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  • Música para un domingo de fiesta

    Música para un domingo de fiesta

    Quiero hablar de una música muy lejana a nosotros. Nadie me lo ha pedido pero intentaré definirla a través de la tersura y la espiritualidad en un sentido próximo a la poesía, esto es, revelando al mundo mientras permite su propio goce.

    Pero no es posible definirla, debo reconocerlo. Acaso dar un acercamiento y proponer metáforas sea lo único que nos es posible, con el grave riesgo de caer en lo cursi. La melodía: un camino para alcanzar anhelos espirituales. Antes de corregir había escrito “la suave melodía” y otras sandeces. En fin. Esta es una música para el Espíritu; al mismo tiempo anhelo de comunión con la divinidad, coqueteo con el panteísmo, filosofía, mónadas, alegría simple. En suma, la belleza de la vida.

    La música de la que quiero hablar apareció en ese momento tan confuso del fin de la Edad Media y el inicio del Renacimiento, por lo que no se le puede agregar una etiqueta clasificatoria. No es de un tiempo ni de un lugar. No es de un tema ni de un estilo, inclusive, perdón por el atrevimiento, tampoco de una técnica precisa. Me gustaría decir que es una música de alcances, un oxímoron. En ella está la doble condición humana de aspirar a la eternidad y sin embargo estar fijada a lo efímero.

    A finales de la Edad Media la música se convirtió en el deber ser de la religión en tanto fijar la concentración y elevación que requería la oración. San Agustín lo dijo “cantar es orar dos veces”. El susurro y entonación polifónica, lo sabemos, alcanzó registros parecidos a mantras. Sin embargo, la polifonía no conecta solamente con lo divino. En su canturreo solemne parece que desfila el recuento de los daños, la suma de agravios y el subsecuente perdón para una edad siempre difícil de encasillar. El perdón de los pecados después de sublimarse solo puede ofrecer la vida. Por eso, la música del primer Renacimiento escancia las alegrías inmediatas que rodean los monasterios físicos y mentales: las campiñas, el tañido de un laúd, las florestas y el soto auténtico de las ciudades con sus rostros, cuerpos, rizos, gorros, ropa y nuevamente, cuerpos. Y aquí la música se convierte en periplo: en esos pequeñísimos, acaso íntimos detalles, está redonda la espiritualidad.

    En el ritmo y peculiar sonoridad de las capellas, está luego entonces, la vida en pleno junto al deseo de trascender, pero no ascéticamente sino por el deleite mismo de la vida. Nunca es una evasión de la realidad, de esa brutalidad y violencia excesivamente humana que cualquiera quisiera desaparecer al cerrar los ojos a una melodía hermosa. Es en todo caso una aspiración. La de alcanzar un estadio más alto, más justo, mucho más inherente a la mitad ángel del ser humano que según los diversos teólogos nos pone por encima del animal pero, puesto que animales somos a fin de cuentas, encontrar la verdad en la vida misma.

    Cada música es hija de su tiempo y no quiero cometer anacronismos, por ello me contengo pensando nuevamente en la tersura. Esta es una música de aspiraciones, tal cual el símil con el ritmo de la respiración, pues nunca puede ser agreste con riesgo del agotamiento y la asfixia. Si las polifonías invitan a la oración (o a la pasión a varias voces) la música medieval y renacentista incitan a la danza. Pero suave, justa, casi diría coreográfica.

    Esta música nunca cabalga. Tampoco se aporrea como los pianos románticos ni hace juegos de perfeccionismo maniático como los barrocos. Que los expertos nos definan si en su centro se fue gestando la fuga y las partes canónicas de las danzas. En todo caso, para mí que no soy experto, es una música que fluye, más aérea que acuática, sin embargo.

    Gozosa desmesura, alimento exquisito, aire sublime. Ustedes agreguen sus propios adjetivos. Esta música permite retratar la cotidianidad con belleza, una cualidad que dice el lugar común, se comprendió mejor justamente en el Renacimiento. Pero no solo belleza física, sino poco a poco elucubraciones más complejas de un mundo en expansión. El aire sublime también es, cómo no, abstracción del deseo, alquimia en el atanor de partituras, estudios racionales y desde luego magia y ocultismo.

    Tómese por caso las canciones de Oswald von Wolkenstein (1377-1445), el estrafalario compositor tirolés. Fue poeta, diplomático, impenitente viajero. Uno escucha sus propuestas no como composiciones monódicas o polifónicas sino como escenarios. En ellos habla por supuesto de Dios y a través de él de sus representantes terrenos, los nobles y los poderosos pero luego comienza a hilar la vida en sí.

    En su escasa biografía se rescata que viajó por la Europa de ese entonces cuyas incipientes fronteras parecían cosa de libros de caballerías, parafraseando la famosa frase. Oswald amó apasionadamente, escribió una poesía que influyó más o menos doscientos años entre sus iguales y algún tiempo estuvo en la cárcel. Todo ello se vuelve materia de primer orden para sus composiciones. Sus viajes al lado del emperador Segismundo le motivaron a hacer una pieza escrita en ocho idiomas, una excentricidad incluso para nuestra época. La solvencia económica de la que gozó, por otro lado, le permitió variar entre composiciones rigurosamente rítmicas, ajustadas a los patrones de su tiempo y las que dejó libres de rima, formas y reglas para su gozo personal o de un reducido grupo de amigos.

     Wolkenstein intentó retratar en algunas obras (Es seusst dort her von orient sobre todo) las emociones humanas a un punto tal que después de escucharlas cabría pensar en que logró no un retrato sino una traducción musical. Solo es posible ello con el espíritu. Pero despojado de las cercanías, la de la materialidad, la de la corporalidad, la del terruño y la habitación, su obra comenzó a perfilar la vida que envuelve y da lustre y forma a las emociones. Oswald sin embargo fue más lejos y la vida que retrata es una muy sutil construcción cosmopolita: la belleza del afuera solo puede ser expandida. Si el espíritu es un microcosmos, el cuerpo solo puede amoldarse al mundo entero. Una inimaginable travesía continental de hace ochocientos años se lo permitió: se sabe que estuvo en España, en lo que hoy conocemos como Georgia, en el norte de África y en tierras del sultán. El mundo, intercambiable al cuerpo, es enorme, pero también se puede abarcar.

    No quisiera acabar esta frustrada definición de la música renacentista-medieval sin una breve impostura. La Capella de la Torre grabó un disco llamado Soundscape: Leonardo da Vinci en 2018. Un “paisaje sonoro” literalmente inspirado en el maestro. De sus piezas, que no tienen desperdicio, La gamba podría ser la más exacta banda sonora del genio, porque nos regala una imagen, un símbolo. El gran Leonardo da Vinci redivivo, saltando burlonamente los pasos de la danza cuyo autor se ha perdido con el tiempo, y precisamente, burlando las fronteras del tiempo para venir lento y majestuoso en todo el despliegue sonoro al lugar que sea.

    Desde donde hoy escribo no puedo dejar de pensar en que esta tersura y espiritualidad que según dije al inicio es la definición provisional de esta música, sin problemas podría amoldarse al lugar donde vivo. Música en día domingo de fiesta.

    Después de los oficios plañideros y repetitivos que a más de uno hicieron cabecear o francamente dormirse, los parroquianos salimos al atrio. Aquí no hay gaitas ni laúdes sino humildes chirimías y danzas típicas. Mientras la multitud se va juntando para ver a los danzantes, envueltos en la sombra del papel picado y los olores de la comida que se guisa lentamente en las casas, no sería descabellado ver a un tipo más extraño que extravagante, con gorro y luenga barba entrar a codazo limpio entre el círculo de los bailarines.

    Sus manos manchadas de tinta y algún dedo estropeado por su trabajo mecánico se aferrarían a la cintura de una de mis paisanas. En lugar de la jarra de vino le pasarían una cerveza fría o puede que un jarro de pulque, eso no lo puedo asegurar.

    Inolvidable el día en que se viera a Leonardo da Vinci pegar de brincos en una danza de atrio. Oír La gamba en un pueblo en lugar de las cortes renacentistas después de todo lo dicho no sería descabellado. En todo caso, en ambos lugares se busca infatigablemente el arte del buen vivir. ⌈⊂⌋

  • Narradores de hoy y nuevas Editoriales

    Narradores de hoy y nuevas Editoriales

    En estos días en que las editoriales transnacionales parecen dictar quién vale en las distintas literaturas de nuestro continente, han surgido distintas casas que entregan una oferta más allá de los circuitos comerciales. Tengo en mi escritorio los libros de dos de ellas.

    Ediciones Periféricas.

    Asesinato en la Habana y otros relatos criminales (2023), de Atzin Nieto, que es un logro y una promesa. Los cuentos de este joven autor lo muestran dueño de unas herramientas y una capacidad expresiva notables; tiene una visión jocosa de la realidad, misma que acompaña con un lenguaje juguetón, barrial, sensual, ingenioso y duro. Todo esto arropado por la voluntad de hacer literatura negra porque sus temas giran alrededor del delito: asaltos, corruptelas de policías, declaraciones ante el ministerio público y crímenes por encargo. Las tintas de estos temas se oscurecen  con regalos que Genaro García Luna y los sexenios panistas nos dejaron: secuestro, sicariato, tráfico de órganos y los usos de la carne humana.

    La presencia de Rafael Bernal y su detective Filiberto García se cuela por varias de estas historias pobladas por seres salidos de las zonas marginales de la ciudad de México, misma que sirve para ubicar las zonas  que destilan lo mismo policías que delincuentes. Elijo, casi al azar, un fragmento de este libro que le ha dado a Nieto las armas para mayores aventuras:    “Cuando se presentó, supe que era del tipo de personas a las que Dios acostumbra olvidar desde que nacen (…) En el barrio todos sabíamos quién era quién. La mayoría, alguna vez en la vida, le pegó al fino arte de meter el dos de bastos para  para sacar el as de oros”.

    El cuento titular del libro es redondo, muy bien calculado y escrito. El autor salió de las zonas marginales de la ciudad de México y exploró una Habana también marginal. Su construcción es muy notable porque empieza con una historia que se abandona pero aparece al final del cuento, para conseguir un segundo  final, agregado  al que ya había tenido la historia que transcurre en Cuba. Es como un arma de repetición.

    Manto de sangre. Una tragedia en ciudeath (2022), novela breve de Oswaldo Buendía Galicia, recalca lo sombrío de nuestra ciudad de México aunque los nombres de calles y barrios no remitan al código postal de este habitante de Chimalhuacán, Estado de México. Este pequeño libro descorazonador habla de una mujer a quien asesinan y despedazan a su hijo. Sabedora de que la justicia no existe, busca una venganza de final cinematográfico.  Desde el inicio de esta venganza anunciada, que va anticipando la tragedia con un cuervo que aparece en todos los episodios, para paliar el calvario de esta mujer que tuvo que resolver sola su vida y la del hijo, se insiste en que los seres humanos tendrán existencia como fantasmas, tal como vemos en el desenlace de la obra. Esta noveleta, como el libro de Atzin Nieto, muestran cómo los jóvenes dan cuenta del mundo terrible que les ha tocado vivir. Ciudeath, la ciudad de la muerte, convierte a sus niños y jóvenes en mafiosos y narcomenudistas que remachan el sentido de su nombre.

    Posmoderno que tuvo que ser, este autor incluye poemas y páginas con grandes letras y sílabas que se adhieren a los recursos de la novela gráfica.

    Los bastardos de la uva

    Durante un tiempo, Los Bastardos de la Uva fue una revista; hoy también es editorial y entrega un título sugerente: Antología de cantinas, abrevaderos y borracherías   que su compilador, Ricardo Lugo Viñas, justifica así: Las cantinas me atraen como fragmentos a su imán: como el llamado de la selva. Poco a poco he desarrollado olfato de gambusino etílico, atisbo con fruición cualquier tufillo a alcohol y orines rancios, propio de los lugares para empinar el codo. Hasta una suerte de dislexia ha anidado en mí: donde dice “peluquería” siempre leo “pulquería”; donde dice “taquilla”, “tequila”. Es una reunión de autores noveles y otros con larga trayectoria.

    La cantina es festiva, lugar de reuniones sociales, ámbito para arreglar problemas y planear negocios, aunque también es sitio de naufragio para el desamor:

    La cantina es la oficina crepuscular

    donde despachan los corazones quebrados

    dice el poeta Armando Gómez Villalpando.

    Renato Leduc, maestro por antonomasia de esta materia, sabedor de que las reuniones que allí tienen lugar entregan el saber de sus contertulios, preguntó alguna vez: “¿quién llamó cantinas a estas universidades?”.

    En Últimos tragos… encontramos un texto de J.M. Servín que vincula los barrios con sus bares; sabe y siente de lo que habla. Eduardo Antonio Parra, en “Nunca había oído la letra”, muestra muy bien la atmósfera de la cantina, pero, sobre todo, deja ver su oficio de escritor consumado porque sabe dramatizar y manejar las tensiones.  Entre los trabajos de los jóvenes encontré uno, “El malpaís (Pompín)”, de Gabriel Rodríguez Liceaga, ágil y que sabe  lo que es un cuento, con final epifánico muy bien dosificado.

    “El ángel del lúpulo”, De Balam Rodrigo es un excelente poema en prosa, deslumbrante por su manejo del lenguaje y por su idea.

    Finalmente, Arturo Trejo Villafuerte, que de cantinas sabía montones, desmitifica el garlito de la cantina  La Ópera (Cinco de Mayo y Filomeno Mata). Los turistas entran embobados a ver el balazo que dio Pancho Villa en el techo del bar. Pero Francisco Villa no bebía y no entró a la cantina. El balazo salió del arma del abogado Bernabé Jurado, en un pleito de borrachos. Esto lo vivió y vio Francisco Liguori, quien se lo contó a Arturo. ⌈⊂⌋

  • Mi(s) Ithaca(s)

    Mi(s) Ithaca(s)

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    Debí imaginar que viviría mi primera odisea en ese viaje al estado de Nueva York que planeé por varios meses. ¿Acaso el nombre de Ithaca no me decía nada? La verdad es que mi cabeza antes del viaje solo se resumía en tres letras: NYC. Lo mismo les pasaba a mis amigos de la universidad con quienes acordamos encontrarnos en el terminal 1 del aeropuerto John F. Kennedy para luego partir juntos hacia Manhattan y finalmente tomar el bus a Ithaca, ya que todos veníamos en vuelos distintos desde Perú.  A nadie se nos ocurrió pensar que un aeropuerto es el lugar menos indicado para un encuentro, y más aún teniendo en cuenta que el JFK es el más transitado del mundo, ya que anualmente bordea los 50 millones de personas que lo circulan. Entre tantos viajeros, vuelos y maletas, nunca llegamos a encontrarnos, así que con mi colega arequipeña nos aventuramos a partir solas hacia la Gran Manzana.

    Llegamos cansadas muy de noche al terminal de buses llamado Port Authority. En las calles parecían que no dejaban de circular los cerca de 9 millones de neoyorkinos que habitaban esa gran urbe. Si bien ya me encontraba en pleno corazón de Manhattan, sentí de pronto que la cabeza de toda la ciudad estaba frente a mí. Y no me equivoqué. Levanté la vista hacia el imponente edificio de 52 pisos y pude leer las letras iluminadas del The New York Times. Comprendí de inmediato que estaba en el lugar donde a diario se reinventaba el mundo. El edificio recién se había terminado de construir en el 2007, como respuesta a lo que pasó el 11 de setiembre de 2001. Su inventor, un arquitecto italiano llamado Renzo Piano, lo concibió “transparentemente”, donde todos puedan verse. De pronto me vi frente a la ventana al interior de una de esas oficinas. Desde ahí podía divisar a los viajeros de todo el mundo que arribaban o partían de Port Authority. 

    El llamado de mi amiga me sacó de mis cavilaciones en plena madrugada. Me dijo que el próximo bus a Ithaca salía en un par de horas. Entonces me volví a acomodar en una de las bancas del terminal a la espera del siguiente viaje. Saqué mi cuaderno azul y comencé a escribir. Entre sueños me vi dentro del gran edificio del famoso periódico. Un centenar de periodistas recorrían apurados los pasillos o se encontraban absortos frente a las pantallas de las computadoras. Alguien me dijo que lo mío ya estaba listo y que estaba en la nueva portada del The New York Times. Al cabo de un rato, recibí el periódico como el pan caliente de las primeras horas de la mañana. Ahí aparecía mi crónica del viaje a Ithaca y, por supuesto, mi nombre. Cuando al fin pude despertar vi que mi amiga dormitaba profundamente, lo que no vi fue a la gente que hasta hace un par de horas esperaba el bus con nuestro mismo destino.

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    Hicimos varias paradas en la travesía por Finger Lakes. Primero fue el Cayuga, uno de los lagos más extensos del estado de Nueva York. Los árboles, las viñas y las casas apostadas a sus orillas quedaron grabadas en la mira de mi cámara.

    Gracias a esa imagen vuelve a mí el agua de los lagos y su azul robado al cielo, el verdor de las hojas de los árboles, y también el racimo de uvas y su destino final en la copa de vino. Salud por ese instante pleno que bebemos gota a gota.

    Hay lugares que impactan a primera vista, ya sea por la naturaleza que los rodea o por las personas que lo habitan. En los Finger Lakes, sucede por los dos motivos. Ahí ambos se complementan y quizá por eso precisamente le dan una apariencia de un cuadro impresionista.

    En una de los lugares donde descansamos, escuché hablar brevemente de Walter Taylor, un hombre polifacético que había muerto hacía poco. Cuando conocí el museo dedicado al vino que él impulsó por ser precisamente uno de sus principales productores de la zona, quedé sumergida en un mundo dedicado a una coleccionista como yo. El museo parecía resguardar hasta el aroma del vino, pero sobre todo resguardaba las obras de arte realizadas por Mr. Taylor. Sus cuadros, sus dibujos, sus fotografías, etc., eran los objetos de un artista de los lagos.

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    Jorge y Gina son dos amigos peruanos que radican desde hace varias décadas en EEUU. Ellos viven en Ithaca y Cortland, respectivamente, pequeñas ciudades cercanas a la mítica y deslumbrante ciudad de Nueva York. Cuando los conocí me sentí muy orgullosa de que mis compatriotas hayan logrado tener éxito en lugares tan lejanos de su tierra natal. A través de ellos pude conocer un poco más de la vida norteamericana, y lo mejor fue que me la mostraron desde sus propias vidas personales, así una no se siente extranjera en ninguna parte.

    El punto de encuentro fue Tompkins Cortland Community College (TC3), en Dryden, donde pasé una de las temporadas más felices de mi vida. En este college pude compartir maravillosas experiencias con otros colegas de diferentes universidades latinoamericanas, pero sobre todo TC3 fue la ventana que me permitió apreciar la belleza de los paisajes americanos, sus bosques, lagos y variada fauna; y fue también la puerta para ingresar a la vida cultural de este país, cuya lengua más que un obstáculo para la comunicación fue el principal motivo para adentrarme en el mundo poético de Whitman o Poe.

    Jorge tiene el encanto de la magia y por eso un día, que nos llevó a recorrer los Finger Lakes, no me sorprendió que hablara animadamente con un mago al pie del lago y bajo la sombra de un hermoso árbol. Su energía es desbordante y la ha canalizado en importantes proyectos académicos que incluso han hecho posible que mis amigos peruanos y yo visitemos esos lejanos parajes donde el siglo pasado también transitaron escritores famosos como Vladimir Nabokov, quien enseñó en la Universidad de Cornell, el corazón pensante de Ithaca, entre 1949 y 1958. Terminamos el recorrido viendo caer las cristalinas aguas de la cascada de Taughannock. Ahí aprendí el significado de la palabra gorgeous.

    Gina lleva el arte en sus venas y se trasluce en su voz. Su canto es la melodía perfecta que complementa la belleza de las tardes en su casa de Cortland, rodeada de bosques majestuosos. Su casa, que atesora una valiosa biblioteca y resguarda un piano que toca talentosamente su hijo mayor, nos acogió un domingo de fines de junio de 2013. La escuchamos cantar el inolvidable “Adiós Nonino” y otras piezas de Piazzolla, mientras su gato dorado husmeaba desde alguna parte del jardín. Su proyecto de una galería de arte se hizo realidad muchos años después. Se llama Sikora Arts Gallery.

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    Ya estoy de vuelta en mi país, pero hoy mismo regreso a Ithaca. Fiel al poema de Cafavis haré que sea larga la jornada, llena de aventuras y experiencias. Antes de abordar el barco que me lleve por los lagos, me echaré de espaldas sobre el último tramo del embarcadero; abriré mis ojos para confundir el azul del cielo con el color del Keuka, del Séneca o del Cayuga, lo mismo da cuando el agua gobierna nuestras vidas. Subiré al Columbia, ese barco que nos desplazó sobre el azul de esas aguas, y me ubicaré en la proa para distinguir en el horizonte otros barcos que traen a viajeros de distintas tierras. Nos saludaremos a lo lejos sin palabras como corresponde a nuestra esencia natural. Las miradas de bienvenida y despedida se cruzarán como los peces dentro del lago. Algunos viajeros, tal náufragos, habrán vivido su propia odisea; otros más bien llevarán las estrellas en sus ojos y con sus manos nos señalarán el camino. El Columbia avanza raudamente, ya sin tiempo, entre árboles y agua, su motor es mi corazón palpitante, dispuesto a llegar a otras Ithacas. ⌈⊂⌋

  • Viaje de Verne a México

    Viaje de Verne a México

    La característica más notable de la obra de Julio Verne es, acaso, la de ser precursor de la literatura de ciencia ficción. No es para menos, si en su abundante creación, agrupada en lo que se conoce mejor como los Viajes extraordinarios, el escritor viaja al centro de la tierra, de la tierra a la luna, alrededor de la luna, cinco semanas en globo, en una ciudad flotante, da la vuelta al mundo en ochenta días, navega veinte mil leguas de viaje submarino y remonta otro caudal de hazañas asombrosas.

    Seguramente Verne se encuentra en los primeros sitios, si no el primero, de los escritores franceses más leídos del mundo. Durante una época lo era o lo disputaba con A. Dumas. Una entrada de Wikipedia señala que desde 1979 es el segundo autor más traducido del mundo, luego de Agatha Christie. Como fuere, Verne no sólo hizo buena literatura, también inventó un universo literario propio. Hasta el lector medianamente interesado identifica al Nautilus y al Capitán Nemo.

    La ubérrima fantasía de Verne dio lugar a un nuevo género en literatura. El hombre imaginaba cualquier cantidad de pistas, de proyectos y conceptos que complementaba luego con el diseño y concepción de instrumentos, aparatos, objetos, máquinas y utensilios, también producto de su fantasía, muchos de los cuales se tornaron realidad andando el tiempo y hoy forman parte de las facilidades cotidianas de que goza y hace uso la humanidad.    

    Si bien los Viajes extraordinarios forman el bloque supremo y más vistoso de su obra, Verne escribió sobre una amplia variedad de temas y asuntos, todos ellos desarrollados -casi siempre- en países y lugares remotos, en regiones y sitios alejados, desconocidos, inexplorados, a los que el autor nunca viajó como no fuera con su fecunda imaginación y sus profundos estudios sobre la precisa geografía e historia de los espacios y las circunstancias que narraba. No abundan los escritores que puedan igualar a Verne en intereses y conocimientos geográficos.

    Además de escribir sobre esa gama de temas, escribió novelas y relatos cuya trama se desarrolla o está referida a asuntos en cada uno de los continentes. Historias en países, territorios y regiones de América, Asia, África y Europa -escrupulosamente documentadas- hallan vida en la pluma del escritor que redacta elaboradas y lejanas fantasías desde su inspirado y más bien inmóvil escritorio en Amiens, el lugar de residencia de su madurez. El contraste con sus personajes, en movimiento siempre, es notable, pues Verne habría viajado escasamente un par de veces fuera de Francia.

    En su amplia literatura se registran varias obras referidas o desarrolladas en la América hispano hablante, tres de las cuales obtuvieron amplia popularidad. La más reconocida es El soberbio Orinoco (1898). Aborda en ella la dimensión geográfica del inconmensurable río venezolano, con una narrativa ondulante que despliega en el establecimiento de su curso infinito. En La jangada (1881), subtitulada Ochocientas leguas por el Amazonas, Verne refiere la inquietud de una familia mientras realiza un recorrido a lo largo del inmenso río.

    Sólo como digresión anotaos aquí que Verne escribió relatos sobre tres ríos, de los que dos -citados ya- se ubican en Sudamérica, en tanto que el tercero lo dedica al río europeo por antonomasia el Danubio y fue publicado póstumamente.

    El tercer relato referido a América Latina es Un drama sobre México y su historia es curiosa. El librito tuvo una génesis errática, digamos. Se desarrolló en dos versiones. El primer libro, de 1851, fue titulado Los primeros navíos de la marina mexicana.

    Fue uno de los primeros textos elaborados y publicados por Verne, anterior a los legendarios Viajes extraordinarios. Significó una novedad su aparición en el Musée de familles. Varios años después, el texto fue revisado y publicado, en 1876, con el título Un drama en México y subtitulado Los primeros navíos mexicanos.   

    El relato, que anunciaba ya los Viajes extraordinarios, contiene una parte geográfica y una parte técnica. Ofrece un recorrido entre Acapulco y la Ciudad de México, como pretexto para una evocación de la cadena de cordilleras del inmenso plateau – la majestuosa meseta del Anáhuac, como establece el libro celebratorio de Verne de la Societé de Geographié (Jules Verne, Voyageur Extraordinaire, París, 2005), a quien seguimos en estas notas.

    Verne viajaba con su poderosa imaginación, sustentando el camino que construía al andar con acuciosos estudios históricos y geográficos. Su escritorio en Nantes, París o Amiens se convertía en una embarcación que lo mismo navegaba, volaba o rodaba. De hecho, los personajes que se dirigen de Cuernavaca al Popocatépetl completan su jornada a caballo y a ratos a pie.                                              

    La historia es corta, de unas cuarenta páginas, de modo que más que una novela, parece un cuento largo, de lectura deliciosa.

    La trama del relato refiere el amotinamiento que tiene lugar en dos embarcaciones españolas en el Pacífico, las cuales son conducidas de Guam -una de la Islas Marianas- a Acapulco. Los cabecillas del amotinamiento se embarcan en el recorrido que deberán hacer a la Ciudad de México para la venta de los dos navíos a las autoridades centrales del país.

    Es suficiente saber que ese recorrido es invención pura de la imaginación -previa lectura del Varón von Humboldt y otras-, con un itinerario y descripciones extraídas de sus estudios, para tener una idea de su poder creativo. Los viajeros realizan los siguientes tramos: de la isla de Guam a Acapulco; de Acapulco a Pigualan; de Pigualan a Tasco; de Tasco a Cuernavaca; y de Cuernavaca al Popocatépetl.

    Cualquier lector mexicano quedará sorprendido cuando advierta la prodigiosa descripción que el gran escritor hace de la preparación de la barbacoa de chivo, sin citar su nombre, puesto que no lo conocía.

    El relato pone de relieve que la importancia literaria radica en la forma, en la descripción que hace Verne del recorrido, más que en la trama: la intención de los dos protagonistas españoles de vender las embarcaciones al gobierno de la nueva república.

    La versión que tuvimos a mano corresponde a un bello librito de pasta azul, con sello de la Editorial Hexágono S. A, publicado en la Ciudad de México, en 1986.  Insólitamente no se cita el nombre del traductor. El prólogo -un tanto curioso- es de Carlos Monsiváis

    La infalible Editorial Porrúa cuenta también con una versión (Colección Sepan cuantos… No. 571), sin prefacio o introducción, y cuya traducción parece ser la misma que la citada en el párrafo anterior; y tampoco cita al traductor.

     Las virtudes de Verne como el formidable escritor que fue, las disputan otras cualidades que lo identifican, tales como la de ser un visionario con múltiples iluminaciones, ser precursor de la novela científica, así como un adelantado, un inspirador del cine, del radio, la televisión, los submarinos, los aviones, los rascacielos, los telégrafos y algunas invenciones más.  ⌈⊂⌋

    San Miguel de Allende, diciembre de 2024 

  • Escribir y ser diplomático

    Escribir y ser diplomático

    Los escritores se dividen en dos grandes categorías:

    los que quieren llegar a ser escritores y los que quieren escribir.

    Juan Carlos Onetti

    1. De manera personal

    El epígrafe de esta participación simplifica mucho las cosas. Si me preguntaran por qué escribo además de ser diplomático, diría simplemente “porque sí, porque me nace y ya”.

    No estudié literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM porque tuviera una vocación clara; más bien porque me confundía —o ahogaba— en un mar de vocaciones posibles. Solo sabía una cosa de cierto: me gustaba evadirme, leer. Con excepción de terminar como dentista o contador, todo lo demás, ya sea profesión, oficio o vagancia bien orientada a algún objetivo que mantuviera despierto mi interés, me resultaba fascinante por igual y quería vivirlo como se vive la fantasía de una novela.

    Así fue mi adolescencia y en ella fastidié a mi padre con la duda hasta llevarlo al pánico. Le cambié mis decisiones sobre mi futuro con un frecuencia soñadora e irresponsable que crecía en proporción directa a la urgencia que en ese entonces existía para meter en tiempo los papeles a la universidad: quizá sería antropólogo, quizá pícher de beisbol, quizá chofer de tráiler, quizá comerciante…

    Poco a poco, la malvada Musa-literatura, que es como una amante por igual inalcanzable que irrenunciable y que exige mucho y da poco, dictó su voluntad y respondí a mis padres que estudiaría “literatura y algo más”. Sin embargo, el drama recomenzó al instante porque cada 15 días modificaba ese “algo más” con cualquier posibilidad expresada, en ocasiones, con venenosa incontinencia: “ingeniería química” (la profesión de mi padre), “acordeonista” (me ganaba unos pesos tocando), “administrador del tipo libre” (sí existía esa carrera) y “bibliotecólogo” fueron las respuestas más recurrentes, igualmente insostenibles.

    Me decidí, como la mayoría, sobre la base de un hecho fortuito. Un tío sabio, de esos que hay de manera invariable en todas las familias, sentenció en una sobremesa con alcoholes que tener dos profesiones era —¡zas!— una estupidez: “El que mucho abarca poco aprieta”, fue su argumento y decidí ser valiente, enfrentar el repudio y hacer que el denominador común venciera: la vocación literaria. Ante el hecho, mi madre argumentó como pedagoga de avanzada de los años setenta: “lo que quieras siempre que salga de tu corazón”. Mi padre, hijo de carpintero, calló y me regaló un librero.

    Estudié literatura y lo hice bien. Gané reconocimiento, una medalla y comencé a trabajar.

    Me enamoré. La rival de la Musa-literatura y futura madre de mis hijos llegó a mi vida y comenzó a dar sus codazos demandando espacio. A punto de recibirme de licenciado en letras, ganando miserias como crítico de teatro, columnista y profesor de preparatoria, ella argumentó, a favor de esos futuros hijos, que de “todo aquello” no se iba a vivir. Mejor debía intentar ingresar al Servicio Exterior Mexicano porque yo le parecía lo bastante “book junkie” como para responder las extensas preguntas del examen. Siempre la culpo diciendo que ingresé al servicio, como se dice, “por instrucción superior” —de ella—, pero fui corresponsable: recuerdo que escribí con convicción la disertación que incluí como “propósito de ingreso” donde detallaba que creía, como aún lo creo, que México tenía, a falta de otros poderes, las herramientas culturales para lograr sus más ambiciosos objetivos.

    La suerte estaba echada y terminé siendo un diplomático que escribe en los momentos en que le es posible.

    Esta presentación biográfica, chocarrera, pero sincera, enfrentó pronto una condición única que se expresa por igual en milagros, aventuras y retos.

    Remontémosla por partes empezando por lo bueno.

    2. Un gremio sustentado en la palabra

    En 1994, año de crisis económica nacional, mi generación de ingreso al Instituto Matías Romero fue un capital humano apetitoso: jóvenes formados, mano de obra barata, indispensable, urgente. Así que las autoridades establecieron un método ordenado de selección de egresados. Diversas secciones de la Cancillería (oficinas del secretario, subsecretarias, oficialía mayor…) pasarían una a una tomando a los nuevos funcionarios para aprovecharlos. La batuta para seleccionar nuevos miembros en las áreas cercanas al mismísimo Secretario la tenía el Coordinador de Asesores de aquel entonces, el Embajador Enrique Berruga, y llevaba preferencia sobre una primera ronda de selección.

    Por razones que no viene al caso comentar, Berruga perdió su primera opción y tuvo que regresar a revisar la lista leyendo la columna de profesión de cada candidato. Él es un diplomático-escritor; así que un egresado de letras le pareció interesante —por lo menos—, pensando en la inmensa carga de trabajo que existía en materia de redactar discursos, prólogos, informes, textos en medios, comparecencias y notas estratégicas. Yo era ese egresado de letras. Mi vieja profesión me abría, así, un camino en la Secretaría de Relaciones Exteriores sin comparación: me alimenté desde un primer momento de una visión 360 grados, incluso estratégica; leía notificaciones provenientes desde todos los puntos geográficos y aplicaba matices lingüísticos para jugar y explorar diversas vías diplomáticas que permiten decir, connotar, denotar, implicar, sugerir y poco arriesgar. Nada mejor.

    En algún momento Incluso llegué a creer que la diplomacia era más sutil, en términos de la retórica, que la propia literatura y crecientemente metafórica. Mi ejemplo se centraba en los regaños. En el mundo de la crítica del que yo venía, para denostar se esgrime la navaja filosa con frecuencia adosada de adjetivos feroces. No miento. En palabras de Emanuel Carballo: “el escritor come escritor”. Eso no pasa entre diplomáticos que supuestamente son antagónicos, desde su ADN, a la ofensa y la destrucción. Las guerras literarias tienen un arsenal que va desde lo más etéreo, pero efectivo, hasta graves injurias que detonan la violencia. Algo muy diferente a las comunicaciones en Cancillería. Cada que un jefe ofendido, ante un escrito equívoco de un colega que incumplía instrucciones diplomáticas en una lejana embajada, redactaba el famoso eufemismo de “sorprende a esta superioridad suyo de referencia…”, me surgía una mueca de descrédito. Al leer eso, yo recordaba con cariño y por contraste aquella cachetada en despoblado que escribió Lope de Vega sobre Cervantes en el mundo de las diatribas literarias: “ese tu Don Quijote baladi / de culo en culo por el mundo va / vendiendo especias y azafrán romí / y, al fin, en muladares parará“. Alguien llegó a aclararme que en la Cancillería sería muy grave recibir un “mucho sorprende a esta superioridad…” (subrayado mío), lo que se consideraría muy distinto a solo decir “sorprende” por externar un nivel supremo de reprimenda.

    Ahora bien; el mayor de los alicientes tendría que venir de cierta omnipresencia histórica que caracteriza la diplomacia mexicana por la conspicua presencia del prototipo de funcionario bicéfalo: literato-diplomático o “diplo-plumas”, como se les ha llegado a llamar. Eso me significa una reflexión:

    Mi entrañable amiga, la mujer de letras y ex funcionaria del Servicio Exterior Mexicano, María Palomar —que en paz descanse— dijo alguna vez que deberíamos simplemente sopesar que en un escritorio de la Cancillería se escribió “Muerte sin fin”; y eso, en sí mismo, ya hacía todo el binomio de literatura y diplomacia un éxito invaluable. Lo demás ya sobra.

    Al respirar ese deseo que permea los pasillos por “recuperar” tiempos gloriosos, igualmente imprecisos —me refiero a la magia de Reyes en España, de Paz en la India, de García Terrez en Grecia…. y por supuesto Gorostiza desde las oficinas centrales—, se erige ante cualquier joven diplomático un muro enorme y apabullante. Se añora quizá una “época de oro” de internacionalización de valores, manifestaciones, expresiones y autores en una larga y prolífica lista que podría ir desde Lucas Alamán y José María Lafragua hasta Fuentes, Sergio Pitol y Fernando del Paso, más algunos otros más contemporáneos.

    Cabe traer aquí una razón para entender aquel momento glorioso. En América Latina, en general, no se vive de escribir y mi esposa tenía razón en velar por el sustento estable de nuestros hijos. Los autores requieren acomodarse en una suerte de funcionalidad pública y mostrarse como acuciosos y denodados burócratas que escriben bien… siempre que se sientan motivados por esa eterna novela a la que todos contribuimos diariamente y que llevaría el honroso título de Oficios varios.

    En casi todos los países, los ministerios de educación o cultura funcionaron como el mejor cobijo del poeta, del novelista. Pero podría argumentarse cierta excepcionalidad para México. Las peculiaridades laborales de nuestra SEP convirtieron a nuestra SRE en un albergue más adecuado e institucional gracias a la existencia de un Servicio Exterior de Carrera. Adicionalmente, el diálogo internacional alimentó de manera fascinante la escritura mexicana, la hizo afín al debate sobre el otro y a mostrarse atrevida e influyente sobre ese otro. Esa virtud apuntaría al cosmopolitismo, pero ocurrió no sin detonar en nuestras letras efervescentes diatribas sobre nacionalismo contra universalismo: la batalla sobre la virilidad literaria que atravesó a los Contemporáneos y la polémica de 1932 que apunto contra Alfonso Reyes en torno a la existencia de una verdadera mexicanidad a la hora de escribir o el simple “jicarismo” como lo acuñó otro diplomático-escritor, Rafael Cabrera. Pero eso es harina de otro costal.

    Lo que me afano en subrayar es que entre los últimos años del siglo XIX (los años de Gamboa y Nervo) y hasta gran parte del siglo XX (Owen, Barreda, Fuentes, Paz, Pitol) las vías de comunicaciones eran menos demandantes y los tiempos más humanos y prolongados, en la misma proporción que tenía que ser más grande la confianza en el desarrollo propio que emprendiera el funcionario enviado —a veces desamparado— en algún país lejano.

    La diplomacia en lo general, incluyendo la cultural, adolecía de los niveles actuales de intercomunicación con la propia capital, con las otras capitales, con los actores internacionales, con los medios de comunicación y con cuanto sujeto piensa en lo internacional. Era, entonces, una práctica basada en las conexiones personales a realizar en el otro país y más capaz de aceptar los matices de la intuición. Por ende, más independiente.

    Entre más atrás vamos, encontramos que el diplomático “encarnaba al país”. En su persona —culta, refinada, inteligente, ingeniosa— podía estar la formalización entera y unívoca de una nación. Permeaba más una suerte de “abandono” del representante nacional a su suerte, a su astucia, a su creatividad y recursos personales. En algunos casos, el conocimiento que se tenía de una nación atravesaba por el representante designado: difícil decirlo, pero quizá Tablada fue la imagen misma de todo lo mexicano en Japón, al menos por algunos años.

    3. Tiempo de Renovación

    La tecnología nos ha llevado a un mundo diferente de contactos instantáneos, multiplicados hiperbólicamente, donde los mensajes desde su origen no respetan siquiera los husos horarios; donde se exigen flujos y respuestas de información que apenas logran atisbar las exigencias del ciberespacio donde cada dato gana y pierde su sitio a cada instante.

    Los medios actuales relatan los resultados de un evento antes de que los actores (incluidos los delegados presentes) puedan ofrecer su versión. Hay una suerte de realismo e inmediatez irrefrenables que diluyen con severidad la personalidad creativa del representante diplomático como su genuino y sofisticado intermediario.

    En desagravio de quienes han sentido la inmensidad del aluvión de prestigio literario-diplomático del pasado mexicano, cabe decir que el nuevo entorno resulta, por lo menos, limitativo. Más lo impacta, incluso, un asunto trascendental que permea todo el debate literario por encima de consideraciones diplomáticas o de otra índole: la utilización de las nuevas tecnologías, páginas web, newsletters digitales, twiters, facebooks están cambiando todo discurso creativo. A ello se añade que, a pesar de su mascarada poco oficial, esas “plataformas” se han convertido paradójicamente en una manera de actuar indispensable del funcionario, del gobierno y de la diplomacia misma.

    Las redes sociales están peleadas con el tiempo tranquilo, con el sillón de lectura, con la pausa, con ese saborear que compete a la construcción poética y narrativa; incluso con la propia lectura a profundidad y con aquella que se emprende valientemente por mero disfrute. Así que las tensiones que circundan al escritor-diplomático son más contradictorias e invitan a que un nuevo fantasma inunde la habitación: la vieja armonía de las dos profesiones, literatura y diplomacia, parece ser disonancia contemporánea.

    Me resisto a verlo así: al igual que el futuro del libro y de la literatura se descubre paradójico pero emocionante —los jóvenes apasionados de la insulsa premura del Instagram devoran por igual novelas de 600 páginas—, el diplomático sigue siendo la puerta a la otredad, la primera fuente de una aventura de extremos culturales que enriquece toda alma curiosa y que requiere de exégetas bien dotados de sensibilidad. Mejor aún, el diplomático es el visor de un desafío perene y cada día más importante: el problema de las peculiaridades culturales que tiene que encontrar su espacio en el concierto de la comunidad humana que parece construirse en un mundo con desafíos que trascienden toda frontera: individuo y cultura local identitaria en relación con la mismísima globalización.

    Tan solo esa misión es motivo para regresar al inicio y decir que se escribe “porque sí…”; porque la experiencia de hacerlo es fascinante, porque vale la pena estar despierto, conflictuado, motivado, vivo. Los propios avances tecnológicos y las redes sociales —añadamos también la estremecedora “inteligencia artificial” leída como promisoria transformadora de la totalidad de la civilización— son en sí mismos un basamento para replantear la relectura de la interacción entre sociedades y la forma misma de narrarla. Vale la pena estar ahí.

    Y en fin… La necesidad preeminente de diplomáticos capaces de manejar el infinito mundo del poder suave y la diplomacia cultural es motivo para confirmar que esta historia no se acaba, ni se acabará. La única perversidad a la que no podemos permitirle avance alguno es al vacío; ya sea informativo, reflexivo, creativo, donde se ceda y se deje de pensar. Peor aún sería dar paso irrefrenablemente a aquel oscuro pragmatismo que impida el goce de la Musa-literatura. Esa amante recelosa y tacaña tampoco está dispuesta a ceder un milímetro porque eso es ceder la plaza de toda la humanidad… Pero ella, la Musa, independientemente de diplomáticos, profesionistas, traileros, músicos, cómicos, aguafiestas, políticos y demás, siempre ganará. ⌈⊂⌋



  • El Ruso

    El Ruso

    Regreso a casa. Vengo de visitar a Leonardo en el hospital, quien me recibió con su abrazo fraterno y me preguntó por Rusia. Afuera del hospital estaban mis ahijadas, sus hijas que cargaban a los niños en brazos, y nuestros viejos amigos de la escuela: Pedro, el artesano que nos enseñó a hacer las máscaras de papel sobre molde de yeso; Carlos, el gordo, músico trashumante y amante de los Beatles; Nicolás, el negro, el Jimi Hendrix de aquellos tiempos; Vavá, el rey carioca del futbol escolar, hoy convertido en pastor evangelista con su iglesia propia. Los muchachos de entonces ya no somos los mismos. Algunos ausentes ya no existen en vida sino en nuestros recuerdos. Otros son abuelos con cuerpos fatigados y huesos frágiles. Otros más han vivido y disfrutado a mujeres, hijos, nietos, se han bebido la vida de un solo trago y hoy sólo esperan muy poco de ella: un hospital y ataúd, un ramo de flores y la ausencia de su familia.

    Yo conocí y conviví hace muchos años en el aula de la primaria con Leonardo y con ellos. Ese mi primer lunes en la ciudad nos encontrábamos a mitad del ciclo escolar. Mi madre me tomó de la mano, me sacó de la vecindad, llegamos a la esquina, atravesamos la avenida Santa Coleta, hoy Avenida Eduardo Molina, y tocó el portón de la escuela. El conserje nos introdujo a la dirección escolar y nos atendió el señor director Jorge Villa Vallejo, quien, después de inscribirme, me asignó el grupo sexto A.

    Mientras mi madre salía de la escuela, la secretaria me condujo por el pasillo y las escaleras a la planta alta al fondo del plantel, tocó la puerta del salón que abrió un profesor anciano a punto de jubilarse y me asignó una silla fría al fondo del salón, junto a un compañero. Poco después, la chicharra anunció el recreo y todos salieron despavoridos, cual desbandada de aves que salen del nido al escuchar un ruido, excepto yo que me encontraba desorientado en la escuela, ciudad y en la vida.  

    Yo descendí lentamente las escaleras que me conducían a un mundo desconocido. Mientras todos corrían y jugaban alegres con sus amigos en el patio, yo me sentía como cervatillo perdido por su rebaño en el bosque. En toda la escuela, yo conocía solamente a mi hermana Lety que cursaba el cuarto año. Difícil de localizarla en ese avispero inmenso, y a un vecino, hijo de un tío de mi pueblo que correteaba con sus amigos. Si en ese momento del recreo, yo me hubiera trasladado a mi anterior escuela, yo habría sido feliz, correteando alegre a mis primos y amigos. Pero yo me encontraba aquí, en un mundo desconocido que de un día a otro mis padres me habían arrancado de un solo tajo, de mi pueblo y del cariño de mis abuelos, tías y tíos.

    Si allá no éramos más de 20 alumnos por cada uno de los tres salones, aquí eran más de 30 por cada uno de los veinte salones que circundaban el patio. Si allá yo jugaba con todos porque nos conocíamos desde la niñez o éramos familiares, aquí todos me resultaban desconocidos. Como allá todos eran mis parientes, aquí, un día llamé “primo a un compañero de clase”. A partir de ese momento, ellos se burlaron de mí y me llamaron de manera despectiva “el primo”, o bien, “eres un primo –primate, primitivo-”. Esa media hora del recreo, yo la sentí como si me hubiese encontrado en medio del río de fuerte caudal que te arrastra de los pies a sus profundidades.

    La tarde del sábado mi madre llegó a mi pueblo. Al inicio de este año escolar, ella partió con mi padre que trabajaba en una fábrica y mis dos hermanas pequeñas a la ciudad de México, donde las inscribió en la escuela. Mientras que yo permanecí en el pueblo con mi abuelita materna, maestra rural, y con mi abuelito paterno al que le ayudaba a dar de comer a sus animales domésticos. Después ella no retornó, solamente escribía cartas y enviaba dinero a mi abuelita para mi sustento.

    Ese sábado, al caer el sol de la tarde, mi madre llegó mientras yo jugaba en el parque con mis primos. Cuando regresé a la casa, la encontré molesta discutiendo con mi abuelita porque yo también la abandonaba, le indicó: “¡Háblalo con tu hijo!”, y enseguida ella se marchó para atender sus aves del corral. Entonces mi madre me ordenó con voz de mando: “¡Echa tus cosas en la maleta y dile adiós a tu abuelito y abuelita, porque mañana temprano nos vamos a la capital! Allá ya te conseguí un lugar en la escuela, el lunes te inscribiré en sexto año y te quedarás con nosotros a estudiar”. Yo me puse triste por abandonar a mis abuelitos. Primero, mis padres me dejaron en el pueblo para estudiar y acompañar a mis abuelitos, y ahora ellos me arrancaban de mi raíz, sin importarles mis sentimientos ni el abandono de ellos.

    Ayer domingo por la tarde llegamos, contra mi voluntad, a la capital y a mi nueva casa. Durante el trayecto yo me sentía triste, pues me faltaban el sol y el cariño de mis abuelitos, tías y amigos. En el autobús yo sentía que la cabeza me daba de vueltas, que me mareaba. Recordé que la última vez que me trajo mi tía Atala a visitar a su hermano Leonides, no aguanté el frío de diciembre ni el encierro del pequeño cuarto, tampoco el aceite pestilente de la cocina ni el olor nauseabundo de las coladeras, el desconocimiento de la colonia y de la ciudad. Ese recuerdo más el paisaje que desfilaba con rapidez ante mis ojos tras el ventanal del autobús me originó el vómito. O quizás porque tenía miedo ante lo nuevo, pues más tarde aprendí que lo desconocido nos provoca temor. 

    Cuando terminó el recreo, nos formaron por grupos y alturas. Como yo era el más pequeño, el maestro me colocó al frente, después nos dirigimos a nuestro salón de clases. Pero, cuando yo subía un escalón, recibí una patada en mi muslo trasero por un compañero más grande. Entonces Juana, una compañera mayor de mi grupo, me protegió del siguiente golpe, lo insultó, me llevó al salón y a mi banca. Luego el profesor me presentó ante el grupo como nuevo compañero de ellos. Durante los recreos, unas veces ella me acompañó por un tiempo para evitar que los compañeros mayores, que ya superaban la edad escolar y trabajaban, me golpearan otra vez. Y otras, Olga, la adolescente del sexto B que, cuando estaba solo, se acercaba, miraba detenidamente mis largas pestañas rizadas que ella adoraba y platicaba conmigo.

    Al mes siguiente nuestro anciano profesor murió y se jubiló de nosotros y de la vida. El día de su muerte no tuvimos clases, porque lo acompañamos a su entierro en un camión escolar que alquiló la dirección del plantel. Enseguida el director lo reemplazó en nuestro grupo por unos días, luego nos enseñó un joven estudiante de la carrera de Leyes, Jorge Salmerón, que más tarde se tituló como abogado, se casó y regresó a su ciudad natal, Mérida.

    A él le debo mi sobrenombre. Cuando él descubrió que yo pronunciaba mucho la ssss, me sugirió practicar con dos canicas adentro de la boca, para que yo hablara de forma correcta, según él. Por eso me llamó “el Ruso” y así me identificaron mis compañeros. Esto que era un defecto para él, para mis compañeras resultaba novedoso; así es la vida de contradictoria. Ellas me llamaban a su lado porque querían escucharme hablar y pronunciar la ssss. Pero, como ellas eran más grandes de edad que yo y guapas, me intimidaba delante de ellas y no pronunciaba una sola palabra.

    Un día, como era habitual, mi grupo se encargó de cuidar el portón de ingreso a la escuela, a partir de un sorteo, los responsables éramos tres compañeros grandes y yo. Un estudiante tocó la puerta, yo la entreabrí, vi a un joven alto, robusto y más grande que yo. Él empujó la puerta de forma violenta, le impedí la entrada a la escuela, porque faltaba media hora para permitir el acceso. Me insultó, me empujó, mientras que mis compañeros de la guardia veían y se burlaban de la debilidad del “Ruso” y de nuestra lucha cuerpo a cuerpo, hasta que intervinieron y lo apaciguaron a golpes.

    Llegó el mes de septiembre. Salimos al recreo y todos recibimos una grata sorpresa: un grupo musical A GO GÓ estaba en el centro del patio tocando las canciones de moda. Era el día de la fiesta escolar. Olga, la joven alta, risueña, rostro hermoso y curvas de adolescente, llegó, me invitó a bailar, yo me rehusé porque no sabía bailar ni me interesaba el baile. Entonces ella invitó a un joven de su edad que al ver su belleza rápidamente aceptó. Después retornó sudorosa, sonriente, y me propuso: “¿quieres ser mi novio?”. “Yo no sé qué es eso”, le confesé. En respuesta, me dio el primer beso que mis labios de adulto aún recuerdan con dulzura y ella se convirtió en mi primer idilio inolvidable. 

    Un mes antes de terminar el curso, se nos presentó el día de la fotografía individual, para el certificado oficial: camisa blanca y corbata negra. Llegó mi turno, pero yo no tenía la corbata, porque nadie en mi familia la portaba. Entonces Leonardo me prestó la suya. Con ella aparezco en la foto del certificado de la primaria Tezozómoc de 1967, con mi rostro infantil de once años y con el apodo de “el Ruso” que jamás olvidaron Leonardo, mis cuatro viejos amigos de la primaria ni nuestro joven maestro yucateco, a quien mi amigo Pedro encontró una vez caminando en el Paseo Montejo y le preguntó por su alumno, “el Ruso”. Por eso hoy me preguntó Leonardo: “Compadre, ¿al fin ya conociste Rusia, tu patria adoptiva?”. Soltamos la carcajada y olvidó por un momento su próxima operación. ⌈⊂⌋

  • Bésame Mucho y el equívoco coreano

    Bésame Mucho y el equívoco coreano

    Para Verónica

    No recuerdo quién fue el primero, pero ocurrió poco tiempo después de mi llegada a Seúl. “¡Ah, mexicano!” Solía exclamar mi interlocutor, por lo general un hombre de cierta edad. Después de intercambiar algunas frases banales y corteses en inglés, sobre el clima y el tequila, se acercaba un poco más y me decía, en confidencia: “mi canción favorita es Bésame mucho”. “¡También es la mía!” Le respondía de inmediato, con sinceridad, no solo por impulso diplomático. ¿Cómo no sentirse conmovido por esta canción entrañable, escuchada desde niño, dedicada al amor inmediato, y por lo mismo a la entrega absoluta? 

    Piensa que tal vez mañana 

    Yo ya estaré lejos, muy lejos de aquí,

    Bésame, bésame mucho, 

    Como si fuera esta noche la última vez… 

    Bésame mucho me habrá acompañado a lo largo de varios años en Corea, reapareciendo aquí y allá de manera imprevista. Una noche, el director general para América Latina de la cancillería coreana invitó a los embajadores de la región a una cena amistosa de fin de año. Era un aficionado del canto. A la hora del café se paró frente a un micrófono y entonó una canción en español. La siguiente fue Bésame mucho, difícil de cantar porque exige una amplia modulación vocal. Mereció los aplausos que le prodigamos. Lo felicité y me confesó que era adicto al noraebang o “cuarto de canto”, como se le conoce en Corea al karaoke. Tras varias incursiones al noraebang en el barrio estudiantil de Hongdae, pude comprobar, en las escasas páginas de música latina de sus catálogos, que invariablemente se hallaba Bésame mucho. 

    La interpretación de la cantante Lee Keum-hi en los años sesenta inmortalizó la melodía de Consuelo Velázquez en Corea. Falleció hace tiempo, pero la encontré en el internet. En blanco y negro, ante una extraña orquesta tropical compuesta por coreanos —había bongós, clave y trompetas— esta mujer menuda se contoneaba con la naturalidad de una cabaretera.  Sin duda su voz y su irresistible sonrisa hacían olvidar en aquellos años las privaciones y el cansancio por las excesivas horas de trabajo. 

    Bien conocía Julián Téllez, de la Ciudad de México, la fascinación coreana por la canción. Por ello, bautizó su fonda seulense “B Mucho”. En sus escasos metros cuadrados, se condensaba un máximo de kitsch mexicanísimo, la bolsa del mercado con Frida rozaba el retrato de Zapata, y los coreanos hacían cola para probar sus enchiladas verdes y sus inconfundibles enfrijoladas. El Covid lo obligó a cerrar. 

    Un par de años después, un embajador coreano retirado que sirvió en México, creador del extraordinario Centro Cultural y Jardín Latinoamericano de Goyang, a las afueras de Seúl, me enseñó algo más: Bésame mucho era la canción favorita del presidente Noh Tae-woo. Fue el último militar que gobernó Corea, al entregar el poder a un civil en 1993. También fue el primer jefe de Estado en visitar México. Cantó el himno de Consuelito en el antiguo palacio del Ayuntamiento ante el cabildo de la ciudad y el jefe del Departamento del Distrito Federal. El público lo aplaudió a rabiar, ¿qué mayor homenaje podía hacerle a México y a su cultura?

    Hace unas semanas nos encontrábamos, un grupo de amigos de México y de Latinoamérica, terminando una larga comida a la orilla de un ancho río. La sombra de la pérgola mitigaba el calor, quedaba vino blanco en las copas. El señor Han, nuestro anfitrión, es un hombre tranquilo, de habla quieta y pausada: se dedica a la cría de esturiones y las largas horas de intimidad con los peces lo han vuelto un tanto retraído. Preguntó por nuestras canciones favoritas coreanas y luego, inevitablemente, mencionó Bésame mucho. A pregunta mía, confirmó que se le asocia al presidente Roh Tae-woo.  “¡Es una canción que habla tan bonito de las flores!”, soltó. “¿De las flores?” respondimos al unísono, asombrados. “Sí, – prosiguió-, de flores cuyo aroma es exquisito.” “¿Cómo es eso?”, protestamos, “es una canción de amor donde uno le implora al otro ¡”bésame mucho”! Kiss me a lot!”. “En efecto, eso descubrí hace poco, continuó. Durante muchos años, pensé que era el nombre de una persona. En la versión coreana se repite ‘Bésame mucho-ya’, en mi idioma eso puede interpretarse como ‘¡Hey, tú, Bésame mucho!’.” Esto es, como  decir ‘¡hey,  tú, Juan Carlos!’ O: ‘¡hey tú, María Luisa!’.

    “Entonces – preguntamos- ¿cómo traducen ‘Bésame mucho’ al coreano?” Se rascó la cabeza. “’Kisseu’,  ‘Manhi kisseu haejusaeyo’ (많이 키스해주세요). “¿Kiss?, insistimos. ¿En inglés? ¿No hay un verbo coreano?”. Dudó. “Existe el verbo ‘tocar los labios’, pero suena muy extraño en el imperativo: ‘¡Júntense nuestros labios!’  Hay otra palabra, ‘po-po’, pero se usa cuando uno le da un beso a la mejilla a un niño.” Seguíamos confundidos. ¿Parecería que el concepto de “besarse” no existe en la sociedad coreana? En todo caso ya sabíamos que, en público, eso es inconcebible. Las manifestaciones de amor son del dominio privado y en la calle, a lo mucho, las parejas se dan la mano. 

    Busqué la letra de la versión coreana. Traducida al español, dice así:

    Bésame, bésame mucho (en español, en cada repetición)

    Una sola vez es corto, otra vez para mí 

    Bésame, bésame mucho  

    Ya quiero ser el amor tuyo 

    Me abrazan tus ojos que se abrieron como una flor

    ¿Quién en este mundo se habría imaginado acerca de nosotros?

    Bésame mucho sigue siendo una canción de amor en coreano. Mas transformar una lacerante súplica de besarse en “ojos que se abrieron como una flor”, es un equívoco del que por seguro nunca se enteró Consuelo Velázquez. ⌈⊂⌋

  • El quehacer diplomático y la Literatura

    El quehacer diplomático y la Literatura

    Leandro Arellano

    Este tema toca dos asuntos que forman parte natural de nuestra existencia: la diplomacia y la literatura. Van asidos al cuerpo y al espíritu sin posibilidad de recomenzar, dado que, a nuestra edad, ya el camino ha sido andado. 

    Por lo tanto, no es jactancia ni inmodestia que, al tratar el tema, me refiera a mi experiencia personal, a mi propia biografía, sobre todo.

    Comienza por una anécdota. Me hallaba yo en la cola de aspirantes de ingreso a la UNAM –con mis documentos en mano- y todavía mi ánimo se debatía porque no acababa de decidir la carrera que elegiría. En el fondo mi inclinación anhelaba estudiar letras, pero familiares y amigos bienintencionados me habían situado entre la espada y la pared: ¿letras? ¿y de qué vas a vivir?

    Estudiar derecho me dio una formación muy estructurada, me dotó de un sistema y un método, lo mismo que de las bases centrales para el ejercicio de la diplomacia. Ese hecho no me impidió escaparme de vez en vez de la Facultad de Derecho y pasearme por las de Filosofía y letras, de donde recuerdo una charla enriquecedora de Juan José Arreola; o la de Ciencias Políticas y Sociales, donde me colaba a ratos a las aulas de Julio Scherer García, Gustavo Sainz y otros maestros.

    Una circunstancia fortuita había propiciado que casi al mismo tiempo que ingresaba a la UNAM, comenzara a trabajar como un muy modesto empleado de la Secretaría de Relaciones Exteriores, para ayudarme a pagar mis estudios. Años más tarde, cuando ingresé formalmente al Servicio Exterior Mexicano, México vivía una de sus mejores etapas de política exterior. Era Canciller de México don Jorge Castañeda, padre.

    Ahora bien, ¿en qué consiste el quehacer diplomático? Una definición breve, sencilla, nítida, la hace María Moliner en su Diccionario de Usos del Español. La diplomacia –dice- es el arte de conducir las relaciones oficiales entre naciones. Y en una segunda acepción señala: es el conjunto de personas y organismos que intervienen en esas relaciones y de su actividad.

    El tiempo y la reflexión, el trabajo y el estudio, me enseñaron que existe una convergencia natural en el desempeño de los dos oficios, el de la diplomacia y el de la literatura. El instrumento de trabajo, el medio de expresión de la diplomacia es la palabra –hablada o escrita- en la conversación, en el diálogo, en el debate, en la negociación.

    La palabra es por naturaleza antípoda de la fuerza y de la violencia. Es vehículo de civilidad, vía de entendimiento, o de desacuerdo civilizado.

    ¿Y qué es la literatura? Por una parte, aún me lo sigo preguntando. Por otra, la literatura es –en breve- el cultivo del arte de la palabra, la exploración de las posibilidades creativas del fenómeno de la palabra. 

    Desde el surgimiento de nuestro país como nación libre y soberana, la cancillería mexicana, la diplomacia mexicana se caracterizó por contar con escritores diplomáticos o diplomáticos escritores, quienes fusionaron- algunos más, otros menos- los dos oficios en uno. 

    En la práctica –yo no juego golf, ni tenis, ni ajedrez, ni dominó- mi tiempo libre lo dedicaba al cine y a la lectura. Más de cuatro años en Viena –mi primer puesto en el exterior-, con una biblioteca dotadísima en la Embajada y los servicios de la Librería México, desde Madrid, que nos surtía de clásicos y novedades, me proveyeron del material literario y de un espacio generoso y fecundo para mis anhelos. Cada sábado, además, teníamos acceso a El País, cuando Babelia, su magnífico suplemento cultural, vivía una de las etapas más creativas de su existencia.

    De modo que al mismo tiempo que leía a Alfonso Reyes y a Robert Musil, a Joseph Roth y a José Emilio Pacheco, así como las novedades del boom latinoamericano y otras corrientes, fungía como apuntador del embajador Roberto de Rosenzweig, cuando México presidía el capítulo del Grupo de los 77 en Viena o la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica, el OIEA; o cada vez que elaboraba informes sobre la evolución económica de Austria y los países de Europa Central, de la Mitteleurope, en la algidez de La guerra fría.

    En cada nueva adscripción continuamos el mismo patrón: Londres, Nueva York, Nairobi, Bucarest, Seúl…

    Mi carácter me daba –lo digo con honda modestia- para realizar lo que por aprendizaje y convicción propia era mi suprema misión como diplomático: hacer amigos para México.

    Y me producía una sensación de tranquilidad y aun de comodidad, el conocimiento y la convicción de que la paz es –o lo era entonces- la premisa de nuestra proyección al exterior.

    También creía y sigo creyendo –como uno de mis sabios jefes, don Antonio de Icaza- que la civilización es una tarea colectiva, que lo humano consiste en acuerpar a los más vulnerables.

    Como referencia en la categoría suprema de mis alcances y deberes, me acompañaba un axioma central de Francois de Calliéres, para recordármelo cada día: “Es de alto interés para todos los grandes soberanos que sus diplomáticos sean de tal carácter y entereza que puedan actuar como mediadores en las disputas entre soberanos y para producir paz por la autoridad de su intervención”.

    Para concluir: en el cómo se halla la respuesta al por qué. Había asegurado un ingreso con mi trabajo diplomático, donde me sentía de gran utilidad para mi país, por un lado; y por otro gozaba del privilegio de leer literatura sin reconvenciones.

    Hasta una tarde cuando las musas me sorprendieron tecleando algunos párrafos, que dieron como resultado un relato de ficción pura… Al parecer me demoré en comenzar a publicar, pero tuve el privilegio de hacerlo en La Jornada Semanal, el suplemento cultural de La Jornada, que dirigía Hugo Gutiérrez Vega.

    He publicado cuatro libros y otros tres o cuatro aguardan editor. Confieso que batallo mucho con los editores. Pero ésa es otra historia. ⌈⊂⌋

    Ciudad de México, septiembre 23 de 2023


    Este texto, con ajustes breves, fue presentado en la Mesa Redonda sobre literatura y diplomacia, celebrada en el Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos, de la Secretaría de Relaciones Exteriores, el sábado 23 de septiembre de 2023, a las 16:00hs.

  • Al Garete

    Al Garete

    Miguel Angel Echegaray

    Nací en la Ciudad de Mexico en el año de 1959, asimilo la expresión pictórica al igual que la escultura hecha tanto en cerámica como en bronce: sin orientaciones precisas ni propósitos específicos.

    De ahí el titulo de esta muestra -presentada del 16 de agosto al 12 de septiembre en la galería de arte de la UAM-Iztapalapa- que reúne una veintena de acrílicos, carente de fechas puntuales y escalafonarias, salvo su mera acumulación temporal de los últimos años. Trabajar sin un programa previo y sin direcciones fijas puede mover a desconfianza a un cierto espectador acostumbrado a delinear su lectura visual y derivar conclusiones mas seguras. Pero también permite que otros  modulen libremente su interpretación de progresiones o estancamientos rítmicos.

    Mas allá de predestinaciones convencionales o de los jaloneos entre la vocación y el talento artístico, una terca expresión se postula a sí misma – fragmentada e impuntual- sin ofrecer demasiadas explicaciones ni variadas justificaciones.

    Cabe apuntar finalmente que no me formé en talleres de artes plásticas o en grupos de creación colectiva, mi trabajo más bien su se ha nutrido de conocimientos en ciencias de la comunicación y en historia del arte, lo cual a su vez me ha permitido incursionar en la reflexión y la critica de las artes visuales. ⌈⊂⌋

  • Ptolomeo, el Museo y los Eruditos alejandrinos

    Ptolomeo, el Museo y los Eruditos alejandrinos

    Felipe Sánchez Reyes

    La palabra Museo -Μουσαῖος- designa la construcción dedicada al culto de las Musas -Μοῦσα- queotorgan inspiración y sabiduría, y se localiza en los palacios reales del barrio Bruquión. Está ligado a la corte, protegido por los muros de la fortaleza y se halla junto al mar.

    El Museo es fundado por Ptolomeo I, Sóter, a inicios del siglo III a. C. en Alejandría. Él, por un lado, lo considera una dependencia importante y principal imán para atraer a sabios, científicos y literatos, y convertir a su ciudad en la capital intelectual del mundo griego, donde florezca la actividad poética, musical y erudita. Y, por el otro, lo transforma en una institución destinada a la investigación; en su auge, el Museo, como una gran universidad, hospeda a 14,000 estudiantes.

    Ptolomeo I quería que su ciudad no sólo fuera la capital de un imperio, sino también el centro de iluminación, conocimiento y aprendizaje que acercara a los sabios eruditos de todo el mundo griego. ¿Cómo los atraía? Proporcionándoles hospitalidad con su respectiva habitación, ambiente propicio para que se dedicaran a investigar y crear, una pensión real que abonara a cada huésped. Esto hacía que allí la vida intelectual fuera única.

    ¿Cuál era su finalidad? El rescate y cuidado de la literatura griega y de otras culturas del mundo, para que no se perdiera la herencia, la memoria ni el conocimiento de la humanidad, y quedara plasmada en los jardines de letras que sirven como siembra que despiertan y florecen, en la memoria de la vejez y en la de sus lectores. De eso se ocupan los sabios que consultan el laberinto de palabras ocultas en las líneas de los papiros o pergaminos, almacenados en cestos de mimbre o estantes de las paredes.

    Estos sabios investigadores dominan las matemáticas y astronomía, medicina, geografía y filología, porque la ciencia y la filología fueron características de los antiguos centros mesopotámicos y egipcios. Sin embargo, después Ptolomeo II apoya más a los filólogos de la Biblioteca que fijan los textos de las grandes obras, analizan sus cualidades y establecen el canon. Debido a que sus dos profesores fueron filólogos y gramáticos: Filitas de Cos que destaca por sus conocimientos filológicos; y Zenódoto de Éfeso, por las ediciones de Homero y Hesíodo, e iniciador de la filología alejandrina (Escolar, 2001, p. 90). Así, ambos reyes ptolemaicos financian la comunidad de sabios que comparten el Museo y la Biblioteca.

    Ptolomeo I, monarca egipcio que acuña la moneda y hace florecer la economía, hereda la biblioteca del gran filósofo griego Aristóteles y la enriquece sin escatimar esfuerzos ni dinero. Más tarde contrata a un erudito ateniense, para que organice su gran biblioteca, que se convertirá en la mejor y más famosa del mundo antiguo. Su biblioteca no sería igualada ni superada hasta diecisiete siglos después con la invención de la imprenta que generalizó el uso del libro.

    Él coloca bajo la dirección del Museo a un sacerdote que preside la institución, similar a la casa de sabiduría mesopotámica o egipcia, vive en el edificio, trabaja allí y se encarga del culto a las Musas. Funda el primero y único instituto de investigación científica que acoge a los mayores pensadores que investigan de forma silenciosa, como nos aconsejan a quienes consultamos libros en las bibliotecas actuales.

    Convierte al Museo en academia científica y residencia de sabios. Ser sabio, erudito, poeta y aceptado en la corte del Museo, durante la época de esplendor del siglo III, significa algo distinto a cualquier otra ciudad griega, ya que para ese momento Atenas pierde su vigor intelectual. Los eruditos admitidos gozan de facilidad para sus tareas de investigación y estudio, pero están conscientes de que se hallan al servicio de su majestad, por tanto, se consideran cortesanos.

    El Museo es básicamente un centro de investigación, mas no de enseñanza, aunque más tarde proporciona la enseñanza a través de conferencias y simposios. Luego, cuando ésta se amplía, ofrece la mejor enseñanza académica de su tiempo. Por ello, en época romana el Museo funciona como una institución dedicada a la enseñanza.

    El Museo posee un jardín botánico y un zoológico con animales de Asia y África, un observatorio, diez laboratorios de investigación y uno de medicina, para realizar autopsias y disecciones de cuerpos humanos, prácticas prohibidas en Grecia. La medicina ocupa un papel importante en la vida helenística, pues, además de los médicos particulares, las ciudades mantienen un cuerpo de médicos públicos, bajo la dirección de médicos jefes.

    Existen muchas escuelas de medicina, no sólo en las antiguas ciudades de Cnido y de Cos, sino también de Alejandría que atrae desde muy lejos a sus estudiantes. Porque a los ojos de sus pacientes, garantiza más el prestigio del médico que realiza sus estudios en la urbe que en otra escuela. En la primera mitad del siglo III a. C., Herófilo de Calcedonia (335-280 a. C.) funda la Escuela de medicina científica en Alejandría, inventa técnicas de estudio del cuerpo humano, basadas en la anatomía. Es el primero en realizar disecciones anatómicas de cadáveres humanos en público y sienta las bases de una anatomía más exacta. Descubre la circulación sanguínea, las funciones del hígado y páncreas, y demuestra que el centro de la inteligencia se halla en el cerebro, no en el corazón como afirmaba Aristóteles.

    En el Museo, para la gloria de la dinastía, los sabios eruditos tienen un amplio comedor, donde al caer la tarde cenan juntos, conviven, debaten entre ellos, intercambian ideas y discuten problemas científicos. A veces, el mismo rey los honra con su presencia, escucha sus charlas, hallazgos, vanidades y duelos de ingenio. Él les hace preguntas, con el fin de aprender de ellos, como sucede con los restantes Ptolomeos. Si por dentro, el Museo tiene un comedor, por fuera, posee un pórtico público donde ellos pasean y dialogan entre sí, más una exedra semicircular, rodeada de asientos junto a la pared, para que lean o conversen.

    Ptolomeo I, influido por Demetrio de Falero (350-280 a. C.), exgobernador de Atenas y su consejero en asuntos culturales y políticos, funda el Museo y la Biblioteca. Porque el rey busca no sólo aprender de los hombres ilustres, sino también hallar entre ellos a los mejores profesores de sus hijos: los eruditos bibliotecarios. Sus bibliotecarios influyen, por un lado, en la educación y formación intelectual de los reyes y de sus hijos, y, por el otro, en la preservación del patrimonio cultural griego.

    Ptolomeo I funda una dinastía que dura tres siglos, ocupa el primer puesto en el mundo intelectual griego y quiere reunir en su Palacio un ejemplar de todos los libros del mundo. Por ello, manda a sus exploradores armados y con talegas de dinero, a buscarlos a la India, Persia, Babilonia, Armenia y otras ciudades apartadas, con antecedentes en el mundo de los libros.

    Además, favorece el florecimiento del mundo literario y la música, del arte y la sociedad culta. Así los primeros Ptolomeos, por un lado, son griegos en el idioma y la cultura, aunque también fomentan la cultura egipcia. Y por el otro, prodigan a su ciudad el esplendor de sus edificios y el cultivo del intelecto.

    En ese siglo, con excepción de la comedia de Herodas, el renacimiento de la poesía se centra en Alejandría, domina la poesía escrita destinada a la lectura y son tres los grandes poetas eruditos que dominan: Calímaco, Apolonio y Teócrito. Aunque también existen otros que no destacan como Asclepíades de Samos (320 a. C) con sus poemas líricos y epigramas; Hermesiánax de Colofón (340 a. C) -alumno de Filetas- con su poema en tres libros, dedicado a su amante cortesana Leontion; y Filetas de Cos (340- 285 a. C) con las elegías a su mujer, sus breves poemas épicos y epigramas que aspira a la brevedad, y autor del primer diccionario griego, asegura Tarn y Griffith.

    Los tres primeros poetas viven en el Museo de la ciudad que alienta la vida intelectual del helenismo, a diferencia de Pérgamo y Atenas que han perdido su esplendor. Estos tres poetas escriben textos de gran calidad y elogian en sus poemas a los dos primeros Ptolomeos, sus grandes protectores. Ahí se origina la poesía y literatura cortesana. ⌈⊂⌋


    Referencias-.

    -Apolonio de Rodas (2000). Argonáuticas (trad. Mariano Valverde) Madrid: Gredos.

    -Calímaco (1984). Himnos y epigramas (trad. Pedro C. Tapia). México: UNAM.

    –Escolar, Hipólito (2001). La biblioteca de Alejandría. Madrid: Gredos.

    -Tarn y Griffith (1969). La civilización helenística. México: FCE.

  • Almas en llamas

    Almas en llamas

    Alejandro Estivill

    Los reflejos blancos y rojos que embisten el aire húmedo son la clave para conocer con certeza el lugar donde uno se encuentra. Estamos ahí. No tenemos dudas; no porque conozcamos de tiempo ese aroma y esos muros craquelados, despostillados como víctimas de una infección de salitre, con la pintura abombada en sus ladrillos más bajos surgidos del pavimento con el tono herido del esfuerzo. La razón es otra: la ciudad misma, la ciudad es única en porches de tiendas con clientes que buscan un diálogo largo al visitarlas por una golosina; gente que espera una cortesía de excepción cuando compran un queso blanco, unos refrescos. Nadie confunde esos callejones empapados al ritmo de los chubascos cortos; y no hay persona que dude del sonidos de los autos viejos y luchones por encontrar un espacio al subir media llanta a la acera. La mirada general de sus habitantes saluda y, por igual, desconfía al cruzar con el vecino. La ciudad es única y sabemos que estamos en ella porque si no lo supiéramos, con nuestro nombre propio liquidado entre las manos, dudaríamos incluso de quiénes somos. Sabemos que estamos ahí, caídos. Es más, si nos presionan sabemos que estamos en el extremo sur, donde hay pueblos apelmazados más que urbe; barrios con su vibración exclusiva. Rebeldes y trasnochados que no se mezclan y llevan en alto el nombre de su santo, su mayordomo y su gente con tres o más generaciones de bañarse con la misma agua y el mismo ruido. Lo sabemos.

    Pero en ocasiones vemos que alguien ya no reconoce y, al observarlo, nada cuesta sospechar que la madre de Alejandro, nuestro hombre alicaído, le ha hecho otra jugarreta a su hijo y lo ha sacado de quicio. Incluso ella que es oriunda de antaño, más allá de la memoria de todos sus vecinos, ha olvidado dónde vive. Y el efecto de ese olvido ha sido mayor de lo imaginado. Vemos que Alejandro sale de casa de su madre; avanza exaltado, tenso como un mascota sin dueño. Notamos que no sabe tampoco bien a bien que ése es su barrio, su colmena. Los charcos le son más profundos y no los esquiva como lo hace un lugareño; los fulgores le hieren y parece extranjero para brincar entre sus ráfagas. Pero todo lo visible, aun el refugio que debía ser su auto, le es hostil: rebosante de vapores, aquella máquina lo absorbe asfixiante. Antes de meter la llave para iniciar la marcha, notamos que grita algo adentro, algo con gesto salvaje… Quizá:

    —¡Maldita! ¡Maldita!

    No se le escucha encerrado ahí. Su blasfemia se lee. Luego, percibimos que se habla a sí mismo, más sereno, como imbuido por un fantasma fáustico que no conociera problema inquietante ni enigma sin resolver, que tiene todas las respuestas:

    —Gracias, papá —algo así se dirá Alejandro asido al volante entre el vaho de un auto parado en medio de la lluvia—; lo mejor de ti es que supiste morirte a tiempo. Gracias. Gracias, papá.

    La madre de Alejandro tiene demencia senil. Patina como globo entre vendavales recogiendo lo que le viene de su primera infancia (lo expone sin recato). Habla de cuando se cagó, de cuando le voltearon el rostro de una bofetada, de sus tiempos de profesora, de su gusto por las frutas más exóticas: mangos champagne, carambola, pitahaya y lichi. Con qué detalle recuerda el sabor ácido del lichi. Pero sobre su hijo Alejandro…, ya nada. No recuerda nada correcto; ni nombre, ni gustos, ni las contracciones de parto que los atan. No sabemos que ella, sobre él, no pueda decir nada. Cuando le conviene, se acuerda de que, con el fruto de su trabajo como química, juntó algo de dinero en el banco y todavía busca extorsionar al heredero con eso: “mi dinero, ¿qué cree usted que va a venir a quitármelo? Yo ya me quiero morir, pro no va a ser usted, ladronzuelo, el que se beneficie de que yo me muera”

    Se hace bien la estúpida para no revelar cuánta plata tiene guardada y sabe por igual que en un cajón están las joyas que acumuló en vida, pocas y de un gusto muy antiguo y rocambolesco que nos haría ambicionar desmontar las gemas y fundir el resto en un pequeño lingote de oro que no superaría el tamaño de una cartera.

    También está ahí envuelta entre trapos la vieja pistola que Alejandro le dejó cargada con seis balas, retándola, para ver si tenía el valor de usarla.

    Pero nada… hemos notado que ella, a Alejandro, lo ve ya siempre con ojos de asalto y de perplejidad para decirle: “¿usté que hace en mi casa? ¿quién le dejó entrar?

    ¿Qué tan cuerdo y qué tan inservible está el cerebro de una persona? Ese es un dilema irresoluble. No hay parámetros, por mucho que los médicos hablen de biomarcadores, pruebas con el líquido cefalorraquídeo y niveles de beta-amiloides. Aunque comenten sobre protocolos para memorizar cinco colores en orden o de las estrategias para unir los puntos faltantes en un dibujo, no hay certeza. La inutilidad de la razón humana es como una larga paleta de grises donde el analista decide a contentillo si algo ya es inaceptable o, por el contrario, pequeño desliz simpático de la señora de 92 años que siempre fue tan necia y descarada: en esencia, piensa Alejandro, ella no ha cambiado en nada. Así que no sabe si el “usted” que le esputa su madre cuando lo encuentra en su casa, ayudando, reparando, limpiando el refrigerador repleto de residuos podridos, es porque tiene la conciencia de que está frente a su hijo y lo quiere molestar (ella es rápida en sentirse autosuficiente y rechazar cualquier ayuda como lo ha hecho desde que tiene esa memoria que ahora tanto le falta), o porque lo toma como un total invasor, un pérfido extraño.

    Hace tiempo que los micro infartos del cerebro, más relacionados con angiopatías que con isquemia, le hirieron el filtro de la mínima decencia y anularon el cuidado verbal frente a otras personas que nos pueden oír. Antes de cualquier diagnóstico de demencia; antes de la fundación de la familia, ella ya era un atrevida malhablada. Alejandro se pregunta: ¿alguna vez tuvo filtros? Pensemos en las veces que, en una boda, un bautizo, un cumpleaños o una simple reunión a tomar té, desplegó su peor voz altiva para sacar un abanico de comentarios ácidos contra la gordura de la novia, el peinado de una susodicha, la edad de un pariente: “y esa fulana…, ¿se puso el brasier por fuera o que mamarrachada es esa?”. Es fácil recordar las vergüenzas que por engreída hacía pasar a sus allegados disparando veneno con clasismo contra un mesero, una encargada de la limpieza, porque simplemente disfrutaba herir como si la ofensa innecesaria fuera un juego. A ella le parecía divertido; los demás querían matar también en complicidad… o morir de pena, nada en medio.

    Ahora que las neuronas se le están muriendo, se pierde fácilmente la claridad sobre dónde quedó su intención trastocada. Esa malicia ¿hay que adjudicarla a su debilidad mental? ¿Sólo se incrementó? No hay solución al dilema y el misterio ahora afecta especialmente a Alejandro, quien huye de la casa de su madre con el alma en llamas. Ha dado un portazo que hizo temblar el edificio, el vaho de la ciudad y sus fulgores. Ella ha vuelto a olvidar su existencia, o quizá, como podemos sentir que el pensamiento demoniaco ataja a Alejandro, ella siempre lo odio.  

    —¡Maldita sea! Tú, papá, tú en cambio supiste morir a tiempo.

    Sabemos entonces que Alejandro habrá de reaccionar a ese momento único. Pocas veces se ha mordido así las manos para callar. Pero lo realmente inédito es que jamás ha estado tan decidido a hacer algo respecto a la locura o falsa locura de su madre. Esta decidido, al menos parece ser así por su grito dentro del auto. Aunque algo hiede con el tufo de una bravuconada común y vulgar. Él encuentra pocas alternativas cuando la presencia de la memoria de su padre fallecido, más como un confidente travieso que como un padre, se ha convertido en el aire que respira, que detecta en este océano humano, y que —lejos de ser intoxicante— le resulta dulce y sabio a pesar de que esté muerto. 25 años han pasado desde que Alejandro lo incineró.

    Todos sabemos que la madre de Alejandro tiene 92 años. Se comenta mucho su edad porque es una de las ancianas más longevas del barrio. Más difícil es averiguar que el padre murió hace mucho. Apenas había superado los 67; muchos hablan de que el señor estaba en la flor de la edad cuando se nos fue sin atinar a cuál edad fecunda se refieren. Dicen que era inteligente y sagaz, que se veía “traga-años” y que hacía reír a muchos y más a las mujeres de su edad por lo que parecía siempre un joven que aún tenía un millón de cosas por hacer… pero se fue pronto.

    Alejandro está jugando con fuego: ha empezado un diálogo cotidiano que tiene más que ver con un abanico circular de pensamientos. En la calentura y con la forma en que ahora maneja atrabancado entre los carriles central y derecho de División del Norte, cualquier bastardo le adjudicaría “pensamientos demoniacos”. Pero su padre está lejos, lejísimos, de ser el poseedor de alguna sabiduría propia del demonio. Si Alejandro pudiera exponer a cabalidad lo que se trae entre manos (más allá de un volante que gira, quiebra, suelta, manipula agresivo) lo suyo sería el decantar de las mieles del satanismo.

    El mayor arte de la decencia en la vida es morir sin joder a nadie. 

    Si indagamos un poco, es fácil averiguar que su padre murió en el Hospital Español devorado por un cáncer rígido y nervoso que creció entre sus víscera y aplastó su vena cava. Alejandro recuerda nítido el semblante amarillento y obscenamente abotagado de aquella víctima en sus últimas horas; eso sí, papá nunca perdió la sonrisa irónica. Alejandro lo visitó en sus últimos minutos con la convicción de que estaba dando una buena pelea contra su enfermedad. Sin embargo, esa lucha se emprende, como pensaba su padre, más por complacencia a los de afuera que por convicción. Por ahí estuvieron las últimas palabras que le escuchó decir a papá y que venía repitiendo con sarcasmo. Alejandro no colocará mensajes de gran profundidad en aquel agónico hombre al final de la vida: no fue un aceta  que se despidiera diciendo “mi hijo, nos vemos allá, más allá, en el lugar al que nos lleve este camino; cuida de tu familia, es lo único que cuenta; quédate cerca de los tuyos y sé un buen amigo”. No:

    —Todo este puto dolor —gimió— me lo estoy tragando para que los doctores sigan creyendo que son chingones.

    Sabemos que al señor lo acabó un mesotelioma pleural que le había surgido año y medio antes y que sorprendió a todos por estar enmascarado como tosecilla socavada y tenue, pero insoslayable. Alejandro puede imitar la forma en que comenzó a toser, como si después de cada verbo conjugado vinieran unas rústicas grafías, arremetiendo en su garganta contra el objeto directo, el indirecto y otros complementos de la fase: “um, um”. Le estorbaban la palabra, y si se empeñaba en acallarlas pues ya venía la tos del ahogado y nos podíamos olvidar de aquellos complementos para siempre. Pero aprendió a hablar cortito y acallado entre los “um, um” que le habían ganado las aspilleras del pensamiento. Se empeñó en mentalizarse y encontrar las maneras de ser el hombre de los “um, um”, basado en su enorme confianza en que era un mal pasajero y en que lo superaría: ¿cuántas otras cosas en la vida se han podido ganar con la razón? ¿Cuántos buenos chascarrillos se pueden decir aun evitando conjugar verbos, usando un estilo de indio navajo donde reina el infinitivo, la frase corta y la sonrisa?

    Alejandro entendió después que el trayecto médico durante el tratamiento del mesotelioma de su padre estuvo lleno de equívocos: “pendejadas”, lo corregía el propio enfermo. Primero, tardó en atenderse. Creía que la tos era concomitante con los males de maestro universitario: garganta acabada por tragar gis a raudales, por esforzarse tanto en atrapar las mentes volátiles de sus alumnos. Había enseñado tres veces por semana hasta que se retiró. En el pasado había superado su tos de maestro con sus visitas a una foniatra para aprender a hablar desde el estómago y con fuerte articulación de cachetes, quijada y lengua: todo es cuestión de ejercicio, adaptación y costumbre. Y posiblemente Alejandro crea que su técnica para hablar con una gramática que le permitiera esquivar los detonadores de su “um, um” provinieran de las artes aprendidas con la especialista en dicción, articulación y uso ligero de las cuerdas vocales.  

    Todos podemos suponer que, ante su enfermedad, la definitiva, la del mesotelioma que lo mató, el padre de Alejandro se sugestionó creyendo que el desafío sería fácil de superar. Y los doctores ayudaron a su confusión. Los remedios caseros, las frases hiper-cortas y telegráficas, así como otros paliativos opacos, no lo reencarrilaban; su vida y su palabra transcurrían interrumpidas por esa tos de tres vuelcos a cada minuto. Así que finalmente se atendió. Primero fueron unas radiografías y estudios con resonancia magnética. Alejandro tuvo en sus manos los resultados y atestiguó, junto a su padre, que solo recogían imágenes ahuecadas y preocupantes como para justificar a una biopsia trípoda: tres agujeros en puntos precisos de su espalda como lunares rojizos que pronto desaparecerían. El resultado de las biopsias fue también equívoco. Hijo y padre sonrieron. Los tres puntos, cada uno actuando a sus respectivas tres diferentes profundidades, no trajeron a flote células malignas.

    —Chingón —dijo Alejandro.

    —Chingó… —reiteró papá

    Ahora podían pensar en un atlas de infecciones molestas y tratables, siendo la tuberculosis la que orientaba las especulaciones de los doctores. El más romántico de los males nos suena a una enfermedad antigua y cursi, impropia de un hombre fuerte y lleno de cuidados; ciudadano de la modernidad. Frente a la tuberculosos, se aconsejaba una operación directa para la limpieza de tejidos. El padre de Alejandro entró al quirófano… Su doctor salió con rostro lívido. Había encontrado un cáncer de pleura extendido, reinando omnipresente y sin constricción. Resultaba muy extraño que las biopsias no hubieran detectado al verdadero enemigo y la operación realizada, lejos de una ayuda, solo debilitaba al enfermo. Para no hacer de la operación una total inutilidad, su doctor se había dedicado a rebanar ese cáncer cristalizado. Pero la pleura era inatendible; había multiplicado diez o más veces su grosor natural y el doctor sólo podía dar flexibilidad al pulmón y permitir algo de su movimiento con el arte de tasajearla. Eso otorgó al padre un habla ronca y penetrante, sin las interrupciones de la tos: podía hacer sus chistes, sentirse sardónico y jodido como antes… por lo menos en los 19 meses que siguieron.

    Lo demás en su camino serían las múltiples quimioterapias destructoras, asumidas ahora con el tono del banquero burlón: “me trago el veneno para que los doctores sigan creyendo que son chingones …, pero yo… yo ya solo estoy aquí echado tranquilo, riendo, en este sillón de la antesala del infierno”.

    *

    Las páginas de internet dicen que el mesotelioma pleural es famoso por rápido, invencible,  y letal. Tumba en un promedio de 8 meses al más forzudo, al mejor portado, al joven y al viejo. Tumbó a aquel hombre que jugó el juego de los doctores sin chistar, sin poner mala voluntad, en 18 meses; todo un récord. Su padre hizo todo lo que le indicaron y más; pero sin ilusión, ni rezos de beato o buena vibra al estilo de los hippies de su juventud. Jugó el juego hasta el momento final que Alejandro había previsto con lujo de detalle: casi como una lectura de estudiante hacendoso que divide las páginas de un tomo voluminoso en sesiones diarias de 20 páginas para no fallar, para ser ejemplo de disciplina y llegar al examen final.

    Juntos, Alejandro y su padre recorrieron ese año y medio de tratamientos, finalmente infructuosos, algunas veces más esperanzados por algún síntoma menor… muy menor, como podría haber sido el liberase ruidosamente de los gases que lo inflaban obscenamente y le atrofiaban cualquier postura asequible para el sueño. Pero la mayor parte del tiempo platicaron ya montados en definitiva en un tren de absoluta resignación. Habían hablado mucho y pasado fácilmente por las preguntas de rigor: dolor, síntomas, comentarios de unos y otros médicos, métodos tradicionales, indígenas, alternativos, aventureros o esotéricos que al padre le daba igual probar, ¿por qué no?

    Juntos visitaron, por ejemplo, a un seudo doctor de apellido Garnel que tenía 92 años y se veía como un roble; presumía que todo aquel que tomara un líquido que preparaba en casa mezclando hierbas y menjurjes podría llegar, como él, a la más avanzada edad —muy avanzada—. Y hacerlo con esos bíceps tonificados, esas piernas deseosas de saltar y esos pómulos levantados y barbudos que todavía afeitaba dos veces al día. Alejandro preguntaba a su padre sobre el sabor del elixir inventado por el poderoso doctor Garnel y su padre le decía sin dudar: “es Pinol… el cabrón vierte pinol que compra en el Costco en botellas de a litro y me lo hace beber; ahora eructo a limpio ¿y?”

    Ese minuto final que Alejandro tuvo que vivir no fue diferente de muchos otros con papá: lo dejó en su cuarto muy adolorido, con una enorme dificultad para acostarse. Ya todo por dentro le afectaba y la mejor posición —“mejor” es demasiado optimista, porque todas eran pésimas— terminaba por ser apoyado sobre su hombro derecho contra una torre de almohadas para quedar semisentado a tres cuartos de la vertical, al estilo del decrépito Luis XIV. La última vez lo dejó con la sonrisa de siempre y mucha esperanza para dirigirse a su trabajo. Había apenas salido del hospital cuando recibió la llamada en la que escuetamente se le informó que “el señor” había fallecido. Regresó ansioso, con los dedos en la boca como si tuviera algún sentido apresurarse cuando la muerte ya está reinando victoriosa… y papá muy adentro le decía: “para qué corres, pendejo, si así ya estoy ligero”. Pero quiso rendirle pleitesía a esa muerte antes que la sensación del bullicio público inundara con otras personas que sentía menos merecedoras de unos minutos de intimidad con papá.

    Entró al cuarto. Levantó la sábana con la que lo habían tapado después de acomodarlo como un tótem boca arriba, echando a un lado las almohadas, y besó su frente que tenía la textura de quien ha sudado frío. Los diálogos con papá llegaron a repetirse fuertes en su cabeza a partir del instante mismo de ese beso. Alejandro dijo un “te quiero” con una serenidad que le llevó a buscarse en un espejo. Recordó eso que dicen que sorprendía a Virginia Wolf cuando le escaseaba cualquier dolor ante el cadáver de su madre. Si en Wolf había agravio escondiendo la esperada humanidad, en Alejandro flotaba el acuerdo firmado entre las partes: sabían que llegarían ahí; siempre lo supieron. La confradía de los amigos de muchos años que beben juntos, que se aceptan tal como son. La gracia de echar chanzas de manera independiente de cualquier escoyo: “seguiremos hablando, papá, seguiremos”.

    *

    El día que murió papá hace tantos años, llovía como ahora. Los reflejos blancos y rojos también entonces permitían reconocer con certeza la ciudad donde uno se encuentra. La parte precisa que nos da un suelo que pisar; sin dudas y con un aroma y voces recurrentes. Ahora que Alejandro lo recuerda, encuentra todas las coincidencias y siente la calma que le daban las pláticas con su padre sentado sereno e irónico en esa que llamaba “la antesala del infierno”. Ya no se siente un hijo sacado de quicio, piensa en su madre como en una fotografía espontánea de esas que nos captan enigmáticos cuando estamos mirando hacia adentro. Decide regresar. Quiebra el volante, se la mientan varios bocinazos mientras da una vuelta inusitada en la calle Xicoténcatl; sentido contrario y abusando de que no hay policías.

    —A ver papá, ¿tú que piensas? Si esta vez la llevó despacito, con mucha calma hasta el armario, le digo dónde está tu pistola, le explico donde se jala, cómo te la acomodas contra la barbilla… si le digo que era tuya, tu vieja pistola de la familia… que está cargada, que la cosa es rápida, que está fácil jalarle… Tú que piensas ¿hay esperanza de que esta vez se atreva y nos deje en paz? ⌈⊂⌋

  • Agenda 2030: redoblar esfuerzos ante desaliento actual

    Agenda 2030: redoblar esfuerzos ante desaliento actual

    Pedro González Olvera

    La Organización de Naciones Unidas (ONU) acogió recientemente una reunión de alto nivel para examinar el avance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (18-19 de septiembre, 2023). Como se sabe estos fueron lanzados en 2015, con el nombre de Agenda 2030, 17 objetivos además de 140 metas repartidas entre cada uno estos, y la esperanza de que cumplieran las segundas, que no se habían logrado mediante los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que buscaban, en pocas palabras, una mejor vida para las masas de desposeídos del mundo, a través de la erradicación de la pobreza, el aseguramiento de una prosperidad para todos y, como parte de la agenda de desarrollo sostenible, la protección del medio ambiente.

    La evaluación realizada por los representantes de los países que participaron en la reunión exhibe un panorama francamente pesimista, pues el avance en los nuevos objetivos es desalentador. Si en exámenes previos a 2019, la situación indicaba que era posible conseguir buena parte de esas 140 metas, ahora casi todo está en duda.

    Previo a la reunión, la ONU lanzó un documento con el título Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2023: Edición especial,el cual incluye datos como los que destacó el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres:

    “Los avances para más del 50 % de las metas de los ODS son endebles e insuficientes, y el 30 % están estancados o han retrocedido. Estos incluyen metas esenciales sobre la pobreza, el hambre y el clima. Si no actuamos ahora, la Agenda 2030 podría convertirse en el epitafio del mundo que podría haber sido”. Es decir, si nos atenemos a este panorama, los ODS van al fracaso, como de hecho sucedió con sus antecesores.

    De acuerdo con un comunicado de la ONU, solamente el 15% de las 140 metas acordadas van por buen camino, mientras casi la mitad se han retrasado y cerca de un del 30% ha tenido un avance elemental o incluso se encuentra por debajo de cómo estaban en 2015. El referente a la igualdad de género es un buen ejemplo de lo que está sucediendo, si se mantiene el rumbo actual, se tardará 286 años en cerrar las brechas en cuanto a la protección jurídica y la eliminación de leyes discriminatorias marcadas en el Objetivo número 5.

    Si nos referimos al Objetivo número 4 sobre la educación, la situación es muy parecida. El impacto de años de falta de inversión y de pérdidas de aprendizaje permite pronosticar que, para 2030, unos 84 millones de niños no irán a la escuela y 300 millones de quienes van a la escuela, la dejarán sin saber leer ni escribir. En esta tendencia la pandemia de COVID  tuvo consecuencias alarmantes por la cantidad de población infantil que se vio obligada a abandonarla y que ni siquiera contó con los recursos necesarios para tomar clases de manera virtual.

    Con las mismas tendencias, 575 millones de personas seguirán viviendo en la pobreza extrema en 2030, y sólo un tercio de los países alcanzarán la meta de reducir los niveles nacionales de pobreza a la mitad, tal y como establece el Objetivo número 1. Dadas las tendencias históricas, solo un tercio de los países habrán reducido a la mitad sus tasas nacionales de pobreza en 2030 con respecto a 2015 y casi una de cada tres personas (2,300 millones) sufría inseguridad alimentaria moderada o grave en 2021. En 2020, cerca de 1,100 millones de personas vivían en barrios marginales o en condiciones similares en zonas urbanas.

    El avance hacia la cobertura universal de salud se encuentra estancado y más de la mitad de la población mundial no cuenta con servicios sanitarios esenciales, mientras que aproximadamente dos mil millones a las personas tienen dificultades financieras graves para pagar de su bolsillo los cuidados médicos que precisan. Hasta aquí lo reportado por el comunicado de la ONU.

    Varios elementos se conjugaron para que esto sucediera; en primer lugar, la pandemia, que generó daños enormes no sólo en el campo de la salud, con millones de muertos y enfermos, sino también en las economías del planeta entero; en segundo lugar, la crisis conformada por “el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación que están teniendo repercusiones devastadoras y duraderas”; y, en tercer lugar, la guerra desatada por la invasión de Rusia a Ucrania, una de cuyas consecuencias fue el aumento en los precios de productos alimentarios y de energía.

    El corolario de los anteriores factores combinados fue la desatención al avance de los ODS por falta de recursos financieros que tuvieron que destinarse a la atención de los efectos de la pandemia y de la inflación. Por ello, se ve complicado que en este momento que se cumplan las metas fijadas para el 2030. En ese sentido, el informe citado líneas arriba expone cinco medidas urgentes:

    1. Los jefes de Estado y de Gobierno, hombres y/o mujeres, deben comprometerse a tomar medidas aceleradas, sostenidas y transformadoras en los próximos siete años, tanto a nivel nacional como internacional, para cumplir la promesa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
    • Los gobiernos deben promover políticas y medidas concretas, integradas y específicas para erradicar la pobreza, reducir la desigualdad y poner fin a la guerra contra la naturaleza, haciendo hincapié en la promoción de los derechos de las mujeres y las niñas, y el empoderamiento de los más vulnerables.
    • Los Gobiernos deben fortalecer la capacidad, la rendición de cuentas y las instituciones públicas en los ámbitos nacional y subnacional para acelerar el avance hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
    • La comunidad internacional debe volver a comprometerse en la Cumbre sobre los ODS, a cumplir con la Agenda de Acción de Addis Abeba (2015) y movilizar los recursos y las inversiones necesarios para que los países en desarrollo, y en particular los países en situaciones especiales y los que experimentan una vulnerabilidad aguda, alcancen los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
    • Los Estados miembros deben facilitar que se siga fortaleciendo el sistema de las Naciones Unidas para el desarrollo e incrementar la capacidad del sistema multilateral para afrontar los problemas que surjan y solventar las lagunas y deficiencias de la arquitectura internacional relacionadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible que han quedado patentes desde 2015.

    Las anteriores sugerencias, fueron un factor importante para que en la Declaración final de la reunión de alto nivel los representantes se declararan dispuestos a redoblar los esfuerzos, desde la lucha contra la contaminación por plásticos hasta la reducción de la brecha digital pasando por el aprovechamiento de la inteligencia artificial para el beneficio de la humanidad.

    También afirmaron que “las acciones deben estar a la altura de la magnitud y el alcance de las crisis que afectan a nuestro mundo…Esta situación, sostienen,  exige que intensifique el empeño de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030. La verdad es casi imposible que se logre estas buenas intenciones mientras no hay verdaderos esfuerzos por aumentar la cooperación internacional hacia el desarrollo”.

    Asimismo, la declaración emanada de la Cumbre de Alto Nivel para analizar los avances y retrocesos de los ODS renueva el compromiso con la acción inmediata y colectiva para construir un mundo sostenible, inclusivo, próspero y resiliente en el que “nadie quede atrás para 2030”. El eje central de la declaración es la implementación y, sobre todo, el financiamiento al desarrollo. Según este documento urge asignar 500 mil millones de dólares al año para estar en condiciones de alcanzar las metas de los ODS. Además, como lo expresa un comunicado al concluir la reunión, hay un sólido respaldo a la reforma de la arquitectura financiera internacional para que refleje las necesidades Sur Global:

    “Apoyamos la reforma de las instituciones financieras internacionales y los bancos multilaterales de desarrollo como clave para las inversiones a gran escala relacionadas con los Objetivos de Desarrollo Sostenible a fin de abordar mejor los desafíos globales”, a fin de que “la arquitectura financiera internacional, incluidos sus modelos de negocio y capacidades de financiamiento, se haga más adecuada a su propósito, equitativa y receptiva a las necesidades de financiamiento de los países en desarrollo, para ampliar y fortalecer su voz y su participación en la toma de decisiones económicas internacionales, las normas entorno y la gobernanza económica global”.

    A fuerza de ser sinceros, el panorama resulta complicado si nos atenemos a lo obtenido por la cooperación internacional para el desarrollo, pues son pocos los países desarrollados que otorgan el 0.7% del PIB[1], porcentaje al que se han comprometido desde hace tiempo.

    Por otra parte, se persigue la creación un mecanismo eficaz de alivio de la deuda, que de nuevo se cierne como una Espada de Damocles sobre los países subdesarrollados y subraya la necesidad de establecer un financiamiento privado a tasas más accesibles para ellos.

    La declaración busca, asimismo, impulsar la inversión en la transición a las energías renovables, promover el acceso a internet para todos, crear 400 millones de empleos decentes y ampliar la protección social a más de cuatro millones de personas. La esperanza de que esto suceda debe alentar a la comunidad entera a buscar los mecanismos necesarios destinados a cumplir no sólo con los ODS, sino con todo lo que se refiera a la construcción de un mundo mejor.

    Sobre estos puntos tampoco hay grandes esperanzas, pues a pesar del compromiso formal de los líderes del mundo para cumplir con estas metas, la realidad suele ser muy necia, en la medida en que los países del Sur Global, como se le denomina ahora al conglomerado los países subdesarrollados, carecen de las capacidades financieras, como ya se dijo, para atender las estrecheces que padecen.

    Otro rubro lo constituyen los combustibles fósiles. Si se piensa tan sólo en la cantidad que se usan en la actualidad, parece casi imposible lograr en los siete años que le restan de vigencia a los ODS lograr avances trascendentes en la transición hacia las energías renovables. Resulta significativo al respecto que la “Agenda de Aceleración de la acción climática haya pedido a los países desarrollados que lleguen a cero emisiones netas lo más cerca posible de 2040, y las economías emergentes lo más cerca posible de 2050, señaló, y que se ponga fin a las subvenciones a los combustibles fósiles, que según estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) alcanzaron la increíble cifra de 7 billones de dólares en 2022”.  

    De manera similar, aunque el internet ha llegado a convertirse en una herramienta indispensable para gran parte importante de la humanidad, existe otra parte que no lo tiene o que lo tiene exclusivamente de manera parcial, por lo que pensar en que toda la población mundial puede contar con esta herramienta es casi una utopía; si agregamos las dificultades que muchas personas para acceder a una computadora, una laptop o un teléfono celular, entonces podemos imaginar el tamaño del desafío.

    Pero hay avances a pesar de las adversas condiciones y, desde luego, no todo está perdido, pues existen cifras que alientan la esperanza. El mismo informe proporciona los siguientes datos:

    • La proporción de la población mundial con acceso a la electricidad ha aumentado del 87% en 2015 al 91% en 2021, con cerca de 800 millones de personas que se sumaron al uso de la energía eléctrica.
    • En un dato por demás alentador, se da cuenta que, en este último año, 133 países ya habían alcanzado la meta de los ODS relativa a la tasa de mortalidad de los menores de 5 años, y se espera que otros 13 más lo hagan para 2030.
    • A pesar del freno impuesto por la pandemia al crecimiento mundial de la industria manufacturera, las industrias de tecnología media-alta y alta mostraron sólidas tasas de crecimiento.
    • Los países en desarrollo instalaron una capacidad de generación de energía renovable per cápita récord de 268 vatios en 2021. Además, el número de personas que utilizan Internet ha aumentado un 65% desde 2015, alcanzando los 5300 millones de la población mundial en 2022.
    • Entre 2015 y 2022, el creciente acceso al agua potable gestionada de forma segura, al saneamiento en las mismas condiciones y a la higiene básica hizo que 687 millones, 911 millones y 637 millones de personas más tuvieran acceso a estos servicios esenciales, respectivamente.
    • El tratamiento eficaz del VIH ha reducido significativamente las muertes relacionadas con el sida en el mundo en un 52% desde 2010, y al menos una enfermedad tropical desatendida ha sido eliminada en 47 países.
    • El número de países con estrategias nacionales y locales de reducción del riesgo de desastres se ha duplicado desde 2015, lo que indica una mayor concienciación y preparación para gestionar y reducir su impacto.

    De acuerdo con el informe, el secreto para conseguir los avances en materia de desarrollo y en la construcción de un futuro mejor para todos se encuentra en la combinación de una acción colectiva, una firme voluntad política, y el uso eficaz de las tecnologías, los recursos y los conocimientos disponibles.

    Si tal combinación de factores se obtiene entonces es  más factible sacar a de millones de personas de la pobreza, mejorar la igualdad de género y situar al mundo en una senda de bajas emisiones para 2030. El afianzamiento de los ecosistemas de datos también será clave para comprender en qué situación se encuentra el planeta y qué hay que hacer para alcanzar los ODS.

    En tal dirección, el informe recomienda varias medidas para salvar a los ODS, entre otras:

    1. Ampliar las inversiones en pisos de protección social como porcentaje del PIB en el presupuesto nacional y hacer cambios institucionales para promover un enfoque integrado a fin de lograr una protección social adaptable, con capacidad de respuesta a las crisis, y crear nuevas oportunidades de empleo decente en las economías del cuidado, digital y verde.
    • Movilizar la acción política por medio del Acelerador Mundial del Empleo y la Protección Social para Transiciones Justas de las Naciones Unidas para canalizar fondos de fuentes públicas y privadas internacionales y nacionales, incluidas las instituciones financieras, hacia tal fin.
    • Crear políticas activas del mercado de trabajo para ayudar a los trabajadores a perfeccionar sus competencias y adquirir otras nuevas a fin de conservar su empleo o cambiarlo, adaptarse a las transiciones verde y digital y encontrar formas de salir de la pobreza.
    • Recurrir a medidas especiales y cuotas para promover la paridad de género en todos los niveles de la toma de decisiones de la vida política y económica y acelerar la inclusión de las mujeres cerrando la brecha digital, invirtiendo en empresas propiedad de mujeres y reduciendo la carga de cuidados y doméstica sin remuneración que soportan.
    • Ampliar el acceso a la educación preprimaria, la nutrición y la atención de la salud, y aprovechar la reunión de alto nivel sobre la cobertura sanitaria universal, que tendrá lugar próximamente, para reforzar los sistemas nacionales en este rubro.
    • Invertir en infraestructuras digitales básicas inclusivas y accesibles para garantizar la conectividad significativa de todas las personas y fomentar la alfabetización digital y en el uso de datos dentro y fuera del sector público.

    No sabemos si, primero, estas medidas se van a aplicar o, segundo, si existen las condiciones, y la voluntad necesaria para ello. Sin embargo, la disyuntiva es clara, la humanidad se acerca a pasos agigantados al desastre colectivo y e necesario un esfuerzo, sobre todo por parte de los países ricos, en términos de aportaciones al desarrollo del conjunto de la sociedad internacional, de lo contrario, ésta caerá en el abismo de la destrucción garantizada. Parece un escenario apocalíptico aunque no es irreal. O los ODS se toman en serio o el mundo será cada vez más peligroso, que ya es decir. Al menos para tomar conciencia de tal peligro deberían servir las reuniones de alto nivel, más allá de sus documentos finales. ⌈⊂⌋


    [1]“Es un estándar internacional que expresa el volumen de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) que debe proporcionar un país desarrollado midiéndolo como porcentaje (0,7%) de su riqueza total (RNB: renta nacional bruta). La fijación de este objetivo se debe al informe final de la “Comisión Pearson” (1969), que planteaba que fuese alcanzado en 1975, y en esos mismos términos fue adoptado por la Asamblea General de la ONU en octubre de 1970 como compromiso para todos los países económicamente avanzados. Ya en ese momento el Comité de Ayuda al Desarrollo de la OCDE manejaba una definición de AOD muy similar a la actual, adoptando en 1972 el concepto que hoy sigue en vigor.

    Únicamente Suecia y Holanda llegaron a tiempo a la Meta del 0,7, siendo los primeros países en cumplir el objetivo (1975); en los años posteriores se unieron Noruega (1976), Dinamarca (1978), Finlandia (1991), Luxemburgo (2000) y, por último, Reino Unido (2013). En 2005 los entonces 15 estados miembros de la UE asumieron el compromiso de alcanzar todos ellos en 2012 la Meta del 0,7; en 2008 revisaron este objetivo y decidieron retrasarlo hasta 2015, fijando para 2012 el objetivo intermedio de 0,56%. Todos estos objetivos se han incumplido.” S/A. http://realidadayuda.org/glossary/meta-del-07

  • Memorias de Santiago: Londres 38

    Memorias de Santiago: Londres 38

    Rosa Núñez Pacheco

    En el barrio París y Londres encontré la memoria que Chile se resiste a olvidar. Esas calles céntricas del antiguo Santiago, con estilo europeo y adoquines negros, las recorrí durante los cinco días que anduve por ahí hace algunos años. Los gatos del hotel donde me hospedé no me anunciaron nada. Yo era feliz acariciando sus pelajes jaspeados, mientras me miraban con sus ojos cansados. El martirio, el dolor, la muerte estaban algunos metros más allá, enterrados en la noche de ese barrio que en otro tiempo fue el símbolo del horror. Lo supe cuando visité el Museo de la Memoria el último día de mi viaje a esa capital sudamericana, donde fui a participar en un Encuentro de narrativa latinoamericana reciente organizado por una universidad privada.

    Para llegar al Museo de la Memoria tomé el metro que circula por las entrañas de Santiago, el cual me llevó hasta ese recinto cultural inaugurado hace unos años por el Bicentenario de Chile. El color verde oliva y la forma rectangular lo hacía ver desde lejos como un cuartel bordeado por unas rejas metálicas. Al fondo se lograba divisar unas gradas circulares que daban la impresión de representar al Estadio de Chile, lugar donde los prisioneros del régimen de 1973 daban sus últimos gritos antes de partir a la eternidad. Al lado de la recepción y a lo largo de una pared del primer piso estaba la letra de la última canción que Víctor Jara escribió en ese estadio: Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto con el que vivo / Espanto como el que muero.

    Al interior mismo del Museo, había un mapa de Chile, cuyo territorio extenso y angosto estaba lleno de lugares dedicados a recordar aquellas décadas funestas. Desde Arica hasta Magallanes, o islas como Chiloé y Dawson, habían sido asoladas por la caravana de la muerte, y sobre todo fue Santiago el centro donde se maquinaba toda esa locura. Muerto Allende, Pinochet impuso la fuerza a la razón. Desde ese setiembre de 1973, la primavera llegó vestida de negro y se llevó a miles de chilenos, incluido al propio poeta Pablo Neruda. Ni la casa del Nobel de literatura, llamada La Chascona y ubicada en el barrio Bellavista a los pies del cerro San Cristóbal, se salvó del atropello de los militares. Más allá, las aguas del Mapocho sirvieron para arrastrar los cuerpos destrozados por la barbarie.

    Desde el inicio del recorrido por ese Museo, lo primero que me impactó fueron las fotografías de los memoriales, y  en especial uno: Londres 38, memorial de los desaparecidos de los primeros años de la dictadura. ¿Acaso yo no estaba hospedada a la vuelta de ese lugar? Todos los días atravesaba esa calle de nombre londinense sin fijarme en aquella construcción antigua ni el árbol que le daba sombra. Caminaba contagiada por la alegría que reinaba en las mesitas de la acera de enfrente con turistas que bebían cerveza y hablaban sin parar en lenguas disímiles. No me imaginaba que en esa casa antigua, muy cercana a la Iglesia de San Francisco y a la Alameda O’Higgins, habían muerto muchísimas personas, y por ello en la vereda habían 94 placas recordatorias con los nombres de las víctimas. Quienes transitan por ahí y desconocen los hechos, las pisan sin darse cuenta.  De inmediato pensé que solo unas cuantas paredes me habían separado de ese lugar sombrío donde ya no despertaban más quienes eran traídos a la fuerza por los agentes del régimen de entonces.

    Subir al segundo nivel del Museo fue como descender al infierno. El material audiovisual de los momentos mismos del golpe de Estado, las voces contrapuestas de Allende y Pinochet, las voces del Chile confuso y sometido al miedo, los manuscritos de cartas de prisioneros y familiares, los documentos oficiales, los instrumentos de tortura, las miles de fotografías de los desaparecidos, las cartas del exilio, la protesta internacional, etc., todo era exhibido en las distintas salas que eran visitadas por decenas de escolares y turistas.

    Al terminar de recorrer el Museo, regresé al hotel a recoger mi equipaje y partir al aeropuerto. Apenas tenía un par de horas. Apresurada atravesé la calle Londres. Busqué el número 38, pero solo pude divisar el 40. Luego me di cuenta que estaba justamente a la entrada de ese espacio de memoria, ya que cuando bajé mi vista al suelo leí Londres 38. En el piso había una placa grande y otras más pequeñas con nombres de jóvenes que en su mayoría eran estudiantes que no superaban los veinte años. La puerta estaba medio abierta. No entré. Seguí hasta la calle París y de ahí al aeropuerto. Luego, desde la ventanilla del avión me despedí de Santiago. Su cordillera rociada de nieve bordeaba la ciudad por el oriente, y en el lado extremo estaba el camino hacia el litoral. Ahí frente al mar estaban las casas de los poetas de Isla Negra, Cartagena y Las Cruces. Hace unos años ya las había visitado en el Día de los Muertos, salvo Nicanor Parra que cumplía cien años de vida, Neruda y Huidobro yacían en sus tumbas. En medio de las nubes recité los versos de Neruda: Yo no voy a morirme. Salgo ahora / en este día lleno de volcanes / hacia la multitud, hacia la vida.

    Después supe que Londres 38 había sufrido una serie de problemas antes de convertirse en espacio de memoria. Fueron los familiares de los desaparecidos quienes jugaron un rol importante para recuperarlo en plena democracia. Ahí ahora se hacen exposiciones y una serie de actividades con el fin de no olvidar lo que pasó. Es una forma de luchar contra el olvido, porque aún muchas personas, amigos y familiares de las víctimas, no encuentran respuesta a la pregunta ¿dónde están?

    Pienso nuevamente en mi viaje a Santiago, pienso en las veces que visité esa memorable ciudad. La primera vez me pareció que ahí la poesía había encontrado su lugar.  Ahora lo veo como algo más que recitales, conciertos, librerías, congresos, museos, tiendas, viajes en metro, etc., Santiago se ha convertido para mí en un lugar de encuentro, de recuerdos, de historias de vidas de aquellos que ya no están.  Pienso en los viajes en general los que hice tras los pasos de la literatura, los que hice por el simple hecho de viajar, y los que aún no he hecho. Son viajes que han moldeado mi vida y la han vuelto errante. A veces se convierten en autoexilios, formas de encontrarme a mí misma. En cada viaje encuentro nuevos signos para interpretar la extraña forma de ser de los latinoamericanos. El viaje a Chile fue un descubrimiento de la memoria.

    Mi memoria vuelve a Londres 38, imagino la puerta, la noche, el horror. Cierro mis ojos tratando de recordar los gatos de la calle París que acaricié en los pasillos del hotel. Son testigos silenciosos que maúllan recordando a los desaparecidos. La próxima vez que vuelva a Santiago treparé con ellos las paredes hasta llegar al centro mismo de ese memorial. Abriré las ventanas para liberar a las aves prisioneras que andan por ahí, estoy segura que los gatos las dejarán huir porque ellos también extrañaron la libertad por mucho tiempo. Yo las veré volar en el cielo, perdiéndose entre las nubes. ⌈⊂⌋

  • “El imperio perdido”: nueva incursión desde el presente

    “El imperio perdido”: nueva incursión desde el presente

    Héctor Orestes Aguilar

    La nueva edición de El imperio perdido, el mejor y más leído de los libros del escritor y diplomático mexicano José María Pérez Gay (1943-2013), es uno de los grandes acontecimientos para la cultura mexicana en 2023. Publicado en la Serie Popular del Fondo de Cultura Económica en el décimo aniversario luctuoso de su autor, su reaparición en librerías no sólo era necesaria como homenaje a una muy destacada trayectoria, o como rescate de una obra crucial para las letras y el pensamiento de nuestro país, sino que se antojaba contar con este libro en un momento en que vuelve a cobrar muy singular pertinencia para las nuevas generaciones de lectoras y lectores en español.

    José María Pérez Gay, quien en el Servicio Exterior Mexicano sirvió como agregado cultural en nuestras Embajadas en Bonn y en París, llegando a ser Embajador ante Portugal entre 2001 y 2003, vivió prácticamente quince años en Alemania, a partir de 1964, cuando llegó –gracias al apoyo de la Fundación Alexander von Humboldt— a estudiar el doctorado directo en la Universidad Libre de Berlín (FU, por sus siglas en alemán). No obstante que aquel programa para becarios latinoamericanos desapareció poco después, Pérez Gay pudo integrarse a un plan de estudios que implicaba el aprendizaje del alemán, pasando ocho meses en tres diferentes Institutos Goethe para luego estudiar filosofía y sociología durante cinco años.

    José María, quien ignoraba todo acerca de Alemania en aquella época, se vio obligado a dar un salto descomunal en su vida para integrarse a un medio académico del cual carecía de referencias por completo. Para empezar, era el único mexicano en la FU.

    Su exclusivo interlocutor connacional de aquellos días era Enrique Semo, quien estudiaba en la Universidad Humboldt de Berlín Oriental, y con quien se encontraba, durante los duros meses de la revuelta estudiantil mexicana de 1968, en un café cercano a la estación Friedrichstrasse del metro berlinés.

    Durante sus estudios, fue muy complejo para Pérez Gay internarse en las densidades de la lengua y el pensamiento alemanes, pero su prodigiosa memoria y su implacable voluntad lo llevaron a familiarizarse muy rápidamente con su cultura de acogida. Uno de sus profesores de aquellos años, a quien conocí a principio de los años 90 bajo el nombre de Dieter Tost, relataba que, durante las cursos avanzados de lengua y redacción, cuando le tocaba intervenir en el momento de ser interrogado, Pérez Gay, en vez de responder directamente o al menos rodear la pregunta, se soltaba recitando larguísimos poemas de grandes clásicos alemanes como Heinrich Heine,  con una dicción, un ritmo y una prosodia asombrosamente perfectas, incluso para un germanoparlante: pasmaba a todos los presentes. [Esa anécdota, viniendo de alguien como Dieter Tost, aka Dieter Mayer, enlace de la CIA con las agrupaciones estudiantiles de derecha en la FU, según averigüé después, tiene un grado de verosimilitud altamente probable.]

    El imperio perdido apareció por primera ocasión en 1991, en las ediciones Cal y Arena, pero su plan original surgió durante el curso “Literatura y sociedad en Austria (1880-1938)” que el ya para entonces Dr. Pérez Gay sostuvo entre 1982 y 1983 en la división de estudios de posgrado de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. En muy poco tiempo agotó su edición príncipe y se reimprimió más de una docena de veces. Provocó una recepción crítica pocas veces vista en aquellos años, sobre todo para una reunión de biografías escritas con gran aliento narrativo y profundo sentido ensayístico. Al presentarnos muy vívidamente las semblanzas intelectuales de Hermann Broch, Robert Musil, Karl Kraus, Joseph Roth y Elias Canetti, Pérez Gay compuso el mosaico fascinante y conmovedor de toda una época, marcada por el trágico fin del imperio austrohúngaro, la hecatombe de la Gran Guerra y el surgimiento y entronización posterior del nacionalsocialismo en Europa central.

    Las pulsiones que llevaron a Pérez Gay a emprender una empresa tan demandante como la que se impuso fueron de muy diverso orden. En principio, sus lecturas de Walter Benjamin fueron acercándolo al entorno vienés, en especial a Kraus y a Roth. Ya para principios de los años 80, nuestro erudito mexicano se había convertido en un muy agudo y experto traductor de ambos. Del primero, vertió al español docenas de aforismos que hacía publicar, aún viviendo en Alemania, en el suplemento La cultura en México, de la revista Siempre! Del segundo, Cal y Arena publicó su versión de la gran novela Job, a la que José María añadió un prólogo magistral.

    Además de convertirse en experto traductor de los vieneses, el Dr. Pérez Gay fue adentrándose en el complejo tejido histórico de las escuelas austriacas que marcaron definitivamente un cambio de época. La conversación y el consejo del Embajador veracruzano Manuel Cabrera Maciá (1913-1997), filósofo especializado en fenomenología y metafísica, fue crucial para ello. Recordaba Pérez Gay: “Cabrera Maciá fue siempre un diplomático ejemplar, dueño de una elegancia muy mexicana y de una persuasiva capacidad de negociación […] no olvido ni puedo olvidar su curso sobre José María Luis Mora y Lucas Alamán en la Universidad de Heidelberg, ni el seminario sobre la historia del arte mexicano en el Instituto de Investigaciones Estéticas de Hamburgo, ni su conferencia ante los juristas de Marburgo sobre el juicio de amparo y el derecho de asilo en México; su voluntad de demostrar a los austriacos y los alemanes que los mexicanos no éramos una turba ciega hundida sin remedio en el mal y la miseria, ni un conjunto de subhombres sin lugar en la historia triunfal de Occidente […] Debo a Manuel Cabrera, entre otras muchas cosas, la pasión por la Viena del 1900, la intuición de que Viena era nuestro futuro anterior, porque casi toda la cultura de nuestro siglo estaba presente en la capital del Danubio.”

    Cabe concluir que esta reedición de El Imperio perdido honra así, indirectamente, a ese otro gran diplomático y eminente pensador mexicano que fue Don Manuel Cabrera Maciá, a quien se le debe un justo reconocimiento desde la diplomacia cultural mexicana. ⌈⊂⌋

    ***

    José María Pérez Gay, El imperio perdido, México, Fondo de Cultura Económica, Serie Popular, 2023, 439 páginas con ilustraciones.

  • J.M. Pérez Gay: un homenaje al intelectual y diplomático

    J.M. Pérez Gay: un homenaje al intelectual y diplomático

    Zirahuén Villamar

    “— Nada es más importante que regresar a Alemania.
    No debes perder el paso, acuérdate:
    la imaginación es memoria arrebatada;
     la amnesia un sordo huracán de sombras”
    J.M. Pérez Gay, Tu nombre en el silencio

    El 14 de julio de 2023, a 10 años y 2 meses del fallecimiento de José María Pérez Gay, la embajada de México en Alemania y la Universidad Libre de Berlín le brindaron un homenaje al hombre cuya polifacética obra (diplomático, traductor, intelectual, promotor cultural), unió a México y Alemania. Para varias de las personas participantes, regresar a Alemania –presencial o virtualmente– fue un ejercicio de memoria sobre una persona y su obra que se proyectan, personal o profesionalmente, hacia el presente y el futuro de la comprensión de nuestros dos países. Al analizar sus obras sobre Alemania, podemos aprender de ese país, del nuestro, y del autor través de sus personajes.

    El puente intelectual que él construyó entre ambos países ha dejado una honda huella entre sus colegas, sus pupilos y sus lectores. A una década de su partida, es importante y justo recordar el legado cultural, diplomático y político de Pérez Gay.

    El homenaje

    “Menos aún deseaba regresar a la Universidad Libre de Berlín
     –el sitio donde estudió seis años–,
    porque en su campus se congregaban todos los fantasmas.”
    J.M. Pérez Gay, Tu nombre en el silencio

    Recordar a Pérez Gay en su Alma Mater fue un hecho casi natural. La memoria novelada de sus años de candidato doctoral en la Universidad Libre de Berlín, Tu nombre en el silencio, tiene como continuum la Universidad misma. Esa institución fundada en 1948 en el sector estadounidense de la ciudad, lo acogió en 1964 hasta su defensa doctoral en 1972. Si bien el Instituto de Estudios Latinoamericanos (LAI), que fungió como co-organizador del homenaje, se fundó hasta 1970 merced del movimiento político y transformación social del 68 alemán, la impronta de Pérez Gay como especialista y como amigo es más notoria en el claustro latinoamericanista de la Libre de Berlín.

    Precisamente en esa novela, el personaje Ernesto Cardona –el alter ego de Pérez Gay– alude a su relación con ese mundo de especialistas que lo invitan a Berlín a participar en una conferencia sobre la “década perdida” latinoamericana en marzo de 1990. De ella asegura –con potente actualidad–: “Estos coloquios solo confirman el eterno diálogo de sordos entre europeos y latinoamericanos”. En 2023 el diálogo sobre temas políticos coyunturales entre académicos de México y Alemania parece a veces un callejón sin salida; los supuestos de la teoría de acción comunicativa de Jürgen Habermas –amigo de Pérez Gay y que describe en La profecía de la memoria. Ensayos alemanes como “el proyecto de sistematización más impresionante dentro de la filosofía y las ciencias sociales de nuestro tiempo”–, brillan por su ausencia. No obstante, académicos de Alemania sí coinciden con los de México cuando entablan un rico diálogo sobre el recuerdo del mes de junio de 2004, cuando la Universidad Libre entregó a Carlos Fuentes el Doctorado Honoris Causa, acto en que Pérez Gay pronunció la laudatoria.

    Ese mismo espíritu –o el fantasma de Chema– (di)rigió la velada del 14 de julio de 2023. El programa preparado por la Embajada y el LAI estructuró recursos intelectuales que, por un lado, cumplieran con el rigor universitario y, por el otro, permitirán la calidez del cariñoso recuerdo. Así, se contó con la ponencia dictada por la investigadora argentina Clara Ruvituso, centrada en contextualizar el momento en que Pérez Gay hizo su doctorado, la intelectualidad latinoamericana y la recepción de la filosofía alemana decimonónica, de entresiglos y de las dos posguerras. Ruvituso, quien labora en el Instituto Iberoamericano de Berlín –que custodia el principal acervo bibliográfico europeo sobre Iberoamérica, después de España– destacó el papel de los emprendedores intelectuales de América Latina que estudiaron, tradujeron y publicaron del otro lado del Atlántico la nueva y crítica producción alemana. En ese ámbito se encuentra la figura de Bolívar Echeverría, quien también estudió en la Universidad Libre de Berlín, si bien antes que Pérez Gay. Un relato de esa experiencia y de la relación de los jóvenes latinoamericanos en Berlín occidental fue la contribución de la maestra, y embajadora de México en Ecuador, Raquel Serur. La embajadora Serur destacó que la relación de los jóvenes Bolívar y José María, junto con otros contemporáneos, tuvo un importante y duradero impacto en el desarrollo del pensamiento filosófico en América Latina. Esa misma constelación latinoamericana en el Berlín Occidental de los años sesenta la plasma Pérez Gay en Tu nombre en el silencio: ahí están Carmona (su alter ego, mexicano), Nuno Abranches (brasileño) y Alonso Velez (colombiano).

    La doctora Marianne Braig, catedrática de Ciencia Política del LAI, presentó una ponencia sobre el Berlín y la Universidad Libre de Pérez Gay/Ernesto Carmona. En efecto, como Pérez Gay escribió primero en “Nueva crónica berlinesa” (Nexos, abril de 1990), y repitió exactamente una década después en Tu nombre en el silencio: “A finales de los años sesenta Berlín Occidental fue el escaparate del poderío de la República Federal de Alemania […] en los años sesenta uno encontraba todavía en ruinas y edificios llenos de cicatrices de balas”. Esa ciudad fue el imán también de muchas y muchos jóvenes alemanes de la República Federal que generaron un movimiento político que Pérez Gay describió en español como ningún otro, gracias en parte a su cercana relación con líderes del movimiento universitario, destacadamente Rudi Dutschke y Klaus Meschkat. El primero, fallecido en 1979 como resultado de daños causados por un intento de asesinato en 1968; el segundo, quien no pudo asistir al homenaje aunque estaba prevista su ponencia. Para las y los jóvenes estudiantes de hoy, la reconstrucción de la política y la ciudad de hace medio siglo, además de la vida estudiantil, resultan difíciles de imaginar en la actualidad. Como afirmó la profesora Braig –quien en diciembre dictará su última cátedra ante numerosas generaciones de estudiantes antes de su jubilación– las minifaldas que las mujeres de su generación vistieron tuvieron un impacto emancipador duradero, posiblemente más que las manifestaciones en el Aula Máxima de la Universidad, en el edificio Henry Ford. Esas jóvenes las describió Pérez Gay enunció como “las muchachas de minifalda con afán de mariposas”.

    Pero el homenaje en Berlín a diez años de la muerte de Pérez Gay no fue solo berlinés. Desde México Pavel Granados, director del canal 22 fundado por José María Pérez Gay, recordó su faceta como gestor cultural y puntal de una institución cultural pública con inspiración en aquellas como el canal franco-alemán ARTE. Granados también hizo énfasis en el Pérez Gay que en los últimos años de su vida entabló amistad con el hoy presidente López Obrador –cercanía al grado que en 2012 Andrés Manuel López Obrador declaró haber votado por Pérez Gay para presidente. Con materiales audiovisuales del canal 22, fue posible hacer presente la voz y la apariencia de Pérez Gay en la villa de la calle Boltzmann, en el barrio universitario de Dahlem. Otra participación no berlinesa en el homenaje fue la del director del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, anunciando el lanzamiento de una segunda edición del libro El imperio perdido, ensayos sobre los intelectuales del imperio austrohúngaro de entresiglos. En este libro, Pérez Gay proyecta sus inquietudes coincidentes con las de Winfried Georg Maximilian Sebald, a quien estudia en La profecía de la memoria: la importancia y particularidad de un universo intelectual desaparecido con la primera guerra mundial. Un universo cuyos astros se consumieron antes de la Gran Guerra o, como en designó Pérez Gay en 1990, “la Gran Guerra de los Treinta Años (1914-1945)”, conocedor de la indeleble huella de aquel conflicto de 1618-1648 surgido de la reformación iniciada por Lutero en 1517, acercado al siglo XX por Bertolt Brecht con su “Madre Coraje y sus hijos” en el teatro Berliner Ensemble, que Pérez Gay pudo ver en sus visitas a Berlín Oriental.

    Desde Buenos Aires, Héctor Orestes Aguilar, agregado cultural de México en Argentina y comprometido germanista –como lo demuestran D.H. Gruhn y J. Hahn en “Publikationen der mexikanischen Germanistik im Wandel (1954–2018): Literatur, Linguistik, Übersetzung, Landesstudien und Alterität” (2021)– abordó el trabajo de su amigo y mentor José María Pérez Gay como traductor, investigador y divulgador de la creación intelectual alemana del siglo XX: Pepe el germanista más extraordinario –por no haber tenido origen alemán ni haber estudiado en el Colegio Alemán. Aguilar ahondó, como editor de la segunda y conmemorativa edición de El imperio perdido, en la importancia de los textos de Pérez Gay para la comprensión en América Latina de autores y el pensamiento austriaco y alemán.

    La última participación del homenaje tocó a Lilia Rossbach, ahora embajadora de México en Argentina. Su mensaje, emocionado y sensible, desde el corazón, fue el de la compañera de más de tres décadas que rescató elementos de las ponencias precedentes, acentuando que el Berlín Occidental de los años doctorales de Pérez Gay fue una isla geopolítica, pero un universo personal escenario de su amistad con Bolívar Echeverría; fue el espacio donde leyó, atendió clases y discutió con los autores representantes de la Escuela de Frankfurt. Rossbach compartió que ese mundo que él le contó a ella durante décadas y que le mostró cuando viajaban a Berlín, fue aún más detallado en Tu nombre en el silencio, obra en la que rinde homenaje a sus amigos y amores de aquellos años sesenta y setenta. Como su pareja, Rossbach narró también la historia de las cenizas de Pérez Gay, que en parte reposan en los jardines que conducen al Aula Magna de la Universidad Libre de Berlín donde él había atestiguado las protestas del 68, y donde en 2004 había leído la laudatoria a Carlos Fuentes. Al término del homenaje, la profesora Braig guio a un grupo de asistentes portando flores a visitar ese lugar donde se esparcieron las cenizas de Pérez Gay. Si el Cardona de Tu nombre en el silencio no quería regresar a Universidad Libre de Berlín por los fantasmas, Pérez Gay descansa en ella y su espíritu acompaña a una nueva generación de estudiantes mexicanos que ahora saben más de su vida y su trabajo.

    El diplomático en su literatura

    “— ¿Cuándo regresaste a México?
    — En realidad nunca salí de México.
    — No exageres. […]
    — Cuando ingresé al servicio exterior,
    me di cuenta de que jamás había abandonado México,
    de que llevaba al país conmigo como un antiguo vicio,
    un eterno remordimiento, no importa en dónde estuviera.”
    J.M. Pérez Gay, Tu nombre en el silencio

    México tiene una tradición de diplomáticos escritores. Y Pérez Gay contribuye destacadamente con dos novelas donde el personaje principal se desempeña como diplomático mexicano acreditado en Alemania: Julián Arvide en La difícil costumbre de estar lejos (1984) y Ernesto Cardona, en Tu nombre en el silencio (2000). Ambos personajes comparten la característica de no pertenecer al servicio de carrera, y con casi medio siglo de distancia, están adscritos a distintas ciudades que reflejan también la historia alemana del siglo XX: Julián en Berlín, Ernesto en Colonia/Bonn. Los dos personajes revelan aspectos del autor, su vida personal (Julián vivió 12 en Alemania, Ernesto 15 –como Pérez Gay–) y amorosa (se enamoran de mujeres que estudian medicina: Julián de Bertha, Ernesto de Erika), y sobre todo su erudición.

    La labor de Pérez Gay como diplomático a cargo de temas culturales en la República Federal de Alemania, en Francia y Austria ha sido poco estudiada más allá de los propios reflejos que él destacó en sus obras. Descubrir su tarea como diplomático cultural es una tarea pendiente para quienes estudian historia diplomática, a fin de distinguir la ficción de sus novelas y la realidad de sus actividades como funcionario. En La difícil costumbre de estar lejos, sabemos que Julián se dedica a redactar informes políticos con incremental desánimo; su crítica a la política mexicana postrevolucionaria y sus observaciones del ascenso del nacionalsocialismo alemán se pueden comparar con las de la actualidad, basta abrir internet y revisar las redes sociales en ambos países. En Tu nombre en el silencio, Ernesto describe algunas de sus tareas en tanto diplomático durante la República de Bonn, como tener que gestionar en 1974 una visita improvisada del presidente Luis Echeverría a la catedral de Colonia –en la madrugada; o cómo la política nacional juega un papel fundamental en la nómina de las embajadas.

    Parafraseando a su amigo Rüdiger Zafranski, en 1990 Pérez Gay decía: “no tiene sentido […] buscar el pasado por estas calles”, aunque el conocimiento de la geografía berlinesa de los años treinta y sesenta se muestra exhaustivo en esas dos novelas. En 2023, seguir los pasos de Pérez Gay en Berlín llevan a descubrir lo muy poco que queda de la ciudad que él vivió. Queda la duda de qué es lo que queda de su trabajo como funcionario diplomático. Esa agenda de investigación de hoy y mañana, implica sumergirse en el Acervo Histórico Diplomático mexicano. El homenaje por el décimo aniversario luctuoso de Pérez Gay es ocasión propicia para rescatar su figura diplomática.

    La tumba del intelectual Herbert Marcuse, a quien Pérez Gay conoció y lo consideró –junto a Habermas– uno de los intelectuales más influyentes en la transformación generacional alemana de 1968, tiene como epitafio “Weitermachen” (seguir haciendo, continuar). Esa es la tarea de nuestra generación de mexicanos interesados en Alemania. ⌈⊂⌋