Blog

  • Invidencias creativas

    Invidencias creativas

    ¿No somos moradores de una entelequia patria que bien podría insertarse en la metáfora de sociedad que describió José Saramago en su sobrecogedor Ensayo sobre la ceguera? Recordemos que a través de la brutal alegoría de la convivencia que plasmó Saramago, se nos invita a aceptar la responsabilidad que implica vivir con los ojos abiertos en un mundo en el que se sobrevive haciéndose de la vista gorda ante las atrocidades y aberraciones que lo pueblan; y lo mismo podríamos decir con respecto a vivir con los oídos abiertos dentro de una urdimbre social tejida por sordos que sí oyen. Cómo negar que cada vez se nos vuelve más difícil conservar la salud auditiva, que es también salud mental, frente a la violencia acústica que se enseñorea en el entorno. Ya no basta con suspender vigilias ni enloquecer vacíos, la carroña acústica asfixia al aire y destempla el hábitat dejando inermes a quienes intentamos protestar. Pero no es momento de incidir en la angustia colectiva, sino de propiciar algún destello de esperanza. Imágenes de muerte inauguran alboradas y alaridos clausuran ocasos. ¿No debemos elevar entonces el espíritu hacia regiones donde la luz comulga con el sonido? ¿Por qué no rememorar a esos seres que doblegan sus impedimentos aferrándose a la pasión por su quehacer cotidiano? ¿No han existido músicos ciegos como el compatriota Meza León que sí consiguieron trasmutar sus penumbras exteriores en armoniosas celebraciones de vida? ¿Por qué no prestarles oído a sus afanes para convertir nuestras propias tinieblas en talismanes contra el desasosiego?…

    En un carruaje pintado con miles de ojos, el charlatán Taylor abandona el reino de Sajonia por órdenes del Rey, quien atestigua sus felonías. Interrumpe su previsto peregrinaje para regresar a su patria donde no duda encontrar más incautos. Incidentalmente, otro músico sajón avecindado en Londres atraviesa por una acelerada pérdida de visión. Se fija la fecha de la onerosa cirugía poco después del estreno de su oratorio Sansón para el que toca a tientas el clave. Muchos se conmueven con el aria Total eclipse, no sun, no moon, all dark que entona el héroe bíblico después de que le arrancan los ojos, pues caen en la cuenta de la dolorosa proyección que se opera en escena. Para el músico no puede haber mayor desgracia que quedarse ciego y se resiste a oír las voces de alarma con respecto a los embustes del médico. Taylor se yergue victorioso cobrando por su falta de escrúpulos y Gëorg Friedrich Händel sobrevive el resto de su existencia en el eclipse total preanunciado en su oratorio.

    Sobre sus alas ha compuesto piezas para piano, canciones, obras de cámara e himnos, aunque debió de valerse, durante un largo periodo, de amanuenses para la escritura de sus pensamientos musicales. Nadie inventó para él una tabla para componer y tardaría mucho en aprender por sí mismo cómo plasmar sus melodías en el sistema Braile (de hecho, es él quien logra importar a México la primera imprenta Braile y quien edita, durante más de tres décadas Desde las sombras, la primera revista para ciegos ‒y también videntes‒ del país). Es parte de una realidad nacional a la que conjura con el alma enhiesta. En su composición más reciente, un Adagio religioso,[1] intenta hacer las paces con un Dios ausente o, por lo menos, distraído. ¿Cómo pudo permitir que su madre confundiera los frascos de desinfectante oftálmico y de yodo para aplicarle con toda la inconsecuencia de su amor materno las gotas que habrían de condenarlo a la ceguera perpetua?…  


    [1] Se invita a la audición del mismo en la interpretación del Alauda Ensemble que dirige desde el violín el autor de este texto (URTEXT DIGITAL CLASSICS, 2001)

     

  • ¿Negar un Abrazo?

    ¿Negar un Abrazo?

    En la tarima estaban sentadas Claudia López, alcaldesa de Bogotá, Carmenza, víctima del secuestro y asesinato de su esposo Guillermo por la guerrilla de las FARC-EP en el año 2008, y Sandra   Ramírez, excombatiente de la misma guerrilla y hoy senadora de la República, en virtud del Acuerdo Final de Paz firmado en el año 2017. Todas con su mascarilla y guardando el debido distanciamiento que exigió la pandemia de coronavirus.

    Después de la presentación de uno de los programas desarrollados por el gobierno para garantizar proyectos productivos a los excombatientes que entregaron sus armas, Sandra se levantó de su silla y le pidió un abrazo a Carmenza, como muestra de perdón por el dolor que la guerrilla le causó. Carmenza, sin levantarse, dijo que no era fácil y que su perdón dependía de la verdad sobre qué le pasó a su esposo, “una verdad justa, una verdad honesta con la que nos podamos sentir un poco en paz”.

    Los inquietos ojos de Sandra no sabían para dónde mirar y a los televidentes nos quedó una pregunta: ¿las víctimas están obligadas a perdonar?

    La historia de la violencia resuena cuando se camina por Colombia y, complejo como el territorio de este país, es el efecto de ese largo episodio en las víctimas, quienes participaron activamente en la estructuración del Acuerdo Final y que son ahora la pieza fundamental para engranar la verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición pactada.

    De ahí la importancia de los espacios para que las víctimas y los responsables de los delitos cometidos en el marco del conflicto puedan ser escuchados, pues son esos relatos los que explican las impresionantes cifras de desplazamientos internos, el altísimo número de personas desaparecidas, los eventos en que el mismo Estado fue el perpetrador de los crímenes y la construcción de un entorno apto para la resocialización que evite un nuevo conflicto en el país. Con todo y ello, quienes no somos parte de esos procesos de reconstrucción de la verdad, ¿podríamos pedirle a Carmenza que abrace a Sandra?

    En el año 2005 desapareció la hija de Pastora y años después su hijo menor fue asesinado. Un día, después de visitar la tumba de su hijo, se encontró con un joven herido gravemente después de pisar una mina antipersonal. Junto a su hija lo llevaron a la casa y pidieron atención médica de una vecina enfermera, quien logró darle la atención inicial de emergencias. El herido le preguntó quién era el muchachito de las fotos y Pastora le contestó que era su hijo. En shock, él confesó que había participado en ese homicidio. Pastora tuvo tiempo para pensar que nada le retornaría la vida a su hijo y solo le prestó el celular y le pidió que llamara a su mamá a avisarle que estaba bien. Años después, a Pastora le entregaron los restos de su hija, la verdad le llegó en un cajón. ¿Debería también abrazar a Sandra?

    Son esas víctimas las que quieren enterrar a sus muertos, las que esperan la llamada de la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas para que les cuente dónde están sus hijos, las que necesitan que el Estado admita la ocurrencia de los llamados falsos positivos[1] y puedan librar la memoria de sus hermanos, los que exigen la restitución de tierras para que sus padres puedan retornar al campo, y son también las nuevas víctimas: las familias de excombatientes que le apostaron a la paz y hoy están siendo asesinados sistemáticamente.

    Claro, hay un proceso de justicia transicional, indemnizaciones monetarias de por medio y diferentes modalidades de reparación, incluyendo monumentos que preserven la memoria de lo sucedido y disculpas públicas ofrecidas por agentes del Estado. Sin embargo, la desolación por la degradación a que fueron sometidas tantas personas, a quienes la dignidad humana les fue arrebatada de manera injusta, tiene su propio peso y ahora resulta sometida a un proceso de reconciliación.

    Esas víctimas, para quienes la reparación económica o las excusas públicas resultan irrelevantes y que solo persiguen la verdad, caminan altivas y con un andar firme ignoran esas porcelanas llamadas perdón y el olvido.


    [1] Con esta expresión se hace referencia a los homicidios de civiles ilegítimamente presentados como bajas en combate por parte del Ejército Nacional de Colombia, que al año 2021 sumaban 6.402 víctimas. Según el Informe Final Hay futuro si hay Verdad – Hallazgos y Conclusiones de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, “[l]os miles de casos de ejecuciones extrajudiciales conocidas como «falsos positivos» solo se empezaron a ver en 2008, cuando las madres de Soacha hicieron públicas las denuncias de que sus hijos habían sido reclutados por miembros del Ejército o engañados con una promesa de trabajo, y aparecieron luego como supuestos guerrilleros muertos en combate. Mientras tanto, las denuncias de los crímenes de Estado no fueron reconocidas, a pesar de los enormes esfuerzos de las víctimas y organizaciones de derechos humanos por hacerlas. Solo algunos casos, tras un tremendo esfuerzo y lucha de las víctimas, pudieron avanzar en la investigación judicial y mostraron esas verdades ocultas o distorsionadas.”

  • Zapata y la Revolución portuguesa

    Zapata y la Revolución portuguesa

    Leí el duro testimonio de Herminia Vicente en el diario Público hace unos meses. Mucho antes de la Revolución de abril, a los 11 años, ya había dejado la escuela y trabajaba el día entero en el campo ganando una miseria. Su familia toda trabajaba bajo terribles condiciones, en una herdade por Alcácer do Sal, bajo la lluvia invernal y el sol ardiente de verano. Se casó a los 15 años para escapar de esa implacable situación, y “fue peor”. Rebelarse no era una opción para nadie.

    Inevitable recordar la situación de los peones antes de la Revolución Mexicana. Ganaban tan poco que solo acumulaban deudas en las tiendas de raya de las haciendas, sin posibilidad de huir. El liberalismo extremo durante el largo gobierno de Porfirio Díaz permitió la ocupación de tierras baldías y comunales, además de apropiaciones ilegales de propiedades individuales. Los latifundios prosperaron, como en ciertas regiones de Portugal, pero a escala gigantesca. En esa era 830 latifundistas poseían el 97% de la superficie rural. El propietario más rico, Luis Terrazas, gobernador de Chihuahua, poseía tierras de una extensión acumulada inimaginable, de 2 millones de hectáreas, o 20 mil kilómetros cuadrados. Esto es equivalente a la quinta parte del territorio portugués.

    Herminia Vicente despertó políticamente después del 25 de abril de 1974. “A terra a quem a trabalha”, fue el mantra que el Partido Comunista Portugués (PCP por sus siglas) difundió en el Alentejo y más allá. En el verano de 1975 la Señora Vicente llegó a ocupar una propiedad con otras mujeres para convertirla en una cooperativa. “La tierra es de quien la trabaja”, es una frase ampliamente atribuida al líder revolucionario del sur de México Emiliano Zapata, aunque su origen remonta más lejos en el tiempo. El escudo de armas actual del estado de Morelos, de donde era originario, contiene dos lemas: “Tierra y libertad” (lema de algunos utopistas rusos del siglo 19 adoptado por Zapata), y “La tierra volverá a quienes la trabajan con sus manos“.

    Inevitable comparar la revolución portuguesa con la mexicana, aunque los separe un abismo: seis décadas, ideologías y estructuras políticas y sociales profundamente diferentes. La de México fue larga y cruenta, con diferentes fases e incontables muertes, entre ellas las de sus principales caudillos. En Portugal, qué contraste de civilidad. El embajador de México de aquel entonces, Luis Gutiérrez Oropeza, quien además era militar, reporta a la Secretaría de Relaciones Exteriores el 26 de abril de 1974: “Esta revolución se sintió demasiado perfecta”. No acredita que los capitanes rebeldes despidieran la víspera al presidente de la República, Marcelo Caetano, en el aeropuerto, con un “Su Excelencia…”. Sin embargo, al estudiar la Revolución de los Claveles encontramos algunas similitudes interesantes con la mexicana. Ambas comenzaron como un movimiento político para derrocar a un dictador longevo, o lo que quedaba de una dictadura longeva. Ambos regímenes se derrumbaron con rapidez (ninguno tan rápido como el portugués: ¡menos de 24 horas!) y las libertades políticas fueron rápidamente restituidas. Pero el sueño revolucionario no podía terminar ahí: se habían acumulado en ambos países demasiadas miserias e injusticias que obligaron a segmentos de la sociedad a seguir la lucha de otra manera. El rojo del clavel de abril prefiguraba una posible revolución social. En París, los trabajadores solían desfilar cada 1 de mayo con ese clavel en la camisa, y el rojo simbolizó muchas de las revoluciones del siglo pasado.

    Entre los primeros documentos enviados por la embajada mexicana se encuentra una nota de prensa informando sobre el destrozo de las vitrinas de varias instituciones bancarias en Lisboa, al parecer por armas de fuego, al día siguiente de la liberación. Los bancos se habían convertido en objeto de odio por encarnar la acumulación indebida de riqueza. Otra nota enviada por la embajada mexicana el 29 de abril señalaba que mil vecinos del barrio de Boavista, que vivían en vecindades, ocuparon casas y departamentos vacíos de la zona. Esta fue la justificación de uno de los ocupantes: “Escuchamos en la televisión que ahora había libertad. Nadie vivía en esas casas. No perjudicamos a nadie”.

    En una revolución ocurren movimientos sociales espontáneos (sin duda la ocupación de casas vacías fue una oportunidad), otros son encuadrados por partidos e ideologías políticas. El líder socialista Mario Soares declaraba a su regreso a Portugal, como parafraseando a Zapata, a finales del mismo mes de abril: “Es necesario que la riqueza sea de quien realmente la trabaja y no de parásitos ni de banqueros”. A su vez, el líder comunista Alvaro Cunhal pregonaba en el campo: “Llegará el día en que la reforma agraria entregará la tierra de los grandes latifundios a aquellos que la trabajan”.

    En México Emiliano Zapata enarboló la bandera agraria, exigiendo la restitución de las tierras a los pequeños propietarios, y la reconstitución de la propiedad comunal. Era un hombre de campo diestro como pocos con el caballo; incluso por diversión llegó a torear a la portuguesa, es decir como rejoneador. Leyó al Príncipe Kropotkin y recibió la influencia del movimiento anarquista internacional. A diferencia de Portugal, sin embargo, la posesión comunal existía en el mundo indígena antes de la llegada de los españoles y estos la habían medianamente respetado. La utopía de Zapata era volver al pasado. Figura trágica, como escribió el historiador Enrique Krauze, “Zapata no quiere llegar a ningún lado: quiere permanecer”. Fue asesinado en 1919. Sin embargo, su legado quedó: la constitución de 1917 incluía el reparto de tierras a quienes no tenían.

    Se ha dicho de las dos revoluciones que fueron inacabadas, que las aspiraciones sociales quedaron incumplidas. Hubo reforma agraria en los dos países, pero fueron la introducción de maquinaria y producción moderna en el campo, al igual que la emigración a las ciudades, los factores que verdaderamente cambiaron las condiciones de vida de los campesinos en los dos países.

    La historia está llena de ironías. Habitantes de Boavista (otra vez ellos) ocuparon la Quinta São João, propiedad del famoso cardiólogo Manuel Eugenio Machado Macedo, el 12 de abril de 1975. En un comunicado, estos adeptos del “poder popular” y “enemigos del capitalismo” -como se subraya en la biografía del médico-, deciden crear un “Centro Médico – Social puesto al servicio de la población del barrio de Boavista”. Gracias a sus contactos privilegiados, el Dr. Machado Macedo consigue que el ejército desaloje el día siguiente a los ilegítimos ocupantes de la Quinta, y decide venderla de inmediato para no tener más problemas con sus incómodos vecinos. En esa época incierta, solo un gobierno extranjero podía comprar una propiedad de esas dimensiones, protegido por la inmunidad diplomática. El gobierno de México fue el afortunado que la adquirió, y hoy, en la Estrada de Monsanto, es tanto la embajada como la residencia del embajador. Zapata rondó por Portugal.


    Versión modificada del artículo publicado en el diario Público el 2 de mayo de 2024.

  • Uno de la Peste

    Uno de la Peste

    Díaz Grey cerró los ojos un momento y sostuvo la frente con la mano, apoyado en el escritorio. Los abrió luego y volvió a leer la frase del historiador que había transcrito en su propia libreta.

    A poco levantó la vista y miró a la pared frente a él: el reloj marcaba la una de la mañana con trece minutos. La noche había enmudecido y la vastedad del mundo parecía lejana. Se frotó los ojos con los nudillos, respiró profundamente y cerró su escritorio. Introdujo algunas cosas en su maletín y antes de abandonar el consultorio, apagó la luz.

    Los elevadores estaban vacíos y en la Clínica reinaba el silencio. El rugido de algunos motores en la Avenida Insurgentes llegaba a la Clínica atenuado, sin fuerza.

    En el vestíbulo, en la planta baja, privaba un sigilo cómplice. Varias personas dormitaban en los sillones anónimos e incómodos dispersos en aquel lugar. Una rápida inspección ocular le confirmó que no se hallaba nadie allí sin cubrebocas. A fin de cuentas, repetía Díaz Grey a los estudiantes que laboraban con él, la batalla es contra la peste. Ése es su nombre y al darle otro lo que hacemos, simplemente, es no entrar en la sustancia, evadir el fondo.

    Grupitos más o menos ruidosos fumaban y conversaban en la terraza, en tanto que dos camilleros parecían ansiosos mientras aguardaban el elevador. El personal de limpieza se afanaba puliendo el piso.

    -Buenas noches, doctor-, lo saludó el guardia apostado en la entrada.

    Díaz Grey respiró profundamente el aire leve de la madrugada. En el cielo abundaba la claridad que osaban entorpecer un par de nubecillas grises y remolonas.

    Ingresó en la avenida Insurgentes Sur y se mantuvo en ella un largo tramo, escuchando el noticiero de la radio. Enfiló en la salida a San Jerónimo y a pocos minutos entró a su casa.

    Las noches y los días eran monótonos y reticentes. Se cuidó de no hacer ruido, su esposa y sus hijas dormían profundamente.

    Díaz Grey cogió una manzana de la fuente de mimbre en la cocina y mientras la masticaba se quedó dormido, sentado en la sala. Así daba fin a la rutina cotidiana de un día que se sumaba a varios meses. Meses, además, en que no dormía cinco horas continuas.

    Otra ocasión, cuando amanecía y la movilidad en la calle se aceleraba, Díaz Grey salió de la clínica. En las horas de crisis se vuelve al refugio seguro de una manía o de un vicio. Subió a la terraza de un hotel cercano, bebió café cargado y fumó con fruición un Marlboro. Sentado en una silla de cuerdas de plástico, Díaz Grey contemplaba en silencio esas cosas de toda la vida: la distancia, el cielo, el paisaje, las nubes…

    …..

    Una tarde de septiembre informé a Díaz Grey que su padrino –internado en la pieza contigua al consultorio- no había resistido. Varios días antes Diaz Grey había dispuesto su confinamiento, ante el cuadro clínico que mostraba, abatido por un malestar evidente, fatiga intensa, fiebre alta y dolor agudo de cabeza.

    Tuvo una larga vida: setenta y ocho años. El contagio lo había sorprendido en un vuelo de Alitalia de regreso a México, a pesar de las previsiones y cuidados. La fortaleza de aquel amigo de su padre se derrumbó ante la invasión del virus y el desgaste pulmonar, luego de más de seis décadas de consumir tabaco.

    Díaz Grey se mantuvo reflexivo ante el cadáver de aquel hombre generoso y sonriente al que tanto debía. Personalmente avisó a los familiares, y con un movimiento de la cabeza y una sonrisa entristecida se despidió de nosotros y salió de la Clínica.

    ….

    Con cincuenta y nueve años y gran fortaleza física, el contagio fue repentino e intenso. Díaz Grey se desvaneció en su consultorio, abrumado por la epidemia. Lamas y yo, el equipo entero, nos abocamos a aplicarle el tratamiento. Transcurrieron casi cuarenta y ocho horas antes de que reaccionara.

    Pero tres días más tarde estaba de vuelta con nosotros, habiéndose negado a tomar unos días de reposo. Sólo entonces conté a Lamas el temor que me mantuvo en vilo mientras convalecía Díaz Grey.

    Su esposa y sus dos hijas lo persuadieron y cuando fue dado de alta -para asombro de todos los que lo conocemos- tomó un mes de vacaciones y viajó a San Carlos, Sonora, cuna de sus abuelos maternos, donde revivió días de la niñez jugando cada día en el mar, fundiéndose con la naturaleza y redescubriendo la cocina familiar.

    Se reintegró al trabajo con renovado vigor y entusiasmo, y en los recesos nos refería lo que vio y leyó sobre la epidemia y otros temas durante aquellos días. Creía que las cosas tienden espontáneamente a degenerar de su esencia. La fragilidad humana se exhibe plenamente ante un fenómeno como la peste, repetía.

    Un jueves permaneció hasta tarde en la clínica, observando un caso que le atrajo por ciertas características, retirándose alrededor de la medianoche. Al parecer, afirman, salió un poco ofuscado por el resultado de unos exámenes de esa paciente. Meditó mientras conducía, hasta que una sonrisa inundó su expresión a la altura de San Ángel. Había encontrado la solución. No le alcanzó la vida para aplicarla.

    El teléfono me despertó poco antes de las cuatro de la mañana.

    Abatido y con la voz quebrada, Lamas me contó que un par de adolescentes en motocicleta habían detenido a Díaz Grey cuando se hallaba próximo a su domicilio, para robarle su automóvil. Díaz Grey intentó dialogar con ellos, pero en un movimiento en en falso los malevos lo acribillaron, con siete disparos.

  • De Cuchillos y Palabras en Trance

    De Cuchillos y Palabras en Trance

    1. Un ataque, un libro

    El 12 de agosto de 2022, Salman Rushdie, autor de la malhadada obra “Los versos satánicos”, estaba presto para hablar sobre la importancia de mantener a los escritores a salvo de todo riesgo en el anfiteatro del condado de Chautauqua, NY, cuando fue atacado con un cuchillo por Hadi Matar, ciudadano estadounidense de padres libaneses, quien antes de ser detenido propinó 10 puñaladas al escritor. La secuela de este ruin acto fue perdida del ojo derecho y la inmovilidad parcial en la mano izquierda, además de un período de hospitalización de varias semanas para atender otras lesiones.

    Rushdie, quien recién había terminado “Ciudad Victoria”, una obra en la cual a través de su personaje principal busca la reivindicación de la mujer en el mundo patriarcal de dos reinos de la India del siglo XVIII, decidió narrar el episodio que transformó su vida después de salir del hospital y fue así que dio vida a “Cuchillo. Mediaciones tras un intento de asesinato” (Random House, 2024).

    En éste, el autor narra los pormenores que antecedieron el inefable acontecimiento, así como los detalles del ataque en la tranquila comunidad al norte de Nueva York y los que prosiguieron después del mismo, que forjaron su actual condición de vida. Así, en las dos grandes secciones del libro, El ángel de la vida y El ángel de la muerte, lo mismo destaca la fortuna de haber iniciado una relación, todavía vigente, con la poeta y novelista Rachel Eliza Griffiths (Washington, D.C., 1978), los pormenores de su convalecencia en diversos hospitales, y un ficticio encuentro con su atacante, el cual discurre a través de una entrevista que devela los aparentes motivos de su ataque.

    Pero no se trata solo una crónica o de la memoria de un acontecimiento que detonó un posicionamiento crítico tanto de connotados escritores como de figuras públicas relevantes, incluso mandatarios. Su narración discurre entre lo real y las disertaciones que Rushdie hace tanto de sus obras como de autores o temas universales como la religión o la política. El resultado es una obra que desvanece cualquier ápice de morbo por conocer los detalles del ataque y hace una llamada de atención fundamental: escribir es una actividad de riesgo desde hace varios años y, a pesar del mutis que genera cualquier nuevo ataque contra escritores y/o periodistas, parece ser que esta realidad persistirá a la par de los embates de intolerancia y los criterios extremistas que abonan a su favor.

    2.  Blandir cuchillos

    El ataque a Rushdie no fue el primero y probablemente no sea el último tampoco. Su obra “Versos Satánicos”, motivó que en 1989 el ayatolá Jomeini de Irán emitiera una fatwa con la cual pedía su muerte, iniciando así una saga de ataques. A los embates contra los autores, se sumaron los cometidos contra los traductores y editores de sus obras. En el caso de los “Versos”, su traductor al japonés, Hitoshi Igarashi, fue asesinado a puñaladas, y quien lo hizo al italiano, Ettore Capriolo, resultó gravemente herido en un ataque con cuchillo. Suerte similar afrontaron sus editores en Noruega y Turquía, quienes sufrieron atentados de diversa naturaleza.

    Otro caso de extrema gravedad fue el que afrontó el premio nobel de literatura Naguib Mahfouz (El Cairo, 1911-2006), quien en octubre de 1994 fue apuñalado en el cuello frente a su residencia en la capital egipcia. El motivo fue que su obra “El callejón de los Milagros” se consideró una blasfemia contra la religión musulmana. El acontecimiento derivó en una secuela grave para su salud -ojos y oídos y parálisis en su brazo derecho- presentes hasta su muerte.

    La relevancia del ataque contra el escritor de 83 años motivó condena mundial en distintos ámbitos y la detención de varias personas en ese país. El proceso contra sus dos atacantes, de 21 y 23 años, culminó en marzo de 1995, cuando fueron ahorcados en una cárcel cairota. Respecto a sus cómplices, 2 fueron condenados a cadena perpetua, 9 recibieron penas de 3 a 15 años de cárcel y 3 más resultaron absueltos.

    Después de varios meses en el hospital, el autor egipcio de mayor reconocimiento internacional, escribió una serie de relatos breves que fueron publicados en una revista egipcia con el título de “Sueños de convalecencia”. Hasta su muerte tuvo una vida literaria activa, participó en reuniones en centros literarios de El Cairo y publicó cada jueves una columna en forma de entrevista en el semanario Al-Ahram Weekly en la cual solía abordar asuntos de actualidad política y social.

    Una de las interpretaciones que Mahfouz hizo de su ataque fue que se trataba de un acto de terrorismo cultural organizado por fundamentalistas islámicos egipcios. Ese término, acuñado décadas atrás en Europa por Edvard Beneš, refiere a acciones deliberadas destinadas a influir en una sociedad o comunidad a través de la destrucción, prohibición, o manipulación de aspectos culturales como la lengua, la religión, las tradiciones, el arte, la literatura, y otros elementos identitarios significativos. El objetivo de estas acciones, sostenía Beneš, es sembrar el miedo, controlar o cambiar valores culturales, y a menudo están motivadas políticamente o por ideologías extremistas.

    Este fenómeno, subrayó Mahfouz en un texto que forma parte del libro “For Rushdie: ensayos de escritores árabes y musulmanes en defensa de la libertad de expresión” (1994), es injustificable e indefendible. Las ideas propias, sin duda, pueden confrontarse con las ajenas, pero nunca se debe buscar su contención o desaparición y, en caso de que eso ocurra, algo que se debe tener siempre presente es que la idea o el libro ineludiblemente permanecerán.

    En un contexto diferente, motivado por circunstancias ajenas a cualquier razón fundamentalista, el caso de Samuel Beckett es paradigmático de la variedad de significados que conlleva un ataque con arma blanca. Una noche de enero de 1938, en la avenue Porte d´Orleans en Paris, Beckett salió del cine y una malhechor se acercó para exigirle dinero. Él lo empujó para defenderse y su atacante sacó un cuchillo y lo hirió en el pecho, cerca del corazón y del pulmón derecho. Fue traslado a un hospital y, aunque estuvo a punto de morir, se recuperó y posteriormente se presentó en el juicio contra el delincuente, a quien, al margen del cuestionamiento de los jueces, le preguntó por qué lo había atacado a lo que él respondió: “No lo sé señor, le pido disculpas”. La historia es mencionada en el libro “Cuchillo” de Rushdie con mayor detalle, aunque lo más valioso para descifrar esos actos es la cita de Beckett al inicio de la misma obra: “somos otros, ya no lo que éramos antes de la desgracia de ayer”.

    3. El cuchillo, un arma de dos filos

    Truman Capote dijo alguna vez que era mejor guardar los cuchillos más afilados en los cajones de la memoria y en ello hay una gran sabiduría ya que si estas herramientas son utilizadas lo mismo permiten cortar rebanadas perfectas de pan que cometer actos abyectos contra nuestros semejantes. Al respecto, algo inmanente en las experiencias de Rushdie y Mahfouz es un daño que trasciende lo físico y se incrusta en lo más profundo de su existencia: el despojo de su concepción primigenia respecto a otras culturas (crisis en la comprensión de lo real, la denomina Rushdie en “Cuchillo”).

    Ello no significó una renuncia a su interpretación de otras manifestaciones humanas, de hecho continuaron plasmándola en sus obras posteriores, pero sí un trastocamiento de su aproximación a ellas al observar el efecto que generaban sus obras.

    Otro correlato se presentó del lado de los ofendidos. En este caso, la defensa de sus valores y deidades les permitió posicionarse al centro de una palestra donde, desde su visión, se enfrentaban manifestaciones creativas a sus credos y sus fidelidades espirituales. Cierto que lograron fortalecer el reconocimiento universal al Islam y a sus manifestaciones, pero al mismo tiempo atizaron una expresión contraria, la fobia hacia las personas que comulgan con esa religiosidad.     

    Desde otra perspectiva, lo que afloró fue la expresión extrema de un terror enfocado en combatir expresiones culturales aparentemente contrarias a la concepción de Oriente, la cual además de manifestarse con los ataques cometidos con filosos instrumentos, en otros casos incluyó la destrucción del patrimonio cultural, la imposición forzada de identidad cultural y la censura y prohibición de expresiones artísticas.

    Con el tiempo, esas acciones han exhibido su vacuidad ya que como lo señaló Edvard Beneš, el ex mandatario checoslovaco que entre 1935 y 1948 combatió la ocupación alemana en su país: “el desarrollo cultural de una nación consiste en valores centenarios que se construyen a lo largo del tiempo ya que son imperecederos y se desarrollan continuamente, adaptándose lentamente a nuevos hechos y valores culturales”.

    En ese sentido es irrazonable referir un riesgo o un peligro a cualquier manifestación artística ya que, en toda civilización humana, cualquier desarrollo cultural será siempre un hecho único que nunca dejará de ser válido. Por ello lo recomendable, remarcaba Beneš es adoptar deliberadamente una línea general y universal que incluya, sin menoscabo, el desarrollo y el progreso de Occidente y de Oriente.

    En contraparte, es conveniente señalar que el miedo y los prejuicios que generaron los ataques contra Rushdie y Mahfouz, aún cuando en sus obras no representan a los musulmanes o al Islam de manera estereotipada o negativa, conlleva efecto adverso que no acaba de vislumbrarse plenamente hasta ahora. Los ataques islamofóbicos también tienden a incrementarse en variedad y número, colocando en riesgo la cohesión y la convivencia pacífica de la comunidad global.

    En esta tendencia dual de repercusiones, los libros parecen tener nuevamente la palabra. Al igual que Rushdie, quien en su obra “Shalimar el Payaso” (2005) exhibió la mente de un extremista musulmán a partir de una historia de amor y venganza, y Mahfouz, quien siguió expresando sus posturas políticas desde el terreno periodístico, los autores musulmanes ganan presencia en la literatura universal contemporánea, exhibiendo en sus historias y personajes la diversidad y complejidad de su cultura, fomentando así una mayor comprensión y empatía.

    En resumen, la literatura juega un papel significativo tanto en la propagación de aparentes ofensas a los postulados del Islam como en la propagación acciones en contra de quienes profesan esa religión. Ante esta realidad, los escritores parecen tener una doble responsabilidad. En primer lugar, considerar cómo representan al Islam y a los musulmanes en sus obras, ya que estas representaciones pueden tener un impacto profundo en la percepción pública. En segundo lugar, crear obras que sensibilicen a los lectores sobre la esencia y la diversidad musulmana a fin contener percepciones erróneas y generar una mejor comprensión cultural y religiosa. Este doble desafío sin duda es arduo, pero no imposible y confirma que, sin la menor duda, los libros resultan mejores herramientas que los cuchillos en cualquier convivencia humana.

  • Sherlock Holmes vintage *

    Sherlock Holmes vintage *

    El año pasado murió el escritor Ignacio Solares. Ese mismo 2023 apareció un libro entrevista que preparó el más cercano de sus amigos, José Gordon: Novelista de lo invisible. Una de las cosas que más llamó mi atención fue la reiterada alusión de Solares a los libros de Sherlock Holmes. Antes que referencias a libros sobre elementos paranormales que siempre nutrieron su visión del mundo, así como a los religiosos y místicos, habló de los libros del escritor escocés, que lo reconfortaron incluso en los años más difíciles de su infancia, sojuzgados por el alcoholismo paterno. Solares sería, como su dilecto escritor, jesuita y espiritista.

    Me propuse entonces la relectura de algunos de los libros de Conan Doyle que leí desordenadamente y a veces en ediciones paupérrimas. El lanzamiento de una bella edición de sus libros que actualmente está en los puestos de periódico de la ciudad de México, me dio el impulso necesario. Se trata de bellos ejemplares que quieren ser facsímiles de los libros victorianos originales y que se publicitan como vintage: estampados en oro sobre geltex, ilustraciones de cubierta coloreadas como los originales y un grabado facsímil que abarca la portada y la cuarta de forros. Incluso el primer tomo, Estudio en escarlata (1887), contiene una hoja tipo tabloide que reproduce los anuncios comerciales de la época e incluso noticias de aquellos años, como la información de las fechorías de Jack el Destripador, la creación del Premio Nobel y publicidad de relojes, gramófonos, tintes para cubrir las canas, prendas de vestir y violines. Las guardas también llevan textos publicitarios.

    Estudio en escarlata, primero de la serie, es un libro fundamental porque entrega las memorias del Doctor Watson, mismas que presentan, de pies a cabeza, los rasgos del detective que inmortalizaría a Sherlock Holmes y a su creador, el médico Arthur Conan Doyle, quien se basara en su profesor, el médico forense Joseph Bell, para crear a este personaje especulativo.

    En el mismo 1887 aparece “Escándalo en Bohemia”, en The Strand Magazine, con el debut de Sherlock Holmes cuyo éxito hizo que, para 1892, la revista tuviera un tiraje de más de un millón de ejemplares.

    En Estudio en escarlata, Watson, quien se convertiría en fiel escudero, dice que Holmes domina la anatomía y es un químico de primera. Es voluble, excéntrico, fuma tabaco fuerte y toca el violín. Es alto, delgado, de mirada penetrante y le gusta ser adulado. Nada sabe de literatura, filosofía y política; tiene saberes prácticos sobre venenos y boxeo porque, asegura, la gente llena su cabeza de cosas que no le sirven para nada y se olvida de aquello que utiliza realmente. Cuando habla, tiene una cháchara muy parecida a la trivia.

    Es un detective consultor que, por un lado, conoce muy bien la condición humana y, por la otra, es experto en artículos de nota roja porque, como piensa que nada nuevo hay bajo el sol, sus deducciones operan siguiendo distintos casos criminales de la historia. Si Arsenio  Lupin  –a quien Conan Doyle descalifica, lo mismo que a Gaborieu y a la  policía de Scotland Yard– el detective creado por Edgar Allan Poe, fundador del género policial, pensaba que los detectives fracasaban  por echar mano de los mismos procedimientos sin atender lo evidente más algunos elementos desconcertantes (la carta puesta a los ojos de todos pero en un sobre distinto y ajado), Conan Doyle valora este modo de razonar: “Son muchas las personas que, si usted les describe una serie de hechos, le anunciarán cuál va a ser el resultado. Son capaces de coordinar en su cerebro los hechos y deducir que han de tener una consecuencia determinada. Sin embargo, son pocas las personas que, diciéndoles usted el resultado, son capaces de extraer de lo más hondo de su propia conciencia los pasos que condujeron a ese resultado final. Y a esta facultad me refiero cuando hablo de razonar hacia atrás, es decir, analíticamente (…) Como puede ver usted, el todo constituye una cadena de ilaciones lógicas sin una rotura ni una grieta”.

    Finalmente, Holmes se cuida de explicar excesivamente sus deducciones porque sabe que, cuando un prestidigitador explica sus trucos, da la impresión de ser un tipo corriente. Como Watson conoce la debilidad de Holmes por los halagos, afirma: “Usted ha convertido el detectivismo en algo tan próximo a la ciencia exacta que ya nadie podrá ir más allá”.

    Con lo dicho aquí puede inferirse que Holmes milita en el relato de enigma ajedrecístico, también llamado mecanicista, muy distinto de la narración negra que sondea la sociedad y, por tanto, es más polivalente que el texto ensimismado en unas cuantas acciones.  Sin embargo, hay que reconocer que las aventuras de Holmes tienen momentos muy gratos, como cuando lo vemos caminar por los laberintos londinenses internándose en los bajos fondos de la sociedad victoriana. Por cierto, cuando Holmes y Watson hablan de los abusos coloniales de su país, les parece la condición más natural del mundo, como si la geografía africana y de la India les perteneciera por derecho divino.

    ¿Qué encontraba Ignacio Solares en los libros del paradigmático detective? Quizá la fuga de circunstancias difíciles y la posibilidad de un mundo ordenado.


    *Arthur Conan Doyle, Estudio en escarlata, traducción de Amando Lázaro Ros, México, RBA Editores, 2022.

  • Al llegar al Túnel

    Al llegar al Túnel

    Las cosas se ven exactamente iguales cuando vas a morir, sólo que más borrosas, como si se
    tratasen de manchones de pintura sobre el cuadro en una pared. Por lo menos así las percibo yo y
    llevo quince minutos muriendo.
    Los motivos que me orillaron a perecer resultan ahora irrelevantes. Supongo que nunca
    fueron importantes, apenas un pretexto para hundir la navaja en una arteria. Sin embargo,
    reconozco que hay algo rítmico en la muerte: un toque militar, un tamborileo que invade los
    sentidos y elimina cualquier otro sonido, excepto el de tu propio corazón.
    Dicen que cuando vas a morir miras tu vida pasar en una fracción de segundo, ¡mentira!,
    lo único que avanza es el rojo interminable que cubre tus recuerdos con una capa espesa. Y todo
    se antoja a hierro, a óxido y a agua, que tiene una fragancia particular, únicamente advertida por
    los agónicos, y huele a mar primigenio, a origen; a vientre y a madre, a leche agria; a hostia y a
    vino de eucaristía.
    Intento mantenerme despierto. Quiero estar lúcido hasta el último instante, aunque un
    sueño atroz me domina. Al llegar al túnel no olvides girar a la izquierda, luego sigue de frente,
    ahí la luz es más intensa. Me despabilo, no hay nadie.
    Indago alrededor: todo sigue igual, excepto que los objetos han perdido volumen y se
    observan en segunda dimensión, como caricaturas en un periódico o en un trozo de papel. Evito
    pensar en ello, evito pensar cualquier cosa. Si quieres te llevo al túnel, al llegar la temperatura es
    cálida. Abro los ojos y no estoy solo.
    Al pie de la bañera se yergue una figura de rostro alargado y ojos sombríos que me
    contempla. Pretendo asustarme, pero no puedo. Al final uno olvida cosas, incluso el miedo; sólo
    el frío prevalece, ese frío primitivo, de glaciares y de deshielos.
    —Si el clima es mejor allá, lo acompaño —le expreso—, pero apenas por un rato que
    quiero estar aquí cuando llegue el momento.
    Me froto los ojos, sigo despierto.


    —Este lleva varios días muerto —afirma el paramédico mientras recoge con sus guantes la navaja del piso—. No creo que haya sufrido, seguramente se quedó dormido.

  • Primavera 2024

    ELOGIO DE LA JACARANDA

    Mario Serrano Avelar

    La globalización no existe. El mundo ha sido uno solo desde el inicio, un espacio donde han transitado, sin fronteras, hombres y especies, entre ellas las naturales como la que refiere Mario Avelar: la jacaranda, que resume tráfago de oriente y acogida en occidente. || LEER ||

    CARLOS MÉRIDA Y LA MIRADA DE PAUL WESTHEIM

    Miguel Angel Echegaray

    Reseñar no implica solo actualidad ya que la mirada crítica que conlleva también permite ver hacia atrás. El rescate de testimonios y su lectura actual devela ángulos que solo el tiempo concede. Así, Mérida y Westheim son reexaminados por Miguel Angel Echegaray. || LEER  ||

    ENTRE SIGLOS Y MUNDOS CON IGNACIO SOLARES

    Alejandro Pescador

    Hay remembranzas en las que expresamos aquello que en vida no dijimos a nuestros amigos, pero otras en las que rescatamos los momentos vividos alimón para para regocijo de quien lo escribe y de quien lo lee. Este el caso de Alejandro Pescador, quien refrenda el sentido de una amistad sin barreras. || LEER  ||

    DE QUEBEC A ABISINIA

    Alejandro Estivill

    Aunque no existe un verbo o una acción para definir el momento intermedio entre la partida y el arribo entre lugares, bien podría ser un momento de cavilación para asimilar lo vivido y lo que estamos por descubrir. De ese momento peculiar nos habla Alejandro Estivill. || LEER ||

    SOMERSET MAUGHAM: EL AFÁN DE CONTAR

    Leandro Arellano

    La literatura inglesa es una de las más creativas y mejor dotadas del mundo, destacando la época que va de las postrimerías del siglo diecinueve y los albores del veinte, cuando anuarios, almanaques, revistas y diarios sirvieron de vehículo importante para la divulgación de la cultura y el desarrollo de varios autores, entre ellos William Somerset, a quien Leandro Arellano refiere sentida y ampliamente. || LEER ||

    DE COLORES Y DE MUSICAS por Samuel Maynez

    El vínculo entre el color y su correspondiente auditivo ‒o el sonido con su correspondiente visual‒ ha sido de interés para filósofos y científicos, ahora los psicólogos se agregan a discurrir. Ello sin demérito de los artistas cuya sustancia de trabajo yace en los linderos ambas expresiones. || LEER ||

    LA URBE 8-MORADA

    GAZA: OTRAS SECUELAS (II)

    CRONICA, RESEÑA, OBRA RECIENTE:

    PIZARRA
  • Pausa Activa

    Pausa Activa

    Apúrense.

    Conserven la calma.

    Siempre a la derecha. A LA DERECHA.

    No se devuelvan por nada.

    Sáquese las manos de los bolsillos.

    RÁPIDO, SEÑORES.

    Los ascensores ya estaban bloqueados y al asomar la cabeza por el vacío de las escaleras, se podía ver el gusano de gente bajando en una fila finita, rítmica y colorida.

    Los cuerpos sonaban: tacones, suelas de goma, pulseras, tos, llaves, palabras. Pocos rostros visibles.

    Alguien preguntó si era un simulacro o de verdad, porque sí olía a quemado. Un hombre

    ronco contestó que sí, que él desde las 7 había sentido el olor y que se le hacía raro que la evacuación del edificio hubiese tardado tanto, “ya son las 11”. Una mujer lo desmintió: ella había llegado a trabajar pasadas las 8 y vio cómo los camiones de la Defensa Civil y Bomberos parquearon sin sirenas, se tomaron fotografías institucionales junto al jefe de brigadistas del edificio y firmaron formatos.

    Guarden silencio.

    Rápido. RÁPIDO.

    Cuidado al pisar.

    En caso de mareo, agárrense de las barandas.

    Exigía concentración: bajar 6 escalones, girar, seguía un descanso, otros 3, girar, 6 escalones, descanso, girar y otros 6, rectángulo perfecto. Al levantar la cabeza, solo se veían paredes amarillentas, avisos descoloridos de CAMINE NO CORRA y cajuelas vacías de primeros auxilios. Vacías.

    En el primer piso esperaba el comité de chalecos rojos: fotos y sonrisas mientras señalaban el punto de encuentro y lanzaban felicitaciones por la estupenda reacción de los casi mil empleados en el simulacro.

    El tiempo de espera para subir al ascensor fue mayor, pero con prisa por cumplir el trabajo urgente del día de un vetusto edificio gubernamental de la capital colombiana. [ C ]

  • De Quebec a Abisinia

    De Quebec a Abisinia

    Escribo unas líneas asonantes respecto de algo muy común entre los diplomáticos como es dejar un puesto, hacer maletas y empezar el éxodo hacia un destino inexplorado… y aún no he llegado. En breve iniciaré mi labor en Addis Abeba como Embajador ante Etiopía y la Unión Africana… pero apenas empiezo a empacar.

    Como una fiesta de niños que se prepara y prepara, para que luego se encienda la secuencia irremediable de sus acontecimientos, el proceso de traslado ha comenzado… y desde este momento es que estamos llegando, llegando casi, quizá viajando ya.

    El Embajador Carlos Pujalte decía con frecuencia que eso de la carrera diplomática es, antes que cualquier otra genialidad, la virtud de reinventarse a cada paso. Nos mandan a una capital austral y de inmediato nos imaginamos el frío, los modos, las minucias de la gestión; mejor aún, las virtudes personales que tendrá nuestro futuro quehacer. Pasa un tiempo y de pronto nos mandan allá al extremo opuesto del mundo y recalibramos ágiles y certeros nuestras dendritas receptoras hacia el calor, la guayabera, y nos ponemos a pensar en los dones, parabienes y proyectos de nueva estirpe que llegarán. ¡Qué optimismo! Y todo aquello comienza antes de empacar.

    Llevo varios meses leyendo sobre Etiopía ya que mi propia fórmula de reinvención siempre ha pasado por clavar los ojos en unos cuantos libros como antesala a la experiencia misma: obras académicas, quizá, pero sobre todo novelas. Antes de llegar a Quebec descubrí, por ejemplo, las novelas policíacas del este canadiense, únicas en su tipo (los “polar” como las clasifican ellos en librerías de viejo y tiendas de caridad). Fascinantes. Y por su conducto, me hice de una visión condensada del espíritu de estos francófonos del norte americano.

    Recomiendo sin duda la experiencia que gané antes de llegar a Quebec con la obra de Jaques Côté, el autor de Le Chemin des brumes, que me atrajo porque inicia con dos policías quebecos que se van a una convención de pares de la investigación detectivesca que tiene lugar, nada menos, en la Ciudad de México (pensé que era un chiste, pero no). Más allá del breve referente mexicano, la novela expone la locura de un abuelo que desaparece con sus dos nietos al llevarlos de vacaciones, historia harto canadiense; en este país suenan la “alarma ámbar” en la totalidad de los celulares propios y ajenos cada tercer día por algún desquiciado progenitor que ha decidido huir por las estepas, los Tim Hortons y las arenas de patinaje con un menor.

    Pero Côté me dejó más con otra novela: Nébolosité croissante en fin de joirnée. ¡Oh, qué cosa! Describe a uno de los mejores pérfidos enloquecidos de la modernidad. Se le conoce por H y dispara desde azoteas con rifles de alto poder a los neumáticos de autos que corren a alta velocidad por las autopistas canadienses. Lo hace con grave frialdad para poder detonar y disfrutar facundas carambolas con muertos y explosiones, que luego repetirá en su casa con miniaturas de cochecitos a escala y un minucioso trabajo de maquetista. Quizá, esa lectura me hizo cuidadoso frente a los frecuentes derrapajes y despistadas en el hielo negro de las carreteras canadienses.

    Ahora bien; para iniciar el trayecto hacia la nueva Abisinia me esmero con lecturas de Hoga Salomon con su The Hyena people sobre los judíos etíopes, Raymond Jonas y su extraordinario estudio The Battle of Adwa donde nos convence que el 1 de marzo de 1896, en ese voladero del norte de Etiopía, se despeñó por siempre, con la sangre italiana, toda la doctrina del Destino Manifiesto. Leo a Camilla Gibb, escritora canadiense con muchas vivencias en África y en especial en la ciudad etíope de Harar, que le permitieron crear una magnifica perspectiva femenina del sufrimiento interno y la confraternidad en su obra Sweetness in the Belly. No han faltado, entre otras, Hijos del ancho mundo de Abraham Verghese, El lugar del aire de Dinaw Mengestu, The shadow king de Maaza Menguiste, Oromay de Bealu Girma y por supuesto El Emperador de Ryszard Kapuscinski (cuya versión actuada, una dura y frontal puesta en escena, se puede ver en Netflix).

    Pero en la pasada Navidad, mi hija tuvo a bien hacerme un regalo curioso; algo bueno — pensó ella — para un padre que corre cada mañana como ejercicio (mental y físico), que lee en cada resquicio en que puede y que —en su opinión— no le hace caso: así fue como la obra del 2021 Out of Thin Air: Running Wisdom and Magic from Above the Cloud in Ethiopia de Michael Crawley, llegó a mis manos. Pocas cosas me han impactado de esa forma como para una lectura ávida, de corrido y gozosa.

    Crawley, un británico antropólogo y también maratonista, se hace la pregunta: ¿por qué etíopes y kenianos ganan cuanta prueba les ponen en frente en el atletismo de fondo? Son imbatibles en toda distancia superior a los 3000 metros. Por su buen bagaje científico, descarta que sea solo porque las penurias y distancias los obligue a correr a la escuela desde niños, al trabajo de grandes y que la ruralidad africana les imponga escapar cada dos por tres de las fieras.   

    Tras quince meses entre magníficos y sonrientes corredores, el autor concluye con una hipótesis insinuada a base de una y otra experiencia que vive en carne propia: en lo religioso, en lo cotidiano, en toda su existencia, el etíope no vive para alcanzar un confort; vive para retarse permanentemente y cambiar. Un ejemplo: si los corredores, que siempre andan en grupo, sintieron haber realizado una prueba productiva saliendo a las 5 am a entrenar, se imponen hacerlo ahora a las 4, y —¿por qué no?— a las 3 am. Si ya corrieron en bosques de eucaliptos, entre hojarasca y raíces que rebasan el suelo del monte Entoto, toca hacerlo en zacate lodoso, en gravilla… Y el plácido pavimiento, que también implica retos y riesgos urbanos por ser escaso, queda para el final. Es incluso insultante pretender probarse en asfalto si no se han vencido los demás terrenos.   

    El vuelo de la estrilda de la esperanza abisinia es soñador por excelencia, pero va paso a paso, codo con codo con el desafío y la inconformidad, siempre con lo difícil a cuestas, tal y como son las pruebas de la maratón. Este sagaz libro de Crawley, que alguien podría pensar que va en paralelo al famoso Running with the Kenyans de Adharanand Finn, es mucho más profundo. Quizá por contar con la visión de un antropólogo, parece enseñarnos los trasfondos del país entero y no solo los pormenores de una comunidad de corredores de Addis Abeba.

    El dinero que puede ganar un corredor etíope con un segundo lugar en la maratón de Tokio, una victoria en Estambul, Madrid o Berlín, le significa tal ingreso, en el marco de la economía local, que detonaría el cambio máximo. Miles de etíopes se prueban soñando ese logro mayor, pocos lo logran: ganar da para comprar una residencia, mandar a los hijos al extranjero, poner un negocio y ser otro… y a pesar de ganar, el seguir el reto por el reto mismo se impone.

    El etíope corre para cambiar allá, a lo lejos, en lo grande, como en el juego que ellos practican y que se llama Genna (especie de hockey en la montaña) donde las porterías pueden estar a uno o dos kilómetros de distancia. Pero también buscan el cambio en cada pequeña prueba, en cada día, en cada hora, en cada parte de un entrenamiento que, como aprendemos en este libro, puede ser muy diverso. El Genna se juega también con la estrategia de los pequeños cambios. Fue eso lo que entendió el entrenador sueco-finlandés Onni Niskanen que cambió la historia de los juegos olímpicos y de la presencia en ellos de la raza negra, haciendo ganar la medalla de oro al maratonista descalzo de Roma 1960, Abebe Bikila; él inició su sprint final frente al obelisco de Aksum que en ese año todavía estaba en Roma por la mano invasora de Mussolini, 24 años antes, sobre el pueblo etíope.   

    En fin, Etiopía entera parece entrar en la psique de un grupo de corredores que acompaña al antropólogo británico que los observa, los conoce y confraterna con todos ellos; un grupo que se vuelve único e indivisible avanzando en su fila exacta tras un líder, nunca en bola; un grupo de esos que comparte de mano en mano un único reloj con GPS para monitorear el ritmo de todo el grupo; corredores que dicen que eso de entrenar “solo” es de gente que “apenas quiere mantenerse saludable con un insulso trote y sin invocar el cambio real”.

    Etiopía, su esperanza y su peso, parece quedar atrapada con el salir de madrugada a recorrer la montaña en un país que tiene la peculiaridad de contar las horas a partir de las 6 am: provoca que el salir a probarse entre los maratonistas sea en horarios negativos (-1 o -2 de la mañana). Un lugar donde no se dice que se ha corrido el maratón en 2 horas y tantos minutos, sino solo en el conteo de lo minutos (+15, +20) porque, de un maratón de más de tres horas, mejor no se habla.

    Mi vuelo llegará a esa nación única, la de lengua única y alfabeto incomparable; la del añejísimo cristianismo sin igual, la que luchó sola y paró el colonialismo; la de un cariño especial por la resistencia y por quien comparte el esfuerzo con tu equipo cuando se enfrenta una carrera larga.

    Crawley nos explica que, como en una especie de Alef, todas estas enseñanzas quedan atrapadas en el concepto etíope de idil, especie de suerte o chance de ser otro que otorga Dios después de un arduo trabajo, mismo que requiere el ritmo y la cadencia del hombre que se entiende con quienes lo rodean. Hay algo curiosamente absorbente en todo esto que se descubre en el preámbulo de un viaje. No será la pobreza, no será el conflicto… aunque estén presentes. Mi experiencia será quizá, y sobre esa base me reinvento, la magia de un idil que abriendo sus puertas puede invocar a pensar que el gran cambio de cualquiera está en leer bien la comunidad con los amigos y en los pasos más pequeños que se hacen en el conjunto de todo gran esfuerzo. Ya veremos. [ C ]

  • Somerset Maugham: el Afán de Contar

    Somerset Maugham: el Afán de Contar

              A Marco Antonio Campos: en celebración de sus setenta y cinco años.

    I

    P

    ocas ocupaciones generan la dicha placentera como la que provoca leer o releer a los clásicos. El tiempo, siempre puntual, preciso, nos concede el pretexto y la disponibilidad. Lo que cada quien lea, la obra y el autor que cada quien elija, depende de un sin fin de factores y pertenece a otra categoría.

    En el vasto universo de las literaturas, la inglesa es una de las más creativas y mejor dotadas, y su desarrollo tuvo lugar en etapas acotadas. Fue especialmente rica y abundante la época que cubre las postrimerías del siglo diecinueve y los albores del veinte.

    Tanto la narrativa como la poesía, el ensayo y el teatro, florecieron extraordinariamente al influjo del imperio británico. Una etapa en verdad grandiosa, en la cual anuarios, almanaques, revistas y diarios sirvieron de vehículo importante para la divulgación de la cultura y el desarrollo de varios autores.

    Una pléyade de escritores de primer orden florecieron en esa época: George Bernard Shaw, Joseph Conrad, Ruyard Kipling, Herbert G. Wells, G. K. Chesterton, Virginia Woolf, D. H. Lawrence, Lawrence Durrel, Iris Murdoch y varios más…

    Contemporáneo de ese elenco de personalidades literarias, William Somerset Maugham es considerado un escritor de segundo nivel, un juicio que no desvelaba al escritor. Los contemporáneos con quienes competía por la preferencia del público lector eran, como se ve, escritores de  primer nivel, algunos de ellos Premios Nobel y otros en nada inferiores.

    Hemos retomado estos días algunas notas y lecturas suyas, con motivo de la celebración de un siglo y medio de su nacimiento (25 de enero de 1874).

    Somerset Maugham pertenece, así, a los escritores agrupados en la categoría del pequeño gran estilo. Un estilo que es modelo de la prosa inglesa y como tal se le sigue leyendo. El tiempo mantiene actual buena parte de la obra narrativa de este escritor que fue en vida un exitoso bestseller.

    Los autores de la Historia de la literatura inglesa (Breviario No. 106 del Fondo de Cultura Económica) destacan sus cualidades, resumiendo su esencia en un juicio preciso: es un “maestro de la prosa narrativa y el diálogo” (pg. 281).

    Somerset escribió en todos los géneros en boga: novela, teatro, libros de viaje, ensayo, crítica y en el cuento incursionó cuando ya había triunfado en los otros géneros.

    Viajero inquieto, erró por Europa y sobre todo por el Pacífico asiático, en seguimiento de la geografía crepuscular del Imperio. Igual, las guerras mundiales lo llevaron a residir temporalmente en Suiza, Rusia, Estados Unidos…

    Un rasgo destacado y común en la literatura del mundo anglosajón ha sido la recurrencia a las llamadas revistas de modas, a las revistas para el hogar, a fin de divulgar la literatura y promover a sus escritores. Somerset se acogió a esa modalidad.

    Bien que es reconocido sobre todo por sus novelas principales o más populares, como son Servidumbre humana y El filo  de la navaja, sus cuentos -a juicio de algunos lo mejor de su obra- reunidos forman cuatro sólidos tomos que ha publicado la casa Penguin.

    No pocas de sus narraciones –Lluvia, La carta, Servidumbre humana, La luna y seis peniques, Cuarteto, El filo de la navaja y otras más- se han llevado al cine con gran éxito. Tal vez lo menos actual de su obra sea el teatro, el cual constituyó la segunda de sus pasiones. Una época, relata Rafael Solana en su afectuosa introducción de Servidumbre humana (No. 665 de la Colección Sepan cuantos… Editorial Porrúa), también peregrinó el escritor con sus manuscritos en los teatros, sin que nadie se interesara en ellos.

    Acaso esa experiencia lo hizo decir que “El escritor tiene en sí el imperativo de crear, pero además tiene el deseo de presentar al lector el resultado de su trabajo y la legítima aspiración – que no concierne al lector- de ganar su pan”. Actitud común en la mentalidad anglosajona, por lo demás.

    Con todo, el teatro le dio -igual que a Chéjov- dinero y popularidad. Así, durante los años de la Primera Guerra Mundial su éxito teatral en el West End sólo era comparable al de George Bernard Shaw.

    II                   

    William Somerset Maugham nació en París, mientras su padre trabajaba como agregado jurídico en la embajada británica en Francia. A los diez años quedó huérfano y pasó a la tutela de un tío riguroso. Se negó a continuar la profesión familiar, la abogacía, y estudió medicina en una reconocida facultad en Londres. Muy temprano, sin embargo, abandonó esa profesión. Tras publicar su primera novela, Liza de Lambeth, la cual tuvo gran éxito, se dedicó a escribir de tiempo completo.

    Durante la Primera Guerra Mundial sirvió en la Cruz Roja y años más tarde fue reclutado por el Servicio de Inteligencia Británico. Estuvo casado por varios años con Syrie Barnardo, con quien procreó una hija.

    Noble y privilegiado, Somerset Maugham representa el modelo del escritor burgués. Fue en vida un autor popular y vivió desahogadamente del producto de sus escritos. Un bestseller,como lo fue Somerset, señala Rafael Solana, es alguien que acierta a coincidir con el gusto de la mayoría y a halagarlo.

    En su Estudio del cuento corto, Somerset anota que los escritores se ven obligados, con bastante frecuencia y naturalidad, a escribir el tipo de obras por las que hay demanda.

    Tímido y reservado, vivió siempre con discreción, casi en soledad, si no es que un tanto en la misantropía. Murió a los 91 años en Niza, luego de experimentar casi todas las delicias humanas.

    III

    Cuando no pocos de sus contemporáneos recurrían a la propaganda o al proselitismo al novelar, Somerset se mantuvo fiel a la esencia narrativa, perseveró en la voluntad, en el oficio de contar, porque como autor le importaba entretener a los lectores.  

    Excepto poesía, escribió en todos los géneros: novela, teatro, libros de viaje, ensayo, crítica y al cuento, al cual incursionó cuando ya había alcanzado notoriedad en los otros géneros. Stevenson opinaba que el ejercicio de la prosa es más difícil que el del verso, ya que, una vez compuesto un verso, éste nos da el modelo para los otros, en tanto que la prosa exige variaciones continuas, gratas y encadenadas.

    Elaboró su propia teoría del cuento corto. En ella, destaca que “En Rusia se había estado escribiendo cuentos de un orden totalmente distinto durante un par de generaciones”, y considera como los grandes ejemplos del género cuentístico a Poe, Maupassant y Chéjov. Teoriza en una multitud de artículos, ensayos y aun en su propia narrativa. En uno de sus cuentos (El elemento humano), escribe: “A mí me gusta que un cuento tenga principio, nudo y fin. Siento debilidad por la acción. A mi juicio, eso del ambiente está muy bien, pero el ambiente, sin nada más, es como un marco sin lienzo: no representa nada”.

    Acaso por su acceso a la lengua original, consideraba a Maupassant como el modelo del cuento corto. Es arbitrario indicar -señaló- que el cuento corto consta de dos, seis o diez páginas. Sus límites son estrictamente indefinibles. Pero sin temor podemos asegurar que un cuento que bordea las cincuenta cuartillas no puede llamarse corto. Somerset escribió unos y otros.

    Independiente y solitario, abrigaba por el género humano –igual que Chéjov- una profunda compasión, y esa compasión la trasladaba a sus personajes, de quienes no escondía sus grandezas y miserias. Quizás la única crítica despiadada que lanzó sin miramientos fue contra sí mismo, cuando escribió que era él, el primero entre los escritores de segunda fila.

    La desigualdad social, manifiesta sobre todo en el nivel educativo de los personajes, es un asunto recurrente en su literatura. Sin embargo, su afición por la literatura francesa lo mantuvo centrado y forjó en él una tersa y rica prosa narrativa. La fluidez de los diálogos la acuñó, seguramente, en la experiencia de su obra teatral.

    Su método narrativo es reposado y sólido al mismo tiempo, el tono suave, propio siempre. Su estilo directo y la nitidez de su prosa son factores determinantes en su literatura. Esas características, aunadas a su perspicaz observación de la condición humana, dan a su obra un tono singular.  

    En su Cuaderno de notas de un escritor (1949), una especie de memoria literaria, se hallan varias anotaciones sobre su credo literario, al calor de las teorías en boga. Aldous Huxley consideraba que los hombres se interesan más en hacer y sentir que en entender, a lo que Somerset Maugham acotaba que una novela no puede escribirse sólo con hechos.  

    Por edad y mentalidad  era un autor victoriano. Aunque cuenta con lectores constantes, la tendencia hoy es considerarlo un escritor algo pasado de moda. Pero así son las modas. Por lo que no sería indiscreto asomarnos a la actualidad que mantienen varios de sus contemporáneos.

    La lectura o relectura de Somerset muestran que su calidad y su categoría literarias no han decaído. Acaso sea aplicable al escritor una visión general de Borges: “A la obra escrita de un hombre debemos muchas veces agregar quizás otra más importante. La imagen que de ese hombre se proyecta en la memoria de las generaciones”.

    IV

    El paso del tiempo, que asigna y distribuye las fortunas humanas, mantiene actual buena parte de la obra narrativa de Somerset Maugham, gracias al artificio y sencillez de su trabajo. La frecuentación de la obra de Somerset nos ha deparado, a través de muchos años ya, una grata y fiel compañía. Su lectura entretiene siempre, al tiempo que ilustra y tranquiliza. 

    El maestro vienés Ernest M. Gombrich, aseguraba, no sin razón, que no todo lo perfecto es interesante. ¡Cuántos libros perfectos son tan intensamente tediosos!. Un atributo que no todos los escritores asumen sin reparo, es que la literatura es, también, entretenimiento y compañía. [ C ]              

    San Miguel de Allende, marzo de 2024.

  • Entre Siglos y Mundos con Ignacio Solares

    Entre Siglos y Mundos con Ignacio Solares

    Veleidades niponas

    Recién había conocido a Ignacio Solares, a mediados de los años 80 del siglo pasado, cuando me invitó a comer a un restaurante de Reforma ubicado cerca del Banco Somex, donde Nacho dirigía la revista corporativa SomosSomex. Perdura en mi paladar el sabor peculiar de un condimento de la comida japonesa del todo novedosa para mí: utilicé los palillos chinos con mano torpe para tomar un chícharo voluminoso, verde claro que se antojaba fresco y suave. Tan pronto tragué el supuesto chícharo su efecto astringente me subió por la nariz y me hizo correr las lágrimas. Se trataba del wasabi, el puré de un tubérculo con propiedades casi mágicas. Nacho, quien por amabilidad ignoró mis lágrimas, había ordenado un sukiyaki: una tabla con carne cortada en finas lonjas, hongos grandes rebanados, una colorida variedad de verduras y tofu. Al centro de la mesa había una hornilla y encima una olla de acero –hotpot en inglés- donde hervía una sopa. El encanto radicaba en cocinar los ingredientes en el caldo. 

    Pasada la conflagración del wasabi, retomamos la plática. Nacho se interesó por mis años en el semanario Tiempo donde -antes de ingresar al servicio exterior- fui secretario de redacción y luego jefe de redacción. Me preguntó si había conocido a Martín Luis Guzmán, chihuahuense como Nacho y también novelista de vena histórica. En realidad, ingresé a la revista Tiempo meses después del fallecimiento de don Martín como lo llamábamos en la redacción. El semanario ya era dirigido por el nieto de don Martín: el Dr Martín Luis Guzmán Ferrer, quien había sido compañero de mi hermano en la antigua Escuela Nacional de Economía. No conocí pues a Martín Luis Guzmán en persona, pero en cambio, conocí a un personaje extraordinario con un instinto periodístico portentoso y bárbaro sentido del humor: Ovidio Gondi, un refugiado español originario de Asturias, rescatado por don Martín. Al final de la comida, Nacho me invitó a colaborar en la revista SomosSomex: “Con lo que tú quieras.” 

    A partir de ese momento los días hábiles los dedicaba a cumplir con mis obligaciones de neófito en la Secretaría de Relaciones Exteriores y los fines de semana preparaba algún material literario para SomosSomex. Esta infidelidad al servicio exterior se prolongó hasta el momento de mi traslado inicial al exterior: primero a La Habana y luego a San Francisco. En esta última ciudad me volví asiduo de la librería y editorial City Lights, pero también me convertí en visitante frecuente del barrio chino donde los camareros me instruyeron en el uso apropiado de los palillos.  

    De regreso en México, a principios de los 90, busqué a Nacho porque me interesaba volver a colaborar en SomosSomex. Me topé con una agradable sorpresa: Nacho ahora dirigía “La Cultura en México”, parte de la revista Siempre!. Años más tarde Solares recibió el Premio Nacional de Periodismo como director del suplemento. Visité por fin a Solares y le comenté un poco sobre La Habana, donde conocí a Gabriel García Márquez, y sobre San Francisco, donde conocí a la viuda de Bernardo Ortiz de Montellano, quien ante el desinterés del área cultural de la Secretaría de Relaciones, decidió donar la biblioteca de su esposo a la Universidad de Texas en Austin. Nacho me escuchó con sonrisa irónica. Aquí me atreví a plantearle la posibilidad de colaborar en el suplemento de Siempre!  “Por supuesto -dijo Nacho-. Escribe puntual lo que quieras cada semana…”  

    Para decidir sobre los temas de mis colaboraciones para “La Cultura en México”, se impuso mi estadía en San Francisco donde leí y en algunos casos releí a escritores de la generación beat sobre todo Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg. Ahí descubrí también a la mayor de las novelistas norteamericanas de origen chino: Amy Tan. Por estos motivos desde el inicio mis colaboraciones en “La Cultura en México” se refirieron a novedades literarias en inglés y en francés. Gracias a las revistas disponibles en la Biblioteca Benjamín Franklin y en el Instituto Francés de América Latina, me mantenía al tanto de las novedades literarias escritas en inglés y en francés, así como de obras traducidas a estos dos idiomas. Mi columna se titulaba “Ventanas”. A Nacho le gustó la idea y también a José Gordon, a quien conocí precisamente en esos años. Con Nacho y Pepe cultivé mis únicas amistades en “La Cultura en México”. Claro que conocí a otros colaboradores y tuve incipiente amistad con algunos de ellos, pero como escribió Polibio: las amistades que terminan son amistades que nunca comenzaron. 

    Y no sólo se reanudaron mis colaboraciones: se repetirían las invitaciones a comer por parte de Nacho. En broma le sugerí revisitar el restaurante japonés de la colonia Cuauhtémoc. “Tengo una idea mejor -dijo Nacho-. Vamos al restaurante adonde cenan de madrugada los chefs japoneses cuando terminan su chamba.” Así conocí un restaurante japonés en la segunda planta de un edificio de avenida Universidad, como a un kilómetro de Miguel Ángel de Quevedo en dirección sur. Se trataba de un restaurante pulcro, austero, muy japonés, con una carta de lo más variada y original. Cedí por supuesto a Nacho la decisión de ordenar los platillos. Comimos un espectacular sukiyaki y tomamos cerveza japonesa. 

    Primicia china

    Mis colaboraciones en “La Cultura en México” se prolongaron por varios años. Relaciones Exteriores se mostró comprensiva cuando decliné un par de traslados: uno a un consulado en Estados Unidos y otro a la embajada de México en Malasia. Se trataba de oportunidades importantes. Sin embargo, solicité permanecer en México. Mi padre había perdido la vista y prefería cuidar a mi padre en vez de aventurarme en un traslado al exterior. Cuando falleció mi padre, volví a considerar un traslado al exterior. Sabía que el subsecretario Carlos De Icaza, tras una visita a Beijing, se había enervado al percatarse la falta de personal diplomático mexicano capaz de hablar la lengua china. Por eso tuvo la iniciativa de preparar un programa de estudios de lengua china para dos funcionarios de carrera quienes luego quedarían comisionados a Embamex Beijing. Tras una investigación que me costó dos o tres buenas desveladas presenté al subsecretario un documento de casi 50 cuartillas con el perfil de las mejores universidades para estudiar el idioma chino. Incluí costos, eficacia de los cursos, reconocimiento internacional, etc. Mi sugerencia número 1 fue la Universidad de Lenguas y Cultura de Beijing. Eso me valió ser uno de los dos privilegiados para cursar cuatro semestres de la licenciatura en chino en esa universidad. Por un tiempo me vi obligado a pausar mis colaboraciones en “La Cultura en México”.  

    A veces las cosas se dan de forma imprevista pero como si se tratara de un plan perfecto. Hacia el tercer semestre de mis estudios de chino en Beijing me familiaricé con la literatura china contemporánea. Como mero ejercicio estudiantil traduje algunos poemas y fragmentos de novelas. En esa búsqueda de autores contemporáneos encontré a uno de los autores chinos contemporáneos más reveladores: Yu Hua. Me tomó seis meses leer su novela 兄弟 o Hermanos, una abierta denuncia de la Revolución Cultural y del culto al dinero en los inicios del proceso de reforma y apertura impulsado por Deng Xiaoping, cuando este tipo de temas podían publicarse en China. Ahora eso sería imposible dado el ambiente asfixiante presente en la vida cultural en China a partir de 2013. En fin. Encontré otros libros de Yu Hua, entre ellos un libro de cuentos. Un cuento en especial me conmovió mucho. Con la autorización directa de Yu Hua traduje el cuento “El niño del atardecer” y, para no hacer de esto otro cuento, mi versión al español se publicó en la Revista de la Universidad Nacional, donde Nacho era el director de esa icónica revista. Según me dijo Yu Hua, se trató del primero de sus textos traducido a la lengua española. 

    Más tarde, cuando Sergio Pitol obtuvo el Premio Cervantes 2005, el autor de El arte de la fuga visitó Beijing, donde a mediados de los 60 había trabajado como corrector de estilo en la Editorial de Lenguas Extranjeras. Esa experiencia de Pitol fue de algunos meses apenas pero ahí conoció a Gao Xingjian, premio Nóbel de Literatura 2000. Traductores y correctores de estilo en la Editorial de Lenguas Extranjeras, me contó Pitol, se intercambiaban en secreto libros prohibidos por la policía de la seguridad del Estado. Los colocaban en un estante con un hueco imposible de advertir para alguien ajeno al pacto. El único requisito para tomar el libro oculto era dejar en su lugar otro libro prohibido y devolver el ejemplar prestado una vez leído. Durante la visita de Pitol, ya como flamante Premio Cervantes, asistí a su conferencia en la Academia China de Ciencias Sociales, un recorrido lleno de descubrimientos sobre aspectos desconocidos de la vida de Miguel de Cervantes. En un descuido pedí a Pitol una entrevista, a la cual accedió con gusto. Pitol de verdad era un tipo generoso. La entrevista apareció publicada, claro, en la Revista de la Universidad Nacional, dirigida por mi amigo Solares. 

    Anécdotas de una amistad perenne

    Cumplidas tres comisiones consecutivas más en el exterior, regresé a México en definitiva. Una de las primeras personas a quienes busqué después de mi retorno al país natal fue Nacho Solares. Ya para entonces Nacho no dirigía la Revista de la Universidad, aunque continuaba impartiendo clases en la UNAM, escribiendo novelas y cada semana sus aforismos, titulados “Minucias”, en el diario El Universal.1 Tan pronto pude llamé a Nacho y sugirió que fuéramos a comer, pero no al restaurante japonés de Avenida Universidad, sino a un restaurante cerca del monumento Obregón en Avenida Insurgentes Sur. Una decena de veces Nacho me invitó a comer ahí. Nacho siempre pedía lo mismo: unas enchiladas verdes con un par de huevos estrellados encima y un líquido cristalino importado de Suecia. Conversábamos mucho. Nacho se mostraba tan lúcido cuando llegaba como cuando terminábamos nuestra comida. Recuerdo tres anécdotas de Nacho en esas comidas.  

    En la presentación de Delirium Tremens en ruso, ya traducido a otros idiomas, Nacho viajó a Moscú. Terminados los autógrafos para los lectores rusos, los anfitriones ofrecieron al autor una cena. En un salón iluminado con candiles imperiales se extendía una larga mesa: el invitado estaba sentado al centro, mientras que frente a él y a sus lados había periodistas, médicos, escritores. Nacho notó que delante suyo no había una copa de vino, sino un vaso de agua. Los organizadores advirtieron la inquietud del invitado. A través de un intérprete Nacho reclamó su copa de vino. El organizador se disculpó arguyendo el convencimiento de la total abstinencia etílica de Nacho. Pronto apareció la copa de vino y la cena ya no tuvo contratiempos. 

    Otra anécdota de refiere a Juan Rulfo. En más de una ocasión Solares despertó de madrugada por el repiquetear del teléfono de su mesita de noche. Siempre se trataba de la esposa de Juan Rulfo. Llamaba a Nacho para decirle que Rulfo no había llegado a dormir y que con toda seguridad se habría recluido, como era su costumbre, en la cantina Dos Naciones -cerrada desde 2017- de la calle de Bolívar en el Centro de la ciudad. Nacho no tenía más remedio que vestirse y conducir su auto hasta el Centro. Siempre tuvo éxito en encontrar a Rulfo. El autor genial de Pedro Páramo y El llano en llamas se acurrucaba en un rincón sumido en su sueño de agave. Con ayuda de algún camarero, Nacho llevaba a Rulfo hasta el auto y lo devolvía salvo y sano a su casa, para regocijo de su esposa, dispuesta a perdonar los excesos de su talentoso cónyuge. 

    La tercera anécdota me sorprendió y me desconcertó. Nacho me habló de las sesiones espiritistas a las que había asistido en una casa por el rumbo de Tlalpan. Si no recuerdo mal, serio y hablando en susurros, Nacho se dijo convencido de que había otra dimensión, una dimensión espiritual donde habitaban las almas de los fallecidos y otros seres fuera del tiempo. Al advertir mi incredulidad, Nacho mencionó el nombre de Gutierre Tibón, el polígrafo ítalo-mexicano autor de decenas de libros, quien había asistido a esas sesiones. En cada ocasión había un médium y un espíritu guía. Este último, según entendí, sería un médico egipcio de nombre Amajur. A través del espíritu guía podría entrarse en comunicación con familiares fallecidos. Pregunté a Nacho si se me permitiría asistir a alguna de esas sesiones para entrar en contacto con un familiar muy cercano fallecido cuando me encontraba comisionado en Singapur. Nacho respondió que eso dependería tanto del médium como del espíritu guía, es decir no podría convocarse a un espíritu a la fuerza, sino que tendría que dejarse fluir la actividad paranormal de las sesiones. No quise insistir si bien aún hoy permanezco intrigado. 

    Una cena en dilación

    También hubo una anécdota de mi parte. Mientras una de tantas veces comíamos en ese restaurante de Insurgentes Sur, desde cuyas ventanas se veía el Monumento a Obregón, obra del gran artista Germán Cueto, Nacho hizo un comentario tan jocoso que extendí los brazos como si cayera maná del cielo. En realidad, cayó mi copa de vino sobre mi plato y también salpicó el plato de Nacho. Se me caía la cara de vergüenza. La reacción instantánea de Nacho: llamó a la camarera y ordenó otra vez los mismos platos y otra copa de vino para mí. También pidió un mantel limpio para nuestra mesa. Y siguió con su anécdota, relativa a una de sus “Minucias” de esa semana. 

    Poco a poco la salud de Nacho se fue deteriorando a ojos vistas. Suspendimos las comidas. Cada semana Nacho me compartía vía electrónico sus “Minucias”, dada la cicatería de El Universal que exige suscripción para acceder a la mayor parte del material en línea; por mi parte respondía a Nacho con algún comentario. En una de las escasas y últimas conversaciones telefónicas con Nacho, me confió el haberse sometido a una trepanación del cráneo. No entró en detalles y le dije que eso me recordaba un cuento de Borges, “El Sur”, en el que el personaje-narrador se golpea la cabeza con la hoja abierta de una ventana y cuyo final parece incierto. Hubo una última tentativa para comer con Nacho, pero no pudimos reunirnos. Nacho me había invitado a su casa a comer algo sencillo y conversar. Para mi tristeza hubo algún impedimento y no se concretó la comida. Meses después el diario Reforma2 publicó una extensa conversación entre Nacho y Pepe Gordon. Por el diálogo entre ambos y por las fotos, Solares se nota recuperado del todo y se permite algunas bromas. Poco después Nacho ya no estaba con nosotros. El 14 de enero de 2024, sin embargo, Nacho nos devolvía su presencia en el extraordinario homenaje celebrado en su memoria en la Sala Manuel M Ponce del Palacio de Bellas Artes, un espacio íntimo abarrotado de familiares, excolaboradores, amigos, lectores y desde luego con la presencia imprescindible de Myrna Ortega, su viuda. 

    Cada vez que escucho In the Summer House IV. Mr Solares’ Picnic Lunch de Philip Glass, pienso en esa comida final nunca realizada en casa de Nacho, pero siempre imaginada cordialísima, llena de risas, anécdotas de éste y otros mundos, y vino nunca derramado. Querido Nacho, hasta la próxima ronda. [ C ]

  • De Montaigne a Montaigne

    De Montaigne a Montaigne

    Para celebrar el nacimiento de la colección Atenea, el gobierno del Estado de México ha lanzado De Montaigne a Montaigne (2023), un pequeño libro que recoge dos conferencias que Claude Lévi-Strauss dictó en 1937 y 1992.  La primera borda sobre la etnología y la segunda sobre cómo entendió Montaigne, en tres de sus ensayos –“De las costumbres”, “De los caníbales” y “De los carruajes”–  a los hombres primitivos o bárbaros. Si consideramos la trayectoria intelectual y los intereses de Lévi- Strauss, entenderemos los temas que expuso en estas dos disertaciones.

    En “La etnografía: una ciencia revolucionaria “dice que, mientras en las sociedades desarrolladas el etnógrafo acude a bibliotecas y archivos para hacer sus estudios, con los grupos más atrasados hay que ver las cosas que conforman su vida cotidiana, como cerámica, tejidos, organización social, etc. Al preparar una definición del término primitivo afirma que éste surgió cuando los europeos llegaron a América y vieron a los naturales desnudos, sin industria y sin cristianismo. Vivían en una especie de edad de oro que antecedía la civilización; de allí nació la idea del hombre salvaje. Agregará que las sociedades primitivas lo son porque tienen pocos integrantes y sus formas de vida son simples.

    Las teorías evolucionistas propusieron empezar la clasificación desde las formas vegetales hasta llegar al hombre, pasando por los simios. Estas mismas ideas sostuvieron que las sociedades humanas pasan de lo simple a lo complejo, y que las instituciones siguen una cadena ABCD en donde A es lo más simple y D lo más complejo u actual. Pero esta teoría se tambalea porque “las cuestiones humanas son más complejas de lo que parece a primera vista”. Aquello de Edad de piedra, Edad del cobre y Edad del hierro   se invalida porque “toda África pasó de la Edad de piedra a la edad de hierro”. La teoría de que los hombres primero fueron cazadores, después agricultores, luego ganaderos y finalmente industriales no se cumple porque no todos los seres humanos siguen estas etapas, o las viven de manera distinta. No hay pueblos que sean exclusivamente cazadores, agricultores o críen ganado.

    Lévi-Strauss sostiene que uno de los aspectos que permiten la evolución de los grupos humanos es la continuidad con que conectan sus hallazgos y formas de vida. De aquí llega a una conclusión equivocada, típica del eurocentrismo: “Hace algunos cientos de años, en las mesetas de América central, la civilización mexicana fue la más desarrollada. Supo hacer descubrimientos prodigiosos, erigir monumentos, tener una organización social de la más grande complejidad y, sin embargo, colapsó frente a un puñado de aventureros llegados de las costas de España. ¿Por qué? Porque la sociedad mexicana estaba aislada, sin contacto con los otros pueblos; así, completamente disminuida, se enfrentó a la llegada de representantes de sociedades que eran el centro de todos los contactos internacionales”. Conclusión simplista porque hubo otros factores, como las enfermedades nuevas que diezmaron a la población (viruela, gripe, venéreas), la superioridad técnica en el combate (caballos, armas de metal y de fuego) pero, sobre todo, la colaboración de grupos (léase tlaxcaltecas), que padecían el yugo mexica y se aliaron con los peninsulares.

    “Volver a Montaigne” se centra en el creador del ensayo porque trata temas que estaban en el interés de Lévi-Strauss, como el pensamiento salvaje, el totemismo y el trabajo que culminó en Tistes trópicos.  Montaigne destacó que llamamos bárbaro lo que no está en nuestras costumbres. De aquí que celebre una cosa que los europeos encontraron en los hombres americanos: su manera de vivir en armonía con la naturaleza. De los tres ensayos mencionados arriba concluye los postulados de Montaigne: el salvaje es el que está más cerca de la ley natural (es el buen salvaje); la sociedad europea criticaba conforme a sus propias prácticas; todas las costumbres tienen su razón de ser y por esto las descalificaciones no tienen sentido. Es decir, el canibalismo tiene su correlato en la inquisición porque era menos grave comer un muerto que torturar a un vivo en el nombre de Dios.

    Finalmente, cuando Lévy-Strauss destaca que Montaigne probó la mandioca y tuvo entre sus manos una flauta y un bastón ritual americanos, concluye que Michel Eyquem López tuvo una colección etnográfica. En este tenor, Ralph W. Emerson, quien celebraba que se hubiera encontrado una firma de William Shakespeare en un ejemplar de los Ensayos de Montaigne, dice más: “Ha visto a tantos señores de largo ropaje, que hasta suspira por los caníbales, y le ataca de tal modo los nervios esa idea ficticia, que piensa que cuanto más bárbaro pueda ser un hombre, mejor será”. [C]

  • Barcelona, la Sagrada Ciudad

    Barcelona, la Sagrada Ciudad

    Barcelona nos recibió con una noche que brillaba desde los edificios y el cielo estrellado. A pesar que era invierno no sentía el frío intenso que pensé encontrar ahí. Nos hospedamos cerca de la plaza de Catalunya, el punto central de la ciudad, en la que convergen importantes avenidas, como las famosas Ramblas, el Paseo de Gracia, y la Gran Vía de las Cortes Catalanas. Muy cerca está el barrio gótico con unas iglesias cuya antigüedad nos remonta al mismo medioevo; sin embargo, ahora la ciudad es una de las urbes europeas más modernas con un comercio incesante que avanza raudamente como el metro que recorre las entrañas de toda la ciudad o la tecnología emergente e innovadora del distrito 22@.

    Dado que solo disponíamos de muy poco tiempo, tuvimos que elegir lo más esencial de lo esencial. Sin duda, Gaudí era el corazón palpitante que todo viajero aspira conocer. A primera hora nos dirigimos a una de las casas que él construyó entre 1906 y 1912, la que llaman La Pedrera o la casa Milà, cuya fachada simula el movimiento de las olas del mar. Antes de recorrer su interior, tuvimos una experiencia inmersiva de realidad virtual, que nos mostró el espíritu imaginativo con que el artista la diseñó. En la terraza se puede apreciar unas chimeneas que tienen la forma de cascos de soldados, los cuales dicen que sirvieron de inspiración a los stormtroopers de La guerra de las galaxias de George Lucas. Desde ahí pudimos divisar nuestro segundo punto: la Sagrada Familia.

    Construir una iglesia implica principalmente dos aspectos: diseñar una arquitectura que sobresalga del resto de construcciones de un lugar, y congregar a un grupo humano unido por una fe. En el caso de la Sagrada Familia creo que hay algo más. Es un soplo divino de imaginación desbordante que se extiende en el tiempo. Desde lejos sus torres parecen estalagmitas gigantes que se elevan al cielo, y de cerca un santuario salido de un sueño. Antonio Gaudí impuso su propio estilo que superó al neogótico con que fue concebido por el arquitecto Francisco de Paula del Villar, que fue quien inició la obra en 1882, y al renunciar al año siguiente, el joven Gaudí se hizo cargo de ese “templo que no concluye, que está es formación perenne”, como escribió su amigo Joan Maragall, un importante poeta catalán del modernismo. El artífice de esta gran obra no alcanzó a verla concluida, ya que murió en 1926, pero la diseñó justamente para que las generaciones posteriores la sigan construyendo. Dicen que en 2026 se terminará la construcción del gran templo. Seguramente, una música celestial lo envolverá y Gaudí sonreirá desde lo alto.

    Si alguien desea perderse sin reparo para contemplar libremente las otras beldades del centro de Barcelona, solo basta dirigirse a un lugar que es la prueba viviente de que una ciudad se reinventa a sí misma: el Barrio Gótico. Nosotros decidimos hacer un recorrido nocturno a la par que un guía nos contaba su historia y sus inicios con base en la cultura romana. A medida que avanzábamos por sus calles estrechas abarrotadas de turistas que buscaban dónde comer y beber, no pude dejar de pensar en Borges, en sus ciudades imaginarias con parajes extraños. Justamente uno de los más famosos es el puente del Obispo, que une dos edificios separados con no más de cinco metros. Quizá sea el puente corto más famoso, porque debajo de él no se desplaza corrientes de agua sino un mar de gente que se detiene un momento para tomar una fotografía a los motivos góticos que lo adornan. Otros lugares ineludibles para el visitante son el Ayuntamiento que está frente al Palacio de la Generalitat, y sin duda, su hermosa Catedral. Ahí otra vez pensé en Borges y el unicornio, y así es Barcelona: un unicornio que no se deja atrapar ni por las mentes más fantasiosas, por ello todo el barrio gótico es una deliciosa invención moderna del medioevo.

    En Barcelona, la música es un pilar importante de la ciudad, por ello le han dedicado un lugar especial: el Palau de la Música Catalana. La construcción de este edificio modernista data desde 1905 a cargo del arquitecto Lluís Domenèch. Los vitrales multicolores, los arcos, las esculturas y el gran órgano que preside el recinto principal. La figura de Beethoven que se desprende de una columna y los hermosos caballos, representando La cabalgata de las valquirias de Wagner. Rodeadas de esa maravillosa arquitectura inspirada en temas clásicos, ese día no escuchamos música de otros parajes europeos, sino un concierto de música flamenca. Era inevitable no recordar las noches en los tablaos de Sevilla. Hasta ahora se contorsiona en mi cabeza las danzantes con sus vestidos con graciosos volantes y su zapateo incesante al son de las guitarras y los cajones. En otros tiempos más aciagos, en este elegante palacio valientes catalanes desafiaron al mismo dictador Franco con el Cant de la Senyera, cuya letra pertenece al poeta Maragall y la música al maestro Lluís Millet, figuras centrales de la cultura catalana.

    Mi corto tiempo en Barcelona fue una gran elipsis de lugares a los que no pude llegar. Un día antes de mi partida tuve que elegir dónde ir. En esa elección me deja llevar por la música de Ravel. En el centro cultural Caixa Forum ofrecían una experiencia virtual del Bolero, así que para apaciguar mi angustia de la partida me fue caminando desde la Plaza de Catalunya  por la Gran Vía de las Cortes Catalanas hasta llegar a la Plaza de España y llegar al pie del Montjuic, donde se erige el deslumbrante Palacio Nacional que acoge a su vez al Museo Nacional de Arte de Catalunya. Antes de llegar ahí fui en busca de la música de Ravel, y luego con el corazón desbordado de emoción subí las escaleras que me llevaron a lo alto de la montaña y pude apreciar exquisitas obras de arte, y en especial me llamó la atención la exposición de la Guerra Civil Española. A través del arte y la fotografía me remonté a los momentos más oscuros que vivió España.

    El tiempo, cruel como es, me obligó a salir del museo para ir al encuentro de una amiga mexicana que me guió a lo alto de Las Arenas, lugar que décadas antes fue el centro de la tauromaquia catalana y ahora un centro comercial. Ahí comí un fideuá con sepia, gambitas y mejillones, con un delicioso sabor a mar, que no pude llegar a ver. Ese día terminó con uno de los otros motivos por los que quise ir a Barcelona: el 8M. Qué mejor despedirme de esa hermosa ciudad junto a decenas de miles de personas que se congregaron en el Pasaje de Gracia para manifestarse por el Día de la Mujer. Tomaron las calles ya no los turistas, sino mujeres y niñas, y también varones. Con carteles, tambores y castillos humanos, con vítores alusivos a la fecha, se inició la marcha pasando por las dos grandes casas diseñadas por Gaudí, en especial la Batlló que se iluminó entera de color violeta al paso de todos los manifestantes.   

    Antes de mi viaje no quise imaginar cómo era Barcelona, quería conocerla en vivo y no solo a través de su literatura y su música. Quería recorrer todas sus arterias hasta llegar a su corazón, tarea imposible para tan poco tiempo. Por ello solo es un hasta luego. Días antes, al interior de la basílica de Santa María del Pi, había participado de una pregària de la pluja. Cuando me fui de Barcelona caía una lluvia copiosa a lo largo de todo el trayecto hacia el aeropuerto. No me fui triste, era la lluvia de la gracia de Dios que caía sobre la ciudad, y eso alegró mi corazón. Volveré a Barcelona para completar mi periplo. Visitar, por ejemplo, la Catedral del Mar, para finalmente poder ver el mar. [ C ]

  • Una Reunión Improductiva

    Una Reunión Improductiva

    { micro relato }

    —Mire señor, no es cosa mía lo del formato Z-387, es sólo que el procedimiento tiene que hacerse según dice la norma LAPA. ¿Alguna otra duda?

    —Sí, una última consulta.

    —Usted dirá.

    —¿Quién carajos es la tal Norma Lapa y por qué no vino a la reunión?

    [ C ]