los rasgos se mezclan y las expresiones se repiten. En el final todos terminamos pareciéndonos.
Hay cien figuras humanas en el tercer piso, pero uno de los espacios permanece vacío. El público no lo nota; sólo yo conozco cada detalle del inventario, sólo yo busco a quien sea digno de ese lugar.
Dicen que los escultores trabajaron con modelos reales para crear estas figuras, que las personas tuvieron que mantener la misma postura por horas mientras sus características eran copiadas con precisión. Luego vino la cera. Después vendrá el silencio. Los artistas fueron afortunados, yo también lo seré.
Desde las pantallas sigo a quienes llegan al museo: familias, estudiantes, turistas que se protegen del viento mientras hacen fila en la entrada. La mayoría pasa desapercibida; sin embargo, de vez en cuando alguien parece encajar.
—Todavía no puedo creer que estés aquí, Rita, vaya que la pelea con tu novio debió de haber estado fuerte —se escucha de pronto a través del sistema de audio.
—No fue sólo una pelea —responde Rita—, fue la última. Le dije que me iba y que no quería volver a verlo nunca más.
—¿Y se lo dijiste así nomás?
—Le mandé un mensaje de texto antes de subirme al avión.
—¡Qué bárbara! Entonces sabe que te fuiste.
—Sabe que me fui, sí, pero no tiene idea de dónde estoy. Y tampoco pienso decírselo.
—¿Y no te preocupa que intente buscarte?
—Que lo intente si quiere. Este lugar está demasiado lejos de todo. Además, sólo estaré aquí una semana y quiero disfrutarla.
—Pues a mí me alegra que hayas venido a visitarme. Ya necesitaba un poco de compañía.
—Y yo necesitaba desaparecer. Veo que este país es ideal para hacerlo, pero mejor entremos. Varios amigos me han hablado de esta exposición y tengo curiosidad por verla.
—A mí me parece inquietante —dice la otra voz—. Todas esas figuras quietas, con piel de cera, mirando a la nada.
—No exageres —ríe Rita—, son tan sólo estatuas.
—Quizás, pero algunas se sienten muy reales.
—Eso es lo fascinante. Es como si alguien hubiera detenido un momento de tu vida, conservándolo para siempre.
—En fin, será mejor que pasemos a recoger los boletos. Los reservé en línea, pero hay que ir a buscarlos a la ventanilla de recepción —añade la otra voz—. Déjame acomodarme la bufanda; estamos a dieciséis grados, pero con este viento se sienten como trece.
—¿Trece? —repite Rita—. Qué bien. Trece es mi número de la suerte. Lo ves, estoy segura de que hoy será un gran día.
Sonríe y, detrás de las pantallas, dos ojos sonríen con ella. [ C ]
Redacción cambiavias
Año 10 Número 37
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# Actualidad
DIPLOMACIA Y FUTBOL: EL OTRO JUEGO
Alejandro Negrín
Desde hace unos días la audiencia mundial concentra su mirada en Norteamérica, donde se desarrolla la XXIII edición de la copa mundial de futbol, empero el deporte más popular del mundo ha sido analizado desde hace ya algún tiempo por autores de diversa formación, como es el presente caso, en el cual se abordan conectividades innatas aunque no visibles entre el balompié y el añejo oficio de la negociación. [ LEER ]
CUADERNOS DE LA HABANA: GILBERTO BOSQUES EN CUBA
Miguel I. Díaz Reynoso
En la diplomacia mexicana, la relación con Cuba es un capítulo en constante evolución desde los años de la revolución en la isla. En su devenir, es fundamental conocer las ideas y las acciones de quienes, en distintas proporciones, han dejado su impronta en el momento actual. Con esta premisa, Díaz Reynoso explica en esta entrevista los avatares del hacer y del sentir que le dejó la dirección de un documental sobre Gilberto Bosques en Cuba. [ LEER ]
EL MANUAL DE VIKTOR ORBAN
David Nájera Rivas
El primer ministro Viktor Orbán gobernó Hungría desde 2010 con un proyecto que incluyó un concentrado poder. Si bien su discurso nacionalista y sus políticas migratorias lo enfrentaron con sus socios europeos, buscó vínculos estratégicos con otros países para ampliar su margen de autonomía. A la distancia, como lo refiere Najera Rivas, se convirtió en una figura clave del giro conservador en Europa Central. [ LEER ]
Felipe Sánchez Reyes, Maxime Nordin, Dénise Morales, Carmen Pérez Fernández
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ILUMINACIONES
Jorge Valdés Díaz-Vélez
Nueva selección de 3 autores mexicanos. Esta vez pertenecientes a generaciones diversas. Por un lado, un prominente autor, alimón de 2 autores contemporáneos. La selección exhibe una aguda lectura que permite disfrutar una lírica que transita por rumbos dispares de gran sensibilidad. La selección de imágenes y los textos sobre los poetas son autoría de Valdés Díaz-Vélez. [ LEER ]
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# Opinión
MÉXICO Y EL MUNDO: REALIDAD Y OPORTUNIDADES
Pedro González Olvera
El rol de nuestro país en la palestra internacional motiva interesante lectura del momento actual y sus actores preponderantes. [ LEER ]
LA INVENCIÓN DEL PELIGRO RUSO
Inés Ortíz
Desde 2014, la percepción del mundo sobre Rusia se modificó. El interés en su transformación económica dejó espacio a su visión geopolítica. Para unos países es un enemigo, para otros un aliado. [ LEER ]
DESIGUALDAD Y CRECIMIENTO: MÁS QUE CONSENSOS
Armando Pérez Márquez
El dilema de las naciones respecto al modelo más idóneo para lograr un bienestar interno sigue vigente, igual que el tránsito de modelos y aparentes consensos para lograrlo. [ LEER ]
Augusto Monterroso narra en su libro Pájaros de Hispanoamérica (Alfaguara, 2002), una breve conversación con Carlos Martínez Rivas. El guatemalteco dice de antemano: “la intensidad de cuya poesía me es imposible medir o expresar”. Intrigado por la razón y su empeño en no publicar nuevos libros, el nicaragüense le responde: “ ¿Para qué? Si mi libro anterior tiene todavía algo que roer que siga siendo roído como un hueso hasta que no le quede nada”. Entonces Monterroso concluye: “Como pienso que todavía le queda y que siempre le quedará mucho, no insisto, y pasmos a otra cosa”
Por una grata casualidad encuentro, entre papeles y libros ya poco frecuentados, una edición de tamaño pequeño, publicada por el taller nicaragüense: Ediciones Artilugio, de los años 90 del siglo anterior, dedicada a Carlos Martínez Rivas, poeta que vivió, hasta 1998, año de su desaparición, bajo el enorme silencio admirativo en que aún permanece.
Éste, podríamos llamarlo, cuadernillo, recoge poemas antes conocidos y que figuran en otras ediciones y revistas, presentan al creador un tanto elusivo, muy concentrado en su personal escritura. Pero ofrece algo más que la reiteración de varios de sus versos: los reproduce junto con los dibujos que él mismo delineó; no son simples ilustraciones sino comparecencias de las palabras y sus referentes plásticos. Un pareado gráfico que acompañó, si bien con cierto desorden, a su peculiar sentido de las imágenes. Vale la pena leerlos al tiempo de echarles un vistazo, y preguntarse por el poeta y su dibujante. [ C ]
Si algo es seguro en la labor diplomática es que se desenvuelve motivando expresiones creativas en quienes la ejecutan sin importar el país donde se ejecuta ni la forma en que se manifiestan. En la mayoría de los casos ocurre a través de la palabra escrita, pero también discurren otras expresiones artísticas, como es el caso de Miguel I. Díaz Reynoso, Embajador de México de Cuba, quien eligió el cine para capturar un momento específico de la historia diplomática mexicana. Su documental “Cuadernos de La Habana” es un testimonio fundamental de la labor de Gilberto Bosques en Cuba, a partir del triunfo de la revolución de 1959 en ese país. Se trata de un testimonio minucioso de los personajes y del contexto en el cual ocurre este episodio. En esta entrevista para cambiavías él describe algunos aspectos de una obra visual que ya se presentó en diversos foros internacionales y definitivamente será una fuente fundamental del acervo diplomático de México.
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Como Embajador en el mismo país donde Gilberto Bosques sirvió años atrás, ¿cómo influyó su labor diplomática cotidiana en la sensibilidad artística y la narrativa que eligió para el documental?
– Ejercer la diplomacia en Cuba inevitablemente te coloca en diálogo con la historia. Caminar por La Habana, sostener conversaciones con instituciones, artistas, historiadores y ciudadanos, me permitió entender que la relación entre México y Cuba no es abstracta: es profundamente humana, cotidiana y recíproca.
Esa experiencia moldeó la narrativa del documental Cuadernos de La Habana hacia un tono íntimo, casi confidencial, como si estuviéramos leyendo los pensamientos de Bosques en tiempo real. No quise hacer un retrato distante, sino una obra que reflejara la cercanía entre ambos pueblos y la vigencia de esa tradición diplomática hospitalaria que sigue siendo parte de nuestra identidad. Hoy, que cosa, vivimos amenazas similares.
El título hace referencia a los “cuadernos” de Bosques. ¿Qué revelación contenida en esos archivos personales fue la que más le sorprendió y le convenció de que esta historia debía ser contada en cine?
– En realidad, los Cuadernos de La Habana no son los de Bosques, sino los míos. Son apuntes que comencé a escribir desde mi llegada a Cuba en esta nueva misión diplomática, con la conciencia de estar habitando un territorio profundamente cargado de historia compartida entre México y Cuba.
Esos cuadernos nacen de una intuición: la de observar, registrar y tratar de comprender este momento histórico de Cuba, pero también de dialogar, inevitablemente, con la memoria de quienes estuvieron aquí antes que nosotros, en especial de Gilberto Bosques.
La revelación no fue un hallazgo puntual, sino un proceso. Al escribir, me di cuenta de que mi propia experiencia como embajador —en un país al que regreso, en un contexto distinto, en una nueva coyuntura — comenzaba a entrelazarse con la historia de Bosques.
Ahí entendí que esta película no debía ser solo un retrato del pasado, sino una conversación entre tiempos: entre la Cuba que Bosques vivió y la Cuba que hoy observamos.
El cine se volvió entonces el espacio natural para esa conversación, porque permite que la memoria, la experiencia y la historia dialoguen de una manera viva y profundamente humana.
Muchas personas conocen la labor de Bosques salvando vidas del nazismo en Francia (Visa al paraíso). ¿Qué aspectos del “humanismo de nuevo género” aplicó Bosques en el contexto de la Revolución Cubana que lo distinguen de su etapa europea?
– En Europa, Bosques actuó frente a una emergencia humanitaria extrema: salvar vidas de manera directa e inmediata. En Cuba, el contexto era distinto, pero no menos complejo.
Aquí su humanismo se expresó en la defensa de principios: el derecho de asilo, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la construcción de puentes en un momento de enorme tensión ideológica. Su actuación no fue reactiva, sino profundamente política en el mejor sentido: acompañar procesos históricos sin renunciar a los valores. Y también salvar vidas, cualitativamente significativas, como Raul Castro y Fidel.
Ese “humanismo de nuevo género” radica en entender que la dignidad también se protege a través del diálogo, la habilidad y la coherencia diplomática.
En su documental aparecen imágenes de Bosques con figuras como Fidel Castro y el Che Guevara. ¿Cómo equilibró, siendo diplomático, la representación de estos encuentros históricos sin perder la objetividad documental?
– El equilibrio estuvo en el respeto. No se trata de juzgar a los personajes históricos, sino de entender el contexto en el que se encontraron.
Como diplomático, estoy acostumbrado a escuchar antes que a imponer una narrativa. Como cineasta, decidí mantener esa misma ética: permitir que los archivos, los testimonios y las imágenes hablaran por sí mismos.
El resultado es una representación que no evade la complejidad, pero tampoco simplifica. Es una invitación a mirar esos encuentros como momentos históricos cargados de significado, no como posturas ideológicas cerradas.
¿Qué tan complejo fue acceder a los archivos históricos en La Habana y qué papel jugaron los testimonios de cubanos que conocieron a Bosques en la construcción del relato, más allá de los documentos oficiales?
– El acceso a los archivos fue posible gracias a una colaboración institucional generosa y a la profunda amistad entre nuestros países. Cuba abrió sus puertas a este proyecto con una confianza que valoro enormemente.
Sin embargo, lo que verdaderamente dio vida al documental fueron los testimonios que logramos. Escuchar a quienes conocieron a Bosques y que fueron también, parte de la historia, esto me permitió reconstruir no solo los hechos, sino la memoria afectiva.
Ahí es donde el documental trasciende lo histórico: se convierte en un puente entre generaciones ya que nuestra relación no es histórica nada más, no es lo pasado, es una historia viva. Día a día, hoy, estamos en lo mismo, como ser útiles.
¿Qué mensaje espera que se lleve un joven diplomático o un estudiante de cine hoy al ver la vida de un hombre que, en medio de la polarización de la Guerra Fría, logró mantener la dignidad y la política de asilo de México de forma tan firme?
– Que la diplomacia y el arte comparten una misma raíz: la responsabilidad ética frente al otro. A un joven diplomático le diría que los principios no son un obstáculo, sino una guía. A un estudiante de cine, que contar historias también implica una postura frente al mundo. Bosques nos enseña que incluso en los momentos más polarizados, es posible actuar con dignidad, claridad y compromiso humano.
Es también una invitación a valorar el Servicio Público, el Servicio Exterior, que vale la pena. El ejemplo de Bosques es incentivo para animar vocaciones.
Después de haber “habitado” los archivos y los pasos de Gilberto Bosques en La Habana para este documental, ¿en qué sentido ha cambiado su propia forma de entender y ejercer la diplomacia hoy en día?
– Me hizo más consciente del peso de cada decisión. La diplomacia no es solo gestión: es memoria útil para aprender a tomar decisiones, con la fuerza del cargo, la responsabilidad del encargo.
Entender a Bosques desde sus propios registros me recordó que cada acto diplomático puede tener consecuencias profundas en la vida o muerte, o riesgos de vida de las personas y en la historia de los pueblos. Que los diplomáticos mexicanos somos parte de una tradición que nos precede y que debemos honrar. Es un legado que pesa.
Más allá de los premios o reconocimientos por este documental, ¿cuál es ese momento o reacción de un espectador (mexicano o cubano) que le haría sentir que su trabajo cumplió verdaderamente con su misión?
– El estreno en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, con una sala llena y una recepción profundamente cálida, fue ya un momento muy significativo.
Pero lo que realmente me conmueve es escuchar a un espectador cubano decir: “Esta parte de nuestra historia no la conocía”, o a un mexicano decir: “Ya entendí porqué México está haciendo hoy lo que se hace por Cuba”.
Ahí es donde el documental cumple su misión: cuando la memoria se activa y se vuelve compartida, y persuade, convence.
¿Qué lección fundamental de la gestión de Bosques en Cuba cree que sigue siendo vigente para la diplomacia mexicana contemporánea en América Latina?
– La coherencia. México ha construido una tradición diplomática basada en el asilo, la hospitalidad y el respeto a la soberanía. Bosques encarna esos valores en acción.
Hoy, en una coyuntura global nuevamente compleja, esa lección es más vigente que nunca: la diplomacia debe ser firme en sus principios y generosa en su práctica. No a la injerencia extranjera y la defensa de nuestra historia, que no es de libros, está en la actualidad del México de hoy.
Algún comentario final sobre la realización de su trabajo, su significado o alcance .
– Este documental está dedicado al Servicio Público y al Servicio Exterior Mexicano, pero también a todas las personas que creen en la diplomacia como una herramienta de humanidad.
Su recepción en Cuba por parte de instituciones y del público confirma que la historia entre nuestros pueblos sigue viva, que es una relación construida desde la solidaridad, el respeto y la reciprocidad.
Más que una película, Cuadernos de La Habana es un documento que busca reivindicar y visibilizar una tradición: la de una diplomacia que no se limita a representar intereses, sino que también protege, acompaña y construye el presente vivo de lo que México ha hecho y sigue haciendo.
– Renace la frase de Bosques: “No fui yo, fue México”- [ C ]
*Sin duda alguna, la obra de Marcel Schwob fue la más influyente de la literatura francesa del fin del siglo XIX entre los modernistashispanoamericanos; en especial, para grandes patronos de nuestras letras, como Borges y Reyes. Las siguientes son notas preparatorias para el prólogo de una selección de artículos periodísticos de Schwob que traduje para su próxima publicación en México.
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A Marcel Schwob (1867-1905), los contemporáneos lo reconocemos de inmediato como el creador de Vidas imaginarias, obra que influyó de manera crucial a decenas de escritores en todas las lenguas, en especial a grandes prosistas de Iberoamérica, de Jorge Luis Borges a Roberto Bolaño, y que incluso está presente en la narrativa de autores mexicanos contemporáneos, como Álvaro Enrigue (cfr. su novela Vidas perpendiculares) o Javier García-Galiano (cfr. su compilación titulada Benito Souza, vendedor de muñecas y otros relatos) . La biografía fantástica, donde la erudición, la ironía y el símbolo se funden en la prosa poética, sigue siendo una forma habitual para aprender a desarrollar ficciones entre las mujeres y hombres de letras de nuestra lengua.
Sin embargo, la siempre fructífera heredad de Schwob como narrador nos hace olvidar que comenzó su trayectoria como filólogo, medievalista y sobre todo como un adelantado periodista cultural, capaz de unir la erudición más rigurosa con el pulso divulgador de la prensa cotidiana. Este fenómeno, lejos de ser un hecho aislado, constituyó la norma para la brillante generación de escritores del fin de siglo francés. El periódico no representaba únicamente un espacio para “calentar la mano”, “hacer oficio” o un reducto desde el cual procurarse el sustento económico. Se trataba del principal espacio de circulación intelectual y experimentación estética. Al igual que sus más notables contemporáneos, el jovencísimo Marcel entendió que el ejercicio del periodismo diario era una forma superior de transmisión cultural y el verdadero laboratorio de la prosa moderna.
La prensa como fragua: Schwob y sus contemporáneos
El florecimiento del periodismo literario en la Francia del fin de siglo no puede entenderse sin el impacto de la “Ley sobre la Libertad de Prensa” del 29 de julio de 1881, hito jurídico que abolió la censura previa, las autorizaciones gubernamentales obligatorias y las fianzas económicas punitivas que asfixiaban a los editores independientes. Esa legislación desencadenó una inédita eclosión de diarios, revistas satíricas y gacetas culturales en todo el territorio francés. Las redacciones de periódicos emblemáticos como L’Écho de Paris, Le Temps y Gil Blas se convirtieron de la noche a la mañana en los verdaderos laboratorios de la modernidad estética, atrayendo a una brillante y ambiciosa generación de jóvenes talentos que buscaban un canal de difusión masivo e inmediato para sus propuestas artísticas. Lejos de limitarse a la simple cobertura de la actualidad política o social, este nuevo periodismo de masas ofreció a talentos como los de Marcel Schwob, Guy de Maupassant, Maurice Barrès y Anatole France un foro de experimentación formal y una fuente de ingresos regular. Al amparo de esta libertad republicana, la prensa se consolidó como la fragua donde se forjaron los movimientos más vanguardistas del periodo, desde el naturalismo clínico hasta las sutiles variantes del simbolismo.
Aunque ligeramente mayor que Schwob, Guy de Maupassant (1850-1893) representa el eslabón definitivo entre el realismo y el auge de la prensa de masas. Antes de consolidarse como el gran maestro del relato breve, Maupassant entregó cientos de colaboraciones a diarios como Le Gaulois y Gil Blas. El periodismo fue para él un campo de entrenamiento sociológico, pues usaba la prensa para registrar con ojo clínico las bajezas de la burocracia, la vida parisina y la hipocresía social. Muchos de sus cuentos más célebres aparecieron primero camuflados como crónicas, demostrando que los apremios editoriales fueron capaces de estimular una concisión estilística insuperable.
Por su parte, Anatole France (1844-1924) encarnó al crítico periodístico que se transforma en la conciencia moral de una nación. Durante años, firmó la prestigiosa sección de crítica literaria en Le Temps. Su aproximación al periodismo era la de un flâneur ilustrado. Ejerció la llamada “crítica impresionista”, fórmula que Schwob practicó también durante la década de 1890. France concebía la crónica como el relato de las aventuras de una mente refinada a través de las obras maestras. Esta labor en los periódicos cimentó su autoridad intelectual, ganándose la proyección pública y desarrollando el tono irónico que más tarde caracterizarían sus grandes novelas filosóficas y sátiras históricas. Finalmente, Maurice Barrès (1862-1923) representa la vertiente más política e ideológica del periodismo literario finisecular. Fundó revistas audaces como Les Taches d’encre y colaboró activamente en la prensa parisina, utilizando los artículos para desarrollar su teoría estética del “culto al yo” antes de volcarla en sus novelas. Mientras Schwob optaba por un cosmopolitismo ejemplar traduciendo y promoviendo a autores anglosajones, Barrès usó el periódico como un ariete nacionalista y un espacio de confrontación ideológica. Su prosa, nacida de la urgencia del debate político cotidiano, introdujo un lirismo individualista que influyó profundamente en las vanguardias posteriores.
En este contexto de efervescencia mediática y libertad editorial, la relación intelectual y epistolar entre Marcel Schwob y Anatole France emerge como testimonio de la rica diversidad ideológica y estética que convivía en las redacciones de la época. France, hombre de letras consolidado, irónico y escéptico que ejercía la “crítica impresionista” desde las prestigiosas columnas del diario Le Temps, representaba para los jóvenes de la década de 1890 el ideal clásico de claridad, tolerancia y erudición humanista. Por su parte, el joven Schwob, dotado de una omnisciencia extraordinaria y una sensibilidad única para el rescate de las figuras marginales de la historia, entabló con France un diálogo que transitó de la admiración mutua a la confrontación crítica. En sus intercambios de cartas y reseñas cruzadas, se evidencia cómo ambos creadores compartían un profundo desprecio por el fanatismo dogmático y una devoción inquebrantable por transformar el saber en una forma superior de narración viva. Para el autor de La cruzada de los niños, analizar la obra de France ofreció la oportunidad perfecta para reflexionar sobre la caridad y la sabiduría moral. A su vez, para France, las deslumbrantes biografías fantásticas de Schwob constituyeron un luminoso despliegue narrativo que amalgamaba de forma singular el rigor filológico con el lirismo más puro.
La correspondencia entre ambos autores, así como sus intervenciones públicas, ilustran, asimismo, las divergencias fundamentales que dividían las aguas de la escena cultural finisecular: la tensión entre el ideal clásico y la matriz estética del simbolismo. Mientras France se mantuvo fiel a una tradición racionalista de raigambre ilustrada, utilizando la reseña periodística para ordenar las genealogías literarias con estilo nítido y mesurado, Schwob abrazó un cosmopolitismo audaz y una atracción casi metafísica por el absurdo y la transgresión. En sus cartas, Marcel defendió la necesidad imperiosa de que la literatura francesa se abriera, como ya apunté antes, a las obras de autores de lengua inglesa como Robert Louis Stevenson u Oscar Wilde, advirtiendo que una cultura nacional se empobrece fatalmente cuando permanece encerrada en sí misma. France, aunque conmovido por la inagotable curiosidad filológica de su joven colega, observaba con distancia el pesimismo elegante y las búsquedas decadentistas de la nueva hornada de escritores. No obstante, esta discrepancia estética jamás derivó en una ruptura personal o en una crítica destructiva; por el contrario, su vínculo epistolar demuestra que el periodismo de fin de siglo funcionaba como un espacio de hospitalidad intelectual donde las sensibilidades más disímiles se enriquecían mutuamente a través del debate elevado y el respeto por el talento ajeno.
Estas dos trayectorias complementarias confirman el triunfo histórico de la generación híbrida de escritores-periodistas nacida bajo el signo de 1881. Tanto Schwob como France consiguieron liberar a la crítica literaria de la pesadez farragosa del ámbito puramente profesoral o académico. Sus artículos, crónicas, reseñas y retratos intelectuales demostraron de manera concluyente que la función de un escritor en un periódico de gran circulación no consistía en simplificar brutalmente las ideas complejas, sino en volver sensible y cercano aquello que parecía remoto o sepultado por los siglos. Al ennoblecer el ejercicio del periodismo cultural, estos autores nos dejaron un ejemplo imperecedero, donde la erudición más rigurosa y el refinamiento estilístico se funden para diluir la frontera entre la escritura efímera y la alta literatura. Acercarnos a estos escritores resulta indispensable para comprender los orígenes de la prosa moderna y la vigencia de la literatura como el mapa de las correspondencias invisibles del mundo. [ C ]
Felipe Sánchez + Denise Morales + Ma. del Carmen Pérez
La experiencia del escritor adulto se combina con la inquietud juvenil. Esto confirman las creaciones de un colectivo de escritores que temporalmente residen en la Casa de México de la Ciudad Universitaria de París, conviviendo con otros estudiantes mexicanos que cursan la maestría y doctorado en Letras.
En este espacio, el escritor sinaloense Miguel Tapia imparte el Taller de Narrativa Creativa, en el cual cual participan diez escritores de México, Argentina, Venezuela, España y Francia. Grosso modo, el taller inicia con la lectura de Juan Rulfo, la cual además de motivar reflexión, da la pauta para nuevas creaciones. Posteriormente, esas obras se leen y comentan grupalmente a fin de que en su confección se fortalezca la confianza y la creatividad de los integrantes. La producción individual generada durante el taller permitirá a los participantes concluir con una obra personal que derive en una colección de cuentos, crónicas, poemas o, incluso, una novela.
Lo que confirma esta tercera entrega es que la combinación la experiencia del escritor adulto con la inquietud juvenil garantiza la herencia y la trasmisión de universos creativos de singular forma y disfrute.
Felipe Sánchez Reyes
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DE LA CRUZ
Maxime Nordín.
[ Franco-mexicano, analista político en la Delegación Permanente de México ante la OCDE en París. Licenciado en Estudios Internacionales por la Universidad de la Sorbona y maestro en Cooperación y Desarrollo en América Latina por el Institut des Hautes Études de l’Amérique Latine (IHEAL), ha participado en diversos proyectos y publicaciones académicas. ]
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En la penumbra de la calle desierta, inmóvil, brillaba con una luz incandescente el tótem.
Llegué unos quince minutos después de la hora acordada.
Había optado por caminar las escasas cuadras que separaban mi casa del lugar de encuentro, con la firme intención de tomarle el pulso a la ciudad, de sentirla. Todavía un poco aturdido por el viaje y por las pocas horas de sueño, me dije que el trayecto me caería bien para acomodar las ideas y sacudirme un poco las piernas. Quería disfrutar el reencuentro.
Llevaba tiempo sin regresar, no sabría decir exactamente cuánto. Y, sin embargo, aquella tarde la ciudad parecía haber esperado pacientemente mi regreso. La tarde era cálida. Los árboles perfumaban el aire y desprendían de sus extremidades matices dorados y escarlatas. Las calles aparecían tapizadas de frutos fermentados y pétalos aplastados. El aire fresco mezclaba olores de tierra húmeda y fruta madura. Yo sabía aislar y disfrutar plenamente esos momentos de somnolencia urbana. Desfilaban recuerdos por esas calles, momentos fugaces mientras admiraba con asombro sus banquetas irregulares, sus mosaicos rojiblancos de los cuales irrumpían las indomables raíces de aquellos colosos.
Mientras barría con la mirada las calles, contemplaba el extraño asedio en el que se encontraba el barrio. Una nueva e inquietante verticalidad comenzaba a instalarse y apoderarse del paisaje. Edificios de ladrillo emergían como invasores silenciosos y empezaban a apropiarse de las manzanas, desplazando y reemplazando a los viejos vecinos. Nuevas formas de habitar la ciudad. Aquellos nuevos inquilinos parecían observar el vecindario desde arriba, indiferentes, todavía extranjeros. Poco a poco, el ruido de los últimos taladros dejaba lugar al murmullo de los pájaros que se reunían en las copas de los árboles, preparando la noche.
Avenida L. Vallarta 1246.
La fachada gris del edificio contrastaba brutalmente con la calle y sus colores. El extraño edificio desentonaba con lo que había visto hasta ahora, tenía algo de funeraria moderna. Mis amigos habían optado por reunirnos en uno de esos lugares del momento. El Bar de la Cruz, inaugurado apenas unos meses antes y cuyo diseño, según me había contado André, había sido realizado parcialmente por una amiga del colegio.
El bar se encontraba en el último piso de Plataforma, una nueva galería de arte contemporáneo que acababa de sumarse a la creciente oferta cultural de la ciudad. Mientras escuchaba nuevamente las indicaciones enviadas por André en una nota de voz, rodeé la fachada de la galería hasta encontrar unas escaleras metálicas escondidas al fondo del edificio. Las subí lentamente, atraído por una tímida melodía que se hacía cada vez más presente.
La atmósfera del lugar me sorprendió de inmediato. Tuve la extraña impresión de entrar en un espacio religioso ¿Un monasterio? Una sala amplia cubierta de madera oscura, un piso de cerámica amarilla y una iluminación rojiza que parecía suspender el tiempo. Una atmósfera sofocante impregnaba el lugar, un silencio ruidoso apenas interrumpido por murmullos y el roce discreto de vasos sobre la barra. El carácter oscuro e introspectivo del espacio producía una sensación extraña, casi voyeurista. Sobre la pared izquierda se alineaban tres cabinas de cedro rojo, parcialmente ocultas por la penumbra. Dentro de ellas apenas se distinguían algunas siluetas hundidas en sillones de piel, iluminadas tímidamente por pequeñas bombillas de vidrio soplado. Había algo de confesionario en aquellas cabinas, una intimidad cuidadosamente diseñada.
Al fondo se extendía una enorme barra iluminada por lámparas de vidrio soplado, color rojo sanguíneo. Los vasos y las botellas reflejaban destellos rojizos sobre la madera oscura. La madera oscura, el olor a cedro, la piel envejecida de las cabinas y el reflejo de la iluminación producían una sensación casi litúrgica.
Introibo ad altare Dei.
Busqué sin éxito entre las mesas algún rostro familiar.
Preocupado por no interrumpir aquella extraña cofradía, me dirigí hacia la barra. A un lado se encontraba una puerta corrediza que conducía al espacio exterior del lugar.
El contraste entre ambos espacios era brutal: adentro, un ambiente silencioso, oscuro y casi inquietante; afuera, una amplia terraza donde una corriente fresca agitaba lentamente los sillones de madera y las piedras volcánicas decorativas. La ciudad respiraba. Ahí estaban ellos. Reunidos en círculo, conversando tranquilamente bajo el aire de la noche. Aliviado, como uno puede estarlo al encontrar algo familiar en un entorno extraño, me apresuré a saludarlos uno por uno. Abracé aquellas sonrisas de la infancia, apenas alteradas por el tiempo. Algunas caras seguían conservando un aspecto lampiño, inocente y pícaro, otras parecían endurecidas, curtidas por esas marcas discretas que deja la vida.
Mientras nos decidíamos por las bebidas, Rubén nos platicó un poco del concepto del lugar.
—De lo que entendí, este edificio de inicios de los setenta fue una casa funeraria durante varias décadas. El despacho que lo remodeló intentó crear un espacio de celebración en torno al arte, en un lugar que durante mucho tiempo estuvo definido por la dualidad entre la vida y la muerte.
—¿A poco sí, Rubencito? —contestó Esteban con sarcasmo.
Me pareció notar un cambio en la relación entre ellos desde que Esteban salía con Jenny, la prima de Rubén. Un trato distinto se había instalado entre los dos.
Hablamos de lo que se habla en ese tipo de reencuentros: de la vida, de la ciudad y sus cambios, de chismes y fracasos sentimentales. Fue entonces cuando observé un detalle que se me había escapado. Aunque desde el inicio me había sorprendido la ausencia de luz natural y la falta de comunicación entre el interior y el exterior, nada parecía vincular ambos espacios salvo tres pequeñas ventanas en forma de cruz que conectaban tímidamente la terraza con el interior del bar. Estas parecían dispuestas como esculturas incrustadas en los muros.
Mientras observaba aquellas ventanas recordé algún artículo sobre la inspiración religiosa en arquitectos como Barragán. Entonces apareció, en la segunda ventana, una extraña silueta detrás del vidrio, deformada por la geometría de la abertura. Solo se distinguía una hilera de dientes color marfil, único punto donde penetraban algunos rayitos de luz rojiza.
Era Javier, el último en llegar.
—Ya era tiempo, don Javier de la Cruz. ¿Qué te pedimos? —dijo Rubén entre risas.
La extraña aparición de Javier por aquella ventanita nos hizo recordar inevitablemente el fenómeno que había sacudido la ciudad unos años antes.
Las cruces de mierda.
—¿Cómo había empezado todo? —pregunté.
Yo había escuchado hablar del caso, pero ya vivía fuera de la ciudad.
Esteban, que poseía memoria de cronista y apreciaba particularmente ese tipo de historias, aseguró que todo había comenzado durante la pandemia.
—Recuerdo que la primera cruz apareció como a los dos o tres días del famoso discurso de López-Gatell. Una cruz de mierda embarrada cuidadosamente sobre un puente peatonal. El caso se volvió viral en redes. Empezaron a aparecer fotos del signo en distintas partes de la ciudad.
—Primero en avenida Hidalgo, luego a dos pasos de mi casa y también por los rumbos del Expiatorio —señaló Rubén—. Nos mantuvo bastante entretenidos durante el encierro. Hasta debatimos si se trataba de cruces de mierda o de tierra.
Según Esteban, las redes le habían dado mayor magnitud al caso.
—¿Y cuál fue el motivo? —pregunté, lamentando no haber presenciado semejante serie de firmas.
—Pues mira —continuó Esteban— al inicio pensamos que se trataba de un caso aislado, pero poco después comenzaron a aparecer por toda la ciudad. ¡Se inspiró el cabrón! Primero sobre anuncios publicitarios de parabuses, después sobre puentes peatonales, iglesias y fachadas recién remodeladas. Siempre la misma forma, dos líneas de mierda perfectamente superpuestas. En cuanto a los motivos del autor, nunca se supo bien. Entonces comenzaron las teorías. Se creó incluso una brigada de detectives amateurs en Facebook. Algunos apuntaban a una crítica religiosa, otros aseguraban que, si unías los puntos donde habían aparecido las marcas, se formaba un pentagrama sobre la ciudad. Ya sabes, mamadas de trasnochados.
—Para mí sí fue una especie de manifestación antirreligiosa o contra la gentrificación —aseguró Rubén.
—A mí me late más la idea de una intervención artística, un trabajo de autor—agregó André—. Un performance anónimo para criticar el consumismo.
—No mames, André —dijo Javi—. Dudo que haya sido un solo autor. Yo creo que un indigente hizo la primera marca en un momento de inspiración y luego, cuando el asunto se volvió viral, otros continuaron el juego. Así nació la leyenda.
Yo observaba fascinado la manera en que mis amigos discutían con absoluta seriedad aquel fenómeno escatológico.
Esteban remató:
—Lo que sí, hayan sido varios o uno solo, nadie pudo explicar los sucesos que vinieron después de las marcas. ¿Qué me dicen de la volcadura del Sitren en avenida Hidalgo, a dos pasos de donde apareció la primera cruz? ¿Y el incendio de la bodega Cubero?
—Esas son mamadas —dijo Javi—. No creo que haya ninguna correlación entre ambos hechos.
Después de un buen rato de discusión, cambiamos de tema y más tarde nos despedimos.
Rechacé amablemente el ride que me ofreció André. Quería, como en la ida, regresar caminando.
Las calles respiraban una humedad deliciosa. Yo seguía un poco aturdido y las bebidas habían acentuado mi estado nebuloso. Deambulé sin rumbo mientras la ciudad se vaciaba por completo y dejaba de parecerse a la pintura de unas horas antes.
El camino de regreso me pareció más denso y confuso que el de la ida. Las fachadas oscurecidas me resultaban irreconocibles. Creí estar perdido hasta que lo vi.
En la penumbra de la calle desierta, inmóvil, brillaba con una luz incandescente el tótem. Resplandecía como un faro en medio de la noche, el letrero publicitario del Seven, con sus destellos verdes y anaranjados.
Entonces casi tropecé con una silueta diminuta sobre la banqueta. Creo que era un hombre envuelto en trapos. Me sonrió… ¿o acaso fue una mueca? No estoy seguro. Desapareció de un instante a otro, como absorbido por la noche. Aceleré el paso hasta llegar al portón de la casa. Introduje la llave apresuradamente, pero algo viscoso y espeso cubría la cerradura. La llave resbaló entre mis dedos.
Y entonces remató en mis narices el olor de la sentencia. Nauseabundo. Un tufo espeso que parecía desprenderse del propio portón. Retrocedí instintivamente. Y fue ahí cuando la vi. Dos líneas trazadas cuidadosamente sobre el portón oscuro.
Habían vuelto. [ C ]
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TRES TEXTOS (del libro Refugio de Cuentos)
Dénise Morales C.
[ Venezolana. Licenciatura en Comunicación Social, Universidad del Zulia, Venezuela. Máster en Educación, Universidad de Montreal, Canadá. Publicaciones: tres libros de cuentos para jóvenes, Universidad de los Andes, Venezuela, donde trabajó como docente 27 años. Vive exiliada en Francia donde ha publicado seis libros de relatos en Amazon. ]
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1. Fruto
… Hay una manzana podrida en el reino de mi infancia…
Con ese pensamiento corté la fruta de un tajo. En su centro vi una mancha tenebrosa que parecía macerar todas mis estaciones y descontentos. Intenté salvar un bocado porque nada restaba en mi despensa, y porque contaba con pocos minutos antes de que diera inicio la función de teatro. Bajo el influjo de su imagen conduje el auto desmenuzando con raciocinio el porqué de mi repentina aflicción ante la fruta descompuesta. De niña las manzanas eran frutos mágicos que llegaban para ocasiones especiales: el cumpleaños o el final de los doce meses. En el reino de mi infancia los monarcas eran mis padres, sus guerrillas domésticas veladas con amorosos gestos y buenos modales nos hacían sentir los tiernos herederos de los territorios del afecto.
Esta manzana de la que hablo, había cumplido su misión en el platillo de las ofrendadas de mi altar y, sobre todo, satisfizo las medidas justas para mi goce estético. Aguardé con deleite el momento de cortarla y, repasé por última vez su figura perfecta. Le encajé el cuchillo, la hice dos fragmentos. Dos rostros pálidos mirándose en lugar de dos mitades frescas. El deterioro era inminente. Mi desconcierto era el de un espectador enfrentado al Acto único de la inaplazable decadencia. Tan protagonista era yo como ella. Su rango de fruta sapiente en la historia del Génesis no bastó para recomponer mi entusiasmo.
Mientras llegaba al teatro mastiqué la magra rodaja salvada al resto de la manzana. Su sabor terroso me devolvió la imagen de mi desheredado reino. La boca, en vez de agua, se me hizo un cuenco de conciencia: sabere-sapere. En ella se reunían decenas de años enterrando la imagen de mis muertos, recogiendo restos de peladuras y trozos de cuantos ideales creí llegar a ver resueltos.
Llegué al teatro, crucé la puerta y penetré en la sala que ya estaba oscura y llena de silencio. En ese instante se abrió el telón. No tuve tiempo.
La obra comenzó sin mí. Un intenso olor a fruta descompuesta cubrió las tablas. En el rojo terciopelo de las butacas mastiqué mi desconcierto.
Pero al fondo de las gradas, casi frisando el suelo, vi recomponerse el sentido de la frase de Shakespeare…
“hay un destello oculto en el marchito reino de una manzana muerta”.
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2. Búhos
Pequeños, de ojos saltones y repletos de silencio, cinco búhos llegaron de repente. Los sagaces mochuelos me tentaron, atizaron mi deseo de abrazarles, y rogué al niño que estaba a mi lado echar mano a uno de ellos. Pero el niño dijo que los guardianes de la noche solo aparecen en los sueños. ¿Entonces estoy soñando?
Durante días anduve posesa por el encantamiento. Buscando descifrar mi sueño, cavilé, leí acerca del significado onírico de los búhos, según los antiguos oráculos y el psicoanálisis. La imagen de sus fantásticos ojos apuntando como faros mi encierro se volvía cada vez más real y ya no supe, si una evocación, puede ser más cierta que todo lo que creemos estar viendo. Decidí pues buscar la ayuda de un mago para dilucidar el misterio. Me hablaron de uno que habita un apartado municipio y, para cumplir sus oficios, pide como condición guardar silencio absoluto hasta su llegada. Así pues, un mediodía, me entregué al vacío encantado de ese momento que parte la refulgente esfera de la jornada en dos mitades. Me quedé callada, no hice almuerzo. Esperé quieta…
El mago ahora está aquí. No me ha dicho cómo vino de tan lejos. A decir verdad, suelta muy pocas palabras y me advierte que las atesora como gotas de tinta para escribir lo que el silencio encierra. Pero en fin, aquí está y se ha puesto a preparar un dulce de ciruela, ruibarbo y trozos de lechosa verde que encontró en mi despensa.
Se mueve liviano, musita mientras revuelve la cacerola sobre el fuego. Gira la cabeza en círculo como lo hace la lechuza, sus ojos destellan dos linternas. De su túnica brotan luciérnagas que lo desprenden del suelo. Levita, viaja por las habitaciones, cambia el lugar de cada objeto, muda el sentido de las hojas del almanaque, pone entre mis libros palos de canela, hojas transversas.
Yo me retiro a mi pieza, le dejo hacer mientras las patitas del reloj dan saltitos sobre las rayas meridianas. Dentro de poco, el niño que vive conmigo regresará del colegio. Escucho silbar al mago y las aves del vecindario llegan contentas. Toda la casa se vuelve una pajarera. Suena el timbre. Abro la puerta, el niño me entrega su morral y un dibujo con una nueva bandera, la que tiene otra estrella.
El mago, se queda pensativo, se rasca la punta de su barba con una mano, con la otra bosqueja una figura en el aire que el niño captura al vuelo y la completa a su manera. La pajarera eufórica frisa el cielorraso, explora el aroma de la confitura. El momento culminante llega.
Todo está listo. La obra terminada, anuncia el viejo sabio. El niño alcanza su dibujo y lo hace ondear como otro vuelo. El mago agita el cucharón de palo y escribe al aire una frase que se ilumina con cola de cometa. Las páginas de mis libretas se abanican, se desprenden, desordenan sus esquemas. Un estornudo del mago las dispersa. Otro movimiento de su varita y el hombrecillo estampa una frase sobre la única hoja sobreviviente en mis despeinados cuadernos. Allí se lee: los Búhos nos visitan para enseñarnos a abrazar el miedo, enfocarlo con ojos de linterna, trocarlo en lucero. La noche es el espacioso pliego que los búhos tienden para que les narremos un cuento.
El mago va a la cocina, colma varios platitos con la jalea olorosa a lechoza, ruibarbo y ciruelas, todos comemos muy contentos. Pericos, gorriones, golondrinas, niño y mamá aplauden a Flareón, que así se llama el mago, según nos enseñó con sus gestos, que quiere decir, Flamígero Recuerdo.
Lo vemos levitar de nuevo. Ahora entra por el agujero de un frasquito de tinta que le hace de aeronave, carruaje, proyectil e idea para acudir puntual a su destino y llevarse de vuelta la mecha encendida de una inspiradora musa.
Una mecha mía se ha ido con Flareón. Ahora preparo el almuerzo con mi hijo y escuchamos que algo dice…
… “crear es el primer alimento”.
***
3. Yumira
Yumira tiene un sueño. Como puede otro tener un barco, una brújula, un granero. Algo a lo que se vuelve para asegurarse de que el camino por el que se transita aún no está acabado ni resuelto. Dos lamparitas se encienden en sus ojos cuando me habla de su sueño. Su rostro alcanza el brillo de los luceros y los plises de su piel se despejan dejando ver a la niña de quince años que era Yumira cuando contrajo matrimonio en aquella lejana tierra a orillas del Éufrates.
Yumira desde entonces acuna un sueño, un capullo compacto que, ni sus embarazos ni sus labores de panadera, han impedido que crezca. Su sueño aguarda paciente el roce de la libertad para abrirse plenamente.
Cuando voy a comprar pan, Yumira me pide que le hable de mis viajes, de mis estudios y de otros episodios que para ella resultan proezas, y le avivan sus lamparitas inocentes. Insiste en que me quede conversando un rato más, mientras los clientes de la panadería van y vienen sobre el hilo de nuestras palabras que la tarde se lleva. Luego de escucharme, Yumira se cubre de coraje y me revela su gran sueño: deseo estudiar. La palabra cobra la dimensión de una estrella. Inalcanzable, puesto que, de tan escondido, su sueño no ha conseguido franquear la negativa de su marido para permitirle ir a la escuela. De sus ojos escapan dos cocuyos muy verdes y arrojan claridad a tantos años de cautiverio.
<No hay manera de convencerlo> repite Yumira, <mi marido no quiere dejarme estudiar>. Los cocuyos vuelven a entrar por donde salieron. Y yo creo estar viendo un traje de novia ciñendo el pecho de una adolescente con un discreto abecedario empuñado en lugar de un ramillete. En torno a su traje blanco otras mujeres le recortan el ruedo (el vuelo). Más tarde, un abecedario en moldes de pan y un puñado de levadura hinchará la masa que no se amoldará al recipiente. Estallará en pegajosos grumos contra los estantes y las paredes del encierro.
Yumira sonríe y confiesa que <cada noche esa idea me compaña antes de poder dormir>. Respondo a su sonrisa con otro lucero, me despido sobre las siete de la tarde y llevo mi habitual hogaza de pan redondo y oloroso con el que acompaño la cena.
Las lamparitas de Yumira se apagan entonces. Por sus pliegues se adentra la noche, mientras yo camino de vuelta a casa dejando migas sobre las aceras para que los cocuyos no extravíen su vereda. [ C ]
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ENSAYO DIALÉCTICO DE MI PROPIO SER: LUNA NUEVA
Carmen Pérez Fernández.
[ España. Es profesora de español, inglés y francés en la Éducation Nationale de París y colabora con empresas internacionales en la enseñanza de idiomas. Ha vivido en cinco países y centra su interés en el ecofeminismo, la educación intercultural y la investigación. Participa en congresos internacionales y es autora publicada en la editorial Diversidad Literaria. ]
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Lo que en un nivel más profundo había dado motivo para los conflictos más turbulentos y a una pánica tempestad de afectos, parecía ahora, contemplado
desde el nivel más elevado de la personalidad, como un temporal del valle visto
desde la cima de una alta montaña
El secreto de la flor de oro (Jung, 1961, p. 32)
Hablar contigo en sí
Me he dejado vivir, porque eso es lo que espero de mí. Ausentarme del ruido fehaciente del exterior para limpiar lo que más me importa, mi raíz.
Cuando vives en el extranjero, es tan fácil perderse en los senderos de otros, mimetizarse con hábitos que te dañan o no te representan, ser incauto con uno mismo para complacer asertivamente al otro, y afirmar planes que no te agradan para evitar la soledad diaria. A grandes rasgos, ir olvidando quién eres.
A muchos nos pasa. Sin darnos cuenta, rompemos con valores sacrales en la vorágine del tiempo, habitamos otros espacios quietos. Por ello, gracias al reconocimiento de otras culturas, a la comprensión de los eventos canónicos musulmanes, judíos, sigo queriendo ser quién soy y evoco al jardín andaluz de mis entrañas, al aire con tono jazmín del patio de los naranjos de la Mezquita Catedral de Córdoba, a la brisa suave del Mediterráneo, al amor que tengo por mi Andalucía.
Tres muros y la cuarta pared tuve que desenvolver en las seis mudanzas de las que me afirmé: la primera sería la última y la última sería la primera, enrollándome en los papeles chirriantes de plástico que hacían música entre mis sollozos. Prometiéndoles a mis cuadros y a mis fotos ya sin marcos -porque ni siquiera con esos me pude quedar al no saber si iba a tener suficiente espacio para mantenerlos-, que les buscaría un buen sitio, o al menos algún rincón soleado, para que sus colores pudieran seguir siendo vívidos en una escala de gritos.
Paulatinamente, a fuerza de cambios queridos y otros sin querer, aprendí a no ser esclava de lo que no podía mantener, entendí que los objetos tienen utilidad específica. Pero, que almacenamos rigurosamente y en demasía, pensando que quizás llegue el utópico día en el que nos vayan a hacer sentir hogar, cuando el centro ya reside en nosotros.
Y, sorprendida de mí, me encontré donando prendas de vista de muchos paisajes; zapatos que calcé para saludar y despedir a grandes amigos, cuyas almas me soplaron esperanza en episodios desoladores. De ellos también descubrí que saber es epítome de volver a tu centro, que es la infancia la que sostiene el timón de un futuro ya escrito y que en las fragilidades se debe abrazar para comprender el mapa de nuestra vida. Por extensión, por fin asimilé que el estar en casa no era una coordenada ni una llave, sino la capacidad de permanecerme fiel, incluso cuando todo lo demás muta.
En días como estos, los clásicos me preceden y tienden sus manos dichosas al corazón, a veces sí, a veces un tanto malnutrido. El instruido Heráclito se me aparece afirmando que nadie jamás se baña dos veces en el mismo río, pues no hay retorno absoluto al mismo lugar: ya ni el agua ni el buceador permanecen intactos.
Entonces, ¿qué nos susurran del camino? Quizá no sea desandar caminos, sino sostener una esencia que resiste al cambio constante, una raíz que no se ve pero que nutre, incluso, en tierras ajenas. “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca, se ha de volver a pisar.” (Proverbios y cantares (XXIX), Antonio Machado.
Por eso, decido habitarme, aunque no siempre me logre entender del todo, siendo espejo propio de extranjera. Porque incluso en lo desconocido que hay en mí, hay una fidelidad que no se desquebraja.
De lo más tétrico y oscuro, logré renacer porque Dios así lo quiso y, entrecomillas de llanto consolado y escuela de vida, veo cómo voy avanzando, rompiéndome de nuevo, dejando de pertenecer al pasado para, simplemente, convertirme en luna nueva. [ C ]
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EL NIÑO Y EL CORCEL
Felipe Sánchez Reyes
[ Puebla, 1956. Ensayista, narrador y traductor. Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Literatura Iberoamericana (UNAM). Es coordinador de la Colección Bilingüe de Autores Grecolatinos, dirigida al Bachillerato de la UNAM y es profesor-investigador de la UNAM (CCH Azcapotzalco), donde imparte las materias de Griego y Taller de Lectura y Redacción. Su obra incluye: Poesía erótica: Safo, Teócrito y Catulo (UNAM-CCH, 2020), Teócrito: poemas de amor, desamor y otros mitos (UAM-A, 2019), Pétalos en el aula. La docencia, lecto-escritura y argumentación (UNAM-CCH, 2018), Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin (Conaculta-IVEC, 2013). Ha colaborado en las revistas, Tema y Variaciones de Literatura, Texto Crítico, Liminar, La digna Metáfora, Cambiavías, Eutopía y Poiética.]
Llego a casa, abro la puerta y atrapa mi mirada la foto y el trote donde aparezco yo contigo. ¿Te acuerdas que tú me cargaste en tus brazos, me retocaste el peinado, me subiste al caballo y le dijiste: señor, ¿ya puede tomar la foto? Tú apareces con tus veinticuatro años en flor al lado del caballo de cartón y yo montado en él, con una mano en las riendas y la otra en la cabeza de montura. Mientras el fotógrafo imprime la foto, tú y yo caminamos por la Feria de San Pablo: me llevas de la mano, miramos los puestos de frutas y me compras dulces, antes de volver al pueblo.
De esta escena no me acordé, cuando subido en el corcel acompañé a mi tío a cortar las cañas secas: las hojas abiertas sin elote clamaban al sol que menguara sus rayos para que no las quemara ni incendiaran la parcela.
Ese día por primera vez convivimos juntos fuera de la casa materna. Llegamos al trote de dos caballos y un burro a la milpa, después de haber cosechado pocas mazorcas porque ese año llovió poco. Nos bajamos de las monturas, caminé para relajar mis piernas pues era la primera vez que montaba un corcel de verdad, mientras él agarró las riatas de los animales, las amarró al tronco del árbol y me dijo con cariño:
-Hijo, tú te guareces del sol bajo las ramas del guayacán, cuidas que los animales no se desaten ni nos dejen solos aquí, mientras yo corto y apilo la milpa en los surcos. Diciendo y haciendo, desenvainó su machete, se internó entre surcos de cañas secas, se agachó, agarró el tronco de una con su mano, con la otra le dio dos, tres machetazos, la cortó y amontonó. Cuando ya tuvo el primer montón, me ordenó:
-Recoge las cañas y dáselas de pastura a esos pobres animales, porque están más hambrientos que nosotros. Yo obedecí, mientras él seguía cortándolas, arrojándolas a otro montón y limpiándose el sudor de la frente con las mangas de su camisa. Luego me pidió que le llevara su cantimplora de agua, porque tenía la boca seca que humedeció cuando resbaló la primera perla cristalina por su garganta y me compartió con su sonrisa el oasis de agua fresca. A las dos de la tarde, cuando los rayos solares lo agotaron, me hizo salir de mi guarida y me expresó lo siguiente.
-Te voy a encomendar tres órdenes para saber qué tan buena memoria tienes. Pero pon atención, hijo, para que no las olvides. Una, toma mi morral del caballo, saca el paliacate rojo y tráemelo para limpiarme el polvo y sudor de la frente, porque estoy sudando mucho. La otra, bajas de la montura la bolsa con la servilleta de tacos y el agua de limón que nos echó mi hermana en una botella. Y la última, recoge del suelo cinco piedras grandes y colócalas en círculo, también ramas secas y hojas de mazorca que allí meterás para hacer la lumbre y calentemos los tacos. Porque con el trabajo y el sol ya me dio hambre. Si algo se te olvida, me avisas para recordártelo. ¿Me entendiste?
-Sí, tío. Yo realicé sus tres órdenes. Cuando vio que yo ya tenía todo preparado, paró su labor, se vino conmigo a la sombra, se quitó el sombrero, reacomodó ramas y hojas dentro de las piedras, prendió la fogata y calentó en las brasas los tacos que nos comimos esa tarde con el agua de limón que me supo a gloria. Enseguida él se sentó a reposarlos sobre una piedra, yo en el suelo a su lado y los animales comiendo la pastura, mientras las ramas del guayacán nos protegían de los rayos solares y nos aislaban del mundo. Yo me quedé viendo un rato a los caballos y al burro flaco que remolían las cañas con sus quijadas.
Luego volteé a mirar sus rizos negros en la frente llena de polvo y gotas de sudor. Se quedó mirando el cerro lejano, como si buscara al padre ausente, para que le ayudara a encontrar salida a su apuro. Su mirada ausente y triste me demostraban que eran ciertos los rumores y aflicciones de mi mamá y abuelita acerca de él: había embarazado a una chica.
Cuando Pata de Palo, el padre de ella, se enteró por su esposa que su única hija tenía dos meses sin reglar y el culpable era mi tío, entonces le impidió verlo. No deseaba casarla con el hijo de una maestra viuda, aunque éste se lo pidiera de rodillas, y le mandó a decir con alguien que donde lo hallara, lo mataría a balazos. Por eso mi tío siempre traía su pistola al cinto y, al dormir, la ponía bajo la almohada.
Por más que le daba vueltas, no hallaba la solución al problema, pues además ella se empecinó en tener al bebé, ya fuera soltera o casada. Él jamás pensó que su aventura lo llevaría a este dilema: o se la robaba y se casaba con ella en otro pueblo, o el suegro lo mataba, no había más. Ese aprieto lo tenía distante de mi mamá y abuelita, y ahora, por un momento, también de mí, le afligía que siendo tan joven lo asesinara un pata de palo.
Al día siguiente en el patio me confesó, antes de salir de casa, que ayer mientras yo lo inspeccionaba con el rabillo del ojo, él también intuía las preguntas que me formulaba. -Entonces te preguntabas, quién era yo, por qué te había traído o si algo me afligía. Ahora contesto tus dudas, sobrino. Te había llevado porque tengo una deuda moral con tu abuela y mi hermana que me ha orientado en mis problemas desde niño. Porque así evado que ellas me pregunten por la novia y porque deseo tener un hijo alegre y obediente como tú, pero no con ella. Además, eres el único sobrino con quien he convivido desde que naciste y me quieres a pesar de mis borracheras, ¿o no? Ahora sí ¿están satisfechas tus dudas nacidas ayer en el campo, para irme a la calle? -Sí tío. Enseguida se despidió de mí y se fue.
Ahora que lo recuerdo, ese fue el primer momento de mi vida en que tuve consciencia del cariño que me unió a mi tío, porque con su mirada perdida me compartió las dudas de su juventud, conflicto amoroso y su confesión íntima. Hoy veo que en ese instante nos sentimos acompañados en el mundo: la soledad y su pugna interior estrecharon nuestro afecto a lo largo de nuestras vidas y aún ahora extraño su mirada, sonrisa y abrazo. Ese momento le devolvió la paz interna, pues si él se sintió útil con su mamá y hermana, yo me sentí amado y protegido por él y por ellas.
Tanto fue su amor por los caballos que se lo contagió a su hermana. Ella esperaba que yo tuviera la edad para enviarme a Jalisco y aprendiera la charrería: hacer las manganas, lazar animales en su carrera y tirarlos al suelo, florear la riata y saltar en plena carrera de uno a otro caballo: el salto de la muerte. Pero mi papá, la estrechez y los azares de la vida no se lo permitieron.
A las cinco de la tarde se me acercó, me acarició en la cabeza y me propuso:
-Hijo, ya puedes irte a la casa y dile a tu mamá que llegaré tarde, porque aún debo cortar leña y cargar al burro de pastura. Y me advirtió, ¡pero, no se te vaya a olvidar decírselo!, porque, cuando se enoja, me pone unos santos regaños que para qué te cuento.
Me llevó ante el caballo manso, me alzó en sus recios brazos, me montó, tomé las riendas y le dio una palmada en el anca para que avanzara. Inició su trote, llegamos a la barranca empinada, pero, al sentirse sin mando en la rienda, empezó a galopar y, sin saber cómo ponerle freno, lo dejé correr a su antojo. Como me dio miedo de que me tumbara, me agarré de la cabeza de la montura. Poco a poco se cansó de su carrera loca, agarró su trote inicial y me llevó a casa donde me esperabas tú que me ayudaste a bajar del animal sudoroso por el galope.
Tú siempre le repetías a mi papá: “el que invoca algo con el pensamiento, lo atrae, viejo”, nunca lo olvides. Y es cierto, ese día lo comprobé con mi tío. Él comía en casa, se marchaba, esquivaba el bulto con su hermana y mi abuelita, y regresaba cuando ya todos dormíamos. Esa mañana almorzó, se salió de casa, bajó a la esquina, saludó a sus amigos y se siguió por la calle del camposanto con dirección al río como si anduviera perdido, siempre pensando en la chica y en la amenaza del padre, al que no deseaba encontrarse.
De pronto junto al panteón escuchó primero el sonido pausado de la pata de palo, como golpe de muerte en su vientre. Luego el sonido fuerte y de prisa en la tierra alejando las piedras que se interponían entre ambos y se acercó a su encuentro final. Cuando levantó la vista, el otro ya lo tenía a punta de cañón, sintió que esa era la última imagen que se llevarían sus ojos antes de morir. Sin mediar palabra, le disparó e hirió en el hombro izquierdo, pero su revólver se encasquilló, mientras él respondió con tiro certero en el vientre que derribó a su rival en un charco de sangre.
Al verlo tirado y llegar la gente, lo dio por muerto y, agarrándose el hombro sangrado, con temor regresó corriendo a casa como si sus pies tuvieran alas. Yo jugaba con el carro de madera en el patio, cuando entró espantado a casa. Fui a protegerme de su miedo al lado de la falda de mi mamá que fue tras él, se angustió al ver su mirada perdida y el hombro herido, e intentó curarlo. Pero él se dirigió al rincón de su ropa, mientras le decía asustado que acababa de matar a su rival, que se iba lejos para que no lo hallaran la policía ni la familia de Ambrosio. Porque después de enterrarlo, lo buscarían para matarlo, por eso el tiempo valía oro.
De allí sacó el puñal, la caja de balas, dinero y ropa que echó aprisa en una bolsa que colgó de la montura. Antes de montarse al caballo, dijo a su hermana, que le informaría con un amigo su paradero. Se subió al pegaso, lo espueleó y salió hacia el monte como alma que lleva el diablo. Pronto ya no oímos los cascos en las piedras ni vimos su sombrero, la cola del caballo ni el polvo.
Al oír los disparos llegaron los familiares levantaron al herido que sangraba, lo llevaron con el otro médico del pueblo quien les recomendó que lo trasladaran a Acatlán porque si seguía sangrando así, se iba a morir. Consiguieron el coche del sobrino del baleado que los condujo como si llevara alas de Hermes, tocaron a la puerta, les abrió y lo reconoció. Lo acostó en la camilla, inspeccionó la herida, lo durmió con cloroformo y operó enseguida. Cuando el otro despertó aturdido y vio su vientre envuelto en gasa con sangre, maldijo al culpable y preguntó a su colega si se salvaría. Éste le inquirió, antes de responderle:
-Oye, Ambrosio, te haré una pregunta indiscreta sin comentársela a la policía que pronto vendrá a interrogarme, ¿quién te pegó el tiro en esa parte del abdomen?
-¡Pues el pinche hijo de la maestra!
-¿El muchacho de los Reyes, cuyos parientes viven aquí?
-¡Ese merito cabrón! ¡Pero, en cuánto me lo encuentre, no me fallará la puntería ni el revólver, y ahora sí lo mataré!
-¿Y por qué lo querías matar? Entonces le contó la historia de su hija, mientras el otro se moría de risa.
-¡Qué cabrón malagradecido eres, Pata de Palo! ¿Sabías que ya tenías infectado ese órgano interno y que si no te lo extirpaban, te morías? En lugar de asesinarlo, deberías de agradecerle que te haya salvado la vida, ¡cabrón! ¡Entiende, te realizó una cirugía exacta con el bisturí de la bala que te salió barata! Si te hubieras operado en el mejor hospital de Puebla, te habrían quitado un ojo de la cara, sin que te garantizaran que saldrías vivo.
-¡Ahora sí me saliste más chingón! ¡Después de herido y casi muerto por él, quieres que le perdone la vida! ¡Pura madre, para que se me vaya vivo otra vez! Por tus palabras y como te conozco ¿me estás sugiriendo que debo pedirle perdón a ese pendejo? ¡Pues no! ¡Ni madres!
Después de que mi abuelita se enteró por su amigo galeno que, si su hijo no le hubiera pegado el tiro, Ambrosio se habría muerto en tres meses, y que aún estaba recuperándose en su casa, resolvió hablar con él para llegar a un acuerdo y evitar que matara a su único hijo. Al final, Pata de Palo ya no intentó vengarse, su hija tuvo una niña morena con rizos, parecida a mi tío, decidió no buscarlo ni casarse con él ni con otro, y heredó la casa de su padre como hija única.
Años más tarde de esa aventura, mi tío se emborrachó y subió corriendo en su equino encabritado a casa, furioso y con los ojos irritados nos gritó a todos los presentes: -“!Vámonos para el cerro de la Peña Letra, pendejos, porque sucedió una tragedia! ¡Vámonos para ayudar a los heridos!”. Como su hermana y sus vecinos lo tiraron de a loco y yo estaba parado al lado del corcel acariciando la grupa, me dio un riatazo que me hizo soltar el llanto y las ganas de pegarle. Se cansó de gritarnos y se fue a dormir a la cama del patio.
Horas más tarde corrió la noticia que le dio la razón a mi tío: “La Paloma” de Aquiles se había volcado en la última curva que lleva al pueblo. Unos murieron atorados entre los fierros de los asientos, otros salieron heridos y a gatas por las ventanas; a mi abuelita, que venía de vender gallinas en la plaza de Acatlán y traía el recaudo para ofrecer en los pueblos, no le pasó nada, sólo el susto de oír los gritos y ver a heridos sangrantes.
Después mi tío vendió su alazán y se compró un garañón más caro y amaestrado que alzaba sus patas delanteras, bailaba al paso de las solteras y las acompañaba a la tienda, pero al no surtir efecto su seducción, se iba con su corcel y frustración.
Sus amigos lo invitaron a trabajar en un pueblo distante y se marchó con ellos y su garañón para independizarse y buscar amoríos. Al mediodía, cuando andaba asoleado y sudoroso sembrando con ellos, oyó su voz y risa alegres que destacaba de sus hermanas que les llevaban agua y comida. Cuando se la presentaron como hija del viejo hacendado, vio su rostro, mirada y, al alejarse con las otras, midió su silueta de arriba a abajo que lo encadenó al deseo. En una velada familiar ella, cual sirena, lo sedujo con su canto alegre, lira y aroma de su flor. Días más tarde la encontró caminando por el campo con su hermana, charlaron y quedaron de verse solos, pero la mirada elocuente de la nereida ya lo esperaba en el riachuelo.
Él terminó su labor y llegó antes a la cita. Se quitó la camisa, lavó el rostro y axilas con agua del arroyo e impaciente se sentó en la piedra a esperarla. Primero oyó el canto de las chicharras que se calló ante el roce de la suela del huarache entre las lajas que se acercaba al lugar. Puso alerta su oído, su corazón latió a mil por hora y sus entrañas se encendieron cual brasa al fuego intenso.
Entonces decidió quedarse allí, encerrarse en su aroma virginal, en la hoguera, y consumirse por las noches en la llama ardiente de las brasas de su cuerpo. Repitieron sus tardes pasionales en el mismo lugar, decidieron unirse, su padre aceptó y se casaron. Él regresó al pueblo con su caballo y su esposa: mi tía.
Cuando procreó a su hija, dejó el garañón por el caballo de cuarto de milla que cambió por el de motor de 150 km. por hora. Una tarde discutió fuerte con su esposa, se subió al auto, se emborrachó y lo aceleró. En su carrera loca quiso darle fin a su historia por aquello de que “la vida no vale nada”, pero para suerte suya sólo lo chocó y se salvó por segunda vez de la muerte. Así la Catrina le peló los dientes y se burló de él que ya tuvo cuidado al conducirlo.
Jamás volvió a montar otro corcel ni yo tampoco porque marchamos a la ciudad para que tus hijos estudiaran, ¿no es cierto, mamá?, y tú perdiste la ilusión de tener un hijo charro. El potro brioso de tu hermano se transformó en licor impetuoso, irrefrenable, al que jamás pudo controlar ni ponerle rienda y se transformó en su amo que lo alimentó diario de su mano. Él se bebió de un trago su vida, el potro lo tiró y la Catrina lo cargó en su cajón.
Hoy, después de recordar la foto donde aparezco montado en el caballo de la Feria y tú a mi lado, reconocí que ya no soy el de entonces. Aquel niño se perdió en el ir y venir por la vida, sólo perduraron su sonrisa y alegría. Los retazos alegres se quedaron prendidos en las ramas de árboles frutales; la huella de sus pisadas en la arena del río y piedras del monte; y su cariño en los brazos queridos de su familia materna y de amadas. Los retazos ingratos la vida se los llevó y guardó en la caja negra de Pandora. Mas los retazos amorosos de su abuelita, tío y mamá los guardó en cajas coloridas que echaron raíces o se transformaron en astillas de madera que el viento levantó y le devolvió este recuerdo de ellos.
Hoy le pregunté al espejo por mi niñez y me respondió: “¡Esa ya no existe ni su fragancia! ¡Vive y disfruta la que hoy tienes en tus manos!”. Es cierto, ya no existen mi casa, mi infancia ni mis padres. Pero late mi corazón y si yo vivo, también viven los recuerdos de mis seres queridos y de mi mami. ¿Mami, sabes, que tu familia se perdió? ¿Que sólo ahora, en otro país, al bajar del avión y abrir en la alcoba mi maleta, salió trotando de mi memoria a la pluma y a la hoja, aquel caballo mágico de cartón en el que tú me subiste de niño, que se transformó en Pegaso, galopó desde el pueblo y me acompañó hasta aquí en mi etapa adulta? [ C ]
Habibi, tenga usted una buena mañana – dijo el hombre que llevaba una túnica blanca y le hizo una reverencia invitándola pasar a su local rodeado de palmeras datileras. La habían llamado así en varios lugares que visitaron como una muestra de respeto y la dulzura que prodigaba por su edad. La anciana sonrió y se sentó en torno a una mesa junto con sus cuatro nietos. A simple vista, los manjares no eran desconocidos para ellos. Los habían probado en los restaurantes árabes que había en su ciudad, pero en nada se asemejaba a los exquisitos sabores del desierto sahariano. Primero probaron el pan pita con babaganoush y luego el hummus lo acompañaron con shawarma de cordero. Esa mañana soleada no parecía ser típica del invierno egipcio, sino del más cálido verano de su ciudad rodeada de tres volcanes. Bebieron varios jugos de guayaba y mango y el infaltable asir asab.
Afuera los esperaba el guía. Se llamaba Alí. Un joven egipcio que apenas rondaba los veintiséis años. Hace tres años había concluido sus estudios de turismo y ahora trabajaba para una agencia de viajes donde ellos tomaron su servicio para el último día que permanecerían en Egipto. Ese sábado no lo vieron probar alimento alguno ni siquiera algo de agua. Mientras la familia comía su merienda matutina, él se retiraba a una habitación especial para sus oraciones. Era el tiempo del Ramadán. Alí lo vivía en profundidad. No perdió la sonrisa en todo el tiempo que duró el traslado desde El Cairo hasta Alejandría. No solo hablaba el español a la perfección, sino que se emocionaba al hablarlo y contar la historia de su país, el de los jeroglíficos, las pirámides, los faraones, las momias y toda esa fascinante cultura de la vida más allá de la muerte. En su explicación mientras se desplazaban hacia el norte, no dejaba de hacer alusiones a las antiguas culturas latinoamericanas, que las conocía tanto como su propia cultura. Si algún día iría a Perú visitaría a su amigo limeño que vivía frente al mar miraflorino y sin duda también iría al Cusco. Lo había conocido en uno de los tantos viajes al inicio de su carrera como guía. El gerente de la agencia siempre lo recomendaba de manera especial diciendo que Alí era el mejor guía y sobre todo que una buena persona. La familia lo comprobó ese día entero que compartió con él. Alí, no solo era una buena persona, Alí era una de las pocas personas con las que uno se topa algunas veces en la vida y nunca la olvida. Había luz en sus ojos, alegría en su voz, ganas inmensas de vivir, por eso el Ramadán lo vivía en toda su plenitud.
Alí no había nacido en El Cairo, la ciudad de los semáforos ausentes, sino en el campo, en medio del valle del Nilo. Ahí vivía con su esposa, sus padres y hermanos, las personas que más amaba en el mundo. No sorprendió a nadie escucharlo decir que la mejor profesión del mundo era la de ser mamá. Gracias a las mamás somos lo que somos- lo dijo mirando con toda su ternura a la anciana, que ya había superado los ochenta años y que lo escuchaba atentamente. Sus nietos pensaron en sus respectivas madres, que encarecidamente les habían encargado que cuidaran mucho a la abuela. La menor la abrazó fuerte y le dijo que era el viaje más bonito que había hecho con ella. La niña aún llevaba el turbante de lino que sus padres le compraron unos días antes cuando visitaron las pirámides.
Alí tenía el pelo corto casi al ras. Contó que había hecho el servicio militar y había aprendido muchas cosas entre ellas que su deber fuera del cuartel debía ser cuidar al resto de personas como si fueran su propia familia. Todos los varones estaban obligados a hacerlo, excepto quienes fueran hijos únicos. Quizá por eso decían que no se cometían muchos delitos en su país. En efecto, los días en Egipto fueron días tranquilos, no había la sensación que algo malo iría a suceder. Ni siquiera la noche que fueron al mercado Khan El Khalili a comprar souvenirs en pleno centro caótico de El Cairo. Esa también fue toda una experiencia nocturna inolvidable. Vieron lámparas mágicas como de las que salía el mismísimo Aladino. Vieron niños con pestañas largas que hacían piruetas asombrosas para que compren sus recuerdos. Mujeres envueltas en sus túnicas, otras con su burka negra completa. Una de ellas dijo a las hijas de la anciana “hiyab, hiyab”, tocándose la cabeza. Ellas no hicieron caso y continuaron luciendo sus largas y onduladas cabelleras. El bullir de la gente del comercio era babélico. Quizá por eso el escritor Naguib Mahfouz, Premio Nobel de Literatura, en el pasado iba ahí a beber un café para inspirarse y poner en orden al caos incesante de las palabras. Había muchos turistas de todas partes que salían con bolsas llenas entre sus manos. Varios latinoamericanos con camisetas deportivas de sus propios países llevaban pequeñas pirámides, imágenes de faraones y gatos egipcios, o papiros con motivos diversos que cruzarían el Atlántico.
Al llegar a Alejandría se respiraba otro aire. El mar los recibía agitando sus aguas por el viento. Se dirigieron al lugar donde se encontraba el Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Alí les explicó que siglos y siglos de historia antigua yacían bajo el agua debido a portentosos terremotos acaecidos también en tiempos lejanos. El Faro de Alejandría fue construido durante el reinado de Ptolomeo en el siglo III a.C. Superaba los cien metros. Ahora quedaban solo ruinas, pero también un proyecto para reconstruirlo. Lo que sí lograron reconstruir y recrear fue la famosa Biblioteca de Alejandría, gracias al apoyo de la Unión Europea. Ese monumento en el pasado también fue construido durante el reinado ptolomeico. Las guerras fueron el principal motivo para su paulatina destrucción a lo largo del tiempo. Incendios con millones de papiros destruidos por el fuego, cenizas y saberes milenarios consumidos. Alí no mencionó en ningún momento a Hypatia, la antigua filósofa y matemática de Alejandría, por eso la nieta preguntó por ella. Hypatia es una leyenda, le respondió sonriendo. Nadie del grupo quiso contradecirle, ya que se encontraba muy concentrado en llevar del brazo a la anciana para mostrarle los distintos ambientes del recinto. Recorrieron en silencio la biblioteca Alexandrina por un buen rato. Se podía ver muchas mujeres leyendo e investigando. Algunas llevaban su hiyab y otras lucían muy modernas. Eran las herederas de Hypatia. Al terminar el recorrido fueron a un restaurante marino y se saciaron con el falafel y pescado del Mediterráneo. Alí se retiró nuevamente para sus oraciones antes que iniciaron el retorno a la capital egipcia.
Ya en El Cairo y unas horas antes de la partida, se enteraron que en ciertos aeropuertos de medio oriente varios vuelos habían sido cancelados por los ataques que habían sufrido varias ciudades persas el último día de febrero. Su vuelo estaba programado casi a la medianoche. Sin embargo, la numerosa familia salió sin problemas rumbo a Madrid. Desde la ventanilla del avión vieron El Cairo iluminado. La anciana recordó a Alí, el iluminado. “Hasta luego, habibi, le dijo, eres como mi hijo. La paz esté contigo y los tuyos”. Pensó que un día se volverían a encontrar en el mundo de la liviandad de las almas donde los antiguos egipcios aspiraban llegar y donde seguro su esposo la estaba esperando desde hace seis años. A medida que sobrevolaban el norte de África y surcaban el Mediterráneo su nieta no le soltó la mano hasta el amanecer. [ C ]
Para Guayo y Pepe, desde nuestros mundiales en San Román
Desmarque
Es relativamente conocida la íntima relación con el futbol que tuvo el incombustible Henry Kissinger asesor de seguridad nacional y Secretario de Estado de los Estados Unidos (1973-1977).
Artífice de la diplomacia de Richard Nixon, Kissinger fue una celebridad paradójica. Por un lado, se le asocia con la intensificación de la guerra de Vietnam en 1969 y 1970, período en que se lanzaron en ese país y en su pequeño vecino Laos, más bombas que en toda la segunda guerra mundial. Se le asocia también al golpe militar a Salvador Allende en Chile (1973) y a la emergencia de dictaduras militares en América del Sur en la década de 1970s (Argentina, Brasil, Uruguay, entre otros) bajo el nefasto Plan Cóndor. Por otro lado, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1973 junto con el gran negociador vietnamita Le Duc Tho por los Acuerdos de París que pavimentarían el fin de la llamada guerra americana en esa nación del sudeste asiático dos años después. En realidad, Le Duc Tho rechazó el premio y es legendaria la imagen de la entrega de la presea en Oslo en esa ocasión, con el lugar vacío del negociador vietnamita y su diploma y su medalla en la mesa.
Henry Kissinger entusiasma aún hoy a muchos de nuestros diplomáticos seducidos por la real politik y por algunas de sus obras, particularmente Diplomacy (1994).
Marcaje
Kissinger era un auténtico fanático del fútbol. De niño, cuando vivía en Bavaria, fue fanático del club de su ciudad natal Greuther Furth, club que fuera varias veces campeón en Alemania entre 1916 y 1929. Hay también registro de que gustaba de ir a los estadios. Además, cuando fue designado como consejero de seguridad de Nixon, a finales de los 1960s, pidió que su staff incluyera resultados de partidos de fútbol en los briefings que recibía los domingos por la mañana.
En 1989, Kissinger recibió un reconocimiento como miembro honorario del club Bayern Munich. En esa ocasión, dio una entrevista en la que habló de su gran admiración y cercanía con Franz Beckenbauer y con el astro brasileño Pelé. Se sabe que, en los 1970s, impulsó la llegada del fútbol profesional a los Estados Unidos, cuya imagen simbólica fue el equipo Cosmos, que reunió a grandes figuras. En esa misma entrevista ofreció un punto de vista sobre el fútbol, yo diría que muy estadounidense:
“El fútbol americano y el béisbol se deleitan en la perfección de sus repeticiones; el fútbol en la improvisación de soluciones a imperativos estratégicos en constante cambio. El fútbol americano y el béisbol son una glorificación de la experiencia humana; el fútbol es su encarnación”.
Regate
No cabe duda de que Simon Kuper es el periodista/pensador sobre fútbol más interesante de la actualidad. Por un lado, ha escrito algunas de las obras célebres sobre ese deporte (Football against the enemy y Soccernomics) también ha escrito regularmente en el Financial Times por más de 35 años, además de haber asistido y cubierto puntualmente todas las Copas del Mundo desde 1994.
En su última obra, World Cup Fever (2025), de magnífica factura, Kuper explora laberintos de la FIFA desde su fundación en 1904 y la creación de los mundiales de fútbol en 1928.
También incursiona en los 33 años de la presidencia de Jules Rimet (1921-1954). Cuenta que, para la primera Copa del Mundo de 1930, en Uruguay, Rimet atravesó el Atlántico en barco “llevando en su maleta una estatuilla de 30 cm de alto y 4 kg de peso: el trofeo de la nueva Copa del Mundo”.
Prácticamente desde sus orígenes, la FIFA se puso al servicio de la política internacional y ello se hizo evidente a partir de la segunda Copa Mundial celebrada en la Italia de Benito Mussolini en 1934. Desde entonces, explica Kuper, se reveló “la constante disposición de la FIFA de apoyar a regímenes brutales… arraigada desde un principio. Todo era parte de ´la paz a través del deporte´”.
Jules Rimet fue colaborador del llamado régimen de Vichy y celebró reuniones con altos directivos alemanes del régimen nazi. En 1946, la FIFA designó al trofeo de la Copa del Mundo con su nombre y por lo tanto -según los estatutos de la Federación- dicho trofeo se quedaría de manera definitiva en el país que ganara 3 veces la Copa del Mundo. Por eso, Brasil se quedó con la Jules Rumet luego de ganar las Copas Mundiales de 1958 en Suecia, 1962 en Chile y 1970 en México.
La Jules Rimet fue disputada a partir de la primera Copa Mundial de la posguerra celebrada en Brasil en 1950, cuando tuvo lugar el famoso maracanazo luego de que Uruguay derrotara por 2-1 a Brasil en el recién inaugurado estadio Maracaná. Todavía se pueden ver en las redes videos del estremecedor silencio fúnebre de los más de 200 mil aficionados brasileños en esa ocasión, al sonar el pitazo del árbitro que dio final a ese encuentro.
Rimet terminó su mandato al frente de la FIFA en las vísperas de la Copa Mundial de 1954:
Durante su reinado de 33 años -anota Kuper- la membresía de la federación pasó de 29 a 85 países. Sus asociados lo nominaron para el Premio Nobel de la Paz en 1956. Mientras preparaban el expediente de apoyo, Rimet murió a los 82 años. Aunque yace olvidado en una tumba suburbana, sus obsesiones aún marcan la Copa Mundial.
La FIFA nunca ha ganado el Premio Nobel de la Paz pero, a cambio, en el 2025 creó su propio premio, el Premio FIFA de la Paz-El fútbol une al mundo, entregado por el presidente de la FIFA Gianni Infantino al mandatario estadounidense Donald Trump el 5 de diciembre del 2025.
Un capítulo del libro de Kuper, extraordinariamente interesante, se refiere al otro gran mandamás de la FIFA en el siglo XX, Joseph Blatter, quien estuvo al frente de la Federación cerca de 18 años (1998-2015); es decir, el presidente de la FIFA de más larga duración.
Durante la gestión de Blatter, se registraron los mayores escándalos y se propagó la imagen de la FIFA como una especie de organización amafiada, sin reglas y de una voracidad ilimitada. Kuper explica que:
“lo que importaba a Blatter no era tanto el dinero como el poder y eso lo convirtió en el eunuco del harem que fue la FIFA… La corrupción fue el sistema de Blatter… Y se aseguró de que la gente alrededor de él estuviera corrompida. Si alguien se atrevía a desafiarlo, entonces la maquinaria ética de la FIFA, que él controlaba, mostraría la mala conducta del desafiante. El principal impulsor de este sistema fue Jack Warner (de Trinidad y Tobago y miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA) quien controlaba un bloque de votación de 31 pequeñas federaciones nacionales caribeñas, en su mayoría pequeñas, que en un congreso de poco más de 200 países solían tener el voto decisivo”.
Según Kuper, para la mayoría de los grandes barones de la FIFA que se sentaban en el Comité Ejecutivo del organismo a tomar decisiones, “los sobornos eran el objetivo más importante al momento de elegir a los anfitriones de la Copa Mundial”.
Sin embargo, la decisión sobre las sedes para las Copas Mundiales del 2010 y del 2014 no permitieron grandes márgenes de lucro. El torneo del 2010 se reservó para el continente africano, con muy pocas opciones de sedes (se otorgó a Sudáfrica y España resultó campeón del mundo) en tanto que la copa del 2014 estaba destinada a Sudamérica, y Brasil fue el único país que se postuló -ese fue el mundial del segundo maracanazo luego de que Alemania, a la postre campeón del mundo, aplastara a Brasil por 7 a 0 en su propia sede.
Así, la decisión sobre la sede de las copas del mundo en 2018 y 2022 era muy prometedora para los barones del Comité Ejecutivo de la FIFA: todos los países del mundo eran libres de presentar una candidatura y se elegirían dos sedes en un solo día, lo que ocurrió un 2 de diciembre del 2010.
Esa fecha, en una nevada mañana de Zúrich, marcó el destino de Blatter y de la FIFA. Kuper formula un magnífico planteamiento:
“Otros periodistas han seguido el turbio rastro por el que Rusia y Qatar obtuvieron sus copas del mundo. La mayoría de los miembros del Comité Ejecutivo que votaron en Zúrich fueron posteriormente acusados por las autoridades estadounidenses de delitos penales o sancionados por el Comité de Ética de la FIFA. Mi pregunta no es quién pagó cuánto a quién. Es: ´como se iluminó ese día en Zúrich el cambio en el poder global (del futbol) y el declive de Occidente?”.
Lo que ocurrió en esa sesión del Comité Ejecutivo de la FIFA el 2 de diciembre del 2010 parece un verdadero enigma de estudio para nuestros multilateralistas, acostumbrados a jugar con los equilibrios entre el realismo y el idealismo y con la mira puesta en el bien de la humanidad. Fue como una sesión conjunta, pero al mismo tiempo separada del Consejo de Seguridad y de la Asamblea General de la ONU, con reglas puestas al revés, y luego de nuevo de cabeza y más tarde agitadas de un lado a otro.
Los aspirantes a ser sedes de la Copa del Mundo que se decidirían en esa fecha eran: para el 2018, España y Portugal en una candidatura conjunta; Bélgica y Holanda en otra candidatura conjunta; Inglaterra y…Rusia. Mientras tanto, para la candidatura del 2022, competían los Estados Unidos, la República de Corea, Japón, Australia…y Qatar.
Como ocurrió en su momento para la decisión de otorgar la sede a Sudáfrica, -la cual movilizó como parte de su lobby a figuras como Nelson Mandela, Desmond Tutu y Charlyze Theron-, los candidatos occidentales que ansiaban ser sede en 2018 y 2022 se confiaron a una movilización de lobby tradicional y considerando, dice Kuper, que la FIFA funcionaría como una corporación capitalista.
Así, los ingleses integraron un dream team de promoción de su candidatura encabezado por el príncipe William y el Primer Ministro David Cameron, incluyendo también al futbolista David Beckham. Por su parte, la candidatura estadounidense la encabezaban nada más y nada menos que el entonces presidente Barack Obama secundado por Bill Clinton. Los belgas y los holandeses apostaban por presentar una candidatura de carácter ambientalista. Además, las candidaturas occidentales se movilizaron también con un lobby tradicionalista. Por ejemplo, Inglaterra donó grandes sumas de dinero a Trinidad y Tobago para proyectos de futbol. Y también es sabido que, el mero día de la elección, los occidentales se movilizaron al más alto nivel en Zúrich para hacer lobby personal con los miembros del Comité Ejecutivo de la FIFA y recibieron firmes promesas de recibir apoyo para su candidatura. ¡Sorpresa!: Inglaterra recibió sólo 2 votos para su aspiración, de un total de 22 y un mínimo de 12 votos para ganar.
Mientras tanto, las candidaturas de Rusia y Qatar marcaron la llamada easternization de las decisiones de la FIFA, al parecer mediante ingentes cantidades de dinero para los miembros del Comité Ejecutivo de la propia FIFA. Kuper explica que, como parte de los tratos que se hicieron, hubo inversiones masivas de Qatar en la compra de aviones franceses de combate e incluso la adquisición del club Paris Saint Germain. Por su parte, empresarios rusos habrían inundado el Reino Unido de contribuciones en universidades británicas, museos de arte e incluso se habrían movilizado a través del club de fútbol Chelsea, cuyo propietario en esa época era el multimillonario Roman Abramovich. Estas acusaciones fueron negadas tajantemente por los gobiernos de Rusia y de Qatar.
Así que la decisión adoptada por el Comité Ejecutivo de la FIFA ese 2 de diciembre del 2010 se convirtió a la postre en una catástrofe, el llamado FIFA GATE, que devino en la renuncia de Blatter (2 de junio del 2015) y la suspensión de Michel Platini y la detención de altos directivos del organismo. Esto ocurrió luego de investigaciones dentro de la propia FIFA, pero en especial del FBI, que son harina de otro costal y que nuestros diplomáticos lectores podrán investigar.
Tiro Libre
Hay algunas publicaciones sobre los extremos de la relación entre el fútbol y su contexto y que muy posiblemente se ubican en la categoría de textos clásicos. Por ejemplo, George Orwell escribió justo al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, The sporting spirit, a propósito de una gira a Inglaterra el mismo año, del gran equipo Dynamo de Moscu. La gira despertó sentimientos nacionalistas, a flor de piel por la guerra, y también porque nadie esperaba que el Dynamo de Moscu tuviera una actuación memorable y que, luego de partidos contra los equipos ingleses más fuertes como el Chelsea y el Arsenal, resultara invicto.
Orwell anotó que “las competiciones deportivas internacionales conducen a orgías de odio;… lo significativo es la actitud de las naciones que se enfurecen con estas absurdas competiciones y creen seriamente -al menos durante breves periodos- que correr, saltar y dar patadas a un balón son pruebas de la virtud nacional”.
En un extremo opuesto se ubica Albert Camus, quien escribió sobre fútbol en la línea más recurrente que existe para explicar la indeclinable fascinación por ese deporte: el permanente retorno a la infancia. Camus recordaba sus épocas en la Universidad de Argel y decía que:
“después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más he aprendido, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol… preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud”.
Sin embargo, no cabe duda de que uno de los mejores textos que evoca la relación entre el fútbol y su contexto es La guerra del fútbol de Ryszard Kapuscinsky (1932-2007). Intuyo que a las generaciones actuales de diplomáticos no les dicen nada ese nombre. Sin embargo, en su momento fue considerado el mejor periodista del mundo, colaborador de los periódicos más importantes del orbe incluyendo el Time y el New York Times y autor de por lo menos 18 libros. Se trata de un periodista polaco que fue corresponsal en México cerca de 7 años y cuyo instinto de animal periodístico lo llevó a lanzarse desde la capital mexicana a Tegucigalpa, Honduras. Fue también el primer periodista que dio a conocer el inicio del conflicto bélico entre Honduras y El Salvador en 1969: la guerra del fútbol.
En ese indispensable y memorable texto para diplomáticos, Kapuscinski cuenta que el 14 de julio de 1969 mandó el siguiente cable desde la capital hondureña:
“Hoy a las 6:00 de la tarde empezó la guerra entre El Salvador y Honduras. La aviación de El Salvador bombardeó cuatro ciudades hondureñas stop. Al mismo tiempo las tropas del Salvador violaron la frontera con Honduras intentando penetrar en el interior del país stop. En respuesta al ataque del agresor la aviación de Honduras bombardeó los más importantes centros industriales y objetivos estratégicos del Salvador y las fuerzas terrestres emprendieron acciones defensivas.”
En su extraordinario texto, Kapuscinski cuenta que en América Latina “la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible”. Concluye explicando que, en realidad, la guerra del fútbol no tenía nada que ver con el fútbol:
“La guerra del fútbol duró 100 horas. El balance: 6 mil muertos. 2 mil heridos. Alrededor de 50 mil personas perdieron sus casas y sus tierras…La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en que… El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano (más de 160 personas por kilómetro cuadrado); la gente se agolpaba en un espacio tremendamente reducido cuando la inmensa mayoría de la tierra está en manos de 14 poderosos clanes de terratenientes… Honduras (112 mil km²) es casi 6 veces mayor que El Salvador, al tiempo que tiene una población 2 veces menor (alrededor de 2 millones y medio de habitantes) … Los campesinos del Salvador se establecían en Honduras…. Su número alcanzó unos 300 mil. El gobierno pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de Salvador. Eso significaba que 300 mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su vez, el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos llevado del temor de una revuelta campesina. El gobierno de Honduras insistía y el gobierno de El Salvador se negaba: las relaciones entre los dos países se volvieron muy tensas. A ambos lados de la frontera los periódicos llevaban a cabo una campaña de odio, calumnias e insultos… En estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador… El partido decisivo se jugó en terreno neutral, en México (ganó El Salvador por 3 a 2). El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria pseudo patriótica tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías de los dos países. El Salvador fue el primero en atacar; tenía un ejército mucho más fuerte y contaba con una victoria fácil (pero) la guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta…”
El texto de Kapuscinski es magistral desde el punto de vista periodístico. Pero hay otras dimensiones literarias de nuestro amado deporte. Por ejemplo, el libro de Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra (Siglo XXI, 1995) tiene un carácter casi bíblico para los amantes del fútbol. Se trata de 142 viñetas maravillosamente escritas, que evocan todos y cada uno de los aspectos del fútbol incluyendo las 12 copas mundiales transcurridas entre 1950 y 1994.
Galeano se remonta a los orígenes: “hace 5000 años, los malabaristas chinos bailaban con la pelota con los pies y fue en China donde tiempo después se organizaron los primeros juegos”.
Y recuerda que: “en México y en América Central, la pelota de caucho era el sol de una ceremonia sagrada desde unos 1500 años antes de Cristo (y)… así las pinturas de Teotihuacán y de Chichén Itzá revelan que en ciertos juegos se pateaba la pelota con el pie y con la rodilla. Un mural de hace más de 1000 años muestra a un abuelo de Hugo Sánchez jugando de zurda en Tepatitl” (Teotihuacán).
Galeano también anota que en 1314 el rey Eduardo segundo estampó su sello en una real cédula que condenaba este juego plebeyo y alborotador (mientras que) … en 1349 Eduardo III incluyó al fútbol entre los juegos estúpidos y de ninguna utilidad y hay edictos contra el fútbol firmados por Enrique IV en 1410 y Enrique VI en 1547… (Mientras tanto) en 1592, en su Comedia de los errores, Shakespeare recurrió al fútbol para formular la queja de un personaje: -ruedo para vos de tal manera…? ¿Me habéis tomado por una pelota de fútbol? Vos me pateas hacia allá y él me patea hacia acá. Si he de durar en este servicio debéis formarme de forrarme de cuero… (Y, por otro lado), en Florencia el fútbol se llamaba calcio, como se llama todavía en toda Italia. Leonardo da Vinci era hincha fervoroso y Maquiavelo jugador practicante. Participaban equipos de 27 hombres distribuidos en 3 líneas que podían usar manos y pies para golpear la pelota y despanzurrar adversarios”
Galeano recuerda que el fútbol y la patria están siempre atados y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad. Asimismo, hace un recorrido por el genio de algunos de los grandes jugadores de la historia: Desde los modernos y reconocidos como Pelé, Maradona, Cruyff, Franz Beckenbauer, Romario, Zico y Hugo Sánchez y también otros históricos como Di Stefano, Leónidas, Garrincha; Raymond Kopa; Bob Charlton y la araña negra Lev Yashin.
Recuerda que el gran teatro del fútbol es una suma de habilidades como el arte de sacar ventaja; el arte de hacer tiempo y el arte de hacer todo tipo de travesuras a espaldas del árbitro; mientras que “el gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna”.
Tiros de Esquina
Hace poco se publicó en la edición revista Rolling Stone (febrero 2026) un magnífico titulado Goles, poder y silencio: el fútbol nunca ha sido ni será ajeno a la política. Su autor, Gabriel Cavallo, anota que “el deporte más lucrativo del planeta nunca ha sido verdaderamente neutral ni mucho menos apolítico como insiste en presentarse en los últimos años”. Para él, se trata de una falsa neutralidad:
“… esa neutralidad ha funcionado más como una herramienta flexible para administrar silencios, habilitar alianzas y proteger intereses económicos que como un principio ético “.
Anota que el fútbol internacional puede ser contextualizado en 2 conceptos: el soft power y el sportswashing. El softpower se refiere a “la capacidad de un estado para influir y mejorar su imagen global… mediante la atracción cultural, simbólica y mediática”. El sportswashing se refiere “al uso deliberado del deporte” para promover la imagen de élites o estados como una “operación de maquillaje internacional”. Explica también que el fútbol puede ser una herramienta de resistencia y presenta varios ejemplos, como la famosa gira del Barcelona por México en 1937 y los posicionamientos políticos de futbolistas, por ejemplo, el francés Eric Cantona, el brasileño Sócrates y el holandés Ruud Gullit.
En realidad, el futbol siempre ha operado y obedecido a su contexto. En las redes, hay una página de enorme interés para los diplomáticos. Es una página del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Se titula simplemente Office of the historian (Oficina del historiador), que presenta documentos oficiales desclasificados.
En México siempre hemos tenido diplomáticos que rinden informes memorables, incluso en la actual era digital en que las modalidades de lenguaje y el ritmo de la comunicación han variado radicalmente. Aun así, la palabra escrita sigue siendo de un alto valor para medir la capacidad de un diplomático. Algunos de los informes de nuestros diplomáticos legendarios han sido recogidos en libros. Pero desde hace tiempo parece imperar la prisa simplemente una ventana a la desmemoria. Así que parecería una buena idea tener nuestra propia página web con documentos producidos por nuestros diplomáticos y que ya pueden hacerse del conocimiento público.
En esa citada página Office of the historian, se recogen memoranda de Henry Kissinger, en su calidad de asesor de seguridad nacional de Nixon, relacionados con la ya mencionada guerra del fútbol, el gran conflicto que se desató entre El Salvador y Honduras en 1969, lateralmente relacionado con la Copa del Mundo, la cual tendría lugar al año siguiente en México, y que detonó un conflicto bélico aparentemente a partir de un partido de fútbol. Esas comunicaciones muestran el permanente interés de Kissinger por nuestro deporte.
Kissinger reported that El Salvador had broken diplomatic relations with Honduras following 10 days of anti-Salvadoran riots in Tegucigalpa that began when Salvadoran soccer fans assaulted Honduran fans during a World Cup regional playoff in San Salvador…
Source: National Archives, Nixon Presidential Materials, NSC Files, Box 786… A stamped notation on the memorandum indicates the President saw it.
The Bureau of Intelligence and Research (INR) reported that despite Central American mediation efforts, Salvadoran bellicosity threatened to deepen the crisis between El Salvador and Honduras.
Source: National Archives, RG 59, Central Files 1967–69, POL EL SAL–HOND.
Kissinger reported that El Salvador had initiated air attacks against Honduras…
Source: National Archives, Nixon Presidential Materials, NSC Files, Box 786,
Jugar en Casa
En México, como en el mundo, no son muchos los escritores que toman como tema el fútbol, a pesar de que hemos sido sede de la inauguración de 3 mundiales (1970; 1986 y 2026).
“En qué se parece el fútbol a Dios?, se pregunta Galeano. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.”
Hay por ejemplo un texto memorable de Carlos Monsiváis, a propósito del mundial de 1986, con uno de sus títulos característicos: ¡!!!GOOOL!!! ¡SOMOS EL DESMADRE! En ese texto, en uno de sus memorables subtítulos – en realidad subtextos que despliegan hilarantes comedias- Monsivaís escribió “SIEMPRE LO HEMOS DICHO: EL MUNDIAL DE FÚTBOL DEBERÍA SER LA NUEVA ONU”.
Pero no cabe ninguna de que el gran escritor mexicano sobre fútbol es Juan Villoro. Lo recibimos en Vietnam en abril del 2026 y organizamos varios eventos. En ellos, lo presentamos como uno de los grandes escritores de México en la actualidad y también uno de los grandes pensadores/escritores sobre fútbol en todo el mundo, a la altura de Kuper y Galeano, entre otros.
Quizá vale la pena recordar que Villoro ha sido bastante cercano a la diplomacia. A los 25 años, fue agregado cultural de la embajada mexicana en la entonces República Democrática Alemana, es decir en Berlín Oriental, entre 1981 y 1984, bajo la influencia del gran escritor y diplomático Sergio Pitol a quien considera como su gran maestro. Además, el filósofo Luis Villoro, padre de Juan, fue Representante Permanente de México ante la UNESCO (1983-1987).,
En materia de fútbol, Villoro es el que mejor escribe, el más acucioso, el más divertido y el más profundo de nuestro país. En su libro Los once la tribu (1995), publicó su extraordinaria Conversación con Ángel Fernández, el mejor cronista de fútbol que haya existido en México, aunque hoy pocos lo recuerden. Villoro ha completado ya una primera trilogía indispensable sobre fútbol conformada por Dios es redondo (2006); Balón dividido (2014) y, muy recientemente, Los héroes numerados (2026).
Su último libro, Los héroes numerados, no tiene pierde. Bajo el concepto de que “la mejor alineación es la que suscita historias”, propone una rocambolesca selección que arranca con la alegría trágica del portero colombiano René higuita. Y continúa, entre otros,con “la elegante rebeldía (del) mejor libero de la historia”, el alemán Franz Beckenbauer; el artillero húngaro Ferenk Puskás; el mediocampista serbio Luka Módric, “fugitivo de la guerra”; y el delanterop brasileño Garrincha, “el ángel de las piernas torcidas”
En Los héroes numerados Villoro evoca las travesuras futboleras de Henry Kissinger, algunas muy conocidas y otras mucho menos, sobre todo aquellas que impactaron a nuestro propio futbol.
La primera tiene que ver con el infausto episodio de los llamados cachirules[1] en 1988, revelado por el periodista Antonio Moreno. Fue el primero en cotejar la lista de jugadores registrados por la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) con un boletín de prensa que contenía los nombres de los jugadores convocados para el Mundial Sub 20 (que se celebraría en Arabia Saudita en 1989). A su vez, el periodista de La JornadaMiguel Ángel Ramírez revisó en el registro civil las actas de nacimiento presentadas por la FMF para inscribir a los jugadores en ese campeonato Sub 20. Varias Actas habían sido falsificadas “con tal torpeza, dice Villoro, que cuatro o cinco futbolistas habían nacido el mismo día”.
El propio Moreno ha explicado en diversas entrevistas que la FIFA ya sospechaba de este tipo de prácticas. Al parecer, en algunos países africanos, los niños que nacían en lugares distantes no eran registrados sino hasta años después; y en sus actas de nacimiento se asentaba la fecha en que fueron registrados y no la fecha de su nacimiento. Las sospechas se confirmaron, pero no en ningún país africano sino en México. La reacción de la FIFA fue inmediata y la FMF intentó atenuar el castigo, según relata Villoro:
“México fue sancionado y perdió la oportunidad de participar en las olimpiadas de Seúl 88… el presidente de la federación, Rafael del Castillo, pensó que podría revertir la decisión. Semanas antes, Joao Havelange, máximo jerarca de la FIFA, había convivido con él en una boda de su familia. Las decisiones fuertes del fútbol no se toman en las canchas sino en los hoteles, los restaurantes y los festejos, las zonas de convivencia y compadrazgo de los directivos. Confiando en su relación de cercanía, y sabedor de los sobornos que Havelange recibía de Adidas y otros patrocinadores, Del Castillo pensó que podría convencer a una persona con un muy discrecional sentido de la honestidad. Viajó a Zúrich donde recibió otra sorpresa: México no sólo sería excluido de las Olimpiadas de Seúl sino también del mundial de Italia 90. Nunca una infracción en las categorías juveniles había perjudicado a la selección mayor de un país. ¿Que justificaba ese castigo sin precedentes? En las novelas policíacas los culpables suelen ser quienes se benefician del delito. Lo mismo sucedía en esa ocasión: si México no iba a Italia su lugar sería ocupado por Estados Unidos. Del Castillo llegó a Suiza prometiendo apoyos y regalos, pero Havelange ya había recibido una oferta más tentadora. El siguiente mundial se celebraría en Estados Unidos donde el interés por el balompié era casi nulo; por lo tanto, urgía calentarlo con la presencia del equipo estadounidense en Italia. De lo contrario, la copa de 1994 sería un fiasco”.
En efecto, el castigo a México no tuvo precedentes. Como anota Villoro, nunca una infracción cometida por equipos juveniles se había trasladado al ámbito de las selecciones profesionales. Y, en este caso, se aplicó una suspensión amplia a México de 2 años: nuestras selecciones de fútbol fueron impedidas de participar en las olimpiadas de 1988, en la Copa mundial Sub 20 de 1989 y en la Copa del Mundo de Italia de 1990. Además, a siete de los más altos directivos de la FMF, incluyendo a su presidente, Rafael del Castillo, se les suspendió definitivamente.
La oferta más tentadora que recibió el presidente de la FIFA Joao Havelange, para que Estados Unidos jugara en lugar de México en el Mundial de Italia 1990, provino directamente de… Henry Kissinger quien, explica Villoro, en 1974, había ayudado al directivo brasileño en los cabildeos para quedar al frente de la propia FIFA y desde 1986 colaboraba con la federación de su país en la promoción del mundial que se celebraría en Estados Unidos.
“Cuando Rafael del Castillo (el presidente de la FMF) movió fichas en Zúrich, ignoraba que, del otro lado del tablero, el doctor K movía las suyas. La pasión por el fútbol, contraída en la Alemania de su infancia, acompañó a Kissinger en sus labores geopolíticas”.
Villoro fórmula una pregunta brillante:
“Qué pruebas hay de la responsabilidad de HK en el fútbol internacional? Resulta difícil ver su silueta en el tapiz pero abundan los datos de que anudó cabos decisivos en él revés de la trama”.
Hay una segunda pista mucho más conocida y que se sigue discutiendo hasta nuestros días. El episodio ocurrió en el contexto de la Copa Mundial de 1978 celebrada en Argentina, gobernada entonces por una dictadura militar encabezada por el general Rafael Videla.
Antes que ningún otro político, explica Villoro, Kissinger advirtió la importancia geopolítica que el fútbol tendría para su país de adopción. Gustavo Veiga escribió en Página 12 acerca de las 2 visitas que Kissinger hizo en vísperas del mundial de 1978 al almirante César Guzzetti, canciller de Argentina; Una en Santiago, donde ambos brindaban apoyo estratégico a la dictadura de Pinochet y otra en Buenos Aires. La copa fue la ocasión propicia para lavar la imagen de una dictadura que tanto dependió del respaldo estadounidense”
Así que Kissinger apoyó con entusiasmo al gobierno argentino para la celebración de ese evento al que asistió como invitado especial y a cuyo comienzo declaró “este país tiene un gran futuro a todo nivel” (Galeano).
La memoria suele retener únicamente a los ganadores de la Copa Mundial. No suele registrar las dificultades de la odisea. Y el de 1978 no parecía un mundial fácil para Argentina, a pesar de jugar en casa y con el apoyo de su público. Y a pesar, también, de tratarse de un torneo bastante simple, de únicamente tres fases: dos fases de grupos y la final. Era un mundial de 16 equipos. A la segunda ronda pasaban 8 equipos divididos en 2 grupos y los punteros de cada uno de esos dos grupos pasarían a la final.
En la primera ronda, Argentina ganó 2 partidos, pero perdió con Italia así que pasó como segundo de grupo a la siguiente fase decisiva. En esa segunda ronda, en la que se decidiría el pase a la final, derrotó a Polonia, pero empató con Brasil. De manera que tenía que jugar un partido absolutamente decisivo contra Perú para pasar a la final. Para ello, tenía que ganar por una diferencia de cuatro goles; sólo así podría superar a Brasil que tres días antes había goleado a Perú 3-0. Parecía una hazaña muy difícil ya que Perú tenía a la estrella Teófilo Cubillas, uno de los goleadores del torneo.
Nunca podrán ser aclaradas las sospechas sobre ese partido, que se ubica entre los más polémicos en toda la historia de los mundiales. Veinte minutos antes del inicio del partido, el presidente de Argentina, El general Rafael Videla, y el doctor Henry Kissinger hicieron una visita al vestidor del equipo de Perú. Hay todo tipo de versiones sobre esa visita, incluyendo la del capitán del equipo peruano, Chumpitaz, quien dijo que cuando Videla y Kissinger entraron a su vestidor, “comenzamos a mirar a cada uno de ellos preguntándonos: ¿No deberían haber ido al vestidor de Argentina y no al nuestro…?”.
“Argentina obtuvo con creces el resultado que necesitaba -dice Galeano-, pero la goleada 6 a 0 llenó de dudas a los malpensados y a los bien pensados también. Los peruanos fueron apedreados al regresar a Lima”
Hay versiones y evidencias circunstanciales de que el gobierno argentino entregó 35 mil toneladas de granos al gobierno de Perú, país que venía de enfrentar un terrible terremoto. Asimismo, hay versiones de que el banco central argentino liberó 50 millones de dólares de depósitos peruanos congelados y también que de habría entregado armamento al ejército peruano. Pero se trata solamente de versiones. La verdad nunca la sabremos, pero todos observan, aún sin quererlo, la mano de Kissinger cuya oficina siempre dijo que no tenía registro alguno (no recollection) de esa inolvidable visita al vestidor peruano en el mundial de 1978.
En la final del mundial de 1978 se requirieron tiempos extras para que Argentina derrotara a Holanda por 3 a 1. Kempes fue el mejor jugador de la copa y el goleador con 6 tantos mientras que el peruano Cubillas y el holandés Resenbrink lo siguieron con 5 goles cada uno.
Tiempo Extra
En un largo viaje en el 2025, vi en el avión el famoso documental Mexico 71 (2023), producido por las hermanas Serena y Venus Williams así como por la futbolista Alex Morgan. Es un documental de Netflix que rescata el mundial de mujeres en México de 1971. Fue el primer mundial femenil, por cierto, absolutamente repudiado y proscrito por la FIFA.
En ese mundial compitieron grandes jugadoras mexicanas y nuestro equipo llegó a la final, contra Dinamarca. En el documental aparecen -42 años después- las jugadoras que hicieron historia como la Pelé Vargas y la peque Rubio. Pasaron muchos años para que se reconociera El juego de la mujer, como diría el escritor Héctor Toledano. Surgieron después jugadoras como Mía Jam que, según el propio Toledano, era como” Michael Jordan versión mujer”. Luego otras como la propia Alex Morgan y Jenni Hermoso, de técnica exquisita, jugadora de los Tigres y campeona del mundo con España en 2023. Jenny fue protagonista de uno de los más grandes escándalos del fútbol de nuestros días cuando el Presidente de la Federación española la besó en la boca sin su consentimiento en la entrega de la Copa Mundial en ese año en Australia. El presidente de la federación española fue suspendido y más tarde la audiencia nacional de España lo condenó por agresión sexual mientras que el entrenador de la selección fue despedido.
No cabe duda de que uno de los grandes y afortunados cambios en el fútbol del siglo XXI ha sido la irrupción de las mujeres. Por esa razón, uno de los capítulos más interesantes y afortunados de Los héroes numerados de Juan Villoro se titula simplemente Las mujeres. El fútbol que marca la diferencia. Hace una revisión histórica desde el primer partido de fútbol femenino del que existe registro oficial, en 1881 en Escocia, y el largo invierno de prohibicionismo -prácticamente a lo largo de todo el siglo XX- en naciones como Francia, España e incluso Brasil.
“El machismo en los deportes tiene una larga trayectoria, anota Villoro. Baste recordar que el Barón de Coubertin, máximo promotor de los juegos olímpicos de la era moderna advirtió en 1896 que si las mujeres participaban la contienda sería ´incorrecta, impráctica, insulsa y antiestética´”.
Fue hasta muy recientemente, que el fútbol femenino profesional se normalizó en prácticamente todo el mundo. Villoro nos cuenta en su libro que asistió a la final del mundial femenil prohibido de 1971, al que llama el mundial secreto. “Todo mundo quería ver a las mujeres que destacaban como no lo habían hecho los hombres”.
En su acuciosa revisión, Villoro recuerda historias de diferentes mujeres futbolistas y las condiciones particulares que caracterizan ese deporte para ellas. Nos dice, por ejemplo, que muchas madres se resistieron durante largo tiempo a que sus hijas practicaran el fútbol y también explica desafíos como la maternidad, no sólo debatible sino contradicho por el éxito de muchas supermamás, atletas que lograron enormes éxitos luego de ser madres. Y platica también la historia fascinante y compleja de la comentarista Marion Reimers.
Los héroes numerados, de Juan Villoro, completa una fenomenal trilogía, que ya hizo historia en nuestra memoria futbolera. [ C ]
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Hanoi, Vietnam, junio del 2026 (El año de nuestro tercer mundial)
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Referencias-.
Albert Camus, Lo que debo al fútbol (1957), Revista France Football, https://rednel.blogspot.com/2014/06/lo-que-debo-al-futbol-por-albert-camus.html
Carlos Monsivaís, ¡!!Goool!!!. Somos el desmadre, Cuadernos Políticos, número 47, México, Era, julio-septiembre de 1986
Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra, Siglo XXI, 1995
Fabio Morabito, Mauricio Mejía, Héctor Toledano y Juan José Teyes, Tiros Libres Letras Libres, mayo del 2002, año cuatro, número 41
George Orwell, The sporting spirit, https://www.orwellfoundation.com/the-orwell-foundation/orwell/essays-and-other-works/the-sporting-spirit/
Juan Villoro, Los héroes numerados, Seix Barral, México, 2026
Juan Villoro, Los once de la tribu, Crónicas. Nuevo Siglo, Aguilar, México,1995
Ryszard Kapuscinski, La Guerra del futbol y otros reportajes, Anagrama, México 2006
Simon Kuper, World Cup Fever, Profile Books, Great Britain, 2025
George Orwell,The sporting spirit, https://www.orwellfoundation.com/the-orwell-foundation/orwell/essays-and-other-works/the-sporting-spirit/
[1] Este divertido término a la usanza mexicana proviene del actor Enrique Alonso conocido como Cachirulo que aparecía disfrazado de niño en el programa televisivo Teatro Fantástico que apareció en la televisión por más de 3 lustros, entre 1955 y 1969
La primera mitad del presente año ha sido intensa en materia de política exterior, sino por el número si por la relevancia de los acontecimientos. Sin duda, y como siempre, en primer lugar se encuentra la relación con Estados Unidos, hoy más complicada que nunca por la serie de declaraciones y decisiones que hicieron no solamente el presidente Donald Trump, sino varios otros funcionarios de de alto nivel de su gobierno, a partir de la importancia que la dan a la guerra contra el crimen organizado y los carteles criminales ya considerados “terroristas.
Nuevo Canciller
Habría que mencionar en primer término el relevo institucional en la Cancillería mexicana derivado de la renuncia de Juan Ramón de la Fuente, quien esgrimió temas de salud para dejar de dirigir los asuntos de política exterior. Su lugar lo ocupó, por decisión presidencial desde luego, quien hasta ese momento ocupaba la Unidad de asuntos con América del Norte, Roberto Velasco.
Caracterizado por su juventud y una trayectoria gubernamental relativamente corta, Velasco prometió a la hora de su ratificación por el Senado, la conducción de una política exterior que contribuya “activamente al nuevo entendimiento global gracias a los preceptos constitucionales que nos rigen, como el legado histórico de Juárez, Carranza y Estrada, y nuestra vocación democrática.”, así como a la prosperidad de la nación mexicana y en protección efectiva “para quienes están lejos de casa”. Un posicionamiento que, en el fondo, no representa innovación alguna ni en términos discursivos ni estratégicos.
La relación con Estados Unidos
El hecho de más relevancia y alarma para el gobierno mexicano fue la solicitud de extradición a fines de abril del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y de otros nueve funcionarios de ese estado de la República mexicana, acusados de estar ligados al narcotráfico. A pesar de que había rumores sobre las intenciones del gobierno estadounidense, puede afirmarse que la solicitud fue una sorpresa desagradable tanto para la presidenta Claudia Sheinbaum como para Roberto Velasco, el recién nombrado Secretario de Relaciones Exteriores, que de inmediato tomaron una actitud defensiva, negando la extradición con el argumento de que no había pruebas o que no eran suficientes.
La situación se complicó pues mientras Claudia Sheinbaum defendía a Rocha Moya, dos de sus funcionarios se entregaban voluntariamente a las autoridades norteamericanas, quizá con la esperanza de conseguir un mejor trato si se les daba la oportunidad de constituirse en testigos protegidos, lo que no ha sucedido hasta ahora.
El argumento de la falta de pruebas o de que estas son insuficientes técnicamente no es descabellado, de hecho se incluye en el texto del Tratado de Extradición bilateral del 20 de noviembre de 1978 y ratificado el 26 de febrero de 1980. En su artículo 3º. Se dice “Sólo se concederá la extradición si se determina que las pruebas son suficientes, conforme a las leyes de la Parte requerida, bien para justificar el enjuiciamiento del reclamado si el delito del cual se le acusa hubiese sido cometido en ese lugar, bien para probar que es la persona condenada por los tribunales de la Parte requirente.”
Luego entonces, la posición de la presidente es correcta hasta ahora; sin embargo, si las pruebas se acumulan no podrá volver a utilizar esta premisa y deberá buscar nuevas formas de responder la solicitud si se mantiene en la idea de abstenerse de extraditar: de facto, ya actuó así al sostener que no puede extraditarlo porque si lo hace, después van a solicitar la extradición de cualquier otro funcionario, palabras más palabras menos.
Asimismo, ha utilizado continuamente el argumento de la defensa de la soberanía y la no intervención, lo cual a mi parecer también es correcto en principio, sólo que pasa por alto que a pesar de todas las amenazas de intervención directa en territorio mexicano a fin de atacar a las mafias del crimen organizado, la solicitud fue hecha por la los canales tradicionales de la diplomacia, motivo suficiente para descartar una actitud intervencionista en este limitado asunto.
No es que no importe la defensa de la no intervención como históricamente se ha hecho y sigue totalmente válida sobre todo frente a Estados Unidos, pero importa distinguir entre intervención y vía diplomática. Además, hay suficientes pruebas y denuncias, presentadas cuando los actos acaecieron, de que hubo participación del crimen organizado para que Rocha Moya fuera electo gobernador sin grandes trabas.
La jefa del ejecutivo tiene un manejo de la problemática en dos tiempos. En el primero, en la plaza pública frente a sus partidarios hizo una defensa extrema de la soberanía, con el desgastado discurso del nacionalismo, que los gobiernos emanados de la Revolución acostumbraban sacar a relucir cuando se presentaba algún asunto que querían relegar a un segundo plano, en este caso los vínculos de Rocha Moya con el narcotráfico, llegando a la acusación de que Estados Unidos querían o estaban interviniendo en el proceso electoral llevados a cabo en el presente año y los que se realizarán el próximo.
En el segundo tiempo, en modo mundial de futbol, realizó declaraciones más medidas en las que disculpó al Presidente Trump de las actitudes intervencionistas y descargó los pecados de su gobierno en funcionarios de derecha y extrema derecha.
Si continuamos con el símil del futbol, contamos con un tercer tiempo que se desarrolló con el comentario del embajador de Estados Unidos en México acerca de que era momento de cooperar y no de dividir, en la lucha contra el narcotráfico. No esperó mucho en recibir la respuesta presidencial centrada en la exigencia pública de que se limitara a temas de “coordinación y colaboración” y respetara la política interna de México.
Y como parte complementaria, en la parte que corresponde a los partidarios de un equipo, se encuentra la carta que el expresidente López Obrador envío a su ex colega norteamericano, instándolo a no dejarse dominar por una serie de funcionarios que según los calificativos que les endilgó el ex mandatario, son de la peor especie, y a volver a su antiguo trato que, también según AMLO, fue de cordialidad y buenas maneras. Se menciona esta misiva porque, a querer o no, contó con el respaldo de Sheinbaum y, por ello, se integra a la política exterior de nuestro país.
En contraste con la negativa a proceder de conformidad con la solicitud de Estados Unidos referente a la extradición del gobernador de Sinaloa, ahora con licencia, anteponiendo la soberanía como barrera para hacerlo, no existió problema para enviar a Estados Unidos a 92 integrante de las mafias criminales mexicanas sin juicio previo, mediante la justificación que da la Ley de Seguridad Nacional. En esta línea, la presidenta de México arguyó que Estados Unidos no había respondido a 269 requerimientos de extradición, entre el 1 de enero de 2018 y mayo de 2026. La respuesta de Estados Unidos es que se entregaron más de 300 personas por petición mexicana.
Por otra parte, en tanto defiende la no intervención de Estados Unidos en asuntos mexicanos, la presidenta no tiene inconveniente en opinar sobre el proceso electoral en Colombia, en favor del candidato de izquierda, Iván Cepeda. La contradicción es evidente, No intervención en algunos asuntos, pero sí intervención en otros.
Debe decirse que hasta ahora no hay una respuesta pública por parte de las autoridades norteamericanas a la postura de México. Incluso la visita del secretario de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Markwayne Mullin, a la Ciudad de México el 21 de mayo pasado para tratar asuntos de seguridad, narcotráfico y migración, fue, más allá de cualesquier especulación y de rumores fantasiosos, una visita sin sobresaltos, al grado que dos semanas después este funcionario elogió a la presidenta Sheinbaum por su disposición a mantener una buena cooperación, más alta que la del gobierno anterior, dijo. No sólo esto, añadió que si el gobierno mexicano creía en su soberanía, había que respetarlo.
EL TMEC
Dado todo lo anterior, a lo que hay que prestar atención es a un tema estrechamente ligado y de suma importancia para México; nos referimos a las ya iniciadas negociaciones para la renovación del Tratado de Libre Comercio México, Estados Unidos Canadá (TMEC), la incertidumbre rodea dichas negociaciones, bajo las amenazas, una vez más, de Donald Trump de que no piensa renovar el Tratado, toda vez que Estados Unidos no necesita nada de lo que se produce en México ni nada de lo que Canadá produce.
Si recordamos las fórmulas de negociación que el presidente de Estados Unidos recomienda, no es difícil hallar que nos encontramos ante una posición maximalista que le consiga mayores concesiones de sus contrapartes. De cualquier modo, el gobierno mexicano y sus negociadores deben estar atentos a las maniobras que con toda seguridad existirán si no se quiere dejar a nuestro país en desventaja, en lo que será en la realidad un nuevo tratado.
En otras palabras, es difícil que finalmente Trump se deshaga del TMEC porque de su buen funcionamiento dependen también varias economías locales y estatales de la Unión Americana. Según palabras del secretario de Economía, si Trump quisiera deshacerse del TMEC ya le hubieran avisado a México. No estoy tan seguro de que tal aseveración tenga mucho sustento en la realidad.
México y la ONU
Cómo sucede cada vez que hay un nuevo informe desfavorable, de nueva cuenta hubo un enfrentamiento el gobierno mexicano y la Organización de Naciones Unidas, específicamente con el Comité de Desapariciones Forzadas de la ONU. Este órgano presentó un informe en el que se señala que “existen indicios fundados de que la desaparición forzada se practica de manera generalizada y sistemática en el país” motivo que lo llevó a activar el Artículo 34 de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas., solicitando remitir el caso con carácter de urgencia a la Asamblea General de las Naciones Unidas.
El informe sostiene que en las desapariciones se encontró “la participación directa de servidores públicos, así como su apoyo o aquiescencia con grupos delictivos, lo que configura crímenes de lesa humanidad; la concentración en México del 38% de todas las acciones urgentes a nivel mundial, sumando cientos de casos, con notable incidencia reciente en estados como Chiapas y Jalisco”.
De igual modo, el organismo detectó deficiencias de los organismos gubernamentales encargados del tema en las búsquedas en terreno, retrasos graves en peritajes forenses (telefonía, video vigilancia) y nula protección a familiares buscadores y defensores de derechos humanos.
La respuesta fue la usual desde hace ya varios gobiernos, de todos los signos políticos: el rechazo absoluto, la negación y la molestia con la ONU, con respuestas absurdas como la quien en ese entonces era la presidenta del partido oficial, de que el Comité no era parte de Naciones Unidas. Otras respuestas, en particular la oficial, recurrieron a argumentos manidos: “tendencioso, ni el gobierno actual, ni el anterior practican o practicaron la desaparición forzada, la mayoría de los casos son perpetrados por el crimen organizado y no por agentes del Estado”.
Para más argumentos, el Gobierno de México añadió que no tolera, permite ni ordena desapariciones forzadas y resaltó que en esta administración se ha emprendido una reforma legislativa e institucional, en coordinación con colectivos de familiares, para atender este flagelo. Sin embargo, la palabras recientes de la presidenta mexicana al sostener que había algo o alguien contrario al régimen detrás del grupo de las madres buscadoras y que estas deben ser investigadas, parece darle la razón al Comité contra las Desapariciones forzadas sobre la deficiencias anotadas en su informe.
Es importante resaltar que el procedimiento de llevar a la Asamblea General el caso de las desapariciones forzadas en México es de carácter preventivo y tiene por objeto movilizar la atención y el apoyo internacionales, más no de establecer la responsabilidad penal individual.
Lo sorprendente del caso, es que hay una sola línea gubernamental, no de ahora sino de hace tiempo, que rechaza señalamientos, que todos ven, adentro y afuera, de la ONU. Lo sorprendente es que se trata del gobierno de un país fundador de la ONU, que es el más entusiasta a la hora de apoyar sin restricciones iniciativas prácticamente de cualquier tipo provenientes del organismo mundial. Aquí, igual que en el asunto de las extradiciones solicitadas por Estados Unidos prevalece una interpretación particular de la soberanía nacional.
La firma del Acuerdo con la Unión Europea
La esperada y postergada firma del Acuerdo Global Modernizado (AGM) y el Acuerdo Interino de Comercio México y la Unión Europea finalmente se dio el 22 de mayo. En la firma, que tuvo lugar en la Ciudad de México durante la VIII Cumbre UE-México, participaron la presidenta Claudia Sheinbaum, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente del Consejo Europeo, António Costa. Ahora habrá que esperar a su pronta ratificación por parte del Senado mexicano para su plena entrada en vigor.
La renovación del Acuerdo incluye temas como la desgravación arancelaria inmediata para el 86% de los bienes agrícolas y protege productos mexicanos emblemáticos a través de indicaciones geográficas, la integración de cadenas de suministro, flexibiliza las reglas de origen en sectores clave (automotriz, aeronáutico y químico) e incorpora regulaciones para el comercio digital. El tratado se sostiene sobre la base del diálogo político, la cooperación para el desarrollo sostenible, y la modernización de la relación económica.
La importancia de la firma de este Tratado, o de su modernización si se quiere ajustar a los términos correctos, contiene varias aristas, entre ellas: propicia la diversificación con un socio que, si bien ocupa en la actualidad un bajo porcentaje del comercio exterior de México, ofrece importantes mercados alternativos para los productos mexicanos en momentos en que se discute la renovación del TMEC; y México no se queda rezagado en sus relaciones comerciales con la Unión Europea, ante la firma de otros acuerdos de esta zona geográfica con, por ejemplo el Mercosur, Corea del Sur, África oriental y Meridional e India.
Las relaciones con España
Aunque no hay todavía una completa regularización de las relaciones, sí existen signos de que tal vez pronto las relaciones estén completamente normalizadas. La visita del Rey Felipe VI a la exposición mexicana “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena” fue propicia para que el monarca español declarara que hubo “mucho abuso” y “controversias morales y éticas”, lo que puede tomarse como la respuesta que el anterior mandatario mexicano solicitó al Rey acerca pedir disculpas por los abusos cometidos durante la conquista. No es exactamente una disculpa, sin embargo, es un reconocimiento de que si hubo esos abusos que algunos políticos españoles insisten en negar
La participación de la presidente Claudia Sheinbaum a España, en Barcelona para ser exactos, en la Cumbre en Defensa de la Democracia, invitada por su colega español, Pedro Sánchez, es otra manifestación del paulatino acercamiento, En otros momentos esta visita hubiera sido impensable, sobre todo después del desencuentro que se presentó durante la toma de posesión de la mandataria mexicana en 2024, cuando no se invitó al rey Felipe VI, ocasionando la ausencia también de Pedro Sánchez. La relación pareció alejarse más que nunca y se pronosticaba un distanciamiento mayor cada vez.
Afortunadamente no fue así. Es verdad que no fue una visita oficial ni hubo discursos protocolarios ni otras formas diplomáticas acostumbradas en estos casos, pero es innegable que el encuentro entre la presidenta mexicana y el mandatario español debe haber propiciado intercambios de posiciones y acercamientos políticos,
La conjunción de posturas de portavoces del gobierno español y del gobierno mexicano, incluida su titular, ante la provocadora visita de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad de Madrid, a México dio cuenta de esta similitud de posiciones.
No fue lo único, la concesión del premio Princesa de Asturias al escritor mexicano Gonzalo Celorio debe verse como uno más de estos gestos de acercamiento. Entre todos los escritores latinoamericanos, se escogió a uno que cuenta con una obra que no está, a decir de sus críticos, en las ligas mayores de la literatura de habla hispana de este lado del mundo. Se trata de una obra agradable a la lectura pero que no es ciertamente innovadora. De todos modos, la obra de Celorio se deja leer con facilidad y es justo celebrar su premio por parte de los mexicanos y como el gesto que se suma a otros, como la concesión de igual premio al Museo de Antropología e Historia en 2025, y ahora la posibilidad de que haya una reunión entre el rey de España y la presidenta de México (anunciada por esta misma), durante la estancia del primero en México, quien estará el 26 de junio en Guadalajara con el objetivo de asistir al partido España contra Uruguay, en el marco del mundial de futbol 2026.
Las relaciones con América Latina
Los resultados de los procesos electorales pintan un lienzo complicado para la política exterior de México. La oscilación del péndulo político hacia la izquierda deja pocos socios con los que se pueda y quiera hacer alianzas; salvo Brasil y Uruguay el panorama parece un yermo para la izquierda latinoamericana o para quienes se identifican con ella.
México mantiene sus controversias con Ecuador y con Perú; con Chile se nota un enfriamiento de la relación y con seguridad pasará lo mismo con Colombia si se cumplen las predicciones de las encuestas sobre el triunfo del candidato conservador de la Espriella. En Venezuela no hay manera de saber a qué atenerse en tanto se mantenga el tutelaje, es un decir, de Estados Unidos. Con Bolivia, la defensa mexicana de Evo Morales, que está en plena actividad de azuzar a sus huestes en contra del presidente Jaime Paz Zamora, no ofrece una relación cercana con el actual gobierno de este país.
Para ser más precisos, en la situación con Ecuador se vislumbra una relativa solución en cuanto la Corte Internacional de Justicia. Como ya se dijo en otras oportunidades, existe la plena seguridad de que la CIJ dará la razón a México en el asunto de la invasión a la Embajada por las fuerzas armadas ecuatorianas; lo que ya no es tan seguro es cuál será la resolución sobre el tema del asilo al ex vicepresidente ecuatoriano Jorge Glass.
Con Perú, si cómo va el recuento de votos la presidencia se queda en manos de Keiko Fujimori, las relaciones pueden persistir en el mismo estado, pues la todavía candidata pertenece al Partido Fuerza Popular, que voto a favor de tal designación.
La relación con Cuba pasa por tiempos difíciles, no por voluntad de los dos países sino por el factor externo que representa el asedio de la administración trumpiana a la isla del Caribe. Se sabe bien que Claudia Sheinbaum tiene una afinidad con el régimen socialista cubano, pues eso está en sus genes políticos, no actuales sino desde siempre como activista estudiantil y con seguridad desde su familia.
Por ello, no dudó en enviar varios cargamentos de petróleo para aliviar un poco la escasez del combustible que afectaba a todos los habitantes cubanos en varias áreas de su vida cotidiana. Lo hizo hasta que llegó la amenaza de imposición de aranceles a los países que suministraran el combustible a Cuba. La explicación que dio la presidenta mexicana ante la suspensión del envío de petróleo es que fue una decisión soberana de su gobierno, por un parte, y por otra que se habían terminado los contratos existentes que regían el susodicho suministro. A cambio, en mantenimiento de la solidaridad, empezó a remitir a Cuba, cargamento de ayuda humanitaria, alimentos y medicinas.
Lo importante para el gobierno mexicano es mantener el apoyo a un gobierno que considera legítimo y electo por el pueblo, además de afín en proyectos políticos, así sea sólo en algunas medidas.
Brasil es por ahora la mejor alternativa en términos de sociedad política y económica, si se dejan de lado las rivalidades tradicionales. La conversación video telefónica entre el presidente Lula y la presidenta Sheinbaum, recién el 10 de junio para revisar la agenda bilateral, es ejemplo de búsqueda de acercamiento entre los dos países. Entre los temas tocados están la próxima celebración de la VI Reunión de la Comisión Binacional México-Brasil, que constituye el principal mecanismo bilateral de diálogo político y cooperación, con miras a concretar las distintas iniciativas pendientes de ejecutarse, de las que destacan la revisión y ejecución del marco jurídico bilateral comercial, asunto de importancia sustantiva ya que hasta ahora no se ha concretado un tratado de libre comercio.
Otros temas que emergieron en la conversación fueron el fortalecimiento y preservación del multilateralismo, del derecho internacional, de la democracia y del principio de la no-injerencia, particularmente en el contexto global complejo que vivimos. También, los dos presidentes coincidieron en la posición de levantar el embargo a Cuba y compartieron su preocupación con la grave situación humanitaria en el país caribeño.
Sin duda, la cooperación en todos los ámbitos de la relación bilateral es básica no solo para Brasil y México sino para toda América Latina, aun en momentos en que la sombra de la política de derecha ensombrece a la región.
En este contexto destaca la reunión, celebrada los días 27 y 28 de mayo, de la Alianza del Pacífico, que sobrevive contra todo pronóstico. La reunión de “alto nivel” que se llevó a cabo en la ciudad de México tuvo como ejes de trabajo fueron: Proyección Global, orientada a analizar y fortalecer la inserción internacional de los cuatro países miembros de la alianza; Economía Digital y Tecnología, para impulsar la innovación, la transformación tecnológica y fortalecer el mercado digital.
Es una buena noticia que el gobierno mexicano, que tiene la presidencia pro tempore, mantenga esfuerzos para que la Alianza sobreviva; sin ser la gran experiencia de integración latinoamericana, supone una plataforma para que sus integrantes y sus asociados tengan al manos un foro en el que se pueda intercambiar experiencias, opiniones y productos, que de otra manera no tendrían lugar.
La diplomacia inercial
Es claro que los eventos y acciones mencionados en los párrafos anteriores no constituyen el total del ejercicio de la política exterior de México y de su diplomacia, herramienta por medio de la que se ponen en marcha fórmulas de vincularse con el mundo. Llamadas y conferencias virtuales de la primera mandataria con sus pares de Canadá y Corea del Sur, giras de la subsecretaria de Relaciones Exteriores por diferentes partes del escenario internacional, reuniones bilaterales, iniciativas y mantenimiento de una destacada actividad multilateral, nombramientos en todos los niveles, representan el núcleo del trabajo diplomático que sostiene el complemento fundamental de la presencia de México en un medio que se caracteriza siempre por su extrema movilidad y continuas crisis. Se hace todos los días, sin descanso y sin descuido, independientemente de los asuntos que reciben los reflectores de los medios informativos y…de los analistas. [ C ]
Viktor Orbán joven ambicioso aprovechó su turno al micrófono para reclamar que los rusos se fueran de Hungría. Un acuerdo entre los distintos líderes políticos reunidos esa jornada en la Plaza de los Héroes sabían que el fin del régimen era inminente y con él, la partida de las tropas soviéticas; incluso ese era uno de los propósitos de Mikail Gorvachov, premier soviético, para aliviar las finanzas lastradas por el enorme gasto militar que implicaba el mantenimiento de una alianza que no pensaba hacer la guerra si no sólo amedrentar, como lo hizo el Pacto de Varsovia durante todo el largo período de Leonid Brezhnev. Pero para la historia política húngara y sobre todo para la epopeya que todo partido busca establecer, el reclamo de Orban se usó como muestra de que él era el autor último de la partida soviética.
Esta verdad a medias fue parte del mantra de Orbán y su partido Fidesz y ahora, en 2026, paradójicamente en una pesada carga al haberse convertido a los ojos de sus conciudadanos en el responsable de la deriva pro rusa que bloqueó la capacidad de acción unida de Europa y el apoyo de esta a Ucrania en su guerra contra la invasión de Rusia.
Hay dos vías evidentes de consolidación en el poder en la larga segunda gestión de Orbán de 2010 a la fecha –su primer periodo fue de 1998 al 2002 y como el mismo declarase, aprendió de la derrota-, el apropiamiento institucional y la corrupción. El primero es hoy una guía textual para el aspirante a autócrata e inicia con alcanzar el poder por la vía democrática con grandes y emocionantes discursos de cambio, aprovechar cualquier error de la oposición –incluyendo la denuncia pública de la corrupción de los oponentes, sin llegar a tribunales- y prometiendo resolver los problemas específicos que preocupan a los votantes. En 2010 eran los efectos económicos de la crisis financiera internacional y la enorme deuda que se tenía con el Fondo Monetario Internacional, ese “monstruo que se apropia de las economías nacionales”. Por cierto, a diferencia de otros países europeos como Grecia o Portugal, Orbán pagó la mayor parte de la deuda en poco tiempo y libró de medidas draconianas a su población. Lo que no anunció fue que usaría los fondos de retiro para tal fin y dejó en magras pensiones a los jubilados, desapareció buena parte del ahorro nacional y condenó a la inanición al sistema de salud, lo que por cierto es uno de los mayores reclamos en esta elección.
Controlar las elecciones
Lo siguiente fue aprovechar su mayoría parlamentaria para iniciar una serie de reformas que consolidasen su gestión, una de las lecciones aprendidas de su anterior derrota: los distritos electorales se modificaron para asegurar el triunfo de sus candidatos, se impusieron controles sobre la autoridad electoral que, en la práctica, depende del gobierno; su leal Sándor Pinter le ha acompañado como ministro del Interior en todos estos años, asegurando que los mecanismos de seguridad funcionen a la perfección y eso pudo haber incluido el control de los ciudadanos, como numerosos funcionarios empezaron a declarar públicamente en las últimas semanas de campaña. Revelaciones de acciones de corrupción, espionaje, ocultamiento de información, etcétera fueron narradas a las redes sociales en esos días y es un hecho que, cuando el arrepentimiento llega a los actores secundarios, los principales se quedan solos.
Controlar los medios y convertirlos en vehículos de propaganda
Al control del sistema electoral que asegurase una plena mayoría en las subsecuentes elecciones, siguió el de los medios. Además de los canales oficiales, pronto inició una estrategia de restricción de gasto publicitario lo que redujo el valor comercial de medios en televisión, radio, periódicos y revistas, las que en buena medida eran parte de conglomerados extranjeros que habían invertido en Hungría luego del fin de comunismo. Varios amigos de Orbán aparecieron como posibles compradores, con dinero oficial en préstamo para ello. En pocos años desapareció casi la totalidad de los medios independientes, y la prensa crítica encontró espacios en incipientes medios digitales. Pero la mayor parte de la prensa sólo se imprime en húngaro y se lee, escucha y ve en la Hungría rural mayormente votante de Fidesz. La proyección del mensaje gubernamental quedó así asegurado y con él un discurso de creciente aislamiento del país, que publicaba una perspectiva maximalista del papel de Orbán e incluso de la relevancia de Hungría en el escenario internacional, para satisfacción del discurso nacionalista que caracterizó a su gestión. Por ejemplo, la Hungarian International Press Association (HIPA), que es la asociación de corresponsales extranjeros, nunca fue atendida por las altas autoridades, ni fue considerada para entrevistas por parte de los miembros del gabinete.
El control mediático se coronó en 2021 cuando el conjunto de “dueños” de los medios entregaron graciosamente la gestión de estos a la Fundación Centroeuropea de Prensa y Medios (MTVA) con más 400 medios bajo su control, creada y gestionada por el gobierno. El único diario que mantenía la independencia era impreso en Eslovenia y trasladado por carretera cada madrugada, procurando eludir los controles policiales para poder ser distribuida en Budapest.
Si bien el número de medios independientes por vía digital aumentó, hay que destacar que las audiencias activas no usan más que la televisión abierta, la radio tradicional o los periódicos del puesto de la esquina. Por años la población húngara estuvo en gran medida aislada de las noticias verídicas.
Por supuesto, los contenidos mayoritarios eran las proezas deportivas, los nuevos estadios de futbol y la relevancia de la postura del gobierno en los asuntos internacionales. Al hospedar numerosas justas deportivas y reuniones de organismos privados, se aseguró la existencia de declaraciones laudatorias extranjeras que eran prontamente difundidas. En suma, una eficiente maquinaria de propaganda.
Controlar al Poder Judicial
Hungría tiene un sistema parlamentario, por lo que quien forma gobierno está al frente del Ejecutivo y del Legislativo. Si tiene una mayoría de dos tercios puede llevar adelante modificaciones constitucionales. Al asegurar mayorías en las elecciones, Orbán pudo proseguir su control reduciendo el número de curules y concentrando en una sola cámara al Poder Legislativo. Para impulsar sus mayorías estableció un sistema de mayoría simple por hasta 199 diputados, de los cuales 93 lo son por representación proporcional que se otorga al segundo más votado con ello aseguró que aun perdiendo algunos distritos podría tener más curules que la oposición.
Para el caso del Judicial todo fue más sencillo, con el Legislativo confirmando la nominación de jueces y sobre todo de la Corte Suprema, no hubo resistencia alguna a las instrucciones del Primer Ministro, los integrantes de esta se convirtieron en piezas reemplazables
Los integrantes del Tribunal Constitucional son elegidos por los miembros del Parlamento en mayoría de dos tercios, es decir, todos los jueces han sido elegidos por el partido Fidesz.
El 11 de marzo de 2013 el Parlamento aprobó una enmienda de 15 páginas a la Constitución en la cual invalidó todas las decisiones del Tribunal Constitucional anteriores a esa fecha y estableció condiciones que afectaron el equilibrio institucional, los principios de independencia institucional y entre otras cosas consolidó las elecciones libres, pero no justas ni equitativas.
Distribuir la riqueza…entre los cercanos
Controlar medios, dominar el Poder Legislativo, dictar la composición del Poder Judicial, fueron los pasos adecuados para hacer del gasto público la piñata a repartir entre sus allegados, empezando por sus vecinos y familiares. Así el antiguo plomero instalador de calefacciones, Lorinc Mészáros o István Tiborcz, yerno de Orbán el segundo y vecino el primero, son dos de las figuras más representativas del expolio de la riqueza nacional al haber concentrado innumerables contratos de obra pública, de operaciones inmobiliarias y concesiones para acceder a operaciones de gobierno. Más con ellos docenas de allegados manejaron bancos, medios de comunicación, construcción, en fin, en todo sector de la economía que produjese riqueza o que permitiese canalizar fondos de la Unión Europea.
Una de las operaciones más criticadas fue el contrato de renovación y ampliación de la central nuclear de Paks, construida en la era soviética y que produce el 40% de la energía eléctrica del país. Actualizada hace poco más de diez años para extender su vida útil, su ampliación también fue sido contratada con Rusia en un contrato más caro que con tecnologías más modernas de otros países y, por supuesto. Ese contrato y la continuidad de dependencia a los rusos es percibido como uno de los vínculos políticos y de corrupción más notorios de Víktor Orbán para con Vladimir Putin.
Construir lealtades, domésticas y externas
Llama la atención que durante el primer período presidencial de Donald Trump, este limitó lo más posible el contacto con el presidente húngaro, e incluso su embajador David B. Cornstein declaró varias veces la impresión de la Casa Blanca de la responsabilidad de Orbán en la invasión rusa al haber bloqueado el acceso de Ucrania a la OTAN. Pese a todos sus esfuerzos Viktor sólo logro un saludo de mano en un pasillo en Washington por parte de Trump; pero ese escenario cambió radicalmente en su segundo periodo presidencial en el que desde antes de tomar posesión ya Orbán había pasado por la aduana de Mar-a-Lago, cita obtenida por Szabolcs Takács, embajador de Hungría en Washington desde 2020; funcionario cuya carrera ha estado ligada a Fidesz y que pese a descalabros renació como embajador en Estados Unidos, un caso típico en el que Orbán se aseguraba de la plena lealtad contribuyendo a la caía de alguien para generosamente rescatarlo y proyectarlo. Una más de las lecciones del libro de texto de Víktor.
La cercanía con Trump se reflejó en las numerosas muestras de reconocimiento y apoyo que Estados Unidos y su gobierno dirigieron a Orbán. La responsabilidad señalada antes por su oposición a una Ucrania en la OTAN, quedó atrás y Hungría paso a ser un creciente obstáculo para la concertación europea y la iliberalidad de Orbán fue festejada y apreciada por Trump en numerosas ocasiones. Hasta que esa insolencia contribuyó a la reacción popular húngara de rechazo a Viktor, en gran medida el desconocimiento de la historia húngara y el papel de ocupación y control soviético sobre esa sociedad, hicieron dejar de lado la memoria de un sector de la sociedad para la cual Rusia no significa bienestar ni agradecimiento.
Planear un futuro venturoso, glorioso
La arrolladora victoria de Péter Magyar y su partido Tisza, (Respeto y Libertad) truncó el exitoso índice del libro de texto. En 2018 empezó a vislumbrarse la posibilidad de un retiro de Orbán de la política nacional, apostaba aparentemente a convertirse en un dirigente europeo y para ello buscó incrementar los escaños de su partido en el parlamente europeo a fin de ser “el fiel de la balanza” en la disputa entre las grandes familias partidistas de la Unión Europea y lograr así incrementar simbólicamente el valor de sus votos y proyectarse a una posición política destacada- presidente del Parlamento europeo o del Consejo ¿por qué no?
Ese interés incrementó la especulación de que Orbán buscaría pronto a un sucesor, situación que le permitió evaluar la lealtad de sus cercanos y entre más quietos estos permanecieron, mejor la apreciación de Viktor sobre ellos. Con lo que no contaba el mandatario húngaro es que no solo no lograría incrementar sus escaños, sino que, incluso, quedó por debajo del número anterior ante la movilización de partidos jóvenes y la inusual alianza de la extrema derecha con el centro húngaro. Una derrota relativa en la percepción europea pero que sirvió para impedir que el peso de Orbán en la política parlamentaria europea le hiciese indispensable.
¡Fuera máscaras!
A partir de ese momento, 2019, Viktor Orbán se concentró en la continuidad de su poder nacional. Aceleró la concentración de riqueza en su propia oligarquía, se convirtió en una evidente piedra en el zapato de la UE e incrementó su cercanía con Putin. La idea de ceder el poder a alguien y la obligatoriedad de rendir pleitesía y lealtad, hizo que su estructura política perdiese contacto con sus bases. Los nuevos ricos salieron de la discreción para mostrar su riqueza en forma de ostentación y en un país cuyo socialismo soviético hizo de casi todos, más o menos iguales en las limitaciones y hasta la pobreza, la sociedad de clases que el sistema político animó se hizo evidente luego de la pandemia. Una sociedad sin oportunidades para la mayoría, pero en contacto con países europeos que, surgidos al capitalismo al mismo tiempo que Hungría, han prosperado conservando una relativa igualdad de oportunidades y acceso a la riqueza, en tanto que en Hungría las posibilidades de éxito empezaron a quedar restringidas a la oligarquía de cercanos al poder. Y en abril de este año, a diferencia de las y los viejos ingleses del campo británico que egoístamente votaron por el Brexit, las y los campesinos y habitantes rurales de Hungría votaron por ellos, pero sobre todo por sus nietos y nietas que tendrán un futuro más promisorio frente a la marginalidad que prometía Fidesz.
El libro de texto de Viktor contemplaba la permanencia en el poder de él y de los suyos, por ahora eso ha quedado en el pasado y las lecciones finales corresponden justamente a “lo que no debe de hacer”. No ha sido el primero ni el último de los regímenes que no han sabido cerrar su ciclo y su derrota significa un alivio y una esperanza para Hungría, pero también una lección para las autocracias que quieren llegar al poder por la vía democrática para luego torcer instituciones y postulados en aras de un gobierno autoritario.
Grandes retos esperan al nuevo gobierno húngaro pero el apoyo popular, el hartazgo social y la lección aprendida para la Unión Europea es la de la unidad, transparencia y honestidad. Un libro de texto que, como tantos otros, no supo terminar a tiempo. [ C ]
*Fue embajador de México ante Hungría de 2017 a 2021.
Nunca he entendido la fascinación con los robots. O, mejor dicho, puedo entenderla, pero no la comparto. Para mí son, en esencia, simulacro o imitación, unas veces mejor lograda que otras, de la vida. Cuanto más humanos parecen, más conscientes somos de todo aquello que nos separa.
Pero sí tuve un robot al que le tuve mucho cariño. Era un 2-XL: un juguete interactivo con una voz hipnótica. Ni me acuerdo cómo llegó a mi casa. Habrá sido un regalo de Navidad o de Santa Claus. 2-XL formulaba preguntas sobre temas determinados: ciencia, cultura, cine, etc., y uno tenía que adivinar la respuesta utilizando los botones. Después te decía si habías acertado o no. Muchas horas pasé “conviviendo” y aprendiendo con ese robot de cuerpo cuboide, de ojos rojos demasiado separados que se prendían y apagaban, y con una ranura por boca donde se insertaban los cartuchos. Domo arigato, Mr. Roboto.
Crecí en los años 80, esa década caracterizada por el vértigo tecnológico que supuso el tránsito de lo analógico a lo digital. Pasé buena parte de mi niñez oyendo casettes en mi walkman y grabando canciones del radio (compramos nuestro primer reproductor de CDs por ahí de 1988, pero era de uso casi exclusivo para los adultos). Recuerdo ir los viernes al videocentro a alquilar películas en VHS que luego había que rebobinar antes de devolver. Crecí jugando Mario Bros en mi primer Nintendo (ese que incluía una pistola para el juego de cazar patos, aunque tristemente mi versión no venía con el tapete).
De vuelta al futuro, hoy somos nosotros quienes hacemos preguntas a las máquinas, aunque Siri y Alexa no son robots con un cuerpo físico. De modo creciente, incorporamos los modelos de lenguaje a gran escala (LLM, por sus siglas en inglés) a nuestras tareas cotidianas: desde escribir mensajes, hasta traducir y resumir documentos, y editar imágenes. Como resultado, todo tiende ahora a una homogeneización de estilo bastante deslustrada y a una pauperización del lenguaje, amén de señalar los sesgos lingüísticos y el impacto que este fenómeno está teniendo en la creatividad de los usuarios y la profundización de las brechas digitales. Una revolución se está fraguando bajo nuestras narices que tornará un gran número de habilidades obsoletas de la noche a la mañana. Y no sólo las más obvias. Incluso las industrias creativas (la música, la literatura, el diseño) se están viendo afectadas.
Por eso creo atisbar ciertas semejanzas entre la ansiedad que nos causaba el avance de la informática y la automatización industrial en los 80 y la que hoy nos genera la inteligencia artificial e, in extremis, el escenario apocalíptico que entraña la singularidad tecnológica: aquel según el cual la IA alcanzará un desarrollo tal que será capaz de automejorarse, de eclipsar nuestra capacidad intelectual y de asumir el control de la humanidad.
Comúnmente se piensa que quien domine el lenguaje dominará el mundo. Yuval Noah Harari afirmó recientemente en el World Economic Forum de Davos, que el lenguaje es nuestro superpoder como especie, pues a través del uso de las palabras, la ideología, los mitos, la historia y la religión, durante siglos logramos organizar a las masas; logramos construir y moldear el imaginario colectivo. Que muy pronto la IA sea capaz de rebasar nuestra capacidad intelectual se revela como una prueba existencial, una afrenta a nuestra propia identidad como especie humana.
Por su parte, Sam Altman, CEO y creador de OpenAI (ChatGPT), aseveró recientemente también que ningún niño nacido en la actualidad será más inteligente que la IA; de aquí en adelante, estaremos condenados a ser más lentos, menos capaces y eficientes que las máquinas. Y sí, el futuro se antoja apocalíptico y produce una enorme ansiedad. Nos aterra que una entidad creada por el ser humano pueda igualar o hasta superar nuestra capacidad de articular palabras, procesar información y concatenar ideas.
De ser cierto lo que plantea Harari, en el sentido de que el lenguaje es en efecto nuestro superpoder, la irrupción de sistemas capaces de generar lenguaje, con más rapidez y precisión que nosotros, nos obliga a replantearnos la cuestión de qué es lo que nos hace realmente humanos. ¿Qué podemos aportar en un mundo donde ese superpoder nos ha sido arrebatado por una entidad no humana? Por otro lado, si atribuimos razón a Altman cuando afirma que ninguna persona nacida hoy será más inteligente que la IA, entonces quizá lo que hemos errado es el marco mismo de la pregunta, pues, a fin de cuentas, la inteligencia nunca ha sido la sola expresión ni medida de nuestra condición humana.
La tradición occidental nos ha contado el cuento de que somos homo sapiens, homo faber y hasta homo ludens: es decir, animales racionales, constructores de herramientas (finalmente, la IA es un constructo humano), y criaturas que jugamos. No obstante, con el advenimiento de la era de la IA cabe considerar otra facultad quizá menos heroica: somos también homo lacrimans, la especie que llora, la única especie en la tierra capaz de derramar lágrimas por dolor sicológico, de llorar la pérdida de un ser querido, de emocionarse con una canción, o de angustiarse ante la certeza de la muerte (la propia y la de los otros).
En Terminator II, El día del juicio (James Cameron, 1991) el cíborg le confiesa a John Connor momentos antes de ser engullido por la lava: “ahora entiendo por qué lloras, aunque nunca seré capaz de hacerlo”. De igual modo en Blade Runner (Ridley Scott, 1982), instantes antes de morir, el personaje de Batty, el más fuerte de los cuatro androides, profiere la célebre frase, que no es otra cosa más que una meditación sobre la muerte: “Todos estos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.
La comparación no parece caprichosa: en Terminator, la máquina aprende sobre la experiencia humana, pero se reconoce incapaz de reproducirla; en contraste, las réplicas en Blade Runner son vulnerables, capaces de sentir y recordar, de empatizar y llorar. Anhelan ser humanos. Y, más revelador aún, tienen una noción de finitud y son capaces de sufrir angustia ante la muerte.
La inteligencia humana no es un concepto abstracto, construido en el vacío. Es un fenómeno encarnado. Pensamos con el cerebro, pero también sentimos con el cerebro, del mismo modo como sentimos y pensamos con el cuerpo. Nos da hambre, calor, vergüenza; sentimos pesadumbre, cansancio y dolor. Nuestra conciencia es producto de esa experiencia corporal, de ese estar en el mundo. Nuestras heridas y cicatrices, tanto las físicas como las sicológicas y emocionales, son lo que dota de sentido a nuestro aprendizaje, a nuestro paso por la tierra, a nuestra existencia. Ningún robot, por mucho que se nos parezca, es capaz de sentir ni experimentar nada de eso en carne propia.
Vuelvo al viejo 2-XL de mi niñez. Durante horas me hizo preguntas sobre ciencia, geografía, cultura. Las máquinas de hoy están programadas para responder y están llenas de respuestas. Y, sin embargo, le seguiremos dando vuelta a las mismas preguntas: qué sentido tiene amar, encontrarse en el otro, sufrir y perdonar, nacer y morir.
Por eso quizás nos siguen fascinando los robots, no porque se asemejen o no a nosotros, sino porque nos hacen cuestionarnos quiénes somos.
En un futuro no muy lejano, los androides aprenderán a leernos y entendernos cada vez mejor, a interpretar nuestros deseos e intenciones.
Lo que todavía no sabemos es si alguna vez soñarán con llorar. [ C ]