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  • Otra transfusión

    Otra transfusión

    Leandro Arellano

    Ningún presagio, ninguna admonición, los sucesos de improviso y nada más…

    El avión arribó a tiempo. La demora se generó en el desembarco y en migración, y no hubo manera de hablar con Emilio, el uso del teléfono en esas áreas está restringido. Mi inquietud no me daba reposo. Me sobrepuse y pregunté a un hombre de aspecto grave. En efecto, procedía de Londres, en el vuelo de British. Con todo, transcurrió todavía un lapso de tiempo casi infinito. Pero toda ansiedad desapareció al momento que Emilio traspuso los canceles de la puerta automática.  

    Cuando alcanzamos la calle los últimos rayos de sol languidecían. Entonces advertí la palidez de Emilio. Lo atribuí a la diferencia de horario, en Londres pasaba de la medianoche y Emilio no duerme en los aviones.

    Entramos al Circuito interior y nos dirigimos hacia el sur. Era escaso el tráfico y fluía con rapidez. Dos que tres millones de capitalinos se hallarían en ese momento frente a las pantallas del televisor. La selección mexicana jugaba su clasificación.

    Había oscurecido cuando arribamos a Tlalpan. Tres años atrás nos habíamos mudado a aquel departamento cómodo y amplio, en el que -bromeaba Emilio- sólo parábamos a dormir cada noche y nos refugiábamos los fines de semana.

    Emilio y yo teníamos trabajos con horarios demandantes. Vivíamos sin apremios económicos, de salud u otros, excepto un prurito decretado por la ginecología: mi imposibilidad de concebir.

    Emilio se sirvió un whisky, relajado ya en piyama y yo lo acompañé con un gin and tonic. Me dispuse a escuchar sus impresiones del viaje, me interesaba conocer algunos detalles de sus negociaciones con la aseguradora. “Lloyds aceptó nuestros argumentos y reconoció nuestro derecho sobre los fondos en disputa”, dijo Emilio. “Firmaremos un contrato con las nuevas cláusulas”, agregó, y de pronto mudó el tono de voz, hundió el cuerpo y se quedó dormido. Durmió profundamente hasta el amanecer.

    Por la mañana lo encontré trabajando en el estudio. Elaboraba el Informe de su Comisión a Londres. Me acerqué por su espalda para darle un beso en la mejilla y al inclinarme reparé en un curioso rasguño en el cuello.

    Bajó el volumen del estéreo, tomó mis manos y me propuso permanecer el día en casa -era domingo-, lo cual consistía ya en un hábito. Hacía meses que no acudíamos a misa. Necesitaba reponerse, descansar, se justificó. También deseaba estar a solas conmigo, dijo, luego de casi tres semanas en Inglaterra.

    Desayunó y volvió al estudio. Horas más tarde pasé a visitarlo y se hallaba profundamente dormido en el sofá. Contra su costumbre, había corrido por entero las cortinas. En medio del silencio y de la penumbra advertí que hablaba dormido… Se refería a un tren y a una mujer de cabello blanco…

    Durante el desayuno me relató la visita que hizo a su amigo Jeffrey –habían estudiado juntos la maestría- el fin de semana anterior. Jeffrey vive en Leeds y hasta allá viajó Emilio en tren. El regreso a Londres había sido muy accidentado, recuerda Emilio. El tren iba semivacío y se detuvo varias veces sin motivo aparente. Avanzaba octubre y en el hemisferio norte el fresco comenzaba a calar. 

    Yo le informé mi decisión de renunciar a la cátedra en la Anáhuac y le referí algunos sucesos ocurridos durante su ausencia, pero advertí que no me escuchaba. Miraba fijamente hacia la ventana, hasta que de pronto se levantó, dijo que tenía sed y se dirigió a la cocina. Su palidez iba en aumento, me pareció.

    El lunes partió a la compañía muy temprano. Al montar la rampa del estacionamiento frenó de repente para extraer las gafas de sol y luego de calárselas arrancó a toda prisa. Ante un semáforo rojo observó que los vendedores ambulantes preparaban los motivos del Día de muertos.  

    Entregó al presidente el informe por escrito de su Comisión, así como el texto del contrato con la Aseguradora. El presidente comentó que con las nuevas tarifas y los recursos que se ahorrarían en los próximos meses, la compañía resolvía el problema inmediato de liquidez.

    Por la tarde, cuando volví a casa, encontré a Emilio desencajado. Su palidez era extrema, se le habían formado unas ojeras notables y el desfallecimiento que lo agobiaba, una debilidad inexplicable, le impedía sostenerse en pie. Se opuso a que llamara al doctor, pero aceptó un té caliente y unos analgésicos. Toqué su mejilla y estaba fresco. Lo ayudé a ponerse la piyama y a meterse en cama.

    De madrugada lo sacudió una pesadilla. Yo sólo atiné a llamar a Sosa. Había sufrido un delirio violento mientras dormía, informé a Sosa, quien me aseguró que, si no tenía fiebre y roncaba ya, no debía preocuparme. Me acerqué a la cama y toqué de nuevo su mejilla. Emilio estaba fresco, respiraba con tranquilidad y su pulso era regular.

    Pasado el sobresalto volvimos a la rutina cotidiana y al trabajo. Eso ocurrió por un corto periodo de tiempo, pues Emilio empezó luego a mostrar una conducta inusual. Rehuía la oficina y trabajaba desde casa, lo hacía de noche. Dormía durante el día y se negaba a salir. También alteró algunos hábitos personales arraigados. Vestía sólo en piyama o bata, cesó de beber whisky como cada noche y rehusaba asomarse a la calle.

    Doña Rosa, toda discreción, cuando hice alusión al tema, dijo “Disculpe señora no me había dado cuenta”, y siguió deslizando la aspiradora.      

    Un jueves, en vísperas de un aniversario más de la Revolución mexicana, estalló una nueva crisis con Emilio. El deterioro físico repentino que yo no podía entender. Recibí en la puerta a Sosa -estudiamos secundaria y bachillerato juntos; en la universidad él optó por medicina, Emilio por economía y yo por derecho-, quien lo examinó y lo observó varios minutos allí tendido, lánguido y semiinconsciente. Sosa sólo sacudió la cabeza.  

    Un atributo de lo misterioso es su irrealidad. Le expliqué cómo lo abatía de pronto aquella especie de extenuación y cómo horas más tarde desaparecía del mismo modo. Camino del elevador le referí la mudanza paulatina en sus hábitos, su renuencia a comer, su rechazo a los cigarrillos -una cajetilla por día en los buenos tiempos–, horas excesivas en el teclado del órgano eléctrico y su resistencia a la luz.

    -Bien puede haber cogido un virus extraño en el viaje- dijo Sosa.

    Ante una nueva llamada de mi parte dos días después, Sosa me aconsejó ingresarlo.  Menos de diez minutos nos tomó llegar a Médica Sur. Un viejo médico, de melena ensortijada y nariz larga, entró con Sosa. Luego de presentarse, el doctor Steiner se inclinó para observar a Emilio. Examinó sus pupilas, aplicó el estetoscopio en varias partes del cuerpo y le tomó el pulso y la presión, mientras nos interrogaba a Sosa y a mí.

    El único modo de obtener un diagnóstico certero era mantener al paciente bajo observación y realizar algunos estudios prescribió Steiner, y Emilio fue instalado en un cuarto del sexto piso, con instrucciones de aplicarle suero y vigilar su temperatura y los signos vitales. Emilio balbuceaba de nuevo, las mismas cosas: la mujer de cabellera blanca, un viaje a Leeds, el traqueteo del tren…

    Hablar con Luz, la hermana de Emilio, no aportó ninguna pista. Repasamos sus días en Londres y su alimentación. Nada extraordinario había tocado a Emilio ni él se había expuesto a algo fuera de lo común. Cada noche había llegado a dormir sin contratiempos, aseguró Luz.

    Era un día de cielo adornado de luz. Arribé a Médica Sur inquieta, pero sin angustia ni preocupación. Steiner me había asegurado que era raro, pero no fatal, el padecimiento de Emilio, por las evidencias que poseían. En la sala de recuperación acompañaban a Steiner, Sosa y otros dos facultativos. Steiner explicó que no identificaban aún la causa del padecimiento de Emilio que “parece algo inusual, los análisis se contradicen y no cabe en el comportamiento de alguna enfermedad conocida. Los laboratorios no reconocen la bacteria o virus que se ha alojado en su organismo. Un agente extraño, artificial lo consume por dentro. Debemos aguardar los resultados del examen de sangre que ha sido enviada a Boston”.

    Al quedarme a solas con Emilio me venció la emoción. Con los ojos húmedos lo observé allí desfallecido, preso entre sondas, tubos de plástico, jeringas, agujas, vendas y algodones. Incapaz de advertir siquiera mi compañía.

    El grupo de especialistas me convoca de nuevo a reunión por la tarde. Steiner expone en términos clínicos y con las erres arrastradas, algo que no comprendo del todo y que Sosa resume en que hay un agente raro en su sangre, lo ataca un elemento extraño, que no logran identificar aún.

    Steiner respira hondo y me mira fijamente, me informa que ha dispuesto que hagan una transfusión de sangre a Emilio. Por ahora no había otra cosa qué hacer, no hasta contar con un diagnóstico definitivo y concluyente. A su sistema circulatorio, a su organismo le ha sido insuficiente cuanta aplicación se le ha hecho: suero, plasma, diferentes medicamentos. “Con la transfusión ganaremos tiempo, en tanto que recibimos los resultados de Boston”, dijo.

    Fue asombroso el resultado. La recuperación y la rapidez con que tuvo lugar. Su semblante resplandeció, no muestra ningún signo de debilidad y el vigor de sus cuarenta y cinco años se encuentra en plenitud. Una recuperación así es poco común, no lo explica una simple transfusión.

    Los comentarios que escuchaba coincidían con el dictamen médico. Entonces me invadió un oscuro presentimiento… Pero lo deseché de inmediato. Eso no podía ser, era irreal.

    Me impresionó contemplarlo mientras se vestía, tan repuesto, listo para marcharse a casa, erguido el cuerpo y la expresión alerta y viva. En el elevador lo observaba sin comprender, aunque feliz por tenerlo a salvo.

    Nos detuvimos a llenar formularios, a firmar documentos y mostrar identificaciones. Del fondo de la cafetería, oculta tras unos helechos, una mujer de cabellera plateada observaba atentamente a Emilio, fantaseé obsesionada.      

    Descendimos las escaleras que desembocan al estacionamiento y aguardamos por el coche. Emilio respiró hondo en la humedad de la noche, me abrazó y dijo que él conduciría. Las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo.

    No me sorprende cuando me confiesa que ha renunciado al trabajo, unos días más tarde. No pregunto la causa, simplemente me avengo a su decisión, igual que a su conducta irregular. Menos mal, los recursos fluyen desde el bufete donde trabajo y de la herencia de la abuela de Emilio…   

    Yo acudo cada día a mi despacho y Emilio permanece en la penumbra de su estudio. Duerme, lee, toca el órgano y no sé qué más. Parece que debo habituarme a verlo dormir durante el día, a su actividad nocturna, a sobrevivir sin trato con el mundo exterior, a un nuevo ritmo de vida.

    Una madrugada me despertó un estruendo. Tuve un sobresalto al no encontrarlo y salí de prisa a la terraza. Se hallaba sentado contemplando la noche, vestido de traje oscuro. Tuve la sensación de que no era la primera vez que lo hacía. El brillo refulgente de su mirada parecía penetrar la oscuridad. Estaba eufórico, como si la eternidad latiera en él. La luna luchaba con girones de nubes tempestuosas. No se escuchaba ningún ruido en la calle.

    Me senté junto a él y fue él quien habló: con suavidad me advierte que no debo preocuparme.

    Unos días más tarde al volver a casa lo encuentro abatido de nuevo por aquella extraña afección. Convertido en un guiñapo otra vez. Tomo el teléfono y Sosa me aconseja llamar a la ambulancia.

    Me disponía a hacerlo cuando advertí que Emilio se removía y entreabría los ojos. Adiviné su intención y acerqué mi oído a sus labios. Me tomó unos minutos comprender lo que me susurró:

    -Ni ambulancia ni hospital, por favor… Sosa puede hacerlo solo… Preciso otra transfusión… Tú deberías saberlo ya… Me hace falta sangre fresca…⌈⊂⌋

    San Miguel de Allende, septiembre de 2023

  • Las sonoridades denegadas del Nuevo Mundo

    Las sonoridades denegadas del Nuevo Mundo

    Samuel Cristóbal Máynez

    Para nadie es sorpresa recordar que nuestro continente “nació” para la historia con la llegada de Colón, sin embargo, es menester reparar en las comillas puesto que hubo desembarcos previos acometidos por otros ‒de vikingos en las costas de Groenlandia y del mar de Labrador‒ que carecen de “validez” por no haber testimonio escrito. Y aquí comienza el retablo de patrañas que configuraron nuestro ser continental. Para empezar, la necedad del navegante “genovés”[1] por ubicarnos en una franja territorial asiática hizo que de tajo, por no haber constancia documental, los caribes, taínos, aymaras, caracas, bororós, patagones, apaches, comechingones, nahuas, lacandones y un largo etcétera, dejaran de serlo para volverse indios, que será sinónimo del hombre subyugado, sometido y conquistado, aunque también “reeducado”, “redimido” y “civilizado”.

    No está por demás que rememoremos la tozudez colombina, pues nos concierne a todos: En su primer viaje, los ab-orígenes son “indios” asalariados del Gran Khan. Así lo consigna y lo sostiene. En el segundo, las “evidencias” adquieren estatus jurídico pues obliga a su chusma a estipular en un documento que Cuba se halla en Tierra Firme. En el tercero acrecienta su arrojo testimonial debido al desconcierto que le produce la dulzura del Orinoco, recurriendo a una interpretación que placería a la Iglesia: localiza el Paraíso Terrenal y el planeta ya no es esférico; asegura que su forma asemeja a un seno de mujer cuyo pezón estaría bajo la línea ecuatorial. Para el cuarto, el paroxismo de sus decepciones lo hace desistir de avanzar unas leguas más hacia el poniente, en busca de la salida al mar que tenía ya muy cerca, desandando su marcha y volviéndose trabajosamente a España, empero, escribe que de donde se detuvo ‒lo que transcribe como Caguare, hoy Panamá‒ restaban sólo diez jornadas para embocar el río Ganges.

    Y remontando, por ahora, los fantasiosos decires de nuestro “descubridor” hemos de situarnos en una fecha clave: el 25 de abril de 1507. Ahí, para nuestra incumbencia y futura identidad, los monjes de la abadía de Saint Dié, ubicada en la Lorena francesa, publican el primer mapamundi que ostenta el nombre de América, en honor al cuestionado Amerigo Vespucci quien, como se ha demostrado, hizo menos viajes al continente de los que él afirmó. Además, para acreditar la actitud dolosa del florentino, digamos que tampoco tuvo empacho en asegurar que en el Mundus Novus había gigantes y que la lujuria de las “indígenas” llegaba al grado de, mediante artificios y picaduras de animales ponzoñosos, hincharles los miembros a sus maridos hasta tornárselos “deformes y brutales”. Así, a nadie debe sorprender que hayamos sido paridos, ante los ojos del Dios “verdadero”, por la ignorancia, el prejuicio y el dogma.

    Mas regresemos a los farragosos relatos del fabulista Colón, pues en su prosa encontraremos respuestas a muchas incógnitas, sobre todo, en el plano sonoro que nos concierne. En sus escritos hace referencia, en once años de vivencias, a siete decenas de eventos auditivos, pero ninguno que nos sirva para reconstruir el paisaje sonoro amerindio. Es sintomático que, en la narración de su primer viaje, el famoso Diario de abordo, mencione un par de veces la ausencia del canto de los ruiseñores ‒en las Antillas no los había‒ para que el clima y el aire fueran perfectos. A esto debe sumarse la pobreza de su vocabulario. Encontramos, nada más, rugir, tronido y estruendo con sus superlativos. Nos enteramos así de lo que oyó en las cercanías del referido Orinoco:

    “Allí se haze una boca grande de dos leguas de poniente a levante y que, para aver de entrar dentro para pasar al setentrión, avía unos fileros de corrientes que atravesaban aquella boca y traían un rugir muy grande […]Y en la noche, ya muy tarde, estando al borde de la nao oí un rugir muy terrible, y me paré a mirar y todavía venía un filero de corriente, que venía rugendo con muy grande estruendo…”

    Es atinado deducir que sea la frustración para expresar claramente la intensidad del sonido percibido, la que lo empuja a concluir que las nuevas tierras debían rondar, como anotamos, el Paraíso Terrenal; es también paradójico percibir cómo tildará de sordos a los nativos sin cuestionar su propia torpeza auditiva:“La qual aqua que sale del Paraíso Terrenal para este lago trahe un rogir muy grande, de manera que la gente que naze en aquella comarca son sordos…”

    Podemos preguntar quién es el sordo, cuando lo único que llama su atención son las sonoridades intensas y jamás el delicado canto de los muchos pájaros que cita, como si fuesen criaturas mudas. En cuanto a la inopinada tesis de su “sordera” podríamos agregar que fue él quien les intercambió a los indios cascabeles por oro. Por tanto, ¿no fueron éstos más receptivos al sonido al preferir artefactos aptos para hacer música en vez de su mineral áureo? ¿Para quién fueron baratijas en lugar de instrumentos con posibilidades artísticas? Notoriamente, este intercambio es uno de los episodios más socorridos en la narrativa colombina. Leamos:“Algunos d´ellos traían colgados algunos pedaços de oro colgado al nariz, el cual de buena gana daban por un cascabel d´estos de pie de gavilano y por cuentezillas de vidrio, mas es tan poco que no es nada.”

    A pesar de que se muestre escrupuloso al describir los atavíos indígenas, no dejó ningún comentario sobre su música, sólo sobre los instrumentos que oyó de refilón:“Dos o tres hombres venían con las caras pintadas de colores de una misma guisa, y cada uno traía un gran plumaje de fechura de çelada, que no avía diferencia, ansí como en los plumajes: traían éstos en las manos dos juguetes con que tañían. Y avía otros dos ansí pintados en otra forma: éstos traían dos trompetas muy labradas a pájaros e otras sutilezas, no eran de metal, salvo de ébano negro muy fino…”

    Nadie podrá negar que la connotación esgrimida para referirse a los instrumentos oriundos transparente su desdén: son los “juguetes” con que los aborígenes se divierten. Y frente a eso, no hay disquisición posible. “Ellos” son los portadores de la gran música, mientras que “los otros”, los salvajes, sólo atinan a emplear sus instrumentos en pos de solazarse como niños, entendidos aquí como débiles mentales.

     Aunque el asunto más relevante sobre la primera reacción indígena ante la música europea también es consignado por Colón, quien no cayó en la cuenta de la gravedad que tendría su omisión. Dejemos que él nos refiera el álgido entuerto:

    “El día siguiente vino de hazia Oriente una gran canoa con veinte y cuatro hombres, todos mançebos y muy ataviados de armas, arcos y flechas. […] Quando llegó esta canoa habló de muy lejos e yo no otro ninguno no los entendimos, salvo que yo mandé fazer señas que se allegasen; y en esto se pasó más de dos horas, […] yo les fazía mostrar bazines y otras cosas que reluzían, por enamorarlos porque viniesen, y a cabo de buen rato se allegaron más que fasta entonces no avían; e yo deseaba mucho aver lengua, y no tenía ya cosa que me paresçiese que hera de mostrarles para que viniesen salvo que hize subir un tamborino en el castillo de popa, que tañese, y unos mançebos que danzasen, creyendo que se allegarían a ver la fiesta.[2] Y luego que vieron tañer y danzar, dexaron los remos y hecharon mano a los arcos y los encordaron, y enbraçaron cada uno su tablachina y començaron a tirarnos flechas… 

    Imposible negar que en la “elocuencia” colombina hay elementos sobre los que podríamos bordar a voluntad. Quedémonos, por fuerza, en la superficie. Es de resaltar que el almirante escribe que los indios vieron tañer en vez de “escucharon”. Ahí se evidencia el tenor de su relación con los sonidos, funcionándonos para entender la mentalidad imperante en la relación inicial entre los dos mundos. Uno que impone su música y otro que se quedará sin la suya. Sin lugar a duda, el fragmento de la crónica presenta más problemas de interpretación de cuanto sonaría a simple oído. Nos sitúa, inevitablemente, ante la imposibilidad de conocer la versión de los inminentes vencidos. ¿Qué fue lo que desencadenó su reacción? ¿Una forma inaceptable de mancillar el silencio? ¿Una manera sacrílega de bailar? ¿Un son demencial emitido sin el respeto que la música merece? ¿Algún código rítmico-melódico reconocido como declaración de guerra?… Las respuestas se las tragó el desinterés y, a partir de ahí, sobrevendría la aniquilación del arte sonoro precolombino. ¿Alguna duda que refuerce nuestros congénitos equívocos?…

    Mas es hora de dejar atrás los fárragos narrativos de Colón que hemos consignado en pos de dilucidar algunas claves que nos ayuden ulteriormente a entender la imposibilidad que tenemos para recrear el paisaje acústico amerindio. Todas las edificaciones en piedra del pasado precolombino han podido, de alguna manera, reconstruirse, en cambio, esto no se ha logrado con las construcciones invisibles como la música. ¿Nos sorprende?… Sigamos adelante para desentrañar ulteriores códigos interpretativos.

    Si lo narrado fue el tenor establecido por nuestro “descubridor” el que le sigue es consecuente; constatamos que se arma un constructo organizado. En las complicaciones que vivió Europa para darle cabida a un continente desconocido no se contempló su audición como una materia independiente. El problema del “ser de América” volvió a resentir que sus sonoridades no fueran consideradas como un tema digno de estudio; sí lo fue en cuanto las lenguas, pero para intentar desterrarlas.

    Vendría entonces la reseña que hace Pietro Martire D´Anghiera en sus Décadas donde resuena la carencia de nociones concretas sobre la música que se producía en aquel territorio que es él a denominar Novi orbis. El número de veces que Martire cita sonidos y ruidos de la naturaleza es de 17 en toda su obra, mientras que sólo hay 3 para los instrumentos musicales indígenas y 4 para los bailes; y los 7 registros son meras menciones.

    Tampoco Núñez de Balboa, el “primero” en avistar el océano Pacífico, ni Cabeça de Vaca, el primer explorador de las cataratas del Iguazú y de los litorales del norte de México, ni Pedro de Valdivia, el fundador de Chile, nos ofrecen datos acústicos de relieve. Ocasionalmente encontramos descripciones más detalladas, ya no por los adelantados de la empresa exploratoria, sino por los cronistas oficiales y los advenedizos, pero son, otra vez, producto de una observación filtrada por el desprecio.

    En el caso de Hernán Cortés, quien se prodigó en sus epístolas a Carlos V, la situación no mejora, pues, aunque aluda a diversas manifestaciones audibles como alaridos, “gritas”, los lloros de niños y mujeres y los “aparejos de bullicio”, es abiertamente vago, incluso ofensivo, con la música “precortesiana”. No pasa de considerarla ruido. En su carta de mayo de 1522 declara con desenfado: “Y aunque con harta tristeza de no haber alcanzado victoria, partimos de allí y fuimos aquella noche a dormir cerca del otro peñol, […]  y así nos estuvimos aquella noche oyendo hacer a los enemigos mucho estruendo de atabales y bocinas y gritas”; y en la de septiembre de 1526 reitera: “sentimos cierto ruido de gente y unos atabales, y pregunté a aquellas mujeres que qué era aquello, y dijéronme que era cierta fiesta…”

    Sin embargo, la prosa más directa para demostrar el desagrado corre a cuenta de Bernal Díaz del Castillo. Relata sin ambages: “tornó a sonar el atambor muy doloroso del Uichilobos, y otros muchos caracoles y cornetas, y otras como trompetas, y todo el sonido de ellos espantable, y mirábamos al alto cú donde los tañían […] y tañían su maldíto tambor y otras trompas y atabales y caracoles, y daban muchos gritos y alaridos […] digo otra vez que era el más maldito sonido y más triste que se podía inventar […], y sonaba, y tañían otros peores instrumentos y cosas diabólicas y tenían grandes lumbres, y daban grandísimos gritos y silbos…”

    A partir de la mitad del siglo XVI notaremos una leve mejoría en cuanto al quilate informativo sobre la acústica amerindia, más será insuficiente. Con dos ejemplos tenemos para captar su poquedad. A raíz del proceso incoado por las acusaciones ante su proceder en las Indias, Diego de Landa confeccionó su Relación de las Cosas de Yucatán para argumentar su defensa. Hay que decir que es una tarea ingrata acercarse al trabajo del provincial franciscano, ya que gracias a su enjundia evangelizadora se perdieron incontables documentos mayas ‒todos los que halló donde se comprobaran sus grandísimas bellaquerías e idolatrías‒ en el auto de fé del 12 de julio de 1562, pero también a él se debe la cauda de saberes en los que se fundó la mayística.

    En esta paradoja entablada por el rabioso perseguidor de las creencias indígenas y a la vez el entusiasta observador de las “cosas” mayas, notamos que no ahorra encomios sobre las construcciones en piedra ‒habla de su hermosura, de haber sido labradas a maravilla, de haberse pintado con muchas galanterías y de su altura y grandeza‒, y que en aquellas que moran por los aires intenta, nada más, adjetivarlas. Así, la Relación reza:

    “Tienen atabales pequeños que tañen con la mano, y otro atabal de palo hueco, de sonido pesado y triste, que tañen con un palo larguillo con leche de un árbol puesta al cabo; y tienen trompetas largas y delgadas, de palos huecos, y al cabo unas largas y tuertas calabazas; y tienen otro instrumento de la tortuga entera con sus conchas, y sacada la carne táñenlo con la palma de la mano y es su sonido lúgubre y triste. Tienen silbatos de los huesos de cañas de venado y caracoles grandes, y flautas de cañas, y con estos instrumentos hacen son a los bailables. Tienen especialmente dos bailes muy de hombre y de ver. Hay uno en que bailan ochocientos y más indios, con banderas, con son y paso largo de guerra, entre los cuales no hay uno que salga de compás…”

    En otros pasajes nos topamos con que califica a los bailes de “solemnes”, de haber sido bailados con “mucho concierto y devoción”, y en el caso del llamado Naual, de “no muy honesto”. También nos enteramos de un cierto Xibalbaokot, sobre el que apunta su traducción, es decir, “baile del demonio”. ¿Le hubiera costado mucho salirse de su postura observadora para decirnos algo más sobre los “sones”, algo más allá de que tenían compás…? Pese a todo lo que podamos anhelar, nos estrellaremos con nuestra propia impotencia. Landa hizo lo que pudo, como destruir y reprimir, pero en el caso del paisaje sonoro, se estrelló él también contra su ignorancia musical.

    Pasemos, por último, al observador más acucioso que se afincó en Indias quien, dados sus estudios en la Universidad de Salamanca, por fuerza, hubo de recibir una enseñanza musical que le hubiera consentido tomar el dictado de los “sones” indígenas que todavía alcanzó a escuchar. Se trata de Fray Bernardino de Sahagún. Como sabemos, en el proyecto antropológico-lingüístico del franciscano se condensan 19 años de actividad ‒van estos desde el 1558 con sus apuntes preparatorios, concluyendo en 1577, con el Códice florentino, su obra cumbre‒ para describir las cosas de la Nueva España; y en esa descomunal “cosificación” hallamos elementos que nos conciernen.

    Nos ilustra los bailes, como el nematlaxo, y aquel que se hacía en honor a Huitzilopochtli en la fiesta de tlaxochimaco al que califica de “muy pomposo”. Nos ofrece también una catalogación de los instrumentos musicales y llega al extremo de proporcionarnos el nombre de los árboles con cuya madera se fabricaban los “teponaztles, tamburiles y vihuelas”, es decir, los tlacuilocuahuitl, a los que describe con aceptable precisión. Asimismo, proporciona datos útiles sobre los estratos jerárquicos del quehacer musical: nos habla del ometochtzin que era el maestro que dirigía y coordinaba a los cantantes, del tlapizcatzin, que era una suerte de tañedor y chantre y del sitio privilegiado para el oficio, o sea, la mixcoacalli, donde “se juntaban todos los cantores de mexico, y tlatelulco; aguardando a lo que les mandase el señor, si qujsiesse baile, o probar, o oyr algunos cantares de nuevo compuestos; y tenjan a la mano aparejados, todos los atavjos del areyto, atambor, y tamboril, con sus instrumentos, para tañer el atambor, y unas sonajas, que se llaman ayacachtli, y tetzilacatl y omjchicaoaztli.

    Pero pese a todo ese aparente interés en los artificios del Arte Sonoro autóctono, es muy cauto para no emitir ninguna palabra comprometedora. No descalifica e intenta no calificar, sólo consigna, como haría un buen etnomusicólogo, aunque notamos que con respecto a las sonoridades emitidas por la fauna nativa se explaya. Y aquí tenemos un elemento de peso para comenzar el alegato contra su distanciamiento con respecto a la música. Mas tornemos a su relación sobre la actividad de la mixcoacalli. En ella nos aporta un hecho relevante para contraponer la relación despreocupada de los europeos con la música, al menos en comparación con la de los indígenas, quienes podían perder la vida si su manera de hacerla no era impecable. Esto escribe: “Y andando el baile, si alguno de los cantores hazian falta en el canto, o si los que tañjan el teponaztli y atambor faltavan en el tañer, o si los que gujan erravan en los meneos, y contenencias del bayle, luego el señor les mandava prender, y otro día los mandava matar.”

    Para engrosar el dossier contra el franciscano que sí tenía conocimientos musicales pero que no se atrevió a ejercerlos, anotemos lo que reporta sobre aquellos seres vivos sobre los que no pesaba ninguna condena. Sobre el ocotochtli o “conejo del pino” dice: “tiene el aullido delgado como tiple”; sobre la techalotl o ardilla: “el chillido deste animalejo es delgado, y bivo” y para las aves no hay contención alguna. Lo conmueven y, además de verlas con fruición, las escucha con deleite. Son las criaturas aladas que transmiten el mensaje divino que captó el Santo de Asís, fundador de su orden. Hay descripciones sobre 73 variedades de las cuales reproduce, para 15 de ellas, la forma fónica de sus gorjeos. Los pájaros cohuixin cantan couixi, couix, los cochtli dicen coco, coco, los huactli oac, oac,los tlatuicicitli hacen ci-ci, los cuitlacochtotol  tarati, tarati, tatatati, y un melodioso etcétera, donde el inacabable trinar plasmó la santidad que había de reinar en los cielos de Indias.

    ¿Nos queda claro el veredicto?… Creemos que sí. Al indígena lo habitaban los demonios y a estos había que acallarlos. En la voz de los animales no podía haber maldad alguna, en cambio, en la música se colaban las idolatrías siniestras. ¡Que recaiga desde esta orilla de la historia una acusación contra Bernardino de Sahagún! A nombre de nuestro gremio se le imputa la omisión de un testimonio que ahora se antoja ineludible. Si hubiera querido habría podido disponer de los pentagramas para transcribir las sonoridades del mundo musical indígena… Gracias a su prevención nos quedamos anclados al silencio. ⌈⊂⌋


    [1] Hay dudas sobre su origen itálico y hay investigadores que propugnan que pudo haber sido un catalán, o judío, o ambos.

    [2] Se recomienda la audición  de un recitativo con la primera carta de Colón a los Reyes Católicos (Audio 1) así como de la pieza instrumental anónima Voca la galiera, contemporánea del “descubrimiento” de América (Audio 2) esta última procede del Cancionero Musical de Montecassino. (Miembros del Hesperión XXI, Jordi Savall, director. ALIAVOX, 2006)

  • Singularidades magnéticas

    Singularidades magnéticas

    Daniela Gil Sevilla

    –¡Tenemos una nueva señal, proviene del hemisferio norte! –las palabras salen ansiosas de los labios del Operador–, aquí están las coordenadas 31° 19′ 32” N, 110° 56′ 44” O.

    –Calma –le dice el Controlador–, sé que es su primer día en el puesto, pero no olvide el lema de su entrenamiento: “Por sobre toda situación y ante cualquier eventualidad, la calma es la prioridad”.

    –Lo tengo siempre presente, Controlador –aseguró el joven frente al tablero multicolor–, es sólo que no esperaba una señal tan pronto y en el lado iluminado por el sol, vaya que es una… –osadía, lo sé –completó el Controlador–, debe de ser el Rastreador 8304, ese es su estilo, no hay duda. Pero basta de parloteo –prosiguió, mientras se ajustaba un uniforme de matiz cerúleo–, sigamos el protocolo. Operador, revise la pantalla, necesitamos confirmación visual.

    –La recibo clara y contundente –afirmó el Operador, quien a su vez portaba un uniforme añil–, lo ve, ahí está la calle, los humanos, los cables y, en ellos, un par de zapatos enredados por las agujetas. Creo que a esos les llamaban tenis –agregó–, se ven rotos y desgastados, ¡qué detalle!

    Por unos instantes ambos observaron el visor, absortos en la banalidad de la escena. Y es que, el colgar un par de tenis en la corriente eléctrica no le quita el sueño a nadie, ni siquiera provoca atención, ya que es algo habitual en muchos sitios del planeta, siempre y cuando haya cables.

    Lo que es más, según los Archivos Centrales, investigadores terrícolas realizaron estudios durante años intentando encontrar la razón de este “fenómeno”, como lo llamaban, derivando en un sinfín de teorías interpretativas, ninguna contundente, que iban desde el marcaje de territorio, hasta la celebración de un evento especial, pasando por la expresión artística, la moda, la imitación y el aburrimiento.

    Hay incluso quienes aseguraban que todo se trataba de una conspiración y que el Fenómeno Universal de Colgamiento de Calzado, o FUCC, seguía patrones definidos, que podían ser leídos con el código adecuado.

    Irónicamente, esta era la teoría que más se acercaba a la verdad, aunque no por los motivos achacados por los humanos, pues para ellos consistía en un complot atribuido a una secta secreta y anárquica, de ramificaciones globales, que buscaba desestabilizar el orden natural desafiando a la ley de la gravedad. ¡Cómo si un día los zapatos, al lanzarlos, fueran a salir disparados al hiperespacio en lugar de quedar embrollados de frente al suelo!

    –Sabía usted que –expresó agitado el Operador, despertando de su marasmo–, en un pequeño país austral, el lanzamiento de zapatos era considerado como un deporte callejero, y que en una ciudad conocida como Taihape se realizaban torneos de lanzamiento de botas de goma.

    –De nueva cuenta, le recuerdo la importancia de mantener la calma –reiteró el espigado Controlador–, usted apenas inicia en esta labor y le debe de parecer excitante, casi como la travesura de un niño delante de sus padres, con la intención de salirse con la suya.

    –No obstante –continuó–, usted, al igual como yo, conoce perfectamente el propósito detrás de nuestras maniobras. Este no es un acto de entretenimiento, sino de supervivencia. Desde finales del denominado siglo XX por los terrestres, nos hemos dedicado a identificar y clasificar todos los puntos de imantación anormal, con el fin de neutralizarlos y evitar que, en un futuro muy distante, terminen por afectar el campo magnético del globo, dejándolo a merced del viento solar.

    El Operador apenas asentía con su lampiña cabeza, ante los argumentos presentados.

    –No hay que olvidar que –añadió el Controlador–, para cuando nosotros arribamos, la Tierra no era más que un espectáculo de auroras danzando desde el ecuador hasta los trópicos. Ciertamente una bella sinfonía de tonalidades, pero sobre un suelo estéril.

    El Controlador, tras respirar con postura estudiada, reanudó el relato explicando el momento exacto en el que su especie decidió enviar al pasado a 17,000 Rastreadores, altamente entrenados en la detección de divergencias magnéticas, con el objetivo de prevenir este cataclismo.

    –Desde entonces –manifestó el Controlador–, el señalar la imantación ha sido nuestro desvelo, no para salvar a los autonombrados “homo sapiens”, por suerte desaparecidos en el porvenir a causa de sus propias acciones; sino para permitir nuestra colonización y prevalencia.

    –Así –prosiguió–, los Rastreadores arriesgan constantemente sus vidas en estas sociedades primitivas, delimitando las singularidades magnéticas para luego proceder, en absoluto sigilo, a su corrección. Y qué mejor manera de marcar los puntos con colgajos de los que nadie sospecha. Sí, es cierto que, de vez en cuando, alguien intenta robar los zapatos, y ahí es donde entramos usted y yo, el Controlador y el Operador trabajando junto con los Rastreadores para registrar, en el momento preciso de la localización, el sitio de la anomalía en la imantación.

    –Pero creo que ya nos hemos excedido en nuestra conversación –externó el Controlador–, debemos concluir el protocolo y enviar la información a los Archivos Centrales.

    El Operador regresó sus ojos al monitor y, antes de centrar su atención en él, levantó de nuevo la vista ensombrecida por un perturbador pensamiento, mientras consultaba inquieto: –¿Y si los humanos algún día se dan cuenta?

    –No lo creo –respondió indiferente el Controlador–, son demasiado idiotas para ello. ⌈⊂⌋

  • Una gata en La Guajira colombiana

    Una gata en La Guajira colombiana

    Andrea Mejía Fals

    Los que saben dicen que los gatos se comen a sus crías para salvar la camada cuando perciben que tienen deformaciones o enfermedades, y en últimas, terminan siendo una fuente de nutrientes para quien los parió.

    Afuera del hotel ubicado en Riohacha, departamento de La Guajira, había una gata de no más de un año, pelaje negro/marrón/blanco, hambrienta y sedienta, muy embarazada. Maullaba cuando algún humano cruzaba la puerta. Intentamos contactar un hogar de paso que la acogiera mientras paría sus crías, pero nadie contestó y al día siguiente saldríamos muy temprano a visitar comunidades indígenas. Le dimos pedacitos de salchicha antes de viajar.

    La Guajira es un departamento peninsular en el extremo norte de Colombia. Tiene un poco más de un millón de habitantes y, si dividiéramos el departamento en tres trozos, la etnia indígena Wayuu ocuparía dos tercios de éste. La tierra es árida, el horizonte inmenso con cantos de aves, hay chivos que comen basura, la basura cuelga enredada de los cactus, casi nadie come cactus.

    Solo se puede transitar en camionetas 4×4, pues los pocos trayectos pavimentados están en las cabeceras municipales. Fuera de allí, es solo atravesar desierto y polvareda, sin trocha, sin indicaciones, sin red de telefonía móvil. Es entonces cuando los lugareños resultan más sabios que un sistema de georreferenciación, pues, como los pescadores, encuentran en el cielo y en las dunas su infalible brújula.

    Uno de esos sabios va en la primera camioneta, y los de más atrás no podemos perderla de vista, debiendo sortear con mucha pericia los obstáculos del camino, como el rústico sistema de los niños para pedir comida y dinero: usan un lazo de no más de dos metros de ancho, a lado y lado del recién abierto camino de la caravana, con uno o dos niños a cada extremo y, cada que pasa una camioneta, suben el lazo simulando un peaje, de manera que toca lanzarles unas galletas, golosinas o monedas para no perder de vista al sabio y disminuir el riesgo de perderse en el desierto. Otros niños intentan vender higos, langostinos y langostas, pero es improbable detenerse, pues si alguien se pierde, puede que lo encuentren primero los que roban, desvalijan o desaparecen.

    Esos niños son las principales víctimas del abandono estatal y de la inmortal corrupción: según el Instituto Nacional de Salud, a la semana 36 del año 2023 han fallecido 84 menores de 5 años: 41 por desnutrición aguda, 29 por infección respiratoria aguda y 14 por enfermedad diarreica aguda, sin contar el muy probable subregistro. Además, hay 15 casos en estudio. Es esa la gravedad de la situación: la falta de agua potable, de ejecución de programas de seguridad alimentaria y del servicio de salud en zonas de difícil acceso terminan por impactar a los más frágiles, a los más vulnerables.

    En el año 2017 la Corte Constitucional dictó una sentencia[1] para proteger esos derechos fundamentales de las niñas, niños y madres gestantes Wayuu. Son muchas órdenes: que se aumente la disponibilidad, accesibilidad y calidad del agua, que se mejoren los programas de atención alimentaria y se aumente la cobertura, que se aumenten y mejoren las medidas inmediatas y urgentes en materia de salud, que se mejore la movilidad para quienes residen en zonas rurales dispersas, y que se garantice un diálogo genuino con las autoridades indígenas Wayuu.

    Seis años después persisten las deficiencias: en materia de agua la disponibilidad es mínima para lapsos prolongados, y los pocos sitios que cuentan con infraestructura tienen graves fallas en su mantenimiento y operación. A esto se suma el bajo número de carrotanques y el deficiente estado de las vías que impiden garantizar el recorrido hasta las comunidades, situación que empeora en época de invierno.

    En esas tierras hay tres fuentes de agua. Los pozos, que operan con poleas y baldes; los jagüeyes o aljibes, que almacenan agua cruda proveniente de lluvias o filtraciones naturales, y destinada a los animales, el riego o actividades cotidianas; y unas pocas plantas desalinizadoras, pues La Guajira está rodeada por el Mar Caribe y hay máquinas que sirven para convertir el agua salada de mar en agua dulce y apta para el consumo humano. Con todo y ello, las sequías y las dificultades de acceso al territorio no permiten garantizar la disposición permanente del líquido vital.

    Claro, también hay ríos y arroyos que podrían proveer de agua dulce a estas comunidades, como son el Río Ranchería y el Arroyo Bruno, pero fenómenos como la extracción minera, el desvío arbitrario de cauces y proyectos hidroeléctricos inconclusos, devienen en que las comunidades no puedan disfrutar de esas fuentes hídricas.

    En cuanto a la seguridad alimentaria, si se parte de la ausente y -cuando la hay- penosa calidad del agua, resulta casi un imposible que las unidades comunitarias de atención y los mismos hogares puedan garantizar una adecuada preparación de los alimentos. Esa falta de agua también incide de manera negativa en la implementación de proyectos productivos como las huertas para el autoabastecimiento de verduras y frutas.

    Además, no es extraño que la canasta de alimentos destinada a un solo menor de edad a modo de ayuda estatal llegue a una familia y termine repartida en la boca de otros menores y de adultos incluso: “no podemos dejar que los demás niños se queden viéndolo comer” dice una mamá.

    Una líder comunitaria cuenta que, dados los pocos alimentos que recibe, debe repartir un banano entre tres niños, que los lunes nunca hay existencias y que no entiende porqué envían la misma ración para un niño de 3 años y para uno de 14.

    Llegar al punto óptimo en materia nutricional de los menores también exige adoptar componentes etnodiferenciales respetuosos de la cosmovisión de las comunidades Wayuu. No obstante, aun cuando se planteó que fueran las mismas comunidades las que se encargaran de contratar y suministrar las canastas de alimentos y los programas de alimentación escolar, la corrupción aparece, enorme como es, para tragárselos.

    En el servicio de salud, no pasa nada diferente. Los pocos centros de salud están ubicados a unas 8 horas en camioneta de los lugares que habitan los Wayuu, tiempo que es vital para un niño en avanzado estado de desnutrición.

    En uno de esos centros, la enfermera explica que, al recibir niños con síntomas de desnutrición aguda, inicia un proceso que requiere hospitalización para que los medicamentos y el tratamiento médico se encarguen de recordarle a su organismo cómo es que debe absorber nutrientes. Mientras tanto, las mamás padecerán más hambre, pues tendrán que quedarse afuera de los centros de salud al cuidado de sus pequeños, lejos de sus rancherías.

    De las vías, no es que se necesiten para el turismo. Además de facilitarles el suministro de agua y alimentos a las comunidades, quizás incidirían en que las familias no tuviesen que enviar a sus hijos a internados indígenas, pues la lejanía de los contados colegios es uno de los factores de deserción escolar. Allí, las niñas visten unas batolas hasta las pantorrillas, de tonos amarillos fulgurantes que repelen el sol, los niños bermuda azul y camisa rosada. Ambos coinciden en el morral azul con rojo.

    Ya de nuevo en Riohacha, llegó al hotel la dueña de un albergue. Dijo que tenía más de treinta gatos en su casa: algunos de paso y la mayoría termina siendo gato con estadía permanente porque nadie quiere adoptarlos. Le dimos dinero. Abrió su guacal y la gata entró.

    A los pocos días la gata parió tres gatos: uno muerto, uno que se comió y otro con las patas traseras unidas, que murió a los pocos días. Luego la dueña recogió tres gatos cachorros que alguien abandonó en una calle. Se los acercó a la gata y esta los amamantó. ⌈⊂⌋


    [1] Sentencia T-302 de 2017.

  • Un cirujano piadoso

    Un cirujano piadoso

    Mario Alberto Serrano Avelar

    Dicen los que saben que William Stewart Halsted fue el padre de la cirugía moderna. Lo dicen porque a su lado tienen monumentos como A clinical and hisotological study, que lo corroboran parte por parte. Aunque cualquier tratado que sea denso no sé si debiera considerarse infalible. Esto último lo digo con reservas porque evidentemente yo no sé gran cosa del asunto.

    Los que dicen, saben que Halsted fue cirujano por casualidad, lo que lógicamente compromete su figura de padre fundador de esta disciplina. El asunto es que Willy tenía una abrumadora facilidad para destrozar un ave a medio vuelo con un disparo limpio, frontal y a doscientos, incluso trescientos metros. Si se hubieran alineado otras estrellas habría terminado atleta, amante de la cacería o irremediablemente tenedor de libros en la calle Ocho de Nueva York.

    Lo que no dicen los que saben, es que Halsted sintió vértigo cuando entró a su primera cirugía. Eran otros tiempos parece; las paredes no eran blancas, no olía a desinfectante ni había lámparas. Todo eran salpicaduras de miedo, supuración de gritos, las arterias temporales vaciando el mal anidado en la sangre. En el Bellevue un escalpelo valía lo menos tres tazas de café, pero no era tan importante como para dejarlo en una charola llena de alcohol. Léase, no valía la pena gastar así el dinero. Si se te cae, Bill, límpialo con un poco de saliva y continuemos trabajando.

    William obedecía, por supuesto.

    Lo que no saben los que dicen que Halsted estaba loco y probablemente un poco iluminado, es que en realidad antes de alcanzar la gloria de tratados y bronces en escuelas de medicina, fue un buen muchacho y un disciplinado deportista que no sabía desesperarse. Solo así, podrían decir para remediar lo que no saben los que dicen saber todo de Halsted, se comprende el impecable trazo de su vida: joven pobre, estudiante modelo y luego un virtuoso que irremediablemente debía ser becado.

    Por tanto, Willy llegó a Europa con la euforia de un consagrado maratonista. O una categoría más adelante, si existe.

    Usted, William, léase todo el Pronóstico de Hipócrates. Lo sé de memoria. Correcto, entonces léase el Papiro de Ebers. ¿En demótico o en su traducción moderna? Descanse William, la vida sigue. Gracias, pero vine a aprender todo lo posible.

    Evidentemente, no se dice lo chocosa que resultó su inmensa demanda de saberes.

    Por eso fue destinado a la sala de cirugías, para cansarlo, fastidiarlo o llanamente para hacer que diera con sus dos maletas de vuelta al nefasto país americano. Pero sucedió, según dicta el aforismo, que el remedio fue peor que la enfermedad. Bill conoció en la exigencia suprema de las dieciséis horas de prácticas que una cirugía es un arte mayor que requiere paciencia y talento, que confiere belleza a lo amorfo, que resulta precisa, aunque no precisamente te cure.

    Entonces conoció a Hans Chiari, quien le dijo: verá Hanson, Halsted señor, como sea Hamilton, el hígado no es un órgano preciosista, ni te agrada a la primera, es informe, brilloso, atractivo hasta lo infernal.

     El patólogo, eminencia incomparable en todos los círculos vieneses gustaba de la precisión y la elegancia. Verá Haines, Halsted señor, sí, sí, como sea, verá que a muchos colegas les repugna esta serie de estudios, pero en verdad le digo (y en ese preciso instante expuso frente a su nariz una catedral gótica, un patio bizantino y puede que hasta un enorme rascacielos fascinante con forma de tejidos dañados y necróticos) que mire la obra suprema de la creación, por supuesto, suprema en tanto ha sido demolida y nosotros debemos reconstruir lo más posible. Mira Bill, mira los nódulos, mira las ramificaciones, mira cómo se pone celoso, mira Bill, mira.

    William Stewart Halsted, dicen sin saber si saben, los que se supone saben, regresó entonces a los Estados Unidos para ser el padre de la cirugía radical. Pero antes de que desempacara sus maletas tuvo oportunidad de probar que su carrera había valido la pena y que para ser el padre debía cerrar el círculo de la familia. Hijo, que me duele, le gritó su madre, Halsted la subió a la mesa de la cocina y le extirpó la vesícula biliar. Confianza, heroísmo, abnegación. Si no lo convenzo revise A clinical and hisotological study, para que el propio Halsted le diga lo que sabía y lo conduzca por la impaciente orografía del cuerpo humano.

    Lo que saben, pero no dicen los que saben, es que Halsted era deportista e infalible, alumno modelo, inteligencia clarividente y admirador de las obras mayores de los tejidos muertos, pero un ser humano, a fin de cuentas. Estando en un hospital de Halle, vio como los cirujanos aplicaban cocaína a sus pacientes y conseguían mejores resultados en las operaciones. Eres barata, infalible, eres fácil de dosificar, le dijo Bill a la ampolleta con una ternura que no había conocido en su alma. Cuando dejó de usarla en sus propios pacientes para usarla él mismo sintió que su humanidad se perfeccionaba.

    La cocaína fue feroz con Halsted, pero también cuadraba con su voluntad. Lo que sabemos por los que saben, es que en 1898 su famosa mastectomía se radicalizó hasta la escabroso: doblegado el seno dejaba que el bisturí siguiera escarbando, más, un poco más; más, un poco adelante, más, solo hasta que ya no podamos parar. La clavícula cedía a los nódulos linfáticos, el bisturí se extasiaba rebanando, desbastando esa primigenia obra de arte llamada cirugía. Halsted pensó en escribir al respecto, considerando que este nuevo arte plástico tenía la gran desventaja de tener como materia prima el siempre inefable cuerpo humano.

    “Limpiamos o vaciamos la fosa supraclavicular con muy pocas excepciones”. Los que saben son parcos en palabras como todos los doctores: el mal se va de raíz. Acabar el cáncer requiere exterminar de raíz a las células, aunque en el camino se crucen tejidos u órganos. Un discípulo de Halsted, dice uno de los que saben de esto, para erradicar el cáncer de mama erradicó tres costillas, parte de la caja torácica, le amputó un hombro y despareció para siempre la clavícula de su paciente.

    Lo que yo sé, porque trato de no quedarme con lo que dicen los que saben, es que Halsted no estaba loco ni era adicto –para curarse la brutal dependencia a la cocaína le suministraron morfina en bajas dosis: sólo él supo cómo resistió-; tampoco era obsesivo ni reservado –aunque vivía en una mansión gélida con sus perros y sus cirugías y su mujer- Bill no buscaba fama ni era monástico. No espera el juicio de la historia ni ser desempolvado por sus colegas. Puesto que Halsted era más o menos, y eso es mucho decir, simplemente un ser humano buscando la cura de una enfermedad.

  • Exquemelin y los corsarios de América

    Exquemelin y los corsarios de América

    Vicente Francisco Torres (UAM-I)

    Las míticas vidas de los piratas que en el mundo han sido siempre estuvieron colmadas de aventuras. Por eso muchos escritores, como Daniel Defoe,  Conan Doyle, Walter  Scott, Washington Irving, Herman Melville, R.L. Stevenson, Joseph Conrad  y Julio Verne, entre otros,  las usaron como inspiración, o para reescribirlas[1].

    Entre ellas, y por su cercanía con la tierra y las letras de nuestra América, el libro que escribió Alexander O. Exquemelin, titulado Piratas de América en la edición que Carlos Barral preparó para Barral Editores, es muy relevante porque tenemos no una recreación, sino la obra que originalmente escribió este autor holandés para dar noticia de la naturaleza americana, la vida cotidiana de sus habitantes y las terribles crueldades de los corsarios y bucaneros que acá vivieron.

    En el siglo XVI, mientras España y Portugal se entregaban al saqueo del mundo recién encontrado, la economía de Inglaterra atravesaba por una situación difícil y sus marineros estaban desocupados. Es cuando nace la idea de los corsarios –piratas que contaban con permiso real; son ladrones que tenían patente de corso– que vinieron a infestar las aguas del Caribe y dieron origen a muchos nombres  míticos y   famosos. Uno de los episodios más explotados literaria e históricamente es el de la Hermandad de la Costa, establecida en la isla de la Tortuga[2], sitio  en donde se refugiaban ingleses,  franceses y holandeses de la persecución española. Después del descubrimiento, los españoles vieron amenazada su supremacía en las Antillas no solo por la ambición de ingleses, franceses y holandeses, sino por el riesgo de la llegada de los piratas calvinistas que perturbarían la fe que estaban imponiendo los peninsulares.

    Como los españoles no podían proveer a sus nuevos súbditos, los corsarios empezaron a comerciar y terminaron por colonizar. Expulsados de la Española, los perros del mar se refugiaron en la isla de la Tortuga, ubicada frente a la costa noroccidental de la Española, donde fundaron una especie de república y construyeron un fuerte. En 1640 iniciaron un progreso que duró casi 80 años. En la isla se establecieron holandeses y franceses que eran curtidores de pieles y plantadores de tabaco y caña de azúcar, aunque también allí se refugiaron bucaneros[3], desertores y piratas, que pronto empezaron a surcar las Antillas.

    El libro de Exquemelin se publicó originalmente en holandés, en 1678; después se editó en Alemania y, tres años más tarde, apareció la edición española de Piratas de América, reputada como un excelente trabajo de traducción.

    En la primera parte de este libro encontramos un recuento de las cosas que el médico encontró en el Caribe. Se deshace en elogios para la feraz tierra americana y sus abundantes productos medicinales: “La próvida naturaleza ha andado en esta tierra tan manirrota que no ha querido que donde franqueó sus tesoros con tanta liberalidad dejase de abundar en contra morbíficas infecciones (que a ser yo grande físico pudiera granjearme, como otros, el título de botánico) pues la medicina puede hallar aquí materia suficiente para trastornar los almacenes galénicos y hornos paracélsicos”[4].

    Se queja de los mosquitos y las hormigas y, a las luciérnagas, las llama moscas de fuego. Así se refiere, hiperbólicamente, a ellas: “Tuve un día tres en mi barraca hasta más de la medianoche, y en ella, sin otra luz, me daban tal claridad que muy cómodamente podía leer en cualquier libro por letra menuda que fuese”[5]. En su inventario figuran serpientes, grillos escandalosos, arañas grandes y peludas, galápagos, manatíes, ciempiés, escorpiones, papagayos, pájaros carpinteros, caimanes, caballos, toros y vacas. La historia de los perros salvajes, que abundaban en la isla, resulta sorprendente: como los europeos no podían someter a los naturales que se refugiaban en la selva, trajeron perros que, al multiplicarse y no ser domesticados, los dejaron que buscaran el sustento por su cuenta. Hay que agregar que ni con castigos como el descuartizamiento pudieron los españoles someter a los aborígenes, que se refugiaron en cuevas y allí murieron, como muestran los osarios encontrados.

    Desde entonces, refiere el médico holandés, había entre los nativos la idea del chulel o animal protector: ponían a los recién nacidos en una cama de ceniza y esperaban a que algún animal dejara su huella.

    Después de recordar batallas, invasiones y referencias a la vida cotidiana, Exquemelin refiere las vidas de los más notables perros del mar. Empieza con Pedro el Grande quien, después de asaltar un navío español cargado con armas y riquezas, en lugar de quedarse en las Antillas, se fue a Francia, su tierra natal, y nunca regresó a América. Tal parece que su ejemplo acicateó a otros europeos para que se embarcaran.

    En Jamaica encontramos, en 1655, a Henry Morgan, el más famoso de los bucaneros, terrible ladrón que murió en su cama, en Jamaica, como un rico plantador cuyo cuerpo fue enterrado en la iglesia en Santa Catalina, en puerto Real. Su crueldad fue proverbial: “a algunos los colgaron por los compañones, dejándolos de aquel modo hasta que caían por tierra, al desgarrarse las partes verecundas, y si con eso no morían inmediatamente, los atravesaban con las espadas, por más que cuando no lo hacían, no solían durar más de cuatro o cinco días, agonizantes”[6].

    Francisco L ´ Olonnais (El Olonés) robó en Cuba, Campeche, Venezuela y se escondió en la Tortuga. Su fama de hombre cruel se cimienta en una ocasión en que abrió el pecho a un español, sacó su corazón y lo mordió. Su muerte resultó ejemplar: los indígenas del Darién lo apresaron y descuartizaron. Luego echaron sus restos al fuego, hasta que el viento dispersó sus cenizas. 

    Exquemelin, quien había firmado en Francia como cirujano por un periodo de tres años, fue vendido como esclavo en América. Vuelve a Ámsterdan y regresa a Campeche. Luego va a Jamaica y de nuevo a Holanda para estudiar medicina, profesión que había ejercido empíricamente.


    [1] Véase Philipe Gosse, Historia de la piratería, traducción de Rodolfo Selke, México, Editorial Centauro, 1946. 

    [2] Las peripecias allí acontecidas llegaron a conocerse gracias al libro, en forma de diario, que Oexmequelin escribió. En el mismo da cuenta de cómo se embarcó al servicio de la Compañía Francesa de las Indias y, cuando arribó a la isla, fue vendido como esclavo. De su amo aprendió el oficio de barbero y cirujano que desempeñaría entre piratas y bucaneros.

    [3]“Luego están los bucaneros. Estos han convivido con los caribes, indios nativos de las Antillas, quienes tienen por costumbre cortar en trozos a sus prisioneros y colocarlos sobre unas parillas bajo las cuales encienden fuego. A estas parrillas las llaman barbacoa, boucan al lugar donde se encuentran y bucane al acto de asar y ahumar la carne. Por eso los bucaneros se llaman así”. Alex Olivier Oexmelin, Historias de piratas. Diario de un cirujano de a bordo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina (Biblioteca Fundamental del Hombre Moderno), 1972, p. 11.

    [4] Alexandre O. Exquemelin, Piratas de América, traducción del Dr. De la Buena Maison, Barcelona, Barral Editores, 1971, p.32.

    [5] Ibídem, p. 35.

    [6] Ibídem, p. 138.

  • Mujeres Escritoras: lectura y creación

    Mujeres Escritoras: lectura y creación

    Itzayana Dorantes Martínez

    La humanidad se sostiene no sólo de su reproducción incesante, sino de la narración incesante de su historia, de nuestras historias. De modo que escribir es mi forma de fertilidad.

    Alma Delia Murillo, 2022

    Cartografía nacional de la lectura

    Algo que no es novedad: México es un país que se distingue por tener bajos índices de lectura, mientras algunos países leen hasta 17 libros en promedio al año[1], en México no se llega ni a cuatro. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 43.2% de la población alfabeta de 18 y más años leyó al menos un libro en los últimos 12 meses, es decir, menos de la mitad de la población adulta a nivel nacional[2].

    Hay múltiples factores que inciden en este indicador; sin embargo, existe un visible componente de género dentro del comportamiento lector en México, puesto que, al desagregar el indicador del promedio de libros leídos al año, los hombres leen 4.2 libros, mientras que las mujeres leen 3.7. Con respecto a la población total, casi el 70% de las mujeres declararon haber leído al menos un material de lectura en los últimos meses, cifra menor al 76% arrojado por la población masculina[3].

    Las mujeres en nuestro país leen menos, pero ¿escriben menos que los hombres? Aunque no existe un registro oficial de personas escritoras en nuestro país, es notorio que cada vez hay más escritoras en los anaqueles, ganando premios literarios nacionales e internacionales. Este es un fenómeno muy reciente en comparación con los siglos que acumula la literatura nacional, además de que aún no es equitativa la distribución entre autores y autoras reconocidos. No se puede afirmar que las mujeres escriben menos, pero sí está documentado que históricamente y, aun actualmente, se publican, se leen y se discuten menos que los autores.

    Estos bajos índices de literatura escrita por mujeres tienen su origen la desigualdad histórica en la difusión de su obra con respecto de aquella escrita por hombres, así como en otras expresiones de las desigualdades estructurales entre ambos sexos. Por mencionar tan solo un ejemplo, podemos retomar el hecho de que “las mujeres dedican 268 minutos por día a las tareas de cuidado no remuneradas, mientras que los hombres sólo pasan 155 minutos en esas labores; es decir, ellas invierten casi el doble de tiempo en esos menesteres.”[4]. El rango de edad más lector contribuye a reforzar esta premisa, pues es el rango de edad de la educación media superior y superior, en la que muchas mujeres aún no tienen hijos.

    El Módulo de Lectura del INEGI también arrojó qué porcentaje de personas costearon sus materiales de lectura: el 37.6% de los hombres respondió comprar sus propios libros, mientras que ese porcentaje en las mujeres equivale al 35.3%[5]. Este resultado refleja la priorización del gasto que tienen las mujeres, pues al ser las principales responsables del cuidado compran productos para satisfacer otras necesidades, o bien, compran libros o materiales en el caso de tener niñas, niños o adolescentes a su cargo.

    Presencia a contracorriente

    Con este breve panorama de la lectura de la población mexicana, vale la pena señalar que desde la educación básica se inicia con la brecha de género respecto a la lectura de textos escritos por autoras. De acuerdo con la Universidad Autónoma de México (UNAM),

    “La proporción de autoras publicadas en el Libro de lectura de cada grado de primaria para el ciclo escolar 2019-2020 es mínima en comparación con los autores. En el de primer año, únicamente seis entradas corresponden a escritoras: Rosario Castellanos, Gloria Fuertes, Juana de Ibarbourou, Evangelina Mendoza Márquez, Mónica Tirabasso y Silvina Ocampo. Mientras que 12 son textos de origen folclórico o anónimo y 34 fueron escritos por hombres. Para segundo año, la proporción empeora: 14.3% de escritoras contra 69.6% de escritores. En grados posteriores se reduce la cantidad de textos por libro, pero la tendencia se mantiene. Para el final de la primaria, los estudiantes habrán leído en este libro a un 13.7% de autoras, contra 65.4% de escritores.”[6].

    Esta poca representación de las mujeres dentro de los planes y programas de estudio se extiende hasta la educación media superior y superior, incluso en licenciaturas y posgrados del área de Letras, Artes y Humanidades. “El Proyecto Escritoras Mexicanas Contemporáneas (PEMC) realizó una encuesta en donde las y los jóvenes sólo reconocieron dos nombres de escritoras mexicanas: Rosario Castellanos y Elena Poniatowska. Los programas educativos en México han favorecido la literatura escrita por hombres, convirtiéndolos en “modelos de creatividad, de fuerza, de interés para los lectores”[7]. En otras palabras, cuando hablamos de los “grandes” de la literatura clásica estos suelen ser todos hombres, con contadas escritoras que son vistas como una excepción a la regla, como un caso extraordinario de éxito en su época a pesar de ser mujeres.

    El hecho de que no se estudien desde un inicio genera consecuencias dentro del mercado editorial, donde el 75 % de los libros son escritos, editados y reseñados por hombres[8], es decir, la mayor parte de la conversación dentro del ámbito literario gira en torno solamente a los autores.

    Asimismo, aun cuando las mujeres son publicadas, la recepción de sus obras no es similar a la de los hombres, pues “cuando una mujer publica un libro, sólo 19 % del universo lector son hombres mientras 81% lo representan las mujeres. Pero para los diez autores masculinos más vendidos, la división es mucho más pareja: 55% hombres y 45% mujeres”[9] O lo que es lo mismo, las mujeres leemos tanto a hombres como a mujeres, pero las autoras no son leídas en la misma proporción por los hombres, sino que las leen mayoritariamente sólo mujeres.

    El que no haya apertura por un gran sector de los lectores a conocer estas obras lleva a que no sea atractivo o rentable para las casas editoriales publicar libros de autoras. “Martha Hernández, […] especialista en temas alrededor de los feminismos y el género, afirma que en el mundo la proporción es de 70-30% en términos de hombres y mujeres publicados en el mercado editorial. […] [Mientras que, de todos los libros publicados en México en 2019, solo una quinta parte estaban escritos por autoras. Según cifras de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANAIEM), en 2019 las editoriales lanzaron 1,444,280 publicaciones. Solo una quinta parte, 290,900, eran de mujeres.”[10]

    A su vez, esto genera que la escritura no sea un proyecto de vida económica o profesionalmente viable para las mujeres pues, aunque ellas “tienen tasas de publicación y citación comparables a las de los hombres, […] tienden a tener carreras más cortas y publican menos artículos[11].

    Historias para leer y contar

    Las mexicanas escriben, tienen mucho que decir y lo hacen magistralmente, por lo que hay muchas opciones para acercarnos a su literatura, plena de estilos y temáticas. Como ejemplos de lo que se ha escrito y galardonado por diferentes instituciones culturales en los últimos años, destacan Guadalupe Nettel, Alma Delia Murillo, Cristina Rivera Garza y Gabriela Damián Miravete.

    En La hija única (2020), Guadalupe Nettel nos habla de maternidades y de cómo la afrontan tres mujeres distintas, porque, ni destino ineludible ni buscado por todas las mujeres, la maternidad es un proceso que cada mujer afronta desde sus propios medios, contexto, deseos y recursos. Nettel lo tiene claro y nos ayuda a visualizar en su novela que “maternar” es un proceso lleno de incertidumbre, dudas, angustias, dilemas y conflictos, lo que permite cuestionar el mito y la “romantización” que tiene la maternidad y las madres en nuestra sociedad.

    Es innegable que la figura materna es fundamental en la construcción de nuestra identidad al hilvanar nuestras historias de vida. Pero también lo es el padre. Por eso, Alma Delia Murillo exhibe que casi la mitad de las y los mexicanos son hijos de un tal Pedro Páramo, porque vivimos en un país donde los padres abortan masivamente al abandonar los hogares: “bien visto, al menos en este país, son los hombres quienes abortan masivamente; son los hombres quienes abortan de facto a sus hijos, legiones de padres renuncian a millones de hijos y no tuvieron que promover ninguna ley ni arriesgar el cuerpo en una clínica insalubre, nada.”[12]

    La cabeza de mi padre (2022) es la historia de vida de la escritora, la última de ocho hermanos que pasó su infancia en la pobreza, la violencia y la estigmatización por no tener un padre. Es la narración de esa búsqueda que decidió hacer de su padre después de 40 años, para ponerle un rostro, para enfrentar el enojo de años, de preferir decir que su padre había muerto porque es menos doloroso que decir que fueron abandonados.

    Aunque esta es la trama principal, en este tejido de sentimientos, reflexiones e historias personales, Alma Delia también denuncia muchas de las problemáticas que las niñas y mujeres viven diariamente en México: el abuso infantil, el embarazo adolescente, la lucha de las mujeres en lo profesional por romper el techo de cristal, la sobre exigencia y la condena social a las madres solteras (y pobres), el acoso sexual en lo público y la violencia sexual en lo privado.

    Otra escritora que revela su experiencia personal ante la violencia contra las mujeres es Cristina Rivera Garza. En su novela El invencible verano de Liliana (2021), Liliana Rivera Garza tenía 20 años cuando su ex novio, a quien había decidido dejar después de años de una tormentosa relación para poder rehacer su vida y cumplir sus metas profesionales, decidió que, si no era con él, Liliana no viviría con nadie. A través del rescate de la memoria y vida de su hermana, Cristina nos enfrenta a la realidad mexicana en la que se revictimiza a las mujeres al culparlas de los feminicidios, al poner más el foco mediático en el asesino y las protestas que en el valor que ellas tienen por ser personas, esa realidad en la que las mujeres asesinadas y desaparecidas se cuentan a diario en múltiplos de diez.

    A partir de esta realidad, a través de otra expresión creativa, Gabriela Damián ha generado un futuro alternativo con un jardín holográfico que incluye reproducciones digitales de las mujeres asesinadas en México. Este espacio tiene una guardiana: Marisela, en la vida real Marisela Escobedo, activista y madre de Rubí Frayre, (ejecutada por su pareja en Ciudad Juárez en 2008 a los 16 años). Marisela fue asesinada en 2010 mientras se manifestaba frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, después que el homicida de su hija fue absuelto por las autoridades judiciales locales.

    Así, Gabriela Damián le rinde homenaje a Marisela y a su lucha con estos hologramas que fueron creados con información personal de esas mujeres. Las niñas, los niños y adolescentes en general  acuden al jardín para aprender de la violencia en general, en particular la dirigida contra las mujeres en un qf´qn por remarcar que es un mal que nunca se debe repetir.

    ¿Dónde está el péndulo?

    La cuestionante fundamental es conocer lo qué estamos perdiendo como personas lectoras y como sociedad al no leer lo que el 50% de la población tiene que decir. No sólo es el hecho de que las mujeres no nos identifiquemos con las expresiones literarias actuales, sino que al no leer la literatura escrita por mujeres se invisibiliza la existencia y discusión de las problemáticas para el desarrollo y bienestar de la mitad de la población, lo cual contribuye a profundizar y a perpetuar la desigualdad de género. Los grandes retos en esta materia requieren de una concientización profunda y plena y la literatura es una fuente poderosa para despertar y movilizar conciencias.

    Al respecto, de modo conclusivo se avala algo que la escritora mexicana Gabriela Damián Miravete plasma con claridad:

    “las consecuencias de esta sordera selectiva, de ese grave sesgo cognitivo, no sólo afectan la vida personal de las autoras o la literatura como sistema cultura, que de por sí ya implica un costo bastante alto.

    Lo que creo que también está en riesgo es, a fin de cuentas, una transformación social que se opone a la perpetuación de las relaciones jerárquicas productoras de opresiones y violencias, transformación que ha sido paulatinamente generada por diversos movimientos políticos e históricos, de los que, consciente o inconscientemente, han participado las autoras y sus modos de trabajar el lenguaje para hacerlo nombrar sus experiencias, para construir narrativas y ponerlas a disposición de quienes las necesiten y, de esta manera, generar alternativas vitales en sus entornos cotidianos y subjetividades. […]

    Porque hablar de la literatura escrita por mujeres no es hablar de un subgénero literario ni de un nicho de mercado ni de un “fenómeno cultural” que la prensa y los consorcios editoriales insisten en bautizar como una marca muy conveniente […]

    Es la literatura que escriben las personas que se enuncian a sí mismas como mujeres, no desde una pretendida “sensibilidad femenina” ligada a la biología o atada sin remedio al rol de género, sino desde complejas subjetividades insertas en sus muy diversos contextos: desde el hecho de ser negra, zapoteca o blanca; ser urbana, de un poblado pequeño o del campo; ser lesbiana, bisexual o heterosexual; ser cuidadora o cuidada, ser hija o madre o abuela; desde el monolingüismo, el bilingüismo del español y alguna lengua indígena hablada dentro del territorio denominado México o el bilingüismo del español y de una lengua de origen europeo, etcétera. Por ende, sus posibilidades son infinitas. Pero, para saberlo, hay que leerlas.”[13]. ⌈⊂⌋


    [1] Andrés Eduardo Peña, Promedio de libros leídos por país, Lectupedia, 2022. Disponible en: https://lectupedia.com/es/cantidad-de-libros-leidos-por-pais/

    [2] INEGI, Módulo sobre lectura (MOLEC), México, 2022. Disponible en: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2022/EstSociodemo/MOLEC_2022.pdf

    [3] Ídem

    [4] S/a, Dedican las mujeres el doble de tiempo que los hombres a tareas de cuidado, destacan expertas, CIEG_UNAM, México, 2022. Disponible en: https://coordinaciongenero.unam.mx/2022/12/dedican-las-mujeres-el-doble-de-tiempo-que-los-hombres-a-tareas-de-cuidado-destacan-expertas/#:~:text=Las%20mujeres%20dedican%20268%20minutos,desigualdad%20que%20revel%C3%B3%20la%20pandemia

    [5] INEGI, Op. Cit.

    [6] Marcela Vargas y Kenia Sotelo, Escritoras Mexicanas: feminismo y reivindicación en la literatura, Corriente Alterna, Cultura UNAM, México, 2020. Disponible en: https://corrientealterna.unam.mx/cultura/escritoras-mexicanas-feminismo-y-reivindicacion-en-la-literatura/ 

    [7] Ídem

    [8] Benedict Page, “Research shows male writers still dominate books world”, The Guardian, 2011. Disponible en: https://www.theguardian.com/books/2011/feb/04/research-male-writers-dominate-books-world

    [9] Ídem

    [10] Ana Grimaldo, “¿Leemos menos a las escritoras mujeres que a los hombres?”, Expansión, México, 2021. Disponible en: https://mujeres.expansion.mx/especiales/2021/09/10/por-que-leemos-menos-autoras-mujeres-que-hombres

    [11] Ídem

    [12] Alma Delia Murillo, La cabeza de mi padre, Alfaguara, México, 2022, pp. 62.63.

    [13] Gabriela Damián Miravete, “Las autoras que los hombres no leen”, Gatopardo, México, 2021. Recuperado de: https://gatopardo.com/noticias-actuales/las-autoras-que-los-hombres-no-leen/


    Referencias-.

  • Entrevista con Guadalupe Nettel y Rosalind Harvey sobre “Still Born”

    Entrevista con Guadalupe Nettel y Rosalind Harvey sobre “Still Born”

    Traducción Marina Carballo

    Publicado el 8 de abril, 2023.

    Con “Still Born” (La Hija Única) preseleccionado para el International Booker Prize 2023, la autora habla sobre desafiar las ideas patriarcales de la maternidad y contarles a sus amigas una historia inspiradora.

    ¿Cómo se siente estar en la lista de seleccionados para el International Booker Prize 2023, y que significaría ganar para ti?

    Es una gran alegría. Lo veo como una maravillosa oportunidad para que esta novela pueda llegar a más lectores, no solo en Reino Unido sino alrededor del mundo. Para mí, ganar el International Booker Prize sería un sueño hecho realidad.

    ¿Cuáles fueron las inspiraciones detrás de “Still Born” ? ¿Qué te hizo querer contar esta historia particular?

    Al principio, mi intención fue escribir la historia de mi amiga y su pequeña hija, la cual encuentro increíblemente inspiradora, terrible y hermosa a la vez. Todos los días, niños nacen con condiciones neurológicas que los separa de otros. Sus familias a menudo toman estas situaciones como una desgracia ya que pone fin a la vida que ellos tienen y torna todo en un infierno. Yo quería mostrar, a través de la historia de esta amiga mía, que es posible transformar esta experiencia dolorosa en  una experiencia  significativa.

    Muchas exigencias pesan sobre las madres. Ellas son siempre comparadas con estereotipos inalcanzables, lo que hace sentir a las mujeres inadecuadas, sin mencionar aquellas que deciden permanecer sin hijos, quienes son raramente representadas en la literatura hasta ahora. Para mí, “Still Born” es una novela que afirma las opciones de las mujeres y que reta las ideas patriarcales de la maternidad y el instinto maternal.

    Me gustaría que esta novela ayude a los lectores a darse cuenta de la diversidad humana, especialmente la de los niños con condiciones neurológicas y de las mujeres progenitoras o de todo tipo- lo cual también es bello e interesante y no hay  razón alguna para temer o rechazar.  

    ¿Cuánto tiempo tomo escribir Still Born, y como se ve tu proceso de escritura? ¿Escribes en maquina o a mano? ¿Hay múltiples corrientes de aire o ráfagas repentinas de actividad? ¿Es la trama y la estructura intrincadamente trazadas de antemano?

    Siempre escribo en patrones mixtos, algunas veces a mano y algunas otras en la computadora, y cada uno de mis libros tiene varias corrientes, Esta novela en particular comenzó como una serie de entrevistas con mi amiga, en quien la historia está basada. Esas entrevistas se volvieron textos. Las otras historias -Doris y Nicolás, por ejemplo- son ficción y las escribí para acompañar la historia principal, para darle aire y para estar en dialogo con ella. Me tomo alrededor de tres años escribir “Still Born”. Primero pensé que podría ser una novela corta y tenía una idea bastante clara de su estructura, pero entonces la historia creció más allá de lo que esperaba, y escribí la segunda parte que arroja luz y agrega significado a la primera, la escritura de esta fue más bien intuitiva.

    ¿Donde escribes?  ¿Como se ve tu lugar de trabajo?

    En muchos lugares. Mi estudio de hecho es un espacio abierto en mi casa, y me puedo realmente concentrar solo cuando no hay nadie . Por eso a menudo salgo temprano y me asiento en un café, o tomo algunos días fuera de la ciudad en un lugar tranquilo donde yo pueda desconectarme de todo. Para escribir esta novela acepte una corta residencia cerca de Venecia ofrecida por Ca Foscari University, y esto realmente me ayudo para terminar el libro.

    ¿Como fue la experiencia de trabajar con la traductora del libro, Rosalinda Harvey? ¿Qué tan cercanas trabajaron juntas en la edición en Ingles? ¿Ofreciste alguna guía especifica o consejo? ¿Hubo algún momento sorpresivo durante tu colaboración, o momentos alegres o de desafío?

    Rosalinda y yo hemos trabajado juntas en varios proyectos y pienso que ella es una traductora muy talentosa, definitivamente una de las mejores. Me alegro de que ella reciba este reconocimiento. Ella merece todos los premios.

    ¿Porque sientes que es importante para nosotros celebrar la traducción de ficción?

    Por que la Ficción es el vehículo más poderoso de empatía que yo conozco.

    Mas que los estudios periodísticos o antropológicos, nos permite conectarnos más allá de las ideologías, y entrar en los espacios de intimidad con gente de otras naciones. Hace que compartamos sus miedos, sus esperanzas, y sus experiencias de vida.

    ¿Si tuvieras que escoger tres trabajos de ficción que más hayan inspirado en tu carrera, cuales serian y por qué?

    “La vie devant soi” de Emil Ajar, por su manera irónica y humorística de criticar el racismo en la sociedad francesa y su hermosa descripción de cómo se siente ser un niño migrante.

    “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro, porque me permite ver que mi país es realmente un lugar mágico.

    “Suicidios ejemplares” de Enrique Vila Matas, porque me permite entender que la Historia Corta es un género principal.

  • En voz propia

    En voz propia

    I. Dorantes, R. Núñez, F. Sánchez, D. Gil

    El dulce sabor de la simulaneidad

    Las respiraciones del Popo

    Edgar cadenas y las letras venezolanas

    Marie José Paz, Argelia y Octavio

  • Abdul Rahman Munif, un autor reivindicado

    Abdul Rahman Munif, un autor reivindicado

    Guillermo Gutiérrez Nieto

    El pasado 29 de mayo, Doodle, la herramienta que permite cambios en el logotipo de Google para conmemorar festividades, aniversarios y las vidas de celebridades, le dedicó uno a Abdul Rahman Munif (también conocido como Abd Al-Rahman Mounif) con motivo de su onomástico 90. Este escritor, de padre saudita y madre iraquí, nació en Aman, Jordania, en 1933 y murió en 2004 en Damasco, Siria. Esta multiplicidad de naciones que lo forjaron, a la que se sumó una estancia prolongada en Francia, le permitieron desarrollar uno de los rasgos por los que es referenciado en la literatura árabe: su crítica mirada a las realidades sociales, políticas y económicas de la sociedad árabe moderna.

    Aunque su formación profesional es en la economía de los hidrocarburos y comenzó a escribir tardíamente (después de los 40 años), su singular estilo narrativo y su posicionamiento respecto a fenómenos en la historia reciente del Medio Oriente, lo convirtieron en un personaje cimero en el cosmos literario de esta parte del mundo. 

     A través de sus obras es posible confirmar la evolución de la mayor parte de los Estados árabes con recursos petroleros. La mayoría de ellos salieron de la órbita de influencia del imperio otomano para ingresar a una nueva situación de dominio proveniente Estados Unidos, Reino Unido y, en menor medida, Francia después de la primera conflagración mundial.  Desde entonces y hasta mediados del siglo pasado, lo que se observó fue el descubrimiento de grandes yacimientos de hidrocarburos y concesiones otorgadas a las empresas petroleras de esas naciones, aspecto de gran trascendencia tanto en el desarrollo económico como en secuelas sociales y políticas de esos Estados que siguen vigentes hasta ahora.

    Es precisamente a partir de los años cincuenta del siglo veinte que Munif emerge como escritor, aunque primero abrevó otros saberes. En 1952 salió de Jordania y fue a estudiar Derecho a Bagdad, Irak, donde la efervescencia política era intensa; ahí se afilió al Partido Baaz Árabe Socialista y se convirtió en uno de sus cuadros más notables. Su nacionalidad saudita, trasmitida por su padre, le otorgaba cierto halo panárabe al partido de reciente fecundación y en el cual se posicionó en cargos de responsabilidad. Este activismo le generó problemas con el gobierno iraquí en funciones y fue deportado; se dirigió a El Cairo, Egipto, donde concluyó sus estudios de Leyes. En 1958 obtuvo una beca del partido Baaz para estudiar en la universidad de Belgrado, Yugoslavia, país donde permaneció hasta 1961, obteniendo un doctorado en economía del petróleo.

    Como el fervor nacionalista en la región y el surgimiento de empresas estatales que administrarían las riquezas petroleras se volvió un rasgo en la región, Munif desarrolló trabajó político en Beirut, Líbano, para el partido que lo había becado y cuando triunfó en Siria en 1963, se dirigió a ese país para trabajar en el Ministerio del Petróleo hasta 1973. No obstante, después de observar los excesos de ese partido en Iraq y al diferir de algunos de sus postulados, renunció al mismo en 1965, aunque siempre manifestó que seguiría fiel a la transformación revolucionaria del mundo árabe. Este período marco el fin de su escritura en el ámbito de su profesión; en 1972 su libro sobre el futuro de la industria petrolera fue publicado en el Líbano, y varias décadas después fue reeditado en otros países árabes. Comenzó entonces su inmersión en la creatividad literaria.

    Su primera novela fue “Trees and the Assassination of Marzuq” (1973). A través de dos extranjeros que se conocen en un tren, Munif despliega su conocimiento de las circunstancias sociopolíticas vigentes en ese entonces en algunos países del Medio Oriente (en Siria la pugna entre facciones del partido Baaz; en Jordania enfrentamientos entre fuerzas armadas nacionales y palestinos o en Egipto Nasser y su influencia en diversos conflictos próximos) y arma su trama en un país árabe innombrable con personajes que expresan tanto sus posturas políticas como las condiciones sociales que los forjaron para afrontar su cotidianidad. Esta dualidad será característica predominante en algunas de sus obras subsecuentes.

    Coincidiendo con su salida de Damasco y su desenvolvimiento como periodista en Líbano escribe “East of the Mediterranean”, que aguardó por 3 años para publicar. El tema era polémico para aquellos años: tortura política y encarcelamiento de disidentes, género del cual se puede considerar pionero y que después se convirtió en un referente en la literatura árabe. Nuevamente, sin mencionar un país en particular, evidencía las condiciones que afrontan los detractores a los regímenes en la región, pero lo hace sobreponiendo las creencias de las víctimas a sus condiciones: “necesitas preservar tu ira y contraatacar. Si sucumbes al dolor y al remordimiento, serás derrotado como hombre y acabado como causa”, eso señala uno de sus personajes en esta obra.

    Otra obra de este mismo período es “A Magian Love Story”, considerada singular en su repertorio por tratarse de los escarceos de un nacional árabe con mujeres europeas, situación que en opinión de los críticos es un reflejo de la perenne fascinación que se tiene en la región por Occidente y la imposibilidad de compenetrarse.

    Es a partir de 1973, coincidiendo con la mayor crisis petrolera mundial, cuando Munif comienza a ser un referente fundamental en las letras árabes. Al margen de su éxito creativo, un acontecimiento que influyó en su despliegue como un autor de alcance internacional fue la inhabilitación de su nacionalidad saudita, aspecto que reforzó su sentido de identidad árabe. En esta acción, aparentemente motivado por la critica al grupo gobernante de ese pais, también estaba implícita una disyuntiva de su literatura: continuar apegado a elementos realistas, matizados con escenarios y lugares no explícitos, o explorar nuevas formas de expresión, como lo comenzaron a hacer sus coterráneos árabes.

    En ese trance, Munif regresó a Iraq en 1975, esta vez para trabajar en la Oficina de Asuntos Económicos del Consejo del Comando Revolucionario de ese país hasta 1981. Volvió a vincularse con la versión del partido Bazz en ese país, donde se convirtió en miembro de la confederación internacional panárabe de ese partido. Fue también editor de un boletín especializado (Oil and Development) que se volvió fuente de referencia en la región y concluyó un segundo libro sobre su formación profesional (The Nationalization of Arab Oil).

    Consciente de su inicio tardío en la literatura, Munif escribió 3 novelas durante su estancia en Iraq, a la par de sus deberes laborales. En 1976, publicó “When We abandoned the Bridge”m en la cual exploró el monólogo como recurso. Adicionalmente narra las dificultades de sobrevivencia humana en ambientes agrestes y con recursos naturales limitados, pero sobre todo la imposibilidad de un hombre para afrontar su presente confiando sólo en su memoria. A esta obra le siguió “Endings” (1977), que puede ser considerada una continuidad ya que nuevamente recurre a solo un personaje y un perro, aunque esta vez se concentra en el desierto y destaca la concepción de los beduinos respecto a la naturaleza, sustentada en un respeto irresoluto y una utilización que considera sus ciclos de renovación.

    Continuando con nuevas variantes narrativas -en “Endings” le da voz a las comunidades y rescata fábulas tradicionales- en 1979 aparece “Long Distance Race”, que será el preámbulo a su obra mayor (“Cities of Salt”) y en la cual describe el arribo de las grandes empresas americanas y británicas de petróleo a Irán durante el gobierno de Mohammad Mossadegh.  Sin duda es una obra que proyecta su conocimiento del modus operandi de las empresas petroleras y de sus repercusiones en los contextos políticos y socioeconómico donde se desenvuelven. Aunque Munif describe el caso Irán, en realidad la situación es próxima a lo que ocurrió en los países del golfo pérsico.

    Reconocer la influencia de otros autores en su creatividad fue un rasgo de Munif. Así, se sintió próximo a Naguib Mahfouz en su forma de componer historias y en 1982 creó una obra conjunta con el palestino Jabra Ibrahim Jabra. “A world without Maps” sucede en una ciudad sumergida en la oscuridad y el caos. Su estilo no tiene parangón con ninguna obra previa de Munif y, aunque simular por sus características físicas con Bagdad, lo que sus autores desarrollaron a través de un personaje que escribe una novela es la idea de un útero que, a pesar de sus vicisitudes, garantiza protección a todos sus habitantes. Una de las consecuencias de este trabajo conjunto es que Jabra lo convenció de dedicarse a plenitud a la literatura y le recomendó emigrar a otro país, por lo cual París fue la siguiente escala de Munif.

    El quinteto “Cities of Salt” fue concebida y elaborada en esa ciudad. Se trata de una de las obras fundamentales del autor árabe que le llevó siete años escribir. Aunque originalmente la pensó desarrollar como trilogía, al final escribió cinco piezas, que en conjunto suman más de 2 mil quinientas páginas, convirtiéndose en la obra más extensa de la literatura árabe moderna. Se trata de una historia que describe la transformación social que provocó el descubrimiento del petróleo en las comunidades del desierto. Por un lado, convirtiéndolas en grupos explotados y oprimidos en las ciudades urbanas que emergieron, y, por otro, generando rivalidades entre las comunidades tribales que pasaron a ser parte de los estados policiacos centralizados que surgieron paulatinamente en la región. En términos generales, las cinco piezas podrían leerse como descripciones de las irracionalidades que conllevó la imposición de una modernidad en los estilos de vida y la devastación de las costumbres y creencias tradicionales. En esta tendencia, la emergencia colateral de tiranías, corrupción y destrucción de los valores humanos fundamentales, fueron consecuencias inevitables.

    Esta ocasión la referencia a Arabia Saudita, desde su fundación con grupos tribales en distintas áreas de desierto hasta la creación de sus cimientos como Estado moderno, no tiene prurito.  Aunque cada una de las cinco obras está compuesta de forma libre en estructura y cronología, en ellas la referencia a la Casa Saud, dinastía de la familia real de Arabia Saudita, es constante. Aunque sigue existiendo un dilema respecto al equilibrio entre historia y ficción, lo cierto es que ”Cities of Salt”, nombre del primer volumen, pero que es por el cual se conoce la saga de los cinco volúmenes, alude a Entidades fincadas en pilares de artificio que están destinados a una ulterior disolución. Así, el primer volumen (“The wilderness”) menciona hechos verídicos ocurridos entre 1933 y 1953; el segundo (“The Trench”) vincula hechos históricos acaecidos entre 1953 y 1958 y los interrelaciona con aspectos religiosos de diversa naturaleza.

    Lo que originalmente sería el tercer volumen, decidió al final convertirlo en tres partes (todas publicadas en 1989). En “Variations on Day and Night” hace una regresión histórica que va de 1891 a 1930 que refleja en un estilo de crónica medieval; “The Uprooted” retoma la secuencia cronológica previa y transcurre entre 1964 y 1969 a través de un estilo de novela psicológica que críticos asocian con Chejov; la última parte, “The Desert of Darkness”,  la escribe con una bifurcación de tiempo que divide entre 1920-1935 y 1964-1975, tal vez con la idea de conectar episodios trascendentes con la historia de Arabia Saudita: su fundación como reino (1933) y su creación como Estado moderno (1953).

    Después de esta obra monumental, escribe en 1991 una novela corta que retoma elementos de sus primeras creaciones. “East of the Mediterranean Again”, la ambienta en un hospital en Praga y recurre a sus pacientes para disertar sobre un aspecto que siempre llamó su atención: los presos políticos, su inserción en la sociedad después de ser encarcelados a recluidos en hospitales.

    La escritura de esa obra coincidió con su estancia parisina y después de terminarla regresa a vivir a Damasco. Su traslado a lo que sería su última escala de vida va a la par de un reconocimiento como un autor árabe prolífico que además de literatura escribe ensayos políticos, género que cultivó prolíficamente hasta su muerte. Aquí escribe su última obra, la trilogía “The Dark Land” (1999), que es considerada como un tributo a su madre y hace honor al apelativo que a ese país le dieron sus conquistadores debido a sus noches a la sombra de los tupidos palmerales o por el contraste que vieron entre su exuberante fertilidad y el acre desierto del que provenían.

    Lo cierto es que en su escritura influyó el momento político por el que atravesaba ese país, gobernado por más de dos décadas por Saddam Hussein y convulsionado por las sanciones impuestas por países y organismos internacionales. No logró el impacto de “Cities of Salt” y algunos críticos no la consideran propiamente una trilogía ya que cronológicamente es lineal y comprende un período breve de la historia de ese país (1817-1821), su universo está circunscrito a 3 ciudades iraquíes, y en su estilo predomina lo histórico sobre la ficción.

    Quizás esos cuestionamientos fueron los que motivaron, años después, su obra póstuma, paradójicamente no literaria sino política. Un estudio sobre Iraq desde la ocupación británica de 1917 hasta la ocupación de las fuerzas americanas y británicas en 2003. Con “Notes of History and Resistance”, Munif validó su postura característica de denuncia de acontecimientos políticos de trascendencia local, pero de resonancia internacional. Así antes de su publicación él había declarado que lo que ocurría en Irak podría mover a incluso a un corazón de piedra, que los niveles de injusticia y crueldad de ese país evidenciaban una etapa oscura que había que denunciar y combatir.

    Esta postura, aunque matizada en sus obras literarias, es evidente a través de sus personajes que denuncian o afrontan injusticias motivadas por las transformaciones políticas y socioeconómicas en los países que habitan. Pobreza, privación de garantías individuales, opresión política, corrupción y privación de la Justicia, figuran tanto en sus historias como en las realidades de la mayoría de los países del Medio Oriente.

    Aunque algunos autores consideran que el posicionamiento respecto a la realidad circundante puede limitar o condicionar la libertad creativa, Abdul Rahman Munif señaló en diversas ocasiones que la misión de la literatura es aumentar la conciencia y la receptividad para generar un renacimiento o un avivamiento, personal o colectivo, hacia un estado de bienestar equitativo en todas sus manifestaciones. ⌈⊂⌋

  • El secreto de Helvia

    El secreto de Helvia

    Itzayana Dorantes Martínez

    Era una mañana fría y húmeda tan característica de la Ciudad de México, de esas en las que Helvia sentía que le calaban los huesos. Había llegado a los 69 años. Se retiró del ventanal, volvió a la cama para retrasar el inicio del día y encendió el televisor, predispuesto como siempre en el canal de los noticieros matutinos. Su marido insistía en que no había manera más provechosa de iniciar el día para un político y empresario que estar al tanto de las noticias y los periódicos. Él no perdió esa costumbre ni siquiera después de que salió de prisión.

    Helvia estaba adormecida nuevamente por la monótona voz del presentador y la calidez de su colcha, cuando de pronto algo captó su atención. En las notas breves de la capital informaban sobre la reubicación de la escultura “La Flechadora de Estrellas del Norte”, mejor conocida como La Diana Cazadora”, que para ese entonces estaba ubicada en la calle Río Ródano. La colocarían nuevamente sobre Paseo de la Reforma, de donde nunca debió ser retirada. Pobre de La Diana, llevaba vida de nómada, pues en 1974 la habían quitado de su ubicación original en Chapultepec por indicaciones de Luis Echeverría Álvarez, pues se iba a construir el Circuito Interior.

    Con la noticia, Helvia, que siempre se había jactado de no tener que demostrarle nada a nadie, sintió que tenía que gritarlo a toda la ciudad, a los del noticiero, a las personas que la conocían y también a los millones de transeúntes, conductores y desconocidos que a diario la veían y la habían visto desde hace más de cincuenta años. Comenzó a imaginar con toda claridad los encabezados: “La Diana Cazadora revela su identidad”.

    De inmediato volvieron los antiguos temores, ¿realmente la sociedad había cambiado como para ponerle nombre y apellido a la escultura? ¿o sería peor el rechazo y la condena pública por tratarse ahora de una mujer mayor que reclamaba a destiempo un acto que nunca se entendió como lo que fue: un acto de liberación y revolucionario?

    Su mente voló al año de 1942, a esa tarde en la que dos hombres que se presentaron como Arquitecto Vicente Mendiola Quezada y el artista Juan Olaguíbel llegaron al despacho del Ingeniero Buenrostro Ochoa. Supuso que serían parte de las muchas personas con las que el ingeniero gustaba de reunirse para hablar sobre sus luchas contra Francisco Villa, sus años en el ejército, su carrera de servidor público y cómo fue firmar el Acta de la entonces reciente Expropiación Petrolera junto con Tata Cárdenas, pues después de todo, ése era el mayor logro nacional tras la Constitución Política.

    Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando preguntaron por la señorita Helvia Martínez Verdayes, ¿qué podían necesitar esos señores de una secretaria de apenas veinte años? El sencillo hecho de que hubieran preguntado por ella ya era motivo de polémica y chascarrillos en el despacho de la Dirección General de Petróleos Mexicanos. Entraron los tres a una sala de juntas y fue Juan Olaguíbel quien habló toda la reunión.

    Comenzó diciendo que el desarrollo de la escultura en México era deplorable porque, cuando en México debía surgir una corriente propia basada en su propia historia de mestizaje, únicamente se trataba de imitar a los artistas europeos, que debía obligarse a la sociedad a ver la belleza del cuerpo humano como lo que era y no como algo pudoroso que debía ser escondido. Cambió de rumbo el monólogo contando que el Presidente Manuel Ávila Camacho le había pedido al Jefe de Departamento del Distrito Federal, Javier Rojo Gómez, que desarrollara un proyecto para embellecer la Ciudad de México y ponerla al nivel de las más grandes capitales del arte, que por eso él estaba trabajando en algo grande, “una figura asociada con los bosques y una muestra permanente de la belleza de una mujer mexicana típica”[1].

    Todo eso seguía sin hacerle sentido a Helvia, que se limitó a escuchar, hasta que le hicieron la propuesta de ser la modelo y musa de Olaguíbel para tan distinguida y renombrada escultura, la cual tenía el humilde objetivo de salvar a la ciudad del olvido y la tragedia estética. Llegar a esa decisión no fue sencillo. A decir verdad, después de tanto tiempo, aún no estaba segura de por qué había aceptado. Había transgredido todas las normas que una hija de familia debía respetar, estaban en juego su respetabilidad, su reputación, su posibilidad de contraer matrimonio con un hombre de buena posición económica y social, y su trabajo como secretaria ejecutiva del que en ese momento era la empresa gubernamental más importante del país.

    Y por si fuera poco, debido a que este acto iba a ser por el bien de la nación, se requería de su comprensión y sacrificio para con la causa, porque el tiempo que invirtiera y los riesgos que tomara, serían a cambio de ninguna retribución económica (aunque cabe mencionar que Olaguíbel se llevaría íntegros, después de gastos, tres mil pesos de la época). Sin embargo, Helvia aceptó, con la única condición de que mantuvieran su identidad en absoluto secreto. Que conocieran su nombre, su rostro de carne y hueso, eso poco importaba, de cualquier manera, ella sería todas las mujeres y ninguna a la vez.

    Muchos días de temor a ser descubierta y expuesta al juicio implacable pasaron para ella, años de tejer mentiras sobre sus actividades vespertinas, para no decir que en realidad no iba por un café con una amiga, que no se quedaba a cubrir horas extras, de jurar y perjurar que no es que anduviera de libertina saliendo con algún pretendiente sinvergüenza que aún no se había presentado ante sus padres como era debido.

    Porque lo que realmente hacía era tomar el metro hasta el estudio del Arquitecto Mendiola, donde ya la esperaba Juan Olaguíbel, Juan a secas, como ella se acostumbró a llamarlo después de tantas sesiones de modelaje. A Helvia le gusta detenerse en un recuerdo en específico, cuando el arquitecto le informó que la escultura para la cual posaba, basada en la diosa romana de la caza, se colocaría sobre Paseo de la Reforma, cerca de la entrada al Bosque de Chapultepec.

    Le gustaba desmenuzar en su memoria cada palabra, volver a sentir esa mezcla de emoción y vergüenza, porque, ¿quién más sino sólo ella podía vanagloriarse de embellecer la avenida más importante de la ciudad? Luego, la invadía el temor, porque mostraría hasta lo más íntimo, estaría expuesta a la admiración y a la crítica, al morbo de todo transeúnte, conductor o ciclista que cruzara por allí.

    No se equivocó. Una vez que la estatua fue develada, generó las más diversas reacciones. Olaguíbel recibió grandes ovaciones. Hubo quien dijo, entre ellos el propio Juan, que el cuerpo de La Diana era el “prototipo de la mujer mexicana”, aunque la verdad es que Helvia siempre tuvo sus dudas. Todo tipo de alabanzas a su belleza y altivez se publicaron en los diarios, ¡para ella! Aunque no supieran quién era en realidad, su nombre o su rostro, pero Helvia era “todo amanecer y carne de bronce y quisiéramos todos que viviera y se cayera muerta de amor por cada uno de nosotros.”[2] Pero lo que más le gustó, fue el poema que Efraín Huerta publicó a propósito de su renacimiento en bronce: “¡Buenos días, cazadora, flechadora del alba, diosa de los crepúsculos! Dejo a tus pies un poco de anhelo juvenil y en tus hombros, apenas, abandono las alas rotas de este poema.”[3]

    El gusto le duró muy poco a Juan, porque inmediatamente, la Liga de la Decencia, cuya alta labor era la de preservar la moral y las buenas costumbres de la sociedad mexicana, y que además recibía el apoyo del Gobierno de Ávila Camacho, al ser su esposa promovente y miembro activo de la agrupación; le exigió “corregir” la escultura, pues si se mantenía así, contaminaría a la ciudad de cuerpos desnudos que corrompían la moral de sus habitantes. O le colocaba un taparrabos espantoso, que se antojaba más como cinturón de castidad, o se retiraría la escultura. Qué enojado estaba Juan con esa situación.

    – “Pinches mexicanitos mochos, se espantan de ver en la calle la belleza que quisieran tener en casa. Perdóneme usted las majaderías, Helvia, no son formas de expresarse delante de una señorita.”

    Al final, tuvo que colocarle el taparrabos. Siempre se arrepintió, pues para él “en el arte no existen impudicias”, aunque a decir de la época, en el cuerpo de las mujeres sí. Mientras, esa batalla perdida le refrendó a Helvia la precaución que debía tener para que nunca la relacionaran con aquella escultura. Como hombre y como artista, Juan podría cargar con la responsabilidad de haber diseñado a La Diana y de haber tenido que adaptarla a la gazmoña sociedad de aquellos años, pero con el tiempo se le perdonaría, se olvidaría y no le costarían ni su renombre ni su carrera… no sería así para ella.

    Juan siempre se jactó de tener buen ojo para las mujeres, de saber encontrar, entre todas, a la más refinada, bella y digna representante de lo que se consideraba el ideal de la figura femenina. En cierto sentido, eso siempre halagó a Helvia, pero también la hizo sentir como un objeto de colección al que habían seleccionado entre muchos otros. Y vaya que Juan se volvió “experto” en eso, de tan convencido que él estaba convenció a los demás. Por eso cuando se celebró el Primer Concurso Mundial de Belleza y un grupo de refinados caballeros debía ser constituido para seleccionar a la concursante por México, los organizadores no dudaron en buscar a Juan para ser parte del jurado. Su mérito había sido haber encontrado a La Diana, a Helvia, y haberla inmortalizado en bronce como la figura a la que toda mujer mexicana debía aspirar.

    Por esos años también ocurrió un episodio curioso, de esos que sin querer dejan entrever la doble moral y el contradictorio discurso sobre la decencia y el pudor en México. En el mismo sitio donde antes escandalizó la reproducción del cuerpo femenino desnudo se permitió, sin nadie que chistara o siquiera se ruborizara, la figura de un hombre totalmente desnudo. En diciembre de 1951 pusieron una escultura de Ariel (la estatuilla que se entrega en el afamado galardón cinematográfico) frente a La Diana, como homenaje al cine nacional y en celebración del vigésimo aniversario del cine sonoro en México.

    Un peculiar columnista de El Universal que firmaba como el “Duende Filmo”, y encargado de una columna de cine, captó la atención de Helvia, pues en una serie de artículos osó darle voz a La Diana y protestar por el ultraje a su escultura en contraste con el libertinaje que se le permitía al Ariel. Simuló una carta escrita de La Diana al Presidente de la República y al Jefe de Departamento del Distrito Federal, en la que abogaba igualdad y justicia para su afrenta así como que retiraran el taparrabos que a ella, en su calidad de mujer, le exigían portar y no así al Ariel por ser un hombre al natural. En las columnas, así expresaba La Diana su molestia al Duende:

    – “A ti que te gustan tanto los dichos populares no encontrarás fuera de razón que yo pida que o todos coludos o todos rabones. O me quitan los calzones, o le ponen una hoja de parra al Ariel. ¿No te parece? Fíjate mi querido Duende en esa actitud arrogante que tiene el Ariel, con el cuerpo arqueado hacia atrás mostrándome todo lo que a mí se me prohíbe exhibir.”

    – “Esto me indigna, aparte de lo manifiestamente injusto, porque no creo conveniente que a una dama como yo se le haga objeto de una afrenta tal. ¿Dónde se ha visto que un hombre exhiba con tanto descaro sus desnudeces frente a una dama? No negarás que desde que me pusieron estos horrores de calzones puedo proclamar a los cuatro vientos que soy una señora recatada.”

    – “Ya lo dije antes: o me quitan los calzones o a él le plantan un taparrabo. Esto que se hace conmigo es injusto porque dime: desnudo a desnudo, ¿cuál crees que sea más llamativo, el mío o el de Ariel?”[4]

    No pudo evitar sentirse identificada. Helvia siempre creyó que quien firmaba como Duende Filmo debió de haber sido una mujer, ¿quién más, si no otra mujer, hubiera entendido ese predicamento y esa injusticia, y quién más se hubiese tomado la molestia de redactar artículos que denunciaran, entre lo anecdótico y la sátira, justicia para el cuerpo femenino? ¿Hombre? Seguro que no.

    Faltarían todavía 15 años más hasta que el Jefe del Departamento del Distrito Federal en turno, Alfonso Corona del Rosa, de mentalidad un poco más abierta, convenciera al Presidente Díaz Ordaz de acabar con el puritanismo y recuperar a La Diana quitándole el taparrabos de la censura y la vergüenza. ¿Cómo se iba a explicar a las naciones de primer mundo, que nos visitarían a propósito de los Juegos Olímpicos de 1968, que en México aún predominaba una mentalidad y un entendimiento tan arcaico y celado del arte? El Señor Presidente accedió, y Alfonso Corona llamó nuevamente a Olaguíbel para remediar el asunto.

    Sin embargo, la escultura se dañó al intentar remover el taparrabos. La solución que encontraron Alfonso Corona y Olaguíbel fue forjar una réplica de la escultura, que no tuviera rastros de la censura y vejación a las que fue sometida, mientras que la original con las huellas de los daños fue trasladada a Ixmiquilpan, un poblado en Hidalgo del que era originario el licenciado Corona, y ahí continúa hasta la fecha.

    La develación del clon de La Diana fue como una nueva inauguración, con una congregación jubilosa, que se deshacía en gritos, aplausos y porras en torno a la glorieta de Paseo de la Reforma, Ródano y Lieja. Juan había ganado la batalla (¿solamente él?): “era la presentación de la belleza de la moderna mujer mexicana… de una mujer libre de prejuicios y de adefesios que la aprisionaban.” Dijo también que “al fin el arte, el adelanto de nuestra cultura y el amplio criterio de las autoridades habían triunfado después de 25 años de lucha, de amargura para él… de lágrimas.”[5]

    Con el nuevo recibimiento de la gloriosa Diana, quien dejaba de ser víctima del moralismo de los años cuarenta para reivindicarse como una diosa del arte que ponía en alto el nombre de la escultura y el arte mexicanos, no fueron pocas las que quisieron hacerse pasar por Helvia. Hasta la estrella de cine Silvia Pinal aseguró ser la modelo detrás de la escultura. Pero en Helvia, siempre podía más ese temor y sentimiento de haber transgredido las reglas que el anhelo de justicia y reconocimiento ante aquellas que robaban su gloria y su mérito.

    Sin embargo, a estas alturas se dice a sí misma, con una sonrisa socarrona, “eso ya no importa, ¿qué se puede perder a los 69 años?”. Había logrado lo que cualquier señorita de sociedad debía anhelar: un matrimonio conveniente, que no sencillo, pues su marido Jorge Díaz Serrano, pasó de ser un héroe nacional, descubridor de petróleo, padre del boom petrolero de los años 70, digno Director General de Petróleos Mexicanos (donde ambos se habían conocido) y potencial candidato a la Presidencia de la República, a un perseguido político, víctima de la renovación moral del nuevo presidente Miguel de la Madrid, a uno de los responsables de la crisis económica al haber permitido la compra de dos buques petroleros a sobreprecio, a ser el único ex Director General de PEMEX preso, y finalmente, a ser un olvidado dentro de la historia política en México. Helvia no pudo evitar pensar que a esta lista de desgracias se sumaba el haber abandonado a su esposa por ella, su secretaria. Quizá ése era motivo de mayor escarnio que haber posado desnuda en su juventud. Lo que no se veía es que ella siempre estuvo a su lado, en las buenas y en las malas.

    Lejos quedaban ya esos años cuarenta. No le quedaba familia a la cual decepcionar (su marido tenía más de lo que avergonzarse, si de asumir vergüenzas y responsabilidades se trataba), no había tenido hijos a los cuales deshonrar, ya no se sentía identificada ni inferior en esa sociedad creciente, que cada vez vivía más a prisa, cada persona más aislada en sí misma.

    En cambio, ahora tiene hambre de ese reconocimiento al que renunció por timidez o por comodidad.  Se siente con la fortaleza de enfrentar a la prensa, de contar su historia las veces que sea necesario. Se sabe tan sola que sólo puede aferrarse a esa escultura que le sonríe como a un espejo, que la hiere con la imagen de la belleza y juventud perdidas.

    La única cuestión pendiente era cómo dar a conocer la noticia. Pensó en una entrevista, pues más de un periódico o revista estarían interesados, o tal vez alguna televisora. Pero no, eso llegaría después si encontraba una manera más propia de hacerlo. Un libro parecía más indicado, porque era su secreto y lo contaría como ella quisiera. Así, Helvia se levantó de su cama, se dirigió al estudio, acomodó su Olivetti sobre el escritorio y comenzó a teclear la historia de La Diana Cazadora, su historia. ⌈⊂⌋


    [1] Rafael Cardona, “La Diana Cazadora: peregrina de bronce”, El Nacional, México, 13 de septiembre 1989, p. 3

    [2] Ídem

    [3] Fragmento. Efraín Huerta, “Buenos días Diana Cazadora”, Suplemento de El Nacional, 18 de marzo 1951, p. 5

    [4] El Duende Filmo, “Nuestro Cinema”, El Universal, 15 de diciembre 1951, pp. 3 y 25.

    [5] Sin autor, “Sin taparrabos, Diana Cazadora vuelve a su sitio”, Impacto, 20 de diciembre 1967, p. 929

  • Bonfil Batalla: redención y actualidad

    Bonfil Batalla: redención y actualidad

    Vicente Francisco Torres

    El primero de junio del presente 2023 asistí, en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, a un congreso sobre Historia y Literatura. Preparé una ponencia sobre dos escritores, Josías López Gómez y Mikel Ruiz, que resultan   distintos. El segundo, si bien tiene como protagonistas a personajes tzotziles, ya está instalado en la terrible modernidad que nos ha dejado el narcotráfico.

    Los cuentos y novelas de Josías dejan una apacible visión del mundo de los parajes en donde se respeta la naturaleza y a la gente mayor, porque encarna la sabiduría. Se tiene en alta estima el honor y la oportunidad de servir que está en la raíz de los cargos tanto religiosos como administrativos.

    Sin embargo, quedé inquieto porque un mundo bucólico y ordenado me sedujo sin mayores complicaciones y eso pudo pasar por algo simple que no justificaba la lectura de dos novelas y cuatro libros de relatos del autor, y menos una exposición ante escritores y profesores universitarios. Varios días traje el asunto en la cabeza  hasta que una luz en mi cabeza me indicó que debía buscar en un libro muy apreciado, México profundo. Una civilización negada (1987), de Guillermo Bonfil Batalla. Y sí, ahí encontré la respuesta a mi inquietud.

    Porque resulta que los libros de Josías escenifican lo que fue el México profundo que inspiró el libro de Bonfil Batalla. Como si el tiempo y las canalladas que sustentan el México contemporáneo no hubieran sucedido todavía y el paraje que es una isla del México profundo no hubiera sido arrasado, tal como vemos en la primera y celebrada novela de Mikel Ruiz, La ira de los murciélagos (2021), en donde los tzotziles de antaño han cambiado los huaraches, las coas, los bastones de mando y los sombreros con tiras de colores por las botas de piel de víbora, las metralletas y las camionetas blindadas.  

    México profundo parte de un planteamiento central: en 1500 antes de nuestra era, Mesoamérica,  una región que iba desde el sur de Sinaloa hasta la región centroamericana que abarcaba Guatemala, el Salvador, Honduras y Nicaragua, existía una gran cultura cuyas raíces llegan a nuestros días. Es la cultura india. Ese espacio y su cultura constituyen lo que Bonfil llama el México profundo, espacio y cultura sobre los que se impusieron, de manera violenta y rapaz, lo que llama el México imaginario.

    El México profundo era una cultura basada en el maíz, en el cultivo de la tierra y en la autosuficiencia; no buscaba el excedente, la acumulación capitalista y sus normas y creencias eran muy distintas de las que rigen hoy en día. En esta civilización, producto de la agricultura, los hombres de maíz dejan de ser una invención de Miguel Ángel Asturias y Luis Cardoza y Aragón para erigirse como un hecho contundente: el maíz sobrevive por la intervención del hombre porque no tiene un mecanismo para dispersar sus semillas; el maíz resulta una criatura del hombre.

    Quienes recibían encargos religiosos, administrativos o políticos, eran quienes habían hecho cosas buenas por su comunidad. Quien recibía algún encargo no estaba destinado a enriquecerse, sino a redoblar  esfuerzos, aun a costa de su bienestar. Ética, religión y administración eran un todo discordante con las ideas que llegaron con la invasión y depredación europeas. Esto es lo que vemos transcurrir, apaciblemente, en los libros de Josías López. Con todos sus problemas y carencias, es la vida del paraje de Corralitos, en Oxchuc. Es una especie de utopía arcaica, llena de problemas y carencias, pero  mejor que el mundo impuesto por  los mestizos y los europeos.

    Esta reflexión literaria me llevó de la mano a una reflexión social.

     Todos sabemos la aceptación multitudinaria que tienen nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador y el conjunto de acciones que ha emprendido para beneficiar al país y a su gente. Deduzco que sus actos han atendido lo que planteaba Guillermo Bonfil Batalla en su libro: rescatar los valores del México profundo que había sido pisoteado por el México imaginario, clasista, racista y europeísta, minoritario también porque había beneficiado a unos cuantos, defensores de un orden colonial.

    Veamos una serie de acciones.

    Las obras públicas del sureste las ha realizado la propia gente con sus manos, sin considerar que unos pueden ser solo electricistas y otros albañiles. Todos han trabajado para el beneficio de la comunidad. Los apoyos económicos a los ancianos reviven la jerarquía que siempre tuvieron los hombres y mujeres mayores, antaño considerados como sabios. El despojo de la tierra que empezó con encomenderos y clérigos (estos últimos los mayores latifundistas hasta la expulsión de los jesuitas), propició que los indios se remontaran y fundaran lo que Gonzalo Aguirre Beltrán llamó regiones de refugio. El expresidente Carlos Salinas de Gortari acentuó el despojo al desaparecer los ejidos pero López Obrador ha devuelto tierras a indígenas explotados por décadas; es el caso de los tarahumaras que, recientemente, han visto restituidas sus tierras. La celebración del apoyo económico de los migrantes no es más que el reconocimiento de las modernas regiones de refugio.

    La incorporación de las parteras y de la herbolaria al sistema nacional de salud es también un reconocimiento a la cultura milenaria del México profundo.

    Una conclusión provisional: “La tierra cambió de dueños y también de destino. El trigo desplazó al maíz y a los productos de la milpa en las mejores tierras. El agua de riego fue para los cultivos españoles y no para la agricultura india. Reses, caballos, ovejas y cabras ocuparon terrenos antes agrícolas y montes talados a toda prisa. La erosión creció en el altiplano al parejo que la ocupación española, insaciable en su demanda de madera para construcciones, leña para sus hogares, andamios para sus minas y combustible para diversos usos. Muchas tierras de hacienda quedaron sin cultivar, como símbolo del honor y la riqueza latifundista de los mayorazgos. Grandes extensiones sirvieron para plantar solo magueyes. El pulque lo producían las haciendas españolas pero lo consumían los indios; en 1749 se prohibió sembrar magueyes en las tierras de las comunidades. Se introdujo la vid, el olivo y el añil sin resultados notables, salvo en pequeñas zonas”. ⌈⊂⌋

  • Víctor Herrera, una novedad de siempre

    Víctor Herrera, una novedad de siempre

    Miguel Angel Echegaray

    Por una de esas casualidades, siempre latentes, aunque dispersas, me encuentro con unas cuantas piezas de Víctor Herrera, filósofo y ensayista formado fuera de México, y que discretamente ha ejercido el dibujo y la pintura.

    Podría suponerse, anteponiendo la primacía de sus estudios literarios, que se trata de un autodidacta de las artes plásticas, pero tal denominación, amén de inexacta, es pobretona para caracterizar sus representaciones. Un término errado, pues se usa a veces para exaltar un talento desconocido o, en otro extremo, para señalar un pasatiempo sin demasiadas repercusiones en el limitado y exclusivo curso de la expresión pictórica. Es decir, apenas la medianía del diletante ocupado en variados menesteres.

    No es el caso de Herrera. Unas cuantas obras, rescatadas de una carpeta con más de treinta y cinco años de secrecía individualizada, remiten, como cualquier obra, a una época, a un vigor figurativo y a una motivación nunca esclarecida por completo.

    Sin embargo, las filiaciones con una época precisable en el tiempo y los demonios del contexto no son nada evidentes: una sicodelia arrogante; una provocación del estatuto de la forma y el color, pues tampoco. Estas piezas se definen por sí mismas y no languidecen dentro de aquella furibunda ola generacional.

    Véase la imagen que preside la publicación de la antología de poesía mexicana que Herrera trasladó al alemán: la distingue el sentido unitario de la figuración de un objeto, irónicamente seria, que remite a la bipolaridad de voces y sentidos poéticos, recreando una estética de estela maya y sus glifos simétricos; así es como se resuelve en una nueva y total mismidad. Un gesto inquietante expresa el doble rostro de esos personajes, como si se tratara de un entenado de dios Pan que se divierte. Este es un rasgo que lo caracteriza como hacedor de imágenes: meticuloso en las formas y proporciones, pero igual exultante en la combinación de los colores. Una novedad de siempre para quienes desconocíamos su trabajo. En el centro de sus coloridos medusarios anida un rostro que inquiere sobre lo desconocido e ignorado.

    Más complejo de explicar es la trama orgánica dislocada que parece aludir al nudo del sexo bajo una mirada contorsionada de la Anatomía convencional y sus esquemas. Recuperar lo que no se ha perdido es una tarea aún más complicada que machacar sobre la necedad de lo siempre ostensible. Quedan, por supuesto, más obras de Herrera por observarse. ⌈⊂⌋

  • El Asalto

    El Asalto

    Daniela Gil Sevilla

    —¡Alto ahí pinches viejas, esto es un asalto! —nos gritó el hombre que acababa de salir de los cimientos abandonados y cubiertos de grafiti.

    —Denme todo lo que traigan —amenazó.

    Tan rápido como mis dedos reaccionaron, comencé a desprenderme un reloj con extensible de plástico y unos pendientes dorados. También saqué el pequeño monedero marrón que guardaba en el bolsillo izquierdo de mi pantalón, con escaso dinero en él. No tenía más, habíamos decidido almorzar cerca de la oficina y sólo cargaba lo suficiente para pagar una comida.

    Extendí mis raquíticas pertenencias al ladrón, mientras éste se tambaleaba en una nube multicolor de etanol y estupefacientes, lo que hacía que su pistola danzara a ritmo de colibrí. Comprendí que, si moría en ese preciso lugar, sería como resultado de algún balazo involuntario, y no de disparos malintencionados. Por extraño que parezca, ese pensamiento me llenó de esperanza.

    —¿Los anillos? —preguntó el ladrón.

    —No uso —respondí, mostrándole las manos.

    —¿Y tú?, no te quedes nomás parada, pásame tus cosas —vociferó impaciente a mi compañera de oficina, pero ella no respondió, había quedado paralizada in subitum terrorem desde el pronunciamiento de las primeras palabras.

    No en vano, la mujer había sufrido un robo de camino a casa meses antes, lo que le produjo un sentimiento de ansiedad que intentaba superar a base de terapia y medicamento. Nuestra salida a comer era prueba de ello, pues se negaba a abandonar la oficina para buscar alimentos, por lo que sus colegas se alternaban para acompañarla. Hoy, irónicamente, era mi turno.

    Sin pensarlo dos veces tomé la iniciativa en mis manos, mientras que la mujer seguía petrificada. —Está bien —indiqué con voz conciliadora al ladrón—, ella también le va a entregar lo que lleva.

    Comencé a quitarle lentamente, para no sobresaltarla, el reloj y los aretes, que en su caso eran tan poco valiosos como los míos. Luego procedí a desatorar los anillos de sus dedos y a descolgarle la delgada cartera que usaba con un tirante cruzado.

    El ladrón nos observaba con detenimiento, interesado.

    Al cabo de un par de minutos, le cedí sus pertenencias. Él extendió la mano sin sombra de gatillo para recibirlas, pero no volteó a verlas, su mirada embobada descansaba sobre nosotras.

    —Quiero más —exigió.

    Obedecí sin objetar, no porque me faltaran deseos de hacerlo, sino porque temía arrastrar a la mujer al abismo de mis intenciones.

    Empecé a desanudar la mascada alrededor de su cuello, al tiempo que la tranquilizaba, prometiéndole que pronto estaríamos a salvo.

    —Más —ordenó el ladrón después de esa última entrega.

    Descubrí una diminuta cadena debajo de la pañoleta, con un crucifijo de plata apenas visible. Tuve que acercarme mucho a su clavícula para arrebatarle el colgajo, surcando riachuelos de sudor. Cuando terminé, me sentí asfixiada por el sol de mediodía que arremetía sin piedad, y por el olor a calor y miedo que emanaba de la mujer.

    —¡Más! —insistió el ladrón entre resoplos.

    —Ya no hay nada que darle, ya lo tiene todo —le aseguré.

    Había un atisbo de expectación en su rostro, como si intentara expresar algo sin saber materializarlo en palabras. Ante tal silencio, fui yo de nuevo quien tomó la iniciativa, —¿nos podemos ir? —pregunté con condescendencia.

    Los movimientos del ladrón se pronunciaron todavía más, dando la impresión de estar a punto de girar sobre su propio eje o de rotar en torno al nuestro.

    Al cabo de un rato, por fin de su boca emanaron sonidos, —¿y si… me dan un besito?

    De la nada se escuchó: “¡Ni madres, mejor dispárame!”, era la respuesta firme y tajante de mi compañera de oficina, quien despertaba de su letargo. Muy bien —pensé.

    La inesperada réplica de la mujer despabiló de golpe al ladrón, librándolo de su cárcel de delirios. Y, por primera vez, nos contempló con ojos sobrios, capaces de deliberar a favor o en contra nuestra. Así, luego de meditarlo, atinó a dar su veredicto, —ta’ bien, ya lárguense.

    Rápidamente me volví hacia mi compañera y le murmuré al oído, —vete, eres libre.

    Sin dudarlo, la mujer dirigió sus pies rumbo a la protección de la oficina y avanzó a pasos agigantados, queriendo acortar la distancia que la separaba del sitio seguro con cada zancada, con cada movimiento, avanzó y siguió avanzando, hasta que se percató de que yo no la seguía.

    Viró la cabeza y me encontró frente al ladrón con su pistola cargada apuntándome a la sien. Fue entonces cuando comenzó a gritar, —¡déjalo, que se lo quede todo, no insistas! —suplicaba, pero yo no la oía, estaba sumida en el último instante de mi existencia, esperando escuchar el sonido que finalmente me arrojaría al precipicio de los sueños de olvido.

    —Te dije que te fueras —espetó el ladrón.

    —No —le respondí, al tiempo que mi compañera de oficina se alejaba de nosotros. —¿Por qué no? —indagó curioso. No fue necesario hablar, mi mirada se lo contó todo, sin esconder ningún dolor, sin disfrazar ninguna pena.

    —Lo siento, lo siento tanto —asintió entre lágrimas. Sabía que sus palabras eran sinceras, pero yo sólo quería sus balas. —Mátame —le pedí—, mátame ahora. Él, aún con gotas en las mejillas, levantó el arma y la colocó en mi frente.

    —Dispara —le ordené, y el seguro del revólver fue desactivado.

    —Dispara ya —le insistí, y su dedo acarició el detonador.

    —Vamos, estoy lista —le aseguré, y sus ojos buscaron confirmar la sentencia en los míos, pero los encontró vacíos.

    Tras la validación fallida, el ladrón bajó la pistola. —No, no de esta forma —razonó, mientras se daba la vuelta y desaparecía detrás de los cimientos abandonados y cubiertos de grafiti.

    —Espera —le rogué—, no sé qué hacer si me dejas viva.

    —Respirar, como yo, como todos los demás —me respondió, encogiéndose de hombros, antes de perderse por completo.

    Mi siguiente recuerdo fue la voz de mi compañera de oficina, cuyos gritos alarmaron a varias cuadras a la redonda. La policía no tardó en llegar y comenzar con la búsqueda del ladrón. Pero nada de eso me importaba, sabía de antemano que no lo encontrarían.

    —Esta es una de las zonas más peligrosas de la ciudad —aseveró el oficial asignado a la investigación—, me sorprende que no hayan intentado asaltarlas antes. Era cierto, tarde o temprano la realidad impera, y ésta no era la excepción a esa regla. Nuestra comida diaria había desfigurado en un ejercicio de supervivencia, sólo equiparable a la suerte de las gacelas que se aventuran al río infestado de cocodrilos para beber agua.

    —Vaya que corrieron con mucha suerte —continuó el uniformado—, en especial usted, mire que enfrentar a un maleante para recuperar sus pertenencias, no sé si catalogarla de suicida o de… valiente —completó mi compañera de oficina—, mi amiga es muy valiente —afirmó la mujer, extendiéndome su amistad.

    Y así, sin más, me convertí en una especie de celebridad, respetada por todos en la oficina y en las cuadras que mi compañera, ahora amiga, acababa de alertar.

    Debo reconocer que el incidente sirvió para mejorar la seguridad del área, ya que, tras la amenaza de la oficina de demandar a la ciudad, las autoridades instalaron un puesto de policía que vigila constantemente los alrededores, brindando tranquilidad a mis colegas en sus salidas diarias.

    Yo, desde entonces regreso al mismo sitio a la hora del almuerzo, buscándolo, intentando encontrarlo detrás de cada cerca, de cada pared inhabitada, pero es inútil, el ladrón se ha ido.

    Ha pasado más de un año desde aquel suceso y la zona que alguna vez fue testigo de mis desvaríos es otra, completamente transformada en un bullicio de transeúntes y vendedores. Supongo que yo, al igual que ese lugar, también debo de ser distinta, pero la terquedad sigue aferrándose a lo contado por mi mirada.

    Sin embargo, en ocasiones alcanzo a distinguir destellos de cambio, ligeras diferencias casi imperceptibles, y me pregunto si serán fugacidades efímeras o reformas perennes en mí. Hoy, por ejemplo, durante mi caminata por los cimientos abandonados, encontré un nuevo grafiti pintado en su superficie: “Si te rindes, entonces el fracaso será definitivo”.

    Había pasado por ese espacio ayer sin vislumbrar la grafía, por lo que la frase probablemente fue escrita bajo el refugio de la noche sin luna, quizá por unas manos convulsas, incapaces de mantener la rectitud de sus trazos, o la firmeza de un revólver, pero facultadas para entender al mundo con nitidez, por breves instantes.

    Sea cual sea el origen de las líneas, su significado me traspasó la sien, como si fueran aquellas balas que deseé la tarde en la que el sol lo invadió todo, o como si se tratase de una suave brisa que, sin esperarlo, te atraviesa y te hace sonreír.

    Ciertamente, cualquier conjetura al respecto es irrelevante. Lo importante ahora, en este momento de mi existencia, es que contra todos mis pronósticos y a mis más oscuras pretensiones, pero tal y como el ladrón predijo, con cada segundo que pasa continúo inhalando sorbos de vida y exhalando infinidad de posibilidades.

    Simplemente, sigo respirando. ⌈⊂⌋

  • Pautas de Sangre

    Pautas de Sangre

    Samuel Máynez Champion

    El 8 de septiembre de este año se cumplen los cuatrocientos diez años del deceso del príncipe Don Carlo Gesualdo da Venosa (1566-1613), a quien se recuerda, no tanto por la trascendencia que tiene su legado musical ‒fue uno de los compositores más atrevidos del Renacimiento‒, sino por los hechos sádicos de los que fue protagonista. Con respecto a la presencia que tiene su música en las salas de concierto, debemos decir que se interpreta muy poco, y no sólo por las dificultades para afinarla ‒está plagada de cromatismos y de osadías armónicas que, ya desde su tiempo, le pararon los pelos de punta a sus oyentes‒, sino, más bien, por la sensación de desasosiego que produce en públicos e intérpretes por igual. En innumerables ocasiones se ha dicho que su obra está imbricada con los terribles estados de locura intermitente que se cree que padeció.

    Pero, ¿quién es el personaje y de qué se le acusa?… Comencemos, precisamente, por la manera en que muere, pues con ella nos haremos una idea precisa de las perturbaciones de su psiquis. No en balde su biografía ha dado pie para sonetos, cuentos, novelas, óperas y un dilatado etcétera.[1] Como asentamos, su defunción tiene lugar hace exactamente 410 años en el inexpugnable castillo de su propiedad en Avellino, provincia de Nápoles. El sujeto casi nunca sale a la calle y vive dedicado por entero a la música, la que compone y la que escucha en las voces de cantantes contratados para que le den placer a él y a su segunda mujer. Hace un par de semanas que avino el fallecimiento de su segundo hijo y Don Carlo lo atribuye a un castigo divino por los pecados que ha cometido. A partir de entonces deja de bañarse e instruye a sus sirvientes para que lo flagelen cotidianamente. Para tal efecto se desnuda de pies a cabeza y ordena que se utilicen látigos de cuero que han de mojarse para que azoten eficazmente la piel. La leyenda refiere que las sesiones de azotes se acompañaban de música y que debían llevarse a cabo hasta que las heridas manaran sangre o hasta que llegara la pérdida de conocimiento, lo que sucediera primero.

    Sin importar la acumulación de llagas, suciedad e infecciones, Don Carlo decreta que no ha penado lo suficiente y pide que las sesiones se intensifiquen sin hacerle caso a sus eventuales súplicas para detenerlas. Deben infligirse los mayores tormentos que el cuerpo aguante, los del alma los padece él solo durante sus largas depresiones y renovados insomnios. Es así, que los sirvientes lo atan y dan prueba de obediencia ciega, el problema es que un día se les pasa la mano y, transcurrido un tiempo razonable para que vuelva en sí, advierten que el príncipe ya no lo hace.

    En cuanto a la valía de su producción musical debemos anotar que Gesualdo es uno de los representantes más destacados del Madrigal, género que, en la famosa Seconda Prattica renacentista, había de darle una precedencia absoluta a la palabra sobre la música. En esto, Gesualdo alcanza límites de obsesión maniaca. En su enfermiza musicalización de textos poéticos, notamos que deforma cualquier atisbo de melodía con tal de lograr el énfasis sonoro que cada palabra amerita. En las poesías de sus obras, muchas de ellas también escritas por él, encontramos una tendencia reiterada para referirse al dolor, al llanto, a la crueldad, a las sombras y a la languidez. [2]

    Expuesto lo anterior, sobre todo habiendo cumplido con el deber moral de hablar de su música y sus particularidades, podemos incurrir en el relato de las vicisitudes que le dieron fama imperecedera. Sin dejarnos arrastrar por el morbo, bastará con consignar los hechos conocidos para que la nota periodística ocupe la sección roja de cualquier publicación, máxime cuando vemos, en estos tiempos que corren, que la violencia y el sadismo tocan cimas que, para sus perpetradores, lindan con lo sublime. Es la sublimación de la crueldad que roza los postulados de lo que hoy también se vende como arte. Ya ha habido pintores que usan su propia sangre como material pictórico, fotógrafos que exponen sus reportajes gráficos de morgues y nosocomios, compositores que yuxtaponen gritos reales, de dolor o de miedo, dentro de sus partituras y, como vemos todos los días, homicidas que perfeccionan sus técnicas hasta hacer de ellas un subrogado de “creación artística”. En este sentido Gesualdo es también un pionero.

    Hemos de situarnos en el Palazzo San Severo de Nápoles, residencia conyugal del príncipe. La fecha de los primeros crímenes, 16 de octubre de 1590. Don Carlo tiene 24 años y su esposa 20. Ella se llama María de Ávalos y, a pesar de su corta edad ‒se había maridado a los 16 con Gesualdo‒ ya era viuda por segunda vez. Malas lenguas dijeron que su voraz apetito sexual había ultimado a sus dos esposos previos.

    Los antecedentes: el príncipe detecta algunas mentiras de su cónyuge aunadas a una desatención amatoria. Orquesta con sus lacayos una falsa salida de cacería que lo tendría ausente un par de días del hogar. Por si acaso, manda hacer una copia de la enorme llave del dormitorio.

    En plena madrugada de la fecha transcrita irrumpe en el palacete y encuentra in flagrante delicto a su mujer con un tal Fabrizio Caraffa, duque de una localidad cercana. Al parecer llevaban dos años de realizar sus pecaminosos encuentros. Para evitar que alguno de los dos se escape cuenta con la ayuda de los sirvientes que obstruyen la puerta y proporcionan los implementos del castigo. No sabemos que son peores si las injurias que emite el cornudo o los gritos de pavor de los amantes. En primer término, Don Carlo los amarra a la cama y luego se orina sobre ellos. Acto seguido comienza a mutilar lentamente los cuerpos. Primero los dedos de las extremidades superiores y luego los de las inferiores. Después vienen las orejas y, de acuerdo al acta de la jefatura de policía, al duque también le cercena nariz y pene. A María, por embustera, le arranca la lengua con una tenaza. Cuando el delirio se templa Don Carlo recurre al hacha. A él le vuela los brazos y los pies. A ella le parte la vagina en dos y luego la degüella. Para reforzar el escarmiento, a lo que queda del infractor manda que lo vistan con el ajuar más llamativo de la esposa y que, antes del amanecer, lo saquen a la plaza para que todos se rían de él. Por supuesto no faltaron los collares y la pintura labial. A ella dictamina que la metan en un baúl y se la manden a sus suegros para que vean que clase de puta se acomidieron a entregarle en matrimonio.

    Por su condición noble y por la naturaleza del delito, al príncipe no le corresponde ninguna punición, es más, está en su pleno derecho de hacerse justicia. El inconveniente no serían las leyes sino la venganza de las familias de los ajusticiados, por ende, seguirá el consejo de escapar hacia el mencionado castillo donde, casado en segundas nupcias, ocurrirá su deceso. Empero, a la mañana siguiente de los homicidios se acuerda que hay una criatura nacida en el envenenado vientre de su consorte. Pide que se la traigan y, según algunos biógrafos, al mirarla a los ojos percibe que es fruto de los amores ilícitos de su madre. Espera entonces el arribo de sus músicos para acabar con los vestigios de su agravio. Con cierto resabio de amor paterno ordena algún madrigal apto para conciliar el sueño de los inocentes. Cuando éste resuena en el patio del Palazzo, al bebe lo cuelga de los pies y, antes de flecharlo como a una de sus presas de caza, lo embadurna con la sangre de su madre. Después lo dará de comida a sus mastines napolitanos. También está en su derecho de hacerlo y no recibirá condena.

    Surge una reflexión: si la justicia humana no penaliza ciertos delitos, sobrevive la esperanza de que los criminales conviertan su existencia en un flagelo inacabable. ⌈⊂⌋


    [1] Son de citar los tres sonetos de Torcuato Tasso, la novela Le Puits de Sainte Claire de Anatole France, el cuento Clone de Julio Cortázar, así como la ópera de Franz Hummel y el Monumentum pro Gesualdo de Igor Stravinsky.

    [2] Se recomienda la audición de sus madrigales Mercé, grido piangendo e Io pur respiro in cosí gran dolore. Audios 1 y 2 respectivamente. (Sexteto vocal dirigido por Robert Craft. SONY Essential Classics, 1998)